Prosper Merimée
(París, Francia, 1803 - Cannes, Francia, 1870)


La Venus de Ille (1837)
(“La Vénus d’Ille”)
Originalmente publicado en Revue des Deux Mondes (15 de mayo de de 1837);
Colomba [La venus d’Ille | Les Âmes du purgatoire]
(París: Magen et Comon, 1841, 465 pags.), págs. 281-340;
Colomba et autres contes et nouvelles
(París: Charpentier, Libraire-Éditeur, 1842, 512 págs.), págs. 171-208.



     “λεως, ἢν δ’ἐγώ, ἔστω ὁ ἀνδριὰς καὶ ἤπιος
οὕτως ἀνδρεῖος ὤν”.
            ΛΟΥΚΙΑΝΟΥ ΦΙΛΟΨΕΥΔΗΣ


      Bajaba la última ladera del Canigó y, aunque el sol ya se había puesto, distinguía en la llanura las casas del pueblo de Ille, hacia el que me dirigía.
       —¿Sabe usted, —pregunté al catalán que me servía de guía desde la víspera— sabe dónde vive el señor de Peyrehorade?
       —¡Que si lo sé! —exclamó— conozco su casa tan bien como la mía; y si no estuviese tan oscuro, se la enseñaría a usted. Es la mejor de Ille. El señor de Pierrehorade es rico; y casa a su hijo con una muchacha más rica aún que él.
       —¿Y ese casamiento va a efectuarse pronto? —le pregunté.
       —¡Pronto! es posible que ya hayan encargado la música para la boda. ¡Quizá esta noche, o mañana, o pasado, qué sé yo! Se celebrará en Puygarrig, porque el hijo se casa con la señorita de Puygarrig. ¡Será una boda magnífica!
       Yo había sido recomendado al señor de Peyrehorade por mi amigo el señor de P. Según éste me dijo era un arqueólogo muy instruído y de una amabilidad a toda prueba. Se complacería en enseñarme todas las ruinas en diez leguas a la redonda. Contaba, pues, con él para visitar los alrededores de Ille que, según mis noticias, eran ricos en monumentos antiguos y de la Edad Media. Aquel matrimonio, del que oía hablar por primera vez, alteraba todos mis planes.
       Voy a aguar la fiesta, me dije. Pero me esperaban; habiendo sido anunciado por el señor de P., no tenía más remedio que presentarme.
       —¿Apostamos, señor —me dijo el guía, cuando hubimos llegado a la llanura—apostamos un cigarro a que adivino lo que va usted a hacer en casa del señor Peyrehorade?
       —No es difícil de adivinar —contesté ofreciéndole un cigarro—. A estas horas, después de haber andado seis leguas por el Canigó, lo principal es cenar.
       —Sí, pero, ¿y mañana? Apostaría a que viene usted a Ille para ver el ídolo, lo adiviné al verlo retratar los santos de Serrabona.
       —¡El ídolo!, ¿qué ídolo?
       Esa palabra había excitado mi curiosidad.
       —¡Cómo! ¿no le han contado en Perpiñán, que el señor de Peyrehorade encontró un ídolo bajo tierra?
       —¿Quiere usted decir una estatua de barro cocido, de arcilla?
       —No, de cobre; habría para hacer muchas monedas. Pesa tanto como una campana de iglesia. La encontramos enterrada al pie de un olivo.
       —¿Estaba usted pues presente cuando la descubrieron?
       —Sí, señor. Hace unos quince días, el señor de Peyrehorade nos dijo, a Juan Coll y a mí, que arrancásemos un olivo viejo que se había helado el año anterior, que fue malo, como usted sabe. Estando en la faena, Juan Coll, que cavaba con ardor, dio con la piocha y yo oí bimm..., como si hubiese dado en una campana “¿Qué es eso?” dije. Seguimos cavando, cavando, y de pronto apareció una mano negra, que parecía la mano de un muerto que salía de la tierra. Yo tuve miedo. Fuí en busca del señor y le dije: “¡Amo, hay muertos debajo del olivo! Hay que llamar al cura”. — “¿Qué muertos?” me preguntó. Vino, y enseguida que vio la mano exclamó: “¡Una antigüedad! ¡una antigüedad!” No parecía sino que había encontrado un tesoro. Y empezó a trabajar con la piocha y con las manos, de prisa, haciendo casi tanta faena como nosotros dos.
       —Y por fin, ¿qué encontraron ustedes?
       —Una mujer grande y negra, con más de medio cuerpo desnudo, con perdón sea dicho, señor, toda de cobre, y el señor de Peyrehorade nos dijo que era un ídolo del tiempo de los paganos..., ¡del tiempo de Carlomagno, pues!
       —Ya veo lo que es... Alguna Virgen, en bronce, de algún convento destruído.
       —¡Una Virgen! ¡no! ¡no señor!... Yo la habría reconocido, si hubiese sido una Virgen. Le digo a usted que es un ídolo; se le conoce en la expresión. Lo mira a usted fijamente con sus grandes ojos blancos... Se diría que lo examina a uno. Al mirarlo, baja uno la vista involuntariamente.
       —¿Ojos blancos? Sin duda están incrustados en el bronce. Será tal vez alguna estatua romana.
       —¡Romana!, eso es. El señor de Peyrehorade dice que es una romana. ¡Ah! se ve que es usted un sabio como él.
       —¿Está entera, bien conservada?
       —¡Oh! sí, señor; no le falta nada. Es más hermosa y más acabada que el busto de Luis Felipe, de yeso pintado, que está en la alcaldía. Pero con todo, la cara de ese ídolo no me gusta. Parece una mala mujer ..., y lo es en efecto.
       —¡Mala! ¿Qué mal le ha hecho a usted?
       —A mí no; pero, verá. Éramos cuatro para ponerla derecha, y el señor de Peyrehorade, que también tiraba de la cuerda, ¡aunque el buen señor tiene tanta fuerza como un pollo! Con mucho trabajo la pusimos de pie; y mientras yo cogía un tejo para afirmarla, ¡cataplúm! se cayó de espaldas. Yo grité: ¡Cuidado! Pero no con suficiente rapidez puesto que Juan Coll no tuvo tiempo de apartar la pierna...
       —¿Resultó herido?
       —Con la pierna rota como una caña. ¡Caramba!, cuando vi aquello me puse furioso. Quería romper la estatua a golpes de piocha, pero el señor de Peyrehorade me retuvo. Dio dinero a Juan Coll, que está en cama desde entonces, y el médico dice que nunca andará con esa pierna como con la otra. Es una lástima, él que era nuestro primer corredor y, después del hijo del señor Peyrehorade, el mejor jugador de pelota. Alphonse lo sintió mucho, porque solía jugar con él. Y daba gusto ver cómo se devolvían la pelota. ¡Paf! ¡paf! nunca tocaba el suelo.
       Mientras hablábamos llegamos a Ille y pronto me encontré en presencia del señor de Peyrehorade. Era un viejecito bien conservado y ágil, peinado a la antigua con el cabello empolvado, aire jovial y campechano. Antes de abrir la carta del señor de P., me había instalado ante una mesa bien servida, y me había presentado a su mujer y a su hijo como un arqueólogo ilustre, que iba a sacar al Rosellón del olvido en que lo sumía la indiferencia de los sabios.
       Mientras comía con apetito, pues nada lo abre tanto como el aire vivo de las montañas, examinaba a mis anfitriones. He dicho ya unas palabras acerca del señor de Peyrehorade; debo añadir que era la vivacidad en persona. Hablaba, comía, se levantaba, corría a su biblioteca, me traía libros, me enseñaba estampas, me servía de beber; no permanecía dos minutos quieto. Su mujer, demasiado gorda, como la mayor parte de las catalanas que pasan de los cuarenta, me pareció una provinciana con aires de señora distinguida, únicamente dedicada al cuidado de su casa. Aunque la cena era suficiente para seis personas al menos, ella corrió a la cocina, hizo matar pichones, freir tortas de maíz y abrió no sé cuántos botes de confituras. En un instante la mesa quedó cubierta de platos y botellas, y habría muerto de indigestión si hubiera probado de todo lo que se me ofrecía. Sin embargo, a cada plato que yo rehusaba, se repetían las excusas. Temían que me encontrase mal en Ille. ¡En provincias se tienen tan pocos recursos, y los parisinos son tan difíciles de contentar!
