W. Somerset Maugham
(París, Francia, 1874 - Niza, Francia, 1965)


Lord Mountdrago (1939)
(“Lord Mountdrago”)
Originalmente publicado, como “Doctor and Patient”, en
Hearst’s International, Combined with Cosmopolitan Magazine (febrero de 1939);
The Mixture as Before
(Londres, Toronto: William Heinemann Ltd., 1940, 292 págs.;
(Garden City, Nueva York: Doubleday, Doran and Co., 1940, 310 págs.)



      El doctor Audlin lanzó una mirada al reloj que había sobre su escritorio. Eran las seis menos veinte. Le sorprendió que su paciente se retrasase, pues lord Mountdrago se envanecía de su puntualidad. Con su modo sentencioso de expresarse, que confería a la observación más trivial el tono de un epigrama, solía decir que la puntualidad es un cumplido que se hace a los inteligentes y un reproche que se administra a los estúpidos. Lord Mountdrago estaba citado para las cinco y media.
       No había en el aspecto del doctor Audlin nada que llamase la atención. Era alto y más bien enjuto, estrecho de hombros y un tanto encorvado; su cabello era gris y ralo, y muy arrugado su rostro largo y cetrino. No tenía más de cincuenta años, pero parecía más viejo. Sus claros ojos azules demostraban cansancio. Cuando se había permanecido con él durante un rato se advertía que esos ojos se movían muy poco; quedaban fijos en el rostro del interlocutor, pero tan faltos de expresión que no producían desasosiego. Raramente se iluminaban; no proporcionaban indicios de sus pensamientos, ni se alteraban con las cosas que decía. Cualquier observador se hubiese sentido impresionado al ver que el doctor Audlin parpadeaba con mucha menos frecuencia que la mayoría de los hombres. Sus manos eran un poco grandes, de dedos largos y afilados; suaves pero firmes, tibias pero no pegajosas. A menos que se hubiera observado detenidamente, nunca se hubiese podido decir qué era lo que llevaba puesto el doctor Audlin. Sus trajes eran oscuros, y su corbata negra. Su vestimenta hacía más pálido su rostro cetrino y arrugado y más descoloridos sus ojos claros. Producía la impresión de un hombre sumamente enfermo.
       El doctor Audlin era psiquiatra. Había abrazado la profesión por accidente, y la practicaba con recelo. Cuando la guerra estalló, hacía poco que había obtenido el título, y se hallaba realizando prácticas y adquiriendo experiencia en varios hospitales. Ofreció sus servicios a las autoridades, y poco tiempo después se le envió a Francia. Fué entonces cuando descubrió el don singular que poseía. Podía aliviar ciertos sufrimientos mediante el toque de sus manos tibias y firmes, y con sólo hablarles provocaba el sueño en hombres que padecían de insomnio. El doctor Audlin hablaba lentamente. Su voz carecía de matices, y el tono de la misma no se alteraba con las palabras que pronunciaba; pero era una voz musical, suave y arrulladora. El doctor Audlin decía a los hombres que debían descansar, que no tenían por qué preocuparse, que debían dormir, y el descanso se introducía furtivamente en los cuerpos cansados, la tranquilidad expulsaba sus inquietudes como un hombre que consigue un lugar en un banco atestado, y un sueño suave y tranquilo caía sobre sus párpados como la leve lluvia de la primavera sobre la tierra renovada. El doctor Audlin descubrió que al hablar a los hombres con su voz baja y monótona, al mirarlos con sus ojos inmóviles y descoloridos, al acariciar sus frentes fatigadas con sus manos largas y firmes, podía mitigar sus perturbaciones, resolver los conflictos que los enloquecían y ahuyentar los odios que hacían de las vidas de tales hombres un tormento. En ocasiones realizó curaciones que parecieron milagrosas. Devolvió el habla a un hombre que, tras de haber quedado sepultado bajo tierra por una granada explosiva, se había quedado mudo, y restituyó el uso de sus extremidades inferiores a otro que había quedado paralizado después de estrellarse con un aeroplano. El doctor Audlin no podía comprender su poder. Era de índole escéptica, y a pesar de que se dice que en casos como el suyo lo primero que hay que hacer es creer en sí mismo, nunca lo logró totalmente; sólo el éxito en sus actividades, manifiesto hasta para el observador más incrédulo, era lo que le obligaba a admitir que poseía alguna facultad, cuyo origen desconocía, oscura e incierta, que le permitía hacer cosas de las cuales no podía ofrecer explicación alguna. Cuando hubo terminado la guerra marchó a Viena, y luego se trasladó a Zurich. Posteriormente se estableció en Londres para practicar el arte que había adquirido de modo tan extraño. Hacía ya quince años que ejercía, y había alcanzado en su especialidad una singular reputación. La gente comentaba las curas sorprendentes que Audlin había realizado, y si bien los honorarios del doctor eran elevados, tenía más pacientes de los que su tiempo le permitía atender. El doctor Audlin tenía en su haber algunos éxitos extraordinarios; había salvado a varios hombres del suicidio y del manicomio; había aplacado dolores que amargaban vidas valiosas; había transformado matrimonios desdichados en matrimonios felices; había extirpado instintos anormales y liberado a no pocos seres de una odiosa servidumbre; había proporcionado salud a enfermos del espíritu… Había hecho todo esto, y, sin embargo, en lo más escondido de su mente subsistía la sospecha de que él era poco más que un charlatán.
       Se oponía a su índole el ejercitar un poder que no alcanzaba a comprender, y era un agravio para su honradez aprovecharse de la fe de la gente a la que atendía, cuando en realidad no tenía fe en sí mismo. Ya era suficientemente rico para poder vivir sin trabajar. Además, el trabajo le agotaba; una docena de veces estuvo a punto de abandonar el ejercicio de su profesión. Conocía todo lo que Freud, Jung y los demás habían escrito. No se daba por satisfecho. Poseía el íntimo convencimiento que las teorías de estos señores eran imposturas; y, sin embargo, allí estaban los resultados, incomprensibles, pero evidentes. ¿Y cuánto no había conocido de la naturaleza humana durante los quince años en que los pacientes habían estado desfilando por la deslucida habitación trasera de Wimpole Street? Las revelaciones que habían sido vertidas en sus oídos, algunas veces con demasiada complacencia, otras con rubor, con reticencia o con irrigación, hacía tiempo que habían dejado de sorprenderle. Sabía ya que los hombres eran mentirosos; sabía cuan extravagante era la vanidad que los dominaba; sabía cosas mucho peores acerca de ellos; pero comprendía que no era de su incumbencia juzgar o condenar. No obstante, año tras año, a medida que estas terribles confidencias le eran transmitidas, su rostro se tornó algo más ceniciento, las arrugas se hicieron un poco más profundas y sus pálidos ojos aparecieron más fatigados. Raramente reía, pero cuando, para descansar, leía una novela, sonreía de vez en cuando. ¿Creían realmente los autores de aquellos libros que las mujeres y los hombres eran en verdad como los describían? ¡Si supiera cuánto más complicados eran los hombres y mujeres, cuánto más inesperadas sus reacciones, qué irreconciliables elementos coexistían dentro de sus almas, y qué oscuros y siniestros debates los afligían!
