O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


Corazones y cruces (1904)
(“Hearts and Crosses”)
Originalmente publicado en Everybody’s Magazine, Vol. 11, Núm. 6 (diciembre de 1904);
Heart of the West
(Nueva York: McClure Co., 1907, 334 págs.)



      Baldy Woods alargó el brazo y cogió la botella. Siempre que Baldy se proponía algo, acostumbraba a… Pero no se trata ahora de la historia de Baldy. Se sirvió una tercera copa, cuyo contenido excedía en un centímetro al de la primera y al de la segunda. Baldy celebraba una consulta y había de mostrarse a la altura de su misión.
       —Yo en tu lugar sería rey —dijo con ademán tan decidido que le crujió la cartuchera y sus espuelas comenzaron a chirriar.
       Webb Yeager se echó atrás el típico sombrero, para alborotar todavía más su cabello pajizo, y, al no obtener de este recurso un resultado positivo, decidió seguir el líquido ejemplo de su ingeniosísimo amigo Baldy.
       —Por casarse con una reina, un hombre no ha de quedar necesariamente fuera de la baraja —dijo Webb resumiendo toda su queja.
       —Pues claro —añadió Baldy amable, sediento aún y muy solícito con respecto al relativo valor de los naipes—. Tienes derecho a ser rey. Yo, en tu caso, exigiría otra partida. Te han escamoteado alguna carta. Te diré lo que eres, Webb Yeaguer.
       —Dilo —rogó Webb con mirada esperanzada.
       —Eres un príncipe consorte.
       —Cuidado —alegó Webb—. Yo a ti todavía no te he insultado.
       —Pero si es un título —explicó Baldy—. Solo uno de tantos en la baraja. Trataré de explicártelo, Webb. Es… como una marca especial creada para determinados animales de Europa. Supón que tú, yo o un duque alemán cualquiera se case con una princesa de sangre real, y que nuestra mujer llegue, con el tiempo, a ser reina. ¿Somos reyes nosotros? Ni por casualidad. En la ceremonia de la coronación nos harán caminar junto al noveno gran chambelán de la cámara, y solo serviremos para aparecer en las fotografías y aceptar la responsabilidad de un posible príncipe heredero. No me parece justo. Te repito, Webb, que eres un príncipe consorte. Yo en tu lugar prepararía un manifiesto, un habeas corpus o cualquier cosa de esas, pero costara lo que costase…, sería rey —Baldy vació su vaso al llegar a este punto, para ratificar su teoría.
       —Baldy —dijo con solemnidad Webb—, tú y yo hemos atendido las vacas de un mismo rebaño durante años, hemos corrido por los mismos pastos y cabalgado por iguales caminos desde que éramos muchachos. Con nadie más que contigo hablaría de mis asuntos personales. Eras caballerizo del rancho Nopalito cuando me casé con Santa McAllister. Por aquel entonces era capataz, pero, ¿qué soy ahora? La verdad es que no pinto nada.
       —Cuando el viejo McAllister era rey del ganado en Texas occidental —prosiguió Baldy con demoníaca dulzura—, tenías cierta clase. Tu voz resultaba, en el rancho, casi tan importante como la suya.
       —Desde luego —admitió Webb—, pero cuando supo que le había echado el lazo a la propia Santa, todo acabó. Me relegó a los campos y me obligó a estar lo más lejos posible de la casa del rancho. Al morir el viejo, inventaron para Santa el apodo de Reina del Ganado. Yo…, digamos, que soy su jefe. Jefe del Ganado, nada más. Ella cuida del negocio y maneja el dinero. No puedo vender ni un novillo a unos excursionistas sin su permiso. Santa es la reina. Yo…, un don Nadie.
       —Pues yo, en tu caso, sería rey —repitió Baldy Woods, el monárquico—. Si un hombre se casa con una reina es natural que llegue a su misma jerarquía. Desde el chaparral al almacén de expedición, pasando por todas las secciones y departamentos. Todo ha de recorrerlo hasta situarse junto a ella. Muchos lo andan diciendo por ahí. Dicen que es muy raro que tú no pintes nada en Nopalito. Y conste que no quiero meterme con la señora Yeager. Es la mejor muchacha de Río Grande, pero un hombre ha de ser el dueño de su casa.
