Prosper Merimée
(París, Francia, 1803 - Cannes, Francia, 1870)


Las ánimas del purgatorio (1834)
(“Les Âmes du purgatoire”)
Originalmente publicado en Revue des Deux Mondes (15 de agosto de 1834);
Colomba [La venus d’Ille | Les Âmes du purgatoire]
(París: Magen et Comon, 1841, 465 pags.), págs. 281-340;
Colomba et autres contes et nouvelles
(París: Charpentier, Libraire-Éditeur, 1842, 512 págs.), págs. 209-285.



      Cicerón dice en alguna parte, creo que en su tratado De la naturaleza de los dioses, que hubo numerosos Júpiter —un Júpiter en Creta, otro en Olimpia, y otro en diferentes lugares—, hasta el punto de no haber ninguna ciudad de Grecia algo célebre que no hubiese tenido su propio Júpiter. De todos esos Júpiter se formó uno solo, al que se le atribuyeron todas las aventuras de cada uno de sus homónimos. Eso explica la ingente cantidad de conquistas amorosas que se le atribuyen a este dios.
       La misma confusión ocurrió respecto a Don Juan, personaje que se aproxima mucho a la celebridad de Júpiter. Sólo Sevilla posee varios Don Juanes y otras muchas ciudades citan el suyo. Cada uno tenía antaño su leyenda por separado. Con el tiempo, todas las leyendas se fundieron en una sola.
       Sin embargo, analizando este asunto más de cerca, es fácil establecer la parte que corresponde cada uno, o al menos, distinguir dos héroes, a saber: Don Juan Tenorio, que, como todo el mundo sabe, fue llevado al infierno por una estatua de piedra, y Don Juan de Mañara, cuyo fin fue completamente distinto.
       Cuentan del mismo modo la vida del uno y del otro, lo único que las distingue es el desenlace. Los hay para todos los gustos, como en las obras de Ducis, que terminan bien o mal, según la sensibilidad de los lectores.
       Respecto de la verdad de esta historia, o de estas dos historias, es incuestionable, y se ofendería gravemente el patriotismo provincial de los sevillanos si se pusiese en duda la existencia de esos calaveras que han hecho sospechosa la genealogía de sus más nobles familias. Se muestra a los visitantes la casa de Don Juan Tenorio, y nadie aficionado a las artes ha podido pasar por Sevilla sin visitar la iglesia de la Caridad. Allí habrá visto el sepulcro del caballero de Mañara con esta inscripción, dictada por su humildad o, si se quiere, por su orgullo: Aquí yace el peor hombre que existió en el mundo. ¿Existe forma de dudar después de esto? Es cierto que después de haberlo conducido a esos dos monumentos, su cicerone le contará además que Don Juan (no se sabe cuál de ellos) hizo proposiciones extrañas a la Giralda, esa figura de bronce que corona la torre morisca de la catedral, y que la Giralda las aceptó; que Don Juan, paseándose algo ebrio por la orilla izquierda del Guadalquivir, pidió fuego a un hombre que pasaba por la orilla derecha fumando un cigarro, y cómo el brazo del fumador (que no era otro que el diablo en persona) se alargó tanto y tanto que cruzó el río y fue a presentarle su cigarro a don Juan, que encendió el suyo sin pestañear ni percatarse del aviso, ¡tan empedernido era…!
       He procurado adjudicar a cada Don Juan la parte que le corresponde en su fondo común de maldades y crímenes. A falta de un método mejor, he procurado no contar de don Juan de Mañara, mi protagonista, nada más que las aventuras que no perteneciesen por derecho de prescripción a don Juan Tenorio, tan conocido entre nosotros por las obras maestras de Molière y de Mozart.
       El conde don Carlos de Mañara era uno de las señores más ricos y considerados que hubo en Sevilla. Era de ilustre cuna, y, en la guerra contra los moriscos rebeldes, había demostrado que no había degenerado el valor de sus antepasados. Después de la sumisión de las Alpujarras, regresó a Sevilla con una cicatriz en la frente y un buen número de niños arrebatados a los infieles, a quienes mandó bautizar y vendió ventajosamente a casas cristianas. Sus heridas, que no lo desfiguraban, no le impidieron agradar a una joven de buena familia, que le dió su preferencia entre el considerable número de pretendientes a su mano. De este matrimonio nacieron primero muchas hijas, algunas de las cuales se casaron después y otras se hicieron religiosas. Don Carlos de Mañara se desesperaba por no tener heredero de su apellido, cuando el nacimiento de su hijo vino a colmarlo de alegría y le hizo esperar que su antiguo mayorazgo no pasaría a ninguna rama colateral.
       Don Juan, el hijo tan deseado, y protagonista de esta historia verídica, fue mimado por sus padres como debía serlo el único heredero de un gran apellido y de una gran fortuna. Siendo aún niño, era dueño casi absoluto de sus actos, y en el palacio de su padre nadie se habría atrevido a contrariarlo. Únicamente, su madre quería que fue devoto como ella, y su padre quería que fuese valiente como él. Aquélla, a fuerza de caricias y golosinas, obligaba al niño a aprender las letanías, los rosarios, en fin todas las oraciones obligatorias y no obligatorias. Le hacía dormir leyéndole las vidas de los santos. Por otra parte, el padre le enseñaba a su hijo los romances del Cid y de Bernardo del Carpio; le contaba la rebelión de los moriscos y lo animaba a ejercitarse todo el día en lanzar el venablo, y en disparar el arco y hasta el arcabuz contra un monigote vestido de moro que había mandado colocar en un extremo de su jardín.
       Había en el oratorio de la condesa de Mañara un cuadro, en el estilo adusto y seco de Morales, que representaba los tormentos del purgatorio. Todos los géneros de suplicios que se le habían podido ocurrir al pintor se encontraban allí representados con tanta exactitud, que los familiares de la Inquisición no habrían tenido nada que objetar. Las ánimas del purgatorio estaban en una especie de gran caverna, en lo alto de la cual se veía un respiradero. Colocado sobre el borde de aquella abertura, un ángel tendía la mano a un alma que salía de aquel lugar de dolores, mientras que a su lado, un anciano, con un rosario en las manos juntas, parecía rezar con mucho fervor. Aquel hombre, que era el donante del cuadro, lo había mando pintar para una iglesia de Huéscar. En su rebelión, los moriscos prendieron fuego a la ciudad; la iglesia fue destruída, pero, por milagro, el cuadro se salvó. El conde de Mañara se lo había llevado, y había adornado con él el oratorio de su esposa. De ordinario, el pequeño Juan, siempre que iba a los aposentos de su madre, permanecía mucho tiempo inmóvil contemplando este cuadro, que lo asustaba y lo cautivaba a la vez. Sobre todo, no podía apartar la vista de un hombre cuyas entrañas parecía morder una serpiente, mientras estaba colgado por encima de una hoguera por medio de unos garfios de hierro que lo enganchaban por las costillas. Volviendo los ojos con ansiedad hacia el respiradero, la víctima parecía pedir al donante oraciones que lo libraran de tantos sufrimientos. La condesa no dejaba nunca de explicar a su hijo que aquel desgraciado padecía ese suplicio por no haber aprendido bien el catecismo, porque se había burlado de un cura o había estado distraído en la iglesia. El alma que volaba hacia el paraíso era el alma de un pariente de la familia Mañara, que tenía, sin duda, algunos pecadillos de que acusarse; pero el conde de Mañara había rezado por él, había dado mucho dinero al clero para sacarlo del fuego y de los tormentos, y había tenido la satisfacción de enviar al paraíso el alma de su pariente sin dejarlo padecer mucho tiempo en el purgatorio. “Sin embargo, Juanito, —añadía la condesa—, tal vez algún día sufra yo como ése, y permanezca millones de años en el purgatorio si no piensas en hacer decir misas para sacarme de allí. ¡Qué mal hecho estaría que dejases penar a la madre que te ha criado!” Entonces el niño lloraba; y si llevaba algunos reales en el bolsillo, se apresuraba a dárselos al primer santero que encontraba, portador de un cepillo para las ánimas del purgatorio.
       Si entraba en el gabinete de su padre, veía corazas abolladas por balas de arcabuz, un casco que el conde de Mañara llevaba en el asalto de Almería, y conservaba la señal del filo de un hacha musulmana: lanzas, alfanjes, estandartes arrebatados a los infieles decoraban aquel aposento.
       —Esta cimitarra, —decía el conde— se la arrebaté al cadí de Vejer, que me dió tres golpes con ella antes de que yo le quitara la vida.— Este estandarte era el que llevaban los rebeldes de Sierra Elvira. Acababan de saquear un pueblo cristiano; yo acudí con veinte caballeros. Cuatro veces traté de penetrar en medio de un escuadrón para arrebatar este estandarte y cuatro veces fui rechazado. A la quinta me santigüé; grité: “¡Santiago!”, y rompí las filas de los paganos. —¿Ves este cáliz de oro que llevo en mis armas? Un alfaquí de los moriscos lo había robado de una iglesia, donde cometió mil horrores. Sus caballos había comido cebada en un altar, y sus soldados habían dispersado los huesos de los santos. El alfaquí se servía de este cáliz para tomar sorbetes. Le sorprendí en su tienda cuando se llevaba a los labios el vaso sagrado. Antes de que tuviese tiempo de decir “¡Alah!”, y mientras tenía aún el brebaje en la garganta, descargué esta buena espada sobre la rapada cabeza de este perro infiel, y la hoja penetró hasta las dientes. Para recordar esta santa venganza, el rey me permitió llevar este cáliz de oro en mis armas. Te digo esto, Juanito, para que se lo cuentes a tus hijos y sepan por qué tus armas no son exactamente las de tu abuelo don Diego, que ves pintadas bajo su retrato.”
      Dividido entre la guerra y la devoción, el niño se pasaba el día fabricando crucecitas con tablas, o bien armado de un sable de madera que esgrimía en el huerto contra las calabazas de Rota, cuya forma se parecía mucho, según él, a las cabezas de moros cubiertas con sus turbantes.
       A los dieciocho años, don Juan conocía bastante mal el latín, ayudaba muy bien a misa y manejaba la espada o el mandoble mejor que el Cid. Su padre, considerando que un caballero de la casa de Mañara debía adquirir aún otros conocimientos, resolvió enviarlo a Salamanca. Los preparativos de viaje fueron hechos con rapidez. La madre le dio muchos rosarios, escapularios y medallas benditas. Le enseñó también muchas oraciones de gran eficacia en numerosas de circunstancias de la vida. Don Carlos le dio una espada cuyo puño, damasquinado de plata, estaba adornado con las armas de su familia, y le dijo: “Hasta ahora no has vivido sino con niños, ahora vas a vivir con hombres. Acuérdate de que el bien más preciado de un caballero es su honor, y tu honor es el de los Mañara. ¡Perezca el último vástago de nuestra estirpe antes que se infiera una sola mancha en su honor! Toma esta espada: te defenderá si te atacan. No seas jamás el primero en sacarla, pero acuérdate que tus antepasados no la volvieron nunca a la vaina, sin que fuesen vencedores y quedasen vengados.” Así provisto de armas espirituales y temporales, el descendiente de los Mañara montó a caballo y abandonó la morada de sus padres.
       La universidad de Salamanca estaba entonces en todo su esplendor. Nunca habían sido tan numerosos sus estudiantes, ni más doctos sus profesores; pero nunca tampoco habían tenido los ciudadanos que sufrir tantas insolencias de la juventud indisciplinada que habitaba, o mejor dicho, reinaba en la ciudad. Serenatas, algarabías, todo tipo de ruidos nocturnos: tal era su tren de vida ordinario, cuya monotonía se diversificaba de vez en cuando por raptos de casadas o solteras, por robos o palizas. Al llegar a Salamanca, don Juan pasó algunos días entregando cartas de recomendación a los amigos de su padre, visitando a sus profesores, recorriendo las iglesias, y haciendo que le enseñaran las reliquias que éstas contenían. Según la voluntad de su padre, entregó a uno de sus profesores una suma bastante considerable para que la distribuyera entre los estudiantes pobres. Esta liberalidad tuvo el mayor éxito y le valió enseguida numerosos amigos.
       Don Juan tenía grandes deseos de aprender. Se proponía escuchar, como si fuesen palabras del Evangelio, todo lo que saliera de la boca de los profesores, y para no perderse nada quiso colocarse lo más cerca posible de la cátedra. Cuando entró en el aula donde debía impartirse la lección, vio vacío un asiento, tan cerca del profesor como hubiese podido desear. Se sentó en él. Un estudiante sucio, desgreñado, vestido de andrajos, como había tantos en las universidades, apartó un momento los ojos de su libro para dirigirlos hacia don Juan con aire de asombro estúpido. “¿Cómo os sentáis en ese puesto? —exclamó en tono casi asustado—. ¿No sabéis que ahí se sienta de ordinario don García Navarro?”
       Don Juan respondió que siempre había oído decir que los sitios pertenecían al primer ocupante y que encontrando vacío aquél, creía poder ocuparlo, sobre todo si el señor don García no había encargado a su vecino que se lo guardase.
       —Sois forastero aquí, por lo que veo, —dijo el estudiante— y llegado desde hace muy poco tiempo, puesto que no conocéis a don García. Sabed, pues, que es uno de los hombres más…— Aquí el estudiante bajó la voz y pareció experimentar el temor de que lo oyeran los demás estudiantes—. Don García es hombre terrible. ¡Desgraciado el que lo ofenda! Tiene la paciencia corta y la espada larga; y estad seguro de que si alguien se sienta en un sitio donde don García se ha sentado dos veces, hay motivo de sobra para que sobrevenga una pelea, porque es muy quisquilloso y susceptible. Cuando disputa, hiere, y cuando hiere, mata. Ahora ya os he avisado, haced lo que bien os parezca.
       Don Juan encontraba extraordinario que aquel don García pretendiera reservarse los mejores asientos sin tomarse la molestia de merecerlos por su puntualidad. Al mismo tiempo veía que muchos estudiantes lo miraban, y comprendió qué morti-ficante sería dejar aquel sitio después de haberse sentado en él. Por otra parte, le preocupaba muy poco tener una pelea tan pronto como llegara, sobre todo con hombre tan peligroso como parecía ser don García. Se hallaba en esta perplejidad, no sabiendo qué resolver y permaneciendo en el mismo lugar, cuando un estudiante entró y se dirigió derecho hacia él. “He aquí a don García”, dijo su vecino.
       García era un joven ancho de hombros, bien formado, de tez curtida, orgullosa mirada y boca despreciativa. Llevaba un jubón ajado, que había podido ser negro, y una capa agujereada; por encima colgaba una larga cadena de oro. Es sabido que siempre los estudiantes de Salamanca y demás universidades de España pusieron una especie de pundonor en parecer andrajosos, queriendo demostrar así probablemente, que el verdadero mérito puede prescindir de los adornos debidos a la fortuna.
       Don García se acercó al banco donde estaba aún sentado don Juan, y saludándolo con mucha cortesía: “Señor estudiante —le dijo— sois nuevo entre nosotros; sin embargo, vuestro nombre me es muy conocido. Nuestros padres fueron grandes amigos, y si lo permitís, no lo serán menos sus hijos.” Mientras hablaba de esta forma tendió la mano a don Juan con el aire más cordial. Don Juan, que esperaba un principio muy diferente, acogió con mucha solicitud las cortesías de don García, y le respondió que se tendría por muy honrado con la amistad de un caballero como él.
       —No conocéis aún Salamanca —prosiguió don García—; si queréis aceptarme como vuestro guía, estaré encantado de mostrároslo todo, desde el cedro hasta el hisopo, en la ciudad donde vais a vivir. —Luego, dirigiéndose al estudiante sentado al lado de don Juan dijo—: Anda, Perico, quítate de ahí. ¿Crees que un zopenco como tú debe hacerle compañía a don Juan de Mañara? Hablando de esta forma, le empujó rudamente y se sentó en el sitio que el estudiante se apresuró a abandonar.
       Cuando concluyó la lección, don García dio la dirección de su casa a su nuevo amigo, y le hizo prometer que iría a verlo. Luego, después de haberlo saludado con la mano con gesto gracioso y familiar, salió cubriéndose con su capa, agujereada como una espumadera.
