Prosper Merimée
(París, Francia, 1803 - Cannes, Francia, 1870)


Arsenia Guillot (1844)
(“Arsène Guillot”)
Originalmente publicado en Revue des Deux Mondes (15 de marzo de 1944);
Carmen [Arsène Guillot / L’Abbé Aubain]
(París: Michel Lévy Frères, 1846 [1847], 363 págs.), págs. 181-324.



Σέ Πἁρις χαὶ Φοίβος A’πόλλων Εσθλὸν ὲόντ’,
όλέσωσιν ένὶ Σκαιήσι πόλησιν.

                        [Hom. II, xxii, 300.]



I

      La última misa acababa de terminar en San Roque, y el bedel hacía su ronda para cerrar las capillas desiertas. Iba a cerrar la verja de uno de esos santuarios aristocráticos donde algunas devotas compran el permiso de rogar a Dios, distinguidas del resto de los fieles, cuando vio que una mujer permanecía aún allí, absorta en la meditación, según parecía, con la cabeza inclinada sobre el respaldo de su silla. “Es la señora de Piennes”, se dijo, deteniéndose a la entrada de la capilla. La señora de Piennes era bien conocida por el bedel. En esa época, una mujer de mundo joven, rica, bella, que entregaba el pan bendito, que donaba manteles de altar, que hacía grandes limosnas para el mantenimiento del párroco, tenía algún mérito en ser devota, cuando no tenía por marido a un empleado del gobierno, no era asidua de la Delfina, y no tenía nada que ganar, sino su salvación, frecuentando las iglesias. Así era la señora de Piennes. El bedel tenía ganas de irse a comer, pues las personas de su clase almuerzan a la una, pero no se atrevió a turbar el piadoso recogimiento de una persona tan considerada en la parroquia de San Roque. Se alejó pues, haciendo resonar en las baldosas sus zapatos deformados, no sin la esperanza de que después de haber dado la vuelta a la iglesia, encontraría la capilla vacía.
       Se hallaba ya al otro lado del coro, cuando una mujer joven entró en la iglesia, y se paseó por una de las naves laterales, mirando con curiosidad a su alrededor. Retablos, estaciones de Via Crucis, beniteros, todos esos objetos le parecían tan extraños como podrían serlo para usted, señora, el mihrab o las inscripciones de una mezquita del Cairo. Tenía en torno a veinticinco años, pero había que mirarla con mucha atención para no creerla mucho mayor. Aunque muy brillantes, sus ojos negros estaban hundidos y rodeados de un cerco azulado; su tez de un blanco mate, sus labios descoloridos, indicaban un padecimiento, y no obstante, un cierto aire de audacia y de alegría en la mirada contrastaba con esa apariencia enfermiza. En su atuendo, habría usted observado una extraña mezcla de negligencia y de refinamiento. Su capota rosa, adornada con flores artificiales, habría ido mejor con un traje de tarde. Bajo un largo chal de cachemira, en el que el ojo experto de una mujer de mundo habría adivinado que ella no era la primera propietaria, se ocultaba un vestido de indiana de a veinte céntimos el alna, un poco arrugado. Por fin, sólo un hombre habría admirado su pie, calzado con medias comunes y zapatos de prunela que parecían soportar desde hacía mucho tiempo las injurias del pavimiento. Usted recuerda, señora, que el asfalto no se había inventado aún.
       Esta mujer, cuya posición social ya ha podido usted adivinar, se acercó a la capilla en la que la señora de Piennes se encontraba aún; y, después de haberla observado un momento con inquietud y cortedad, la abordó cuando la vio de pie y a punto de salir.
       —¿Podría usted decirme señora —le preguntó con una voz suave y una sonrisa de timidez—, podría usted decirme a quién debo dirigirme para ofrecer un cirio?
       Ese lenguaje era demasiado extraño para los oídos de la señora de Piennes como para que lo comprendiera en un primer momento. Se hizo repetir la pregunta.
      —Sí, quisiera ofrecer un cirio a San Roque, pero no sé a quién darle el dinero.
       La señora de Piennes tenía una devoción demasiado instruida para ser iniciada en esas supersticiones populares. Pese a todo las respetaba, pues hay algo emotivo en cualquier forma de adoración, por muy burda que sea. Persuadida, de que se trataba de una promesa o de algo semejante, y demasiado caritativa como para sacar del atuendo de la joven del sombrero rosa las conclusiones que usted no teme tal vez sacar, le señaló al monaguillo, se que acercaba. La desconocida le dio las gracias y corrió hacia aquel hombre, que pareció comprenderla a medias palabras. Mientras la señora de Piennes recogía su misal y retocaba su velo, vio a la mujer del cirio sacar una bolsita de su bolsillo, extraer de entre la calderilla, la única moneda de cinco francos que en ella había y entregársela al bedel haciéndole en voz baja largas recomendaciones, que él escuchaba sonriendo.
       Las dos salieron de la iglesia al mismo tiempo; pero la dama del cirio andaba muy rápido, y la señora de Piennes la perdió pronto de vista, aunque iban las dos en la misma dirección. En la esquina de la calle en que vivía, volvió a encontrarla. Bajo su cachemira de lance, la desconocida intentaba esconder un pan de cuatro libras que había comprado en una tienda cercana. Al volver a ver a la señora de Piennes, bajó la cabeza, no pudo impedir una sonrisa y apresuró el paso. Su sonrisa significaba: “¿Qué quiere usted?, soy pobre. Ríase de mí. Sé muy bien que no se compra pan llevando una capota rosa y un cachemira.” Esa mezcla de vergüenza, de resignación y de buen humor, no pasó desapercibida para la señora de Piennes. Pensó, no sin tristeza, en la probable posición de esta joven. “Su piedad —se dijo— tiene más mérito que la mía. Seguramente su ofrenda de un escudo es un sacrificio mucho mayor que lo superfluo que yo comparto con los pobres, sin imponerme la menor privación.” Luego recordó los dos óbolos de la viuda, más agradables a Dios que las fastuosas limosnas de los ricos. “No hago suficiente bien —pensó—. No hago todo lo que podría hacer.” Mientras se dirigía mentalmente estos reproches, que no se merecía en absoluto, entró en su casa. El cirio, el pan de cuatro libras, y sobre todo la ofrenda de la única moneda de cinco francos, habían grabado en la memoria de la señora de Piennes la figura de la joven, que aquélla miraba como un modelo de piedad.
       La volvió a encontrar frecuentemente en la calle cerca de la iglesia, pero nunca en los oficios. Todas las veces que la desconocida pasaba por delante de la señora de Piennes, bajaba la cabeza y sonreía dulcemente. Esa sonrisa tan humilde agradaba a la señora de Piennes. Le habría gustado encontrar ocasión de obsequiar a la pobre chica, que primero había despertado su interés y ahora excitaba su piedad; pues había observado que su capota rosa se deterioraba, y el cachemira había desaparecido. Sin duda, había regresado a casa de la revendedora. Era evidente que San Roque no le había devuelto centuplicado el valor de la ofrenda que le habían hecho.
       Un día, la señora de Piennes vio entrar en San Roque un ataúd seguido de un hombre bastante mal vestido, que no llevaba crespón en el sombrero. Era una especie de portero. Desde hacía más de un mes, no había vuelto a encontrar a la joven del cirio, y se le ocurrió la idea de que asistía a su entierro. Nada más probable, pues estaba tan pálida y tan delgada la última vez que la señora de Piennes la había visto… Interrogó al bedel y éste al hombre que seguía el ataúd. Éste el respondió que era el portero de una casa de la calle Louis-le-Grand; que una de sus inquilinas había muerto, una tal señora Guillot, que no tenía parientes ni amigos, sólo una hija, y que por pura bondad, él, portero, iba al entierro de una persona que no era nada suyo. Inmediatamente la señora de Piennes supuso que su desconocida había muerto en la miseria, dejando a una hijita sin socorros, y se prometió enviar para que se informara a un sacerdote que empleaba ordinariamente para sus buenas obras.
       Dos días después, una carreta atravesada en la calle detuvo su coche durante unos minutos, cuando salía de su casa. Al mirar por la ventanilla con aire distraido, vio apartada contra una señal a la joven que creía muerta. La reconoció sin esfuerzo, algo más pálida, más delgada que nunca, vestida de luto, pobremente, sin guantes ni sombrero. Su expresión era extraña. En lugar de su sonrisa habitual, tenía todas las facciones contraídas; sus grandes ojos negros estaban perdidos; los dirigía hacia la señora de Piennes, pero no la reconocía, pues no veía nada. En su aplomo se leía no ya el dolor sino una furiosa resolución. La carreta se había retirado; y el coche de la señora de Piennes se alejó al trote; pero la imagen de la joven y su expresión desesperada persiguieron a la señora de Piennes durante muchas horas.
       A su regreso, vio una gran aglomeración en su calle. Todas las porteras estaban en sus puertas y relataban a las vecinas una historia que éstas parecían escuchar con el máximo interés. Los grupos se concentraban sobre todo ante una casa próxima a aquella en la que habitaba la señora de Piennes. Todas las miradas estaban dirigidas hacia una ventana abierta en un tercer piso, y en cada corrillo uno o dos brazos se levantaban para mostrarla a la atención pública; luego, de golpe, todos los brazos bajaban hacia el suelo y todos los ojos seguían el movimiento. Algún acontecimiento extraordinario acababa de suceder.
       Al cruzar la antecámara, la señora de Piennes encontró a sus criados despavoridos, apresurándose cada uno de ellos en ir a su encuentro para ser el primero en tener el privilegio de anunciarle la gran noticia del barrio. Pero, antes de que ella pudiera hacer ninguna pregunta, su doncella había exclamado: “¡Ah! señora… ¡si la señora supiera!…” Y, abriendo las puertas con indecible presteza, había llegado con su señora al sanctum sanctorum, quiero decir al cuarto de aseo, inaccesible al resto de la casa.
       —¡Ah, señora —dijo Josefina mientras desataba el chal de la señora de Piennes—, estoy aún horrorizada! No he visto jamás nada tan terrible; bueno, no he visto, aunque acudí inmediatamente después…, Sin embargo…
       —¿Pero qué ha ocurrido? Hable rápido, señorita.
       —Pues bien, señora, es que a tres puertas de aquí, una desgraciada joven se ha arrojado por la ventana, no hace ni tres minutos; si la señora hubiera llegado un minuto antes, habría escuchado el golpe.
       —¡Ah! ¡Dios mío! ¿Y se ha matado la desgraciada?
       —Señora, daba horror. Bautista, que estuvo en la guerra, dice que jamás había visto nada igual. ¡Desde un tercer piso, señora!
       —¿Murió en el acto?
       —¡Oh, señora, se movía aún; incluso hablaba. “Quiero que me acaben”, decía. Pero sus huesos estaban hechos papilla. La señora puede bien suponer qué golpe ha debido darse.
       —Pero esa desgraciada… ¿la han socorrido?… ¿Han mandado llamar a un médico, a un sacerdote?…
       —Para un sacerdote… la señora lo sabe mejor que yo… Pero, si yo fuera sacerdote… ¡Una desgraciada lo bastante abandonada como para matarse ella misma!… Además, no tenía buena conducta… Se ve… Había trabajado en la Ópera, según me han dicho… Todas esas señoritas terminan mal… Se asomó a la ventana, ató sus faldas con una cinta rosa y… ¡cataplan!
       —¡Es la pobre chica de luto! —exclamó la señora de Piennes, hablando consigo misma.
       —Sí, señora; su madre murió hace tres o cuatro días. Se le habrá ido la cabeza… O quizá la haya abandonado su enamorado… Y luego, el final ha llegado. Sin dinero, pues no saben trabajar… ¡malas cabezas! un mal golpe está hecho rápidamente…
       La señorita Josefina continuó algún rato hablando así sin que la señora de Piennes le contestara. Ésta parecía meditar tristemente acerca del relato que acababa de oír. De golpe, preguntó a la señorita Josefina:
       —¿Se sabe si esta desventurada chica tiene lo necesario en su situación?… ¿sábanas?… ¿colchón?… Hay que saberlo al instante.
       —Yo iré de parte de la señora, si la señora quiere —exclamó la doncella, encantada de ver de cerca a una mujer que había querido matarse; luego, reflexionando dijo—: Pero, no sé si tendré fuerzas para verla, ¡una mujer que ha caído de un tercer piso!… Cuando sangraron a Bautista, me sentí muy mal. Fue más fuerte que yo.
       —Pues bien, envíe a Bautista —dijo la señora de Piennes—; pero que se me diga rápidamente cómo se encuentra esa desgraciada.
       Afortunadamente, su médico, el doctor K…, llegaba cuando estaba dando esa orden. Venía a cenar a su casa, como todos los martes, el día de la Ópera italiana.
       —Corra rápido, doctor —le gritó, sin darle tiempo a depositar su bastón y a quitarse su abrigo acolchado—; Bautista lo acompañará a dos pasos de aquí. Una pobre chica acaba de arrojarse por la ventana, y está sin auxilio.
       —¿Por la ventana? —dijo el médico—. Si era alta, probablemente yo no tenga nada que hacer.
       El doctor tenía más ganas de cenar de que hacer una operación; pero la señora de Piennes insistió y, con la promesa de que retrasarían la cena, consintió en seguir a Bautista.
       Este último regresó solo al cabo de algunos minutos. Pedía sábanas, almohadas, etc. Al mismo tiempo, traía el oráculo del doctor.
       —No es nada. Saldrá de esto, si no se muere del… No me acuerdo de qué decía el doctor que podría morir, terminaba en os.
       —¡Del tétanos! —exclamó la señora de Piennes.
      —Exactamente, señora; pero de todas maneras es muy bueno que haya venido el doctor, pues ya había allí un mal médico sin enfermos, el mismo que trató a la pequeña Berthelot del sarampión, y que se murió después de su tercera visita.
       Al cabo de una hora, el doctor reapareció, ligeramente desempolvado y con su bella chorrera de batista en desorden.
       —Estas personas que quieren matarse —dijo— han nacido de pies. El otro día, trajeron a mi hospital a una mujer que se había dado un tiro en la boca. ¡Vaya unas maneras!… Se rompe tres dientes, se hace un agujero en la mejilla izquierda… Estará un poco más fea, pero eso será todo. Ésta se arroja desde un tercer piso. Un pobre diablo, un hombre honesto caería, sin hacerlo a propósito, de un primero y se abriría el cráneo. Esta chica se rompe una pierna… Dos costillas hundidas, numerosas contusiones y eso es todo. Una contraventana se encontraba justamente allí, a punto, para amortiguar el golpe. Es el tercer hecho semejante que veo desde mi regreso a París… Las piernas han aguantado el golpe. La tibia y el peroné, se sueldan… Lo peor es que el gratinado de ese rodaballo está completamente reseco… Temo por el asado, además nos perderemos el primer acto de Otello.
       —¿Y esa desgraciada le ha dicho qué es lo que le había impulsado a…?
       —¡Oh! yo no escucho jamás esas historias, señora. Yo les pregunto: ¿Ha comido antes, etc., etc.,? porque eso es importante para el tratamiento… ¡Pardiez! cuando uno quiere matarse, es porque tiene alguna mala razón. Un amante que os abandona, un propietario que os pone en la calle; uno salta por la ventana para chasquearle. Tan pronto como uno está en el aire, se arrepiente de hacerlo.
       —¿Ella se arrepiente, espero, la pobre niña?
       —Sin duda, sin duda. Lloraba y hacía un ruido como para atronarme… Bautista es un magnífico ayudante de cirujano, señora; ha hecho su trabajo mejor que un pequeño estudiante de medicina que se encontraba allí, y que se rascaba la cabeza, sin saber por dónde empezar… Lo más irónico en su caso es que, si se hubiera matado, se habría ahorrado morir tuberculosa; pues está tuberculosa, estoy seguro de ello. No la he auscultado, pero la cara no me engaña nunca. ¡Tener tanta prisa, cuando no hay más que dejarse llevar!
       —La verá usted mañana, ¿verdad, doctor?
       —Así lo haré, si usted lo desea. Ya le he prometido que usted hará algo por ella. Lo más sencillo sería enviarla al hospital… Le proporcionarían gratis un aparato para la reducción de su pierna… Pero, al oír la palabra hospital, pide que acaban con ella; todas las comadres le hacían coro. Sin embargo, cuando uno no tiene un céntimo…
