Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


La gran incógnita (1900)
(“The Great Interrogation”)
Originalmente publicado en McClure’s Magazine,
6, Núm. 5 (diciembre de 1900), págs. 394-402;
The God of His Fathers
(Nueva York: The Macmillan Company, 1901, 299 págs.)



I

      Cuando menos, la carrera de la señora Sayther en Dawson fue meteórica. Llegó en primavera, con trineos, perros y voyageurs francocanadienses, tuvo un éxito extraordinario durante un mes escaso y partió río arriba en cuanto el hielo se lo permitió. Sin mujeres, Dawson nunca comprendió esa marcha tan precipitada y sus cuatrocientos habitantes se sintieron agraviados y solos hasta que se descubrió la veta de Nome y las emociones antiguas dejaron paso a las nuevas. Porque habían disfrutado de la señora Sayther y la habían recibido con los brazos abiertos. Era hermosa, encantadora y, además, viuda. Debido a todo eso, enseguida tuvo a sus pies a un buen número de reyes de Eldorado, oficiales y aventureros más jóvenes, cuyos oídos anhelaban oír el frufrú de la falda de una mujer.
       Los ingenieros de minas veneraban el recuerdo de su esposo, el difunto coronel Sayther, mientras que los representantes de los promotores y los sindicatos hablaban con asombro de sus negocios y manejos, porque en Estados Unidos se le tenía por un gran experto en minas y su fama en Londres era incluso mayor. La gran incógnita era por qué, entre todas las mujeres, acudía su viuda a aquella región. Pero los hombres del Norte eran prácticos y no tenían en cuenta las teorías, aunque sí valoraban los hechos. Para muchos de ellos, Karen Sayther era un hecho de lo más esencial. Que a ella le daba igual todo eso quedó demostrado por la rapidez y habilidad con que proposición y negativa se fueron encadenando durante sus cuatro semanas de estancia. Al irse se llevó consigo el hecho y solo quedó la incógnita.
       Para despejarla, la casualidad se dignó a facilitar una pista. Su última víctima, Jack Coughran, tras postrarse a sus pies infructuosamente y ofrecerle su corazón y una concesión de ciento cincuenta metros en Bonanza, celebró su desgracia dedicando toda una noche a caminar con los dioses. En medio de su vigilia se tropezó por causalidad con Pierre Fontaine, que no era otro que el jefe de los voyageurs de Karen. Ese contacto casual les llevó a reconocerse, beber juntos y acabar los dos un tanto perjudicados.
       —¿Eh? —balbuceó después Pierre Fontaine con la voz pastosa—. ¿Por qué visita el país madame Sayther? Es mejor que hable con ella. Yo no sé nada, excepto que siempre pregunta por el mismo hombre. “Pierre —me dijo—, debe encontrar a este hombre y le daré mucho dinero. Le daré mil dólares si lo encuentra”. ¿El hombre? Oui. El hombre se llama David Payne. Oui, monsieur, David Payne. Ella dice su nombre sin parar. Y yo lo busco sin parar, trabajo mucho, pero no lo encuentro y no me llevo los md dólares, ¡maldita sea!
       “¿Eh? Ah, oui. En una ocasión, unos hombres que venían de Circle City dijeron que lo conocían, que estaba en el arroyo Birch. ¿Y madame? Dijo: ‘¡Bien!’, se puso muy contenta y habló conmigo: ‘Pierre —me dijo—, enganche los perros. Nos vamos ya. Si encontramos a ese hombre le daré mil dólares más’. Yo le dije: ‘¡Oui, ya! ¡Allons, madame!’.
       “Estaba seguro de que los dos mil dólares ya eran míos. ¡Pero no! Porque llegaron más hombres de Circle City y dijeron que no, que ese hombre, David Payne, había partido hacía poco en dirección a Dawson. Así que madame y yo no nos fuimos.
       “Oui, monsieur. Hoy madame me dio quinientos dólares y me dijo: ‘Pierre, vaya a comprar una barca. Mañana saldremos no arriba’. Ah, oui, mañana no arriba. Y el maldito Charley el de Sitka me ha hecho pagar los quinientos dólares por la barca, hasta el último dólar. ¡Maldita sea!
