W. Somerset Maugham
(París, Francia, 1874 - Niza, Francia, 1965)


El proceso Crosbie (1924)
(“The Letter”)
Originalmente publicado en Hearst’s International Magazine (abril de 1924);
The Casuarina Tree
(Londres: William Heinemann, 1926, 310 págs.);
(Nueva York: George H. Doran Company, 1926, 288 págs.)



      En el muelle, el sol irradiaba sus rayos implacables. Automóviles, camiones y autobuses, coches particulares y de arriendo rodaban a toda velocidad por la calzada obstruida. Todos los kláxons aullaban. Los rickshaws [vehículo ligero de dos ruedas que se desplaza por tracción humana, bien a pie o a pedales; muy popular en países como China, Japón o India] se colaban a través de la multitud, y los coolíes [peones, cargadores y trabajadores con escasa cualificación procedentes de la India, China y otros países asiáticos] jadeantes sólo encontraban fuerzas para apostrofarse: hundidos por la pesada carga, trotaban de lado gritando a los transeúntes que se retiraran. A voz en cuello, los vendedores ambulantes recomendaban sus baratillos. Del tamil negro al chino amarillo, todas las razas se codean en Singapur: malayos, armenios, judíos y bengalíes mezclan ahí sus roncas voces.
       En el estudio de los señores Ripley, Joyce y Taylor la frescura era silenciosa.
       Su penumbra y su tranquilidad contrastaban con el estrépito y el bullicio de la calle polvorienta. El señor Joyce estaba sentado en su escritorio, bajo la ducha de aire helado del ventilador eléctrico. Se echaba hacia atrás, con los codos apoyados en los brazos del sillón y los dedos unidos. Su mirada se posaba en los amarillentos legajos de los informes judiciales amontonados en un armario.
       Sobre una papelera se alineaban cajas japonesas de estaño, en las que se destacaban, en letras policromas, los nombres de los clientes.
       Golpearon.
       —Adelante.
       Entró un secretario chino, muy correcto en su traje blanco.
       —El señor Crosbie está aquí, señor.
       Hablaba un inglés impecable, articulando cada palabra con nitidez, y a menudo la riqueza de su vocabulario era para el señor Joyce un motivo de sorpresa. Ong Chi Seng, cantonés de origen, había cursado Derecho en Grays Inn.
       Cumplía una práctica de dos años en el estudio de los señores Ripley, Joyce y Taylor antes de establecerse por su cuenta. Trabajador celoso, su corrección y su amenidad no conocían el desfallecimiento.
       —Hágale entrar —dijo el señor Joyce.
       Se levantó para apretar la mano del visitante y le rogó que se sentara. El recién llegado quedó a plena luz, mientras el rostro del señor Joyce permanecía en la sombra. El señor Joyce era, por naturaleza, silencioso y durante un minuto examinó a Roberto Crosbie sin decir palabra. Crosbie, un buen mozo de más de seis pies, de poderosas espaldas, era plantador de caucho. Las grandes caminatas a través de su explotación, la práctica del tenis —su descanso habitual después del trabajo diario—, le daban un aspecto deportivo. El sol lo había tostado. Calzaba za patos de punta cuadrada; sus manos velludas parecían enormes. El señor Joyce pensó que un golpe de esos puños aplastaría sin trabajo a un frágil tamil. Pero sus ojos eran azules, de cándida mirada. La fisonomía honrada y vulgar respiraba rectitud y franqueza. En ese momento una expresión de profunda angustia transformaba sus rasgos.
       —Parece que ha dormido poco estas noches —dijo por fin el señor Joyce.
       —En efecto.
       El señor Joyce se fijó entonces en el sombrero de anchas alas que Crosbie había dejado sobre la mesa; en seguida su mirada subió del corto pantalón caqui, que le descubría las rodillas; a la camisa de tenis de cuello abierto, sin corbata, y al vestón polvoriento cuyas mangas estaban dobladas en el puño.
       Todo en él traicionaba la fatiga de una larga caminata. La frente del señor Joyce se ensombreció.
       —Un poco de valor, viejo mío.
       No es el momento de perder la cabeza.
       —¡Oh!, me siento perfectamente.
       —¿Ha visto hoy a su mujer?
       —No, debo verla esta tarde.
       Es un escándalo sin nombre el que la hayan detenido.
       —No se podía hacer otra cosa —objetó el señor Joyce con tono plácido.
       —Yo pensaba que la dejarían en libertad bajo fianza.
       —El caso es grave.
       —Es una vergüenza. Obró como cualquier mujer honrada lo hubiera hecho en su lugar. Solamente en nueve casos sobre diez las mujeres no se atreven… Leslie es de la mejor pasta del mundo. No haría daño a una mosca. ¡En fin, querido amigo, si hace doce años que estamos casados! ¿Se imagina que no la conozco?
       ¡Gracias a Dios que no cogí al miserable, porque le habría roto la boca, lo habría matado sin un minuto de vacilación!
       Y usted también, ¿no es cierto?
       —Mi buen amigo, todo el mundo está con usted. Nadie piensa en excusar a Hammond. Sacaremos a la señora Crosbie. El juez y el jurado entrarán al Tribunal dispuestos de antemano al fallo de libertad.
       —Todo el proceso es sólo una comedia —cortó Crosbie con violencia—. En primer lugar, jamás debían haberla arrestado, y en seguida, después de lo que esta pobre mujer ha sufrido, es demasiado infligirle, por añadidura, la humillación de la Corte de Apelaciones. Todas las personas que he encontrado, hombres o mujeres, desde mi llegada a Singapur, encuentran que Leslie estaba en su estricto derecho. Es incalificable el haberla encarcelado.
       —La ley es la ley. Después de todo, ha confesado haberlo matado.
       Es terrible, y los compadezco de todo corazón.
       —No soy de su opinión —interrumpió Crosbie.
       —Pero no es menos cierto que se cometió una muerte; y en una sociedad civilizada, la Corte es inevitable.
       —¿Es un asesinato aplastar al gusano dañino? Lo mató como habría matado a un perro rabioso.
       Nuevamente el señor Joyce se apoyó en el respaldo del sillón y acercó el extremo de sus dedos.
       Los juntó como las vigas de un techo. Durante un momento guardó silencio.
       —Faltaría a mi deber de abogado —dijo, por fin, con voz tranquila, fijando los ojos en su cliente si no le previniera que hay un punto que me inquieta un poco. Si su esposa no hubiera disparado más que una vez sobre Hammond, el proceso no presentaría ninguna dificultad.
       Desgraciadamente, hizo fuego seis veces.
       —Su explicación es, sin embargo, sencilla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo.
       —Evidentemente. Y, por supuesto, esta explicación me parece a mí muy plausible.
       Pero no sirve de nada cerrar los ojos. Es siempre una buena táctica ponerse en el lugar del otro, y yo no le oculto que, si estuviese encargado de la instrucción, sería ese punto el que investigaría.
       —Querido amigo, eso no tiene base.
       La mirada del señor Joyce se heló, mientras la sombra de una sonrisa pasó por sus labios rasurados. Ese buen Crosbie pecaba ciertamente de demasiada perspicacia.
       —Es probable que esto no tenga ninguna importancia —dijo el abogado—. He tratado simplemente de llamarle la atención sobre este punto. Ahora usted no tiene mucho tiempo que esperar. Cuando todo haya concluido, le aconsejo que haga un pequeño viaje con su esposa y trate de olvidar.
       Por más que el sobreseimiento no deje una sombra de duda, un proceso de esta clase es una ruda prueba.
       Por primera vez, una sonrisa distendió los rasgos de Crosbie.
       Su rostro se transformó.
       —Creo que tendré más necesidad del viaje que Leslie. Ella recibió el golpe con una entereza extraordinaria. ¡Santo Dios! ¡Se puede decir que es una mujercita valerosa!
       —Estoy, en efecto, admirado de tanto dominio sobre sí misma.
       Nunca hubiera supuesto en ella tanta fuerza de resistencia.
       Como abogado de la señora Crosbie había tenido frecuentes entrevistas con ella después de su arresto. A pesar de los favores que se le dispensaban, no dejaba de estar en prisión acusada de homicidio y hubiese sido muy natural que se mostrase nerviosa. ¡Y bien, no!; parecía soportar la prueba con serenidad. Leía mucho; aprovechaba todas las ocasiones para hacer ejercicio y, por favor especial, trabajaba en el bordado de un cojín, que ocupaba desde hacía tiempo sus ocios. El señor Joyce admiraba el constante cuidado de su toilette, su cabellera muy ondulada, las uñas impecables. Conservaba toda su sangre fría.