       —Haré los pequeños gastos que sean necesarios, doctor… Mire, la palabra hospital me asusta a mí también, como a esas comadres de las que habla. Además, transportarla a un hospital, ahora que se encuentra en tal estado, sería matarla.
       —¡Prejuicio! ¡puro prejuicio de la gente de mundo! En ninguna parte se está mejor que en el hospital. Cuando yo esté seriamente enfermo, me llevarán al hospital. Allí quiero subirme en la barca de Caronte, y donaré mi cuerpo para que los estudiantes… pero dentro de treinta o cuarenta años, se entiende. En serio, querida señora, piense en ello; no sé muy bien si su protegida merece su interés. Para mí tiene todo el aspecto de una chica de la Ópera… Se necesitan piernas de Ópera, para hacer tan afortunadamente, un salto semejante…
       —Pero yo la he visto en la iglesia… y, mire doctor… usted conoce mi debilidad; construyo toda una historia a partir de una cara, de una mirada… Ríase todo cuanto quiera, pero rara vez me equivoco. Esta pobre chica hizo últimamente una promesa por su madre enferma. Su madre murió… Entonces perdió la cabeza. La desesperación, la miseria la han precipitado a esta horrible acción.
       —¡Santo y bueno! Sí, en efecto, tiene sobre la cima del cráneo una protuberancia que indica exaltación. Todo lo que me dice es bastante probable. Eso me recuerda que había una ramita de boj por encima de su catre. Esto es concluyente para su piedad, ¿no es cierto?
       —¡Un catre! ¡Ah! Dios mío! ¡pobre chica!… Pero, doctor, tiene usted la maligna sonrisa que le conozco bien. Yo no hablo de la devoción que tiene o deja de tener. Lo que me obliga sobre todo a interesarme por esta chica es que tengo un reproche que hacerme a propósito de ella…
       —¿Un reproche?… Comprendo. ¿Sin duda debería usted haber mandado que pusieran colchones en la calle para recogerla?…
       —Sí, un reproche. Yo me había dado cuenta de su posición: debería haberle enviado ayuda; pero el pobre párroco Dubignon estaba en cama, y…
       —Debe usted tener bastantes remordimientos, señora, si cree que no es suficiente dar, como es su costumbre, a todos lo que piden, sino que además hay que adivinar a los pobres vergonzosos. — Pero, señora, no hablemos más de piernas rotas, o más bien, tres palabras aún. Si usted concede su alta protección a mi nueva paciente, haga que le den una mejor cama, una enfermera mañana —hoy bastará con las comadres—. Caldos, tisanas, etc. Y lo que no estaría nada mal, envíele alguna buena cabeza de entre sus curas conocidos para que la sermonee y le recomponga la moral como yo le he recompuesto la pierna. La persona es nerviosa; podrían sobrevenir complicaciones… Usted sería… sí, ¡a fe mía! usted sería la mejor predicadora; pero usted tiene donde colocar mejor sus sermones… He terminado. — Son las ocho y media; ¡por el amor de Dios! vaya a prepararse para la Ópera. Bautista me traerá café y el Journal des Débats. He trajinado tanto a lo largo del día, que estoy aún por saber cómo va el mundo.
      Pasaron algunos días, y la enferma mejoró algo. El doctor sólo se quejaba de que la sobreexcitación moral no disminuía.
       —No tengo gran confianza en sus curas, —decía a la señora de Piennes—. Si no tuviera usted demasiada repugnancia de ver el espectáculo de la miseria humana, y sé que tiene ánimo para ello, usted podría calmar el cerebro de esta pobre chica mejor que un cura de San Roque, e incluso mejor que una toma de tridacio.
       La señora de Piennes no pedía nada mejor y le propuso acompañarlo al momento. Subieron los dos a casa de la enferma.
       En una habitación amueblada con tres sillas de enea y una mesa pequeña, se encontraba echada en una buena cama, enviada por la señora de Piennes. Sábanas finas, gruesos colchones y un montón de anchos cojines mostraban las atenciones caritativas de las que no le costará mucho descubrir el autor. La chica, terriblemente pálida, con los ojos ardientes, tenía un brazo fuera de la cama, y la parte de ese brazo que salía de su camisón estaba lívido, magullado, y permitía adivinar cuál era el estado del resto del cuerpo. Cuando vio a la señora de Piennes, levantó la cabeza y dijo, con una sonrisa dulce y triste:
       —Sabía muy bien que era usted, quien había tenido piedad de mí. Me dijeron su nombre, y estaba segura de que era la dama que encontraba cerca de San Roque.
       Creo haberles dicho ya que la señora de Piennes tenía la pretensión de conocer a las personas viendo su cara. Estuvo encantada de descubrir en su protegida un talento semejante y ese descubrimiento la interesó aún más en su favor.
       —¡Usted está aquí bastante mal, mi pobre niña! —dijo, paseando su mirada por el triste mobiliario de la habitación—. ¿Por qué no le han enviado unas cortinas?… Debe pedirle a Bautista los pequeños objetos que pueda necesitar.
       —Es usted muy buena… ¿Qué me falta? Nada… Todo está terminado… Un poco mejor o un poco peor, ¿qué importa? —Y volviendo la cabeza, se puso a llorar.
       —¿Sufre usted mucho, mi pobre niña? —le preguntó la señora de Piennes sentándose al lado de la cama.
       —No, no mucho… Sólo que tengo aún en los oídos el ruido del viento de cuando caía, y luego el ruido… ¡crac! de cuando di sobre el pavimento.
       —Estaba loca en ese momento, mi querida amiga; pero se arrepiente, ¿verdad?
       —Sí…, pero, cuando uno es desgraciado, no puede reflexionar.
       —Lamento mucho no haber conocido antes su situación. Pero, niña mía, en ninguna circunstancia de la vida, hay que abandonarse a la desesperación.
       —Usted habla fácilmente, señora —dijo el doctor que escribía una receta sobre la mesita—. Pero usted no sabe lo que es perder a un hombre guapo con bigote. Aunque, ¡qué diablos! para correr tras de él, tampoco hay que saltar por la ventana.
       —¡Quite allá! doctor —dijo la señora de Piennes— la pobre chiquilla tenía sin duda otros motivos para…
       —¡Ah! no sé lo que tenía —exclamó la enferma—; cien razones para una. Primero, cuando mamá se murió recibí un duro golpe. Luego, me sentí abandonada… nadie se interesaba por mí… Por fin, alguien en quien pensaba más que en nadie… Señora, ¡olvidar hasta mi nombre! sí, yo me llamo Arsenia Guillot, G,U,I, dos L; él me escribió con una Y.
       —¡Ya lo decía yo, un infiel! —exclamó el doctor—. No se ve otra cosa. ¡Bah! ¡bah! amiga mía, olvide a ese tipo. Un hombre sin memoria no merece que se piense en él. — Sacó su reloj— ¿Las cuatro? —dijo levantándose—; estoy retrasado para mi consulta. Señora, le pido mil perdones, pero es necesario que la deje; no tengo tiempo siquiera de acompañarla a su casa. — Adiós, hija mía, tranquilícese, esto no será nada. Bailará con esta pierna tan bien como con la otra. — Y usted, señora enfermera, vaya a la farmacia con esta receta, y haga como ayer.
       El médico y la enfermera salieron; la señora de Piennes se quedó a solas con la enferma, un poco alarmada al encontrar amor en una historia que ella había urdido completamente diferente en su imaginación.
       —¡Así que la han engañado, desventurada niña! —continuó después de un silencio.
       —¿A mí?, no. ¿Cómo engañar a una miserable como yo?… Sólo que no ha querido saber más de mí… Y tiene razón; yo no soy lo que él necesita. Siempre ha sido bueno y generoso. Le escribí para decirle dónde estaba y si quería que volviera con él… Entonces me escribió… cosas que me causaron mucho dolor… El otro día, cuando entré en mi casa, se me cayó un espejo que él me había regalado, un espejo de Venecia, como él decía. El espejo se rompió… Y yo me dije: ¡Éste es el último golpe!…, Es la señal de que todo había terminado. No tenía nada más de él. Había empeñado mis joyas en el monte de piedad… Y luego, me dije que si me destruía, eso le causaría pesar y así me vengaría… La ventana estaba abierta, y me arrojé por ella.
       —¡Pero, desgraciada, el motivo era tan frívolo como la acción criminal!
       —¡Santo y bueno! pero ¿qué quiere usted? Cuando uno está triste no reflexiona. Es muy fácil para las personas dichosas decir: Sea razonable.
       —Lo sé; la desgracia es mala consejera. Sin embargo, en mitad de las pruebas más dolorosas, hay cosas que uno no debe olvidar. La vi en San Roque realizando un acto de piedad, no hace mucho. Usted tiene la dicha de creer. La religión, querida, habría debido frenarla en el momento en que iba a entregarse a la desesperación. Su vida, la ha recibido del buen Dios. No le pertenece… Pero hago mal en reñirle ahora, pobre niña. Se arrepiente, sufre, Dios tendrá piedad de usted.
       Arsenia bajó la cabeza, y algunas lágrimas llegaron a humedecer sus párpados.
       —¡Ah! Señora —dijo con un gran suspiro— usted me cree mejor de lo que soy… Usted me cree piadosa… y no lo soy demasiado…, no me han instruido… y si me ha visto en la iglesia ofrecer un cirio… es porque ya no sabía qué otro camino tomar.
       —Pues bien, querida, es una buena idea. En la desgracia, es siempre a Dios a quien hay que dirigirse.
       —Me había dicho… que si ofrecía un cirio a San Roque… pero no, señora, no puedo contarle eso. Una dama como usted no sabe lo que uno puede hacer, cuando ya no tiene un céntimo.
       —Ánimo es, sobre todo, lo que hay que pedirle a Dios.
      —En fin, señora, no quiero hacerme mejor de lo que soy; aprovecharme de las caridades que hace conmigo sin conocerme, es robarle… Soy una chica desgraciada… pero en este mundo, uno vive como puede… Para terminar, señora, ofrecí un cirio porque mi madre decía que cuando se ofrece un cirio a San Roque, una encuentra en esa misma semana un hombre con quien vivir … Pero me he puesto fea, parezco una momia… nadie quiere nada más conmigo… Pues bien, no queda más que morir. ¡Ya está medio hecho!
       Todo fue dicho rápidamente, con la voz entrecortada por los sollozos, y un tono frenético, que inspiró a la señora de Piennes más miedo que horror. Involuntariamente alejó su silla de la cama de la enferma. Tal vez habría salido de la habitación si la humanidad, más fuerte que su repugnancia hacia esta mujer perdida, no le hubiera reprochado abandonarla en el momento en que ella era presa de la más violenta desesperación. Hubo un momento de silencio; luego la señora de Piennes, con los ojos bajos, susurró débilmente:
       —¡Su madre! ¡desgraciada! ¿Qué está diciendo?
       —¡Oh! mi madre era como todas las madres… como todas nuestras madres… Había mantenido a la suya… yo la he mantenido a ella… Afortunadamente yo no tengo hijos. Veo bien, señora, que la estoy asustando… pero ¿qué quiere?… Usted ha sido bien educada, no ha sufrido jamás. Cuando una es rica, es fácil ser honesta. Yo, yo habría sido honesta, si hubiera tenido medios. Tuve muchos amantes… pero no amé sino a uno. Y me dejó plantada. Si hubiera sido rica, nos habríamos casado y habríamos creado una familia de personas honestas. Le hablo así, francamente, aunque veo bien lo que piensa de mí, y tiene usted razón… Pero usted es la única mujer honesta con la que he hablado en mi vida, ¡y parece tan buena, tan buena!… que me he dicho a mí misma hace un momento: Aunque me conozca, tendrá piedad de mí. Me voy a morir, sólo le pido una cosa… que cuando me haya muerto, mande decir por mí una misa en la iglesia en la que la vi por primera vez. Sólo una oración, eso es todo, y se la agradezco desde el fondo de mi corazón…
       —No, ¡usted no va a morir! —exclamó la señora de Piennes emocionada—. Dios tendrá piedad de usted, pobre pecadora. Se arrepentirá de sus desórdenes y Él la perdonará. Si mis oraciones sirven de algo para su salvación, no le faltarán. Los que la educaron son más culpables que usted. Sólo tenga ánimo y espere. Trate sobre todo de estar tranquila, mi pobre niña. Hay que curar el cuerpo; el alma también está enferma, pero yo respondo por su curación.
       Se había levantado mientras hablaba y enrollaba entre sus dedos un papel que contenía algunos luises.
       —Tenga —le dijo— por si tiene algún capricho…
       Y deslizaba bajo la almohada su pequeño donativo.
      —No, señora, —exclamó Arsenia impetuosamente rechazando el paquete— no quiero de usted nada más que lo que me ha prometido. Adiós. No volveremos a verlos. Haga que me lleven a un hospital, para que pueda morir sin molestar a nadie. No podría hacer de mí nada que valga la pena. Una gran señora como usted habrá rezado por mí; estoy contenta. Adiós.
       Y, volviéndose tanto como se lo permitía el aparato que la fijaba a la cama, ocultó la cabeza en la almohada para no ver nada más.
       —Escuche, Arsenia —dijo la señora de Piennes con tono grave—. Tengo proyectos para usted. Quiero hacer de usted una mujer honesta. Estoy convencida de su arrepentimiento. La visitaré con frecuencia, la cuidaré. Y un día, me deberá su propia estima. —Y le cogió la mano, apretándosela ligeramente.
       —¡Me ha tocado! —exclamó la pobre chica—, me ha apretado la mano. —Y antes de que la señora de Piennes pudiera retirar su mano, ella la cogió y la cubrió de besos y de lágrimas.
       —Cálmese, cálmese, querida —decía la señora de Piennes—. No me hable de nada más. Ya lo sé todo, y la conozco mejor que usted misma. Soy el médico de su cabeza… de su mala cabeza. Me obedecerá, lo exijo, lo mismo que a su otro médico. Le enviaré un sacerdote amigo mío, y usted lo escuchará. Escogeré para usted buenos libros y usted los leerá. Hablaremos con frecuencia. Y cuando esté restablecida, entonces nos ocuparemos de su porvenir.
       Entró la enfermera con una ampolla que traía de la farmacia. Arsenia seguía llorando. La señora de Piennes le apretó una vez más la mano, puso el paquete de luises sobre la mesita y salió, tal vez más favorablemente dispuesta hacia su penitente que antes de haber escuchado su extraña confesión.
       —¿Por qué, señora, ama uno siempre a los malos tipos? Desde el hijo pródigo hasta su perro Diamante, que muerde a todo el mundo y es el peor animal que conozco, se inspira más interés mientras menos se merece. — ¡Vanidad! ¡ese sentimiento es pura vanidad! ¡el placer de haber vencido a la dificultad! El padre del hijo pródigo venció al diablo y le arrancó su presa; usted ha triunfado del mal instinto de Diamante a fuerza de chucherías. La señora de Piennes estaba orgullosa de haber vencido la perversidad de una cortesana, de haber destruido con su elocuencia las barreras que veinte años de prostitución habían levantado alrededor de una pobre alma abandonada. Y luego, tal vez, ¿es necesario decirlo? al orgullo de esta victoria, al placer de haber realizado una buena acción se unía el sentimiento de curiosidad que muchas mujeres virtuosas sienten por conocer a una mujer de otra especie. Cuando una cantante entra en un salón, he observado extrañas miradas a su alrededor. Y no son los hombres los que más la observan. Usted misma, señora, la otra noche en los Franceses, ¿no miraba usted con sus anteojos a aquella actriz de Variedades que le habían señalado en un palco? ¿Cómo se puede ser persa? ¡Cuántas veces no se ha hecho uno preguntas semejantes! Por lo tanto, la señora de Piennes pensaba mucho en Arsenia Guillot y se decía: Yo la salvaré.
       Le envió un sacerdote, que la exhortó para que se arrepintiera. El arrepentimiento no era difícil para la pobre Arsenia que, salvo algunas horas de gran alegría, no había conocido en su vida nada más que miserias. Dígale a un desgraciado: “Es culpa suya” y él estará completamente convencido; y si al mismo tiempo suaviza el reproche dándole algún consuelo, la bendecirá y se lo prometerá todo para el porvenir. Un griego dice en alguna parte, o más bien es Amyot quien se lo hace decir:

El mismo día que le pone grilletes a un hombre libre
Le roba la mitad de su virtud anterior

      Lo que en vil prosa significa: que la desgracia nos hace dulces y dóciles como corderos. El sacerdote le decía a la señora de Piennes que la señorita Guillot era muy ignorante, pero que su fondo no era malo y que confiaba en su salvación. En efecto, Arsenia escuchaba con atención y respeto. Leía, o hacía que le leyeran los libros que le habían prescrito, tan puntual a la hora de obedecer a la señora de Piennes como a la de seguir las recomendaciones del doctor. Pero lo que acabó de ganar el corazón del buen sacerdote, y que le pareció a su protectora un síntoma decisivo de su curación moral, fue el uso que Arsenia Guillot había hecho de una parte de la pequeña cantidad que le habían puesto en las manos: había encargado que dijeran una misa solemne en San Roque por el alma de Paméla Guillot, su difunta madre. Sin lugar a dudas, jamás hubo un alma que necesitara más las oraciones de la Iglesia.

II

      Una mañana, cuando la señora de Piennes estaba en el cuarto de aseo, un criado llamó discretamente a la puerta de su santuario y le entregó a la señorita Josefina una tarjeta que un joven acababa de entregar.
       —¡Max en París! —exclamó la señora de Piennes leyendo la tarjeta—; ¡vaya rápido, señorita, dígale al señor de Salligny que me espere en el salón!
       Un momento después, se oyeron en el salón risas y pequeños gritos ahogados, y la señorita Josefina volvió a entrar ruborizada y con la cofia completamente torcida.
       —¿Qué ocurre, pues, señorita? —preguntó la señora de Piennes.
       —No es nada, señora; era sólo el señor de Salligny que decía que he engordado.
       En efecto, la gordura de la señorita Josefina podía sorprender al señor de Salligny que había estado viajando desde hacía dos años. Antiguamente era uno de los favoritos de la señorita Josefina y uno de los admiradores de su señora. Sobrino de un amigo íntimo de la señora de Piennes, antes se le veía constantemente en casa de ésta, acompañando a su tía. Por otra parte, era casi la única casa seria que frecuentaba. Max de Salligny tenía fama de ser un mal tipo, jugador, pendenciero, vividor, por lo demás el mejor chico del mundo. Era la desesperación de su tía, la señora Aubrée, que lo adoraba, no obstante. Mil veces había ésta intentado sacarlo de la vida que llevaba, pero siempre las malas costumbres habían triunfado de sus sabios consejos. Max tenía dos años más que la señora de Piennes; se habían conocido desde niños y, antes de que ella se casara, parecía que él la miraba con muy buenos ojos. —“Mi querida pequeña —decía la señora Aubrée— si usted quisiera, estoy segura de que domaría su carácter.” La señora de Piennes, que entonces se llamaba Élise de Guiscard, tal vez hubiera encontrado dentro de sí el coraje necesario para intentar tal empresa, pues Max era tan alegre, tan divertido, tan entretenido en un castillo, tan infatigable en un baile, que sin duda debía ser un buen marido; pero los padres de Élise veían más allá. Ni siquiera la señora Aubrée respondía demasiado por su sobrino; se comprobó que tenía deudas y una amante; ocurrió un duelo sonado del que una artista del Gimnasio fue la causa inocente. El matrimonio, que la señora Aubrée nunca había considerado muy en serio, fue declarado imposible. Entonces apareció el señor de Piennes, un gentilhombre grave y moral, y además, rico y de buena familia. No tengo mucho más que decirle, sólo que tenía fama de ser galante y que se la merecía. Hablaba poco, pero cuando abría la boca era para decir alguna verdad incuestionable. Sobre los asuntos dudosos, imitaba el silencio prudente de Conrart. Si es cierto que no añadía demasiado encanto a las reuniones a las que asistía, tampoco se encontraba desplazado en ninguna de ellas. Se le apreciaba bastante en todas partes, a causa de su esposa, pero cuando estaba ausente en sus tierras, como ocurría durante nueve meses al año, y sobre todo cuando comienza mi historia nadie se percataba de ello. Ni siquiera su esposa lo añoraba mucho más.
       La señora de Piennes, acabó de arreglarse en cinco minutos, salió de su habitación algo emocionada, pues la llegada de Max de Salligny le recordaba la reciente muerte de la persona que ella más había querido; fue, creo, el único recuerdo que se le vino a la memoria, y ese recuerdo era suficientemente vivo como para obviar las ridículas conjeturas que una persona menos razonable que ella habría podido formarse acerca de la cofia torcida de la señorita Josefina. Al acercarse al salón, se sorprendió un poco al oír una hermosa voz de bajo que cantaba alegremente, acompañándose al piano, esta barcarola napolitana:

Addio, Teresa,
Teresa, addio!
Al mio ritorno,
Ti sposero.

