Alfred de Musset
(París, Francia, 1810 – París, 1857)


Pedro y Camila (1839)
(“Pierre et Camille”)
Nouvelles
(París: Victor Magen, 1848, 384 págs.), págs. 1-103;
Contes
(París: Charpentier, Libraire-Éditeur, 1854, 372 págs.)



I

      El caballero M. Des Arcis, oficial de caballería, se había retirado del ejército el año 1760. Aunque todavía joven, y aunque su fortuna le permitía presentarse ventajosamente en la corte, había dejado voluntariamente la vida de soltero y los placeres de París retirándose a una hermosa finca cerca de Mans. Una vez allí, al poco tiempo, la soledad, que en un principio le había sido agradable, le pareció enojosa. Comprendió lo difícil que le era romper de pronto con las costumbres de su juventud. No se arrepentía de haber abandonado el mundo; pero no pudiendo decidirse a vivir solo, resolvió casarse, si le era posible hallar una mujer que participase de su inclinación a la vida tranquila y sedentaria que había decidido llevar.
       No quería una mujer hermosa, pero tampoco la quería fea; deseaba que fuese instruida e inteligente, pero sencilla; lo que buscaba sobre todo era la alegría y la bondad de carácter, cosas que consideraba cualidades esenciales de toda mujer.
       Le agradó la hija de un negociante retirado que vivía cerca de allí, y como el caballero no dependía de nadie, no reparó en la distancia que mediaba entre un gentilhombre y la hija de un comerciante.
       Hizo la petición a la familia, que fue acogida inmediatamente. Tuvieron relaciones durante algunos meses y se verificó el matrimonio.
       Jamás comenzó una alianza bajo mejores ni más felices auspicios. A medida que iba conociendo a su mujer, el caballero descubría en ella una inalterable dulzura de carácter y otras nuevas cualidades. Ella por su parte se prendó de su marido con cariño extremado. No vivía más que para él; no pensaba más que en complacerle, y lejos de recordar los placeres de su edad, que por él sacrificaba, sólo deseaba que toda su vida pudiera deslizarse en aquella soledad que de día en día le era más querida.
       La cual soledad no era completa, sin embargo. Algunos viajes a la ciudad y las visitas periódicas de algunos amigos los distraían de vez en cuando. El caballero no rehusaba ver con frecuencia a los padres de su mujer, de manera que a ella le parecía no haber abandonado la casa paterna. Si salía de los brazos de su marido era para encontrarse en los de su madre, gozando así de un favor que la Providencia concede a muy pocos, ya que es muy raro que una nueva felicidad no destruya una felicidad antigua.
       Monsieur Des Arcis no era menos dulce y bondadoso que su mujer; pero las pasiones de su juventud y su experiencia del mundo dábanle a veces melancolía. Cecilia —así se llamaba madame Des Arcis— respetaba religiosamente sus momentos de tristeza. Aunque por su parte nunca había reflexionado en ello, el corazón le advertía espontáneamente que no debía preocuparse por aquellas ligeras nubes que todo lo destruyen si se les da importancia y que nada son dejándolas pasar.
       La familia de Cecilia eran unas buenas gentes, comerciantes enriquecidos por el trabajo, cuya vejez estaba, por decirlo así, en una fiesta perpetua. El caballero gustaba de aquella alegría en el descanso, conquistada antes con tantos trabajos, y espontáneamente tomaba parte en ella. Cansado de las costumbres de Versalles y hasta de las cenas en casa de mademoiselle Quinault, le divertían aquellas maneras, un poco ruidosas pero francas y nuevas para él. Cecilia tenía un tío, persona excelente y mejor convidado aun, que se llamaba Giraud. Había sido maestro de obras y se había hecho arquitecto poco a poco; con lo cual consiguió reunir unas veinte mil libras de renta. La casa del caballero era muy de su gusto, y en ella siempre le recibían bien, aunque algunas veces llegase cubierto de polvo y de yeso: pues a pesar de sus años y de sus veinte mil libras no podía por menos de seguir encaramándose a los andamios y de manejar la paleta. Como hubiese bebido algunas copas de champagne, era inevitable que había de perorar a la hora de los postres:
       —¡Qué feliz eres, sobrino mío! —decía con frecuencia al caballero—. Rico, joven, con una buena mujercita y con una casa no mal construida; nada te falta ni nada tienes que decir. Tanto peor para el vecino si te envidia. Eres feliz, te digo y te repito.
       Un día Cecilia, habiendo oído aquello, e inclinándose hacia su marido, le dijo:
       —¿No es cierto que hay algo de verdad en lo que te dice, puesto que tú lo consientes?
       Madame Des Arcis reconoció al poco tiempo que estaba encinta. Detrás de la casa había una pequeña colina que dominaba toda la comarca. Los dos esposos solían ir juntos paseando hasta ella. Una noche que se habían sentado en la hierba, Cecilia dijo:
       —El otro día no contradijiste a mi tío. Sin embargo, ¿crees que tenía razón por completo? ¿Eres absolutamente dichoso?
       —Tanto como un hombre pueda serlo —respondió el caballero—; y no sé nada que pueda aumentar mi felicidad.
       —Entonces yo soy más ambiciosa que tú —replicó Cecilia—, pues me sería muy fácil decirte algo que nos falta y que nos es absolutamente necesario.
       El caballero creyó que se trataba de alguna bagatela y que Cecilia procuraba dar un rodeo para confiarle algún capricho de mujer. Hizo en burla mil conjeturas, y a cada pregunta aumentaba la risa de Cecilia. Bromeando así se habían levantado y descendían. Monsieur Des Arcis apresuró el paso, y obligado por la rápida pendiente arrastraba consigo a su mujer, cuando ésta se detuvo y, apoyándose en el hombro del caballero, le dijo:
       —Ten cuidado, marido; no me hagas ir tan de prisa. Buscabas muy lejos lo que yo te decía, y está aquí mismo, bajo mis paniers.
       A partir de aquel día casi todos sus diálogos no tuvieron más que un motivo: hablar de su hijo, de los cuidados que habría que prodigarle, de cómo le educarían y de los proyectos para su porvenir. El caballero quiso que su mujer tomase todas las precauciones posibles para conservar el tesoro de que era portadora. Redobló su cariño y sus atenciones hacia ella; y todo el tiempo que duró el embarazo de Cecilia no fue más que una larga y deliciosa embriaguez, plena de las más dulces esperanzas.
       Se cumplió el plazo fijado por la Naturaleza; una criatura bella como la aurora vino al mundo. Era una niña, a la que se llamó Camila. A pesar de la costumbre, y contra la opinión de los médicos, Cecilia quiso criarla por sí misma. Tanto halagó su orgullo maternal la belleza de su hija, que fue imposible separarla de ella; verdad que rara vez se podía ver un recién nacido de facciones tan acusadas y tan armoniosas; sobre todo sus ojos; cuando se abrieron a la luz brillaron con un resplandor extraordinario. Como Cecilia, que se había educado en un convento, era extremadamente religiosa, lo primero que hizo en cuanto pudo levantarse fue ir a la iglesia a darle gracias a Dios.
       La niña comenzó a tomar fuerzas, y a desarrollarse; pero a medida que crecía sorprendía verla guardar una inmovilidad extraña. Ningún ruido parecía impresionarla; se diría insensible a los mil discursos que las madres dirigen a sus hijos; y cuando le cantaban acunándola permanecía con los ojos fijos y abiertos mirando ávidamente la claridad de la lámpara y como si nada oyera. Un día que la niña estaba dormida, una criada dejó caer un mueble; la madre acudió presurosa y vio con asombro que la niña no se había despertado. El caballero quedó aterrado de aquellos indicios demasiado claros para equivocarse. Y cuando los observó con atención comprendió la desgracia a que su hija estaba condenada. En vano quiso engañarse la madre y desvanecer los temores de su marido por todos los medios imaginables. Llamaron al médico, y el examen no fue largo ni difícil. Reconoció que la pobre Camila estaba privada del oído y, por consecuencia, de la palabra.


