Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)
El enemigo del mundo entero (1908)
(“TThe Enemy of All the World”)
Originalmente publicado en The Red Book Magazine (octubre de 1908);
The Strength of the Strong
(Nueva York: Macmillan Company, 1914, 378 págs.)
Fue en el año 1976 cuando la contienda
entre el mundo y China alcanzó su apogeo, y éste fue el motivo por el que se
retrasó la celebración del segundo centenario de la libertad americana. Otros
muchos planes concebidos por las naciones de la tierra fueran reformados,
revueltos o aplazados por idéntica razón.
El mundo se despertó de pronto ante el
peligro que corría, pero desde hacía más de setenta años los acontecimientos
tendían hacia esta crisis.
El año 1904 marca lógicamente el principio
de un desarrollo que setenta años más tarde debía hundir al mundo entero en la
consternación. En este año tuvo lugar la guerra ruso-japonesa, y los
historiadores de la época anunciaron gravemente que aquel conflicto marcaba la
entrada de Japón en la familia de las grandes naciones.
Las naciones occidentales habían intentado
en vano estimular a China, pero con su natural optimismo y el egoísmo de raza
habían llegado a la conclusión de que la tarea era imposible.
La verdadera causa de su fracaso, fue que
entre ellas y China no existía ningún vínculo psicológico. Sus maneras de
pensar eran radicalmente diferentes y no tenían un vocabulario común. El
espíritu occidental no penetraba sino superficialmente en el espíritu chino y
se perdía rápidamente en un laberinto sin salida. El espíritu chino quería
sondear el espíritu occidental y chocaba siempre contra un muro infranqueable.
No existía ningún medio de comunicar las ideas de Occidente a la mentalidad
china. Y China seguía durmiendo. Los éxitos y progresos materiales del Oeste
seguían siendo para ella letra muerta, y el Occidente no podía comprender
tampoco la letra y el espíritu chinos. En el trasfondo de la conciencia de una
raza de lengua inglesa, por ejemplo, yacía una capacidad de vibrar al oír el
más mínimo atisbo de raíz sajona, y el subsuelo de la mentalidad china se
estremecía a la vista de sus radicales monosílabos. Pero el chino se mostraba
refractario a la fonética sajona, como el inglés a los caracteres jeroglíficos.
Sus espíritus estaban compuestos de diferentes materiales. Y he aquí cómo los
progresos y éxitos materiales de Occidente resbalaban sobre la intransigencia
de la China dormida, sin lastimarla.
Sobrevinieron los acontecimientos de 1904 y
la victoria de Japón sobre Rusia. No obstante, la raza japonesa representaba la
más fantasiosa y paradójica de todas las naciones orientales. Dotada de una
curiosa receptibilidad para todo lo que pudiera ofrecer Occidente, el Japón
asimiló rápidamente las ideas occidentales, las digirió y las aplicó tan
hábilmente que se encontró, de pronto, armado de pies a cabeza. Convertido en
una potencia mundial. No podríamos aplicar esta receptividad particular del
Japón a la cultura extranjera de Occidente, fenómeno tan incomprensible como
ciertas anomalías biológicas observadas en el reino animal.
Después de la derrota decisiva infligida al
Gran Imperio Ruso, el Japón no tardó nada en soñar por su propia cuenta con un
imperio colosal. Había hecho de Corea un granero de abundancia y una colonia:
los privilegios obtenidos por tratado y una diplomacia de zorro le dieron el
monopolio de Manchuria. Todavía no satisfecho volvió sus ojos hacia China. Allá
existía un territorio conteniendo los más hermosos depósitos conocidos de
carbón y hierro, este esqueleto de las civilizaciones occidentales. Después de
los recursos naturales, el factor más importante de la industria es la mano de
obra. En este territorio vivía una población de cuatrocientos millones de
almas, o sea un cuarto de la población mundial en esa época. Además, los chinos
son excelentes trabajadores, sin contar con su filosofía o religión fatalista y
su impasible constitución nerviosa hace de ellos soberbios soldados cuando son
orientados convenientemente. Es inútil decir que el Japón estaba dispuesto a
proveer de la dirección adecuada.
