O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


El Águila Negra (1902)
(“The Passing of Black Eagle”)
Originalmente publicado en Ainslee’s Magazine, Vol. IX, Núm. 2 (marzo de 1902), págs. 125-131;
Roads of Destiny
(Nueva York: Doubleday, Page & Company, 1909, 312 págs.)




      Durante algunos meses de cierto año un ceñudo bandido infestó la ribera del Río Grande, del departamento de Texas. El célebre merodeador, bautizado con el remoquete de El Águila Negra, fue durante aquel tiempo terror de la ribera. Muchas son las historias horripilantes que recuerdan sus hazañas y las de su cuadrilla. Repentinamente, en el transcurso de un solo minuto, el bandido desapareció, como si se le hubiese tragado la tierra, sin que ni sus propios compañeros pudieran adivinar su misteriosa desaparición. En los ranchos y establecimientos de la ribera se temía que apareciese de nuevo para saquear las viviendas; pero nada de esto ocurrió; para ello se publica esta narración, para descubrir la suerte de El Águila Negra.
       El movimiento inicial de la historia se debe al pie de un tabernero de San Luis. Su ojo experto se fijó en un vagabundo que se hallaba comiendo con avidez; un hombre de larga y afilada nariz como el pico de un ave; conocido por Ruggles el Tragapollos; mote que le cuadraba a las mil maravillas porque realmente tragaba más bien que comía, sobre todo si se trataba de aves de corral, manjar de su predilección, que, como todos los demás, tenía costumbre de no pagar.
       Convienen los médicos en que la mezcla de líquidos con las viandas es una costumbre antihigiénica; la higiene de los salones promulga lo contrario. Tragapollos no había olvidado de pedir bebida con que remojar la comida, y trató de añadir el importe del líquido a la deuda de las viandas; pero el tabernero dio la vuelta al mostrador, y, cogiendo a Tragapollos por una oreja, con un prensalimones, le condujo hasta la puerta, y de un puntapié le lanzó en medio de la calle.
       Allí volvió el vagabundo a la realidad de la vida, a pensar en el crudo invierno que se aproximaba. La noche era fría, las estrellas brillaban con fulgor poco amable, y la gente caminaba apresuradamente por las aceras, formando dos compactas hileras. Los hombres iban envueltos hasta las orejas en confortables abrigos, y Tragapollos pudo apreciar en toda su magnitud la dificultad, cada vez mayor, de hacerse con una cartera abotonada en el bolsillo interior del chaleco y guardada por aquellas prendas defensivas. Había llegado la hora de trasladar su residencia al Sur, según tenía por costumbre en aquella época del año.
       Un muchachito de unos cinco o seis años de edad miraba con ojos codiciosos el escaparate de una confitería. En una de sus manitas llevaba un frasco vacío y con la otra sujetaba nerviosamente una moneda cuyos cantos bruñidos brillaban a la luz del escaparate. La escena ofrecía a Tragapollos un campo de operaciones muy apropiado a su talento y osadía, y luego de echar una ojeada al horizonte para asegurarse de que no se hallaba a la vista ningún delegado de la autoridad, se lanzó insidiosamente sobre su presa. El niño, a quien los autores de sus días habían aleccionado para que no se dejase sorprender y mirase con extrema desconfianza toda obra altruista, recibió con frialdad aquella obertura.
       Tragapollos comprendió tenía que dar uno de esos desesperados capucetes en la especulación, cosa que la fortuna exige de aquellos que tratan de ganar sus favores. Como todo su capital no pasaba de cinco céntimos tenía que correr el riesgo de perderlos contra la ocasión de hacerse con cuanto encerraba la apretada y regordeta mano del muchachito. Sabía Tragapollos que la jugarreta era horrible, pero tenía que realizarla estratégicamente, puesto que le causaba indecible terror el verse forzado a robar a un niño a viva fuerza.
       Una vez, acosado por el hambre, trató de arrebatar de manos de un pequeñuelo, ocupante de un cochecito en un parque público, una botella de alimento peptonizado; pero la criaturita oprimió con tal fuerza la botella y abrió la boca con tal prontitud, que acudieron rápidamente en su ayuda, y Tragapollos fue encarcelado durante un mes. Desde entonces, como él decía, le escamaban los niños.