       Don Juan, con los libros bajo el brazo, se había detenido en la galería del centro para examinar las antiguas inscripciones que cubrían las paredes, cuando vio que el estudiante que le había hablado primeramente se acercaba a él como si quisiera examinar los mismos objetos. Don Juan, después de haberle hecho una inclinación de cabeza para demostrarle que lo reconocía, se disponía a salir, pero el estudiante lo detuvo sujetándolo por la capa. “Señor don Juan, —dijo— si no tenéis prisa, ¿tendréis la bondad de concederme un momento de conversación? — Con mucho gusto, respondió don Juan, y se ayopó sobre un pilar—. Os escucho.”
       Perico miró hacia todos lados con aire inquieto como si temiese ser observado, y se acercó a don Juan para hablarle al oído, lo cual parecía una precaución inútil, porque no había nadie más que ellos en la amplia galería gótica en la que se encontraban. Después de un momento de silencio: “¿Podríais decirme, señor don Juan, —preguntó el estudiante en voz baja y casi temblorosa— prodríais decirme si vuestro padre conoció realmente al padre de don García Navarro?”
       Don Juan hizo un gesto de sorpresa.“Ya se lo habéis oído decir hace un momento a don García.
      —Sí —respondió el estudiante, bajando aún más la voz—; pero en fin, ¿habéis oído decir alguna vez a vuestro padre que conociera al señor Navarro?
       —Sí, sin duda, y estuvo con él en la guerra contra los moriscos.
       —Muy bien; pero, ¿oísteis decir que ese gentilhombre tuviera… un hijo?
       —La verdad es que nunca presté atención a lo que mi padre contara de él… Pero, ¿a qué vienen estas preguntas? ¿No es don García, hijo del señor Navarro?… ¿Sería bastardo?
       —Pongo al cielo por testigo de que no he dicho nada semejante, —exclamó el estudiante asustado mirando detrás del pilar sobre el cual se apoyaba don Juan—; quería preguntaros solamente si tenéis noticia de una historia extraña que muchos cuentan sobre ese don García.
       —No sé ni una palabra.
      —Dicen…, y advierta que no hago sino repetir lo que he oído decir…, dicen que don Diego Navarro tenía un hijo que, a la edad de seis o siete años, cayó enfermo de tan grave y extraña enfermedad, que los médicos no sabían qué remedio darle… En vista de ello, el padre, que no tenía otro hijo, envió numerosas ofrendas a muchas capillas, hizo tocar reliquias al enfermo, pero todo fue en vano. Desesperado, según me han asegurado, dijo un día, mirando una imagen de San Miguel: “Puesto que no tú puedes salvar a mi hijo, quiero ver si el que tienes a tus pies tendría más poder.”
       —¡Qué blasfemia tan abominable!—exclamó don Juan, escandalizado hasta el extremo.
       —Poco después el niño se curó…, y ese niño…, ¡es don García!
       —¡Y tanto es así, que don García desde entonces tiene el diablo en el cuerpo! —dijo riéndose a carcajadas don García, que apareció en el mismo instante y parecía haber escuchado la conversación oculto tras un pilar cercano—. De veras, Perico —dijo con tono frío y desdeñoso al estudiante estupefacto—, si no fueses un cobarde, haría que te arrepintieras de la osadía que has tenido hablando de mí.
       —Señor don Juan —prosiguió dirigiéndose a Mañara— cuando me conozcáis mejor no perderéis el tiempo escuchando a este charlatán Y para demostraros que no soy un diablo maligno, concededme el honor de acompañarme ahora mismo a la iglesia de San Pedro; cuando hayamos hecho allí nuestras devociones, os pediré licencia para llevaros a comer en compañía de algunos compañeros.
       Mientras hablaba, cogió del brazo a don Juan, quien, avergonzado por haber sido sorprendido escuchando la extraña historia de Perico, se apresuró a aceptar el ofre-cimiento de su nuevo amigo para demostrarle el poco caso que hacía de las maledicencias que acababa de oír.
       Al entrar en la iglesia de San Pedro, don Juan y don García se arrodillaron ante una capilla, alrededor de la cual había gran número de fieles. Don Juan rezó en voz baja, y por más que permaneció por espacio de buen rato en tan piadosa ocupación, encontró, al levantar la cabeza, que su compañero parecía aún sumido en devoto éxtasis; movía con suavidad los labios, y se habría dicho que no había llegado aún a la mitad de sus meditaciones. Algo avergonzado por haber acabado tan pronto, se puso a recitar en voz baja, las letanías que se le venían a la memoria. Terminadas éstas, don García no se movía aún. Don Juan despachó, distraídamente, algunas oraciones cortas; luego, viendo a su compañero aún inmóvil, creyó poder mirar algo a su alrededor para pasar el tiempo y esperar el final de aquella oración eterna. Tres mujeres arrodilladas sobre alfombras de Turquía llamaron su atención. Una, por su edad, por sus gafas y por la anchura venerable de sus tocas, no podía ser otra que la dueña. Las otras dos eran jóvenes y bonitas, y no tenían tan bajos los ojos sobre los rosarios que no pudiese verse que eran grandes, vivos y bien rasgados. Don Juan experimentó mucho placer al mirar a una de ellas, más placer del que hubiera debido sentir en un lugar sagrado. Olvidando las oraciones de su compañero, le tiró de la manga y le preguntó en voz baja quién era aquella joven que llevaba un rosario de ámbar amarillo.
       —Es —contestó don García sin parecer escandalizarse de su interrupción— doña Teresa de Ojeda; y la otra es doña Fausta, su hermana mayor, hijas de un auditor del Consejo de Castilla. Estoy enamorado de la mayor; procurad enamoraros de la menor. Mirad —añadió— se levantan y van a salir de la iglesia. Démonos prisa para verlas subir al coche: quizá el viento levante sus basquillas y veamos una hermosa pierna, o dos.
       Don Juan estaba tan emocionado por la belleza de doña Teresa, que, sin prestar atención a la indecencia de ese lenguaje, siguió a don García hasta la puerta de la iglesia, y vio a las dos nobles señoritas subir a su coche y abandonar la plaza de la iglesia para entrar en una de las calles más frecuentadas. Cuando hubieron partido, don García, calándose el sombrero de través, exclamó alegremente:
       —¡Preciosas chicas! ¡Que el diablo me lleve si la mayor no es mía antes de diez días! Y vos, ¿habéis adelantado mucho en vuestros asuntos con la segunda?
       —¡Cómo!, ¿adelantado en mis asuntos? —respondió don Juan con aire ingenuo—, ¡pero si es la primera vez que la veo!
       —¡Vaya una razón! —exclamó don García—. ¿Creéis acaso que hace mucho tiempo que conozco yo a Fausta? Sin embargo, hoy le he entregado una nota que ha aceptado con gusto.
       —¿Una nota? ¡Yo no os he visto escribir!
       —Siempre llevo escritos de todo tipo, y con tal de que no se les ponga ningún nombre, pueden servir para todas. Sólo hay que cuidar no emplear epítetos comprometedores sobre el color de los ojos o el pelo. En cuanto a los suspiros, lágrimas o juramentos, morenas o rubias, solteras o casadas, todas los creerán a pies juntillas.
       Mientras hablaban, don Juan y don García llegaron a la puerta de la casa donde les esperaba la comida. Era comida de estudiantes, más copiosa que exquisita y variada: muchos guisotes cargados de especias, salazones, cosas todas que provocan sed. Por otra parte, había abundancia de vinos de la Mancha y de Andalucía. Algunos estudiantes, amigos de don García, esperaban su llegada. Se sentaron inmediatamente a la mesa, y durante algún tiempo no se oyó otro ruido que el de las mandíbulas y el de los vasos chocando con las botellas. Pronto, el vino puso alegres a los comensales, y la conversación empezó a animarse y se hizo de las más ruidosas. No se habló más que de duelos, amoríos y bromas de estudiantes. Uno contaba cómo había engañado a su patrona marchándose la víspera del día que debía pagarle el alquiler. Otro había enviado a buscar a casa de un tabernero, algunos jarros de valdepeñas de parte de uno de los más graves profesores de teología, y había tenido la destreza de escamotear el vino, dejando al profesor el pago de la cuenta, si quería. Otro había apaleado a la ronda; el otro, por medio de una escala de cuerda, había entrado en casa de su amante, pese a las precauciones del celoso. En un principio, don Juan escuchaba con una especie de consternación el relato de todos aquellos desórdenes. Poco a poco, el vino que bebía y la alegría de los comensales desarmaron su timidez. Las historias que se contaban le hicieron reír, e incluso llegó a envidiar la reputación de que gozaban algunos por sus astucias y trampas. Empezó a olvidar los prudentes principios que había traído a la universidad, para admirar la regla de conducta de los estudiantes; regla sencilla y fácil de seguir, que consiste en permitírselo todo con los pillos, es decir, con toda la porción de la especie humana no matriculada en los registros de la universidad. El estudiante en medio de los pillos está como en país enemigo, y tiene derecho a actuar con ellos como los hebreos con los cananeos. Sólo que, teniendo el señor corregidor poco respeto a las santas leyes de la universidad, y no buscando sino ocasión de perjudicar a sus iniciados, debían estar unidos como hermanos, ayudarse mutuamente y, sobre todo, guardar un secreto inviolable.
       Esta edificante conversación duró tanto como las botellas. Cuando éstas estuvieron vacías, todos los legistas se encontraban singularmente confusos, y cada cual experimentaba violentas ganas de dormir. El sol estaba aún en todo su apogeo, y se separaron para ir a echar la siesta; don Juan aceptó una cama en casa de don García. Apenas se hubo tendido en el catre, el cansancio y los vapores del vino lo sumieron en un profundo sueño. Durante mucho tiempo, sus sueños fueron tan extraños y confusos que no experimentaba otra sensación que la de un malestar vago, sin tener la percepción de una imagen o de una idea que pudiera causarlo. Poco a poco empezó a ver más claro en su sueño, si así puede decirse, y soñó algo coherente. Le parecía que se hallaba en una barca en un río más ancho y más turbio que el Guadalquivir en invierno. No tenía velas, ni remos, ni timón, y las orillas del río estaban desiertas. La barca era zarandeada de tal manera por la corriente, que por el malestar que experimentaba, se creyó en la desembocadura del Guadalquivir en el momento en que los habitantes de Sevilla que van a Cádiz empiezan a sentir las primeras manifestaciones del mareo. Pronto se encontró en una parte del río mucho más estrecha, de modo que fácilmente podía ver, e incluso hacerse oír, desde las dos orillas. Entonces aparecieron simultáneamente, en las dos márgenes, dos figuras luminosas que se acercaron, cada una por su lado, como para prestarle socorrro. Primero volvió la cabeza a la derecha y vio a un anciano de rostro grave y austero, descalzo, sin más ropa que un burdo sayal. Parecía tenderle la mano a don Juan. A la izquierda, donde miró a continuación, vio a una mujer de estatura elevada y rostro noble y atractivo, que llevaba en la mano una corona de flores que le presentaba. Al mismo tiempo notó que su barca se dirigía a su albedrío, sin remos, por el solo deseo de su voluntad. Iba a desembarcar en el lado donde estaba la mujer, cuando un grito, surgido de la orilla derecha, le hizo volver la cabeza y acercarse a ese lado. El anciano tenía un aspecto aun más austero que antes. Todo lo que veía de su cuerpo estaba cubierto de magulladuras, lívido y cubierto de sangre coagulada. En una mano llevaba una corona de espinas, en la otra un látigo guarnecido de puntas de hierro. Ante aquel espectáculo, don Juan quedó sobrecogido de horror; volvió rápidamente a la orilla izquierda. La aparición que tanto le había gustado se encontraba aún allí; los cabellos de la mujer flotaban al viento, sus ojos estaban animados de un fuego sobrenatural, y en vez de la corona llevaba en la mano una espada. Don Juan se detuvo un instante antes de saltar a tierra, y entonces, mirando con más atención, vio que la hoja de la espada estaba teñida de sangre y que la mano de la ninfa estaba enrojecida también. Asustado, despertó sobresaltado. Al abrir los ojos, no pudo contener un grito al ver una espada desnuda que brillaba a dos pies de la cama. Pero no era ninguna bella ninfa la que la sostenía. Don García había ido a despertar a su amigo, y al ver cerca su lecho una espada de un tallado curioso, la examinaba con aire de buen conocedor. En la hoja figuraba esta inscripción: “Guarda lealtad”. Y el puño, como ya hemos dicho, llevaba el escudo, el nombre y la divisa de los Mañara.
       —Tenéis una hermosa espada, compañero, —dijo don García—. Debéis haber descansado bastante. Ya es de noche, vamos a pasear un rato; y cuando la gente honrada de esta ciudad se haya retirado a su casa, iremos, si os place, a darles una serenata a nuestras divinidades.
       Don Juan y don García pasearon algún tiempo por la orilla del Tormes, mirando pasar a las mujeres que iban a tomar el fresco o a galantear con sus enamorados. Poco a poco los transeúntes fueron disminuyendo, hasta que desaparecieron por completo.
       —He aquí el momento, —dijo don García— he aquí el momento en que la ciudad pertenece a los estudiantes. Los pillos no se atreverán ahora a molestarnos en nuestras inocentes distracciones. En cuanto a la ronda, si por casualidad tuviésemos cualquier lance con ella, no necesito deciros que es una gentuza con la que no hay que tener miramientos. Pero si los bellacos fuesen demasiado numerosos, y hubiese necesidad de usar las piernas, no os inquietéis: conozco todos los rodeos y no tenéis más que seguirme, y estad seguro de que todo irá bien.
       Mientras hablaba, se echó la capa sobre el hombro izquierdo con el fin de taparse la mayor parte del rostro, pero dejando libre el brazo derecho. Don Juan hizo otro tanto, y los dos se dirigieron hacia la calle donde vivían doña Fausta y su hermana. Al pasar por delante del pórtico de una iglesia, don García silbó, y apareció su paje con una guitarra en la mano. Don García la tomó y lo despidió.
       —Ya veo, —dijo don Juan entrando en la calle de Valladolid— veo que queréis emplearme en proteger vuestra serenata; estad seguro de que actuaré de modo que merezca vuestra aprobación. ¡Sevilla, mi patria, renegaría de mí si no supiese guardar una calle contra los inoportunos!
       —No pretendo poneros de centinela, —respondió don García—. Yo tengo aquí mis amores, pero vos también tenéis los vuestros. A cada cual su presa ¡Silencio! ésta es la casa. Vos ante esa celosía, y yo ante ésta, y alerta.
       Don García, después de haber templado su guitarra, se puso a cantar con voz bastante agradable un romance en el que, como de costumbre, se hablaba de lágrimas, de suspiros y de todo lo que sigue. No sé si él era el autor.
       A la tercera o cuarta seguidilla se abrieron suavemente las celosías de dos ventanas y se oyó una tosecilla. Esto quería decir que alguien escuchaba. Dicen que los músicos no tocan nunca cuando se les pide o se les escucha. Don García dejó la guitarra en un poste, y entabló conversación en voz baja con una de las mujeres que lo escuchaban.
       Don Juan, al levantar los ojos, vio en la ventana por encima de él, a una mujer que parecía mirarlo atentamente. No dudaba de que fuera la hermana de doña Fausta, que su gusto y la elección de su amigo le adjudicaban por dama de sus pensamientos. Pero aún era tímido, sin experiencia, y no sabía por dónde comenzar. De pronto un pañuelo cayó de la ventana, y una dulce vocecita exclamó: “¡Ay, Jesús! ¡se me ha caído el pañuelo!” Don Juan lo recogió al instante, lo colocó en la punta de su espada y lo llevó a la altura de la ventana. Era una manera de entrar en materia. La voz comenzó por darle las gracias, luego preguntó si el caballero que tanta cortesía demostraba había estado por la mañana en la iglesia de San Pedro. Don Juan respondió que había estado allí y allí había perdido el reposo. “¿Cómo?…— Al veros.” El hielo se había roto. Don Juan era de Sevilla y se sabía de memoria todos los romances moriscos, cuya lengua amorosa es tan rica. No podía dejar de ser elocuente. La conversación duró cerca de una hora. Por fin Teresa dijo que oía a su padre y que tenían que retirarse. Los dos galanes no abandonaron la calle hasta haber visto dos pequeñas manos blancas salir de las celosías y echarles a cada uno una rama de jazmín. Don Juan fue a acostarse con la cabeza llena de imágenes deliciosas. Por lo que respecta a don García, entró en una taberna, donde pasó el resto de la noche.