Ventaja todavía más preciosa, desde el
punto de vista japonés, era que los chinos configuraban una raza aliada. El
enigma que representaba el carácter chino para los occidentales no preocupaba a
los japoneses, que lo comprendían como nosotros no podremos nunca hacerlo. Sus
mentalidades idénticas basadas sobre los mismos símbolos que procedían de las
mismas y viejas costumbres. Los japoneses penetraban en el espíritu chino sin
pararse ante los obstáculos que a nosotros nos cierran el camino, tomaban el
recodo que escapa a nuestra vista y desaparecían en el horizonte, mientras que
nosotros no sabíamos salir del atolladero. Aquellos hermanos de raza, a pesar
de los siglos transcurridos desde su divergencia del tronco mongol, se
comprendían a través de la escritura o de la lengua, y a pesar de las
diferencias y de los cambios determinados por diversas condiciones e
influencias de sangre extranjera, poseían en el fondo del alma y en las fibras
más íntimas de su organismo una herencia común y una similitud genética que
desafiaba el transcurso del tiempo.
El Japón se encargó pues de administrar a
China. En los años inmediatos que siguieron a la guerra con Rusia, sus agentes
invadieron lentamente la China Central. A miles de kilómetros, más allá de las
misiones más avanzadas, sus ingenieros y espías empezaron a moverse disfrazados
de coolies, de vendedores ambulantes y de monjes budistas, tomando nota de los
caballos de vapor de cada cascada, del posible emplazamiento de cada industria,
la altura de las montañas y de los desfiladeros, las ventajas y los puntos
débiles de los lugares estratégicos, la riqueza de los valles cultivados, el
número de bueyes empleados en cada distrito, o el de los trabajadores que se
podían reclutar a la fuerza. Jamás se había llevado a cabo un censo parecido, y
no podía haber sido hecho por ningún otro pueblo que no fueran aquellos
japoneses testarudos, pacientes y patriotas.
Pero al mismo tiempo el secreto fue
descubierto. Los oficiales japoneses reorganizaron el ejército chino. Sus
sargentos instructores transformaron los guerreros medievales en soldados del
siglo veinte, acostumbrados a toda la ciencia de la guerra moderna, con una
proporción de buenos tiradores, superiores a la media de cualquier ejército
occidental. Los ingenieros japoneses profundizaron y ensancharon la complicada
red de canales, construyeron fábricas y fundiciones, enlazaron el imperio con
una red de líneas telegráficas y telefónicas, e inauguraron una era de
construcciones de vías férreas. Aquellos promotores de la civilización mecánica
descubrieron los yacimientos de petróleo de Chusan, las montañas de hierro de
Whang-Sing, las minas de cobre de Shansi y perforaron los pozos de gas de Woe-Wee,
las más maravillosas reservas de gas natural que existían en el mundo.
Algunos emisarios japoneses formaban parte
del Consejo del Imperio chino y murmuraban al oído de los hombres de Estado. La
reconstrucción política del país fue obra suya. Sustituyeron a la clase de los
letrados, profundamente reaccionarios, y aseguraron puestos oficiales a los
partidarios del progreso. En cada capital o ciudad, aparecieron los periódicos.
Naturalmente, redactores japoneses tomaban la dirección política de éstos
inspirándose directamente en Tokio. Estos periódicos fueron educando
progresivamente a la gran masa de la población.
China despertaba por fin. Allí en donde
Occidente había fracasado, Japón triunfó. Realizó las transformaciones de la
cultura y del progreso, ininteligible hasta entonces para el espíritu chino. El
mismo Japón había asombrado el mundo al abrir los ojos, pero en aquella época
no poseía más que cuarenta millones de habitantes. El prodigioso despertar de
China, con sus cuatrocientos millones de habitantes, y teniendo en cuenta el
progreso del mundo entero, empezaba a ser bastante inquietante. Era la más
colosal de las naciones, y su voz no tardó en hacerse oír con acentos
categóricos en los asuntos y consejos políticos de los diferentes estados. El
Japón la empujaba a ello, y los arrogantes pueblos occidentales la escuchaban
respetuosamente.