       En medio de las idas y venidas de sus padres, Alphonse de Peyrehorade permanecía inmóvil como un Terme. Era un joven alto de veintiséis años, de fisonomía hermosa y regular, pero falto de expresión. Su estatura y sus formas atléticas justificaban la reputación de infatigable pelotari de que gozaba en la comarca. Aquella noche estaba vestido con elegancia, exactamente conforme al figurín del último número del periódico de modas. Pero me parecía que el traje le molestaba; estaba tieso como una estaca en su cuello de terciopelo, se volvía como de una sola pieza. Sus manos gruesas y curtidas y sus uñas cortas, contrastaban de un modo singular con su traje. Eran manos de labrador saliendo de mangas de dandy. Aunque me examinó de pies a cabeza con mucha curiosidad, en mi calidad de parisino, no me dirigió más que una sola vez la palabra en toda la velada, y fue para preguntarme dónde había comprado la cadena de mi reloj.
       —¡Ah!, mi querido huésped —me dijo el señor de Peyrehorade al final de la cena—; usted me pertenece, se encuentra en mi casa. No le soltaré hasta que haya visto todas las curiosidades de nuestras montañas. Es preciso que usted aprenda a conocer nuestro Rosellón, y que le haga justicia. No puede imaginar todo lo que le vamos a enseñar. Monumentos fenicios, celtas, romanos, árabes, bizantinos; lo verá usted todo, desde el cedro hasta el hisopo. Lo llevaré a todas partes y no le ahorraré ni un ladrillo.
       Un acceso de tos le obligó a detenerse. Yo aproveché para decirle que sentiría mucho molestarlo en una circunstancia tan interesante para la familia. Si quisiera darme sus excelentes consejos sobre las excursiones que tenía que hacer, yo podría, sin que se tomase la molestia de acompañarme...
       —¡Ah! usted habla del matrimonio de este muchacho —exclamó interrumpiéndome—. ¡Bagatela! pasado mañana quedará hecho. Participará usted en la fiesta, en familia, porque la novia está de luto por la muerte de una tía de la cual hereda. Por lo tanto no habrá fiesta, no habrá baile ... Es una lástima... porque habría visto bailar a nuestras catalanas... Son bonitas, y quizá le habrían dado a usted ganas de imitar a mi Alphonse. Se dice que un matrimonio trae otros... El sábado, una vez casados los muchachos, estaré libre y nos pondremos en marcha. Le pido disculpas por proporcionarle el fastidio de una boda de provincia. Para un parisino harto de fiestas ..., y una boda sin baile ¡por añadidura! Sin embargo, verá usted una novia... una novia... preciosa... Pero usted es un hombre serio y ya no mira a las mujeres. Tengo otra cosa mejor para enseñarle. ¡Ya verá! Le reservo una gran sorpresa para mañana.
       —¡Dios mío! —le dije— es difícil tener un tesoro en casa sin que el público se entere. Creo adivinar la sorpresa que me prepara. Pero si se trata de la estatua, la descripción que de ella me ha hecho mi guía no ha servido sino para excitar mi curiosidad y disponerme a la admiración.
       —¡Ah!, le habló del ídolo, porque así es como ellos llaman a mi hermosa Venus Tur..., pero no quiero decirle nada. Mañana, de día, la verá usted y me dirá si tengo razón en considerarla como una obra maestra. ¡Caramba, no podía usted llegar más a propósito! Hay inscripciones que yo, pobre ignorante, explico a mi manera... ¡pero un sabio de París!... Se burlará quizá de mi interpretación... porque he redactado una memoria... aquí donde usted me ve... un viejo arqueólogo de provincia, me he lanzado... Quiero hacer sudar tinta a la imprenta. Si usted quisiera leer y corregir mi trabajo, podría tener la esperanza... Por ejemplo, tengo curiosidad por saber cómo traduciría usted esta inscripción del pedestal: CAVE... ¡Pero no quiero consultarle nada todavía! ¡Mañana, mañana! ¡Hoy ni una palabra sobre la Venus!
       —Tienes razón Peyrehorade, —dijo su mujer— en dejar tranquilo a tu ídolo. Deberías darte cuenta de que no dejas comer al señor. ¡Bah!, el señor ha visto en París estatuas mucho más hermosas que la tuya. En las Tullerías las hay por docenas, y también en bronce.
       —¡Aquí tiene usted la ignorancia, la santa ignorancia de provincias! —interrumpió el señor de Peyrehorade—. ¡Comparar una antigüedad admirable con las vulgares figuras de Coustou. ¡Con qué irreverencia habla de los dioses mi querida esposa.
       “¿Sabe usted que estaba empeñada en que fundiese mi estatua para hacer una campana para nuestra iglesia? Por el gusto de ser la madrina. ¡Una obra maestra de Mirón, señor!”
       —¡Obra maestra, obra maestra! ¡Buena obra maestra ha hecho ella!, ¡romper la pierna de un hombre!
       —¿Ves, mujer? —dijo el señor de Peyrehorade con tono resuelto, y tendiendo hacia ella su pierna derecha cubierta de una media de seda chiné— si mi Venus me hubiera roto esta pierna, no lo sentiría.
       —¡Dios bendito!, Peyrehorade, ¿cómo puedes decir eso? Afortunadamente el hombre está mejorando... Pero yo no puedo ver una estatua que ocasiona tales desgracias. ¡Pobre Juan Coll!
       —Herido por Venus —dijo el señor de Peyrehorade soltando una carcajada—; herido por Venus y aún se queja, el granuja. Veneris nec praemia Noris. ¿Quién no ha sido herido por Venus?
       Alphonse, que comprendía mejor el francés que el latín, guiñó un ojo con aire de inteligencia, y me miró como para preguntarme: “Y usted, parisino, ¿ha comprendido?”
       Terminó la cena. Hacía una hora que yo ya no comía. Estaba cansado y no lograba ocultar los frecuentes bostezos que se me escapaban. La señora de Peyrehorade fue la primera en darse cuenta, y observó que era hora de acostarse. Entonces empezaron nuevas excusas sobre la mala cama que iba a tener. No estaría como en París. ¡En provincia se está tan mal! Había que ser indulgente con los roselloneses. En vano decía yo que, después de una excursión por la montaña, un haz de paja sería para mí una cama deliciosa, ellos seguían suplicándome que perdonase a unos pobres campesinos si no me trataban tan bien como hubieran deseado. Subí, por fin, a la habitación que me habían destinado, acompañado por el señor de Peyrehorade. La escalera, cuyos escalones superiores eran de madera, conducía al centro de un corredor, al que daban varias habitaciones.
       —A la derecha, —dijo mi anfitrión— están las habitaciones que destino a mi futura nuera. Su habitación se encuentra al extremo del corredor opuesto. Como usted comprende, —añadió con un aire que pretendía que fuera elegante— hay que aislar a los recién casados. Usted se halla a un extremo de la casa y ellos al otro.
       Entramos en una habitación bien amueblada, donde lo primero que llamó mi atención fue una cama de siete pies de largo por seis de ancho, y tan alta que se necesitaba un escabel para encaramarse a ella. Mi anfitrión, después de haberme indicado la posición de la campanilla, después de haberse cerciorado por sí mismo de que el azucarero estaba lleno y los frascos de agua de Colonia debidamente colocados sobre el tocador, después de haberme preguntado varias veces si necesitaba algo, me deseó una buena noche y me dejó solo.
