Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El enemigo del mundo entero (1908)
(“The Enemy of All the World”)
Originalmente publicado en The Red Book Magazine (octubre de 1908);
The Strength of the Strong
(Nueva York: Macmillan Company, 1914, 378 págs.)



      Estaba reservado a Silas Bannerman desenmascarar definitivamente a Emile Gluck, aquel científico brujo y enemigo del Mundo entero.
       Las confesiones de Gluck en el momento de subir a la silla eléctrica, proyectan una viva luz sobre una serie de acontecimientos misteriosos y a veces sin relación aparente que conmovieron el mundo entre 19...... y 19.......
       A pesar del carácter abominable de los actos de Emile Gluck, no se pude dejar de sentir una cierta compasión hacia este desafortunado genio, deformado y maltratado por el destino. Este ángulo de su biografía no ha sido nunca esbozado hasta el momento, pero a partir de su confesión y de los numerosos expedientes y anales de la época, podemos tener una idea bastante exacta de su persona y discernir los factores y las influencias que lo transformaron en un monstruo humano y lo arrojaron, sin cesar, al terrible laberinto en el que se internó.
       Emile Gluck había nacido en Siracusa, en el Estado de New York. Su padre, agente de la policía secreta y vigilante nocturno, murió de una afección respiratoria. Su madre, graciosa y frágil criatura, modista antes de su matrimonio, murió de pena algún tiempo después, legando a su hijo una sensibilidad que debía de degenerar en una horrible morbidez.
       A la edad de seis años, el pequeño Emile fue a vivir a casa de la Sra. Anne Bartell, su tía materna, pero desprovista de toda simpatía hacia este niño sensitivo e introvertido. Llena de vanidad y seca de corazón, esta mujer, por lo demás agobiada por la miseria y teniendo que soportar un marido vago e inútil, consideraba al pequeño Emile como una carga suplementaria, lo que se cuidaba de hacérselo notar. Citemos un ejemplo del trato que recibió en este primer y tierno período de formación.
       Vivía con el matrimonio Bartell desde hacía más de un año, cuando se rompió una pierna. El accidente ocurrió cuando jugaba en el tejado a pesar de la prohibición expresa de su tía, como lo han hecho y lo seguirán haciendo todos los niños hasta el fin de los siglos. La pierna se partió por dos sitios, entre la rodilla y el muslo. Con la ayuda de sus compañeros asustados, Emile consiguió arrastrarse hasta el umbral de la casa, donde se desmayó. Los chiquillos del barrio temían a la arpía de rasgos duros que dirigía la casa. Sin embargo, armándose de valor, tiraron de la campanilla y avisaron a Anne Bartell del hecho. Sin mirar tan siquiera al pobre niño tendido en la acera, cerró la puerta violentamente y volvió a sus asuntos.
       Pasó un rato, empezó a llover y Emile Gluck que había recobrado el conocimiento, lloraba impotente, bajo el chaparrón. La pierna habría tenido que ser curada inmediatamente. En las condiciones presentes, la inflamación se extendió rápidamente y el asunto tomó un mal cariz. Al cabo de dos horas, las vecinas indignadas estallaron en reproches contra Anne Bartell. Esta salió, miró al niño postrado, le propinó una patada en las costillas, y renegó de él dando gritos histéricos. Ya no le pertenecía, clamó.
       Al final, aconsejó pedir una ambulancia para trasladarlo al hospital de la ciudad y volvió a su guarida.
       Fue una transeúnte, Elizabeth Shepstone, quien enterada del accidente, ayudó a postrar el niño sobre una tabla, llamó al médico por teléfono y luego, apartando de un codazo a la arpía, hizo entrar en la casa al doctor.
       Cuando éste llegó, Anne Bartell le advirtió inmediatamente que no pagaría su asistencia. Durante un mes el pequeño Emile estuvo inmovilizado, echado de espaldas sin poder moverse ni una sola vez: más tarde estuvo en cama treinta días más, abandonado y solitario, aparte de algunas visitas gratuitas del fatigado galeno.