       Al día siguiente, los suspiros y las serenatas volvieron a empezar. Lo mismo sucedió las noches siguientes. Después de una resistencia adecuada, las dos damas consistieron en dar y recibir rizos de cabellos, operación que se hizo por medio de un hilo que bajó y subió con las prendas intercambiadas. Don García, que no era hombre que se contentase con bagatelas, habló de una escala de cuerda o bien de copias de llaves; pero se le consideró osado, y su proposición fue, si no rechazada, al menos aplazada indefinidamente.
       Desde hacía aproximadamente un mes, don Juan y don García arrullaban bastante inútilmente bajo las ventanas de sus enamoradas. Una noche muy oscura, estaban haciendo su centinela ordinaria, y la conversación duraba hacía algún rato con satisfacción de los interlocutores, cuando por el extremo de la calle aparecieron siete u ocho hombres con capas, la mitad de los cuales llevaban instrumentos de música.
       —¡Santo Cielo! —exclamó Teresa— ¡ahí viene don Cristóbal a darnos una serenata! ¡Alejaos por el amor de Dios, o sucederá alguna desgracia!
       —No cedemos a nadie tan buen sitio, —exclamó don García; y levantando la voz—: Caballero, —dijo al que iba el primero—, este sitio está ocupado, y a esas damas no les importa vuestra serenata; así que, por favor, buscad mejor fortuna en otro lugar.
       —¡Uno de esos faquines de estudiantes es quien pretende impedirnos el paso! —exclamó don Cristóbal—. Voy a enseñarle lo que cuesta dirigirse a mis amores. Diciendo estas palabras, sacó la espada. Al mismo tiempo brillaron fuera de la vaina las dos de sus compañeros. Don García, con presteza admirable, enrollándose la capa alrededor del brazo, blandió su arma y exclamó: “¡A mí los estudiantes!” Pero no había ni uno solo por los alrededores. Los músicos, temiendo sin duda ver hechos añicos sus instrumentos en la pelea, emprendieron la huida, clamando a la justicia, mientras las dos mujeres, en la ventana, invocaban en su auxilio a todos los santos del cielo.
       Don Juan, que se encontraba debajo de la ventana más próxima a don Cristobal, tuvo primero que defenderse de él. Su adversario era diestro, y además, llevaba en la mano izquierda una tarja de hierro de la que se servía para parar, mientras que don Juan sólo tenía su espada y su capa. Vivamente acosado por don Cristóbal, recordó muy a propósito una estocada del señor Uberti, su maestro de armas. Se dejó caer sobre la mano izquierda, y con la derecha, deslizando su espada bajo la tarja de don Cristóbal, se la hundió entre las costillas con tanta fuerza que el arma se rompió después de haber penetrado más de un palmo. Don Cristóbal exhaló un grito y cayó bañado en su propia sangre. Durante esta operación, que duró menos de hacer que de contar, don García se defendió con éxito de sus dos adversarios que, apenas vieron a su jefe en tierra, pusieron pies en polvorosa.
       —¡Huyamos ahora! —dijo don García—; no es momento de divertirse. ¡Adiós, hermosas! Y arrastró consigo a don Juan, completamente sorprendido por su proeza. A veinte pasos de la casa, don García se detuvo para preguntar a su compañero qué había hecho de su espada.
       —¿Mi espada? —dijo don Juan, dándose cuenta en ese momento de que no la llevaba ya en la mano— No sé…, probablemente la habré dejado caer.
       —¡Maldición! —exclamó don García— ¡y lleva vuestro nombre grabado en la empuñadura!
      En aquel momento se vio salir de las casas vecinas a hombres con antorchas, que se apresuraban a rodear al moribundo. Por el otro extremo de la calle un tropel de hombres armados avanzaba rápidamente. Era, evidentemente, una ronda atraída por los gritos de los músicos y el ruido del combate.
      Don García, bajándose el sombrero sobre los ojos y cubriéndose con la capa la parte inferior de la cara para no ser reconocido, se lanzó, a pesar del peligro, en medio de todos aquellos hombres reunidos, esperando encontrar aquella espada que, indudablemente, habría ayudado a descubrir al culpable. Don Juan lo vio golpear a derecha e izquierda, apagando las antorchas y tumbando todo lo que encontraba a su paso. Pronto reapareció corriendo con todas sus fuerzas y llevando una espada en cada mano: toda la ronda lo perseguía.
       —¡Ah! don García, —exclamó don Juan, cogiendo la espada que le alargaba—, ¡cuántas gracias os debo!
       —¡Huyamos! ¡Huyamos! —exclamó García—. Seguidme y si alguno de esos bellacos os acosa demasiado cerca, pinchadle como habéis hecho con el otro.
       Los dos echaron a correr entonces con toda la rapidez que podía prestarle su vigor natural, aumentado por el miedo al señor corregidor, magistrado que pasaba por ser más terrible para los estudiantes que para los ladrones.
       Don García, que conocía Salamanca como su Deus det, era muy hábil en volver rápidamente las esquinas y perderse por las callejuelas, mientras que a su compañero, más novato, le costaba gran esfuerzo seguirlo. Empezaba a faltarles el aliento, cuan-do al extremo de una calle encontraron un grupo de estudiantes que se paseaban can-tando y tocando la guitarra. Tan pronto como aquéllos se dieron cuenta de que dos de sus compañeros eran perseguidos, cogieron piedras, palos y todas las armas posibles. Los corchetes, oficiales encargados de detener a los delincuentes, sin resuello, no juzgaron oportuno entablar una escaramuza. Se retiraron prudentemente, y los dos culpables fueron a refugiarse y a descansar un instante en una iglesia vecina.
       En el atrio, don Juan quiso envainar su espada, no considerando correcto ni cristiano entrar en la casa de Dios con un arma en la mano. Pero la vaina se resistía, la hoja no entraba sino con gran trabajo; en una palabra, reconoció que la espada que traía no era la suya: don García, en su precipitación, había cogido la primera espada que encontró en el suelo, y era la del muerto o la de alguno de sus acólitos. El caso era grave; don Juan se lo advirtió a su amigo, a quien se había acostumbrado a tener por hombre de buen consejo.
       Don García frunció el ceño, se mordió los labios, retorció los bordes de su sombrero, y dio algunos pasos, mientras que don Juan, aturdido por el desagradable descubrimiento que acababa de hacer, era presa de inquietud como de remordimientos. Al cabo de un cuarto de hora de reflexión, durante el cual don García tuvo el buen gusto de no decir ni una sola vez: “¿Por qué dejasteis caer vuestra espada?”, éste cogió del brazo a don Juan y le dijo: “Venid: yo me encargo de este asunto.”
       En aquel momento un cura salía de la sacristía de la iglesia y se disponía a irse a la calle; don García lo detuvo.
       —¿No es al erudito licenciado Gómez a quien tengo el honor de hablar? —dijo, inclinándose profundamente.
       —No soy aún licenciado —respondió el cura, evidentemente halagado de pasar por licenciado—. Me llamo Manuel Tordoya, a vuestro servicio.
       —Padre —dijo don García— sois precisamente la persona con quien deseaba hablar; se trata de un caso de conciencia, y si la fama no me ha engañado, sois autor del famoso tratado De casibus conscientiae, que tanto ruido ha hecho en Madrid.
       El cura, dejándose llevar del pecado de vanidad, respondió titubeante que no era el autor de ese libro (el cual, a decir verdad, no había existido nunca), pero que se había ocupado mucho de tales materias. Don García, que tenía sus motivos para no escucharlo, prosiguió: “He aquí, padre, en pocas palabras, el asunto sobre el que deseaba consultaros. Un amigo mío, hoy mismo, hace menos de una hora, ha sido abordado en la calle por un hombre que le ha dicho: “Caballero, voy a batirme a dos pasos de aquí, mi adversario tiene una espada más larga que la mía; hacedme el favor de prestarme la vuestra para que las armas sean iguales.” Y mi amigo ha cambiado de espada con él. Espera algún tiempo en la esquina a que terminase el lance. No oyendo ya el ruido de las espadas, se acerca, y ¿qué ve? un hombre muerto, atravesado por la misma espada que acababa de prestar. Desde ese momento está desesperado, se reprocha su complacencia y teme haber cometido un pecado mortal. Yo procuro tranquilizarlo; creo que el pecado es venial, pues si no hubiese prestado su espada, habría sido causa de que dos hombres se batiesen con armas desiguales. ¿Qué pensáis de eso, padre? ¿no opináis como yo?”
       El cura, que era aprendiz de casuista, enderezó las orejas al oír aquella historia y se rascó la frente como hombre que busca una cita. Don Juan no sabía adónde quería ir a parar don García, pero no añadió nada temiendo cometer alguna torpeza.
       —Padre, —prosiguió don García— la cuestión es muy ardua, puesto que un gran sabio como vos titubea en resolverla. Mañana, si vos lo permitid, volveremos para saber vuestro opinión. Mientras tanto, aceptad, os ruego, decir o mandar decir algunas misas en sufragio del alma del difunto.” Diciendo esto, puso dos o tres ducados en la mano del cura, lo cual acabó de disponerlo favorablemente hacia unos jóvenes tan devotos, tan escrupulosos y sobre todo, tan generosos. Les aseguró que al día siguiente, en el mismo sitio, les daría su opinión por escrito. Don García fue pródigo en dar las gracias; después añadió en tono desenvuelto, y como observación de poca importancia: “¡Con tal que de la justicia no nos haga ahora responsables de esa muerte! Confiamos en vos para reconciliarnos con Dios.
       —Por lo que respecta a la justicia —dijo— no tenéis nada que temer. Vuestro amigo no ha hecho más que prestar la espada, luego no es legalmente cómplice.
       —Sí, padre; pero el homicida se ha dado a la fuga. Examinarán la herida y encontrarán quizá la espada ensangrentada… ¡qué sé yo! La gente de la curia es terrible, según dicen.
       —Pero —dijo— ¿vos habéis sido testigo de que la espada ha sido prestada?
       —Por supuesto —dijo don García—; lo afirmaría ante de todos los tribunales del reino. Además —prosiguió con el tono más insinuante— vos estaréis ahí, padre, para dar testimonio de la verdad. Nos hemos presentado a vos antes de que el asunto fuese conocido para pediros consejos espirituales. Hasta podríais atestiguar el cambio… Ésta es la prueba.” Y cogió la espada de don Juan. “¡Ved esta espada, —dijo— qué aspecto tiene en esa vaina!”
       El cura inclinó la cabeza como hombre convencido de la verdad de la historia que le contaban. Sopesaba, sin hablar, los ducados que tenía en la mano, y encontraba siempre en ellos un argumento sin réplica en favor de los dos jóvenes.
       —Después de todo, padre —dijo don García en tono muy devoto— ¿qué nos importa la justicia? Con el Cielo es con el que queremos reconciliarnos.
       —Hasta mañana, hijos míos —dijo el sacerdote retirándose.
       —Hasta mañana —contestó don García—; le besamos las manos y contamos con vos.
       Tan pronto como salió el sacerdote, don García dio un salto de alegría, excla-mando: “¡Viva la simonía! estamos en una situación inmejorable, espero. Si la justicia os causa problemas, ese buen padre, por los ducados que ha recibido y por los que espera obtener de nosotros, está pronto a atestiguar que somos tan ajenos a la muerte del caballero que acabáis de enviar al otro mundo como un niño recién nacido. Ahora volveos a casa, estad alerta y no abráis la puerta sino a quien conozcáis; yo voy, mientras tanto, a recorrer la ciudad para buscar noticias.”
       Don Juan, de nuevo en su cuarto, se echó vestido sobre la cama. Pasó la noche sin dormir, no pensando sino en el homicidio que acababa de cometer, y sobre todo, en sus consecuencias. Cada vez que oía ruido de pasos en la calle, se imaginaba que la justicia venía a detenerlo. Sin embargo, como estaba fatigado y sentía pesadez de cabeza a consecuencia de la comida de estudiantes a la que había asistido, se durmió en el momento en que salía el sol.
       Descansaba desde hacía algunas horas, cuando su criado lo despertó diciéndole que una dama tapada deseaba hablar con él. En ese instante entró en el cuarto una mujer. Iba envuelta de pies a cabeza en un gran manto negro que no le dejaba al descubierto sino un ojo. Aquel ojo se volvió hacia el criado y después hacia don Juan, como para pedir que le permitiera hablar sin testigos. El criado salió inmediatamente. La dama se sentó, mirando a don Juan con la mayor atención. Después de un momento de silencio comenzó a hablarle de esta manera:
       —Señor caballero, mi presencia debe sorprenderos, y quizá os forméis de mí una mediocre opinión; pero si se conociesen los motivos que aquí me traen, sin duda no me censurarían. Ayer os peleasteis con un caballero de esta ciudad…
       —¿Yo, señora? —exclamó don Juan palideciendo—; no salí de este cuarto…
       —Es inútil fingir conmigo, y debo daros ejemplo de franqueza. —Diciendo esto, retiró su manto, y don Juan reconoció a doña Teresa—. Señor don Juan —prosiguió ella ruborizándose—, debo confesaros que vuestra bravura me hizo interesarme por vos al máximo. Noté, a pesar de la turbación en que me encontraba, que vuestra espada se había roto y que la habíais arrojado al suelo cerca de nuestra puerta. En el momento en que acudían todos en torno al herido, bajé y recogí el puño de esa espada. Al mirarlo, leí vuestro nombre, y comprendí a qué peligro os expondríais si cayera en manos de vuestros enemigos. Aquí lo tenéis, y estoy feliz de poder devolvéroslo.
       Como era previsible, don Juan cayó a sus pies, y le dijo que le debía la vida, pero que su presente era inútil, puesto que iba a hacerle morir de amor. Doña Teresa tenía prisa y quería retirarse al momento; sin embargo, escuchaba a don Juan con tanto gusto que no podía decidirse a marcharse. Así transcurrió una hora aproximadamente, llena de juramentos de amor eterno, de besos en las manos, súplicas de una parte, débiles rechazos de otra. Don García, que entró de improviso, interrumpió la entrevista. No era hombre que se escandalizara. Su primera preocupación fue tranquilizar a doña Teresa. Elogió mucho su valor, su presencia de ánimo, y acabó por rogarle que mediara ante su hermana para que ésta le dispensase una acogida más humana. Doña Teresa prometió todo lo que él quiso, se cubrió cuidadosamente con su manto y se marchó después de prometer que aquella misma noche se encontraría de paseo con su hermana en un lugar que indicó.
       —Nuestros asuntos marchan bien, —dijo don García cuando los dos jóvenes se quedaron solos—. Nadie sospecha de nosotros. El corregidor, que no me desea ningún bien, me había dispensado al principio el honor de pensar en mí. Decía que estaba persuadido de que era yo quien había matado a don Cristóbal. ¿Sabéis lo que le ha hecho cambiar de opinión? que le han dicho que yo había pasado la noche entera con vos; y vos, querido amigo, tenéis tal reputación de santidad, que tenéis para revender a los demás. Sea como fuere, lo cierto es que nadie piensa en nosotros. La travesura de esta valiente Teresa nos tranquiliza para el porvenir: por lo tanto, no pensemos más en ello, pensemos sólo en divertirnos.
       —¡Ah, don García! —exclamó tristemente don Juan—, ¡es algo muy triste matar a uno de nuestros semejantes!
       —Hay algo más triste aún, —respondió don García— es que uno de nuestros semejantes nos mate, y una tercera cosa que supera a las dos anteriores en tristeza, un día sin comer. Por eso os invito hoy a comer con algunos granujas, que estarán encantados de veros. Diciendo esto, se marchó.