       Así fue cómo —cuando al día siguiente Jack Coughran se desahogó— Dawson se preguntó quién sería el tal David Payne y de qué forma su existencia afectaba a la de Karen Sayther. Pero ese mismo día, tal y como había dicho Pierre Fontaine, la señora Sayther y su salvaje tripulación de voyageurs zarparon río arriba por la orilla Este hacia Klondike City, cruzaron a la margen oeste para salvar los riscos y desaparecieron entre el laberinto de islas, hacia el sur.


II

       —Oui, madame, es aquí. Una, dos, tres islas por debajo del río Stuart. Es aquí.
       Mientras hablaba, Pierre Fontaine apoyaba su pértiga contra la orilla y mantenía la popa de la barca contra la corriente, así logró que la proa se adentrase en tierra hasta poder ascender el terraplén de la ribera y encontrar dónde asegurar la amarra.
       —Un momento, madame, iré a ver.
       Un coro de perros acompañó su desaparición tras la orilla, pero un minuto después ya estaba de vuelta:
       —Oui, madame, ahí está la cabaña. Voy a investigar. No hay nadie en casa, pero no habrá ido lejos ni tardará, porque no habría dejado a los perros. Ya verá como vuelve enseguida.
       —Ayúdeme a bajar de aquí, Pierre. Me duele todo por culpa de la barca. Podía haberla adecuado mejor.
       Karen Sayther surgió en toda su esbelta belleza de un nido de pieles situado en medio de la embarcación. Pero si parecía frágil y delicada en aquel entorno tan básico, lo desmintió enseguida con la fuerza con la que agarró la mano de Pierre, con el endurecimiento de su bíceps femenino al soportar el peso de su cuerpo, con el esfuerzo espléndido de las extremidades al agarrarse al perpendicular terraplén mientras ascendía. Aunque de estructura sutil y exquisito recubrimiento, su cuerpo era un templo de la fuerza.
       Sin embargo, a pesar de la calma despreocupada con la que había llegado a tierra, el color de su rostro era más cálido de lo normal y su corazón latía perceptiblemente más rápido. Se acercó a la cabaña con una curiosidad reverente y el rubor de sus mejillas mostró una dulzura sazonada.
       —¡Mire! —Pierre señaló las virutas esparcidas junto al montón de la leña—. Es de hace poco. Dos o tres días. No más.
       La señora Sayther asintió con la cabeza. Intentó ver algo a través del ventanuco, pero estaba hecho de pergamino engrasado, que admite el paso de la luz aunque impide la visión. Ante eso, dio la vuelta a la casucha, se dirigió a la puerta y levantó el tosco pestillo para entrar, pero cambió de idea y lo dejó de nuevo en su sitio. De repente, cayó de rodillas y besó el rudimentario umbral. Si Pierre Fontaine lo vio, no dijo nada y jamás compartió ese recuerdo en el futuro. Pero enseguida uno de los barqueros, que encendía su pipa tranquilamente, se sobresaltó ante la dureza inusitada en la voz de su capitán.
       —¡Eh, tú! ¡Le Goire! Prepara mejor la barca. Hazla más cómoda —ordenó Pierre—. Pon más pieles de oso, más mantas. ¡Maldita sea!
       Al poco tiempo deshicieron de nuevo el nido porque llevaron a tierra la mayor parte de las pieles, donde la señora Sayther se tumbó para esperar más cómodamente. Reclinada sobre un costado miraba hacia el Yukón, extendido a lo lejos. Por encima de las montañas que se elevaban tras la ribera de enfrente, el cielo aparecía oscuro debido a algún incendio oculto que asolaba el bosque. El sol de la tarde conseguía abrirse paso débilmente entre el humo, aportando a la tierra un resplandor impreciso y formando sombras irreales. La naturaleza inmaculada se expandía hasta el horizonte: islas cubiertas de píceas, aguas oscuras y crestas rocosas marcadas por el hielo. Ni rastro de existencia humana rompía aquella soledad, ni sonidos la calma. La tierra parecía dominada por la irrealidad de lo desconocido, envuelta en el misterio amenazador de los grandes espacios.
