Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)
El enemigo del mundo entero (1908)
(“The Enemy of All the World”)
Originalmente publicado en The Red Book Magazine (octubre de 1908);
The Strength of the Strong
(Nueva York: Macmillan Company, 1914, 378 págs.)
Estaba reservado a Silas Bannerman desenmascarar
definitivamente a Emile Gluck, aquel científico brujo y enemigo del Mundo
entero.
Las confesiones de Gluck en el momento de subir
a la silla eléctrica, proyectan una viva luz sobre una serie de acontecimientos
misteriosos y a veces sin relación aparente que conmovieron el mundo entre
19...... y 19.......
A pesar del carácter abominable de los actos de
Emile Gluck, no se pude dejar de sentir una cierta compasión hacia este
desafortunado genio, deformado y maltratado por el destino. Este ángulo de su
biografía no ha sido nunca esbozado hasta el momento, pero a partir de su
confesión y de los numerosos expedientes y anales de la época, podemos tener
una idea bastante exacta de su persona y discernir los factores y las influencias
que lo transformaron en un monstruo humano y lo arrojaron, sin cesar, al
terrible laberinto en el que se internó.
Emile Gluck había nacido en Siracusa, en el
Estado de New York. Su padre, agente de la policía secreta y vigilante
nocturno, murió de una afección respiratoria. Su madre, graciosa y frágil
criatura, modista antes de su matrimonio, murió de pena algún tiempo después,
legando a su hijo una sensibilidad que debía de degenerar en una horrible
morbidez.
A la edad de seis años, el pequeño Emile fue a
vivir a casa de la Sra. Anne Bartell, su tía materna, pero desprovista de toda
simpatía hacia este niño sensitivo e introvertido. Llena de vanidad y seca de
corazón, esta mujer, por lo demás agobiada por la miseria y teniendo que
soportar un marido vago e inútil, consideraba al pequeño Emile como una carga
suplementaria, lo que se cuidaba de hacérselo notar. Citemos un ejemplo del
trato que recibió en este primer y tierno período de formación.
Vivía con el matrimonio Bartell desde hacía más
de un año, cuando se rompió una pierna. El accidente ocurrió cuando jugaba en
el tejado a pesar de la prohibición expresa de su tía, como lo han hecho y lo
seguirán haciendo todos los niños hasta el fin de los siglos. La pierna se
partió por dos sitios, entre la rodilla y el muslo. Con la ayuda de sus
compañeros asustados, Emile consiguió arrastrarse hasta el umbral de la casa,
donde se desmayó. Los chiquillos del barrio temían a la arpía de rasgos duros
que dirigía la casa. Sin embargo, armándose de valor, tiraron de la campanilla
y avisaron a Anne Bartell del hecho. Sin mirar tan siquiera al pobre niño
tendido en la acera, cerró la puerta violentamente y volvió a sus asuntos.
Pasó un rato, empezó a llover y Emile Gluck que
había recobrado el conocimiento, lloraba impotente, bajo el chaparrón. La
pierna habría tenido que ser curada inmediatamente. En las condiciones
presentes, la inflamación se extendió rápidamente y el asunto tomó un mal
cariz. Al cabo de dos horas, las vecinas indignadas estallaron en reproches
contra Anne Bartell. Esta salió, miró al niño postrado, le propinó una patada
en las costillas, y renegó de él dando gritos histéricos. Ya no le pertenecía,
clamó.
Al final, aconsejó pedir una ambulancia para
trasladarlo al hospital de la ciudad y volvió a su guarida.
Fue una transeúnte, Elizabeth Shepstone, quien
enterada del accidente, ayudó a postrar el niño sobre una tabla, llamó al
médico por teléfono y luego, apartando de un codazo a la arpía, hizo entrar en
la casa al doctor.
Cuando éste llegó, Anne Bartell le advirtió
inmediatamente que no pagaría su asistencia. Durante un mes el pequeño Emile
estuvo inmovilizado, echado de espaldas sin poder moverse ni una sola vez: más
tarde estuvo en cama treinta días más, abandonado y solitario, aparte de algunas
visitas gratuitas del fatigado galeno.