       Ningún juguete le ayudaba a pasar las horas monótonas, ninguna palabra amable le daba ánimo, ninguna mano tranquilizadora se posaba sobre su frente. No conocía más que los ásperos reproches de Anne Bartell repitiendo continuamente que su presencia en este Mundo era inútil.
       En tales circunstancias, se comprenderá en un niño solitario y abandonado, la génesis de su amargura y de la hostilidad contra sus semejantes que más tarde debía de expresarse en actos capaces de aterrorizar el Mundo.
       Sorprenderá probablemente que estando Anne Bartell, Emile Gluck hubiera recibido una instrucción superior. La explicación es muy fácil. El holgazán de su marido la plantó, dio con un rico yacimiento en los terrenos auríferos de Nevada, y regresó millonario.
       Anne Bartell envió entonces inmediatamente al niño odiado a la Academia de Farrington, a unos cien kilómetros de distancia. Tímido y sensible, el niño incomprendido se sintió más solo que nunca.
       No volvía a su casa como los demás durante las vacaciones y los días de fiesta; vagaba por los patios y los edificios desiertos, donde los jardineros lo abordaban sin llegar a comprender el porqué de su mutismo. Se recuerda que leía mucho, pasando los días por los campos o al lado de la chimenea, con la nariz metida en un libro cualquiera. Fue así como se le cansó la vista y tuvo que llevar aquellas gafas tan prominentes con las que apareció en las fotografías que publicaron luego los periódicos.
       Era un alumno brillante. Una capacidad tal habría tenido que llevarle lejos. Pero no tenía necesidad de aplicarse. Le bastaba echar un vistazo a un texto para hacerse dueño de él. Gracias a sus lecturas suplementarias, aprendía más en seis meses que un estudiante normal en el mismo número de años. Con apenas catorce años, estaba preparado —más que preparado, según los términos del rector de su academia— para entrar en la Universidad de Yale o de Harvard. Su juventud le impedía inscribirse. Por eso lo encontramos, más tarde, recién llegado al colegio de historia de Bovdain. Allí pasó brillantemente sus exámenes, luego siguió, en Berkeley, California, al profesor Bradlough, el único amigo que Emile Gluck conoció en su vida.
       La debilidad de sus pulmones obligó al profesor a emigrar de Maine a California, y el cambio fue facilitado por la proposición de una cátedra en la universidad de este estado. Durante un año, Emile Gluck residió en Berkeley y siguió cursos especiales sobre ciencias. A finales de este año dos muertes modificaron su porvenir y su situación en la vida. La muerte del profesor Bradlough que le arrebató a su único amigo, y la de Anne Bartell que le dejó sin dinero. Rencorosa hasta el fin, le dejaba solamente cien dólares.
       A los veinte años obtuvo un empleo de ayudante de química en la Universidad de California. Pasó allí unos años tranquilos, cumpliendo lealmente un trabajo que le permitía vivir y, continuando sus estudios, pasó una media docena de exámenes. Entre otros, obtuvo los diplomas de doctor en filosofía, en sociología y en ciencias; y más tarde el Mundo lo conocería únicamente bajo el nombre de profesor Gluck.
       Tenía veintisiete años cuando se hizo notar en la prensa con la publicación de una obra titulada Sexo y Progreso. Este libro está considerado, todavía hoy, como un punto de referencia en la historia y la filosofía del matrimonio. Es un volumen de más de setecientas páginas, una obra laboriosa, minuciosa, y profundamente original, destinada a los sabios y en absoluto sensacionalista. Pero en el último capítulo, Gluck, en tres líneas apenas, dejaba entender las ventajas hipotéticas que representaría la institución de los matrimonios de prueba.
       Inmediatamente los periódicos se lanzaron sobre estas tres líneas.
       Los fotógrafos lo atraparon al paso, los reporteros lo asediaron, los clubs femeninos votaron resoluciones condenándolo por sus inmorales teorías. En la sesión de la Asamblea de California, en donde se discutía la apropiación de la universidad por el Estado, fue aprobada una moción pidiendo la expulsión de Gluck bajo amenaza de rehusar la apropiación.