       El amor proporcionaba ya una poderosa diversión a los remordimientos de nuestro protagonista. La vanidad acabó de asfixiarlos. Los estudiantes con quienes comió en casa de don García habían sabido de su boca quién era el verdadero homicida de don Cristóbal. Este Cristóbal era un caballero famoso por su valor y por su destreza, temido por los estudiantes; por lo que su muerte no podía sino causarles alegría, y su feliz adversario se vio colmado de felicitaciones. Según ellos, él era el honor, la flor, el brazo de la universidad. Se brindó a su salud con entusiasmo, y un estudiante de Murcia improvisó un soneto en su honor, en el que se le comparaba al Cid y a Bernardo del Carpio. Al levantarse de la mesa, don Juan sentía aún cierto peso en el corazón; pero, aunque hubiese estado en su poder resucitar a don Cristóbal, es dudoso que lo hubiera hecho por temor a perder la consideración y la fama que esa muerte le había proporcionado en toda la universidad de Salamanca.
       Llegada la noche, fueron puntuales por ambas partes a la cita, que tuvo lugar a orillas del Tormes. Doña Teresa cogió la mano de don Juan (aún no se daba el brazo a las mujeres), y doña Fausta la de don García. Después de dar algunas vueltas, las dos parejas se separaron muy contentas, con la promesa de no dejar escapar una sola ocasión de volver a verse.
       Después de haber dejado a las dos hermanas, encontraron a algunas gitanas que bailaban con panderetas en medio de un grupo de estudiantes. Se mezclaron con ellos. Las bailaoras le gustaron a don García, que decidió llevarlas a cenar. La proposición fue inmediatamente formulada y aceptada. En calidad de fidus Achates, don Juan formaba parte del grupo. Picado porque una de las gitanas le dijo que parecía un novicio, intentó hacer todo lo posible para demostrar que aquel mote no le cuadraba: blasfemó, bailó, jugó y bebió tanto él solo como hubiesen podido hacerlo dos estudiantes de segundo.
       Tuvieron que esforzarse mucho para llevarlo a su casa después de medianoche, algo más que borracho y en tal estado de excitación, que quería prender fuego a Salamanca y beberse todo el Tormes para que no pudiesen apagar el incendio.
       Así perdía don Juan, una tras otra, todas las buenas cualidades que la naturaleza y la educación le habían proporcionado. Al cabo de tres meses de permanencia en Salamanca, bajo la dirección de don García, había seducido completamente a la pobre Teresa; su compañero, por su parte, había conseguido lo mismo ocho o diez días antes. Primero don Juan amó a su amante con todo el amor que un joven de su edad tiene por la primera mujer que se entrega a él; pero don García le demostró, sin gran esfuerzo, que la constancia es una virtud quimérica; además, que si se portaba de distinto modo que sus compañeros en las orgías universitarias, sería causa de que padeciese la reputación de doña Teresa. “Pues —decía— no hay nada más que un amor muy violento y satisfecho que se contente con una sola mujer.” Además, las malas compañías en que andaba don Juan no le dejaban un momento de reposo. Apenas asistía a las clases, o bien, debilitado por las vigilias y las juergas, se dormía en las doctas lecciones de los más ilustres profesores. En cambio, era siempre el primero y el último en el paseo; y por lo que respecta a sus noches, pasaba regularmente en la taberna o en sitios peores las noches que doña Teresa no podía dedicarle.
       Una mañana recibió una nota de esta dama expresándole su pesar por no poder acudir a una cita prometida para aquella noche. Acababa de llegar a Salamanca una vieja parienta y le habían dado el cuarto de Teresa, que debía dormir en el de su madre. Aquel contratiempo sólo afectó medianamente a don Juan, que encontró la forma de ocupar la noche. Cuando salía a la calle, preocupado de sus planes, una mujer tapada le entregó una carta; era de doña Teresa. Había encontrado la forma de ocupar otro cuarto y lo había arreglado todo con su hermana para la cita. Don Juan enseñó la carta a don García. Dudaron un rato, hasta que, por fin, maquinalmente y como por costumbre, escalaron el balcón de sus amantes.
       Doña Teresa tenía en el pecho una señal bastante visible. Don Juan consideró como un inmenso favor el primer día que tuvo permiso para mirarla. Durante algún tiempo, continuó pensando que era lo más encantador del mundo. Unas veces la comparaba a una violeta, otras a una anémona, otras a la flor de la alfalfa. Pero pronto esa señal, que era realmente muy bonita, dejó de parecerlo a causa de la saciedad. “Es una gran mancha negra, eso es todo, se decía suspirando. Es una lástima que se encuentre en ese lugar. ¡Pardiez, es que se parece a una mancha lardácea. ¡Que el diablo se lleve la dichosa señal!” Un día incluso le preguntó a Teresa si no había consultado a algún médico para conocer la forma de hacerla desaparecer. A lo que la pobre chica respondió, enrojeciendo hasta el blanco de los ojos, que ningún hombre, excepto él, había visto esa mancha, y que además, su nodriza acostumbraba a decirle que tales señales traen buena suerte.
       La noche a la que me refiero, don Juan, había venido a la cita de bastante mal humor, y cuando volvió a ver la señal en questión le pareció más grande que otras veces. “¡Pardiez, es la representación de una rata gorda, se dijo mirándola. A decir verdad, es una monstruosidad! Es un signo de reprobación como el que marcaba a Caín. Hay que llevar el diablo en el cuerpo para convertir a una mujer semejante en su amante.” Estuvo desagradable hasta el extremo. Discutió sin motivos con la pobre Teresa, la hizo llorar y la dejó hacia el amanecer sin querer besarla. Don García, que salió con él, anduvo durante un rato sin hablar; luego, deteniéndose de pronto:
       —Convenid, don Juan —le dijo— en que nos hemos aburrido en grande esta noche. Estoy harto, y tengo ganas de enviar de una buena vez al diablo a mi princesa.
       —No tenéis razón —dijo don Juan—; Fausta es una persona encantadora, blanca como un cisne, y siempre de buen humor. Y además ¡os ama tanto! De verdad, sois muy afortunado.
       —Blanca, de acuerdo; admito que es blanca; pero no tiene color, y al lado de su hermana parece un buho en comparación con una paloma. Vos sois el afortunado.
       —Tal vez —respondió don Juan—. La joven es bastante gentil, pero es una chiquilla. No se puede hablar razonablemente con ella. Tiene la cabeza llena de libros de caballería, se ha formado sobre el amor las ideas más extravagantes. No podéis haceros una idea de sus exigencias.
       —Es que sois muy joven, don Juan, y no sabéis domesticar a vuestras amantes. Una mujer, ¿sabéis?, es como un caballo: si le dejáis tomar malas costumbres, si no la persuadís de que no le perdonaréis ningún capricho, jamás podréis sacar nada de ella.
       —Decidme don García, ¿tratáis a vuestras amantes como a vuestros caballos? ¿Empleáis con frecuencia la vara para corregirle los caprichos?
       —Rara vez; soy demasiado bueno. Mirad, ¿queréis cederme vuestra Teresa? os prometo que al cabo de quince días estará más suave que un guante. Os ofrezco a Fausta, a cambio. ¿Aceptáis?
       —El intercambio sería muy de mi agrado —dijo don Juan sonriendo— si esas damas consintieran a su vez. Pero doña Fausta no querrá cederos nunca. Perdería demasiado en el cambio.
       —Sois demasiado modesto; pero tranquilizaos. La hice rabiar tanto ayer, que el primero que se presentara le parecería, comparado conmigo, como un ángel de luz para un condenado. ¿Sabéis don Juan —prosiguió don García— que hablo en serio? Y don Juan se rio a carcajadas de la seriedad con que su amigo decía aquellas extravagancias.
       Esta edificante conversación fue interrumpida por la llegada de muchos estudiantes, que dieron otro curso a sus ideas. Pero, cuando llegó noche, sentados los dos amigos ante una botella de vino de Montilla acompañado de una cestita de bellotas de Valencia, don García volvió a quejarse de su amante. Acababa de recibir una carta de Fausta, llena de tiernas expresiones y de dulces reproches, en medio de los cuales se deja ver su espíritu juguetón y su costumbre de encontrar el lado ridículo de cada cosa.


      —Mirad —dijo don García entregando la carta a don Juan y bostezando de un modo exagerado—: leed este hermoso fragmento. ¡Otra cita para esta noche!, pero que el diablo me lleve si voy.
       Don Juan leyó la carta, que le pareció encantadora.
       —En verdad —dijo—, si yo tuviese una amante como la vuestra, todo mi anhelo sería hacerla dichosa.
       —Tomadla, pues, querido —exclamó don García—; tomadla: daos ese gusto. Os cedo mis derechos. Hagamos más —añadió levantándose, como iluminado por una súbita inspiración—; juguémonos las amantes. Aquí está la baraja. Echemos una partida de hombre. Doña Fausta es mi puesta; apostad vos a doña Teresa.
       Don Juan, riendo hasta saltársele las lágrimas de la locura de su compañero, tomó las cartas y las barajó. Aunque no prestó casi ninguna atención a su juego, ganó. Don García, sin parecer muy apesadumbrado por perder la partida, pidió con qué escribir y extendió una especie de carta-vale, librado sobre doña Fausta, a la cual requería para se pusiese a disposición del portador, lo mismo que si hubiera escrito a su administrador para que abonara cien ducados a alguno de sus acreedores.
       Don Juan, riendo aún, le ofreció el desquite a don García. Pero este rehusó. “Si tenéis valor, —le dijo— tomad mi capa e id a la puertecilla que conocéis. Sólo encontraréis a Fausta, puesto que Teresa no os espera. Seguidla sin decir palabra; una vez en su cuarto, puede que sienta un momento de sorpresa y hasta que derrame una lágrima o dos; pero que eso no os detenga. Estad seguro de que no se atreverá a gritar. Enseñadle entonces mi carta; decidle que soy un horrible criminal, un monstruo; todo lo que queráis; que tiene una venganza fácil e inmediata, y esa venganza, estad persuadido de que la encontrará muy dulce.”
       A cada una de las palabras de don García, el diablo entraba un poco más adentro en el corazón de don Juan, y le decía que lo que hasta entonces había considerado como una broma sin objetivo, podía terminar de la manera más agradable posible para él. Dejó de reír y comenzó a subírsele a la frente el rubor del placer.
       —Si estuviera seguro —dijo— de que Fausta aceptará ese cambio…
       —¡Sí lo aceptará!, —exclamó el libertino—. ¿Qué novato sois, amigo mío, para pensar que una mujer pueda dudar entre un amante de seis meses y otro de un día? ¡Id! mañana me lo agradeceréis los dos, no tengo dudas, la única recompensa que os pido, es que me permitáis cortejar a Teresita para compensarme. —Luego, viendo que don Juan no estaba del todo convencido, le dijo—: Decidíos pues por mi parte no quiero saber nada de Fausta esta noche; si vos no la queréis, le doy esta carta al gordo Fadrique, y será él quien obtenga esa ganga.
       —¡Pardiez, que pase lo que tenga que pasar! —exclamó don Juan, agarrando la carta; y para darse ánimo se bebió de un trago un gran vaso de vino de Montilla.
       Se acercaba la hora. Don Juan, retenido aún por un resto de conciencia, bebía copa tras copa para aturdirse. Por fin sonó el reloj. Don García echó la capa sobre los hombros de don Juan y lo condujo hasta la puerta de su amante; luego, habiendo hecho la señal convenida, le deseó una buena noche y se alejó sin el menor remordimiento por la mala acción que acababa de cometer.
       La puerta se abrió inmediatamente. Doña Fausta esperaba desde hacía un rato.
       —¿Sois vos, don García? —preguntó en voz baja.
       —Sí, —respondió don Juan, más bajo aún, con el rostro oculto bajo el embozo de su amplia capa. Entró, y una vez que la puerta se cerró, don Juan comenzó a subir una escalera oscura con su guía.
       —Cogeos a la punta de mi mantilla, —dijo ella— y seguidme lo más suavemente que podáis.
       En pocos instantes se encontró en la habitación de Fausta. Una sola lámpara producía una mediocre claridad. Primero don Juan, sin quitarse aún ni la capa ni el sombrero, se mantuvo de pie, de espaldas a la puerta, sin osar descubrirse. Doña Fausta lo miró unos minutos sin hablar; luego, de golpe, se dirigió hacia él tendiéndole los brazos. Don Juan, dejando caer su capa, imitó el gesto.
       —¡Cómo! Sois vos, don Juan —exclamó—. ¿Está enfermo don García?
       —¿Enfermo? No —dijo—… Pero no puede venir. Me ha enviado junto a vos.
       —¡Cuánto lo siento! Pero, decidme, ¿no será porque otra mujer le impide venir?
       —¿Sabéis, pues, que es muy libertino?…
       —¡Qué contenta va a ponerse mi hermana al veros! La pobre niña creía que no vendríais hoy… Déjeme pasar, voy a avisarla.
       —Es inútil.
       —Tenéis hoy un aire muy extraño, don Juan… Tenéis alguna mala noticia que darme… Hablad, ¿le ha ocurrido alguna desgracia a don García?
       Para ahorrarse una respuesta embarazosa, don Juan entregó a la pobre joven el infame escrito de don García. Ella lo leyó precipitadamente, y al principio no lo comprendió. Lo volvió a leer y no podía dar crédito a lo que veía. Don Juan la observaba con atención, y la vió sucesivamente enjugarse la frente, restregarse los ojos; sus labios temblaban, su rostro se cubría de una palidez mortal y se veía obligada a sostener con las dos manos el papel para que no se le cayera al suelo. Por fin, levantándose con un esfuerzo desesperado, exclamó: “¡Todo eso es falso! ¡es una horrible falsedad! ¡Don García no ha escrito esto!”
      Don Juan contestó: “Vos conocéis su letra. Él ignoraba el valor del tesoro que poseía… y yo he aceptado porque os adoro.”
       Ella le lanzó una mirada llena del más profundo desprecio, y se puso a leer de nuevo la carta con la atención de un abogado que sospecha una falsificación en un acta. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y clavados en el papel. De vez en cuando una gruesa lágrima se escapaba de ellos sin que la joven moviera los párpados, y se deslizaba por sus mejillas. De pronto, sonrió con una sonrisa de loca y exclamó: “Es una broma, ¿verdad? ¿Es una broma? don García está ahí… va a venir…
       —No es ninguna broma, doña Fausta. No hay nada más cierto que el amor que siento por vos. Sería muy desgraciado si no me creyerais.
       —¡Miserable! —exclamó doña Fausta—; pero si estás diciendo la verdad, eres más criminal aún que don García.
       —El amor lo excusa todo, bella Faustita. Don García os abandona; tomadme a mí para que os consuele. Veo pintados sobre ese cuadro a Baco y Ariadna; permitidme ser vuestro Baco.
       Sin responder palabra, cogió un cuchillo de la mesa y avanzó hacia don Juan, teniéndolo levantado por encima de su cabeza. Pero él había visto el movimiento; le agarró el brazo, la desarmó fácilmente, y, creyéndose autorizado para castigarla por aquel comienzo de hostilidades, la abrazó tres o cuatro veces, y quiso llevarla hacia un pequeño lecho de reposo. Doña Fausta era una mujer débil y delicada; pero la cólera le daba fuerzas y resistía a don Juan, agarrándose a los muebles, defendiéndose con las manos, los pies y los dientes. En un primer momento, don Juan había recibido algunos golpes sonriendo, pero pronto la cólera fue tan fuerte como el amor. Apretó con fuerza a Fausta sin temor a herir su delicada piel. Era un luchador irritado que quería, a cualquier precio, triunfar de su adversario, dispuesto a asfixiarlo si era necesario, con tal de vencerlo. Fausta echó mano del último recurso que le quedaba. Hasta ese momento, un sentimiento de pudor femenino le había impedido llamar pidiendo ayuda; pero, viéndose a punto de caer vencida, hizo resonar la casa con sus gritos.
