Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)
En la Bahía de Yeddo (1901)
(“In Yeddo Bay”)
Originalmente publicado en la revista St. Nicholas (febrero de 1903);
Dutch Courage and Other Stories [póstumo]
(Nueva York: Macmillan Company, 1922, 180 págs.)
Ante lo cual el dueño del restaurante levantó
los brazos indignado y chilló:
—¡Veinticinco sen! ¡Veinticinco sen! ¡Paga ya!
Se había reunido toda una multitud, y las cosas
se le estaban poniendo apuradas a Alf Davis.
Era algo tan ridículo y tan mezquino, pensó Alf.
¡Qué lío por nada! Y, desde luego, tenía que hacer algo. Le pasó por la cabeza
la idea de lanzarse por entre aquel mar de piernas y deshacerse a golpes de
quien tratase de impedírselo, pero como si le hubiera adivinado el pensamiento,
uno de los camareros, un tipo bajito y robusto con una nube en un ojo que le
daba una expresión perversa, lo agarró de un brazo.
—¡Paga ya! ¡Paga ya! ¡Veinticinco sen! —gritaba
el propietario, ronco de ira.
A Alf también se le había subido la sangre a la
cabeza de la vergüenza, pero decidió resueltamente explorar otra vía. Renunció
a la bolsa y depositó sus últimas esperanzas en tener alguna moneda suelta En
el bolsillo pequeño del chaquetón, el que utilizaba para la calderilla,
encontró una de diez sen y otra de cobre de cinco; después recordó que hacía
poco había echado de menos una moneda de diez sen y rasgó el forro del
bolsillo, del fondo del cual sacó aquella moneda. Tenía en la mano 25 sen, la
suma necesaria para pagar la cena que acababa de terminar. Se los entregó al
propietario, que los contó, se calmó de repente y le hizo una reverencia
obsequiosa; de hecho, toda la multitud hizo reverencias obsequiosas y se
dispersó.
Alf Davis era un joven marinero que acababa de
cumplir los 16 años y estaba enrolado en el “Annie Mine”, una goleta
estadounidense dedicada a la caza de focas que aquella temporada había ido a
Yokohama para enviar a Londres las pieles capturadas durante la temporada. Y en
aquella salida a tierra, la segunda que hacía, estaba empezando a tener sus
primeras impresiones confusas de la mentalidad oriental. Cuando terminó la
serie de reverencias se echó a reír y giró sobre sus talones para enfrentarse
con otro problema. ¿Cómo iba a volver a bordo de su barco? Ya eran las 11 de la
noche y ya no quedaría en tierra ninguno de los botes del barco, y la
perspectiva de contratar un barquero indígena sin contar con nada más que unos
bolsillos vacíos no le resultaba atractiva.
Muy atento, por si se encontraba con alguno de
sus compañeros, fue bajando hacia el puerto. En Yokohama no existen largas
hileras de muelles, sino sólo uno. Los barcos anclan a cierta distancia, lo que
permite a unos cuantos centenares de estas gentes de piernas cortas ganarse la
vida con el transporte de pasajeros a tierra o desde tierra.
Una docena de hombres y muchachos con sampanes
ofrecieron sus servicios a Alf. Escogió al que parecía más favorable, un viejo
de aspecto benévolo con una pierna seca. Alf bajó al sampán y se sentó. La
noche era muy oscura y no podía ver lo que hacía el viejo, aunque evidentemente
lo que no hacía era salir y llevarlo al barco. Por fin se acercó cojeando y
miró a Alf a la cara:
—Diez sen —dijo.
—Sí, ya lo sé —respondió Alf despreocupado—.
Diez sen. Pero date prisa. Goleta americana.
—Diez sen. Paga ya —insistió el viejo.
Alf sintió que le calentaba la sangre al volver
oír las odiosas palabras de “paga ya” y dijo:
—Me llevas a la goleta americana y después te
pago.
Pero el tipo se quedó paciente ante él, alargó
la mano y le dijo:
—Diez sen. Paga ya.
Alf trató de explicarse. No tenía dinero. Había
perdido la bolsa. Pero pagaría. En cuanto subiese a la goleta americana le
pagaría. No; ni siquiera tenía que subir al barco. Llamaría a sus compañeros,
que primero le darían los diez sen al barquero. Después subiría él a bordo. De
manera que todo estaba en orden, no había problema.
A todo lo cual el viejo de aspecto benévolo
respondía:
—Paga ya. Diez sen.
Y, para terminar de empeorar las cosas, los
demás sampaneros lo escuchaban todo desde las escaleras del puerto.
