León
Tolstói
(1828-1910)
Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere(1872)
(“Бог правду видит, да не скоро скажет”)
En la ciudad de Vladimir vivía un joven comerciante, llamado Aksenov. Tenía tres
tiendas y una casa. Era un hombre apuesto, de cabellos rizados. Tenía un carácter
muy alegre y se le consideraba como el primer cantor de la ciudad. En sus años
mozos había bebido mucho, y cuando se emborrachaba, solía alborotar. Pero desde
que se había casado, no bebía casi nunca y era muy raro verlo borracho.
Un día, Aksenov iba a ir a una fiesta de Nijni. Al despedirse de su mujer, ésta le
dijo:
—Ivan Dimitrievich: no vayas. He tenido un mal sueño relacionado contigo.
—¿Es que temes que me vaya de juerga? —replicó Aksenov, echándose a reír.
—No sé lo que temo. Pero he tenido un mal sueño. Soñé que venías de la ciudad; y, en cuanto te quitaste el gorro, vi que tenías el pelo blanco.
—Eso significa abundancia. Si logro hacer un buen negocio, te traeré buenos regalos.
Tras de esto, Aksenov se despidió de su familia y se fue.
Cuando hubo recorrido la mitad del camino, se encontró con un comerciante
conocido, y ambos se detuvieron para pernoctar. Después de tomar el té, fueron a
acostarse, en dos habitaciones contiguas. Aksenov no solía dormir mucho; se
despertó cuando aún era de noche y, para hacer el viaje con la fresca, llamó al
cochero y le ordenó enganchar los caballos. Después, arregló las cuentas con el
posadero y se fue.
Ya había dejado atrás cuarenta verstas, cuando se detuvo para dar pienso a los
caballos; descansó un rato en el zaguán de la posada y, a la hora de comer, pidió un
samovar. Luego sacó la guitarra y empezó a tocar. Pero de pronto llegó un troika con
cascabeles. Se apearon de ella dos soldados y un oficial, que se acercó a Aksenov y le
preguntó quién era y de dónde venía. Éste respondió la verdad a todas las preguntas,
y hasta invitó a su interlocutor a tomar una taza de té. Pero él continuó haciendo
preguntas. ¿Dónde había pasado aquella noche? ¿Había dormido sólo o con algún
compañero? ¿Había visto a éste de madrugada? ¿Por qué se había marchado tan
temprano de la posada? Aksenov se sorprendió de que le preguntan todo aquello.
—¿Por qué me interroga? —inquirió a su vez—. No soy ningún ladrón, ni
tampoco un bandido. Mi viaje se debe a unos asuntos particulares.
—Soy jefe de policía y te pregunto todo esto porque encontraron degollado al
comerciante con el que pasaste la noche —replicó el oficial—: quiero ver tus cosas
—añadió después de llamar a los soldados y de ordenarles que lo registraran de arriba
abajo.
Entraron en la posada y revolvieron las cosas de la maleta y del saco de viaje de
Aksenov. De pronto, el jefe de policía encontró un cuchillo en el saco.
—¿De quién es esto? —exclamó.
Aksenov se horrorizó al ver que habían sacado un cuchillo ensangrentado de sus cosas.
—¿Por qué está manchado de sangre? —preguntó el jefe de policía.
Aksenov apenas pudo balbucir lo siguiente:
—Yo… yo no sé… yo… este cu… no es mío…
—De madrugada han encontrado al comerciante, degollado en su cama. La pieza
donde habéis pernoctado estaba cerrada por dentro y nadie ha entrado en ella, salvo
vosotros dos. Este cuchillo ensangrentado estaba entre tus cosas y, además, por tu
cara, se ve que eres culpable. Dime cómo le has matado y qué cantidad de dinero le
quitaste.
Aksenov juró que no había cometido ese crimen; que no había vuelto a ver al
comerciante, después de haber tomado el té con él: que los ocho mil rublos que
llevaba eran de su propiedad y que el cuchillo no lo pertenecía. Pero, al decir esto, se
le quebraba la voz, estaba pálido y temblaba, de pies a cabeza, como un culpable.
