Alfred de Musset
(París, Francia, 1810 – París, 1857)


Ermelinda (1837)
(“Emmeline”)
Originalmente publicado en la revista Revue des Deux Mondes
(31 de agosto de 1837), págs. 303-336;
Les Deux Maîtresses (también contiene “Emmeline”, págs. 81-157)
(París: Auguste Ozanne, Éditeur, 1840, 157 págs.), págs. 81-157;
Nouvelles, 2 vols.
(París: Dumont, 1840, I: 342 págs., II: 318 págs.), Tomo I, págs. 139-239;
Nouvelles
(París: Charpentier, 1841, 375 págs.)



I

      Sin duda recordaréis, señora, el casamiento de mademoiselle Duval. Aunque tan sólo un día se hablase de ello, como en París se habla de todo, para muchas gentes fue aquel un gran acontecimiento. Si no me engaña la memoria, mademoiselle Duval se casó en 1825. Al salir del convento tenía diez y ocho años y ochenta mil libras de renta. M. de Marsan, con quien se casó, no tenía más que su título y ciertas esperanzas de llegar a la dignidad de par cuando su tío muriese; esperanzas que la revolución de julio desvaneció. Aparte de esto, carecía de fortuna y le sobraban compromisos de su juventud desordenada. Se dice que dejó el piso tercero de una pensión para conducir a mademoiselle Duval a Saint-Roch y ocupar con ella uno de los más bellos hoteles del arrabal de Saint-Honoré. Aquella extraña alianza, hecha, en apariencia, a la ligera, dio lugar a mil interpretaciones, ninguna de las cuales fue acertada, porque ninguna era sencilla, ya que a toda costa se quería hallar una causa extraordinaria a tan inusitado suceso. Algunos detalles, necesarios para explicar las cosas, os darán a la vez una idea de nuestra heroína.
       Después de haber sido la niña más revoltosa, aplicada, enfermiza y caprichosa del mundo, Ermelinda se convirtió, al cumplir quince años, en una joven de blanco y rosado matiz, alta, impetuosa y de carácter independiente. Siempre alegre y a todo indiferente, no tenía voluntad más que para aquello que tocaba a su corazón. Sin conocer la menor contrariedad, siempre sola en su cuarto, apenas tuvo por norma para el trabajo más que su propio recreo. Su madre, que la conocía y sabía quererla, había exigido para ella esta libertad, en la que podía hallar cierta compensación a la falta de autoridad, porque una inclinación natural al estudio y una inteligencia ardiente son los mejores maestros para los espíritus elegidos. Y en el de Ermelinda entraban por igual la seriedad y la alegría, pero acentuada esta última por la juventud. Aunque muy dada a la reflexión, interrumpía de pronto sus más graves meditaciones con una burla, y desde aquel momento no veía mas que el aspecto cómico de las cosas. En el convento se la oía reír a carcajadas cuando estaba sola, y hasta a media noche llegaba a despertar a su vecina con su escandalosa alegría.
       Su flexible imaginación parecía susceptible a una escala de entusiasmos. Pasaba los días escribiendo o dibujando, pero, a lo mejor, antojábasele sentarse al piano, y, dejándolo todo, repetía cien veces, en diversos tonos, su canción favorita. Era discreta y poco confiada y sin efusiones de amistad, porque una especie de pudor se oponía en ella a la expresión hablada de sus sentimientos. Gustaba de resolver por sí misma los pequeños problemas que a cada paso se nos ofrecen en este mundo, proporcionándose así los más raros placeres, que, seguramente, no podían suponerse quienes la rodeaban. Pero esa curiosidad hallaba siempre un límite en el respeto a sí misma; he aquí una de sus muchas cosas ejemplares.
       Durante el día estudiaba en una estancia donde había una gran biblioteca con vidrieras, que contenía cerca de tres mil volúmenes. La llave estaba puesta, pero Ermelinda había hecho la promesa de no tocarla; promesa que cumplía escrupulosamente, aunque su conducta significaba cierto mérito, por el vivo deseo que sentía de aprenderlo todo. Lo que no estaba prohibido era devorar los libros con los ojos, y así, se aprendió de memoria sus títulos, recorriendo sucesivamente los estantes y subiéndose a una silla sobre la mesa para alcanzar a los más altos: con los ojos cerrados hubiera puesto su mano en el tomo que se le pidiera. Simpatizaba con los autores según los títulos de sus obras, sufriendo así tremendos errores. Pero no era de esto de lo que iba a tratar.
       En aquella estancia había una mesa pequeña cerca de un gran ventanal que daba a un patio muy sombrío. La exclamación de un amigo de su madre hizo reparar a Ermelinda en la tristeza de la estancia: ella no había sentido jamás sobre su espíritu la influencia de los objetos externos. Las gentes que conceden importancia a cuanto compone el bienestar material pertenecían, según ella, a la categoría de los maniáticos. Sin nada a la cabeza, el cabello en desorden, despreciando el aire y el Sol y nunca más contenta que cuando volvía empapada por la lluvia, dedicábase en el campo a todos los ejercicios violentos, como si en ellos estuviera su vida. Siete u ocho leguas corridas al galope de su caballo eran un juego para ella. A pie desafiaba a todo el mundo; corría, trepaba a los árboles, y si no iba más tiempo sobre las tapias que por los paseos, si no bajaba las escaleras por el pasamanos, era por educación. Sobre todo en casa de su madre gustaba de escaparse sola a contemplar el campo, donde no hubiese nadie. Esta infantil afición a la soledad y el placer que sentía en salir cuando hacía mal tiempo se debían, según ella, a la seguridad que le daban de que nadie iría a buscarla en su paseo. Arrastrada siempre por tan extraña inclinación a riesgos y peligros, se metía en una barca y salía del parque, que atravesaba el río, sin preguntarse en dónde atracaría. ¿Cómo la dejaban correr tantos peligros? No seré yo quien os lo explique.
       Entre tantas locuras, Ermelinda se burlaba de todo. Tenía un tío, excelente persona, de vientre voluminoso y estrepitosa risa, al que había persuadido de que era su vivo retrato, tanto por el rostro como por el alma, con razonamientos capaces de hacer reír a un muerto. De aquí que el bondadoso tío hubiese concebido por su sobrina una ternura sin límites. Ermelinda jugaba con él como con un niño, colgándose al cuello en cuanto llegaba y encaramándosele a los hombros. Y así, ¿hasta qué edad? Tampoco puedo decíroslo. Lo que más divertía a la picaruela era obligar a leer en voz alta a tan ilustre y, por lo demás, respetable personaje; cosa difícil en verdad teniendo en cuenta que el lector no hallaba sentido a lo que leía, lo que se explicaba por su modo de puntuar, pues con un constante resoplido se detenía, para respirar, a la mitad de cada frase. Imaginaos qué galimatías y con qué ganas se reiría la chiquilla. Debo añadir también que lo mismo se reía en el teatro durante una tragedia, que solía encontrar motivo para permanecer seria durante la comedia más divertida.
       Perdonadme, señora, estos detalles pueriles, que, después de todo, no son sino el retrato de una criatura caprichosa. Habéis de comprender que semejante carácter, con el tiempo, tenía que proceder a su gusto y no al de los demás.
       A los diez y seis años el tío en cuestión se la llevó con él a Suiza. A la vista de aquellas montañas hizo tan vivos transportes de alegría que parecía iba a perder la razón. Gritaba, saliéndose del coche; sentía la necesidad de chapuzarse el rostro en los arroyos que saltaban entre las peñas; quería escalar los picachos y descender, como el torrente, al fondo del abismo; movía los pedruscos, arrancaba el musgo.
       Si entraba en una cabaña, no quería salir de ella, siendo preciso arrancarla de allí casi a la fuerza, y ya de vuelta en el coche, decía entre sollozos a los campesinos: “¡Ay!, amigos míos, ¿por qué me dejáis marchar?”
       Cuando se presentó en sociedad aun no tenía el menor germen de coquetería. ¿Es conveniente lanzarse al mundo sin una buena reserva de malicia? No sé. Además, ¿no es frecuente caer en un peligro por querer evitarle? Testigos de ello son esas pobres criaturas a quienes han pintado el amor tan terrible que penetran en un salón con el corazón sobrecogido de miedo, que al más leve suspiro resuena como si fuese un arpa. Ermelinda, en cuanto al amor, se hallaba en la más absoluta ignorancia. Había leído algunas novelas de las que entresacara una colección de lo que llamaba tonterías sentimentales, que hallaba muy divertidas y de su gusto. Pero se había prometido no ser mas que espectadora. Sin cuidarse para nada de sus maneras, de su belleza ni de su agrado, cuando se disponía a ir a un baile se colocaba una flor en el pelo sin reparar en el efecto del peinado, se ponía un vestido de tul como si fuera un traje de caza y, sin mirarse apenas al espejo, partía gozosa.
       Ya comprenderéis que con su gran fortuna —pues aun viviendo su madre su dote era considerable— constantemente se la ofrecía algún partido. A ninguno renunciaba sin examinarle; pero aquellos exámenes sucesivos no eran para ella sino un desfile de caricaturas. Los medía de pies a cabeza, con una seguridad en ello que no suele tenerse a su edad, y después, reunida por la noche con sus íntimas amigas, reproducía la escena de por la mañana; su talento natural para imitar daba a la escena una gracia perfecta. El uno se había azorado por completo; el otro era un fatuo ridículo; éste hablaba con la nariz; aquel saludaba al revés. Entraba con el sombrero de su tío en la mano, se sentaba, hablaba del tiempo como en una visita de cumplido, y poco a poco iba descubriendo su propósito matrimonial, hasta que, abandonando de pronto su papel, se echaba a reír; respuesta definitiva para sus pretendientes.
       Sin embargo, día llegó en que ante el espejo se colocó las flores poniendo un poco más de cuidado. Se celebraba una comida de etiqueta, y la doncella le había puesto un traje nuevo que a ella no le pareció del mejor gusto. Se acordó de cierta canción de una antigua ópera con que la dormían de niña:

No hay que sofocatse demasiado
para agradar a los que nos cortejan.