       En el moreno y dulce rostro de Yeager apareció una expresión de dolida melancolía. Con ella, su rubio cabello en desorden y sus tranquilos ojos azules, podía perfectamente pasar por un colegial a quien hubiese usurpado el primer puesto del equipo un compañero más joven y fuerte. Su alta estatura, su vigor y sus músculos, además de su cartuchera y sus pistolas, derrotaban la comparación.
       —¿Cómo dijiste, Baldy? —preguntó—. ¿Qué es lo que soy? ¿Un concierto de qué?
       —Un consorte —corrigió Baldy—. Un príncipe consorte. Algo así como un seudónimo en la baraja. Estás entre la sota y el nueve.
       Webb Yeager suspiró y cogió la correa de la funda de su winchester que estaba en el suelo.
       —Hoy mismo vuelvo al rancho a caballo —dijo con cierta indiferencia—. Tengo que preparar unos bichos para San Antonio; han de enviarse por la mañana.
       —Iré contigo hasta Dry Lake —manifestó Baldy—. Tengo que ver algunas bestias jóvenes en San Marcos.
       Ambos compañeros montaron sobre sus respectivas cabalgaduras y se alejaron al trote de la pequeña estación, en donde aquella calurosa mañana se habían reunido.
       Al llegar a Dry Lake, lugar en donde se separaban los caminos que debían seguir, se detuvieron para fumar un cigarrillo. Habían recorrido varias millas en silencio, solo al compás de los cascos de los caballos sobre la alfombra de césped del suelo, y el roce de los estribos de madera contra los matorrales y arbustos. Pero en Texas es difícil que una conversación no tenga continuidad. Se puede recorrer una milla de camino charlando y ocurrir una muerte o presentarse la ocasión de una comida sin que todo ello afecte las tesis tratadas.
       —Como recordarás, Baldy, hubo un tiempo en que Santa no se sentía tan independiente como ahora. No habrás olvidado los días en que el viejo McAllister se propuso apartarnos el uno del otro y en que Santa, cuando deseaba verme, me enviaba una señal convenida. El viejo Mac prometió convertirme en algo parecido a un colador, si me ponía a distancia de tiro del rancho. ¿Recuerdas la señal, Baldy? ¿Te acuerdas del corazón con la cruz en el centro?
       —¡Qué si me acuerdo! —gritó Baldy con astuta y maliciosa expresión—. Pues claro, coyote con cara de paloma. Parece que lo estoy viendo todo, redomado hipócrita. Los muchachos del campamento tuvieron que familiarizarse con los jeroglíficos. “El estómago con los dos huesos”, así decían ellos del signo. Aparecía en el camión que llegaba del rancho, dibujado con carbón en los sacos de harina y con lápiz en los periódicos. En cierta ocasión lo vi nada menos que en la espalda del nuevo cocinero que, desde el rancho, nos enviaba el viejo McAllister. ¡Que me ahorquen si miento!
       —El padre de Santa —lo interrumpió Webb en tono amable— la había hecho jurar que no me escribiría ni una palabra, y entonces a ella se le ocurrió lo de la señal. Un corazón con una cruz. Cuando deseaba verme dibujaba el signo no importaba en qué objeto del rancho que hubiese de llegar a mi poder. Yo, en cuanto lo veía, corría hacia ella siempre aprovechando la noche. Nos encontrábamos detrás de la cuadra pequeña.
       —Todos lo sabíamos, pero nunca los traicionamos. Estábamos de tu parte. Sabíamos por qué tenías siempre el caballo a punto, y en cuanto veíamos aparecer “el estómago y los dos huesos” en no importa qué parte del camino, teníamos la seguridad de que el pobre Pinto aquella noche devoraría millas en lugar de forraje. ¿Te acuerdas de Scurry, nuestro caballerizo intelectual, aquel muchacho universitario que por causa del alcohol terminó en el rancho? Pues bien, cuando veía aparecer la romántica llamada de socorro en cualquier cosa que procedía del rancho, alzaba una mano, la hacía ondear en el aire, así, de esta manera, y exclamaba: “Nuestro amigo Lee Andrews cruzará a nado nuevamente esta noche el golfo del infierno” —dijo Baldy.