       Llegaba a bromear sobre las molestias de su situación, a pesar de todo, crítica, dando la impresión de que solamente una perfecta educación le impedía subrayar el lado cómico.
       El señor Joyce no la entendía.
       La conocía desde mucho tiempo.
       Cuando iba a Singapur, comía generalmente en casa de los Joyce, y había pasado uno o dos week-ends con ellos en su bungalow de la orilla del mar.
       Por su parte, la señora Joyce había ido por dos semanas a la plantación y encontró varias veces a Godofredo Hammond.
       Los dos matrimonios vivían, pues, en excelentes relaciones, y fue por esto que Roberto Crosbie corrió a Singapur inmediatamente después del crimen para rogar al señor Joyce que tomara a su cargo la causa de su desgraciada mujer.
       La versión que dio al abogado desde su primera entrevista la mantuvo sin variar en sus más mínimos detalles. Algunas horas después del drama, la prestó con la misma sangre fría que hoy, de una sola vez, con un tono perfectamente objetivo.
       Solamente un fugitivo rubor, al evocar ciertos detalles, había traicionado alguna emoción.
       Graciosa más bien que bonita, la señora Crosbie podía tener treinta años.
       Aunque era un poco frágil —los tendones de sus manos salían bajo la piel blanca finamente azulada por las venas—, se notaba la delicadeza de sus atractivos. Era de tez mate, tenía los labios pálidos, el color de los ojos era indeciso. Sus cabellos abundantes, pardos claros, esponjosos, de ondas ligeras; un pequeño arreglo los habría hecho encantadores, pero no se podía imaginar a la señora Crosbie recurriendo a artificios. Cierta timidez le quitaba soltura y perjudicaba su éxito en el mundo. La vida solitaria de los plantadores explicaba esta torpeza; sin embargo, en su medio habitual, se revelaba muy simpática.
       Cuando, después de una permanencia en su casa, la señora Joyce volvía a ver a su marido, le declaraba que Leslie recibía mejor que cualquiera. Tenía, decía ella, más personalidad de lo que pudiera creerse; cuando se la conocía, se quedaba uno sorprendido de la cultura que denotaba su conversación. Era precisamente la última mujer a quien se hubiera creído capaz de un homicidio.
       El señor Joyce despidió a Crosbie con palabras consoladoras, y, solo por fin, continuó la lectura del expediente. Pero fue un gesto maquinal, pues todos los detalles le eran familiares. Este caso apasionaba a los clubes y a los salones de la península, desde Singapur a Penang. Los hechos que relataba la señora Crosbie eran simples.
       Esa noche, algunos negocios habían llevado a su marido a Singapur. Por tanto, quedó sola. Comió tarde, a las nueve menos cuarto; en seguida se instaló en el salón para trabajar en su bordado.
       La pieza daba a la galería.
       No había nadie en el bungalow. Los mozos se acostaban en un edificio separado, y acababan de retirarse.
       Con gran sorpresa, sintió que el ripio del jardín crujía bajo el peso de un pie calzado, un pie de blanco. Sin embargo, ningún automóvil había pasado. ¿Quién podía venir a verla tan tarde? Alguien subió las gradas de la escalinata, atravesó la galería y apareció en la puerta del salón. En el primer momento no reconoció al visitante. Ella estaba sentada cerca de una lámpara con pantalla, y él permanecía en la sombra.
       —¿Puedo entrar? —dijo el hombre. Su voz tampoco se lo dio a conocer.
       —¿Quién está ahí? —preguntó ella.
       Junto con hablar, se quitó los anteojos que usaba para bordar.
       —Godofredo Hammond —le respondieron.
       —Vaya, ¿es usted? ¿Qué puedo ofrecerle? Ella se levantó y le tendió cordialmente la mano. Sin embargo, esta llegada la sorprendía. Aunque Hammond era su vecino, no eran amigos de él, y ella no lo había visto en el curso de las últimas semanas. Su plantación se encontraba a más de diez millas de la suya. No comprendía esta visita nocturna.
       —Roberto no está aquí —le dijo—. Pasa la noche en Singapur.
       Comprendió quizá que se imponía una explicación.
       —Discúlpeme —dijo—; me sentía tan solo esta noche, tuve la idea de subir a ver qué era de ustedes.
       —¿Cómo vino? No he oído el ruido del coche.
       —Lo dejé en el camino. Creí que podrían estar acostados.
       Nada más natural que esto.
       El plantador se levanta apenas amanece para la llamada de los trabajadores y se acuesta en la noche tras levantarse de la mesa. El automóvil de Hammond fue encontrado, por otra parte, al día siguiente, a trescientos metros del bungalow.
       Como Roberto estaba ausente, no había en el salón ni whisky ni soda. Para no despertar al boy, Leslie fue ella misma a buscar las botellas.
       Su huésped se sirvió y cargó su pipa.
       Godofredo Hammond contaba con numerosos amigos en la colonia.
       Tenía a la sazón cuarenta años, pero había llegado muy joven a Malasia. Para la declaración de guerra fue uno de los primeros en alistarse. Su conducta fue brillante. Una herida en la rodilla hizo que le dieran de baja al cabo de dos años, y volvió a Malasia con el D.S.O. y la cruz de guerra. Era uno de los mejores jugadores de billar del país. Había sido un bailarín afamado y un excelente jugador de tenis; pero si no podía ya bailar y si su rodilla rígida le impedía ser tan buen raqueta como antes, ese hermoso muchacho de ojos azules acariciadores y de cabellos negros ensortijados sabía hacerse querer de todos. Los viejos señores desairados lo detestaban por el ardor en correr detrás de las faldas.
       Sucedida la tragedia, no dejaron de asegurar que lo habían predicho siempre.
       Hammond comenzó a contar a Leslie los asuntos de la localidad, las próximas carreras de Singapur, el precio del caucho y su esperanza de matar al tigre que merodeaba por la vecindad. Como tenía prisa de terminar el cojín bordado que pensaba enviar a Inglaterra para el día de su madre, ella se volvió a colocar los lentes y aproximó su sillón a la pequeña mesa de costura.
       —¿Por qué usa esos grandes anteojos? —dijo él—. No comprendo que una mujer bonita se ingenie en desfigurarse.
       Esta observación molestó a Leslie. Jamás le había hablado en ese tono. Quiso poner las cosas en su lugar:
       —Amigo, no soy un modelo de belleza, y, si quiere saberlo, me da igual que me encuentre usted fea o no.
       —¿Fea usted? La encuentro extremadamente bonita.
       —Demasiado amable —contestó ella irónicamente—. Pero entonces tiene usted un extraño gusto. Él vino a sentarse a su lado.
       —No negará, sin embargo, que tiene usted las más deliciosas manos del mundo —dijo.
       Hizo ademán de tomarle una.
       Ella le dio una pequeña palmada.
       —No sea tonto. Siéntese ahí y no diga más necedades, o lo echo a su casa.
       Él no se cortó.
       —¿Ignora que estoy locamente enamorado de usted? Ella se quedó helada.
       —No sé nada. Por otra parte, no le creo una palabra, y aun si fuera verdad, no permitiría que me lo dijera.
       Estaba tanto más admirada cuanto que, desde hacía siete años que se conocían, Hammond nunca le había hecho ninguna atención particular. De regreso de la guerra, se habían visto a menudo. Un día cayó enfermo, y Crosbie fue a buscarlo en coche para traerlo a su casa.
       Pasó en el bungalow quince días.
       Pero sus intereses contrarios impidieron que estas relaciones se convirtieran en amistad. Desde hacía dos o tres años, casi no se veían. A veces venía a jugar al tenis, o se encontraban donde algunos vecinos, pero les sucedía que pasaban un mes sin verse.
       Como tomaba un segundo whisky, Leslie se preguntó si acaso habría bebido antes de venir. Algo en su actitud la hacía sentirse incómoda.
       Lo miró con aire descontento.
       —¡Vamos! Es bastante beber por hoy —aconsejó.
       Él bebió su vaso y lo dejó.
       —¿Piensa que le hablo así porque estoy ebrio? —replicó bruscamente.
       —¿No sería ésa la mejor explicación?
       —¡Pues bien! Está en un error. La he amado desde la primera vez que la vi. Me callé el mayor tiempo que pude, pero ahora es más fuerte que yo. La amo, y se lo digo.
       Ella se levantó y dobló cuidadosamente su labor.
       —Buenas noches —dijo.
       —Yo no me iré.
       Ella comenzó a impacientarse.