El rápido y destacado ascenso de China
provenía sobre todo de la calidad superior de su mano de obra. Desde siempre,
el chino encarnaba el tipo perfecto de la habilidad industrial. Ningún
trabajador en todo el mundo podía compararse con él. Trabajaba como se respira,
con el mismo ardor con que los pueblos se dedicaban a las incursiones y luchas
en países lejanos. Para él la libertad se resumía en encontrar trabajo. Labrar
y cultivar sin parar, he aquí todo lo que él pedía a la vida y a las eventuales
potencias.
Pues bien, este despertar de China, procuraba
a su enorme población un libre acceso no sólo al trabajo ilimitado sino también
a los utensilios más perfeccionados para el trabajo mecánico y científico.
El dragón rejuvenecido no debía tardar en
erguirse sobre sus patas en una pose de desafío heráldico. China empezó a
descubrir en ella un orgullo y una voluntad propias y empezó a respingar ante
la tutela del Japón: pero este mal humor no duró mucho tiempo. Al principio,
aconsejada por los japoneses, había expulsado del Imperio a todos los
misioneros, ingenieros, militares, instructores, comerciantes y profesores de
Occidente. Luego se puso a tratar de la misma manera a los representantes
equivalentes del Japón. Los consejeros políticos de dicha nación fueron
colmados de honores y de condecoraciones, y después enviados a sus casas. Japón
había saldado sus cuentas con el Occidente que le había despertado, pero China
saldó las suyas de la misma manera con el Japón, que acababa de hacerle el
mismo servicio. Le fueron dadas las gracias por su beneficiosa ayuda y enviado
a paseo con sus armas y equipajes.
Las naciones occidentales se burlaron. El
sueño fantástico del Sol Naciente se vino abajo. Japón se enfadó y China se
limitó a reírse. La sangre de los Samurais hirvió, desenvainaron sus sables y
Japón declaró temerariamente la guerra. Esto sucedía en el año 1942. Al cabo de
siete meses de matanzas, perdió Manchuria, Corea y Formosa. Arruinado y
arrojado de sus pequeñas islas ya superpobladas y desentendiéndose del drama
mundial, a partir de entonces se entregó al arte y se limitó a fascinar al
mundo con sus creaciones de maravillosa belleza.
En contra de lo que se esperaba en general,
China no se mostró agresiva en absoluto, no se complació en ningún sueño
napoleónico, sino que se esmeró exclusivamente en las artes de la paz. Después
de un período de inquietud, se implantó la idea de que China era temible, no en
el campo de la guerra sino en el del comercio. Más adelante se vio que el mundo
no había comprendido el verdadero peligro. China siguió perfeccionando su
civilización mecánica. En lugar de un enorme ejército permanente, organizó una
milicia infinitamente más numerosa y eficaz. Su marina era tan restringida que
el mundo entero se burlaba de ella: no intentó reforzarla. Sus barcos de guerra
no entraron jamás a visitar los puertos internacionales abiertos por los
tratados.
El verdadero peligro residía en la
fecundidad de sus entrañas, y fue en 1970 cuando se oyó el primer grito de
alarma. Desde hacía algún tiempo todos los territorios contiguos al Imperio Central
se quejaban de la emigración china, y los pueblos supieron pronto que aquel
país poseía una población de quinientos millones de almas, habiendo aumentado
en cien millones de habitantes desde su despertar. Burchaldter llamó la
atención sobre el hecho de que existían sobre la tierra más chinos que blancos.
Había simplemente sumado las poblaciones de los Estados Unidos, de Canadá, de
Nueva Zelanda, de Australia, de África meridional, y de las naciones europeas,
o sea un total de 495.000.000, que la población de China sobrepasaba en cinco
millones. Aquellas cifras dieron la vuelta al mundo, y el mundo tembló.
Durante aquella época de transición y de
desarrollo de su potencia, China no abrigaba sueños de conquista. El chino no
es de raza imperialista. Industrioso, economizador y pacífico, considera la
guerra como una tarea desagradable, pero necesaria, que es preciso realizar de
vez en cuando. Mientras que las razas occidentales luchaban entre ellas y
corrían desde hacía largos años la gran aventura unos contra los otros, China
había seguido tranquilamente haciendo funcionar sus máquinas y creciendo. Ahora
sobrepasaba los límites de su imperio y se desbordaba sobre los territorios
adyacentes con la lentitud y la certeza aterradora de un glaciar.