       —La última vez que Santa me envió su mensaje —explicó Webb— fue porque estaba enferma. Vi la señal en cuanto llegué al campamento, y aquella noche galopé sobre Pinto a toda velocidad. No la encontré aguardando en el sitio de costumbre y entré en la casa. Tropecé en la puerta con el viejo McAllister, quien me dijo:“¿Vienes buscando la muerte? Pues por esta vez te perdono. Acabo de enviar a uno de los muchachos en tu búsqueda. Santa te necesita. Entra en esa habitación y habla con ella. Luego sal y ven a hablar conmigo”.
       “Santa estaba en la cama, muy enferma, pero al verme sonrió. Apreté su mano entre una de las mías y me senté en su cama sin tener en cuenta el barro, las espuelas, la suciedad… y todo lo demás.
       “—Te he estado oyendo cabalgar sobre el césped durante horas, Webb —dijo ella entonces—. Estaba segura de que vendrías. ¿Viste la señal? —añadió en un susurro.
       “—En cuanto llegué al campamento —le aseguré—. Precisamente en el saco de patatas y cebollas.
       “—Van siempre juntos en la vida —dijo Santa dulcemente—, siempre juntos.
       “—Sí —respondí—. Sobre todo en el estofado.
       “—Me refería a nuestro signo —protestó Santa—. Corazones y cruces. Amor y sufrimiento. ¿Cómo no lo comprendes?
       “El viejo doctor Musgrove estaba allí también, al parecer muy ocupado bebiendo whisky y abanicándose con un pay-pay. De pronto, Santa se durmió. El médico fue a poner una mano sobre su frente y añadió mirándome:
       “—Reconozco que eres un buen calmante, pero el tratamiento no te incluye como medicina para ser tomada a dosis. En cuanto a ella, estará mejor cuando despierte.
       “Al salir volví a encontrar a McAllister.
       “—Se ha dormido —dije—. Ahora, si quiere convertirme en colador, decídase y empiece. Puede hacerlo con tranquilidad. Dejé el revólver en la silla de mi caballo.
       “El viejo se echó a reír para responder:
       “—Llenar de plomo la cabeza del mejor ranchero de Texas no me parece buen negocio. ¿Dónde encontraría un capataz tan bueno como tú? Lo que me molesta y me hace desear usarte de blanco es la posibilidad de que fueses mi yerno. No eres, en mi opinión, pariente deseable, pero puedes seguir trabajando en el rancho Nopalito, si te quedas fuera del radio de acción que tiene esta casa desde su punto central. Vete arriba y échate un rato. Cuando hayas descansado volveremos a hablar del asunto”.
       Baldy Woods se encasquetó mejor el sombrero y estiró bien la pierna encima de su cabalgadura. Webb tiró de las riendas de su caballo que se agitó, ansioso por partir. Ambos amigos cambiaron un apretón de manos al estilo del oeste.
       —Adiós, Baldy —dijo Webb—, me alegro de haberte visto y de haber charlado contigo.
       Con súbito estallido, semejante al que pudiera producir una bandada de codornices al emprender el vuelo, los dos jinetes se alejaron al galope por distintas sendas. Habría recorrido unas cien yardas cuando, al alcanzar una pequeña loma desnuda de vegetación, Baldy tiró de las riendas y lanzó un grito. Seguidamente vaciló en su cabalgadura. De haber estado de pie habría sin duda caído al suelo, pero a caballo era maestro del equilibrio, se reía del whisky y despreciaba el propio principio de la gravedad.
       Al oír la llamada, Webb se volvió hacia atrás en su silla.
       —Yo, en tu lugar —gritó con estridente y perversa voz su amigo Baldy—, sería rey.
       A las ocho de la mañana siguiente, Bud Turner desmontó ante el rancho Nopalito y avanzó bamboleándose, con el consiguiente estruendo, hacia la galería. Bud era el individuo encargado de conducir las reses que habían de enviarse aquel día a San Antonio. La señora Yeager estaba en la galería regando una mata de jacinto plantada en una maceta de tierra roja.