       Las ventanas estaban cerradas. Antes de desnudarme abrí una para respirar el aire fresco de la noche, delicioso después de una larga cena. Tenía enfrente el Canigó, de un aspecto admirable en cualquier época, pero que aquella noche me pareció la montaña más hermosa del mundo, iluminada por una luna resplandeciente. Permanecí durante algunos minutos contemplando su silueta maravillosa, e iba a cerrar la ventana, cuando, bajando los ojos, vi la estatua sobre un pedestal a unas veinte toesas de la casa. Estaba colocada en el ángulo de un seto vivo que separaba un pequeño jardín de un vasto rectángulo de terreno liso que, según más tarde supe, era el juego de pelota del pueblo. El terreno, propiedad del señor de Peyrehorade, había sido cedido al municipio a instancias de su hijo.
       A la distancia en que se hallaba, me era difícil distinguir la actitud de la estatua; sólo podía apreciar su altura, que me pareció de unos seis pies. En aquel momento, dos pícaros de la población pasaban por el juego de pelota, bastante cerca del seto, silbando la bonita canción popular del Rosellón: Montanyes régalades. Se detuvieron para mirar la estatua; uno de ellos la apostrofó en voz alta. Hablaba en catalán; pero yo llevaba bastante tiempo en el Rosellón como para poder comprender más o menos lo que decía.
       —¡Ah!, eres tú, granuja (El término catalán era más enérgico.) ¡Con que eres tú, —decía— la que rompió la pierna a Juan Coll! Si fueses mía te rompería el cuello.
       —¡Bah!, ¿con qué? —replicó el otro—. Es de cobre y tan dura que Esteban rompió su lima al tratar de hacerle mella. Es de cobre del tiempo de los paganos; más duro que no sé qué.
       —Si yo tuviera mi cincel (parece que era aprendiz de cerrajero), pronto le haría saltar sus grandes ojos blancos, como quien saca una almendra de su cáscara. Hay por más de cinco francos de plata.
       Dieron algunos pasos para alejarse.
       —Tengo que dar las buenas noches al ídolo —dijo el mayor de los aprendices, parándose en seco.
       Se agachó y probablemente cogió una piedra. Lo vi desplegar el brazo, tirar algo, y enseguida se oyó un golpe sonoro en el bronce. En aquel mismo instante, el aprendiz se llevó la mano a la cabeza dando un grito de dolor.
       —¡Me la ha devuelto! —exclamó.
       Y los dos pillos pusieron pies en polvorosa. Era evidente que la piedra había rebotado en el metal, y había castigado el ultraje hecho a la diosa.
       Yo cerré la ventana riéndome con ganas.
       “¡Otro vándalo castigado por Venus! ¡Mira si saliesen con la cabeza rota todos los destructores de nuestros monumentos antiguos!” Después de este voto caritativo, me dormí.
       Era ya muy entrado el día cuando desperté. Junto a mi cama estaban, a un lado el señor de Peyrehorade, en bata; y al otro un criado enviado por su señora, con una taza de chocolate en la mano.
       —¡Vamos, levántese parisino! ¡Oh! ¡estos perezosos de la capital! —decía mi anfitrión mientras me vestía rápidamente—. ¡Son las ocho, y todavía está en la cama! Yo estoy levantado desde las seis. Es la tercera vez que subo; me acerqué de puntillas a la puerta, y nada ¡ni señales de vida! A su edad le hará daño dormir demasiado. ¡Y mi Venus, que todavía no ha visto usted! ¡Vamos!, tome enseguida esa taza de chocolate de Barcelona... Verdadero contrabando... Chocolate como no lo hay en París. Tome usted fuerzas, porque cuando se encuentre en presencia de mi Venus no habrá quien lo aparte de ella.
       En cinco minutos estuve listo, es decir, medio afeitado, mal abrochado y quemado por el chocolate que me tragué hirviendo. Bajé al jardín y me encontré ante una admirable estatua.
       Era, efectivemente, una Venus de maravillosa belleza. Llevaba desnuda la parte superior del cuerpo, como los antiguos solían representar a las grandes divinidades; la mano derecha, levantada a la altura del pecho, con la palma hacia dentro, tenía extendidos el pulgar y los dos primeros dedos, y ligeramente doblados los otros dos. La otra mano, pegada a la cadera, sostenía el ropaje que cubría la parte inferior del cuerpo. La actitud de esta estatua recordaba la del Jugador de morra que designan, no sé por qué, con el nombre de Germánico. Tal vez habían querido representar a la diosa jugando a la morra.
       Sea como fuere, no es posible ver nada más perfecto que el cuerpo de aquella Venus; nada más suave, ni más voluptuoso que sus contornos; nada más elegante ni más noble que su ropaje. Yo me había figurado que se trataba de una escultura del Bajo Imperio, y lo que veía era una obra maestra del mejor tiempo de la estatuaria. Lo que yo admiraba, sobre todo, era la exquisita verdad de las formas, que hubieran parecido modeladas al natural, si la naturaleza produjese modelos tan perfectos.
       La cabellera, levantada sobre la frente, parecía haber sido dorada en otros tiempos. La cabeza, pequeña como la de casi todas las estatuas griegas, estaba ligeramente inclinada hacia delante. En cuanto a la cara, no me sería posible expresar su carácter extraño y cuyo tipo no se parecía al de ninguna estatua antigua que yo recordase. No era esa belleza tranquila y severa de los escultores griegos que, por sistema, daban a todas las facciones una majestuosa inmovilidad. Aquí, al contrario, yo observaba con sorpresa la marcada intención del artista en expresar la malicia que llega hasta la maldad. Todas las facciones se hallaban ligeramente contraídas: los ojos un poco oblicuos, la boca contraída en las comisuras de los labios, los senos nasales ligeramente hinchados. Desdén, ironía, crueldad, todo eso se leía en aquella cara de una increíble belleza, no obstante. De verdad, cuanto más miraba uno aquella admirable estatua, más sentía que tan maravillosa hermosura pudiese aliarse con la ausencia de toda sensibilidad.
       —¡Si el modelo existió, —dije al señor de Peyrehorade— y dudo que el cielo haya producido jamás semejante mujer, compadezco mucho a sus amantes! Debió complacerse en hacerlos morir de desesperación. Hay en su expresión algo de feroz, y sin embargo, nunca vi nada más bello.
       —C’est Vénus tout entière à sa proie attachée! —exclamó el señor de Peyrehorade, satisfecho de mi entusiasmo.
       Aquella expresión de ironía infernal era quizás aumentada por el contraste de sus ojos incrustados de plata y muy brillantes con la pátina de un verde oscuro que el tiempo había dado a toda la estatua. Aquellos ojos brillantes producían cierta ilusión que recordaba la realidad, la vida. Me acordé de lo que me había dicho mi guía, que la estatua hacía bajar los ojos a los que la miraban. Casi era verdad, y no pude evitar un momento de cólera contra mí mismo al sentir cierto malestar delante de aquella figura de bronce.
       —Ahora que lo ha admirado todo con detalle, mi querido colega en antigüedades, —dijo mi anfitrión— abramos, si usted lo tiene a bien, una conferencia científica. ¿Qué dice usted de esta pequeña inscripción, en la que todavía no se ha fijado?
       Me enseñó en el pedestal estas palabras que leí:

CAVE AMANTEM

       “Quid dicis, doctissime?“—me preguntó frotándose las manos—. ¡A ver si coincidimos en el sentido de este cave amantem!
       —Pues, hay dos sentidos, —contesté—. Se puede traducir: “Cuidado con el que te ama, no te fíes de los amantes.” Pero, en este sentido, no sé si cave amantem sería de buena latinidad. En vista de la expresión diabólica de la dama, creo más bien que el artista quiso poner en guardia al espectador contra esta terrible beldad. Yo traduciría pues: “¡Ten cuidado si ella te ama!”.
       —¡Hum! —dijo el señor de Peyrehorade— sí, es un sentido admirable; pero, usted perdone, prefiero la primera traducción, que desarrollaré sin embargo. ¿Usted conoce el amante de Venus?
       —Son varios.