       Por descontado, ninguno de sus perseguidores había leído el libro: la cita de aquellas tres líneas deformadas por los periódicos bastaba. De ahí nació el odio de Gluck hacia los periodistas, gracias a los cuales su obra de seis años, seria y de un valor real, se convirtió en objeto de burla, de malsana notoriedad. Hasta el día de su muerte no les perdonó, lo que lamentarán eternamente.
       Fueron también los periodistas los responsables de su inminente desastre. Durante cinco años después de la publicación de su libro, no dijo una sola palabra; y el silencio no es bueno para un solitario. Podemos compadecernos de la terrible situación de Emile Gluck en esta gran universidad en donde no encontraba amistad ni simpatía. Los libros representaban su único refugio, y seguía leyendo y aprendiendo enormemente.
       Algunos años más tarde aceptó una invitación para comparecer ante la “Sociedad de los Intereses del Hombre”, de Emerryville. No se arriesgó a hablar, pero escribiendo estas líneas, tenemos bajo los ojos un ejemplo de su “memorial”, que merece las calificaciones de sobrio, sabio y científico, hasta se podía decir, conservador.
       Pero en un determinado pasaje se trata, cito textualmente, de la “revolución industrial y social que se produce en la sociedad”. Un reportero presente saltó sobre la palabra “revolución”, la aisló del texto y dio a la luz un artículo perverso, representando a Emile Gluck como un anarquista. Inmediatamente la rúbrica “El profesor Gluck anarquista” voló por los hilos telegráficos y fue reproducida por todos los periódicos.
       Había intentado, en una primera etapa, responder al primer ataque, pero esta vez guardó silencio. La amargura le había corroído el alma. La Facultad le aconsejó defenderse. Rehusando la invitación, no quiso tan siquiera remitir una copia de su “memorial” para evitar la expulsión. Se negó igualmente a dimitir y fue expulsado de la Universidad. Debemos añadir que se había ejercido una presión política sobre los dirigentes y sobre el rector de la Universidad.
       Perseguido, ridiculizado e incomprendido, el desafortunado no intentó vengarse. Durante toda su vida habían pecado contra él, mientras que él nunca había pecado contra nadie. Pero su copa de amargura no se encontraba todavía a punto de desbordarse. Habiendo perdido su colocación y careciendo de rentas, tuvo que buscar trabajo. Encontró un primer empleo en los Talleres Metalúrgicos de la Unión de San Francisco en donde se mostró un hábil dibujante, y adquirió, de primera mano, los informes sobre la construcción de acorazados. Pero los periodistas lo descubrieron y lo caricaturizaron en su nueva profesión. Dimitió inmediatamente y encontró otro empleo. Sin embargo, cuando los reporteros lo hubieron echado de media docena de colocaciones, se irguió para desafiar la persecución de los periódicos.
       Abrió entonces un taller de galvanoplastia en Oakland, en Telegraph Avenue. En una pequeña tienda en la que tenía empleados a tres operarios y a dos aprendices. El mismo trabajaba durante largas horas.
       Como testimonió más tarde el agente de policía Carew en el estrado del tribunal, no dejaba su trabajo hasta la una o las dos de la madrugada, en esta época perfeccionó el encendido de los motores a gas, y con las patentes de dicho invento acabó por enriquecerse.
       En el transcurso de este año, cobró un desgraciado afecto hacia Irene Tackley.
       Es de imaginar que un ser tan anormal como Emile Gluck tenía que, ser un amante extraordinario. Además de su genio, de su aislamiento y de su morbidez, hay que tener en cuenta el hecho de que no sabía nada de las mujeres. Aunque su alma había sido invadida por vagos deseos, no sabía en absoluto expresarlos en términos convencionales; por otro lado su excesiva timidez debía de complicar su forma de cortejar a una mujer.
       Irene Tackley era una muchacha bastante bonita pero superficial y ligera de cascos. En esta época trabajaba en una pequeña confitería situada frente al taller de Gluck. Este adquirió la costumbre de entrar en la confitería y beber limonada y bebidas heladas mirándola fijamente. La muchacha no parecía fijarse en él pero se divertía con este juego. Ella lo calificaba de tipo raro, a veces hasta de chiflado, explicando así su manera de quedarse plantado delante del mostrador, mirándola perseverantemente a través de sus gafas, de embrollarse cuando ella lo miraba, y hasta de salir precipitadamente de la tienda en el paroxismo de la confusión.