       Su Majestad, McAllister, había legado a su hija muchas características especiales, por ejemplo: su decisión, su optimismo y valor, su tenaz seguridad propia y su orgullo por ser monarca reinante en aquel dominio de cascos y cuernos… El tiempo y el tono de McAllister fueron siempre allegro y fortissimo, y ambos sobrevivían en Santa, solo que en arreglo para clave femenina. Físicamente era la fiel imagen de aquella madre que hubo de abandonar los pastos del rancho por otros verdes más infinitos, antes de que el ganado del lugar ganase para este la categoría de reino. Tenía la misma figura delgada y fuerte de su madre, e igual belleza dulce y serena que suavizaba en ella la dureza de la típica mirada autoritaria y el aire de real independencia de los McAllister.
       Webb estaba de pie en el extremo final, dando órdenes a tres muchachos de distintos campamentos y equipos, que se habían trasladado a caballo al rancho en busca de instrucciones.
       —Buenos días —dijo Bud con seguridad—, ¿a quién dejo los bichos al llegar a la ciudad? ¿A Barber, como siempre?
       Responder a esta pregunta era antiguo privilegio de la reina. Las riendas principales del negocio, es decir, la compra, la venta y el estado de cuentas, quedaron siempre en las eficientes manos de ella. Solo el manejo del ganado quedaba por completo a cargo del esposo. En los días del rey, cuando vivía Su Majestad, McAllister, Santa actuaba de secretaria de papá, y en el futuro prosiguió su tarea con acierto y buenos beneficios. No obstante, esta vez, y antes de que ella pudiese hablar, el príncipe consorte dijo con calmuda decisión:
       —Llévalos a los corrales de Zimmerman y Nesbit. Días atrás arreglé el asunto con ellos y quedamos de acuerdo.
       Bud giró sobre sus talones.
       —¡Espera! —se apresuró a gritar Santa. Luego miró a su marido. Una total sorpresa se retrataba en sus firmes ojos grises—. Pero, ¿qué es esto, Webb? —preguntó con el ceño algo fruncido—. Nunca he trabajado con Zimmerman y Nesbit. Desde hace cinco años Barber se viene ocupando del ganado de este rancho, y no quiero prescindir de sus servicios —se interrumpió para volverse hacia Bud Turner y añadir—: Deja a Barber todo ese ganado.
       Su tono no podía ser más concluyente.
       Bud contempló imparcialmente un cántaro de agua que había cerca, se apoyó más sobre el otro pie y empezó a masticar una hoja de mesquite.
       —Quiero que esos bichos sean entregados a Zimmerman y Nesbit —dijo Webb con súbita expresión glacial en sus ojos azules.
       —¡Qué estupidez! —murmuró Santa impacientándose—. Será mejor que te vayas, Bud, si quieres estar en Little Elm a mediodía. Di a Barber que dentro de un mes enviaremos una nueva partida de reses.
       Bud se permitió una significativa ojeada en dirección a Webb, y tropezó con la mirada de este. Webb vio que en sus ojos se retrataba una demanda de perdón, pero también creyó adivinar la compasión en ellos.
       —Entregue ese ganado a… —comenzó a decir en tono sombrío.
       —A Barber —terminó con dureza Santa—. Y terminemos de una vez. ¿Qué esperas ahora, Bud?
       —Nada, nada, señora —respondió él.
       Lo dijo, pero siguió quieto allí, todavía un instante; el tiempo que habría empleado una vaca en mover tres veces la cola. Porque los hombres son aliados siempre y hasta los filisteos debieron de ruborizarse al arrastrar consigo a Sansón.
       —¡Ya oíste al jefe! —gritó Webb, irónico, quitándose el sombrero para inclinarse ante su esposa hasta rozar el suelo con el ala de aquel.
       —¡Webb! —dijo Santa molesta—, hoy te estás comportando como un estúpido.
       —Un estúpido cortesano, majestad —respondió Webb en voz baja y tono desacostumbrado—. ¿Qué otra cosa podías esperar de mí? Si me permites te diré algo: antes de casarme con la reina del ganado era un hombre. ¿Qué soy ahora? El hazmerreír de todos los campamentos de los alrededores. Pero ahora seré un hombre otra vez.
       Santa se acercó a mirarlo y dijo con calma:
       —No seas tonto, Webb. De ti nadie se ha burlado nunca. ¿Me meto en tu manejo del ganado? En cambio, conozco el negocio mucho mejor que tú. Aprendí de papá. Compréndelo.