       —Pero, especie de idiota, ¿no comprende que no he amado sino a Roberto, y que, aun en el caso de que no le amara, sería usted el último en quién pensaría?
       —¡No me importa! Roberto está lejos.
       —¡Si no sale inmediatamente, llamo a los boys [porteadores; criados] y lo hago arrojar fuera!
       —Trate de hacerlo. No oirán.
       Ahora, ella estaba furiosa.
       Como se dirigiera a la galería, desde donde los boys podían oírla, él la sujetó de un brazo.
       —¡Déjeme! —le gritó con rabia.
       —¡Por cierto que no! Esta vez la tengo.
       Ella pidió socorro; pero, con gesto brusco, él le cerró la boca.
       Antes que hubiera tenido tiempo de reponerse, la cogía en sus brazos y la besaba con ardor. Ella luchaba, desviando sus labios de aquella boca ávida.
       —¡No!, ¡no! —gritaba—. ¡Déjeme! ¡No quiero! De lo que sucedió entonces no conserva sino un recuerdo confuso.
       Recordaba con aguda precisión lo que se dijo hasta entonces, pero ahora las palabras de Hammond no llegaban a sus oídos sino a través de una tempestad de violencia y de terror. Él se esforzaba por enternecerla. Ardía en protestas de amor, estrechando cada vez más su brazo frenético. Ella se sentía impotente entre los brazos de ese macho vigoroso que paralizaba su resistencia. El aliento de Hammond le quemaba el rostro. Se sofocaba. La besaba en la boca, en los labios, en los ojos, en las mejillas, en los cabellos. Ella trató de golpearlo; el torno que la trituraba se hizo más poderoso. El hombre ya no decía una palabra.
       Leyó en sus ojos locos de deseo que la arrastraba hacia el lecho.
       Ya no era un ser civilizado, sino un bruto. Y, como tropezara con una mesa que se encontraba en su camino, incómodo por su rodilla anquilosada, se tambaleó bajo el peso de la mujer y cayó. No le costó a ella gran trabajo escapar y refugiarse detrás del diván, pero, con la rapidez del relámpago, Hammond estaba otra vez sobre ella.
       Había un revólver sobre el escritorio. No porque ella fuera miedosa, sino porque, en ausencia de Roberto, pensaba llevar esa arma a su pieza. Fue por eso que el revólver estaba a su alcance.
       El terror la había enloquecido.
       No sabía lo que hacía. Oyó una detonación. Hammond se tambaleó, lanzando un grito. Dijo algo que ella no comprendió y retrocedió vacilando hacia la galería.
       Fuera de sí lo siguió —sí, seguramente, era lo que había sucedido—. Acaso lo siguió, aunque no se acordaba de nada, apretando automáticamente el gatillo disparo tras disparo, hasta que el cargador quedó vacío. Hammond se desplomó sobre las baldosas de la galería en un charco de sangre.
       Cuando los boys, despertados por las detonaciones, se precipitaron, la encontraron inclinada sobre Hammond, con el revólver todavía en la mano. Él estaba muerto.
       Quedó un momento embrutecida mirándolos. Se empujaban a su alrededor, espantados. Dejó caer el revólver y, sin decir palabra, volvió al salón. Los boys la vieron entrar a su pieza, en donde se encerró. Sin atreverse a tocar el cadáver, lo examinaban con ojos aterrorizados, cuchicheando febrilmente. Al fin, el primer “Boy” se repuso. Ese chino, al servicio de los Crosbie desde hacía años, era un muchacho listo, Roberto había salido para Singapur en motocicleta y no quedaba en el garaje sino el automóvil. Dijo al chofer que lo condujera inmediatamente donde el comisario de Policía para darle a conocer lo que acababa de pasar.
       Recogió el revólver y lo guardó en su bolsillo. El comisario, llamado Withers, vivía en las afueras de la ciudad vecina, a treinta y cinco millas de allí. Se demoró hora y media en llegar. Todos dormían aún. Tuvieron que sacudir a los boys para despertarlos. Withers apareció muy pronto, y lo pusieron al corriente.
       El primer “boy” le mostró el revólver, como pieza de convicción. El comisario entró a vestirse, pidió su coche y los siguió.
       Apenas amanecía cuando llegaron al bungalow de los Crosbie. Withers se abalanzó hacia la galería y se detuvo de súbito ante el cadáver de Hammond, tendido en el sitio en que había caído. Le tocó el rostro, ya frío.
       —¿Dónde está la señora? —preguntó.
       El “boy” le mostró la pieza, y Withers golpeó. No hubo respuesta. Golpeó otra vez.
       —¡La señora Crosbie! —llamó.
       —¿Quién está ahí?
       —Withers.
       Hubo un nuevo silencio. Por fin, la llave giró en la cerradura y la puerta se abrió lentamente.
       Leslie apareció ante él. No se había acostado y llevaba aún el tea-gown[13] con el que había comido.
       Sin decir nada, miraba al comisario.
       —Su primer “boy” ha ido a buscarme. Hammond… ¿Qué ha hecho usted?
       —¡Quiso violarme! ¡Lo maté!
       —¡Dios mío! Venga aquí y cuénteme exactamente cómo han sucedido los hechos.
       —Ahora no. No puedo. Déjeme tiempo. Mande a buscar a mi marido.
       Withers era joven. No sabía cuáles eran sus deberes en esas circunstancias.
       Leslie rehusó hablar hasta la llegada de Roberto.
       Sólo entonces hizo a los dos hombres el relato del que no debía de cambiar, en lo sucesivo, una sílaba. El punto que preocupaba al señor Joyce era el número de los disparos. Lamentaba, como abogado, que Leslie no hubiera hecho fuego una vez, sino seis, y el examen del cuerpo revelaba que cuatro de los disparos habían sido hechos a boca de jarro. Se podía también suponer que después de la caída de Hammond se había inclinado sobre él para vaciar su cargador.
       Confesaba que su memoria, tan precisa para lo que había sucedido antes, fallaba en ese punto. Había una laguna en sus recuerdos. Era el indicio de un furor desencadenado, pero un furor desencadenado era la última cosa que se podía esperar de esta mujer tan dueña de sí. El señor Joyce la conocía desde hacía años.
       La creyó siempre de una gran serenidad. Durante las semanas que siguieron al drama su actitud había sido asombrosa. El señor Joyce se encogió de hombros.
       Sin duda reflexionaba en lo difícil que es leer lo que hay detrás de la frente de la mujer más correcta.
       Golpearon.
       —Entre.
       El secretario chino entró y cerró la puerta tras él. La cerró suavemente, pero con decisión, y se acercó:
       —¿Puedo pedirle, sin molestarlo, señor, algunos minutos de conversación? La manera solemne con que su secretario se expresaba divertía siempre al señor Joyce. Por eso fue que le respondió sonriendo:
       —No es ninguna molestia, Chi Seng.
       —El asunto de que voy a hablarle es delicado y confidencial.
       —Diga.
       El señor Joyce notó el aire socarrón del secretario. Según su costumbre, estaba vestido a la última moda de Singapur. Zapatos de charol, brillantes, de los que salían unos calcetines de seda clara; corbata negra, con un prendedor de perlas y rubíes; en el anular izquierdo llevaba una sortija con diamantes. Una estilográfica con pluma de oro emergía de su chaqueta, de una blancura inmaculada. El reloj de pulsera era también de oro, como los discretos lentes.
       Tosió.
       —La cuestión concierne al proceso Crosbie, señor.
       —¿Y bien?
       —Ha llegado a mi conocimiento, señor, un hecho que parece aclararlo con una nueva luz.
       —¿Qué hecho?
       —Ha llegado a mi conocimiento, señor, que existe una carta de la acusada a la infortunada víctima del drama.
       —No me sorprendería. En el curso de los siete años últimos, no dudo de que la señora Crosbie haya tenido a menudo ocasión de escribir al señor Hammond.
       El señor Joyce, que tenía una alta opinión de la inteligencia de su ayudante, trataba de disimular sus impresiones.
       —Es muy probable, señor. La señora Crosbie debe haber mantenido frecuente correspondencia con el difunto, para invitarlo a comer, por ejemplo, o para proponerle una partida de tenis. Ésa fue mi primera idea; pero esta carta fue escrita el mismo día de la muerte del señor Hammond.
       El señor Joyce no pestañeó, y consiguió conservar la sonrisa benevolente con la que escuchaba, por lo común, a Ong Chi Seng.
       —¿Quién le ha dicho eso?
       —Ese detalle, señor, ha llegado a mi conocimiento por uno de mis amigos.