      Abrió la puerta e interrumpió al cantante tendiéndole la mano:
       —Mi pobre señor Max, ¡qué gusto me da volver a verlo!
       Max se levantó precipitadamente y le dio la mano mirándola con aire azorado, sin poder encontrar una palabra.
       —Lamenté mucho —continuó la señora de Piennes—, no haber podido ir a Roma cuando su buena tía cayó enferma. Conozco todos los cuidados de los que la rodeó y le agradezco mucho el último recuerdo de ella que usted me envió.
       El rostro de Max, alegre por naturaleza, por no decir risueño, adquirió de pronto una expresión de tristeza: “Me habló mucho de usted —dijo— hasta su último momento. Veo que recibió su sortija y el libro que leía aún la mañana…
       —Sí, Max, y se lo agradezco. Al enviarme este triste presente, me anunciaba que abandonaba Roma, pero no me indicaba su dirección; no sabía dónde escribirle. ¡Pobre amiga! ¡morir tan lejos de su país! Por fortuna usted acudió inmediatamente… Es usted mejor de lo que quiere aparentar, Max… yo lo conozco bien.
       —Mi tía me decía durante su enfermedad: “Cuando yo ya no esté en este mundo, sólo quedará la señora de Piennes para reñirte… (Y no pudo impedir sonreírse). Procura que no te riña con demasiada frecuencia.” Ya lo ve, señora, usted cumple mal con sus funciones.
       —Espero tener una sinecura. ¿Me dicen que ahora está reformado, ordenado, y totalmente convertido en alguien razonable?
       —No se equivoca, señora; le prometí a mi pobre tía convertirme en un buen tipo.
       —Mantendrá su palabra, ¡estoy segura!
       —Lo intentaré. De viaje es más fácil que en París; sin embargo… Mire, sólo llevo aquí unas horas, y ya he resistido a varias tentaciones. Al venir hacia su casa, he encontrado a uno de mis antiguos amigos que me ha invitado a comer junto a un montón de bribones, y he rechazado.
       —Ha hecho bien.
      —Sí, pero ¿tengo que decirlo? es porque esperaba que usted me invitaría.
       —¡Qué lástima! Estoy invitada a comer. Pero mañana…
      —En ese caso, no respondo de mí. Suya será la responsabilidad de la comida que voy a hacer.
       —Escuche, Max: lo importante es empezar bien. No acuda a esa comida de solteros. Voy a comer en casa de la señora Darsenay; vaya allí por la tarde, y hablaremos.
       —Sí, pero la señora Darsenay es algo fastidiosa; me hará mil preguntas. No podré hablar ni una palabra con usted; diré inconveniencias; y además, tiene una hija alta y huesuda, que tal vez no se haya casado aún…
       —Es una persona encantadora… y, a propósito de inconveniencias, es una hablar de ella como lo hace.
       —Estoy equivocado, es verdad; pero… estando recién llegado, ¿no pareceré demasiado apresurado?…
       —Pues, bien, haga como guste; pero ¿sabe Max? como amiga de su tía tengo derecho a hablarle francamente: evite las amistades de antes. El tiempo ha debido romper de forma natural muchas de las relaciones que no le servían para nada, no las reanude: estoy segura de usted mientras no se deje arrastrar. A su edad… a nuestra edad, hay que ser razonable. Pero dejemos un poco los consejos y los sermones, y hábleme de lo que ha hecho desde que no nos hemos visto. Sé que estuvo en Alemania, luego en Italia; y eso es todo. Me escribió sólo dos veces; recuérdelo. Dos cartas en dos años, usted comprenderá que no me han hecho saber muchas cosas acerca de usted.
       —¡Dios mío! señora, soy muy culpable… pero soy tan… hay que decirlo, ¡tan perezoso!… Empecé veinte cartas para usted; pero ¿qué podía decirle que le interesara?…Yo no sé escribir cartas… Si le hubiera escrito cada vez que pensé en usted, no habría bastado todo el papel de Italia.
       —Está bien, pero ¿qué ha hecho? ¿en qué ha ocupado su tiempo? Ya sé que no era escribiendo.
       —¡Ocupado!… sabe bien que yo no me ocupo, desgraciadamente. — He visto, he viajado. Tenía proyectos de pintura, pero la contemplación de tantos hermosos cuadros me ha curado radicalmente de mi desgraciada pasión. — ¡Ah!… además el viejo Nibby me había convertido en casi un arqueólogo. Sí, persuadido por él, mandé hacer una excavación… Encontraron una pipa rota y no sé cuantos viejas tejoletas… Y luego, en Nápoles, tomé lecciones de canto, pero no mejoré mucho…
       —No me gusta demasiado su música, aunque tiene una hermosa voz y canta bien. Eso le pone en contacto con personas que usted tiene demasiada inclinación a frecuentar.
       —La comprendo; pero, en Nápoles, cuando yo estaba, no había ningún peligro. La prima donna pesaba ciento cincuenta kilos y la seconda donna tenía una boca como un horno y una nariz como la torre del Líbano. En fin, los dos años pasaron sin que pueda decir cómo. No he hecho nada, no he aprendido nada, pero he vivido dos años sin darme cuenta.
       —Me gustaría saber que está usted ocupado; me gustaría ver que siente un gusto intenso por algo útil. Temo la ociosidad para usted.
       —Si le hablo francamente, señora, los viajes me han servido para eso, pues aunque no hacía nada, tampoco estaba completamente ocioso. Cuando se ven cosas hermosas, uno no se aburre; y yo, cuando me aburro, estoy muy cerca de cometer tonterías. Es verdad, me he convertido en alguien ordenado, e incluso he olvidado algunas maneras expeditivas de derrochar el dinero. Mi pobre tía pagó mis deudas, y no he vuelto a contraerlas, no quiero contraerlas. Tengo con qué vivir soltero; y, como no tengo la pretensión de parecer más rico de lo que soy, no haré más extravagancias. ¿Sonríe usted? ¿No cree en mi conversión? ¿Necesita pruebas? Escuche un buen detalle. Hoy, Famin, el amigo que me ha invitado a comer, ha querido venderme un caballo. Cinco mil francos… ¡Es un animal soberbio! El primer impulso fue conseguir el caballo, luego me dije que no era lo suficientemente rico como para emplear cinco mil francos en un capricho, y seguiré a pie.
       —Y a las mil maravillas, Max; pero ¿sabe lo que necesita para continuar sin tropiezo por el buen camino? Necesita casarse.
       —¡Ah! ¿casarme?… ¿Por qué no?… Pero ¿quién va a quererme? Yo, que no tengo derecho a ser exigente, yo quisiera una mujer… ¡Oh! no, ya no hay ninguna que me convenga…
       La señora de Piennes se sonrojó un poco, y él continuó sin percatarse de ello:
      —Una mujer que me quisiera… Pero ¿sabe? eso sería casi una razón para que yo no quiera nada con ella.
       —Eso ¿por qué? ¡qué locura!
       —¿Otelo no dice en algún sitio, creo que para justificarse a sí mismo las sospechas que tiene de Desdémona: “¡Esta mujer debe tener una cabeza extraña y unos gustos depravados, para haberme elegido a mí, que soy negro!”? ¿No puedo yo decir, a mi vez: Una mujer que quiera tener algo conmigo no puede sino tener una cabeza extravagante?
      —Usted ha sido bastante mal tipo, Max, como para que sea inútil ponerse peor de lo que es. No hable así de usted mismo, pues hay personas que le creerían a pies juntillas. Yo por mi parte, estoy segura de que, si un día… sí, si usted amara a una mujer que tuviera toda su estima… entonces usted le parecería…
       La señora de Piennes experimentaba alguna dificultad para terminar su frase, y Max, que la miraba fijamente con extrema curiosidad, no la ayudaba en absoluto a encontrar un final para su proposición mal comenzada.
       —¿Quiere usted decir —continuó él por fin— que si yo estuviera realmente enamorado, sería amado, porque entonces yo merecería la pena?
       —Sí, entonces, usted sería digno de ser amado también.
       —Si no se necesitara nada más que amar para ser amado… No es demasiado cierto lo que dice señora… ¡Bah! encuéntreme una mujer animosa y me caso. Si no es demasiado fea, no soy aún demasiado viejo como para no inflamarme… Usted me responde del resto.
       —¿De dónde viene ahora? —interrumpió la señora de Piennes con tono serio.
      Max habló de sus viajes lacónicamente, pero de manera, no obstante como para probar que no había hecho como esos turistas de los que los griegos dicen: Valise il est parti, valise revenu. Sus cortas observaciones denotaban un espíritu equilibrado y que no aceptaba opiniones ya hechas, aunque fuera realmente más culto de lo que quería aparentar. Se retiró pronto al observar que la señora de Piennes giraba la cabeza hacia el reloj, y prometió, no sin alguna confusión, que iría por la tarde a casa de la señora Darsenay.
       Pero no fue, y la señora de Piennes sintió algo de despecho. Por el contrario, fue a su casa al día siguiente por la mañana para pedirle perdón, poniendo como excusa el cansancio del viaje que le había obligado a quedarse en casa; pero bajaba los ojos y hablaba con un tono tan poco firme, que no había necesidad de tener la habilidad de la señora de Piennes para adivinar las fisonomías, para darse cuenta de que eran excusas. Cuando concluyó, ella lo amenazó con el dedo sin responder.
       —¿No me cree usted? —preguntó.
       —No. Afortunadamente usted no sabe mentir todavía. No fue para descansar por lo que no acudió ayer a casa de la señora Darsenay. Usted no se quedó en casa.
       —Pues, no, contestó Max esforzándose por sonreír, tiene usted razón. Cené en el Rocher-de-Cancale con esos granujas, luego fui a tomar café a casa Famin; no quisieron dejarme marchar, y luego jugué.
       —Y perdió, por supuesto.
       —No, gané.
       —Da igual. Habría preferido que hubiera perdido, sobre todo si eso podía quitarle las ganas para siempre de una costumbre tan tonta como detestable.
       Se inclinó sobre su labor y se puso a bordar con una aplicación algo exagerada.
       —¿Había mucha gente en casa de la señora Darsenay? —preguntó Max tímidamente.
      —No, poca.
       —¿No había señoritas casaderas?
       —No.
       —Cuento con usted, no obstante, señora. Sabe que me lo ha prometido.
       —Tenemos tiempo de pensar en ello.
       Había en el tono de la señora de Piennes algo seco y contrariado que no era habitual en ella. Después de un silencio, Max continuó con un tono humilde: “¿Está descontenta de mí, señora? ¿Por qué no me riñe abiertamente, como hacía mi tía, y luego me perdona? Vamos a ver, ¿quiere que le dé mi palabra de que no volveré a jugar jamás?
       ;—Cuando uno hace una promesa, es necesario sentirse con fuerzas para poder cumplirla.
       —Una promesa hecha a usted, señora, la cumpliré; creo tener fuerza y ánimo.
       —Pues bien, Max, la acepto —dijo ella tendiéndole la mano.
       —Gané mil cien francos —prosiguió—¿los quiere para sus pobres? Nunca un dinero mal adquirido encontrará mejor empleo.
       Ella dudó un momento.
       —¿Por qué no? —se dijo a sí misma en voz alta—. Vamos, Max, así recordará la lección. Me debe mil cien francos.
       —Mi tía decía que la mejor forma de no tener deudas, era pagar siempre al contado.
       Mientras hablaba, sacaba su cartera para extraer de ella los billetes. En la cartera entreabierta, la señora de Piennes creyó ver el retrato de una mujer. Max se dió cuenta de que miraba, enrojeció y se apresuró a cerrar la cartera y a ofrecerle los billetes.
       —Me gustaría mucho ver esa cartera… si fuera posible —dijo ella sonriendo con malicia.
       Max estaba complemente desconcertado: pronunció algunas palabras ininteligibles y se esforzó por desviar la atención de la señora de Piennes.
       El primer pensamiento de ésta había sido que la cartera contenía el retrato de alguna bella italiana; pero la turbación evidente de Max y el color de la miniatura —era todo lo que había podido ver—, habían despertado en ella otra sospecha. Antaño ella le había dado su retrato a la señora Aubrée; y se imaginó que Max, en calidad de heredero directo, se había creído con derecho a apropiarse de él. Esto le pareció una enorme inconveniencia. Sin embargo, no mostró nada en un primer momento; pero cuando el señor de Salligny iba a retirarse, le dijo:
       —A propósito, su tía tenía un retrato mío, que me gustaría mucho volver a ver.
      —No sé… ¿qué retrato?…¿Cómo era? —preguntó Max con voz insegura.
       Esta vez, la señora de Piennes estaba decidida a no darse cuenta de que él mentía.
       —Busquélo —le dijo lo más natural que pudo—. Me hará feliz.
       Salvo por el retrato, estaba bastante contenta de la docilidad de Max y se prometía salvar, una vez más, a otra oveja perdida.
       Al día siguiente, Max había encontrado el retrato y se le llevó con un aire indiferente. Observó que el parecido no había sido nunca muy grande, y que el pintor le había dado una rigidez de pose y una severidad en la expresión que no tenían nada de naturales. A partir de ese momento, sus visitas a la señora de Piennes fueron más cortas, y junto a ella tenía una expresión de enojo que no le había visto nunca. Ella atribuyó este mal humor al esfuerzo que tenía que hacer para cumplir sus promesas y resistir a sus malas inclinaciones.