Ningún juguete le ayudaba a pasar las horas
monótonas, ninguna palabra amable le daba ánimo, ninguna mano tranquilizadora
se posaba sobre su frente. No conocía más que los ásperos reproches de Anne
Bartell repitiendo continuamente que su presencia en este Mundo era inútil.
En tales circunstancias, se comprenderá en un
niño solitario y abandonado, la génesis de su amargura y de la hostilidad
contra sus semejantes que más tarde debía de expresarse en actos capaces de aterrorizar
el Mundo.
Sorprenderá probablemente que estando Anne
Bartell, Emile Gluck hubiera recibido una instrucción superior. La explicación
es muy fácil. El holgazán de su marido la plantó, dio con un rico yacimiento en
los terrenos auríferos de Nevada, y regresó millonario.
Anne Bartell envió entonces inmediatamente al
niño odiado a la Academia de Farrington, a unos cien kilómetros de distancia.
Tímido y sensible, el niño incomprendido se sintió más solo que nunca.
No volvía a su casa como los demás durante las
vacaciones y los días de fiesta; vagaba por los patios y los edificios
desiertos, donde los jardineros lo abordaban sin llegar a comprender el porqué
de su mutismo. Se recuerda que leía mucho, pasando los días por los campos o al
lado de la chimenea, con la nariz metida en un libro cualquiera. Fue así como
se le cansó la vista y tuvo que llevar aquellas gafas tan prominentes con las
que apareció en las fotografías que publicaron luego los periódicos.
Era un alumno brillante. Una capacidad tal habría
tenido que llevarle lejos. Pero no tenía necesidad de aplicarse. Le bastaba
echar un vistazo a un texto para hacerse dueño de él. Gracias a sus lecturas
suplementarias, aprendía más en seis meses que un estudiante normal en el mismo
número de años. Con apenas catorce años, estaba preparado —más que preparado,
según los términos del rector de su academia— para entrar en la Universidad de
Yale o de Harvard. Su juventud le impedía inscribirse. Por eso lo encontramos,
más tarde, recién llegado al colegio de historia de Bovdain. Allí pasó
brillantemente sus exámenes, luego siguió, en Berkeley, California, al profesor
Bradlough, el único amigo que Emile Gluck conoció en su vida.
La debilidad de sus pulmones obligó al profesor
a emigrar de Maine a California, y el cambio fue facilitado por la proposición
de una cátedra en la universidad de este estado. Durante un año, Emile Gluck
residió en Berkeley y siguió cursos especiales sobre ciencias. A finales de
este año dos muertes modificaron su porvenir y su situación en la vida. La
muerte del profesor Bradlough que le arrebató a su único amigo, y la de Anne
Bartell que le dejó sin dinero. Rencorosa hasta el fin, le dejaba solamente
cien dólares.
A los veinte años obtuvo un empleo de ayudante
de química en la Universidad de California. Pasó allí unos años tranquilos,
cumpliendo lealmente un trabajo que le permitía vivir y, continuando sus
estudios, pasó una media docena de exámenes. Entre otros, obtuvo los diplomas
de doctor en filosofía, en sociología y en ciencias; y más tarde el Mundo lo
conocería únicamente bajo el nombre de profesor Gluck.
Tenía veintisiete años cuando se hizo notar en
la prensa con la publicación de una obra titulada Sexo y Progreso. Este
libro está considerado, todavía hoy, como un punto de referencia en la historia
y la filosofía del matrimonio. Es un volumen de más de setecientas páginas, una
obra laboriosa, minuciosa, y profundamente original, destinada a los sabios y
en absoluto sensacionalista. Pero en el último capítulo, Gluck, en tres líneas
apenas, dejaba entender las ventajas hipotéticas que representaría la
institución de los matrimonios de prueba.
Inmediatamente los periódicos se lanzaron sobre
estas tres líneas.
Los fotógrafos lo atraparon al paso, los
reporteros lo asediaron, los clubs femeninos votaron resoluciones condenándolo
por sus inmorales teorías. En la sesión de la Asamblea de California, en donde
se discutía la apropiación de la universidad por el Estado, fue aprobada una
moción pidiendo la expulsión de Gluck bajo amenaza de rehusar la apropiación.
