W. Somerset Maugham
(París, Francia, 1874 - Niza, Francia, 1965)


Tras una noche de espanto (1931)
(“The Vessel of Wrath”)
Originalmente publicado en Hearst’s International,
Combined with Cosmopolitan Magazine
(abril de 1931);
Ah King
(Londres: William Heinemann, 1933 [septiembre], 339 págs.);
(Garden City, Nueva York: Doubleday, Doran and Company, Inc, 1936 [noviembre])



      Pocos libros hay en el mundo que tengan más enjundia que los Informes Náuticos publicados por el Departamento Hidrográfico por orden de los Lores encargados del Almirantazgo. Forman unos volúmenes preciosos, encuadernados en tela flexible de diferentes colores, y puede decirse que los más caros resultan baratos. Por cuatro chelines puede comprarse El piloto del Yangtse Kiang, que contiene una descripción de dicho río y los informes para navegar por él desde el río Wusung hasta donde es navegable, incluyendo el Han Kiang, el Kialing Kiang y el Min Kiang; y por tres chelines la Parte III de El Piloto del Archipiélago Oriental, que comprende el extremo NE de Célebes, el paso de las Molucas, el estrecho de Giloto, los mares de Arafura y de la Banda y las costas del norte, oeste y sudoeste de Nueva Guinea. Pero no es una compra recomendable si se es una persona de costumbres sedentarias y no quiere alterarlas, o si se tiene una ocupación que le retenga en un sitio fijo. Esos libros, de apariencia comercial, nos incitan a realizar fantásticos viajes imaginarios, y su estilo escueto, su orden admirable, la concisión con que exponen la materia, el sentido práctico que los informa no pueden evitar que la poesía, como la brisa cargada de aromas que penetra en nuestros sentidos con una sutil languidez al acercarnos a una de esas mágicas islas de los mares del Sur, resplandezca con exquisita fragancia en sus páginas impresas. Nos informan de los fondeaderos y puntos de desembarco, de las provisiones que pueden encontrarse en cada sitio y de los lugares donde se puede obtener agua. Nos indican las luces, boyas, marcas, vientos y tiempo que encontraremos en cada paraje. Nos dan una breve noticia de la población y del comercio. Y causa extrañeza, viendo la seriedad con que todo está escrito sin desperdiciar palabras, que, por añadidura, aun encontremos más. ¿El qué? Pues el misterio y la belleza, la fantasía y la fascinación de lo desconocido. No es un libro vulgar aquél que puede ofrecernos, al volver sus páginas al azar, un párrafo como éste: “Abastecimiento: si se conserva un reducido número de aves de la jungla, la isla, en cambio, alberga numerosas especies de aves marinas. En el lago hay tortugas, así como muchos peces, incluyendo el mújol gris, el tiburón y la lija. No cabe utilizar con éxito la jábega, pero hay peces que pueden pescarse con caña. En una choza se guarda una pequeña cantidad de provisiones en conserva y de alcohol para socorrer a los náufragos. Hay agua potable en un manantial, a poca distancia del lugar de desembarco.” ¿Por ventura necesita la imaginación más material que éste para efectuar un viaje a través del tiempo y el espacio?
       En el volumen de donde he copiado el párrafo anterior, los compiladores describen con la misma concisión las islas Alas. Estas forman un grupo o cadena de islas, “la mayoría bajas y frondosas, que se extienden unas setenta y cinco millas de Este a Oeste y unas cuarenta de Norte a Sur”. Lo que se conoce de ellas, nos dicen, es muy poco. Unos canales separan los distintos grupos, y varios barcos han pasado por ellos; pero dichos canales no han sido explorados a fondo y la posición de muchos escollos no ha podido ser determinada, por lo que se aconseja evitarlos. La población del archipiélago se calcula en unos ocho mil habitantes, de los cuales doscientos son chinos y cuatrocientos mahometanos. El resto son paganos. La isla principal es Baru; está rodeada por un arrecife de coral y en ella reside un Gobernador holandés. Su casa blanca con tejado rojo en la cumbre de una pequeña colina es lo más prominente que ven los buques de la Royal Netherlands Steam Packet Company cuando, una vez al mes, de paso para Macassar, y cada cuatro semanas, de regreso de Merauke y Nueva Guinea, tocan en la isla.
       En cierto momento de la historia del mundo, el Gobernador era Mynheer Evert Gruyter, el cual gobernaba a los habitantes de las islas Alas con una entereza templada por un sagaz sentido del ridículo. A los veintisiete años le pareció una gran cosa que le nombraran para un cargo de tanta importancia, y a los treinta seguía encontrándolo divertido. Sus islas no tenían comunicación por cable con Batavia, y el que pidiese instrucciones, cuando las recibía eran ya inútiles. Por eso hacía casi siempre lo que juzgaba más conveniente, confiando en su buena fortuna para librarse de tener un conflicto con las autoridades. Era un hombre de muy baja estatura… sólo medía cinco pies y cuarto… y extraordinariamente grueso, con una constitución exuberante. A causa del calor, se afeitaba la cabeza, y su rostro redondo y sanguíneo no tenía barba. Sus cejas eran tan rubias que apenas podían distinguirse, y sus ojos, pequeños y azules, tenían una mirada maliciosa. Él se daba cuenta de que su aspecto no era muy majestuoso, pero por su posición oficial trató de aparentarlo vistiéndose con distinción. Nunca iba a la oficina, ni se sentaba en la sala de juicios, ni salía a la calle, sin vestirse inmaculadamente de blanco. Llevaba muy ceñida su chaqueta de botones dorados, poniendo de manifiesto, a pesar de su juventud, un prominente abdomen. Su rostro bonachón brillaba con el sudor, y constantemente tenía que darse aire con un abanico de hoja de palmera.
       Pero en su casa, míster Gruyter prefería usar un sarong, y entonces, con su cuerpo pequeño, rollizo y blanco, parecía un ridículo chino de diecisiete años. Tenía la costumbre de madrugar, y todos los días le servían el desayuno a las seis. Este siempre era el mismo. Se componía de un trozo de papaya, tres huevos fritos fríos, queso de Edam y una taza de café. Después de desayunarse, fumaba un gran cigarro holandés, leía los periódicos, si no los había leído ya de cabo a rabo, y se vestía para ir a la oficina. Una mañana, mientras estaba vistiéndose, entró su boy en la habitación a decirle que el tuan Jones preguntaba si podría recibirle. Míster Gruyter se hallaba en pie ante el espejo. Tenía puestos los pantalones y estaba admirando su tórax. Arqueó la espalda para sacar el pecho, contrayendo a la vez el vientre, y se dio con satisfacción dos o tres palmadas en aquél. Era un pecho de atleta. Cuando el boy le anunció aquella visita, se miró a los ojos en el espejo, intercambiando con su imagen una leve e irónica sonrisa. Se preguntó qué diablos desearía su visitante. Evert Gruyter hablaba con la misma facilidad inglés, holandés y malayo, pero pensaba sólo en holandés. Le gustaba más. A su juicio, era una lengua más desvergonzada.
       —Di al tuan que espere un momento, que saldré en seguida.
       Se puso una túnica sobre el cuerpo desnudo, se la abotonó y entró luego en el salón. El reverendo Owen Jones se puso en pie.
       —Buenos días, míster Jones —dijo el gobernador—. ¿Ha venido a tomar una copa conmigo antes de que comience mi labor cotidiana?
       Míster Jones no sonrió.
       —He venido a verle por un lamentable asunto, míster Gruyter —repuso.
       El gobernador no se desconcertó por la seriedad de su visitante, ni le inquietaron sus palabras. Sus pequeños ojos azules brillaron humorísticamente.
       —Siéntese, querido amigo, y coja un cigarro.
       Míster Gruyter sabía perfectamente que el reverendo Owen Jones no fumaba ni bebía, pero no podía resistir la malévola tentación de ofrecerle una copa o un cigarro cada vez que le visitaba. Míster Jones movió negativamente la cabeza.
       Míster Jones tenía a su cargo la misión anabaptista de las islas Alas. Su central radicaba en Baru, que era la más importante y poblada, pero tenía casas al cuidado de ayudantes indígenas en distintas islas del archipiélago. Era un hombre alto, delgado y melancólico, de cara amarillenta, alargada y consumida, y de unos cuarenta años de edad. Su pelo castaño ya era blanco por las sienes y tenía grandes entradas. Esto le daba un aire de vacuo intelectualismo. Míster Gruyter sentía por él antipatía y respeto a la vez. Le era simpático por su carácter mezquino e imperioso. Él se consideraba un pagano bonachón que apetecía los placeres de la carne, y estaba decidido a disfrutar de ellos hasta donde las circunstancias lo permitieran, no pudiendo congeniar con una persona que los aborrecía todos. A su juicio, las costumbres del país convenían a sus habitantes, y no aprobaba los enérgicos esfuerzos del misionero para destruir un género de vida que durante siglos había dado buenos resultados. En cambio, le respetaba porque era honrado, trabajador y bueno. Míster Jones había nacido en Australia, de familia oriunda de Escocia, y era el único médico del archipiélago que tenía título; así, en caso de enfermedad, uno podía sentirse tranquilo sabiendo que no tendría que fiarse tan sólo de un practicante chino. Nadie sabía mejor que míster Gruyter lo útil que había sido para todos la ciencia de míster Jones y la caridad con que la ejercía. En cierta ocasión en que hubo una epidemia de gripe, el misionero hizo el trabajo de diez hombres, y ni las tormentas ni los tifones pudieron impedir que fuese de una isla a otra cuando su asistencia era necesaria.
