W. Somerset Maugham
(París, Francia, 1874 - Niza, Francia, 1965)


El collar de perlas (1924)
(“Mr. Know-All”)
Originalmente publicado en la revista Good Housekeeping (septiembre de 1924);
Cosmopolitans: Very Short Stories
(Garden City, Nueva York: Doubleday, Doran and Company, Inc., 1936, 274 págs.);
(Londres, Toronto: William Heinemann LTD, 1936, 304 págs.)



      Me hallaba predispuesto a sentir antipatía por míster Max Kelada sin haberlo conocido aún. Acababa de terminar la guerra, y el movimiento de pasajeros que cruzaban el océano era enorme. Difícilmente podían pedirse comodidades, y uno debía darse por satisfecho con lo que le proporcionaban las agencias de vapores. No podía soñarse con obtener un camarote individual y me contenté con uno de dos literas. Cuando me enteré del nombre del que sería mi acompañante, se me encogió el corazón; significaba que las portillas tendrían que estar herméticamente cerradas, prescindiendo de la fresca brisa nocturna.
       Me era muy desagradable tener que compartir un camarote con cualquiera durante catorce días —hacía el viaje de San Francisco a Yokohama—, pero lo hubiese aceptado con menos desaliento si mi compañero de viaje se hubiera llamado Smith o Brown.
       Cuando subí a bordo encontré que el equipaje de míster Kelada ya estaba abajo. No me gustó su aspecto; las maletas tenían demasiadas etiquetas, y el baúl era excesivamente voluminoso. Había desempaquetado ya los artículos de tocador, y pude observar que era un buen cliente de la fábrica Coty, pues el perfume, la brillantina y la loción capilar eran de esa marca. Sus cepillos, a pesar de que eran de ébano con iniciales de oro, podrían haber lucido más si hubiesen estado más limpios. Míster Kelada no me agradó lo más mínimo. Me dirigí al salón de fumar, pedí una baraja y comencé a hacer solitarios. Apenas había empezado cuando se me acercó un hombre, preguntándome si no se equivocaba al suponer que mi nombre era tal o cual.
       —Yo soy Kelada —añadió con una amplia sonrisa que dejaba ver una hilera de dientes brillantes, y tomó asiento.
       —¡Ah!… Creo que compartimos un camarote.
       —A eso le llamo yo suerte, ya que nunca se sabe quién podrá tocarnos de compañero. Me sentí muy contento cuando supe que era usted inglés. Yo sustento la teoría de que nosotros los ingleses deberíamos permanecer siempre unidos cuando estamos a bordo. Ya sabe usted lo que quiero decir.
       Esto me hizo parpadear.
       —¿Es usted inglés? —le pregunté, tal vez con poco tacto.
       —Desde luego. No pensará usted que me parezco a un americano. Soy británico hasta los huesos, sí, señor.
       Para dar más veracidad a su afirmación, míster Kelada sacó del bolsillo un pasaporte y lo colocó airosamente bajo mi nariz.
       El rey Jorge, en efecto, tiene algunos súbditos extraños. Aquel míster Kelada era robusto, de pequeña estatura, afeitado, de tez morena, nariz aguileña y ojos grandes y brillantes; su cabello era negro y levemente rizado. Hablaba con una fluidez no común en los ingleses, y sus ademanes eran ampulosos. Con tales antecedentes tuve la seguridad de que, observado más de cerca, aquel pasaporte británico hubiera revelado que su propietario nació seguramente bajo un cielo más azul del que por regla general se ve en Inglaterra.
       —¿Desea beber algo, señor? —me preguntó.
       Le observé con desconfianza. Como la ley seca estaba en vigor, y a bordo todo parecía tan seco como un hueso, le contesté:
       —Cuando no tengo sed no podría decir en realidad qué me desagrada más, si la ginebra o —el zumo de limón.
       Míster Kelada me dirigió una oriental y taimada sonrisa.
       —¿Qué le gustaría más, un whisky con soda o un Martini seco? Basta con una palabra.
       Del bolsillo trasero del pantalón sacó una botella achatada que colocó ante mí sobre la mesa. Elegí el Martini. Míster Kelada llamó al camarero y le pidió un cubo con hielo y un par de vasos.
       —Es un cocktail excelente —observé.
       —Es cierto, y en el sitio de donde salió eso hay mucho más —repuso—. Si tiene usted amigos a bordo, hágales saber que su compañero dispone de toda la bebida que se pueda desear.
       Míster Kelada se había vuelto muy locuaz. Hablaba de Nueva York y de San Francisco, de teatro, de cine y de política. Parecía muy patriota. Él pabellón de Gran Bretaña es un impresionante trozo de tela, pero cuando lo enarbola un individuo procedente de Alejandría o de Beirut tengo la impresión de que palidece su dignidad.
       Míster Kelada empezaba a tomarse demasiada confianza conmigo. No deseo darme importancia, pero no puedo menos de dejar de reconocer que lo común y correcto en un desconocido es que se dirija a mí anteponiendo a mi apellido la palabra señor. Míster Kelada, sin duda para darme una sensación de confianza, había prescindido de esta formalidad. Como ya he dicho, míster Kelada no me era simpático.
       Yo había apartado las cartas cuando se acercó a mí, pero considerando que como primera conversación había durado ya bastante, proseguí mi juego.
       —El tres sobre el cuatro —me dijo míster Kelada.
       Cuando se hace un solitario, no hay nada tan mortificante como que le digan a uno dónde debe poner la carta que ha salido antes de haber tenido tiempo de cerciorarse por sí mismo.
       —Va a salir, va a salir… El siete sobre la sota.
       Furioso, di por terminado el solitario. Míster Kelada cogió inmediatamente las cartas y me preguntó:
       —¿Le agradan a usted los juegos de manos con las cartas?
       —No, los detesto —repuse.
       —Sin embargo, le enseñaré uno.
       Tuve que soportar tres, después de lo cual le manifesté que iba al comedor para elegir un sitio.
       —¡Oh! No se preocupe usted. He hecho que le reserven un asiento, pues pensé que, como compartimos el mismo camarote, lo más natural era que nos sentásemos también a la misma mesa.
       Repito que no me era simpático míster Kelada.
       No sólo tuve que compartir el camarote y comer con él tres veces al día en la misma mesa, sino que se unía a mí cada vez que me paseaba por cubierta, sin que me fuera posible desairarle. Parecía no habérsele ocurrido siquiera que pudiese ser una persona poco grata. Tenía la convicción de que uno se sentía tan contento de encontrarse con él como él lo estaba al encontrarse con uno. De habernos hallado en la propia casa, podríamos haberlo arrojado a puntapiés por la escalera y cerrado la puerta en las narices sin que se le ocurriese sospechar que no era bien recibido.
       Alternaba con todo el mundo, por lo que en tres días conoció a la totalidad de los pasajeros. Se entremetía en todo y todo lo capitaneaba.
       Dirigía las apuestas que diariamente se hacían a bordo sobre el número de millas recorridas en las veinticuatro horas; hacía de rematador; recaudaba dinero para instituir premios en los juegos; formaba equipos para jugar al chito y al golf; organizaba conciertos, y llevaba a cabo los preparativos necesarios para un baile de disfraces. En una palabra, intervenía en todo.
       Era, por cierto, el hombre más detestado a bordo. Le apodaban “don sabelotodo”, y así le llamábamos, pero él lo tomaba como un cumplido. Pero cuando se mostraba más insoportable era en las comidas, teniéndonos a su merced la mayor parte del tiempo.
       Era cordial, festivo, locuaz y estaba siempre dispuesto a discutir. Pretendía saberlo todo mejor que nadie y consideraba como una afrenta a su dignidad que alguien no compartiera sus opiniones.
       No cesaba de hablar sobre cualquier tema hasta que lograba convencer a su interlocutor que su forma de pensar era la más acertada. No se le ocurrió nunca la posibilidad de estar equivocado.
       Nos sentamos a la mesa del médico. De no hallarse presente un señor llamado Ramsay, míster Kelada hubiera podido explayarse a su antojo, puesto que el médico era un hombre indolente, y yo mostraba una fría indiferencia por todo. Ramsay era tan dogmático como Kelada, y le fastidiaba amargamente la seguridad que el oriental ponía en sus afirmaciones. En consecuencia, las discusiones se hacían agrias e interminables.
       Míster Ramsay se hallaba adscrito al consulado americano, y residía en Kobe. Era un hombre corpulento, un típico ejemplar del Middle-West, con una gran cantidad de grasa bajo su piel tirante. Regresaba para hacerse cargo de su puesto, después de un rapidísimo viaje a Nueva York para recoger a su esposa, que se encontraba en dicha ciudad desde hacía un año.
       Mistress Ramsay era una joven atractiva, de modales agradables y con un agudo sentido del humor. La retribución asignada en el servicio consular es escasa, lo que la obligaba a vestir muy modestamente, pero sabía lucir los trajes y tenía cierta apacible distinción.
       Hubiera pasado inadvertida para mí de no haber poseído una cualidad que tal vez sea común en la mayoría de las mujeres, pero que actualmente no se refleja en su comportamiento. Mistress Ramsay asombraba por su modestia, que lucía en ella como una flor en un frac.
       Cierta tarde, la conversación versó sobre las perlas. Los periódicos publicaban muchos artículos acerca del cultivo de las perlas a que los astutos japoneses se dedicaban, y el médico se permitió observar que esto, con seguridad, haría disminuir el valor de las auténticas. Se obtenían en la actualidad con mucho parecido, y era de esperar que muy pronto llegasen a ser perfectas.
       Míster Kelada, como era habitual en él, se extendió en consideraciones sobre aquel tema. Nos explicó todo lo que se podía saber sobre las perlas. Estoy seguro de que míster Ramsay no sabía absolutamente nada sobre el particular, pero no podía resistir la oportunidad que se le presentaba para enfrentarse con el oriental. Así, pues, en menos de cinco minutos nos hallamos en medio de una acalorada discusión entre ambos.
       En ocasiones anteriores, míster Kelada había mostrado una verbosidad extraordinaria, pero nunca fue tan impetuoso como esta vez. Al final, algo que dijo míster Ramsay debió de molestarle extraordinariamente, pues dando un puñetazo en la mesa exclamó casi gritando:
       —Creo que debo saber lo que digo, pues me dirijo al Japón precisamente para ponerme al corriente en el negocio de las perlas. Comercio con ellas y no habrá nadie que no le asegure que mi opinión en estos asuntos no admite discusión. Conozco las perlas más famosas del mundo, y, en resumen, lo que yo no sepa sobre esta cuestión no vale la pena aprenderlo.
       Esto nos sorprendió, ya que míster Kelada, a pesar de su locuacidad, no le había dicho nunca a nadie en qué se ocupaba. Sabíamos vagamente que se dirigía al Japón por algún asunto comercial.
       Mirando alrededor de la mesa, afirmó con jactancia:
       —No encontrarán nunca una perla de cultivo que un experto como yo no reconozca con un solo ojo. —Contempló el collar que lucía mistress Ramsay y, dirigiéndose a ella, dijo—: Señora, confíe en mi palabra: ese collar que lleva no podrá valer jamás un céntimo menos de lo que hoy vale.
       Mistress Ramsay, con su habitual modestia, ocultó el collar tras su vestido con cierta turbación.
       Ramsay nos miró sonriendo.
       —¿Verdad que es un hermoso collar el de mistress Ramsay? —pregunté.
       —Lo noté en el acto —me contestó míster Kelada—, y me dije: “No cabe duda: son perlas legítimas”.
       Míster Ramsay intervino:
       —No lo compré yo, pero me interesaría saber cuánto cree usted que puede haber costado.
       —¡Ah! Eso sería muy difícil de decir. Si fue comprado directamente a un comerciante del ramo, puede haber costado unos quince mil dólares, pero si fue adquirido en la Quinta Avenida no me extrañaría saber que se hubiesen pagado por él hasta treinta mil dólares…
       Míster Ramsay sonrió y le dijo:
       —Sin duda, le sorprendería saber que mi esposa adquirió ese collar, la víspera de nuestra salida de Nueva York, por dieciocho dólares en uno de los grandes almacenes dé la ciudad.
       Ante esta afirmación, míster Kelada se ruborizó.
       —Eso es una tontería. No sólo es legítimo, sino que puedo asegurar que no he visto jamás otro del mismo tamaño.
       —¿Apostaría usted algo? Me juego cien dólares a que es una imitación.
       —Aceptado.
       Mistress Ramsay los interrumpió y, dirigiéndose a su esposo, le dijo:
       —Ulmeh, no puedes apostar sobre una cosa de la que no estás seguro…
       Sonreía débilmente, y el tono de su voz era implorante.
       —¿Que no puedo? Sería un tonto si no aprovechara una ocasión de ganar dinero con tanta facilidad.
       —Pero —insistió su esposa—, ¿qué forma hay de demostrarlo? No tienes otra prueba que mi palabra contra la de míster Kelada.
       —Permítame observar de cerca el collar. Le diré inmediatamente si es una imitación. No me importa hacer frente a un caso como la pérdida de cien dólares —repuso míster Kelada.
       —Quítatelo, querida —dijo míster Ramsay—, y deja que este señor lo observe de cerca cuanto quiera.
       Sin embargo, mistress Ramsay vaciló un momento, y, llevándose la mano al cierre, manifestó:
       —No puedo quitármelo. Míster Kelada tendrá que contentarse con mi palabra.
       Presentí por un instante que algo extraño iba a ocurrir, pero no pude adivinar de qué se trataba. Ramsay se levantó, le quitó el collar a su esposa y se lo entregó a míster Kelada.
       El oriental sacó de su bolsillo una magnífica lente y empezó a examinarlo con cuidado.
       Una sonrisa de triunfo se dibujó en su cara morena, y devolvió el collar. Estaba a punto de decir algo cuando observó el rostro de mistress Ramsay. Ésta había palidecido intensamente y estaba a punto de desmayarse. Lo miraba fijamente, con los ojos muy abiertos y una expresión de terror. Su angustia era tan evidente, que me extrañó que su esposo no lo notase.
       Míster Kelada se quedó atónito y se ruborizó. Casi podía verse el esfuerzo que hacía para vencer su convicción.
       —Me equivoqué… —dijo—. Es una imitación perfecta. Al examinarlo con la lente me he convencido de que no son perlas legítimas. Creo firmemente que dieciocho dólares es todo cuanto puede valer este maldito collar.
       Sacó la cartera y cogió un billete de cien dólares, que entregó en silencio a Ramsay.
       —Tal vez esto le sirva de lección, amigo mío, para que en otra ocasión no ponga tanta seguridad en sus afirmaciones —dijo Ramsay tomando el billete.
       Observé que a míster Kelada le temblaban las manos. Como es lógico, el incidente se divulgó por todo el barco y míster Kelada tuvo que resignarse aquella tarde a soportar muchas bromas. Se consideraba un gran triunfo haberle vencido en algo. La pobre mistress Ramsay tuvo que retirarse a su camarote aquejada de un fuerte dolor de cabeza.
       A la mañana siguiente, cuando me levanté, empecé a afeitarme como de costumbre. De pronto oí un leve ruido y vi que habían introducido un sobre por debajo de la puerta. Abrí inmediatamente la puerta, pero no pude ver a nadie. Recogí el sobre y, al ver que iba dirigido a míster Kelada, se lo entregué. El sobre estaba escrito a máquina. ¿De quién será esto? —preguntó al abrirlo—. ¡Oh! —exclamó, sacando del sobre no una carta, sino un billete de cien dólares. Me miró y se ruborizó. Rompió el sobre y me dijo entregándomelo:
       —¿Quiere tener la bondad de tirarlo por la portilla? Hice lo que me pedía, observándole mientras tanto con una velada sonrisa.
       —A nadie le gusta que lo tomen por tonto — me dijo. —Entonces, ¿las perlas eran legítimas?— le pregunté. —Si yo tuviera una esposa joven y bonita no la dejaría sola en Nueva York mientras yo me encontrara en Kobe— repuso.
       En aquel momento no me era tan antipático míster Kelada. Sacó la cartera del bolsillo y guardó el billete.



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