Por descontado, ninguno de sus perseguidores
había leído el libro: la cita de aquellas tres líneas deformadas por los
periódicos bastaba. De ahí nació el odio de Gluck hacia los periodistas,
gracias a los cuales su obra de seis años, seria y de un valor real, se
convirtió en objeto de burla, de malsana notoriedad. Hasta el día de su muerte
no les perdonó, lo que lamentarán eternamente.
Fueron también los periodistas los responsables
de su inminente desastre. Durante cinco años después de la publicación de su
libro, no dijo una sola palabra; y el silencio no es bueno para un solitario.
Podemos compadecernos de la terrible situación de Emile Gluck en esta gran
universidad en donde no encontraba amistad ni simpatía. Los libros representaban
su único refugio, y seguía leyendo y aprendiendo enormemente.
Algunos años más tarde aceptó una invitación
para comparecer ante la “Sociedad de los Intereses del Hombre”, de Emerryville.
No se arriesgó a hablar, pero escribiendo estas líneas, tenemos bajo los ojos
un ejemplo de su “memorial”, que merece las calificaciones de sobrio, sabio y
científico, hasta se podía decir, conservador.
Pero en un determinado pasaje se trata, cito
textualmente, de la “revolución industrial y social que se produce en la sociedad”.
Un reportero presente saltó sobre la palabra “revolución”, la aisló del texto y
dio a la luz un artículo perverso, representando a Emile Gluck como un
anarquista. Inmediatamente la rúbrica “El profesor Gluck anarquista” voló por
los hilos telegráficos y fue reproducida por todos los periódicos.
Había intentado, en una primera etapa, responder
al primer ataque, pero esta vez guardó silencio. La amargura le había corroído
el alma. La Facultad le aconsejó defenderse. Rehusando la invitación, no quiso tan
siquiera remitir una copia de su “memorial” para evitar la expulsión. Se negó
igualmente a dimitir y fue expulsado de la Universidad. Debemos añadir que se
había ejercido una presión política sobre los dirigentes y sobre el rector de
la Universidad.
Perseguido, ridiculizado e incomprendido, el
desafortunado no intentó vengarse. Durante toda su vida habían pecado contra
él, mientras que él nunca había pecado contra nadie. Pero su copa de amargura
no se encontraba todavía a punto de desbordarse. Habiendo perdido su colocación
y careciendo de rentas, tuvo que buscar trabajo. Encontró un primer empleo en
los Talleres Metalúrgicos de la Unión de San Francisco en donde se mostró un
hábil dibujante, y adquirió, de primera mano, los informes sobre la construcción
de acorazados. Pero los periodistas lo descubrieron y lo caricaturizaron en su
nueva profesión. Dimitió inmediatamente y encontró otro empleo. Sin embargo,
cuando los reporteros lo hubieron echado de media docena de colocaciones, se
irguió para desafiar la persecución de los periódicos.
Abrió entonces un taller de galvanoplastia en
Oakland, en Telegraph Avenue. En una pequeña tienda en la que tenía empleados a
tres operarios y a dos aprendices. El mismo trabajaba durante largas horas.
Como testimonió más tarde el agente de policía
Carew en el estrado del tribunal, no dejaba su trabajo hasta la una o las dos
de la madrugada, en esta época perfeccionó el encendido de los motores a gas, y
con las patentes de dicho invento acabó por enriquecerse.
En el transcurso de este año, cobró un
desgraciado afecto hacia Irene Tackley.
Es de imaginar que un ser tan anormal como Emile
Gluck tenía que, ser un amante extraordinario. Además de su genio, de su
aislamiento y de su morbidez, hay que tener en cuenta el hecho de que no sabía
nada de las mujeres. Aunque su alma había sido invadida por vagos deseos, no
sabía en absoluto expresarlos en términos convencionales; por otro lado su
excesiva timidez debía de complicar su forma de cortejar a una mujer.
Irene Tackley era una muchacha bastante bonita
pero superficial y ligera de cascos. En esta época trabajaba en una pequeña
confitería situada frente al taller de Gluck. Este adquirió la costumbre de
entrar en la confitería y beber limonada y bebidas heladas mirándola fijamente.
