Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


A puñetazos (1910)
(“Bunches Of Knuckles”)
Originalmente publicado en el periódico New York Herald, Art Section,
(18 de diciembre de 1910), págs. 2-3;
The Night-Born
(Nueva York: The Century Co., 1913, 290 págs.)



      Al bordo del velero Samoset se realizaban los preparativos para celebrar la Navidad. Hacía meses que no atracaban en un puerto civilizado y entre las reservas de provisiones quedaban pocas exquisiteces, pero Minnie Duncan había conseguido elaborar un buen festín para la cabina y el castillo de proa.
       —Escucha, Boyd —le dijo a su marido—, estos son los menús. Para la cabina, bonito crudo al estilo nativo, sopa de tortuga, tortilla a la Samoset
       —¿Qué rayos es eso? —interrumpió Boyd Duncan.
       —Pues, para que lo sepas, encontré una lata de champiñones y un paquete de huevo en polvo que se habían caído por detrás de un armario. Además, tengo otros ingredientes que pienso añadir. Pero no me interrumpas. Ñame cocido, taro frito, ensalada de aguacate… vaya, ya me he liado. También encontré un delicioso medio kilo de pulpo desecado. Habrá alubias con tomate a la mexicana, si consigo que Toyama comprenda la receta, además de papaya asada con miel de las Marquesas y, por último, un pastel maravilloso cuyo secreto Toyama se niega a divulgar.
       —Me pregunto si será posible preparar ponche o algún cóctel con ron del malo —murmuró Duncan en tono abatido.
       —¡Oh, lo había olvidado! Ven conmigo.
       La mujer tomó su mano y lo hizo cruzar la pequeña puerta que daba a su diminuto camarote individual. Sin soltarlo, rebuscó en las profundidades de una sombrerera y sacó una botella de champán.
       —¡La cena está completa! —exclamó él.
       —Espera.
       Volvió a rebuscar y fue recompensada con una petaca de whisky montada en plata. La sostuvo frente a la luz que entraba por un portillo y así pudieron ver que aún guardaba un cuarto de licor.
       —Hace semanas que lo reservo —explicó ella—. Hay suficiente para ti y para el capitán Dettmar.
       —Dos copitas —se quejó Duncan.
       —Habría tenido más, pero le di un trago a Lorenzo cuando se puso enfermo.
       —Podías haberle dado ron —gruñó Duncan en tono de guasa.
       —¡Ese licor repugnante! ¡Para un enfermo! No seas avaricioso, Boyd. Y me alegro de que no haya más, por el bien del capitán Dettmar. Cuando bebe siempre se vuelve irascible. Ahora, la comida de la tripulación: galletas de soda, pan dulce, caramelo de…
       —Todo muy sustancioso.
       —Cállate. Arroz y curry, ñame, taro y bonito, por supuesto, un gran pastel que está haciendo Toyama, cochinillo…
       —¡Oh, no hay derecho! —protestó el marido.
       —Tranquilo, Boyd. Dentro de tres días llegaremos a Attu-Attu. Y el cochinillo es mío. Ese anciano jefe, comoquiera que se llamase, me lo regaló a mí. Tú mismo lo viste. Además, dos latas de carne. Esa será su comida. Y ahora, los regalos. ¿Esperamos a mañana o se los damos esta tarde?
       —Tiene que ser en Nochebuena —opinó el hombre—. Los reuniremos a todos a las ocho campanadas. Les daré un dedo de ron y luego tú les entregas los regalos. Vamos a cubierta. Esto es sofocante. Espero que Lorenzo tenga suerte con la dinamo porque sin los ventiladores no dormiremos demasiado esta noche, si nos vemos obligados a permanecer abajo.
       Cruzaron la pequeña cabina principal, ascendieron una empinada escalera y salieron a cubierta. El sol empezaba a ponerse y prometía una despejada noche tropical. El Samoset, con las velas mayor y trinquete desplegadas, se deslizaba indolente a una velocidad de cuatro nudos sobre el mar en calma. A través de la lumbrera de la sala de máquinas percibieron un martilleo. Avanzaron hacia popa, donde el capitán Dettmar, con un pie en la barandilla, engrasaba el engranaje de la corredera mecánica. Al timón se hallaba un nativo de los mares del Sur, muy alto y ataviado con una camiseta blanca y un taparrabos escarlata.
