Prosper Merimée
(París, Francia, 1803 - Cannes, Francia, 1870)


Mateo Falcone (1829)
(“Mateo Falcone”)
Originalmente publicado, como “Mateo Falcone, moeurs de la Corse”,
en Revue de Paris (3 de mayo de 1829);
Mosaïque
(París: H. Fournier Jeune, Libraire, 1833, 440 págs.), págs. 1-48.



      Al salir de Porto-Vecchio yendo hacia el noroeste, hacia el interior de la isla, se observa que el terreno se eleva bastante rápidamente y, después de tres horas de marcha por senderos tortuosos, obstruidos por grandes bloques de piedra, a veces cortados por barrancos, se encuentra uno al borde de un maquis muy extenso. El maquis es la patria de los pastores corsos y de cualquiera que se haya enemistado con la justicia. Hay que saber que el labrador corso, para ahorrarse el esfuerzo de abonar el campo, le prende fuego a una determinada porción del bosque: da igual si la llama se extiende más allá de lo necesario; pase lo que pase, está seguro de obtener una buena cosecha al sembrar en esta tierra fertilizada por las cenizas de los árboles que en ella crecían. Una vez recogidas las espigas, pues se deja la paja que costaría esfuerzo recoger, las raíces que han permanecido dentro de la tierra sin quemarse, crecen en la primavera siguiente, dando macollas muy densas que, en pocos años, alcanzan la altura de siete u ocho pies. Es a esta especie de soto espeso a lo que llaman maquis. Lo componen diferentes especies de árboles y de arbustos, mezclados y enredados como Dios quiere. No es sino con un hacha en la mano como un hombre se abriría camino en él y existen maquis tan espesos y tupidos que ni siquiera los muflones pueden penetrar en ellos. Si ha matado a un hombre, váyase al maquis de Porto-Vecchio, y vivirá seguro, con un buen fusil, pólvora y balas; no olvide una buena capa provista de capuchón, que sirve de manta y de colchón. Los pastores le dan leche, queso y castañas, y no tiene nada que temer de la justicia o de los parientes del fallecido, sino cuando sea necesario bajar a la ciudad para reabastecerse de municiones.
       Cuando yo estuve en Córcega en 18…, Mateo Falcone tenía su casa a media legua de ese maquis. Era un hombre bastante rico para la comarca, que vivía noblemente, es decir, sin hacer nada, del producto de sus rebaños, que los pastores, especie de nómadas, llevaban a pastar aquí y allá por las montañas. Cuando lo vi, dos años después del suceso que voy a contar, me pareció tener cincuenta años como mucho. Imagínense un hombre bajo pero robusto, con el cabello rizado negro como el azabache, la nariz aguileña, los labios finos, los ojos grandes y expresivos y la tez color aceituna. Su habilidad disparando el fusil pasaba por ser extraordinaria, incluso en su país, donde hay tantos buenos tiradores. Por ejemplo, Mateo no habría disparado jamás a un muflón con postas; pero, a cien pasos, lo derribaba de una bala en la cabeza o en la paletilla, según quisiera. Por la noche, utilizaba sus armas con la misma facilidad que de día, y me contaron de él un rasgo de destreza que le parecerá increíble a quien no haya viajado a Córcega. A ochenta pasos de distancia, colocaban una vela encendida detrás de un papel transparente del tamaño de un plato. Apuntaba, apagaban la vela y, al cabo de un minuto, en la más completa oscuridad, disparaba y tres de cada cuatro veces lograba agujerear el papel transparente.