La muchacha no parecía fijarse en él pero se divertía con este juego. Ella lo
calificaba de tipo raro, a veces hasta de chiflado, explicando así su manera de
quedarse plantado delante del mostrador, mirándola perseverantemente a través
de sus gafas, de embrollarse cuando ella lo miraba, y hasta de salir
precipitadamente de la tienda en el paroxismo de la confusión.
Gluck le prodigó los regalos más heterogéneos...
un servicio de té de plata, un anillo de diamantes, pieles, unos anteojos de
teatro, una pesada Historia del Mundo en varios volúmenes, una
motocicleta hecha en su propio taller, toda contrachapada de plata.
A todo esto el pretendiente de la muchacha entra
en escena, se interpone en este pequeño juego, manifiesta una gran cólera y le
obliga a devolver a Gluck sus extraños presentes.
William Sherbourne, era un tipo grosero y
limitado. Un obrero rudo convertido en contratista de obras. Gluck no entendía
la situación. Deseando pedir explicaciones a la bella chica, intentó hablarle
una tarde cuando volvía del trabajo. Ella se fue a quejar a Sherbourne. A la
tarde siguiente éste le dio una paliza a Gluck, y con una mano dura, pues las
historias del hospital de la Cruz Roja mencionan que Gluck fue admitido aquella
tarde y no se fue hasta al cabo de una semana.
Gluck no acababa de comprender. Se obstinaba en
pedir explicaciones a la muchacha.
Temiendo la brutalidad de Sherbourne, pidió
autorización al jefe de policía para llevar un revólver. El permiso le fue
negado, y, como de costumbre, los periódicos comentaron el incidente con
grandes titulares.
A esto siguió el asesinato de Irene Tackley,
seis días antes de su boda con Sherbourne. Un sábado por la noche, después de
haber estado hasta tarde en la confitería. Irene se fue a su casa a las once
tocadas. Cogió el tranvía de la avenida San Pablo hasta la calle treinta y
cuatro y se dirigió a su alojamiento, tres manzanas más lejos.
No se la volvió a ver con vida. Al día siguiente
fue descubierta estrangulada en un descampado.
Emile Gluck fue detenido inmediatamente. No hubo
manera de arreglarlo. Fue declarado culpable no sólo según testimonios
accesorios sino también otros inventados por la policía de Oakland.
Indiscutiblemente, gran parte de estas presunciones fueron fabricadas a
conciencia. La declaración del capitán Shehan constituía un puro y simple
perjurio, ya que más tarde fue demostrado que en la noche en cuestión el
testigo no se encontraba por los alrededores del lugar del crimen, sino que
estaba fuera de la ciudad, en una casa situada en la carretera de San Leandro.
El desgraciado Gluck fue condenado a cadena
perpetua en la cárcel de San Quintín, mientras que los periódicos y el público
gritaban que no se había hecho justicia y exclamaban que debían de haberlo
condenado a muerte.
Gluck entró en la cárcel a los treinta y cuatro
años. Durante tres años estuvo en una celda y pudo meditar con tiempo sobre la
injusticia humana. Durante este tiempo la amargura le roía el corazón y le
inspiró un gran odio hacia todos sus semejantes. Al tiempo escribió su famoso Tratado
sobre la Moral Humana así como un pequeño libro llamado El criminal sano,
y elaboró su espantoso y monstruoso plan de venganza.
La forma en que debía realizar este proyecto le
había sido sugerida por un episodio acaecido en su taller de galvanoplastia.
Como debía declararlo en su confesión, imaginó todos los detalles durante su
reclusión, lo que le permitió, una vez puesto en libertad, entregarse por
completo a su venganza.
Su puesta en libertad causó sensación, Pero fue
retrasada ilegalmente a causa del espíritu administrativo todavía en boga. Una
noche de febrero, un bandido llamado Tim Haswell resultó herido cuando
intentaba atracar a un ciudadano de Piedmint Heighs. Tardó tres días en morir y
se declaró culpable del asesinato de Irene Tackley, con pruebas evidentes. Un
tal Bert Denniker que también languidecía de una enfermedad del pecho en la
cárcel de Folson se encontró implicado como cómplice e hizo declaraciones
completas a su vez.