       Quince días después de la llegada del señor de Salligny, la señora de Piennes iba a ver a su protegida, Arsenia Guillot, de la que no se había olvidado no obstante, ni usted tampoco, señora, espero. Después de haberle hecho algunas preguntas sobre su salud y sobre las instrucciones que recibía, observando que la enferma estaba más fatigada que los días precedentes, se ofreció para hacerle una lectura para que no se cansara hablando. La pobre chica habría preferido mejor hablar que escuchar una lectura como la que le proponían, pues usted sabe bien que se trataba de un libro muy serio, y Arsenia no había leído nunca sino novelas para cocineras. El que cogió la señora de Piennes era un libro piadoso; no se lo nombraré, primero para no perjudicar a su autor, y luego porque usted me acusaría quizá de querer sacar alguna mala conclusión contra este tipo de obras en general. Baste decir que el libro en cuestión era de un joven de diecinueve años, especialmente adecuado para la conversión de las pecadoras empedernidas; que Arsenia estaba muy abrumada y no había podido cerrar un ojo en toda la noche anterior. A la tercera página, sucedió lo que habría ocurrido con cualquier otro libro, serio o no; y sucedió lo inevitable; quiero decir que la señorita Guillot cerró los ojos y se durmió. La señora de Piennes se dió cuenta y se alegró del efecto calmante que acababa de producir. Primero bajó la voz para no despertar a la enferma al detenerse de golpe, luego dejó el libro y se levantó suavemente para salir de puntillas; pero la enfermera tenía costumbre de bajarse a casa de la portera cuando la señora de Piennes venía, pues sus visitas se parecían un poco a las de un confesor. La señora de Piennes quiso esperar el regreso de la enfermera; y como era la persona más enemiga de la ociosidad del mundo, buscó algo que hacer durante los minutos que iba a pasar junto a la dormida. En un pequeño gabinete detrás de la alcoba, había una mesa con tinta y papel; se sentó en ella y se puso a escribir una nota. Mientras buscaba una oblea en el cajón de la mesa, alguien entró bruscamente en la habitación, despertando a la enferma.
       —¡Dios mío! ¿qué es lo que veo? —exclamó Arsenia con una voz tan alterada que la señora de Piennes se estremeció.
       —Y bien, ¿qué me han contado? ¿Qué significa esto? ¡Arrojarse por la ventana como una imbécil! ¡Se ha visto alguna vez una cabeza como la de esta chica!
       No sé si repito exactamente las palabras; es, al menos, el sentido de lo que decía la persona que acababa de entrar, y que, por la voz, la señora de Piennes reconoció inmediatamente como Max de Salligny. Siguieron algunas exclamaciones, algunos gritos ahogados de Arsenia, luego un beso bastante sonoro. Por fin Max prosiguió: “¡Pobre Arsenia, en qué estado te encuentro! ¿Sabes que no te habría encontrado jamás si Julia no me hubiera dicho tu última dirección? Pero, ¿se ha visto una locura semejante?
       —¡Ah! ¡Salligny! ¡Salligny! ¡Qué feliz soy! ¡Cómo me arrepiento de lo que he hecho! Ya no vas a encontrarme bonita. Ya no querrás nada de mí…
       —¡Qué tonta eres! —decía Max—, ¿por qué no me has escrito diciéndome que necesitabas dinero? ¿Por qué no se lo has pedido al comandante? ¿Qué ha pasado con tu ruso? ¿Se ha ido tu cosaco?
       Al reconocer la voz de Max, la señora de Piennes se había sorprendido casi tanto como Arsenia. La sorpresa le había impedido salir inmediatamente; luego se puso a reflexionar si debía o no salir, pero cuando se reflexiona escuchando no decide uno con rapidez. El resultado fue que oyó el edificante diálogo que acabo de narrar; pero entonces comprendió que si seguía en el gabinete, estaba expuesta a oír mucho más. Se decidió y entró en la habitación con el aspecto calmado y soberbio que las personas virtuosas no pierden sino en raras ocasiones y que dominan cuando es necesario.
       —Max —dijo— hace daño a esta pobre chica; retírese. Venga dentro de una hora a hablar conmigo.
       Max se había quedado pálido como un muerto al ver aparecer a la señora de Piennes en un lugar en el que nunca habría esperado encontrarla; su primer impulso fue obedecer, y dio un paso hacia la puerta.
       —¿Te vas? ¡no te vayas! —exclamó Arsenia incorporándose en la cama con un esfuerzo desesperado.
       —Niña mía —dijo la señora de Piennes cogiéndole la mano— sea razonable. Escúcheme. ¡Recuerde lo que me ha prometido! —Luego le echó una mirada tranquila, pero imperiosa a Max, que salió inmediatamente. Arsenia cayó sobre la cama; al verlo salir, se había desmayado.
       La señora de Piennes y la enfermera, que entró poco después, la socorrieron con la habilidad que tienen las mujeres en esa clase de accidentes. Paulatinamente, Arsenia fue recuperando el conocimiento. Primero paseó su mirada por toda la habitación, como para buscar al que recordaba haber visto hace un instante; luego volvió sus grandes ojos negros hacia la señora de Piennes y la miró fijamente:
       —¿Es su marido? —preguntó.
       —No —contestó la señora de Piennes ruborizándose un poco, pero sin que la dulzura de su voz de alterara—; el señor de Salligny es pariente mío. Creyó poder permitirse esa pequeña mentira para explicar el dominio que ejercía sobre él.
       —Entonces —dijo Arsenia— ¡es usted a quien él ama! Y seguía clavando en ella sus ojos ardientes como dos teas.
       —¡Él!… —Un relámpago brilló sobre la frente de la señora de Piennes. Por un momento, sus mejillas se colorearon de un intenso rubor y su voz expiró en sus labios; pero recuperó pronto su serenidad—. Está equivocada, mi querida niña —dijo con tono grave—. El señor de Salligny ha comprendido que era un error evocar recuerdos que, afortunadamente, están muy lejos de su memoria. Usted ha olvidado…
       —¡Olvidado! —exclamó con una sonrisa de condenada que hacía daño ver.
       —Sí, Arsenia, usted ha renunciado a todas las ideas locas de un tiempo que no volverá. Piense, mi pobre niña, que es a su culpable relación a la que debe sus desgracias presentes. Piense…
       —¡No la ama! —interrumpió Arsenia sin escucharla— ¡no la ama y comprende con sólo una mirada! He visto sus ojos y los de usted. No me equivoco… En realidad… es justo! Usted es bella, joven, brillante… y yo lisiada, desfigurada… cerca de la muerte…
       No pudo terminar, los sollozos ahogaron su voz, tan fuertes, tan dolorosos, que la enfermera pensó en ir a buscar al médico; pues, decía, el señor doctor no temía nada tanto como esas convulsiones, y si esto dura la pobre chica se va a morir.
       Poco a poco, la especie de energía que Arsenia había encontrado en la intensidad misma de su dolor dio paso a un abatimiento estúpido que la señora de Piennes creyó calma. Continuó sus exhortaciones; pero Arsenia, inmóvil, no escuchaba las hermosas y buenas razones que se le daban para preferir el amor divino al amor terrenal; sus ojos estaban secos, sus dientes convulsivamente apretados. Mientras su protectora le hablaba del cielo y del porvenir, ella pensaba en el presente. La súbita llegada de Max había despertado en ella de repente locas ilusiones, pero la mirada de la señora de Piennes las había disipado más rápido aún. Después de un sueño feliz de un minuto, Arsenia sólo volvía a encontrar la más triste realidad, convertida en cien veces más horrible por el hecho de haber sido olvidada por un momento.
       Su médico le dirá, señora, que los naúfragos, sorprendidos por el sueño en mitad de las angustias del hambre, sueñan que se encuentran a la mesa y comen hasta saciarse. Se despiertan aún más hambrientos y preferirían no haberse dormido. Arsenia sufría una tortura comparable a la de esos naúfragos. En otros tiempos había amado a Max, como ella podía amar. Es con él con quien le habría gustado ir siempre a algún espectáculo, es con él con quien se divertía un día de campo, es de él de quien hablaba constantemente a sus amigas. Cuando Max se marchó, lloró mucho; pero luego había aceptado las dádivas de un ruso que Max estaba encantado de tener por sucesor, porque lo consideraba hombre galante, es decir, generoso. Mientras pudo llevar la vida alocada de las mujeres de su especie, su amor por Max no fue sino un recuerdo agradable, que algunas veces le hacía suspirar. Pensaba en él como uno piensa en los juegos de infancia que, pese a todo, nadie querría recomenzar; pero cuando Arsenia dejó de tener amantes, se vio abandonada, y sintió todo el peso de la miseria y la vergüenza, entonces su amor por Max se depuró en cierto modo, porque era el único recuerdo no que despertara en ella añoranzas ni remordimientos. Incluso la ensalzaba a sus propios ojos, y mientras más envilecida se sentía, más engrandecía a Max en su imaginación. Fui su amante, me amó, se decía a sí misma con una especie de orgullo cuando se sentía deprimida al reflexionar acerca de su vida de cortesana. En los pantanos de Minturnes, Mario reafirmaba su ánimo diciéndose: ¡He vencido a los cimbrios! La chica mantenida —ya no lo era, lamentablemente—, para resistir a la vergüenza y a la desesperación sólo tenía este recuerdo: ¡Max me amó… Me ama aún! Por un momento había podido pensarlo; pero ahora acababan de arrebatarle hasta sus recuerdos, el único bien que le quedaba en el mundo.
       Mientras Arsenia se entregaba a sus tristes reflexiones, la señora de Piennes le demostraba ardorosamente la necesidad de renunciar para siempre a lo que ella llamaba sus desvaríos criminales. Un convencimiento rotundo nos hace casi insensibles; y de la misma manera que un médico cura una llaga sin escuchar los gritos del paciente, así continuaba su tarea la señora de Piennes con implacable firmeza. Decía que esa época de felicidad, en la que la pobre Arsenia se refugiaba como para escapar de sí misma, era un tiempo de crimen y vergüenza que ésta expiaba justamente en el presente. Esas ilusiones había que detestarlas y expulsarlas de su corazón; el hombre que veía como protector y casi como genio tutelar, no debía ser ya a sus ojos sino un pernicioso cómplice, un seductor del que debía huir para siempre.
       Esa palabra de seductor, de la que la señora de Piennes no podía percibir el ridículo, hizo casi sonreír a Arsenia en mitad de sus lágrimas; pero su digna protectora no se dio cuenta de ello. Continuó imperturbable su exhortación y la terminó con una frase que aumentó los sollozos de la pobre chica: ¡No lo volverá a ver nunca más!
       El médico que llegó, y la extrema postración de la enferma recordaron a la señora de Piennes que había hecho suficiente. Apretó la mano de Arsenia, y al marcharse le dijo: “¡Ánimo, amiga mía, y Dios no la abandonará!”
       Acababa de cumplir con un deber, le quedaba aún otro más difícil. La estaba esperando otro culpable, cuya alma debía abrir al arrepentimiento; y pese a la confianza que hacía brotar de su celo piadoso, pese al dominio que ejercía sobre Max del que ya tenía pruebas, y por fin, pese a la buena disposición que conservaba en el fondo de su corazón hacia ese libertino, sentía una extraña ansiedad al pensar en el combate que iba a emprender. Antes de iniciar esta terrible lucha, quiso recuperar fuerzas, y, entrando en una iglesia, le pidió a Dios nuevas inspiraciones para defender su causa.
       Cuando entró en su casa, le dijeron que el señor de Salligny se encontraba en el salón donde la esperaba desde hacía bastante rato. Lo encontró pálido, agitado, y lleno de inquietud. Se sentaron. Max no se atrevía a abrir la boca; y la señora de Piennes, emocionada sin saber muy bien la causa, permaneció algún tiempo sin hablar y mirándolo sólo de reojo. Por fin empezó:
       —Max —le dijo— no voy a hacerle reproches…
       Él levantó la cabeza orgullosamente. Sus miradas se encontraron y él bajó los ojos al instante.
       —Su buen corazón —continuó— le dice en este momento más de lo que yo podría decirle. Es una lección que la Providencia ha querido darle y, tengo la esperanza, la convicción… de que no se perderá.
       —Señora, apenas sé lo que ha ocurrido. Esta desgraciada chica se lanzó por la ventana, eso es todo lo que me dijeron; pero no tengo la vanidad… quiero decir el dolor… de creer que las relaciones que mantuvimos en otros tiempos hayan podido determinar este acto de locura.
       —Diga más bien, Max, que cuando usted hacía el mal, no había previsto las consecuencias. Cuando indujo a esa chica al desorden, no pensó que un día ella atentaría contra su vida.
       —Señora —exclamó Max con alguna vehemencia— permítame decirle que yo no seduje de ninguna manera a Arsenia Guillot. Cuando la conocí ya estaba seducida. Fue mi amante, no lo niego en absoluto. Confesaré incluso que la amé… como se puede amar a una persona de su clase… Creo que ella sintió por mí más de afecto que por otro cualquiera… Pero, desde hacía mucho tiempo, toda relación había cesado entre nosotros, y sin que ella hubiera demostrado mucha añoranza. La última vez que tuve noticias suyas, le mandé dinero; pero no es una mujer ordenada… Le dió vergüenza pedirme más, pues tiene su orgullo… La miseria la impulsó a esa terrible decisión… Lo siento mucho… Pero le repito señora, que no tengo ningún reproche que hacerme al respecto.