A consecuencia de la alarma provocada por
las cifras de Burchaldter en 1970, Francia organizó una resistencia largamente
premeditada. La Indochina francesa se encontraba invadida, inundada de
emigrantes chinos. Francia gritó basta. La ola seguía avanzando. Francia reunió
un ejército de cien mil hombres en la frontera china de su desgraciada colonia
y China envió un ejército de un millón de milicianos detrás del cual marchaba
otro compuesto por sus mujeres, hijos y familiares de los dos sexos. La
expedición francesa fue barrida como un enjambre de moscas. Los milicianos
chinos con sus familias, con un total de más de cinco millones, tomaron
posesión tranquilamente de la Indochina francesa y se establecieron en ella
para unos pocos miles de años.
Francia ultrajada se alzó en armas, envió
una serie de flotas contra las costas chinas y estuvo a punto de arruinarse en
el esfuerzo. China no poseía marina. Se metió en su caparazón como una tortuga.
Durante un año la flota francesa bloqueó la costa y bombardeó las ciudades y
pueblos costeros. China no se preocupó en lo más mínimo. No dependía del resto
del mundo para nada. Se mantenía al margen del alcance de los cañones franceses
y seguía trabajando. Francia se lamentaba, retorcía sus manos impotentes y
apelaba a las naciones mudas de estupor. Entonces desembarcó un cuerpo
expedicionario de doscientos cincuenta mil hombres de élite y penetró sin
resistencia en el interior. No se le volvió a ver jamás. Las líneas de
comunicación fueron cortadas desde el segundo día. No volvió ningún
superviviente para contar lo ocurrido. El cuerpo expedicionario había realmente
desaparecido en la panza de China.
A lo largo de los cinco años siguientes, la
expansión de China siguió en todas direcciones terrestres. Siam fue anexionado
al Imperio del Dragón y, a pesar de todo lo que pudo hacer Inglaterra, Birmania
y la península de Malaca fueron invadidas, mientras que, a todo lo largo de la
frontera sur de la Siberia, Rusia estaba presionada por las hordas chinas. La
operación era muy simple. Primero venía la emigración, o mejor dicho ya estaba
instalada, se había ido introduciendo lentamente y disimuladamente en los años
precedentes. Luego chocaban las armas y toda oposición era barrida por una
monstruosa oleada de milicianos seguidos de sus familias y de sus enseres
domésticos. Finalmente se establecían como colonos en los territorios
conquistados. No se había visto jamás un método tan extraño y eficaz para
conquistar el mundo.
Al sur, en el Nepal y el Butan se
hundieron, y toda la frontera septentrional de la India fue inundada por
aquella terrible masa viviente.
Al Oeste, Boukharia, y hasta Afganistán al
sudoeste, fueron invadidas. Persia, Turkestán y toda Asia Central fueron
engullidas. En aquella época, Burchaldter tuvo que revisar sus cálculos que ya
no eran exactos. La población de China alcanzó setecientos millones, los
ochocientos. Nadie sabía ya exactamente cuántos, pero en todo caso no tardarían
mucho en llegar a los mil millones. Burchaldter anunció que existían en el
mundo dos chinos por cada blanco, y el mundo tembló. El desarrollo de China
debía de haber empezado en 1904. Se recordó que desde aquel año no se había
padecido hambre. A un promedio de cinco millones por año, desde hacía setenta
años, el aumento total debía de ser de 350 millones. ¿Pero quién podía saberlo
con verosimilitud? ¿Cómo informarse sobre aquella extraña y nueva amenaza de la
nueva China rejuvenecida, fecunda y militante?
La Convención de 1975 fue convocada en
Filadelfia. Todas las naciones occidentales y algunas de las orientales
enviaron sus delegados. No se llegó a nada, se habló de instituir en todos los
países primas de natalidad, pero los matemáticos no tomaron aquella idea en
serio y demostraron que China llevaba ya demasiada ventaja en aquel sentido.
Nadie pudo sugerir la manera de hacerlo entrar en razón. Las potencias unidas
le dirigieron un llamamiento amenazándola, pero ahí acabó la iniciativa de la
Convención de Filadelfia, y China se contentó con burlarse de la Convención y
de las potencias. Li-Tang-Foung, encarnación del pensamiento del Dragón se
dignó responder:
“—¿Qué le importa a China el Comité de las
Naciones? —decía aquel potentado—. Somos la más antigua, la más honorable y la
más realista de las razas. Tenemos nuestro destino que cumplir. Es molesto que no
se adapte al del resto del mundo, pero, ¿qué se puede hacer? Habéis disertado
ampliamente sobre los derechos de las razas realistas y herederas de la tierra,
y nosotros podemos simplemente responder que el que viva lo verá. Sois
incapaces de invadir nuestro país, a pesar de vuestras flotas. No pongáis el
grito en el cielo. Conocemos la debilidad de nuestra marina: nos sirve sólo de
policía. No nos preocupamos lo más mínimo del mar. Nuestra fuerza reside en
nuestra población, que pronto alcanzará los mil millones. Gracias a vosotros
estamos equipados de todo el mecanismo de la vida moderna. Enviad vuestros
cuerpos expedicionarios, pero recordad lo que le sucedió a Francia. El
desembarco de medio millón de soldados en nuestras costas agotará los recursos de
cualquiera de vuestros países, y los mil millones de nuestra población se los
tragarán de un bocado. Enviad un millón, enviad cinco, y los engulliremos con
la misma facilidad que un pequeño tazón de arroz. Tal como nos habéis
amenazado, vosotros los Estados Unidos, podríais exterminar los diez millones
de coolies instalados en vuestras costas... pues bien este total representa
apenas la mitad de nuestro superávit de nacimientos.”
Así habló Li-Tang-Foung. El mundo estaba
turbado, desorientado y aterrado. Se le decían las verdades. No existía ningún
medio para luchar contra aquel excedente de nacimientos. Si la población china
alcanzaba los mil millones y aumentaba veinte millones por año, dentro de
veinticinco años alcanzaría los mil quinientos millones, es decir la cifra de
la población total del globo en 1904. ¿Y qué se podía hacer? No existía ningún
instrumento para contener aquella marea creciente. La guerra era inútil. China
se mofaba del bloqueo de sus costas e invitaba a los invasores a precipitarse en
su boca que era lo bastante grande como para tragarse a todos los ejércitos del
mundo. Y mientras tanto la oleada amarilla seguía derramándose sobre Asia.
China se destornillaba de risa al leer en las revistas extranjeras las doctas
elucubraciones de los sabios.
Pero existía uno a quien China no había
tenido en cuenta llamado Jacobus Laningdale, un sabio si se quiere, en el
sentido más amplio de la palabra, en todo caso un hombre de ciencia desconocido
hasta el momento, empleado en los laboratorios de la Oficina de Higiene de
Nueva York. Poseía un cerebro como los demás pero conteniendo la suficiente
sabiduría como para concebir una idea y guardarla en secreto. Habiendo madurado
su idea, en lugar de escribir un artículo para las revistas, pidió vacaciones. El
19 de septiembre de 1975, llegó a Washington. A pesar de la hora tardía, se fue
derecho a la Casa Blanca habiéndose asegurado de antemano una audiencia con el
Presidente de la República de los Estados Unidos. Estuvo encerrado con éste
durante tres horas. De lo que pasó entre ellos no se enteró el mundo hasta
mucho más adelante. De hecho, en aquel tiempo, el mundo no se interesaba por
Jacobus Laningdale. Al día siguiente, el Presidente convocó un consejo del
gabinete, al cual asistió aquel personaje y cuyas resoluciones fueron
mantenidas en secreto. Pero en la misma tarde de aquel día, Rufus Cowdery,
secretario de Estado, salió de Washington y embarcó al día siguiente por la
mañana hacia Inglaterra. El secreto que llevaba con él empezó a divulgarse,
pero únicamente entre los jefes de Estado. Una docena de hombres, quizás, en
cada nación, recibieron bajo secreto, la comunicación de la idea nacida en el
cerebro de Jacobus Laningdale. Poco a poco con aquella divulgación, una gran
actividad se manifestaba en los talleres de construcción marítima, los
arsenales y los puertos de guerra. Los pueblos de Francia y de Alemania
empezaron a sospechar, pero el voto de confianza que les pidieron sus gobiernos
era tan sincero que aceptaron aquel proyecto desconocido que se estaba
realizando.