       Boyd Duncan era un extravagante. Al menos eso opinaban sus amigos. Dueño de una fortuna considerable, sin necesidad de hacer otra cosa que vivir cómodamente, prefería viajar alrededor del mundo de una forma estrafalaria y muy incómoda. Además, tenía sus ideas acerca de los arrecifes de coral, no estaba en absoluto de acuerdo con Darwin en ese aspecto, había expresado su opinión en varias monografías y un libro y ahora volvía a dedicarse a su pasatiempo preferido: surcar los mares del Sur en un pequeño velero de treinta toneladas para estudiar las formaciones coralinas.
       A su esposa, Minnie Duncan, también la tenían por extravagante, ya que compartía encantada los vagabundeos del marido. Entre otras cosas, durante los seis apasionantes años que llevaban casados, había ascendido el volcán Chimborazo con él, realizado un viaje por Alaska de casi cinco mil kilómetros en invierno, con perros y trineos, montado a caballo desde Canadá hasta México, surcado el Mediterráneo en una embarcación de diez toneladas y cruzado en canoa el corazón de Europa, desde Alemania hasta el Mar Negro. Formaban una magnífica pareja de apasionados por el viaje; él, grande y de hombros cuadrados; ella, pequeña, morena y feliz, cuyos cincuenta kilos de peso eran puro aguante y valor y, a pesar de todo, gratos a la vista.
       El Samoset había sido una goleta mercante antes de que Duncan lo adquiriese en San Francisco y lo reformase. Había reconstruido por completo su interior y convertido la bodega en cabina principal y camarotes individuales, además de instalar, desde la crujía hacia popa, motores, una dinamo, una máquina de hielo, acumuladores y, más a popa, tanques de gasolina. Necesitaba una pequeña tripulación. Boyd, Minnie y el capitán Dettmar eran los únicos blancos a bordo, aunque Lorenzo, el pequeño y grasiento maquinista, afirmaba tener parte de blanco porque era mestizo portugués. El cocinero era japonés y el grumete, chino. La tripulación de cubierta original había estado compuesta por cuatro blancos, pero uno a uno habían sucumbido a los encantos de las tranquilas islas de los mares del Sur, por lo que fueron reemplazados por nativos. Uno procedía de la Isla de Pascua, otro de las Carolinas, un tercero de las Paumotu y el cuarto era un samoano gigantesco. Mientras navegaban, Boyd Duncan, que era oficial de derrota, compartía la guardia con el capitán Dettmar y ambos ocupaban a veces el timón o la cofa para el vigía. En caso de apuro, incluso Minnie podía ocuparse del timón y entonces demostraba que era más fiable que los nativos.
       A las ocho campanadas toda la tripulación se reunió junto al timón y Boyd Duncan se presentó con una botella negra y una taza. Sirvió él mismo el ron, media taza para cada hombre. Se lo bebieron de un trago entre expresiones faciales de placer, para luego relamerse de gusto, aunque el licor era lo bastante fuerte y corrosivo como para quemarles las mucosas. Bebieron todos excepto Lee Goom, el grumete, que era abstemio. Concluido ese rito, aguardaron al siguiente, la entrega de regalos. Aquellos polinesios de cuerpos enormes y poderosos músculos eran, en el fondo, como niños y se reían alegres ante las cosas pequeñas. Sus ojos negros y ansiosos destellaban bajo la luz del farol mientras sus corpachones oscilaban al ritmo del barco.
       Llamando a cada uno por su nombre, Minnie repartió los regalos, acompañando cada entrega con algún comentario alegre que hizo aumentar el regocijo de todos. Había relojes, navajas, impresionantes surtidos de anzuelos en sus cajas, tabaco de mascar, cerillas y hermosas piezas de tela para hacer taparrabos. Resultaba evidente que apreciaban a Boyd Duncan por las risas con las que recibían la más insignificante de sus bromas.