       Vivía con su hermana en una casita blanca, a media milla del poblado, y cuando el gobernador llegó a la isla fue a bordo a recibirle, rogándole que se hospedara en su casa hasta que tuviese la suya en orden. Míster Gruyter aceptó, no tardando en darse cuenta de la sencillez con que vivían los dos hermanos. Aquella, vida era superior a sus fuerzas. Tomaban té en las tres frugales comidas, y cuando él encendió un cigarro, míster Jones le rogó que no fumase, porque tanto él como su hermana no transigían con ese vicio. A las veinticuatro horas, míster Gruyter se trasladó a su casa. Huyó aterrorizado, como de una ciudad atacada por el cólera. Al gobernador le gustaban las bromas y le agradaba reír; el estar con un individuo que oía los mayores disparates con una lúgubre seriedad y que no se reía nunca, ni siquiera al contarle el mejor chiste que uno recordaba, era algo superior a sus fuerzas. El reverendo Owen Jones podía ser un hombre benemérito, pero como compañero era intolerable. Su hermana era aún peor. También a ella le faltaba el más vulgar sentido del humor, pero mientras el misionero tenía un carácter melancólico y cumplía escrupulosamente con su deber, con la absoluta convicción de que en este mundo todo resultaba inútil, miss Jones, por el contrario, era decididamente optimista. Siempre trataba de ver el lado bueno de las cosas. Con la ferocidad de un ángel vengador, buscaba las virtudes del prójimo. Miss Jones enseñaba en la escuela de la misión y ayudaba a su hermano en el ejercicio de la Medicina. Cuando había alguna operación quirúrgica, ella se encargaba de la anestesia, y era la directora, la enfermera y la criada del pequeño hospital que míster Jones, por iniciativa suya, había añadido a la misión. Pero el gobernador era un hombre obstinado y no cedió en su empeño de encontrar motivos de diversión en la terca lucha que el reverendo Owen sostenía contra los vicios de la naturaleza humana y en el eterno optimismo de miss Jones. Tenía que divertirse como mejor pudiera. Los barcos holandeses hacían tres escalas en el puerto cada dos meses, permaneciendo en él sólo unas horas, y únicamente entonces podía irse de juerga con el capitán y el jefe de máquinas. Una vez llegó por casualidad a la isla un lugre perlero de Thursday Island o Port Darwin, y durante dos o tres días se divirtió de lo lindo. Los pescadores de perlas son en su mayoría hombres toscos, pero llevan a bordo licores en abundancia y saben contar buenas historias. El gobernador los invitó, ofreciéndoles una magnífica cena, que obtuvo tanto éxito que se emborracharon hasta el extremo de no poder regresar al barco aquella noche. Aparte del misionero, el único blanco que vivía en Baru era Ginger Ted, y éste era, desde luego, la deshonra de la civilización. Nada podía alegarse en su favor. Era el descrédito de la raza blanca. Sin embargo, de no haber sido por Ginger Ted, al gobernador le hubiera parecido insoportable la vida en la isla de Baru.
       Y, cosa extraña, por culpa de este pícaro, míster Jones, en vez de estar instruyendo a los jóvenes paganos en los misterios de los dogmas anabaptistas, se vio obligado a hacer aquella visita matutina a míster Gruyter.
       —Siéntese, míster Jones —dijo el gobernador—. ¿En qué puedo servirle?
       —Bien, he venido a verle para hablarle de ese individuo llamado Ginger Ted. ¿Qué va usted a hacer ahora?
       —¿Qué ha sucedido?
       —¿No lo sabe? Supuse que el sargento se lo había dicho ya.
       —Yo no permito que mis subordinados vengan a verme a mi domicilio particular, a no ser que se trate de un asunto urgente —dijo el gobernador con cierto énfasis—. Yo no soy como usted, míster Jones. Trabajo para poder descansar, y cuando hago esto me gusta que no me moleste nadie.
       Pero a míster Jones no le seducían las conversaciones frívolas ni le interesaban tampoco las reflexiones de carácter general.
       —Anoche armó un altercado lamentable en una tienda china, destrozando el local y faltando poco para que matara a un chino.
       —Supongo que estaría borracho otra vez —dijo el gobernador plácidamente.
       —Desde luego. ¿Cuándo no lo está? Avisaron a la policía y atacó al sargento. Se necesitaron seis hombres para encerrarle en el calabozo.
       —Es un hombre robusto —dijo el gobernador.
       —Supongo que lo enviará usted a Macassar.
       Evert Gruyter respondió a la mirada ofendida del misionero con un alegre parpadeo. No era tonto, y comprendió inmediatamente lo que pretendía míster Jones. Para divertirse, quiso fastidiarle un poco.
       —Por fortuna, mis poderes son lo suficiente amplios para juzgar el hecho —contestó.
       —Si usted quiere puede deportarlo, y estoy seguro de que nos ahorraríamos muchas molestias si nos viéramos libres de ese hombre.
       —Puedo hacerlo, naturalmente, pero estoy seguro de que usted es el primero en no desear que use de mi autoridad arbitrariamente.
       —Míster Gruyter, la permanencia de ese hombre en la isla es un continuo escándalo. Está borracho de la mañana a la noche y, además, es notorio que sostiene relaciones con una indígena tras otra.
       —Este es un punto interesante, míster Jones. Yo tenía entendido que los excesos alcohólicos estimulaban el apetito sexual, pero impiden su goce. Lo que usted me dice de Ginger Ted no parece estar de acuerdo con esa teoría.
       El misionero enrojeció vivamente.
       —Esas son cuestiones fisiológicas que no quiero discutir en este momento —dijo con frialdad—. La conducta de ese hombre causa un daño incalculable al prestigio de la raza blanca, y su ejemplo dificulta seriamente los esfuerzos que otros realizan para impedir que los habitantes de estas islas observen una vida llena de vicios. Es un indeseable en todos los conceptos.
       —Perdone mi pregunta, pero ¿ha tratado usted de conducirle al buen camino?
       —Cuando llegó aquí hice lo posible por ponerme en contacto con él, mas rechazó mis insinuaciones. Cuando ocurrió el primer incidente fui a verle y le hablé de hombre a hombre, pero me mandó a paseo renegando.
       —Nadie aprecia más que yo la labor que usted y los demás misioneros llevan a cabo en esta isla, pero ¿está usted seguro de ejercer siempre su ministerio con todo el tacto posible?
       Al gobernador le gustó su frase. Era extraordinariamente cortés y al mismo tiempo contenía un reproche que creyó necesario. El misionero le miró gravemente. Sus tristes ojos castaños reflejaban una profunda sinceridad.
       —Míster Gruyter, el tacto es el subterfugio de que se salen los débiles para rehuir el cumplimiento de su deber.
       La respuesta de míster Jones hizo que el gobernador sintiera de pronto la necesidad de beberse una botella de cerveza. El misionero se inclinó hacia adelante con vehemencia:
       —Míster Gruyter, usted conoce la conducta de ese hombre tan bien como yo. Así, pues, no es necesario que se la recuerde. No tiene ninguna disculpa, y ahora ha pasado del límite de lo tolerable. Nunca se le presentará una ocasión mejor que ésta. Le suplico que haga uso del poder que tiene y lo expulse de aquí de una vez para siempre.
       Los ojos del gobernador brillaron más vivamente que nunca. Aquello era muy divertido. Entonces pensó que la naturaleza humana era mucho más entretenida cuando uno no se veía obligado a enjuiciarla para conceder un premio o un castigo.
       —Tal vez no le haya comprendido bien, míster Jones. ¿Está usted pidiéndome que le prometa deportar a un hombre antes de haber visto qué pruebas hay contra él y de oír su defensa?
       —No sé cuál podrá ser su defensa.
       El gobernador se levantó de la silla y consiguió que sus cinco pies y cuarto de altura adquiriesen cierta majestad.
       —Yo estoy aquí para administrar justicia según las leyes del Gobierno holandés. Permítame que le diga, míster Jones, que me ha sorprendido extraordinariamente que usted intente inmiscuirse en mis funciones judiciales.
       El misionero se quedó un poco aturdido. Nunca pudo pensar que aquel mequetrefe diez años más joven que él adoptara semejante actitud. Abrió la boca para excusarse, pero el gobernador levantó su rolliza mano.
       —Ya es hora de que vaya a mi oficina, míster Jones. Buenos días.
       El misionero, sorprendido, saludó con un movimiento de cabeza y salió de la habitación sin decir una palabra, y se hubiera quedado atónito al ver lo que hizo el gobernador en cuanto le volvió la espalda. En sus labios se dibujó una sonrisa irónica y, poniendo el dedo pulgar en la nariz, le hizo una burla.
       Unos minutos más tarde llegó Gruyter a su oficina. Su secretario, un mestizo holandés, le dio la versión del incidente de la noche pasada. Coincidía exactamente con la de míster Jones. Aquel día se celebraban juicios.
       —¿Quiere usted que pase primero Ginger Ted, señor? —preguntó el secretario.
       —No veo por qué. Hay aún dos o tres juicios del último día pendientes. Le llamaremos cuando le llegue el turno.
       —…Creí que, como es un blanco, querría verle en privado, señor.
       —La majestad de la Ley no hace distinciones entre hombres blancos y de color, amigo mío —dijo míster Gruyter enfáticamente.
       La sala de juicios era una espaciosa habitación cuadrada, con bancos de madera donde se sentaban apretadamente indígenas de todas las razas: polinésicos, buguis [un pueblo de indígenas de la región sudoeste de la isla de Célebes], chinos y malayos, los cuales se pusieron en pie cuando se abrió la puerta y el sargento anunció la llegada del Gobernador. Míster Gruyter entró, seguido del secretario, sentándose ante una mesa de pino tea barnizada, colocada sobre una pequeña tarima. Tras él pendía de la pared un gran retrato de la reina Guillermina. Despachó media docena de casos, y después hicieron entrar a Ginger Ted, que permaneció en el banquillo de los acusados con las esposas puestas y entre dos guardias. El gobernador le miró con rostro serio, pero no pudo evitar que en sus ojos se reflejase una mirada divertida.
       Ginger Ted sufría aún los efectos de la pasada borrachera. Se sostenía en pie con dificultad, y sus ojos miraban estúpidamente. Era un hombre joven, de unos treinta y tres años, de estatura algo superior a la mediana, más bien grueso, de rostro sanguíneo y pelo rojizo y rizado. No había salido ileso de la lucha que sostuvo. Tenía un ojo morado y un corte en su boca hinchada. Llevaba unos cortos pantalones caquis muy sucios y raídos, y una camiseta destrozada por la espalda. A través de un jirón se veía la espesa mata de pelo rubio que cubría su pecho y la extraordinaria blancura de su piel. El gobernador leyó la hoja de cargos y llamó a los testigos. Cuando hubo interrogado al chino a quien Ginger Ted estuvo a punto de descalabrar con una botella; después de oír la agitada historia del sargento que de un puñetazo había quedado sin sentido al intentar detenerle; cuando se enteró de los daños que había ocasionado en su borrachera, destrozando cuanto estuvo al alcance de su mano, se volvió hacia él, diciéndole en inglés:
       —Bien, Ginger, ¿qué tienes que decir en tu defensa?
       —Que estaba ciego. No recuerdo nada. Si dicen que faltó poco para que matara a un hombre, probablemente será verdad. Que me den tiempo y pagaré los daños causados.
       —Naturalmente que los pagarás, Ginger —dijo el gobernador—. Pero soy yo quien te fijará el tiempo.
       Durante unos segundos miró a Ginger Ted silenciosamente. Era un ser repugnante. Un hombre completamente degradado. Era, en verdad, algo horrible. Su vista estremecía, y si míster Jones no hubiera sido tan oficioso, el gobernador, sin duda alguna, hubiese ordenado en aquel momento su deportación de la isla.