Fue en la época de la Gran Tregua. Todos
los países se comprometieron solemnemente a no entrar en guerra los unos contra
los otros. El primer acto definido fue la movilización gradual de los ejércitos
de Rusia, Alemania, Italia, Grecia y Turquía. Luego empezó el desplazamiento
hacia el Este. Todas las vías férreas que penetraban en Asia fueron atestadas
de trenes militares. El objetivo de las operaciones era China, pero no se sabía
nada más. Un poco más tarde se destacó un gran movimiento por el mar. De todos
los países partieron expediciones marítimas. Las flotas se seguían las unas a
las otras y se dirigían todas hacia las costas chinas. Las naciones rastrearon
sus astilleros y enviaron sus falúas de aduanas, sus aviones, sus barcos de abastecimiento,
sus antiguos cruceros y acorazados y todas las armas modernas de que disponían.
No teniendo bastante con esto, enrolaron a la marina mercante. Según las
estadísticas, 58.640 barcos de vapor equipados con proyectores y cañones de
tiro rápido fueron enviados a China por las diferentes naciones.
China seguía sonriendo. A lo largo de sus
fronteras terrestres se alinearon millones de guerreros de Europa. Ella
movilizó cinco veces más de milicianos y esperó la invasión. Hizo lo mismo en
sus costas marítimas. Pero esta vez estaba intrigada.
Después de aquellos enormes preparativos,
la invasión no se producía. No entendía nada. Todo seguía tranquilo a lo largo
de la frontera siberiana. En las costas de las ciudades y los pueblos no eran
tan siquiera bombardeados. No se había producido jamás en la historia del mundo
una concentración tan poderosa de flotas de guerra. Se encontraban allí
reunidas, de día y de noche, millones de toneladas de barcos de guerra que
surcaban las aguas chinas, y sin embargo nada estallaba, no se daban
tentativas. ¿Pensaban hacerla salir de su cáscara? China sonreía. ¿Pensaban
cansarla o hacerle pasar hambre? China sonreía aún más.
Pero el primero de mayo del año 1976, si el
lector se hubiera encontrado en la ciudad imperial de Pekín, poblada entonces
de once millones de almas, hubiese asistido a un curioso espectáculo. Habría
visto las calles llenas de población amarilla charlando animadamente, todas las
melenas echadas hacia atrás, todos los ojos oblicuos mirando al cielo. Y, muy
alto en el cielo, habría podido percibir un punto minúsculo cuyas evoluciones
regulares le habrían hecho saber que se trataba de un avión. De aquel aeroplano
que giraba en todos los sentidos por encima de la ciudad, llovían extraños
proyectiles inofensivos, unos frágiles tubos de cristal que se rompían en mil
pedazos en las calles y sobre los tejados. Nada de particular ocurría con
aquellos tubos de cristal, nada ocurría, nada explotaba. A decir verdad tres
chinos fueron muertos por aquellos tubos caídos desde tal altura, pero qué
importancia tenía la muerte de tres chinos en un país donde cada año nacían
veinte millones más de chinos de los que morían. Un tubo cayó directamente en
el estanque de un jardín cuyo propietario lo retiró intacto. No se atrevió a
abrirlo y, acompañado de sus amigos y rodeado de una multitud creciente, lo
llevó al magistrado del distrito. Este era un hombre valiente. Rompió el
misterioso tubo golpeándolo con el fogón de cobre de su pipa. No se produjo
nada anormal. Uno o dos de los asistentes más próximos creyeron ver salir
volando unos mosquitos. Eso fue todo. La muchedumbre estalló en risas y se
dispersó.