El jefe de policía ordenó a los soldados que ataran a Aksenov y lo llevaran a la
troika. Cuando lo arrojaron en el vehículo con los pies atados, se persignó y se echó a
llorar. Le quitaron todas las cosas y el dinero, y le encerraron en la cárcel de la ciudad
más cercana. Pidieron informes de Aksenov en la ciudad de Vladimir. Tanto los
comerciantes, como la demás gente de la ciudad, dijeron que, aunque de mozo se
había dado a la bebida, era un hombre bueno. Juzgaron a Aksenov por haber matado
a un comerciante de Riazan y por haberle robado veinte mil rublos.
Su mujer estaba preocupadísima y no sabía ni qué pensar. Sus hijos eran de corta
edad, y el más pequeño, de pecho. Se dirigió con todos ellos a la ciudad en que
Aksenov se hallaba detenido. Al principio, no le permitieron verlo; pero, tras muchas
súplicas, los jefes de la prisión lo llevaron a su presencia. Al verlo vestido de
presidiario y encadenado, la pobre mujer se desplomó y tardó mucho en recobrarse.
Después, con los niños en torno suyo, se sentó junto a él, lo puso al tanto de los
pormenores de la casa y le hizo algunas preguntas. Aksenov relató a su vez, con todo
detalle, lo que le había ocurrido.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó la mujer.
—Hay que pedir clemencia al zar. No es posible que perezca un hombre inocente.
La mujer le explicó que había hecho una instancia; pero que no había llegado a
manos del zar.
—No en vano soñé que se te había vuelto el pelo blanco, ¿te acuerdas? Has
encanecido de verdad. No debiste hacer ese viaje —exclamó ella; y, luego,
acariciando la cabeza de su marido, añadió—: Mi querido Vania, dime la verdad,
¿fuiste tú?
—¿Eres capaz de pensar que he sido yo? —exclamó Aksenov; y, cubriéndose la
cara con las manos, rompió a llorar.
Al cabo de un rato, un soldado ordenó a la mujer y a los hijos de Aksenov que se
fueran. Ésta fue la última vez que Aksenov vio a su familia.
Posteriormente, recordó la conversación que había sostenido con su mujer y que
también ella había sospechado de él, y se dijo: «Por lo visto, nadie, excepto Dios,
puede saber la verdad. Sólo a El hay que rogarle y sólo de El esperar misericordia».
Desde entonces, dejó de presentar solicitudes y de tener esperanzas. Se limitó a rogar
a Dios.
Le condenaron a ser azotado y a trabajos forzados. Cuando le cicatrizaron las
heridas de la paliza, fue deportado a Siberia en compañía de otros presos.
Vivió veintiséis años en Siberia; los cabellos se le tornaron blancos como la nieve
y le creció una larga barba, rala y canosa. Su alegría se disipó por completo. Andaba
lentamente y muy encorvado; y hablaba poco. Nunca reía, y, a menudo, rogaba a
Dios.
En el cautiverio aprendió a hacer botas: y, con el dinero que ganó en su nuevo
oficio, compró el libro de los Mártires, que solía leer cuando había luz en su celda.
Los días festivos iba a la iglesia de la prisión, leía el Libro de los Apóstoles y cantaba
en el coro. Su voz se había conservado bastante bien. Los jefes de la prisión querían a
Aksenov por su carácter tranquilo. Sus compañeros le llamaban «abuelito» y
«hombre de Dios». Cuando querían pedir algo a los jefes, lo mandaban como
representante y, si surgía alguna pelea entre ellos, acudían a él para que pusiera paz.
Aksenov no recibía cartas de su casa e ignoraba si su mujer y sus hijos vivían.
Un día trajeron a unos prisioneros nuevos a Siberia. Por la noche, todos se
reunieron en torno a ellos y los preguntaron de dónde venían y cuál era el motivo de
su condena. Aksenov acudió también junto a los nuevos prisioneros y, con la cabeza
inclinada, escuchó lo que decían.
Uno de los recién llegados era un viejo, bien plantado, de unos sesenta años, que
llevaba una barba corta entrecana. Contó porqué le habían detenido.
—Amigos míos, me encuentro aquí sin haber cometido ningún delito. Un día
desaté el caballo de un trineo y me acusaron de haberlo robado. Expliqué que había
hecho aquello porque tenía prisa en llegar a determinado lugar. Además, el cochero
era amigo mío. No creía haber hecho nada malo sin embargo, me acusaron de robo.
En cambio, las autoridades no saben dónde ni cuándo robé de verdad. Hace tiempo
cometí un delito, por el que hubiera debido haber estado aquí. Pero ahora me han
condenado injustamente.
—¿De dónde eres? —preguntó uno de los prisioneros.
—De la ciudad de Vladimir. Me dedicaba al comercio. Me llamo Makar
Semionovich.
Aksenov preguntó levantando la cabeza:
—¿Has oído hablar allí de los Aksenov?
—¡Claro que sí! Es una familia acomodada, a pesar de que el padre está en
Siberia. Debe ser un pecador como nosotros. Y tú, abuelo. ¿Por qué estás aquí?
A Aksenov no le gustaba hablar de su desgracia.
—Hace veinte años que estoy en Siberia a causa de mis pecados —dijo
suspirando.
—¿Qué delito has cometido? —preguntó Makar Semionovich.
—Si estoy aquí, será que lo merezco —exclamó Aksenov, poniendo fin a la
conversación.
Pero los prisioneros explicaron a Makar Semionovich por qué se encontraba
Aksenov en Siberia; una vez que iba de viaje, alguien mató a un comerciante y
escondió el cuchillo ensangrentado entre las cosas de Aksenov. Por ese motivo, le
habían condenado injustamente.
—¡Qué extraño! ¡Qué extraño! ¡Cómo has envejecido, abuelito! —exclamó
Makar Semionovich, después de examinar a Aksenov; y le dio una palmada en las
rodillas.
Todos le preguntaron de qué se asombraba y dónde había visto a Aksenov; pero
Makar Semionovich se limitó a decir:
—Es extraño, amigos míos, que nos hayamos tenido que encontrar aquí.
Al oír las palabras de Makar Semionovich, Aksenov pensó que tal vez supiera
quién había matado al comerciante.
—Makar Semionovich: ¿has oído hablar de esto antes de venir aquí? ¿Me has
visto en alguna parte? —preguntó.
—El mundo es un pañuelo y todo se sabe. Pero hace mucho tiempo que oí hablar
de ello, y ya casi no me acuerdo.
—Tal vez sepas quién mató al comerciante.
—Sin duda ha sido aquel entre cuyas cosas encontraron el cuchillo —replicó
Makar Semionovich, echándose a reír—. Incluso si alguien lo metió allí. Cómo no lo
han cogido, no le consideran culpable.
¿Cómo iban a esconder el cuchillo en tu saco si lo tenías debajo de la cabeza? Lo
habrías notado.
Cuando Aksenov oyó esto, pensó que aquel hombre era el criminal. Se puso en
pie y se alejó. Aquella noche no pudo dormir. Le invadió una gran tristeza. Se
representó a su mujer, tal como era cuando le acompañó, por última vez, a una feria.
La veía como si estuviese ante él; veía su cara y sus ojos y oía sus palabras y su risa.
Después se imaginó a sus hijos como eran entonces, pequeños aún, uno vestido con
una chaqueta y el otro junto al pecho de su madre. Recordó los tiempos en que fuera
joven y alegre; y el día en que hablaba sentado en el porche de la posada, tocando la
guitarra, y vinieron a detenerle. Recordó cómo le azotaron y le pareció volver a ver al
verdugo, a la gente que estaba alrededor, a los presos… Se le representó toda su vida
durante aquellos veintiséis años hasta llegar a viejo. Fue tal su desesperación, al
pensar en todo esto, que estuvo a punto de poner fin a su vida.
«Todo lo que me ha ocurrido ha sido por este malhechor», pensó.
Sintió una ira invencible contra Makar Semionovich y quiso vengarse de él,
aunque esta venganza le costase la vida. Pasó toda la noche rezando, pero no logró
tranquilizarse. Al día siguiente, no se acercó para nada a Makar Semionovich, y
procuró no mirarlo siquiera.
Así transcurrieron dos semanas. Aksenov no podía dormir y era tan grande su
desesperación, que no sabía qué hacer.
Una noche empezó a pasear por la sala. De pronto vio que caía tierra debajo de un
catre. Se detuvo para ver qué era aquello. Súbitamente, Makar Semionovich salió de
debajo del catre y miró a Aksenov con expresión de susto. Este quiso alejarse; pero
Makar Semionovich, cogiéndole de la mano, le contó que había socavado un paso
debajo de los muros y que todos los días, cuando lo llevaban a trabajar, sacaba la
tierra metida en las botas.
—Si me guardas el secreto, abuelo, te ayudaré a huir. Si me denuncias, me
azotarán; pero tampoco te vas a librar tú, porque te mataré.
Viendo ante sí al hombre que le había hecho tanto daño; Aksenov tembló de pies
a cabeza. Invadido por la ira, se soltó de un tirón y exclamó:
—No tengo por qué huir, ni tampoco tienes por qué matarme; hace mucho que lo
hiciste. Y en cuanto a lo que preparas, lo diré o no lo diré, según Dios me de a
entender.
Al día siguiente, cuando sacaron a los presos a trabajar, los soldados se dieron
cuenta de que Makar Semionovich llevaba tierra en las cañas de las botas. Después de
una serie de búsquedas, encontraron el subterráneo que había hecho. Llegó el jefe de
la prisión para interrogar a los presos. Todos se negaron a hablar. Los que sabían que
era Makar Semionovich, no le delataron, porque le constaba que le azotarían hasta
dejarlo medio muerto. Entonces, el jefe de la prisión se dirigió a Aksenov. Sabía que
era veraz.
—Abuelo, tú eres un hombre justo. Dime quién ha cavado el subterráneo, como si
estuvieras ante Dios.
Makar Semionovich miraba el jefe de la prisión como si tal cosa; no se volvió
siquiera hacia Aksenov. A éste le temblaron las manos y los labios. Durante largo rato
no pudo pronunciar ni una sola palabra, «¿Por qué no delatarle cuando él me ha
perdido? Que pague por todo lo que me ha hecho sufrir. Pero si lo delato, le azotarán.
¿Y si le acuso injustamente? Además, ¿acaso eso aliviaría mi situación?», pensó.
—Anda viejo, dime la verdad: ¿quién ha hecho el subterráneo? —preguntó, de
nuevo, el jefe.
—No puedo, excelencia —replicó Aksenov, después de mirar a Makar
Semionovich—. Dios no quiere que lo diga; y no lo haré. Puede hacer conmigo lo
que quiera. Usted es quien manda.
A pesar de las reiteradas insistencias del jefe, Aksenov no dijo nada más. Y no se
enteraron de quién había cavado el subterráneo.
A la noche siguiente, cuando Aksenov se acostó, apenas se hubo dormido, oyó
que alguien se había acercado, sentándose a sus pies. Miró y reconoció a Makar
Semionovich.
—¿Qué más quieres? ¿Para qué has venido? —exclamó.
Makar Semionovich guardaba silencio.
—¿Qué quieres? ¡Lárgate! Si no te vas, llamaré al soldado —insistió Aksenov,
incorporándose.
Makar Semionovich se acerco a Aksenov; y le dijo, en un susurro:
—¡Iván Dimitrievich, perdóname!
—¿Qué tengo que perdonarte?
—Fui yo quien mató al comerciante y quien metió el cuchillo entre tus cosas. Iba
a matarte a ti también; pero oí ruido fuera. Entonces oculté el cuchillo en tu saco; y
salí por la ventana.
Aksenov no supo qué decir. Makar Semionovich se puso en pie e, inclinándose
hasta tocar el suelo, exclamó:
—Iván Dimitrievich, perdóname, ¡perdóname por Dios! Confesaré que maté al
comerciante y te pondrán en libertad. Podrás volver a tu casa.
—¡Qué fácil es hablar! ¿Dónde quieres que vaya ahora?… Mi mujer ha muerto,
probablemente; y mis hijos me habrán olvidado… No tengo adónde ir…
Sin cambiar de postura, Makar Semionovich golpeaba el suelo con la cabeza
repitiendo:
—Iván Dimitrievich, perdóname. Me fue más fácil soportar los azotes, cuando me
pegaron, que mirarte en este momento. Por si es poco, te apiadaste de mí y no me has
delatado. ¡Perdóname en nombre de Cristo! Perdóname a mí, que soy un malhechor.
Makar Semionovich se echó a llorar. Al oír sus sollozos también Aksenov se
deshizo en lágrimas.
—Dios te perdonará; tal vez yo sea cien veces peor que tú —dijo.
Repentinamente un gran bienestar invadió su alma. Dejó de añorar su casa. Ya no
sentía deseos de salir de la prisión; sólo esperaba que llegase su último momento.
Makar Semionovich no hizo caso a Aksenov y confesó su crimen. Pero cuando
llegó la orden de libertad, Aksenov había muerto ya.
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