       Con un mérito tan transcendente, Mateo Falcone se había labrado una gran reputación. Decían que era tan buen amigo como peligroso enemigo; servicial y dadivoso, vivía en paz con todo el mundo en el distrito de Porto-Vecchio. Pero contaban de él que, en Corte, donde se había casado, se había deshecho violentamente de un rival que pasaba por ser tan temible en la guerra como en el amor; al menos atribuían a Mateo la autoría de un determinado disparo que sorprendió a este rival cuando se estaba afeitando ante un pequeño espejo colgado en la ventana. Cuando el asunto se apaciguó, Mateo se casó. Su mujer, Giuseppa, le había dado primero tres hijas (por lo que él estaba rabioso), y por fin un chico, al que llamó Fortunato, que era la esperanza de la familia, el heredero del apellido. Las chicas se habían casado bien: si fuera necesario, el padre podría contar con los puñales y las escopetas de sus yernos. El hijo sólo tenía diez años, pero ya mostraba las mejores disposiciones.
       Cierto día de otoño, Mateo salió muy temprano con su mujer para ir a ver uno de sus rebaños en un claro del maquis. El pequeño Fortunato quiso acompañarlos, pero el claro estaba demasiado lejos, y además alguien debía quedarse para guardar la casa; el padre por lo tanto se negó: ya veremos si no tendría motivos para arrepentirse.
       Estaban ausentes desde hacía unas horas; el pequeño Fortunato se hallaba tranquilamente tumbado al sol, mirando las montañas azules y pensando en que el domingo próximo iría a la ciudad a almorzar en casa de su tío el caporal, cuando fue bruscamente interrumpido en sus meditaciones por la detonación de un arma de fuego. Se levantó y se giró hacia el lado de la llanura de donde procedía el ruido. Otros tiros siguieron, disparados a intervalos desiguales y cada vez más cercanos; por fin, por el sendero que conducía desde la llanura hasta la casa de Mateo, apareció un hombre, con un gorro puntiagudo como el de un montañés, con barba, cubierto de andrajos, arrastrándose con esfuerzo apoyado en su fusil. Acababa de recibir un tiro en el muslo. Este hombre era un proscrito que había salido de noche para ir a buscar pólvora a la ciudad y, por el camino, había caído en una emboscada de tiradores corsos. Después de una valiente defensa, había logrado escapar, vivamente perseguido y tiroteando de peñasco en peñasco. Pero le llevaba poca ventaja a los soldados y su herida le impedía llegar al maquis antes de ser alcanzado. Se acercó a Fortunato y le dijo:
       —¿Eres el hijo de Mateo Falcone?
       —Sí.
       —Yo soy Gianetto Sanpiero. Me persiguen los cuellos amarillos. Escóndeme, pues no puedo ir más lejos.
       —¿Y qué dirá mi padre si te escondo sin su permiso?
      —Dirá que has hecho bien.
       —¿Quién sabe?
       —Escóndeme rápido, que vienen.
       —Espera a que regrese mi padre.
       —¿Que espere? ¡maldición! Estarán aquí en cinco minutos. Vamos, escóndeme o te mato.
      Fortunato le respondió con la mayor sangre fría:
       —Tu fusil está descargado, y no tienes más cartuchos en tu cartuchera.
      —Tengo un puñal.
       —Pero ¿correrás tan rápido como yo? —Dio un salto y se puso fuera de su alcance.
       —Tú no eres hijo de Mateo Falcone! ¿Dejarás pues que me detengan delante de tu casa?
       El chico pareció afectado.
       —¿Qué me darás si te oculto? —dijo acercándose.
