Machado de Assis
(Rio de Janeiro, 1839-1908)


La Serenísima República (1882)
(Conferencia del canónigo Vargas)
(“A Serenissima República”)

Originalmente publicado en Gazeta de Notícias (20 de agosto de 1882)
Papéis Avulsos
(Río de Janeiro: Lombaerts & C., 1882, 304 págs.)



      Señores míos:
       Antes de comunicaros un descubrimiento, que reputo de algún lustre para nuestro país, dejad que os agradezca la prontitud con la que acudieron a mi llamado. Sé que un interés superior os trajo aquí; pero no por eso ignoro − ya que sería ingratitud ignorarlo – que un poco de simpatía personal se mezcla con vuestra legítima curiosidad científica. Ojalá pueda corresponder a ambas.
       Mi descubrimiento no es reciente; data de fines del año 1876. No lo divulgué entonces –y, a no ser por El Globo, interesante diario de esta capital, no lo divulgaría tampoco ahora− por una razón que tendría fácil entrada en vuestro espíritu. Esta obra de las que vengo a hablaros, carece de retoques finales, de verificaciones y experiencias complementarias. Pero El Globo informó que un sabio inglés descubrió el lenguaje fónico de los insectos y cita el estudio realizado con moscas. Escribí inmediatamente a Europa y aguardo la respuesta con ansiedad. Como es cierto que, por la navegación aérea, invento del Padre Bartolomeu, es glorificado el nombre extranjero, mientras al de nuestro compatriota apenas se le puede considerar recordado por sus connaturales, decidí eludir la suerte del insigne volador, viniendo hasta esta tribuna a proclamar alto y sonoramente, ante la faz del universo, que mucho antes que aquel sabio, y fuera de las islas británicas, un modesto naturalista descubrió cosa idéntica e hizo de ella obra superior.
       Señores, voy a asombraros, como habría asombrado a Aristóteles, si le preguntase: ¿Crees que es posible dar régimen social a las arañas? Aristóteles respondería negativamente, como todos vosotros, porque es imposible creer que jamás se podría llegar a organizar socialmente este articulado arisco, solitario, apenas dispuesto al trabajo y difícilmente al amor. Pues bien, ese imposible lo logré yo.
       Oigo una risa, en medio del susurro de curiosidad. Señores, cabe vencer los preconceptos. La araña os parece inferior, justamente porque no la conocéis. Aman al perro, aprecian al gato y a la gallina, y no advierten que la araña no salta ni ladra como el perro, no maúlla como el gato, no cacarea como la gallina, no zumba ni muerde como el mosquito, no nos roba la sangre y el sueño como la pulga. Todos estos bichos son el modelo acabado del vagabundeo y el parasitismo. La misma hormiga, tan alabada por ciertas cualidades buenas, pulula en nuestra azúcar y en nuestras plantaciones, y funda su propiedad saqueando la ajena. La araña, señores, no nos aflige ni defrauda; se apodera de las moscas, nuestras enemigas; hila, teje, trabaja y muere. ¿Qué mejor ejemplo de paciencia, de orden, de previsión, de respeto y de humanidad? En cuanto a sus talentos, no hay dos opiniones. Desde Plinio hasta Darwin, los naturalistas del mundo entero forman un solo coro de admiración en torno a ese bichito, cuya maravillosa tela suele ser destruida, en menos de un minuto, por la escoba inconsciente de su criado. Yo repetiría ahora esos juicios, si me sobrase el tiempo; los materiales, empero, exceden el plazo del que dispongo por lo que me veo obligado a resumirlos. Aquí los tengo; aunque no a todos, sí a muchos; entre ellos, está esa excelente monografía de Büchner, quien con tanta sutileza estudió la vida psíquica de los animales. Citando a Darwin y a Büchner, queda claro que restrinjo el homenaje que corresponde a dos sabios de primer orden, sin, de ningún modo, absolver (y mis vestes lo proclaman) las teorías gratuitas y erróneas del materialismo.
       Sí, señores, descubrí una especie aracnidea que dispone del uso del habla; reuní algunos, después muchos de los nuevos articulados, y los organicé socialmente. El primer ejemplar de esta araña maravillosa se me apareció el día 15 de diciembre de 1876. Era tan vasta, tan colorida, tan rubia, con líneas azules, transversales, tan rápida en los movimientos, y a veces tan alegre, que atrapó totalmente mi atención. Al día siguiente vinieron otras tres, y las cuatro se apoderaron de un rincón de mi granja. Las estudié largamente; me resultaron admirables. Nada, sin embargo, puede compararse al asombro que me produjo el descubrimiento del idioma aracnideo: una lengua, señores, nada menos que una lengua rica y variada, con su estructura sintáctica, sus verbos, conjugaciones, declinaciones, casos latinos y formas onomatopéyicas; una lengua que estoy codificando gramaticalmente para uso de las academias, como lo hice sumariamente para mi propio uso. Y lo hice, notáoslo bien, venciendo dificultades aspérrimas con una paciencia extraordinaria. Veinte veces me desanimé pero el amor a la ciencia me daba fuerzas para acometer un trabajo que, hoy lo declaro, no llegaría a ser hecho dos veces en la vida del mismo hombre.
