Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Matar a un hombre (1910)
(“To Kill a Man”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post
(10 de diciembre de 1910);
The Night-Born
(Nueva York: The Century Co., 1913, 290 págs.)



      Aunque solo estaban encendidas las tenues lamparillas de noche, ella se movía con seguridad entre las grandes estancias y los anchos pasillos, buscando en vano el libro de poesía a medio leer que había perdido y del que acababa de acordarse. Al encender la luz del salón, apareció ataviada con un salto de cama con mucho vuelo, de tejido vaporoso y color rosa pálido. Aún llevaba anillos en los dedos y no se había cepillado su espesa cabellera rubia para deshacer el peinado. Era delicada y elegantemente hermosa, de rostro ovalado y fino, labios rojos, un leve rubor en las mejillas y ojos azules parecidos a los de un camaleón, capaces de mirar fijamente y muy abiertos con la inocencia de la niñez para luego endurecerse, tornarse grises y brillar con frialdad o encenderse con la fuerza que dan la obstinación y el control.
       Apagó las luces y salió al pasillo hacia la sala que solía usar por las mañanas. Se detuvo a escuchar en la entrada. Le había parecido percibir a lo lejos no un ruido sino una sensación de movimiento. Podría jurar que no había oído nada, sin embargo, había algo distinto. Algo había perturbado la quietud nocturna. Se preguntó qué sirviente pudiera andar merodeando por allí. No el mayordomo, famoso por retirarse temprano, excepto en las ocasiones especiales. Tampoco podía tratarse de su doncella porque le había dado permiso para salir esa noche.
       Avanzó hacia el comedor y se encontró la puerta cerrada. No sabría decir por qué la abrió y entró, excepto porque el factor perturbador, fuera lo que fuese, se encontraba allí. La habitación estaba a oscuras, tanteó en busca del interruptor y lo pulsó. En el momento en que la luz iluminó la estancia, ella retrocedió y dejó escapar un grito. Fue un simple “¡Oh!”, sin alzar mucho la voz.
       Observándola, cerca del interruptor y pegado a la pared había un hombre. En la mano, apuntándola, un revólver. A pesar del susto, se fijó en que el arma era negra y de cañón largo. Supo que se trataba de un Colt. El hombre era de mediana estatura, iba mal vestido, tenía los ojos castaños y la piel curtida por el sol. Parecía sereno. El revólver no temblaba y apuntaba a su estómago, no con el brazo estirado, sino desde la cadera, en la que descansaba el antebrazo.
       —Oh —dijo ella—, disculpe. Me ha asustado. ¿Qué desea?
       —Me parece que quiero salir —respondió él, con media sonrisa en los labios—. Creo que me he perdido en este sitio tan grande y, si es tan amable de decirme dónde está la puerta, no le daré problemas y me largaré.
       —Pero ¿qué hace aquí? —quiso saber ella, en la voz esa firmeza de quien está acostumbrado a dar órdenes.
       —Robar, señorita, nada más. Me colé para ver qué podía apañar. Creí que no estaba en casa, porque la vi irse en un coche con el viejo. Supongo que será su padre y usted es la señorita Setliffe.
       La señora Setliffe se dio cuenta de su error, agradeció el inocente cumplido y decidió no desengañarlo.
       —¿Cómo sabe que soy la señorita Setliffe? —preguntó.
       —Esta es la casa del viejo Setliffe, ¿o no?
       Ella asintió.
       —No sabía que tuviese una hija, pero supongo que es usted. Y ahora, si no es mucha molestia, le agradecería que me dijese cómo salir.
       —¿Por qué iba a hacerlo? Es un ladrón, un maleante.
       —Si fuese un buen ejemplo del oficio, me quedaría con los anillos que lleva en los dedos, en lugar de ser amable —respondió él—. Vine a sacarle algo al viejo Setliffe, no a robar a las mujeres. Si se aparta, creo que encontraré la salida sin ayuda.
       La señora Setliffe era una mujer perspicaz y le pareció que tenía poco que temer de aquel hombre. Estaba segura de que no era el típico criminal. Su acento le indicó que no era un hombre de ciudad y le transmitió la amplitud y amabilidad de los espacios grandes y rurales.