       El bandido rebuscó en una bolsa de cuero que colgaba de su cintura y sacó una moneda de cinco francos que había reservado, sin duda, para comprar la pólvora. Fortunato sonrió al ver la moneda de plata; la cogió y dijo a Gianetto: “No temas nada”. Inmediatamente hizo un gran agujero en un montón de heno situado junto a la casa. Gianetto se introdujo en él, y el chico lo recubrió de manera que quedara algo de aire para respirar, sin que fuera, no obstante, posible sospechar que ese heno escondía un hombre. Se le ocurrió además un detalle salvaje bastante ingenioso. Fue a buscar una gata y sus crías y las coloco sobre el montón de heno como para hacer creer que no había sido removido últimamente. Después, observando las manchas de sangre que habían quedado por el sendero cercano a la casa, las cubrió de polvo cuidadosamente, y una vez hecho esto, se volvió a tumbar al sol con la mayor tranquilidad. Unos minutos después, seis hombres en uniforme oscuro con cuello amarillo y dirigidos por un brigada, se encontraban ante la puerta de Mateo. Este brigada era un poco pariente de Falcone (ya se sabe que en Córcega se prolongan los lazos de parentesco mucho más lejos que en otras partes). Se llamaba Tiodoro Gamba, era un hombre activo, muy temido por los bandidos de los que ya había cazado bastantes.
       —Buenos días, primito —dijo a Fortunato abordándolo—. ¡Cómo has crecido! ¿Has visto pasar por aquí a un hombre hace un momento?
       —¡Oh! yo no soy todavía tan alto como usted, primo, —contestó el niño, con tono simplón.
       —Ya llegará. Pero, ¿no has visto pasar a un hombre, dime?
       —¿Que si he visto pasar a un hombre?
       —Sí, un hombre con un gorro puntiagudo de terciopelo negro y una chaqueta bordada en rojo y amarillo.
       —¿Un hombre con un gorro puntiagudo y una chaqueta bordada en rojo y amarillo?
       —Sí, contesta rápido, y no repitas mis preguntas.
       —Esta mañana, el señor cura pasó por delante de nuestra puerta en su caballo Piero. Me preguntó cómo estaba papá y yo le contesté…
       —¡Ah! granuja, te estás haciendo el listo. Dime rápido por dónde pasó Gianetto, pues es a él al que buscamos; y estoy seguro de que ha venido por este sendero.
       —¿Quién sabe?
       —¿Quién sabe? Soy yo quien sabe que lo has visto.
       —¿Es que ve uno a los que pasan cuando está durmiendo?
       —No estabas durmiendo, granuja; los disparos te han despertado.
       —¿Usted cree pues, primo, que sus fusiles hacen tanto ruido? La escopeta de mi padre hace mucho más.
       —¡Que el diablo te lleve, maldito pillo! Estoy completamente seguro de que has visto al Gianetto. Incluso es posible que lo hayas escondido. Vamos, compañeros, entrad en la casa y comprobad si nuestro hombre no está dentro. Sólo iba a una pata y el muy tunante tiene demasiado sentido común, como para intentar llegar al maquis cojeando. Además, las manchas de sangre se acaban aquí.
       —¿Y qué dirá papá? —preguntó Fortunato con ironía—; ¿qué dirá si sabe que han entrado en su casa mientras él estaba ausente?
       —¡Granuja! —dijo el brigada Gamba cogiéndolo por una oreja— ¿sabes que sólo depende de mí hacer que cambies de nota? Tal vez dándote una veintena de golpes de plano con el sable hablarás por fin.
       Y Fortunato seguía riéndose burlón: “Mi padre es Mateo Falcone”, dijo enfáticamente.
       —¿Sabes, pequeño granuja que puedo llevarte a Corte o a Bastia? Te haré dormir en un calabozo, sobre la paja, con grilletes en los pies, y haré que te guillotinen si no dices dónde está Gianetto Sanpiero.
       El niño soltó la carcajada ante esta ridícula amenaza. Y repitió: “Mi padre es Mateo Falcone”.
       —Brigada, —dijo en voz baja uno de los tiradores— no nos pongamos a mal con Mateo.