       Eran las seis menos cuarto. De todos los extraños casos que se había visto obligado a tratar al doctor Audlin, no podía recordar ninguno que lo fuera tanto como el de lord Mountdrago. Una de las razones era la personalidad del paciente. Lord Mountdrago era un hombre talentoso y distinguido. Nombrado secretario de Asuntos Exteriores cuando aún no había cumplido los cuarenta, presenciaba ahora, al cabo de tres años de desempeñar el cargo, el triunfo de su política. Se admitía, en general, que este hombre era el político más hábil del partido conservador, y únicamente el hecho de que su padre fuera par, a cuya muerte ya no podría lord Mountdrago sentarse en la Cámara de los Comunes, hacía imposible para él aspirar al cargo de primer ministro. Pero si en estos tiempos democráticos no puede pensarse en un primer Ministro de Inglaterra que se halle en la Cámara de los Lores, nada había que impidiese a lord Mountdrago continuar siendo secretario de Asuntos Exteriores en sucesivos gobiernos conservadores, y de tal manera dirigir por mucho tiempo la política internacional de su país.
       Lord Mountdrago tenía muy buenas cualidades. Era inteligente y laborioso. Había viajado mucho y hablaba con fluidez varios idiomas. Desde su juventud se había especializado en asuntos extranjeros y se había familiarizado e informado a conciencia con respecto a las circunstancias y detalles políticos y económicos de otros países. Poseía valor, discernimiento y decisión. Era un buen orador tanto en la tribuna como en la Cámara, claro, exacto y a menudo ingenioso. Era un brillante polemista, y su don para la réplica aguda era muy celebrado. Tenía una agradable presencia: era alto y bien parecido, algo calvo y tal vez demasiado corpulento, pero esto le confería solidez y un aire de madurez que le convenía. Cuando era joven había practicado el atletismo, había remado en Oxford, y era conocido por ser uno de los mejores tiradores de Inglaterra. A los veinticuatro años se había casado con una joven de dieciocho cuyo padre era duque y cuya madre era una rica heredera americana, de modo que su esposa tenía tanta alcurnia como riqueza. De ella tuvo dos hijos. Desde hacía varios años vivían separados en la vida privada, pero unidos en público, en tal forma que las apariencias fueron salvadas, y la ausencia de toda otra relación o compromiso en ambos privó a los murmuradores de la oportunidad de chismorrear. Lord Mountdrago era, en verdad, demasiado ambicioso, trabajador demasiado tesonero, y debe agregarse demasiado patriota, para poder ser tentado por placeres que pudieran interponerse en su carrera. En pocas palabras, le absorbía demasiado el tener que hacer de sí mismo una figura popular y triunfadora. Desgraciadamente, tenía grandes defectos.
       Era de una pedantería y de una afectación impresionantes. Esto no hubiera sorprendido si su padre hubiese sido el primero en ostentar el título nobiliario. Que el hijo de un abogado, de un industrial o de un licorista ennoblecido atribuya una excesiva importancia a su categoría resulta comprensible. El condado que poseía el padre de lord Mountdrago fue creado por Carlos II, y la baronía que ostentó el primer conde provenía de la Guerra de las dos Rosas. Durante trescientos años los sucesivos poseedores del título se habían vinculado con las familias más nobles de Inglaterra. Pero lord Mountdrago se mostraba tan pagado de su cuna como un nuevo rico de su dinero. Nunca desdeñaba una oportunidad para dejarlo bien sentado ante los demás. Poseía exquisitas maneras cuando quería, pero únicamente lo hacía con personas que consideraba como sus iguales. Se conducía con frialdad insolente hacia aquellos a quienes consideraba como sus inferiores sociales. Era rudo con sus criados y altivo con sus secretarios. Los funcionarios subordinados de las oficinas gubernamentales con los que había estado sucesivamente vinculado, le temían y le odiaban. Su arrogancia era espantosa. Sabía que era mucho más inteligente que la mayoría de las personas con las que debía tratar, y no titubeaba en ponerlo de manifiesto ante las mismas. Carecía de tolerancia para con las fragilidades de la naturaleza humana. Se sentía nacido para mandar, y se irritaba con las personas que esperaban que él escuchase los argumentos que deseaban exponer o con aquellas deseosas de conocer los motivos de sus resoluciones. Era inconmensurablemente egoísta. Consideraba que todo servicio que se le prestase era una obligación debida a su alcurnia e inteligencia, y, por consiguiente, inmerecedor de gratitud alguna. Nunca llegó a concebir que pudiera tener la obligación de hacer algo por los demás. Tenía numerosos enemigos a quienes despreciaba. No conocía a nadie que mereciese su ayuda, su cordialidad o su compasión. Carecía de amigos. Sus superiores recelaban de él porque dudaban de su lealtad; era impopular dentro de su partido porque se mostraba imperioso y descortés; y, sin embargo, tan grande era su mérito, tan evidente su patriotismo, tan sólida su inteligencia y tan brillante su actividad política, que sus correligionarios tenían que soportarlo. Y lo que hacía posible tal actitud era que, en las oportunidades en que podía mostrarse simpático, cuando se hallaba con personas a las que consideraba sus iguales, o cuando deseaba cautivar, en sus relaciones con dignatarios extranjeros o mujeres de calidad, conseguía ser ameno, ingenioso y cortés. Sus modales recordaban entonces que por sus venas corría la misma sangre que había corrido por las de lord Chesterfield. Podía referir algo con agudeza, podía mostrarse natural, sensible y hasta profundo. Sorprendía su sensibilidad y la amplitud de sus conocimientos. Podía considerársele entonces como la mejor compañía del mundo, y uno olvidaba que el día anterior había sido insultado por el que lord Mountdrago era muy capaz de no tenerle en cuenta al otro día. Poco faltó para que lord Mountdrago no fuera cliente del doctor Audlin. Un secretario llamó cierto día por teléfono al doctor y le dijo que su excelencia deseaba consultarle y vería con agrado que el doctor se trasladara a su casa a las diez de la mañana del día siguiente. El doctor Audlin contestó que le era imposible ir a casa de lord Mountdrago, pero que tendría el placer de verle en su consulta dos días después a las cinco y media de la tarde. El secretario recibió el mensaje y al punto volvió a llamar para decir que lord Mountdrago insistía en recibir al doctor Audlin en su casa particular, y que el doctor podía fijar sus honorarios. El doctor Audlin repuso que veía a los pacientes únicamente en su consulta, y que a menos que lord Mountdrago estuviera dispuesto a visitarle allí, lamentaría no poder asistirle. Al cabo de un cuarto de hora le llamaron de nuevo para decirle que su excelencia iría, no a los dos días, sino al día siguiente a las cinco de la tarde.
       Cuando a lord Mountdrago se le hizo pasar no avanzó, sino que permaneció en el umbral y miró insolentemente al doctor de arriba abajo. El doctor Audlin advirtió que su visitante estaba airado. Le miró fijamente, en silencio, con los ojos inmóviles. Vio a un hombre alto y robusto, de cabello grisáceo, cuyas entradas sobre la frente le daban nobleza al rostro, de rasgos regulares y firmes y de expresión altanera. Algo en su fisonomía recordaba a uno de los Borbones del siglo XVIII.
       —Parece que es tan difícil verle a usted, doctor Audlin, como ver a un primer ministro. Yo soy un hombre extremadamente ocupado.
       —¿Quiere usted sentarse? —dijo el doctor.
       Su rostro no delataba que las palabras de lord Mountdrago le hubiesen afectado de modo alguno. El doctor Audlin se sentó en su silla frente al escritorio. Lord Mountdrago continuó en pie, y su frente se ensombreció.