Alf, enfadado y preocupado, se puso en pie para
saltar a tierra. Pero el viejo le puso una mano en la manga para retenerlo y
propuso:
—Tú dal camisa ahola. Yo lleval goleta amelicana.
Eso fue lo que ya hizo encender en el pecho de
Alf todo su instinto estadounidense de independencia. Los anglosajones sienten
una hostilidad innata a que se abuse de ellos, y a Alf aquello le pareció un
robo descarado. Diez sen eran el equivalente de seis centavos estadounidenses,
y aquella camisa, que era nueva y de buena calidad, le había costado dos
dólares.
Le dio la espalda al hombre sin decir una
palabra y se fue al otro extremo del muelle, y la multitud, que se reía a
mandíbula batiente, lo siguió, pegada a sus talones. Casi todos ellos eran
tipos robustos y musculosos, y como aquella noche de julio hacía un calor
sofocante, llevaban la menor cantidad de ropa posible. La gente de los puertos
de cualquier raza es dura y turbulenta, y se le ocurrió a Alf que el estar solo
en el muelle a medianoche con tal multitud de gente alrededor, en una gran
ciudad del Japón, no era lo más seguro que cabía imaginar.
Se le acercó un tipo fortachón con un mechón de
pelo negro y ojos feroces. El resto se apretujó detrás de él para participar en
la conversación.
—Dame zapatos —dijo aquel hombre—. Dame zapatos
ya. Yo lleval a goleta amelicana.
Alf negó con la cabeza, ante lo que la multitud
le gritó que aceptara la propuesta Pero la constitución del anglósajón es tal
que el tratar de abusar de él o de imponérsele con amenazas es la peor forma
posible de lograr que haga algo. Se atreverá a lo que sea de buena gana, pero
no permite que le obliguen a hacer nada. Por eso, aquella tentativa de los
barqueros de forzar a Alf no sirvió más que para despertar en él toda la
terquedad obstinada de su raza. Latían en él las mismas cualidades que se
hallan en todo el que se encuentra en una situación desesperada, y allí, bajo
las estrellas, en el muelle solitario, rodeado por aquella pandilla que
empujaba y se metía con él, resolvió que prefería morir antes que someterse a
la indignidad de dejarse robar ni una puntada de ropa. Lo que estaba en juego
no era el valor de las cosas, sino los principios.
Entonces alguien le dio un empujón por detrás.
Se dio la vuelta con gesto airado y el círculo se abrió involuntariamente. Pero
la multitud se estaba enardeciendo. Unos y otros le exigían una u otra prenda
de las que llevaba, y estas exigencias se expresaban a pulmón herido y
simultáneamente.
Hacía mucho rato que Alf no decía nada, pero
sabía que la situación se estaba poniendo peligrosa, y que lo único que podía
hacer era escapar de allí. Había puesto un gesto decidido, acerado los ojos y
se había colocado en postura firme y confiada. Aquel aire de determinación
bastó para impresionar tanto a los barqueros que le abrieron camino cuando se
echó a andar hacia el lado de tierra del muelle. Pero seguían apiñados a sus
talones, y se reían y gritaban más alto que nunca. Uno de los jóvenes, aproximadamente
igual de alto y de fuerte que Alf le quitó insolente la gorra de la cabeza,
pero antes de que pudiera ponérsela en la suya, Alf le dio un golpe con todas
las fuerzas y lo echó a rodar por las piedras.
Le voló la gorra de las manos y desapareció
entre aquel mar de piernas. Alf se puso a pensar rápido: su orgullo de marinero
no le permitiría dejarles la gorra en las manos. Siguió en la dirección en que
había volado y pronto la halló bajo el pie de un tipo fuerte que mantenía todo
su peso sobre ella sin decir palabra. Alf trató de sacar la gorra de un tirón,
pero sin éxito. Le dio un empujón al hombre en la pierna, pero el hombre no
hizo más que soltar un gruñido. Aquello era un desafío directo, y Alf lo
aceptó. Como un rayo echó una pierna por detrás del otro y le empujó
vigorosamente con los hombros en el pecho. No había nada que pudiera salvar al
hombre de la fuerza feroz con que le hizo el truco, y cayó de espaldas.
Al momento siguiente, Alf se había colocado la
gorra en la cabeza y puesto los puños en posición de defensa. Después se dio la
vuelta para impedir un ataque por la espalda, y todos los que estaban de aquel
lado se echaron a correr precipitadamente. Era lo único que necesitaba él. Ya
no quedaba nadie entre él y el lado de tierra del muelle. Éste era estrecho.
Haciéndoles frente, y amenazando con el puño a los que trataban de pasarlo por
los costados, siguió retirándose. Era toda una tarea andar hacia atrás y al
mismo tiempo vigilar a aquella masa de hombres que se le echaban encima. Pero
los pueblos de piel oscura de todo el mundo han aprendido a respetar los puños
del hombre blanco, y fueron los combates reñidos por muchos marineros, más bien
que su propia actitud belicosa, los que le dieron la victoria a Alf.
Donde el muelle se une con tierra estaba la
comisaría de la policía del puerto, y Alf entró en la oficina, que tenía luz
eléctrica, para gran diversión del teniente de servicio, todo dé punta en
blanco. Los de los sampanes, que ahora se habían callado y calmado, se
apretaban como moscas junto a la puerta abierta, por la que podían ver y oír lo
que pasaba dentro.
Alf explicó sus dificultades en unas palabras, y
exigió, como privilegio de extranjero en país extraño, que el teniente lo
llevara a bordo en una lancha de la policía. El teniente, a su vez, que se
sabía de memoria “el reglamento”, explicó que las lanchas de la
policía no eran transbordadores y que los policías del puerto tenían cosas más
importantes que hacer que andar transportando a marineros retrasados y sin un
céntimo de vuelta a sus barcos. También dijo que ya sabía que la gente de los
sampanes eran todos unos ladrones congénitos, pero mientras robasen dentro de
la ley no podía hacerles nada. Tenían derecho a cobrar las tarifas por
adelantado y, ¿quién era él para ordenarles que aceptasen un pasajero y
cobrasen la tarifa al final del viaje? Alf reconoció la justicia de aquellas
observaciones, pero sugirió que si bien no podía darles órdenes, al menos podía
persuadirlos. El teniente estaba con ganas de agradar y fue a la puerta, desde
donde hizo un discurso a la multitud. Pero también ésta sabía sus derechos y
cuando terminó el oficial, respondió a coro con su abominable grito de:
“¡diez sen! ¡Paga ya! ¡Paga ya!”
—Ya ve usted que no puedo hacer nada —observó el
teniente, que dicho sea de paso hablaba perfectamente el inglés—. pero les he
advertido que no le hagan nada a usted, de forma que por lo menos está usted a
salvo. Echese a dormir en cualquier parte. Yo le permitiría que se quedara
aquí, pero eso va en contra del reglamento.
Alf le agradeció su amabilidad y cortesía, pero
la gente de los sampanes había excitado su orgullo racial y su terquedad, y
aquella no era forma de resolver el problema. El echarse a dormir en las
piedras equivalía a reconocer la derrota.
—¿Los de los sampanes se niegan a llevarme?
Asintió el teniente.
—¿Y usted también se niega a llevarme?
Nuevo asentimiento del teniente.
—Bien, pero el reglamento no le prohíbe a usted
que me deje irme yo solito, ¿no?
El teniente, perplejo respondió:
—No hay lancha.
—No es eso lo que le he preguntado —dijo Alf. Si
me voy yo solito, todo el mundo se queda satisfecho y nadie sale perdiendo,
¿no?
—Sí, es cierto lo que dice —persistió el
teniente, confuso—. Pero no se puede usted ir solo.
—Va usted a verlo —fue la respuesta.
Al suelo del despacho cayó la gorra de Alf. A
izquierda y derecha dejó los zapatos. Siguieron la camisa y los pantalones.
—Y recuerde —dijo en tono desafiante— que, como
ciudadano de los Estados Unidos, considero a usted, al Ayuntamiento de Yokohama
y al Gobierno del Japón responsables de esta ropa. Buenas noches.
Salió corriendo por la puerta, obligando a los
asombrados barqueros a hacerse a un lado y otro, y llegó al muelle. Pero se
recuperaron rápidamente y salieron corriendo tras él, con gritos de alegría
ante el nuevo giro que había dado la situación. Aquella fue una noche que
recordaron mucho tiempo las gentes del puerto de Yokohama. Alf siguió corriendo
hasta el extremo del muelle, donde, sin pararse, dio un salto y se metió
limpiamente en el agua. Emergió nadando a cuchillo con fuerza, hasta que la
curiosidad le hizo detenerse un momento. En la oscuridad, desde donde debía
hallarse el muelle, había voces que lo llamaban.
Se puso de espaldas, quedó flotando y escuchó.
—¡Bueno! ¡Bueno! —distinguió entre aquella babel—.
¡No pagal ahola, pagal más talde. ¡Vuelve! ¡Vuelve ahola, pagal más talde!