       Don Juan comprendió que ya no se trataba de poseer a la víctima, sino que debía pensar ante todo en su seguridad. Quiso empujar a Fausta y alcanzar la puerta, pero ella lo tenía cogido por la ropa y no lo soltaba. Al mismo tiempo se oía el ruido alarmante de puertas que se abrían, de pasos y voces de hombres que se acercaban, y no había un instante que perder. Hizo un esfuerzo para empujar lejos de él a doña Fausta; pero ella lo había agarrado con tanta fuerza por la ropa, que giró sobre sí mismo con ella sin conseguir otra cosa que cambiar de posición. Fausta estaba entonces junto a la puerta que se abría hacia dentro. Continuaba con sus gritos. En ese instante, se abre la puerta, y aparece un hombre llevando un arcabuz en la mano. Deja escapar una exclamación de sorpresa, y al instante se produce una detonación. La lámpara se apagó, y don Juan sintió que las manos de doña Fausta lo soltaban y que por las suyas corría algo caliente y líquido. Ella cayó o más bien, se deslizó sobre el pavimento, la bala acababa de fracturarle la columna vertebral; su padre la había matado, en vez de matar a su raptor. Don Juan, sintiéndose libre, se lanzó hacia la escalera en medio de la humareda del arcabuz. Primero recibió un culatazo del padre y un espadazo de un lacayo que le seguía. Pero ni uno ni otro le causaron mucho daño. Con la espada en la mano, trató de abrirse paso y de apagar la antorcha que llevaba el lacayo. Asustado por su resolución, éste se echó hacia atrás. Don Alonso de Ojeda, hombre ardiente e intrépido, se precipitó sobre don Juan sin vacilar: éste paró algunos golpes, y sin duda no tenía al principio más intención que defenderse; pero la costumbre de la esgrima hace que una respuesta, después de una parada, no sea más que un movimiento maquinal y casi involuntario. Al cabo de un instante, el padre de doña Fausta lanzó un gran suspiro y cayó mortalmente herido. Don Juan, hallando libre el paso, se lanzó como una flecha hacia la escalera, de allí a la puerta, y en un abrir y cerrar de ojos se vió en la calle, sin que le persiguiesen los criados, que se apresuraban a socorrer a su amo agonizante. Doña Teresa, que había acudido al oír el arcabuzazo, vio aquella horrible escena y cayó desmayada al lado de su padre. No conocía aún más que la mitad de su desgracia.
       Don García acababa de apurar la última botella de Montilla cuando don Juan, pálido, cubierto de sangre, con los ojos extraviados, desgarrado el jubón y saliéndole la gola medio pie de sus límites ordinarios, entró precipitadamente en su cuarto y se dejó caer jadeante en un sillón, sin poder hablar. El otro comprendió al instante que algún accidente grave acababa de ocurrir. Dejó a don Juan respirar penosamente dos o tres veces, y enseguida le pidió detalles; en dos palabras quedó informado. Don García, que no perdía fácilmente su flema habitual, escuchó sin pestañear el relato entrecortado que le hizo su amigo. Enseguida, llenando un vaso de vino y presentándoselo le dijo: “¡Bebed!, lo estáis necesitando. Mal asunto, —añadió después de beber él también—. Matar a un padre es grave… Hay muchos ejemplos, no obstante, empezando por el Cid. Lo peor es que no tenéis quinientos hombres, vestidos de blanco, todos primos vuestros, para defenderos de los arqueros de Salamanca y de los parientes del difunto… Ocupémonos primero de lo más urgente… Dio dos o tres vueltas al cuarto como para ordenar sus ideas.
       —Quedarse en Salamanca —prosiguió— después de tal escándalo, sería una locura. Don Alonso de Ojeda no es un hidalgo cualquiera, además, los criados han debido reconoceros. Admitamos por un momento que no habéis sido reconocido; os habéis creado en la universidad tan ventajosa reputación que no dejarán de imputaros cualquier fechoría anónima. Mirad, creedme, hay que marcharse, y lo más rapidamente posible, es lo mejor. Aquí os habéis hecho tres veces más sabio de lo que corresponde a un gentilhombre de buena familia. Dejad aquí a Minerva, y probad un poco con Marte; eso os resultará mejor, puesto que tenéis buenas disposiciones. Se está combatiendo en Flandes. Vámonos a matar herejes, nada más propio para que sean perdonados nuestros pecadillos de este mundo. Amén. Termino como en el sermón.
       La palabra Flandes actuó como un talismán sobre don Juan. Huir de España le parecía que era huir de sí mismo. En medio de las fatigas y de los peligros de la guerra, no tendría tiempo de sentir remordimientos. “¡A Flandes! ¡A Flandes! ¡Vamos a hacernos matar a Flandes!
       —De Salamanca a Bruselas, el trecho es largo —respondió gravemente don García— y en vuestra situación urge partir. Pensad que si el señor corregidor os atrapa, os resultará muy difícil hacer campaña en cualquier otro lugar que no sean las galeras de Su Majestad.
       Después de haber hablado algunos instantes con su amigo, don Juan se despojó rápidamente de su traje de estudiante. Tomó un coleto de ante bordado como el que usaban entonces los militares, se caló un gran chambergo, y no se olvidó de guardar en el cinto tantos doblones como pudo introducir don García. Todos esos preparativos no duraron sino algunos minutos. Se puso en camino a pie, salió de la ciudad sin ser reconocido, y anduvo toda la noche y toda la mañana siguiente hasta que el calor del sol le obligó a detenerse. En la primera ciudad a la que llegó compró un caballo, y tras unirse a una caravana de viajeros, llegó sin problemas a Zaragoza. Allí permaneció algunos días con el nombre de don Juan Carrasco. Don García, que había abandonado Salamanca al día siguiente de su partida, tomó otro camino y se reunió con él en Zaragoza. No permanecieron allí por mucho tiempo. Depués de haber cumplido de manera bastante apresurada con sus devociones a la Virgen del Pilar, y de haber admirado las bellezas aragonesas, provistos cada uno de un buen criado, se dirigieron a Barcelona, donde embarcaron hacia Civita-Vecchia. El cansancio, el mareo, la novedad de los lugares y la natural ligereza de don Juan, todo se unió para que él olvidara rápidamente las horribles escenas que dejaba tras de sí. Durante algunos meses, los placeres que los dos amigos encontraron en Italia les hicieron olvidar el principal objetivo de su viaje; pero, al comenzar a faltarles fondos, se reunieron con cierto número de compatriotas suyos, valientes como ellos y escasos de dinero, y se pusieron en camino hacia Alemania.
       Tan pronto como llegaron a Bruselas, cada uno de ellos se enroló en la compañía del capitán que quiso. Los dos amigos quisieron hacer sus primeras armas a las órdenes del capitán Manuel Gomara, primero porque era andaluz y segundo porque tenía fama de no exigir de sus soldados sino valor y armas en buen estado, siendo muy acomodaticio en cuanto a la disciplina.
       Encantado de su buen aspecto, éste los trató bien y según sus gustos, es decir que los empleó en todas las ocasiones peligrosas. La fortuna les fue favorable, y allí donde muchos de sus compañeros encontraron la muerte, ellos no recibieron ni un arañazo y se hicieron notar por los generales. Cada uno de ellos recibió una bandera el mismo día. Desde aquel momento, creyéndose seguros de la estima y de la amistad de sus jefes, confesaron sus verdaderos nombres y reanudaron su tren de vida habitual, es decir, que pasaban el día jugando y bebiendo, y la noche dando serenatas a las mujeres bonitas de las ciudades donde se encontraban en guarnición durante el invierno. Habían obtenido el perdón de sus padres, lo que sólo les emocionó medianamente, y letras de cambio sobre banqueros de Amberes. Hicieron buen uso de ellas. Jóvenes, ricos, valientes y emprendedores, sus conquistas fueron numerosas y rápidas. No me detengo a contarlas; bástele al lector saber que cuando veían una mujer bonita, cualquier medio era bueno para conseguirla. Las promesas y los juramentos no eran sino un juego para estos indignos libertinos; y si existían hermanos o maridos que exigieran cuentas de su conducta, ellos poseían buenas espadas y corazones empedernidos para responderles.
       La guerra se reanudó en primavera. En una escaramuza que fue desgraciada para los españoles, el capitán Gomara fue mortalmente herido. Don Juan, que lo vio caer, corrió hacia él y llamó a algunos soldados para llevárselo; pero el bravo capitán, reuniendo las fuerzas que le quedaban, le dijo: “Dejadme morir aquí, pues siento que ha llegado mi hora. Lo mismo da morir aquí que media legua más lejos. Cuidad a vuestros soldados; van a estar muy ocupados, pues veo que los holandeses avanzan en número. Muchachos, —añadió dirigiéndose a los soldados que se apresuraban a ayudarle—, formad en torno a vuestras banderas y no os inquietéis por mí.”
       Don García llegó en aquel momento y le preguntó si tenía alguna última voluntad que pudiera ser ejecutada tras su muerte. “¡Qué diablos queréis que desee en un momento como éste!…” Pareció recogerse algunos instantes y luego contestó: “No he pensado nunca en la muerte, y no la creía tan cercana… No me disgustaría tener algún sacerdote junto a mí en estos momentos… Pero todos los frailes están en los bagajes… ¡Es duro, sin embargo, morir sin confesión!
       —Aquí tenéis mi Libro de Horas, —dijo don García, presentándole una botella de vino—. ¡Valor!
       Los ojos del veterano se empañaban por momentos. La broma de don García no fue reparada por él, pero los viejos soldados que lo rodeaban se escandalizaron.
       —Don Juan, —dijo el moribundo— acercaos, hijo mío. Venid, os instituyo mi heredero. Tomad esta bolsa, contiene todo lo que poseo; es preferible que sea para vos antes que para esos excomulgados. La única cosa que os pido es que hagáis decir algunas misas en sufragio de mi alma.
       Don Juan se lo prometió estrechándole la mano, mientras que don García le hacía observar por lo bajo qué diferencia hay entre las opiniones de un hombre débil cuando muere y las que profesa sentado ante una mesa repleta de botellas. Algunas balas que silbaron en sus oídos les anunciaron la aproximación de los holandeses. Los soldados volvieron a las filas. Cada uno se despidió apresuradamente del capitán Gomara, y nadie se preocupó sino de retirarse en buen orden. Esto era bastante difícil con un enemigo numeroso, un camino socavado por las lluvias, y con los soldados fatigados por una larga marcha. Pese a todo, los holandeses no pudieron alcanzarlos y abandonaron su persecución al llegar la noche, sin haberles arrebatado una sola bandera o haber hecho un solo prisionero que no estuviera herido.
       Por la noche, hallándose los dos amigos sentados en una tienda con otros oficiales, hablaron de la aventura en la que acababan de participar. Se criticaron las órdenes del comandante de turno, y, a toro pasado, consideraron todo lo que se habría debido hacer. Luego, llegaron a hablar de los muertos y de los heridos.
       —Por lo que respecta al capitán Gomara, —dijo don Juan— voy a echarlo mucho de menos. Era un oficial valiente, buen compañero, un verdadero padre para sus soldados.
       —Sí —dijo don García—; pero os confesaré que me sorprendió mucho verlo tan apenado por no tener junto a él una sotana negra. Eso sólo prueba una cosa, y es que es más fácil ser valiente de palabra que de hechos. Uno se burla de un peligro cuando está lejano, pero palidece cuando aquél se acerca. A propósito, don Juan, puesto que vos sois su heredero, decidnos lo que contiene la bolsa que os ha legado. Don Juan la abrió por primera vez y vió que contenía cerca de sesenta monedas de oro.
       —Puesto que tenemos fondos, —dijo don García acostumbrado a considerar la bolsa de su amigo como propia— ¿por qué no echamos una partida de faraón en lugar de lloriquear pensando en nuestros amigos muertos?
       La proposición fue del gusto de todos; trajeron unos cuantos tambores que cubrieron con una capa. Les sirvieron de mesa de juego. Don Juan fue el primero en jugar aconsejado por don García; pero antes de apostar sacó de la bolsa diez monedas de oro, que envolvió en un pañuelo y guardó en un bolsillo.
       —¿Qué diablos queréis hacer con eso? —exclamó don García—. ¡Un soldado ahorrar! ¡Y en vísperas de una batalla!
       —Ya sabéis, don García, que todo ese dinero no es mío. Don Manuel me ha hecho un legado sub poenae nomine, como decíamos en Salamanca.
       —¡Que la peste atrape a este necio! —exclamó don García—. Creo, ¡que el diablo me lleve!, que tiene intención de darle esos diez escudos al primer cura que nos encontremos.
       —¿Por qué no? Lo he prometido.
       —Callad, ¡por las barbas de Mahoma! me avergüenzo de vos, no os reconozco.
       El juego comenzó; la suerte fue al principio muy variada; pero pronto se declaró decididamente en contra de don Juan. En vano cogió las cartas don García, para romper la racha; al cabo de una hora, todo el dinero que poseían, además de los cincuenta escudos del capitán Gomara, había pasado a manos del banquero. Don Juan quería irse a dormir, pero don García estaba acalorado y pretendió tomar el desquite y volver a ganar todo lo que había perdido.
       —Vamos, señor Prudente —dijo— veamos esos escudos que tan guardados tenéis. Estoy seguro de que nos traerán suerte.
       —Pensad, don García, que he prometido…
       —Vamos, vamos, ¡qué niño sois! ¡Para misas estamos! Si el capitán estuviera aquí, antes habría saqueado una iglesia que dejar pasar una carta sin apostar
       —Ahí van cinco escudos, —dijo don Juan—. No os los juguéis de una vez.
       —¡Fuera debilidades! —dijo don García. Y apostó los cinco escudos a un rey. Ganó, dobló, pero perdió a la segunda mano “¡Vengan los cinco últimos!”, exclamó palideciendo de cólera. Don Juan hizo algunas objecciones fácilmente vencidas; cedió y dio cuatro escudos, que siguieron pronto a los primeros. Don García se levantó furioso, arrojando las cartas a la cara del banquero. Dijo a don Juan: “Vos habéis sido afortunado siempre, y he oído decir que el último escudo tiene gran poder para conjurar la suerte.”
       Don Juan estaba tan furioso como él. No pensó más en las misas ni en la promesa. Apostó a un as el último escudo que le quedaba, y lo perdió.
       —¡Al diablo el alma del capitán Gomara! —exclamó—. ¡Creo que su dinero estaba embrujado..!
       El banquero les preguntó si querían seguir jugando; pero como no tenían más dinero y como no se acostumbra a prestar a personas que exponen su cabeza cada día, se vieron obligados a abandonar el juego y a tratar de consolarse uniéndose a los bebedores. El alma del pobre capitán fue inmediatamente olvidada.
       Algunos días después, los españoles, que habían recibido refuerzos, retomaron la ofensiva y avanzaron. Cruzaron los lugares donde habían combatido. Los muertos no habían sido aún enterrados. Don García y don Juan espoleaban sus caballos para escapar a esos cadáveres que impactaban tanto la vista como el olfato, cuando un soldado que les precedía dio un gran grito al ver un cuerpo que yacía en una fosa. Se acercaron y reconocieron al capitán Gomara. Estaba desfigurado. Sus rasgos deformados y rígidos en horribles convulsiones, probaban que sus últimos momentos habían estado acompañados de atroces dolores. Aunque familiarizado con semejantes espectáculos, don Juan no pudo impedir estremecerse al ver ese cadáver, cuyos ojos borrosos y llenos de sangre coagulada parecían dirigirse a él con expresión de amenaza. Recordó las últimas recomendaciones del pobre capitán y cómo él había olvidado ejecutarlas. Sin embargo, la dureza fingida con la que había logrado llenar su corazón lo libró pronto de esos remordimientos; ordenó rápidamente cavar una fosa para enterrar al capitán. Por casualidad, un capuchino se encontraba allí, y recitó apresuradamente algún responso. El cadáver, rociado de agua bendita, fue recubierto de piedras y de tierra, y los soldados prosiguieron su camino más silenciosos que de costumbre; pero don Juan observó a un viejo arcabucero que, después de haber rebuscado un buen rato en sus bolsillos, encontró al fin un escudo, que entregó al capuchino diciéndole: “Tenga, para decirle misas al capitán Gomara.” Ese día, don Juan dio muestra de una bravura extraordinaria, y se expuso al fuego enemigo con tan pocas precauciones que se habría dicho que quería hacerse matar. “Se es valiente cuando uno ya no tiene un céntimo”, decían sus compañeros.