II

      El primer pensamiento de la madre había sido preguntar si el mal no tenía remedio; respondiéndosele que existían algunos ejemplos de curación. Durante un año, a pesar de la evidencia, conservó alguna esperanza; pero todos los recursos de la ciencia fracasaron, y después de agotarlos fue al fin preciso renunciar a ellos.
       Desgraciadamente, en aquella época en que tantos prejuicios fueron destruidos y reemplazados existía uno inhumanamente cruel contra esas pobres criaturas llamadas sordomudos. Es verdad que desde hacía mucho los espíritus nobles, los grandes sabios y hasta los hombres guiados únicamente por un sentimiento caritativo habían protestado contra aquella barbarie; y cosa cierta: un monje español fue el primero que en el siglo XVI adivinó la posibilidad y ensayó la empresa, tenida por imposible hasta entonces, de enseñar a hablar a los mudos. Con diferentes intentos su ejemplo fue seguido en Italia, en Inglaterra y en Francia. Bonney, Wallis, Bulwer, Van Helmont habían puesto al día la cuestión; pero en ellos la intención había superado al efecto; aquí y allá, sin que nadie lo supiera, casi al azar, operaban sin ningún fruto. Y a pesar de todo, hasta en París, en el seno de la más adelantada civilización, los sordomudos eran considerados como una raza aparte, marcados con el sello de la cólera celeste. Privados de la palabra se les negaba el pensamiento. El claustro para los que nacían ricos; el abandono para los que nacían pobres: tal era su suerte; inspiraban más horror que piedad.
       Poco a poco el caballero cayó en la más profunda pesadumbre. Pasábase la mayor parte del día encerrado a solas en su estancia o paseándose por la espesura. Ante su mujer se esforzaba en mostrarse tranquilo, y trataba de consolarla; pero en vano. Por su parte, Mme. Des Arcis no estaba menos triste. Una desgracia merecida nos hace verter lágrimas, aunque casi siempre tardías e inútiles; pero una desgracia sin motivo extravía la razón y hace perder la fe.
       Aquellos dos recién casados que habían nacido para amarse y que se amaban tiernamente empezaron de este modo a verse con pena y a evitar sus encuentros en las mismas avenidas en que ha poco se comunicaban una esperanza tan próxima, tan serena y tan pura. El caballero, al desterrarse voluntariamente al campo, no pensaba más que en su reposo; la felicidad parecía haber venido a sorprenderle allí. Si Mme. Des Arcis había hecho un matrimonio de conveniencia, el amor vino después y fue recíproco. De pronto, un obstáculo se alzaba entre los dos, y aquel obstáculo era lo que precisamente debió ser causa de una eterna y sagrada alianza.
       Lo que produjo aquella separación súbita y tácita, más espantosa que un divorcio y más cruel que una muerte lenta, fue que la madre, a pesar de su desgracia, amaba a su hija con pasión; mientras que el caballero, aun queriendo hacer lo mismo, pese a su paciencia y a su bondad, no podía vencer el horror que le inspiraba la maldición de Dios que había caído sobre él.
       “¿Será posible que yo aborrezca a mi hija? —solía preguntarse durante sus paseos solitarios— ¿Es culpa suya haberla señalado la cólera divina? ¿No debía lamentarlo yo únicamente, procurar dulcificar el dolor de mi mujer, ocultar lo que sufro y velar por mi hija? ¿Qué triste existencia le estará reservada? ¿Qué será de ella si yo, su padre, la abandono? Puesto que Dios me la da así, debo resignarme. ¿Quién cuidará si no de ella? ¿Quién la educará? ¿Quién la protegerá? No tiene nadie en el mundo más que a su madre y a mí; no encontrará marido y jamás tendrá hermanos; basta con una desgraciada más sobre la tierra. So pena de romper con el corazón, debo consagrar mi vida a hacer soportable la suya”.
       Pensando así, el caballero penetraba en la casa con la firme intención de cumplir sus deberes de padre y de marido. Su mujer tenía la niña en brazos. Se arrodillaba ante las dos y cogía las manos de Cecilia. Le habían hablado, decía, de un médico célebre, al que iba a hacer venir. Todavía no se había perdido todo; se habían visto curas maravillosas. Hablando así, tomaba a su hija en brazos y la paseaba por la habitación; pero mil pensamientos terribles se apoderaban de él a pesar suyo: la idea del porvenir, la contemplación de aquella criatura imperfecta, cuyos sentidos estaban cerrados al mundo exterior, y de aquel gran silencio suyo; la rebeldía, el pesar, la lástima y el desprecio del mundo le rendían. Su faz palidecía, sus manos temblaban; entregaba la niña a su madre y se volvía para ocultar sus lágrimas.
       En tales momentos Mme. Des Arcis estrechaba a su hija contra su corazón, con una especie de desesperada ternura y con esa mirada llena de amor maternal que es la más sublime y más grande de todas. Ella jamás dejaba oír una queja; se retiraba a su cuarto, ponía a Camila en su cuna y, muda como ella, se pasaba las horas enteras contemplándola.
       Aquella exaltación sombría y apasionada llegó a ser tan fuerte, que no era raro ver a Mme. Des Arcis guardar el más absoluto silencio durante días enteros. En vano le dirigían la palabra. Parecía querer saber por sí misma cómo era aquella noche del espíritu en que había de vivir su hija para siempre.
       Hablaba por señas a Camila, y sólo ella sabía hacerse comprender. Las demás personas de la casa, y hasta su mismo padre, parecían extraños a la niña. La madre de Mme. Des Arcis, mujer de un espíritu demasiado vulgar, no venía a Chardoneux —así se llamaba la propiedad del caballero— más que para deplorar la mala suerte de su yerno y de su querida Cecilia. Queriendo dar prueba de su sensibilidad, se compadecía sin cesar del triste destino de aquella pobre niña, y cierto día se le escapó decir:
       —¡Más le valía no haber nacido!
       —Entonces, ¿qué habrías tú hecho si yo hubiera nacido así? —replicó Cecilia con acento casi colérico.
       El tío Giraud, el maestro de obras, no encontraba una desgracia tan grande que su sobrina fuese muda:
       —Yo tuve —decía— una mujer tan habladora, que cualquier otra cosa de este mundo, sea la que sea, me parece preferible. Esta pequeña puede estar segura por adelantado de no hablar nunca mal de nadie, de no escuchar lo que otras hablen ni de aturdir a toda la casa cantando canciones de ópera antigua; no será regañona, no colmará de injurias a los criados como mi mujer, que nunca dejaba de hacerlo; no se despertará si su marido tose o si se levanta antes que ella; no soñará en voz alta; será discreta; verá muy bien, pues los sordos tienen una vista magnífica; podrá llevar las cuentas, aunque no sea más que por los dedos, y podrá pagar, si tiene dinero, pero sin disputar —como hacen los propietarios— por la menor cosa; sabrá por sí misma algo excelente y que de ordinario se aprende con dificultad; esto es, que más vale hacer que decir. Si tiene el corazón en su sitio, no necesitará palabras dulces para que se lo conozcan. No podrá reírse con los demás, es cierto; pero al comer no escuchará a los aguafiestas que todo lo amargan. Será bonita, delicada y silenciosa, y no necesitará una cayada para pasearse, como los ciegos. A fe mía que si yo fuese joven cuando ella llegase a mayor, ya que estoy viejo y no tengo hijos, si por casualidad os cansarais de ella me la llevaría muy contento a mi casa.
       Cuando el tío Giraud pronunciaba discursos semejantes, un poco de alegría aproximaba por unos instantes a M. Des Arcis y a su mujer. No podían por menos de sonreír los dos ante aquella bondad un poco brusca, pero respetable y sobre todo bienhechora, que no quería ver el mal en nada. Pero el mal estaba allí, y el resto de la familia contemplaba con ojos asustados y curiosos aquella desgracia que constituía una rareza. Siempre que llegaban en cabriolé desde el vado de Mauny formaban aquellas gentes un círculo en torno a la niña antes de sentarse a la mesa; y queriendo ver y razonar, la examinaban con aire interesante y cara compungida; se consultaban en voz baja lo que iban a decir, y a veces procuraban desviar el pensamiento de todos con una viva observación sobre cualquier nonada. La madre permanecía ante ellos con su niña en las rodillas y entreabierto el pecho, por el que aún corrían algunas gotas de leche. Si Rafael hubiera pertenecido a la familia, la Virgen de la Silla habría tenido en ella su pareja; Mme. Des Arcis no dudaba de ello y estaba por eso mucho más bella.


III

      La niña crecía; la naturaleza cumplía su misión, triste, pero fielmente. Camila no tenía más que los ojos al servicio del alma. Como sus primeras miradas, la luz motivó sus primeros gestos. El más pálido rayo de sol causábale transportes de alegría.
       Cuando empezó a sostenerse y a echar a andar dio en examinar y tocar los objetos que la rodeaban con una viva curiosidad y con una delicadeza, mezcla de temor y placer, que a la vivacidad de la niña unía ya el pudor de la mujer. Su primer movimiento era correr hacia lo que le era nuevo, como para cogerlo o apoderarse de ello; pero casi siempre a mitad del camino se volvía a mirar a su madre como si la consultase. Se asemejaba al armiño, que, según se dice, se detiene y renuncia a pasar más adelante si ve que un poco de fango o de tierra puede manchar su piel.
       Algunos niños de la vecindad venían al jardín a jugar con Camila. Ella los miraba hablar de una manera extraña. Los niños, aproximadamente de su edad, querían repetir las palabras deformadas ya por sus niñeras, y pretendían ejercitar su inteligencia moviendo los labios con un sonido que a la pobre niña sólo parecía un gesto. Muchas veces, para probar que había comprendido, tendía sus manos hacia sus amigos, quienes, por su parte, retrocedían asustados ante aquella expresión de sus propios pensamientos.
       Madame Des Arcis no se separaba de su hija. Observaba con ansiedad las menores acciones de Camila y sus menores signos de vida. ¡Cuál no hubiese sido su alegría si hubiera comprendido que el abad de l’Epée había de traer muy pronto la luz a aquel mundo de tinieblas! Pero nada podía, y vivía sin fuerzas para luchar con aquel castigo del destino que la energía y la piedad de un hombre habían de destruir. ¡Cosa extraña, en verdad, que un monje lograse lo que no lograron las madres, y que el espíritu que reflexiona hallase lo que no pudo hallar el corazón que sufre!
       Cuando los pequeños amigos de Camila estuvieron en edad de recibir la primera instrucción de un aya, la pobre niña comenzó a dar muestra de profunda tristeza al ver que no hacían con ella lo que con los demás. Había en la vecindad una vieja institutriz inglesa que obligaba a deletrear con gran esfuerzo a un niño y le trataba severamente. Camila asistía a la lección, miraba con asombro a su pequeño camarada y seguía con los ojos, queriendo, por así decirlo, ayudarle; y si le reñían, lloraba con él.
       La lección de música fue para ella causa de más viva pena. En pie junto al piano estiraba y movía sus deditos mirando a la profesora, muy abiertos sus enormes ojos, que eran negros y hermosos. Parecía preguntar lo que hacían, y algunas veces tocaba las teclas de una manera inarmónica y dulce a la vez.
       La impresión que los seres y objetos externos producían en los otros niños no parecía sorprenderla. Observaba las cosas y las recordaba lo mismo que ellos. Pero cuando los veía señalar con el dedo aquellas mismas cosas y cambiar entre sí un movimiento de labios que le era ininteligible, volvía de nuevo a su pena. Se iba a un rincón, y con una piedra o un palo dibujaba en la arena, casi maquinalmente, algunas letras mayúsculas que viera deletrear a sus amigos y que contemplaba atentamente.
       La oración de la tarde, que la vecina hacía rezar rigurosamente todos los días a sus hijos, era para Camila un enigma casi misterioso. Sin saber por qué se arrodillaba y juntaba sus manos. El caballero veía en esto una profanación. “Quitad de aquí esta niña —decía—; procurad evitarme sus inconscientes imitaciones”. “Yo le pediré a Dios que la perdone”, respondió la madre cierto día.
       Camila daba fáciles muestras de esa extraña facultad que los escoceses llaman doble vista, que los defensores del magnetismo pretenden admitir y que los médicos incluyen, la mayoría de las veces, entre las enfermedades. La pequeña sordomuda presentía la llegada de aquellos a quienes amaba, y solía salirles al encuentro sin que nadie hubiese advertido que venían.
       Los otros niños no solamente no se acercaban a ella más que con cierto temor, sino que a veces la rehuían con desprecio. Y sucedía que alguno de ellos, con esa falta de caridad de que habla La Fontaine, se ponía a hablarla en su cara largo rato, riéndose, y le pedía luego que le contestase. Camila, ya casi una mujercita, miraba en el paseo el corro de niños que corrían y saltaban, y cuando cantaban aquello de:

