W. Somerset Maugham
(París, Francia, 1874 - Niza, Francia, 1965)


Rojo (1921)
(“Red”)
Originalmente publicado en la revista Asia [Estados Unidos] (abril de 1921);
The Trembling of a Leaf; Little Stories of the South Sea Islands
(Garden City, Nueva York: Doubleday, 1921, 302 págs.)



      El capitán metió la mano en uno de los bolsillos de sus pantalones, y con dificultad, ya que no estaban a los lados sino enfrente y era un hombre corpulento, sacó un gran reloj de plata. Miró la hora y después volvió a ver el sol que se ponía. El canaco que tripulaba le dirigió una mirada, pero no dijo nada. Los ojos del capitán descansaban en la isla a la que se aproximaban. Una línea de espuma blanca dominaba el arrecife. Sabía que había un boquete lo suficientemente amplio como para que pasara la embarcación, y contaba con hallarlo cuando se acercaran un poco más. Les quedaba aún casi una hora de luz. En la laguna el agua era profunda y podían anclar tranquilamente. El jefe de la aldea que ya se avistaba entre las palmeras era amigo de uno de los oficiales, y sería agradable desembarcar por esa noche. En ese momento el oficial se acercó al capitán y éste se volvió hacia él.
       —Llevaremos con nosotros una botella de alcohol y conseguiremos algunas chicas para bailar —dijo.
       —No veo el boquete —dijo el oficial.
       Era un canaco apuesto y moreno, que tenía un aire a un emperador romano tardío, más bien robusto; pero su rostro era fino y delineado.
       —Estoy completamente seguro de que existe —dijo el capitán, viendo a través de sus anteojos—. No entiendo por qué no lo veo. Que uno de los chicos suba al mástil a echar un vistazo.
       El oficial llamó a uno de los miembros de la tripulación y le dio la orden. El capitán vio cómo el canaco subía y esperó a que le dijera algo. Pero el canaco gritó que no veía nada más que la continua línea de espuma. El capitán hablaba samoano como nativo y lo maldijo copiosamente.
       —¿Que se quede arriba? —preguntó el oficial.
       —¿Para qué demonios? —respondió el capitán—. El imbécil no ve nada. Te apuesto lo que quieras a que si yo estuviera ahí, encontraría el boquete.
       Miró con rabia el delgado mástil. Era muy fácil subirlo para un nativo que estaba acostumbrado a trepar palmeras desde pequeño. El capitán era gordo y pesado.
       —Bájate —gritó—. No sirves más que un perro muerto. Tendremos que bordear el arrecife hasta que encontremos el boquete.
       Era una goleta de setenta toneladas con un motor auxiliar de queroseno y navegaba, cuando no había viento, a una velocidad de cuatro o cinco nudos por hora. Era una embarcación muy maltrecha; había sido blanca hacía mucho tiempo, pero ahora estaba sucia, deslucida y con manchas. Olía fuertemente a queroseno y a copra, que era su cargamento habitual. Estaban como a treinta metros del arrecife y el capitán dijo al que conducía el timón que lo bordeara hasta que llegaran al boquete. Pero cuando avanzaron un par de kilómetros se dio cuenta de que lo habían pasado. Dio la vuelta y lentamente avanzó en la dirección contraria. La espuma blanca del arrecife no cedía y ahora el sol se ponía. Maldiciendo la estupidez de la tripulación, el capitán se resignó a esperar hasta la mañana siguiente.
       —Pónganla de frente al viento —dijo—. No puedo anclar aquí.
       Salieron un poco hacia el mar y de pronto estaba muy oscuro. Anclaron. Cuando recogieron la vela el barco empezó a balancearse fuertemente. En Apia decían que un día se volcaría; el dueño, un germano-americano que dirigía una de las principales tiendas, decía que no había dinero suficiente que lo hiciera subir a esta embarcación. El cocinero, un chino que llevaba unos sucios y andrajosos pantalones blancos, y una delgada túnica blanca, vino a decirles que la cena estaba lista; cuando el capitán entró a la cabina, encontró que el maquinista ya estaba sentado a la mesa. Éste era un hombre alto y delgado, de cuello esmirriado. Estaba vestido con un overol azul y una camiseta sin mangas; tenía tatuajes desde el codo hasta las muñecas.
       —Qué desgracia tener que pasar la noche afuera —dijo el capitán.
       El maquinista no dijo nada, y cenaron en silencio. La cabina estaba alumbrada por una tenue lámpara de aceite. Cuando terminaron de comer los albaricoques enlatados, último plato de la cena, el chino les trajo una taza de té. El capitán encendió un puro y subió a cubierta. Ahora la isla no era más que una masa oscura ante la noche. Las estrellas eran muy brillantes. El único ruido era el incesante romper de las olas. El capitán se sentó en una silla de la cubierta a pasar el rato mientras fumaba. Tres o cuatro miembros de la tripulación subieron a cubierta y se sentaron. Uno traía un banjo y otro una concertina. Empezaron a tocar mientras uno de ellos cantaba. La canción nativa sonaba extraña al ser interpretada con estos instrumentos. Después un par de ellos empezaron a bailar. Era una danza barbárica, salvaje y primigenia, veloz, con movimientos rápidos de las manos y los pies y contorsiones del cuerpo; era sensual, incluso sexual, pero sexual sin pasión. Era muy animal, directa, extraña, sin misterio, en breve, natural, y casi podría decirse que infantil. Finalmente se cansaron. Se estiraron en la cubierta y se durmieron; todo estaba en silencio. El capitán se levantó pesadamente de su silla y bajó por la escalera de la escotilla. Se metió a su cabina y se desvistió. Subió a su litera y se recostó. Jadeó un poco por el calor de la noche.
       A la mañana siguiente, cuando el amanecer irrumpía sobre el tranquilo mar, vieron que el boquete que los eludió estaba ligeramente al este de donde estaban. La goleta entró a la laguna. No había ni una ondulación sobre la superficie del agua. En lo profundo, entre las rocas corales, se veían pequeños peces de colores. Después de anclar el barco, el capitán desayunó y subió a cubierta. El sol brillaba desde un cielo despejado, pero en la temprana mañana el viento se sentía gratificante y fresco. Era domingo, había una sensación de quietud, un silencio que sugería que la naturaleza descansaba, y esto le proporcionó al capitán una particular sensación de comodidad. Permanecía sentado, mirando la arbolada costa, con pereza y con una sensación de bienestar. De pronto una lenta sonrisa se dibujó en sus labios y arrojó el resto de su puro al agua.