       —¿Y si grito? —preguntó, curiosa—. ¿Y si grito pidiendo ayuda? ¿Podría dispararme? ¿A una mujer?
       Vio el desconcierto brillar fugazmente en sus ojos castaños. Respondió despacio y con aire pensativo, como si tuviese que resolver un problema complicado.
       —Entonces supongo que tendría que estrangularla un poco y hacerle daño.
       —¿A una mujer?
       —Qué remedio —contestó él y apretó los labios con fuerza—. No es más que una mujer, pero verá, señorita, no puedo ir a la cárcel. No, señorita, se lo aseguro. Tengo un amigo que me espera en el oeste. Está metido en un lío y tengo que ayudarle. —El gesto de la boca mostró una determinación aún mayor—. Supongo que podría taparle la boca sin hacerle demasiado daño.
       A los ojos de la mujer asomó una mirada inocente, incrédula.
       —Es la primera vez que veo a un ladrón —le aseguró ella—. Y no sabe lo mucho que me interesa.
       —No soy un ladrón, señorita. No soy un ladrón de verdad —añadió enseguida al ver el gesto incrédulo de ella—. Lo parece porque estoy aquí, en su casa. Pero es la primera vez que lo intento. Necesitaba el dinero… Es urgente. Además, lo veo como cobrar lo que se me debe.
       —No lo entiendo —dijo ella y sonrió de forma alentadora—. Ha venido a robar y robar es coger algo que no le pertenece.
       —Sí y no, en este caso concreto. Bueno, será mejor que me marche.
       Se dirigió hacia la puerta del comedor, pero ella se interpuso, convertida en un obstáculo muy hermoso. Él extendió la mano izquierda como si fuese a agarrarla, aunque dudó. Sin duda le impresionaba su femineidad.
       —¿Lo ve? —exclamó ella, triunfal—. Sabía que no se atrevería.
       El hombre estaba avergonzado.
       —Nunca he maltratado a una mujer —explicó—, y no me resulta fácil. Pero lo haré si grita.
       —¿Por qué no se queda a charlar unos minutos? —lo instó ella—. Me interesa tanto. Me gustaría que me explicase por qué robar es cobrar lo que se le debe.
       Él la miró con admiración.
       —Siempre pensé que las mujeres tenían miedo de los ladrones —confesó—. Pero usted no.
       Ella soltó una risa alegre.
       —Hay ladrones y ladrones. Usted no me da miedo porque estoy segura de que no será capaz de hacerle daño a una mujer. Venga, charlemos un rato. Nadie nos molestará. Estoy sola. Mi… mi padre ha tomado el tren nocturno a Nueva York. Los criados están durmiendo. Me gustaría ofrecerle algo de comer: las mujeres siempre preparan algo de cenar a los ladrones a los que sorprenden, al menos en los relatos de las revistas. Pero yo no sé dónde encontrar comida. Tal vez le apetezca algo de beber.
       Él dudó y no contestó, pero ella percibió una admiración cada vez mayor en su mirada.
       —¿No tendrá miedo? —continuó ella—. No lo envenenaré, se lo prometo. Beberé con usted para que vea que no hay problema.
       —Es usted una caja de sorpresas —afirmó él y, por primera vez, bajó el arma y la dejó colgar junto a su costado—. Que nadie vuelva a decirme que las mujeres de ciudad tienen miedo de todo. Usted es delicada y pequeña, pero tiene valor. Y además es confiada. No hay muchas mujeres, ni hombres, que tratarían a un hombre armado como me trata usted.
       Ella sonrió, encantada con el cumplido, y luego dijo, muy seria:
       —Eso es porque me gusta su aspecto. Parece demasiado decente para ser un ladrón. No debería comportarse así. Si tiene problemas, debería trabajar. Vamos, deje ese desagradable revólver y charlemos un rato. Lo que tiene que hacer es trabajar.
       —En esta ciudad, no —comentó él con amargura—. He perdido varios centímetros de altura intentando encontrar trabajo. Los he desgastado de tanto andar. En serio, antes de empezar a buscar trabajo era más alto.