       El señor Joyce se guardó bien de insistir.
       —Usted no habrá seguramente olvidado, señor, que la señora Crosbie ha certificado que, hasta la noche fatal, no había tenido, desde hacía varias semanas, ninguna comunicación con la víctima.
       —¿Vio usted la carta?
       —No, señor.
       —¿Qué dice esa carta?
       —Mi amigo me ha dado una copia. ¿Quiere usted leerla, señor?
       —Ciertamente.
       Ong Chi Seng extrajo del bolsillo interior de su vestón una voluminosa cartera, repleta de papelotes y de billetes de Banco.
       Sacó de ahí una media hoja de papel, que colocó ante los ojos del señor Joyce.
       He aquí el contenido de la carta:
       R. estará ausente esta noche.
       Tengo absoluta necesidad de verte.
       Te esperaré a las once, y, si tú no vienes, no respondo de las consecuencias.
       No subas en coche hasta la casa. L.
       El billete estaba transcrito con esa letra impersonal que se enseña a los chinos de las escuelas extranjeras; la trivialidad de los caracteres contrastaba extrañamente con la importancia de las palabras.
       —¿Qué lo ha hecho suponer que esta carta haya sido escrita por la señora Crosbie?
       —Tengo mucha confianza en la veracidad de mi informante, señor, y la prueba puede ser fácilmente suministrada. La señora Crosbie le dirá, sin duda, si ha escrito o no esa carta.
       Desde el comienzo de la conversación el señor Joyce no había dejado de observar a su secretario.
       Ahora notaba en él un ligero matiz irónico.
       —Me cuesta trabajo creer que esa carta sea de la señora Crosbie.
       —Si ésa es su opinión, señor, la cosa está arreglada. Mi amigo me ha contado esta historia porque yo pertenezco a su estudio y pensaba que usted podía tener algún interés en conocer la existencia de esa carta antes que ella fuese entregada a la justicia.
       —¿Quién posee el original? —preguntó secamente el señor Joyce.
       Ong Chi Seng no dejó traslucir que hubiese notado un cambio en el tono del señor Joyce.
       —No ha olvidado usted, señor, que después de la muerte del señor Hammond se descubrió que tenía relaciones culpables con una china.
       La carta está en la actualidad en manos de esa mujer.
       El ruido hecho alrededor de estas relaciones había contribuido a desacreditar a Hammond. Nadie ignoraba que había vivido con una china en su casa durante varios meses. Quedaron un momento silenciosos. Todo se había dicho, y el uno adivinaba los pensamientos del otro.
       —Le estoy agradecido, Chi Seng, y reflexionaré.
       —Bien, señor. ¿No tiene nada que mandar decir a mi amigo?
       —Me parece preferible que usted permanezca en contacto con él —respondió gravemente el señor Joyce.
       —Cuente conmigo, señor.
       El secretario se retiró discretamente y dejó al señor Joyce con sus reflexiones.
       Inclinado sobre la copia de la carta de Leslie, contemplaba esa letra clara y vulgar. Vagas sospechas lo agitaban, tan inverosímiles que hubiera querido apartarlas. La explicación de esta carta debía ser muy sencilla, y Leslie, sin duda alguna, se la daría; pero, verdaderamente, se imponía una explicación. Se levantó, guardó la carta en el bolsillo y cogió su sombrero.
       Pasó delante de Ong Chi Seng.
       El secretario, con aire absorto, escribía inclinado sobre el escritorio.
       —Me ausento por algunos minutos, Chi Seng —díjole.
       —El señor Jorge Reed está citado para las doce, señor. ¿Qué le diré?
       —Lo que usted quiera —contestó el señor Joyce con una sonrisa forzada.
       Pero se daba muy bien cuenta de que Ong Chi Seng sabía que iba a la prisión.
       La vista del proceso debía efectuarse en Belanda, lugar del crimen. La señora Crosbie, sin embargo, había sido encarcelada en Singapur; la dispensaron de la prisión de Belanda, que era malsana y sucia.
       Cuando hicieron entrar al señor Joyce a la sala de recibo, Leslie, sonriente, le tendió su mano fina y distinguida. Como siempre, su vestido era sencillo y cuidado y sus cabellos rubios estaban ondulados con arte.
       —No esperaba verlo en la mañana —dijo con tono alegre.
       Lo acogía con la naturalidad de una dueña de casa. Un poco más, y el señor Joyce hubiera creído que llamaba al boy para pedirle dos cocktails.
       —¿Cómo está usted, señora? —preguntó.
       —Maravillosamente, gracias —una luz de alegría pasó por sus ojos—. Como cura de reposo, es ideal.
       El guardia se retiró y quedaron solos.
       —Siéntese, pues —propuso Leslie.
       Él tomó una silla, preguntándose cómo empezaría. Ante el cándido aspecto de Leslie se sentía embarazado. ¿Cómo confesarle el motivo de su visita?
       —Me alegro de ver a Roberto esta tarde —dijo ella con una soltura muy mundana—. ¡Pobre amigo! Sus nervios están sometidos a una dura prueba. ¡Qué felicidad que todo concluya pronto!
       —Tenemos sólo para cinco días.
       —Lo sé. Cada mañana, al despertar, me digo: uno menos —sonrió—. Lo mismo que antiguamente, en el colegio, ante la proximidad de las vacaciones.
       —A propósito, estamos completamente de acuerdo. ¿Usted no tuvo ningún contacto con Hammond antes de esa triste noche?
       —Estoy absolutamente segura.
       La última vez que lo encontré fue en una partida de tenis en casa de las McFarens, y no le dirigí más de cuatro palabras. Tienen dos canchas, usted lo sabe, y no nos encontramos en los mismos “sets”.
       —¿No le escribió usted?
       —¡Oh, no!
       —¿Está segura?
       —Absolutamente segura. Nunca le he escrito sino para invitarlo a comer o a tomar el té, y hace meses que esto no ha sucedido.
       —Pero hubo un tiempo en que usted era muy íntima de él. ¿Por qué dejó de verlo?
       La señora Crosbie se encogió de hombros.
       —Uno se cansa de las gentes.
       No teníamos ningún interés común.
       Es cierto que en el momento de su enfermedad hicimos lo que pudimos por él; pero en estos dos últimos años estaba perfectamente y salía mucho. No eran invitaciones las que le faltaban.
       —¿Y eso es todo? ¿Está usted bien segura? La señora Crosbie vaciló.
       —¡Oh!, puedo asegurárselo.
       Nos habían contado que vivía con una china, lo había comprobado yo misma, y Roberto ya no quería recibirlo.
       Inmóvil en su sillón de respaldo recto, con la mano en el mentón, Joyce fijaba su aguda mirada en Leslie. ¿Se engañaba? Le parecía que una luz asesina acababa de cruzar por sus negras pupilas. Joyce ya no vaciló. Sus escrúpulos se desvanecieron. Se agitó en su silla. Las puntas de sus dedos se juntaron.
       Lentamente, con circunspección, comenzó:
       —Creo mi deber decírselo: existe una carta de usted a Godofredo Hammond.
       La espiaba con atención. Ella no se inmutó; su rostro no cambió de color. Pero esperó un momento.
       —Alguna vez le he enviado papeles sin importancia para rogarle que me trajera ciertas cosas de Singapur.
       —En esta carta le pide que pase a verla, precisamente porque Roberto estaba en Singapur.
       —Es imposible. No he escrito nunca nada semejante.
       —Lea más bien usted misma.
       Joyce sacó una hoja de papel de su cartera y se la tendió. Ella tuvo una sonrisa despectiva, y, sin siquiera leerla:
       —No es mi letra —dijo.
       —Lo sé; pero es la copia exacta del original.
       Ahora leía. Poco a poco su palidez se hizo terrosa, sus rasgos se descompusieron. Sus carnes parecieron hundirse, y su piel secarse sobre los huesos. Sus labios se crisparon en un rictus. Miraba al señor Joyce con ojos desorbitados.
       La cara de un condenado a la horca no hubiera sido más trágica.
       —¿Qué es lo que esto significa? —balbuceó.
       Su boca convulsa no dejaba pasar sino un silbido.
       —A usted le corresponde decirlo.
       —Yo no he escrito eso. ¡Juro que no lo he escrito!
       —Tenga cuidado. Si el original es de su mano, sería inútil negar.
       —Sería una falsedad.
       —Sería difícil establecerlo, y mucho más fácil probar lo contrario.
       La sacudió un estremecimiento.
       Gotas de sudor le mojaron la frente. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió las manos. Antes de devolver la carta al señor Joyce, la echó una última mirada.