No solamente la ciudad de Pekín, sino China
entera estaba siendo bombardeada por tubos de cristal. Los pequeños aviones
lanzados desde los barcos no llevaban más que dos hombres cada uno, y por todas
partes por encima de las ciudades, pueblos y aldeas, hacían sus
circunvalaciones, uno de los aviadores dirigiendo el aparato, el otro tirando
los tubos por la borda.
Pero si el lector hubiese vuelto a Pekín
semanas más tarde, habría buscado en vano sus once millones de habitantes.
Habría encontrado un pequeño número de ellos, tal vez algunos cientos de miles
en estado de descomposición dentro de las casas y en las calles desiertas o
amontonados sobre los carros fúnebres abandonados. Para encontrar a los demás
habría tenido que buscar en las grandes y pequeñas vías de comunicación. Y aún
así no hubiese descubierto más que algunos grupos huyendo de las ciudad
apestada de Pekín, ya que su huida estaba jalonada por innumerables cadáveres
pudriéndose al lado de las carreteras. Y lo que pasaba en Pekín se reproducía
en todas las ciudades, pueblos y aldeas del imperio. La plaga hacía estragos de
punta a punta del país. No eran una o dos epidemias, eran una veintena. Todas
las formas virulentas de enfermedades infecciosas se desencadenaron sobre el
territorio. El gobierno chino comprendió tarde el fin de aquellos gigantescos
preparativos, de aquella distribución de ejércitos mundiales, de aquellos
vuelos de aviones y de aquella lluvia de tubos de cristal. Sus Proclamaciones
cayeron en el vacío y no podían tan siquiera contener los once millones de
miserables que huían de Pekín para diseminar el contagio por todo el país. Los
médicos y oficiales de sanidad morían en sus puestos, y la muerte triunfante se
adelantaba a los decretos de Li-Tang-Foung. A él también se le echó encima, ya
que Li-Tang-Foung sucumbió en la segunda semana.
Si se hubiese tratado de una sola epidemia
China quizás habría podido salvarse. Pero a una veintena de epidemias ninguna
criatura podía escapar. El que esquivaba la viruela moría de la escarlatina; el
que se creía protegido contra la “fiebre amarilla” sucumbía al cólera, y la
muerte negra, la peste bubónica, barría a los supervivientes. Todos aquellos
microbios, gérmenes, bacterias y bacilos, cultivados en los laboratorios de
Occidente se habían abatido sobre China en aquella lluvia de tubos de cristal.
Desapareció toda organización. El gobierno
se derrumbó. Decretos y proclamas eran inútiles ya que aquellos que acababan de
redactarlos y firmarlos se esfumaban de la noche a la mañana. Y los millones de
seres acosados por la muerte no se paraban en su loca carrera para tomar nota
de nada. Huían de las ciudades para contaminar los campos, propagaban las
enfermedades allá donde fueran. Estaban en pleno verano —Jacobus Laningdale
había escogido juiciosamente el momento— y la muerte hacía estragos por todas
partes. Muchos acontecimientos han sido reconstruidos según ciertas conjeturas,
y muchos otros a partir de los relatos de los supervivientes. Las miserables
criaturas se precipitaron por millones a través del Imperio. Los enormes
ejércitos que China había reunido en sus fronteras se fundieron como la nieve
al sol. Las granjas fueron saqueadas por la gente hambrienta, la tierra ya no
recibió más semillas y los cereales, maduros ya, se pudrieron. Aquella huida
universal constituyó quizás el rasgo más destacable de la catástrofe, Millones
de seres se precipitaron hacia las fronteras para encontrarse allí detenidos y
rechazados por los gigantescos ejércitos de Occidente. La masacre de aquellas
hordas enloquecidas fue algo asombroso. En varias ocasiones las líneas
defensivas tuvieron que retroceder treinta o cuarenta kilómetros para escapar
del contagio de los cadáveres.
En una ocasión, la epidemia, atravesando
las líneas enemigas, cayó sobre las tropas alemanas que vigilaban la frontera
de Turkestán. Se habían tomado medidas en vista de un acontecimiento como aquél
y si bien costó la vida de sesenta mil soldados europeos, el cuerpo
internacional de médicos estableció un cordón sanitario y alejó el contagio.