       La risa divertida con la que ella recibió su broma, sin duda lo complació. Ella se dio cuenta enseguida y aprovechó la ventaja. Se alejó de la puerta y se dirigió al aparador.
       —Vamos, cuéntemelo todo mientras le preparo una copa. ¿Qué prefiere? ¿Whisky?
       —Sí, señora —respondió él, al tiempo que la seguía, aunque aún llevaba el enorme revólver al costado y miraba desconfiado hacia la puerta abierta, sin vigilancia.
       En el aparador, la mujer llenó un vaso y luego dijo, con indecisión:
       —Prometí beber con usted, pero no me gusta el whisky. Prefiero… prefiero el jerez.
       Alzó la botella de jerez en busca de su consentimiento.
       —Claro —respondió él—. El whisky es cosa de hombres. No me gusta ver a las mujeres bebiendo whisky. El vino es más apropiado.
       Ella alzó su copa y en sus ojos había simpatía y comprensión.
       —Brindo por encontrarle un buen puesto de…
       Pero se interrumpió al ver la expresión de sorpresa y asco en el rostro de él, que apartó el vaso, casi sin tocar, de los labios.
       —¿Qué ocurre? —preguntó ella, preocupada—. ¿No le gusta? ¿Me he equivocado?
       —Es un whisky muy raro. Sabe como si lo hubieran quemado y ahumado.
       —¡Oh! ¡Qué tonta soy! Le he dado whisky escocés y usted estará acostumbrado al de centeno. Permita que se lo cambie.
       Se mostró solícita, casi maternal, mientras cogía otro vaso y buscaba la botella adecuada.
       —¿Mejor? —preguntó.
       —Sí, señora. En este no hay humo. Es de lo mejor. Hace una semana que no tomo una copa. Baja bien, es suave, no tiene química.
       —¿Es bebedor?
       En parte fue una pregunta, pero su tono también era desafiante.
       —No, señora. No demasiado. Alguna vez he perdido el control y me he pasado de la raya, pero muy pocas veces. Aunque hay momentos en los que un buen vaso ayuda a superar una situación complicada y este es uno de esos momentos. Gracias por su amabilidad, señora, pero tengo que irme.
       Sin embargo, la señora Setliffe no quería quedarse sin su ladrón. Era demasiado equilibrada para dejarse llevar por la aventura, pero su situación actual resultaba tan emocionante que se sentía encantada. Además, sabía que no corría peligro. El hombre, a pesar de la firmeza de su mandíbula y la mirada fija de sus ojos castaños, era fácil de manejar. Y en el fondo de su cabeza se imaginaba una audiencia de amigos llenos de admiración hacia ella. ¡Qué pena no contar con un público así!
       —No me ha explicado por qué, en su caso, robar equivale a cobrar lo que se le debe —le dijo—. Vamos, siéntese y cuéntemelo. Nos sentaremos aquí, a la mesa.
       Maniobró para ocupar su silla de siempre, en la cabecera, y a él lo situó perpendicularmente a ella. Se fijó en que no había abandonado su actitud vigilante y sus ojos recorrían la estancia, observándolo todo, aunque luego volvían a mirarla con admiración, pero nunca durante mucho tiempo. También se dio cuenta de que, mientras ella hablaba, él se concentraba en escuchar otros posibles sonidos, además de su voz. Tampoco había renunciado al revólver, que estaba sobre la mesa, en la esquina, entre los dos, con la culata junto a la mano derecha de él.
       Sin embargo, el hombre se encontraba en un hábitat nuevo y desconocido para él. Ese hombre del oeste, que dominaba la vida en los bosques y las cosas sencillas, que mantenía ojos y oídos alerta, tenso y desconfiado, no sabía que bajo la mesa, junto al pie de la mujer, había un pulsador que hacía sonar un timbre eléctrico. Nunca había oído hablar de semejante aparato, ni soñaba siquiera con su existencia, así que de nada servían su precaución y su vigilancia.