       —Creo que iré a tierra —dijo—. Bajen el bote de remos.
       Bajó con dificultad por la escalera y fue conducido en el bote a una pequeña ensenada. Las palmeras llegaban hasta la orilla del agua, pero no estaban acomodadas en hileras, sino espaciadas de manera formal y ordenada. Parecían un ballet de solteronas, entradas en años pero joviales, de pie, con poses altivas y con la melindrosa gracia de antaño. Caminó despacio entre ellas por un sendero que se retorcía y lo condujo a un ancho arroyo. Había un puente que lo cruzaba, pero estaba hecho de aproximadamente doce troncos de palmeras, colocados uno después del otro, y reforzados en donde se encontraban por una rama bifurcada incrustada en el lecho del arroyo. Se caminaba sobre una superficie lisa y redonda, estrecha y resbalosa, en la que no había de dónde detenerse. Cruzar ese puente requería pies confiables y un corazón valiente. El capitán vaciló. Pero vio del otro lado, anidada entre los árboles, la casa de un hombre blanco; se decidió y empezó a caminar cautelosamente. Miraba muy bien dónde pisaba, ya que donde se unía un tronco con otro y había un desnivel, se tambaleaba un poco. Alcanzó el último árbol con un suspiro de alivio y finalmente apoyó los pies en el suelo firme del otro lado. Había estado tan inmerso en cruzar que no se dio cuenta de que alguien lo observaba, y fue con sorpresa que escuchó que le hablaban.
       —Se requiere algo de valor para cruzar estos puentes cuando no se está acostumbrado.
       Alzó la mirada y vio a un hombre parado delante de él. Evidentemente salió de la casa que había visto.
       —Lo vi vacilar —prosiguió el hombre, con una sonrisa en los labios—, y estaba mirando para ver cómo se caía.
       —Ni lo piense —dijo el capitán, quien ya había recuperado su confianza.
       —Yo mismo he caído en algunas ocasiones. Recuerdo una vez que volví de cazar y me caí con todo y arma. Ahora un muchacho carga el arma por mí.
       Era un hombre que ya no era joven, con una corta barba ligeramente gris, y un rostro delgado. Llevaba una camiseta sin mangas y pantalón de dril. No llevaba zapatos ni calcetines. Hablaba inglés con algo de acento.
       —¿Es usted Neilson? —preguntó el capitán.
       —Así es.
       —He oído hablar de usted. Pensé que vivía en los alrededores.
       El capitán siguió a su anfitrión al pequeño bungalow y se sentó pesadamente en la silla que el otro le señaló. Mientras Neilson iba por whisky y vasos, echó un vistazo a la habitación. Lo llenó de asombro. Nunca había visto tantos libros. Eos estantes iban desde el suelo hasta el techo en todas las paredes y estaban atestados. Había un gran piano con partituras encima, así como una gran mesa en la que yacían libros y revistas en desorden. La habitación lo avergonzaba. Recordó que Neilson era un tipo extraño. Nadie sabía mucho sobre él, aunque llevaba muchos años en las islas, pero los que lo conocían concordaban en que era un tipo raro. Era sueco.
       —Tiene muchísimos libros aquí —dijo, cuando regresó Neilson.
       —No hacen daño —respondió Neilson con una sonrisa.
       —¿Los ha leído todos? —preguntó el capitán.
       —La mayoría.
       —Yo también soy lector. Me envían regularmente el Saturday Evening Post.
       Neilson sirvió a su visitante un abundante vaso de whisky y le ofreció un puro. El capitán le brindó algo de información.
       —Llegué aquí anoche, pero no pude encontrar el boquete y tuve que anclar fuera. Nunca he recorrido esta ruta, pero mi gente tenía algo de mercancía que quería enviar aquí. ¿Conoce a Gray?
       —Sí, tiene una tienda cerca de aquí.
       —Bueno, quería algo de comida enlatada, y él tiene copra. Pensaron que sería mejor que viniera para acá en vez de estar holgazaneando en Apia. Principalmente recorro la ruta entre Apia y Pago-Pago, pero justo ahora hay viruela y no hay actividad.
       Dio un trago a su whisky y encendió un puro. Era un hombre taciturno, pero había algo en Neilson que lo ponía nervioso, y su nerviosismo lo hacía hablar. El sueco lo miraba con grandes ojos oscuros en los que había una expresión de ligero divertimento.
       —Es un lugar muy bonito el que tiene aquí.
       —He hecho lo mejor que he podido.
       —Le debe ir muy bien con las palmeras. Se ven bien. Con la copra al precio que está ahora. Yo también tuve una pequeña plantación alguna vez, en Upolu, pero tuve que venderla.
       Volvió a ver alrededor de la habitación, en la que todos esos libros le producían una sensación de algo incomprensible y hostil.
       —Supongo que se sentirá algo solo aquí —dijo.
       —Estoy acostumbrado. Llevo veinticinco años en este lugar.
       Ahora al capitán no se le ocurría nada más qué decir, así que fumaba en silencio. Aparentemente, Neilson no tenía intención alguna de romperlo. Miraba a su invitado con ojos meditativos. Era un hombre alto, de más de uno ochenta, y muy corpulento. Su rostro era rojizo y tenía manchas, con una red de pequeñas venas púrpuras en las mejillas, y sus rasgos se perdían en su gordura. Sus ojos estaban inyectados de sangre. Su cuello lleno de lonjas. Era completamente calvo, a excepción de un mechón de cabello largo y rizado, casi blanco, en la parte posterior de su cabeza; su inmensa y brillante frente, que podría haberle conferido un falso aire intelectual, por el contrario, le daba uno de especial imbecilidad. Llevaba una camisa azul de franela, de cuello abierto que dejaba ver su gordo pecho cubierto por una maraña de vello rojizo, y un par de pantalones azules de sarga muy viejos. Estaba sentado en su silla con una postura muy desgarbada, con la gran panza salida y sus gordas piernas sin cruzar. Sus extremidades ya no tenían nada de elasticidad. Neilson se preguntaba ociosamente qué tipo de hombre habría sido en su juventud. Era casi imposible imaginar que esta criatura de gran tamaño alguna vez hubiera sido un chico que corriera libre por ahí. El capitán terminó su whisky, y Neilson le acercó la botella.