       Gamba parecía verdaderamente contrariado. Hablaba en voz baja con sus soldados, que ya habían inspeccionado toda la casa. No era una operación muy compleja, pues la cabaña de un corso sólo consiste en una habitación cuadrada. El mobiliario se compone de una mesa, bancos, arcas y utensilios de caza o de menaje. Mientras tanto el pequeño Fortunato acariciaba su gata y parecía gozar con la confusión de los tiradores y de su primo. Un soldado se acercó al montón de heno. Vio la gata y dio un bayonetazo en el heno negligentemente, encogiéndose de hombros, como si fuera consciente de que su precaución era inútil. No se movió nada; y el rostro del niño no traicionó la más ligera emoción. El brigada y sus acompañantes se daban al diablo; ya miraban seriamente hacia la llanura, como dispuestos a volverse por donde habían venido, cuando el jefe, convencido de que las amenazas no producirían ninguna impresión en el hijo de Falcone, quiso hacer un último esfuerzo e intentar el poder de las caricias y de los regalos.
        —Primito, —le dijo— me pareces un buen mozo muy despierto. Llegarás lejos. Pero juegas un sucio juego conmigo; y, si no temiera causarle pena a mi primo Mateo, ¡que el diablo me lleve!, te llevaría conmigo.
       —¡Bah!
       —Pero cuando regrese mi primo le contaré el asunto, y por haber mentido te azotará hasta hacerte sangre.
       —¿A saber?
       —Ya verás… Pero… oye… sé buen chico, y te daré una cosa.
       —Y yo, primo, le daré un consejo; y es que si tardan tanto, el Gianetto se meterá en el maquis y entonces serán necesarios más de un hurón como usted para ir allí a buscarlo.
       El brigada sacó de su bolsillo un reloj de plata que bien podía valer diez escudos; y observó que los ojos del pequeño Fortunato brillaban al verlo, por lo que sujetando el reloj por el extremo de la cadena de acero, le dijo:
      —¡Bribón! te gustaría mucho tener un reloj como éste colgado al cuello y te pasearías por las calles de Porto-Vecchio, orgulloso como un pavo real; y la gente te preguntaría: “¿Qué hora es?” y tú le responderías: “Mire en mi reloj”.
       —Cuando sea mayor, mi tío el caporal me dará un reloj.
       —Sí, pero el hijo de tu tío ya tiene uno… que, a decir verdad, no es tan bonito como éste… Aunque es más pequeño que tú.
       El niño suspiró.
       —Pues bien, ¿quieres este reloj, primito?
       Fortunato, mirando el reloj con el rabillo del ojo, parecía un gato al que se le ofrece un pollo entero. Como sabe que se están burlando de él, no se atreve a echarle la uña, y de vez en cuando desvía la mirada para no exponerse a sucumbir a la tentación; pero se relame el hocico constantemente, y parece decirle a su dueño: “¡Qué broma más cruel!”. Sin embargo, el brigada Gamba parecía de buena fe al enseñarle el reloj. Fortunato no acercó la mano, pero dijo con una sonrisa amarga:
       —¿Por qué se burla usted de mí?
       —¡Por Dios! no me burlo. Sólo dime dónde está Gianetto y este reloj será tuyo.
      Fortunato dejó escapar una sonrisa de incredulidad; y fijando sus ojos negros en los del brigada, se esforzaba por leer en ellos la fe que podía conceder a sus palabras.
       —¡Que pierda mi charretera, —exclamó el brigada— si no te doy el reloj, con esa condición! Los compañeros son testigos, no puedo echarme atrás.