       —Creo un deber decirle que soy el Secretario de Asuntos Exteriores de Su Majestad —dijo con acrimonia.
       —¿Quiere usted sentarse? —repitió el doctor.
       Lord Mountdrago hizo un ademán que podía indicar que estaba por girar sobre sus talones y salir de la habitación. Pero si ésa fue su intención, evidentemente recapacitó. Y tomó asiento. El doctor Audlin abrió un libro grande y cogió la pluma. Escribía sin mirar a su paciente.
       —¿Qué edad tiene usted?
       —Cuarenta y dos años.
       —¿Casado?
       —Sí.
       —¿Cuánto hace que está casado?
       —Dieciocho años.
       —¿Tiene hijos?
       —Tengo dos hijos.
       El doctor Audlin registraba los datos a medida que lord Mountdrago contestaba bruscamente a sus preguntas. Luego se recostó en la silla y miró a su visitante. No habló; se limitó a mirar, seriamente, con sus ojos pálidos e inmóviles.
       —¿Por qué ha venido a verme? —preguntó finalmente.
       —He oído hablar de usted. Tengo entendido que lady Canute es paciente suya. Ella me ha dicho que usted le ha hecho mucho bien.
       El doctor Audlin no respondió. Sus ojos permanecían fijos en el rostro de su interlocutor, pero tan vacuos de expresión que se hubiera pensado que ni siquiera lo veía.
       —No puedo hacer milagros —dijo al cabo. La sombra de una sonrisa revoloteó un instante en sus ojos—. El Real Colegio de Médicos no lo aprobaría si los hiciera.
       Lord Mountdrago rio entre dientes. Pareció disminuir su hostilidad. Habló en un tono un poco más amable.
       —Tiene usted una reputación verdaderamente notable. La gente parece creer en usted.
       —¿Por qué ha venido usted a verme? —repitió el doctor Audlin.
       Esta vez le tocó a lord Mountdrago guardar silencio. Parecía como si le costase trabajo responder. El doctor Audlin esperaba. Al cabo, lord Mountdrago pareció hacer un esfuerzo y dijo:
       —Gozo de perfecta salud. Como cosa rutinaria me hice examinar días pasados por mi médico particular, sir Augusto Fitzherbert, del que tal vez haya usted oído hablar. Me dijo que físicamente soy como un hombre de treinta años. Trabajo mucho, pero nunca me canso. Además, mi trabajo me gusta. Fumo muy poco, y bebo en forma sumamente moderada. Hago suficiente gimnasia y llevo una vida muy arreglada. Soy un hombre perfectamente sano, fuerte y normal. No me sorprenderá que le parezca a usted tonto y pueril que venga a consultarle.
       El doctor Audlin comprendió que debía acudir en su ayuda.
       —No sé si puedo hacer algo para ayudarle. Lo intentaré. ¿Tiene usted alguna zozobra?
       Lord Mountdrago frunció el entrecejo.
       —La tarea en que estoy empeñado es importante. Las resoluciones que estoy obligado a adoptar pueden fácilmente afectar al bienestar de la nación y hasta a la paz del mundo. Es indispensable que mi juicio se halle equilibrado y que esté despejado mi cerebro. Considero como un deber eliminar toda causa de preocupación que pudiera disminuir mi eficiencia.
       El doctor Audlin no le había quitado los ojos de encima. Había visto mucho. Había descubierto tras el porte pomposo y el orgullo arrogante de su paciente una angustia que no podía disipar.
       —Le pedí que tuviera la amabilidad de venir a este lugar porque sé por experiencia que es más cómodo para cualquiera hablar abiertamente en el ambiente poco atractivo de una consulta médica que en un medio habitual.
       —Muy poco atractivo, por cierto —afirmó con acritud lord Mountdrago. Hizo una pausa.
       Resultaba evidente que aquel hombre tan seguro de sí mismo, cuya mente rápida y resuelta no experimentaba nunca ninguna perplejidad, se encontraba turbado en aquellos momentos. Sonrió con el propósito de mostrar al doctor que se sentía cómodo, pero sus ojos traicionaron su desasosiego. Cuando volvió a hablar lo hizo con una cordialidad desacostumbrada.
       —Todo el asunto es en sí tan trivial que apenas puedo decidirme a molestarle a usted. Temo que me diga que soy un necio y que le hago perder su valioso tiempo.
       —Hasta las cosas que parecen más triviales pueden tener su importancia. Pueden ser síntomas de un trastorno profundamente arraigado. Y en cuanto a mi tiempo, se halla enteramente a disposición de usted.
       La voz del doctor Audlin al decir esto era baja y grave. La monotonía con que hablaba resultaba extrañamente sedante. Al fin, lord Mountdrago decidió ser franco.
       —Últimamente he tenido unos sueños sumamente molestos. Sé que es tonto prestarles atención, pero si he de decirle la verdad, temo que hayan afectado a mi sistema nervioso.
       —¿Podría usted describirme alguno de esos sueños?
       Lord Mountdrago sonrió, pero su sonrisa, que trató de ser indiferente, fue sólo lastimosa.
       —Son tan, estúpidos que me cuesta mucho contárselos.
       —No se preocupe.
       —Pues bien, tuve el primero de ellos hace alrededor de un mes. Soñé que me hallaba en una recepción ofrecida en la casa de los Connemara. Se trataba de una recepción oficial. Asistirían el rey y la reina y, claro está, debían usarse condecoraciones. Yo llevaba puestas mi cinta y mi estrella. Penetré en una especie de guardarropa para dejar el abrigo, y vi a un diputado galés llamado Owen Griffiths. Si he de decirle la verdad, me sorprendió verle. Es un ser muy vulgar, y me dijo a mí mismo: “Verdaderamente, Lydia Connemara extrema las cosas. ¿A quién invitará la próxima vez?” Me pareció que Owen me miraba con cierta curiosidad, paro yo no me di por enterado de su presencia. En efecto, esquivé a aquel individuo y subí la escalera. Supongo que usted nunca ha estado allí.
       —Nunca.
       —No; es de esa clase de casas a las que usted probablemente nunca iría. Es una mansión vulgar, pero tiene una hermosa escalera de mármol. Los Connemara se hallaban en la parte alta de la misma recibiendo a sus invitados. Cuando le estreché la mano, lady Connemara me miró sorprendida y trató de ahogar la risa. Pero yo no le presté atención; es una mujer tonta y mal educada, y sus maneras no son mejores que las de su antepasada a quien el rey Carlos II hizo duquesa. Debo confesar que los salones de recepción de los Connemara son majestuosos. Pasé a través de ellos saludando con la cabeza y estrechando la mano a numerosas personas. Luego vi al embajador alemán que hablaba con uno de los archiduques austríacos. Tenía interés en cambiar unas palabras con él, y, por lo tanto, me acerqué y le tendí la mano. En cuanto el archiduque me vio lanzó una sonora carcajada. Me sentí profundamente afrentado. Me miré severamente de arriba abajo, pero él rio con más fuerza. Estaba a punto de increparle cuando se produjo un repentino silencio. Comprendí que habían llegado el rey y la reina. Volví la espalda al archiduque y me alejé. Entonces, de pronto, advertí que no llevaba pantalones. Me encontraba en calzoncillos cortos de seda y tenía puestas unas ligas rojas. ¡No era extraño, pues, que lady Connemara se hubiera sorprendido y que se hubiese reído el archiduque! No puedo decirle lo que sentí en aquel momento. Fué una agonía espantosa. Desperté bañado en sudor frío. ¡Ah! No se imagina el alivio que experimentó al comprender que no había sido más que un sueño.