Los procedimientos absurdos y dilatorios de la
justicia americana a lo largo de la generación precedente nos parecen hoy en
día inconcebibles. Emile Gluck, cuya inocencia había sido reconocida
públicamente en febrero, no fue liberado hasta octubre. Durante ocho meses la
víctima de un error judicial tan grave tuvo que soportar un castigo inmerecido.
Un trato semejante no era el más adecuado para aliviar aquella alma herida.
Gluck volvió al Mundo en otoño del mismo año y,
como siempre, dicha liberación facilitó nuevos argumentos sensacionalistas a la
prensa yanqui. En lugar de expresar su sincero pesar, los periódicos
reemprendieron su persecución. El San Francisco Intelligencer fue
todavía más lejos; John Hartwell, su director, elaboró una ingeniosa campaña en
la que se quitaba toda importancia a las confesiones de los criminales y
trataba de demostrar que Gluck, después de todo, era el responsable del
asesinato de Irene Tackley.
Mientras tanto, uno tras otro, Hartwell murió.
Sherbourne también, y el agente de policía Phillips, recibió un balazo en la
acera delante de la casa de Sherbourne. Pretendía que alguien le había
disparado en la pierna, por detrás. El miembro en cuestión estaba tan
destrozado por tres balas del calibre 38, que hubo que amputarlo
inevitablemente.
Pero cuando la policía descubrió que las heridas
provenían del propio revólver del agente, estalló una gran risotada y el hombre
fue acusado de haberse corrido una juerga.
A despecho de sus protestas de templanza y de
sus afirmaciones de que el revólver se encontraba en el bolsillo sobre su
cadera y que no lo había tocado, fue expulsado de la policía.
Las confesiones de Emile Gluck, seis años
después, debían de lavar el honor del desgraciado agente que, todavía hoy vive
en perfecto estado de salud y recibe una razonable pensión del municipio.
Emile Gluck, después de haberse desambarazado de
sus enemigos inmediatos, amplió su campo de acción, así como su enemistad hacia
los periodistas, y la policía permaneció constantemente activa. Los derechos
provenientes de su invención de encendido de motores a gas se acumularon
durante su detención, y los beneficios de su nuevo sistema crecían de año en
año. Poseía la independencia material, podía viajar a su gusto por todo el
Mundo y saciar su monstruosa sed de venganza. Se convirtió en monógamo y
anarquista, no de un anarquismo filosófico sino del de la acción militante.
Podríamos describirlo más exactamente como nihilista. Se sabía que no estaba
afiliado a ningún grupo terrorista. Trabajaba absolutamente solo, pero
inspiraba cien veces más terror y acumulaba mil veces más ruinas que todos los
grupos terroristas juntos.
Hizo notar su marcha a California haciendo
saltar el fuerte Mason. En sus confesiones, habló de ello como de una pequeña
experiencia, llevada a cabo para entretenerse. Durante ocho años, recorrió la
Tierra un objeto que causó un misterioso terror, destruyendo innumerables vidas
y propiedades valoradas en centenares de millones de dólares.
Uno de los peores resultados de sus temibles
fechorías fueron los destrozos que produjo entre los propios terroristas. Después
de cada una de sus hazañas, la policía hacía una redada y cogía a todos los
terroristas de los alrededores, y muchos de ellos fueron ejecutados.
Quizás la más sorprendente de sus hazañas fue el
asesinato del rey y del primer ministro de Portugal, el mismo día del
matrimonio del primero. Todas las precauciones posibles fueron tomadas contra
los terroristas y un doble cordón de guardias jalonaban la ruta que debía
seguir el cortejo nupcial, mientras que un escuadrón de doscientos hombres a
caballo rodeaban la carroza. De pronto, los fusiles y las carabinas automáticas
de los soldados comenzaron a dispararse, y en la confusión que siguió, los
cañones de estas armas apuntaron en todas las direcciones. La masacre fue
terrible: caballos, soldados, espectadores, rey y reina fueron acribillados a
balazos. Para colmo, entre la masa situada detrás del cordón de tropas, a dos
terroristas provistos de bombas, que proyectaban lanzar en la ocasión, les
explotaron sobre ellos mismos.
¿Quién podía preveer una cosa semejante? Los
espantosos estragos producidos por estos ingenios no hicieron más que ayudar a
la confusión, y el incidente fue considerado como parte de un plan de ataque.