       —Sírvase.
       El capitán se reclinó y la tomó con su gran mano.
       —¿Y cómo fue que vino a dar aquí?
       —Oh, vine a estas islas por mi salud. Mis pulmones estaban tan enfermos que dijeron que me quedaba un año de vida. Como ve, se equivocaban.
       —Quiero decir, ¿por qué se estableció aquí?
       —Soy un sentimental.
       —¡Oh!
       Neilson sabía que el capitán no tenía idea de a qué se refería, y lo miró con un destello de ironía en sus oscuros ojos. Quizá fue justo porque el capitán era tan gordo y lerdo que le dio la gana seguir hablando.
       —Estaba muy ocupado manteniendo el equilibrio para darse cuenta, mientras cruzaba el puente, pero este lugar generalmente es considerado muy hermoso.
       —Tiene una casita muy hermosa.
       —Ah, pero no estaba cuando recién llegué. Había una choza nativa, con su techo en forma de colmena y sus columnas, opacada por un gran árbol de flores rojas; los arbustos de crotón, con sus hojas amarillas, rojas y doradas, formaban una empalizada multicolor a su alrededor. Había palmeras por doquier, tan extravagantes y vanidosas como las mujeres. Estaban a la orilla del agua y pasaban todo el día mirando su reflejo. Entonces yo era un joven —Dios santo, fue hace un cuarto de siglo—, y quería disfrutar toda la belleza del mundo en el corto tiempo que me quedaba antes de pasar a la oscuridad. Pensé que era el lugar más hermoso que había visto en mi vida. La primera vez que lo vi se me paró el corazón, y temí que me iba a poner a llorar. No tenía más que veinticinco años, y aunque lo afrontaba de la mejor manera posible, no quería morir. De alguna forma me parecía que la belleza de este lugar me hacía más fácil aceptar mi destino. Cuando llegué aquí sentí que toda mi vida anterior se desmoronaba, Estocolmo y su universidad, y después Bonn; todo aquello parecía la vida de alguien más, como si apenas en ese momento alcanzara la realidad que nuestros doctores en filosofía —yo soy uno de ellos— han discutido tanto. “Un año”, me dije con pesadumbre. “Me queda un año. Lo pasaré aquí y después moriré satisfecho”.
       —Somos tontos, sentimentales y melodramáticos a los veinticinco, pero si no lo fuéramos tal vez seríamos menos sabios a los cincuenta —añadió Neilson.
       —Beba usted, amigo mío. No deje que mis tonterías le molesten.
       Con su delgada mano señaló la botella y el capitán terminó lo que quedaba en su vaso.
       —Usted no está bebiendo nada —dijo, alcanzando el whisky.
       —Yo soy abstemio —sonrió el sueco—. Me intoxico de formas que pienso que son más sutiles. Pero quizá es mera vanidad. Comoquiera que sea, los efectos son más duraderos y los resultados menos deletéreos.
       —Dicen que se consume mucha cocaína actualmente en Estados Unidos —dijo el capitán.
       Neilson rió ligeramente.
       —Pero no veo a un hombre blanco muy a menudo —prosiguió—, y no creo que por una vez me pase nada por un sorbo de whisky.
       Se sirvió un poco, añadió agua mineral, y dio un trago.
       —Y fue entonces que averigüé por qué este lugar tenía una belleza de otro mundo. Aquí había florecido el amor durante un instante, como un ave emigrante que se posa en un barco en mar abierto y por un momento dobla sus cansadas alas. La fragancia de una hermosa pasión pendía sobre este lugar como la fragancia de un espino en mayo en los prados de mi hogar. Tengo la impresión de que los lugares en los que hombres han amado o sufrido conservan un tenue aroma de algo que no ha muerto del todo. Es como si hubieran adquirido una importancia espiritual que afecta misteriosamente a quienes pasan. Ojalá pudiera explicarme. —Sonrió ligeramente—. Aunque no creo que si lo lograra usted me entendería.
       Hizo una pausa.
       —Creo que este lugar era hermoso porque aquí se amó hermosamente. —Se encogió de hombros—. Pero quizá lo que sucede es que mi sentido estético se ve satisfecho por la feliz conjunción de un amor joven y un entorno adecuado.
       Incluso un hombre menos lerdo que el capitán podría ser perdonado si estuviera confundido por las palabras de Neilson. Ya que daba una leve impresión de que se reía de lo que había dicho. Era como si hablara una emoción que su intelecto encontraba ridícula. Él mismo había dicho que era un sentimental, y cuando el sentimentalismo se une al escepticismo, a menudo el daño es mayúsculo.
       Estuvo callado un instante y miró al capitán con ojos en los que de pronto había perplejidad.
       —Sabe, no puedo evitar pensar que lo he visto en alguna parte —dijo.
       —Temo que yo no lo recuerdo —respondió el capitán.
       —Tengo una curiosa sensación, como si su rostro me fuera familiar. Llevo un rato desconcertado. Pero no logro ubicar mi recuerdo en algún lugar o tiempo.
       El capitán encogió sus inmensos hombros.
       —Hace treinta años que llegué a las islas. Un hombre no puede recordar a toda la gente que conoce en tanto tiempo.
       El sueco negó con la cabeza.
       —Usted sabe cómo en ocasiones uno tiene la sensación de que un lugar al que nunca antes ha ido le es extrañamente familiar. Así es como lo veo a usted. —Le dirigió una enigmática sonrisa—. Quizá lo conocí en alguna existencia anterior. Quizá, quizá usted fue capitán de una galera en la Roma antigua y yo un esclavo que remaba. ¿Lleva aquí treinta años?
       —Sin dejarlas un solo día.
       —¿Me pregunto si conoce a un hombre llamado Rojo?
       —¿Rojo?
       —Sólo supe de él por ese nombre. Nunca lo conocí personalmente. Jamás lo vi. Y sin embargo lo veo con mayor claridad que a muchos hombres, como por ejemplo a mis hermanos, con los que viví durante muchos años. Vive en mi imaginación con la nitidez de un Paolo Malatesta o de un Romeo. ¿Pero supongo que nunca ha leído a Dante o a Shakespeare?