       Tal vez fuera eso lo que ponía nerviosa a la señora Sayther, porque cambiaba continuamente de postura, ahora para mirar río arriba y luego río abajo, o para observar las oscuras orillas de las bocas medio ocultas de los afluentes. Tras una hora, los barqueros saltaron a tierra para montar el campamento en el que pasar la noche, pero Pierre permaneció vigilando al lado de su jefa.
       —¡Ah! Por fin llega —susurró el hombre tras un prolongado silencio, con la vista fija en el extremo de la isla que daba al cauce alto del río.
       Una canoa, con un remo destellando a cada costado, se deslizaba corriente abajo. En popa la silueta de un hombre y en proa la de una mujer se balanceaban al ritmo del esfuerzo conjunto. La señora Sayther no se fijó en la mujer hasta que la canoa se acercó más y su extraña belleza despertó su interés. Una camisa ceñida de piel de alce, fabulosamente adornada con abalorios, destacaba la silueta bien formada de su cuerpo, y un pañuelo de seda, de colores brillantes y colocado de forma pintoresca, cubría en parte una impresionante melena de cabello negro azulado. Pero fue el rostro, como tallado en bronce cobrizo, lo que llamó la atención de la señora Sayther. Los ojos grandes y negros, de mirada penetrante, ligeramente rasgados, observaban bajo unas cejas arqueadas y bien delineadas. Las mejillas, de pómulos altos y prominentes pero sin resultar exagerados, descendían hasta alcanzar la boca de labios finos y suaves que indicaban fortaleza. Era un rostro que anunciaba una leve presencia de sangre mongola, una vuelta a la raíz primera tras muchos siglos de itinerancia. Ese efecto se veía realzado por la nariz delicadamente aquilina, de finas aletas y el aspecto de águila en estado salvaje que no solo caracterizaba al rostro sino a toda la criatura. Era el tipo exacto de la raza tártara modificada hasta la idealización: afortunada la tribu india que produce un ejemplar tan exclusivo en muchas generaciones.
       Tras varios golpes de remo fuertes y prolongados, la joven, de acuerdo con el hombre, de repente situó la pequeña embarcación contracorriente y la acercó con suavidad a la orilla. Al instante se hallaba de pie sobre el terraplén, tirando de una cuerda a la que iba atado un cuarto de alce recién cazado. El hombre la siguió y juntos, con un fuerte tirón, sacaron la canoa del agua. Los perros los rodearon gimiendo y, mientras la joven se agachaba entre ellos para acariciarlos, la mirada del hombre se posó en la señora Sayther, que se había puesto de pie. La miró, se froto los ojos sin darse cuenta, como si no se fiara de lo que veía, y volvió a mirarla.
       —Karen —dijo, acercándose y extendiendo la mano—. Creí que estaba soñando. Esta primavera la nieve me dejó ciego una temporada y desde entonces los ojos me juegan malas pasadas.
       La señora Sayther, más ruborizada que nunca y con el corazón latiendo tan fuerte que hasta le dolía, se había preparado para cualquier cosa excepto aquella mano tendida con tanta frialdad, pero logró contenerse y la estrechó cordialmente.
       —Verás, Dave, sé que amenacé muchas veces con venir, y lo habría hecho antes, pero… pero…
       —Pero yo no te animé a hacerlo.
       David Payne se rio y miró hacia la joven india, que en ese momento entraba en la cabaña.
       —Oh, lo comprendo, Dave, y si hubiese estado en tu lugar, probablemente habría hecho lo mismo. Pero ya estoy aquí.
       —Pues entra en la cabaña y come algo —dijo amablemente, ignorando o sin captar la femenina súplica presente en su voz—. Además, estarás cansada. ¿Cómo has venido? ¿Río arriba? Entonces habrás pasado el invierno en Dawson o llegaste justo antes del deshielo. ¿Es tu campamento? —Miró a los voyageurs que rodeaban la hoguera a cielo abierto y mantuvo abierta la puerta de la cabaña para que ella entrase.
       —Yo llegué sobre el hielo desde Circle City el invierno pasado —continuó diciendo— y me he quedado un tiempo en la zona. Busco oro en el arroyo Henderson y, si no lo encuentro, he pensado probar este otoño en el cauce alto del río Stuart.
       —No has cambiado mucho —comentó ella, buscando llevar la conversación a un terreno más personal.