       —Es una clase de sueño bastante frecuente —dijo el doctor Audlin.
       —Estoy de acuerdo. Pero al día siguiente ocurrió algo extraño. Me hallaba en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes cuando Griffiths pasó lentamente junto a mí. Deliberadamente bajó la vista a mis piernas y luego me miró a la cara, y estoy casi seguro de que me hizo un guiño. Me asaltó un pensamiento ridículo. Había estado en la recepción de los Connemara la noche anterior, había presenciado mi horrible exhibición y había gozado con mi ridículo. Pero, claro está, yo sabía que esto era imposible, porque no habla sido más que un sueño. Le lancé una mirada penetrante y fría. Pero el tipo sonreía burlonamente con todo desenfado.
       Lord Mountdrago sacó el pañuelo del bolsillo y se enjugó las palmas de las manos. Ya no trataba de ocultar su turbación. El doctor Audlin no le quitaba los ojos de encima.
       —Cuénteme otro sueño.
       —Fué a la noche siguiente, y resultó aun más absurdo que el primero. Soñé que me hallaba en la Cámara. Se desarrollaba un debate sobre política internacional, que no solamente el país sino todo el mundo había esperado con la mayor ansiedad. El Gobierno había resuelto llevar a cabo en su política un cambio que afectaba vitalmente al porvenir del Imperio. El momento era histórico. Por supuesto, la Cámara se encontraba atestada de gente. Todos los embajadores se hallaban presentes. Las galerías estaban abarrotadas. Sobre mí había recaído la obligación de pronunciar el importante discurso de la tarde. Lo había preparado cuidadosamente. Un hombre como yo tiene enemigos (mucha gente no puede ocultar su resentimiento por el hecho de haber yo alcanzado la posición que tengo a una edad en que hasta los hombres más capacitados se dan por satisfechos con situaciones de relativa oscuridad), y había resuelto que mi discurso no solamente estuviese a la altura de las circunstancias, sino que también hiciera enmudecer a mis detractores. Me estimulaba al pensar que tenía todo el mundo pendiente de mis labios. Me puse de pie. Si usted ha estado alguna vez en la Cámara sabrá cómo hablan los miembros unos con otros durante el debate, hacen crujir papeles, revuelven y hojean informes… Cuando comencé a hablar, el silencio que reinaba era sepulcral. De pronto, vi a ese odioso patán de Griffiths, el diputado galés, en uno de los bancos opuestos; aquel tipo me sacó la lengua. No sé si usted ha oído alguna vez esa vulgar canción titulada Una bicicleta para dos. Fué sumamente popular hace muchos años. Para demostrarle a Griffiths todo mi desprecio, comencé a cantarla. Y canté completa la primera estrofa. Hubo un movimiento de sorpresa, y cuando hube concluido, en los bancos opuestos gritaban: “¡Eh! ¡Eh! ¡Oiga! ¡Oiga!” Levanté la mano para imponerles silencio y canté la segunda estrofa. La Cámara me escuchó en medio de un silencio pétreo, y tuve la sensación de que la canción no caía muy bien. Me sentía irritado, porque tengo una buena voz de barítono, y estaba resuelto a que se me hiciera justicia. Cuando comencé la tercera estrofa, los miembros de la Cámara comenzaron a reír. En un segundo, la risa se extendió; los embajadores, los extranjeros de la Galería de Forasteros Distinguidos, las damas de la Galería de Señoras, los reporteros, todo el mundo bramaba, se apretaba los costados, se revolvía en sus asientos. Todos fueron dominados por la risa, a excepción de los ministros que se hallaban en el Banco Frontal [el lugar reservado en el Parlamento Inglés para ministros o ex ministros] situado detrás de mí. Permanecían petrificados en medio de aquel tumulto sin precedentes. Les lancé una mirada, y de pronto tuve conciencia de la enormidad de lo que había hecho. Me había transformado en el hazmerreír de todo el mundo. Con dolor comprendí que debía presentar la renuncia de mi cargo. Desperté y advertí que era tan sólo un sueño.
       La altivez de lord Mountdrago había desaparecido mientras narraba lo que quedaba dicho, y al terminar se hallaba pálido y trémulo. Pero haciendo un esfuerzo recobró la calma. Violentó sus labios temblorosos con una sonrisa.
       —Todo ello resultaba tan fantástico que no pudo menos que divertirme. No pensé más en ello, y cuando me dirigí a la Cámara a la tarde siguiente me sentía muy animado. El debate era monótono, pero yo debía estar presente, y me puse a leer ciertos documentos que reclamaban mi atención. Por una razón cualquiera levanté la vista, y noté que Griffiths estaba hablando. Dicho individuo tiene un desagradable acento galés y un aspecto poco atrayente. No podía concebir que tuviera nada que decir que valiera la pena de ser escuchado, y me disponía a volver a mis papeles cuando de pronto Griffiths citó dos versos de Una bicicleta para dos. Sin poderlo evitar le miré, y vi que sus ojos estaban clavados en mí y que en su rostro había una mueca de amarga burla. Me encogí ligeramente de hombros. Resultaba cómico que aquel pequeño y desdeñable diputado galés me mirara de tal forma. Era una extraña coincidencia que citase dos versos de la lamentable canción que yo había cantado completamente en mi sueño. Volví a leer mis papeles, pero no voy a negarle que hallé difícil poderme concentrar en ellos. Me sentía algo perplejo. Owen Griffiths se había hecho presente en mi primer sueño, el que se desarrolló en la casa de los Connemara, y posteriormente tuve la sensación de que el galés conocía el triste papel que yo había hecho. ¿Era una mera coincidencia que hubiese citado aquellos dos versos? Me pregunté si sería posible que él tuviera los mismos sueños que yo. Pero, por supuesto, la idea resultaba ridícula, y decidí no pensar más en ello.
       Hubo un silencio. El doctor Audlin miraba a lord Mountdrago, y lord Mountdrago miraba al doctor Audlin.
       —Los sueños de los demás son muy aburridos.
       Mi mujer sueña de vez en cuando y se empeña en contarme minuciosamente sus sueños al día siguiente. Lo considero enloquecedor.
       El doctor Audlin sonrió desmayadamente.
       —Usted no me aburre.
       —Le contaré otro sueño más que tuve pocos días después. Soñé que iba a un prostíbulo de Limehouse. Nunca he ido a Limehouse ni creo haber estado en un prostíbulo desde que salí de Oxford. Sin embargo, la calle y el lugar donde entré me resultaban tan familiares como mi propia casa. Penetré en un salón. No sé si se trataba de bar o de un reservado. A uno de los lados había una chimenea y un amplio sillón de cuero, y al otro un pequeño sofá. A lo largo del salón se hallaba el mostrador del bar. Junto a la puerta había una mesa de mármol, y cerca de ella dos sillones. Era un sábado por la noche. El lugar estaba atestado de gente, y aunque profusamente iluminado, lo llenaba un humo tan denso que me hacía arder los ojos. Yo estaba trajeado como un patán, llevaba una gorra a la cabeza y un pañuelo anudado al cuello. Me pareció que la mayor parte de la gente que se hallaba allí estaba borracha, y el hecho se me antojó más bien divertido. Un gramófono o una radio tocaba no sé que cosa, y frente a la chimenea dos mujeres ejecutaban una danza grotesca. Un pequeño corro las rodeaba, riendo, aplaudiendo y cantando. Me levanté para echar un vistazo, y un hombre me dijo: “¡Tome una copa, Bill!” Sobre la mesa habla unos vasos colmados de un líquido oscuro que según parece llaman cerveza negra. El tipo me alargó un vaso, y yo, no deseando ponerme en evidencia, me bebí su contenido. Una de las mujeres que estaban bailando se separó de la otra, se acercó a mí y, apoderándose del vaso, dijo: “¡Eh! ¿Qué te has creído? Esa cerveza es mía.” Yo contesté: ¡Oh! Lo siento mucho. Este caballero me la ofreció, y, naturalmente, pensé que le pertenecía.” La mujer dijo entonces: “Bueno, muy bien, compañero. No importa. Vamos a bailar.”
       He estado siempre demasiado ocupado para poder prestar mucha atención a asuntos de esa índole y viviendo tan a la vista del mundo como yo vivo habría sido insensato hacer nada que pudiera dar origen a un escándalo. Lo que mejor reza en favor de un político, y lo que mayormente facilita su éxito, son antecedentes intachables en lo que se refiere a mujeres. No tolero a los hombres que arruinan completamente sus carreras a causa de ellas. Me limito a despreciarlas. Alcé los ojos. Allí estaba Owen Griffiths. Intenté incorporarme violentamente, saltar del sillón, pero aquella horrible mujer no me lo permitió. “No le hagas caso. No es más que un entrometido”, dijo. “No te detengas… Conozco a Molly. Con ella habrás empleado bien tu dinero”, me dijo Owen. Como usted comprenderá, me sentía tan vejado de que me viera en aquella situación como furioso porque se dirigiera a mi llamándome “amigo”. Aparté de un empujón a la mujer, me puse de pie y me encaró con él. “No le conozco, y no quiero conocerlo”, dije. “Yo te conozco muy bien”, contestó Griffiths. Y, dirigiéndose a la mujer, añadió: “Te voy a dar un consejo, Molly: procura que te pague, porque si puede te estafará”. En la mesa que tenía junto a mí había una botella de cerveza. Sin decir una palabra, la cogí por el gollete y asesté con ella un golpe en la cabeza de Griffiths. Hice un movimiento tan violento que me desperté.
       —Un sueño de esa clase no resulta incomprensible —dijo el doctor Audlin—. Es el desquite que la naturaleza se toma sobre personas de carácter intachable.
       —El relato es estúpido. No se lo he contado por lo que es en sí. Se lo he contado por lo que ocurrió al día siguiente. Necesité con urgencia averiguar algo y fui a la biblioteca de la Cámara. Conseguí el libro que necesitaba y comencé a leer. No advertí cuando me senté que Griffiths se hallaba sentado en la silla que estaba, junto a la mía. Entró otro laborista y se dirigió a él: “¡Hola, Owen! Tiene usted mal aspecto.” Y Owen contestó: “Me duele horriblemente la cabeza. Siento como si me la hubiesen abierto de un botellazo.”
       El rostro, de lord Mountdrago estaba ceniciento por la angustia.
       —Comprendí entonces que la idea que se me había ocurrido y que había rechazado como absurda, era acertada. Comprendí que Griffiths soñaba lo mismo que yo.
       —Pudo también haber sido una coincidencia.
       —Cuando habló no parecía dirigirse a su amigo, sino a mí. Me miró con sombrío resentimiento.
       —¿Podría usted darme alguna indicación que explique por qué ese mismo hombre aparece en todos mis sueños?
       —Ninguna.
       Los ojos del doctor Audlin no se habían apartado del rostro de su paciente, y, así, comprendió que mentía. Tenía en la mano un lápiz, y con él trazó maquinalmente unas líneas sobre el papel secante. A menudo tardaba mucho en conseguir que la gente dijese la verdad, y, sin embargo, sus pacientes sabían que a menos que fuesen completamente sinceros él no podía hacer nada por ellos.
       —El sueño que acaba de relatarme ocurrió hace más de tres semanas. ¿Ha tenido otros desde entonces?
       —Todas las noches.
       —¿Y apareció ese Griffiths en todos ellos?
       —Sí.
       El doctor Audlin dibujó más líneas en su papel secante. Quería que el silencio, la penumbra, la luz tenue de la pequeña habitación produjeran sus efectos sobre la sensibilidad de lord Mountdrago. Lord Mountdrago se echó atrás en la silla y desvió la cabeza para no ver los graves ojos del médico.
       —Doctor Audlin, debe usted hacer algo por mí. Me encuentro al cabo de mi resistencia. Me volveré loco si esto continúa. Siento miedo de ir a dormir. He estado en vela dos o tres noches. Me he quedado levantado leyendo, y cuando sentía que me vencía el sueño me ponía la chaqueta y paseaba hasta quedar exhausto. Pero me hace falta dormir. Con todo lo que tengo que hacer es imprescindible que me encuentre en perfectas condiciones; es menester que mantenga el dominio absoluto de mis facultades. Necesito descanso; el sueño no me reporta descanso alguno. Apenas me duermo comienzan mis sueños. Ese pequeño sujeto grosero y vulgar aparece siempre en ellos, mirándome con sorna, mofándose de mí, despreciándome. Es uña persecución monstruosa. Le aseguro, doctor, que no soy el hombre de mis sueños; no es justo juzgarme por ellos. Pregunte usted a quien quiera. Soy un hombre honrado, recto y decente. Nadie puede decir nada de mi moralidad, pública o privada. Toda mi ambición es servir a mi país y conservar su grandeza. Tengo dinero y posición social. No estoy expuesto a muchas de las tentaciones de los hombres inferiores, y, por lo tanto, no es un mérito en mí ser incorruptible; pero sí puedo proclamar que ningún honor, ninguna ventaja personal, ninguna consideración hacia mí mismo, me inducirían a desviarme en lo más mínimo de mi deber. Lo he sacrificado todo para llegar a ser el hombre que soy. Mi meta es la grandeza. La grandeza está a mi alcance, y estoy viendo menguar mi fibra. No soy ese ser vil, despreciable, cobarde y lujurioso que ha visto ese ente horrible. Le he contado tres de mis sueños. Pues bien, apenas pueden darle idea de lo que me ocurre; ese hombre me ha visto hacer cosas tan bestiales, tan espantosas, tan bochornosas, que aun cuando me fuera la vida en ello no las contaría. Y ese hombre las recuerda. Apenas puedo afrontar la burla y el disgusto que veo en sus ojos, y hasta vacilo antes de hablar porque sé que mis palabras pueden parecerle nada más que un embuste. Me ha visto hacer cosas que ningún hombre de algún pundonor haría jamás, cosas por las cuales los hombres son desterrados de la sociedad de sus semejantes y condenados a largas penas de prisión; me ha oído hablar de un modo obsceno; me ha visto no solamente ridículo sino repugnante. Ese hombre me desprecia y ya no se preocupa de ocultarlo. Le aseguro que si usted no puede hacer algo para acudir en mi ayuda, o me mato yo o lo mato a él.
       —Yo no le mataría si me hallase en su lugar —dijo serenamente el doctor Audlin con su voz sedante—. En este país, las consecuencias de matar a un semejante son terribles.
