Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


La sabiduría del camino (1899)
(“The Wisdom of the Trail”)
Originalmente publicado en la revista Overland Monthly,
Vol. 34, Núm. 204 (diciembre de 1899), págs. 541-544;
The Son of the Wolf
(Nueva York: The Macmillan Company, 1900, 251 págs.)



      Charley el de Sitka había logrado lo imposible. Otros indios podían poseer tanta sabiduría del camino como él, pero solo él conocía la sabiduría del hombre blanco, el honor del camino y la ley. Aunque esas cosas no las había aprendido en un solo día. La mente aborigen es lenta a la hora de generalizar y para conseguir que comprenda hace falta repetir a menudo los hechos. Charley el de Sitka solía compartir su tiempo con los hombres blancos desde niño y, ya de mayor, había elegido jugarse su suerte entre ellos, expatriándose para siempre de los suyos. Incluso entonces, a pesar de respetar, de casi venerar su poder y de meditar acerca de él, le faltaba descubrir su esencia secreta: el honor y la ley. Solo gracias a la acumulación de pruebas con el paso de los años logró comprenderlo por fin. Para ser un extraño, cuando sabía algo lo sabía mejor que el hombre blanco; para ser indio, había logrado lo imposible.
       Debido a ello, había acumulado cierto desprecio hacia su propio pueblo, desprecio que acostumbraba a ocultar pero que ahora había estallado en un torbellino de maldiciones sobre las cabezas de Kah-Chucte y Gowhee, que se encogían a sus pies como una traílla de perros lobos que gruñen, demasiado cobardes para atacar y demasiado lobos para ocultar los dientes. No eran criaturas agraciadas. Tampoco Charley el de Sitka. Daba miedo verlos, a los tres. No tenían carne en el rostro, los pómulos estaban cubiertos de costras enormes que se habían agrietado y congelado por turnos bajo el intenso río y es ardían los ojos de una forma espeluznante con la luz que nace de la desesperación y el hambre. No se puede confiar en los hombres que se encuentran en una situación así, que sobrepasa cualquier concepción de honor o ley. Charley el de Sitka lo sabía y por eso los había obligado a abandonar sus rifles, diez días antes, con el resto del equipo de campamento. Solo quedaban su rifle y el del capitán Eppingwell.
       —Vamos, encended una hoguera —les ordenó mientras sacaba la preciada caja de cerillas junto con las tiras de corteza seca de abedul.
       Los dos indios se dedicaron hoscamente a la tarea de recoger ramas muertas y maleza. Estaban débiles y se detenían a menudo para ayudarse el uno al otro al agacharse, como si se marearan, o para acercarse tambaleantes al centro de operaciones con las rodillas temblorosas como castañuelas. Después de cada viaje descansaban un minuto: parecían enfermos y a punto de morir de agotamiento. A veces a sus ojos asomaba el estoicismo paciente del sufrimiento mudo, pero otras el ego parecía hacerse oír con su grito salvaje: “¡Yo quiero existir!”, la nota dominante en todo el universo vivo.
       Desde el sur soplaba una brisa muy ligera que mordía las partes expuestas de sus cuerpos y lograba que la escarcha, convertida en agujas de fuego, atravesara la piel de los abrigos y la carne hasta llegar a los huesos. De manera que cuando la hoguera alcanzó fuerza y derritió un círculo de humedad en la nieve a su alrededor, Charley el de Sitka obligó a sus reticentes compañeros a que lo ayudasen a montar un toldo. Se trataba de un dispositivo rudimentario compuesto por una manta que se estiraba en paralelo a la hoguera, a barlovento y en un ángulo de más o menos cuarenta y cinco grados. Así impedía el paso del viento helado y devolvía el calor hacia abajo, sobre los que se acurrucaban a su amparo. Luego extendieron una capa de ramas verdes de pícea para evitar que los cuerpos quedasen en contacto con la nieve. Tras completar la tarea, Kah-Chucte y Gowhee se ocuparon de sus pies. Los mocasines recubiertos de hielo estaban muy gastados debido a los muchos viajes y el hielo afilado de las barreras del río los había hecho jirones. Sus calcetines indios se encontraban en un estado similar y, tras derretirlos y sacárselos, las puntas de los dedos, blancas como un muerto y en distintas etapas de gangrena, contaron la historia del camino.
       Charley el de Sitka los dejó allí, dedicados a secar su calzado, y empezó a desandar camino. También estaba deseando sentarse junto al fuego y ocuparse de su carne maltrecha, pero el honor y la ley se lo impedían. Avanzó a duras penas sobre el camino helado, cada paso convertido en una queja y los músculos a punto de rebelarse. Varias veces, cuando el agua abierta entre las barreras se había cubierto de una corteza de hielo superficial, se vio obligado a acelerar sus movimientos, con el dolor que eso conllevaba, porque la fragilidad de la capa amenazaba con romperse a su paso. En esos lugares la muerte era rápida y sencilla, pero él no deseaba dejar de existir.
       Su preocupación desapareció al divisar a dos indios tras una curva del río. Se tambaleaban y jadeaban como si llevasen cargas muy pesadas, aunque sus mochilas pesarían uno o dos kilos como mucho. Los interrogó impaciente y sus respuestas parecieron aliviarlo. Apretó el paso. A continuación venían dos hombres blancos y, entre ellos, una mujer. También se comportaban como si estuviesen borrachos y sus extremidades temblaban de debilidad. Pero la mujer se apoyaba poco en ellos, decidida a avanzar por su propia fuerza. Al verla, un destello de alegría iluminó el rostro de Charley el de Sitka. Apreciaba mucho a la señora Eppingwell. Había visto muchas mujeres blancas, pero aquella era la primera que viajaba con él. Cuando el capitán Eppingwell propuso realizar aquel peligroso proyecto y le hizo una oferta por sus servicios, él hizo un gesto de preocupación con la cabeza, porque se trataba de un viaje desconocido a través de la lúgubre inmensidad de la región septentrional, de esos que ponen a prueba el alma humana. Pero cuando supo que la esposa del capitán los iba a acompañar se negó en redondo a tener nada que ver con aquello. Si hubiese sido una mujer de su raza, no habría puesto pegas, pero esas mujeres del Sur… no, no; eran demasiado débiles y delicadas para semejante aventura.
       Charley el de Sitka no conocía mujeres como aquella. Cinco minutos antes se había negado en redondo a ocuparse de la expedición, pero cuando ella acudió a verlo, con su sonrisa maravillosa y su inglés sencillo y directo, y le habló sin rodeos, sin ruegos y sin intentar convencerlo, él no pudo evitar rendirse. De haber detectado dulzura y solicitud de clemencia en los ojos, un temblor en la voz, un intento de sacar partido de su sexo, se habría vuelto tan duro como el acero, pero la sinceridad que vio y oyó en los ojos y en la voz de ella, su franqueza absoluta y su asunción tácita de igualdad lo habían dejado sin razones. Le pareció que aquella era una raza distinta de mujer, y a los pocos días de viaje Charley comprendió por qué los hijos de aquellas mujeres dominaban la tierra y el mar y por qué los hijos de las mujeres de su propia raza no podían contenerlos. ¡Débiles y delicadas! Día tras día la observaba, con los músculos fatigados, agotada, indomable y las palabras volvían a él como una cantinela. ¡Débiles y delicadas! Sabía que los pies de aquella mujer habían sido hechos para recorrer senderos cómodos y tierras soleadas, que no estaban acostumbrados a sufrir en los mocasines del norte y que nunca habían recibido el beso de los labios helados de la escarcha, por eso los miraba asombrado avanzar siempre, por muy largo que fuese el día.
       La sonrisa y las palabras de ánimo nunca faltaban en su boca y se las dedicaba hasta al último de los porteadores. A medida que el camino se tornaba más oscuro, ella parecía endurecerse y ganar fuerzas y cuando Kah-Chucte y Gowhee —que habían presumido de conocer hasta el último punto de referencia del camino como los niños conocen los lardos de pieles de su tipi— admitieron que no sabían dónde se encontraban, fue ella quien pidió perdón para ellos en medio de las maldiciones de los demás. Aquella noche cantó para todos hasta que sintieron que el agotamiento los abandonaba y estaban dispuestos a afrontar el futuro con esperanza. Cuando la comida empezó a escasear y las raciones se medían con enorme cuidado, ella se rebeló contra las maquinaciones de su esposo y Charley el de Sitka, y exigió —y recibió— una ración ni mayor ni menor que la de los demás.
       Charley el de Sitka estaba orgulloso de haber conocido a esa mujer. Su presencia Había aportado a su vida una riqueza y amplitud de miras nuevas para él. Hasta entonces él había sido siempre su propio mentor e iba de un lado al otro sin depender de nadie, se había moldeado a sí mismo según sus propios dictados, comportándose sin preocuparse de la opinión ajena, solo de la propia. Por primera vez sentía que algo fuera de él le pedía que sacase lo mejor que llevaba dentro. Una sola mirada de agradecimiento de aquellos ojos sinceros, una palabra de gratitud de aquella voz franca, la más ligera sonrisa de sus labios, y él caminaba entre los dioses durante horas. Suponía un estímulo nuevo: por primera vez se sentía orgulloso de su propia sabiduría del camino. Y entre los dos levantaban el ánimo de sus decaídos compañeros.
       Los rostros de los dos hombres y de la mujer se iluminaron al verlo, al fin y al cabo era el cayado en el que todos se apoyaban. Pero Charley el de Sitka, tan estricto como siempre, acostumbrado a ocultar tanto el dolor como el placer bajo una capa de hierro, les preguntó por los demás, les dijo a qué distancia quedaba la hoguera y continuó retrocediendo. A continuación se encontró con un indio que iba solo, sin carga, cojeando, con los labios apretados y en los ojos el dolor de un pie en el que la rapidez luchaba una batalla contra la muerte que ya había perdido. Se le habían administrado todos los cuidados posibles, pero en las condiciones más extremas los débiles y desafortunados deben perecer y Charley el de Sitka sabía que a aquel hombre le quedaban pocos días y que no aguantaría mucho más, así que lo animó cuanto pudo. Tras él venían dos indios más, a los que había encargado la tarea de ayudar a Joe, el tercer hombre blanco del grupo. Lo habían abandonado. Con una sola mirada, Charley el de Sitka detectó la amenaza oculta en su forma de moverse y supo que habían decidido no obedecerle más. Por eso, cuando les ordenó regresar en busca de su carga abandonada, no lo pilló desprevenido el brillo de sus cuchillos de caza al desenvainarlos. Lamentable espectáculo el de tres hombres débiles que exhiben sus pocas fuerzas ante la todopoderosa inmensidad, pero los dos retrocedieron ante los golpes que el otro les asestó con el rifle y regresaron como los perros apaleados regresan a la traílla. Dos horas después llegaban ante la hoguera, con Joe tambaleante entre ellos y Charley el de Sitka cerrando el grupo, donde el resto de la expedición se apiñaba al amparo del toldo.
       —Unas palabras, compañeros, antes de dormir —dijo Charley el de Sitka cuando ya todos habían devorado sus escasas raciones de pan ácimo. Se dirigía a los indios en su propia lengua tras haber dicho lo mismo a los blancos—. Unas palabras, compañeros, por vuestro propio bien, para que tal vez logréis sobrevivir. Os voy a dar la ley y quien la desobedezca será el único responsable de su propia muerte. Hemos pasado las montañas del silencio y ahora viajamos por el curso alto del Stuart. Puede ser dentro de un sueño, de varios o de muchos, pero acabaremos por encontrar a los hombres del Yukón, que tienen comida de sobra. Es necesario que respetemos la ley. Hoy Kah-Chucte y Gowhee, a quienes ordené abrir camino, olvidaron que eran hombres y huyeron como niños asustados. Cierto, lo olvidaron y nosotros lo olvidaremos también. Pero que a partir de ahora lo recuerden. No permitiré que lo olviden. —Rozó su rifle con aire despreocupado y una sonrisa decidida—. Mañana llevarán la harina y se ocuparán de que el hombre blanco, Joe, no se tumbe en el camino. Las tazas de harina están contadas y si al caer la noche falta la más mínima cantidad…, ¿comprendéis? Hoy hubo otros que olvidaron. Cabeza de Alce y Tres Salmones permitieron que el hombre blanco, Joe, se tumbase en la nieve. Que no lo olviden más. Al alba saldrán a abrir camino. Ya habéis oído la ley. Tened mucho cuidado de no desobedecerla.
       A Charley el de Sitka le resultó imposible mantener al grupo unido. Desde Cabeza de Alce y Tres Salmones, que iban por delante abriendo camino, hasta Kah-Chucte, Gowhee y Joe, sus miembros se diseminaban a lo largo de casi dos kilómetros. Cada uno se tambaleaba, se caía o descansaba según le pareciera. La línea de marcha era una progresión a lo largo de una cadena de paradas irregulares. Cada uno reunía los últimos restos de sus fuerzas y avanzaba a trompicones hasta que se agotaban, pero de alguna forma milagrosa siempre encontraba un mínimo excedente. Cada vez que alguien caía lo hacía convencido de que no volvería a levantarse, aunque se levantaba, trance tras trance. La carne se rendía, la voluntad vencía, pero cada triunfo era una tragedia. El indio del pie congelado ya no podía caminar erecto y lo hacía a cuatro patas. Casi nunca descansaba porque sabía la sanción que le impondría el frío gélido. Incluso los labios de la señora Eppingwell se habían congelado en una sonrisa de piedra y sus ojos, a pesar de ver, ya no veían. Se detenía a menudo y apretaba la mano enguantada contra el corazón, jadeante y mareada.
       Joe, el blanco, había superado la etapa del sufrimiento. Ya no suplicaba que lo dejaran solo ni rezaba para morir, sino que se mostraba calmado y resignado bajo el efecto analgésico del delirio. Kah-Chucte y Gowhee tiraban de él a las bravas y le dedicaban unas cuantas miradas de furia y bastantes golpes. Para ellos era el colmo de la injusticia. El odio amargaba sus corazones y el miedo los volvía pesados. ¿Por qué tenían que sobrecargar sus fuerzas con la debilidad de aquel hombre? Hacerlo significaba morir; no hacerlo…, pero no habían olvidado la ley de Charley el de Sitka, ni su rifle.
       A medida que el día menguaba, Joe se caía con mayor frecuencia y les costaba tanto levantarlo que cada vez se iban quedando más atrás. A veces caían los tres en medio de la nieve, hasta tal punto se habían debilitado los indios. Sin embargo, a la espalda llevaban la vida, la fuerza, el calor. En los sacos de harina estaba todo el potencial de la existencia. No podían dejar de pensar en eso, por lo que no es de extrañar lo que ocurrió. Cayeron junto a un bosque enorme donde había leña de sobra a la espera de que alguien le acercase una cerilla. Además, allí cerca se veía un respiradero en el hielo. Kah-Chucte miró la madera y el agua y Gowhee hizo lo mismo. Luego se miraron el uno al otro. No dijeron ni una palabra. Gowhee encendió una hoguera. Kah-Chucte llenó de agua una taza de hojalata y la calentó. Joe parloteaba sobre cosas de otras tierras en una lengua que ellos no entendían. Mezclaron la harina con el agua caliente hasta formar una pasta ligera, de la que bebieron muchas tazas. A Joe no le ofrecieron, pero a él no le importó. Ya nada le preocupaba, ni siquiera sus mocasines, que se quemaron entre los carbones y echaban humo.
       Una neblina transparente de nieve empezó a caer sobre ellos, suavemente, como una caricia, y los cubrió de blanco. Sus pies habrían recorrido aún muchos caminos si el destino no hubiese despejado las nubes y limpiado el aire. No, diez minutos más habrían supuesto su salvación. Charley el de Sitka miró hacia atrás, vio la columna de humo y supo lo que ocurría. Luego miró hacia delante, hacia los que eran fíeles y hacia la señora Eppingwell.
       —Así que, compañeros, otra vez habéis olvidado que erais hombres. Bien. Muy bien. Tendremos menos bocas que alimentar.
       Charley el de Sitka ató el saco de harina mientras hablaba y luego lo añadió a la carga que ya llevaba a la espalda. Dio patadas a Joe hasta que el dolor atravesó el éxtasis que sentía aquel pobre diablo y lo ayudó a ponerse de pie, renqueante. Luego lo empujó hacia el camino y lo puso a andar. Los dos indios intentaron marcharse.
       —¡Alto, Gowhee! ¡Y tú, Kah-Chucte! ¿Ha dado la harina tanta fuerza a vuestras piernas que vais a ser capaces de correr más que las balas? No penséis que podréis engañar a la ley. Sed hombres por última vez y contentaos con saber que vais a morir con el estómago lleno. Venga, moveos, de espaldas al bosque, hombro con hombro. ¡Vamos!
       Los dos obedecieron en silencio, sin miedo, porque es el futuro el que presiona al hombre, no el presente.
       —Tú, Gowhee, tienes mujer e hijos y un tipi de piel de ciervo con los chipewyanes. ¿Cuál es tu voluntad?
       —Dale a ella los bienes que son míos según palabra del capitán, las mantas, los abalorios, el tabaco, la caja que hace sonidos raros como los hacen los hombres blancos. Dile que morí en el camino, pero no cómo.
       —¿Y tú, Kah-Chucte, que no tienes esposa ni hijos?
       —Tengo una hermana, la mujer del factor de Koshim. Le pega y ella no es feliz. Dale los bienes que me corresponden por contrato y dile que sería bueno que volviese con su gente. Si te encuentras con el hombre y quieres hacerlo, no sería malo que muriese. Le pega y ella tiene miedo.
       —¿Os contentáis con morir según la ley?
       —Sí.
       —Entonces adiós, compañeros. Ojalá ocupéis un lugar junto a una olla bien llena, en una tienda donde haga calor, antes de que acabe el día.
       Mientras hablaba, alzó el rifle y muchos ecos rompieron el silencio. Nada más apagarse, otros rifles hablaron en la distancia. Charley el de Sitka se sobresaltó. Había disparado más de una persona, sin embargo en el grupo solo tenían un rifle. Echó una rápida ojeada a los hombres que yacían inmóviles, sonrió con malicia ante la sabiduría del camino y echó a andar con prisa para reunirse con los hombres del Yukón.

[1899]



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