       —Sí, pero el primero es Vulcano. ¿No se ha querido decir: “A pesar de toda la belleza y de tu aire desdeñoso, tendrás un herrero, un horrible cojo por amante?” ¡Lección profunda, señor, para las coquetas!
       No pude menos de sonreírme, hasta tal punto la explicación me pareció traída por los pelos.
       —El latín con su concisión es una lengua terrible, —dije a fin de evitar contradecir formalmente a mi arqueólogo, y retrocedí algunos pasos con el fin de contemplar mejor la estatua.
       —¡Un instante, colega!, —dijo el señor de Peyrehorade cogiéndome del brazo— aún no lo ha visto usted todo. Hay otra inscripción. Suba usted al pedestal y fíjese bien en el brazo derecho. Diciendo esto me ayudaba a subir.
       Me agarré sin grandes miramientos al cuello de la Venus, con la cual empezaba a familiarizarme. Hasta la miré un momento de una manera provocativa, y de cerca me pareció todavía más perversa, aunque también más bella. Luego vi que había, grabados en el brazo, algunos caracteres de letra cursiva antigua, a lo que me pareció. A fuerza de hacer funcionar mis gafas, deletreé lo siguiente, y mientras tanto el señor de Peyrehorade repetía cada palabra a medida que yo la pronunciaba, aprobando con el gesto y con la voz. Leí pues:

VENERI TVRBVL...
EVTYCHES MYRO
IMPERIO FECIT.
.


       Después de la palabra TVRBVL de la primera línea, me pareció que había algunas letras borradas. Pero TVRBVL era perfectamente legible.
       —¿Qué quiere decir? —me preguntó mi anfitrión, radiante y sonriendo con malicia, pues seguramente pensaba que no acertaría a descifrar con facilidad el TVRBVL.
       —Hay una palabra que todavía no alcanzo a explicar —repuse—. Todo lo demás es fácil: “Eutiques Mirón, por orden de Venus, le ha hecho esta ofrenda”.
       —Perfecto. Pero, TVRBVL, ¿qué le parece? ¿Qué quiere decir TVRBVL?
       —Ésa es justamente la palabra que me intriga. Busco en vano cualquier epíteto conocido de Venus que pueda servirme. Veamos, ¿qué le parece TVRBVLENTA? Venus que turba, que agita… Como usted ve, sigue preocupándome su expresión maligna. TVRBVLENTA no es un epíteto del todo malo para Venus —añadí modestamente, pues yo mismo no me sentía demasiado satisfecho de mi explicación.
       —¡Venus turbulenta! ¡Venus la alborotadora! Ah, ¿usted cree entonces que mi Venus es una Venus de cabaret? No, señor, nada de eso; es una Venus de buena alcurnia. Pero voy a explicarle ese TVRBVL… siempre que me prometa no divulgar mi descubrimiento antes de la publicación de mi memoria. Porque, como usted ve, me siento orgulloso de mi hallazgo, y al fin y al cabo bien pueden ustedes dejar que nosotros, pobres diablos provincianos, cosechemos algunas espigas. ¡Son ustedes tan ricos, señores sabios parisienses! …
       Desde lo alto del pedestal, donde aún seguía encaramado, le prometí solemnemente que jamás cometería la indignidad de robarle su descubrimiento.
       —TVRBVL…, señor —dijo, acercándose y bajando la voz, temeroso de que alguna otra persona lo oyera—, debe leerse TVRBVLNERAE.
       —Sigo sin comprender.
       —Escúcheme bien. A una legua de aquí, al pie de la montaña, hay una aldea llamada Boulternere. Es una corrupción de la palabra latina TVRBVLNERA. Nada más común que esas inversiones. Boulternere fue una ciudad romana. Siempre lo había sospechado, pero no tenía pruebas. Y ahora la prueba está ante nuestros ojos: esta Venus fue la divinidad local de la ciudad de Boulternere, y esta palabra Boulternere, cuyo origen antiguo acabo de demostrar, prueba una cosa muy extraña: Boulternere antes de ser ciudad romana había sido fenicia.
       Hizo una pausa para recobrar el aliento y gozar de mi sorpresa. Logré reprimir un fuerte impulso de reír.
       —En efecto —prosiguió—. TVRBVLNERA es fenicio puro. TVR es la misma palabra que SUR, ¿verdad? Y SUR es el nombre fenicio de Tiro; no es necesario que le recuerde su significado. BVL es Baal, Bal, Bel, Bul, la misma palabra con ligeras diferencias de pronunciación. En cuanto a NERA, esto me preocupa un poco. A falta de una palabra fenicia, estoy tentado de creer que proviene del griego. VRPOQ, húmedo, pantanoso. Sería, pues, una palabra híbrida. Para justificar mi elección de VRPOQ, le mostraré cómo en Boulternére los arroyos de la montaña forman pantanos infectos. Por otra parte, la terminación NERA pudo ser agregada más tarde en honor de Nera Pivesuvia, mujer de Tétrico, quien habría otorgado algún beneficio a la ciudad de Turbul. Mas, teniendo en cuenta los pantanos, prefiero la etimología de VRPOQ.
       Tomó un polvo de rapé con aire satisfecho y continuó:
       —Pero dejemos a los fenicios, y volvamos a la inscripción. Traduzco, pues: “A Venus de Bulternera, Mirón dedica, por orden suya, esta estatua, su obra.”
       Me guardé bien de criticar su etimología, pero quise a mi vez dar pruebas de penetración, y le dije: “¡Alto, señor mío! Mirón consagró algo, pero no veo de ninguna manera que sea esta estatua.
       —¡Cómo! —exclamó— ¿Mirón no era un famoso escultor griego? El talento debió perpetuarse en su familia: uno de sus descendientes haría esta estatua. No hay nada más seguro.
       —Pero, —repliqué— veo en el brazo un pequeño agujero. Debió servir para sujetar algo, como por ejemplo un brazalete, que ese Mirón dió a Venus en ofrenda expiatoria. Mirón era un amante desgraciado. Venus estaba irritada contra él, y él la aplacó consagrándole un brazalete de oro. Tenga usted en cuenta que fecit se toma muy a menudo por consecravit. Son términos sinónimos. Le enseñaría a usted más de un ejemplo si tuviese a mano las obras de Grütter o de Orelli. Es natural que un enamorado sueñe con Venus, que se imagine que ésta le manda ofrecer un brazalete a su estatua. Mirón le consagró pues un brazalete... Luego los bárbaros, o algún ladrón sacrílego...
       —¡Ah, cómo se ve que usted ha compuesto novelas! —exclamó mi anfitrión dándome la mano para bajar—. No, señor, es una obra de la escuela de Mirón. Mire el trabajo y se convencerá.
       Fiel a mi costumbre de no contradecir jamás a los arqueólogos obstinados, bajé la cabeza con aire convencido, diciendo: “Es una obra admirable.”
       —¡Ah! ¡Dios mío! —exclamó el señor de Peyrehorade—; ¡otro acto de vandalismo! ¡Han debido tirar una piedra a mi estatua!
       Acababa de ver una marca blanca, un poco más arriba del pecho de Venus. Yo noté otra huella igual en los dedos de la mano derecha, que por lo que yo supuse entonces, la piedra había tocado en su trayecto, o bien con el choque se desprendió de la misma piedra un fragmento que había dado en la mano. Conté a mi anfitrión el ultraje del que había sido testigo y el pronto castigo que recibió. Él se rio mucho, y, comparando al aprendiz con Diomedes, hizo votos por que viera, como el héroe griego, a todos sus compañeros transformados en pájaros blancos.
       La campana del almuerzo interrumpió nuestra conversación clásica, y, como la víspera, tuve que comer como cuatro. Luego vinieron los colonos del señor de Peyrehorade; y mientras él les daba audiencia, su hijo me llevó a que viese una calesa que había comprado en Tolosa para su novia, y que yo admiré, por supuesto. Después entré con él en la cuadra, donde durante media hora me estuvo haciendo el elogio de sus caballos, explicando su genealogía y enumerando los premios que habían ganado en las carreras del departamento. Finalmente me habló de su futura esposa, por la transición de una yegua gris que le destinaba.