       Reservo para otro recinto la descripción técnica de mi aracnide, y el análisis de la lengua. El objeto de esta conferencia es, como ya dije, resguardar los derechos de la ciencia brasileña, por medio de una declaración oportuna; y, hecho esto, decirles además en qué reputo mi obra superior a la del sabio de Inglaterra. Debo demostrarlo y, sobre este punto, llamo su atención.
       En un mes contaba con veinte arañas; al mes siguiente, con cincuenta y cinco; en marzo de 1877 sumaban cuatrocientas noventa. Fueron dos, especialmente, las fuerzas que sirvieron para congregarlas: el uso de su idioma, desde que pude discernirlo un poco, y el sentimiento de terror que les infundí. Mi estatura, mis largas vestiduras, el uso del mismo idioma, les hicieron creer que yo era el dios de las arañas, y desde entonces me adoran. Y vean el beneficio de esta ilusión. Como las había acompañado con mucha atención y minucia anotando en un libro las observaciones que hacía, presumieron que el libro era el registro de sus pecados, y me fortalecieron aún más en la práctica de las virtudes. La flauta fue también de gran ayuda: como sabéis, o debéis saber, la música las enloquece.
       No bastaba agruparlas; era preciso darle un gobierno idóneo. Dudé en la elección; muchas de las modalidades actuales me parecían buenas, algunas excelentes, pero todas tenían en contra el hecho de que ya existían. Me explico. Una forma vigente de gobierno quedaba expuesta a comparaciones que podían disminuirla. Me era preciso, o encontrar una forma nueva, o restaurar alguna otra abandonada. Naturalmente adopté la segunda propuesta y nada me pareció más acertado que una república a la manera de Venecia, el mismo molde y hasta el mismo epíteto. Obsoleto, sin ninguna analogía, en sus rasgos generales, con cualquier otro gobierno vivo, tenía, la ventaja de un mecanismo complicado, lo que implicaba poner a prueba las aptitudes políticas de la joven sociedad.
       Otro motivo determinó mi elección. Entre las diferentes modalidades electorales de la antigua Venecia, figuraba la de la bolsa y las bolas, empleada para iniciar a los hijos de la nobleza en el servicio del Estado. Se introducían las bolas con los nombres de los candidatos en el saco y se extraía anualmente cierto número, quedando los elegidos aptos de inmediato para el ejercicio de las profesiones públicas. Este sistema hará reír a los doctores del sufragio; a mí, no. Excluye él los desvaríos de la pasión mas no fue solo por eso que la acepté; tratándose de un pueblo tan eximio en el hilado de sus telas, el uso de la bolsa electoral era de fácil adopción.
       La propuesta fue aceptada. Serenísima República les pareció un título magnífico, rozagante, expansivo, adecuado para enaltecer la obra popular.
       No diré, señores, que la obra llegó a la perfección, ni que allá llegué tan pronto. Mis discípulos no son los solarios de Campanella o los utopistas de Moro; forman un pueblo reciente, que no pueden trepar de un salto a la cima de las naciones seculares. Ni el tiempo es obrero que ceda a otro la lima o la alcotana; él hará más y mejor que las teorías del papel, válidas en el papel y mancas en la práctica. Lo que puedo asegurarles es que, no obstante las incertidumbres de la edad, ellos avanzan, contando con algunas virtudes que presumo esenciales a la duración de un Estado. Una de ellas, como ya dije, es la perseverancia, una larga paciencia de Penélope según les demostraré.
       En efecto, desde que comprendieron que en el acto electoral estaba la base de la vida pública, trataron de ejercerlo con la mayor atención. La fabricación de la bolsa fue una obra nacional. Era una bolsa de cinco pulgadas de altura y tres de ancho, tejida con los mejores hilos, obra sólida y espesa. Para componerla, fueron aclamadas diez damas principales, que recibieron el título de madres de la república, además de otros privilegios y foros. Una obra prima, pueden creerlo. El proceso electoral es simple. Las bolas reciben los nombres de los candidatos que acreditaron ciertas condiciones, y son impresas por un oficial público, denominado “de las inscripciones”. El día de la elección, las bolas son introducidas en la bolsa y extraídas por el oficial de las extracciones, hasta reunir el número de los elegidos. Esto que era un simple proceso inicial en la antigua Venecia, sirve aquí al aprovisionamiento de todos los cargos.