       —Los reyes y reinas no me interesan, si a mí se me suprime del tablero. Cuido del ganado y tú llevas la corona. Prefiero ser primer canciller de un rancho de vacas, que lacayo en la corte de una soberana. El rancho es tuyo y las reses serán para Barber.
       Webb tenía el caballo atado a la barandilla. Fue al interior de la casa y salió llevando el rollo de mantas que solo cogía cuando iba a cabalgar largo rato. También llevaba una gran soga de cuero trenzado y un revólver que ató con cuidado sobre la silla de su cabalgadura.
       Algo pálida, Santa echó a andar tras él.
       Webb saltó sobre su montura. Su rostro dulce y serio carecía de expresión. Solo en sus ojos brillaba un resplandor obstinado.
       —Hay un rebaño de terneras y vacas cerca de la gruta de Hondo, en el Frío. Es necesario protegerlo, pues abundan los lobos por allí. Han muerto ya tres terneras. Olvidé dejar instrucciones concretas. Será mejor que encargues a Simms del asunto.
       Santa puso una mano sobre la brida del caballo y miró a su marido a los ojos.
       —¿Has decidido dejarme, Webb? —preguntó con calma.
       —Pienso ser un hombre otra vez —respondió él.
       —Deseo que tu maravilloso plan se cumpla —dijo ella con súbita frialdad. Luego le dio la espalda y entró en la casa.
       Webb Yeager cabalgó en dirección sudeste, por ruta tan recta como la topografía del oeste de Texas podía permitir, y con respecto a las noticias que acerca de su persona llegaron en el futuro al rancho Nopalito, fue como si al alcanzar la línea del horizonte, se lo hubiese tragado el cielo azul. Así, los días, con el domingo siempre a la cabeza, fueron formando algo parecido a escuadrones en sucesivo desfile semanal, mientras que las semanas, con la luna llena por capitán, se agrupaban en periódicas compañías llevando todas el mismo estandarte con esta inscripción: Tempus fugit. Por último, los meses avanzaron sin remedio hacia el inmenso campamento de los años, sin embargo, Webb Yeager no volvió a los dominios de la reina.
       Cierto día, un individuo llamado Bartholomew —de oficio pastor de ovejas y, por lo tanto, poco importante— que procedía de la región inferior de Río Grande, pasaba a caballo ante el rancho Nopalito y sintió hambre. No tardó en hallarse sentado a la mesa de tan hospitalaria mansión, a la hora de la comida del mediodía. Charlaba por los codos, cosa bien lógica, pues, además de gustarle hablar, tenía un auditorio con el oído atento a cuanto decía.
       —Señora Yeager —balbuceó—, el otro día en Rancho Seco, más allá de Hidalgo County, vi a un hombre que se llamaba como usted. Webb Yeager es su nombre. Acababan de nombrarlo encargado general. Un individuo alto, delgado, de pocas palabras. Tal vez sea pariente suyo, ¿no?
       —Mi marido —dijo Santa con amabilidad—. Rancho Seco hizo un buen negocio. El señor Yeager es el hombre que más entiende en ganado de todo el oeste.
       La desaparición de un príncipe consorte pocas veces desorganiza una monarquía. Su majestad, la reina Santa, había nombrado mayordomo del rancho a un individuo de toda su confianza llamado Ramsay, antiguo y fidelísimo vasallo de su padre. Y todo en el rancho Nopalito se conservó tranquilo, a excepción de la superficie de sus inmensas extensiones de césped, que alteraba y ondulaba alguna vez la fuerte brisa.
       Desde algunos años atrás, el rancho Nopalito realizaba experimentos con un ganado de especial raza inglesa, cuyos ejemplares miraban con desprecio aristocrático a las reses de largos cuernos de Texas. El resultado fue satisfactorio y a los animales de sangre azul se les reservaron pastos especiales. Su fama se había extendido por el chaparral, y en todo lugar por donde el hombre transitaba sobre una silla de montar. Solo entonces despertaron otros muchos ranchos para restregarse los ojos y mirar con desagrado creciente a sus animales de largos cuernos.