Parecía imposible que todos estos soldados,
cuyas armas se disparaban, estuvieran mezclados en algún complot, y no
obstante, sus balas habían matado centenares de personas, además de a la pareja
real.
El enigma se complicaba aún más por el hecho de
que el setenta por ciento de los soldados habían resultado muertos o heridos.
Algunos emitieron la hipótesis de que las tropas reales, viendo que sus
soberanos eran atacados, habían abierto fuego contra los traidores. Pero no se
pudo arrancar dej los supervivientes, ni siquiera con la tortura, la menor
confirmación de esta hipótesis: todos se obstinaban en repetir que no habían
disparado y que sus armas lo habían hecho; solas.
Sus afirmaciones provocaron la risa de los
químicos. En rigor, se podía suponer, decían, que una sola bala cargada de la
nueva pólvora sin humo se inflamara sola, pero estaba fuera de toda posibilidad
o de probabilidad que se produjera, en un aire determinado, una deflagración
espontánea y simultáneamente de todas las balas de este modelo.
En fin de cuentas, no se encontró ninguna
explicación razonable a este acontecimiento extraordinario. La opinión general
del resto del Mundo fue que el asunto se resumía a un pánico ciego de todos
aquellos latinos enfebrecidos, determinado ciertamente por la explosión de dos
bombas terroristas, y, a este propósito, se evocó el cómico encuentro acaecido
dos años antes entre la flota rusa y una flotilla de pesca inglesa.
Emile Gluk sonrió maliciosamente y siguió su
plan, sabía cosas que eran ignoradas por el resto del Mundo.
Había descubierto su secreto en un viejo taller
de galvanoplastia cerca de Telegraph Avenue de Oakland. En esta época un poste
de telegrafía sin hilos fue instalado a poca distancia de su tienda por
Thurston Power Company, y su cubeta de electrodos no tardó en deteriorarse.
Gluck encontró muchos contactos defectuosos y examinándolos encontró minúsculas
soldaduras en las junturas de los hilos, que, debilitando la resistencia,
dejaban pasar una corriente demasiado fuerte a través de la solución,
haciéndola “hervir” y estropeándose el trabajo. Pero lo que preocupaba al
espíritu de Gluck era la causa de estas rebabas.
Hizo un razonamiento muy simple. Antes del
restablecimiento del poste sin hilos, la cubeta funcionaba perfectamente: desde
entonces estaba fuera de uso. Había una relación entre causa y efecto, pero
¿cuál? El problema fue resuelto rápidamente. Si una descarga eléctrica podía
accionar un conectador a través de las tres mil millas del Océano, las
descargas eléctricas de un poste sin hilos debían ser capaces de producir
efectos cohesivos en las juntas en mal estado de una cubeta galvanoplástica.
De momento, Gluck no se preocupó demasiado, se
contentó con reemplazar los hilos y continuó su plateado. Pero más tarde, en
prisión, se acordó del incidente y se dio cuenta en un instante de toda su
importancia.
Acababa de encontrar el arma silenciosa y
secreta que le permitiría vengarse del mundo entero. Su descubrimiento, que
murió con él, lo convertiría en maestro de la dirección y de la distancia de la
descarga eléctrica. En esta época, este problema no estaba resuelto —tampoco lo
está todavía en la nuestra— pero Emile Gluck encontró la solución en su celda,
y la aplicó después de su puesta en libertad.
Le resultaba relativamente fácil introducir una
chispa en la reserva de un fuerte, en el pañol de un acorazado o en las balas
de un revólver; y, a distancia, podía no sólo inflamar la pólvora, también
podía encender braseros. Fue él quien provocó el gran incendio de Boston, por
puro accidente, como luego declaró en sus confesiones, añadiendo por otra
parte, que se había alegrado de esta catástrofe y que no la había lamentado
nunca.
Fue de nuevo él quien ocasionó la terrible
guerra entre Alemania y América al precio de 800.000 vidas humanas e
incalculables gastos. Se recuerda que después del incidente Pickard, las
relaciones entre los dos países eran extremadamente tensas. No obstante
Alemania, aunque se encontraba molesta, no deseaba la guerra. Como prueba de
sus intenciones pacíficas, envió en visita a siete acorazados a los Estados
Unidos. En la noche del 15 de febrero, la flota estaba anclada en el Hudson,
frente a New York. Esta misma noche, Emile Gluck se hallaba solo con su aparato
en una lancha de vapor. Se supo luego que había comprado la lancha a la
compañía Rose Turner y la mayor parte de sus aparatos eléctricos a la Compañía
Columbia, pero, entonces se ignoraba. Hay un hecho cierto: los siete acorazados
saltaron uno tras otro, a intervalos regulares de cuatro minutos y el noventa
por ciento de la tripulación y oficiales perecieron.
Algunos años más tarde, el Maine,
acorazado norteamericano, había saltado en el puerto de La Habana, a lo que
siguió una guerra entre los Estados Unidos y España, aunque siempre se había
puesto en duda si la explosión había sido debida a un complot o a un accidente.
Pero ningún accidente podía explicar la destrucción de siete acorazados en el
Hudson a intervalos de cuatro minutos. Alemania creyó ver en ello la obra de un
submarino y declaró inmediatamente la guerra. Sería seis meses después de las
confesiones de Gluck cuando Alemania devolvió a los Estados Unidos las islas
Filipinas y las islas Sandwich.
Sin embargo el odioso y maléfico brujo proseguía
su carrera de destrucción pero no dejaba huellas, las borraba metódicamente. Su
método consistía en alquilar una habitación o una casa en donde instalaba en
secreto sus aparatos —los había perfeccionado y simplificado hasta tal extremo
que no ocupaban mucho sitio—. Una vez realizada su fechoría se apresuraba en
mudarse. Todo hacía suponer que iba a prolongar indefinidamente su vida de
horrible criminal.
La descarga simultánea de las pistolas de los
agentes de policía de New York fue un hecho destacado entre los espantosos
misterios de aquella época. En dos semanas, más de un centenar de policías
fueron heridos en las piernas por la explosión de sus propios revólveres. El
inspector Jones no pudo resolver el enigma, pero concibió una idea que hizo
fracasar los planes de Gluck. Bajo su recomendación, los agentes dejaron de
portar sus revólveres y ya no hubieron más accidentes.
A principios de la primavera, Gluck destruyó el
arsenal marítimo de Mare Island. Desde una habitación situada en
Vallejo. lanzaba sus descargas eléctricas a través del estrecho. Lanzó primero
sus rayos contra el acorazado Maryland amarrado en el muelle de los
depósitos de minas. A proa, sobre una gran plataforma provisional habían más de
cien minas destinadas a la defensa del “Golden Gate” y capaces de destruir,
cada una, una docena de acorazados.
La explosión fue terrorífica, pero no
representaba más que el preludio de Gluck. Luego sus rayos arrasaron la costa
de Mare Island, hicieron estallar cinco torpederos, el depósito de
torpedos y el inmenso almacén situado en el extremo oriental de la isla.
Volviendo hacia el oeste y fulminando a su paso algunos almacenes aislados
sobre las colinas más próximas, hizo explotar tres cruceros y los acorazados Oregon,
Delaware, New Hampshire, y Florida, que acababa de entrar
en dique seco y cuyo sobredique fue destruido, igual que el barco. Al darse la
noticia de esta espantosa catástrofe, un estremecimiento de horror recorrió el
país. Pero esto no era nada comparado con lo que iba a venir.
A finales de otoño, Emile Gluck barrió a fondo
la costa atlántica de Maine hasta Florida. Fuertes, almacenes, depósitos de
torpedos, minas y defensas costeras, todo saltó. Tres meses después, en pleno
invierno, limpió de la misma manera las costas septentrionales del
Mediterráneo.
Un coro de lamentaciones se elevó de entre los
pueblos. Se hacía evidente que una voluntad humana maniobraba todas aquellas
destrucciones y no menos evidente era, gracias a la imparcialidad del autor,
que no se trataba de la obra de ninguna nación en particular. Cualquiera que
fuera aquel ser humano representaba una amenaza para el Mundo entero. Ninguna
nación se encontraba a salvo, no existía ninguna defensa contra aquel enemigo
invisible y todopoderoso. La guerra no era sólo inútil sino que constituía por
ella misma la esencia del peligro.