       —No está fechada. Si he escrito eso, lo he olvidado; puede haber sido muchos años antes. Déme un momento, voy a tratar de recordarlo.
       —Me he dado cuenta muy bien de que no había fecha, pero, si esa carta estuviera en manos de los Tribunales, se interrogaría a los boys, y dirían inmediatamente que se había llevado una carta a Hammond el día de su muerte.
       La señora Crosbie se retorció las manos y se hundió en su silla como si fuera a desmayarse.
       —Le juro que no he escrito esa carta.
       El señor Joyce guardó silencio. Desvió los ojos del pobre rostro en angustia y miró al suelo.
       Reflexionaba.
       —Por consiguiente, no tenemos necesidad de proseguir esta conversación —dijo lentamente—. Si el detentor de la carta juzga conveniente entregarla a la justicia, estará usted prevenida.
       Estas palabras dejaban entender que no había nada que agregar, pero él no intentó levantarse. Esperó.
       El tiempo le parecía largo. No miraba a Leslie, que permanecía sentada sin decir nada. Por fin, fue él quien habló:
       —Si no tiene nada que confiarme, voy a regresar a mi oficina.
       —¿Qué efecto piensa usted que produciría esta carta sobre alguien que la leyera? —preguntó ella por fin.
       —Diría que usted había mentido —le descargó el señor Joyce.
       —¿Cuándo?
       —Usted ha sostenido con insistencia que no había tenido ninguna relación con el señor Hammond desde hacía tres meses.
       —Todo este proceso me había trastornado. Esa terrible noche se me aparece como una pesadilla.
       ¿Qué de extraño que se haya escapado un detalle?
       —Es lamentable que conserve un recuerdo tan preciso de las menores particularidades de su entrevista con Hammond, y que al mismo tiempo se le escape el punto capital: su deseo formalmente expresado de que Hammond viniera a su casa.
       —No lo había olvidado; pero, después de lo que sucedió, no quería contarlo.
       ¿Quién habría admitido mi historia si hubiera reconocido que vino por mi llamado?
       Sé bien que era un error, pero perdí la cabeza y, después de haber dicho una vez que no tenía ninguna relación con Hammond, no podía retractarme.
       Ahora, Leslie había recobrado su admirable sangre fría, y oponía su candidez a la escéptica sonrisa del señor Joyce.
       Tanta dulzura desarmaba.
       —Se verá obligada a explicar por qué escogió, para invitar a Hammond, la noche en que Roberto estaba ausente.
       Los ojos de Leslie se fijaron en el abogado. Hasta aquí no le había llamado la atención. En este instante, agrandados por el terror, los encontró hermosos. Ella continuó con voz temblorosa:
       —Quería dar una sorpresa a Roberto. Su cumpleaños es el próximo mes.
       Deseaba ofrecerle un nuevo fusil, y usted sabe cuán inútil soy en lo que concierne a deporte. Contaba con Godofredo para que se encargara del asunto.
       —Tal vez los términos de la carta no están muy presentes en su memoria.
       ¿Quiere releerla?
       —No; no quiero —dijo con vivacidad.
       —¿Y es así como una mujer escribe a una de sus relaciones a quien va a consultar sobre la compra de un fusil?
       —Confieso, en efecto, que esa carta puede sorprender, pero usted sabe que soy impulsiva y no peso siempre mis palabras. Reconozco que es estúpido —sonrió—. Y, por otra parte, Godofredo Hammond no era un amigo corriente. Durante su enfermedad lo cuidé yo como una madre, y si le pedí que viniera en ausencia de mi marido, era porque a éste no le gustaba encontrarlo.
       El señor Joyce se levantó y se puso a pasear a lo largo de la pieza. Meditaba sobre lo que iba a decir. Volvió a apoyarse sobre el respaldo de la silla. Por fin, comenzó con un tono de profunda gravedad.
       —Señora, le voy a hablar muy seriamente. Este proceso se me aparecía como muy sencillo. Un solo punto me inquietaba: por lo que podía juzgar, usted hizo fuego lo menos cuatro veces sobre Hammond cuando éste yacía por tierra.
       Parecía singular que una mujer delicada, frágil, en general tan dueña de sí, hubiera sido poseída súbitamente por tal frenesí.
       En rigor, podía admitirlo. A pesar de la estimación general de que gozaba Hammond, me preparaba a alegar que era de esos hombres capaces de la violencia de que usted lo acusa.
       El hecho de que se hubiera sabido que vivía con una china nos colocaba en un terreno favorable y le quitaba una buena parte de la simpatía pública. Habríamos explotado la reprobación que relaciones de ese género levantan siempre entre personas respetables. Le decía esta mañana a su marido que estaba seguro del sobreseimiento, y no se lo decía para consolarlo. Creo que el jurado no se habría ni aun retirado para deliberar.
       Los ojos de Leslie miraban fijamente los del señor Joyce. Se hubiera dicho un pajarito fascinado por una serpiente. El señor Joyce prosiguió con el mismo tono inexorable:
       —Pero esta carta arroja una luz completamente nueva sobre el proceso. Soy un abogado. La representaré ante la Corte. Sostendré la versión que usted me propone, y organizaré, en consecuencia, mi sistema de defensa. Puede suceder que le crea, puede también que dude. Mi deber de abogado es persuadir a la Corte de que su caso excluye todo veredicto de culpabilidad. En cuanto a mi opinión personal, no tiene importancia.
       Con gran sorpresa, creyó notar en Leslie una expresión de ironía.
       Molesto, continuó más secamente:
       —No negará ya que Hammond vino por su invitación, y yo iré más lejos: ¿por su ardiente invitación? La señora Crosbie vaciló. Pareció reflexionar.
       —Se puede probar que la carta la llevó uno de mis boys. Fue en bicicleta.
       —La credulidad tiene sus límites. ¿Qué sospechas no hará nacer esta carta? No me atrevo a decirle lo que yo mismo he pensado. No le pregunto nada, excepto lo que se necesita para salvar su cabeza.
       La señora Crosbie lanzó un grito agudo. Verde de terror, saltó:
       —Sin embargo, ¿no me ahorcarán?
       —Si llegaran a probar que no había matado para defenderse, sería un deber de los jueces aportar un veredicto de culpabilidad. Se trataría entonces de un asesinato. Y la Corte no podría sino pronunciar la sentencia de muerte.
       —Pero ¿qué pueden probar?
       —No sé lo que pueden probar. Usted lo sabe. Yo no deseo saberlo. Pero si se despiertan las sospechas, si se lanza esta pista y se interroga a los indígenas, ¿qué se descubrirá? Ella se hizo muy pequeña y se desplomó antes que él pudiera sostenerla. Se había desmayado. En vano buscó agua a su alrededor.
       Sin embargo, no llamó. A toda costa, ningún testigo. La tendió en el suelo.
       Cuando abrió los ojos, su expresión lo turbó.
       —No se mueva —dijo—. Estará mejor dentro de un momento.
       —¡No dejará usted que me cuelguen! —imploró ella.
       Convulsivos sollozos la sacudían. En voz baja, él se esforzaba en calmarla:
       —¡En nombre del cielo, vuelva en sí!
       —Espere un minuto.
       A fuerza de voluntad, estuvo pronto más tranquila.
       —Ayúdeme a levantarme.
       Él le tendió la mano y la puso en pie. Apoyada en su brazo, volvió a su silla, donde se hundió.
       —No me hable —dijo.
       —¡Sea! Cuando por fin ella se decidió, fue para decir algo inesperado:
       —¡En qué apuro me he metido! —suspiró.
       Él no respondió y de nuevo se hizo el silencio.
       —¿Es, pues, imposible conseguir esa carta?
       —Supongo que no me habrían hablado si la persona que la conserva no estuviera dispuesta a vendérmela.
       —¿Quién es?
       —¡La china de Hammond, caramba! Las mejillas de Leslie se inflamaron.
       —¿Pide muy caro?
       —Me imagino que se da perfecta cuenta de su valor. ¡Qué suma enorme va a pedir!
       —¿Va usted a dejarme colgar?
       —¿Se imagina que sea tan sencillo entrar en posesión de una pieza de convicción tan inesperada? Es lo mismo que sobornar a un testigo. No debería ni siquiera escuchar semejante proposición.
       —Entonces, ¿qué va a ser de mí?
       —La justicia seguirá su curso.
       Ella palideció. Un escalofrío la sacudió.
       —Pongo mi suerte en sus manos.
       Sé muy bien que no tengo derecho a pedirle que cometa una acción poco delicada.