       La señora de Piennes dibujó algo sobre la mesa, luego continuó:
       —Sin duda, según los criterios del mundo, usted no es culpable, no ha contraido ninguna responsabilidad, pero existe otra moral además de la del mundo, y es según sus reglas como que me gustaría verlo conducirse… En estos momentos, tal vez no se encuentre en situación de escucharme. Dejemos eso. Hoy, lo que tengo que pedirle es una promesa que no me negará, estoy segura. Esta desventurada chica ha comenzado a arrepentirse. Ha escuchado con respeto los consejos de un venerable sacerdote que ha aceptado ir a verla. Creemos poder esperar lo mejor de ella. — Usted, usted no debe volver a verla, pues su corazón duda aún entre el bien y el mal, y desgraciadamente, usted no tiene voluntad, ni tal vez poder para serle útil. Visitándola, usted podría producirle mucho daño… Por eso le pido su palabra de que no irá nunca más a su casa.
       Max hizo un gesto de sorpresa.
       —No me la niegue, Max; si su tía viviera, le haría esta petición. Imagínese que es ella quien le habla.
      —¡Dios bendito! señora, ¿qué me está pidiendo? ¿Qué mal quiere usted que le haga a esta pobre chica? Al contrario ¿no es para mí, yo que la frecuenté en el tiempo de sus locuras, una obligación no abandonarla ahora que está enferma, gravemente enferma, si lo que me han dicho es cierto?
       —Ésa es sin duda la moral del mundo, pero no es la mía. Mientras más grave es la enfermedad, más importante es que usted no la vea más.
       —Pero, señora, piense que, en el estado en que se encuentra, sería imposible, incluso para la gazmoñería más fácil de alarmarse… Mire, señora, si yo tuviera un perro enfermo y supiera que al verme sentiría algún placer, creería cometer una mala acción dejándolo morir solo. No es posible que usted piense de otra manera, usted que es tan buena y caritativa. Piense en ello, señora, sería verdaderamente cruel, por mi parte.
      —Hace un instante le pedía que me hiciera esa promesa en nombre de su buena tía… en nombre de la amistad que siente usted hacia mí… Ahora se lo pido en nombre de esa desgraciada chica. Si usted la quiere de verdad…
       —¡Ah! señora, se lo ruego, no relacione cosas que no pueden compararse. Créame, me duele mucho oponerme a usted sea en lo que sea; pero, en realidad, me siento obligado a ello por honor…, ¿Esa palabra le desagrada? Olvídela. Sólo, a mi vez, permítame suplicarle por piedad hacia esta desgraciada… y también un poco por piedad hacia mí… Si he cometido errores…, si he contribuido a mantenerla en el desorden… debo en estos momentos ocuparme de ella. Sería horrible abandonarla. No me lo perdonaría nunca. No, no puedo abandonarla. Usted no me lo exigirá.
       —No le faltarán otros cuidados. Pero, respóndame Max: ¿usted la ama?
       —¿La amo?… ¿La amo?… No, yo no la amo. Es una palabra que no cuadra aquí… ¿Amarla? no. Busqué junto a ella distracción a un sentimiento más serio que necesitaba combatir…, ¿Eso le parece ridículo, incomprensible?… La pureza de su alma no puede admitir que se busque un remedio semejante… Pues bien, no es esa la peor acción de mi vida. Si nosotros los hombres no tuviéramos a veces el recurso de desviar nuestras pasiones… tal vez ahora… tal vez fuera yo quien se hubiera arrojado por la ventana… Pero, no sé lo que digo, y usted no puede entenderme… apenas me comprendo a mí mismo…
       —Le preguntaba si la amaba —continuó la señora de Piennes con los ojos bajos y algo de duda— porque, si usted hubiera sentido… amistad por ella, usted tendría sin duda el valor de hacerle un poco daño para hacerle después un gran bien. Sin lugar a dudas, le resultará difícil soportar la pena de no verlo; pero sería mucho más grave desviarla hoy de la vía en que ha entrado casi milagrosamente. Lo que importa es su salvación Max, que olvide por completo un tiempo que su presencia le recordaría con demasiada intensidad.
       Max sacudió la cabeza sin responder. No era creyente, y la palabra salvación, que tanto poder tenía sobre la señora de Piennes, no llegaba tan intensamente a su alma. Pero sobre ese asunto, no había que discutir con ella. Él evitaba siempre con cuidado mostrarle sus dudas, y una vez más guardó silencio; sin embargo, era fácil comprobar que no estaba convencido.
       —Le hablaré a usted con el lenguaje del mundo —continuó la señora de Piennes —puesto que desgraciadamente es el único que usted puede entender; discutimos, en efecto, sobre un cálculo aritmético. Ella no tiene nada que ganar viéndolo y sí mucho que perder, ahora escoja usted.
       —Señora —dijo Max con voz emocionada— usted no piensa, espero, que pueda existir por mi parte otro sentimiento hacia Arsenia que no sea un interés… natural. ¿Qué peligro habría? Ninguno. ¿Duda usted de mí? ¿Piensa usted que quiero perjudicar los buenos consejos que usted le da? ¡Ah! ¡Dios mío! yo que detesto los espectáculos tristes, que huyo de ellos con una especie de terror, ¿cree usted que busco ver a una moribunda con intenciones culpables? Se lo repito, señora, es para mí una especie de deber, es una expiación, un castigo si usted quiere, lo que vengo a buscar junto a ella…
       A oír esa palabra, la señora de Piennes levantó la cabeza y lo miró fijamente con un gesto exaltado que daba a todos sus rasgos una expresión sublime.
       —¿Una expiación, dice usted, un castigo?… ¡Pues bien, sí! Sin saberlo, Max, usted obedece tal vez a una advertencia de lo alto, y tiene razón en resistírseme… Sí, consiento en ello. Vea a esa chica y que ella sea el instrumento de su salvación como usted ha estado a punto de ser el de su perdición.
       Probablemente Max no comprendía tan bien como usted, señora, lo que era una advertencia de lo alto. Ese cambio de resolución tan súbito le sorprendía, no sabía a qué atribuirlo, no sabía si debía dar las gracias a la señora de Piennes por haber cedido al final; pero en esos momentos su gran preocupación era adivinar si su obstinación había cansado o convencido a la persona a quien más temía desagradar.
      —Solamente, Max —continuó la señora de Piennes— tengo que pedirle, o mejor, le exijo…
       Se detuvo un instante y Max hizo un gesto con la cabeza indicando que se sometía a todo.
       —Exijo —siguió ella— que no la vea sino conmigo.
       Él hizo un gesto de sorpresa, pero se apresuró a añadir que obedecería.
       —No me fío en absoluto de usted —continuó ella sonriendo—. Temo que estropee mi obra, y quiero triunfar. Vigilado por mí, usted se convertirá, por el contrario, en una ayuda útil y, tengo la esperanza, de que su sumisión será recompensada.
       Diciendo estas palabras le tendió la mano. Convinieron que Max iría al día siguiente a ver a Arsenia Guillot, y que la señora de Piennes iría por delante para prepararla a esa visita.
       Usted comprende su proyecto. Primero había pensado que encontraría a Max lleno de arrepentimiento, y que sacaría fácilmente del ejemplo de Arsenia el texto de un sermón elocuente contra las malas pasiones; pero, en contra de lo que esperaba, él rechazaba cualquier responsabilidad. Había que cambiar de exordio y en un momento decisivo darle la vuelta a una harenga preparada, es una empresa casi tan peligrosa como dar una nueva orden de batalla en mitad de un ataque imprevisto. La señora de Piennes no había podido improvisar una maniobra. En lugar de sermonear a Max, había discutido con él una cuestión de conveniencia. De pronto, una idea nueva se le vino a la mente. Los remordimientos de su cómplice lo conmoverían, pensó. El final cristiano de una mujer que él había amado (y desgraciadamente no podía dudar de que no estuviera cercano) producirá sin duda un golpe decisivo. Es con esa esperanza con la que se había decidido súbitamente a permitirle a Max volver a ver a Arsenia. Conseguía además aplazar la exhortación que había proyectado; pues, creo haberlo dicho ya, pese al vivo deseo de salvar a un hombre cuyos desvíos deploraba, la idea de entablar con él una discusión tan seria la asustaba involuntariamente.
       Ella había contado mucho con la bondad de su causa; dudaba aún del éxito, y no triunfar era desesperar de la salvación de Max, era condenarse a cambiar de sentimiento hacia él. El diablo, tal vez, para evitar que ella se pusiera en guardia contra el intenso afecto que sentía por su amigo de la infancia, el diablo había tenido cuidado de justificar ese afecto como una esperanza cristiana. Todas las armas son buenas para el tentador, y tales prácticas le son familiares; por eso el portugués dice elegantemente: De boâs intençôes esta o inferno cheio: El infierno está lleno de buenas intenciones. Ustedes en francés dicen que está pavimentado con lenguas de mujer, lo que viene a ser lo mismo; pues las mujeres, en mi opinión, quieren siempre el bien.
       Me usted hace volver a mi relato. Al día siguiente pues, la señora de Piennes fue a casa de su protegida, a la que encontró muy débil, muy abatida, y sin embargo, más calmada y más resignada de lo que esperaba. Volvió a hablar del señor de Salligny, pero con más consideración que la víspera. Arsenia, en verdad, debía absolutamente renunciar a él y no pensar en él sino para deplorar su común ceguera. Debía además, y eso era parte de su penitencia, debía demostrar su arrepentimiento al mismo Max, darle ejemplo cambiando de vida, y asegurarle, para el porvenir, la paz de conciencia de la que ella misma gozaba. A esas exhortaciones completamente cristianas, la señora de Piennes no olvidó añadir algunos argumentos mundanos, como por ejemplo, que Arsenia, si amaba verdaderamente al señor de Salligny, debía desear ante todo su bien y que, por su cambio de conducta, merecería la estima de un hombre que no había podido aún dársela realmente.
       Todo lo que había de severo y de triste en ese discurso se borró de repente cuando al final de sus palabras, la señora de Piennes le anunció que volvería a ver a Max, pues él iba a venir. Al ver el intenso rubor que animó súbitamente sus mejillas desde hacía tiempo empalidecidas por el sufrimiento, al ver el brillo extraordinario de sus ojos, la señora de Piennes estuvo a punto de arrepentirse de haber permitido esa entrevista; pero ya no había tiempo de cambiar de idea. Empleó los pocos minutos que le quedaban antes de la llegada de Max en hacer exhortaciones piadosas y enérgicas, pero que eran escuchadas con una notable distracción, pues Arsenia sólo parecía preocupada por arreglar sus cabellos y la cinta arrugada de su gorro.
       Por fin, el señor de Salligny apareció, contrayendo un poco sus rasgos para darles una expresión de alegría y de seguridad. Le preguntó cómo seguía, con un tono que él intentó que fuera natural, pero que ningún resfriado lograría dar. Arsenia, por su parte, no se encontraba a gusto; balbuceaba, no podía encontrar una frase, pero cogió la mano de la señora de Piennes y se la llevó a los labios como para darle las gracias. Lo que se habló durante ese cuarto de hora, fue lo que se habla en todas partes entre personas contrariadas. Sólo la señora de Piennes conservaba su tranquilidad habitual, o más bien, como se encontraba mejor preparada, se dominaba mejor. Con frecuencia respondía en lugar de Arsenia y ésta encontraba que su intérprete traducía mal sus pensamientos. Cuando la conversación languideció, la señora de Piennes observó que la enferma tosía mucho, le recordó que el médico le impedía hablar, y dirigiéndose a Max, le dijo que en lugar de fatigar a Arsenia con sus preguntas, sería mejor que le hiciera una pequeña lectura. Enseguida cogió Max un libro apresuradamente y se acercó a la ventana, pues la habitación era un poco oscura. Leyó sin comprender demasiado. Arsenia tampoco comprendía mucho más, sin duda, pero parecía escuchar con el mayor interés. La señora de Piennes trabajaba en una labor que había llevado, la enfermera se pellizcaba para no quedarse dormida. Los ojos de la señora de Piennes iban sin cesar de la cama a la ventana, jamás hizo Argos mejor guardia con los cien ojos que tenía. Al cabo de algunos minutos, se inclinó hacia el oído de Arsenia: “¡Qué bien lee!” le dijo en voz baja.
       Arsenia le echó una mirada que contrastaba extrañamente con la sonrisa de su boca: “¡Oh, sí!”, respondió. Luego bajó los ojos, y de minuto en minuto una gruesa lágrima aparecía al borde de sus pestañas y se deslizaba por sus mejillas sin que se diera cuenta. Max no volvió la cabeza ni una sola vez. Después de algunas páginas, la señora de Piennes le dijo a Arsenia: “Vamos a dejarla reposar, niña mía. Temo que le hayamos cansado un poco. Volveremos pronto a verla.” Se levantó, y Max se levantó como una sombra. Arsenia le dijo adiós sin mirarlo casi.