Entrad en el corro,
mirad cómo corro…

sola y a un lado, apoyada en un banco, seguía el ritmo moviendo su linda cabecita sin pretender mezclarse al grupo, pero con harta tristeza y sobrada gentileza para inspirar lástima.
       Una de las más grandes empresas que intentó aquella almita maltratada por el destino fue querer aprender a contar con una vecinita que estudiaba aritmética. Se trataba de una cuenta muy fácil y pequeña. La vecinita luchaba con algunos números un poco enrevesados. El total apenas si sumaba diez o doce. La vecinita contaba con los dedos. Camila comprendía que se equivocaba, y, queriendo ayudarla, extendía sus dos manos abiertas. También a ella le habían enseñado las nociones más elementales; sabía que dos y dos son cuatro. Cualquier animal inteligente, un pájaro mismo, cuenta, no sabemos de qué modo, hasta dos o tres. Se dice que una urraca ha llegado a contar hasta cinco. Camila, en aquella ocasión, habría llegado a mucho más. Pero sus dedos no pasaban de diez. Y con las manos Abiertas ante su amiguita, tenía tal expresión de buena voluntad, que se la hubiese tomado por un hombre escrupuloso que no pudiera pagar una deuda.
       En las mujeres la coquetería se manifiesta desde muy temprano; Camila no daba ningún indicio de ella.
       —Es gracioso —decía el caballero— que siendo ya una mujercita no sienta atracción por los trajes.
       Ante semejantes observaciones, Mme. Des Arcis sonreía tristemente.
       —¡A pesar de todo está muy guapa! —decía a su marido.
       Y al mismo tiempo empujaba dulcemente a Camila para que se adelantase hacia su padre y éste viese su talle, que comenzaba a dibujarse, y su gentil andar, infantil todavía, pero encantador.
       A medida que Camila iba creciendo se sentía atraída con pasión no por la religión, que desconocía, sino por las iglesias, que veía. Acaso tenía en su alma ese instinto invencible que hace a un niño de diez años concebir y perseverar en el propósito de adoptar un sayo de estameña y de consagrar su vida a los desvalidos y a los que sufren. Muchos indiferentes y muchos filósofos han de morir antes que uno de ellos pueda explicar semejante deseo; pero el hecho existe.
       “Cuando yo era niño no veía a Dios, pero veía el cielo”, es ciertamente una frase sublime, escrita, como se sabe, por un sordomudo. Camila estaba muy lejos de llegar a tanto. La imagen tosca de la Virgen embadurnada de albayalde sobre un fondo de yeso pintado de azul, casi como la muestra de una tienda; un sacristán de pueblo, con una sobrepelliz y una sotana, cuya voz débil y argentina hacía vibrar tristemente las vidrieras sin que Camila pudiese oír nada; los pasos del guardián, el ir y venir del pertiguero… “¿Quién sabe lo que hace elevar los ojos a un niño? Mas ¿qué importa si se elevan al cielo?”


IV

      “¡A pesar de todo está muy guapa!”, se repetía el caballero; y, en efecto, Camila lo estaba. En el óvalo perfecto de un rostro armonioso con rasgos de una gran pureza y de una admirable frescura brillaba, por decirlo así, el resplandor de un corazón bondadoso. Era Camila más bien pequeña; no pálida, pero sí muy blanca; de pelo negro y hermoso. Alegre y trabajadora cuando se llevaba de su instinto natural; dulcemente triste y con cierta negligencia cuando se hallaba bajo el peso de su desgracia; plena de gracia en todos sus movimientos; plena de espiritualidad y a la vez de energía en su limitada mímica expresiva; singularmente ingeniosa para hacerse entender; rápida en comprender y obediente siempre una vez que comprendía. Lo mismo que Mme. Des Arcis, el caballero se quedaba muchas veces contemplándola sin desplegar los labios. Tanta gracia y belleza unidas a tanta desgracia y horror estaban a punto de traspasar su alma. Con frecuencia se le veía abrazar a Camila en una especie de transporte enternecedor, exclamando en voz alta: “¿Por qué, si yo no he sido malo?”
       Había en el fondo del jardín una larga avenida por donde el caballero acostumbraba pasear después del desayuno. Madame Des Arcis, desde la ventana de su cuarto, veía a su marido a través de los árboles y apenas si se atrevía a ir en su busca. Con amargo pesar contemplaba a aquel que había sido para ella más un amante que un esposo; de quien jamás había recibido un reproche, a quien jamás había tenido que hacerle el menor de ellos, y no se atrevía a manifestarle su amor desde que habla sido madre. Al fin una mañana se arriesgó. Bajó al jardín en peinador, bella como un ángel, con el corazón palpitante. Se trataba de un baile de niños que iba a tener lugar en un castillo vecino. Madame Des Arcis quería llevar a él a Camila. Deseaba ver el efecto que causaba a las gentes y a su marido la belleza de su hija. Se había pasado las noches en claro pensando un traje para ella, y aquel proyecto había despertado sus más dulces esperanzas.
       “Es necesario —se decía— que de una vez para siempre se sienta orgulloso de esta pobre niña. No podrá decir nada, pero será la más guapa de todas”.
       Cuando el caballero vio venir hacia él a su mujer, se adelantó a su encuentro, y cogiendo su mano la besó con un respeto y una galantería versallesca que jamás perdiera a pesar de su sencillez. Empezaron cambiando algunas frases insignificantes y echaron a andar uno al lado del otro.
       Madame Des Arcis buscaba la manera de proponer a su marido que le permitiese ir al baile con su hija y conseguir así romper el propósito que el caballero se había hecho al nacer Camila de no presentarse nunca en sociedad. Tan sólo la idea de exponer su desgracia a los ojos de los indiferentes o de los malvados ponía al caballero fuera de sí. Sobre esto había hecho una promesa formal. Era, por tanto, necesario que Mme. Des Arcis hallase una coyuntura, un pretexto cualquiera, no ya para ejecutar su propósito, sino para hablar de él.
       Durante largo rato el caballero, por su parte, pareció meditar profundamente. Luego fue él el primero en romper el silencio. La ruina repentina de uno de sus parientes, dijo a su mujer, acababa de ocasionar grandes pérdidas en la fortuna de su familia; era para él muy importante acudir a los suyos, agobiados de medidas y precauciones; sus intereses, y en consecuencia los mismos de Mme. Des Arcis, corrían peligro de verse comprometidos por falta de cuidado. En una palabra, declaró que se veía obligado a hacer un corto viaje a Holanda para entenderse con su banquero, y añadió que, como el asunto era extremadamente urgente, pensaba partir al otro día.
       Nada más fácil de comprender para Mme. Des Arcis que el motivo de aquel viaje. El caballero estaba muy lejos de pensar en abandonar a su mujer; pero, a despecho de sí mismo, sentía un irresistible deseo de aislarse por completo durante algún tiempo, aunque no fuese más que para volver recobrada su tranquilidad. La mayor parte de las veces todo verdadero dolor produce en el hombre, como el sufrimiento físico en los animales, la necesidad de estar solo.
       Madame Des Arcis quedó al pronto tan sorprendida que no respondió más que con esas frases triviales a punto siempre en los labios cuando no se puede decir lo que se piensa; encontraba aquel viaje muy natural; el caballero tenía razón; ella reconocía la importancia de aquella diligencia y de ningún modo se oponía a ella. Mientras hablaba, el dolor le oprimía el corazón; dijo que se sentía cansada y se sentó en un banco.
       Permaneció en él sumida en una profunda abstracción, fijos los ojos, caídos los brazos. Madame Des Arcis no había experimentado nunca grandes alegrías ni grandes placeres. Sin ser una mujer de espíritu demasiado elevado poseía una viva sensibilidad y pertenecía a una familia demasiado extensa para no tener algo por qué sufrir. Su matrimonio había sido para ella una dicha completamente imprevista y completamente nueva; en los días monótonos y fríos de su existencia un relámpago había brillado, ante sus ojos; ahora la noche volvía a cerrarse para ella.
       Permaneció largo rato pensativa. El caballero miraba a otro lado y parecía impaciente por entrar en la casa. Se levantaba y volvía a sentarse. Madame Des Arcis se levantó por fin también y, tomando el brazo de su marido, los dos entraron en la casa.
       Llegada la hora de comer, Mme. Des Arcis hizo decir que se encontraba indispuesta y que no bajaría a la mesa. Había en su aposento un reclinatorio y en él permaneció hasta la noche. Varias veces entró la doncella, a quien el caballero había encargado reservadamente que cuidase de ella; pero Mme. Des Arcis no respondió a sus preguntas. Hacia las ocho llamó, pidió el traje encargado anteriormente para su hija y mandó enganchar el coche. Al mismo tiempo hizo saber al caballero que se disponía a ir al baile y que deseaba que las acompañase.
       Camila tenía la figura de una niña, pero lo más esbelta y más flexible que pueda imaginarse, y su madre había ataviado aquel cuerpecito bien amado, cuyos contornos comenzaban a dibujarse, con gran sencillez y buen gusto. Vestido de muselina blanca bordado, zapatitos de raso blancos, collar de cuentas de América al cuello y corona de aciano florido a la cabeza fueron las galas de Camila, que se contemplaba con orgullo y saltaba de alegría. La madre, con traje de terciopelo, como quien no piensa bailar, retenía a su hija ante un psyche y la besaba una y otra vez repitiendo: “¡Qué guapa estás, qué guapa estás!” Cuando el caballero entró, Mme. Des Arcis, sin ninguna aparente emoción, preguntó a su doncella si habían enganchado, y a su marido si iba con ellas. El caballero dio el brazo a su mujer y se fueron al baile.
       Era la primera vez que se veía en público a Camila. Mucho se había oído hablar de ella, y hacia ella se dirigieron todas las miradas en cuanto apareció. Podía esperarse que Mme. Des Arcis manifestase cierta inquietud y embarazo; pero no fue así. Después de los saludos de costumbre se sentó con la mayor tranquilidad, y mientras que los ojos de todos seguían a su hija con cierta extrañeza o con afectado interés, la madre la dejaba en libertad por el salón como si no se cuidase de ella.
       Camila, al encontrarse allí con sus pequeños amigos, corría de uno en otro como si estuviera en el jardín. Todos, sin embargo, la recibían con reserva y frialdad. El caballero, que permanecía apartado, sufría visiblemente. Sus amigos se acercaron a él y elogiaron la belleza de su hija; personas extrañas y hasta desconocidas le abordaron tan sólo para cumplimentarle con este motivo. Y aunque poco de su gusto, se sintió consolado. Ese mirar de todos que no engaña nunca devolvió alguna alegría a su corazón. Camila, después de haber hablado por señas con casi todo el mundo, estaba en pie entre las rodillas de su madre. Se la había visto atravesar el salón de un lado a otro y se había esperado de ella algo extraordinario o por lo menos curioso. Pero no había hecho más que saludar a las gentes con una gran reverencia, dar un pequeño shakehand a las mises inglesas, y tirar besos a las mamás de sus amiguitas, todo ello seguramente por intuición, pero lleno de gracia y de espontaneidad. Y vuelta tranquilamente a su sitio empezaron a admirarla. Nada, en efecto, más atrayente que aquella envoltura corporal donde su pobre alma estaba presa. Su figura, su rostro, sus largos cabellos ensortijados, y sobre todo sus ojos, de un brillo incomparable, sorprendían a todo el mundo. A la vez que con la mirada quería adivinarlo todo, y quería decirlo todo con sus gestos, su aire reflexivo y melancólico prestaba a sus menores movimientos, a sus pasos infantiles y a sus posturas inocentes cierta grandeza extraña; un escultor o un pintor hubieran quedado sorprendidos. Fuéronse acercando a Mme. Des Arcis, la rodearon, y por señas hicieron mil preguntas a Camila; a la extrañeza y al retraimiento habían sucedido una benevolencia sincera y una franca simpatía. Pronto se unió a esto la exageración que nace siempre en cuanto una persona habla con la inmediata para repetir la misma cosa. Jamás habían visto una criatura tan encantadora; a nada se parecía; nada era de una belleza semejante. Camila, en fin, obtuvo un completo triunfo, que ella estaba bien lejos de comprender.
       Quien lo comprendía era Mme. Des Arcis. Tranquila exteriormente, sintió aquella noche latir su corazón con el más dichoso, con el más puro latido de su vida. Y entre su marido y ella se cruzó una sonrisa que había costado muchas lágrimas.
       Pero una señorita se sentó al piano y tocó una contradanza. Los niños se dieron la mano, se colocaron en sus puestos y empezaron a marcar los pasos de la danza que había ensayado con el maestro de baile del lugar. Por su parte los padres empezaron a cumplimentarse recíprocamente, a encontrar encantadora aquella pequeña fiesta y a hacerse notar, los unos a los otros, la gentileza de su progenie. Pronto fue aquello una confusión de risas infantiles, de bromas de café entre los jóvenes, de conversaciones de modas entre las muchachas, de habladurías entre los papás, de murmuraciones y frases agridulces entre las mamás, y, en fin, lo que es un baile de niños en provincias.
       El caballero no apartaba los ojos de su hija, que, como bien se supone, no tomaba parte en el baile. Camila contemplaba la fiesta con una atención un poco triste. Un mozalbete vino a sacarla; ella, por toda respuesta, movió la cabeza; algunas flores de su corona, que no estaban bien sujetas, cayeron al suelo. Madame Des Arcis las recogió, y con unos alfileres arregló en seguida el desorden de lo que ella misma había prendido, y rápidamente buscó a su marido con la mirada. Pero en vano: su marido no estaba en el salón. Hizo averiguar si se habla marchado Y si se había llevado el coche, y le respondieron que había regresado a pie.