       Poco tiempo después de la muerte del capitán Gomara fue admitido como recluta un joven soldado en la compañía en que servían don Juan y don García; parecía decidido e intrépido, pero de carácter huraño y misterioso. Nunca se le veía beber ni jugar con sus compañeros; pasaba horas enteras sentado en un banco en el cuerpo de guardia, ocupado en ver volar las moscas o en jugar con el gatillo de su arcabuz. Los soldados, que se burlaban de su reserva, le habían dado el apodo de Modesto. Con este nombre era conocido en la compañía e incluso sus jefes no le daban otro.
       La guerra terminó con el sitio de Berg-op-Zoom, que fue, como es sabido, uno de los más mortíferos de aquella guerra, puesto que los sitiados se habían defendido con el máximo encarnizamiento. Una noche los dos amigos se encontraban juntos de servicio en la trinchera, entonces tan próxima a las murallas de la plaza que el puesto era uno de los más peligrosos. Las salidas de los sitiados eran frecuentes, y su fuego vivo y bien dirigido.
       La primera parte de la noche transcurrió en alertas continuas; luego sitiados y sitiadores parecieron ceder por igual al cansancio. Dejaron de disparar por una y otra parte, y se extendió por la llanura un profundo silencio, solamente interrumpido por alguna descarga que no tenía más objeto que probar que si bien habían dejado de combatir, continuaban en alerta, no obstante. Eran cerca de las cuatro de la mañana; es ése el momento en el que un hombre que ha permanecido sin dormir experimenta una sensación de frío intenso, acompañada de una especie de agotamiento moral, producida por la lasitud física y las ganas de dormir. No hay ni un solo militar honesto que no admita que en semejantes situaciones de espíritu y de cuerpo no se sintiera capaz de todas las debilidades de las que se habría sonrojado al salir el sol.
       —¡Pardiez! —exclamó don García dando zapatazos para calentarse y ciñendo la capa en torno a su cuerpo— siento que la médula se me congela en los huesos; creo que un niño holandés me vencería sin más arma que una jarra de cerveza. En verdad, no me reconozco. He aquí un arcabuzazo que acaba de hacerme temblar. ¡Por mi fe! si fuera un poco devoto, tendría que considerar el estado en que me encuentro como una advertencia de lo alto.
       Todos los que estaban presentes, y sobre todo don Juan, se extrañaron enormemente al oírle hablar del Cielo, del que no se preocupaba jamás, o si hablaba de él era para burlarse. Percatándose de que muchos sonreían al oír sus palabras, reanimado por un sentimiento de vanidad, exclamó:
       —¡Que nadie piense que tengo miedo de los holandeses, de Dios o del diablo, pues tendremos que arreglar nuestras cuentas juntos cuando llegue la nueva guardia!
       —Por los holandeses, pase, pero en cuanto a Dios y al Otro, está permitido temerles, —dijo un viejo capitán de bigotes grises, que llevaba un rosario colgado junto a su espada.
       —¿Qué mal pueden hacerme? —preguntó—; un rayo no alcanza tan certeramente como un arcabuz protestante.
       —¿Y vuestra alma? —dijo el capitán santiguándose ante esa horrible blasfemia.
       —¡Ah!, mi alma… para empezar, sería necesario que estuviera bien seguro de tener una. ¿Quién me ha dicho siempre que yo tengo un alma? Los curas. Ahora bien, la invención de un alma les reporta tan jugosos beneficios, que no cabe duda de que ellos son los autores, lo mismo que los pasteleros crearon las tartas para venderlas.
       —Don García, terminaréis mal, —dijo el viejo capitán—. Esas reflexiones no deben hacerse en una trinchera.
       —En la trinchera, como en cualquier otro lugar, digo lo que pienso. Pero me voy a callar, pues he aquí que el sombrero de mi compañero don Juan se le va a caer, hasta tal punto tiene los cabellos erizados sobre la cabeza. Él no sólo cree en el alma; cree además en las ánimas del purgatorio.
       —No soy un agnóstico —dijo don Juan riendo— y envidio a veces la sublime indiferencia con la que tratáis las cosas del otro mundo; pues, os confesaré, aunque os burléis de mí, que hay momentos en los que lo que se cuenta acerca de los condenados me produce pesadillas.
       —La mejor prueba del poco poder del diablo, es que estáis hoy de pie en esta trinchera. Palabra de honor, señores, —añadió don García golpeando en el hombro a don Juan—, si existiera el diablo, ya se habría llevado a este chico. Aunque es muy joven, os aseguro que es un verdadero excomulgado. Ha seducido a tantas mujeres y ha metido en ataúd a más hombres que dos franciscanos y dos espadachines de Valencia habrían podido meter.
       Hablaba aún cuando partió un arcabuzazo del lado de la trinchera que tocaba al campamento español, y don García se llevó la mano al pecho y exclamó: “¡Estoy herido!” Vaciló y cayó casi inmediatamente. Al mismo tiempo se vio a un hombre que emprendía la fuga; pero la oscuridad le ocultó pronto a los que lo perseguían.
       La herida de don García pareció mortal. El tiro había sido disparado de muy cerca, y el arma estaba cargada con muchas balas. Pero la firmeza de aquel libertino empedernido no se desmintió un instante. Mandó bien lejos a los que le hablaban de confesarse. Le decía a don Juan: “Una sola cosa me molesta después de mi muerte, y es que los capuchinos os persuadirán de que es un castigo de Dios contra mí. Admitid conmigo que no hay nada más natural que un arcabuzazo mate a un soldado. Dicen que el disparo ha salido de entre los nuestros: se trata sin duda de algún celoso rencoroso que ha mandado que me asesinen. Haced que lo cuelguen alto y corto, si lo atrapáis. Escuchad, don Juan, tengo dos amantes en Amberes, tres en Bruselas, y otras por ahí que ya no recuerdo… mi memoria se nubla… Os las lego… a falta de algo mejor… Coged también mi espada… y sobre todo no olvidéis la estocada que os enseñé… Adiós… y, en lugar de misas, que mis compañeros se reunan en una gran orgía después de mi entierro.”
       Ésas fueron, más o menos, sus últimas palabras. De Dios y del otro mundo, no se preocupó más que cuando estaba lleno de vida y de fuerza. Murió con la sonrisa en los labios, dándole fuerzas la vanidad para sostener hasta el fin el papel detestable que por tan largo tiempo había representado. Modesto no volvió a verse. El ejército entero estuvo persuadido de que era el asesino de don García; pero todo el mundo se perdía en vanas conjeturas acerca de los motivos que lo habían impulsado a cometer aquel asesinato.
       Don Juan echó mucho de menos a don García, más que si se hubiera tratado de su hermano. Se decía, el insensato, que se lo debía todo. Él lo había iniciado en los misterios de la vida, él le había arrancado de los ojos las escamas que los cubrían. “¿Qué era yo antes de conocerlo?”, se preguntaba, y su amor propio le decía que se había convertido en un ser superior a los demás. Es decir, que todo el mal que en realidad le había causado conocer a este ateo, él lo transformaba en bien, y le estaba tan reconocido como un discípulo debe estarlo respecto a su maestro.
       Las tristes impresiones que le dejó aquella muerte tan súbita permanecieron bastante tiempo en su espíritu como para obligarle a cambiar su género de vida durante muchos meses. Pero, poco a poco fue volviendo a sus antiguas costumbres, ahora más enraizadas en él como para que un accidente pudiera cambiarlas. Volvió a jugar, a beber, a cortejar a las mujeres y a batirse con los maridos. Cada día tenía una nueva aventura. Hoy subiéndose a una brecha, mañana escalando un balcón; por la mañana combatiendo con un marido, por la noche bebiendo con las prostitutas.
       En medio de sus desórdenes supo que su padre acababa de morir; su madre le había sobrevivido sólo unos días, de manera que recibió las dos noticias a la vez. Los hombres de negocios, de acuerdo con su propio gusto, le aconsejaban que regresase a España y tomase posesión del mayorazgo y de los grandes bienes que acababa de heredar. Desde hacía mucho tiempo, había obtenido el indulto por la muerte de don Alonso de Ojeda, el padre de doña Fausta, y consideraba este asunto como totalmente olvidado. Por otra parte, tenía ganas de ejercitarse en un teatro más amplio. Pensaba en las delicias de Sevilla y en las numerosas bellezas que no esperaban, sin duda, más que su llegada para rendirse a discreción. Dejando, pues, la coraza, partió hacia España. Permaneció algún tiempo en Madrid; se hizo notar en una corrida de toros en la participó, por la riqueza de su traje y su destreza en picar; hizo algunas conquistas, pero no se detuvo allí mucho tiempo. Cuando llegó a Sevilla, deslumbró a grandes y pequeños por su fasto y magnificencia. Cada día daba nuevas fiestas, a las que invitaba a las más hermosas damas de Andalucía. Cada día nuevos placeres, nuevas orgías en su magnífico palacio. Se había hecho el rey de un grupo de libertinos que, desordenados e indisciplinados con todo el mundo, le obedecían con esa docilidad que se encuentra a menudo en las asociaciones de matones. No había orgía a la que no se entregase; y como un rico vicioso no es sólo peligroso para sí mismo, su ejemplo pervertía a la juventud andaluza que lo ponía por las nubes y lo tomaba como modelo. No hay duda de que si la Providencia hubiera soportado por mucho tiempo más su libertinaje, no habría sido suficiente con una lluvia de fuego para hacer justicia por los desórdenes y los crímenes cometidos en Sevilla. Una enfermedad que retuvo en cama a don Juan por espacio de algunos días, no propició un regreso sobre sí mismo; al contrario, sólo pedía a su médico que le devolviera la salud para acudir corriendo a nuevos excesos.
       Durante su convalecencia, se entretuvo haciendo una lista de todas las mujeres que había seducido y de todos los maridos que había engañado. La lista estaba dividida metódicamente en dos columnas. En una figuraban los nombres de las mujeres con una sumaria descripción; a su lado, el nombre de los maridos y su profesión. Le costó mucho recordar los nombres de todas esas desgraciadas, y es de suponer que el catálogo distaba mucho de estar completo. Un día se lo enseñó a uno de sus amigos que había ido a visitarlo; y como en Italia había conseguido los favores de una mujer que se atrevía a presumir de haber sido la amante de un papa, la lista comenzaba por su nombre, y el del papa figuraba en la columna de los maridos. Luego venía un príncipe reinante, luego duques, marqueses, y así hasta llegar a los artesanos.
       —Ved, mi querido amigo; ved, nadie se me ha escapado, desde el papa hasta el zapatero; no hay una sola clase social que no me halla proporcionado su parte de cuota”
      Don Toribio, que así se llamaba este amigo, examinó el catálogo y se lo devolvió diciendo con un tono triunfal: “¡No está completo!”
       —¡Cómo! ¿Que no está completo? ¿Quién falta pues en mi lista de maridos?
       —¡DIOS! —respondió don Toribio.
       —¿Dios? Es verdad; no hay ninguna religiosa. ¡Pardiez! te agradezco que me lo hayas advertido. ¡Pues bien!, te juro con fe de hidalgo que antes de un mes estará en mi lista por delante de monseñor el papa, y te haré cenar aquí con una monja. ¿En qué convento de Sevilla hay novicias bonitas?
       Pocos días después, don Juan inició su campaña. Se dedicó a frecuentar las iglesias de los conventos de mujeres, arrodillándose muy cerca de las rejas que separan a las esposas del Señor del resto de los fieles. Allí lanzaba miradas desvergonzadas a aquellas vírgenes tímidas, como el lobo que se ha metido en un aprisco busca la oveja más rolliza para inmolarla en primer lugar. Pronto descubrió en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario a una joven religiosa de una belleza extraordinaria, cuyos rasgos se encontraban envueltos en un aire de melancolía. No levantaba nunca los ojos, ni los movía a derecha o a izquierda; parecía completamente absorta por el divino misterio que se celebraba ante ella. Sus labios se movían dulcemente y era fácil ver que rezaba con más fervor y más unción que sus otras compañeras. Su presencia despertó en don Juan antiguos recuerdos. Le pareció que había visto a aquella mujer en otra parte, pero le era imposible recordar cuándo ni dónde. Tenía tantos retratos más o menos grabados en su memoria, que le era imposible no confurdirlos. Dos días seguidos volvió a la iglesia, colocándose siempre cerca de la reja sin poder conseguir hacer levantar los ojos a sor Ágata. Había sabido que éste era su nombre.
      La dificultad para triunfar sobre una persona tan bien guardada por su posición y por su modestia, no hacía sino irritar los deseos de don Juan. El asunto más importante, y también el más difícil, era ser visto. Su vanidad le decía que si lograba tan sólo atraer la atención de sor Ágata, la victoria estaba casi conseguida. He aquí el medio de que se valió para lograr que esta hermosa mujer levantara los ojos. Se colocó tan cerca de ella como le fue posible, y aprovechándose del momento de la elevación, en que todo el mundo se arrodilla, pasó la mano por entre los barrotes de la reja y derramó ante sor Ágata el contenido de un frasco de esencia que había traído. El olor penetrante que se desprendió súbitamente obligó a la joven religiosa a levantar la cabeza; y como don Juan se hallaba precisamente delante de ella, no pudo menos que fijarse en él. Primero se dibujó en todas sus facciones un vivo asombro, después se puso mortalmente pálida; lanzó un débil grito y cayó desmayada sobre las baldosas. Sus compañeras se apresuraron a auxiliarla y se la llevaron a su celda. Don Juan, retirándose muy contento de sí mismo, decía: “Esta religiosa es realmente encantadora; mientras más la miro, más me parece que debe figurar en mi catálogo.”
       Al día siguiente, fue puntual en encontrarse cerca de la reja a la hora de la misa. Pero sor Ágata no estaba en su sitio de costumbre, en la primera fila de las religiosas; se encontraba, al contrario, casi oculta detrás de sus compañeras. Sin embargo, don Juan notó que miraba a menudo hacia él, a hurtadillas. Él creyó en un augurio favorable para su aventura. “La pequeña me teme —pensaba—, pero pronto se domesticará.” Cuando concluyó la misa, observó que ella entraba en un confesonario; mas para llegar a él, pasó cerca de la reja y dejó caer su rosario como por descuido. Don Juan tenía demasiada experiencia como para creer en aquella pretendida distracción. Primero pensó que era muy importante para él tener ese rosario; pero se encontraba al otro lado de la reja, y se dio cuenta de que para recogerlo tenía que esperar a que todo el mundo saliera de la iglesia. Para esperar ese momento, se colocó junto a un pilar, con una actitud meditativa, con una mano sobre los ojos, pero con los dedos ligeramente separados, de modo que no se perdiera ninguno de los movimientos de sor Ágata. Cualquiera que lo hubiera visto en esta actitud lo habría tomado por un buen cristiano absorto en una piadosa ensoñación.
       La religiosa salió del confesonario y dió algunos pasos para entrar en el interior del convento; pero pronto advirtió, o fingió advertir que le faltaba su rosario. Miró alrededor y vio que estaba cerca de la reja. Regresó y se inclinó para recogerlo. En ese mismo momento, don Juan vio que pasaba algo blanco por debajo de la reja. Era un papelito doblado en cuatro. Inmediatamente después la religiosa se retiró.
       El libertino, sorprendido de triunfar más pronto de lo que había esperado, experimentó una especie de pesar por no encontrar más obstáculos. Ése es a veces el pesar de un cazador que persigue un ciervo, pensando que la carrera será larga y trabajosa, pero de pronto el animal cae, quitándole al cazador el placer y el mérito que él se había imaginado en la persecución. Con todo, recogió prontamente el billete y salió de la iglesia para leerlo a sus anchas. Esto era lo que contenía:
       “¿Sois vos, don Juan? Es cierto, pues, que no me habéis olvidado? Me sentía muy desgraciada, pero empezaba a acostumbrarme a mi suerte. Ahora voy a ser cien veces más desgraciada. Debería odiaros…, derramasteis la sangre de mi padre…; pero no puedo odiaros ni olvidaros. ¡Tened piedad de mí! No volváis más a esta iglesia; me hacéis demasiado daño. ¡Adiós, adiós! he muerto para el mundo. TERESA”
       “¡Ah, es Teresita! —se dijo don Juan—. Sabía que la había visto en alguna parte.” Volvió después a leer el billete: “Debería odiaros.” Es decir, os adoro. “Derramásteis la sangre de mi padre!…” Jimena decía lo mismo de Rodrigo… “No volváis más a esta inglesia.” Es decir, os espero mañana. “¡Muy bien! ¡Ya es mía!”. Y diciendo esas palabras se fue a comer.