      Y al aplicarse estas palabras se sintió dominada de una extraña emoción. Permaneció abstraída durante toda la noche y por primera vez se la vio triste.
       M. de Marsan acababa de llegar de Estrasburgo, donde estaba su regimiento. Con aquel tono de arrogancia un poco violenta que todos le conocíamos, era uno de los más guapos mozos. No sé si asistió a la comida en que Ermelinda lució su traje nuevo, pero fue invitado para una partida de caza organizada por mademoiselle Duval, que poseía una hermosa finca cerca de Fontainebleau. Ermelinda formaba también parte de ella. Cuando se disponía a penetrar en el bosque, el sonido del cuerno asustó a su caballo. Acostumbrada a los caprichos del animal, quiso castigarle con un fustazo que pudo costarle la vida; pues el caballo, espantado, salió al galope campo a través, y ya estaba a punto de precipitarse en un profundo abismo con su imprudente jinete, cuando M. de Marsan, echando pie a tierra, corrió a detenerle; pero al choque salió despedido y se rompió un brazo.
       El carácter de Ermelinda, a partir de aquel día, pareció completamente cambiado. A su constante alegría sucedió una distracción extraña. Muerta su madre poco después, la finca fue vendida, y, según dicen, la pequeña Duval, en su casa de Saint-Honoré, esperaba todos los días con gran impaciencia el paso de un apuesto jinete que se dirigía a los Campos Elíseos. Fuese lo que fuese, un año después Ermelinda participó a su familia sus propósitos, de los que nadie pudo disuadirla. No necesito deciros cuánto se hizo para convencerla. Al cabo de seis meses de firme resistencia, y a pesar de todo, no hubo otro remedio que ceder a los deseos de la señorita y hacerla condesa de Marsan.


II

      Una vez casada, volvió su alegría.
       Fue muy curioso ver cómo después de su boda la mujer se iba haciendo niña. Parecía que la vida de Ermelinda había estado adormecida por el amor, y que satisfecho éste, aquella seguía su curso, como un arroyo que se detiene un momento.
       Ya no era en el cuarto oscuro, sino en la mansión de los condes de Marsan y, hasta en los salones más encopetados, donde cometía sus diarias travesuras, que podéis imaginaros el efecto que producían. El conde, serio, y aun sombrío a veces, acaso un poco cohibido por su nueva posición, parecía demasiado triste junto a su mujercita, que se reía de todo sin preocuparse de nada. Esto, que extrañó al pronto, dio luego que hablar, y, en fin, sucedió como con todo. M. de Marsan no tenía fama de buen casado, pero sí la tenía de buen marido; y aunque, además, hubiera querido ser más severo, no tenía carácter para desarmar la cariñosa alegría de Ermelinda. El señor Duval, tío, había tenido el cuidado de propalar que aquella boda, en lo relativo a intereses, no entregaba a su sobrina a la merced de un dueño y señor. Y satisfechas las gentes con aquella confidencia, por ella y por lo que precedió al matrimonio y de él se sabía, juzgaron éste como un capricho, que los habladores acabaron por hacer novelesco.
       Así, pues, se preguntaban qué cualidades extraordinarias habían podido seducir a la rica heredera y determinarla a cometer semejante ligereza. Los de fortuna adversa no comprenden fácilmente que se pueda disponer así de dos millones sin alguna causa sobrenatural. Ignoran que si la mayor parte de los hombres estiman la riqueza sobre todas las cosas, una rica heredera casi nunca sabe el valor del dinero, sobre todo si ha nacido en la abundancia y no ha visto ganarlo a su padre. Este era precisamente el caso de Ermelinda. Se casó con M. de Marsan únicamente porque le gustó y porque no tenía padre ni madre que la contrariasen; pero en cuanto a la diferencia de fortuna, ni siquiera había pensado en ella. M. de Marsan le sedujo por las cualidades exteriores que caracterizan al hombre: la belleza y la fuerza. Ante ella y por ella realizó el único acto capaz de hacer latir su corazón de mujer, y como el carácter alegre suele ir unido a cierta predisposición novelesca, el inexperto corazón de Ermelinda se entregó a él. Y por esto la condesa amaba a su marido con tal exceso que nada le parecía tan bello como él, y cuando iba de su brazo, nada era capaz de hacerla volver la cabeza.
       Durante los cuatro primeros años de matrimonio se los vio muy poco a los dos. Alquilaron una casa de campo a orillas del Sena, junto a Melun. Como en esta comarca existen dos o tres pueblos que se llaman Mayo, y como la casa parece construida sobre los cimientos de un molino antiguo, a la casa se le da el nombre de El molino de Mayo. Es una morada encantadora, desde la que se divisa un panorama delicioso. Una gran terraza rodeada de tilos domina la orilla izquierda del río, y desde el parque se desciende hasta el borde mismo del agua por una rampa frondosa. Detrás de la casa hay un patio de proporción y elegancia perfectas, en cuyo centro los faisanes tienen su albergue. Un parque inmenso rodea la casa hasta juntarse con los bosques de la Rochette. Ya conocéis, señora, dichos bosques. ¿Recordáis el Paseo de los suspiros? Jamás he podido saber por qué se llama así, pero siempre me ha parecido que lo merece. Cuando en las horas de sol, que no atraviesa su ramaje espeso, se pasea por él a solas aspirando su frescura en pleno mediodía ardiente, a medida que se avanza se le ve alargarse como una inmensa galería, y el encanto de la soledad y un apacible ensueño se apoderan de nosotros aunque no queramos.
       A Ermelinda no le gustaba este paseo. Le encontraba sentimental, y cuando le hablaban de él se burlaba como cuando estaba en el convento. En cambio, el patio constituía su delicia, y se pasaba en él dos o tres horas al día con los hijos del colono. Temo que mi heroína os parezca demasiado simple si os cuento que algunas veces los que iban a verla la sorprendían encaramada en un montón de heno, que removía con su gran horquilla, y con el cabello lleno de paja; pero pronto saltaba a tierra como un pajarillo y, sin dar tiempo a que reparasen en la chicuela traviesa, la condesa se ponía junto al visitante y le hacía los honores de la casa con tal gracia que todo se le perdonaba.
       Si no estaba en el corral, era preciso para encontrarla ganar un pequeño montículo cubierto de verde, que en el fondo del parque se alzaba entre las peñas, el que era un verdadero desierto en pequeño, como el de Rousseau en Ermenonville, formado por tres pedruscos y un matorral. Allí, sentada a la sombra, cantaba en alta voz leyendo las Oraciones fúnebres, de Bossuet, o cualquier otro libro tan grave como aquel. Si tampoco estaba allí, andaría a caballo recorriendo las viñas, obligando a cualquier viejo rocín de labranza a saltar por surcos y bancales y divirtiéndose a solas a costa de la pobre bestia con una imperturbable sangre fría. Y si no se hallaba en las viñas, ni en su desierto, ni en el corral, probablemente se hallaba ante el piano, repasando una pieza nueva, con los ojos encendidos y las manos temblorosas; la lectura de la música la abstraía por completo y palpitaba de emoción en espera de descubrir un motivo o una frase de su agrado. Pero si el piano enmudecía, la dueña de la casa seguramente estaría sentada, o, mejor dicho, acurrucada sobre un almohadon, al pie de la chimenea, atizando el fuego con las tenazas en la mano. Sus ojos distraídos se entretenían en imaginarse con las vetas del mármol figuras, animales, paisajes y mil fantasías quiméricas, y a veces, sumida en tan profunda contemplación, se quemaba la punta del pie con las tenazas enrojecidas en la lumbre.
       —¡Bah, qué locuras! —me diréis. No estoy inventando una novela, señora, y vos lo sabéis muy bien.
       Como a pesar de sus locuras tenía talento, pronto se vio que, sin que ella lo pensase, al cabo de poco tiempo tenía un círculo de amigos inteligentes que la rodeaban. M. de Marsan, en 1829, se vio obligado a ir a Alemania requerido por una herencia que no le produjo nada. No quiso llevar a su mujer, y la confió a la marquesa de Ennery, su tía, que vino a instalarse en El molino de Mayo. Madame de Ennery tenía aficiones mundanas. Lució su hermosura en los días del imperio y andaba con una dignidad majestuosa, como arrastrando un manto real. Un antiguo abanico de lentejuelas, que nunca dejaba, servíale para ocultar su rostro cuando se permitía alguna frase maliciosa que dejaba escapar intencionadamente; pero el pudor quedaba siempre a salvo con el movimiento de su mano, y a medida que iba separando el abanico de su rostro bajaba los ojos vergonzosamente. Su modo de hablar y de ver las cosas causó a Ermelinda más extrañeza que la que puede imaginarse, pues a pesar de su poco juicio, madame de Marsan había conservado una rara inocencia. La agradable conversación de su tía, su manera de entender el matrimonio, sus significativas sonrisas cuando hablaba de alguien y sus exclamaciones al hablar de sí misma dejaban a Ermelinda mucho más seria y estupefacta y mucho más loca de contento que la lectura de un cuento de hadas.
       No hay que decir que cuando la buena señora vio el Paseo de los Suspiros quedó encantada y que su sobrina la acompañaba a él por complacerla. Y allí fue donde, bajo un diluvio de ponderaciones, Ermelinda entrevió el fondo de las cosas; lo que en buen francés quiere decir el modo de vivir de los parisienses.
       Una mañana, paseando las dos a solas en amena conversación, se dirigían hacia el bosque de la Rochette. Madame de Ennery intentaba en vano que la condesa le relatase sus amores; para ello le preguntaba qué había pasado en París durante aquel misterioso año en que M. de Marsan hacía la corte a mademoiselle Duval; le preguntaba, riéndose, si se vieron alguna vez a solas; si la robó algún beso antes de la boda, y, en fin, como había nacido aquel cariño. Esto se lo ha callado siempre Ermelinda; y acaso me equivoque; pero creo que la razon de su silencio no es otra sino que Ermelinda no puede hablar de nada sin burlarse de ello, y de esto no quiere burlarse. En fin, viendo que nada conseguía, cambió la tía de tema y acabó preguntándole si después de cuatro años de matrimonio, tan extraño amor se mantenía vivo.
       —Lo mismo que el primer día —respondio Ermelinda—, y como hasta el último instante de mi vida.
       Al oír estas palabras madame de Ennery se detuvo y, besando majestuosamente a su sobrina, le dijo:
       —Mereces ser feliz, hija mía, y seguramente la dicha es una realidad para el hombre a quien amas.
       Después de pronunciar esta frase enfáticamente se irguió de pronto y añadió con zalamería:
       —Creí que M. de Sorgues te miraba con buenos ojos.
       M. de Sorgues era un joven a la moda, gran aficionado a la equitacion y a la caza, que frecuentaba El molino de Mayo, más por el conde que por su mujer. No obstante, era muy cierto que miraba a la condesa con buenos ojos, pues ¿qué hombre desocupado, alejado de París doce leguas, cuando encuentra una mujer bonita no ha de mirarla? Ermelinda apenas se había ocupado de él sino para procurar hacerle agradable su casa, y le era indiferente; pero la observación de su tía se le hizo antipático a pesar suyo. Esa casualidad quiso que al volver del bosque hallase precisamente en el patio el coche de M. de Sorgues.
       Un instante después se presento éste, expresando su disgusto por haber regresado de su veraneo tan tarde que no había podido hallar a M. de Marsan. Fuese sorpresa, fuese antipatía, Ermelinda no pudo ocultar cierta emoción al verle y enrojeció visiblemente.
       Como M. de Sorgues, abonado a la Opera, había sostenido a dos o tres figurantas con cien escudos al mes, se tenía por hombre de gran partido entre las mujeres y se creía obligado a mantener su papel. Al dirigirse a la mesa para comer quiso convencerse hasta qué punto había impresionado a madame de Marsan y le estrechó la mano. Aquella impresion era tan nueva para ella que se estremeció de pies a cabeza; no era preciso tanto para que un fatuo como él se envaneciese.
       Al cabo de un mes, la tía declaró que decididamente M. de Sorgues era el adorador de su sobrina, el cual era un manantial inagotable de lugares comunes y frases de doble sentido, que Ermelinda no podía soportar, pero a las que su natural bondad se sometía forzosamente. Decir por cuáles motivos la rancia marquesa encontraba amable al adorador y por cuáles otros la disgustaba, es, desgraciada o afortunadamente, algo imposible de escribir y de adivinar. Pero fácilmente puede suponerse el efecto que semejantes consejos producían a Ermelinda, acompañados, naturalmente, de ejemplos históricos de la historia moderna y de máximas corrientes entre las gentes bien educadas fáciles al amor. Me parece que en un libro tan peligroso como las relaciones amorosas a que alude su título hay este párrafo, cuya profunda verdad no se conoce bastante: “Nada corrompe tan pronto a una joven como que crea corrompidos a los que debía respetar”. Las conversaciones de madame de Ennery despertaban en el alma de su sobrina un sentimiento de otra naturaleza.
       —Entonces, ¿qué soy yo —se decía—, si es así el mundo?
       Le atormentaba la ausencia de su marido. Hubiera querido tenerle a su lado cuando, sentada junto al fuego, se entregaba a sus reflexiones. ¡Si al menos pudiera consultarle, preguntarle toda la verdad! Él, como hombre, debía saberla, y estaba segura de que la verdad en su boca no podía causarle temor.
       Tomo la resolución de escribir a M. de Marsan, quejándose de su tía. Ya había escrito y cerrado su carta, y se disponía a enviarla, cuando por una rareza de su carácter la arrojó, riéndose, al fuego.
       —Soy tonta en inquietarme —se dijo con su alegría habitual—. ¡Este hombre no es como para darme miedo, cuando me mira tiernamente!
       En el mismo instante entraba M. de Sorgues. Probablemente en el camino había tomado sus resoluciones extremas. El hecho es que cerró bruscamente la puerta, y acercándose a Ermelinda, sin pronunciar palabra, la estrechó entre sus brazos y le dio un beso.
       Ella quedó muda de asombro, y por toda respuesta tiró de la campanilla. M. de Sorgues, como hombre experimentado, comprendió inmediatamente y se puso en salvo. Aquella misma noche escribió una larga carta a la condesa y no volvio a vérsele más por El molino de Mayo.