       —Quizás haya adelgazado un poco y ganado músculo. ¿Te referías a eso?
       Pero ella se encogió de hombros y forzó la vista para observar, a la tenue luz, a la joven india, que había encendido el fuego y freía grandes pedazos de carne de alce y varias lonchas de beicon.
       —¿Te quedaste mucho tiempo en Dawson? —El hombre tallaba un trozo de abedul para convertirlo en un tosco mango de hacha e hizo la pregunta sin levantar la mirada.
       —Unos días —respondió ella, mientras seguía a la joven con los ojos, casi sin oír lo que él le decía—. ¿Qué me has preguntado? ¿En Dawson? Me quedé un mes y me alegré de irme. El hombre del ártico es muy elemental y de sentimientos vehementes.
       —Ha de serlo cuando vive tan apegado a la tierra. Las convenciones las deja en casa, con el colchón de muelles. Pero elegiste bien el momento de partir. Así podrás abandonar la región antes de que lleguen los mosquitos, un privilegio que tu falta de experiencia no te permitirá apreciar.
       —Supongo que no. Pero cuéntame de ti, de la vida que llevas. ¿Qué clase de vecinos tienes? Si tienes alguno.
       Mientras preguntaba, observaba a la joven, que molía café en un saco pequeño sobre una piedra. Con una habilidad y un ritmo constante, que indicaban un dominio tan primitivo como el método que utilizaba, aplastaba los granos atrapados en el saco con un pesado fragmento de cuarzo. David Payne se fijó en la mirada de su visitante y la sombra de una sonrisa asomó a sus labios.
       —Alguno tuve —respondió—. Hombres de Missouri y un par de tipos de Cornualles, pero se fueron a Eldorado para trabajar a sueldo de otros.
       La señora Sayther dirigió una mirada especulativa a la joven.
       —Pero supongo que habrá indios por la zona.
       —Hace mucho que todos se fueron a Dawson. No queda ni un nativo en la región, excepto Winapie, que es de los koyokuk, una tribu que está a más de mil quinientos kilómetros río abajo.
       La señora Sayther se sintió mareada de repente y, aunque la sonrisa de interés no desapareció, tuvo la sensación de que el rostro del hombre se alejaba de ella y los troncos de la cabaña giraban a su alrededor. Pero la llamaron a la mesa y durante la cena consiguió recuperarse. Habló poco, sobre todo de la tierra y el clima, mientras el hombre se distrajo realizando una prolija descripción de las diferencias entre las prospecciones más superficiales del verano en las regiones bajas y las más profundas del invierno en las regiones altas.
       —¿No me preguntas por qué he venido al Norte? —quiso saber ella—. Aunque supongo que lo imaginarás—. Se habían levantado de la mesa y David Payne volvía a tallar el mango del hacha—. ¿Recibiste mi carta?
       —¿Enviaste más? No, creo que no la recibí. Seguramente estará dando vueltas por la región del arroyo Birch o en la cabaña de algún factor del cauce bajo del río. No sabes lo mal que funciona aquí el correo. No hay orden ni método ni…
       —¡No seas tan seco, Dave! ¡Ayúdame! —Lo dijo con dureza, con una autoridad que se asentaba en el pasado—. ¿Por qué no preguntas nada sobre mí? ¿Sobre nuestros conocidos? ¿Ya no te interesa el resto del mundo? ¿Sabes que mi esposo ha muerto?
       —¿De verdad? Lo siento. ¿Cuánto hace que…?
       —¡David! —Estaba a punto de llorar del disgusto, pero el tono de reproche que imprimió a su voz la tranquilizó—. ¿Recibiste alguna de mis cartas? Tienes que haber recibido alguna, aunque no hayas contestado.
       —La última no la recibí, en la que evidentemente me anunciabas la muerte de tu marido, y es probable que varias se perdieran. Pero alguna recibí. Se las leí a Winapie en voz alta como advertencia, ya sabes, para hacerle ver la maldad de sus hermanas blancas. Y creo que le vino bien. ¿No te parece?
       Ella no tuvo en cuenta el duro comentario y le dijo:
       —En la última carta, la que no recibiste, te comunicaba la muerte del coronel Sayther, como bien has imaginado. Eso fue hace un año. También te decía que si tú no volvías conmigo, yo vendría a buscarte. Como te había prometido varias veces, aquí estoy.