       El capitán Dettmar, pálido y sonriendo solo cuando su jefe lo miraba, se apoyaba en el timón y observaba. En dos ocasiones abandonó el grupo y fue abajo, donde permaneció un minuto cada vez. Después, en la cabina principal, cuando Lorenzo, Lee Goom y Toyama recibieron sus regalos, volvió a desaparecer dos veces en el interior de su camarote. El diablo había permanecido dormido en el alma del capitán Dettmar para despertar precisamente en aquel momento de celebración y alegría. Tal vez no fuese solo culpa del diablo, porque el capitán Dettmar había conservado en secreto durante muchas semanas un cuarto de galón de whisky y elegido Nochebuena para trasegarlo.
       Aún era temprano —acababan de sonar las dos campanadas— cuando Duncan y su mujer se encontraban junto a la escalera de la cabina, mirando a barlovento y sopesando la posibilidad de extender sus camas en la cubierta. La mancha oscura y pequeña de una nube que se formaba lentamente en el horizonte amenazaba lluvia y era precisamente eso lo que estaban comentando cuando el capitán Dettmar, procedente de popa y a punto de bajar, los miró con desconfianza. Se detuvo, con el rostro dominado por gestos espasmódicos. Luego dijo:
       —Están hablando de mí.
       Tenía la voz ronca y parecía nervioso. Minnie Duncan iba a responder, pero miró el rostro inmóvil de su marido, siguió su ejemplo y no dijo nada.
       —He dicho que estaban hablando de mí —insistió el capitán Dettmar, y esta vez casi rugió.
       No se tambaleaba ni traicionaba de otra forma el alcohol que llevaba dentro, excepto por los gestos convulsos de su rostro.
       —Minnie, será mejor que bajes —dijo Duncan en tono amable—. Dile a Lee Goom que dormiremos abajo. Ese chaparrón no tardará mucho en empaparlo todo.
       Ella hizo caso y se marchó, demorándose lo justo para mirar con preocupación los rostros poco iluminados de los dos hombres.
       Duncan continuó fumando su puro y aguardó hasta que la voz de su mujer, en conversación con el grumete, le llegó a través de la lumbrera abierta.
       —¿Y bien? —preguntó Duncan en voz baja pero muy seca.
       —He dicho que estaban hablando de mí. Y lo vuelvo a decir. No estoy ciego. Día tras día los he visto hablar de mí. ¿Por qué no se anima y me lo dice a la cara? Sé que ha decidido despedirme en Attu-Attu.
       —Siento que lo eche todo a perder de esta forma —fue la respuesta tranquila de Duncan.
       Pero el capitán Dettmar estaba decidido a buscar pelea.
       —Sabe que va a despedirme. Se cree demasiado bueno para relacionarse con gente como yo. Usted y su mujer.
       —Tenga la amabilidad de no meterla en esto —advirtió Duncan—. ¿Qué quiere?
       —Quiero saber qué piensa hacer.
       —Después de esto, despedirlo en Attu-Attu.
       —Era su intención desde el principio.
       —Al contrario. Lo que me obliga a hacerlo es su conducta actual.
       —No me venga con esas.
       —No puedo conservar a un capitán que me llama mentiroso.
       El capitán Dettmar se quedó desconcertado. Su rostro y sus labios se movían, pero no podía articular palabra. Duncan fumaba sin perder la calma y miraba a popa, hacia la nube cada vez más grande.
       —Lee Goom subió el correo a bordo en Tahití —dijo el capitán Dettmar—. Ya estábamos virando a pique para zarpar. Usted no miró las cartas hasta que salimos a alta mar y entonces ya era tarde. Por eso no me despidió en Tahití. Lo sé bien. Vi el sobre alargado cuando Lee Goom subió a bordo. Era del gobernador de California, tenía su sello en una esquina, bien a la vista. Ha estado maniobrando a mis espaldas. Algún raquero vagabundo de Honolulú le contaría el rumor y usted le escribiría al gobernador para asegurarse. Lo que Lee Goom le llevó era su respuesta. ¿Por qué no habló conmigo, como un hombre? No, prefirió portarse de forma deshonesta, sabiendo que este viaje era mi oportunidad de recuperar el buen rumbo. En cuanto leyó la carta del gobernador decidió librarse de mí. Lo he visto en su rostro todo el tiempo, durante estos meses. Les he visto a los dos, siempre amables y educados conmigo, esconderse en los rincones para hablar de mí y de ese asunto de San Francisco.
       —¿Ha terminado? —preguntó Duncan en voz baja y tensa—. ¿Del todo?
       El capitán Dettmar no respondió.