III

      Ermelinda no habló a nadie de aquella aventura. No vio en ella más que una lección y un motivo de reflexión, y su buen humor no se alteró lo más mínimo. Solamente cuando madame de Ennery, según costumbre, le dio un beso antes de retirarse por la noche, un ligero escalofrío hizo palidecer a la condesa.
       Lejos de quejarse de su tía, como resolvió ha poco, no hizo sino procurar intimar con ella y hacerle hablar más todavía. La idea del peligro desapareció con la marcha de su adorador, y en la condesa solo quedó una insaciable curiosidad. La marquesa había tenido, en la verdadera acepción de la palabra, una turbulenta juventud. Su conversación era divertida aunque solo contase algo de cuanto sabía, y de sobremesa con su sobrina muchas veces decía más de lo debido. Es verdad que todos los días se despertaba con el propósito de no volver a contar nada y de dar por no dicho lo ya dicho; pero sus anécdotas eran, por desgracia, como los carneros de Panurgo: a medida que avanzaba el día, las confidencias se multiplicaban de tal modo que algunas noches al sonar las doce, las manillas del reloj parecían marcar el número de historietas referidas por la buena señora.
       Hundida en un gran sillon, Ermelinda escuchaba atentamente. No necesito añadir que su seriedad se interrumpía a cada momento por una carcajada o por una graciosa pregunta. A través de los escrúpulos y reticencias indispensables, madame de Marsan iba descifrando en su tía como en un manuscrito precioso al que faltasen algunas hojas que la fantasía del lector tuviera que suplir. Comprendió que para mover los muñecos era necesario conocer y manejar los hilos.
       Y semejante idea le dio esa indulgencia para con los demás que ha conservado siempre. Parece, en efecto, que nada le extraña, y nadie es menos severa que ella con sus amigos; esto nace de que la experiencia le ha obligado a considerarse como un ser aparte y de que, divirtiéndose inocentemente con las flaquezas de los demás, ha renunciado a imitarlos.
       Entonces fue cuando, de vuelta a París, se convirtió en esta condesa de Marsan de la que tanto se ha hablado y que tan pronto estuvo de moda. No era aquella la pequeña Duval, ni la recién casada apasionada y desconfiada. Una sola prueba de su voluntad habíala súbitamente transformado. Era una mujer de corazón y de talento que no quería amores ni aventuras, y que, con una reconocida habilidad, sabía, sin embargo, gustar en todas partes. Parecía haberse dicho:
       —¡Bah, puesto que el mundo es así, tomémosle como es!
       Supo comprender la vida, y durante un año, vos lo recordaréis, no hubo diversión sin ella. Se ha creído y se ha dicho, ya lo sé, que un cambio tan extraordinario no podía deberse más que al amor, y se atribuyó a una nueva pasión el nuevo esplendor de la condesa. ¡Es tan fácil engañarse cuando se juzga de pronto! Lo que hizo encantadora a Ermelinda fue su firme decisión de no atacar a nadie y de hacerse ella misma inatacable. Si existe alguien a quien se pueda aplicar esta deliciosa frase de uno de nuestros poetas: “Vivo por curiosidad” [Víctor Hugo: Marion Delorme —N. del A.], a nadie mejor que a madame de Marsan; esta frase la retrata por entero.
       M. de Marsan volvió. El éxito escaso de su viaje no logró ponerle de buen humor. Todos sus proyectos habían fracasado. Con la revolución de julio, que fue por entonces, perdió sus charreteras. Fiel a su causa, no salía más que para hacer algunas visitas por el barrio de Saint-Germain. En tan tristes circunstancias cayó enferma Ermelinda. Su delicada naturaleza fue castigada con largos sufrimientos y creyó morir. Un año después no parecía la misma. Su tío se la llevó a Italia y hasta 1832 no volvió con él de Niza.
       Ya os he dicho que alrededor de ella se había formado una piña de amigos, a los que halló a su vuelta. Pero de lo viva y pronta que antes estaba se había hecho ahora sedentaria. Parecía que la agilidad de su cuerpo la hubiese abandonado y que solo le quedaba en el espíritu. Como su marido, salía rara vez, y casi siempre que se pasaba de noche ante su ventana se veía en ella la lámpara encendida. Era que allí se reunían algunos amigos. Y como las gentes de buen gusto se buscan siempre, la morada de los Marean fue pronto un punto de cita muy agradable, que no se abordaba con gran dificultad ni con facilidad extrema, y que tuvo el buen sentido de no convertirse en censura de ingenios. M. de Marsan, habituado a una vida más agitada, se aburría sin saber qué hacer. La conversación y la ociosidad nunca habían sido muy de su gusto. Poco a poco fue dejándose ver menos en la casa, hasta que desapareció. Se ha dicho también que, cansado de su mujer, tenía una querida. Como no está probado no hablaremos de ello.
       A pesar de todo, Ermelinda no tenía aún más que veinticinco años, y, sin darse cuenta de lo que le sucedía, se iba sintiendo ganada por el tedio. Se acordaba del Paseo de los Suspiros y tenía miedo a la soledad. Parecíale experimentar algún deseo y no podía concretar qué era lo que le faltaba. No se le ocurría que se pudiera amar dos veces en la vida. Creía haber entregado para siempre su corazon y tenía a M. de Marsan por su único depositario. Oyendo cantar a la Malibran sentía una extraña emocion, y de vuelta a su casa se encerraba en su cuarto y se pasaba noches enteras cantando a solas, y en sus labios tomaban las notas un temblor convulsivo.
       Creía que su pasión por la música bastaba para hacerla feliz, y mandó tapizar en seda su palco de los Italianos, como si fuera su propio camarín. Aquel palco, decorado con un cuidado escrupuloso, fue durante algún tiempo el constante objeto de sus pensamientos. Ella misma eligió la tela y mandó llevar a él un espejo gótico, al que tenía gran cariño. No sabiendo como prolongar aquel infantil entretenimiento, cada día añadía una nueva cosa, y hasta bordó por sí misma para el palco un taburete que era una verdadera obra maestra. Y, en fin, cuando todo estuvo definitivamente acabado, cuando no halló la manera de inventar nada más, se vio sola una noche en su amable rincón frente al Don Juan, de Mozart. Presa de una irresistible impaciencia, no se fijaba en la escena ni en la sala. Rubini, Heinefetter y Sontag cantaban el terceto de los enmascarados, que el público les hacía repetir. Absorta en sí misma, Ermelinda escuchaba con toda su alma, y al volver en sí se dio cuenta de que, alargando el brazo hasta un asiento vacío junto a ella, a falta de una mano amiga que estrechar, oprimía fuertemente el pañuelo con la suya. No se le ocurrió pensar por qué no estaba allí M. de Marsan, pero se preguntó por qué estaba tan sola, y aquella reflexión turbó su espíritu.
       Al volver halló a su marido en el salón jugando al ajedrez con un amigo. Se sentó a distancia y, aunque a la fuerza, miró al conde siguiendo con los ojos los gestos de aquel noble rostro que tan hermoso le pareció a los diez y ocho años, cuando el conde se arrojó a contener su caballo. M. de Marsan perdía, y un entrecejo de disgusto le daba cierta expresión poco agradable. De pronto sonrió y brillaron sus ojos. La fortuna se ponía de su parte.
       —¿Os gusta mucho ese juego? —pregunto Ermelinda sonriendo.
       —Como la música, para pasar el rato —respondió el conde.
       Y siguió el juego sin mirar a su mujer.
       —¡Pasar el rato! —se repetía en voz baja madame de Marsan al acostarse. Aquellas palabras le quitaban el sueño.
       —¡Es guapo, es bueno y me quiere! —se decía.
       Y, sin embargo, su corazón palpitaba vivamente, y el ruido del reloj y la vibración monótona del péndulo le eran insoportables. Se levanto a pararle.
       —Pero ¿qué voy a hacer? —se pregunto—. ¿Se detendrán las horas, dejará de correr el tiempo porque obligue a callarse a este pequeño reloj?
       Fijos sus ojos en el péndulo, entregóse a mil pensamientos para ella desconocidos hasta entonces: el pasado, el porvenir, la brevedad de la vida; para qué hemos venido al mundo, qué hacemos en él y qué nos espera después. En el fondo de su corazón no halló vivo más que el recuerdo del único día vivido intensamente: aquel en que sintió que amaba. Lo demás le parecía un sueño confuso, una sucesión de días monótonos y uniformes como el movimiento del péndulo. Se pasó la mano por la frente y sintió una irresistible necesidad de vivir. ¿Diré de vivir o de sufrir? Acaso de lo último. En aquel momento hubiese preferido el dolor a la tristeza. Se hizo el propósito de cambiar de existencia a toda costa. Se forjó mil proyectos de viaje y no encontró ningún país de su agrado. ¿Qué era lo que buscaba?
       No podía concretar sus deseos. La incertidumbre la consumía. Se asustó de sí misma y creyó volverse loca. Corrió al piano. Quería tocar el terceto de los enmascarados. Pero a los primeros acordes se deshizo en lágrimas, y, en el mayor desaliento, quedóse pensativa.


IV

      Entre los concurrentes a la morada de los Marsan había un joven llamado Gilberto. Comprendo, señora, que al hablaros de él me expongo al peligro de tratar punto tan delicado y no sé como saldré de ello.
       Desde hacía seis meses solía ir una o dos veces por semana a casa de la condesa, y junto a ella sentía algo que acaso no puede llamarse amor. El amor, según se dice, es esperanza, y los amigos de Ermelinda la conocían muy bien para no saber que si su hermosura inspiraba el deseo, su conducta y su carácter no eran los más a propósito para alentarle. En presencia de madame de Marsan nunca se había atrevido Gilberto ni a pensar en cosa semejante. Le gustaba por su conversación, por su modo de ver las cosas, por sus aficiones, por su ingenio y por su discreta malicia, que es el acicate del ingenio. Lejos de ella, una mirada, una sonrisa, la iniciación de cualquier íntima belleza, entrevista apenas en un descuido; ¿qué sé yo?, mil recuerdos, en fin, se apoderaban de él y le perseguían incesantemente como fragmentos de melodía que no podemos apartar de nuestra imaginación después de una audicion musical.
       Pero en presencia de ella recobraba la calma, y la facilidad que tenía para verla frecuentemente evitaba que su deseo fuese a más, pues, muchas veces, solo al perder lo que se ama sabemos cuánto lo amábamos.
       Ermelinda tenía su tertulia casi siempre por la noche. Gilberto no iba jamás antes de las diez, que era la hora de más animación, y nunca se quedaba el último: se salía de allí cerca de media noche, y a veces más tarde, si la historia que se refería era entretenida. Así resultaba que al cabo de seis meses, a pesar de su asiduidad en casa de la condesa, Gilberto no había conseguido hablar a solas con ella. Sin embargo, la conocía muy bien, y acaso mejor que sus íntimos, fuese por una penetración instintiva, fuese por otro motivo que será preciso deciros: amaba la música tanto como ella. Y como una afición dominante explica muchas cosas, he aquí por lo que la adivinaba más que la conocía. Una frase de cualquier romanza o un pasaje de cualquier melodía italiana eran para él la llave de un tesoro, pues si al acabar la melodía o la romanza miraba a Ermelinda, raro era que sus ojos no se encontrasen. Si se trataba de un libro reciente o de una obra representada la víspera, bastaba que uno de los dos formulase su opinión para que el otro la aprobase con la cabeza. Con frecuencia se echaban a reír al mismo tiempo oyendo una anécdota, y el relato emocionante de cualquier acción heroica les hacía mirar a la vez hacia otra parte para no descubrir su viva emoción. Para decirlo todo en una frase antigua y precisa: simpatizaban. Pero, me diréis, eso es amor. Paciencia, señora; todavía, no.
       Gilberto, que era asiduo concurrente a los Bufos, pasaba algunas noches un acto en el palco de la condesa. Quiso la casualidad que una de ellas diesen todavía Don Juan. M. de Marsan estaba también en el palco. Al llegar al terceto, Ermelinda no pudo por menos de volverse a mirar, acordándose de lo sucedido con el pañuelo. Pero aquella vez se encontró con Gilberto, que, en actitud de un arrobo inefable, estaba absorto en tan melancólica armonía. Con el alma pendiente de los labios de la Sontag, quien no sintiera la música como él le hubiera podido creer locamente enamorado de la deliciosa cantante; tal brillaban sus ojos. En su pálido rostro, sombreado de hermosos cabellos negros, se leía el placer que experimentaba. Con los labios ligeramente entreabiertos seguía el compás de la música, que su mano temblorosa marcaba apenas sobre el terciopelo del antepecho. Ermelinda sonreía. Y en aquel momento —forzado estoy a confesarlo—, en aquel momento, sentado en el fondo del palco, el conde dormía profundamente.
       Tantos obstáculos se oponen en el mundo a ocasiones tan propicias como aquella, que cuando se presentan son verdaderas casualidades; pero por eso mismo causan más viva impresión y dejan un recuerdo más duradero. A Gilberto no se le ocurrió siquiera lo que Ermelinda pensaba, ni la comparación que acababa de hacer. Sin embargo, algunos días se preguntaba a sí mismo si la condesa sería feliz. Al hacerse esta pregunta no lo creía; pero en cuanto se daba a pensar en ello, ya no sabía qué decirse. Tratando, poco más o menos, a la misma gente; viviendo en el mismo ambiente los dos, tenían necesariamente mil ocasiones de escribirse con cualquier motivo insignificante. Aquellas cartas indiferentes, sometidas a las más ceremoniosas fórmulas, hallaban siempre el modo de deslizar una palabra o una frase que daba qué pensar. Muchas veces, Gilberto se pasaba la mañana con una carta de madame de Marsan desdoblada sobre la mesa, y, a su pesar, de vez en cuando ponía los ojos en ella. Su excitada imaginación le hacía dar un sentido especial a lo más insignificante. Ermelinda firmaba algunas veces en italiano con un vostrísima, en el que Gilberto gustaba ver algo más que una simple fórmula amistosa, repitiéndose que lo que en verdad quería decir era: toda para vos.
       Sin ser un hombre afortunado como M. de Sorgues, Gilberto había tenido sus amantes. Estaba lejos de mostrar esa especie de prematuro desprecio a las mujeres, tan de moda en los jóvenes; pero tenía su modo de pensar acerca de ellas, y no os diré más sino que la condesa de Marsan le parecía una excepción. Seguramente hay muchas mujeres con talento —mejor dicho, señora, todas lo tienen—, pero cada una a su manera. Ermelinda, joven, rica, hermosa, un poco triste, apasionada por algunas cosas, demasiado indiferente por otras, rodeada de la mejor sociedad, llena de inteligentes cualidades y pronta al placer, parecíale a Gilberto rica en todos los dones del talento.
       —¡Y, además, qué hermosa es! —se decía en sus paseos nocturnos por el bulevar de los Italianos, durante las noches cálidas de agosto—. Indudablemente, quiere a su marido, pero como a un amigo nada más. El amor ha pasado. ¿Vivirá sin amor? Pensando en todo ésto, reflexionó que también él desde hacía seis meses estaba sin amante.
       Un día salió de visitas. Al pasar ante la puerta de los Marsan llamó, a pesar de ser las tres de la tarde. Esperaba hallar sola a la condesa, y él mismo se quedó extrañado de que por primera vez se le hubiera ocurrido semejante idea. Le dijeron que la condesa había salido, y de nuevo emprendió el camino de su casa, malhumorado y hablando a solas entre dientes, como era su costumbre. No tengo a qué deciros lo que pensaba. Poco a poco, llevado de su distracción, fue desviándose de su camino. Me parece que fue entonces cuando, al desembocar en la encrucijada de Buci, se tropezó con un transeúnte violentamente, pero de un modo original, pues se vio de pronto frente a frente con una cara desconocida a la que acababa de decir en voz alta: “¿Y si os dijese que os amo?”
       Huyendo avergonzado de su distracción, de la que no podía por menos de reírse, advirtió que su ridícula frase constituía un verso muy afortunado. Y como había hecho versos cuando estaba en el colegio, se le ocurrió la idea de improvisar la poesía que luego veréis.
       Al día siguiente, como sábado, se recibía en casa de la condesa. M. de Marsan comenzaba a abandonar su soledad y había reunido una gran concurrencia. Encendidas las arañas y abiertos los salones, las damas a un lado y los caballeros a otro, formaban un gran círculo en torno a la chimenea. No era el lugar más a propósito para cartas de amor. Gilberto, no sin trabajo, consiguió acercarse a la dueña de la casa. Después de hablar con ella y con los que la rodeaban de cosas indiferentes durante un cuarto de hora, sacó de su pechera un papel cuidadosamente doblado, que comenzó a arrugar como al descuido. Como por arrugado que estuviera se veía que aquel papel era una carta, Gilberto esperaba que se fijasen en él, y, en efecto, alguien se fijó, pero no Ermelinda. Volvió a guardárselo y a sacarlo, y así hasta que por fin la condesa lo vio y le preguntó lo que era.
       —Son —le dijo— unos versos que he compuesto a una hermosa dama. Os los enseñaré si me prometéis que, en caso de adivinar quién es ella, no la predispondréis mal hacia mí.
       Ermelinda cogio el papel y leyo las siguientes estrofas:


A NINÓN

  Si a decir me atreviese que os adoro, señora
de tez morena y ojos azules, ¿qué diríais?
Bien sabéis que el pesar del amor nos devora;
pero aun siendo cruel con vos misma, traidora,
mi osado atrevimiento quizá castigaríais.

   Si a decir me atreviese que en silencio he escondido
seis meses el tormento de amor en que me abraso
—en vuestra indiferencia, Ninón, habéis sabido
adivinar, lo mismo que un hada, y comprendido—,
que “lo sabíais todo” me hubierais dicho acaso.

   Si a decir me atreviese que una dulce locura
igual que vuestra sombra me lleva tras de vos
—¿cómo ignorar que aumenta, Ninón, vuestra hermosura
ese aire melancólico y esa triste dulzura?—,
acaso me dijerais que lo dudáis de nos.

   Si a decir me atreviese que en mi alma clavadas
dejáis vuestras menores palabras al hablar
—bien sabéis que la ofensa que aviva las miradas
dos pupilas celestes convierte en llamaradas—,
quizá me prohibierais volveros a mirar.

   Si a decir me atreviese que hasta el sueño se aleja
de mí, y que de hinojos me paso todo el día
—Ninón, cuando reís, bien sabéis que una abeja
por una flor tomara vuestra boca bermeja—,
si a decíroslo fuera, sólo risa os daría.

   Pero nada sabréis, pues nada he de deciros.
Sentado junto a vos, a la lámpara amable,
os oigo hablar y aspiro vuestros propios suspiros;
podéis adivinar, dudar y sonreíros,
pero no deshacer el encanto inefable.

   Yo recojo en secreto las flores misteriosas.
Puedo, en pie, junto a vos, la armonía escuchar
del teclado en que vuelan vuestras manos airosas,
y puedo, entre las vueltas del vals, vertiginosas,
sentiros en mis brazos, como un lirio, temblar.

   Y después, cuando el mundo de nuevo nos separa
y retorno a encerrarme a mis solas con Dios,
mil recuerdos se adueñan de mí, y en una rara
deleitación de avaro, que su arcón destapara,
abro mi corazón, que lo llenasteis vos.

   Adoro y sé fingir que indiferencia siento;
amo y nada os he dicho; amo y no soy amante;
el secreto me es caro; codicio el sufrimiento,
y si a toda esperanza renuncio, ni un momento
renuncié a ser dichoso: con veros es bastante.

   Y pues sé no nací, señora, tan buen hora
que, amante, en vuestros brazos la muerte me daríais
—¡ay, lo prueba hasta el mismo pesar que me devora!—,
si a decir me atreviese que os adoro, señora
de tez morena y ojos azules, ¿qué diríais?


      Cuando Ermelinda acabó su lectura entregó los versos a Gilberto sin decir palabra. Al poco rato volvió a pedírselos, los leyó de nuevo y, como distraída, arrugándolos indiferentemente, los escondió en la mano. Se acercó alguien a ella. Se levantó y se olvidó de devolver los versos a su dueño.

V

      ¿Cómo es posible, os pregunto yo, que seamos así para obrar tan de ligero? Gilberto, que salió muy contento al ir a la reunión, volvía temblando como la hoja de un árbol. Lo que en aquellos versos había de exagerado y faltó de sinceridad fue sincero desde que la condesa los tocó. Y, sin embargo, nada había respondido, y ante tanto testigo fue imposible interrogarla. ¿Estaría ofendida? ¿Como interpretar su silencio? ¿Le hablaría cuando volvieran a verse? Y si le hablaba, ¿qué le diría? Su imagen se le aparecía tan pronto fría y severa como dulce y sonriente. Gilberto no pudo soportar la incertidumbre, y tras de una noche de insomnio volvió a casa de la condesa. Allí supo que acababa de salir en posta hacia El molino de Mayo.
       Se acordó de que habiéndola preguntado pocos días antes, por casualidad, si pensaba pasar el verano en el campo le respondió que no, y al meditar sobre esto se le ocurrió en seguida:
       —Se va por culpa mía. ¡Puesto que me teme, me ama!
       Al decir “Me ama” se detuvo. Sentía una viva opresión en el pecho, respiraba con dificultad, y no sé qué extraño temblor le estremecía. Sin poder dominarse, sentía una viva agitación ante la idea de haber conmovido tan pronto a un corazón tan noble. Las ventanas cerradas, el patio desierto, algunos criados que cargaban equipajes, aquella precipitada marcha, más bien una especie de fuga; todo esto, en fin, le turbó y le asombró.
       Lentamente volvió a su casa. Al cuarto de hora era otro hombre. No preveía nada, no reflexionaba nada. No se daba cuenta de la que había hecho la víspera, ni qué circunstancias le habían empujado a ello. No sentía el menor orgullo. Durante todo el día no pensó ni aun en el modo de sacar provecho a su nueva situación, ni en intentar ver a Ermelinda. Ya no se le aparecía dulce ni severa; solo la veía sentada en su terraza releyendo las estrofas que guardó, y repitiéndose: “¡Me ama!”, se preguntaba si era digno de ello.
       Gilberto aun no tenía veinticinco años. Aunque la reflexion hubiera hablado, su poca edad hubiera vencido a aquella. Al día siguiente tomó el coche de Fontainebleau y por la noche llegó al Molino de Mayo. Cuando le anunciaron, Ermelinda estaba sola. Le recibió con visible prevención. Al verle cerrar la puerta, el recuerdo de M. de Sorgues la hizo palidecer. Pero a las primeras palabras de Gilberto advirtio que estaba tan cohibido como ella. En vez de estrecharle la mano como siempre, lo hizo con más timidez y cortedad que nunca. Cerca de una hora estuvieron solos y nada se dijeron de los versos ni del amor que sentían. Cuando M. de Marsan entró, de vuelta del paseo, se nubló la frente de Gilberto. Comprendió que había desaprovechado lamentablemente su primera entrevista a solas. Todo lo contrario sucedió a Ermelinda. El respeto de Gilberto la conmovió y se abismó en las más peligrosas quimeras. Acababa de comprender que le amaban, y en cuanto estuvo segura de ello, correspondió.
       Cuando a la mañana siguiente bajó a desayunar, en sus mejillas habían reaparecido los más vivos colores juveniles. Su rostro, como su corazón, se había rejuvenecido diez años. A pesar del mal tiempo que hacía, quiso dar un paseo a caballo. Montaba una soberbia yegua rebelde al freno, como si quisiera exponer su vida. Agitaba, riéndose, la fusta ante los ojos del inquieto animal, y no pudo resistirse al extraño capricho de pegarle sin que lo mereciera. El caballo relinchó de cólera, sacudiendo espuma de su boca. Ermelinda miro a Gilberto. Éste, con un movimiento rápido, se acercó para cogerle por las bridas.
       —Quitad, quitad —le dijo ella riéndose—; hoy no me caigo.
       Se hacía necesario hablar de los versos, y, en efecto, hablaron mucho de ellos los dos, pero solo con los ojos. Este lenguaje dice más que ninguno.
       Gilberto pasó tres días en El molino de Mayo con peligro de caer de rodillas a cada momento. Al contemplar el talle de Ermelinda temblaba ante el temor de no poder resistir a la tentación de estrecharla en sus brazos; pero en cuanto ésta daba un paso se apartaba para dejarla pasar, como si temiera rozarse con ella. Al tercer día anunció su partida para el siguiente. Por la tarde, a la hora del te, se habló del vals y de la oda que a este baile dedicó Byrom. Ermelinda hizo notar que para hablar de él con tanta animosidad era necesario que aquel placer hubiese excitado vivamente la envidia del poeta que no podía disfrutarlo. En apoyo de sus palabras fue a buscar el libro, y para que Gilberto pudiese leer con ella, se colocó tan cerca de él que sus cabellos le rozaban la mejilla. Aquel leve contacto causó al joven un estremecimiento de placer al que no hubiera podido resistir si no hubiera estado allí M. de Marsan. Ermelinda, al advertirlo, enrojeció y cerró el libro. Esto fue todo cuanto sucedió en aquel viaje.
       He aquí un enamorado singular; ¿no es verdad, señora? Hay un refrán que dice que lo aplazado no está perdido. En general, desdeño los refranes, que a todo se aplican por igual. Pero confieso que éste en su aplicación me parece falso cien veces por cada una que resulte cierto, todo lo más, cuando se trate de gentes tan pacientes como resignadas y tan resignadas como indiferentes. Que se emplee este lenguaje en el cielo, donde los santos se dicen entre sí que lo que se aplaza no está perdido, me parece maravilloso; es muy propio de quienes tienen por delante una eternidad y pueden derrochar el tiempo a manos llenas. Pero nosotros, pobres mortales, no tenemos tan largo destino. Así, pues, os presento a mi héroe tal como es. Creo, sin embargo, que, de haber procedido de otro modo, hubiera sido tratado como M. de Sorgues.
       Madame de Marsan volvio a fines de semana. Gilberto se presentó en su casa una tarde al anochecer. Hacía un calor sofocante. La encontró sola en su gabinete tendida sobre un canapé. Un ligero vestido de muselina mostraba al desnudo los brazos y el cuello. Dos maceteros rebosantes de flores embalsamaban la estancia. Una puerta, abierta al jardín, dejaba entrar un aire tibio y suave. Todo incitaba a la molicie, y, sin embargo, una extraña e insólita contradicción vino a perturbar su charla. Ya os he dicho que con frecuencia les sucedía expresar al mismo tiempo y con los mismos términos sus pensamientos, sus sensaciones; pero aquella noche no estaban de acuerdo en nada, y, por consecuencia, los dos hablaban con mala intención. Ermelinda pasaba revista a algunas amigas suyas. Gilberto las alababa con entusiasmo, y entonces ella las criticaba a propósito. Obscureció. Quedaron en silencio. Entró un criado con una luz. Madame de Marsan le dijo que no la quería y que la dejase en el salón. Apenas había dado esta orden pareció arrepentirse, y, levantándose perezosamente, se dirigió al piano.
       —Venid a ver —dijo a Gilberto— el taburete que tenía en el palco y que he hecho arreglar de otra manera para que me sirva de banqueta de piano. Acaban de traérmele ahora mismo y quiero haceros un poco de música para estrenarle con vos.
       Preludió dulcemente unas vagas melodías, en las que Gilberto reconoció bien pronto su pieza favorita, El deseo, de Beethoven. Olvidándose poco a poco, Ermelinda iba dando a la música la más apasionada expresión, el ritmo más voluptuoso, deteniéndose de pronto como si le faltase la respiración, sosteniendo el sonido para dejarle vibrar y extenderse. Jamás palabra alguna igualará la ternura de semejante lenguaje. De tiempo en tiempo levantaba sus ojos hermosísimos para consultar con Gilberto, que permanecía en pie junto a ella. Éste se apoyó en el ángulo del piano, y los dos luchaban con su propia turbación, cuando un accidente casi ridículo vino a sacarles de su ensueño.
       El taburete se rompió de pronto y Ermelinda cayó a los pies de Gilberto, que se apresuró a ofrecerle su mano. Ermelinda se cogió a ella y se levantó riendo. Gilberto, temiendo que se hubiese hecho daño, estaba pálido como un muerto.
       —Está bien —dijo ella—; dadme una silla. No se dirá que me he caído de un piso quinto.
       Se puso a tocar una contradanza y a burlarse, sin perder el compás, del susto de Gilberto.
       —¿No es una bobada— le dijo él— que me haya asustado al veros caer?
       —¡Bah! —respondio ella—. Eso es un efecto nervioso. ¿Creéis que os lo agradezco? Confieso que mi caída ha sido ridícula, pero creo —añadió muy secamente—, creo que vuestro susto lo es mucho más.
       Gilberto dio algunas vueltas por la estancia, y la contradanza de Ermelinda iba poco a poco siendo menos alegre. Comprendía Ermelinda que, queriendo burlarse de él, le había herido vivamente. Estaba demasiado emocionado para poder hablar. Volvió a apoyarse ante ella en el mismo sitio, y sus ojos húmedos no pudieron contener algunas lágrimas. Ermelinda se levantó de pronto y fue a sentarse en un rincón oscuro, al otro extremo de la estancia. Gilberto se acercó a ella y le reprochó su dureza. Entonces le tocó a la condesa no poder responder. Permanecía muda y presa de una agitación imposible de expresar. Gilberto cogió el sombrero para marcharse, pero, no pudiendo decidirse, se sentó junto a ella. Ésta se volvió y extendió el brazo como para indicarle que se fuera, pero él la cogió y la estrechó contra su corazón. En el mismo instante llamaron a la puerta y Ermelinda se metió en su gabinete.
       Al día siguiente el pobre muchacho no se dio cuenta de que iba a casa de madame de Marsan hasta el momento mismo en que llegaba a ella. Por experiencia, temió encontrarla severa con él y ofendida de lo que había pasado; mas se engañó. Le recibió tranquila e indulgente, y sus primeras palabras fueron para decirle que le esperaba. Pero luego le anunció firmemente que les era preciso dejar de verse.
       —No me arrepiento —le dijo— de la falta que he cometido, y no pretendo disculparme de nada. Pero aunque ello os haga sufrir y yo también sufra, M. de Marsan se alza entre nosotros y yo no sé engañar. Olvidadme.
       Gilberto quedó aterrado de aquella franqueza, cuyo acento persuasivo no permitía ninguna duda. Desdeñaba las frases vulgares y las vanas amenazas de muerte que se dicen y hacen en casos semejantes, e intentó ser tan valiente como la condesa y probarle por lo menos así lo mucho que la quería. Le respondió que la obedecería y que abandonaría París por algún tiempo. Ella le preguntó adónde pensaba irse y prometió escribirle, y queriendo que la conociese por entero le contó en pocas palabras su historia, pintándole su situación y su sufrimiento, sin que por ello se sintiese más dichosa. Le devolvió sus versos y le dio las gracias por haberla ofrecido un momento de felicidad.
       —Me he entregado a ella —le dijo— sin querer ni reflexionar. Estaba segura de que el imposible me detendría. Pero no he podido resistir a lo que era posible. Espero que no veréis en mi conducta una coquetería que no he puesto en ella. He debido a tiempo guardarme de vos. Pero no os creo tan enamorado que no lo olvidéis todo muy pronto.
       —Os seré franco —respondio Gilberto—, diciéndoos que no lo sé, pero que no creo en ese olvido. Vuestra hermosura me ha impresionado menos que vuestro talento y vuestro carácter, y si la imagen de un bello rostro puede borrarse con la ausencia o con los años, la pérdida de una criatura como vos es irreparable. Sin duda, en apariencia, olvidaré, y es casi seguro que dentro de poco recobre mi existencia habitual. Pero la razón me dirá siempre que vos hubierais hecho mi felicidad. Estos versos que me devolvéis fueron escritos como por casualidad; un instante de embriaguez y de ensueño los inspiraron; pero el sentimiento que expresan está vivo en mí después de conoceros, y no he tenido fuerzas para ocultarle, por lo mismo que es sincero y constante. Ya no seremos felices uno ni otro, y nos sacrificaremos por los demás sin recompensa de nadie.
       —No es por los demás —dijo Ermelinda—, sino por nosotros mismos, o, aun mejor es por mí por quien os sacrificáis. La mentira me es insoportable, y anoche, después de iros, estuve a punto de decírselo todo a M. de Marsan.
       —Vamos, vamos, amigo mío —añadió alegremente—, procuremos vivir.
       Gilberto le besó la mano respetuosamente y se separaron.


VI

      Apenas habían tomado aquella determinación cuando comprendieron que les sería imposible realizarla. No necesitaron grandes explicaciones para convenir mutuamente en ello. Gilberto estuvo dos meses sin ir a casa de madame de Marsan, durante los cuales uno y otro perdieron el apetito y el sueño. Pasado este tiempo, Gilberto se halló una tarde tan desconsolado y triste que, sin saber lo que hacía, cogió el sombrero y se presentó en casa de la marquesa a la hora de costumbre, como si nada hubiera sucedido. Ermelinda no pensó reprocharle lo que tampoco él aludió siquiera. En cuanto le vio comprendió lo que había sufrido. Y por su pate, él la encontro tan cambiada y tan pálida que se arrepintió de no haber venido antes.
       Lo que Ermelinda sentía en su corazón no era una pasión ni un capricho; era la voz de la naturaleza misma que le pedía un nuevo amor. No se había detenido mucho a estudiar el carácter de Gilberto. Sabía que le gustaba, que estaba allí, que decía amarla y que le amaba de otro modo que M. de Marsan la amó. La delicadeza de Ermelinda, su inteligencia, su imaginación ardiente, todas las nobles cualidades que encerraba se entregaban y sufrían sin querer. Las lágrimas que creía derramar sin motivo corrían a pesar suyo, obligándola a buscar la causa. Entonces los libros, la música, las flores, sus aficiones y hasta su misma vida solitaria le hicieron comprender que era preciso amar y luchar o resignarse a morir.
       Así fue como, con una valiente firmeza, la condesa de Marsan midió serenamente el abismo en que iba a caer, y cuando Gilberto la tuvo de nuevo en sus brazos levantó los ojos al cielo como para hacerle testigo de aquella falta y de cuanto pudiera costarle. Gilberto adivinó aquella melancólica mirada que le expresaba la grandeza de la culpa en corazón tan noble como el de su amiga. Comprendió que en sus manos estaba sacrificarle su existencia o degradarla para siempre. Tal pensamiento le produjo más alegría que orgullo, y jurando consagrarse a ella, dióle gracias a Dios del amor que le concedía.
       La necesidad de engañar desconsolaba, no obstante, a Ermelinda, y aunque nunca se lo dijo a su amante, guardó siempre en secreto aquella pena. Aparte de esto, puesto que no podría resistir toda la vida, nunca se le ocurrió la idea de resistirse a Gilberto más o menos tiempo. Calculó, por decirlo así, las probabilidades de dicha posible y de posible dolor y se decidió a jugarse la existencia.
       Cuando Gilberto volvió se veía obligada por fuerza a pasar tres días en el campo. Él le pidió que le diese una cita antes de partir.
       —Os la daré si queréis —le respondió—, pero os suplico me dejéis algún tiempo.
       Al cuarto día un joven entró a media noche en el café Inglés.
       —¿Qué desea el señor? —le preguntó el camarero.
       —Todo lo mejor que tengáis —respondió el joven tan alegremente que la gente se volvió a mirarle.
       A la misma hora, en el hotel de los Marsan, una persiana entreabierta dejaba escapar un tenue resplandor a través de una cortina. Encerrada en su habitación, madame de Marsan, ya ataviada para pasar la noche, se preguntaba:
       —Mañana seré suya. Y él, ¿será mío?
       Ermelinda no se detenía a comparar su conducta con la de otras mujeres. En aquellos instantes no había para ella dolores ni remordimientos: todo callaba ante la idea del mañana. ¿Me atreveré a deciros en lo que pensaba? ¿Me atreveré a escribir lo que en aquella hora terrible inquietaba a una hermosa y noble dama, la más sensible y honesta que he conocido, la víspera de la única falta que haya tenido jamás que reprocharse?
       Pensaba en su hermosura. Amor, sacrificio, sinceridad de sentimientos, constancia, atracción; simpatía, temores, peligros, arrepentimientos, todo se desvanecía, todo lo vencía la más viva inquietud por sus encantos, por su belleza corporal. El resplandor que se percibe es el de una luz que tiene en la mano. Se contempla ante un espejo. Se vuelve y escucha; no hay nadie, nada se oye. Entreabre la túnica que la cubre, y, como Venus ante el pastor de la leyenda, se muestra desnuda tímidamente.
       Para hablaros del día siguiente, nada mejor, señora, que transcribir una carta de Ermelinda a su hermana en la que ella misma describe lo que sentía:
       “Ya era suya. A mi viva ansiedad sucedió un gran abatimiento. Estaba rendida y gozaba con aquel cansancio. Pasé la noche soñando; veía unas formas vagas, e indecisa, oía una voz lejana que me decía: ‘¡Ángel mío! ¡Vida mía!’, y cada vez me sentía más aplanada. Ni una sola vez volvió mi pensamiento a las inquietudes del día anterior, en aquella especie de letargo que recuerdo como un estado paradisíaco. Me acosté y dormí como un recién nacido. Al despertarme al otro día, el confuso recuerdo de cuanto ocurrió la víspera hizo acudir toda la sangre a mi corazón. Una gran palpitación me obligó a incorporarme y, sentada en el lecho, exclamé: ¡Ya está hecho! Escondí la cabeza entre las rodillas y me reconcentré en mí misma. Por primera vez me asaltó el temor de si Gilberto habría juzgado mal de mí. La naturalidad con que cedí podía hacerle formar esta opinión. A pesar de su delicadeza y de su tacto, ¿no podía temer de él la maliciosa experiencia del mundo? ¿Y si aquello no era para él más que un capricho o una dificultad que vencer? Sorprendida, sugestionada, trastornada por todos los sentimientos que me subyugaban, no había estudiado bastante los suyos. Sentí miedo, ‘¡Bah’ —me dije resueltamente—, ‘el día que me conozca bien me pagará con creces lo atrasado!’ Todas aquellas sombras se iluminaron de pronto con dos suspiros. Me pareció que una sonrisa rondaba mis labios. Vi su rostro, como el día anterior, mostrando una expresión como jamás la vi en parte alguna, ni aun en las obras maestras de los grandes artistas: una expresión en la que se confunden el amor, el respeto, la idolatría y a la vez la duda y el temor de no conseguir lo que tan vivamente se desea.
       “¡He aquí el supremo instante de una mujer!
       “Y arrullada por tales pensamientos me vestí. Cuando se espera a nuestro amante, el tocado es un verdadero placer.”


VII

      Ermelinda había tardado cinco años en apercibirse de que su primera elección no podía hacerla dichosa; durante un año había sufrido en silencio; seis meses había estado luchando con una pasión que nacía, dos con un amor declarado, y al fin, cuando sucumbió, su felicidad no duró más que quince días.
       Quince días son muy poco, ¿verdad? Empecé esta historia sin, pensar en ello, y ahora veo que al llegar en su relato este momento no tengo nada más que decir sino que quince días son muy poco. ¿Cómo pretender describirlos? ¿Os contaré lo que no es posible expresar y que hasta los genios han dejado adivinar en sus obras a falta de palabras capaces para ello? Ni vos, seguramente, lo habéis pensado así, ni yo he de cometer tal sacrilegio. Lo que sale del corazón puede escribirse, pero no así lo que es el corazón mismo.
       Además, cuando se es dichoso, ¿hay tiempo de advertirlo en quince días? Ermelinda y Gilberto aun estaban asombrados de su felicidad; no se atrevían a creer en ella, y se maravillaban de la viva ternura con que sentían llenar su corazón.
       —¿Es posible —se preguntaban— que nuestros ojos se hayan mirado alguna vez con indiferencia y que nuestras manos se hayan estrechado fríamente?
       —¡Cómo! ¿He podido mirarte —decía Ermelinda— sin que las lágrimas hayan empañado mis ojos? ¿He podido escucharte sin besar tus labios? ¿Has podido hablarme como a todo el mundo y yo he podido responderte sin decirte que te amaba?
       —¡No —respondía Gilberto—; tu mirada y tu voz te traicionaban! ¡Oh, Dios mío, cómo se clavaban en mí! Yo he sido detenido por el miedo; la causa de que hayamos tardado tanto en querernos!
       Y se apretaban la mano como diciéndose tácitamente: “¡Calmémonos! ¡Tanto cariño nos va a matar!”
       Apenas se habituaron a verse en secreto y a gozar el placer misterioso del peligro; apenas conoció Gilberto cómo de pronto se anima extrañamente el semblante de la que cae en brazos de su amado; apenas si las primeras sonrisas de Ermelinda apuntaron entre lágrimas; apenas se habían jurado amarse eternamente, cuando —¡pobres criaturas! —su felicidad se desvaneció. Confiados en su suerte, se abandonaban a ella sin temor alguno, y saboreaban detenidamente el placer de reconocer que no se habían engañado en sus mutuas esperanzas. Aun se decían: “¡Qué felices seremos!”, cuando dejaron de serlo.
       El conde Marsan era un hombre de gran firmeza y nunca se engañaba sobre las cosas importantes. Había observado que su mujer estaba triste y había pensado que ya no le quería como antes; mas no se cuidó de ello. Pero al verla preocupada e inquieta resolvió no sufrirlo más. En cuanto se tomó el trabajo de buscar la causa, fácilmente la encontró. La primera vez Ermelinda se turbó a sus preguntas; la segunda estuvo a punto de confesárselo todo. Mas él no quiso de ningún modo confidencias de tal naturaleza, y, sin decir nada a nadie, se dirigió a la pensión en que vivía antes de casarse y se reservó un cuarto. Cuando su mujer fue a acostarse, el conde entró en su alcoba y, sentado frente a ella, le habló poco más o menos de este modo:
       —Demasiado me conocéis, querida, para saber que no soy celoso. Os he amado mucho, y siempre os tendré una gran estimación y una sincera amistad. Es cierto que a nuestra edad, y habiendo pasado juntos tantos años, nos es necesaria una reciproca tolerancia para que podamos seguir viviendo en paz. Por mi parte, disfruto la libertad que debe disfrutar un hombre, y me parece bien que vos hagáis lo mismo. Si yo hubiese aportado al matrimonio una fortuna como la vuestra no os hablaría de esta manera. Pero soy pobre, y por mi propia voluntad, al hacer la escritura matrimonial, pobre quedé también. Lo que en otro caso no sería más que indulgencia o discreción, en mi seria bajeza. Por muchas precauciones que se tomen, una intriga amorosa nunca permanece secreta, y, tarde o temprano, necesariamente da que hablar a las gentes. Tened presente que, llegado ese día, no seré incluido ni en la categoría de los maridos complacientes, ni siquiera en la de los maridos ridículos, y nadie verá en mi más que un miserable al que el dinero hace pasar por todo. No entra en mi carácter dar un escándalo que deshonraría a dos famillas a la vez, resulte lo que resulte. No os guardo rencor a vos ni a nadie, y por esto mismo he venido a anunciaros la resolución que he tomado a fin de prevenir las consecuencias que pueda causar cuando se sepa. A partir de la semana próxima me iré a vivir a la pensión que ocupaba cuando conocí a vuestra madre. Me disgusta quedarme en París, pero no tengo para viajar. Puesto que no me queda otro recurso, me hospedaré donde más me agrade. Mirad bien lo que vais a hacer, y hasta donde me sea posible procederé conforme a ello.
       Madame de Marsan había escuchado a su marido con un asombro que iba en aumento a cada instante. Se quedó como una estatua al ver que estaba decidido, y no podía creerlo. Casi involuntariamente se arrojó a su cuello exclamando que por nada del mundo consentiría en aquella separación. A todo cuanto dijo él no oponía mas que el silencio. Ermelinda rompio en lágrimas, se echó a sus pies y quiso confesarle su falta; pero él la contuvo y se negó a oírla. Y esforzándose en tranquilizarla, repitiéndole que no le guardaba ningún resentimiento, se fue sin atender sus súplicas.
       Al otro día no se vieron. Cuando Ermelinda preguntó si el conde estaba en sus habitaciones le respondieron que había salido muy temprano y que no volvería hasta la noche. Quiso esperarle, y desde las seis de la tarde estuvo encerrada en las habitaciones del conde; pero le faltó valor y tuvo que volverse a las suyas.
       A la mañana siguiente el conde bajó a desayunar en traje de montar. Los criados preparaban su equipaje, y el corredor estaba lleno de ropas en desorden. Ermelinda, al verle entrar, se acercó a su marido, que le besó en la frente, y se sentaron en silencio. Desayunaban en la alcoba de la condesa. Frente a ella había un espejo. Ermelinda creyó ver en él su propia sombra. Sus cabellos en desorden y su rostro abatido parecían reprocharle su falta. Preguntó al conde con voz insegura si persistía en su propósito de irse de casa, y él le respondió que estaba dispuesto a ello y que había determinado irse el lunes siguiente.
       —¿No hay algún modo de retardar vuestra marcha? —preguntó Ermelinda en tono suplicante.
       —El que hay no es posible —replicó el conde—. ¿Habéis reflexionado lo que vais a hacer?
       —¿Y qué queréis que haga? —dijo ella.
       M. de Marsan no respondió.
       —¿Qué queréis? —repitio ella—. ¿Qué medio me queda para conmoveros? ¿Qué expiación, qué sacrificio puedo ofreceros que vos consintáis aceptar?
       —Vos lo sabréis —dijo el conde. Y levantándose salio sin decir nada. Pero aquella misma noche volvio a verla y su semblante parecía menos severo.
       Aquellos dos días fatigaron a Ermelinda de tal modo que tenía una palidez espantosa. M. de Marsan no pudo, al observarlo, contener un movimiento de compasión.
       —¡Pero, vamos, querida mía! ¿Qué es lo que tienes?
       —Que por más que pienso —respondió—, veo que nada es posible.
       —Entonces, ¿le quieres mucho? —preguntó el conde.
       A pesar de su afectada frialdad, Ermelinda vió en aquella pregunta un rasgo de celos. Creyó que la marcha de su marido podía no ser más que una tentativa para aproximarse a ella, y semejante idea le dio pesar. “Todos los hombres son así” —pensó—: “desprecian lo que poseen y vuelven con entusiasmo sobre lo que sólo por su culpa han perdido”. Quiso saber hasta qué punto estaba en lo cierto, y respondió altivamente:
       —Sí, señor, le quiero, y en esto, al menos, nunca os engañaré.
       —Lo comprendo —replicó M. de Marsan—, y no me seduce luchar con nadie; no tengo deseos ni medios para ello.
       Ermelinda comprendió que se había engañado. Quiso hablar y no supo qué decir. ¿Qué responder, en efecto, a la manera de proceder del conde? Había adivinado claramente lo sucedido, y el partido que había tomado, sin ser cruel, era el más justo. Ermelinda iba a decir algo y no podía concluir; al fin, rompió a llorar. M. de Marsan le dijo dulcemente:
       —Tranquilizaos. Pensad que habéis cometido una falta, pero que tenéis un amigo que la sabe y que os ayudará a repararla.
       —¿Qué haría entonces ese amigo —dijo Ermelinda— si fuese rico cual yo, puesto que una miserable cuestión de intereses le decide a dejarme? ¿Qué haríais si no existiese la escritura matrimonial?
       Ermelinda se levantó, fue a su escritorio y, sacando la escritura, la quemó en una bujía que había encima de la mesa. El conde la estuvo contemplando hasta que acabó.
       —Os he comprendido —dijo al fin—, y aunque lo que acabáis de hacer sea una acción sin consecuencias, puesto que el notario tiene la copia, es una acción que os honra y que yo os agradezco. Pero considerad —añadió abrazando paternalmente a Ermelinda—, considerad que si no se tratase mas que de anular una formalidad, esto hubiera sido abusar de mis ventajas. Podéis, con una plumada, hacerme tan rico como vos, ya lo sé, pero yo no lo consentiría, y hoy menos que nunca.
       —¡Sois orgulloso! —exclamó Ermelinda desesperada—. ¿Y por qué lo rechazáis?
       M. de Marsan, que le cogía una mano, se la apretó ligeramente y respondió:
       —Porque le amáis.


VIII

      Una de esas mañanas de otoño, de esas hermosas mañanas en que brilla el Sol en todo su esplendor, como diciendo adiós a la naturaleza que muere, se acodaba Gilberto en el balcón de un piso segundo, en una calle apartada detrás de los Campos Elíseos. Canturreando una romanza de Norma, examinaba atentamente cada coche que cruzaba por la esquina. Cuando el coche entraba en la calle, Gilberto dejaba de cantar; pero el coche pasaba de largo y él proseguía su espera. Aquel día desfilaron muchos por allí, pero el joven, impaciente, no vió en ninguno la capotita de paja ni la manteleta negra que esperaba. Pasó una hora y otra hora. Ya era tarde. Después de mirar su reloj veinte veces, después de haber dado otras tantas vueltas por la habitación, después de impacientarse y calmarse alternativamente a cada instante, descendió a la calle y anduvo algún tiempo a la ventura. Al volver a su casa preguntó al portero si había alguna carta; la respuesta fue negativa. Todo el día tuvo el presentimiento de un augurio siniestro. Por la noche, hacia las diez, subió no sin temor la gran escalera del hotel de los Marsan. La araña estaba sin encender. Esto le sorprendió y le inquietó. Llamó y nadie contestó. Empujó la puerta, que se abrio ante él, y se dirigio al comedor. Una doncella salió a su encuentro. Gilberto le preguntó si podía entrar.
       —Voy a preguntarlo —respondió la doncella.
       Gilberto, a través de la puerta, oyó en el salón inmediato una voz temblorosa, que reconoció y que decía en voz baja:
       —Dile que no estoy.
       Él mismo me ha confesado que estas breves palabras, pronunciadas en la penumbra en el momento en que menos se lo esperaba, le hicieron más daño que una puñalada.
       En el mayor asombro Gilberto abandonó la casa.
       “Ermelinda está”, se dijo, “y no hay duda de que me ha visto. ¿Qué sucede? ¿No ha podido decirme una sola palabra o escribirme al menos?”
       Ocho días pasaron sin la menor noticia y sin poder ver a la condesa. Al fin recibió la siguiente carta:

    ¡Adiós, Gilberto! Acordaos de vuestro proyectado viaje y cumplid vuestra palabra. ¡Ay! ¡En este instante hago un inmenso sacrificio! Sólo me quedan unas sentidas palabras que me dijisteis con motivo de la funesta resolución que quería tomar. Hay que vivir. Pero no es necesario arrancarse el único pensamiento que puede darnos una tranquilidad aparente. Permitid, amigo mío, que solamente lo aplace con ciertas condiciones; si, por ejemplo, una absoluta indiferencia hacia mí se apodera de vos; si, ya de vuelta, sereno el corazón, no volvéis a verme, y, en fin, si jamás os acordáis de mí ni de mi amor..., entonces, imposible continuar esta vida insufrible. El más desdichado es el que se queda; por eso debéis ser vos el que parta. ¿No os lo permiten vuestros asuntos? ¿Adónde queréis que yo vaya? ¿Qué sé yo adónde? Contestadme, que no os faltarán fuerzas para ello. Tened caridad de mí. Decidme —¡qué sé yo lo que quiero que me digáis!— que os olvidaréis de mí. ¿Verdad que no me olvidaréis? Pero si así es, no importa, decídmelo siempre. No intentéis verme antes de partir. Necesitaría un valor del que no me siento capaz. Desde hace ocho días no hago mas que llorar, escribiros y arrojar mis cartas al fuego. Esta misma aun os parecerá incoherente. M. de Marsan lo sabe todo: me ha sido imposible mentir; además, ya lo sabía. A pesar de todo, esta carta está bien lejos de expresar la contradicción que existe entre mi corazón y mi cabeza. Estos días dejaos ver por ahí, para que la gente no atribuya a despecho vuestro viaje, pues de no hacerlo me imposibilitaríais de ir a ningún sitio y de recibir a nadie en una temporada. Nunca falta la maledicencia. Me escribiréis, ¿verdad? Es imposible que os vayáis sin ponerme unas letras. ¡Viajar!... ¡Vos sois quien viaja!

       Aquel golpe pareció a Gilberto un sueño. Pensó ir en busca de M. de Marsan para desafiarle. Se dejó caer presa de la mayor desesperación y rompió en amargo llanto. Al fin, resolvió ver a la condesa por última vez y tener una explicación sobre lo sucedido, que en tan incomprensible forma le había notificado. Corrió a casa de los Marsan, y, sin hallar con ningún criado, penetró en el salón. Ya en él, se detuvo ante la idea de comprometer a la que amaba y de perderla acaso por su culpa. Al oír pasos se escondió tras de una cortina: era el conde que llegaba. Cuando volvió a quedarse solo, Gilberto avanzó y, entreabriendo una puerta, vio a Ermelinda acostada y a su marido junto a ella. A los pies del lecho había un paño lleno de sangre. El médico se lavaba las manos. Aquel espectáculo le produjo horror. Tembló ante la idea de aumentar con su imprudencia los males de su amada, y, andando en puntillas, salio del hotel sin ser notado.
       Pronto supo que la condesa había estado en peligro de muerte. Una nueva carta le dio detalles de lo sucedido. “Renunciar a volvernos a ver —decía Ermelinda— es imposible, y no hay que pensar en ello. Si semejante idea os desespera, a mí no, porque no puedo admitirla ni por un momento. Pero separarnos por seis meses, por un año, eso me desgarra el alma y me hace llorar, porque eso sí que entra en lo posible”. Y añadía que si antes de partir sentía un vivo deseo de volver a verla, consentiría en ello. Gilberto se negó a la entrevista. Necesitaba de todas sus fuerzas, y aunque de acuerdo en que era preciso alejarse, no sabía qué hacer. Vivir sin Ermelinda le parecía algo vacío de sentido, y, por decirlo así, una quimera. A pesar de todo, se juró obedecerla a toda costa y sacrificar su existencia, si era preciso, a la tranquilidad de madame de Marsan. Puso en orden seis asuntos, se despidió de sus amigos y anunció a todo el mundo su viaje a Italia. Pero cuando todo se hallaba dispuesto y ya tenía su pasaporte, se encerró en su casa y se pasó días y días llorando y proponiéndose todas las noches partir a la mañana siguiente.
       Ermelinda, por su parte, no se sentía, como podéis imaginaros, mucho más valiente que él. En cuanto fue posible se trasladó en coche al Molino de Mayo. M. de Marsan no se separaba de su lado. Durante la enfermedad tuvo para ella el cariño de un hermano y los cuidados de una madre. No necesito decir que lo había perdonado todo y que los sufrimientos de su mujer le hicieron renunciar a sus proyectos de separación. No volvió a hablarle de Gilberto, y no creo que desde entonces haya pronunciado nunca este nombre estando a solas con su mujer. Fácilmente se adivinaba en su conducta que en el fondo se reconocía culpable de haber abandonado a su mujer y de haberse cuidado tan poco de hacerla feliz. Cuando Ermelinda, apoyada en su brazo, se paseaba lentamente con él por el Paseo de los Suspiros, M. de Marsan parecía tan triste como ella. Ermelinda le agradecía que no intentase nunca reanudar su antiguo amor ni combatir su nueva pasión.
       La condesa quemó las cartas de Gilberto, y de aquel doloroso sacrificio sólo guardó estas palabras escritas por su amante: “¡Todo por ti!” Al releerlas no se sintio capaz de destruirlas. Eran el adiós del pobre enamorado. Las recortó con unas tijeras y las llevó mucho tiempo sobre el corazón. “Si alguna vez tuviera que deshacerme de ellas —escribía a Gilberto—, me las tragaría. Mi vida hoy no es más que un resto de ceniza, y ha de pasar largo tiempo para que yo pueda contemplar la chimenea en donde ardiera, sin llorar”.
       —¿Era sincera? —me diréis acaso—. ¿No hizo alguna tentativa para ver de nuevo a su amante? ¿No se arrepintió de su sacrificio? ¿No procuró nunca volver sobre su propósito? Sí, señora, lo procuró; no quiero que pase por mejor ni por peor de lo que fue. Sí, volvió a fingir, volvió a engañar a su marido. A pesar de sus juramentos, de sus promesas, de sus penas y remordimientos, volvio a ver a Gilberto, y después de pasar con él dos horas de un delirante goce, al entrar de nuevo en su casa comprendió que no podía mentir ni engañar. Os diré más: os diré que el mismo Gilberto lo comprendió también y que no le pidió que le dejase volver otro día.
       No se fue, sin embargo, ni volvió a hablar de su viaje. Al cabo de unos días quiso persuadirse de que su corazón ya estaba en calma y de que no había el menor peligro en quedarse. En sus cartas trató de que Ermelinda le consintiera pasar el invierno en París. Ella dudaba, y, renunciando al amor, comenzó a hablarle de amistad. Los dos buscaban toda clase de motivos para prolongar su tortura, o al menos para verse sufrir mutuamente. ¿Qué iba a pasar? No lo sé.


IX

      Creo haberos dicho, señora, que Ermelinda tenía una hermana. Era una bellísima joven, de excelente corazón. Fuese por una excesiva timidez, fuese por cualquier otra causa, nunca había hablado a Gilberto sino con gran reserva, y casi con antipatía, cuando en alguna ocasión se encontró con él. Gilberto, algo atrevido en sus maneras y en su modo de hablar, aunque con naturalidad y sencillez, violentaba un poco al verdadero pudor y a la modestia. Su misma franqueza y su exaltación entusiasta no eran muy simpáticas a la severa Sara (éste era el nombre de la hermana de Ermelinda). Por esto, algunas frases de cortesía cruzadas por casualidad, algún cumplido elogioso cuando Sara cantaba y algún baile de vez en cuando, era todo cuanto existía entre los dos, sin que su amistad pasase a más.
       En estas circunstancias, Gilberto recibió una invitación para un baile en casa de una amiga de madame de Marsan, al que creyó debía asistir para complacer a su amante. En aquel baile estaba Sara. Gilberto fue a sentarse junto a ella. Sabía el cariño que unía a las dos hermanas, y se le ofrecía una ocasión para hablar de la que amaba con alguien que le comprendiese. La reciente enfermedad de Ermelinda era el pretexto. Informarse de su salud era informarse de su amor. Contra su costumbre, Sara le respondió con dulzura y confianza, y como en aquel momento la orquesta diese la señal para bailar, fingiendo sentirse cansada, se negó a hacerlo con la pareja que vino a sacarla.
       La música y el tumulto del baile les dieron mayor libertad para hablar, y la joven fue dando a entender a Gilberto que sabía la causa de la enfermedad de Ermelinda. Le refirió el sufrimiento de su hermana y le contó cuanto había visto. Gilberto, con la cabeza baja, tristemente escuchaba el relato, y cuando la levantó, por sus mejillas se deslizó una lágrima. Entonces Sara no pudo contener su emoción, y sus ojos se empañaron.
       —La queréis más que yo creía —le dijo.
       Desde aquel instante fue para él otra muy distinta, y le confesó que desde hacia mucho tiempo había advertido lo que pasaba entre él y su hermana, y que la antipatía que hasta entonces le había demostrado se debía a que nunca creyó ver en él mas que la ligereza del hombre mundano que hace el amor a todas las mujeres sin preocuparse del daño que causa. Hablaba con calor y franqueza, como hermana y como amiga. El acento de verdad que empleó para convencer a Gilberto de que era absolutamente necesario devolver el reposo a la condesa le conmovió más que nada, y en un cuarto de hora vio claro su destino.
       Iba a empezar el cotillón.
       —Sentémonos en el corro —dijo Gilberto—, así nos evitaremos las figuras y podremos hablar sin que lo adviertan.
       Sara consintió. Ocuparon su puesto y siguieron hablando de Ermelinda. Pero de vez en cuando los caballeros obligaban a Sara a tomar parte en las figuras y tenía que levantarse para coger un ramillete o un abanico, mientras Gilberto, en su silla, abismado en sus pensamientos, contemplaba a su linda pareja, que iba y venía sonriente con los ojos húmedos aun, hasta que volvía Sara y reanudaban su triste conversación. Y al acabar aquella contradanza —la misma que arrulló los primeros días de su amor—, Gilberto juró partir y olvidar.
       Cuando llegó la hora de retirarse se levantaron los dos con cierta solemnidad.
       —Me habéis dado vuestra palabra —dijo ella—, y cuento con vos para salvar a mi hermana. Si os vais —añadió apretándole la mano sin fijarse en que la observaban—, si os vais, seremos dos a pensar en el pobre viajero.
       Se despidieron con estas palabras y Gilberto partió al otro día.



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