       Gluck le prodigó los regalos más heterogéneos... un servicio de té de plata, un anillo de diamantes, pieles, unos anteojos de teatro, una pesada Historia del Mundo en varios volúmenes, una motocicleta hecha en su propio taller, toda contrachapada de plata.
       A todo esto el pretendiente de la muchacha entra en escena, se interpone en este pequeño juego, manifiesta una gran cólera y le obliga a devolver a Gluck sus extraños presentes.
       William Sherbourne, era un tipo grosero y limitado. Un obrero rudo convertido en contratista de obras. Gluck no entendía la situación. Deseando pedir explicaciones a la bella chica, intentó hablarle una tarde cuando volvía del trabajo. Ella se fue a quejar a Sherbourne. A la tarde siguiente éste le dio una paliza a Gluck, y con una mano dura, pues las historias del hospital de la Cruz Roja mencionan que Gluck fue admitido aquella tarde y no se fue hasta al cabo de una semana.
       Gluck no acababa de comprender. Se obstinaba en pedir explicaciones a la muchacha.
       Temiendo la brutalidad de Sherbourne, pidió autorización al jefe de policía para llevar un revólver. El permiso le fue negado, y, como de costumbre, los periódicos comentaron el incidente con grandes titulares.
       A esto siguió el asesinato de Irene Tackley, seis días antes de su boda con Sherbourne. Un sábado por la noche, después de haber estado hasta tarde en la confitería. Irene se fue a su casa a las once tocadas. Cogió el tranvía de la avenida San Pablo hasta la calle treinta y cuatro y se dirigió a su alojamiento, tres manzanas más lejos.
       No se la volvió a ver con vida. Al día siguiente fue descubierta estrangulada en un descampado.
       Emile Gluck fue detenido inmediatamente. No hubo manera de arreglarlo. Fue declarado culpable no sólo según testimonios accesorios sino también otros inventados por la policía de Oakland. Indiscutiblemente, gran parte de estas presunciones fueron fabricadas a conciencia. La declaración del capitán Shehan constituía un puro y simple perjurio, ya que más tarde fue demostrado que en la noche en cuestión el testigo no se encontraba por los alrededores del lugar del crimen, sino que estaba fuera de la ciudad, en una casa situada en la carretera de San Leandro.
       El desgraciado Gluck fue condenado a cadena perpetua en la cárcel de San Quintín, mientras que los periódicos y el público gritaban que no se había hecho justicia y exclamaban que debían de haberlo condenado a muerte.
       Gluck entró en la cárcel a los treinta y cuatro años. Durante tres años estuvo en una celda y pudo meditar con tiempo sobre la injusticia humana. Durante este tiempo la amargura le roía el corazón y le inspiró un gran odio hacia todos sus semejantes. Al tiempo escribió su famoso Tratado sobre la Moral Humana así como un pequeño libro llamado El criminal sano, y elaboró su espantoso y monstruoso plan de venganza.
       La forma en que debía realizar este proyecto le había sido sugerida por un episodio acaecido en su taller de galvanoplastia. Como debía declararlo en su confesión, imaginó todos los detalles durante su reclusión, lo que le permitió, una vez puesto en libertad, entregarse por completo a su venganza.
       Su puesta en libertad causó sensación, Pero fue retrasada ilegalmente a causa del espíritu administrativo todavía en boga. Una noche de febrero, un bandido llamado Tim Haswell resultó herido cuando intentaba atracar a un ciudadano de Piedmint Heighs. Tardó tres días en morir y se declaró culpable del asesinato de Irene Tackley, con pruebas evidentes. Un tal Bert Denniker que también languidecía de una enfermedad del pecho en la cárcel de Folson se encontró implicado como cómplice e hizo declaraciones completas a su vez.
