Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Prerrogativa sacerdotal (1899)
(“The Priestly Prerogative”)
Originalmente publicado en la revista Overland Monthly,
Vol. 34, Núm. 199 (julio de 1899), págs. 59-65;
The Son of the Wolf
(Nueva York: The Macmillan Company, 1900, 251 págs.)



      Esta es la historia de un hombre que no apreciaba a su esposa y de una mujer que lo honró en exceso al entregarse a él. Por casualidad concierne también a un jesuita del que se sabía que no mentía y que constituía un elemento de lo más necesario en la región del Yukón, pero la presencia de los otros dos fue algo totalmente accidental. Eran especímenes de los muchos y extraños tipos de desamparados que ocupan la vanguardia de las fiebres del oro o aparecen a la cola de los primeros.
       Edwin y Grace Bentham eran desamparados; también eran de los que van a la cola, porque hacía mucho tiempo que el gran río había arrastrado con sus aguas la fiebre del oro del Klondike de 1897, cuyos restos se apagaban en la ciudad de Dawson, afectada por la hambruna. Cuando el Yukón cerró el negocio y se fue a dormir bajo una capa de hielo de un metro, esta pareja itinerante se encontraba en los rápidos de Five Fingers, con la ciudad del oro a muchos sueños de viaje en dirección norte.
       En otoño y en aquel lugar se había sacrificado una buena cantidad de ganado y sus vísceras formaban un montón considerable. Los tres voyageurs [viajeros, en francés: eran, en su mayoría, de origen francocanadiense; dominaban casi por completo el transporte en canoa y en ocasiones servían de guías a los exploradores] de Edwin Bentham y su esposa observaron aquel depósito, realizaron un pequeño cálculo, creyeron vislumbrar un buen filón y decidieron quedarse. Durante todo el invierno vendieron sacos de huesos y pieles congeladas a las traíllas de perros muertos de hambre. Pedían un precio moderado, dos dólares el kilo. Seis meses más tarde, cuando regresó el sol y el Yukón se despertó, se abrocharon los pesados cinturones donde guardaban el dinero y regresaron al sur, donde viven y mienten sin descanso al hablar de un Klondike que nunca vieron.
       Pero Edwin Bentham era un tipo indolente y, de no haber poseído una esposa, se habría apuntado feliz a la especulación con la comida para los perros. Lo cierto es que ella lo aduló, le dijo lo fuerte e impresionante que era e insistió en que un hombre como él sin duda superaría cualquier obstáculo y obtendría el Vellocino de Oro. Él apretó los dientes, vendió su parte del negocio de huesos y pieles a cambio de un trineo y un perro y puso sus raquetas de nieve rumbo al norte. No hará falta decir que las raquetas de Grace Bentham no permitieron que el rastro de él se enfriara. No. No llevaban ni tres días de tribulaciones y ya era él quien iba en retaguardia y ella en vanguardia, abriendo camino. Eso sí, si aparecía alguien a la vista, enseguida intercambiaban posiciones. Así su hombría permaneció intacta entre los viajeros que pasaban como fantasmas por el camino silencioso. Hay hombres así en el mundo.
       Cómo semejante hombre y semejante mujer decidieron unirse en lo bueno y en lo malo no resulta importante para esta narración. Todos estamos familiarizados con esas cosas y quienes las hacen o las cuestionan demasiado son propensos a perder una fe preciosa que se conoce como Conveniencia Eterna.
       Edwin Bentham era un crío encerrado por desgracia en el cuerpo de un hombre, un crío capaz de arrancar una a una las alas de una mariposa o amilanarse muerto de miedo ante un tipo delgado y valiente que no abultaba ni la mitad que él. Era un llorica egoísta escondido tras el bigote y la estatura de un hombre recubierto con un barniz superficial de cultura y convencionalidad. Sí, era de esos a los que les va la vida social y la pertenencia a un club, de los que honran los actos sociales y sandeces similares con un encanto y una untuosidad indescriptibles, de los que alardean y luego lloran por un dolor de muelas, de los que dan peor vida a una mujer al casarse con ella que el libertino más grosero dedicado a frecuentar lugares prohibidos. Continuamente nos tropezamos con esa clase de hombres, pero pocas veces nos damos cuenta de lo que son. La mejor forma de hacerlo es casarse con ellos, seguida de compartir comida y manta con ellos durante una semana, porque no es necesario más tiempo.