La fabricación de explosivos fue suspendida
durante un año, los soldados fueron retirados de los cuarteles, y los marinos
de los barcos de guerra. Hasta se trató seriamente la cuestión de un desarme
general aquel mismo año.
En esta coyuntura, Silas Bannerman, agente de la
policía federal de los Estados Unidos, edificó de un solo golpe su reputación
mundial deteniendo al criminal.
En un principio se burlaron del detective, pero
éste había combinado bien el golpe y al cabo de algunas semanas la culpabilidad
de Gluck se imponía incluso a los más escépticos.
La única cosa que Silas Bannerman no pudo
explicar nunca, ni para su propia satisfacción, fue la manera en que se
estableció en su espíritu por primera vez la relación entre Gluck y aquellos
crímenes atroces. Bannerman se encontraba en misión secreta por un asunto
totalmente distinto, en Vallejo en el momento de la destrucción del Mare
Island y parece que alguien le señaló a Emile Gluck en la calle como a un
personaje excéntrico, pero no le prestó demasiada atención.
Fue más tarde cuando Bannerman, de vacaciones en
las Montañas Rocosas y leyendo los primeros informes sobre la devastación
llevada a cabo en la costa atlántica, pensó de súbito en Emile Gluck. Al
momento se estableció en su mente una relación entre las destrucciones y el
extraño individuo. Esta pura hipótesis, concebida en su cerebro por una operación
inconsciente, bastó, como la caída de la manzana bastó a Newton para determinar
las Leyes de la gravedad.
El resto no fue fácil. Bannerman se preguntó en
donde se encontraba Gluck en el momento de la catástrofe en la costa del
Atlántico. Encargado del asunto por petición propia, no tardó en descubrir las
idas y venidas del personaje a las costas por este período. Al mismo tiempo se
aseguró de que Gluck residía en New York durante la vorágine de tiros
desencadenada sobre los agentes de policía.
¿Dónde vivía ahora?, se preguntó luego
Bannerman.
Como respuesta, se enteró de las ruinas
acumuladas en las orillas del Mediterráneo. Gluck había embarcado hacia Europa
un mes antes: Bannerman lo sabía y no tuvo necesidad de seguirlo. Mediante
cablegramas y en colaboración con la policía secreta de Europa, reconstruyó el
itinerario de Gluck a lo largo del Mediterráneo y supo que coincidía punto por
punto con la destrucción de muchos barcos. Asimismo le dijeron que Gluck
acababa de embarcar para los Estados Unidos, en el Plutonic, uno de los
barcos de la Compañía “Green Star”.
El misterio estaba aclarado en el espíritu de
Bannerman, pero aprovechó los días de espera para estudiar los detalles con la
ayuda inestimable de George Brown, operador al servicio de la empresa “Systeme
Wood” dedicada a la telegrafía sin hilos.
Cuando el Plutonic ancló delante de Sandy
Hook, Bannerman le esperaba en un remolcador del gobierno. Subió a bordo y
Emile Gluck fue arrestado. Siguieron el juicio y las confesiones. En su
confesión Gluck dijo que sólo se arrepentía de una cosa: de haber tomado con
calma la realización de sus fechorías. Declaró que si hubiese llegado a
imaginar la posibilidad de ser descubierto, habría activado su obra amontonando
mil veces más las ruinas por todos los países de la Tierra.
Su secreto murió con él, aunque es sabido que el
gobierno francés logró enterarse de algo y le ofreció veinte mil millones si
quería vender el secreto de la investigación que le permitía dirigir sus
descargas eléctricas sobre un área restringida.
—¿Qué? —fue la respuesta maliciosa de Gluck—.
¡Venderles un nuevo medio para dominar y maltratar a la humanidad que sufre!
Emile Gluck fue ejecutado cuando tenía cuarenta
y seis años.
Fue un genio de los más infortunados del Mundo,
dotado de una inteligencia maravillosa, pero cuyas potentes aptitudes, en lugar
de caminar hacia el bien habían sido desviadas y falseadas hasta el punto de
hacer de él el más diabólico de los criminales.
Extractos escogidos de Excentricidades del crimen, de
M. A. G. Burnside, con el permiso de sus editores. M. Holiday & Withsun.
Transcriptos por Jack London.
Literatura
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