       —La veremos hoy, —dijo—. No sé si la encontrará usted bonita. En París son ustedes difíciles de contentar; pero aquí y en Perpiñán, todo el mundo la encuentra encantadora. Lo bueno es que es muy rica. Su tía de Prades le dejó toda su fortuna. ¡Oh!, voy a ser muy feliz.
       Me chocó profundamente ver a un joven más entusiasmado por la dote que por los hermosos ojos de su novia.
       —Usted es entendido en joyas —prosiguió Alphonse—; ¿qué le parece ésta? Es el anillo de boda que le daré mañana.
       Diciendo esto, sacó de la primera falange de su dedo meñique una gruesa sortija de oro incrustada de diamantes, que figuraba dos manos entrelazadas; alusión que me pareció infinitamente poética. Era una alhaja antigua, pero observé que la habían retocado para engarzar los diamantes. En el interior del anillo se leían estas palabras en letra gótica: Sempr\'ab tú, es decir, “siempre contigo.”
       —Es una hermosa sortija —le dije—; pero estos diamantes añadidos le han hecho perder algo de su carácter.
       —¡Oh!, así es mucho más hermosa —contestó él sonriendo—. Hay aquí mil doscientos francos en diamantes. Es un regalo de mi madre. Era una sortija de familia, muy antigua..., del tiempo de la caballería. La usó mi abuela, que la había heredado de la suya. Sabe Dios cuándo fue hecha.
       —En París —le dije— se acostumbra dar un anillo muy sencillo, ordinariamente compuesto de dos metales diferentes, como oro y platino. Mire, esa otra sortija que lleva usted, sería muy a propósito. Ésta, con sus diamantes y sus manos en relieve, es tan gruesa, que de ninguna manera sería posible ponerse un guante encima.
       —¡Oh!, mi mujer se arreglará como quiera. De todos modos, creo que se alegrará mucho de tenerla. Llevar mil doscientos francos en el dedo, es agradable. Esta pequeña sortija, añadió mirando con aire de satisfacción el anillo liso que llevaba puesto, me la regaló una mujer en París, un martes de carnaval. ¡Cómo me divertí en París, hace dos años! ¡Allí sí que se divierte uno!...! —Y suspiró con añoranza.
       Aquel día teníamos que comer en Puygarrig, en casa de los parientes de la novia; fuimos en calesa hasta su finca, distante alrededor de legua y media de Ille. Fui presentado y acogido como amigo de la familia. No hablaré de la comida ni de la conversación de sobremesa, en la cual participé poco. Alphonse, sentado al lado de su futura, le decía una palabra al oído cada cuarto de hora. Por lo que respecta a ella, apenas levantaba los ojos, y, cada vez que su novio le hablaba, se ponía colorada por modestia, pero le contestaba sin timidez.
       La señorita de Puygarrig tenía dieciocho años; su talle flexible y delicado contrastaba con las formas huesudas de su robusto prometido. No sólo era bonita, era seductora. Yo admiraba la perfecta naturalidad de todas sus respuestas; y su aire de bondad no exento, sin embargo, de un ligero tinte de malicia, me recordó, a pesar mío, la Venus de mi anfitrión. En aquella comparación que hice para mis adentros, me preguntaba si la superioridad de belleza, que no había más remedio que conceder a la estatua, no dependía, en gran parte, de su expresión de tigresa; pues la energía, aun en las malas pasiones, excita siempre en nosotros un asombro y una especie de admiración involuntaria.
       “¡Lástima, —me dije al salir de Puygarrig— que una persona tan amable sea rica, y que por su dote la busque un hombre indigno de ella!”
       De regreso a Ille, y no sabiendo qué decir a la señora de Peyrehorade, a quien me creía obligado a dirigir de vez en cuando la palabra:
       —¡Son ustedes espíritus muy firmes en el Rosellón! —exclamé—. ¿Cómo se atreven ustedes, señora, a celebrar una boda en viernes? En París tendríamos más superstición; nadie se atrevería a casarse en semejante día.
       —¡Dios mío!, no me hable usted —me dijo— si no hubiese dependido nada más que de mí, seguramente se habría elegido otro día. Pero Peyrehorade lo quiso así, y ha habido que ceder. Me da pena, sin embargo. ¡Si sucediese alguna desgracia!... ¡Es preciso que haya alguna razón para que todo el mundo tenga miedo al viernes!
       —¡El viernes —exclamó su marido— es el día de Venus! ¡Buen día para una boda! Como usted ve, mi querido colega, no pienso sino en mi Venus. ¡Palabra de honor! elegí el viernes a causa de ella. Mañana, si usted quiere, antes de la boda, le haremos un pequeño sacrificio, sacrificaremos dos palomas, y si supiese donde encontrar incienso...
       ¡Qué vergüenza, Peyrehorade!—interrumpió su mujer escandalizada—. ¡Incensar a tu ídolo! ¡Sería un acto abominable! ¿Qué dirían de nosotros en la comarca?
       —Al menos —dijo el señor de Peyrehorade— me permitirás que le ponga una corona de rosas y lirios: Manibus date lilia plenis. Ya ve, señor, que la Constituciónes una palabra vana. ¡No tenemos libertad de culto!
       Para el día siguiente se preparó este programa. Todo el mundo debía estar listo a las diez en punto. Después del chocolate, iríamos en coche a Puygarrig. El matrimonio civil tenía que celebrarse en la alcaldía, y la ceremonia religiosa en la capilla de la finca. Luego seguiría el almuerzo. Después de almorzar se pasaría el tiempo de cualquier manera hasta las siete. A esa hora, regreso a Ille, a casa de Peyrehorade, donde cenarían las dos familias reunidas. El resto se supone fácilmente. Al no poder bailar, habían decidido comer lo máximo posible.
       A las ocho, ya estaba sentado ante la Venus, lápiz en mano, tratando por vigésima vez de dibujar la cabeza, sin lograr reproducir su expresión. El señor de Peyrehorade iba y venía a mi alrededor, me daba consejos, y me repetía sus etimologías fenicias; luego colocaba rosas de Bengala sobre el pedestal de la estatua, y, con tono tragicómico, le rogaba que protegiese a la joven pareja que iba a vivir bajo su techo. A las nueve se marchó a vestirse, al mismo tiempo apareció Alphonse, prieto en un frac nuevo, con guantes blancos, zapatos de charol, botones cincelados, y una rosa en el ojal.
       —¿No quiere hacer el retrato de mi mujer? —preguntó, inclinándose sobre mi dibujo—. Ella también es hermosa.
       En aquel momento empezaba, en el juego de pelota de que hablé, una partida que inmediatamente llamó la atención de Alphonse. Y yo, cansado y desesperado de copiar fielmente aquella diabólica figura, abandoné el dibujo para mirar a los jugadores. Había entre ellos algunos arrieros españoles que habían llegado la víspera. Eran aragoneses y navarros, casi todos de una destreza maravillosa. Y los de Ille, aunque alentados por la presencia y los consejos de Alphonse, pronto fueron derrotados por aquellos nuevos campeones. Los espectadores locales se hallaban consternados. Alphonse consultó su reloj. Aún no eran las nueve y media. Su madre aún no estaba peinada. Ya no vaciló: se quitó el frac, pidió una chaqueta, y desafió a los españoles. Yo le miraba hacer, sonriendo y un poco sorprendido.
       —Hay que mantener el honor del país —dijo.
       Entonces me pareció verdaderamente hermoso. Era apasionado. Su traje, que tanto le preocupaba hacía poco, ya no era nada para él. Minutos antes no se atrevía a volver la cabeza por temor a estropearse la corbata. Ahora ya no se acordaba ni de su pelo rizado ni de su pechera tan bien plisada. ¿Y de la novia?... Yo creo que si hubiera sido necesario, habría hecho aplazar la boda. Le vi ponerse rápidamente un par de sandalias, remangarse, y, con gesto decidido, ponerse al frente del equipo vencido, como César reuniendo a sus soldados en Dyrrachium. Salté el seto, y me coloqué a la sombra de un almez, de modo que podía ver bien los dos campos.