—¡No, gracias! —gritó en respuesta. No pagal
nunca Buenas noches.
Después se dio la vuelta para localizar al Annie
Mine. Estaba fondeado a nada menos que una milla, y en la oscuridad no
resultaba fácil encontrarlo. Primero vio una miríada de luces que sabía no
podía llevar más que un buque de guerra. Debía ser el navío estadounidense
“Lancaster”. El Annie Mine debía estar algo a la izquierda y más lejos.
Pero a la izquierda distinguió tres luces muy próximas. Aquella no podía ser la
goleta. Se quedó momentáneamente confundido. Volvió a ponerse de espaldas y
cerró los ojos, tratando de representarse mentalmente el puerto, tal como lo
había visto de día. Con una risa de satisfacción se puso otra vez de frente.
Evidentemente, las tres luces juntas debían pertenecer al gran vapor carguero
inglés. Por lo tanto, la goleta debía estar en un punto entre las tres luces y
el Lancaster. Siguió mirando fijamente y encontró, débil y muy baja, una sola
luz, la luz de fondeo del Annie mine.
Y fue una buena excursión a nado a la luz de las
estrellas. El aire tenía la misma temperatura que el agua, y el agua la misma
que la leche tibia. En la boca tenía el agradable gusto salado del agua, que le
lavaba las extremidades, y el ritmo, constante del corazón, fuerte y firme, le
hacía alegrarse de estar vivo.
Pero, aparte de ser muy agradable, aquella
excursión no tuvo incidentes. Dejó atrás a su derecha al iluminado Lancascer, a
la izquierda al vapor inglés, y al cabo de cierto tiempo se irguió ante él la
forma del Annie Mine. Agarró la escala colgante de cuerda y subió sin hacer
ruido a cubierta. No se veía a nadie. Vio una luz en la cocina y dedujo que el
hijo del capitán, que hacía en solitario la guardia del puerto, estaba
haciéndose café. Alf fue hacia el castillo de proa. Todos los marineros estaban
roncando en sus literas, y en aquel espacio reducido, el calor le pareció
insoportable. Por eso se puso una camisa fina de algodón y un par de pantalones
vaqueros y, con una manta y una almohada bajo el brazo, subió a cubierta y a la
parte de arriba del castillo de proa.
Apenas si se había adormilado cuando lo despertó
el ruido de un bote que llegaba al costado y llamaba a la guardia de puerto.
Era la lancha de la policía, y Alf pudo disfrutar con la excitada conversación
que siguió. Sí, el hijo del capitán reconocía aquella ropa. Pertenecía a Alf
Davis, uno de los marineros. ¿Qué había ocurrido? No. Alf Davis no había vuelto
a bordo. Estaba en tierra, ¿que no estaba en tierra? Entonces debía haberse
ahogado. A partir de ahí, el teniente y el hijo del capitán empezaron a hablar
en voz baja y Alf no pudo oír lo que decían. Después oyó que iban a proa y
despertaban a la tripulación. Los marineros gruñeron medio dormidos y dijeron
Que Alf Davis no estaba en el castillo de proa, ante lo que el hijo del capitán
se puso indignado contra la policía de Yokohama y su forma de actuar, y el
teniente se puso a citarle artículos del reglamento con acento desesperado.
Alf se levantó del techo del castillo de proa y
alargó la mano, diciendo:
—Bueno, pues me quedo con esa ropa. Muchas
gracias por haberla traído a bordo con tanta rapidez.
—Lo que no entiendo es por qué no podía haberla
traído contigo dentro —dijo el hijo del capitán.
Y el teniente de la policía no dijo nada, aunque
con un gesto un tanto avergonzado devolvió la ropa a su legítimo dueño.
Al día siguiente, cuando se disponía Alf para ir
a tierra, se encontró rodeado de barqueros que gritaban y gesticulaban, aunque
de forma muy respetuosa, todos extraordinariamente deseosos de embarcarlo como
pasajero. Y el que él seleccionó no le dijo “paga ya” cuando entró en
el bote. Cuando Alf se dispuso a saltar al muelle ofreció a aquel hombre los diez
sen de costumbre. Pero el hombre se puso en pie y negó con un gesto de la
cabeza:
—Tú buen chico —dijo—. Tú no pagal. Tú nunca
pagal. Tú buen chico y bien.
Y durante el resto de la estadía del Annie Mine
en el puerto, los de los sampanes rechazaron el dinero que les ofreció Alf.
Admirados ante su valor y su independencia, habían decidido que su dinero no
valía en aquel puerto.
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