       Así, pues, comenzó por preguntar habilidosamente al niño qué dulces eran los que más le gustaban, y, gradualmente, fue arrancándole la información que deseaba. Su mamá le había encargado pidiese en la droga diez céntimos de paregórico y que se lo echasen dentro del frasco; además le había dicho que apretase bien la mano en que llevaba el dólar, que no se parase a hablar en la calle con persona alguna, y que le pidiese al droguero le envolviera los cambios del dólar y los ocultase en uno de los bolsillos del pantalón. En efecto, tenía bolsillos. ¡Dos nada menos!
       Al chico le gustaban los bombones de chocolate. Tragapollos penetró en la confitería decidido a dar el primer capucete, e invirtió todo su capital en mercancías, simplemente para suavizar algo el gran riesgo a que iba a exponerse. Entregó los dulces al niño y tuvo la satisfacción de notar que entre ambos se había establecido la confianza. Después de esto lo demás era cosa fácil: conducir al niño de la mano hasta una hermosa droguería que en aquella misma manzana había. Al llegar allí, Tragapollos, con aire paternal, cogió el dólar, penetró en la tienda y pidió el medicamento, cosa que alegró al muchachito por verse relevado de la responsabilidad de la compra. En aquel instante el afortunado granuja tropezó en uno de sus bolsillos con un ancho botón perteneciente a algún gabán de invierno y, envolviéndolo cuidadosamente, introdujo el ostensible cambio en el bolsillo del pantalón del confiado niño. Encaminó al chico hacia su casa, y golpeándole benévolamente en la espalda (pues Tragapollos tenía un corazón blando como la pluma de sus homónimos) se despidió de él, habiendo realizado un beneficio de 1.700 por 100 sobre su capital invertido.
       Dos horas más tarde salía un tren de mercancías con destino a Texas. En una jaula de ganado, medio enterrado entre las virutas de empaquetar, se acomodó Tragapollos. Junto a 61 colocó un saquito de papel con pan y queso, y un frasquito de detestable whisky. Mister Ruggles en su carruaje particular caminaba hacia el Sur, donde decidiera pasar la temporada invernal.
       Durante una semana el coche fue arrastrado hacia el Sur, desenganchado y vuelto a enganchar, pero Tragapollos no abandonó su escondite sino para saciar su hambre y su sed. Sabía que más tarde o más temprano llegaría a aquella región ganadera, y San Antonio, corazón de la región, era su cuartel de invierno. Allí el aire era sano y suave, y los moradores, indulgentes y sufridos. Allí no se vería arrojado a puntapiés de las tabernas; todo lo más que podría ocurrirle es que los taberneros protestasen airadamente si sus comidas eran largas y frecuentes. Allí se disfruta una perpetua primavera, las plazas eran agradabilísimas durante la noche y había música y alegría; salvo en las infrecuentes noches frías podía dormirse confortablemente fuera de puertas.
       En Texarkana engancharon su vagón a otro tren, y en él continuó su viaje hasta que, por fin cruzó el Puente Colorado de Austin y tomó la recta que conduce a San Antonio.
       Cuando el tren se detuvo en esta población, Tragapollos estaba profundamente dormido. A los diez minutos el convoy partió de nuevo para Laredo, término del recorrido. Las jaulas se distribuían en distintos puntos de la línea para que los ranchos embarcasen los ganados.
       Cuando Ruggles despertó, su vagón estaba parado; se asomó y vio que era una hermosa noche de luna. Saltó a tierra y percibió que su coche, con otros tres, se hallaba en una línea muerta y en un terreno yermo y solitario. Junto a la vía se alzaban una choza y una telera. La línea férrea cruzaba extensa pradera, en el centro de la cual, Tragapollos, con su sencilla casa rodante, se hallaba tan completamente embarrancado como lo estaba Robinson con su bote. Un poste blanco se alzaba junto a los carriles y en su extremo superior se leía: «S. A. 90». Era la distancia a que se hallaba de allí Laredo; le separaban unas cien millas de la población más próxima. Los coyotes comenzaron a gañir en aquel mar misterioso que le rodeaba, y Tragapollos se sintió solo. Había vivido en Boston, sin educación; en Chicago, sin nervio; en Filadelfia, sin albergue donde dormir; en Nueva York, sin dar un pique, y en San Petersburgo había sido sobrio; pero en ninguno de esos puntos hablase sentido tan solitario como entonces.