       La elección se efectuó al principio con mucha regularidad pero, poco después, uno de los legisladores declaró que ella había estado viciada, por haber sido incluidas en la bolsa dos bolas con el nombre del mismo candidato. La asamblea verificó la exactitud de la denuncia, y decretó que la bolsa, hasta allí de tres pulgadas de ancho, tuviese ahora dos; limitándose la capacidad de la bolsa, se restringía el espacio para el fraude; era, se estimó lo mismo que suprimirlo. Sucedió, empero, que en la elección siguiente, un candidato no fue inscrito en la bola correspondiente, no se sabe si por descuido o por decisión del oficial público. Este declaró que no recordaba haber visto el ilustre candidato, pero agregó noblemente que no era imposible que él le hubiese facilitado su nombre; en este caso no hubo exclusión y sí distracción. La asamblea, frente a un hecho psicológico ineluctable, como es la distracción, no pudo castigar al oficia,; pero, considerando que la estrechez de la bolsa podía dar lugar a exclusiones odiosas, revocó la ley anterior y restauró las tres pulgadas.
       En ese ínterin, señores, falleció el primer magistrado, y tres ciudadanos se presentaron como candidatos al puesto, pero solo dos importantes, Hazeroth y Magog, los propios jefes del partido rectilíneo y del partido curvilíneo, respectivamente. Debo explicarles estas denominaciones. Como ellos son principalmente geómetras, es la geometría la que los divide en la política. Unos entienden que la araña debe hacer las telas con hilos rectos; estos son los del partido rectilíneo. Otros piensan, al contrario, que las telas deben ser trabajadas con hilos curvos; estos son los de partido curvilíneo. Hay, además, un tercer partido, mixto y central con este postulado: las telas deben ser tramadas en hilos rectos e hilos curvos; es el partido recto −curvilíneo. Y finalmente, una cuarta división política, el partido anti-recto-curvilíneo que hizo tábula rasa de todos los principios litigantes y propone el uso de unas telas tejidas con aire, obra transparente y leve, en las que no hay líneas de ningún tipo. Como la geometría era capaz de dividirlos, sin llegar a apasionarlos, adoptaron un estatuto simbólico. Para unas, la línea recta expresa los buenos sentimientos, la justicia, la probidad, la entereza, la constancia, etcétera, mientras que los sentimientos malos o inferiores, como la adulación, el fraude, la deslealtad, la perfidia, son perfectamente curvos. Los adversarios responden que no, que la línea curva es la de la virtud y la del saber, porque es la expresión de la modestia y de la humildad; al contrario, la ignorancia, la presunción, la necedad, la fanfarronería, son rectas, duramente rectas. El tercer partido, menos angulosos, menos exclusivista, desbastó la exageración de unos y otros, combinó los contrastes y proclamó la simultaneidad de las líneas como la exacta copia del mundo físico y moral. El cuarto se limita a negar todo.
       Ni Hazeroth ni Magog fueron elegidos. Sus bolas fueron extraídas de la bolsa, es cierto, pero fueron descalificadas; la del primero, por faltarle la primera letra del nombre; la del segundo, por faltarle la última. El nombre restante y triunfante era el de un argentario ambicioso, político oscuro, que se encaramó enseguida en la silla poltrona ducal, para asombro general de la república. Pero los vencidos no se durmieron en los laureles del vencedor: exigieron una investigación. La investigación mostró que el oficial de las inscripciones había viciado intencionalmente la ortografía de sus nombres. El oficial confesó el defecto y la intención, pero los explicó diciendo que se trataba de una simple elipsis; delito, si lo era, puramente literario. Al no ser posible perseguir a nadie por errores de ortografía o figuras de retórica, pareció acertado rever la ley. Ese mismo día quedó decretado que la bolsa sería confeccionada en un tejido de red, a través del cual las bolsas podrían ser leídas por el público, e, ipso facto, por los mismo candidatos, quienes así tendrían tiempo de corregir las inscripciones.