       Mientras hablaba, acercaba tanto el reloj que casi tocaba con él la mejilla pálida del niño. Éste mostraba bien en su rostro el combate que mantenían en su alma el deseo y el respeto debido a la hospitalidad. Su pecho desnudo se levantaba con fuerza y parecía a punto de asfixiarse. Mientras tanto el reloj oscilaba, giraba y, a veces, tropezaba con la punta de su nariz. Por fin, poco a poco, su mano derecha se levantó hacia el reloj: lo tocó con la punta de los dedos; y descansaba entero en su mano sin que el brigada soltara no obstante el extremo de la cadena… La esfera era azulada… la caja estaba recién bruñida…, al sol, parecía completamente de fuego… La tentación era demasiado fuerte. Fortunato levantó también su mano izquierda y con el pulgar, por encima del hombro, señaló al montón de heno sobre el que estaba apoyado. El brigada lo comprendió inmediatamente. Soltó el extremo de la cadena; Fortunato se sintió único dueño del reloj. Se levantó con la agilidad de un gamo y se alejó unos diez pasos del montón de heno, que los tiradores se pusieron inmediatamente a remover. No pasó mucho tiempo sin ver que el heno se agitaba; de él salió un hombre ensangrentado, con un puñal en la mano; pero cuando intentó levantarse, su herida enfriada no le permitió mantenerse de pie. Cayó. El brigada se lanzó sobre él y le arrancó el puñal. Inmediatamente, pese a su resistencia, lo ataron fuertemente.
       Gianetto, echado en el suelo y atado como una gavilla, volvió la cabeza hacia Fortunato que se había acercado. “¡Hijo de…!”, le dijo con más desprecio que cólera. El niño le arrojó la moneda de plata que había recibido de él, sintiendo que había dejado de merecerla: pero el proscrito no dio muestras de prestar atención a este gesto. Dijo con mucha sangre fría al brigada: “Mi querido Gamba, no puedo andar; se va a ver obligado a llevarme hasta la ciudad”.
       —Hace un momento corrías más rápido que un cervatillo, —contestó el cruel vencedor—; pero quédate tranquilo: estoy tan contento de haberte atrapado, que te llevaría una legua sobre mis hombros sin sentir cansancio. Por lo demás, compañero, vamos a hacerte una litera con ramas y con tu capote; y en la granja de Crespoli encontraremos caballos.
       —Está bien, —contestó el prisionero—; poned también un poco de paja sobre mi litera para que esté más cómodo.
       Mientras que los tiradores se ocupaban unos de hacer una especie de parihuelas con ramas de castaño y otros de curar la herida de Gianetto, Mateo Falcone y su mujer aparecieron de repente por un recodo del sendero que conducía al maquis. La mujer avanzaba, trabajosamente encorvada por el peso de un enorme saco de castañas, mientras que su marido se relajaba, llevando sólo un fusil en la mano y otro en bandolera; pues es indigno para un hombre llevar cualquier otro peso que no sean sus armas. Al ver a los soldados, lo primero que se le ocurrió a Mateo es que habían venido a detenerlo. Pero ¿por qué se le ocurrió esta idea? ¿Tenía Mateo algún asunto pendiente con la justicia? No. Gozaba de buena reputación. Era, como se dice, un particular de buena fama; pero era corso y montañés, y hay pocos corsos montañeses que, escrutando bien en su memoria, no encuentren algún pecadillo, como un disparo, una puñalada u otras bagatelas. Mateo, más que otros, tenía la conciencia limpia; pues desde hacía más de diez años no había dirigido su fusil hacia ningún hombre; pero como era prudente, se preparó a realizar una bella defensa, por si era necesaria.
       —Mujer, —dijo a Giuseppa— deja el saco en el suelo y mantente alerta.
       Ella obedeció inmediatamente. Él le entregó el fusil que llevaba en bandolera y que habría podido molestarlo. Cargó el que tenía en la mano, y avanzó lentamente hacia la casa, siguiendo los árboles que bordeaban el camino y, presto, a la menor demostración hostil, a arrojarse detrás del tronco más grueso, desde donde podría haber disparado, a cubierto. Su mujer marchaba tras sus pasos llevando el fusil de repuesto y la cartuchera. El papel de una buena esposa, en caso de combate, era cargar las armas del marido.