       —Las cosas están así, señorita —empezó a decir en respuesta a la insistencia de ella—. El viejo Setliffe me fastidió el negocio hace tiempo. Fue injusto pero se salió con la suya. Cualquier negocio acaba siendo legal si lo respaldan unos cuantos cientos de millones. No me quejo y no quiero criticar a su padre. Él no me conoce de nada y creo que no sabe que me ha fastidiado. Es demasiado importante para fijarse en un gusano como yo, piensa en cifras millonarias y actúa en consecuencia. Es un gran empresario. Tiene toda clase de expertos pensando, planificando y trabajando para él. Algunos, según cuentan, ganan más que el presidente de Estados Unidos. Solo soy uno de los muchos miles a los que su padre ha fastidiado, nada más.
       “Verá, señora, yo tenía un pequeño agujero en la tierra que explotaba con la técnica de la minería hidráulica. Cuando la gente de Setliffe vino a sacarle dinero a Idaho, reorganizó el monopolio de la fundición, cambió por completo la situación y llevó a cabo el gran proyecto hidráulico de Twin Pines, yo me vi en un aprieto. No me pude ni quejar. Me borraron del mapa en un segundo. Por eso esta noche, arruinado y sabiendo que mi amigo necesita mi ayuda urgente, me colé aquí para sacarle algo a su padre. Lo necesitaba y me pareció que se me debía.
       —Aunque todo lo que dice sea cierto —respondió ella—, entrar en una casa para robar sigue siendo entrar en una casa para robar. No podría defenderse de esa forma ante un tribunal.
       —Ya lo sé —dijo el hombre, dócilmente—. Lo que es justo no siempre es legal. Por eso estoy tan incómodo, aquí sentado y hablando con usted. No porque no disfrute de su compañía, que sí, pero no puedo permitirme acabar detenido. Sé lo que me harían en esta ciudad. La semana pasada, a un joven le cayeron cincuenta años por atracar a un hombre en la calle y sacarle dos dólares con ochenta y cinco centavos. Lo leí en el periódico. Cuando las cosas se ponen feas y no hay trabajo, la gente se desespera. Los que tienen cosas que pueden robarse también se desesperan y se ceban con los demás. Si me detienen, supongo que no me caerían menos de diez años. Por eso quiero irme.
       —No. Espere —dijo ella mientras alzaba una mano para detenerlo y al mismo tiempo levantaba el pie del timbre, que había estado presionando intermitentemente—. Aún no me ha dicho cómo se llama.
       Él dudó.
       —Llámeme Dave.
       —De acuerdo, Dave… —Se detuvo y se rio, confusa—. Tengo que hacer algo por usted. Es joven y solo ha dado un primer paso por el mal camino. Aunque empiece por intentar cobrar lo que cree que se le debe, terminará robando lo que sabe perfectamente que no le corresponde. Y ya sabe lo que le ocurrirá. En vez de eso, debemos encontrar una ocupación honrada para usted.
       —Necesito el dinero y lo necesito ya —respondió él con tenacidad—. No para mí, sino para el amigo del que le hablé. Está en un buen lío y si no lo ayudo ya, no servirá de nada más adelante.
       —Puedo conseguirle un empleo —insistió ella—. Y… sí, ¡ya sé! Le prestaré el dinero que quiere enviarle a su amigo. Me lo devolverá de su sueldo.
       —Me bastará con trescientos dólares —dijo él, muy despacio—. Con trescientos saldrá adelante. Me dejaré la piel trabajando durante un año a cambio de eso, comida y alojamiento y unos pocos centavos para tabaco.
       —¡Ah, fuma usted! No me había fijado.
       Su mano pasó por encima del revólver hacia la de él, al señalar las yemas amarillas y delatoras de sus dedos. Al mismo tiempo, calculó lo cerca que tanto su mano como la de él se encontraban del arma. Ansiaba agarrarla con un movimiento rápido. Estaba segura de poder hacerlo, aunque no del todo. Por eso se contuvo y retiró la mano.
       —¿Quiere fumar? —lo invitó.
       —Me muero de ganas.
       —Pues hágalo. No me molesta. Incluso me gusta, si son cigarrillos, claro.
       El hombre metió la mano izquierda en uno de sus bolsillos, sacó un único papel de fumar y lo pasó a la mano derecha, próxima al revólver. Volvió a meter la mano en el bolsillo y vació sobre el papel una pizca de tabaco. Luego, con ambas manos sobre el revólver, se concentró en liar el cigarrillo.
       —Por la forma en que ronda siempre esa arma tan desagradable, parece que me tiene miedo —lo desafió la mujer.
       —Yo no lo llamaría miedo, señora. Más bien timidez, dadas las circunstancias.
       —Pero yo no le tengo miedo a usted.
       —No tiene nada que perder.
       —La vida —respondió ella.
       —Eso es verdad —reconoció él enseguida—. Y aún así no me tiene miedo. A lo mejor me preocupo demasiado.
       —Yo no le haría daño alguno. —Mientras hablaba, su zapatilla tanteó en busca del timbre y lo pisó. Al mismo tiempo, le dedicó la más sincera de las miradas—. Usted sabe juzgar a los hombres. Estoy segura. Y a las mujeres. Solo intento apartarlo de la delincuencia y buscarle un trabajo honrado.
       Él se mostró arrepentido de inmediato.
       —Le pido disculpas, señora —dijo—. Supongo que verme tan nervioso no le resulta agradable.
       Mientras lo decía, apartó la mano derecha de la mesa y, tras encender el pitillo, la dejó caer al costado.
       —Gracias por su confianza —murmuró ella en voz baja, obligándose a no mirar el arma para calcular la distancia a la que se encontraba y apretando con fuerza el timbre, sin descanso.
       —En cuanto a los trescientos dólares —empezó a decir el hombre—, puedo enviar un giro al oeste esta misma noche. Y trabajaré un año entero por esa cantidad, la comida y el alojamiento.
       —Ganará más que eso. Puedo prometerle un mínimo de setenta y cinco dólares al mes. ¿Sabe de caballos?
       Al hombre se le iluminó el rostro y le brillaron los ojos.
       —Entonces trabajará para mí, o más bien para mi padre, aunque soy yo quien se ocupa de contratar al servicio. Necesito un segundo cochero…
       —¿Tendré que llevar uniforme? —la interrumpió él, en la voz y en los labios el desdén de un hombre nacido libre en el oeste.
       Ella sonrió, tolerante.
       —Es evidente que eso no puede ser. Déjeme pensar. Sí, ¿sabe domar potros?
       Él asintió.
       —Tenemos una explotación ganadera en la que hay sitio para alguien como usted. ¿Acepta el empleo?
       —¿Que si lo acepto, señora? —En su voz había gratitud y entusiasmo—. Dígame dónde está. Mañana mismo me presentaré allí. Y una cosa le prometo: jamás se arrepentirá de haberle echado una mano a Hughie Luke en el…
       —Creí que había dicho que se llamaba Dave —lo reprendió en tono compasivo.
       —Sí, señora, lo dije. Y le pido perdón. Fue un farol. Me llamo Hughie Luke. Y si me da la dirección de su granja y el dinero para el viaje, mañana a primera hora salgo para allí.
       Durante toda la conversación ella no había dejado de utilizar el timbre. Lo había pulsado de todas las formas posibles: tres toques cortos y uno largo, dos cortos y uno largo, y cinco cortos. Había probado con largas series de llamadas cortas y en una ocasión lo había pisado durante tres minutos seguidos. Dudaba entre amonestar al estúpido del mayordomo por su sueño profundo o pensar que el timbre estaba estropeado.
       —Me alegro mucho —dijo—. Me alegro de que acepte. Ya está casi todo hecho. Aunque tendrá que confiar en mí mientras voy arriba a por mi cartera. —Vio un atisbo de duda en la mirada del hombre y se apresuró a añadir—: Pero ya ve que yo confío en usted porque le voy a adelantar trescientos dólares.
       —Creo en usted, señora —respondió él en tono amable—. Es que no puedo evitar preocuparme.
       —¿Voy a buscarla?
       Pero antes de recibir el permiso, percibió el rechinar muy leve y amortiguado de una puerta en la distancia. Supo que se trataba de la puerta de vaivén de la despensa del mayordomo. Aunque había sido tan tenue —más una ligera vibración que un sonido— que no lo habría oído si no lo hubiese estado esperando. Sin embargo, el hombre sí lo oyó. Se sobresaltó sin perder la serenidad.
       —¿Qué ha sido eso? —preguntó.
       Como respuesta, la mano izquierda de la mujer se lanzó veloz sobre el revólver y se apoderó de él. Se había adelantado al hombre, por suerte, ya que casi al mismo tiempo, él alzó la mano desde el costado y agarró el vacío que había dejado el arma.
       —¡Siéntese! —ordenó ella secamente, en un tono nuevo para él—. No se mueva. Mantenga las manos sobre la mesa.
       Había aprendido de él. En lugar de sujetar la pesada arma con el brazo extendido, la culata y su antebrazo descansaban sobre la mesa, mientras le apuntaba al pecho, en lugar de a la cabeza. Él mantuvo la calma, obedeció sus órdenes y supo que no había ni la más mínima posibilidad de que el retroceso la llevase a fallar el tiro. También se fijó en que el revólver no temblaba, ni la mano de la mujer. De sobra sabía el agujero que provocaban esas balas a tan corta distancia. No la miraba a ella, sino al percutor, que se había alzado bajo la presión del índice de la mujer en el gatillo.
       —Creo que es mejor advertirla de que ese gatillo es de lo más sensible. No apriete demasiado o me hará un agujero del tamaño de una nuez.
       Ella permitió que el percutor bajase un poco.
       —Así está mejor —comentó él—. Aunque le aconsejo que lo baje del todo. Funciona muy bien. Si lo desea, bastará con apretarlo rápidamente y dejará su precioso suelo hecho una porquería.
       Se abrió una puerta a su espalda y oyó a alguien entrar en la habitación. Pero no giró la cabeza. La miraba a ella y descubrió que su rostro era el de otra mujer: duro, frío, despiadado, aunque muy hermoso. Los ojos también se habían endurecido y en ellos brillaba una luz gélida.
       —Thomas, vaya al teléfono y llame a la Policía —ordenó la mujer—. ¿Por qué ha tardado tanto en responder?
       —He venido en cuanto oí el timbre, señora —contestó el mayordomo.
       El ladrón no apartó los ojos de los de ella en ningún momento, ni ella de los de él, por eso la mujer supo que la mención al timbre lo había desconcertado.
       —Disculpe —dijo el mayordomo desde atrás—, pero ¿no sería mejor que fuese a buscar un arma y despertara al servicio?
       —No. Llame a la Policía. De este hombre puedo ocuparme yo. Vaya y dese prisa.
       El mayordomo abandonó la estancia y ellos permanecieron sentados, mirándose a los ojos. Para ella, se trataba de una experiencia emocionante y se imaginaba cómo hablaría la gente de todo aquello. Incluso habría notas de sociedad en las revistas que relatarían la forma en que la hermosa y joven señora Setliffe había capturado sin ayuda a un ladrón armado. Estaba segura de que causaría sensación.
       —Cuando lo condenen, tal y como usted mismo dijo antes —comentó fríamente—, tendrá tiempo para pensar en la estupidez que cometió al intentar robar propiedades ajenas y amenazar a una mujer con un revólver. Tendrá tiempo de sobra para aprender la lección. Y ahora, dígame la verdad. No existe ese amigo con problemas. Todo lo que me ha contado es mentira.
       Él no contestó. Aunque la miraba, sus ojos permanecieron inexpresivos. En realidad, ni siquiera la veía a ella, sino los amplios espacios bañados por el sol del oeste, donde los hombres y las mujeres era mucho mejores que los podridos habitantes de las podridas ciudades del este.
       —Vamos, ¿por qué no habla? ¿Por qué no cuenta más mentiras? ¿Por qué no me ruega que lo deje marchar?
       —Podría hacerlo —respondió él, pasándose la lengua por los labios resecos—. Podría rogar que me dejase marchar si…
       —¿Si qué? —preguntó ella en tono autoritario al ver que él se detenía.
