Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Lo que hace recordar a los hombres (1902)
(“Which Make Men Remember”)
Originalmente publicado en la revista The Idler,
21, Núm 21 (febrero de 1902), págs. 56-61;
The God of His Fathers
(Nueva York: The Macmillan Company, 1901, 299 págs.)



      Fortune La Pearle aplastaba la nieve para abrirse camino, sollozando, esforzándose, maldiciendo su suerte, Alaska, Nome, las cartas y al hombre que había probado su cuchillo. La sangre caliente se helaba en sus manos y la escena aún permanecía, vívida, en su cabeza: el hombre agarrado a la mesa y resbalando despacio hacia el suelo, las fichas rodando y las cartas desperdigadas, el escalofrío que recorrió la estancia y la pausa, las voces de los crupieres y el ruido de las fichas desvaneciéndose, los rostros sobresaltados, el instante infinito de silencio y luego los gritos de sangre y venganza que lo hicieron salir huyendo, y a toda la ciudad como loca detrás de él.
       “Se ha armado una buena”, dijo en voz baja con desprecio mientras se desviaba en la oscuridad para dirigirse hacia la playa. Las luces brillaban a través de las puertas abiertas y las tiendas, las cabañas y el salón de baile dejaban salir a sus moradores para unirse a la persecución. El clamor de los hombres y el aullar de los perros castigaba sus oídos y aceleraba sus pies. No paraba de correr. Los sonidos se fueron atenuando y la caza se disipó hasta quedar convertida en ira inútil y tanteos sin sentido en la penumbra. Pero una sombra continuaba pegada a él. Al mirar por encima del hombro la veía fugazmente y, sobre la nieve, adoptaba una forma borrosa que luego se fundía de nuevo con las sombras más profundas de alguna cabaña sin luz o de las embarcaciones al abrigo de la playa.
       Fortune La Pearle juró como una mujer, con un hilo de voz y ese deje a lágrimas que provoca el agotamiento, y se internó aún más en el laberinto de hielo apilado, tiendas y pozos de prospección. Tropezó con las estachas tirantes y los maderos de estibar, trastabilló con los vientos y las estacas de las tiendas y se cayó, una y otra vez, sobre los depósitos helados y los montículos de madera de deriva. A veces, cuando consideraba que la había dejado atrás, la cabeza dándole vueltas al ritmo desbocado de sus latidos y medio ahogado por el esfuerzo, aflojaba el paso, pero la sombra volvía a salir de la oscuridad y lo obligaba a continuar huyendo. Su intuición le dio una rápida idea que le produjo un escalofrío supersticioso. Adornó la insistencia de la sombra con su simbolismo de jugador. En silencio, inexorable, imposible de dejar atrás, aceptó que era el destino que aguarda tras la última curva, cuando se cambian las fichas por efectivo y se hace la cuenta de lo perdido y lo ganado. Fortune La Pearle creía en esos momentos escasos y reveladores en los que el intelecto abandona su tiempo y espacio para adentrarse desnudo en la eternidad y leer la realidad en el libro abierto del azar. No tenía dudas de que aquel fuese uno de esos momentos. Por eso, cuando giró hacia tierra adentro y cruzó corriendo la tundra cubierta de nieve, no le extrañó que la sombra adoptase una mayor definición y recortase distancias. Agobiado por su propia impotencia, se detuvo en medio de la llanura blanca y se dio la vuelta. La mano derecha se libró de su manopla y un revólver brilló a la pálida luz de las estrellas.
       —No dispares. No voy armado.
       La sombra había adquirido una forma tangible y, al oír su voz humana, las rodillas de Fortune La Pearle empezaron a temblar y su estómago acusó las náuseas del alivio repentino que sentía.
       Quizás las cosas ocurrieron de otra forma porque Uri Bram no llevaba pistola aquella noche, cuando se sentó en los duros bancos del salón Eldorado y vio cometer un asesinato. También puede atribuirse a ello el viaje que posteriormente haría, siguiendo el largo camino, con un compañero de lo más extraño. Pero, sea como fuere, el caso es que repitió:
       —No dispares. ¿No ves que no voy armado?
       —Entonces, ¿por qué demonios me sigues? —quiso saber el jugador, bajando el revólver.
       Uri Bram se encogió de hombros.
       —Eso da igual. Quiero que me acompañes.
       —¿A dónde?
       —A mi cabaña. Está allí, a las afueras del campamento.
       Pero Fortune La Pearle clavó el talón de su mocasín en la nieve y dio testimonio, ante varias deidades, de la locura de Uri Bram.
       —¿Quién eres? —inquirió—. ¿Y quién crees que soy yo, para que ponga mi cuello en la horca porque tú me lo pidas?
       —Yo soy Uri Bram —respondió el otro, sin inmutarse—, y mi cabaña está allí, a las afueras del campamento. No sé quién eres tú, pero le has arrebatado el alma a un hombre, tu manga está teñida de sangre, y, como ocurrió con Caín, la mano de la humanidad se alza contra ti y no hay lugar donde puedas esconderte. Pero yo tengo una cabaña…
       —Por el amor de tu madre, no sigas, amigo —interrumpió Fortune La Pearle—, o te convertiré en Abel sin pensármelo dos veces. ¡Te lo aseguro! Con mil hombres pisándome los talones y buscándome por todas partes, ¿por qué iba a querer acompañarte a tu cabaña? Lo que quiero es irme de aquí… ¡lejos! ¡Muy lejos! ¡Malditos sean! Me dan ganas de volver, armarla buena y llevarme por delante a unos cuantos de esos cerdos. ¡Poner fin a esta historia con una pelea grandiosa, irrepetible! La vida es un timo y yo ya estoy harto.
       Se detuvo, horrorizado, destrozado por su desolación y Uri Bram aprovechó el momento. No era un hombre dado a hablar y aquel fue el discurso más largo de su vida, excepto otro que tendría lugar mucho después, en otro sitio.
       —Por eso te he hablado de mi cabaña. Puedo ocultarte en ella para que no te encuentren. Tengo comida de sobra. Por lo demás, no puedes marcharte. No tienes perros ni nada, el mar no es navegable, el puesto más cercano es el de St. Michael y los mensajeros se adelantarán a ti con la noticia. Lo mismo ocurrirá con el paso de Anvik. ¡No tienes la más mínima oportunidad! Espera conmigo hasta que la situación se tranquilice. Se olvidarán de ti en un mes o incluso en menos, entre estampidas a York y otros asuntos. Entonces podrás echarte al camino delante de sus narices sin que se inmuten. Yo tengo mi propia opinión de la justicia. Cuando corrí detrás de ti, al salir de Eldorado y a lo largo de la playa, no era para atraparte y entregarte. Tengo mis ideas y esa no es una de ellas.
       Se calló al ver que el asesino sacaba un devocionario del bolsillo. Con la aurora boreal iluminando al Noreste el cielo de amarillo, la cabeza descubierta al frío y las manos desnudas sujetando el libro sagrado, Fortune La Pearle le hizo jurar lo que acababa de decir, juramento al que Uri Bram nunca tuvo intención de faltar y al que nunca faltó.