       —Temo que no —dijo el capitán.
       Neilson, fumando un puro, se recostó en su silla y miró perdidamente el aro de humo que flotaba en el tranquilo aire. En sus labios se adivinaba una sonrisa, pero sus ojos eran graves. Después miró al capitán. Había algo extraordinariamente repelente en su gran obesidad. Poseía la pletórica autocomplacencia de los muy gordos. Era escandaloso. Le ponía los nervios de punta a Neilson. Pero el contraste entre el hombre que tenía enfrente y el que tenía en su cabeza era placentero.
       —Parece que Rojo era la cosa más atractiva que jamás se vio. He hablado con mucha gente que lo conoció en esos días, hombres blancos, y todos concuerdan en que la primera vez que lo veían su belleza dejaba sin aliento. Le decían Rojo por su ardiente cabello. Tenía una ondulación natural y lo llevaba largo. Debe haber sido de ese maravilloso color que tanto emocionaba a los prerrafaelistas. No creo que fuera vanidoso, era demasiado ingenuo para eso, pero nadie podría culparlo si lo fuera. Era alto, más de uno ochenta —en la choza nativa que antes estaba aquí su estatura estaba marcada con un cuchillo en el tronco central que sostenía el techo—, y estaba hecho como un dios griego, de hombros anchos y cadera delgada; era como Apolo, con aquella suave redondez que Praxiteles le atribuía, y esa suave [en el original, en español] y femenina gracia que tiene algo de problemática y misteriosa. Su piel era de una blancura deslumbrante, lechosa, como el satén; su piel era como la de una mujer.
       —Yo también tenía la piel blanca cuando era joven —dijo el capitán, con cierto brillo en sus ojos inyectados de sangre.
       Pero Neilson no le hizo caso. Estaba contando su historia y las interrupciones lo impacientaban.
       —Su rostro era tan hermoso como su cuerpo. Tenía grandes ojos azules, muy oscuros, tanto que mucha gente decía que eran negros, y a diferencia de la mayoría de los pelirrojos, tenía las cejas oscuras. Sus rasgos eran absolutamente regulares y su boca parecía una herida escarlata. Tenía veinte años.
       Tras estas palabras el sueco se detuvo con un cierto sentido de lo dramático. Dio un sorbo a su whisky.
       —Era único. Nunca hubo alguien más hermoso. No había mayor razón para su existencia que la que hay para que brote una maravillosa flor en una planta salvaje. Era un feliz accidente de la naturaleza.
       “Un día desembarcó en la misma ensenada a la que llegó usted esta mañana. Era un marinero americano y había desertado en Apia de un buque de guerra americano. Había convencido a algún bienintencionado nativo de llevarlo en un cúter que por casualidad navegaba de Apia a Safoto, y fue traído a tierra en una piragua. No sé por qué desertó. Quizá la vida restringida de un buque de guerra lo exasperó, quizá se metió en problemas o quizá los Mares del Sur y sus islas románticas se le metieron debajo de la piel. De vez en cuando se apoderan extrañamente de un hombre, y éste se encuentra como una mosca atrapada en una telaraña. Pudo ser que hubiera alguna fibra sensible en él, y que estas colinas verdes con su delgado aire, este mar azul, le arrebataran su fortaleza norteña como Dalila arrebató la del Nazareno. Comoquiera que sea, quería esconderse, y pensó que estaría seguro en este apartado rincón hasta que su barco hubiera zarpado de Samoa.
       “Había una choza nativa en la ensenada y mientras estaba de pie ahí, preguntándose adonde debía ir, se le acercó una joven y lo invitó a pasar. Él apenas hablaba un par de palabras de la lengua nativa y ella estaba igual en cuanto al inglés, pero entendió suficientemente bien lo que querían decir sus sonrisas y sus hermosos gestos, y la siguió. Se sentó en un tapete y ella le dio de comer rebanadas de piña. Sólo puedo hablar de Rojo de oídas, pero conocí a la chica tres años después, cuando apenas tenía diecinueve años. No sabe lo exquisita que era. Tenía la apasionante gracia de un hibisco, así como su rico color. Era bastante alta, delgada, con los delicados rasgos de su raza y grandes ojos que parecían piscinas de agua tranquila bajo las palmeras; su cabello negro y rizado caía por su espalda, y usaba una corona de flores perfumadas. Sus manos eran encantadoras, tan pequeñas y tan exquisitamente bien formadas que conmovían. En aquellos días era de risa fácil. Su sonrisa era tan adorable que hacía temblar las rodillas. Su piel era como un campo de maíz maduro en un día de verano. Dios santo, ¿cómo puedo describirla? Era demasiado hermosa para ser real.
       “Estas dos criaturas, ella de dieciséis y él de veinte, se enamoraron a primera vista. Eso es el verdadero amor, no el que surge de la simpatía, los intereses comunes o la comunión intelectual, sino amor puro y simple. Ése es el amor que Adán sintió por Eva cuando despertó y la encontró en el jardín mirándolo con ojos húmedos. Ése es el amor que hace que las bestias se atraigan unas a otras, y también los dioses. Ése es el amor que hace que el mundo sea un milagro. Ése es el amor que da a la vida su fecundo sentido. ¿Nunca ha oído hablar del sabio y cínico duque francés que dijo que de dos amantes siempre hay uno que ama y otro que se deja amar?; es una verdad amarga a la que la mayoría de nosotros tenemos que resignarnos; pero de vez en vez hay dos que aman y dos que se dejan amar. Entonces puede pensarse que el sol permanece inmóvil como lo hizo cuando Josué rezó al Dios de Israel.
       “E incluso después de todos estos años, cuando pienso en estos dos, tan jóvenes, tan bellos, tan simples, y en su amor, me estremezco. Me rompe el corazón de la misma forma en que se me rompe cuando algunas noches observo la luna llena brillando en la laguna desde un cielo despejado. Siempre hay dolor en la contemplación de la belleza perfecta.