       —Pues no me colgarían, si es eso lo que usted piensa. ¿Quién sabría que yo lo había matado? Aquel sueño que tuve me ha enseñado la forma de hacerlo. Le he contado que al día siguiente de haberle golpeado en la cabeza con una botella de cerveza, Griffiths sufría una terrible jaqueca. El mismo lo aseguró. Eso demuestra que puede sentir con su cuerpo despierto lo que le ocurre a su cuerpo entregado al sueño. No será con una botella con lo que le dé la próxima vez. Alguna noche, cuando esté soñando, habré de encontrarme con un cuchillo en la mano o con un revólver en el bolsillo (y deberá ser así, porque lo deseo intensamente), y entonces aprovecharé la oportunidad. Lo mataré de una puñalada como a un cerdo; lo mataré a tiros como a un perro. Lo digo de corazón. Y entonces quedaré liberado de esta persecución diabólica.
       Ciertas personas hubiesen pensado que lord Mountdrago estaba loco. Al cabo de todos los años en los cuales el doctor Audlin habla tenido a su cuidado las almas enfermas de tantos hombres, sabía cuan estrecha es la zona divisoria entre los que llamamos cuerdos y los que llamamos insanos. Sabía con cuánta frecuencia en hombres que según todas las apariencias eran sanos y normales, aparentemente desprovistos de imaginación, que cumplían con las obligaciones de la vida diaria en forma meritoria y para beneficio de sus semejantes podían descubrirse, cuando se ganaba su confianza, cuando se les arrancaba la máscara que usaban en el mundo, no solamente horribles anormalidades, sino caprichos tan extraños, extravagancias mentales tan fantásticas, que no se podía menos de considerarlos locos. Si se los encerrara en un manicomio, todos los manicomios del mundo serían pocos. De todos modos, a un hombre no se le puede diagnosticar porque tenga sueños extraños y porque esos sueños le hayan destrozado los nervios. El caso era singular, pero no pasaba de ser una exacerbación de otros casos que el doctor Audlin había atendido. Sin embargo, tenía sus dudas acerca de si los métodos de tratamiento que tan a menudo había encontrado eficaces serian de algún provecho en aquella ocasión.
       —¿Ha consultado usted a algún otro médico? —preguntó Audlin.
       —Tan sólo a sir Augusto. Pero le dije sencillamente que sufría de pesadillas. Me dijo que esto se debía a un trabajo excesivo, y me recomendó un viaje por mar, lo cual es absurdo. No puedo abandonar el ministerio de Asuntos Exteriores precisamente ahora, cuando la situación internacional reclama una constante atención. Soy indispensable, y ello me consta. De mi actuación en las presentes circunstancias depende todo mi porvenir. Sir Augusto me recetó calmantes. No hicieron efecto alguno. Me dio tónicos. Resultaron peor que inútiles. Es un viejo tonto.
       —¿No hay ninguna razón que justifique la presencia de ese hombre en sus sueños?
       —Me ha hecho esa pregunta antes. La he contestado.
       Era cierto. Pero el doctor Audlin no había quedado satisfecho con la respuesta.
       —Hace un instante hablaba usted de persecución. ¿Por qué querría Owen Griffiths perseguirle?
       —No lo sé.
       Los ojos de lord Mountdrago se desviaron un tanto. El doctor Audlin tenía la certidumbre de que su paciente no decía la verdad.
       —¿Le ha causado usted daño alguna vez?
       —Nunca.
       Lord Mountdrago no se movió, pero el doctor Audlin tuvo la extraña sensación de que su interlocutor se encogió dentro de su piel. Tenía frente a sí a un hombre fuerte, orgulloso, que producía la impresión de que consideraba una insolencia las preguntas que se le hacían, y, sin embargo, y a pesar de todo, detrás de aquel aspecto había algo cambiante y despavorido que hacía pensar en un animal aterrorizado cogido en una trampa. El doctor Audlin se inclinó hacia adelante, y mediante el poder de su mirada obligó a lord Mountdrago a que le mirara a los ojos.
       —¿Está usted seguro?
       —Completamente seguro. Parece usted no comprender que nuestras sendas llevan rumbos diferentes. No deseo insistir en ello, pero debo recordarle que soy un Ministro de la Corona y que Griffiths es un oscuro miembro del partido laborista. Naturalmente, no existen relaciones sociales entre nosotros. Es un hombre de origen muy humilde. No es la clase de persona que yo pudiera conocer, dentro de todas las probabilidades, en ninguna de las casas que frecuento. Políticamente, nuestras posiciones respectivas se hallan tan separadas que no hay posibilidad alguna de que podamos tener nada en común.
       —No puedo hacer nada por usted a menos que me diga toda la verdad.
       Lord Mountdrago enarcó las cejas. Su voz sonó áspera.
       —No estoy habituado a que se dude de mis palabras, doctor Audlin. Si usted piensa hacerlo, creo que seguir ocupando su tiempo puede resultar tan sólo una pérdida del mío. Si tiene usted la gentileza de hacer saber a mi secretario cuáles son sus honorarios, él se cuidará de que se le envíe a usted un cheque.
       A pesar de todo, por la expresión que podía notarse en el rostro del doctor Audlin, se hubiera podido pensar que, simplemente, no había oído lo que lord Mountdrago había dicho. Continuó mirándole a los ojos, y su voz se mantuvo grave y baja.
       —¿Le ha hecho usted algo a ese hombre, que él pueda considerar como un daño?
       Lord Mountdrago titubeó. Desvió la mirada, y luego, como si en los ojos del doctor Audlin hubiera una fuerza a la que no podía resistir, volvió a mirarle. Contestó malhumorado:
       —Es un sujeto bajo y de ínfima categoría.
       —Así es exactamente como usted lo ha descrito.
       Lord Mountdrago suspiró. Estaba vencido. El doctor Audlin sabía que el suspiro significaba que finalmente su visitante diría lo que hasta entonces había ocultado. Ya no tenía necesidad de insistir. Bajó los ojos y volvió a dibujar vagas figuras geométricas en el papel secante. El silencio duró dos o tres minutos.