       —Estoy contenta de usted, Max, —dijo la señora de Piennes a quien él había acompañado hasta la puerta—, y de ella mucho más. Esta pobre chica está llena de resignación. Ella le da ejemplo.
       —Sufrir y callarse, señora, ¿es pues tan difícil de aprender?
       —Lo que hay que aprender sobre todo es a cerrar su corazón a los malos pensamientos.
       Max la saludó y se alejó rápidamente.
       Cuando la señora de Piennes volvió a ver a Arsenia al día siguiente, la encontró contemplando un ramo de flores exóticas colocado en una mesita, cerca de su cama.
      —Me las ha enviado el señor de Salligny —dijo—. Han venido de su parte a preguntar cómo estaba. Él no ha subido.
       —Estas flores son muy bellas —dijo la señora de Piennes un poco secamente.
       —En otros tiempos me gustaban mucho las flores —dijo la enferma suspirando—; y él me mimaba… el señor de Salligny me mimaba ofreciéndome las más hermosas que podía encontrar… Pero en el presente no valen nada … Perfuman demasiado… Debería usted coger ese ramo, señora; él no se enfadará si se lo doy.
       —No, querida: esas flores le causan placer cuando las mira —continuó la señora de Piennes con un tono más dulce, pues se había emocionado mucho con el acento profundamente triste de la pobre Arsenia—. Cogeré las que tienen perfume… conserve las camelias.
       —No. Detesto las camelias… Me recuerdan la única disputa que tuvimos… cuando yo estaba con él.
       —No piense en esas locuras, mi querida niña.
       —Un día —prosiguió Arsenia mirando fijamente a la señora de Piennes— un día encontré en su habitación una hermosa camelia rosa en un vaso de agua. Quise cogerla, pero él no me lo permitió. Me impidió incluso tocarla. Insistí, le dije tonterías. Él la cogió, la metió en un armario, y guardó la llave en su bolsillo. Yo me endemonié e inclusó le rompí un jarrón de porcelana que él amaba mucho. Ni se inmutó. Comprendí que era de una mujer como es debido. Jamás supe de dónde le había llegado esa camelia.
       Mientras hablaba así, Arsenia clavó una mirada fija y casi aviesa en la señora de Piennes, que bajó los ojos involuntariamente. Hubo un silencio bastante largo turbado sólo por la respiración oprimida de la enferma. La señora de Piennes acababa de recordar confusamente determinada historia de una camelia. Un día que almorzaba en casa de la señora Aubrée, Max le había dicho que su tía acababa de felicitarlo por su santo, y le pidió que le diera también un ramo. Ella desprendió sonriendo una camelia de sus cabellos y se la dio. ¿Pero cómo un hecho tan insignificante había permanecido en su memoria? La señora de Piennes no podía explicárselo. Estaba casi horrorizada. La especie de confusión que sentía hacia consigo misma se había disipado apenas cuando Max entró y se sintió enrojecer.
       —Gracias por sus flores —dijo Arsenia—; pero me hacen daño… No estarán perdidas; se las he dado a la señora. No me haga hablar, lo tengo prohibido. ¿Quiere usted leerme alguna cosa?
       Max se sentó y leyó. Esta vez nadie escuchó, creo yo: cada cual, incluso el lector, seguía el curso de sus propios pensamientos.
       Cuando la señora de Piennes se levantó para marcharse, iba a dejar el ramo sobre la mesa, pero Arsenia le advirtió de su olvido. Se llevó pues el ramo, descontenta de haber mostrado quizá alguna afectación al no aceptar en un primer momento esta bagatela. “¿Qué mal puede haber en todo esto?” pensaba. Pero había mal sólo en el hecho de plantearse esta simple cuestión.
       Sin que se lo hubiera pedido, Max la siguió hasta su casa. Se sentaron, y, desviando los ojos uno del otro, permanecieron en silencio bastante tiempo, como molestos.
       —Esta pobre chica —dijo por fin la señora de Piennes— me aflige profundamente. Al parecer, no hay esperanzas.
       —Usted ha visto el médico —dijo Max— ¿qué dice?
       La señora de Piennes movió la cabeza.
       —No le quedan muchos días que pasar en este mundo. Esta mañana le han dado la extremaunción.
      —Daba pena ver su cara —dijo Max acercándose al hueco de una ventana, probablemente para ocultar su emoción.
       —Sin duda es muy cruel morir a su edad —continuó gravemente la señora de Piennes—; pero si hubiera vivido más, ¿quién sabe si eso no habría sido una desgracia para ella?… Al salvarla de una muerte desesperada, la Providencia ha querido darle tiempo para arrepentirse… Es una gran gracia de la que siente todo el valor en este momento. El párroco Dubignon está muy contento de ella. No hay que compadecerla tanto Max.
       —No sé si hay que compadecer a los que mueren jóvenes —respondió él un poco bruscamente— a mí me gustaría morir joven; pero lo que me aflige, sobre todo, es verla sufrir así.
       —El sufrimiento del cuerpo es con frecuencia útil al alma…
       Max, sin responder, fue a colocarse en el extremo de la habitación, en un ángulo oscuro medio oculto por una densa cortina. La señora de Piennes bordaba, o fingía bordar, con los ojos fijos en una tapicería; pero le parecía sentir la mirada de Max como algo que pesaba sobre ella. Esa mirada de la que ella huía, creía sentirla errar por sus manos, por sus hombros, por su frente. Le pareció que se detenía sobre su pie, y se apresuró a ocultarlo bajo el vestido. —Tal vez haya algo de verdad en lo que se dice acerca del fluido magnético, señora.
       —¿Conoce usted al almirante de Rigny, señora? —preguntó Max de repente.
       —Sí, un poco.
       —Tal vez tenga que pedirle un servicio acerca de él… una carta de recomendación…
      —¿Para qué, pues?
       —Desde hace algunos días, señora, estoy haciendo proyectos —continuó con alegría forzada—. Estoy tratando de convertirme, y quisiera hacer algún acto de buen cristiano, pero, estoy algo confuso, respecto a cómo hacerlo…
       La señora de Piennes le echó un mirada un poco severa.
       —Mire lo que se me ha ocurrido —prosiguió. Estoy descontento de no conocer el oficio de las armas, pero eso puede aprenderse… Sé manejar un fusil, no demasiado mal y, como tenía el honor de decirle, siento ganas de ir a Grecia y tratar de matar allí a algún turco, para la mayor gloria de la Cruz.
       —¡A Grecia! —exclamó la señora de Piennes dejando caer su ovillo.
      —A Grecia. Aquí, no hago nada; me aburro; no sirvo para nada, no puedo hacer nada útil; no hay nadie en el mundo a quien pueda servirle para algo. ¿Por qué no ir a recoger laureles, o a hacerme saltar la cabeza por una buena causa? Además, no veo otro camino para llegar a la gloria o al Templo de la Memoria, que me interesa mucho. Imagínese, señora, qué honor para mí cuando lean en el periódico: “Nos comunican desde Tripolitza que el señor Max de Salligny, joven amigo de los griegos, de la más alta esperanza —esto puede decirse en un periódico— de la más alta esperanza, acaba de perecer víctima de su entusiasmo por la santa causa de la religión y de la libertad. El malvado pachá Kourschid ha olvidado el decoro hasta el punto de mandar cortarle la cabeza…” Es eso justamente lo peor que tengo, según dice todo el mundo, ¿no es cierto, señora?
      Y se reía con una risa forzada.
       —¿Habla en serio, Max? ¿Iría usted a Grecia?
       —Muy en serio, señora; sólo que trataré de que mi esquela necrológica aparezca lo más tarde posible.
       —¿Qué iría usted a hacer a Grecia? No son soldados lo que le falta a los griegos… Sería un exclente soldado, estoy segura; pero…
       —¡Un magnífico granadero de cinco pies y seis pulgadas! —exclamó él ponendose de pie—; los griegos serían bien tontos si no aceptaran un recluta como éste. Sin bromas, señora —añadió dejándose caer en un sillón— me parece que es lo mejor que puedo hacer. No debo seguir en París (pronunció estas palabras con cierta violencia); aquí soy muy desgraciado, aquí cometeré cien tonterías… No tengo fuerzas para resistir… Pero ya hablaremos de eso; no me voy inmediatamente… pero me iré… ¡Oh! sí, es necesario; lo he prometido solemnemente. ¿Sabe usted que desde hace dos días estoy aprendiendo griego? Es una lengua muy bella, ¿no es cierto?
       La señora de Piennes había leído a Byron y se acordaba de esta frase griega, estribillo de una de sus obras fugitivas. La traducción, como usted sabe, se encuentra en una nota; es: “Mi vida, os amo”. Ce sont façons de parler obligeantes de ces pays-là. La señora de Piennes maldecía su buena memoria; se guardó mucho de preguntar lo que significaba ese griego, y sólo temía que su fisonomía demostrara que había comprendido. Max se había acercado al piano; y sus dedos, cayendo sobre el teclado como por azar, improvisaron algunos acordes melancólicos. De pronto, cogió su sombrero y, volviéndose hacia la señora de Piennes, le preguntó si tenía intención de ir esa noche a casa de la señora Darsenay.
       —Pienso que sí —contestó ella dudando un poco. Él le dió la mano y salió inmediatamente, dejándola presa de una agitación que no había experimentado nunca.
       Todas sus ideas eran confusas y se sucedían con tanta rapidez que no tenía tiempo de detenerse en una sola. Era como esa serie de imágenes que aparecen y desaparecen por la ventanilla de un vagón de ferrocarril. Pero, lo mismo que en mitad de la carrera más impetuosa, el ojo que no percibe todos los detalles, logra no obstante aprehender el carácter general de los lugares que se atraviesan, así, en medio de este caos de pensamientos que la asediaban, la señora de Piennes experimentaba una impresión de pánico y se sentía como empujada por una pendiente rápida en medio de horribles precipicios. Que Max la amara, no podía dudarlo. Ese amor (ella decía: ese afecto) venía de lejos; pero hasta entonces no se había alarmado por él. Entre una devota como ella y un libertino como Max se levantaba una barrera insuperable que antes la tranquilizaba. Aunque no fuera insensible al placer o a la vanidad de inspirar un sentimiento serio a un hombre tan superficial como era Max en su opinión, jamás había pensado que ese afecto pudiera llegar a ser un día peligroso para su reposo. Ahora que el mal tipo se había corregido, empezaba a temerlo. Su conversión, que ella se atribuía, iba a convertirse, para ella y para él, en una causa de pesares y tormentos. Por momentos, intentó persuadirse de que los peligros que preveía vagamente no tenían ningún fundamento real. Ese viaje tan bruscamente decidido, el cambio que había observado en las maneras del señor de Salligny podría explicarse en última instancia, por el amor que había conservado por Arsenia Guillot; pero, ¡cosa extraña! este pensamiento le era más insoportable que los demás, y era casi un alivio para ella, demostrarse la inverosimilitud.
       La señora de Piennes pasó toda la tarde creándose fantasmas, destruyéndolos, modificándolos. No quiso ir a casa de la señora Darsenay y, para estar más segura de sí misma, le permitió a su cochero que se fuera y quiso acostarse temprano; pero tan pronto como hubo tomado esta magnánima decisión, y no tuvo manera de desdecirse, pensó que era una debilidad indigna de ella y se arrepintió. Temió sobre todo que Max sospechara la causa; y como no podía disfrazar ante sus propios ojos el verdadero motivo para no salir, llegó a considerarse culpable, pues sólo esta preocupación a propósito del señor de Salligny le parecía un crimen. Rezó durante mucho rato, pero no se encontró aliviada. No sé a qué hora logró dormirse; lo cierto es que, cuando se despertó, sus ideas eran tan confusas como la víspera, y que seguía igual de lejos de adoptar una resolución.
       Mientras desayunaba —pues se desayuna siempre, señora, sobre todo si se ha cenado mal— leyó en un periódico que no sé qué pachá acababa de saquear una ciudad de Rumelia. Mujeres y niños habían sido masacrados; algunos amigos de los griegos habían perecido con las armas en la mano, o habían sido lentamente inmolados en medio de horribles torturas. Este artículo de periódico era poco adecuado como para hacerle apreciar a la señora de Piennes el viaje a Grecia para el que Max se preparaba. Estaba meditando tristemente sobre lo leído cuando le trajeron una nota de éste. La noche anterior, se había aburrido soberanemente en casa de la señora Darsenay e, inquieto por no haber encontrado allí a la señora de Piennes, le escribía para tener noticias suyas y para preguntarle a qué hora iba a ir a casa de Arsenia Guillot. La señora de Piennes no tuvo ánimos para escribir, e hizo que le comunicaran que iría a la hora acostumbrada. Luego, se le ocurrió la idea de ir inmediatamente con el fin de no encontrarse allí con Max; pero, al reflexionar, pensó que era una mentira pueril y vergonzosa, peor que la debilidad de la víspera. Se armó pues de valor, hizo sus oraciones con fervor y, cuando llegó la hora, salió y subió con paso firme a la habitación de Arsenia.