       Los procedimientos absurdos y dilatorios de la justicia americana a lo largo de la generación precedente nos parecen hoy en día inconcebibles. Emile Gluck, cuya inocencia había sido reconocida públicamente en febrero, no fue liberado hasta octubre. Durante ocho meses la víctima de un error judicial tan grave tuvo que soportar un castigo inmerecido. Un trato semejante no era el más adecuado para aliviar aquella alma herida.
       Gluck volvió al Mundo en otoño del mismo año y, como siempre, dicha liberación facilitó nuevos argumentos sensacionalistas a la prensa yanqui. En lugar de expresar su sincero pesar, los periódicos reemprendieron su persecución. El San Francisco Intelligencer fue todavía más lejos; John Hartwell, su director, elaboró una ingeniosa campaña en la que se quitaba toda importancia a las confesiones de los criminales y trataba de demostrar que Gluck, después de todo, era el responsable del asesinato de Irene Tackley.
       Mientras tanto, uno tras otro, Hartwell murió. Sherbourne también, y el agente de policía Phillips, recibió un balazo en la acera delante de la casa de Sherbourne. Pretendía que alguien le había disparado en la pierna, por detrás. El miembro en cuestión estaba tan destrozado por tres balas del calibre 38, que hubo que amputarlo inevitablemente.
       Pero cuando la policía descubrió que las heridas provenían del propio revólver del agente, estalló una gran risotada y el hombre fue acusado de haberse corrido una juerga.
       A despecho de sus protestas de templanza y de sus afirmaciones de que el revólver se encontraba en el bolsillo sobre su cadera y que no lo había tocado, fue expulsado de la policía.
       Las confesiones de Emile Gluck, seis años después, debían de lavar el honor del desgraciado agente que, todavía hoy vive en perfecto estado de salud y recibe una razonable pensión del municipio.
       Emile Gluck, después de haberse desambarazado de sus enemigos inmediatos, amplió su campo de acción, así como su enemistad hacia los periodistas, y la policía permaneció constantemente activa. Los derechos provenientes de su invención de encendido de motores a gas se acumularon durante su detención, y los beneficios de su nuevo sistema crecían de año en año. Poseía la independencia material, podía viajar a su gusto por todo el Mundo y saciar su monstruosa sed de venganza. Se convirtió en monógamo y anarquista, no de un anarquismo filosófico sino del de la acción militante. Podríamos describirlo más exactamente como nihilista. Se sabía que no estaba afiliado a ningún grupo terrorista. Trabajaba absolutamente solo, pero inspiraba cien veces más terror y acumulaba mil veces más ruinas que todos los grupos terroristas juntos.
       Hizo notar su marcha a California haciendo saltar el fuerte Mason. En sus confesiones, habló de ello como de una pequeña experiencia, llevada a cabo para entretenerse. Durante ocho años, recorrió la Tierra un objeto que causó un misterioso terror, destruyendo innumerables vidas y propiedades valoradas en centenares de millones de dólares.
       Uno de los peores resultados de sus temibles fechorías fueron los destrozos que produjo entre los propios terroristas. Después de cada una de sus hazañas, la policía hacía una redada y cogía a todos los terroristas de los alrededores, y muchos de ellos fueron ejecutados.
       Quizás la más sorprendente de sus hazañas fue el asesinato del rey y del primer ministro de Portugal, el mismo día del matrimonio del primero. Todas las precauciones posibles fueron tomadas contra los terroristas y un doble cordón de guardias jalonaban la ruta que debía seguir el cortejo nupcial, mientras que un escuadrón de doscientos hombres a caballo rodeaban la carroza. De pronto, los fusiles y las carabinas automáticas de los soldados comenzaron a dispararse, y en la confusión que siguió, los cañones de estas armas apuntaron en todas las direcciones. La masacre fue terrible: caballos, soldados, espectadores, rey y reina fueron acribillados a balazos. Para colmo, entre la masa situada detrás del cordón de tropas, a dos terroristas provistos de bombas, que proyectaban lanzar en la ocasión, les explotaron sobre ellos mismos.
       ¿Quién podía preveer una cosa semejante? Los espantosos estragos producidos por estos ingenios no hicieron más que ayudar a la confusión, y el incidente fue considerado como parte de un plan de ataque.