       Como consecuencia, un día determinado, cierto muchacho alegre y tostado por el sol, con un pañuelo de seda al cuello y el aire de eficiencia, bien equipado de revólver y acompañado por tres vaqueros mexicanos, se presentó en el rancho Nopalito llevando una misiva dirigida a la reina. Era una carta comercial y decía así:

    Señora Yeager
     Rancho Nopalito

     Muy señora mía:
     Por orden de los dueños de Rancho Seco, me dirijo a usted para adquirir cien cabezas de ganado de dos a tres años de edad, raza especial sussex de su propiedad. Si la operación le parece conveniente, sírvase entregar el ganado al portador con la seguridad de que el cheque correspondiente le será remitido sin tardanza.
     Muy atentamente la saluda,

WEBBER YEAGER
ENCARGADO GENERAL DE RANCHO SECO


      El negocio es el negocio aunque sea —por milagro se ha escrito sobre todo— en un reino.
       Aquella misma noche se trasladaron cien cabezas de ganado de los pastos especiales al corral más cercano al rancho, para ser entregados a la mañana siguiente.
       Cuando se hizo oscuro y el silencio reinaba en la casa, Santa Yeager se dejó caer sobre el lecho apretando la carta contra el pecho, llorando, repitiendo un nombre que el orgullo —no importa si de ella o si de él— había mantenido alejado de sus labios durante mucho tiempo. ¿Fue en realidad así? ¿O fue aquella una manera especial de archivar la misiva conservando su real equilibrio y su fuerza?
       Sigan haciéndose la pregunta si lo desean, pero la realeza es sagrada y hay que correr un velo. Sepan, sin embargo, lo que se expone a continuación:
       A medianoche, Santa salió misteriosamente del rancho; vestía algo sencillo y oscuro. Se detuvo un momento bajo las encinas. Los campos estaban en penumbras y la luna, de color naranja, parecía diluirse entre retazos de impalpable y escurridiza niebla. Sin embargo, el sinsonte silbaba en los altos ramajes, el aire tenía perfume de flores y un grupo de pequeños conejos, que casi parecían sombras, jugaban y corrían por un claro cercano como si estuvieran en un jardín de la infancia. Santa volvió la cara hacia el sudeste y echó unos besos al vacío, ya que en aquellos momentos nadie podía verla.
       Luego, se encaminó deprisa y en silencio hacia la herrería situada a unas cincuenta yardas de distancia. Lo que allí hizo solo puede ser imaginado, pero el caso es que la fragua brilló muy roja y se oyó un ligero martilleo, igual que el que pudiera producir Cupido al afilar las flechas de su arco.
       Por último salió; llevaba consigo en una mano un objeto de extraña forma, en la otra un hornito portátil de esos que suelen usarse para el marcaje de las 57 reses en los campamentos destinados a este menester. Con las dos manos así ocupadas, fue rauda, bajo la luz de la luna, hacia el corral del ganado sussex.
       Abrió la verja y entró en el corral. El ganado era casi todo color rojo oscuro, pero había entre las reses un toro blanco como la leche que se destacaba entre los demás.
       Santa cogió entonces en una mano algo que llevaba sobre el hombro, y que hasta entonces había permanecido en la sombra. Era un lazo que procedió a preparar, en forma adecuada, con la ayuda de la otra mano, para lanzarlo, por último, hacia las reses.
       El animal blanco era sin duda su objetivo. El lazo lo aprisionó por un cuerno y luego cayó al suelo. Al ser arrojado por segunda vez, se cerró alrededor de las patas delanteras del animal que se desplomó pesadamente. Santa cayó como una pantera sobre su presa, pero esta, al defenderse, la tiró como si fuese una brizna de hierba.
       La mujer arrojó el lazo por tercera vez mientras que el ganado, desvelado ahora, se agitaba por todos los extremos del corral como una masa uniforme saltando al unísono. El tiro ahora fue efectivo. La res blanca cayó al suelo otra vez. Sin darle tiempo a que se alzase, Santa ligó el otro extremo del lazo a un poste de la empalizada, haciendo un nudo sencillo y rápido para luego precipitarse sobre su víctima y ligar, con dos tiras de cuero, sus patas.
       No tardó más de un minuto en dejarlas atadas. Luego, se apoyó en la empalizada y quedó inmóvil por un espacio igual de tiempo, fatigada, jadeante.
       Por último corrió hacia el hornito que había dejado en el suelo, para volver enseguida llevando el hierro de marcaje, con extraña forma, completamente candente.