V

      El caballero había decidido partir sin decir nada a su mujer. Temía y rehuía toda explicación enojosa, y como, por otra parte, su propósito era volver cuanto antes, creyó proceder mejor dejando tan sólo una carta. No era completamente cierto que sus asuntos le llamasen a Holanda; sin embargo, aquel viaje podía serle provechoso. Uno de sus amigos escribió a Chardonneux para que apresurase la partida; lo cual era un pretexto convenido de antemano. El caballero adoptó al entrar en la casa el gesto de quien se ve obligado a partir de improviso; hizo preparar su equipaje apresuradamente, lo envió al pueblo, montó a caballo y se fue.
       Pero una gran pena y una incertidumbre involuntaria se apoderaron de él al franquear el umbral de la puerta. Temió haber obedecido demasiado de prisa a un sentimiento que hubiera podido dominar; temió causar muchas lágrimas inútiles a su mujer y no encontrar el reposo que acaso dejaba en su propia casa.
       “Mas ¿quién sabe —pensaba para sí— si, por el contrario, realizó una cosa razonable y útil? ¿Quién sabe si el pasajero dolor que pueda causar mi ausencia nos traerá días más dichosos? Me atormenta una desgracia cuya causa sólo Dios conoce, y dejo por unos días el lugar de mis sufrimientos. Acaso el viaje, el cambio y el cansancio mismo mitiguen mis penas. Me ocuparé en cosas materiales, importantes y necesarias. Volveré más contento, con el corazón más tranquilo; habré reflexionado y sabré mejor lo que he de hacer. Sin embargo, Cecilia va a sufrir”, se decía en el fondo. Pero una vez tomada aquella resolución siguió su camino.
       Madame Des Arcis dejó el baile hacia las once y volvió en el coche con su hija, que pronto se durmió sobre sus rodillas. Aunque ignoraba que su marido hubiera realizado tan repentinamente su proyectado viaje, no por eso sufrió menos al tener que volver sola del castillo vecino. Lo que a los ojos del mundo no es más que una falta de atención, se convierte en un sensible dolor para quien sospecha su causa. El caballero no había podido soportar el público espectáculo de su desdicha. La madre había querido, en cambio, mostrar esta desdicha para ver de vencerla. Fácilmente habría perdonado a su marido una crisis de tristeza o de mal humor; pero hay que considerar que en provincias semejante modo de abandonar a su mujer y a su hija es una cosa inaudita; y en tales casos la menor bagatela, una prenda cualquiera que se busca y no se encuentra cuando quien debía traerla no está presente, ha causado muchas veces más daño que bien proporciona el respeto a las conveniencias sociales.
       Mientras el coche rodaba lentamente sobre los guijos de un camino vecinal recientemente construido, Mme. Des Arcis contemplaba a su hija dormida y se entregaba a los más tristes pensamientos. Sosteniendo a Camila de modo que, no la despertaran los vaivenes, pensaba, con esa fuerza que da la noche a nuestro pensamiento, en la fatalidad que parecía perseguirla hasta en aquella legítima alegría que acababa de disfrutar en el baile. Una extraña disposición de ánimo la hacia pensar tan pronto en su propio pasado como en el porvenir de su hija.
       “¿Qué va a suceder? —se decía—. Mi marido se aleja de mí; si ahora no lo hace para siempre, algún día lo hará; todos mis esfuerzos, todos mis ruegos no servirán más que para importunarle; ha muerto su amor y sólo me tiene lástima; pero su dolor es más fuerte que él y que yo. Mi hija es bella, pero está condenada a la desgracia. ¿Qué puedo yo hacer? ¿Qué puedo precaver o impedir? Si me consagro por entero a esta pobre niña, como estoy haciendo y como es mi deber, tanto será como renunciar a mi marido. Huye de nosotras, le causamos horror. Si, por el contrario, intentase aproximarme de nuevo a él, si pretendiese despertar su antiguo amor, ¿no me pediría acaso que me separase de mi hija? ¿No podría suceder que quisiera confiar mi Camila a gentes extrañas, librándose así de un espectáculo que le aflige?”
       Y hablando de este modo consigo misma, madame Des Arcis cubría de besos a Camila.
       “¡Pobre hija mía! —se decía—. ¡Abandonarte yo! ¡Comprar a costa de tu tranquilidad, quizá de tu vida, la apariencia de una felicidad que a su vez huiría de mí! ¡Dejar de ser madre para volver a ser esposa! ¡Cómo es posible cosa semejante! ¿No es mejor morir que pensar en ello?”
       Tornaba luego a sus conjeturas y volvía a preguntarse: “¿Qué va a suceder? ¿Qué dispondrá la Providencia de nosotras? Dios, que vela por todos, nos ve como a los demás. ¿Qué va a hacer de nosotras? ¿Qué será de esta hija?”
       A alguna distancia de Chardonneux había que pasar un vado. Como lloviera mucho durante un mes antes, el río había crecido e inundaba las riberas cercanas. El barquero se negó a pasar el coche en su barca, y dijo que tenían que bajarse, y que sólo así cruzaría el río con las personas y el caballo, pero sin la carretela. Madame Des Arcis, anhelando alcanzar a su marido, no quiso bajar del coche, y mandó al cochero que se metiera en la barca, pues no era más que un trayecto de pocos minutos, que habían hecho otras veces.
       A la mitad del vado, la barca, empujada por la corriente, empezó a desviarse. El barquero pidió al cochero que le ayudase para evitar, según decía, ser arrastrados a la esclusa. Había, en efecto, doscientos o trescientos pasos más abajo un molino con una presa hecha con vigas, maderos y tablas unidas, pero vieja, rota por el agua y convertida en una especie de cascada, o más bien en un precipicio. Estaba claro que si se dejaban arrastrar por allí había que esperar un terrible accidente.
       El cochero bajó del pescante; hubiera querido servir para algo; pero en la balsa no había más que una pértiga. El barquero por su parte hacia cuanto podía; pero la noche estaba sombría y una lluvia menuda y espesa cegaba a aquellos dos hombres que tan pronto se detenían como aunaban sus fuerzas para cortar la corriente y ganar la orilla.
       A medida que se aproximaba el ruido de la esclusa, el peligro se hacía más terrible. El lanchón, con su carga pesada y defendido contra la corriente por dos hombres vigorosos, no iba de prisa. Cuando la pértiga se hundía bien y se mantenía delantera la barca se detenía, moviéndose de costado o giraba sobre sí misma; pero la corriente era demasiado fuerte. Madame Des Arcis, que iba con la niña dentro del coche, abrió la ventanilla con gran terror y exclamó:
       —¿Estamos perdidos?
       En aquel momento la pértiga se rompió. Los dos hombres cayeron rendidos sobre la barca, con las manos desolladas.
       El barquero sabía nadar, pero el cochero no. No había tiempo que perder.
       —Señor Georgeot —dijo Mme. Des Arcis al barquero, que así se llamaba—, ¿podéis salvarnos a mi hija y a mí?
       El señor Georgeot echó una mirada al río, midiendo la distancia que los separaba de la orilla:
       —Ciertamente —respondió, encogiéndose de hombros como si le hubiera ofendido semejante pregunta.
       —¿Y qué tenemos que hacer? —preguntó madame Des Arcis.
       —Echaos a mi espalda —replicó el barquero—. No os quitéis nada; así os sujetaréis mejor. Agarraos a mi cuello sin miedo y no os agarrotéis, pues nos ahogaríamos; tampoco gritéis para no tragar agua. En cuanto a la pequeña, la cogeré por la cintura con una mano, y nadando a lo marino con la otra la pasaré en vilo sin que se moje. Desde aquí hasta aquel patatar apenas hay veinticinco brazas.
       —¿Y Juan? —dijo Mme. Des Arcis señalando al cochero.
       —Juan pasará un mal trago, pero ya saldrá de él. Que se deje ir hasta la esclusa y espere allí, que iré a buscarle.
       El señor Georgeot se tiró al agua con su doble carga; pero había confiado demasiado en sus fuerzas. No era ya tan joven como se necesitaba. La orilla estaba más lejos de lo que decía, y la corriente era más impetuosa de lo que pensara. Hizo cuanto pudo por llegar a tierra, pero pronto fue arrastrado también. El tronco de un sauce cubierto por las aguas, que era imposible ver en las tinieblas, le detuvo de pronto: había sufrido un fuerte golpe en la cabeza. Corrió sangre y se obscureció su vista.
       —Coged a la niña y ponedla a mi cuello —dijo—, o al vuestro; no puedo más.
       —¿Podrías salvarla si sólo la llevases a ella? —preguntó la madre.
       —No sé; creo que sí —dijo el barquero.
       Por toda respuesta, Mme. Des Arcis abrió los brazos, soltó el cuello del barquero y se dejó ir al fondo.
       Cuando el barquero dejó en tierra a la pequeña Camila sana y salva, el cochero, que había sido sacado del río por un aldeano, le ayudó a buscar el cuerpo de Mme. Des Arcis. No le encontraron hasta la mañana siguiente, cerca de la orilla.