       —No sé nada de ninguna promesa.
       —En mis cartas anteriores.
       —Sí, lo prometiste, pero como nunca te lo pedí ni te contesté, quedó sin confirmar. Por eso no he tenido en cuenta esas promesas. Aunque sí tuve en cuenta otra, que sin duda recordarás. Fue hace mucho tiempo. —Depositó el mango en el suelo y levantó la cabeza—. Fue hace mucho tiempo, pero la recuerdo perfectamente. Recuerdo el día, la hora y cada detalle. Tú y yo estábamos en una rosaleda, la rosaleda de tu madre. Todo brotaba, florecía y la savia de la primavera corría por nuestras venas. Te atraje hacia mí por primera vez y te besé en los labios. ¿No te acuerdas?
       —¡No me lo recuerdes, Dave, por favor! Jamás he podido olvidarlo. ¡Y cuánto he llorado! Si supieras lo mucho que he sufrido…
       —Entonces me lo prometiste. Sí, mil veces en los dulces días que siguieron. Cada mirada de tus ojos, cada roce de tu mano, cada sílaba que salió de tus labios era una promesa. Pero luego, ¿cómo decirlo?, apareció un hombre. Era mayor, tanto que podría haber sido tu padre, y nada agraciado, pero por lo demás estaba limpio. No había hecho mal alguno, cumplía la ley al pie de la letra y era respetable. Además de todo eso, poseía varias minas insignificantes… una veintena; no importa, ya lo sé; y unos cuantos kilómetros de tierras, hacía negocios, tenía acciones. Era…
       —Pero había otros motivos —interrumpió ella—. Ya te lo dije. La presión, los asuntos económicos, la necesidad, mi familia, los problemas. Tú comprendiste aquella sórdida situación. No pude evitarlo. Yo no lo deseaba. Me sacrificaron… o me sacrifiqué, como prefieras. ¡Dios mío, Dave! ¡Renuncié a ti! ¡Piensa en lo que he tenido que pasar!
       —¿Que no lo deseabas? ¿La presión? En el mundo no había nada que te obligase a irte con aquel hombre.
       —Pero siempre te amé a ti —imploró ella.
       —No estaba acostumbrado a tu forma de valorar el amor. Sigo sin estarlo. No lo comprendo.
       —¡Piensa en el presente!
       —Hablábamos de ese hombre con el que decidiste casarte. ¿Qué clase de hombre era? ¿Cómo conquistó tu alma? ¿Cuáles eran sus virtudes? Cierto, entendía el dinero, entendía a fondo cómo manejarlo. Sabía amasarlo. Dominaba todas las técnicas. Tenía poca inteligencia y una excelente capacidad para las actuaciones más ruines, de manera que transfería el dinero de otro hombre a su propio bolsillo y el de aquel otro y el del siguiente. Mientras la justicia le sonreía. No lo condenaba y nuestra ética cristiana lo aprobaba. Según la vara de medir social no era un mal hombre. Pero según la tuya, Karen, según la mía, según la nuestra de la rosaleda, ¿qué era?
       —Recuerda que ha muerto.
       —Eso no cambia nada. ¿Qué era? Un asqueroso materialista, sordo a las canciones, ciego a la belleza, insensible a lo espiritual. Estaba gordo de pura pereza, tenía las mejillas fofas y el diámetro de su estómago indicaba el alcance de su glotonería…
       —Pero está muerto. Ahora nos toca a nosotros. ¡A nosotros! ¿Me oyes? Es verdad, fui voluble. Pequé. Sí. Pero ¿no deberías tú también reconocer tu pecado? Si yo rompí mi promesa, ¿no has hecho tú lo mismo? El amor que sentías en la rosaleda era eterno o eso dijiste. ¿Dónde está ahora?
       —¡Está aquí! ¡Y ahora! —gritó él, golpeándose el pecho con el puño cerrado—. Siempre ha estado aquí.
       —Tú amor era grande, no lo había mayor —continuó ella—, o eso dijiste en la rosaleda. Sin embargo, ¿no es lo bastante grande o fuerte para perdonarme ahora que me tienes llorando a tus pies?