       Desgraciadamente, señores, el comentario de la ley es la eterna malicia. La misma puerta abierta a la lealtad sirvió a la astucia de un cierto Nabiga, que se conchabó con el oficial de las extracciones, para tener un lugar en la asamblea. La vacante era una, los candidatos tres; el oficial extrajo las bolas con los ojos en su cómplice, quien solo dejó de menear negativamente la cabeza cuando la bola extraída sería la suya. No era preciso más para condenar la idea de las redes. La asamblea, con ejemplar paciencia, restauró el tejido espeso del régimen anterior pero, para evitar otras elipsis, decretó que solo serían válidas las bolas cuyas inscripciones fueran incorrectas en el caso de que cinco personas jurasen que el nombre inscrito era realmente el del candidato.
       Este nuevo estatuto dio lugar a un suceso igualmente nuevo e imprevisto, como enseguida verán. Se trató de elegir un recolector de contribuciones funcionario encargado de cobrar las rentas públicas, bajo la forma de contribuciones voluntarias. Eran candidatos, entre otros, un cierto Caneca y un tal Nebraska. La bola extraída fue la de Nebraska. Estaba en malas condiciones, es verdad, ya que le faltaba la última letra; pero cinco testimonios juraron, en los términos de la ley, que el elegido era el propio y el único Nebraska de la república. Todo parecía terminado, cuando el candidato Caneca requirió que se le dejara probar que la bola extraída no traía el nombre de Nebraska, sino el de él. El juez de paz difirió la petición. Vino entonces un filólogo –tal vez el primero de la república, además de buen metafísico y no vulgar matemático− el cual probó la cosa en estos términos:
       −En primer lugar− dijo él−debéis notar que no es fortuita la ausencia de la última letra del nombre de Nebraska. ¿Por qué motivo fue el inscrito de manera incompleta? No se puede decir que por fatiga o amor a la brevedad, pues sólo falta la última letra, una simple a. ¿Carencia de espacio? Tampoco, mirad: hay aún espacio para dos o tres sílabas. En consecuencia, la falta es intencional, y la intención no puede ser otra que la de llamar la atención del lector sobre la letra k, última a ser escrita desamparada, soltera, sin sentido. Pues bien, por un efecto mental, que ninguna ley destruyó, la letra se reproduce en el cerebro de dos modos, en forma gráfica, y en forma sonora; k y ca. La falla, pues, en el nombre escrito, que atrae los ojos sobre la letra final, incrusta de inmediato en el cerebro esta primera sílaba: K. Teniendo esto en cuenta, el movimiento natural de espíritu es leer el nombre completo; se vuelve así al principio, a la inicial ne, del nombre Nebrask-Cane. Resta la sílaba del medio, bras, cuya reducción a esta otra sílaba ca, última del nombre Caneca, es la cosa más demostrable del mundo. Y, sin embargo, no la demostraré, ya que os falta la preparación necesaria para el justo entendimiento de la significación espiritual o filosófica de la sílaba, sus orígenes y efectos, fases, modificaciones, consecuencias lógicas y sintácticas, deductivas o inductivas, simbólicas y otras. Pero, supuesta la demostración, ahí queda la última prueba, evidente, clara, de mi afirmación primera por la anexión de la sílaba ca a las dos Cane, dando por resultado el nombre Caneca.
       La ley fue enmendada, señores, quedando abolida la facultad de la prueba testimonial e interpretativa de los textos, e introduciéndose una innovación: el corte simultáneo de media pulgada en la altura y otra media en la anchura de la bolsa. Esta enmienda no impidió un pequeño abuso en la elección de dos alcaldes, y a la bolsa le fueron restituidas sus primitivas dimensiones, dándole, sin embargo, forma triangular. Comprenderéis que esta forma acarreaba una consecuencia: quedaban muchas bolas al fondo. De allí que se adoptara la forma cilíndrica; más tarde se le dio el aspecto de una ampolleta, cuyo inconveniente, según se reconoció, consistía en que era igual al triángulo, y entonces se adoptó la forma de un cuarto lunar creciente, etcétera. Muchos abusos, descuidos y lagunas tienden a desaparecer, y el resto tendrá igual destino, no completamente, es cierto, pues la perfección no es de este mundo, pero en la medida y en los términos del consejo de uno de los más circunspectos ciudadanos de mi república, Erasmus, cuyo último discurso lamento no poder ofreceros íntegramente. Encargado de notificar la última resolución legislativa a las diez damas, incumbidas de tejer la bolsa electoral, Erasmus les contó la fábula de Penélope que hacía y deshacía la famosa tela, a la espera del esposo Ulises.
       —Vosotras sois la Penélope de nuestra república −dijo él al terminar− tienen la misma castidad, paciencia y talentos. Rehagan la bolsa, amigas mías, rehagan la bolsa hasta que Ulises, cansado de vagar, venga a ocupar entre nosotros el lugar que le cabe. Ulises es la sapiencia.




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