       —Entonces hablaré yo. Precisamente por ese asunto de San Francisco no lo despedí en Tahití. Y sabe Dios que me provocó más que suficiente. Pensé que nadie necesitaba más que usted la oportunidad de rehabilitarse. De no haber existido esos antecedentes, lo habría despedido cuando me enteré de que me robaba.
       El capitán Dettmar se mostró sorprendido, hizo ademán de hablar y luego se lo pensó mejor.
       —El calafateo de la cubierta, los machos y hembras de bronce del timón, la revisión del motor, el nuevo botalón de la vela balón, los pescantes nuevos y las reparaciones de la chalupa. Usted aceptó la factura del astillero. Sumaba un total de cuatro mil ciento veintidós francos. Según las tarifas normales del astillero no habría pasado un céntimo de los dos mil quinientos francos.
       —Si acepta la palabra de esos buitres costeros antes que la mía… —empezó a decir el otro con voz pastosa.
       —Ahórrese la molestia de seguir mintiendo —continuó Duncan sin inmutarse—. Me ocupé de investigarlo. Hice que llevaran a Flaubin ante el gobernador y el muy bribón confesó que había cobrado mil seiscientos francos de más. Dijo que usted lo había obligado. Que usted se quedó con mil doscientos y a él le tocaron cuatrocientos y el trabajo. No me interrumpa. Abajo tengo su declaración jurada. Entonces sí que lo habría dejado en tierra, de no haberse encontrado usted desacreditado. O alguien le daba una oportunidad o acabaría en un hoyo muy profundo. Yo le di esa oportunidad. ¿Qué tiene que decir al respecto?
       —¿Qué ha dicho el gobernador? —preguntó el capitán Dettmar en tono agresivo.
       —¿Qué gobernador?
       —El de California. ¿Le mintió, como los demás?
       —Le contaré lo que me dijo. Dijo que lo habían condenado basándose en pruebas circunstanciales; que por eso fue castigado con cadena perpetua y no acabó en la horca; que usted siempre había insistido, sin descanso, en su inocencia; que era usted la oveja negra de los Dettmar de Maryland; que ellos habían removido cielo y tierra para lograr su indulto; que su conducta en la cárcel resultó ejemplar; que, en la época en que usted fue condenado, él era fiscal; que, después de que pasara siete años en la cárcel accedió a la petición de su familia y lo indultó; y que en el fondo él dudaba de que usted hubiese matado a McSweeny.
       Se produjo una pausa que Duncan aprovechó para estudiar la nube de borrasca, mientras el rostro del capitán Dettmar gesticulaba sin descanso.
       —Pues el gobernador se equivoca —anunció con una breve carcajada—. Yo maté a McSweeny. Esa noche emborraché al vigilante. Maté a McSweeny a golpes en su litera. Usé la cabilla de maniobra de hierro que guardaron como prueba. No tuvo la más mínima posibilidad. Lo dejé hecho papilla. ¿Le cuento los detalles?
       Duncan lo miró con la curiosidad con la que habría mirado a un monstruo, pero no contestó.
       —Oh, no me da miedo contárselo —se jactó el capitán Dettmar—. No hay testigos. Además, ahora soy libre. Me han indultado y no pueden volver a encerrarme en ese agujero. Con el primer golpe le rompí la mandíbula. McSweeny dormía boca arriba. Dijo: “¡Dios mío, Jim! ¡Por Dios!”. Tuvo gracia ver cómo le temblaba la mandíbula mientras hablaba. Luego lo machaqué. ¿Le cuento el resto de los detalles?
       —¿No tiene nada más que decir? —fue la respuesta.
       —¿No le parece bastante? —contestó el capitán Dettmar.
       —Sí, me basta.
       —¿Qué piensa hacer al respecto?
       —Dejarlo en tierra, en Attu-Attu.
       —¿Y mientras?
       —Mientras… —Duncan se detuvo. El viento sopló con más fuerza y le onduló el cabello. Las estrellas desaparecieron y el Samoset se desvió cuatro puntos de su rumbo ante la despreocupación del timonel—. Mientras, lance las drizas a cubierta y ocúpese del timón. Llamaré a los hombres.