VI

      Un año después de aquel suceso, en el cuarto de una fonda de la calle de Bouloi, de París, barrio de las Postas, una joven enlutada estaba sentada a una mesa junto a la chimenea. Sobre la mesa había un vaso y una botella de vino corriente medio vacía. Un hombre encorvado por los años, pero de fisonomía franca y simpática, vestido casi como un obrero, se paseaba a grandes pasos por la habitación. De vez en cuando se acercaba a la joven, se paraba ante ella y la miraba con aire casi paternal. La joven entonces extendía el brazo, levantaba la botella con involuntaria resignación y llenaba el vaso de vino. El viejo bebía un trago y reanudaba sus paseos gesticulando siempre de una manera extraña y casi ridícula, mientras la joven, sonriendo tristemente, seguía sus movimientos con atención.
       A quien hubiera estado allí le habría sido difícil adivinar quiénes eran aquellas dos personas: inmóvil la una, fría como el mármol, pero llena de gracia y distinción, más bella en su faz y aun en sus menores gestos que lo que corrientemente se tiene por hermosura; de una apariencia absolutamente vulgar la otra, desordenada en el vestir, calado el sombrero, bebiendo un vino espeso y tabernario y haciendo resonar en el piso sus toscos zapatos claveteados. Tal era el vivo contraste.
       A pesar de lo cual aquellas dos personas estaban ligadas por una amistad muy viva y tierna. Eran Camila y el tío Giraud. El buen hombre había acudido a Chardonneux cuando Mme. Des Arcis fue llevada a la iglesia para conducirla desde allí a su morada postrera. Muerta su madre y ausente su padre, la pobre niña se encontraba completamente sola en este mundo. El caballero, una vez que salió de su casa, distraído con el viaje, atraído por sus asuntos y obligado a recorrer varios pueblos de Holanda, no había sabido hasta muy tarde la muerte de su mujer; de modo que durante cerca de un mes Camila estuvo, por decirlo así, huérfana. Es verdad que había en la casa un aya al cuidado de Camila; pero mientras vivió la madre de ésta no permitió que nadie la ayudase, y aquel empleo era una sinecura. El aya apenas si había tratado a Camila, y mal podía socorrerla en semejante circunstancia.
       Al morir su madre, el dolor de la hija fue tan violento que durante mucho tiempo se temió por su vida. Cuando el cuerpo de Mme. Des Arcis fue sacado del río y conducido a la casa, Camila acompañó al fúnebre cortejo lanzando tan desgarradores gritos de desesperación, que asustaba a las gentes. Y es que había, en efecto, no sé qué de espantoso y terrible en aquel ser que acostumbraban ver silencioso y mudo, dulce y tranquilo, y que de pronto, en presencia de la muerte, salía de su silencio. Los sonidos inarticulados que se escapaban de sus labios, y que sólo ella no podía oír, tenían algo de salvajes; no eran palabras ni sollozos, sino una especie de terrible lenguaje que parecía inventado por el dolor. Durante un día y una noche enteros aquellos gritos no cesaron de sonar en la casa; Camila corría en todos sentidos, se arrancaba los cabellos y se golpeaba contra las paredes. En vano quisieron contenerla; hasta por la fuerza fue inútil. Sólo cuando se rindió su naturaleza cayó al pie del lecho donde reposaba el cuerpo de su madre.
       Casi inmediatamente pareció recuperar su tranquilidad acostumbrada y, por decirlo así, haberlo olvidado todo. Durante algún tiempo quedó en una aparente calma, andando al azar durante todo el día con paso lento y distraído, sin rechazar ninguno de los cuidados que le prodigaban; de este modo la creyeron dueña de sí, y hasta el médico, que había sido llamado, se engañó como todo el mundo; pero bien pronto se le declaró una fiebre nerviosa con los más graves síntomas. Había que velar constantemente a la enferma, que parecía haber perdido por completo la razón.
       Fue entonces cuando el tío Giraud tomó la resolución de acudir a cualquier precio en socorro de su sobrina.
       —Puesto que en estos momentos no tiene padre ni madre —dijo a los de la casa—, me considero, como único pariente verdadero, encargado de cuidarla y de impedir lo que pueda sucederle. Siempre he tenido cariño a esta niña y muchas veces he pedido a su padre me la dejase para entretenerme con ella. No pretendo quitársela, puesto que es su hija; pero por el momento me la llevo y cuando regrese se la devolveré inmediatamente.
       El tío Giraud no tenía mucha fe en los médicos por la sencilla razón de que como jamás había estado enfermo apenas si creía en las enfermedades. Una fiebre nerviosa sobre todo le parecía algo quimérico y lo consideraba como un simple trastorno de la cabeza, que se curaba sencillamente distrayéndose. Así, pues, estaba decidido a llevarse a Camila a París.
       “Bien se ve —repetía— que lo que esta niña tiene es pena. No hace más que llorar, y con razón; no se muere dos veces una madre. No es que quiera llevarme a la niña porque no esté aquí su madre; pero es necesario hacerla pensar en otra cosa. Dicen que Paris es lo mejor para esto; ella no lo conoce ni yo tampoco. Así, pues, me la llevaré allí, y esto nos sentará bien a los dos. Además, aunque no sea más que el camino la servirá de consuelo. Yo he sufrido penas como todo el mundo, y siempre que he visto moverse ante mí la coleta de un postillón me he puesto más alegre”.
       Así fue como Camila y su tío llegaron a París. El caballero, informado de aquel viaje por una carta del tío Giraud, dio su aprobación. Al volver a Chardonneux de su viaje a Holanda trajo una melancolía tan profunda, que le era imposible ver a nadie, ni aun a su misma hija. Parecía querer huir de toda criatura humana y hasta huir de sí mismo. Siempre solo, cabalgando por la selva, buscaba el excesivo cansancio físico para dar algún descanso a su alma. Una pena oculta e incurable le devoraba; en el fondo de su corazón se acusaba de haber hecho desgraciada a su mujer y de haber contribuido a su muerte.
       “Debí estar allí —se decía— y no se hubiera ahogado”. Aquel pensamiento, que jamás le abandonaba, emponzoñaba su vida.
       Deseaba que Camila fuese feliz, y en toda ocasión estaba pronto a realizar para ello los más grandes sacrificios. Su primera idea al volver a Chardonneux había sido reemplazar a la ausente junto a su hija pagando de aquel modo con usura la deuda de cariño que había contraído; pero el recuerdo de la semejanza que existía entre la madre y la hija le causaba por adelantado un dolor intolerable. En vano era querer engañarse sobre aquel dolor y pretender persuadirse de que recordar constantemente en un rostro querido los rasgos de aquella por quien lloraba sin cesar más bien era un consuelo y un lenitivo a su pena. A pesar de todo, Camila era para él una viviente acusación, una prueba de su culpa y de su desgracia, que no se sentía con fuerzas para soportar.
       El tío Giraud no llegaba tan lejos en sus pensamientos, y sólo se cuidaba de alegrar a su sobrina y de hacerle agradable la vida. Desgraciadamente la cosa no era fácil. Camila se había dejado llevar sin resistencia, pero no quería tomar parte en los placeres que su tío le proponía. Nada, ni paseos, ni fiestas, ni espectáculos podían tentarla; por toda respuesta mostraba su traje negro.
       El viejo maestro de obras era testarudo. Había alquilado, como se ha visto, una habitación en la fonda de las Mensajerías; la primera que un mozo de equipajes le había indicado, puesto que no pensaba estar en París más que uno o dos meses. Pero ya hacía más de un año que permanecían allí, durante todo el cual Camila se había negado a todas sus proposiciones de divertirse, y como a la vez era tan bondadoso y paciente cual perseverante, seguía esperando, sin quejarse, pasado el año. Sin que él mismo supiera por qué, acaso por uno de esos atractivos que ofrece la bondad unida a la desgracia, adoraba a aquella pobre niña con toda su alma.
       —Pero no sé —decía, apurando la botella— qué puede oponerse a que vayas conmigo a la ópera. Es un espectáculo muy caro; tengo los billetes en el bolsillo; ayer cumpliste el luto; has estrenado traje, no tienes más que ponerte tu capota y…
       De pronto se interrumpió.
       —¡Pero, diablo —añadió—, no me acordaba de que no me oyes! Mas ¿qué importa? No es necesario que oigas. Si tú no oyes nada, tampoco yo entiendo nada de música. Veremos bailar, y concluido.
       Así hablaba el bondadoso tío, que cuando tenía algo interesante que decir jamás se acordaba de que su sobrina no podía oírle ni contestarle. A pesar de todo hablaba con ella. Porque además, cuando quería hacerse comprender por señas era todavía peor, pues ella le entendía mucho menos. Y por eso había tomado la costumbre de hablarla como a todo el mundo, aunque gesticulando, eso sí, con todas sus fuerzas. Camila se había habituado a aquella pantomima parlante, y siempre encontraba la manera de responderle a su vez.
       Como el buen hombre decía, Camila había cumplido su luto. El tío Giraud había encargado el más lindo traje para su sobrina, y se lo ofrecía ahora con un aire tan tierno y suplicante a la vez, que ella saltó a su cuello agradecida. Luego, con la serena tristeza de siempre, volvió a sentarse.
       —Pero no basta con eso —dijo el tío—; has de ponértelo. Para eso te lo han hecho. Es un bonito traje.
       Y sin dejar de hablar se paseaba por la habitación agitando las prendas como si fueran marionetas.
       Camila había sufrido demasiado para no poder permitirse un momento de alegría. Por primera vez desde la muerte de su madre se levantó, se puso ante el espejo, cogió una de las prendas que su tío le mostraba, le miró enternecida, le tendió la mano y movió ligeramente la cabeza como diciendo: Sí.
       Ante aquella seña, el buen señor Giraud se puso a saltar como un niño con sus gruesos zapatones. Había triunfado; por fin había llegado la hora de cumplirse su deseo; Camila iba a engalanarse, a salir con él, a ir a la ópera, a ver el mundo; no podía contenerse y cubría de besos a su sobrina, llamando a gritos a la doncella, a los criados, a todas las, gentes de la casa.
       Acabada su toaleta, Camila estaba tan bella que ella misma parecía reconocerlo sonriendo ante su propia imagen.
       —Señorita, el coche espera —dijo el tío Giraud, queriendo imitar con sus brazos la actitud del cochero que fustiga a sus caballos y con la boca el ruido de una carretela.
       Camila sonrió de nuevo, recogió el traje de luto que acababa de quitarse, lo dobló cuidadosamente, le dio un beso, lo guardó en el armario y partió.