       Al día siguiente fue puntual en encontrarse en la iglesia con una carta en el bolsillo; pero su sorpresa fue grande al no ver aparecer a sor Ágata. Jamás hubo misa que le pareciese más larga. Estaba furioso. Después de haber maldecido cien veces los escrúpulos de Teresa, fue a pasearse a orillas del Guadalquivir en busca de alguna idea, y he aquí lo que decidió.
       El convento de Nuestra Señora del Rosario gozaba de mucha fama por los excelentes dulces que las religiosas preparaban. Fue al locutorio y preguntó por la hermana tornera e hizo que le entregara una lista con todos los dulces que tenía a la venta. “¿No tendríais limones a la Mañara? —preguntó con el tono más natural del mundo.
       —¿Limones a la Mañara? Es la primera vez que oigo hablar de esos dulces.
       —Sin embargo, están muy de moda, y me sorprende que en un convento como el vuestro no se hagan muchos.
       —¿Limones a la Mañara?
       —A la Mañara, —repitió don Juan recalcando cada sílaba—. Es imposible que no haya alguna de vuestras religiosas que no conozca la receta para hacerlos. Preguntadles, os ruego, a esas señoras, si no conocen por casualidad esos dulces. Mañana volveré a pasar.
       Minutos después, en el convento no se hablaba de otra cosa sino de los limones a la Mañara. Las mejores confiteras decían que nunca habían oído hablar de ese dulce. Sólo sor Ágata sabía el procedimiento. Había que añadirle agua de rosas, violetas, etc. a los limones ordinarios, luego… Ella se encargó de todo. Cuando don Juan regresó, encontró un bote de limones a la Mañara; en realidad, era una mezcla de sabor abominable; pero bajo la envoltura del bote había un billete escrito por la mano de Teresa. Se trataba de nuevas súplicas de que renunciase a ella y la olvidara. La pobre chica intentaba engañarse a sí misma. La religión, la piedad filial y el amor se disputaban el corazón de esta desafortunada; pero era fácil darse cuenta de que entre todos estos sentimientos, el amor era el más fuerte. Al día siguiente, don Juan envió a uno de sus criados al convento con una caja conteniendo limones que quería hacer confitar y que recomendaba particularmente a la religiosa que había preparado las confituras compradas la víspera. En el fondo de la caja estaba hábilmente oculta una respuesta a las cartas de Teresa. Le decía: “He sido muy desgraciado. La fatalidad guió mi brazo. Desde aquella funesta noche no he cesado de pensar en ti. No me atrevía a esperar que no me odiaras. Por fin te he encontrado. Deja de hablarme de los votos que has pronunciado. Antes de comprometerte al pie de los altares, me pertenecías. No podías disponer de un corazón que era mío… Vengo a reclamar un bien que prefiero a la vida. Pereceré en mi empeño, o me serás devuelta. Mañana te llamaré al locutorio. No me he atrevido a ir antes de haberte prevenido. Temo que tu emoción nos traicione. Ármate de valor. Dime si la tornera es sobornable.” Dos gotas de agua diestramente echadas sobre el papel parecían lágrimas derramadas al escribir.
       Unas horas después, el jardinero del convento le trajo la contestación y le ofreció sus servicios. La tornera era incorruptible; sor Ágata consentía en bajar al locutorio, pero a condición de que fuera para dar y recibir un eterno adiós.
       La desgraciada Teresa apareció en el locutorio más muerta que viva. Tenía que agarrarse a la reja con las dos manos para no caerse. Don Juan, tranquilo e impasible, saboreaba con delicia la turbación que le causaba. Primero, y para engañar a la tornera, habló con un tono indiferente de los amigos que Teresa había dejado en Salamanca y que le habían encargado que le llevara sus saludos. Luego, aprovechándose de un momento en que la tornera se había alejado, dijo muy bajo y rápidamente a Teresa:
       —Estoy resuelto a intentarlo todo para sacarte de aquí. Si hay que prenderle fuego al convento, lo quemaré. No quiero escuchar nada. Me perteneces. Dentro de algunos días has de ser mía, o habré muerto; pero otros muchos perecerán conmigo.
       La tornera se acercó. Doña Teresa estaba sofocada y no podía articular una palabra. Don Juan, no obstante, con tono indiferente hablaba de confituras, de las labores en que se ocupaban las religiosas, prometía a la tornera enviarle unos rosarios bendecidos en Roma, y regalar al convento un vestido de brocado para la santa patrona de la comunidad el día de su fiesta. Después de media hora de semejante conversación, saludó a Teresa con tono respetuoso y grave, dejándola en un estado de agitación y desesperación imposible de describir. Corrió a encerrarse en su celda, y su mano, más obediente que su lengua, trazó una larga carta de reproches, súplicas y lamentos. Pero no podía impedir confesar su amor, y se excusaba de aquella falta pensando que la expiaba bien negándose a acceder a las súplicas de su amante. El jardinero, que se encargaba de aquella correspondencia criminal, trajo pronto una respuesta. Don Juan amenazaba de nuevo con llevar las cosas al último extremo. Tenía a sus órdenes a cien espadachines. El sacrilegio no le asustaba. Moriría feliz con haber estrechado una vez más entre sus brazos a su amiga. ¿Qué podía hacer aquella débil mujer, acostumbrada a ceder ante el hombre que adoraba? Pasaba las noches llorando, y de día no podía rezar, pues la imagen de don Juan la perseguía por todas partes; e incluso, cuando acompañaba a las demás religiosas en sus ejercicios de piedad, su cuerpo realizaba mecánicamente los gestos propios de una persona que reza, pero su corazón estaba de lleno consagrado a su funesta pasión.
       Al cabo de algunos días, no tuvo ya fuerzas para resistir. Anunció a don Juan que estaba dispuesta a todo. Se venía perdida de todas maneras, y se decía que si iba a morir, más le valía antes haber vivido un instante de felicidad. Don Juan, completamente feliz, lo preparó todo para raptarla. Escogió una noche sin luna. El jardinero le llevó a Teresa una escala de seda que debía servirle para franquear los muros del convento. Un paquete que contenía un vestido de calle estaría escondido en un sitio convenido del jardín, pues no era posible pensar en salir a la calle con los hábitos de religiosa. Don Juan la esperaría al pie del muro. Cerca de allí estaría preparada una litera tirada por vigorosas mulas para conducirla rápidamente a una casa de campo. Allí ella quedaría sustraída a todas las persecuciones, viviría tranquila y feliz con su amante. Ése era el plan trazado por don Juan. Mandó coser vestidos adecuados, ensayó él mismo la escala de cuerda, y adjuntó una nota acerca de cómo había que sujetarla; por fin, no olvidó nada que pudiera garantizar el éxito de su empresa. El jardinero era seguro, tenía demasiado que ganar siendo fiel, por lo que no había que dudar de él. Además, se habían tomado medidas para que fuera asesinado al día siguiente del rapto. Por fin, parecía que esta trama estaba tan hábilmente urdida que nada podía romperla.
       Con fin de evitar sospechas, don Juan partió para el palacio de Mañara dos días antes del fijado para el rapto. Era el palacio en el que él había pasado la mayor parte de su infancia; pero después de su regreso a Sevilla no lo había visitado. Llegó allí al anochecer, y su primer cuidado fue cenar bien. Luego se hizo desvestir y se acostó. Había mandado encender en su habitación dos grandes cirios, y sobre la mesa había un libro de cuentos libertinos. Después de haber leído algunas páginas, sintiéndose a punto de dormir, cerró el libro y apagó uno de los cirios. Antes de apagar el segundo paseó con distracción sus miradas por toda la habitación, y de pronto vio en su alcoba el cuadro que representaba los tormentos del purgatorio, cuadro que tan a menudo había contemplado en su infancia. Involuntariamente, sus ojos se fijaron en el hombre a quien la serpiente devoraba las entrañas; y por más que la representación le inspirase más horror que antes, no podía separar la mirada. Simultáneamente recordó el rostro del capitán Gomara y las horrorosas contorsiones que la muerte había grabado en sus facciones. Esta idea le hizo estremecerse, y notó que sus cabellos se erizaban en la cabeza. Sin embargo, recobrando su valor, apagó el otro cirio, esperando que la oscuridad lo libraría de las imágenes horribles que lo perseguían. La oscuridad aumentó aún más su terror. Sus ojos se dirigían siempre hacia el cuadro que no podía ver; pero le era tan familiar que se pintaba en su imaginación tan claramente como si hubiera sido de día. A veces, incluso le parecía que los rostros se encendían y se hacían luminosos, como si el fuego del purgatorio pintado por el artista hubiese sido una llama real. Por fin, su agitación era tan grande, que llamó a grandes voces a sus criados para hacer que quitaran el cuadro que le causaba tanto terror. Cuando éstos entraron en la habitación, se avergonzó de su debilidad. Pensó que sus criados se burlarían de él si llegaban a saber que le daba miedo un cuadro. Se contentó con decir, con la voz más natural que pudo, que encendiesen de nuevo los cirios y lo dejasen solo. Se puso a leer de nuevo, pero sólo sus ojos recorrían el libro, pues su pensamiento estaba en el cuadro. Presa de una agitación indecible, pasó así la noche sin dormir.
       Tan pronto como amaneció, se levantó a toda prisa y salió para ir a cazar. El ejercicio y el aire fresco de la mañana lo calmaron poco a poco, y las impresiones excitadas por la visión del cuadro habían desaparecido cuando volvió a su palacio. Se sentó a la mesa y bebió mucho. Ya estaba algo aturdido cuando se fue a acostar. Había dado orden de preparar una cama en otra habitación, y por supuesto, no había mandado que trasladaran el cuadro; pero había conservado tan bien el recuerdo del mismo, que fue bastante poderoso como para tenerlo despierto parte de la noche.
       Pese a todo, ese terror no le inspiró el arrepentimiento de su vida pasada. Se ocupaba del rapto que había proyectado; y, después de haber dado a sus criados todas las órdenes necesarias, partió solo hacia Sevilla, en medio del calor del día, con el fin de llegar allí de noche. Efectivamente, era noche cerrada cuando pasó cerca de la Torre del Oro, donde lo esperaba uno de sus criados. Le entregó su caballo y se informó de si estaban ya dispuestas la litera y las mulas. Siguiendo sus órdenes, debían esperarlo en una calle cercana al convento, para que pudiera llegar rápidamente a pie con Teresa, pero no tan cerca como para levantar sospechas de la ronda, si ésta llegara a encontrarlos. Todo estaba preparado, sus instrucciones habían sido ejecutadas al pie de la letra. Vio que tenía que esperar todavía una hora antes de poder darle a Teresa la señal convenida. Su criado le echó una gran capa oscura sobre los hombros y entró solo en Sevilla por la puerta de Triana, ocultándose el rostro para no ser reconocido. El calor y la fatiga le obligaron a sentarse en un banco en una calle desierta. Allí se puso a silbar y a tararear melodías que le venían a la memoria. De vez en cuando consultaba su reloj y veía con pesar que la aguja no avanzaba según su impaciencia… De pronto una música lúgubre y solemne vino a herir sus oídos. Reconoció los cantos que la Iglesia ha consagrado a los entierros. Pronto una procesión dio la vuelta a la esquina y avanzó hacia él. Dos largas filas de penitentes llevaban cirios encendidos, precediendo a un ataúd cubierto de terciopelo negro y llevado por varias figuras vestidas a la antigua usanza, con la barba blanca y la espada en el costado. Cerraban la marcha dos filas de penitentes vestidos de negro, que también llevaban cirios como los primeros. Toda aquella comitiva avanzaba lenta y gravemente. No se oía el ruido de los pasos sobre el pavimento, y se habría dicho que cada figura más que andar se deslizaba. Los pliegues largos y rectos de las ropas y de los mantos parecían tan inmóviles como los ropajes de mármol de las estatuas.
       Ante aquel espectáculo, don Juan experimentó en primer lugar esa especie de repugnancia que la idea de la muerte inspira a un epicúreo. Se levantó y quiso alejarse, pero el número de los penitentes y la pompa del cortejo le sorprendieron y picaron su curiosidad. La procesión se dirigía hacia una iglesia vecina cuyas puertas se acababan de abrir ruidosamente, don Juan agarró por la manga a una de las figuras que llevaban cirio y le preguntó cortésmente quién era la persona que iban a enterrar. El penitente levantó la cabeza: su semblante estaba pálido y demacrado como el de un hombre que sale de una larga y dolorosa enfermedad. Le contestó con voz sepulcral: “Es el conde don Juan de Mañara.”
       Aquella extraña respuesta hizo erizarse los cabellos en la cabeza de don Juan; pero al instante recobró la sangre fría y sonrió. “Habré comprendido mal, —se dijo— o el viejo estará equivocado.” Entró en la iglesia al mismo tiempo que la procesión. Comenzaron de nuevo los cantos fúnebres, acompañados por el sonido majestuoso del órgano; y los sacerdotes, revestidos con capas negras, entonaron el De profundis. A pesar de sus esfuerzos por parecer tranquilo, don Juan sintió helársele la sangre. Acercándose a otro penitente, le preguntó: “¿Quién es el muerto que entierran? — El conde don Juan de Mañara”, respondió el penitente con voz hueca y espantosa. Don Juan se apoyó sobre una columna para no caer. Se sentía desfallecer y todo su valor lo había abandonado. Mientras tanto, continuaba el servicio religioso, y las bóvedas de la iglesia aumentaban aún más los sonidos del órgano y de las voces que cantaban el terrible Dies irae. Le parecía oír los coros de los ángeles en el juicio final. Por fin, haciendo un esfuerzo, cogió la mano de un sacerdote que pasaba cerca de él. Aquella mano estaba fría como el mármol.
       —¡En nombre del cielo, padre! —exclamó— ¿por quién rogáis y quiénes sois?
       —Rogamos por el conde don Juan de Mañara, —respondió el sacerdote mirándolo fijamente con expresión de dolor—. Rogamos por su alma, que está en pecado mortal, y somos ánimas que las misas y las oraciones de su madre han sacado de las llamas del purgatorio. Pagamos al hijo la deuda de la madre; pero esta misa es la última que nos está permitido celebrar por el alma del conde don Juan de Mañara.
       En aquel momento el reloj de la iglesia dio una campanada: era la hora fijada para el rapto de Teresa.
       —¡Ha llegado la hora! —exclamó una voz que salía de un rincón oscuro de la iglesia— ¡ha llegado la hora! ¿es nuestro?
       Don Juan giró la cabeza y vio una aparición horrible. Don García, pálido y ensangrentado, avanzaba con el capitán Gomara, cuyas facciones estaban agitadas aún por horribles convulsiones. Se dirigieron ambos hacia el ataúd, y don García, echando la tapa al suelo con violencia, repitió: “¿Es nuestro?” Al mismo tiempo una serpiente gigantesca se irguió detrás de él, y, dominándolo por muchos pies, parecía dispuesta a lanzarse al ataúd…, Don Juan exclamó: “¡Jesús!”, y cayó desmayado en el pavimento.
       La noche estaba ya muy avanzada cuando la ronda que pasaba vio a un hombre tendido, sin movimiento, en la puerta de una iglesia. Los corchetes se acercaron, creyendo que era el cadáver de un hombre asesinado. Pronto reconocieron al conde de Mañara, y trataron de reanimarlo echándole agua fría en la cara; pero viendo que no recobraba el conocimiento, lo llevaron a su casa. Unos decían que estaba borracho, otros que había recibido una paliza de algún marido celoso. Nadie, o al menos ningún hombre de bien lo quería en Sevilla, y cada cual decía lo que le parecía. Uno bendecía al bastón que lo había dejado tan aturdido, otro preguntaba cuántas botellas podían caber en esa carcasa sin movimiento. Los criados de don Juan lo recibieron de manos de los corchetes y corrieron a buscar a un cirujano. Se le practicó una abundante sangría, y no tardó en recobrar el conocimiento. Primero sólo pronunció palabras sin ilación, gritos inarticulados, sollozos y gemidos. Poco a poco pareció mirar con atención todos los objetos que lo rodeaban. Preguntó dónde estaba, luego qué había sido del capitán Gomara, de don García y de la procesión. Sus hombres le creyeron loco. No obstante, después de haber tomado un cordial, mandó traer un crucifijo y lo besó algún tiempo, derramando un torrente de lágrimas. Enseguida ordenó que le trajeran a un confesor.