       —Tengo el propósito de decirle todo lo que pueda ser para usted de alguna utilidad. Si no he mencionado esto antes ha sido tan sólo porque carece de importancia y porque no creo que tenga relación alguna con el caso. Griffiths obtuvo un acta en las últimas elecciones, e inmediatamente comenzó a resultar un engorro. Su padre es minero, y él mismo trabajó cuando niño en una mina. Ha sido maestro de escuela y periodista. Es uno de esos intelectuales engreídos y a medio sazonar, con esas ideas y esos proyectos impracticables que la educación obligatoria ha producido en el seno de la clase trabajadora. Es un hombre huesudo, de rostro ceniciento. Parece desnutrido, y su aspecto es siempre de lo más desaliñado. Todos sabemos que los parlamentarios de hoy en día no se preocupan mucho del vestir, pero los trajes de Owen Griffiths son una afrenta a la dignidad de la Cámara. Son ostentosamente raídos; su cuello nunca está limpio, y su corbata jamás está correctamente anudada; parece como si hiciera un mes que no se baña, y lleva las manos siempre sucias. El partido laborista tiene dos o tres miembros en el Banco Frontal que poseen cierto talento, pero el resto no cuenta mucho. En país de ciegos, el tuerto es rey. A causa de que Griffiths posee cierta facundia y almacena un cúmulo de información superficial sobre cierto número de tópicos, los whips [los diputados del Parlamento inglés que tienen el encargo de velar por la disciplina de su partido] partidarios suyos comenzaron a proponerlo para hablar cada vez que se presentaba una oportunidad. Resultó manifiesto que se había aficionado a la política exterior, y se pasaba el tiempo haciéndome preguntas tontas y agotadoras. No le oculto que me propuse desairarlo con todo el rigor que a mi entender merecía. Desde el comienzo aborrecí su forma de hablar, su voz plañidera y su vulgar acento. Sus ademanes nerviosos y amanerados me irritaban profundamente. Hablaba más bien cautelosamente, titubeando, como si le resultase una tortura y, sin embargo, se viera forzado a ello por alguna pasión interior, y a menudo solía decir algunas cosas sumamente desconcertantes. Confieso que de vez en cuando lograba una especie de rimbombante elocuencia. Poseía cierta influencia sobre las desordenadas mentes de los miembros de su partido, a quienes impresionaba su formalidad, y no se sentían, como yo asqueados por su sentimentalismo. Cierto sentimentalismo es moneda corriente en los debates políticos. El propio interés es el que gobierna a las naciones, pero éstas prefieren creer que sus fines son altruistas, y el político queda absuelto si con palabra galana y frases torneadas consigue persuadir a los demás de que el arduo negocio que maneja en beneficio de su país tiende en realidad a procurar el bien de la humanidad. El error que cometen tipos como Griffiths es el de tomar esas palabras galanas y esas frases torneadas al pie de la letra. Es un maniático, un maniático pernicioso. Él se llama a sí mismo un idealista. Tiene en la punta de la lengua toda esa tediosa cháchara con que la intelligentsia nos ha estado cargando durante años. Obediencia pasiva… Confraternidad de los hombres… Ya conoce usted esa irremediable basura. Lo peor era que causaba impresión no solamente sobre su propio partido sino que hasta conmovió a algunos de los miembros más necios e intelectualmente más torpes de entre los nuestros. Hasta mi llegaron rumores de que era probable que Griffiths lograse un ministerio cuando hubiera un Gobierno laborista; y llegué a oír que se sugería que podía conseguir la cartera de Asuntos Exteriores. La idea era grotesca, pero no irrealizable. Cierto día tuve oportunidad de cerrar un debate sobre política internacional que Griffiths había promovido. Este último había hablado durante una hora. Consideré que era una buena oportunidad para darle su merecido, ¡y por Dios que lo tuvo! Despedacé su discurso. Señaló lo viciado de su razonamiento y subrayó la deficiencia de sus conocimientos. En la Cámara de los Comunes el arma más devastadora es el ridículo. Yo me burlé de Griffiths y deshice cuanto había dicho. Aquel día me hallaba en magnífica forma, y la Cámara se estremeció de risa. Las risas de los presentes me estimulaban, y me superé a mí mismo. La oposición se mantenía mustia y silenciosa, pero incluso algunos de ellos no pudieron evitar el reír una o dos veces. Ya sabe usted que no es intolerable ver a un colega, quizás un rival, transformado en objeto de burla, Y si alguna vez un hombre fue hecho objeto de burla, eso sucedió cuando yo pulvericé a Griffiths. Estaba encogido en su asiento; vi palidecer su rostro, y un momento después lo ocultó entre sus manos. Cuando me senté le había destruido. Había destrozado su prestigio para siempre; tenía las mismas probabilidades de obtener un ministerio cuando llegase un Gobierno laborista que el policía de la puerta. Posteriormente supe que su padre, el viejo minero, y su madre habían llegado de Gales acompañados de varios partidarios suyos del distrito electoral, para presenciar el triunfo que ellos esperaban debía alcanzar. Fueron testigos únicamente de su completa humillación. Griffiths ganó en su distrito electoral por el más estrecho margen de votos. Un incidente como aquél podía fácilmente costarle su acta. Pero esto no era asunto mío.
       —¿Podría tildárseme de vehemente si dijese que usted ha arruinado la carrera de ese hombre? —preguntó el doctor Audlin.
       —Supongo que no.
       —Es un daño muy serio el que usted le ha causado.
       —El mismo se lo buscó.
       —¿Ha experimentado usted algún escrúpulo de conciencia por lo ocurrido?
       —Pienso que tal vez si hubiese sabido que su padre y su madre estaban allí le habría vencido con un poco más de suavidad. Para el doctor Audlin ya no había nada que pudiera agregarse, y comenzó a tratar a su paciente en la forma que creyó más provechosa. Procuró mediante la sugestión hacerle olvidar sus sueños cuando se despertaba; procuró hacerle dormir tan profundamente que no pudiera soñar. Halló que la resistencia de lord Mountdrago era imposible de ser vencida. Al cabo de una hora lo dejó marcharse. A partir de entonces había visto a lord Mountdrago media docena de veces. No habla podido mejorarle en nada. Los horribles sueños continuaron noche tras noche atormentando a aquel desdichado, y resultaba claro que su estado general empeoraba rápidamente. Estaba agotado. Su irritabilidad no tenía límites. Lord Mountdrago mostraba su enojo porque el tratamiento no daba ningún resultado, pero a pesar de ello lo continuaba, no solamente porque parecía ser su única esperanza, sino también porque era un alivio para él tener alguien con quien hablar abiertamente. El doctor Audlin llegó, finalmente, a la conclusión de que había un solo camino por el cual lord Mountdrago podía lograr su liberación; pero conocía a éste demasiado bien, y tenía la certidumbre de que nunca lo conseguiría por su propia voluntad. Si lord Mountdrago quería salvarse del desastre que le amenazaba debía dar un paso que resultaría intolerable para su orgullo y su enorme engreimiento. El doctor Audlin se convenció de que era imposible demorarlo más. Estaba tratando a su paciente mediante la sugestión, y tras varias visitas lo encontró más sensible para su propósito. Por último, se las compuso para hundirlo en un estado de somnolencia. Con su voz baja, suave y monótona alivió sus nervios torturados. Repitió las mismas palabras una y otra vez. Lord Mountdrago descansaba inmóvil, con los ojos cerrados; su respiración era regular; y sus miembros se habían aflojado. Entonces el doctor Audlin, en el mismo tono apacible, dijo las palabras que había preparado.
       —Irá usted a ver a Owen Griffiths y le dirá que lamenta haberle causado tan enorme daño. Le dirá que está dispuesto a hacer cuanto esté en su mano para reparar todo el mal que le ha hecho.
       Tales palabras tuvieron sobre lord Mountdrago el efecto de un latigazo que le hubiera cruzado la cara. Salió de su estado hipnótico y se levantó de un salto. Sus ojos llameaban de cólera, y lanzó sobre el doctor Audlin los peores insultos que éste había oído nunca. Lord Mountdrago usó un lenguaje tan obsceno que el doctor Audlin, que habla escuchado toda clase de groserías, algunas veces de labios de mujeres virtuosas y distinguidas, quedó sorprendido de que su cliente las conociera.
       —¿Pedir disculpas a ese inmundo galés? Antes me mataría.
       —Creo que es la única forma de que usted pueda recuperar su equilibrio.
       El doctor Audlin no había visto muy a menudo a un hombre presumiblemente cuerdo en tal estado de furor. Lord Mountdrago tenía el rostro congestionado y desorbitados los ojos. Echaba espumarajos por la boca. El doctor Audlin lo observaba tranquilamente, esperando que la tormenta amainara por sí misma, y un momento después comprendió que lord Mountdrago, debilitado por la tensión a que había sido sometido durante tantas semanas, se encontraba exhausto.