VII

      Si el tío Giraud no presumía de elegante, picábase en cambio de hacer bien las cosas. Poco importaba que la ropa, siempre nueva y demasiado amplia, porque no le gustaba ir molesto, le cayera de cualquier modo; que los faldones de su casaca estuvieran mal cortados y que llevase la peluca casi tapándole los ojos, porque tratándose de obsequiar a los demás sabía elegir lo más caro y lo mejor. Por eso había tomado aquella noche para Camila y para él un magnífico palco descubierto y bien visible, donde su sobrina pudiera ser admirada por todo el mundo.
       A las primeras miradas de Camila por el escenario y la sala quedó deslumbrada; no podía por menos: una criatura de diez y seis años escasos, educada en el apartamiento de una casa de campo, transportada de pronto a la mansión del lujo, del arte y del placer, casi había de imaginarse que todo era un sueño. Se representaba un ballet. Camila seguía con curiosidad las actitudes, los gestos y los pasos de los actores; comprendía que se trataba de una pantomima y, como si se viera en ella, quería explicar su sentido. A cada momento se volvía a su tío con aire estupefacto, como para consultarle; pero él tampoco comprendía mucho más que ella.
       Camila veía los pastores, con medias de seda, ofreciendo flores a las pastoras; los amorcillos revoloteando al extremo de una cuerda; los dioses sentados en fantásticas nubes. Las decoraciones, las luces, la araña central sobre todo, cuyo resplandor la maravillaba; los trajes de las damas, los encajes, las plumas, toda la pompa de un espectáculo desconocido para ella, la sumían en un dulce arrobamiento.
       Pronto fue ella también por su parte objeto de una curiosidad casi general; su traje era de una gran sencillez, pero del mejor gusto. Sola en un palco tan grande, al lado de un hombre tan poco atildado como era el tío Giraud, bella como un astro y fresca como una rosa, con sus grandes ojos negros y su expresión ingenua, tenía necesariamente que atraer las miradas. Los hombres empezaron a mostrársela; las mujeres a observarla; los aristócratas fueron aproximándose, y dirigieron en alta voz a la recién llegada los cumplidos más lisonjeros y al uso; pero, por desgracia, sólo el tío Giraud recibía y saboreaba con delicia aquellas alabanzas.
       Sin embargo, Camila poco a poco fue recuperando su tranquilidad, y al fin se sintió apoderada de cierta tristeza. Sentía la crueldad de verse aislada en medio de aquella multitud. Las gentes que conversaban en los palcos, los músicos cuyos instrumentos marcaban a los actores la medida de sus pasos, aquel gran cambio de ideas entre el escenario y la sala, todo ello, por decirlo así, la empujaban de nuevo hacia sí misma.
       “Nosotros hablamos y tú no puedes hablar —parecían decirle todos—; oímos, cantamos, reímos, nos amamos, gozamos de todo; sólo tú no gozas de nada; sólo tú no oyes nada; sólo tú no eres aquí más que una estatua; el simulacro de un ser que no hace más que contemplar la vida”. Para librarse de aquel espectáculo cerró los ojos y recordó aquel baile de niños en el que había visto bailar a sus amigas y en el que había permanecido sin separarse de su madre. Retrocedió con su pensamiento a la mansión natal, a su desgraciada infancia, a sus largos padecimientos, a sus secretas lágrimas, a la muerte de su madre, y, en fin, al luto que acababa de quitarse y que en aquel momento resolvía ponerse de nuevo en cuanto volviese a casa. Puesto que estaba condenada para siempre, creía que era mejor no intentar jamás aminorar su pena. Sentía más amargamente que nunca que todo esfuerzo por su parte para resistir a la maldición celeste era inútil. Dominada por aquella idea, no pudo contener algunas lágrimas que el tío Giraud vio correr por sus mejillas. Trataba éste de adivinar la causa, cuando Camila le hizo señas de que quería marcharse. Sorprendido e inquieto, dudaba el buen hombre sin saber qué hacer; Camila se levantó y le señaló la puerta del palco para que le diese su manteleta.
       En aquel momento advirtió en la galería, detrás de ella, a un joven de buena presencia y ricamente vestido que tenía en la mano un trozo de pizarra sobre el que trazaba letras y figuras con un pizarrín. Mostraba en seguida la pizarra a su vecino, que era mayor que él y que comprendiéndole rápidamente le respondía del mismo modo con una extraordinaria prontitud. Al mismo tiempo, abriendo y cerrando los dedos, cambiaban los amigos ciertas señas que parecían servir para comunicarse mejor sus ideas.
       Camila no comprendía nada de aquellos dibujos que apenas distinguía, ni de aquellas señas para ella desconocidas; pero al primer golpe de vista había observado que el joven no movía los labios y, pronta a salir, se detuvo. Veía que él joven aquel hablaba un lenguaje distinto al de los demás y poseía un medio de expresarse sin necesidad de la palabra, tan incomprensible para ella y que atormentaba su mente. Fuera lo que fuere aquel extraño lenguaje, una extrema sorpresa y un deseo invencible de saber algo más de él la hicieron recuperar el puesto que acababa de dejar; se reclinó en el costado del palco y observó atentamente lo que hacia aquel desconocido. Como le viera escribir nuevamente en la pizarra y presentar ésta a su vecino, hizo Camila un movimiento involuntario como para cogerla al paso. Ante aquel movimiento el joven se volvió hacia Camila y la miró a su vez. Apenas se encontraron sus ojos, quedaron inmóviles e indecisos, como queriendo reconocerse, y un instante después se habían comprendido y se decían con la mirada: Los dos somos mudos. El tío Giraud ofrecía a su sobrina su manteleta, su junquillo y su catalejo; pero ella no quería marcharse ya. Había vuelto a sentarse y permanecía acodada sobre el antepecho.
       El abate de l’Epée acababa de empezar a darse a conocer.
       Haciendo una visita a una dama, en la calle de las Fossés-Saint-Vitor, conmovido por dos sordomudas a las que había visto por casualidad hacer labor, la caridad que desbordaba su alma se reveló de pronto y obraba ya verdaderos prodigios. En la informe pantomima de aquellos seres miserables y despreciados había encontrado los gérmenes de una lengua fecunda, más verdadera desde luego que la de Leibniz y que esperaba llegar a hacer universal. Como la mayor parte de los hombres de genio, había sobrepasado acaso los límites hasta que podía llegar agrandándolos demasiado; pero ya era mucho alcanzar su grandeza. Fuese como fuere la ambición de su alma, enseñaba a los sordomudos a leer y a escribir. Los incorporaba al número de los hombres. Solo y sin ayuda, con sus propias fuerzas había emprendido la obra de constituir una familia con aquellos desventurados y se disponía a sacrificar su vida y su fortuna a aquella empresa en espera de que el rey volviera los ojos hacia ellos.
       El joven sentado junto al palco de Camila era uno de los discípulos enseñados por el abate. Nacido gentilhombre de una rancia familia, dotado de una viva inteligencia, pero víctima de la demimort, como se decía entonces, había sido uno de los primeros en recibir la misma educación del célebre conde de Solar, con la deferencia de que era rico y de que no corría el peligro de morirse de hambre a falta de una pensión del duque de Penthièvre. Independientemente de las lecciones del abate, había tenido un ayo que como persona laica pudiese acompañarle a todas partes, encargado, claro está, de vigilar sus acciones y de guiar su pensamiento —el cual era el vecino a quien daba a leer su pizarra—. Aprovechaba el joven con gran aplicación y cuidado aquellos estudios diarios que ejercitaban su espíritu en tantas cosas, tanto en la lectura como en la equitación, en la ópera como en la misa. Una pronunciadísima independencia de carácter y un poco de orgullo nativo luchaban, sin embargo, contra aquella penosa aplicación. Ignoraba los males que podía haber sufrido si hubiera nacido en una clase inferior o simplemente, como Camila, en otro sitio que no fuese París. Una de las primeras cosas que le habían enseñado cuando empezó a deletrear había sido el nombre de su padre, el marqués de Maubray. Se sabía, pues, distinto a los demás hombres por dos cosas: por su nacimiento y por su desgracia. De este modo la humillación y el orgullo se disputaban un noble espíritu que por suerte o acaso por necesidad no dejaba de conservarse puro.
       Aquel marqués sordomudo, observador y comprensivo, tan arrogante como todos y que en pos de su ayo había, según costumbre, deslizado sus tacones rojos por los grandes parques de Versalles, atraía las miradas de más de una linda dama; pero él no apartaba los ojos de Camila, quien por su parte, sin necesidad de mirarle, le veía muy bien. Acabada la ópera se cogió al brazo de su tío y, sin atreverse a volver la cabeza, entró en la casa.