       La sorpresa fue general, pues su impiedad era muy conocida. Muchos sacerdotes, llamados por sus criados, se negaron a acudir a su casa, persuadidos de que les preparaba alguna broma de mal gusto. Por fin, un fraile dominico consintió en verlo. Se les dejó solos, y don Juan arrojándose a sus pies, le contó la visión que había tenido; luego se confesó. Al hacer la relación de cada uno de sus crímenes, se interrumpía para preguntar si era posible que un pecador tan grande como él pudiese alcanzar jamás el perdón celeste. El religioso respondía que la misericordia de Dios era infinita. Después de haberlo exhortado a perseverar en su arrepentimiento y haberle prodigado los consuelos que la religión no niega ni siquiera a los mayores criminales, el dominico se retiró, prometiéndole que volvería por la noche. Don Juan pasó todo el día rezando. Cuando el dominico regresó, él le manifestó que había tomado la decisión de retirarse de un mundo donde había causado tanto escándalo y de tratar de expiar por medio de ejercicios de penitencia los crímenes enormes con los que se había manchado. El fraile, emocionado por sus lágrimas, lo animó lo mejor que pudo, y para reconocer si tendría valor para seguir su determinación, le hizo una descripción espantosa de las austeridades del claustro. Pero a cada mortificación que describía, don Juan exclamaba que aquello no era nada, y que merecía tratos mucho más rigurosos.
       Desde el día siguiente hizo donación de su fortuna a sus parientes, que eran pobres; consagró otra parte a la fundación de un hospital y a la construcción de una capilla; distribuyó sumas considerables a los pobres e hizo decir gran número de misas en sufragio de las almas del purgatorio, sobre todo por las del capitán Gomara y de los desgraciados que habían perecido batiéndose en duelo con él. Finalmente, reunió a todos sus amigos y se acusó ante ellos de los malos ejemplos que por tanto tiempo les había dado; les pintó de una manera clara los remordimientos que le causaba su pasada conducta y las esperanzas que se atrevía a concebir para el porvenir. Muchos de aquellos libertinos se sintieron conmovidos y se convirtieron; otros, incorregibles, se separaron de él con fríos sarcasmos.
       Antes de entrar al convento que había escogido para su retiro, don Juan escribió a doña Teresa. Le confesaba sus vergonzosos proyectos, le contaba su vida, su conversión, y le pedía perdón, exhortándola a aprovecharse de su ejemplo para buscar su salvación en el arrepentimiento. Confió esta carta al dominico después de haberle mostrado el contenido.
       La pobre Teresa había esperado mucho tiempo en el jardín del convento la señal convenida; después de haber pasado varias horas en una indecible agitación, viendo que el alba iba a llegar, regresó a su celda, presa del más vivo dolor. Atribuía la ausencia de don Juan a mil causas muy alejadas de la verdad. Así pasaron muchos días sin que recibiera noticias de él y sin que ningún mensaje viniera a mitigar su desesperación. Por fin el fraile, después de haber hablado con la superiora, obtuvo permiso para verla, y le entregó la carta de su seductor arrepentido. Mientras la estaba leyendo, se veía que su frente se iba cubriendo de gruesas gotas de sudor; unas veces enrojecía como el fuego, otras palidecía como la muerte. Tuvo, no obstante, ánimo para acabar su lectura. El dominico intentó entonces describirle el arrepentimiento de don Juan, y felicitarla por haber escapado al peligro horroroso que les esperaba a los dos, si su proyecto no hubiera sido abortado por una evidente intervención de la Providencia. Pero, a todas esas exhortaciones, doña Teresa exclamaba: “¡No me amó nunca!” Una ardiente fiebre se apoderó de la desgraciada; en vano se le prodigaron los auxilios de la medicina y de la religión: rechazó los unos y se mostró insensible a los otros. Falleció al cabo de unos días repitiendo constantemente: “¡No me amó nunca!”
       Don Juan, después de haber tomado el hábito de novicio, demostró que su conversión era sincera. No había mortificaciones o penitencias que no encontrase demasiado leves; y el superior del convento se veía obligado a menudo a ordenarle que pusiera límites a las maceraciones con que atormentaba su cuerpo. Él le respondía que así abreviaría sus días, y que en realidad, había más mérito en sufrir durante mucho tiempo las mortificaciones moderadas que en terminar de un golpe su penitencia quitándose la vida. Cuando concluyó el tiempo del noviciado, don Juan pronunció sus votos, y continuó, con el nombre de fray Ambrosio, edificando a la comunidad con su austeridad. Llevaba un cilicio de crines de caballo por debajo de su sayal de estameña; una especie de caja estrecha, más corta que su cuerpo, le servía de cama. Verduras simplemente cocidas con agua eran todo su alimento, y sólo los días de fiesta, por orden expresa de su superior, consentía en comer pan. Pasaba la mayoría de las noches velando y orando con los brazos en cruz; es decir, que era un ejemplo para esta devota comunidad, como antaño había sido un modelo para los libertinos de su edad. Una enfermedad epidémica, que se declaró en Sevilla, le proporcionó ocasión de ejercitar las nuevas virtudes que había alcanzado tras su conversión. Los enfermos eran admitidos en el hospital que él había fundado; cuidaba a los pobres, pasaba los días junto a sus lechos, exhortándolos, animándolos y consolándolos. Tan grande era el peligro de contagio, que no se podía encontrar, ni a precio de oro, hombres que quisieran amortajar a los muertos. Don Juan realizaba este ministerio; iba a las casas abandonadas, y daba sepultura a los cadáveres que se encontraba allí, a veces desde hacía varios días, en descomposición. Se le bendecía por doquier, y como durante aquella terrible epidemia no estuvo nunca enfermo, algunas personas crédulas aseguraron que Dios había obrado un milagro en su favor.
       Hacía ya muchos años que don Juan, o fray Ambrosio, habitaba en el claustro, y su vida no era más que una serie ininterrumpida de ejercicios de piedad y de morti-ficaciones. El recuerdo de su vida pasada estaba siempre presente en su memoria, pero sus remordimientos estaban ya suavizados por la satisfacción de conciencia que le proporcionaba su cambio.
       Un día, después del mediodía, en el momento en que el calor se dejaba sentir con mayor fuerza, todos los hermanos del convento gozaban de algún reposo, como de costumbre. Sólo el hermano Ambrosio trabajaba en el huerto, con la cabeza descubierta, al sol, pues era una de las penitencias que se había impuesto. Inclinado sobre su azadón, vio la sombra de un hombre que se detenía cerca de él. Creyó que era uno de los hermanos que había descendido al huerto, y continuando su tarea lo saludó con un Ave María. Pero nadie le contestó. Sorprendido de ver aquella sombra inmóvil, levantó los ojos y vio ante sí a un joven alto, cubierto con una capa que llegaba hasta el suelo y semioculto el rostro con un sombrero adornado con una pluma blanca y negra. Aquel hombre lo contemplaba en silencio con expresión de maligna alegría y de profundo desprecio. Se miraron fijamente los dos durante algunos instantes. Por fin el desconocido, avanzando un paso y levantando el sombrero para mostrar sus facciones, le dijo: “¿Me reconocéis?”
      Don Juan lo miró con más atención, pero no lo reconoció.
       —¿Os acordáis del sitio de Berg-op-Zoom? —preguntó el desconocido—. ¿Habéis olvidado a un soldado llamado Modesto?
       Don Juan se estremeció. El desconocido prosiguió fríamente:
       —Un soldado llamado Modesto, que mató de un arcabuzazo a vuestro amigo don García, en lugar de a vos, a quien apuntaba… Modesto soy yo. Tengo además otro nombre, don Juan: me llamo don Pedro de Ojeda, soy el hijo de don Alonso de Ojeda, a quien matasteis; soy el hermano de doña Fausta de Ojeda, a quien matasteis; soy el hermano de doña Teresa de Ojeda, a quien habéis matado también.
       —Hermano mío, —dijo don Juan arrodillándose ante él—; soy un miserable cubierto de crímenes. Para expiarlos llevo este sayal y he renunciado al mundo. Si hay alguna manera de obtener vuestro perdón, indicádmela. No me asustará la más ruda penitencia si puedo obtener de vos que no me maldigáis.
       Don Pedro se sonrió amargamente: “¡Dejémonos de hipocresías, señor de Mañara!; yo no os perdono. En cuanto a mis maldiciones, os la echo todas. Pero estoy demasiado impaciente para esperar su resultado. Llevo conmigo algo más eficaz que mis maldiciones.”
       Diciendo estas palabras, se quitó la capa y mostró que llevaba dos grandes espadas de combate. Las sacó de la vaina y las plantó en tierra. “Elegid, don Juan, —dijo—. Dicen que sois gran espadachín, yo presumo de ser diestro en esgrima. Veamos qué sabéis hacer.”
       Don Juan hizo la señal de la cruz, y dijo: “Hermano, olvidáis los votos que he pronunciado. Yo no soy ya el don Juan que conocisteis, sino el hermano Ambrosio.
      —Pues bien, hermano Ambrosio, sois mi enemigo, y sea cual fuere el nombre que llevéis, os odio y quiero vengarme de vos.
       Don Juan volvió a echarse de rodillas ante él.
       —Si queréis quitarme la vida, hermano, vuestra es. Castigadme como queráis.
       —¡Cobarde, hipócrita! ¿Crees que vas a burlarte de mí? ¿Si quisiera matarte como a un perro rabioso, me habría tomado la molestia de traer estas armas? Vamos, elige pronto y defiende tu vida.
       —Os repito, hermano, que no puedo combatir, pero puedo morir.
       —¡Miserable! —exclamó don Pedro furioso— me habían dicho que tenías valor. ¡Veo que no eres más que un vil cobarde!
       —¿Valor, hermano?, pido a Dios que me lo conceda para no abandonarme a la desesperación a que me arrojaría, sin su socorro, el recuerdo de mis crímenes. Adiós, hermano: me retiro, porque veo que mi vista os enoja. ¡Pueda mi arrepentimiento pareceros un día tan sincero como es en realidad!
       Dio algunos pasos para abandonar el huerto, pero don Pedro lo detuvo por una manga, diciendo: “¡O vos o yo, no hemos de salir vivos de aquí! ¡Coged una de esas espadas, porque el diablo me lleve si creo una palabra de todas vuestra jeremiadas!”
       Don Juan le dirigió una mirada suplicante y dio otro paso para alejarse; pero don Pedro, cogiéndolo con fuerza, y teniéndolo asido por el cuello, le dijo: “¿Crees, pues, asesino infame, que podrás escaparte de mis manos? ¡No!, voy a hacer pedazos tu sayal hipócrita, que oculta el pie bifurcado del demonio, y entonces quizá te sientas con corazón suficiente para medirte conmigo.” Y mientras hablaba, lo empujaba rudamente contra la pared.
       —Señor Pedro de Ojeda, —exclamó don Juan— matadme si queréis, pero no me batiré. Y se cruzó de brazos, mirando fijamente a don Pedro con aire tranquilo, pero bastante orgulloso.
      —¡Sí, te mataré, miserable! pero antes te trataré como a cobarde, ya que lo eres.
       Y le dio un bofetón, el primero que don Juan recibía en su vida. El rostro de Mañara se puso de un rojo púrpura. La altivez y el furor de su juventud volvieron a entrar en su alma. Sin decir palabra, se lanzó hacia una de las espadas y la agarró. Don Pedro tomó la otra y se puso en guardia. Los dos atacaron con furor y se tiraron a fondo uno sobre otro a la vez, con la misma impetuosidad. La espada de don Pedro se perdió en el sayal de don Juan y se deslizó por su costado sin herirlo, mientras que la de don Juan se hundió hasta los gavilanes en el pecho de su adversario. Don Pedro expiró al momento. Don Juan, viendo a su enemigo tendido a sus pies, permaneció algún tiempo inmóvil contemplándolo anonadado. Poco a poco volvió en sí y reconoció la magnitud de su nuevo crimen. Se precipitó sobre el cadáver y trató de volverlo a la vida. Pero había visto bastantes heridas como para dudar un instante de que aquélla fuese mortal. La espada ensangrentada yacía a sus pies y parecía ofrecerse a él para que se castigara a sí mismo; pero, apartando enseguida aquella nueva tentación del demonio, corrió a buscar al padre superior y se precipitó aturdido en su celda. Allí, postrado a sus pies, le contó aquella terrible escena, derramando un torrente de lágrimas. Al principio, el superior no quería creerlo y su primera impresión fue que las grandes mortificaciones que se imponía el hermano Ambrosio le habían hecho perder la razón. Pero la sangre que cubría el sayal y las manos de don Juan, no le permitieron dudar mucho tiempo de la terrible verdad. Era un hombre con mucha presencia de espíritu. Comprendió inmediatamente todo el escándalo que recaería sobre el convento si la aventura llegaba a difundirse entre la gente. Nadie había visto el duelo. Se encargó de ocultárselo incluso a los mismos moradores del convento. Ordenó a don Juan que le siguiese, y ayudado por él, transportó el cadáver a una sala baja cuya llave se llevó. Luego, encerrando a don Juan en su celda, salió para ir a prevenir al corregidor.
       Alguien se extrañó tal vez de que don Pedro, que ya había tratado de matar a don Juan a traición, hubiese abandonado la idea de un segundo asesinato y hubiera querido deshacerse de su enemigo en un combate con armas iguales; pero esto no era por su parte sino un cálculo de venganza infernal. Había oído hablar de las austeridades de don Juan, y su reputación de santidad estaba tan extendida, que don Pedro estaba seguro de que, si lo asesinaba, lo enviaría directamente al cielo. Esperó que, provocándolo y obligándolo a batirse, lo mataría en pecado mortal, logrando así la perdición de su cuerpo y de su alma. Ya se ha visto como ese proyecto diabólico se volvió contra su autor.
       No fue difícil silenciar el asunto. El corregidor se entendió con el superior del convento para apartar las sospechas. Los otros frailes creyeron que el muerto había sucumbido en duelo con un caballero desconocido y había sido transportado herido al convento, donde no había tardado en expirar. En cuanto a don Juan, no intentaré describir ni sus remordimientos ni su arrepentimiento. Cumplió gustoso todas las penitencias que el superior le impuso. Durante toda su vida conservó, colgada a los pies de su cama, la espada con la que había atravesado a don Pedro, y nunca la pudo mirar sin rogar por su alma y por las de su familia. Con el fin de dominar el resto de orgullo mundano que subsistía aún en su corazón, el padre superior le había ordenado que se presentase cada día al cocinero del convento, el cual debía darle una bofetada. Después de haberla recibido, el hermano Ambrosio no dejaba nunca de tender la otra mejilla, agradeciendo al cocinero que lo humillase de tal modo. Vivió diez años en aquel claustro, y jamás su penitencia quedó interrumpida por una vuelta a las pasiones de su juventud. Murió venerado como un santo, incluso por los que habían conocido sus escándalos. En su lecho de muerte pidió, como un favor, que lo enterrasen bajo el umbral de la iglesia, con el fin de que al entrar lo pisoteasen todos. Quiso también que sobre su tumba se grabase esta inscripción: Aquí yace el peor hombre que existió en el mundo. Pero no se juzgó oportuno ejecutar todas las disposiciones dictadas por su excesiva humildad. Fue sepultado cerca del retablo mayor de la capilla que él había fundado. Consintieron, es verdad, en grabar en su lápida sepulcral la inscripción que él había dictado, pero se añadió un elogio por su conversión. Su hospital, y sobre todo la capilla donde está enterrado, son visitados por todos los que pasan por Sevilla. Murillo decoró la capilla con varias de sus obras maestras. El regreso del hijo pródigo y la Piscina de Jérico, que se admiran hoy en la galería del mariscal Soult, adornaron antes las paredes del Hospital de Caridad.




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