       Grace Bentham era una criatura delgada y con aspecto aniñado, poseedora de una energía que dejaba pequeña la de los demás, aunque conservaba todos los elementos del eterno femenino. Ella fue quien instó y animó a su esposo a adentrarse en la región septentrional, quien abría camino en su lugar cuando nadie los veía y quien lloraba en secreto la debilidad de su cuerpo de mujer.
       Así viajó esa pareja tan extraña hasta Fort Selkirk y luego se adentró en los ciento sesenta kilómetros de deprimentes tierras salvajes que llevaban al río Stuart. Cuando el breve día llegó a su fin y el hombre se dejó caer en la nieve lloriqueando, fue la mujer quien lo ató al trineo, se mordió los labios debido a lo mucho que le dolían las extremidades y ayudó al perro a tirar de él hasta la cabaña de Malamute Kid. Malamute Kid no estaba en casa, pero Meyers, el comerciante alemán, les cocinó unos enormes filetes de alce y les preparó una cama de ramas de pino recién recogidas.


* * *

      Lake, Lancham y Parker se emocionaron, aunque sin excederse, cuando lo supieron.
       —¡Eh, Sandy! Oye, ¿sabes diferenciar entre un chuletón y un lomo? De todos modos ven aquí y échame una mano.
       El llamamiento provenía de la despensa escondida de alimentos, donde Langham luchaba en vano con diversos cuartos de alce congelado.
       —¡Ni se te ocurra dejar esos platos! —ordenó Parker.
       —Oye, Sandy, sé bueno y acércate al campamento Missouri a pedir un poco de canela —rogó Lake.
       —Eh, date prisa, ¿por qué no…?
       Pero el estruendo de la carne y las cajas al caer en la despensa apagaron de repente las exigencias y peticiones.
       —Venga, Sandy, no te llevará ni un minuto acercarte al campamento y…
       —Déjalo en paz —interrumpió Parker—. ¿Cómo voy a preparar las galletas si no recoge la mesa?
       Sandy se detuvo indeciso hasta que de repente cayó en la cuenta de que era el ayudante de Langham. Entonces dejó el trapo grasiento sobre la mesa y se fue a rescatar a su jefe.
       Aquellos prometedores vástagos de padres pudientes habían llegado al Norte en busca de laureles, con dinero de sobra para quemar y un ayudante por cabeza. Por suerte para ellos, los otros dos ayudantes se habían adentrado en el río White en busca de una mítica veta de cuarzo, de manera que Sandy tenía que poner buena cara a la responsabilidad de atender a tres jefes saludables, cada uno de ellos con sus propias ideas a la hora de cocinar. Aquella mañana el campamento había sufrido dos alteraciones graves que lograron superar gracias a que uno u otro de aquellos caballeros del puchero había cedido, pero por fin completaron su creación común, una comida verdaderamente exquisita. Luego se sentaron a jugar a las cartas, procedimiento que eliminó cualquier casus belli de futuras hostilidades y permitió que el ganador partiese a ejecutar una misión de lo más importante.
       La suerte recayó en Parker, quien se peinó con la raya al medio, se puso las manoplas y el gorro de piel de oso y se acercó a la cabaña de Malamute Kid. Cuando regresó lo hizo en compañía de Grace Bentham y de Malamute Kid, la mujer lamentando que su mando no pudiese acompañarla para disfrutar de su hospitalidad porque se había acercado a echar un vistazo a las minas del arroyo Henderson, y el hombre aún un poco agarrotado debido al esfuerzo de abrir camino desde el río Stuart. También se lo habían dicho a Meyers, pero había rechazado la invitación porque se encontraba inmerso en un experimento por el que intentaba hacer subir el pan con lúpulo.