       —Siéntese —dijo entonces ásperamente.
       Lord Mountdrago se encogió completamente en una silla.
       —¡Cristo! Me siento agotado. Necesito descansar un minuto y luego me marcharé.
       Permanecieron durante cinco minutos en completo silencio. Lord Mountdrago era un grosero y un fanfarrón, pero era también un caballero. Cuando volvió a hablar, había recobrado el dominio sobre sí mismo.
       —Temo haber sido demasiado rudo con usted. Estoy avergonzado de las cosas que le he dicho, y puedo tan sólo manifestarle que tendría usted razón sobrada para negarse a seguir atendiéndome. Abrigo la esperanza de que no proceda así. Siento que las visitas que le hago me reportan mucho bien. Creo que es usted mi única posibilidad.
       —No tiene que preocuparse en absoluto por lo que ha dicho. No tiene importancia.
       —Pero hay algo que no debe usted pedirme, y es que presente mis excusas a Griffiths.
       —He meditado mucho sobre su caso. No pretendo haber llegado a conocerlo completamente, pero creo que su única posibilidad de alivio está en hacer lo que le he propuesto. Yo sostengo el parecer de que ninguno de nosotros es un solo yo, sino muchos, y uno de ellos se ha sublevado contra el daño que le ha infligido a Griffiths; ese yo ha adoptado en su mente la forma de Griffiths, y le está castigando por lo que con tanta crueldad llevó a cabo. Si yo fuera un sacerdote, le diría que es su conciencia la que ha asumido la forma y los rasgos de ese hombre para acosarle, llevarle al arrepentimiento y persuadirle de que debe reparar el daño hecho.
       —Mi conciencia está limpia. No es culpa mía si destruí la carrera de ese hombre. Lo aplasté como a una babosa en mi jardín. No siento remordimiento alguno.
       Después de estas palabras, lord Mountdrago se marchó.


       Repasando sus anotaciones, el doctor Audlin reflexionaba sobre la forma de llevar a su paciente a ese estado de ánimo que, después de sus habituales métodos de tratamiento habían fracasado, era a su entender lo único que podía remediar su situación. Miró el reloj. Eran las seis. Resultaba extraño que lord Mountdrago no hubiese llegado. Sabía que tenía el propósito de ir porque uno de los secretarios había llamado por teléfono aquella mañana para decir que su excelencia iría a verle a la hora de costumbre. Alguna tarea urgente debía haberle retrasado. Esta idea le llevó a pensar en otra cosa: lord Mountdrago estaba completamente incapacitado para trabajar, y mucho menos en condiciones para manejar importantes asuntos de Estado. El doctor Audlin se preguntaba si debía ponerse en contacto con alguien del Gobierno, el primer ministro o el subsecretario permanente de Asuntos Exteriores, y comunicarle que la mente de lord Mountdrago sufría tal desequilibrio que resultaba peligroso dejar en sus manos asuntos de importancia. Era algo muy delicado de llevar a efecto.
       Podía provocar una innecesaria perturbación y ver rotundamente desairada su espontánea solicitud. El doctor Audlin se encogió de hombros.
       “Después de todo —reflexionó—, los políticos han hecho tal revoltijo del mundo durante los últimos veinticinco años, que supongo que no tendrá la menor importancia que estén locos o cuerdos.”
       El doctor Audlin llamo con la campanilla.
       —Si acaso viniera lord Mountdrago, dígale que tengo otra consulta a las seis y cuarto, y que, por lo tanto, no me será posible verle.
       —Muy bien, señor.
       —¿Han traído ya el diario de la tarde?
       —Iré a ver.
       Al cabo de un momento el criado le entregó el diario. En la primera página se veía un enorme titular: “Trágica muerte del ministro de Asuntos Exteriores”.
       —¡Dios mío! —exclamó el doctor Audlin.
       Por una vez se alteró su calma acostumbrada. Se sintió conturbado, horriblemente conturbado, y, sin embargo, la noticia no le sorprendió totalmente. La posibilidad de que lord Mountdrago pudiera suicidarse se le ocurrió varias veces, porque no le cabía duda alguna de que había sido un suicidio. El diario decía que lord Mountdrago estaba esperando en una estación del metro, de pie al borde del andén, y que cuando el tren entró en la estación se le vio caer a los rieles. Se suponía que había sufrido un repentino desvanecimiento. El diario seguía diciendo que lord Mountdrago había estado sufriendo durante varias semanas los efectos de un exceso de trabajo, pero que había considerado imposible ausentarse mientras la política exterior reclamara su sostenida atención. Lord Mountdrago era otra víctima del esfuerzo a que la moderna política somete a aquellos que desempeñan en ella los papeles más importantes. En la página se insertaba también una nota sobre las condiciones, la laboriosidad, el patriotismo y la visión del estadista fallecido, seguida de varías conjeturas acerca de la elección que para nombrar sucesor haría el Primer Ministro. El doctor Audlin lo leyó todo. Lord Mountdrago no le había gustado nunca. La principal emoción que su muerte le produjo fue el disgusto hacia sí mismo a causa de no haber podido hacer nada por él.
       Tal vez hubiese hecho mal en no ponerse al habla con el médico del lord Mountdrago. Se sentía descorazonado, como ocurría siempre que el fracaso frustraba sus concienzudos esfuerzos, y le embargó una repugnancia por la teoría y la práctica de aquella doctrina empírica mediante la cual se había ganado la vida. Manejaba fuerzas oscuras y misteriosas, cuya comprensión estaba quizá más allá de la posibilidad de la mente humana. Era como un hombre con los ojos vendados que buscara a tientas su camino hacia no sabía dónde. Sin prestar mayor atención, volvió las hojas del diario. De pronto dio un respingo, y nuevamente una exclamación brotó de sus labios. Sus ojos se habían fijado en una pequeña nota casi al pie de una columna. Leyó: “Muerte repentina de un miembro del Parlamento. Esta tarde, el señor Owen Griffiths, miembro del Parlamento por… etc., se sintió repentinamente indispuesto en Fleet Street, y al ser llevado al Hospital de Charing Cross se comprobó que había fallecido. Se supone que la muerte fue provocada por causas naturales, pero, de todos modos, se procederá a realizar una investigación”. El doctor Audlin no podía creer lo que leía. ¿Habría sido posible que la noche anterior lord Mountdrago se hubiera en sus sueños hallado en posesión del arma, cuchillo o revólver que había deseado, y hubiese matado a su atormentador, y que ese crimen fantasmal, del mismo modo que el golpe con la botella le produjo a Griffiths un horrible dolor de cabeza al día siguiente, hubiese tenido efecto cierto número de horas después sobre el hombre despierto? ¿O sería algo más misterioso y horrible? ¿Sería que cuando lord Mountdrago buscó alivio en la muerte, el enemigo a quien tan cruelmente había perjudicado le hubiera perseguido hasta alguna otra esfera, para seguir allí torturándolo? Era muy extraño. Lo sensato era considerar el hecho como una mera y singular coincidencia. El doctor Audlin hizo sonar la campanilla.
       —Dígale a la señora Milton que lamento no poder atenderla esta tarde. No me siento bien.
       Y era cierto: tiritaba como si hubiese sido atacado de calentura. Mediante una especie de sentido espiritual le pareció contemplar ante sí un helado y horrible vacío. La noche oscura del alma le envolvió en su seno, y experimentó un extraño y primitivo terror, pero no sabía qué.



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