       El jugador se detuvo un instante en el umbral de la cabaña, asombrado por la rareza de aquel hombre que lo protegía, aún incrédulo. Pero a la luz de la vela comprobó que la choza era cómoda y no había más inquilinos, por lo que enseguida se dispuso a liar un cigarrillo mientras el otro hacía café. Sus músculos se relajaron al calor y se tumbó de espaldas, casi despreocupado, mientras observaba con atención el rostro de Uri entre las volutas de humo. Era un semblante enérgico, aunque de facciones inconexas. Las líneas de expresión aparecían muy marcadas, casi como cicatrices, y no había indicios de simpatía o buen humor que suavizasen la seriedad de los rasgos. Los ojos brillaban fríos y grises bajo unas cejas prominentes, espesas. Los pómulos, altos y amenazadores, quedaban minados por los huecos profundos de las mejillas. La barbilla y la mandíbula manifestaban una firmeza que la estrecha frente calificaba de única y, llegado el caso, despiadada. Todo era severo: la nariz, los labios, la voz, las líneas que enmarcaban la boca. Era el rostro de alguien acostumbrado a estar solo, que no solía buscar consejo ajeno; el semblante de quien, por las noches, suele luchar con los ángeles y se despierta para enfrentarse al día con los labios sellados, a fin de que nadie se entere. Era un hombre de miras estrechas y profundas, y Fortune —abierto y superficial— no sabía qué pensar de él. Lo habría entendido si Uri cantase al sentirse alegre y suspira-se al sentirse triste, pero no era capaz de descifrar aquellos rasgos enigmáticos; no podía valorar el alma que se ocultaba bajo ellos.
       —Échame una mano, como te llames —ordenó Uri cuando terminaron de tomarse el café—. Tenemos que prepararnos para recibir visitas.
       Fortune le dijo cómo se llamaba e hizo un gesto de comprensión. El catre se apoyaba contra uno de los extremos de la cabaña. Era de construcción tosca y la base estaba hecha con madera de deriva cubierta de musgo. A los pies, los extremos sin desbastar de los troncos sobresalían, formando una hilera irregular. Uri arrancó el musgo de la parte que quedaba pegada a la pared y retiró tres de los troncos. Serró los bordes dentados y volvió a ponerlos en su sitio, con cuidado de que la hilera irregular sobresaliese como antes. Fortune fue acarreando los sacos de harina de la despensa exterior y los depositó en el hueco que había quedado. Uri los cubrió con un par de petates alargados y sobre ellos extendió varias capas de musgo y mantas. Aún quedaba espacio para que Fortune pudiese dormir encima, bajo las pieles que tapaban el catre por completo, y cualquiera que lo mirase juraría que estaba vacío.
       Durante las semanas siguientes recibieron varias visitas, de las que no se libró ninguna cabaña o tienda de Nome, pero Fortune yacía en su rendija sin que nadie lo molestase. En realidad, los otros no prestaron mucha atención a la cabaña de Uri porque era el último lugar de la tierra donde esperaban encontrar al asesino de John Randolph. Excepto durante esas interrupciones, Fortune holgazaneaba por la cabaña, jugando largas partidas de solitario y fumando un número infinito de cigarrillos. Aunque su carácter voluble apreciaba la cordialidad, los juegos de palabras y la risa, enseguida se acomodó a la taciturnidad de Uri. Más allá de comentar los planes y los actos de sus perseguidores, el estado de los caminos y el precio de los perros, nunca hablaban, y de lo dicho solo lo hacían brevemente y en contadas ocasiones. Pero Fortune se dedicó a elaborar un sistema y, hora tras hora, día tras día, barajaba y repartía las cartas, anotaba las combinaciones en largas columnas y volvía a barajar y repartir. Hacia el final, ni eso lo entretenía y, con la cabeza inclinada sobre la mesa, imaginaba las animadas casas de juego de Nome, abiertas toda la noche, donde los crupieres y los vigilantes se turnaban y el repiqueteo de la bola de la ruleta nunca dormía. Entonces su soledad y su ruina lo aturdían de tal forma que pasaba horas enteras sentado en la misma postura, inmóvil, impasible. Otras veces su rabia, tanto tiempo contenida, estallaba en apasionados arrebatos, porque había probado la parte más amarga del mundo y no le gustaba.