       El hombre dudó. Abrió la boca: las palabras trataron en vano de abandonar sus labios. Ella lo había obligado a desnudar su corazón y decir verdades que se había ocultado a sí mismo. Y estaba tan guapa, allí de pie, dejándose llevar por la pasión, recordando viejas relaciones y una vida más amable. Giró la cabeza para no verla, pero ella dio la vuelta y volvió a enfrentarse a él.
       —¡Mírame, Dave! ¡Mírame! Al fin y al cabo soy la misma. Como tú, si te dignas a pensarlo. No hemos cambiado.
       Karen apoyó la mano en el hombro de David y él estaba a punto de abrazarla cuando el brusco roce de una cerilla al encenderse lo devolvió a la realidad. Winapie, ajena a la escena, encendía la lenta mecha de la lámpara de sebo. De repente se recortó contra un fondo totalmente negro y la llama, al ir creciendo en potencia, convirtió su belleza broncínea en oro regio.
       —Verás, es imposible —gimió él, apartando con delicadeza a la mujer de cabello claro—. Es imposible —repitió—. Es imposible.
       —No soy una niña, Dave, con ilusiones infantiles —dijo ella suavemente, aunque sin atreverse a acercarse a él otra vez—. Lo comprendo porque soy una mujer. Los hombres sois hombres. Es costumbre común en la región. No me escandaliza. Lo supe desde el principio. Pero no es más que un matrimonio de la zona, ¿o se trata de un matrimonio de verdad?
       —En Alaska no se preguntan esas cosas —protestó él, sin fuerzas.
       —Lo sé, pero…
       —Pues entonces te diré que solo es un matrimonio de los de aquí, solo eso.
       —¿Y tenéis hijos?
       —No.
       —¿Ni…?
       —No, no, nada. Pero es imposible.
       —No lo es. —Volvía a estar junto a él, acariciando ligeramente el dorso quemado por el sol de su mano—. Conozco bien las costumbres de la región. Los hombres lo hacen continuamente. No quieren permanecer aquí toda la vida, apartados del resto del mundo, así que dan orden a la compañía P. C. C. para que la aprovisione durante un año, le dejan algún dinero en efectivo, y la joven tan contenta. Al cabo de ese tiempo, el hombre… —Se encogió de hombros—. Lo mismo le ocurrirá a esta joven. Daremos órdenes a la compañía, pero no por un año, sino mientras ella viva. ¿Qué era cuando la encontraste? Una salvaje que comía los alimentos crudos: salmón en verano y alce en invierno; que se hartaba en tiempos abundancia y pasaba hambre en los de escasez. Con tu llegada fue más feliz; con tu partida, teniendo asegurada una buena vida, sin pasar necesidades, sin duda será más feliz que si no hubiera estado contigo.
       —No. No —protestó él—. No es justo.
       —Vamos, Dave, tienes que aceptarlo. No es de los tuyos. No existe afinidad racial. Es una aborigen nacida de la tierra, aún apegada a ella y de la que resulta imposible alejarla. Ha nacido salvaje y así morirá. Pero nosotros, tú y yo, somos de una raza evolucionada y dominante, la sal de la tierra y, por lo tanto, sus dueños. Estamos hechos el uno para el otro. Lo más importante es ser iguales y nosotros lo somos. La razón y el corazón lo dicen. Tu propio instinto te lo advierte. No puedes negarlo. No puedes escapar a las generaciones que te precedieron. Tu linaje ha sobrevivido miles de siglos y no debe acabar aquí. No puede. Tu ascendencia no lo permitirá. El instinto es más fuerte que la voluntad. La raza es más fuerte que tú. Venga, Dave, vámonos. Aún somos jóvenes y la vida nos sonríe. Vamos.