Fue en el transcurso de esta lucha cuando tuvo lugar entre los gérmenes
mórbidos una especie de hibridez de la que resultó un nuevo microbio de una
virulencia inaudita. Intuido en un principio por el Dr. Vomberg que fue
infectado por dicho microbio y murió a consecuencia del mismo, debía ser más
adelante aislado y observado por Stevens y Hazanfelt.
Así fue la invasión sin paralelo a China.
Ya no había esperanza para aquellos millones de hombres encerrados en su
inmensa fosa. Habiendo perdido toda cohesión y organización estaban destinados
a morir sin evasión posible. Fueron rechazados de sus fronteras terrestres como
de las marítimas. Setenta mil barcos patrullaban las costas. De día, el humo de
sus chimeneas nublaba el horizonte, y de noche los proyectores surcaban la
oscuridad para descubrir la menor embarcación. Las tentativas de las inmensas
flotas de juncos fueron patéticas: ni una escapaba a la vigilancia de aquellos
perros de mar.
Los mecanismos de la guerra moderna habían
detenido a las masas desorganizadas de China, mientras que las epidemias
realizaban su obra. La guerra a la antigua usanza se convirtió en objeto de
burla, buena solamente para patrullar. China se había reído de la guerra y la
había soportado. Pero esa era la guerra ultramoderna, la guerra del siglo
veinte, la guerra de los sabios y de los laboratorios, la guerra de Jacobus
Laningdale.
Los cañones de cien toneladas no eran más
que juguetes comparados con los proyectiles micro-orgánicos lanzados por los
laboratorios, por aquellos mensajeros de la muerte, aquellos ángeles
despiadados que arrasaban un imperio de mil millones de almas.
Durante todo el verano y el otoño de 1976,
China fue un infierno. Era imposible escapar de los proyectiles microscópicos
que llovían sobre los refugios más apartados. Cientos de millones de cadáveres
se quedaban sin sepultura y los gérmenes aumentaban; en los últimos tiempos
millones de seres morían cada día de hambre. El hambre debilitaba a las
víctimas y destruía sus defensas naturales contra las enfermedades. Por todas
partes reinaba el canibalismo, el asesinato y la locura. Y así, de esta manera
tan espantosa, pereció China.
Hasta el período más frío del mes de
febrero siguiente no se organizaron las primeras expediciones. Restringidas y
compuestas de sabios y de cuerpos de ejército, entraron en China por todos
lados. A pesar de las minuciosas precauciones tomadas contra el contagio, muchos
soldados y algunos médicos resultaron afectados. Encontraron China asolada,
como un desierto lúgubre a través del cual erraban perros salvajes y bandidos
exasperados. Todos los supervivientes que se encontraron fueron condenados a
muerte. Luego empezó la gran empresa de saneamiento de China en la que se
emplearon cinco años y varios miles de millones de dólares; después de lo cual,
la gente afluyó, no por zonas según la teoría del barón Albrecht, sino de forma
heterogénea, según el programa democrático preconizado por el gobierno
norteamericano.
Fue una enorme y feliz mezcla de
nacionalidades la que se estableció en China en 1982 y a lo largo de los años
siguientes —una experiencia colosal y lograda con fertilización con cruces—.
Conocemos hoy los espléndidos resultados, mecánicos, intelectuales y
artísticos, que se hacen patentes por doquier.
En 1987, habiendo finalizado la Gran
Tregua, se volvieron a avivar entre Francia y Alemania las antiguas disputas
seculares. En abril, el nubarrón de guerra empezaba a hacerse amenazador,
cuando el 17 del mismo mes, fue convocada la Convención de Copenhague.
Asistieron representantes de todos los
pueblos del mundo, y todas las naciones se comprometieron solemnemente a no
emplear jamás las unas contra las otras los métodos de guerra de laboratorio
que habían utilizado para invadir a China.
(Extracto de Ensayos Históricos, de
Wall Mervin,
transcritos por Jack London.)
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