       El señor Joyce, sorprendido por esa voz conmovida, que el habitual dominio de Leslie hacía más emocionante aún, se sintió enternecido. Lo miraba con ojos humildes.
       Comprendió que si rechazaba su llamada, esa mirada lo perseguiría toda su vida.
       Después de todo, nada resucitaría al desgraciado Hammond. ¿Cuál podía ser la verdadera explicación de esa carta? Cabía pensar que ella no había matado sin provocación. A fuerza de vivir en Oriente, el señor Joyce había perdido un poco de la rigidez profesional. Miraba con obstinación al parquet. Le costaba trabajo hacerse a la idea de una intervención que juzgaba indigna de él. Las palabras se le apretaban en la garganta, y se sentía furioso contra Leslie.
       —No conozco la exacta situación de fortuna de su marido.
       Leslie tembló de esperanza.
       —Tiene muchas acciones en las minas de estaño e intereses en dos o tres plantaciones de caucho. Supongo que podrá procurarse dinero.
       —Pero habría que decirle para qué.
       Ella permaneció un instante pensativa.
       —Me ama. Para salvarme hará cualquier sacrificio. ¿Es indispensable mostrarle la carta? El señor Joyce tuvo un estremecimiento. Ella se apresuró en continuar.
       —Roberto es un antiguo amigo suyo. No le pido nada para mí. Le pido que ayude a un hombre bueno que sólo ha tenido para con usted un correcto proceder.
       El señor Joyce no respondió.
       Se levantó para partir, y la señora Crosbie, con su gracia reconquistada, le tendió la mano. A pesar de su emoción supo dominarse para despedirse de él como mujer de mundo.
       —Es mucha amabilidad de su parte molestarse tanto por mí.
       No sé cómo expresarle mi agradecimiento.
       El señor Joyce volvió a su estudio. Se sentó en silencio y reflexionó. Los escalofríos lo helaban. Al fin, el golpe discreto que esperaba resonó en la puerta.
       Ong Chi Seng entró.
       —Iba justamente a salir para almorzar, señor.
       —Muy bien.
       —Venía a preguntarle si me necesitaba, señor.
       —No creo. ¿Le dio una nueva cita al señor Reed?
       —Sí, señor. Vendrá a las tres.
       —Bueno.
       Ong Chi Seng se dirigió hacia la puerta. Sus afilados dedos habían cogido ya el tirador, cuando se volvió repentinamente como para acabar su pensamiento:
       —¿No tiene nada que mandar decir a mi amigo, señor?
       —¿A qué amigo?
       —Al de la carta de la señora Crosbie al difunto Hammond, señor.
       —¡Oh, lo había olvidado! Le hablé a la señora Crosbie. Niega haber escrito esa carta. Es ciertamente una falsedad.
       El señor Joyce sacó la copia de su bolsillo y la tendió a Ong Chi Seng, que hizo como que no notaba este gesto.
       —En este caso, señor, no ve, sin duda, inconveniente en que mi amigo la remita a los Tribunales.
       —Ninguno. Pero no comprendo muy bien lo que ganará con ello su amigo.
       —Mi amigo, señor, piensa que es un deber ayudar a la justicia.
       —Soy el último de los hombres que quiera disuadir a alguien a cumplir con su deber, Chi Seng.
       Sus ojos se encontraron. Se habían comprendido, pero nada en sus actitudes lo dejaba traslucir.
       —Comprendo, señor. Pero, según lo que sé del proceso Crosbie, estimo que la exhibición de esta carta no puede ser sino muy perjudicial a nuestro cliente.
       —Siempre he tenido una alta opinión de su sentido jurídico, Chi Seng.
       —Por eso se me ocurrió, señor, que si llegaba a persuadir a mi amigo que decidiera a la china a entregarnos la carta, esto podría evitar muchas molestias.
       El señor Joyce pareció sumergirse entre sus papelones.
       —Supongo que su amigo es un hombre de negocios. ¿A qué precio piensa usted que querría deshacerse de esa carta?
       —No está en sus manos. Es la china quien la retiene. Ella no sospechaba, por otra parte, su valor antes que mi amigo, su pariente, se lo hubo revelado.
       —¿Y qué valor le atribuye él?
       —Diez mil dólares, señor.
       —¡Gran Dios! ¿Dónde diablos quiere usted que la señora Crosbie encuentre esos diez mil dólares? Le digo que esa carta es una falsedad.
       Al mismo tiempo que hablaba, vigilaba a Ong Chi Seng con el rabo del ojo, pero su indignación dejó impasible al secretario.
       Permanecía en pie, al lado de la mesa, cumplido, frío, escrutador.
       —El señor Crosbie posee la octava parte de la plantación de Betong y la sexta de la del río de Selantan. Tengo un amigo que le prestaría con mucho gusto dinero sobre sus propiedades.
       —Tiene usted relaciones muy extensas, Chi Seng.
       —Seguramente, señor.
       —¡Pues bien!, puede decirles que se vayan al diablo. No aconsejaría jamás al señor Crosbie que diera un centavo más de cinco mil dólares por una carta que puede, por otra parte, explicarse tan fácilmente.
       —La china no aceptará, señor.
       Mi amigo se ha demorado mucho en convencerla, y es completamente inútil hacerle un ofrecimiento inferior a la suma que le he indicado.
       El señor Joyce miró largamente a Ong Chi Seng. El secretario soportó este examen sin molestia. Con los ojos bajos, conservaba su actitud deferente. El señor Joyce conocía a su hombre. ¿Cuánto le correspondería en el negocio a este zorro de Chi Seng?
       —Diez mil dólares es mucho.
       —El señor Crosbie preferiría pagarlos, señor, antes de ver a su mujer ajusticiada.
       De nuevo el señor Joyce reflexionó. ¿Chi Seng sabía más de lo que confesaba?
       Debía de estar muy seguro de su fuerza para mostrarse tan intratable. Esa suma debió de ser fijada por alguien igualmente al corriente del asunto y de la fortuna de Crosbie.
       —¿Dónde está la china en este momento?
       —Espera en la casa de mi amigo, señor.
       —¿Vendrá aquí?
       —Será preferible que usted mismo vaya allí, señor. Lo puedo guiar de noche, y ella le entregará la carta. Es una mujer sencilla, señor. No sabe lo que es un cheque.
       —No he pensado nunca darle un cheque. Llevaré billetes de Banco.
       —Pero sería perder un tiempo precioso llevarle menos de diez mil dólares, señor.
       —He comprendido.
       —Inmediatamente después del almuerzo iré a ver a mi amigo, señor.
       —Muy bien. Venga a buscarme a la puerta de mi club esta noche a las diez.
       —A sus órdenes, señor.
       Con un correcto saludo, abandonó la pieza. El señor Joyce se dirigió al club para almorzar. Como lo esperaba, vio a Crosbie muy acompañado. Al pasar, el señor Joyce le tocó el hombro.
       —Tengo dos palabras que decirle.
       —A su disposición.
       El plan del señor Joyce estaba trazado. Jugó al bridge para ganar tiempo.
       Pronto los salones del club iban a quedar vacíos. Para una conversación tan delicada, su escritorio, verdaderamente, no convenía. Pronto Crosbie vino a la sala de juego y esperó el fin de la partida. Los demás jugadores se fueron a sus negocios, y los dos amigos quedaron solos.
       —Nos sucede un asunto más bien desagradable, viejo —comenzó Joyce con un tono que se esforzaba en ser natural—. Parece que su mujer había escrito a Hammond para pedirle que viniera a su casa la noche en que lo mató.
       —Pero ¡es imposible! Siempre ha dicho que no ha tenido ninguna comunicación con él. Sé que no lo veía desde hacía dos meses.
       —El hecho cierto es que la carta existe. Está en manos de esa china que vivía con Hammond. Su mujer tenía la intención de hacerle a usted un regalo para su día y pensaba pedir a Hammond que la ayudara a escogerlo. En su emoción, después de la tragedia, olvidó completamente ese detalle y, habiendo comenzado por negar que hubiera tenido la menor relación con Hammond, no se ha atrevido a retractarse. Es ciertamente muy molesto, pero, en suma, bastante comprensible.
       Crosbie no decía una palabra.
       Su hermoso rostro expresaba un estupor tan completo, que el señor Joyce se exasperó. En general, su paciencia con los imbéciles era escasa, pero la angustia de Crosbie, después del crimen, lo había conmovido, y la señora Crosbie lo enterneció al decirle: “Haga esto no por mí, sino por mi marido”.