VIII

       No hay que decir que ni Camila ni el tío Giraud conocían siquiera el nombre del abate de l’Epée, y menos aún sospechaban que se hubiera descubierto una nueva ciencia que hacía hablar a los mudos. El caballero acaso hubiera podido conocer aquel descubrimiento; su mujer, si hubiera vivido, seguramente lo conocería ya; pero Chardonneux estaba lejos de París y el caballero no recibía periódicos, o si los recibía no los leía. De esta manera la muerte o unas leguas de distancia y un poco de pereza producen el mismo resultado.
       De vuelta a la fonda, Camila no tenía más que una idea: lo que aquellos gestos y aquellas miradas querían decir. Y sirviéndose de ellos explicó a su tío que necesitaba ante todo una pizarra y un pizarrín. El bueno del tío Giraud no quedó sorprendido ante aquella petición, aunque hecha un poco tarde, pues ya era la hora de cenar; corrió a su cuarto, y convencido de haberla comprendido perfectamente, trajo en triunfo a su sobrina un pequeño tablero y un trozo de tiza, reliquias preciosas de su antigua afición a la construcción y a la carpintería.
       No pareció disgustar a Camila aquel modo de ver satisfechos sus deseos; colocó el tablero sobre sus rodillas e hizo sentarse a su tío junto a ella; luego le dio la tiza y le cogió la mano como para guiarle, al mismo tiempo que sus miradas inquietas se aprestaban a seguir sus menores movimientos.
       El tío Giraud comprendía muy bien que se le pedía escribiese alguna cosa; pero ¿qué?; lo ignoraba.
       —¿El nombre de tu madre? ¿El mío? ¿El tuyo?
       Y para hacerse comprender golpeaba lo más dulcemente posible con sus dedos en el corazón de la joven.
       Camila asintió con la cabeza; el buen hombre creyó que le había comprendido; escribió, pues, el nombre de Camila con grandes caracteres, y después de ello, satisfecho de sí mismo y de cómo habían pasado la noche, hallándose la cena a punto se sentó a la mesa sin esperar a su sobrina, que no se atrevió a insistir.
       Camila no se retiraba nunca hasta que su tío apuraba la botella; le vio cenar, le deseó una buena noche y entró luego en su cuarto, llevando en sus manos el tablero.
       En cuanto hubo echado el cerrojo se puso a su vez a escribir. Despojada de sus paniers, deshechos los bucles, comenzó a copiar, con un trabajo y un cuidado infinitos, la palabra que su tío acababa de escribir, embadurnando de tiza una mesa muy grande que había en el centro de la habitación. Después de muchas copias y muchas borraduras, llegó al fin a reproducir bastante bien las letras que tenía ante sus ojos. Conseguido lo cual, y después de contar una a una las letras que le habían servido de modelo para asegurarse de la exactitud de su copia, se puso a pasear en torno a la mesa, con el corazón palpitante de gozo, como si hubiera logrado una inmensa victoria. Camila, aquel nombre que acababa de escribir, le parecía admirable y debía ciertamente, según ella, expresar las cosas más bellas del mundo. En aquella única palabra le parecía ver un sinnúmero de ideas, todas a cuál más dulces, a cuál más sugestivas y misteriosas. Estaba muy lejos de creer que aquello no fuera más que su nombre.
       Como corría el mes de julio, la noche era magnífica y purísimo el cielo. Camila había abierto su ventana; de vez en cuando se detenía ante ella, y allí, extasiada, suelto el cabello, cruzados los brazos, brillantes los ojos, hermosa con esa palidez que la luna da a las mujeres, contemplaba una de las más tristes perspectivas que pudiera tener ante sus ojos: el patio angosto de una enorme casona donde había una cochera de postas. En aquel patio frío, húmedo y malsano jamás había penetrado un rayo de sol; la altura de varios pisos superpuestos defendía de la luz aquella especie de cueva. Cuatro o cinco galerones enormes apiñados en un cobertizo oponían sus tremendas lanzas al que pretendía entrar. Otros dos o tres dejados en el patio por falta de sitio parecían esperar los caballos, cuyo constante patear en la cuadra demandaba el pienso de la mañana a la noche. Detrás de una puerta rigurosamente cerrada a los inquilinos desde medianoche, pero dispuesta a abrirse estrepitosamente en cualquier momento ante el restallar de una fusta, se levantaban unas murallas enormes, con más de cincuenta ventanas, donde, pasadas las diez, jamás se encendía una luz, a no ser en circunstancias extraordinarias.
       Ya iba Camila a dejar su ventana, cuando de pronto, en la sombra que proyectaba una pesada galera, le pareció ver una forma humana paseando lentamente y lujosamente vestida. El miedo sobrecogió al pronto a Camila, sin saber por qué, pues su tío estaba allí, vigilando como un bendito, con el sueño más profundo y ruidoso posible; además, ¿qué clase de asesino o ladrón se paseara en aquel patio con semejantes galas?
       Pero el desconocido estaba allí y Camila le veía. Escondido tras la diligencia, miraba a la ventana en que ella estaba. Pasados unos instantes, Camila sintió recobrar su valor; cogió la luz, y sacando el brazo iluminó súbitamente el patio; al mismo tiempo echó a él una mirada entre decidida y medrosa. Desvanecida la sombra de la galera, el marqués de Maubray, pues era él, viose descubierto por completo, y por toda réplica plantose rodilla en tierra y, mirando a Camila, juntó sus manos suplicantes en la actitud del más profundo respeto.
       Durante algún tiempo estuvieron así: Camila, en la ventana con su luz, y el marqués, arrodillado ante ella. Si Romeo y Julieta, que no se habían visto más que una noche en un baile de máscaras, cambiaron desde el primer momento tantos juramentos fielmente cumplidos, piénsese lo que serían los primeros gestos y las primeras miradas de dos amantes que sólo con el pensamiento podían decirse aquellas mismas cosas eternas ante Dios y que el genio de Shakespeare inmortalizó en la tierra.
       Ciertamente que resulta ridículo encaramarse por dos o tres estribos hasta la imperial de una galera, deteniéndose a cada esfuerzo para saber si se debe continuar. Es verdad también que un hombre con medias de seda y casaca bordada se arriesga a caer en desgracia cuando pretende saltar desde la imperial de un coche hasta el alféizar de una ventana. Todo esto es indiscutible, a menos que se ame.
       Cuando el marqués de Maubray estuvo en el aposento de Camila, empezó por hacerle un saludo tan ceremonioso como si la hubiera encontrado en las Tullerías. Si hubiera podido hablar, acaso hubiese contado a Camila cómo había conseguido escapar a la vigilancia de su ayo para ir, valiéndose de gratificar a un lacayo, a pasar la noche bajo su ventana; cómo la había seguido al salir de la ópera; cómo una mirada de ella había cambiado toda su vida, y cómo, en fin, no amaba a nadie en el mundo más que a ella, y no ambicionaba otra felicidad que ofrecerle su mano y su fortuna. Todo esto estaba escrito en sus labios; pero la reverencia de Camila devolviéndole el saludo le hizo comprender cuán inútil hubiera sido aquel relato y cuán poco le importaba saber cómo había conseguido llegar hasta ella desde el momento que estaba allí.
       Monsieur De Maubray, a pesar de la audacia de que había dado prueba para llegar hasta aquella a quien amaba, era, ya lo hemos dicho, tímido y reservado. Después de saludar a Camila, buscaba en vano el modo de preguntarle si le quería por esposo; ella nada comprendía de lo que él pretendía explicarla. Monsieur de Maubray vio sobre la mesa el tablero donde estaba escrito el nombre de Camila. Cogió la tiza, y al lado de aquel nombre escribió el suyo: Pedro.
       —¿Qué quiere decir esto? —exclamó una gran voz de barítono—. ¿Qué significan semejantes visitas? ¿Por dónde habéis entrado aquí, señor mío? ¿Qué venís a hacer en esta casa?
       Quien hablaba así era el tío Giraud, que habla entrado furioso y en paños menores.
       —¡Muy bonito! —continuó—. Bien sabe Dios que yo dormía y que si me han despertado no han sido vuestras voces. ¿Quién sois que no encontráis nada más fácil que escalar una casa? ¿Qué intención es la vuestra? Estropear un coche, romperlo todo, hacer un estropicio, y después, ¿qué? ¡Deshonrar a una familia! ¡Llenar de infamia y de oprobio a unas personas honradas!… ¡Pero si tampoco éste me entiende! —exclamó desolado el tío Giraud.
       Pero el marqués sacó un lápiz y un papel y escribió esta especie de carta: “Amo a la señorita Camila. Quiero casarme con ella. Tengo veinte mil libras de renta. ¿Queréis concederme su mano?”
       —No hay como el que no puede hablar —dijo el tío Giraud— para tratar los asuntos aprisa. Pues esperad un poco —exclamó tras unos momentos de reflexión—; yo no soy su padre; yo no soy más que su tío. Hay que pedir permiso a papá.