       Los berridos de la pobre bestia blanca, al serle aplicado el hierro, bien pudieron herir los nervios del oído y también las conciencias de los vecinos de Nopalito, pero no fue así. Siguieron durmiendo y, en medio de un profundo silencio nocturno, volvió Santa al rancho para tumbarse sobre el lecho y sollozar. Sollozar como si las reinas tuvieran corazón, al igual que tienen las sencillas esposas de los rancheros, y como si estuviera dispuesta a nombrar rey al príncipe consorte, si se presentase de pronto a caballo procedente de lejanas montañas.
       A la mañana siguiente el eficiente y decidido mensajero partió, en compañía de sus vaqueros, para conducir el seleccionado ganado sussex a través de los campos hasta Rancho Seco. El trayecto era de noventa millas, lo cual significaba un viaje de seis días, teniendo en cuenta que las reses habían de comer y beber en el camino.
       Los animales llegaron al lugar de destino un atardecer, cuando anochecía. El capataz del rancho contó el número de reses y se hizo cargo de ellas.
       A las ocho de la mañana siguiente, un hombre montó sobre su caballo para lanzarse al galope hacia el rancho Nopalito. Una vez ante la casa desmontó y se precipitó hacia el interior, con el consiguiente entrechocar de espuelas. Su caballo suspiró hondamente y, tragando espuma, inclinó la cabeza y cerró los ojos.
       Pero, ¿a qué perder el tiempo con Belshazzar, un pobre alazán lleno de pulgas? En la actualidad, sigue viviendo en el rancho Nopalito, corre libre por los pastos para caballos, y está gordo, mimado. Se le conserva como vestigio amado de muchas y muy largas correrías.
       El jinete entró en la casa. Alguien le echó los brazos al cuello y una voz de mujer, por cierto majestuosa, gritó:
       —¡Webb…! ¡Oh, Webb!
       —He sido un idiota —dijo Webber Yeager.
       —Calla —murmuró Santa. Y enseguida—: ¿Lo viste?
       —Lo vi —afirmó Webb.
       Solo Dios sabía de qué hablaban, pero todos van a saberlo si prosiguen con la lectura de los hechos.
       —Sigue siendo la reina del ganado, y olvida, si es que puedes, lo pasado. Me porté como un malvado coyote sarnoso.
       —Cállate —dijo Santa de nuevo poniendo uno de sus dedos en la boca de él—. Se acabaron las reinas aquí. ¿Es que no sabes quién soy? Hablas con Santa Yeager, primera dama de alcoba. Sígueme.
       Lo arrastró por la galería hasta entrar en la habitación de la derecha, en cuyo interior había una cuna con una criatura pequeña. Un chiquillo colorado y charlatán, aunque de lenguaje ininteligible, verdaderamente hermoso, babeaba de manera increíble a la propia vida.
       —Se acabaron las reinas en este rancho —volvió a decir Santa—. Aquí tienes al rey; con tus ojos, Webb. Vamos, arrodíllate y contempla a su alteza.
       No obstante, en este momento se oyó el entrechocar de unas espuelas por la galería, y una vez más entró, casi tambaleándose, Bud Turner, portador del mismo mensaje que lo llevó a aquel sitio un año atrás.
       —Buenos días. Tengo listos los bichos. ¿Hay que llevarlos a Barber, o…?
       Entonces vio a Webb y se interrumpió, boquiabierto.
       —Ba-ba-ba-ba-ba-ba —gritó el rey en su cuna, azotando el aire con los puños.
       —Ya oíste al jefe, Bud —dijo Webb Yeager con una amplia sonrisa burlona, repitiendo exactamente lo que había dicho un año atrás.
       Y esto fue todo, solo que cuando el viejo Kuinn, dueño de Rancho Seco, fue a examinar las reses del ganado sussex que había comprado al rancho Nopalito, vio algo que le hizo preguntar al nuevo encargado general.
       —¿Qué marca tienen los de Nopalito, Wilson?
       —Una S, una barra y una Y.
       —Lo que me suponía —admitió Kuinn—, pero, mira ese novillo blanco. Tiene otra marca. Fíjate…, un corazón con una cruz adentro. ¿Qué marca es esa?



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