       —¿Necesito decírselo? Si esta carta cae en manos de los tribunales, será muy grave. Su mujer ha mentido, y le pedirán que explique su mentira. Usted comprende que es una historia completamente diferente si Hammond no fue en su casa un huésped imprevisto e indiscreto, o si, bien al contrario, vino por una invitación. Ese hecho no dejará de despertar en el espíritu de los jueces sospechas peligrosas.
       El señor Joyce vaciló. Era el momento decisivo.
       Crosbie estaba lejos de sospechar el sacrificio que iba a imponerse por él el íntegro abogado de su mujer. En otra circunstancia, tanta ingenuidad se habría prestado a risas.
       —Mi querido Roberto, usted no solamente es mi cliente, sino también mi amigo.
       Hay que recoger esa carta y eso costará caro.
       —¿Cuánto?
       —Diez mil dólares.
       —¡Diablos! Es mucho. Con los gastos y todo el ruido, lo que tengo se va a ir ahí.
       —¿Puede encontrar esta suma inmediatamente?
       —Supongo que sí. El viejo Carlos Mendow me la adelantará por mis acciones de estaño y por mis plantaciones en las que tengo intereses.
       —Entonces, ¿convenido?
       —¿Es absolutamente necesario?
       —Sí, si desea que su mujer sea absuelta.
       Crosbie se puso carmesí. Las comisuras de sus labios descendieron.
       —Pero… —no hallaba las palabras; su rostro ahora se ponía violeta—. Pero no comprendo. Ella se explicará. ¿No quiere decir que van a declararla culpable?
       ¿No irán a ahorcarla por haber exterminado a una bestia dañina?
       —No creo que la ahorquen. Sin duda, la juzgarán culpable de homicidio involuntario. Probablemente la condenarán por dos o tres años.
       Crosbie dio un salto. El horror desfiguraba sus rasgos.
       —¡Tres años! Algo pareció entonces despertar su lenta inteligencia. En la oscuridad de su cerebro pasó como un relámpago. El señor Joyce notó que las gruesas manos de Crosbie, endurecidas por los trabajos manuales, temblaban.
       —¿Qué regalo quería ella hacerme?
       —Me dijo que quería ofrecerle un fusil.
       Una vez más la sangre inyectó el rostro del lastimoso marido.
       —¿Para cuándo necesita el dinero? Su voz tenía ahora un timbre extraño. Se hubiera dicho que manos invisibles le apretaban la garganta.
       —Esta noche a las diez. Podrá llevármelo a mi oficina hacia las seis.
       —¿Vendrá la mujer donde nosotros?
       —No. Yo iré a su casa.
       —Yo le entregaré el dinero.
       Lo acompañaré.
       El señor Joyce le echó una mirada.
       —¿Cree usted que sea necesario? Déjeme arreglar a mí este asunto.
       —Es mi dinero, ¿eh? Insisto en ir.
       El señor Joyce se encogió de hombros. Se levantaron y se apretaron las manos.
       El señor Joyce observaba a su amigo con curiosidad.
       A las diez se encontraron en el club.
       —¿Está todo en regla? —preguntó Joyce.
       —Sí, tengo conmigo el dinero.
       —Entonces, en marcha.
       Bajaron. El coche del señor Joyce los esperaba en la plaza silenciosa, y, cuando lo alcanzaron, Ong Chi Seng surgió de la sombra de un pórtico. Subió al lado del chofer para indicarle el camino. Bordearon el Hotel Europa y doblaron frente a la Casa del Marino, para tomar la calle Victoria. Ahí estaban todavía abiertas las tiendas chinas, algunos transeúntes se paseaban, y el movimiento de los coches de mano y de los automóviles daba animación a la calzada. Repentinamente el auto se detuvo, y Chi Seng se volvió.
       —Ahora creo que sería mejor continuar a pie, señor —dijo.
       Descendieron y él tomó la delantera. Joyce y Crosbie le seguían a dos o tres pasos. Por fin, les rogó que se detuvieran:
       —Esperen aquí, señores. Voy a prevenir a mi amigo.
       Entró en una tienda abierta a la calle. Tres o cuatro chinos estaban detrás del mostrador. Era una de esas extrañas tiendas sin escaparates; uno se pregunta qué es lo que puede venderse allí. Vieron a Chi Seng que se dirigía a un hombre grueso de traje blanco, con una larga cadena de oro en el chaleco. El desconocido echó una rápida mirada a la noche y tendió una llave a Chi Seng.
       Éste hizo una seña a sus dos compañeros y se deslizó por un pórtico al lado de la tienda. Le siguieron y se encontraron al pie de una escalera.
       —¡Perdón, señores! Voy a alumbrarles —dijo Chi Seng, siempre hombre de recursos—. Suban ahora.
       Los precedió sosteniendo en la mano una cerilla japonesa, que disipaba apenas la oscuridad, y subieron tras él. En el primer piso abrió una puerta cerrada con llave y encendió el gas.
       —Entren, por favor —dijo.
       Era una piececita cuadrada con una sola ventana. Dos lechos chinos desaparecían bajo unas esteras.
       En un ángulo, un gran cofre de complicada cerradura y, sobre la tapa, una bandeja sórdida con una pipa de opio y una lámpara. El acre olor de la droga flotaba en la pieza.
       Se sentaron. Ong Chi Seng les ofreció cigarrillos. En el mismo instante, la puerta se abrió ante el chino gordo que había detrás del mostrador. Les dio las buenas tardes en un inglés correcto y se sentó al lado de su compatriota.
       —La mujer viene inmediatamente —dijo Chi Seng.
       Un “boy” del almacén trajo té.
       Crosbie rehusó. Los chinos cuchichearon entre ellos, pero Crosbie y Joyce permanecían silenciosos.
       Al fin se oyó una voz. Alguien llamaba en sordina. El chino gordo fue a abrir, y, después de un breve diálogo, introdujo a una mujer.
       Desde la muerte de Hammond, el señor Joyce había oído hablar mucho de ella sin conocerla. Era una persona robusta, no muy joven, de pómulos salientes. Su rostro estaba empolvado y compuesto. Una línea negra le avivaba las cejas. Se adivinaba bajo esta máscara impasible una voluntad y un carácter.
       Una camisa blanca y un paletó azul claro le formaban un traje medio europeo, medio chino. Los pies, muy pequeños, calzaban unas babuchas chinas de seda.
       Pesadas cadenas de oro pendían de su cuello, brazaletes de oro adornaban sus muñecas. En las orejas, aros de oro, y en la cabellera de ébano, horquillas de oro labrado. Entró con pasos lentos, segura de sí misma; y se sentó en el lecho, al lado de Ong Chi Seng. Él le murmuró algo al oído. Ella se inclinó y lanzó una mirada indiferente a los dos blancos.
       —¿Tiene la carta? —preguntó el señor Joyce.
       Crosbie no dijo nada. Sacó un fajo de billetes de quinientos dólares, contó veinte y los tendió a Chi Seng.
       —¿Quiere volver a contar? El secretario los contó y se los pasó a su amigo.
       —La cuenta está exacta, señor.
       El chino grueso los contó a su vez y los metió en su bolsillo. De nuevo habló a la mujer. Ella buscó una carta en su corpiño. Chi Seng la reconoció.
       —Éste es el documento, señor —dijo.
       Iba a dárselo al señor Joyce, cuando Crosbie se lo arrebató de las manos.
       —¡Quiero verlo! —exclamó.
       El señor Joyce trató de volverlo a tomar.
       —Déme eso.
       Crosbie dobló la carta con cuidado y se la metió al bolsillo.
       —No, la guardo. Me cuesta bastante caro. El señor Joyce no insistió. Los tres chinos notaron el incidente, pero permanecieron impasibles. Nada traicionó sus pensamientos. El señor Joyce se levantó.
       —¿Tiene aún necesidad de mí esta noche, señor? —dijo Ong Chi Seng.
       —No.
       Sabía que el secretario deseaba quedarse el último para reclamar su comisión, y se volvió hacia Crosbie.
       —¿Vamos? Sin responder, Crosbie se levantó. El chino fue a la puerta y la abrió.
       Chi Seng encendió un cabo de vela. Los dos chinos los acompañaron fuera. En el umbral de la casa, los chinos los dejaron y volvieron a subir.
       —¿Qué va a hacer con esa carta? —preguntó el señor Joyce.
       —Guardarla.
       Volvieron al coche. El señor Joyce ofreció a su amigo llevarlo.
       Crosbie hizo un gesto de rechazo.
       —Gracias, prefiero caminar.