       Repentinamente rompió el intenso silencio de la noche el relincho de un caballo. El sonido llegaba a él desde el extremo de vía que daba al Este, y Ruggles comenzó a explorar temerosamente en aquella dirección. Caminó durante largo tiempo sobre la hierba, temeroso de tropezar con culebras, ratas, bandidos, ciempiés, espejismos, vaqueros, tarántulas y tamales, cosas que había leído existían en aquellos eriales. Al dar vuelta a un grupo de punzantes cacahuetes que blandían amenazadores sus fantásticas ramas de alineadas cabecitas redondas, fue atacado de un miedo estremecedor al escuchar un resoplido y un ruido atronador; eran producidos por un caballo que a su vez se espantó; y después de correr unos cincuenta metros se puso a pastar tranquilamente. Esta era una de las cosas que Ruggles no temía en aquel desierto. Se había criado en un potrero, había manejado caballos y los conocía, y además era jinete.
       Se acercó al animal despacio y hablándole suavemente; el caballo, después de su primera carrera, parecía estar más aquietado. Ruggles cogió el cabo del largo ramal que se extendía sobre la hierba y poco trabajo le costó hacer con él una especie de bozal a la manera que lo hacen los mejicanos. A los pocos momentos se halló a caballo, dejando que el animal galopase libremente, a su antojo. «A algún sitio me conducirá», se dijo Ruggles.
       Aquella rápida carrera por la extensa pradera y a la luz de la luna hubiese constituido para cualquiera una diversión; no así para Tragapollos, que no estaba en ánimo de divertirse. Su cabeza le atormentaba dolorosamente y sentía una sed abrasadora; en el punto a que su cabalgadura pudiera llevarle tropezaría con alguna imprevista y funesta aventura.
       Notó el jinete que el caballo había tomado una dirección definida; que corría, como una flecha, en dirección del Este. Aunque los montecillos, los arroyos y los impracticables espinos le hacían desviarse de su ruta, el animal volvía a su camino, guiado por su fino instinto. Por fin, al llegar al pie de una suave pendiente, dejó el galope y continuó a paso de paseo. A un tiro de piedra se divisaba un grupo de árboles, tras del cual se alzaba un «jacal», tal como los mejicanos construyen estos albergues, de una sola pieza, con unos pies derechos jaharrados con barro y con techumbre de hierbas. Un ojo experto hubiera adivinado que aquella construcción era una avanzadilla de un pequeño rancho de ganado. A la luz de la luna se veía que el suelo de aquella corraliza estaba pulverizado por las pisadas de los carneros. Aquí y allá se descubrían desparramados cuerdas, bridas, monturas, pieles de cordero, sacos de lana, pesebreras y camastros de campo. Cerca de la puerta y junto a un carro había un barril con agua potable. Las guarniciones se apilaban desordenadamente sobre el pescante del vehículo, cubiertas de rocío.
       Ruggles echó pie a tierra y ató el caballo a un árbol. Llamó repetidas veces, pero la casa continuó en silencio. Como la puerta estaba abierta, penetró con precaución y pudo apreciar, a pesar de la poca luz, que no había en la casa ser viviente. Sacó cerillas y encendió una lámpara que descansaba sobre una mesa. La única pieza de que se componía la vivienda parecía ser la de un ranchero soltero que tuviera satisfechas las necesidades de su vida. Ruggles escudriñó el aposento inteligentemente hasta tropezar con un jarro que todavía contenía una buena parte de su bebida predilecta.
       Media hora después, Tragapollos, con el aspecto hostil de un gallo de pelea, salió de la casa con paso incierto y transformado su vestuario con el equipaje del ranchero ausente. Llevaba puestos unos pantalones bastos, de dril obscuro, y una especie de chaqueta corta; calzaba botas altas y espuelas, que resonaban estrepitosamente al andar. Como complemento de su indumentaria se había ceñido un cinto de cuero, del que pendían dos pistoleras con dos enormes revólveres de seis tiros.
       Recorrió los alrededores de la casa y encontró mantas, bridas y montura, con las que ensilló y aparejó su cabalgadura; montó a caballo y se alejó de allí silbando a todo pulmón una canzoneta desentonada.