       Podían pasar sin el marido, pero la mujer… No habían visto una mujer en todo el invierno y la presencia de aquella prometía una nueva hégira en sus vidas. Aquellos tres jóvenes eran caballeros universitarios que añoraban los antros de lujuria y perdición de los que llevaban apartados tanto tiempo. Probablemente Grace Bentham añoraba algo parecido; al menos aquello significaba mucho para ella: se trataba del primer momento alegre y luminoso en muchas semanas de oscuridad.
       Aquel maravilloso primer plato, cuya paternidad se apuntaba el versátil Lake, acababa de servirse cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta.
       —¡Oh! ¡Ah! Por favor, pase usted, señor Bentham —invitó Parker, que había salido para ver de quién se trataba.
       —¿Está aquí mi mujer? —fue la brusca respuesta del ilustre personaje.
       —Pues sí. Le dejamos recado al señor Meyers. —Parker utilizaba su voz más dulce mientras se preguntaba a qué demonios venía aquello—. ¿No quiere pasar? Esperábamos su llegada en cualquier momento. Le hemos guardado el sitio. Llega usted a tiempo para el primer plato.
       —Pasa Edwin, querido —trinó Grace Bentham desde su lugar en la mesa.
       —Quiero que venga mi mujer —insistió Bentham con la voz ronca y una entonación que traslucía el tono desagradable de quien se sabe propietario de algo.
       Parker jadeó, tuvo que hacer un esfuerzo para no enterrar el puño en la cara de aquel visitante tan grosero, pero lo logró. Todos se pusieron en pie. Lake perdió la cabeza y estuvo a punto de decir: ”¿Pero de verdad tiene que irse?”.
       Luego tuvo lugar el lío de la despedida: ”Han sido tan amables …”, ”es una pena…”, ”¡Caramba!, con lo animados que estábamos…”, ”de verdad que…”, ”muchísimas gracias”, ”buen viaje hasta Dawson”, etc.
       De esa forma ayudaron al cordero a ponerse el abrigo y dirigirse al matadero. Luego se cerró la puerta y todos miraron con tristeza hacia la mesa abandonada.
       —¡Maldición! —Los primeros años de formación de Langham no habían sido tan buenos como deberían, por lo que juraba de forma monótona y sin fuerza—. ¡Maldición! —repitió, consciente de su falta de expresividad y luchando por encontrar un término más viril.


* * *

      Una mujer astuta sabe reforzar los puntos débiles de un hombre ineficiente, reafirma con su propio espíritu indomable el carácter titubeante de él, le infunde ambición y lo espolea a alcanzar grandes logros. La mujer que consigue hacer todo eso es lista y discreta como pocas, sobre todo si además lo hace de manera tan sutil que el hombre recibe todo el mérito y cree en lo más profundo de su corazón que todo es gracias a él y solo a él.
       Eso fue lo que procedió a hacer Grace Bentham. Tras llegar a Dawson con unos pocos kilos de harina y varias cartas de presentación, enseguida se dedicó a la tarea de empujar a su bebé grande para que pasara a primer plano. Fue ella quien ablandó el corazón de piedra del bruto que presidía el destino de la compañía P.C., sin embargo fue a Edwin a quien se le concedió aparentemente la concesión. Fue ella quien arrastró a su niño de arroyo en arroyo, cruzando desniveles y divisorias, en más de una docena de estampidas, pero todos incidían en lo lleno de energías que estaba Bentham. Era ella quien estudiaba los mapas, interrogaba a los mineros y gravaba a golpes la geografía y las ubicaciones en la cabeza hueca del marido, hasta el punto de que todo el mundo se maravillaba de su impresionante comprensión del país y conocimiento de sus condiciones. Por supuesto, todos decían que la mujer era dura de entendederas y solo unos pocos, más sensatos, la valoraban y compadecían.