       Vaciló. Cuando se separaban, agregó:
       —Iba a Singapur, el día de la muerte de Hammond, precisamente para comprar un nuevo fusil, que uno de mis compañeros estaba dispuesto a venderme.
       Buenas noches.
       Y desapareció en la sombra.
       El señor Joyce estaba ahora seguro de su éxito. Los Jueces llegaron al Tribunal decididos a absolver a la señora Crosbie. Su actitud hablaba en su favor. Ella contó su caso con sencillez y franqueza. El abogado general, bien dispuesto, cumplía su tarea muy a su pesar. Hacía las preguntas indispensables con aire de excusarse.
       Su requisitoria pudo ser una defensa, y los jurados no se demoraron cinco minutos en dar el veredicto que todos esperaban. Fue imposible impedir que la multitud que llenaba el Tribunal estallara en aplausos. El juez felicitó a la señora Crosbie.
       Estaba libre.
       Nadie se había mostrado más encarnizada contra Hammond que la señora Joyce. Era una buena amiga. Segura, como todo el mundo, del resultado del proceso, había querido recibir a los Crosbie en su casa después del veredicto hasta el momento en que sus negocios les permitieran abandonar el país.
       ¿Podía dejarse a esta heroica Leslie volver al bungalow dónde había ocurrido esa horrible cosa? El veredicto fue dado a las doce y media. Cuando llegaron a casa de los Joyce, les esperaba un suntuoso almuerzo. Los cocktails estaban preparados. Toda Malasia conocía los famosos million dollar cocktails de la señora Joyce. Se bebió a la salud de Leslie. Siempre conversadora y animada, la señora Joyce se sobrepasó.
       Caía bien, pues los invitados permanecían silenciosos. La señora Joyce no se sorprendió: su marido no era nunca muy locuaz, y los Crosbie sufrían las consecuencias de su larga prueba. Durante el almuerzo prosiguió su brillante y espiritual monólogo. Por fin se sirvió el café.
       —¡Vamos, niños! —propuso ella con animación—, les aconsejo que vayan a descansar, y después del té los llevaré en coche a dar una vuelta por la playa.
       El señor Joyce, que había almorzado en su casa por una excepción, debía regresar a su oficina.
       —Siento mucho, señora —dijo Crosbie—. Me veo obligado a salir para la plantación.
       —¿Hoy?
       —Sí, en este mismo instante.
       La he descuidado mucho tiempo, y negocios urgentes me llaman. Pero le estaré muy agradecido si guarda a Leslie hasta que hayamos tomado una decisión.
       La señora Joyce iba a insistir. Su marido se lo impidió:
       —Si tiene necesidad de irse, no insista.
       Algo en el tono llamó la atención de su mujer. Se calló, y hubo un silencio. Por último, Crosbie habló:
       —Si me lo permite, voy a ponerme en camino para llegar antes de la noche. Se levantó de la mesa.
       —¿Vienes a dejarme, Leslie?
       —¡Ciertamente! Salieron juntos.
       —No lo comprendo —dijo la señora Joyce—. ¿Cómo no se da cuenta de que Leslie habría deseado estar con él hoy?
       —Estoy seguro de que no partiría si no fuera absolutamente necesario.
       —En fin, voy a ver si la pieza de Leslie está lista. Tiene necesidad de un descanso completo y también de distracción.
       La señora Joyce abandonó la pieza, y el abogado se volvió a sentar. Muy pronto oyó que Crosbie ponía en marcha el motor de su motocicleta y se alejaba por la avenida. Se levantó y pasó al salón. La señora Crosbie estaba de pie en medio de la pieza, con la mirada vaga y una carta en la mano.
       Ella le dio una mirada y él notó que estaba muy pálida.
       —Él sabe —balbuceó.
       El señor Joyce se aproximó y le cogió la carta. Encendió una cerilla y prendió fuego al papel.
       Ella lo miró cómo se quemaba.
       Cuando el señor Joyce no pudo ya sostenerlo, lo arrojó al suelo, y sus miradas se inmovilizaron sobre la hoja ennegrecida y ondulada.
       Al fin, con el pie la redujo a cenizas.
       —¿Qué sabe? Ella le dio una larga, larga mirada, y por sus ojos pasó una expresión extraña. ¿Desprecio o desesperanza? El señor Joyce no pudo discernirlo.
       —Sabe que Godofredo era mi amante.
       El señor Joyce no hizo un gesto ni pronunció una sola palabra.
       —… Mi amante desde hacía años. Esto comenzó casi inmediatamente después de su regreso de la guerra. Había que tener mucho cuidado. En cuanto me convertí en su amante, fingí tomarle ojeriza. Ya no se le vio en casa sino raras veces.
       Nos encontrábamos en otra parte dos o tres veces por semana y, cuando Roberto iba a Singapur, Godofredo venía al bungalow, por la noche, inmediatamente que los boys se retiraban. Nos veíamos siempre, y nadie sospechaba. Pero, hace un año, comenzó a cambiar. Yo no comprendía por qué.
       No podía creer que ya no me quisiera. Él protestaba siempre de lo contrario.
       Me volvía loca. Le hacía escenas.
       A veces tenía la impresión de que me odiaba. ¡Oh, si supiera usted por lo que he pasado! Era un infierno. Sentía que estaba hastiado de mí y yo no me decidía a devolverle su libertad. ¡Qué miseria! ¡Qué miseria! Lo amaba. Le había sacrificado todo. Era toda mi vida… Un día supe que vivía con una china. No podía creerlo. Fue preciso que la viera con mis ojos pasearse por la aldea, con sus brazaletes de oro y sus collares, a esa gruesa vaca china. ¡Más vieja que yo!
       ¡Qué abyección! Toda la aldea sabía que era su querida. Y cuando pasé a su lado, me miró de hito en hito. Sabía que yo, también, era amante de Godofredo.
       Mandé a buscar a Godofredo, le dije que quería hablarle. Usted leyó mi carta.
       Era una demencia escribirle. Ya no sabía lo que hacía, todo me era igual. No lo había visto desde hacía diez días.
       ¡Una eternidad! ¡Y pensar que la última vez, al separarnos, me estrechó contra su corazón diciéndome que no me atormentara! ¡Y se había precipitado de mis brazos a los de la otra! Hablaba en voz baja, cortando las palabras.
       Repentinamente se interrumpió y se retorció las manos.
       —¡Esa maldita carta! ¡Siempre fuimos muy prudentes! Destrozaba mis menores palabras después de haberlas leído. ¿Cómo iba a sospechar que había conservado ésta? Vino, y le dije que estaba al corriente de lo de la china. Negó.
       Pretendió que eran habladurías.
       Estaba fuera de mí. No recuerdo ya lo que le respondí. ¡Oh, en ese momento lo detestaba! Buscaba lo que podía herirlo. Lo insulté.
       Con gusto le hubiera escupido el rostro. Por fin, contestó. Me dijo que estaba hastiado de mí, que su único deseo era no volverme a ver jamás, que yo le repugnaba. Y confesó lo de la china. La conocía desde hacía años, antes de la guerra, y era la única mujer que verdaderamente le interesaba. Las demás, ¡simples entretenimientos! Y dijo que estaba contento de que yo supiera la verdad, pues iba, por fin, a dejarlo en paz. No supe lo que pasó. Perdí la cabeza.
       Vi rojo, cogí el revólver e hice fuego. Por el grito que lanzó comprendí que lo había herido. Se tambaleó y corrió hacia la galería.
       Corrí entonces tras él y disparé aún. Cayó y disparé bala tras bala, hasta que el revólver hizo “clic, clic”, y ¡hasta que estuve segura de que no quedaba ningún proyectil! Sin aliento, se detuvo por fin.
       Su rostro ya no tenía nada de humano. La crueldad, la rabia, el dolor, lo descomponían. Jamás se habría podido creer a esta mujer, delicada y fina, capaz de tanta maldad. El señor Joyce retrocedió, espantado. Sólo tenía ante él una máscara gesticulante, horrorosa.
       —Venga, Leslie querida —llamó repentinamente la voz cordial de la buena señora Joyce—. Su pieza la espera. Debe de estar muerta de sueño.
       Poco a poco los rasgos de la señora Crosbie se distendieron.
       La pasión que crispaba su rostro se desvaneció, como si se hubiera alisado un papel ajado. En un instante su expresión volvió a ser tranquila y cándida.
       Estaba aún pálida, pero sobre sus labios renacía una dulce sonrisa. Volvía a ser, en su exterior, la mujer bien educada y distinguida.
       —Voy, querida.



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