       —¡La vida es un timo! —le gustaba repetir, aunque a veces variaba—. Nunca he tenido ni media oportunidad —se quejaba—. Me engañaron al nacer y la leche de mi madre me traicionó. Los dados estaban trucados cuando ella los lanzó y yo nací como resultado de su pérdida. Pero no por eso tenía derecho a echarme la culpa y a tratarme como si fuese una baraja marcada. Pero lo hizo. Sí, lo hizo. ¿Por qué me arruiné en Seattle? ¿Por qué viajé en tercera y viví como un cerdo para llegar a Nome? ¿Por qué fui a Eldorado? Me dirigía al salón de Pete el Grande y solo entré a comprar cerillas. ¿Por qué no tenía cerillas? ¿Por qué quise fumar? ¿No lo ves? Todo estaba decidido, todo estaba hecho, todo encajaba. Desde antes de nacer. Lucho por cosas que nunca conseguiré, desde antes de nacer. ¡Por eso! ¡Por eso John Randolp avisó con gestos y palabras al mismo tiempo! ¡Maldito sea! ¡Se lo merecía! ¿Por qué no cerró el pico y me dio una oportunidad? Sabía que estaba arruinado. ¿Por qué no me contuve? ¿Por qué? ¿Por qué?
       Fortune La Pearle caminaba de un lado al otro de la estancia, preguntándose en vano por el sentido de las cosas. Cuando estallaba de esa forma, Uri no hablaba ni hacía gesto alguno, aunque sus ojos grises se apagaban, se velaban como si aquello no le interesara. Aquellos dos hombres no tenían nada en común y Fortune era lo bastante consciente de ello como para preguntarse, en ocasiones, por qué Uri lo apoyaba.
       Pero el tiempo de espera llegó a su fin. La sed de sangre de una comunidad nunca puede rivalizar con su sed de oro. El asesinato de John Randolph ya había pasado a formar parte de los anales del campamento y allí permaneció. Si hubiese aparecido el asesino, sin duda los hombres de Nome habrían detenido la estampida el tiempo suficiente para hacer justicia, pero el paradero de Fortune La Pearle ya no era un problema apremiante. Había oro en el cauce del arroyo y en las playas rojizas y, cuando el mar volviera a ser navegable, los hombres que hubiesen llenado sus sacos zarparían a lugares donde las cosas buenas de la vida se vendían a un precio absurdamente bajo.
       Así, una noche, Fortune ayudó a Uri Bram a enganchar a los perros y cargar el trineo, y ambos tomaron el camino de invierno que lleva al sur, sobre el hielo. Pero no siempre fueron en dirección sur, porque se alejaron del mar al este de St. Michael, cruzaron la divisoria y alcanzaron el Yukón en Anvik, a más de mil kilómetros de su desembocadura. Luego continuaron hacia el noreste, pasaron Koyokuk, Tanana y Minook, hasta rodear la gran curva y llegar a Fort Yukón, cruzaron y volvieron a cruzar el Círculo Ártico y pusieron rumbo al Sura través de las llanuras. Fue un viaje agotador y Fortune se habría preguntado por qué aquel hombre lo acompañaba si Uri no le hubiese dicho que poseía concesiones en Eagle, donde tenía a otros hombres trabajando para él. Eagle se encontraba junto a la frontera. A varios kilómetros ondeaba la bandera británica en el cuartel de Fort Cudahy. Luego venían Dawson, Pelly, los rápidos de Five Fingers, Windy Arm, Caribou Crossing, Lindeman, Chilkoot y Dyea.
       La mañana siguiente a pasar Eagle, se levantaron temprano. Era la última vez que acampaban juntos y debían despedirse. Fortune estaba contento. La tierra prometía la llegada de la primavera y los días eran cada vez más largos. El camino lo llevaba a territorio canadiense. La libertad estaba a su alcance, el sol regresaba y cada día lo acercaba más al Exterior. El mundo era grande y, una vez más, él podía mirar al futuro con optimismo. Durante el desayuno silbó y tarareó melodías alegres mientras Uri enganchaba a los perros y recogía. Pero cuando todo estaba hecho y los pies de Fortune ardían por partir, Uri echó al fuego una buena tanda de leña y se sentó.
       —¿Has oído hablar de la Senda de los Caballos Muertos?
       Lo miró, meditabundo, y Fortune negó con la cabeza, irritado por el retraso.
       —A veces se producen encuentros en circunstancias que hacen recordar a los hombres —continuó Uri, hablando en voz baja y muy despacio—, y yo conocí a un hombre en una de esas situaciones, en la Senda de los Caballos Muertos. En el 97, transportar el equipo al otro lado del paso White destrozó el corazón de muchos hombres, por eso esa senda lleva un sobrenombre tan apropiado. Los caballos morían como mosquitos al caer las primeras heladas y desde Skagway a Bennett se descomponían, apilados en montones Morían entre las rocas, envenenados en la cima y de hambre en los lagos; se despeñaban en la senda, donde la había, o las pasaban canutas; en el río se ahogaban bajo el peso de la carga, o la fuerza del agua los despedazaba contra las rocas; se partían las patas en las grietas y se rompían los lomos al caer hacia atrás con la carga; en los lodazales se hundían por completo o se ahogaban en el cieno, y acababan destripados en las ciénagas, donde los troncos que habían usado para hacer los caminos, al pisarlos, surgían entre el barro con las puntas hacia arriba; los hombres les disparaban, los hacían trabajar hasta la extenuación y la muerte y, cuando se quedaban sin ellos, volvían a la playa y compraban más. Algunos ni se molestaban en rematarlos de un tiro: les quitaban las sillas y las herraduras y los dejaban donde habían caído. A los que no se les rompía el corazón, se les volvía de piedra. Los hombres de la Senda de los Caballos Muertos eran animales.
       “Allí fue donde conocí a un hombre que tenía el corazón y la paciencia de un santo. Y era honrado. Cuando descansaba a mediodía, liberaba a los caballos de sus cargas para que también ellos pudiesen descansar. Pagaba el quintal de forraje a cincuenta dólares o más. Utilizaba las mantas sobre las que él dormía para proteger sus lomos cuando las rozaduras los hacían sufrir. Otros hombres permitían que las sillas les produjesen heridas por rozadura del diámetro de un cubo para llevar agua. Otros hombres, cuando las herraduras se erosionaban, permitían que se les desgastasen los cascos hasta que no eran más que muñones sanguinolentos. Él se gastó hasta el último dólar en clavos para herrar. Lo sé porque dormíamos en la misma cama y comíamos de la misma cacerola, y nos hicimos hermanos de sangre donde el hombre pierde el control de las cosas y muere blasfemando. Él nunca estaba demasiado cansado para aflojar una correa o apretar una cincha, y a menudo, al ver tal exceso de sufrimiento, se le llenaban los ojos de lágrimas. En uno de los trayectos entre rocas, donde los caballos se erguían sobre las patas traseras y estiraban las delanteras hacia arriba como gatos para poder salvar la pared, había montones de animales muertos, apilados en el mismo lugar donde habían caído hacia atrás. Allí permanecía él de pie, en medio de aquel hedor infernal, con una palabra de ánimo y una palmada en los cuartos traseros en el momento justo, hasta que la reata conseguía pasar. Cuando uno se atascaba en los pantanos, él bloqueaba el camino hasta que el bicho conseguía salir. En esos momentos no había hombre que se atreviera a meterle prisa.
       “Al final de la senda, un hombre que había matado cincuenta caballos quiso comprar los nuestros. Lo miramos y miramos a nuestros animales, que eran mustangs de montaña del este de Oregón. Nos ofreció cinco mil dólares. Nosotros estábamos arruinados, pero recordamos la hierba venenosa que crecía en la cima y el paso de las rocas, y el hombre que era mi hermano no dijo ni una palabra, pero dividió los mustangs en dos lotes, sus caballos en uno y los míos en el otro, me miró y nos comprendimos. Él se llevó los míos a un lado y yo los suyos al otro, cada uno con su rifle, y los matamos a todos, mientras el hombre que había dejado morir a cincuenta caballos nos maldecía hasta quedarse sin voz. Pero ese hombre, que se convirtió en mi hermano de sangre en la Senda de los Caballos Muertos…
       —Ese hombre era John Randolph —Fortune, que había escuchado con una mueca desdeñosa, terminó la frase por él.