       —Desde que llegaste aquí, Ginger, no has hecho más que dar trabajo. Eres una desgracia. Eres un vago incorregible. Son infinitas las veces que te han recogido borracho del arroyo. Has tenido una bronca tras otra. La última vez te dije que si te volvían a arrestar te juzgaría con severidad. Ya has pasado del límite y tendrás que soportar las consecuencias. Te condeno a seis meses de trabajos forzados.
       —¿A mí?
       —Sí.
       —¡Dios santo! ¡Le juro que le mataré en cuanto me vea libre!
       Ginger comenzó a proferir maldiciones. Míster Gruyter le escuchó burlonamente. Se puede jurar mucho mejor en holandés que en inglés, y Ginger no pudo decir nada que alterara al gobernador.
       —No alborotes —le ordenó—. Me estás cansando.
       El gobernador repitió la sentencia en malayo y se llevaron al preso, que se resistía con furia.
       Míster Gruyter estaba de un humor excelente cuando se sentó a comer. Era extraordinario lo divertida que podía ser la existencia con un poco de ingenuidad. En Amsterdam y hasta en Batavia y Surabaya había gente para quien aquella isla era un lugar de destierro. No podían imaginarse lo agradable que era y las imprevistas diversiones que en ella se encontraban. Solían preguntarle si no echaba de menos el club, las carreras, el cine, los bailes que se celebraban semanalmente en el casino y la compañía de las señoras holandesas. Desde luego, no. Le gustaba la comodidad. Los muebles de la habitación en que se hallaba eran bastantes sólidos. Le agradaba leer novelas frívolas francesas, deleitándose al poder terminar una tras otra sin que le remordiera la conciencia por estar perdiendo el tiempo. Cuando su joven corazón sentía deseos de amor, su boy le llevaba a su casa una mujercita de tez cobriza y ojos brillantes que vestía un sarong. A su juicio, el cambio conservaba la juventud del corazón. Disfrutaba de una gran independencia y no se sentía abrumado por el peso de la responsabilidad. El calor le era indiferente. Se duchaba con agua fresca seis veces al día, experimentando un placer casi estético. También tocaba el piano y escribía cartas a sus amigos de Holanda. No echaba de menos las conversaciones con personas cultas. Le gustaba reírse, y esto lo mismo podía conseguirlo con un analfabeto que con un profesor de Filosofía. Se consideraba un hombre muy cuerdo.
       Como todos los buenos holandeses de Extremo Oriente, tomaba antes de comer una copita de ginebra de su país. Esta tiene un gusto picante y rancio y hay que estar acostumbrado a ella, pero míster Gruyter la prefería a los cocktails. Además, al bebería, le parecía que estaba haciendo honor a las tradiciones de su patria. Después le servían rysttafel. Era su invariable comida diaria. Se servía en un plato sopero una gran cantidad de arroz, después tomaba la salsa que le ofrecía uno de los tres boys que atendían a la mesa, y el huevo frito y el condimento que le presentaban los otros dos. A continuación cada uno le llevaba una fuente de tocino, o de plátanos, o de pescado en escabeche, hasta formar en su plato un montón de comida como una pirámide. Luego lo mezclaba todo y comenzaba a comer. Lo hacía lentamente y con fruición, regando la comida con una botella de cerveza.
       Cuando comía no pensaba. Toda su atención estaba concentrada en aquella masa que tenía delante, y la engullía placenteramente abstraído. Aquél era un plato que nunca le hartaba. Y al terminar tenía la compensación de pensar que al día siguiente volvería a comer de nuevo rysttafel. Le cansaba tan poco como a cualquiera de nosotros el pan. Al terminar la cerveza encendía un cigarro. El boy le servía una taza de café. Entonces se recostaba en su silla, permitiéndose el lujo de pensar.
       Le divertía haber condenado a Ginger Ted al bien merecido castigo de seis meses de trabajos forzados, y sonrió al pensar que tendría que trabajar en la carretera con los demás presos. Habría sido una necedad deportar de la isla al único hombre con quien podía echar un buen párrafo de vez en cuando, y, además, la satisfacción que hubiera sentido el misionero hubiese sido perjudicial para su carácter. Ginger Ted era una bala perdida y un pícaro por añadidura, pero el gobernador sentía simpatía por él. Habían bebido juntos más de una botella, y cuando llegaron a la isla los pescadores de perlas de Port Darwin intimaron bastante con ellos durante la noche que estuvieron juntos. Al gobernador le gustaba la indiferencia con que Ginger derrochaba el inapreciable tesoro de la vida.
       Ginger Ted había llegado un buen día en el barco que hacía la travesía de Merauke a Macassar.
       El capitán ignoraba cómo había ido a parar a Merauke. Hizo el viaje entre los indígenas, a proa, y desembarcó en las islas Alas sólo por conocerlas. Míster Gruyter sospechaba que la atracción que le inspiraron se debía a que estaban bajo el dominio holandés, y, por lo tanto, fuera de la jurisdicción de las autoridades británicas. Pero sus documentos estaban en regla, por lo que no hubo ningún motivo para prohibirle que se quedara. Manifestó que una sociedad australiana le había encargado la compra de conchas de perlas, pero pronto se puso de manifiesto que sus actividades comerciales no eran muy serias. En efecto, la bebida le ocupaba tantas horas que le quedaba muy poco tiempo para otros menesteres. Ganaba dos libras semanales, que recibía de Inglaterra, con exacta puntualidad, cada final de mes. El gobernador supuso que esa suma se la pagarían siempre que permaneciera alejado de las personas que se la enviaban. Sin embargo, era demasiado exigua para permitirle cierta libertad de movimientos. Ginger Ted era muy reservado. El gobernador, al ver su pasaporte, en el que figuraba con el nombre de Edward Wilson, averiguó que era inglés y que había estado en Australia. Pero ignoraba la causa que le había obligado a salir de Inglaterra y por qué estuvo en Australia. Tampoco sabía a qué clase social podía pertenecer. Al contemplarle con su camiseta sucia, sus pantalones raídos y el salacot deteriorado que cubría su cabeza, junto a los pescadores de perlas, y al oír su conversación soez, obscena e inculta, se experimentaba la impresión de que era un marinero vulgar que había desertado de su barco; pero al ver su escritura uno se quedaba sorprendido, al comprobar que era la de un hombre de cierta educación. Es más, si alguna vez se le encontraba a solas, después de haber bebido algo, pero sin que llegara a emborracharse, hablaba de ciertas cosas que no era probable que conociera un marinero ni un campesino. El gobernador tenía cierta penetración y se dio cuenta de que Ginger Ted no le hablaba como un inferior a su superior, sino de igual a igual. Debía la mayor parte de su mensualidad antes de recibirla, y su acreedor chino se encontraba siempre a su lado cuando le entregaban la carta de pago, pero con lo que le sobraba se emborrachaba. Entonces promovía terribles altercados, porque cuando estaba borracho de mostraba un genio irascible y corría el riesgo de realizar actos que le pusieran en manos de la policía. Hasta entonces, míster Gruyter se había limitado a encerrarle en la cárcel hasta que se le pasase la borrachera, amonestándole levemente después. Cuando no tenía dinero, mendigaba alcohol de todo el mundo. Ron, brandy, arak: todo le era igual. Míster Gruyter le hizo trabajar dos o tres veces en las plantaciones que poseían los chinos en la isla, pero no conservaba mucho tiempo un empleo y al cabo de unas cuantas semanas regresaba a Baru como un vagabundo. Parecía vivir de milagro. Desde luego, tenía cierta habilidad. Había aprendido los diversos dialectos que se hablaban en las islas, y sabía hacer reír a los indígenas. Estos le despreciaban, pero sentían respeto por su fuerza física, y, además, les gustaba su compañía. Por lo tanto, nunca careció de comida ni de una estera donde dormir. Lo extraño y lo que principalmente indignaba al reverendo Owen Jones es que hacía con las mujeres lo que se le antojaba. El gobernador no podía imaginarse lo que veían en él. Las trataba con indiferencia y a veces con brutalidad. Cogía lo que le daban, pero no conocía la gratitud. Las tomaba como un objeto de placer que luego arrojaba con displicencia. En una o dos ocasiones esto dio motivo a incidentes. Míster Gruyter tuvo que condenar a un padre colérico por asestar una noche una puñalada por la espalda a Ginger, y una china trató de envenenarse tomando opio porque él la había abandonado. Una vez, míster Jones, indignado, fue a ver al gobernador, porque aquel vagabundo había seducido a una de sus conversas. El gobernador reconoció que era algo deplorable, pero sólo pudo aconsejar a míster Jones que vigilase más a sus jovencitas. Sin embargo, al gobernador no le hizo tanta gracia descubrir que una muchacha que le gustaba bastante y a quien habla estado viendo durante varias semanas, había dispensado sus favores a Ginger al mismo tiempo. Al recordar este incidente sonrió de nuevo; pensó en Ginger, condenado a trabajos forzados durante seis meses. Rara vez sucede que al cumplir un deber puede uno al mismo tiempo vengarse del hombre que nos ha hecho una mala pasada.
       Unos días después, míster Gruyter salió a dar un paseo, en parte por hacer ejercicio y en parte para inspeccionar una obra que le interesaba y que se realizaba lentamente, cruzándose con un grupo de presos que trabajaban bajo la vigilancia de un guardián. Entre ellos vio a Ginger Ted. Iba vestido con el sarong de los presos, una sucia túnica, llamada en malayo baju, y un deteriorado salacot. Estaban reparando la carretera, y Ginger Ted manejaba un pesado pico. El camino era estrecho y el gobernador vio que tendría que pasar a un palmo de él. Entonces recordó sus amenazas. Sabía que Ginger Ted era un hombre de carácter violento, y el lenguaje que empleó en la sala de los juicios demostraba claramente que no había considerado como una broma que el gobernador le condenase a seis meses de trabajos forzados. Si Ginger Ted le atacaba de pronto con el pico, nada en el mundo podría salvarle. Era indudable que el guardián le pegaría un tiro instantáneamente, pero ya la cabeza del gobernador estaría partida en dos. Míster Gruyter pasó entre los presos, sintiendo un extraño cosquilleo en la boca del estómago. Trabajaban de dos en dos, a poca distancia uno de otro. Había decidido no acelerar ni disminuir el paso. Al cruzarse con Ginger Ted, éste clavó el pico en el suelo y levantó la vista, mirando al gobernador. Cuando sus ojos se encontraron, Ginger le hizo un guiño. El gobernador reprimió una sonrisa, continuando su camino con dignidad. Pero aquel guiño tan lleno de ironía le llenó de satisfacción. Si hubiese sido un Califa de Bagdad en vez de un joven funcionario del Gobierno holandés, habría libertado inmediatamente a Ginger Ted, enviándole esclavos para que le bañasen y perfumasen e invitándole a un opíparo banquete después que le hubieran vestido con trajes bordados en oro.