       Ella hacía el trabajo y él se llevaba el mérito y la recompensa. En el Territorio Noroeste una mujer casada no puede delimitar con estacas o registrar una concesión en un arroyo, un terreno de aluvión o de cuarzo, por lo que Edwin Bentham acudió a ver al comisario del oro y registró la concesión en terreno de aluvión número 23, segundo nivel, del monte French. Cuando llegó abril ya lavaban mil dólares diarios de oro y les quedaban muchos días de esos en perspectiva.
       Al pie del monte French coma el arroyo Eldorado y en una concesión del arroyo se levantaba la cabaña de Clyde Wharton. Entonces no sacaba mil dólares diarios, pero sus depósitos aumentaban, tumo a turno, y llegaría un momento en el que esos depósitos pasarían por sus cajas de lavado y depositarían en las ranuras —en cuestión de más o menos seis días— varios cientos de miles de dólares. Él solía sentarse en su cabaña a fumarse una pipa y soñar cosas bonitas que no tenían nada que ver con los depósitos ni con la media tonelada de polvo de oro guardada en la enorme caja fuerte de la compañía P.C.
       Grace Bentham, mientras lavaba los platos de hojalata en su cabaña de la ladera, solía mirar hacia abajo, en dirección al arroyo Eldorado y soñaba, aunque no con depósitos ni polvo de oro. Solían encontrarse porque el camino a una de las concesiones cruzaba la otra y en la primavera del norte hay mucho de lo que hablar, pero ni una sola vez se dijeron lo que de verdad sentían, ni con la mirada ni debido a un lapsus.
       Así seguían las cosas. Sin embargo, un día Edwin Bentham se portó como una bestia. Todos los niños lo hacen. Además, como ahora era un rey del monte French, empezó a creerse más importante de lo que en realidad era y a olvidar todo lo que le debía a su mujer. En aquella ocasión Wharton se enteró, abordó a Grace Bentham y le habló con vehemencia. Eso la hizo muy feliz, aunque prefirió no seguir su consejo y le obligó a prometer que no volvería a decir las cosas que había dicho. Aún no había llegado su momento.
       El sol continuó viaje hacia el norte, el negro de la medianoche se convirtió en el color acerado del amanecer, la nieve desapareció, el agua volvió a correr por encima de los derrubios depositados por los glaciares y comenzó el lavado. Día y noche la arcilla amarilla y los pedazos de roca pasaban por las cajas de lavado, recompensando a los hombres fuertes venidos del sur. Y en esa época tan agitada llegó el momento de Grace Bentham.
       A todos nos llega nuestro momento en alguna ocasión, bueno, a todos los que no somos demasiado flemáticos. Algunos son buenos no por su amor inherente a la virtud, sino por pura vagancia. Los que tenemos momentos de debilidad, comprenderemos a Grace.
       Edwin Bentham se encontraba pesando su oro en la barra del bar de Grand Forks —en total una cantidad demasiado elevada de su polvo de oro se quedaba en aquella barra— cuando su esposa bajó la ladera y entró en la cabaña de Clyde Wharton. Wharton no la esperaba, pero eso no cambió las cosas. Y se habrían evitado mucha infelicidad posterior y espera en vano si el padre Roubeau no la hubiese visto y se hubiera desviado del camino principal.
       —Hijo mío…
       —¡Un momento, padre Roubeau! Aunque no pertenezco a su fe, le respeto, pero no puede entrometerse entre esta mujer y yo.
       —¿Sabes lo que estás haciendo?
       —¡Que si lo sé! Aunque fuese usted Dios Todopoderoso dispuesto a arrojarme al fuego eterno, me opondría a usted en este asunto.
       Wharton había sentado a Grace en una banqueta y permanecía de pie delante de ella, en actitud beligerante.
       —Siéntese en esa silla y guarde silencio —continuó dirigiéndose al jesuita—. Este es mi turno. Luego le tocará a usted.