       Contra lo que todo el mundo esperaba, Alphonse perdió el primer tanto; la verdad es que la pelota vino rozando el suelo y lanzada con una fuerza sorprendente por un aragonés que parecía ser el jefe de los españoles.
       Era un hombre de unos cuarenta años, seco y nervioso, de seis pies de estatura, y su cutis aceitunado era de un color casi tan oscuro como el bronce de la Venus.
       Alphonse, furioso, lanzó al suelo su raqueta.
       —¡Este maldito anillo —gritó—, que me aprieta el dedo y me hace errar una pelota segura!
       Se quitó, no sin esfuerzo, la sortija de diamantes. Me acerqué para guardárselo. Pero él se adelantó, corrió hacia la Venus y deslizó la sortija en su dedo anular. En seguida volvió a su puesto.
       Estaba pálido, pero tranquilo y resuelto. Desde aquel momento no erró un solo golpe, y los españoles fueron completamente derrotados. El entusiasmo de los espectadores ofreció un bello espectáculo: unos daban mil gritos de alegría tirando sus gorras al aire; otros le estrechaban las manos, llamándolo honor del país. Si hubiera impedido una invasión, dudo que hubiese recibido felicitaciones más vivas y más sinceras. El mal humor de los vencidos contribuía a aumentar el brillo de su victoria.
       —Jugaremos otro partido, amigo mío —dijo al aragonés en un tono de superioridad—. Pero le daré ventaja.
       Yo hubiera deseado que Alphonse fuese más modesto, y la humillación de su rival casi me dió pena. El gigante español se resintió profundamente de aquel insulto. Lo vi palidecer bajo su tostado cutis. Miraba tristemente su raqueta apretando los dientes; y dijo luego con voz ahogada:
       —Me lo pagarás.
       La voz del señor de Peyrehorade turbó el triunfo de su hijo; mi anfitrión, muy asombrado de no verlo dirigir los preparativos de la calesa nueva, se asombró todavía más al verlo bañado en sudor con la raqueta en la mano. Alphonse corrió a su casa, se lavó la cara y las manos, volvió a ponerse su frac nuevo y sus zapatos de charol, y cinco minutos después marchábamos a trote largo, camino de Puygarrig. Todos los jugadores de pelota de la población y gran número de espectadores nos siguieron con gritos de júbilo. Los vigorosos caballos que tiraban del coche, apenas podían mantener la delantera que llevaban a aquellos intrépidos catalanes.
       Estábamos en Puygarrig, y el cortejo iba a ponerse en marcha para la alcaldía, cuando Alphonse, dándose un golpe en la frente, me dijo en voz baja:
       —¡Qué torpeza! ¡He olvidado el anillo! ¡Está en el dedo de Venus, que el diablo se la lleve! No se lo diga a mi madre, por lo menos. Quizá no lo note.
       —Podría usted mandar a alguien a buscarlo —le dije.
       —¡Bah! Mi criado se quedó en Ille, y de estos no me fío. Mil doscientos francos en diamantes pueden tentar a cualquiera. Además, ¿qué pensarían de mi distracción? Se burlarían de mí. Me llamarían el marido de la estatua… ¡con tal que no me lo roben! Felizmente, el ídolo infunde temor a estos pillos. No osan acercarse a la distancia de un brazo. ¡Bah!, no es nada. Tengo otro anillo.
       Las dos ceremonias, la civil y la religiosa, se realizaron con la debida pompa; y la señorita de Puygarrig recibió el anillo de una modista parisiense, sin sospechar que su prometido le sacrificaba un recuerdo amoroso. Después nos sentamos todos a la mesa, bebimos, comimos y aun cantamos prolongadamente. Yo sufría por la prometida las rudas chanzas que estallaban a su alrededor. Sin embargo, ella las toleraba mejor de lo que yo había esperado, y su desasosiego no llegaba a convertirse en torpeza ni en afectación.
       Terminado el almuerzo cuando Dios quiso, eran ya las cuatro; los hombres fueron a pasearse por el parque, que era magnífico, o miraron bailar sobre el césped de la finca a las campesinas de Puygarrig, engalanadas con sus trajes de fiesta. Así pasamos algunas horas. Mientras tanto las mujeres estaban con la novia, que les hacía admirar su ajuar. Luego cambió de traje, y observé que había cubierto sus hermosos cabellos con una papalina y un sombrero guarnecido de plumas, pues las mujeres se apresuran a ponerse, tan pronto como pueden, los adornos que la costumbre les prohibe llevar de solteras.
       Eran cerca de las ocho cuando nos dispusimos a partir para Ille. Pero tuvo lugar una escena patética. La tía de la señorita de Puygarrig, que le servía de madre, mujer muy anciana y devota, no podía ir con nosotros al pueblo. En el momento de partir hizo a su sobrina un emotivo sermón sobre sus deberes de esposa, del que resultó un torrente de lágrimas y de abrazos sin fin. El señor de Peyrehorade comparó esta separación con el rapto de las Sabinas. Partimos, sin embargo, y durante el camino, cada cual procuró distraer y hacer reír a la novia; pero fue en vano.
       En Ille nos esperaba la cena, y ¡qué cena! Si la grosera alegría de la mañana me había chocado, la de la noche me chocó mucho más por los equívocos y las bromas de que la novia, sobre todo, fue objeto. El novio, que había desaparecido un momento antes de sentarse a la mesa, estaba pálido y con una seriedad glacial. Bebía a cada instante vino añejo de Colliure casi tan fuerte como el aguardiente. Yo estaba a su lado, y me sentí obligado a prevenirle:
       —¡Tenga cuidado! Se dice que el vino…
       No sé qué tontería le dije para ponerme al unísono de los comensales.
       Él me apretó la rodilla, y me dijo en voz baja:
       —Cuando nos levantemos de la mesa..., necesito decirle dos palabras.
       Su tono solemne me sorprendió. Lo miré más atentamente y observé la extraña alteración de sus rasgos.
       —¿Se siente usted indispuesto? —le pregunté.
       —No.
       Y continuó bebiendo.
       Mientras tanto, en medio de gritos y palmoteos, un chico de unos once años, que se había deslizado debajo de la mesa, enseñaba a la concurrencia una bonita cinta blanca y rosa que acababa de desatar del tobillo de la novia. A esto se le llama la jarretera. En seguida fue cortada en pedazos, y distribuida a los jóvenes que se la pusieron en el ojal, según una antigua costumbre que aún se conserva en algunas familias patriarcales. Con tal motivo la novia se ruborizó hasta el blanco de los ojos... Pero su turbación llegó al colmo cuando el señor de Peyrehorade, después de haber reclamado silencio, le cantó unos versos catalanes, improvisados, según dijo. He aquí su sentido, si mal no comprendí:
       —¿Qué es esto, amigos?... ¿El vino que he bebido me hace ver doble? Aquí hay dos Venus...
       La novia volvió bruscamente la cabeza con una expresión aterrada que hizo reír a todo el mundo.
       —Sí, —prosiguió el señor de Peyrehorade— hay dos Venus bajo mi techo. La una, la encontré bajo tierra como una trufa; la otra, bajada de los cielos, acaba de dividir su cinturón entre nosotros. Quería decir su liga.
       —Hijo mío, escoge entre la Venus romana o la catalana… El muy granuja elige la catalana, y elige lo mejor. La romana es negra, la catalana es blanca. La romana es fría, la catalana inflama a todo el que se le acerca.
       Este final provocó tal algarabía, aplausos tan ruidosos y risas tan sonoras, que creí que el techo se nos iba a caer encima. Alrededor de la mesa no había más que tres caras serias, la de los novios y la mía. Yo tenía un fuerte dolor de cabeza; además no sé por qué, pero a mí las bodas me entristecen siempre. Ésta, por añadidura, me disgustaba un poco.