       Uri asintió y dijo:
       —Me alegro de que lo comprendas.
       —Estoy preparado —respondió Fortune, y a su rostro asomaba de nuevo el cansancio y la amargura de siempre—. Adelante, date prisa.
       Uri Bram se puso de pie.
       —He tenido fe en Dios todos los días de mi vida. Creo que ama la justicia. Creo que ahora nos mira y elige entre los dos. Creo que espera obrar Su voluntad a través de mi brazo derecho. Y creo que debemos tener las mismas oportunidades y permitir que Él decida.
       El corazón de Fortune dio un vuelco al oír esas palabras. No sabía gran cosa sobre el Dios de Uri, pero él creía en la Suerte y la Suerte le sonreía desde la noche que huyó por la playa y entre la nieve.
       —Pero solo tenemos un arma —objetó.
       —Dispararemos por turnos —respondió Uri mientras sacaba el cilindro del Colt del otro hombre y lo examinaba.
       —¡Y las cartas decidirán! ¡Una mano de seven up!
       Fortune se animó al pensar en el juego y sacó la baraja del bolsillo mientras Uri asentía. ¡La Suerte no podía abandonarlo ahora! Pensó en el regreso del sol a la vez que cortaba para ver quién repartía y se entusiasmó al ver que le tocaba a él. Barajó y repartió las cartas y Uri le cortó la jota de picas. Extendieron sus manos sobre el tapete. En la de Uri no había triunfos, mientras que él tenía un as, un dos. Le pareció que el Exterior ya estaba muy cerca, mientras contaban los cincuenta pasos que los separarían.
       —Si Dios contiene Su mano y me derribas, los perros y el equipo son tuyos. En mi bolsillo encontrarás una escritura de compraventa ya firmada —explicó Uri, enfrentándose a la trayectoria de la bala erguido, demostrando valor.
       Fortune alejó de sí la imagen del sol brillando sobre el mar y apuntó. Lo hizo con mucho cuidado. Dos veces bajó el arma al ver que la brisa primaveral agitaba los pinos. La tercera vez, echó una rodilla al suelo, agarró el revólver con las dos manos y disparó. Uri describió un medio giro, levantó los brazos y se hundió en la nieve. Pero Fortune sabía que el disparo se había desviado a un lado o el hombre no se habría movido de aquella forma.
       Cuando Uri, tras dominar su cuerpo y lograr ponerse en pie, le pidió el arma, Fortune estuvo a punto de volver a disparar. Pero desechó la idea. La Suerte se había portado muy bien con él y, si ahora hacía trampas, tendría que pagar el precio más adelante. No, respetaría las reglas. Además, Uri estaba herido y seguramente no podría sujetar el pesado Colt el tiempo necesario para apuntar bien.
       —¿Dónde está tu dios ahora? —se mofó al entregarle el revólver al herido.
       Y Uri respondió:
       —Dios aún no ha hablado. Prepárate porque lo va a hacer ahora.
       Fortune se situó frente a él, aunque con el pecho ladeado para presentar menos superficie de blanco. Uri se tambaleaba como un borracho, pero también esperó a que la calma reinase entre los árboles. El revólver pesaba mucho y eso le hizo dudar, como antes a Fortune. Pero lo sostuvo, con el brazo extendido, por encima de su cabeza, y luego lo fue bajando despacio. En el instante en que el pecho de Fortune y la mira se alinearon con su ojo, apretó el gatillo. Fortune no describió un medio círculo, pero la imagen de la alegre San Francisco se fue atenuando hasta desaparecer y, mientras la nieve destellante al sol se volvía cada vez más negra, maldijo por última vez a la Suerte que no había sabido aprovechar.

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