       Parecía imposible que todos estos soldados, cuyas armas se disparaban, estuvieran mezclados en algún complot, y no obstante, sus balas habían matado centenares de personas, además de a la pareja real.
       El enigma se complicaba aún más por el hecho de que el setenta por ciento de los soldados habían resultado muertos o heridos. Algunos emitieron la hipótesis de que las tropas reales, viendo que sus soberanos eran atacados, habían abierto fuego contra los traidores. Pero no se pudo arrancar dej los supervivientes, ni siquiera con la tortura, la menor confirmación de esta hipótesis: todos se obstinaban en repetir que no habían disparado y que sus armas lo habían hecho; solas.
       Sus afirmaciones provocaron la risa de los químicos. En rigor, se podía suponer, decían, que una sola bala cargada de la nueva pólvora sin humo se inflamara sola, pero estaba fuera de toda posibilidad o de probabilidad que se produjera, en un aire determinado, una deflagración espontánea y simultáneamente de todas las balas de este modelo.
       En fin de cuentas, no se encontró ninguna explicación razonable a este acontecimiento extraordinario. La opinión general del resto del Mundo fue que el asunto se resumía a un pánico ciego de todos aquellos latinos enfebrecidos, determinado ciertamente por la explosión de dos bombas terroristas, y, a este propósito, se evocó el cómico encuentro acaecido dos años antes entre la flota rusa y una flotilla de pesca inglesa.
       Emile Gluk sonrió maliciosamente y siguió su plan, sabía cosas que eran ignoradas por el resto del Mundo.
       Había descubierto su secreto en un viejo taller de galvanoplastia cerca de Telegraph Avenue de Oakland. En esta época un poste de telegrafía sin hilos fue instalado a poca distancia de su tienda por Thurston Power Company, y su cubeta de electrodos no tardó en deteriorarse. Gluck encontró muchos contactos defectuosos y examinándolos encontró minúsculas soldaduras en las junturas de los hilos, que, debilitando la resistencia, dejaban pasar una corriente demasiado fuerte a través de la solución, haciéndola “hervir” y estropeándose el trabajo. Pero lo que preocupaba al espíritu de Gluck era la causa de estas rebabas.
       Hizo un razonamiento muy simple. Antes del restablecimiento del poste sin hilos, la cubeta funcionaba perfectamente: desde entonces estaba fuera de uso. Había una relación entre causa y efecto, pero ¿cuál? El problema fue resuelto rápidamente. Si una descarga eléctrica podía accionar un conectador a través de las tres mil millas del Océano, las descargas eléctricas de un poste sin hilos debían ser capaces de producir efectos cohesivos en las juntas en mal estado de una cubeta galvanoplástica.
       De momento, Gluck no se preocupó demasiado, se contentó con reemplazar los hilos y continuó su plateado. Pero más tarde, en prisión, se acordó del incidente y se dio cuenta en un instante de toda su importancia.
       Acababa de encontrar el arma silenciosa y secreta que le permitiría vengarse del mundo entero. Su descubrimiento, que murió con él, lo convertiría en maestro de la dirección y de la distancia de la descarga eléctrica. En esta época, este problema no estaba resuelto —tampoco lo está todavía en la nuestra— pero Emile Gluck encontró la solución en su celda, y la aplicó después de su puesta en libertad.
       Le resultaba relativamente fácil introducir una chispa en la reserva de un fuerte, en el pañol de un acorazado o en las balas de un revólver; y, a distancia, podía no sólo inflamar la pólvora, también podía encender braseros. Fue él quien provocó el gran incendio de Boston, por puro accidente, como luego declaró en sus confesiones, añadiendo por otra parte, que se había alegrado de esta catástrofe y que no la había lamentado nunca.