       Después de que el teniente/alcalde cantara las últimas coplas, que por cierto eran muy verdes, debo decirlo, se pasó al salón para gozar de la marcha de la novia que iba a ser acompañada a su habitación, pues ya era cerca de la medianoche.
       Alphonse me llevó al hueco de una ventana, y me dijo apartando la vista:
       —Va usted a burlarse de mí... Pero no sé lo que me pasa... ¡estoy hechizado! ¡El diablo me lleve!
       Lo primero que se me ocurrió fue que se creía amenazado de alguna de esas desgracias de que hablan Montaigne y Madame de Sevigné: “Todo el imperio amoroso está colmado de historias trágicas, etc”.
       “Yo creía que esta clase de accidentes solo ocurrían a la gente de a las personas de talento”, me dije.
       —Ha bebido usted demasiado vino de Colliure, mi querido Alphonse —le dije—. Ya se lo advertí.
       —Sí, puede ser. Pero se trata de algo mucho más terrible.
       Tenía la voz entrecortada. Yo le creí completamente ebrio.
       —¿Usted recuerda lo que le dije de mi anillo? —prosiguió después de un silencio.
       —¡Y bien! ¿se la han robado?
       —No.
       —Entonces ¿lo tiene usted?
       — No… yo… no puedo sacarlo del dedo de esa maldita Venus.
       —¡Vamos! No habrá tirado con suficiente fuerza.
       —Sí, por cierto… Pero ella ha doblado el dedo.
       Me miró fijamente con expresión huraña, apoyándose en la falleba para no caerse.
       —¡Qué tontería! —le dije—. Ha introducido demasiado el anillo en el dedo. Mañana podrá sacarlo con un par de tenazas. Pero tenga cuidado de no dañar la estatua.
       —No, le digo que no. Venus ha encogido el dedo, lo ha replegado. Cierra la mano, ¿comprende usted? Es mi esposa, aparentemente, puesto que le he dado mi anillo… No quiere devolvérmelo.
       Experimenté un súbito escalofrío, y tuve un instante la carne de gallina. Luego, dio un gran suspiro que me envió una tufarada de vino, y toda mi emoción desapareció.
       “Este condenado”, pensé, “está completamente borracho.
       —Usted es arqueólogo, señor —añadió el novio con un tono lamentable—; usted conoce esa clase de estatuas..., quizá haya algún resorte, algún secreto que yo no conozco... ¿No quiere verla?
       —De buena gana —dije—. Venga usted conmigo.
       —No. Prefiero que vaya usted solo.
       Salí del salón. El tiempo había cambiado durante la cena, y empezaba a llover con fuerza. Iba a pedir un paraguas, cuando una reflexión me detuvo. ¡Sería una gran necedad ir a comprobar lo que me había dicho un borracho! Por otra parte, quizá haya querido gastarme una broma de mal gusto para hacer reír a esos honrados provincianos; y lo menos que puede sucederme, es calarme hasta los huesos y atrapar un buen resfriado.
       Desde la puerta dirigí una mirada a la Venus, que estaba chorreando agua, y subí a mi habitación sin volver al salón. Me acosté; pero tardé en dormirme. Me venían a la memoria todas las escenas del día. Pensaba en aquella joven tan bella y tan pura, abandonada a un borracho brutal. “¡Qué cosa tan odiosa es un matrimonio de conveniencia!”, me decía. Un alcalde se pone una banda tricolor, un cura una estola, y la más honesta muchacha del mundo queda entregada al Minotauro! Dos seres que no se aman, ¿qué pueden decirse en semejante momento, por el cual dos amantes darían su vida? ¿Una mujer puede amar jamás a un hombre que ha visto grosero una vez? Las primeras impresiones no se borran nunca, y estoy seguro de que ese Alphonse merecerá que se le aborrezca...
       Durante mi monólogo, que abrevio mucho, había oído muchas idas y venidas en la casa, abrir y cerrar las puertas, ruido de coches que partían; luego me parecía haber oído en la escalera los pasos ligeros de varias mujeres que se dirigían hacia el extremo del corredor opuesto a mi habitación. Era probablemente el cortejo de la novia que la acompañaban a la cama. Luego habían vuelto a bajar la escalera. La puerta de la señora de Peyrehorade se había cerrado. ¡Qué turbada y molesta debe estar esa pobre chica!, pensé. Y me revolví en la cama, de mal humor. Un soltero hace un triste papel en una casa en la que se efectúa una boda.
       El silencio reinaba hacía rato cuando fue interrumpido por pasos muy pesados que subían la escalera. Los escalones de madera crujieron fuertemente.
       —¡Qué animal! —exclamé—. Apuesto a que va a caerse por la escalera.
       Todo volvió a quedarse tranquilo. Cogí un libro para cambiar el curso de mis ideas. Era una estadística del departamento, acompañada de una memoria del señor de Peyrehorade sobre los monumentos druídicos del distrito de Prades. A la tercera página me entró el sueño.
       Dormí mal y me desperté muchas veces. Serían las cinco de la mañana, y hacía más de veinte minutos que yo estaba despierto, cuando cantó el gallo. Despuntaba el día. Entonces oí los mismos pasos pesados, los mismos crujidos de la escalera que había oído antes de dormirme. Ello me pareció singular. Bostezando, traté de adivinar por qué el joven Alphonse se levantaba tan temprano. No se me ocurría nada verosímil. Iba a cerrar otra vez los ojos cuando mi atención fue de nuevo excitada por un pisoteo extraño al que se añadió en seguida el toque de campanillas, el ruido de puertas que se abrían con estrépito, y gritos confusos.
       “¡Mi borracho habrá pegado fuego a la casa!” pensé saltando de la cama.
       Me vestí y salí al corredor. Del extremo opuesto partían gritos y lamentos, y una voz desgarradora dominaba a las demás: “¡Mi hijo, mi hijo!” Era evidente que a Alphonse le había ocurrido alguna desgracia. Corrí a la habitación nupcial: estaba llena de gente. El primer espectáculo que se ofreció a mi vista fue el joven medio vestido, atravesado en la cama, cuyo armazón de madera estaba roto. Le vi lívido, inmóvil. La madre lloraba y gritaba a su lado. El señor de Peyrehorade se agitaba, frotándole las sienes con agua de Colonia y tratando de hacerle respirar esencias. ¡Ah! hacía rato que su hijo había muerto. En un canapé situado al otro extremo de la habitación, se encontraba la novia, presa de horribles convulsiones. Daba gritos inarticulados, y dos robustas criadas pasaban todas las penas del mundo para contenerla.
       —¡Dios mío! —exclamé— ¿qué ha pasado?
       Me acerqué a la cama y levanté el cuerpo del desdichado joven; estaba ya rígido y frío. Sus dientes apretados y su cara amoratada expresaban las más horribles angustias. Al parecer, su muerte había sido violenta y su agonía terrible. Sin embargo, no se veía en su ropa el menor rastro de sangre. Abrí su camisa y vi en su pecho una huella lívida que se prolongaba por las costillas y la espalda. Se habría dicho que lo habían apretado dentro de una argolla de hierro. Pisé sobre la alfombra una cosa dura; me incliné y vi la sortija de diamantes.
       Hice que el señor de Peyrehorade y su mujer pasasen a su habitación; luego hice que llevaran allí a la recién casada. “Les queda a ustedes una hija —les dije— y deben cuidar de ella.” Entonces los dejé solos.
       Me parecía indudable que el joven Alphonse había sido víctima de un asesinato cuyos autores se habían introducido durante la noche en la habitación de la novia. Aquellas magulladuras en el pecho, y su dirección circular me llenaban, sin embargo, de confusión, pues no hubieran podido producirse con un palo ni con una barra de hierro. De pronto recordé haber oído decir que en Valencia había matones que se servían de largos sacos de cuero llenos de arena fina para asesinar a las personas cuya muerte les habían encargado. Enseguida me acordé del arriero aragonés y de su amenaza; sin embargo, no me atrevía a creer que por una simple broma se hubiese tomado tan terrible venganza.