IX

      No era cosa fácil obtener del caballero el consentimiento para semejante unión; no porque no estuviera dispuesto, como se ha visto, a hacer todo lo posible por conseguir que su hija fuese menos desgraciada, sino porque había en la presente circunstancia una dificultad casi inabordable. Se trataba de unir una mujer, víctima de terrible defecto, con un hombre castigado por la misma desgracia, y si tal unión había de tener fruto, era probable que no hiciera más que dar al mundo un nuevo ser infortunado.
       El caballero, retirado a su país, presa siempre de la más negra tristeza, seguía viviendo en soledad. Madame Des Arcis había sido enterrada en el parque, donde algunos sauces llorosos rodeaban su tumba y anunciaban de lejos al pasajero el humilde rincón de su reposo. Hacia aquel rincón dirigía el caballero todos sus paseos, y allí se pasaba horas enteras devorado por la tristeza y el pesar y entregado a cuantos recuerdos podían alimentar su dolor.
       Fue allí donde una mañana se le presentó de repente el tío Giraud. Desde el día siguiente a aquel en que sorprendió juntos a los dos amantes, el buen hombre había salido de París con su sobrina, la había conducido a Mans y la había dejado en su propia casa, en espera del resultado de la gestión que él iba a realizar.
       Pedro, advertido de aquel viaje, había prometido fidelidad y hallarse pronto a mantener su palabra. Huérfano desde hacía mucho tiempo, dueño de su fortuna, sin necesitar el permiso de un tutor, su voluntad no podía temer obstáculo alguno. Por su parte, el buen tío quería servir de mediador para conseguir el matrimonio de los dos jóvenes; pero entendía que aquella primera entrevista, que le pareció disculpablemente extraña, no podía volver a repetirse más que con la autorización del padre y del notario.
       A las primeras palabras del tío Giraud, el caballero manifestó, como puede suponerse, el más grande asombro. Cuando el buen hombre comenzó a contarle aquel encuentro en la ópera —aquella escena singular y aquella proposición más singular todavía—, le costó gran trabajo concebir que fuera posible tan novelesco episodio. Obligado, sin embargo, a reconocer que se le hablaba en serio, pronto se ofrecieron a su vista las objeciones que eran de temer.
       —¿Qué pretendéis? —dijo al tío Giraud—. ¿Unir dos seres igualmente desgraciados? ¿No es suficiente tener en la familia una criatura tan infeliz como mi hija? ¿Es preciso aumentar nuestra desgracia dándole un marido semejante a ella? ¿Estoy destinado a verme rodeado de seres reprobados por la sociedad, objetos de lástima y desprecio? ¿He de pasarme la vida entre mudos, velando su horrible silencio? ¿He de dejar mi nombre, del que Dios sabe que no me envanezco, pero que al fin es el de mi padre, a seres infortunados que no podrán escribirlo ni pronunciarlo?
       —Pronunciarlo, no —dijo el tío Giraud—; pero escribirlo es otra cosa.
       —¡Escribirlo! —exclamó el caballero—. ¿Habéis perdido la razón?
       —Sé lo que digo, y el joven pretendiente sabe escribir —replicó el tío—. Yo os lo atestiguo y os afirmo que escribe bien y hasta correctamente, como lo demuestra su proposición, que conservo en el bolsillo y que es muy honrada.
       Al mismo tiempo el tío Giraud mostró al caballero el papel donde el marqués de Maubray había trazado las contadas palabras con que exponía, de una manera lacónica, es cierto, pero clara, el objeto de su demanda.
       —¿Qué significa esto? —dijo el padre—. ¿Desde cuándo los sordomudos manejan la pluma? ¿Qué historia me estáis contando, Giraud?
       —A fe mía —dijo Giraud— que no sé lo que ha sido ni cómo ha podido suceder cosa semejante. La verdad es que mi intención era simplemente distraer a Camila y ver yo también a la vez algo de lo que eran esas piruetas. El marquesito se encontraba allí, y es lo cierto que tenía un pizarrín y una pizarra que utilizaba con gran ligereza. Yo siempre creí, lo mismo que vos, que cuando se nacía mudo era para no decir nada; pero no es así. Parece que hoy día se ha hecho un descubrimiento por el cual el mundo de los mudos puede comprenderse y entablar conversación, Se dice que un abate, cuyo nombre ignoro, es el que ha inventado el modo de entenderse. En cuanto a mí, comprenderéis muy bien que una pizarra nunca me ha parecido buena más que para un tejado; ¡pero estos parisienses son tan despabilados!
       —¿Es en serio lo que decís?
       —Muy en serio. El marquesito es rico, joven y guapo; un buen mozo y un hombre amable; respondo de él. Os ruego que penséis una cosa: ¿qué vais a hacer con la pobre Camila? No puede hablar, es cierto, pero no es suya la culpa. ¿Qué queréis que sea de ella? No siempre ha de ser joven. He aquí el hombre que la quiere; si la hacéis suya, nunca se cansará de ella por su defecto; conoce éste por sí mismo. Los dos, sin necesidad de gritar, se comprenden y se entienden. El marquesito sabe leer y escribir; Camila aprenderá a hacer otro tanto; no le será más difícil que a él. Comprenderéis muy bien que si yo os propusiera casar a vuestra hija con un ciego tendríais derecho a reíros en mis narices; pero os propongo un sordomudo, y esto es muy razonable. Ya veis que en diez y seis años que tiene la chiquilla no habéis podido consolaros. ¿Cómo queréis, pues, que un hombre como todo el mundo se ponga de acuerdo con ella, si vos, que sois su padre, no habéis podido conseguirlo?
       Mientras el tío Giraud hablaba, el caballero, de vez en cuando, volvía los ojos hacia la tumba de su mujer y parecía reflexionar profundamente.
       —¡Devolver a mi hija el uso de su inteligencia! —dijo después de un gran silencio—. ¿Será posible que Dios lo permita?
       En aquel momento entraba en el jardín el cura de una aldea vecina, que venía a cenar al castillo. El caballero le saludó con aire distraído, y luego, saliendo repentinamente de su abstracción, le preguntó:
       —Señor cura, vos que sabéis casi siempre lo que hay de nuevo y que recibís periódicos, ¿habéis oído hablar de un padre que se dedica a educar a los sordomudos?
       Desgraciadamente el personaje a quien iba dirigida aquella pregunta era un verdadero cura de aldea de sus tiempos, hombre sencillo y bondadoso, pero ignorante y que compartía los prejuicios de un siglo en que tantos y tan funestos existían.
       —No sé lo que vuestra excelencia quiere decir —respondió el cura, tratando al caballero en señor feudal—: a no ser que se trate del abate de l’Epée.
       —Precisamente —dijo el tío Giraud—. Ese es el nombre que me han dicho; ahora me acuerdo.
       —¡Y bien! —dijo el caballero—. ¿Qué hay que creer de ello?
       —No sabría —replicó el cura— hablar con la circunspección necesaria de una materia de la que no puedo aún darme exacta cuenta. Pero me inclino a creer, después de los escasos datos que me ha sido lícito recoger sobre el particular, que el tal abate de l’Epée, que por lo demás parece ser una persona muy venerable, no ha llegado a conseguir el fin que se proponía.
       —¿Qué entendéis por tal fin? —dijo el tío Giraud.
       —Entiendo —respondió el sacerdote— que la intención más pura puede, a veces, fallar en su resultado. Está fuera de dudas, después de lo que he llegado a saber, que se han hecho para ello los más loables esfuerzos; pero me cabe creer que la pretensión de enseñar a leer a los sordomudos, como asegura monseñor, es completamente quimérica.
       —Yo lo he visto con mis propios ojos —dijo Giraud—; yo he visto un sordomudo que escribía.
       —Estoy muy lejos —replicó el cura— de querer contradeciros en ningún modo; pero personas sabias y distinguidas, entre las que podría citar algunos doctores de la Facultad de París, me han asegurado de un modo categórico que la cosa era imposible.
       —Lo que se ve no puede ser imposible —replicó impaciente el buen hombre—. He corrido cincuenta leguas con una carta en el bolsillo para enseñársela al caballero; hela aquí; esto está claro como la luz.
       Hablando así, el viejo maestro de obras había sacado de nuevo el papel y se lo había puesto al cura ante los ojos. El cual, medio asombrado y contrariado, examinó la carta, le dio la vuelta, la leyó varias veces en voz alta y se la devolvió al tío Giraud sin saber qué decir.
       El caballero parecía extraño a la discusión. Seguía paseando en silencio y su incertidumbre crecía por momentos.
       —Si Giraud tiene razón y yo me niego —pensaba— falto a mi deber; casi cometo un crimen. Se presenta una ocasión en que esta pobre niña, a la que yo he dado la apariencia de la vida, encuentra una mano que busca la suya en las tinieblas en que está sumida. Sin salir de la noche que la envuelve por siempre puede soñar que es feliz. ¿Con qué derecho lo impediré y qué diría su madre si estuviera aquí?…
       Una vez más el caballero volvió los ojos hacia la tumba, y cogiendo luego por el brazo al tío Giraud le llevó unos pasos aparte para decirle en voz baja:
       —Haced lo que queráis.
       —¡Sea en buena hora! —dijo el tío—. Voy a buscarla y os la traigo; está en mi casa; volveremos juntos y todo se arreglará en un momento.
       —¡Jamás! —respondió el padre—. Procuremos los dos su felicidad; pero no podría volver a verla.
       Pedro y Camila se casaron en París, en la iglesia de los Petits-Pères. El tío y el ayo fueron los únicos testigos. Cuando el sacerdote que oficiaba les dirigió la fórmula usual, Pedro, que se la había aprendido muy bien para saber en qué momento tenía que inclinarse en señal de asentimiento, salió airosamente de aquella difícil situación. Camila no intentó comprender ni adivinar nada; miró a su marido y bajó la cabeza como él.
       No habían hecho más que verse y amarse, y ya era bastante, se podría decir. Apenas se conocían cuando salieron de la iglesia cogidos del brazo para siempre. El marqués tenía una hermosa casa. Camila, después de la misa, montó en un gran carruaje, que contempló con curiosidad infantil. El palacio a que la condujeron no fue menos objeto de su admiración. Aquellos aposentos, aquellos caballos, aquellas gentes, que iban a ser de ella le parecían una maravilla. Por lo demás estaba convenido que el matrimonio se celebrase en la mayor intimidad y toda la fiesta consistió en una sencilla comida.


X

      Camila fue madre. Un día que el caballero se paseaba tristemente por el fondo del parque, un criado le entregó una carta cuya letra desconocía y cuyo texto era una extraña mezcla de distinción y de ignorancia. Era de Camila y contenía lo que sigue:

     ¡Oh, padre mío! Ya puedo hablar; no con la boca, pero sí con la pluma. Mis pobres labios siguen mudos como siempre, y, sin embargo, sé hablar. El que hoy es mi dueño me ha enseñado a escribiros. Me ha hecho educar como a él, y por la misma persona, pues ya sabéis que estuvo como yo durante largo tiempo. Me ha costado mucho trabajo aprender. Lo primero que nos enseñan es a hablar con los dedos; después, los signos escritos. Estos son de todas clases y expresan el miedo, la cólera y todo, en general. Se tarda mucho en dominarlos, y más aún en formar palabras; pero, como veis, se consigue al fin. El abad de l’Epée es un hombre muy bueno y muy cariñoso, lo mismo que el padre Vanin, de la Doctrina Cristiana.
     Tengo un niño precioso; no me atrevía a hablaros de él hasta saber si es como nosotros. Pero no he podido resistir a la alegría de escribiros, a pesar de nuestra preocupación, pues ya comprenderéis que mi marido y yo estamos muy intranquilos, sobre todo porque no podemos oírle. La niñera sí puede oírle, pero tememos que se engañe; así es que esperamos con gran impaciencia el día en que abra los labios y los mueva como los que oyen y hablan. También comprenderéis que hemos consultado con los médicos si es posible que el hijo de dos personas tan desgraciadas como nosotros no sea mudo también, y nos han dicho que bien puede suceder; pero no nos atrevemos a creerlo.
     ¡Juzgad, pues, con qué temor observamos desde hace tiempo al pobre niño, y qué emoción sentimos cuando mueve los labios sin que podamos saber si emiten algún sonido! Os aseguro, padre mío, que me acuerdo mucho de mi madre y de lo que debió de sufrir conmigo. Los dos debisteis quererme tanto como quiero a mi hijo; pero yo no era para vosotros más que un motivo de tristeza. Ahora que sé leer y escribir comprendo cuánto debió de sufrir mi madre.
     Si queréis ser bueno del todo para conmigo, querido padre, venid a París a vernos; ello será un motivo más de alegría y de gratitud para vuestra respetuosa hija,

CAMILA.

       Después de leer aquella carta, el caballero dudó algún tiempo. Al pronto le había costado trabajo dar crédito a sus ojos y creer que era Camila en persona quien le escribía; pero había que rendirse a la evidencia. ¿Qué hacer? Si cedía a los deseos de su hija e iba, en efecto, a París, se exponía a revivir, en un nuevo dolor, todos los recuerdos de su dolor antiguo. Un niño que él no conocía, es cierto, pero que no por eso dejaba de ser el hijo de su hija, podía resucitarle las angustias del pasado. Camila misma seguramente le recordaría a Cecilia, y, sin embargo, al mismo tiempo se sentía impulsado a compartir la inquietud de la joven madre que esperaba una palabra de su hijo.
       —No hay más remedio que ir —dijo el tío Giraud cuando el caballero le consultó—. Yo he sido quien ha hecho ese matrimonio y le tengo por duradero y feliz. ¿Vais a abandonar también vuestra propia sangre a su dolor? ¿No es bastante, y os lo digo sin reproche, haber abandonado en el baile a vuestra esposa, siendo la causa de su muerte? ¿Abandonaréis también a esta criatura? ¿Pensáis que todos han de estar tristes? Mucho lo estáis vos, convengo en ello, y hasta más de lo razonable; pero ¿creéis que no hay otra cosa en el mundo? Camila os pide que vayáis; partamos, pues. Yo también voy, y no tengo más que un pesar: el de que no me haya llamado. No está bien por su parte no haber acudido a mi puerta, que siempre estuvo abierta para ella.
       “Tiene razón —pensaba el caballero—. Yo no he hecho más que hacer sufrir cruel e inútilmente a la mejor de las mujeres. Cuando debí salvarla la dejé morir de una muerte horrible. Si hoy debo sufrir el castigo de ello ante el espectáculo de mi hija, no puedo quejarme; por penoso que este espectáculo sea para mí, debo resolverme a él y sufrir mi condena. Merezco este castigo. ¡Que la hija vengue el haber abandonado a la madre! Iré a París, veré a su hijo. Me desligué de lo que amaba, me aparté de la desgracia; ahora quiero gozar el amargo placer de contemplarla”.
       En un lindo hotel situado en el barrio de Saint-Germain estaban marido y mujer cuando llegaron el padre y el tío. Había una mesa llena de libros y de grabados. El marido leía, la mujer bordaba y el niño jugaba sobre un tapiz.
       El marqués se levantó; Camila corrió al encuentro de su padre, le abrazó tiernamente y no pudo contener algunas lágrimas; pero los ojos del caballero se volvían hacia el niño. Muy a su pesar, el horror que había experimentado otras veces por la enfermedad de Camila ganaba de nuevo su corazón a la vista de aquel otro ser heredero de la maldición legada por él. Retrocedió cuando se lo enseñaron, y exclamó:
       —¡También mudo!
       Camila cogió al niño en brazos; aunque no oía, había comprendido. Y levantándole dulcemente hasta el caballero, le puso un dedo en los labios y se los frotó dulcemente como invitándole a hablar.
       El niño se hizo esperar algunos minutos, pero al fin pronunció claramente estas palabras, que la madre le había hecho enseñar: ¡Buenos días, papá!
       —Ya veis cómo Dios perdona todo y perdona siempre —dijo el tío Giraud.



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