       Fue de nuevo él quien ocasionó la terrible guerra entre Alemania y América al precio de 800.000 vidas humanas e incalculables gastos. Se recuerda que después del incidente Pickard, las relaciones entre los dos países eran extremadamente tensas. No obstante Alemania, aunque se encontraba molesta, no deseaba la guerra. Como prueba de sus intenciones pacíficas, envió en visita a siete acorazados a los Estados Unidos. En la noche del 15 de febrero, la flota estaba anclada en el Hudson, frente a New York. Esta misma noche, Emile Gluck se hallaba solo con su aparato en una lancha de vapor. Se supo luego que había comprado la lancha a la compañía Rose Turner y la mayor parte de sus aparatos eléctricos a la Compañía Columbia, pero, entonces se ignoraba. Hay un hecho cierto: los siete acorazados saltaron uno tras otro, a intervalos regulares de cuatro minutos y el noventa por ciento de la tripulación y oficiales perecieron.
       Algunos años más tarde, el Maine, acorazado norteamericano, había saltado en el puerto de La Habana, a lo que siguió una guerra entre los Estados Unidos y España, aunque siempre se había puesto en duda si la explosión había sido debida a un complot o a un accidente. Pero ningún accidente podía explicar la destrucción de siete acorazados en el Hudson a intervalos de cuatro minutos. Alemania creyó ver en ello la obra de un submarino y declaró inmediatamente la guerra. Sería seis meses después de las confesiones de Gluck cuando Alemania devolvió a los Estados Unidos las islas Filipinas y las islas Sandwich.
       Sin embargo el odioso y maléfico brujo proseguía su carrera de destrucción pero no dejaba huellas, las borraba metódicamente. Su método consistía en alquilar una habitación o una casa en donde instalaba en secreto sus aparatos —los había perfeccionado y simplificado hasta tal extremo que no ocupaban mucho sitio—. Una vez realizada su fechoría se apresuraba en mudarse. Todo hacía suponer que iba a prolongar indefinidamente su vida de horrible criminal.
       La descarga simultánea de las pistolas de los agentes de policía de New York fue un hecho destacado entre los espantosos misterios de aquella época. En dos semanas, más de un centenar de policías fueron heridos en las piernas por la explosión de sus propios revólveres. El inspector Jones no pudo resolver el enigma, pero concibió una idea que hizo fracasar los planes de Gluck. Bajo su recomendación, los agentes dejaron de portar sus revólveres y ya no hubieron más accidentes.
       A principios de la primavera, Gluck destruyó el arsenal marítimo de Mare Island. Desde una habitación situada en Vallejo. lanzaba sus descargas eléctricas a través del estrecho. Lanzó primero sus rayos contra el acorazado Maryland amarrado en el muelle de los depósitos de minas. A proa, sobre una gran plataforma provisional habían más de cien minas destinadas a la defensa del “Golden Gate” y capaces de destruir, cada una, una docena de acorazados.
       La explosión fue terrorífica, pero no representaba más que el preludio de Gluck. Luego sus rayos arrasaron la costa de Mare Island, hicieron estallar cinco torpederos, el depósito de torpedos y el inmenso almacén situado en el extremo oriental de la isla. Volviendo hacia el oeste y fulminando a su paso algunos almacenes aislados sobre las colinas más próximas, hizo explotar tres cruceros y los acorazados Oregon, Delaware, New Hampshire, y Florida, que acababa de entrar en dique seco y cuyo sobredique fue destruido, igual que el barco. Al darse la noticia de esta espantosa catástrofe, un estremecimiento de horror recorrió el país. Pero esto no era nada comparado con lo que iba a venir.
       A finales de otoño, Emile Gluck barrió a fondo la costa atlántica de Maine hasta Florida. Fuertes, almacenes, depósitos de torpedos, minas y defensas costeras, todo saltó. Tres meses después, en pleno invierno, limpió de la misma manera las costas septentrionales del Mediterráneo.
       Un coro de lamentaciones se elevó de entre los pueblos. Se hacía evidente que una voluntad humana maniobraba todas aquellas destrucciones y no menos evidente era, gracias a la imparcialidad del autor, que no se trataba de la obra de ninguna nación en particular. Cualquiera que fuera aquel ser humano representaba una amenaza para el Mundo entero. Ninguna nación se encontraba a salvo, no existía ninguna defensa contra aquel enemigo invisible y todopoderoso. La guerra no era sólo inútil sino que constituía por ella misma la esencia del peligro.