       El padre Roubeau asintió con la cabeza y obedeció. Era un hombre tranquilo y había aprendido a esperar. Wharton situó una banqueta junto a la de la mujer y cubrió por completo su mano con la de él.
       —Entonces, ¿sientes algo por mí y me sacarás de aquí?
       El rostro de ella reflejaba la paz de aquel hombre, al que había acudido en busca de refugio.
       —Querida, ¿no recuerdas lo que te dije hace tiempo? Pues claro que…
       —Pero no puedes. ¿Y el lavado del oro?
       —¿Crees que eso me preocupa? Además, dejaré encargado al padre Roubeau. Puedo confiar en que él ponga el polvo de oro a buen recaudo en manos de la compañía.
       —¡Pensar que no volveré a verlo!
       —¡Una bendición!
       —E irme… ¡Oh, Clyde! ¡No puedo! ¡No puedo!
       —Vamos, tranquila, claro que puedes. Deja que yo me ocupe de todo. En cuanto reunamos unas pocas cosas nos pondremos en marcha y…
       —¿Y si vuelve?
       —Le romperé todos los…
       —¡No, no! ¡Nada de peleas, Clyde! Prométemelo.
       —De acuerdo. Pues les diré a los hombres que lo echen de la concesión. Ellos han visto cómo te trata y no lo aprecian demasiado.
       —No puedes hacer eso. No debes perjudicarlo.
       —¿Entonces, qué hago? ¿Le dejo entrar aquí y llevarte con él delante de mis propias narices?
       —No.
       Lo dijo en un susurro, mientras acariciaba despacio la mano de él.
       —Pues deja que yo me encargue de todo y tú no te preocupes. Me ocuparé de que no le pase nada. ¡Aunque poco le importaba a él que a ti te pasara algo o no! No iremos a Dawson. Enviaré recado para que un par de hombres equipen e impulsen una barca Yukón arriba. Cruzaremos la divisoria y bajaremos en balsa el río Indian para encontrarnos con ellos. Luego…
       —¿Luego?
       Ella había apoyado la cabeza en el hombro de él. La cadencia de sus voces se había suavizado hasta el punto de que cada palabra era una caricia. El jesuíta se movió nervioso.
       —¿Luego? —repitió ella.
       —Continuaremos Yukón arriba y pasaremos por tierra los rápidos de White Horse y el Cañón Box.
       —¿Y?
       —El río Sixty Mile. Después los lagos, Chilkoot, Dyea y llegaremos al mar.
       —Pero, querido, yo no puedo impulsar una barca con una pértiga.
       —¡No seas boba! Contrataré a Charley el de Sitka. Conoce los tramos buenos de los ríos y los mejores campamentos y es el mejor viajero que conozco, aunque sea indio. Tú solo tendrás que sentarte en el medio de la chalana, cantar canciones, hacer de Cleopatra y pelearte con… no, tenemos suerte, es demasiado pronto para los mosquitos.
       —¿Y después de eso, Antonio mío?
       —Después subiremos a bordo de un vapor que nos llevará a San Francisco y al mundo entero. Jamás volveremos a este agujero maldito. ¡Piénsalo! Podremos elegir cualquier lugar del mundo al que deseemos ir. Liquidaré todo esto. ¡Somos ricos! El gremio de Waldworth me dará medio millón por lo que queda en la tierra y yo tengo el doble en los depósitos y en la compañía P.C. Iremos a la Exposición Universal de París de 1900. Iremos a Jerusalén, si tú quieres. Nos compraremos un palacio italiano y podrás hacer de Cleopatra tanto como desees. No, mejor serás Lucrecia, Actea o quien tú quieras ser. Pero no debes, nunca debes…
       —La mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo.
       —Por supuesto, pero…
       —Pero yo nunca seré tu esposa, ¿verdad, querido?
       —No iba a decir eso.
       —Aunque tú me querrás siempre y jamás pensarás que… ¡Oh! Sé que serás como el resto de los hombres. Te acabarás cansando y… y…
       —¿Cómo puedes decir eso? Yo…
       —Prométemelo.