       En ese instante la borrasca estalló sobre ellos. El capitán Dettmar se apresuró a popa, sacó de los pasadores las drizas de la mayor adujadas y las lanzó a la cubierta, dispuesto a salir corriendo. Los tres nativos surgieron en masa del pequeño castillo de proa, dos de ellos corrieron hacia las drizas mientras el tercero cerraba el tambucho de la sala de máquinas y daba la vuelta a los ventiladores. Abajo, Lee Goom y Toyama bajaban las tapas de las lumbreras y atornillaban las vigotas. Duncan cerró la tapa de la escotilla del tambucho y se quedó allí aguardando, mientras las primeras gotas de lluvia le empapaban el rostro y el Samoset daba un violento salto hacia adelante, al tiempo que escoraba, primero a estribor y luego a babor, según el viento racheado golpeaba sus velas.
       Todos esperaron. Pero no fue necesario arriar velas. El viento perdió fuerza y la lluvia tropical lo inundó todo. El peligro había pasado y mientras los kanakas [esta palabra define a los nativos de ascendencia hawaiana; a los nativos de Hawái, pero de otro origen, se los denomina kamainas] empezaban a adujar de nuevo las drizas en los pasadores, Boyd Duncan decidió bajar.
       —Todo va bien —le dijo alegremente a su mujer—. No ha sido más que una ráfaga.
       —¿Y el capitán Dettmar? —preguntó ella.
       —Ha estado bebiendo, eso es todo. En Attu-Attu me libraré de él.
       Pero antes de subirse a su litera, Duncan sujetó sobre la piel y bajo la chaqueta del pijama una pesada pistola automática.
       Se durmió casi de inmediato porque tenía el don de la relajación perfecta. Se dejaba llevar por la tensión al actuar, como los salvajes, pero en cuanto la necesidad pasaba, se relajaba en cuerpo y alma. Por eso se quedó dormido mientras la lluvia aún caía en cubierta y el velero cabeceaba y se balanceaba en el breve e intenso oleaje provocado por el chaparrón.
       Se despertó con una sensación de asfixia y pesadez. Los ventiladores eléctricos se habían detenido y el aire era denso y bochornoso. Maldiciendo para sus adentros a todos los Lorenzos y los acumuladores del mundo, oyó moverse a su esposa en el camarote contiguo y salir a la cabina principal. Pensó que, evidentemente, se dirigía a cubierta en busca de aire fresco y le pareció un buen ejemplo a imitar. Se puso las zapatillas y, con una almohada y una manta bajo el brazo, la siguió. A punto de salir a la superficie desde la escalera, el reloj de la cabina empezó a dar la hora y se detuvo a escuchar. Cuatro campanadas. Eran las dos de la madrugada. Del exterior llegaba el crujido del racamento contra el palo. El Samoset se balanceaba ligeramente y la suave brisa hacía vibrar sus velas.
       En el momento justo en que ponía el pie sobre la humedad de la cubierta oyó gritar a su esposa. Era un grito de sorpresa y miedo que se apagó con el ruido que hace un cuerpo al caer al agua. Saltó a cubierta y corrió a popa. A la suave luz de las estrellas distinguió la silueta de su cabeza y sus hombros, que se quedaba atrás, en la estela del barco.
       —¿Qué ha sido eso? —preguntó el capitán Dettmar desde el timón.
       —La señora Duncan —respondió Boyd mientras arrancaba un salvavidas de su gancho y lo lanzaba a popa—. Trasluche a estribor y acérquese con viento de bolina.
       Entonces Boyd Duncan cometió un error. Se lanzó al agua.
       Al salir a la superficie distinguió la luz azul de la boya salvavidas, que se había encendido de forma automática al caer al mar. Nadó hacia ella y descubrió que Minnie ya estaba allí.
       —Hola —le dijo—. ¿Necesitabas refrescarte?
       —¡Oh, Boyd! —exclamó ella y extendió una mano mojada para tocar la de él.
       La luz azul, ya fuese por mala conservación o avería, parpadeó y se apagó. Al ascender la suave cresta de una ola, Duncan se giró hacia la imagen borrosa del Samoset en la oscuridad. No había luces, pero sí ruidos que indicaban caos a bordo. Pudo oír los gritos del capitán Dettmar por encima de los gritos de los otros.
       —Debo decir que tarda lo suyo —se quejó Duncan—. ¿Por qué no cambia el rumbo? Allá va.
       Oyeron el ruido de los cuadernales de aparejo de la botavara al aflojar la vela.
       —Eso era la mayor —murmuró—. Trasluchada a babor, cuando yo le dije a estribor.
       El empuje de una nueva ola los hizo ascender, seguida de otra y varias más, antes de poder distinguir el verde lejano de la luz de estribor del Samoset. Pero en lugar de permanecer inmóvil, como señal de que el velero navegaba hacia ellos, empezó a cruzar en horizontal su campo de visión.
       Duncan maldijo en voz alta.
       —¿Por qué se queda ahí ese marinero de agua dulce? —quiso saber—. Tiene el compás y conoce nuestro rumbo.
       Pero la luz verde, lo único que veían y solo cuando se encontraban en la cresta de una ola, continuaba alejándose de ellos —al parecer navegaban contra el viento— y se atenuaba cada vez más. Duncan gritó con fuerza varias veces y en los intervalos siempre oían, aunque muy débil, la voz del capitán Dettmar gritando órdenes.
       —¿Cómo me va a oír con semejante jaleo? —se quejó Duncan.
       —Lo hace para que la tripulación no te oiga a ti —respondió Minnie.
       La calma con la que lo dijo llamó la atención del marido.
       —¿Por qué dices eso?
       —Porque no tiene intención de recogernos —contestó con la misma calma en la voz—. Él me tiró por la borda.
       —¿No te habrás equivocado?
       —Imposible. Me encontraba en la jarcia mayor, mirando a ver si amenazaba más lluvia. Seguramente dejó el timón y se acercó a mí sin hacer ruido. Yo me agarraba a un viento con una mano. Él me soltó la mano desde atrás y me arrojó al agua. Es una pena que no lo supieras, porque te habrías quedado a bordo.
       Duncan gimió, aunque no dijo nada durante varios minutos. La luz verde cambió de rumbo.
       —Ha virado por avante —anunció—. Tienes razón. Maniobra a barlovento a propósito. Contra el viento no podrán oírme, pero seguiré intentándolo.
       Gritó a intervalos de un minuto durante un buen rato. La luz verde desapareció y fue reemplazada por la roja, lo que indicaba que el velero había vuelto a virar por avante.
       —Minnie —dijo por fin—, me duele decírtelo, pero te has casado con un idiota. Solo un idiota habría saltado al agua como hice yo.
       —¿Qué oportunidades tenemos de que nos recoja algún otro barco? —preguntó ella.
       —Una entre diez mil o entre diez mil millones. Ni los vapores ni los mercantes cruzan esta parte del océano. Y en los mares del Sur no hay balleneros. Podría haber alguna goleta mercante solitaria, procedente de Tutuwanga. Pero sé bien que solo visitan esa isla una vez al año. Tenemos una oportunidad entre un millón.
       —Pues nos la jugaremos —contestó ella con voz firme.
       —¡Eres maravillosa! —Cogió su mano y la besó—. Y la tía Elizabeth sin comprender lo que había visto en ti. Claro que nos la jugaremos. Y además ganaremos. No podemos pensar en lo contrario. Allá vamos.
       Soltó la pesada pistola que llevaba al cinto y dejó que se hundiera en el mar. Sin embargo, conservó el cinturón.
       —Ahora pasa al interior del salvavidas e intenta dormir. Bucea para meterte dentro.
       Ella se sumergió y salió a la superficie dentro del flotador. Duncan la sujetó con las correas y luego se pasó el cinto alrededor de un hombro y se ató al exterior del salvavidas.
       —Aguantaremos bien todo el día de mañana —dijo—. Gracias a Dios que el agua está templada. Las primeras veinticuatro horas no serán muy duras. Y, si al caer la noche no nos han recogido, tendremos que aguantar un día más. No podemos hacer otra cosa.
       Guardaron silencio durante media hora. Duncan, con la cabeza apoyada en el brazo que mantenía sobre el salvavidas, parecía dormido.
       —¿Boyd? —llamó Minnie en voz baja.
       —Creí que estabas dormida —masculló él.
       —Boyd, si no salimos de esta…
       —¡Calla! —exclamó él de malas maneras—. Por supuesto que saldremos de esta. No hay duda. En algún lugar de estas aguas hay un barco que se dirige hacia nosotros. Ya lo verás. Te lo digo tan seguro como si tuviese una radio en la cabeza. Y ahora, yo voy a dormir. Tú verás lo que haces.
       Pero por una vez el sueño lo abandonó. Una hora después oyó removerse a Minnie y supo que estaba despierta.
       —Oye, ¿sabes qué he estado pensando? —preguntó ella.
       —No. ¿Qué?
       —Que voy a desearte feliz Navidad.
       —Caramba, no lo había pensado. Claro, es Navidad. Aún nos quedan muchas más por vivir. ¿Sabes lo que pienso yo? Que es una vergüenza que nos hayan dejado sin comida de Navidad. Espera a que le ponga las manos encima a Dettmar. Se la haré vomitar. Y no me hará falta usar una cabilla de maniobra de hierro. Lo haré a puñetazos, ya lo verás.
       A pesar de su ironía, Boyd Duncan tenía pocas esperanzas. Sabía muy bien lo que era tener una oportunidad entre un millón y estaba seguro de que su mujer y él vivían sus últimas horas, que además, inevitablemente, iban a ser muy duras y trágicas.
       El sol del trópico salió en un cielo azul, sin nubes. No había nada que ver. El Samoset se encontraba más allá del horizonte. Cuando el sol se elevó más, Duncan rompió en dos el pantalón de su pijama y con cada pedazo hizo un turbante. Empapados en agua de mar, contrarrestaban el calor.
       —Cuando pienso en esa comida me enfado de verdad —se quejó al darse cuenta de que la preocupación amenazaba con apoderarse del rostro de su mujer—. Quiero que estés conmigo cuando le ajuste las cuentas a Dettmar. Siempre me he opuesto a que las mujeres presencien escenas violentas, pero esto es distinto. Le daré una buena paliza. —Al cabo de un rato añadió—: Espero no romperme los nudillos.
       El mediodía llegó y se fue, mientras ellos seguían flotando en medio del mar. La brisa de los últimos alisios los refrescaba al tiempo que ascendían y bajaban, con monótona regularidad, las olas de un tranquilo mar veraniego. Un albatros los espió y permaneció media hora volando en círculos majestuosos sobre ellos. Luego una raya gigantesca, de seis metros de envergadura, pasó cerca.
       Al ponerse el sol, Minnie empezó a desvariar en voz baja, balbuceando como una niña. El rostro de Duncan palideció mientras la miraba y escuchaba, lo que lo llevó a planear la mejor forma de poner fin a las horas de agonía que les esperaban. En ello estaba cuando, al ascender una ola más alta de lo normal, barrió el mar con la mirada y vio algo que lo hizo gritar.
       —¡Minnie!
       Ella no respondió y él le gritó al oído con toda la fuerza que logró reunir. Minnie abrió los ojos, en los que flotaba una mezcla de consciencia y delirio. Golpeó sus manos y sus muñecas hasta que logró despertarla.
       —¡Ahí está, nuestra oportunidad entre un millón! —gritó Duncan—. ¡Es un vapor que viene hacia nosotros! ¡Cielos, es un crucero! ¡Ya sé! Es el Annapolis, que regresa de Tutuwanga con un grupo de astrónomos.


      El cónsul de Estados Unidos, señor Lingford, era un caballero anciano y meticuloso que, en los dos años que llevaba en Attu-Attu, nunca se había tropezado con un caso tan insólito como el que Boyd Duncan le había presentado. El Annapolis lo había desembarcado allí, junto con su mujer, y continuado viaje rumbo a Fiyi con su carga de astrónomos.
       —Ha sido un intento de asesinato a sangre fría y deliberado —dijo el cónsul Lingford—. La justicia seguirá su curso. No sé cómo tratar exactamente a ese capitán Dettmar, pero si viene a Attu-Attu, tenga por seguro que nos ocuparemos de él y que… nos ocuparemos de él. Mientras, repasaré las leyes. Pero ahora, ¿no desean quedarse a almorzar su esposa y usted?
       Mientras Duncan aceptaba la invitación, Minnie, que miraba por la ventana hacia el puerto, se enderezó de repente y tocó el brazo de su marido. Él siguió su mirada y vio al Samoset, con la bandera a media asta, detenerse y echar el ancha a menos de cien metros de distancia.
       —Ahí está mi barco —le dijo Duncan al cónsul—. Ya hay una chalupa al costado, ocupada por el capitán Dettmar. Si no me equivoco, vendrá a informarle de nuestra muerte.
       La chalupa llegó a la playa de arena blanca y, tras dejar a Lorenzo reajustando el motor, el capitán Dettmar cruzó a paso firme la arena y siguió el sendero del consulado.
       —Permita que presente su informe —dijo Duncan—. Nosotros lo escucharemos desde la habitación contigua.
       Tras la puerta entornada, él y su mujer oyeron al capitán Dettmar, con voz triste y atribulada, describir la pérdida de quienes le habían dado empleo.
       —Trasluché y regresé al punto donde habían caído —concluyó—. No había ni rastro de ellos. Los llamé sin descanso pero no respondieron. Cambié de rumbo una y otra vez durante dos horas, luego me puse al pairo hasta el alba y continué buscándolos durante todo el día, con dos hombres en las espigas. Es horrible. Estoy desolado. El señor Duncan era un hombre magnífico y nunca…
       Pero no pudo completar la frase porque en ese momento su magnífico jefe salió a grandes zancadas de la otra habitación, dejando a Minnie en el umbral de la puerta. El pálido rostro del capitán Dettmar palideció aún más.
       —Hice lo que pude por rescatarlos, señor —empezó a decir el capitán.
       Boyd Duncan respondió a puñetazos, dos exactamente, que hicieron blanco en el rostro del capitán a derecha y a izquierda. Dettmar se tambaleó hacia atrás, se recuperó y se lanzó amenazante hacia su jefe, que lo recibió con un fuerte golpe entre los ojos.
       El capitán se derrumbó llevándose consigo la máquina de escribir.
       —¡Esto no es admisible! —farfulló el cónsul Lingford—. Le ruego, le ruego que desista.
       —Pagaré los daños que causemos al material de oficina —respondió Duncan mientras seguía descargando puñetazos sobre los ojos y la nariz de Dettmar.
       El cónsul Lingford correteaba de un lado al otro como una gallina mojada mientras destrozaban su despacho. En un momento dado agarró a Duncan del brazo, pero este se soltó y lo lanzó a varios metros de distancia. Luego apeló a Minnie.
       —Señora Duncan, por favor, ¿sería tan amable de contener a su esposo?
       Pero ella, pálida y temblorosa, negó decididamente con la cabeza y se concentró en la refriega.
       —Es un ultraje —gritó el cónsul Lingford, mientras esquivaba los cuerpos de ambos hombres—. Es una afrenta al Gobierno, al Gobierno de Estados Unidos. Les advierto que no lo pasaremos por alto. Por favor, señor Duncan, desista. Lo va a matar. Por favor, se lo ruego. Le ruego que…
       Pero el ruido de un jarrón lleno de hibiscos al romperse lo dejó sin habla.
       Llegó un momento en el que el capitán Dettmar ya no pudo levantarse. Consiguió ponerse a cuatro patas, luchó en vano por alzarse más y se desmoronó. Duncan tocó con el pie aquel despojo que gemía para intentar espabilarlo.
       —Está bien —anunció—. Solo lo he tratado como ha tratado él a muchos marineros. Él incluso ha ido más allá.
       —¡Cielo santo, señor! —estalló el cónsul Lingford, mirando horrorizado al hombre al que había invitado a almorzar.
       Duncan dejó escapar una risilla involuntaria y luego se controló.
       —Le pido disculpas, señor Lingford. Le pido disculpas de corazón. Me temo que me he dejado llevar ligeramente por mis sentimientos.
       El cónsul Lingford tragó saliva y alzó los brazos, incapaz de hablar.
       —¿Ligeramente, señor?, ¿ligeramente? —logró articular por fin.
       —Boyd —se oyó la voz suave de Minnie desde el umbral.
       Él se giró para mirarla.
       —Eres maravilloso —le dijo.
       —Yo ya he acabado con él, señor Lingford —anunció Duncan—. Y le entrego a usted y a la justicia lo que queda de este hombre.
       —¿Eso? —preguntó el cónsul, horrorizado.
       —Eso —respondió Boyd Duncan, mientras miraba apesadumbrado sus maltratados nudillos.




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