       “Eran niños. Ella era buena, dulce y amable. De él no sé nada, pero de todas formas me gusta pensar que era ingenuo y franco. Me gusta pensar que su alma era tan atractiva como su cuerpo. Pero me atrevo a decir que no tenía más alma que las criaturas del bosque y de la selva que hacían flautas con cañas y se bañaban en los arroyos montañosos cuando el mundo era joven y se podía llegar a ver pequeños cervatillos galopando por los claros en el lomo de un centauro barbado. El alma es una posesión problemática, y cuando el hombre la desarrolló, perdió el Jardín del Edén.
       “Bien, cuando Rojo llegó aquí, la isla acababa de ser azotada por una de esas epidemias que el hombre blanco trajo a los Mares del Sur, y un tercio de los habitantes murió. Parece que la chica había perdido a toda su prole cercana y vivía en la casa de unos primos lejanos. El hogar estaba formado por un par de viejas brujas, jorobadas y arrugadas, dos mujeres más jóvenes, un hombre y un niño. Rojo se quedó ahí durante unos días. Pero quizá se sintió demasiado próximo a la costa, con el peligro de toparse a algunos hombres blancos que revelaran su escondite; quizá los amantes no podían soportar que la compañía de otros les robara por un instante el deleite de estar juntos. Una mañana partieron los dos, con las escasas pertenencias de la chica, y caminaron por un sendero de pasto bajo las palmeras hasta que llegaron al arroyo que ve ahora. Tuvieron que cruzar el puente que usted cruzó, y la chica rió alegremente porque él tenía miedo. Lo tomó de la mano hasta que llegaron al final del primer árbol y después su valor lo abandonó y se regresó. Se vio obligado a despojarse de toda la ropa antes de atreverse, y ella la cargó encima de su cabeza. Se asentaron en una choza abandonada que había aquí. Si la chica tenía o no algún derecho sobre ella (la tenencia de la tierra es un asunto complicado en las islas), o si el dueño había muerto durante la epidemia, no lo sé, pero en todo caso nadie los increpó y tomaron posesión. Sus muebles consistían de un par de tapetes de junco en los que dormían, un pedazo de espejo y uno o dos tazones. En esta agradable tierra con eso es suficiente para arrancar un hogar.
       “Dicen que la gente feliz no tiene historia, y ciertamente un amor feliz no la tiene. No hacían nada en todo el día y aún así los días les parecían muy cortos. La chica tenía un nombre nativo, pero Rojo la llamaba Sally. Él aprendió la fácil lengua muy rápido, y solía acostarse en el tapete durante horas mientras ella le platicaba jovialmente. Era un tipo silencioso, y quizá era aletargado de mente. Fumaba sin cesar los cigarrillos que ella le hacía con tabaco nativo y hoja de pandano, y él observaba cómo sus hábiles dedos hacían tapetes de junco. A menudo llegaban nativos y contaban largas historias de los viejos tiempos en los que la isla era azotada por guerras tribales. A veces iba de pesca al arrecife y traía a casa una cesta llena de peces de colores. A veces, por la noche, salía con una linterna a atrapar langostas. Había plátanos alrededor de la choza y Sally los asaba a manera de frugal comida. Sabía cómo preparar deliciosos alimentos hechos de coco, y el árbol del pan al lado del arroyo les daba su fruto. En días de fiesta mataban un lechón y lo cocinaban sobre piedras candentes. Se bañaban juntos en el arroyo, y por la tarde iban a la laguna a remar en una piragua con su gran balancín. El mar era de un azul profundo, color vino al atardecer, como el mar de la Grecia homérica; pero en la laguna el color adquiría una infinita variedad, azul acuático, amatista y esmeralda. Y después el sol poniente la convertía por un breve instante en oro líquido. Después estaba el color del coral, café, blanco, rosa, rojo y morado; y las formas que adquirían eran maravillosas. Era como un jardín mágico y los peces que nadaban veloces eran como mariposas. De forma extraña, carecía de realidad. Entre los corales había piscinas con un fondo de arena blanca, en las que el agua deslumbraba por su claridad y en las que era muy agradable bañarse. Posteriormente, frescos y felices, regresaban relucientes por el suave sendero de pasto hacia el arroyo, caminando de la mano, y para entonces los pájaros mina adornaban las palmeras con su clamor. Después la noche, con el maravilloso cielo y su brillo dorado, que parecía más extenso que los cielos europeos, y el viento ligero que soplaba suave por la choza abierta, la larga noche, también era demasiado breve. Ella tenía dieciséis y él apenas veinte. El amanecer se deslizaba entre los pilares de madera y contemplaba a esos hermosos niños dormidos entre los brazos del otro. El sol se ocultaba detrás de las dentadas hojas de los bananos, para no molestarlos, y luego, con juguetona malicia, disparaba un rayo dorado, como la garra estirada de un gato persa, directo a sus rostros. Abrían los somnolientos ojos y daban la bienvenida a otro día con una sonrisa. Las semanas se convirtieron en meses, y así transcurrió un año. Parecían amarse tan —no me gusta decir apasionadamente, puesto que la pasión siempre tiene un dejo de tristeza, un toque de amargura o angustia, sino tan absolutamente, con tanta simpleza y naturalidad como el primer día en el que al conocerse se habían dado cuenta de que un dios habitaba en ellos.
       “Si alguien se los hubiera preguntado no me queda la menor duda de que habrían pensado imposible el suponer que su amor pudiera terminar algún día. ¿No es cierto que el elemento esencial del amor es una creencia en su propia eternidad? Y sin embargo quizá en Rojo ya había una pequeña semilla, desconocida para él e insospechada por la chica, que con el tiempo habría conducido al hartazgo. Ya que un día uno de los nativos que vivía en la ensenada les dijo que en un lugar cercano de la costa estaba anclado un ballenero británico.
       ““Hey”, dijo él, “me pregunto si pudiera realizar un trueque de algunas nueces y plátanos por uno o dos kilos de tabaco”.
       “Los cigarrillos de pandano que Sally le hacía con sus incansables manos eran fuertes y bastante placenteros, pero lo dejaban insatisfecho; y de pronto anheló tabaco de verdad, fuerte, de calidad y acre. No había fumado una pipa en meses. Babeaba ante la idea de hacerlo. Uno hubiera pensado que el presentimiento de algún daño habría hecho que Sally intentara disuadirlo, pero el amor la poseía tan completamente que nunca se le ocurrió que algún poder terrenal pudiera arrebatárselo. Fueron juntos a las colinas a recolectar una gran canasta de naranjas salvajes, verdes pero dulces y jugosas; arrancaron plátanos alrededor de su choza, cocos de las palmeras, mangos, frutos del árbol del pan y los llevaron a la ensenada. Cargaron la frágil canoa con todo esto; después Rojo y el chico nativo que les había llevado la noticia del barco remaron fuera del arrecife.