       Ginger Ted fue un preso ejemplar, y cuando transcurridos unos dos meses, el Gobernador tuvo que mandar un grupo para realizar un trabajo en una isla, le incluyó a él. Allí no había cárcel. Así, pues, los diez hombres que mandó bajo la vigilancia de un guardián tendrían que alojarse con los indígenas. Al terminar su trabajo podrían vivir como hombres libres. Cuando realizaran aquella obra, Ginger Ted habría cumplido su condena. El gobernador le vio antes de marchar.
       —Oye, Ginger —le dijo—. Aquí tienes diez guilders para que puedas comprar tabaco.
       —¿No podría darme algo más? Cada mes me llegan las ocho libras.
       —Creo que tienes bastante. Te guardaré las cartas, y cuando vuelvas dispondrás de una bonita suma. Así podrás ir donde quieras.
       —Aquí me encuentro bien —dijo Ginger Ted.
       —Bueno, el día que regreses aséate un poco y vete a mi casa. Beberemos una botella de cerveza.
       —Magnífico. Me parece que tendré ganas de divertirme.
       Pero entonces intervino el azar. La isla a la que habían enviado a Ginger Ted se llamaba Maputiti, y, como todas, era rocosa, con muchos bosques y rodeada por un arrecife de coral. Habla un poblado entre los cocoteros, a la orilla del mar, que daba frente a la entrada del arrecife, y otro junto a un lago salobre en el centro de la isla. En este poblado se habían convertido algunos indígenas al cristianismo. La comunicación de la isla con Baru se efectuaba por medio de una chalupa que a intervalos regulares recorría todo el archipiélago, transportando pasajeros y mercancías. Pero los indígenas eran gente de mar, y si tenían que comunicarse urgentemente con Baru utilizaban un praho, cruzando las cincuenta millas que los separaban de ella. Y sucedió que cuando a Ginger Ted no le faltaban más que quince días para cumplir su condena, el jefe cristiano del poblado del interior se puso repentinamente enfermo. Los remedios indígenas de nada le sirvieron; sufría unos dolores intensos. Entonces mandaron un aviso a Baru implorando la ayuda del misionero, pero, por desgracia, míster Jones estaba también enfermo con la malaria. Tenía que guardar cama y no podía moverse. Discutió el asunto con su hermana.
       —Me parece que se trata de un caso agudo de apendicitis —le dijo.
       —Pero no puedes ir, Owen —contestó ella.
       —Lo que no puedo es dejar morir a ese hombre.
       Míster Jones tenía cuarenta grados de fiebre y un horrible dolor de cabeza. Se había pasado la noche delirando. Sus ojos tenían un brillo extraño, y su hermana se dio cuenta de que si conservaba el conocimiento era únicamente a costa de un gran esfuerzo de voluntad.
       —No puedes operar en el estado en que te encuentras.
       —No, es cierto. Tendrá que ir Hassan.
       Hassan era el administrador.
       —Tampoco puedes fiarte de Hassan. No se atreverá nunca a hacer una operación bajo su responsabilidad y no creo que tú se lo permitas. Iré yo. Hassan se quedará para cuidarte.
       —Tú no sabes operar una apendicitis.
       —¿Por qué no? Te he visto hacerlo y he hecho ya muchas operaciones, aunque de menos importancia.
       Míster Jones no acababa d“comprender lo que ella decía.
       —¿Está aquí la chalupa?
       —No, ha ido a una de las islas. Pero puedo embarcarme en el praho.
       —¿Tú? No pensaba en ti. Tú no puedes ir.
       —Yo iré, Owen.
       —¿Adónde? —preguntó.
       Ella comprendió que deliraba otra vez. Le puso suavemente la mano en su seca frente y después le dio una medicina. Míster Jones murmuró unas palabras, y su hermana comprendió que ya no sabía dónde estaba. Naturalmente, su estado le inspiraba cierta inquietud, pero la enfermedad no era grave y sin temor podía dejarle al cuidado del boy de la misión y de Hassan. Sin pensarlo más, salió del cuarto. En un maletín metió los utensilios de tocador, una camisa y una muda. Siempre tenía preparado otro con los instrumentos de cirugía, vendas y desinfectantes. Entregó ambos maletines a los indígenas que habían llegado de Maputiti, y después de informar al administrador de lo que iba a hacer y de darle instrucciones para que se lo explicase a su hermano en cuanto recobrase el conocimiento, recomendándole sobre todo que le tranquilizara, se puso el salacot y salió. La misión distaba una media milla del poblado, pero la recorrió con paso rápido. Al final del muelle los aguardaba el praho. Lo tripulaban seis hombres. Miss Jones ocupó su sitio a popa y se alejaron remando con energía. El mar estaba sosegado dentro del arrecife, pero cuando cruzaron la barra se dejó sentir la profunda ondulación de su superficie. Pero aquél no era el primer viaje que miss Jones hacía por mar, y confiaba en la embarcación. Era mediodía, y el sol brillaba en un cielo bochornoso. Lo único que le preocupaba era que no podría llegar antes de la noche, y entonces, si había que operar inmediatamente, tendría que hacerlo con la sola luz de un farol.
       Miss Jones era una mujer de unos cuarenta años. Su aspecto no traslucía la decisión que acababa de demostrar. Su tipo esbelto daba la impresión de que iba a quebrarse al más leve soplo de brisa; tenía una especie da coquetería casi afectada, lo que hacía que su carácter enérgico pareciese verdaderamente monstruoso. Era alta y muy delgada, de rostro alargado, cetrino y bastante ajado por el calor. Peinaba lisamente hacia atrás su pelo mustio de color castaño. Sus ojos eran grises y pequeños, y como los tenía demasiado juntos le daban un aire de mujer gruñona. Tenía una nariz larga, delgada y un poco roja. Padecía bastante del estómago, pero esta dolencia no influía para nada en su implacable determinación de mirar siempre las cosas por su lado bueno. Estaba firmemente convencida de que el mundo era malo y los hombres viciosos pero se esforzaba en sacar a relucir, con un modesto orgullo, lo poco decente que había en ellos, como un prestidigitador saca un conejo de una chistera. Era, además, una mujer decidida, fértil en recursos y muy competente. Cuando llegó a la isla vio que no había que perder un momento si deseaba salvar la vida de aquel hombre. Luchando con las mayores dificultades, y después de enseñar a un indígena cómo se anestesiaba, realizó la operación, y durante tres días estuvo cuidando al enfermo con la más solícita asiduidad. Todo salió bien, y miss Jones pensó que su mismo hermano no podría haberlo hecho mejor. Se quedó en la isla hasta que pudo quitarle los puntos, y después se dispuso a regresar. Podía alabarse de no haber perdido el tiempo. Prestó asistencia médica a cuantos la necesitaron y robusteció la fe de la pequeña comunidad cristiana, amonestando a los tibios y sembrando la buena semilla en donde, con la ayuda de la Divina Providencia, era lógico esperar que fructificara.
       La chalupa, procedente de otra isla, llegó al atardecer, pero como había luna llena esperaba estar en Baru antes de medianoche. Llevaron su equipaje al muelle, y los indígenas fueron a despedirla, renovándole su agradecimiento. Se congregó una pequeña multitud. La chalupa estaba cargada con sacos de copra, pero miss Jones se había habituado ya a su penetrante olor y no le molestaba. Se acomodó lo mejor posible, y mientras esperaba que saliera se entretuvo hablando con sus agradecidos feligreses. Ella era el único pasajero. De pronto, un grupo de indígenas surgió de entre los árboles que sombreaban el pequeño poblado. Con ellos iba un hombre blanco. Llevaba el sarong de los presos y un baju. Tenía un abundante pelo rojizo. En el acto reconoció a Ginger Ted. Un policía le acompañaba. Al llegar a la chalupa, estrechó la mano de Ginger, y éste a su vez, se despidió de los indígenas que le acompañaban. Llevaban racimos de frutas y un jarro, que, según supuso miss Jones, estaría lleno de arak, y todo lo embarcaron en la chalupa. Entonces, sorprendida, se dio cuenta de que Ginger Ted iba a hacer el viaje con ella. Al cumplir su condena había recibido orden de volver a Baru en la chalupa. Él la miró sin saludarla, pues miss Jones había vuelto la cabeza al verle subir a bordo. El mecánico puso en marcha el motor, y a los pocos momentos navegaban por el canal en dirección a alta mar. Ginger Ted se subió a un montón de sacos y encendió un cigarrillo.
       Miss Jones fingió no reconocerle. Naturalmente, le conocía de sobra. Pensó con amargura que volvía a Baru a escandalizar, a beber y a convertirse en un peligro para las mujeres y en una vergüenza para la gente honrada. Sabía los pasos que había dado su hermano para que le deportasen de la isla, y estaba indignada con el gobernador por no cumplir con un deber tan evidente. Cuando estuvieron en alta mar, después de haber cruzado la barra, Ginger Ted destapó el jarro de arak y bebió un buen trago. Después se lo ofreció a los mecánicos que formaban la tripulación, un hombre de mediana edad y un joven.
       —No quiero que beban nada mientras viajamos —dijo miss Jones con entereza al de más edad.
       El aludido bebió sonriendo.
       —Un poco de arak no hace daño —repuso, alargando el jarro a su compañero, que también bebió.
       —Si vuelven a beber me quejaré al gobernador —dijo miss Jones.
       El mecánico dijo algo que no llegó a comprender y que supuso sería alguna ordinariez, y devolvió el jarro a Ginger. Así continuaron navegando durante una hora o poco más. El mar parecía un espejo y el sol se encendió majestuosamente tras de una isla, transformándola durante unos minutos en una mística ciudad de ensueño. Miss Jones se volvió para contemplar el espectáculo con el corazón rebosante de gratitud por la belleza del mundo.
       “Sólo el hombre es vil”, se dijo interiormente.
       Navegaban rumbo al Este. A lo lejos vio una isla por cuyas inmediaciones sabía que iban a pasar. Era una isla deshabitada, rocosa y cubierta por una selva virgen. Uno de los mecánicos encendió las luces. Se hizo rápidamente de noche y el cielo se cubrió de estrellas. La luna no había salido aún. De pronto sintieron una ligera sacudida y la chalupa empezó a vibrar de una forma extraña. El motor rechinaba. El mecánico llamó a su joven compañero para que se encargara del timón, yendo a ver lo que sucedía. La marcha de la chalupa se hizo más lenta. Miss Jones preguntó al joven qué ocurría, pero éste no supo decírselo. Ginger Ted bajó de la pila de sacos y se acercó al motor. Cuando volvió a cubrirla, miss Jones sintió deseos de preguntarle lo que ocurría, pero su dignidad se lo impidió. Continuó en su sitio, entregada a sus propios pensamientos. El oleaje aumentaba y la chalupa cabeceaba bastante. El mecánico volvió a salir y puso en marcha el motor: Aunque hacía un ruido infernal, comenzaron a moverse. La chalupa vibraba de proa a popa. Su marcha era lentísima. Evidentemente, algo había pasado, pero miss Jones estaba más furiosa que alarmada. La chalupa hacia ordinariamente tres nudos por hora, pero entonces parecía avanzar a duras penas. A aquella velocidad no llegarían a Baru hasta pasada la medianoche. El mecánico, ocupado aún con el motor, dijo algo a su compañero, que estaba al timón. Hablaban en buqui, y miss Jones apenas los entendía. Pero al cabo de un rato se dio cuenta de que habían alterado la ruta y que, al parecer, se dirigían hacia la pequeña isla deshabitada por la que debían de haber pasado a bastante distancia.
       —¿Adónde vamos? —preguntó al timonel con repentina aprensión.
       El marinero señaló la isla. Miss Jones se levantó, dirigiéndose hacia el motor y llamando al mecánico.
       —¿Por qué vamos a esa isla? ¿Qué sucede?
       —No podemos llegar a Baru.
       —Pues es preciso. Le ordeno que vaya a Baru.
       El mecánico se encogió de hombros, dio media vuelta y volvió a bajar al motor. Entonces, Ginger Ted dijo:
       —Se ha roto una de las aletas de la hélice, pero cree que podremos llegar a la isla. Tendremos que pasar la noche en ella, y mañana por la mañana, aprovechando la marea baja, cambiará la hélice.
       —Yo no puedo pasar la noche con tres hombres en una isla deshabitada —exclamó ella.
       —Insisto en que vayamos a Baru. Suceda lo que suceda, hemos de llegar esta noche.
       —No se excite, amiga mía. Tenemos que llevar la chalupa a la playa para cambiar la hélice, y en esa isla estaremos perfectamente.
       —¿Cómo se atreve a hablarme así? Es usted un insolente.
       —No tendrá queja. Tenemos víveres en abundancia y cenaremos en cuanto lleguemos. Beba un poco de arak. Se sentirá como nueva.
       —Es usted un impertinente. Si no vamos a Baru, haré que le metan en la cárcel.
       —Pues no vamos a Baru. No podemos ir. Vamos a esa isla, y si a usted no le gusta, márchese nadando.
       —Me las pagará usted.
       —Vamos, cállese de una vez, vieja gruñona —dijo Ginger Ted.
       Miss Jones dejó escapar una exclamación de ira pero logró dominarse. Aun allí, en medio del océano, tenía demasiada dignidad para enzarzarse de palabra con aquel miserable. La chalupa, con el motor rechinando, avanzaba muy despacio. Ya era noche cerrada, y no se podía ver la isla hacia la cual se dirigían. Miss Jones, furiosa, se sentó, con la boca apretada y el ceño fruncido; no estaba acostumbrada a que la contradijeran. Poco después salió la luna y pudo distinguir a Ginger Ted tumbado sobre el montón de sacos de copra. La luz de su cigarrillo era extrañamente siniestra. Al poco rato, la isla se dibujó vagamente en la noche. Al llegar a ella, el patrón llevó la chalupa a la playa. De pronto, miss Jones sintió un estremecimiento. Acababa de comprender la verdad, y su cólera se transformó en miedo. Su corazón empezó a latir violentamente. Estaba temblando de pies a cabeza y sentía una gran debilidad. Lo había adivinado todo. La rotura de la hélice, ¿era un pretexto o un accidente real? No podía saberlo, pero, en todo caso, estaba segura de que Ginger Ted no desperdiciaría la oportunidad de abusar de ella. No ignoraba su modo de ser. Las mujeres lo volvían loco. Así había sucedido con la muchacha de la misión, con aquella excelente criatura que era a la vez una magnífica costurera. Por aquel crimen, los tribunales le hubieran condenado a muchos años de cárcel, pero, por desgracia, la inocente muchacha había vuelto varias veces a buscarle, y sólo se quejó de su mal comportamiento cuando se vio sustituida por otra. Sin embargo, fueron a hablar al gobernador del asunto, pero éste se negó a tomar ninguna medida, alegando con su acostumbrada grosería que, aun en el caso de que fuese cierto lo que decía la muchacha, no parecía que hubiera sido para ella una experiencia del todo desagradable. Ginger Ted era un canalla. Y ella una mujer blanca. ¿Qué probabilidades tenía de salir indemne? Ninguna. Conocía a los hombres. Pero era preciso serenarse. Debía conservar el dominio sobre sí misma y no mostrarse cobarde. Estaba decidida a vender cara su honra, y si él la mataba, bien, prefería morir a rendirse. Iría al cielo. Por un momento, una luz vivísima cegó sus ojos, creyendo ver ya las mansiones celestiales. Los mecánicos y Ginger Ted saltaron de la chalupa y, con el agua hasta la cintura, se agruparon en torno a la hélice rota. Miss Jones se aprovechó de su preocupación para sacar de su maletín de cirugía los cuatro bisturíes que llevaba, escondiéndolos entre sus ropas. Si Ginger Ted la tocaba, no vacilaría en hundirle uno en el corazón.
       —Ahora, señorita, lo mejor es que desembarque —dijo Ginger Ted—. Estará más cómoda en la playa que en la chalupa.
       Miss Jones pensó que tenía razón. Además, tendría más libertad de acción. Sin decir una palabra, subió al montón de sacos de copra. Girger Ted le ofreció la mano.
       —No necesito su ayuda —dijo miss Jones fríamente.
       —¡Váyase al diablo! —contestó él.
       Desde luego, era un poco difícil salir de la chalupa sin enseñar las piernas, pero finalmente creyó, con demasiado optimismo, que lo había conseguido.
       —Ha sido una suerte que tengamos algo para comer. Encenderemos fuego y podrá comer algo, y, si quiere, beber un poco de arak.
       —No quiero nada. Sólo pido que me dejen sola.
       —Bien. Me tiene sin cuidado que usted sienta hambre.
       Miss Jones no contestó, alejándose por la playa con la cabeza erguida. En su mano tenía el mayor de los bisturíes. La luna permitía ver por donde iba. Buscaba un sitio donde esconderse. La selva frondosa llegaba hasta la misma playa, pero su oscuridad le infundía miedo. Después de todo, no era más que una mujer. Ignoraba qué fieras vivían allí, y si había serpientes venenosas. Además, su instinto le aconsejaba que era mejor no perder de vista a aquellos tres miserables, para estar preparada en caso de que se acercaran a ella. Al poco tiempo encontró una pequeña hendidura. Miss Jones miró alrededor. Los hombres parecían entretenidos en sus ocupaciones y no podían verla. Entonces se metió en ella. Entre sus enemigos y aquella hendidura había una roca, de modo que podía permanecer oculta y al mismo tiempo vigilarlos. Los vio ir y venir de la chalupa llevando cosas a la playa. Después encendieron una hoguera. Su luz los iluminó siniestramente. Se sentaron alrededor para comer, dándose cuenta de que bebían arak en abundancia. Terminarían todos borrachos. Entonces, ¿qué sería de ella? Contra Ginger Ted, aunque su fuerza la horrorizaba, hubiera podido defenderse, pero se vería impotente para luchar contra los tres. Entonces se le ocurrió la loca idea de echarse a los pies de Ginger y suplicarle que la respetara. Algún resto de nobleza debía de quedar en él; siempre había creído que aun los hombres peores tenían un lado bueno. Habría tenido una madre, quizás una hermana. Pero ¿cómo iba a implorar compasión de un hombre cegado por la lujuria y borracho de arak? Empezó a sentirse terriblemente débil. Temió echarse a llorar. Pero no, no lo haría. Necesitaba conservar toda su sangre fría. Se mordió los labios. Los espió como un tigre acecha a su presa, o, mejor aún, como un cordero observa a tres lobos hambrientos. Vio cómo echaban más leña al fuego, y a Ginger Ted con su sarong iluminado por las llamas. Quizá después de haber satisfecho su deseo la abandonase en manos de los otros. ¿Cómo volvería luego con su hermano? Naturalmente, la compadecerla, pero ¿sería con ella el mismo de antes? Aquello le destrozaría el corazón. Y quizá pensase que debía haber resistido más. Tal vez lo mejor sería no decir nada. Desde luego, los hombres se callarían, porque su crimen representaba veinte años de cárcel. Pero ¿y si tenía un hijo? Miss Jones, instintivamente, apretó los puños horrorizada, cortándose casi con el bisturí. Si se defendía, era lógico que se enfureciesen más.
       —¿Qué haré? —exclamó—. ¿Qué habré hecho para merecer esto?
       Miss Jones cayó de rodillas, rogando a Dios que la salvase. Oró largo rato y con vehemencia, recordando a Dios que era virgen y citando las palabras de San Pedro al ensalzar tan virtuosa condición. Después miró cautelosamente por un lado de la roca. Los tres hombres fumaban, y el fuego se extinguía lentamente. Tal vez entonces los pensamientos lascivos de Ginger Ted se volvieran hacia la mujer que tenía a su disposición. De pronto ahogó un grito, porque se había levantado y se dirigía hacia ella. Todos sus músculos se pusieron en tensión, y aunque su corazón latía violentamente, empujó con fuerza el bisturí. Pero Ginger Ted se había levantado con otro propósito. Miss Jones enrojeció, apartando la vista. Ginger volvió a sentarse llevándose a los labios el jarro de arak. Miss Jones, agazapada detrás de la roca, siguió mirando con ojos atentos. La conversación en torno del fuego fue decayendo, y al poco rato adivinó más que vio que los indígenas se envolvían con sus mantas, tumbándose para dormir. Entonces lo comprendió todo. Aquél era el momento que Ginger Ted había estado esperando. Cuando estuviesen profundamente dormidos se levantaría cautelosamente para no despertarlos y se dirigía hacia ella. ¿Haría esto porque no deseaba compartirla con los otros, o porque consideraba su acción tan criminal que no quería testigos? Después de todo, él era un hombre blanco y ella una mujer blanca. No podía haber descendido tanto como para consentir que sufriera la violencia de los indígenas. Pero este plan, que tan claro le parecía a ella, le dio una idea: cuando le viera acercarse, gritaría, gritaría con todas sus fuerzas para despertar a los dos mecánicos. Recordaba que el de más edad, aunque tuerto, tenía un rostro compasivo. Pero Ginger Ted no se movió. Miss Jones se sentía terriblemente cansada. Empezó a temer que no tendría fuerzas para resistirle. ¡Había sido todo tan espantoso! Cerró los ojos un instante.
       Cuando los abrió era de día. Debió de haberse quedado dormida, y tan deshecha estaba por la emoción que durmió hasta mucho después de amanecer. Esto le produjo una extraña sensación. Entonces trató de levantarse, pero tenía algo sobre las piernas. Al mirar vio que estaba tapada con dos sacos vacíos de copra. Alguien se había acercado a ella durante la noche, cubriéndola con ellos. Ginger Ted… Dejó escapar un grito. Un horrible pensamiento cruzó por su imaginación: la había deshonrado mientras dormía. Pero, no, era imposible. Sin embargo, habla estado a su merced, completamente indefensa. Se puso en pie, sintiéndose un poco entumecida, y se arregló sus ropas desordenadas. El bisturí había caído de su mano y tuvo que recogerlo. También cogió los dos sacos de copra, saliendo de su escondite y dirigiéndose a la chalupa que flotaba en el agua poco profunda del lago de coral.
       —Vamos, miss Jones —dijo Ginger Ted—. Ya hemos terminado. En este momento iba a despertarla.
       Ella no se atrevió a mirarle, pero se dio cuenta de que enrojecía como un pavo.
       —¿Quiere un plátano? —preguntó él.
       Sin despegar los labios, miss Jones lo cogió. Estaba hambrienta y lo comió con gusto.
       —Súbase a esta roca y podrá embarcarse sin mojarse los pies.
       Miss Jones se hubiera desplomado en el suelo, avergonzada, pero hizo lo que decía, Ginger Ted la cogió por el brazo… ¡Santo Dios! Su mano parecía de hierro. Jamás hubiera podido luchar contra él. Ginger la ayudó a saltar a la chalupa. El mecánico puso en marcha el motor, y salieron del lago de coral. Tres horas después llegaban a Baru.
       Aquella noche, después de haber sido oficialmente puesto en libertad, Ginger Ted fue a casa del gobernador. Ya no vestía el uniforme de los presos, sino su camiseta andrajosa y los pantalones cortos de color caqui que llevaba el día en que fue arrestado. Se había cortado el pelo, que así parecía en su cabeza una pequeña gorra rojiza. Estaba más delgado. Había perdido grasa, y su aspecto era mejor y más juvenil. Míster Gruyter, haciendo una mueca amistosa, le estrechó la mano y le dijo que se sentara. El boy llevó dos botellas de cerveza.
       —Me alegro de que no hayas olvidado mi invitación —dijo el gobernador.
       —No era probable. He estado esperando este momento durante seis meses.
       —Buena suerte, Ginger Ted.
       —Lo mismo digo, gobernador.
       Vaciaron sus vasos, y míster Gruyter dio una palmada. El boy llevó otras dos botellas.
       —Bueno, supongo que no me guardarás rencor por mi sentencia.
       —De ninguna manera. Enloquecí un instante, pero me sobrepuse. Además, no lo he pasado del todo mal. En la isla hay muchas mujeres bonitas, gobernador. Debería darse una vuelta por allí.
       —Eres un sinvergüenza, Ginger.
       —Sí, un terrible sinvergüenza.
       —Es buena esta cerveza, ¿verdad?
       —Excelente.
       —Bebamos un poco más.
       La pensión de Ginger había seguido llegando mensualmente, y el gobernador le guardaba entonces cincuenta libras. Después de pagar los daños causados en la tienda del chino, aún le quedarían más de treinta.
       —Es una bonita suma, Ginger. Podrás hacer algo bueno con ella.
       —Ya sé lo que voy a hacer —contestó Ginger—. Gastarla.
       El gobernador suspiró.
       —Bueno, me parece que para eso es el dinero.
       Míster Gruyter comunicó a su huésped las últimas novedades. Durante los pasados seis meses, pocas cosas habían sucedido. El tiempo en las islas Alas no tenía mucha importancia, y el resto del mundo no tenía ninguna.
       —¿Hay alguna guerra? —preguntó Ginger Ted.
       —Que yo sepa, no. Harry Jervis ha encontrado una gran perla. Dice que va a pedir por ella mil libras.
       —Espero que se las den.
       —Y Charlie McCormack se ha casado.
       —Siempre fue un hombre débil.
       De pronto, el boy se acercó a ellos, diciendo que míster Jones preguntaba si podía ser recibido. Antes de que el gobernador pudiera contestar, entró el misionero.
       —No los entretendré mucho tiempo —dijo—. Durante todo el día he tratado de ver a este joven, y cuando he sabido que estaba aquí pensé que no les molestaría que viniese.
       —¿Cómo está miss Jones? —preguntó el gobernador cortésmente—. Espero que no le haya hecho daño pasar una noche al aire libre.
       —Naturalmente, está un poco acatarrada. Tiene fiebre y he hecho que se acueste, pero no creo que sea nada importante.
       Los dos hombres se habían puesto en pie al entrar el misionero. Entonces, míster Jones se dirigió a Ginger Ted con la mano extendida.
       —Quiero darle las gracias. Su comportamiento ha sido grande y noble. Mi hermana tiene razón cuando dice que siempre hay que buscar el lado bueno del prójimo. Creo que le he juzgado mal. Le ruego que me perdone.
       Habló con toda solemnidad. Ginger Ted le miró atónito y no pudo evitar que el misionero le cogiera la mano. Aun entonces se la retenía.
       —¿De qué diablos está usted hablando?
       —Tuvo usted a mi hermana a su merced y la respetó. Yo le creí un miserable, y estoy avergonzado. Ella se hallaba indefensa; estaba enteramente en su poder, pero tuvo usted piedad. Le doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón. Mi hermana y yo nunca lo olvidaremos. Dios le bendiga y vele siempre por usted.
       —¡Rayos y truenos! ¿Qué ha querido decir?
       El gobernador soltó una carcajada. Trató de dominarse, pero cuanto más se esforzaba más se reía. Se estremecía su cuerpo, y los pliegues adiposos de su abdomen se agitaban bajo el sarong. Se recostó en la silla, moviéndose de un lado para otro. Se reía no sólo con la cara, sino también con el cuerpo, y hasta los músculos de sus rollizas piernas temblaban de risa. Tuvo que apretarse los riñones con las manos. Ginger Ted le miraba con el ceño fruncido y bastante furioso, porque no comprendía la razón de su hilaridad, hasta que, cogiendo por el gollete una de las botellas vacías, exclamó:
       —¡Si no deja de reír la estrellaré contra su maldita cabeza!
       El gobernador se enjugó el rostro, bebiendo después un trago de cerveza. De su boca se escapó un gemido, porque le dolían las costillas.
       —Te ha dado las gracias por haber respetado la virtud de miss Jones —pudo decir al fin.
       —¿Yo? —gritó Ginger Ted.
       La verdad trató de penetrar en su cabeza, pero cuando llegó a comprenderla montó en cólera, prorrumpiendo en una serie de insultos y obscenidades capaces de ruborizar a un marinero.
       —¡Esa vieja gruñona! —concluyó—. ¿Por quién me ha tomado?
       —Tienes fama de ser bastante atrevido con las mujeres —dijo burlonamente el gobernador.
       —No la hubiera tocado ni con la punta de un bastón. Jamás me pasó por la cabeza. Se necesita valor para decirme eso. Le retorceré el pescuezo… Déme el dinero. Voy a emborracharme.
       —No te censuro —dijo el gobernador.
       —¡Pero esa vieja gruñona!… —repitió—. ¡Esa vieja gruñona!
       Estaba verdaderamente ofendido. Aquella idea había ultrajado hasta lo más hondo su sentido de la decencia.
       El gobernador tenía el dinero a mano, y después que Ging Ted le firmó los papeles necesarios se lo dio.
       —Ahora, vete y emborráchate, Ginger —dijo—. Pero te prevengo que si vuelves a las andadas te condenaré a doce meses.
       —No volver —repuso Ginger Ted sombríamente. Tenía la sensación de que le habían injuriado—. Pero eso ha sido un insulto —gritó al gobernador—, un miserable insulto.
       Salió de la casa repitiendo: “¡Qué canalla! ¡Qué canalla!” Ginger Ted estuvo borracho una semana. Míster Jones volvió a ver al gobernador.
       —Lamento muchísimo que ese pobre hombre haya vuelto a reanudar su licenciosa vida —dijo—. Mi hermana y yo hemos sufrido un terrible desengaño. Me parece que no fue muy acertado darle de una vez tanto dinero.
       —Era suyo. No tenía derecho a retenerlo.
       —Tal vez no fuera un derecho legal, pero sí un derecho moral.
       Entonces explicó a míster Gruyter la historia de aquella espantosa noche en la isla. Con su instinto femenino, miss Jones se dio cuenta de que aquel hombre, presa de lujuria, estaba decidido a abusar de ella, y resolvió defenderse hasta el final armándose de un bisturí. Explicó al gobernador cómo había rezado y llorado y cómo se había escondido. Su agonía fue indescriptible al comprender que no podría sobrevivir a la vergüenza de su deshonra. Le esperó nerviosamente, porque pensaba que en cualquier momento podría acercarse. Y era inútil pedir socorro. Al fin se quedó dormida. La infeliz estaba agotada; aquella prueba era más de lo que un ser humano puede resistir. Al despertar vio que la había tapado con dos sacos de copra. Indudablemente la encontró durmiendo, conmoviéndole su inocencia y su desamparo y no tuvo valor para tocarla, tapándola con los sacos de copra y alejándose en silencio.
       —Eso demuestra que en el fondo de su alma aún hay algo bueno. Mi hermana cree que es nuestra obligación salvarle. Tenemos que hacer algo por él.
       —Bueno, yo, en su lugar, no intentaría nada hasta que se le haya acabado el dinero —dijo el gobernador—. Entonces, si no está en la cárcel, podrá hacer lo que quiera.
       Pero Ginger Ted no quería que le salvasen. Unos quince días después de haber sido puesto en libertad estaba sentado en un taburete a la puerta de la tienda de un chino, mirando distraídamente a la calle, cuando vio a miss Jones. La miró durante unos segundos, y una vez más se sintió dominado por el más profundo asombro. Masculló unas palabras que indudablemente no serían muy respetuosas. Pero entonces se dio cuenta de que miss Jones le había visto, y volvió rápidamente la cabeza. Sin embargo, tuvo la sensación que ella le seguía mirando. Miss Jones caminaba con paso rápido, pero lo fue disminuyendo sensiblemente al acercarse a él. Ginger pensó que iba a detenerse para hablarle y se levantó rápidamente, entrando en la tienda. No se atrevió a salir hasta que hubieron transcurrido cinco minutos. Media hora después apareció míster Jones en persona, dirigiéndose directamente hacia él con la mano extendida.
       —¿Cómo está usted, míster Edward? Mi hermana me ha dicho que le encontraría aquí.
       Ginger Ted le lanzó una agria mirada, sin estrechar la mano que le tendía, y no contestó.
       —Nos alegraría mucho que viniese a cenar con nosotros el próximo domingo. Mi hermana es una gran cocinera y le obsequiaría con una auténtica cena australiana.
       —¡Váyase al diablo!
       —No es usted muy amable —dijo el misionero riéndose, para demostrar que no estaba molesto—. Usted va de ver en cuando a casa del gobernador. ¿Por qué no ha de ir también a la nuestra? Es agradable hablar alguna vez con un blanco. ¿Por qué no quiere olvidar lo pasado? Yo puedo garantizarle un cordial recibimiento.
       —No tengo ropa para ir a ningún sitio —dijo Ginger Ted, huraño.
       —No se preocupa por eso. Venga con la que lleva.
       —No.
       —¿Por qué? Debe tener alguna razón.
       Ginger Ted era un hombre brusco y no vaciló en decir lo que a todos nos gustaría contestar cuando recibimos una invitación que nos desagrada.
       —Porque no quiero.
       —Lo siento, y mi hermana también lo sentirá mucho.
       Míster Jones, decidido a demostrar que no estaba ofendido, le saludó cordialmente y se marchó. Cuarenta y ocho horas más tarde llegó misteriosamente a la casa en que vivía Ginger Ted un paquete que contenía unos pantalones, una camisa de tenis, un par de calcetines y unos zapatos. Ginger Ted no estaba acostumbrado a recibir regalos, y en cuanto vio al gobernador le preguntó si era él quien le había enviado el paquete.
       —Ni por sueños —dijo míster Gruyter—. A mí me tiene sin cuidado el estado en que se encuentre tu vestuario.
       —Pues, entonces, ¿quién diablos ha sido?
       —No lo sé.
       De vez en cuando, miss Jones tenía que ir a ver al gobernador por asuntos oficiales, y una mañana, poco después de aquel incidente, fue a su oficina. Era una mujer muy hábil, y aunque de ordinario iba a pedirle cosas que él se negaba a hacer, no le hacía perder el tiempo. Aquella mañana se quedó un poco sorprendido al ver que su visita se debía a un asunto trivial. Cuando le dijo que no podía tomar en consideración aquel asunto, no intentó convencerle, como era su costumbre, y aceptó su negativa sin decir palabra. Se levantó para marcharse, y entonces, como si se le hubiera ocurrido de pronto, dijo:
       —¡Ah!, míster Gruyter, mi hermano tiene muchos deseos de que ese hombre que llaman Ginger Ted vaya a cenar con nosotros. Le he escrito una carta invitándole para pasado mañana. Me parece que es bastante tímido. Le agradecería que le acompañase usted.
       —Gracias por su amabilidad.
       —Mi hermano insiste en que debemos hacer algo por ese pobre hombre.
       —Sí, hacer que sienta la influencia de una mujer y demás cosas por el estilo —dijo el gobernador, gravemente.
       —¿Podría usted convencerle para que fuera? Estoy segura de que si se empeña usted lo conseguirá, y cuando él sepa el camino no le será tan difícil volver. Es una lástima que un joven como él se esté destrozando así.
       El gobernador la miró. Miss Jones era bastante más alta que él. A su juicio, no tenía muchos atractivos personales, y le recordaba la ropa tendida a secar en un alambre. Sus ojos brillaron, pero se mantuvo serio.
       —Haré lo que pueda —dijo—. ¿Qué edad tiene?
       —Según su pasaporte, treinta y un años.
       —¿Y cuál es su verdadero nombre?
       —Wilson.
       —Edward Wilson —murmuró ella en voz baja.
       —Parece increíble que sea tan fuerte con la vida que lleva —dijo el gobernador—. Tiene la fuerza de un toro.
       —Los hombres de pelo rojo son muy robustos —dijo miss Jones, pero habló como si estuviese ahogándose.
       —Es cierto —afirmó el gobernador.
       Entonces, sin razón para ello, miss Jones se ruborizó, y despidiéndose precipitadamente de míster Gruyter salió de su oficina.
       —¡Santo Dios! —exclamó él.
       Ya sabía quién le había mandado la ropa a Ginger Ted.
       Aquel mismo día se encontró con él y le preguntó si sabía algo de miss Jones. Ginger Ted sacó de su bolsillo un papel arrugado y se lo dio. Era una invitación, en la cual se decía lo siguiente:

     Apreciado míster Wilson:
     Mi hermano y yo nos alegraríamos mucho si viniese a cenar con nosotros el próximo jueves, a las siete y media. El gobernador nos ha prometido venir también. Tenemos unos cuantos discos nuevos que nos han venido de Australia, y estoy segura de que le gustarán. Me parece que la última vez que nos vimos no fui muy amable con usted, pero entonces no le conocía, y tengo edad suficiente para reconocer cuándo he cometido un error. Espero que me perdone y que seamos amigos.
     Su afectísima

MARTHA JONES

      El gobernador se dio cuenta de que le llamaba míster Wilson y que hacía referencia a su promesa de ir, comprendiendo que cuando ella le dijo que ya había invitado a Ginger Ted se había anticipado un poco a la verdad.
       —¿Qué vas a hacer?
       —Yo no voy, si es eso lo que me pregunta… ¡Vaya desfachatez!
       —Pues tendrás que contestar a la carta.
       —No.
       —Escucha, Ginger. Vas a hacerme el favor de ponerte esas ropas nuevas que tienes y acompañarme. Yo he de ir, y…, vamos, no vas a dejarme en la estacada. Por una vez, poco puede molestarte.
       Ginger le miró con recelo, pero el rostro del gobernador estaba serio y su actitud parecía sincera. No pudo sospechar que el holandés se reía interiormente.
       —¿Para qué diablos me invitarán?
       —No lo sé. Supongo que por el gusto de gozar de tu compañía.
       —¿Habrá algo de deber?
       —No, pero puedes pasarte por mi casa a las siete y tomaremos unas copas antes de ir.
       —Está bien —dijo Ginger Ted malhumorado.
       El gobernador, satisfecho, se frotó sus manos regordetas. Esperaba divertirse mucho en aquella cena. Pero el jueves, a las siete, Ginger Ted estaba completamente borracho, y míster Gruyter tuvo que ir solo, explicando al misionero y a su hermana la verdad de lo sucedido. Míster Jones movió la cabeza.
       —Me parece que todo, es inútil, Martha; ese hombre no tiene remedio.
       Miss Jones permaneció silenciosa durante unos momentos, y el gobernador vio que unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
       —No hay que perder la esperanza. Todos los nombres tienen en su interior algo bueno. Rogaré por él todas las noches. Sería impío dudar de Dios.
       Quizá miss Jones estuviese en lo cierto, pero las cosas se desarrollaron de una forma extraña e imprevista. Ginger Ted comenzó a beber más que nunca, conduciéndose de una forma tan turbulenta que hasta míster Gruyter perdió la paciencia. Era evidente que no podía vivir en la isla, y decidió deportarle en el primer barco que hiciese escala en Baru. Pero entonces murió un hombre en circunstancias misteriosas al regresar de un viaje a una de las islas, y el gobernador supo que en ella habían ocurrido varias muertes más. Por este motivo se vio obligado a mandar al chino, que era el médico oficial del archipiélago, para que averiguase de qué se trataba, enterándose muy pronto de que las muertes se debían al cólera. En Baru murieron dos personas más, y entonces tuvo que reconocer que se trataba de una epidemia.
       El gobernador soltó una serie de maldiciones. Maldijo en holandés, maldijo en inglés, maldijo en malayo. Después se tomó una botella de cerveza y se fumó un cigarro. Hecho esto, se puso a pensar. Sabía que el médico chino era de muy poca utilidad. Se trataba de un hombrecillo nervioso, oriundo de Java, y los indígenas se negarían a obedecer sus órdenes. El gobernador era un hombre enérgico y sabía perfectamente lo que debía hacerse, pero no podía atender a todo. Míster Jones no le era simpático, pero entonces se alegró de tenerle cerca y le mandó llamar inmediatamente. El misionero fue a su oficina acompañado de su hermana.
       —Supongo que ya sabe por qué le he mandado llamar, míster Jones —le dijo sin preámbulos.
       —Sí. Estaba esperando su aviso. Por eso ha venido también mi hermana. Estamos dispuestos a poner todos nuestros recursos a su disposición, y excuso decirle que ella es tan útil como un hombre.
       —Lo sé, y me alegro mucho de poder contar con su ayuda.
       Y sin pérdida de tiempo comenzaron a discutir las medidas que debían adoptar. Era preciso construir cabañas, hospitales y recintos de cuarentena. Había que obligar a los habitantes de los distintos poblados de las islas a que tomasen las debidas precauciones. Muchas aldeas afectadas bebían el agua de los mismos manantiales de aquellas que no lo estaban, y en cada caso había que combatir este peligro según las circunstancias. Era preciso enviar gente para dar las órdenes oportunas y para que velasen por su cumplimiento. La negligencia debía ser castigada. Lo peor era que los indígenas no obedecían a otros indígenas, y las órdenes dadas por los policías nativos, al dudar ellos mismos de su eficacia, no serían cumplidas. Convenía que míster Jones se quedase en Baru, la isla más poblada, donde su asistencia médica podía ser más necesaria. Míster Gruyter, teniendo deberes oficiales que cumplir, tampoco podía visitar las otras islas. Miss Jones era quien debía ir, pero los indígenas de las islas más apartadas eran peligrosos y traidores. El gobernador había tenido bastante trabajo con ellos y no quería exponerla a un serio peligro.
       —No tengo miedo —dijo ella.
       —Lo sé, pero si le cortan el cuello me pondrá en un compromiso con las autoridades; además, somos tan pocos que no quiero verme privado de su ayuda.
       —Entonces, deje que míster Wilson venga conmigo. El conoce a los indígenas mejor que nadie y habla todos los dialectos.
       —¿Ginger Ted? —El gobernador la miró—. Está convaleciente de un ataque de delirium tremens.
       —Lo sé —contestó ella.
       —Sabe usted muchas cosas, miss Jones.
       A pesar de la gravedad del momento, míster Gruyter no pudo menos de sonreír, dirigiéndole una penetrante mirada, pero ella permaneció impasible.
       —No hay nada mejor que la responsabilidad para que un hombre demuestre lo que vale, y creo que un caso como éste puede ser su salvación.
       —¿Crees prudente fiarte tanto tiempo de un hombre de un carácter como el suyo? —preguntó el misionero.
       —Pongo mi confianza en Dios —repuso ella con gravedad.
       —¿Y le será útil? —preguntó el gobernador—. Usted ya sabe cómo es.
       —Estoy convencida de que sí. —Entonces enrojeció—. Después de todo, nadie conoce como yo el dominio que tiene sobre sí mismo.
       El gobernador se mordió los labios.
       —Le mandaré llamar.
       Dio una orden al sargento y a los pocos minutos compareció Ginger Ted ante su presencia. Tenía muy mala cara. Evidentemente, le había afectado mucho su reciente ataque y estaba muy nervioso. Iba vestido andrajosamente y hacía una semana que no se afeitaba. Desde luego, su aspecto no podía ser peor.
       —Oye, Ginger —le dijo el gobernador—, te he mandado llamar por lo de la epidemia de cólera. Hemos de obligar a los indígenas a que tomen precauciones, y queremos que nos ayudes.
       —¿A cambio de qué?
       —A cambio de nada, a no ser por filantropía.
       —Entonces es inútil. Yo no soy un filántropo.
       —Está bien. Eso es todo. Puedes irte.
       Pero cuando Ginger Ted se dirigía a la puerta, miss Jones le detuvo.
       —Fué idea mía, Mr. Wilson. Me han dicho que tengo que ir a Labobo y a Sakunchi, y como los indígenas son peligrosos, he tenido miedo de ir sola. Si usted me acompañara me sentiría más segura.
       Él la miró con profundo disgusto.
       —¿Cree usted que me importa que le corten el cuello?
       Miss Jones le miró, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Comenzó a sollozar. Ginger Ted se detuvo y la contempló estúpidamente.
       —Desde luego, ya sé que no —dijo miss Jones, haciendo un esfuerzo para dominarse y secándose los ojos—. He sido una tonta. No pasará nada. Iré sola.
       —Es una locura que vaya una mujer a Labobo.
       —Puede que sí, pero es mi deber y no tengo más remedio que ir. Siento haberle ofendido pidiéndole que me acompañara. Olvídelo. Me parece que no es justo hacerle correr un peligro semejante.
       Ginger Ted permaneció unos momentos inmóvil, mirándola y apoyándose alternativamente en un pie y en otro. Su rostro arisco se ensombreció aún más.
       —Como usted quiera —dijo al fin—. Iré con usted. ¿Cuándo salimos?
       Salieron al día siguiente en la chalupa del gobierno, llevando medicamentos y desinfectantes. En cuanto lo organizara todo, míster Gruyter saldría en el praho en dirección contraria. La epidemia duró cuatro meses. Aun que se hizo todo lo posible por localizarla, todas las islas del archipiélago sufrieron sus consecuencias. El gobernador estuvo ocupado de la mañana a la noche. En cuanto llegaba a Baru de una de las islas, tenía que marcharse de nuevo. Distribuyó víveres y medicinas, animó a los indígenas aterrorizados, lo inspeccionó todo y, en una palabra, trabajó como un negro. Durante ese tiempo no supo nada de Ginger Ted, pero se enteró por Mr. Jones de que el experimento había salido a las mil maravillas. Aquel miserable se estaba portando magníficamente. Sabía tratar a los indígenas, y unas veces con halagos y otras con firmeza, e incluso hasta con la fuerza de sus puños, los obligó a que hicieran lo necesario para su propia seguridad. Miss Jones podía felicitarse por el éxito de su plan. Pero el gobernador estaba tan cansado que no tenía ánimos para reírse. Cuando pasó la epidemia, Mr. Gruyter se sintió satisfecho de que en una población de ocho mil almas sólo hubiera habido seiscientas defunciones.
       Al fin pudo declarar oficialmente extinguida la epidemia en su distrito.
       Una tarde, cuando, vestido con un sarong, se hallaba sentado en la veranda de su casa leyendo una novela francesa y sintiéndose feliz porque ya podía tomarse de nuevo las cosas con calma, se le acercó su boy, diciéndole que Ginger Ted deseaba verle. Mr. Gruyter se levantó de su silla, gritándole que entrara. Precisamente lo que necesitaba era compañía. El gobernador había pensado que sería agradable emborracharse aquella noche, pero era triste hacerlo solo, por lo que tuvo que desistir apesadumbrado de su idea. Pero el cielo le enviaba a Ginger Ted en el momento oportuno. ¡Diantre, qué noche iba a pasar! Después de cuatro meses de trabajo, bien se merecían una pequeña expansión. Ginger Ted entró. Llevaba un limpio traje blanco. Se había afeitado. Parecía otro hombre.
       —¡Pero, Ginger, parece que hayas estado veraneando en vez de cuidar a unos indígenas que se morían del cólera! ¡Qué ropas! Se diría que sales de un escaparate.
       Ginger Ted sonrió como un conejo. El boy les llevó dos botellas de cerveza.
       —Sírvete tú mismo, Ginger —dijo el gobernador cogiendo su vaso.
       —Gracias, no voy a beber.
       El gobernador dejó su vaso, mirando atónito a Ginger Ted.
       —¿Qué te pasa? ¿No tienes sed?
       —Preferiría una taza de té.
       —¿Una taza de té?
       —Estoy embarcado… Martha y yo vamos a casarnos.
       —¡Ginger!
       Los ojos del gobernador parecieron salirse de sus órbitas. Se rascó su pelada cabeza.
       —No puedes casarte con miss Jones —dijo—. Nadie puede casarse con ella.
       —Bueno, pues yo sí. Por eso he venido a verle. Owen nos casará en su capilla, pero queremos hacerlo conforme a las leyes holandesas.
       —Una broma es una broma, Ginger. ¿Qué pretendes?
       —Ella lo ha querido. Se enamoró de mí aquella noche que pasamos en la isla, cuando se rompió la hélice de la chalupa. No es una mala mujer cuando se la conoce a fondo. Además, yo soy su última oportunidad, ya me comprende, y me gustaría hacer algo por ella. Por otra parte, no hay duda de que necesita alguien que la cuide.
       —Pero, Ginger, antes de que te des cuenta, también tú te habrás convertido en un misionero cascarrabias.
       —Pues la verdad, no me importaría. Dice que soy una maravilla con los indígenas; dice que puedo conseguir en cinco minutos más que Owen en un año; dice que no ha conocido a nadie con un poder magnético como el mío. Y, naturalmente, es una lástima despreciar un don tan apreciable.
       El gobernador le miró en silencio, y lentamente movió la cabeza dos o tres veces. Aquella mujer habla dignificado por completo a Ted.
       —Ya he convertido a diecisiete —dijo Ginger.
       —¿Tú? No sabía que fueses cristiano.
       —Bueno, tampoco yo, pero cuando les hablé y vi que entraban en el redil como corderos, experimenté una agradable sensación. Me parece que, después de todo, hay algo de verdad en todo eso.
       —Debiste haberla violado, Ginger. No hubiese sido muy severo. Te habría condenado a tres años de cárcel, y tres años pasan pronto.
       —Escuche, no le diga nunca que esa idea no me pasó por la cabeza. Las mujeres son muy sensibles, y lo sentiría mucho si lo supiese.
       —Ya vi que te había echado el ojo, pero nunca pude imaginarme que sucediera esto. —El gobernador comenzó a pasear con agitación por la veranda—. Oye, amigo —le dijo después de reflexionar un rato—, hemos pasado juntos horas muy buenas, y un amigo siempre es un amigo. Te voy a decir lo que vas a hacer. Te prestaré la chalupa. Escóndete en una de las islas hasta que venga el próximo barco. Entonces te embarcarás en él. Tu única salvación está ahora en la huida.
       Ginger Ted movió la cabeza.
       —Es inútil. Reconozco su buena voluntad, pero estoy decidido a casarme con esa mujer. Usted no sabe la satisfacción que se siente al conseguir que los pecadores se arrepientan, y, ¡qué diablos!, esa mujer sabe hacer un budín excelente. No lo he comido mejor desde que era niño.
       El gobernador estaba bastante alterado. Aquel pícaro borrachín era su único compañero en las islas, y no quería perderlo. Entonces descubrió que incluso sentía por él cierto afecto. Al día siguiente fue a ver al misionero.
       —Me he enterado de que su hermana se casa con Ginger Ted —dijo—. Es la noticia más extraordinaria que he oído en mi vida.
       —Sin embargo, es cierta.
       —Pero usted tiene que hacer algo. Es una locura.
       —Mi hermana es mayor de edad y puede hacer lo que quiera.
       —Pero no me diga que a usted le parece bien. Usted conoce a Ginger. Es un vago y lo será siempre. ¿Ha hecho ver a su hermana los peligros que corre? Conseguir que los pecadores se arrepientan me parece una cosa excelente, pero todo tiene su límite. El leopardo, ¿cambia por ventura de costumbres?
       Entonces el gobernador vio por primera vez en su vida un brillo irónico en los ojos del misionero.
       —Mi hermana es una mujer muy decidida, míster Gruyter —repuso—. A partir de aquella noche que pasaron en la isla, ya no hubo salvación para él.
       El gobernador le miró boquiabierto. Estaba tan sorprendido como el profeta cuando el Señor hizo que el asno abriera la boca y le dijese a Balaam: “¿Qué te he hecho para que me pegues tres veces?” Quizá Mr. Jones fuese humano después de todo.
       —¡Dios mío! —murmuró el gobernador.
       Antes de que pudiera decir nada más, miss Jones entró en la habitación. Estaba radiante. Parecía diez años más joven. Sus mejillas estaban arreboladas y su nariz apenas si estaba roja.
       —¿Ha venido a felicitarme, Mr. Gruyter? —exclamó en un tono alegre y jovial—. Ya ve cómo después de todo tenía razón. Todo el mundo lleva en sí algo de bueno. No puede imaginarse lo espléndidamente que se ha portado Edward durante esta terrible temporada. Es un héroe. Es un santo. Hasta yo me quedé sorprendida.
       —Espero que sean muy felices, miss Jones.
       —Lo seremos. Sería impío que lo dudase, porque al Señor le debemos el estar juntos.
       —¿Usted cree?
       —Estoy segura. Fíjese, si no llega a ser por el cólera, Edward no se hubiera regenerado nunca; también gracias al cólera hemos podido conocernos mutuamente. Jamás he visto la mano de Dios de una forma más evidente.
       El gobernador no pudo menos de pensar que era demasiado decir que Dios había necesitado la muerte de seiscientas personas inocentes para reunir a aquellos dos seres, pero no hizo ningún comentario.
       —¿A que no se imagina dónde vamos a pasar nuestra luna de miel? —le preguntó miss Jones un poco jocosamente.
       —¿En Java?
       —No. Si usted nos presta la chalupa, iremos a esa isla donde tuvimos que pasar la noche. Tiene muy buenos recuerdos para los dos. Allí fue donde descubrí lo bueno que era Edward, y quiero que también allí reciba su recompensa.
       El gobernador se quedó sin aliento y se marchó rápidamente, porque estaba seguro de que si no se bebía en el acto una botella de cerveza le daría un ataque. En su vida había visto nada semejante.



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