       La fabricación de explosivos fue suspendida durante un año, los soldados fueron retirados de los cuarteles, y los marinos de los barcos de guerra. Hasta se trató seriamente la cuestión de un desarme general aquel mismo año.
       En esta coyuntura, Silas Bannerman, agente de la policía federal de los Estados Unidos, edificó de un solo golpe su reputación mundial deteniendo al criminal.
       En un principio se burlaron del detective, pero éste había combinado bien el golpe y al cabo de algunas semanas la culpabilidad de Gluck se imponía incluso a los más escépticos.
       La única cosa que Silas Bannerman no pudo explicar nunca, ni para su propia satisfacción, fue la manera en que se estableció en su espíritu por primera vez la relación entre Gluck y aquellos crímenes atroces. Bannerman se encontraba en misión secreta por un asunto totalmente distinto, en Vallejo en el momento de la destrucción del Mare Island y parece que alguien le señaló a Emile Gluck en la calle como a un personaje excéntrico, pero no le prestó demasiada atención.
       Fue más tarde cuando Bannerman, de vacaciones en las Montañas Rocosas y leyendo los primeros informes sobre la devastación llevada a cabo en la costa atlántica, pensó de súbito en Emile Gluck. Al momento se estableció en su mente una relación entre las destrucciones y el extraño individuo. Esta pura hipótesis, concebida en su cerebro por una operación inconsciente, bastó, como la caída de la manzana bastó a Newton para determinar las Leyes de la gravedad.
       El resto no fue fácil. Bannerman se preguntó en donde se encontraba Gluck en el momento de la catástrofe en la costa del Atlántico. Encargado del asunto por petición propia, no tardó en descubrir las idas y venidas del personaje a las costas por este período. Al mismo tiempo se aseguró de que Gluck residía en New York durante la vorágine de tiros desencadenada sobre los agentes de policía.
       ¿Dónde vivía ahora?, se preguntó luego Bannerman.
       Como respuesta, se enteró de las ruinas acumuladas en las orillas del Mediterráneo. Gluck había embarcado hacia Europa un mes antes: Bannerman lo sabía y no tuvo necesidad de seguirlo. Mediante cablegramas y en colaboración con la policía secreta de Europa, reconstruyó el itinerario de Gluck a lo largo del Mediterráneo y supo que coincidía punto por punto con la destrucción de muchos barcos. Asimismo le dijeron que Gluck acababa de embarcar para los Estados Unidos, en el Plutonic, uno de los barcos de la Compañía “Green Star”.
       El misterio estaba aclarado en el espíritu de Bannerman, pero aprovechó los días de espera para estudiar los detalles con la ayuda inestimable de George Brown, operador al servicio de la empresa “Systeme Wood” dedicada a la telegrafía sin hilos.
       Cuando el Plutonic ancló delante de Sandy Hook, Bannerman le esperaba en un remolcador del gobierno. Subió a bordo y Emile Gluck fue arrestado. Siguieron el juicio y las confesiones. En su confesión Gluck dijo que sólo se arrepentía de una cosa: de haber tomado con calma la realización de sus fechorías. Declaró que si hubiese llegado a imaginar la posibilidad de ser descubierto, habría activado su obra amontonando mil veces más las ruinas por todos los países de la Tierra.
       Su secreto murió con él, aunque es sabido que el gobierno francés logró enterarse de algo y le ofreció veinte mil millones si quería vender el secreto de la investigación que le permitía dirigir sus descargas eléctricas sobre un área restringida.
       —¿Qué? —fue la respuesta maliciosa de Gluck—. ¡Venderles un nuevo medio para dominar y maltratar a la humanidad que sufre!
       Emile Gluck fue ejecutado cuando tenía cuarenta y seis años.
       Fue un genio de los más infortunados del Mundo, dotado de una inteligencia maravillosa, pero cuyas potentes aptitudes, en lugar de caminar hacia el bien habían sido desviadas y falseadas hasta el punto de hacer de él el más diabólico de los criminales.

    Extractos escogidos de Excentricidades del crimen, de M. A. G. Burnside, con el permiso de sus editores. M. Holiday & Withsun. Transcriptos por Jack London.



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