       “Fue la última vez que ella lo vio.
       “Al día siguiente el chico regresó solo. Era un mar de lágrimas. Ésta es la historia que contó. Tras su largo recorrido en canoa alcanzaron el barco y Rojo gritó esperando que alguien estuviera a bordo, un hombre blanco se asomó por un costado y les dijo que subieran. Tomó la fruta que habían transportado y Rojo la apiló en la cubierta. Empezó a hablar con el hombre blanco y parecieron llegar a un acuerdo. Un miembro de la tripulación bajó y trajo tabaco. Rojo tomó un poco de inmediato y encendió una pipa. El chico imitaba el placer con el que exhaló una gran bocanada de humo de su boca. Después le dijeron algo y fue a la cabina. A través de la puerta abierta el chico, mirando con curiosidad, vio que sacaron una botella y unos vasos. Rojo bebía y fumaba. Pareció que le preguntaron algo, ya que negó con la cabeza y se echó a reír. El primer hombre con el que hablaron rió también y llenó otra vez el vaso de Rojo. Siguieron charlando y bebiendo y el chico, cansado de ver una escena que no le decía nada, se acomodó en la cubierta y se durmió. Fue despertado por una patada; al ponerse de pie de un salto vio que el barco navegaba lentamente fuera de la laguna. Vio a Rojo sentado a la mesa, con la cabeza descansando pesadamente sobre sus brazos, profundamente dormido. Hizo un intento por ir hacia él, pretendiendo despertarlo, pero una ruda mano lo detuvo y un hombre, con el ceño fruncido y palabras que el chico no comprendía, señaló hacia la orilla. El chico le gritó a Rojo, pero muy pronto fue sujetado y arrojado por la borda. Indefenso, nadó hasta su canoa que estaba cerca de ahí, a la deriva, y la empujó hasta llegar al arrecife. Subió, y sin dejar de llorar en todo el camino, remó hasta la orilla.
       “Lo que había sucedido era muy evidente. El ballenero carecía de hombres, ya fuera por deserción o enfermedad, y el capitán había pedido a Rojo que se les uniera cuando subió; tras su negativa lo emborrachó y lo secuestró.
       “Sally estaba fuera de sí por la pena. Durante tres días gritó y lloró. Los nativos hacían lo que podían por consolarla, pero era inútil. No quería comer. Después, exhausta, se sumió en una profunda apatía. Pasaba largos días en la ensenada, mirando la laguna, con la vana esperanza de que de una u otra forma Rojo lograría escapar. Se sentaba en la blanca arena, hora tras hora, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, y de noche se arrastraba de regreso desganada y cruzaba el arroyo para llegar a la choza donde había sido tan feliz. La gente con la que vivía antes de que Rojo llegara a la isla quería que regresara con ellos, pero se negaba; estaba convencida de que Rojo regresaría, y quería que la encontrara donde la había dejado. Cuatro meses después parió un niño muerto, y la vieja mujer que había venido a ayudarla con el parto permaneció con ella en la choza. Toda alegría fue arrancada de su vida. Si con el tiempo su angustia se volvió menos insoportable, fue reemplazada por una melancolía crónica. Uno hubiera pensado imposible que entre esta gente, cuyas emociones son violentas pero transitorias, pudiera haber una mujer capaz de albergar una pasión tan duradera. Nunca perdió la profunda convicción de que tarde o temprano Rojo regresaría. Lo buscaba, y cada vez que alguien cruzaba este delgado y pequeño puente hecho de troncos de palmera, ella miraba. Finalmente podía ser él.
       Neilson paró de hablar y dejó salir un leve suspiro.
       —¿Y qué pasó con ella finalmente? —preguntó el capitán.
       Neilson sonrió amargamente.
       —Oh, tres años después se juntó con otro hombre blanco.
       El capitán dejó salir una risa gorda y cínica.
       —Eso es lo que generalmente sucede —dijo.
       El sueco le dirigió una mirada llena de odio. No sabía por qué este hombre soez y gordo le producía tal repulsión. Pero sus pensamientos divagaron y su mente se llenó de recuerdos del pasado. Regresó veinticinco años. Fue cuando por primera vez llegó a la isla, cansado de Apia y de su fuerte beber, de su juego y de su vulgar sensualidad, un hombre enfermo tratando de resignarse a la pérdida de la carrera que había llenado su imaginación con pensamientos ambiciosos. Dejó de lado con resolución todas sus esperanzas de volverse famoso y se esforzó por conformarse con los magros meses de cuidadosa vida que eran todo lo que tenía por delante. Se hospedaba con un comerciante mestizo que tenía una tienda a tres kilómetros de ahí, en la costa, en las afueras de una aldea nativa; un día, mientras vagaba sin rumbo por los pastosos senderos de los palmares, había llegado a la choza en la que vivía Sally. La belleza del lugar se había apoderado de él con una violencia tal que casi era dolorosa, y después había visto a Sally. Era la criatura más hermosa que jamás hubiera visto, y la tristeza de aquellos magníficos ojos oscuros lo afectó extrañamente. Los canacos son una bella raza, no era extraño encontrar belleza entre ellos, pero era una belleza de formas animales, una belleza vacía. Sin embargo aquellos ojos trágicos estaban oscurecidos por el misterio, y se sentía que había en ellos la amarga complejidad de la errante alma humana. El comerciante le contó la historia y lo conmovió.
       —¿Cree que algún día regresará? —preguntó Neilson.
       —No tema. En un par de años el barco dejará de navegar, y para entonces se habrá olvidado de ella. Apuesto a que se molestó mucho cuando despertó, al darse cuenta de que había sido embarcado a la fuerza, y no me sorprendería que hubiera querido pelear con alguien. Pero después aprendió a soportarlo, y supongo que en un mes pensaba que lo mejor que jamás le sucedió había sido dejar la isla.