       En el otro extremo, el brigada estaba preocupado al ver a Mateo avanzar de esta manera, contando los pasos, con el fusil por delante y el dedo en el gatillo. “Si por casualidad, —pensó— resultara que Mateo es pariente de Gianetto, o su amigo, y quisiera defenderlo, los tacos de sus dos fusiles llegarían a dos de nosotros, tan seguro como una carta al correo, y si me apuntara, pese al parentesco…”. En medio de esta perplejidad, adoptó una decisión muy valiente, la de avanzar solo hacia Mateo para contarle el asunto, abordándolo como a un antiguo amigo; pero el corto intervalo que lo separaba de Mateo le pareció terriblemente largo.
       —¡Hola! ¡eh! viejo amigo —gritaba— ¿cómo va eso, valiente? Soy yo, Gamba, tu primo.
       Mateo, sin responder ni una palabra, se había detenido y a medida que el otro hablaba levantaba suavemente el cañón de su fusil, de manera que cuando el brigada se acercó a él, estaba ya dirigido hacia el cielo.
       —Buenos días, hermano, —dijo el brigada tendiéndole la mano—. Hace mucho tiempo que no nos hemos visto.
       —Buenos días, hermano.
       —He venido para decirte buenos días al pasar, y a mi prima Pepa. Hemos hecho hoy un largo trecho, pero no debemos quejarnos de nuestro cansancio porque hemos obtenido una buena presa. Acabamos de agarrar a Gianetto Sanpiero.
      —¡Dios sea alabado! —exclamó Giuseppa—. Nos robó una cabra lechera la semana pasada.
       Estas palabras alegraron a Gamba.
       —¡Pobre diablo! —dijo Mateo— tenía hambre.
       —El bribón se ha defendido como un león, —continuó el brigada un poco mortificado—; ha matado a uno de mis tiradores y, no contento con eso, le rompió el brazo al cabo Chardon; pero esto no es grave, sólo era un francés… Después se había escondido tan bien, que ni el diablo habría podido descubrirlo. De no ser por mi primito Fortunato, no habría podido encontrarlo jamás.
       —¡Fortunato! —exclamó Mateo.
       —¡Fortunato! —repitió Giuseppa.
       —Sí. El Gianetto se había escondido bajo ese montón de heno de allí; pero mi primito me ha descubierto el truco. Por lo que se lo diré a su tío el caporal para que le envíe un buen regalo por su colaboración. Y su nombre y el tuyo aparecerán en el informe que le enviaré al señor abogado general.
       —¡Maldición! —dijo muy bajo Mateo.
       Habían llegado hasta el destacamento. Gianetto estaba ya acostado en su litera dispuesto a partir. Cuando vio a Mateo en compañía de Gamba sonrió con una extraña sonrisa; luego, volviéndose hacia la puerta de la casa, escupió sobre el dintel diciendo: “¡La casa de un traidor!”. Sólo un hombre dispuesto a morir habría osado pronunciar la palabra traidor dirigiéndola a Falcone. Una buena puñalada, que no habría sido necesario repetir, habría pagado inmediatamente el insulto. Sin embargo, Mateo no hizo más gesto que el de llevarse la mano a la frente como un hombre consternado.
       Fortunato, al ver llegar a su padre, se había metido en la casa. Pronto reapareció llevando una escudilla de leche, que le ofreció a Gianetto con los ojos bajos. “¡Aléjate de mí!”, le gritó el proscrito con voz aterradora. Y luego, volviéndose hacia uno de los tiradores dijo: “Compañero, dame de beber”. El soldado colocó entre sus manos su cantimplora y el bandido bebió el agua que le ofrecía un hombre con el que acababa de intercambiar varios disparos. A continuación pidió que le atara las manos de manera que las tuviera cruzadas sobre el pecho en lugar de llevarlas atadas a la espalda. “Me gusta, —decía— estar acostado a mis anchas”. Se apresuraron a complacerle, luego el brigada dio la señal de partida, dijo adiós a Mateo, que no le respondió, y bajó, con paso apresurado hacia la llanura.
       Pasaron cerca de diez minutos antes de que Mateo abriera la boca. El niño miraba con ojos inquietos unas veces a su madre, otras a su padre, quien, apoyándose en su fusil, lo miraba con expresión de cólera reprimida.