III

      Encontró a la pobre chica en un estado lamentable. Era evidente que su última hora estaba cerca y, desde la víspera, la enfermedad había hecho horribles progresos. Su respiración no era ya sino un ronquido doloroso, y le dijeron a la señora de Piennes que durante la mañana había tenido delirios muchas veces y que el médico no pensaba que pudiera pasar del día siguiente. Arsenia, no obstante, reconoció a su protectora y le agradeció que hubiera venido a verla.
       —Ya no se cansará más subiendo mi escalera —dijo con voz apagada.
       Cada palabra parecía costarle un gran esfuerzo y desgastar las pocas fuerzas que le quedaban. Era necesario inclinarse sobre su cama para oír lo que decía. La señora de Piennes había tomado su mano, que estaba ya fría y como inanimada.
       Max llegó pronto y se aproximó silenciosamente a la cama de la moribunda. Ésta le hizo con la cabeza un ligero gesto, y viendo que él tenía en la mano un libro en un estuche:
       —Usted no leerá hoy —murmuró débilmente.
      —La señora de Piennes dirigió sus ojos hacia el citado libro: era un mapa de Grecia encuadernado, que había comprado al pasar.
       El padre Dubignon, que desde por la mañana se encontraba junto a Arsenia, observando con qué rapidez se agotaban las fuerzas de la enferma, quiso aprovechar, para su salvación, los pocos momentos que le quedaban. Separó a Max y a la señora de Piennes e inclinado sobre ese lecho de dolor, le dirigió a la pobre chica las graves y consoladoras palabras que la religión reserva para momentos semejantes. En un rincón de la habitación, la señora de Piennes rezaba de rodillas, y Max, de pie junto a la ventana, parecía haberse convertido en una estatua.
       —¿Perdona usted a todos los que la han ofendido, hija mía? —preguntó el sacerdote con voz emocionada.
       —¡Sí!… ¡que sean felices! —contestó la moribunda haciendo un esfuerzo para hacerse oír.
       —¡Confíe usted en la misericordia de Dios, hija mía! —dijo el sacerdote. El arrepentimiento abre las puertas del cielo.
       Durante algunos minutos más el sacerdote continuó con sus exhortaciones; luego dejó de hablar, inseguro de no tener ante sí sino un cadáver. La señora de Piennes se levantó suavemente, y todos permanecieron unos momentos inmóviles, mirando con ansiedad el rostro lívido de Arsenia. Sus ojos estaban cerrados. Todos retenían la respiración como para no turbar el terrible sueño que tal vez había comenzado ya para ella, y se oía claramente en la habitación el débil tictac de un reloj colocado sobre la mesita de noche.
       —¡Se ha muerto, la pobre señorita! —dijo por fin la enfermera, después de haber acercado su tabaquera a los labios de Arsenia; ya lo ven, el cristal no se ha empañado. ¡Está muerta!
       —¡Pobre niña! —exclamó Max saliendo del estupor en el que parecía sumergido. ¿Qué felicidad tuvo en este mundo?
       —Y, de golpe, y como reanimada por su voz, Arsenia abrió los ojos. “¡He amado!” murmuró con una voz sorda. Removía los dedos y parecía querer tender las manos. Max y la señora de Piennes se habían acercado y cada uno cogió una de sus manos. “¡He amado!”, repitió con una triste sonrisa. Ésas fueron sus últimas palabras. Max y la señora de Piennes sujetaron durante un buen rato sus manos heladas, sin osar levantar los ojos.


IV

      Y bien, señora, me dice que mi historia ha terminado, y que no quiere oír nada más. Habría creído que estaría curiosa por saber si el señor de Salligny hizo o no su viaje a Grecia; si… pero es tarde, ya tiene suficiente. ¡Felizmente! Al menos guárdese los juicios temerarios, protesto que no he dicho nada que pudiera autorizarla a ellos. Sobre todo, ne dude de que mi historia no sea cierta. ¿Lo duda? Vaya al Père-Lachaise; a veinte pasos a la izquierda de la tumba del general Foy, encontrará una lápida de piedra calcárea muy sencilla, rodeada de flores siempre cuidadas. Sobre la lápida, usted podrá leer el nombre de mi protagonista grabado con grandes caracteres: ARSENIA GUILLOT e, inclinándose sobre esta tumba, observará, si la lluvia no la ha borrado ya, una línea escrita en lápiz, con una escritura muy fina:

¡Pobre Arsenia!, ella ruega por nosotros.



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