       Pero Neilson no podía sacarse la historia de la cabeza. Quizá porque él era débil y enfermizo, la radiante salud de Rojo atraía a su imaginación. Él era un hombre feo, de apariencia insignificante, por lo que valoraba mucho la belleza de los demás. Nunca había estado enamorado con pasión, y con toda certeza nunca había sido amado con pasión. La atracción mutua de esas dos criaturitas le producía un especial deleite. Tenía la inefable belleza de lo Absoluto. Fue de nuevo a la pequeña choza junto al arroyo. Tenía un don para las lenguas y una mente con mucha energía, acostumbrada a trabajar, y ya había dedicado mucho tiempo al estudio de la lengua local. Los viejos hábitos perduraban en él y estaba juntando material para un escrito sobre el dialecto samoano. La vieja bruja que compartía la choza con Sally lo invitó a pasar y a sentarse. Le dio de beber kava y cigarrillos para fumar. Neilson estaba feliz de tener alguien con quien hablar y mientras hablaba miraba a Sally. Le recordaba a la Psique del museo en Nápoles. Sus rasgos tenían la misma nitidez, y aunque había dado a luz, aún conservaba un aspecto virginal.
       No fue hasta que la vio dos o tres veces que ella se atrevió a hablarle. Fue tan sólo para preguntarle si no había visto en Apia a un hombre llamado Rojo. Habían pasado dos años desde su desaparición, pero era manifiesto que aún pensaba en él sin cesar.
       No le tomó mucho tiempo a Neilson darse cuenta de que estaba enamorado de ella. Tan sólo mediante un gran esfuerzo se contenía de ir a diario al arroyo, y cuando no estaba con Sally sus pensamientos sí lo hacían. Inicialmente, al considerarse un hombre moribundo, tan sólo quería admirarla, y escucharla hablar ocasionalmente; el amor que sentía por ella le proporcionaba una maravillosa felicidad. Se regocijaba en su pureza. No quería nada de ella más que la oportunidad de tejer alrededor de su agraciada persona una red de hermosas fantasías. Pero el aire libre, la temperatura templada, el clima uniforme, el descanso y la alimentación simple empezaron a tener un inesperado efecto en su salud. Por las noches su temperatura ya no se disparaba a aquellos preocupantes niveles, tosía menos y empezó a subir de peso; pasaron seis meses sin que tuviera una hemorragia, y de repente contempló la posibilidad de vivir. Había estudiado detalladamente su enfermedad, y albergó la esperanza de que con gran cuidado podría frenar su curso. Lo alborozaba el ver con anticipación de nuevo al futuro. Hacía planes. Era evidente que cualquier especie de vida activa era impensable, pero podría vivir en las islas, y la pequeña renta que recibía, insuficiente en otros lugares, era abundante para mantenerse. Cultivaría cocos; eso lo mantendría ocupado; enviaría por sus libros y su piano; pero su ágil mente advirtió que con todo ello tan sólo trataba de ocultarse el deseo que lo obsesionaba.
       Deseaba a Sally. No sólo amaba su belleza, sino también esa alma que adivinaba tras sus sufrientes ojos. La intoxicaría con su pasión. Al final la haría olvidar. Y en un rapto de rendición se imaginaba dándole también a ella la felicidad que creyó nunca ver jamás, pero que ahora había alcanzado tan milagrosamente.
       Le pidió que viviera con él. Ella se negó. Él había anticipado esto y no permitió que lo deprimiera, ya que estaba seguro de que tarde o temprano ella cedería. Su amor era irresistible. Contó a la vieja mujer sus intenciones, y para su sorpresa se dio cuenta de que ella y los vecinos, que las habían descubierto hacía mucho tiempo, alentaban fuertemente a Sally para que aceptara su oferta. Después de todo, toda nativa estaba feliz de llevar el hogar para un hombre blanco, y para los estándares de la isla, Neilson además era rico. El comerciante con el que él vivía fue a verla y le dijo que no fuera tonta, que una oportunidad así no volvería a presentársele, y que tras un tiempo tan largo no podía seguir pensando que Rojo iba a regresar. La resistencia de la chica tan sólo azuzaba el deseo de Neilson, y lo que había sido un amor muy puro ahora era una pasión agonizante. Estaba determinado a que nada lo detuviera. No dejaba en paz a Sally. Extenuada por su persistencia y por la persuasión del entorno, que en ocasiones le rogaba y en otras se enfurecía con ella, finalmente cedió. Pero al día siguiente, cuando fue feliz a verla, encontró que durante la noche había quemado la choza en la que ella y Rojo vivieron juntos. La vieja mujer corrió hacia él profiriendo furiosos insultos hacia Sally, pero él la hizo a un lado; no importaba; construirían un bungalow en donde había estado la cabaña. En realidad una casa europea era más adecuada si quería traer un piano y una gran cantidad de libros.
       Y así fue que se construyó la pequeña casa de madera en la que había vivido durante muchos años, y Sally se convirtió en su esposa. Pero tras las primeras semanas de rapto, en las que estuvo satisfecho con lo que ella le daba, había tenido pocos instantes de felicidad. Sally había cedido debido al hartazgo, pero sólo le había dado lo que ella no valoraba. El alma que había vislumbrado tenuemente se le escapaba. Sabía que ella no lo quería nada. Aún amaba a Rojo y todo el tiempo estaba esperando su regreso. Ante una señal de éste, Neilson sabía que no obstante su amor, su cariño, su comprensión y su generosidad, ella lo dejaría sin vacilar. No dedicaría ni un instante a pensar en su sufrimiento. La angustia se apoderó de él y embestía contra ese infranqueable yo de Sally que se le resistía con obstinación. Su amor se volvió amargo. Trató de derretir su corazón con amabilidad, pero permaneció tan duro como antes; fingía indiferencia, pero Sally ni lo notaba. A veces perdía la cabeza y la golpeaba, y ella lloraba en silencio. En ocasiones pensaba que Sally no era más que un fraude, que esa alma era simple invención de él, y que no podía entrar al santuario de su corazón porque no había santuario alguno. Su amor se convirtió en una prisión de la que anhelaba escapar, pero no tenía la fuerza para tan sólo abrir la puerta —era todo lo que se requería— y salir hacia el aire libre. Era una tortura, así que finalmente se volvió insensible y abandonó toda esperanza. Al final, el fuego se consumió, y cuando veía que los ojos de Sally se posaban por un instante en el delgado puente, ya no era ira, sino impaciencia, lo que llenaba su corazón. Hacía ya muchos años que vivían juntos, unidos por los lazos del hábito y la conveniencia, y recordaba su vieja pasión con una sonrisa. Era una mujer vieja, puesto que las mujeres de la isla envejecen rápido, y si bien ya no la amaba, la toleraba. Lo dejaba en paz. Él estaba satisfecho con su piano y sus libros.