       Winapie, al salir de la cabaña para alimentar a los perros, llamó la atención del hombre y lo llevó a negar con la cabeza y a rechazar débilmente aquella opción. Pero la mujer le rodeó el cuello con la mano y pegó su mejilla a la de él, que de inmediato fue consciente de lo desoladora que había sido su existencia: la lucha inútil con las despiadadas fuerzas de la naturaleza; los tristes años de helada y hambruna; el contacto inhóspito y áspero con los aspectos más elementales de la vida; el doloroso vacío que no llena una subsistencia meramente animal. Ahora, a su lado tenía a la seducción en persona, que le hablaba de tierras más cálidas y llenas de luz, de música, de alegría y felicidad, que recuperaba los viejos tiempos. Lo imaginó sin ser consciente de ello. Volvió a ver viejos rostros conocidos, atisbo paisajes olvidados, recuerdos de horas felices, acordes de canciones y la vibración de las risas…
       —Vamos, Dave, vamos. Tengo de sobra para los dos. Viviremos bien. —Miró a su alrededor, al escaso mobiliario de la cabaña—. Tengo de sobra para los dos. Tenemos el mundo a nuestros pies y seremos muy felices. ¡Vamos! ¡Vamos!
       La tenía entre sus brazos, temblorosa, y la abrazó con fuerza. Se puso en pie… pero los gruñidos de los perros hambrientos y los gritos estridentes de Winapie estableciendo la paz entre los combatientes llegaron amortiguados a sus oídos, a través de los troncos. Otra escena se desarrolló ante sus ojos. Una lucha en el bosque, un grizzly osado con la pata rota, algo terrible; los gruñidos de los perros y los gritos estridentes de Winapie al empujarlos a atacar, él en medio del lío, sin respiración, jadeante, esforzándose por no morir; perros con la columna rota o con las entrañas desgarradas aullando angustiados, impotentes, y profanando la nieve; el blanco virginal convertido en escarlata por la sangre de bestias y hombre; el oso feroz, irresistible, lanzando zarpazos sin parar y a punto ya de arrebatarle la vida; y Winapie, al final en medio de aquel revoltijo aterrador, con el cabello suelto y los ojos llameantes —la personificación perfecta de la furia—, clavando una y otra vez su largo cuchillo de caza. El sudor asomó a su frente. Se libró de la mujer que se agarraba a él y retrocedió tambaleándose hasta la pared. Ella, sabiendo que había llegado el momento pero incapaz de adivinar lo que ocurría en el interior de él, sintió que perdía todo cuanto había ganado.
       —¡Dave! ¡Dave! —exclamó—. ¡No renunciaré a ti! ¡No renunciaré a ti! Si no quieres venir, me quedaré. Me quedaré contigo. El resto del mundo no me importa como me importas tú. Seré una esposa de la región septentrional: cocinaré para ti, alimentaré a tus perros, abriré camino en la nieve y remaré a tu lado. Puedo hacerlo. Créeme. Soy fuerte.
       Él no lo dudaba mientras la miraba y la mantenía apartada de él, pero su rostro se había vuelto gris y severo, y la calidez de su mirada había desaparecido.
       —Pagaré a Pierre y a los barqueros y les diré que se vayan. Me quedaré contigo, con sacerdote o sin él, con cura o sin cura. ¡Iré contigo adonde sea! ¡Dave! ¡Dave! ¡Escúchame! Dices que me porté mal contigo en el pasado y es verdad. Permite que te recompense, deja que expíe mi culpa. Si antes no supe valorar el amor, déjame demostrarte que ahora ya he aprendido.
       Se dejó caer al suelo y le rodeó las rodillas con los brazos mientras sollozaba.
       —Tú me quieres. Sé que me quieres. ¡Piensa en los muchos años que he esperado y sufrido! ¡Ni te lo imaginas!
       Él se agachó y la ayudó a levantarse.
       —Escucha —ordenó al tiempo que abría la puerta y la sacaba afuera en volandas—: no puede ser. No podemos pensar solo en nosotros. Debes irte. Te deseo buen viaje. Cuando llegues a la zona de Sixty Mile se complicará la cosa, pero cuentas con los mejores barqueros del mundo y no tendrás problemas. ¿Quieres despedirte?
       Aunque ya había logrado controlarse, lo miró sin esperanza.
       —Y si… si… si Winapie quisiera… —tartamudeó y se detuvo.
       Pero él comprendió lo que ella quería decir y respondió:
       —Sí, —Aunque al darse cuenta de la atrocidad de aquella idea, dijo—: Es inconcebible. No puede ser. No debemos ni pensarlo.
       —Bésame —susurró ella con el rostro iluminado. Luego se dio la vuelta y se marchó.


* * *

       —Levante el campamento, Pierre —le dijo al barquero, que era el único que aguardaba despierto su regreso—. Tenemos que irnos.