       —Sí, sí. Te lo prometo.
       —Lo dices con tanta facilidad, pero ¿cómo lo sabes? ¿O cómo lo sé yo? Tengo tan poco que dar, y a la vez es tanto. ¡Oh, Clyde! Prométeme que no te cansarás.
       —¡Calma! Tranquilízate. No debes empezar a dudar ya. Estaremos juntos hasta que la muerte nos separe.
       —¡Piénsalo! Una vez le dije eso mismo a… a él, y ahora…
       —Y ahora, querida mía, no quiero que te preocupes nunca más por esas cosas. Por supuesto que yo nunca, jamás me cansaré de ti y…
       Y por primera vez los labios temblorosos de los dos se unieron. El padre Roubeau se había entretenido mirando el camino principal por la ventana, pero ya no soportó más la tensión. Carraspeó y se dio la vuelta.
       —¡Su turno, padre!
       El calor del primer abrazo había sonrojado el rostro de Wharton. En su voz se apreciaba un matiz exultante al pasarle la vez al otro. No tenía dudas acerca de cuál sería el resultado. Tampoco Grace, porque no dejaba de sonreír mientras miraba al cura.
       —Hija mía —empezó a decir—, mi corazón llora por ti. Es un sueño precioso pero no puede hacerse realidad.
       —¿Por qué, padre? Ya he dicho que sí.
       —No sabías lo que hacías. No pensaste en el juramento que hiciste, ante tu Dios, a un hombre que es tu esposo. A mí me toca lograr que comprendas lo sagrado de tu promesa.
       —¿Y si lo comprendo y lo rechazo de todos modos?
       —Entonces Dios…
       —¿Qué Dios? Mi esposo tiene un Dios al que yo no quiero adorar. Debe de haber muchos.
       —¡Hija mía! ¡No hables así! Ah, no lo dices en serio. Lo comprendo. Yo también he pasado por momentos así.
       Por un instante regresó a su Francia natal y el recuerdo de un rostro melancólico, de ojos tristes, se interpuso entre Grace y él.
       —Entonces, padre, ¿me ha abandonado mi Dios? No soy peor que otras mujeres. Mucho he sufrido ya con mi esposo, ¿por qué habría de continuar sufriendo? ¿Por qué no puedo buscar la felicidad? No puedo, no quiero volver con él.
       —Más bien eres tú quien ha abandonado a tu Dios. Vuelve. Deja que Él lleve tu carga y la oscuridad se disipará. Hija mía…
       —No. Es inútil. He tomado una decisión y me atendré a ella. Seguiré adelante. Y si Dios me castiga, encontraré la forma de soportarlo. No lo comprende. Usted no es mujer.
       —Mi madre era mujer.
       —Pero…
       —Y Cristo nació de mujer.
       Grace no respondió. Se hizo el silencio. Wharton se tocaba el bigote con impaciencia y vigilaba el camino. Ella apoyó el codo en la mesa, sujetando el rostro decidido. Ya no sonreía. El padre Ronbeau cambió la línea de argumentación.
       —¿Tienes hijos?
       —Hubo un tiempo en que lo deseé, pero ahora, ya no. Y me alegro.
       —¿Y madre?
       —Sí.
       —¿Te quiere?
       —Sí. —Sus respuestas no eran más que susurros
       —¿Y hermano? No importa es hombre. Pero ¿tienes una hermana?
       La cabeza de Grace se marchitó y dejó escapar un sí tembloroso.
       —¿Es joven? ¿Muy pequeña?
       —Tiene siete años.
       —¿Y has meditado bien todo este asunto? ¿Has pensando en ellas? ¿En tu madre? ¿En tu hermana? Aún no ha cruzado el umbral de su vida de mujer y tu comportamiento podría significar mucho para ella. ¿Serías capaz de acudir a ella, mirar su carita joven y cogerle la mano o acariciarle la mejilla?
       Esas palabras formaron imágenes tan vívidas en su cabeza que acabó gritando ”¡no! ¡no!” y se echó hacia atrás encogida, como los perros al huir del látigo.