       —¡Empiezas bien! —dijo por fin Mateo con voz tranquila, pero horrible para quien lo conocía.
       —¡Padre! —exclamó el niño acercándose con lágrimas en los ojos como para arrojarse a sus rodillas. Pero Mateo le gritó: “¡Lejos de mí!”. El chiquillo se detuvo y sollozó, inmóvil, a unos pasos de su padre.
      Giuseppa se acercó. Acababa de percatarse de la cadena del reloj, cuyo extremo salía por la camisa de Fortunato.
       —¿Quién te ha dado este reloj? —preguntó con tono severo.
       —Mi primo el brigada.
      Falcone agarró el reloj y, lanzándolo con fuerza contra una piedra, lo hizo mil pedazos.
       —Mujer, —preguntó— ¿este niño es mío?
       Las bronceadas mejillas de Giuseppa se tornaron de un rojo ladrillo.
       —¿Qué estás diciendo Mateo? ¿Sabes con quién estás hablando?
       —Pues bien, este niño es el primero de su raza que ha cometido una traición.
       Los sollozos e hipos de Fortunato se intensificaron, mientras Falcone mantenía sus ojos de lince clavados en él. Por fin golpeó la tierra con la culata de su fusil, se lo echó al hombro y volvió a tomar el camino hacia el maquis gritándole a Fortunato que le siguiera. El niño obedeció. Giuseppa corrió hacia Mateo y lo agarró por un brazo. “Es tu hijo”, le dijo con voz temblorosa, clavando sus ojos negros en los de su marido como para leer lo que estaba pasando en su alma.
       —Déjame, —respondió Mateo—: yo soy su padre.
      Giuseppa besó a su hijo y entró llorando en su cabaña. Se puso de rodillas ante una imagen de la Virgen y rezó con fervor. Mientras tanto Falcone anduvo unos doscientos pasos por el sendero y no se detuvo hasta llegar a un pequeño barranco al que descendió. Sondeó la tierra con la culata de su fusil y la encontró suelta y fácil de excavar. El lugar le pareció adecuado para su proyecto.
       —Fortunato, ve junto a aquella gruesa piedra. —El chiquillo hizo lo que le ordenó; luego se arrodilló.
       —Di tus oraciones.
       —Padre, padre, no me mate.
       —¡Di tus oraciones! —repitió Mateo con una voz terrible.
       El niño, balbuciendo y sollozando recitó el Padrenuestro y el Credo. El padre, con voz potente, respondía Amén al concluir cada oración.
       —¿Ésas son todas las oraciones que sabes?
       —Padre, sé también el Ave María y la letanía que me enseñó mi tía.
       —Es muy larga, pero no importa.
       El niño concluyó la letanía con voz apagada.
       —¿Has terminado?
       —¡Oh! padre, ¡tened piedad! ¡perdonadme! ¡No volveré a hacerlo! ¡Le rogaré tanto a mi primo el caporal que perdonarán a Gianetto!
       Estaba hablando aún; Mateo había cargado su fusil, apuntó mientras decía: “¡Que Dios te perdone!” El niño hizo un esfuerzo desesperado para volver a levantarse para abrazarse a las rodillas de su padre; pero no tuvo tiempo. Mateo disparó y Fortunato cayó muerto. Sin echar una mirada hacia el cadáver, Mateo tomó de nuevo el camino hacia su casa para ir a buscar una pala con la que enterrar a su hijo. Había dado tan sólo unos pasos cuando encontró a Giuseppa, que corría alarmada por el disparo.
       —¿Qué has hecho? —exclamó.
       —Justicia.
       —¿Dónde está?
       —En el barranco. Voy a enterrarlo. Murió como un cristiano. Haré que canten una misa por su alma. Que le digan a mi yerno Tiodoro Bianchi que se venga a vivir con nosotros.




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