       A la luz de la hoguera, el hombre percibió el dolor en el rostro de la joven, pero recibió la extraordinaria orden como si fuese lo más normal del mundo.
       —Oui, madame —respondió—. ¿En qué dirección? ¿Dawson?
       —No —dijo ella con ánimo—. Curso arriba, hacia el exterior. Hacia Dyea.
       Pierre despertó a los voyageurs a patadas y gruñidos, los hizo abandonar las mantas y los puso a trabajar, mientras su voz, vibrante de acción, se oía por todo el campamento. En un santiamén recogieron la diminuta tienda de la señora Sayther, reunieron cacerolas y utensilios, enrollaron las mantas y los hombres se dirigieron a la barca tambaleándose bajo el peso de la carga. Allí, en la orilla, la señora Sayther aguardó hasta que el equipaje estuvo a bordo y su nido de mantas bien preparado.
       —La remolcaremos hasta el extremo de la isla —explicó Pierre mientras desenroscaba la sirga más larga—. Luego seguiremos por el canal secundario, donde el agua no tiene tanta fuerza y podremos avanzar mejor.
       El correteo de unas patas sobre la hierba seca del año anterior llegó a su oído experto y giró la cabeza. La joven india, rodeada por un círculo de lobos con el pelo erizado, se acercaba a ellos. La señora Sayther se fijó en que el rostro de la chica —que durante toda la escena de la cabaña había permanecido apático— ahora parecía colérico e iracundo.
       —¿Qué hacer tú a mi hombre? —le preguntó abruptamente a la señora Sayther—. El tumbar en catre y tener cara mala. Yo preguntar: “¿Qué pasar, Dave? ¿Enfermo?”. Pero él no decir nada. Después él decir: “Buena chica, Winapie, vete. Esto pasar”. ¿Qué hacer a mi hombre? ¿Eh? Creer tú mala mujer.
       La señora Sayther miró con curiosidad a la mujer que compartía la vida de aquel hombre mientras ella se iba adentrar sola en la oscuridad de la noche.
       —Yo creer tú mala mujer —repitió Winapie, con esa manera lenta y metódica de quien busca las palabras en un idioma que no es el suyo—. Creer mejor tú marchar. No volver, ¿eh? ¿Qué creer tú? Yo tener un hombre. Yo mujer india. Tú mujer americana. Tú hermosa. Tú encontrar muchos hombres. Tú ojos azules como cielo. Tú piel blanca, suave.
       Alargó su índice moreno y presionó con él la suave mejilla de la otra mujer. Habla en favor de Karen Sayther el hecho de que ni siquiera se inmutó. Pierre dudó e hizo ademán de acercarse más, pero ella le indicó con un gesto que no se preocupara, aunque se le llenó el corazón de gratitud ante el gesto del hombre.
       —No pasa nada, Pierre —le dijo—. Por favor, váyase.
       Él se alejó respetuosamente hasta que las dos quedaron fuera del alcance de su oído, donde permaneció quejándose para sí y midiendo la distancia en saltos.
       —Blanca, suave, como bebé. —Winapie tocó la otra mejilla y retiró la mano—. Pronto llegar mosquitos. Piel llenar picaduras, hinchar mucho. Doler mucho, mucho. Muchos mosquitos, muchas picaduras. Creer tú mejor ir antes llegar mosquitos. Por ahí —dijo señalando arroyo abajo— ir St. Michael; por ahí —indicando hacia arriba— ir Dyea. Mejor ir Dyea. Adiós.
       Lo que hizo entonces la señora Sayther maravilló a Pierre, porque abrazó a la joven india, le dio un beso y rompió a llorar.
       —Sé buena con él —le dijo entre lágrimas—. Trátalo bien.
       Luego descendió el terraplén, gritó: “Adiós”, mirando hacia atrás, y se dejó caer en el centro de la barca. Pierre la siguió y soltó amarras. Colocó en su sitio el remo de dirección y dio la señal. Le Goire atacó una vieja chanson francesa; los hombres, como una hilera de fantasmas a la tenue luz de las estrellas, curvaron las espaldas para tirar de la sirga; el remo de dirección dividió en dos la corriente y la barca se adentró en la noche.

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