       —Pues debes enfrentarte a todo eso y será mejor si lo haces ahora.
       A los ojos del padre Roubeau, que ella no podía ver, asomaba la mucha compasión que sentía, pero su rostro, tenso y tembloroso, no mostraba indicios de ceder. Grace levantó la cabeza de la mesa, contuvo las lágrimas y luchó por recuperar el control.
       —Me iré. No volverán a verme y acabarán por olvidarme. Para ellas será como si me hubiese muerto. Me iré con Clyde hoy mismo.
       Parecía definitivo. Wharton dio un paso al frente, pero el sacerdote le hizo un gesto para que se alejara.
       —¿Has deseado tener hijos?
       Un sí silencioso.
       —¿Y has rezado pidiendo tenerlos?
       —Muchas veces.
       —¿Y has pensando en lo que ocurriría si los tuvieras?
       Los ojos del padre Roubeau se detuvieron un instante sobre el hombre el hombre que estaba junto a la ventana.
       El rostro de Grace se iluminó un segundo y luego comprendió el verdadero significado de lo que le decía. Levantó la mano, suplicante, pero él continuó.
       —¿Te imaginas con un bebé inocente en los brazos? ¿Un niño? El mundo no es tan duro con las niñas. ¡Te dominaría el rencor, la amargura! ¿Podrías sentirte feliz y orgullosa de tu hijo al mirar a otros niños?
       —¡Oh, tenga compasión! ¡Cállese ya!
       —El chivo expiatorio…
       —¡No! ¡No! ¡Volveré con él! —Grace estaba a sus pies.
       —Un hijo que crecería sin pensar en nada malo, hasta que un día el mundo le arrojase a la cara un apelativo terrible.
       —¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
       Grace se arrastraba ante él. El sacerdote suspiró y la ayudó a levantarse. Wharton quiso acercarse pero ella se lo impidió.
       —¡No te acerques a mí, Clyde! ¡Voy a volver con él!
       Las lágrimas caían por sus mejillas pero ella no hizo ni ademán de limpiárselas.
       —¿Después de todo esto? ¡No puedes! ¡No te lo permitiré!
       —¡No me toques! —exclamó temblando y se apartó de él.
       —¡Lo haré! ¡Eres mía! ¿Me oyes? ¡Eres mía! —Luego se giró en dirección al cura—. Fui un idiota al permitir que le diese a la lengua. Dé gracias a su Dios por no ser un hombre normal, porque… Pero la prerrogativa sacerdotal debe ejercerse siempre, ¿no es así? Pues usted ya la ha ejercido, así que ahora salga de mi casa o me olvidaré de quien es y de lo que es.
       El padre Roubeau asintió con la cabeza, tomó a Grace de la mano y se dirigió hacia la puerta. Pero Wharton les cerró el paso.
       —¡Grace! Dijiste que me querías.
       —Sí.
       —¿Sigues queriéndome?
       —Sí.
       —Dímelo.
       —Te quiero, Clyde. Te quiero.
       —¿Lo oye, sacerdote? —gritó—. Ya lo ha oído. Tras oírlo, ¿es capaz de enviarla a vivir una vida de mentiras, a vivir un infierno junto a ese hombre?
       Pero el padre Roubeau introdujo a la mujer a toda prisa en la habitación interior y cerró la puerta.
       —¡Ni una palabra! —le susurró a Wharton mientras adoptaba una postura despreocupada en una de las banquetas—. Recuérdalo. Es por el bien de ella añadió.
       La habitación entera retumbó con el golpe de la puerta. Luego se abrió y entró Edwin Bentham.
       —¿Han visto a mi mujer? —preguntó en cuanto intercambiaron los saludos de rigor.
       Dos cabezas negaron a la vez.
       —He visto que sus huellas bajaban desde la cabaña —continuó diciendo entre titubeos— y se interrumpían justo aquí enfrente, en el camino principal.
       Los otros parecían escucharle aburridos.