       —Intentaba buscar la palabra adecuada. Como iba diciendo, podría si usted fuese una mujer decente.
       Ella se puso pálida.
       —Tenga cuidado —advirtió.
       —No se atreverá a matarme —se burló él—. El mundo ya es bastante porquería con una alimaña como usted merodeando en libertad, pero aún no ha caído tan bajo, creo yo, como para permitir que me meta un tiro. Usted es mala, pero su problema es que su maldad es débil. No hace falta mucho para matar a un hombre, pero usted no lo tiene. Por eso saldrá perdiendo.
       —Tenga cuidado con lo que dice —insistió ella—, o le advierto que lo pasará mal. Puedo conseguir que su condena sea más corta o más larga.
       —A Dios tiene que ocurrirle algo muy malo —comentó él, sin darle importancia—, si permite que usted ande suelta por ahí. No comprendo qué es lo que busca al jugar de esta forma con la pobre humanidad. Si yo fuese Dios…
       Pero lo interrumpió la entrada del mayordomo.
       —Algo le pasa al teléfono, señora —anunció—. Tienen que estar mal las líneas, o algo falla, porque no consigo hablar con la centralita.
       —Despierte a uno de los criados —ordenó ella—. Mándelo a buscar a un policía y luego vuelva aquí.
       Se quedaron solos de nuevo.
       —¿Sería tan amable de responder a una pregunta, señora? —preguntó el hombre—. Ese criado dijo algo de un timbre. Yo no le he quitado la vista de encima y estoy seguro de que no usó ningún timbre.
       —Está en el suelo, bajo la mesa, tonto infeliz. Lo apreté con el pie.
       —Gracias, señora. Creía que había visto gente mala antes, pero ahora ya sé lo que es la maldad. Confié en usted y fui sincero, pero usted no dejó de mentir ni un momento.
       Ella se rio, burlándose de él.
       —Siga. Diga lo que quiera. Es muy interesante.
       —Coqueteó conmigo, se mostró inocente y amable, exageró el hecho de que lleva faldas y no pantalones y… siempre con el pie sobre el timbre, bajo la mesa. Pero hay algo que me consuela. Prefiero ser el pobre Hughie Luke y cumplir diez años de condena a estar en su pellejo. Señora, el infierno está lleno de mujeres como usted.
       Guardaron silencio durante un rato, que el hombre, sin dejar de mirarla y de estudiarla, aprovechó para tomar una decisión.
       —Vamos —le instó ella—. Diga algo.
       —Sí, señora, algo voy a decir. Claro que sí. ¿Sabe lo que voy a hacer? Me voy a levantar de esta silla y voy a salir por esa puerta. Le quitaría el arma si no fuera porque podría ponerse tonta y dispararla sin querer. Quédese con ella. Es buena. Como decía, voy a salir por esa puerta. Y usted no va a disparar. Hay que tener agallas para matar a un hombre y usted no las tiene. Ahora prepárese, a ver si es capaz de apretar el gatillo. Yo no le haré daño. Voy a salir por esa puerta ahora mismo.
       Con los ojos clavados en los de ella, empujó la silla hacia atrás y se levantó despacio. El percutor se elevó un poco. La mujer lo miró. Él también.
       —Más fuerte —aconsejó—. Aún no está ni a medio camino. Vamos, apriete con fuerza y mate a un hombre. Eso es, mate a un hombre, haga que sus sesos salpiquen el suelo o plántele un agujero en el pecho del tamaño de su puño. Eso es lo que significa matar a un hombre.
       El percutor descendió a sacudidas, pero con suavidad. El hombre le dio la espalda y caminó despacio hacia la puerta. Ella giró el revólver para apuntar a su espalda. Dos veces elevó el percutor hasta la mitad y dos veces lo volvió a bajar de mala gana.
       Al llegar a la puerta, el hombre se giró un momento antes de cruzar el umbral. En sus labios había una mueca de desprecio. Le habló en voz baja, casi arrastrando los sonidos, pero su voz encerraba la quintaesencia del asco y la repugnancia cuando la insultó con una palabra vil y atroz.




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