       Sus pensamientos lo condujeron a desear hablar.
       —Cuando miro hacia atrás y reflexiono sobre ese breve y apasionado amor de Rojo y Sally, creo que tal vez deberían dar gracias al despiadado destino que los separó cuando su amor aún estaba en el clímax. Sufrieron, pero sufrieron en la belleza. Evitaron la verdadera tragedia del amor.
       —No estoy seguro de comprenderlo —dijo el capitán.
       —La tragedia del amor no es la muerte ni la separación. ¿Cuánto tiempo cree que hubiera pasado antes de que a alguno de los dos dejara de importarle? Oh, es terriblemente amargo mirar a una mujer a la que se amó con toda el alma, a la que no era posible dejar de ver un instante, y darse cuenta de que no le importaría a uno el no volver a verla jamás. La tragedia del amor es la indiferencia.
       Pero mientras hablaba sucedió algo extraordinario. Aunque se dirigía al capitán, no había estado hablando con él, sino que más bien había expresado con palabras sus pensamientos para sí mismo, y pese a tener la mirada fija en el hombre sentado enfrente de él, no lo había visto. Pero ahora se le presentó una imagen, no del hombre que veía, sino de otro hombre. Era como si estuviera mirando uno de esos espejos que distorsionan, que lo vuelven a uno extraordinariamente bajo o escandalosamente alargado, pero aquí ocurría el fenómeno exactamente opuesto, y en el obeso y feo hombre viejo tuvo un sombrío atisbo de un jovenzuelo. Le dirigió una mirada rápida y escrutadora. ¿Por qué una caminata al azar lo había traído justo a este lugar? Un repentino temblor de su corazón hizo que le faltara el aire. Se apoderó de él una absurda sospecha. Lo que se le había ocurrido era imposible, y sin embargo podía ser real.
       —¿Cuál es su nombre? —preguntó abruptamente.
       El rostro del capitán se frunció y dejó salir una risilla burlona. Entonces se vio malicioso y espantosamente vulgar.
       —Hace tanto tiempo que no lo escucho que yo mismo casi lo he olvidado. Pero durante treinta años que llevo ya en estas islas siempre me han dicho Rojo.
       Su enorme figura se sacudió mientras reía en voz baja, casi en silencio. Era algo obsceno. Neilson se estremeció. Rojo estaba muy divertido, y de sus ojos inyectados en sangre salían lágrimas que corrían por sus mejillas.
       Neilson jadeó, ya que en ese momento entró una mujer. Era nativa, de presencia dominante, robusta sin ser corpulenta, morena, puesto que los nativos se vuelven más morenos con el tiempo, con el cabello muy gris. Llevaba un holgado vestido negro, y lo delgado de éste permitía ver sus grandes senos. El momento había llegado.
       Dijo algo a Neilson sobre algún asunto doméstico y éste respondió. Se preguntó si su voz había sonado tan fingida para ella como lo fue para sí mismo. Dirigió al hombre sentado en la silla junto a la ventana una indiferente mirada, y salió de la habitación. El momento había llegado y se había esfumado.
       Durante unos instantes Neilson no pudo hablar. Estaba extrañamente perturbado. Después dijo:
       —Me daría mucho gusto que se quedara a cenar conmigo. No sé qué haya.
       —No lo creo —dijo Rojo—. Debo ir en busca del tal Gray. Le daré su mercancía y después me marcharé. Quiero estar de regreso en Apia mañana.
       —Enviaré un chico con usted para que le muestre el camino.
       —Muy bien.
       Rojo se levantó de su silla, mientras el sueco llamaba a uno de los chicos que trabajaba en la plantación. Le dijo adonde quería ir el capitán y el chico cruzó el puente. Rojo se preparó para seguirlo.
       —No vaya a caerse.
       —Ni lo piense.
       Neilson lo miró marcharse, y cuando desapareció entre las palmeras, permaneció viendo el horizonte. Después se dejó caer pesadamente en su silla. ¿Era éste el hombre que había evitado que fuera feliz? ¿Era éste el hombre al que Sally había amado todos estos años y por el que había esperado tan desesperadamente? Era algo grotesco. Una furia repentina se apoderó de él y tuvo un impulso de levantarse y destrozar todo a su alrededor. Lo habían engañado. Finalmente se habían encontrado y él no lo sabía. Empezó a reír amargamente, y su risa fue cada vez más estruendosa, hasta ser histérica. Los dioses le habían jugado una cruel broma. Y ya era viejo.
       Finalmente entró Sally a decirle que la cena estaba lista. Se sentó enfrente de ella y trató de comer. Se preguntaba lo que ella diría si él le dijera que el viejo gordo sentado en la silla era el amante que aún recordaba con el apasionado abandono de su juventud. Hacía años, cuando la odiaba por hacerlo tan infeliz, se lo hubiera dicho con gusto. Quería lastimarla como ella lo lastimaba, porque su odio tan sólo era amor. Pero ya no le importaba. Se encogió de hombros con indiferencia.
       —¿Qué quería ese hombre? —preguntó ella en ese instante.
       No respondió de inmediato. Ella también era vieja, una vieja nativa gorda. Se preguntaba por qué alguna vez la había amado con tanta locura. Había puesto a sus pies los tesoros de su alma y a ella le había importado un bledo. ¡Desperdicio, qué desperdicio! Y ahora, cuando la miraba, tan sólo sentía desprecio. Al fin se había agotado su paciencia. Respondió a su pregunta.
       —Es el capitán de una goleta. Viene de Apia.
       —Sí.
       —Me trajo noticias de casa. Mi hermano mayor está muy enfermo y debo regresar.
       —¿Te irás por mucho tiempo?
       Se encogió de hombros.



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