       —Y… y pensé que… que…
       —¡Que estaba aquí! —vociferó Wharton.
       El sacerdote lo hizo callar con una mirada.
       —¿Has visto sus huellas dirigirse a esta cabaña, hijo mío? —preguntó con astucia el padre Roubeau. Se había ocupado de borrarlas al recorrer el mismo camino una hora antes.
       —No me paré a mirar, porque…
       Sus ojos se detuvieron, con mirada sospechosa, sobre la puerta de la otra habitación y luego interrogaron al sacerdote, quien negó con la cabeza. Pero la duda parecía perdurar.
       El padre Roubeau rezó en silencio una rápida oración y se puso en pie.
       —Pero si dudas de mí, pues…
       E hizo ademán de ir a abrir la puerta.
       Un sacerdote no podía mentir. Edwin Bentham lo había oído decir a menudo y lo creía.
       —Por supuesto que no, padre —respondió enseguida—. Solo me preguntaba a dónde habría ido mi mujer y pensé que quizás… Supongo que habrá ido a casa de la señora Stanton, en la quebrada. Qué buen tiempo hace, ¿verdad? ¿Ya se han enterado? La harina ha bajado a cuarenta dólares los cuarenta y cinco kilos y parece que los chechaquos vienen en manada río abajo. Pero he de irme. Adiós.
       La puerta se cerró de golpe y desde la ventana lo vieron poner rumbo al barranco.


* * *

      Varias semanas después, tras la crecida de junio, dos hombres llevaban una canoa al centro del cauce y la aseguraban a un pino decrépito. Eso tensaba la amarra y hacía avanzar la frágil embarcación como lo haría un remolcador. El padre Roubeau había recibido instrucciones de abandonar las regiones altas y regresar con sus hijos morenos de Minook. El hombre blanco había llegado hasta ellos y ya le dedicaban demasiado poco tiempo a la pesca y mucho a cierta deidad que residía temporalmente en innumerables botellas negras. Malamute Kid también tenía negocios que atender en las regiones bajas, así que viajaban juntos.
       En todo el Norte solo había una persona que conocía a Paul Roubeau, el hombre, y ese era Malamute Kid. Únicamente ante él se despojaba el cura de su hábito sacerdotal y se mostraba tal como era. ¿Por qué no? Los dos se conocían bien. ¿Acaso no habían compartido el último bocado de pescado, la última pizca de tabaco y los pensamientos más íntimos en las extensiones yermas y vacías del mar de Bering, en los desoladores laberintos del Gran Delta, durante el terrible viaje invernal desde Punta Barrow al arroyo Porcupine?
       El padre Roubeau tiraba con fuerza de su vieja pipa y observaba el disco rojo del sol, lúgubremente acomodado sobre el borde del horizonte norte. Malamute Kid le daba cuerda a su reloj. Era medianoche.
       —¡Anímate, amigo! —Malamute recuperaba una conversación anterior—. Dios sin duda te perdonará la mentira. Compartiré contigo las palabras de un hombre que dice la verdad:

Aunque ella haya dicho algo, recuerda que tus labios debes cerrar,
y el hierro del perro caerá sobre aquel que ose el secreto revelar,
si ella corriese peligro y una mentira la pudiese ayudar,
miente, mientras tus labios se muevan o haya alguien para escuchar.


      El padre Roubeau apartó la pipa de la boca y reflexionó.
       —El hombre dice la verdad, aunque mi alma no se disgusta por eso. La mentira y la penitencia son cosa de Dios. Pero… pero…
       —¿Qué pasa entonces? Tienes las manos limpias.
       —No. Kid, lo he pensado mucho y no puedo verlo de otra manera. Yo lo sabía y aun así la hice volver con él.
       El trino nítido de un petirrojo les llegó desde el bosque de la orilla, la llamada de una perdiz resonó a lo lejos y un alce se metió en el agua haciendo mucho ruido, pero los dos continuaron fumando en silencio.

[1899]



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