       Busqué en toda la casa huellas de escalo, y no las encontré en ninguna parte. Bajé al jardín para ver si los asesinos habían podido entrar por aquel lado; pero tampoco encontré ningún indicio cierto. Además, la lluvia de la víspera había inundado el suelo de tal modo que no hubiera podido conservar claramente huella alguna. Observé, sin embargo, algunas pisadas profundamente impresas en la tierra; las había en dos direcciones contrarias, pero sobre una misma línea que, partiendo del ángulo del seto contiguo al juego de pelota, iba a parar a la puerta de la casa. Podían ser las pisadas de Alphonse cuando fue a retirar su anillo del dedo de la estatua. Por otra parte, el seto, en aquel punto, era menos espeso que en los demás; los asesinos debían haber entrado por allí. Pasando y volviendo a pasar por delante de la estatua, me detuve un instante a examinarla. Esta vez, lo confieso, no pude contemplar sin espanto su expresión de perversidad irónica; e impresionado por las escenas horribles de las que acababa de ser testigo, me pareció ver una divinidad infernal que aplaudía la desgracia que afligía a esta casa.
       Volví a mi habitación y permanecí en ella hasta el mediodía. Entonces salí y pregunté por mis anfitriones. Se habían calmado un poco. La señorita de Puygarrig, mejor dicho, la viuda de Alphonse, había recobrado los sentidos. Hasta había hablado con el fiscal de Perpiñán, que se encontraba de paso en Ille, y le tomó declaración. También me la tomó a mí. Le dije lo que sabía, sin ocultarle mis sospechas contra el arriero aragonés. El magistrado ordenó su inmediata detención.
       —¿Averiguó usted algo por la señora de Alphonse? —pregunté al fiscal, una vez escrita y firmada mi declaración.
       —Esa desgraciada joven se ha vuelto loca —me contestó sonriendo tristemente—. ¡Loca!, completamente loca. He aquí lo que cuenta:
       “Hacía pocos minutos que se había acostado, con las cortinas corridas, dice ella, cuando se abrió la puerta de la habitación y entró alguien. Entonces la esposa de Alphonse se hallaba casi al borde posterior de la cama, con la cara vuelta hacia la pared. No hizo el menor movimiento, persuadida de que era su marido. Al cabo de un instante, la cama crujió como si cargaran sobre ella un peso enorme. La joven se asustó mucho, pero no se atrevió a volver la cabeza. Así pasaron cinco minutos, quizá diez..., no puede darse cuenta del tiempo transcurrido. Finalmente hizo un movimiento involuntario, o bien la persona que estaba en la cama hizo uno, y ella sintió el contacto de algo frío como el hielo, según su propia expresión. Entonces se apartó temblando hasta el borde mismo del lecho. Poco después, la puerta se abrió de nuevo, y entró alguien que dijo: Buenas noches, mujercita mía. Al cabo de un instante descorrieron las cortinas. Ella oyó un grito ahogado. La persona que estaba en la cama, al lado de ella, se incorporó y pareció tender los brazos hacia adelante. Entonces volvió la cabeza..., y vió, dice ella, a su marido arrodillado junto a la cama, con la cabeza a la altura de la almohada, en brazos de una especie de gigante verdoso que lo estrechaba con fuerza. Dice, y me ha repetido veinte veces... ¡pobre mujer!... dice que reconoció..., adivine usted..., la Venus de bronce, la estatua del señor Peyrehorade... Desde que la descubrieron todo el mundo sueña con ella. Pero, prosigo el relato de la pobre loca. Ante semejante espectáculo, se desmayó, y probablemente hacía algunos instantes que había perdido la razón. De ninguna manera puede uno decir cuánto tiempo estuvo desmayada. Vuelta en sí, volvió a ver el fantasma o la estatua, como sigue diciendo, inmóvil, con las piernas y parte del tronco en la cama, el busto y los brazos extendidos hacia adelante, y en sus brazos su marido, inmóvil también. Cantó un gallo. Entonces la estatua saltó de la cama, dejó caer el cadáver y salió. La esposa de Alphonse tiró del cordón de la campanilla..., y ya sabe usted lo demás”.
       Hicieron comparecer al español; estaba tranquilo, y se defendió con mucha sangre fría y presencia de ánimo. No negó las palabras que yo había oído; pero las explicó pretendiendo no haber querido decir otra cosa sino que, al día siguiente, después de haber descansado, hubiera ganado la partida de pelota a su vencedor. Recuerdo que añadió:
       —Cuando un aragonés recibe un agravio, no espera al día siguiente para vengarse. Si hubiera creído que Alphonse había querido insultarme, en el acto mismo le hubiera hundido mi navaja en el vientre.
       Se compararon sus zapatos con las huellas del jardín; sus zapatos eran mucho más grandes.
       Por fin, el dueño de la posada en la que ese hombre estaba alojado aseguró que había pasado toda la noche dando fricciones y medicamentos a una de sus mulas que estaba enferma.
       Además, el aragonés era hombre de buena reputación, muy conocido en la comarca, donde venía cada año para su comercio. Por consiguiente, se le devolvió la libertad, pidiéndole disculpas.
       Se me olvidaba la declaración de un criado, la última persona que había visto vivo a Alphonse. Era en el momento de ir a subir a la habitación de su esposa; llamó a aquel hombre y le preguntó con aspecto inquieto si sabía dónde estaba yo. El criado contestó que no me había visto. Entonces Alphonse suspiró y permaneció más de un minuto sin hablar. Después dijo encogiéndose de hombros: ¡Vamos! ¡también se lo habrá llevado el demonio!
       Le pregunté si Alphonse llevaba puesta en el dedo su anillo de diamantes cuando le habló. El criado dudó al contestar; por fin dijo que creía que no, pero que no había prestado atención. “Si hubiese llevado puesta esa sortija —añadió rectificándose—, yo lo habría notado sin duda, pues yo creía que se la había dado a su esposa.”
       Interrogando a aquel hombre, sentía un poco del terror supersticioso que la declaración de la esposa de Alphonse había difundido en toda la casa. El fiscal me miró sonriendo, y yo me guardé bien de insistir.
       Algunas horas después de los funerales de Alphonse, me dispuse a salir de Ille. El coche del señor de Peyrehorade debía conducirme a Perpiñán. A pesar de su estado de debilidad, el pobre viejo quiso acompañarme hasta la puerta de su jardín. Lo cruzamos en silencio. Él andaba con dificultad, apoyado en mi brazo. En el momento de separarnos, dirigí una postrera mirada a la Venus. Yo preveía que mi anfitrión, aunque no compartiese los terrores y los odios que la estatua inspiraba a una parte de su familia, querría desprenderse de un objeto que le recordaría sin cesar una horrible desgracia . Mi intención era aconsejarle que la mandase a algún museo. No me atrevía a entrar en materia, cuando el señor de Peyrehorade volvió maquinalmente la cabeza hacia el lugar al que me veía dirigir la mirada. Vio la estatua y se puso a llorar. Lo abracé y, sin atreverme a decirle una sola palabra, subí al coche.
       Desde entonces, no he sabido que se haya hecho nueva luz sobre aquella misteriosa catástrofe.
       El señor de Peyrehorade murió pocos meses después de su hijo. En su testamento me legó sus manuscritos, que publicaré quizá algún día. Entre ellos no encontré la memoria relativa a las inscripciones de la Venus.

       P. S.— Mi amigo el señor de P. acaba de escribirme de Perpiñán diciendo que la estatua ya no existe. Después de la muerte de su marido, la señora de Peyrehorade se apresuró a mandarla fundir y hacer con su bronce una campana. Bajo esta nueva forma se utiliza en la iglesia de Ille. Pero, añade el señor de P., parece que la desgracia persigue a los poseedores de ese bronce. Desde que la campana suena en Ille, las viñas se han helado dos veces.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar