Machado de Assis
(Rio de Janeiro, 1839-1908)


Ideas del canario (1895)
(“Idéias de canário”)
Originalmente publicado en Gazeta de Notícias [Rio de Janeiro] (15 de enero de 1895);
Páginas Recolhidas
(Río de Janeiro: Garnier, 1899, 262 págs.)



      Un hombre dedicado a los estudios de ornitología, llamado Macedo, contó a un grupo de amigos un suceso tan extraordinario que nadie le creyó. Algunos llegan a suponer que Macedo perdió el juicio. He aquí el resumen del relato.
       A principios del mes pasado —dijo él—, yendo por una calle, pasó un tílburi. A toda carrera que casi me arrojó al suelo. Pude eludir la embestida saltando al interior de una tienda de baratillos. Ni el estrépito del caballo y del vehículo, ni mi entrada intempestiva hicieron que el dueño del local se incorporara: siguió durmiendo, allá en el fondo, cabeceando en una silla plegable. Era un guiñapo de hombre, barba de color paja sucia, la cabeza encasquetada en un gorro deshilachado, que probablemente no había encontrado comprador. No se adivinaba en él ninguna historia; sí se podía, en cambio, presumir la de algunos de los objetos que vendía; tampoco se sentía en él la tristeza austera y desengañada de las vidas que fueron vidas.
       El local era oscuro, abarrotado de cosas viejas, retorcidas, rotas, ajadas, oxidadas como las que suelen encontrarse en tiendas de ese tipo, todo en ese semidesorden propio de un negocio de compraventa. Semejante hibridez era, en su innegable banalidad, interesante. Ollas sin tapa, tapas sin olla, cotones, zapatos, cerraduras, una pollera negra, sombreros de paja y de felpa, marcos, largavistas, sacones, un florete, un perro embalsamado, un par de chinelas, guantes, macetas, charreteras, una bolsa de terciopelo, dos perchas, una ballesta de bodoque, un termómetro, sillas, una litografía del finado Sisson, un juego de chaquete, dos máscaras de alambre para el próximo carnaval, todo eso y el resto que no vi o no recuerdo, colgado o expuesto en cajas de cristal, igualmente viejas. Allí dentro había más cosas y en cantidad, y con el mismo aspecto, predominando los objetos grandes, cómodas, sillas, camas, unos sobre otros, perdidos en la oscuridad.
       Estaba por salir, cuando vi una jaula colgada de la puerta. Aunque era tan vieja como el resto, faltaba, para que tuviese el mismo aspecto desolador de todo lo demás, que estuviese vacía. No estaba vacía. Dentro de ella saltaba un canario. El color, la vivacidad y la gracia del pajarito infundían a aquel montón de destrozos una nota de vida y de juventud. Era el último pasajero de algún naufragio, que allí había ido a parar íntegro y alegre como antes de la catástrofe. Apenas lo miré, empezó a saltar hacia abajo y hacia arriba, de varilla en varilla, como si quisiera decir que en medio de aquel cementerio resplandecía un rayo de sol. No atribuyo esta imagen al canario, sino porque me dirijo a gente proclive a la retórica; a decir verdad, él no pensó ni en el cementerio ni en el sol, según me confesó después. Yo, subyugado por el placer que me produjo aquel paisaje, me sentí indignado con el destino del pájaro, y murmuré por lo bajo palabras de amargura.
       —¿Quién sería el dueño execrable de este animalillo, que tuvo el coraje de deshacerse de él por algunas monedas? ¿Qué mano indiferente, no queriendo retener a ese compañero del dueño difunto, lo dio de regalo a algún pequeño, que lo vendió para poder comprar golosinas?
       Y el canario, deteniéndose en la varilla, trinó lo siguiente:
       —Seas tú quien fueres, ciertamente no estás en tu sano juicio. No tuve un dueño execrable, ni fui entregado a ningún niño que me vendiese. Solo una imaginación enferma puede ser capaz de tales conjeturas; ve a tratarte, amigo...
       —¿Cómo? —lo interrumpí yo, sin tiempo para asombrarme—. ¿Pretendes hacerme creer que tu dueño no te vendió a esta casa? ¿No fue la miseria o la indolencia quien te trajo a este cementerio como un rayo de sol?
       —No sé que quiere decir sol o cementerio. Si los canarios que has visto suelen usar el primero de esos nombres, tanto mejor, porque es lindo, pero presumo que te confundes.
       —Perdón, pero tú no estás aquí por propia iniciativa; alguien debió traerte, salvo que tu dueño haya sido desde siempre el hombre que está allí sentado.
       —¿Dueño? El hombre que está allí sentado es mi criado, me da agua y comida todos los días. Con tal regularidad que yo, si tuviese que pagarle sus servicios, debiera contar con mucho; pero los canarios no pagan a sus criados. En verdad, si el mundo es propiedad de los canarios, sería extravagante que ellos pagasen por lo que hay en él.
       Pasmado por las respuestas, no sabía qué admirar más, si el lenguaje o las ideas. El lenguaje, aunque me parecía humano, salía del ave en trinos graciosos. Miré a mi alrededor, para cerciorarme de que estaba despierto; la calle era la misma, el local era el mismo sitio oscuro, triste y húmedo. El canario, moviéndose de un lado a otro, esperaba que yo le hablase. Le pregunté entonces si tenía nostalgia del espacio azul e infinito...
       —Pero, mi querido amigo, —trinó el canario—, ¿qué quiere decir espacio azul e infinito?
       —Perdóname, pero... ¿qué piensas de este mundo? ¿Qué es el mundo?
       —El mundo —retrucó el canario con aire profesoral—, el mundo es una tienda de baratillos, con una pequeña jaula de tacuara cuadrada que cuelga de un clavo; el canario es el señor de la jaula que habita y del negocio que la rodea. Todo lo demás es ilusión y mentira.
       En eso estábamos cuando el viejo se despertó y se acercó a mí arrastrando los pies. Me preguntó si quería comprar el canario. Indagué si lo había adquirido como el resto de los objetos que vendía, y supe que sí, que lo comprara a un peluquero, junto con una colección de navajas.
       —Las navajas están en muy buen estado —concluyó él.
       —Lo que quiero es el canario.
       Le pagué lo que quería. Mandé a comprar una jaula más amplia, circular, de madera y alambre, pintada de blanco y ordené que la ubicasen en el balcón de mi casa, de dónde el pajarito podía ver el jardín, la fuente y un poco de cielo azul.
       Yo tenía la intención de realizar un largo estudio del fenómeno, sin decir nada a nadie, hasta poder asombrar al siglo con mi extraordinario descubrimiento. Empecé por alfabetizar la lengua del canario, por estudiar su estructura, las relaciones con la música, los sentimientos estéticos del ave, sus ideas y reminiscencias. Tras este análisis filológico y psicológico, me introduje decididamente en la historia de los canarios, su origen, los primeros siglos, geología y flora de las islas Canarias; traté de saber si se trataba de un pájaro con sentido de la orientación marítima, etcétera. Conversábamos largas horas; mientras yo tomaba mis apuntes, él esperaba, saltando de aquí para allá, trinando.
       No teniendo más familia que dos criados, les ordenaba que no me interrumpiesen, ni siquiera cuando el motivo fuese una carta o un telegrama urgente, o alguna visita de importancia. Dado que ambos estaban al par de mis ocupaciones científicas, la orden les pareció natural, y no sospecharon que el canario y yo nos entendíamos.
       Demás está decir que dormía poco, me despertaba dos o tres veces en la noche, deambulaba, me sentía afiebrado. Finalmente, retornaba al trabajo, para releer, agregar, corregir. Rectifiqué más de una observación, ya sea porque la entendí mal, o porque él no me la había expresado con claridad. La definición del mundo fue una de ellas. Tres semanas después de la entrada del canario a mi casa, le pedí que me repitiese esa definición.
       —El mundo —respondió él—, es un jardín muy basto con una fuente en el medio, flores y arbustos, algo de césped, aire claro y un poco de azul en lo alto; el canario, dueño del mundo, habita en una jaula amplia, blanca y circular, de donde contempla cuanto lo rodea. Todo lo demás es ilusión y mentira.
       El lenguaje también sufrió algunas rectificaciones, y a ciertas conclusiones, que al principio me habían parecido simples, luego las vi como temerarias. Aún no podía escribir la monografía que habría de enviar al Museo Nacional, al Instituto Histórico y a las universidades alemanas, no porque me faltase información, sino porque deseaba, ante todo, acumular las observaciones necesarias y ratificarlas. En los últimos días, no salía de casa, no contestaba las cartas, no quise saber nada de amigos ni de parientes. Todo yo era un canario. De mañana, uno de los criados tenía a su cargo limpiar la jaula y ponerle agua y comida. El pajarito no le decía nada, como si supiese que a aquel hombre le faltaba formación científica. La atención que, por lo demás, le concedía el sirviente, era absolutamente sumaria: él no amaba a los pájaros.
       Un sábado amanecí enfermo, la cabeza y la columna me dolían. El médico ordenó reposo total; estaba agotado por el exceso de estudio, no debía leer ni pensar; ni siquiera debía enterarme de lo que ocurría en la ciudad y en el mundo. Así estuve cinco días; al sexto me levanté y solo entonces supe que el canario, mientras el criado se ocupaba de él, había huido de la jaula. Lo primero que sentí fueron ganas de estrangular al criado; la indignación me sofocó, caí en la silla, mudo, alelado. El culpable se defendió, juró haber tomado todos los recaudos, el pajarito había logrado huir gracias a su astucia...
       —¿Pero no lo buscaron?
       —Sí, señor; al principio se trepó al tejado, yo lo seguí, el huyó, fue hacia un árbol, después se escondió no sé dónde. Desde ayer no hago más que averiguar, pregunté a los vecinos, a los jardineros de las quintas cercanas, nadie sabe nada.
       Sufrí mucho; felizmente el agotamiento estaba superado, y luego de algunas horas pude salir al balcón y al jardín. Ni rastros del canario. Pregunté, corrí de aquí para allá, pedí que me informaran y nada. Ya había organizado las notas para redactar la monografía, que de todas maneras quedaría truncada e incompleta, cuando fui a visitar a un amigo, dueño de una de las quintas más hermosas y grandes de los alrededores. Paseábamos por ella antes de cenar, cuando oí trinar esta pregunta:
       —Hola, señor Macedo ¿por dónde andaba que hace tanto que no lo veo?
       Era el canario; estaba en la rama de un árbol. Pueden imaginarse cómo me quedé, y lo que le dije. Mi amigo creyó que yo estaba loco; ¿pero qué me importaba lo que podía pensar? Le hablé al canario con ternura, le pedí que prosiguiéramos nuestra conversación, en nuestro tan querido mundo, compuesto por un jardín y una fuente, un balcón y una jaula blanca y circular...
       —¿Qué jardín? ¿Qué fuente?
       —Nuestro mundo, mi querido pajarito.
       —¿Qué mundo? Tú no pierdes tus malas costumbres de profesor. El mundo —concluyó solemnemente—, es un espacio infinito y azul, con un sol en lo alto.
       Indignado, le respondí que, si tuviese que creerle, el mundo podía ser cualquier cosa; hasta una tienda de baratillos...
       —¿Una tienda de baratillos? —trinó él a pulmón pleno—. ¿Es que acaso existen las tiendas de baratillos?




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