* * *

      La banda de Bud King, compuesta de hombres desesperados, ladrones de ganado, rudos y fieros, se hallaba acampada en un sitio seguro de la ribera del Frío. Sus lamentables correrías por la tierra del Río Grande, aún no siendo peores que las realizadas usualmente, habían puesto en movimiento la compañía del capitán Kinney, que recorría aquellos contornos en su persecución. Consecuentemente, Bud King, que era un general experto, en vez de apresurarse en su cometido, como era deseo de su gente, permaneció algún tiempo en el espinoso valle del Frío. Aquella lenta y prudente manera de obrar, no incompatible con la reconocida bravura de Bud, sembró discusiones entre los miembros de su banda; y mientras permanecieron inactivos y faltos de gloria en la espesura del valle, se discutió el acierto de Bud King en la dirección de aquella batida, si bien lo hicieron a puerta cerrada. Era la primera vez que la pericia y eficacia de sus planes fueron discutidas y criticadas; los sentimientos de la banda cristalizaban en la opinión de que El Águila Negra podía guiarles con más brillantez, provecho y distinción. Este Águila, titulado El Terror de la Ribera, hacía tres meses que era individuo de la cuadrilla.
       Una noche, mientras se hallaban acampados junto a la aguada de San Miguel, se precipitó sobre ellos un jinete solitario. El recién llegado era hombre de aspecto portentosamente devastador. Su corta y larga nariz, en forma de pico, destacaba sobre sus cerradas patillas de un negro azulado. Sus ojos eran fieros y cavernosos. Calzaba botas altas y espuelas, iba cubierto con un ancho sombrero, bien armado, abundantemente borracho y sin asomo de miedo. Contadas personas de la tierra que riega el Río Grande hubieran osado irrumpir así en el campamento de Bud King; pero aquel pajarraco llegó a él temerariamente, y hasta tuvo el atrevimiento de pedirle provisiones de boca.
       La hospitalidad en aquellas praderas es ilimitada; aunque vuestro enemigo sea quien la demande, es una obligación alimentarle antes de que le levantéis la tapa de los sesos; estáis obligados a vaciar vuestra despensa antes que vuestra cartuchera. Así, pues, el desconocido de desconocidas intenciones se dio un banquete en toda regla.
       Era un pajarraco charlatán que contó las más maravillosas historias y exploraciones en un lenguaje que, si no era siempre claro, no carecía de colorido. Fue una sensación nueva para los hombres de Bud King, quienes rara vez tropezaban con tipos nuevos. Escuchaban deleitados sus vanagloriosas alabanzas, su extraño y pintoresco léxico, su satisfecha familiaridad con la vida, el mundo y sus más remotos lugares, y la extravagante franqueza con que demostraba sus sentimientos.
       Para aquel huésped la banda de ladrones no era sino una congregación de patanes con los que él hubiera sido capaz de hacer una cuerda mientras les contara sus andanzas a la puerta de una granja para amenizar una merienda. Y en efecto, su ignorancia tenía la disculpa de que la gente maleante del Sudoeste no es extremosa; aquellos bandoleros podían muy bien confundirse con rústicos pacíficos reunidos para cualquier otra cosa inocente. De maneras sencillas, rebosantes de alegría, sin proferir gritos y vestidos humildemente, nadie podía adivinar en ellos señal alguna que delatase sus desesperadas correrías y sus temidas hazañas. El resplandeciente desconocido fue festejado durante dos días y después, de común acuerdo los de la banda, fue invitado a formar parte de ésta. Consintió en ello, alistándose con el pomposo nombre de El Capitán Montressor, que fue acatado por todos, si bien se le aplicó el remoquete de Piggy, como complemento a su terrible e insaciable apetito.
       De este modo recibió la ribera de Texas al bandolero más aparatoso que jamás pisara sus chaparrales.
       Durante los tres meses siguientes Bud King condujo sus asuntos en la forma acostumbrada, evitando encuentros con las fuerzas gubernamentales y contentándose con beneficios razonables. La banda hacía alguna escapatoria para proveerse de buenas monturas y de pequeños rebaños que transportaban desde el lado opuesto del Río Grande para provecho propio. Con frecuencia penetraban en las pequeñas aldeas y estados mejicanos, aterrorizando a sus habitantes y haciéndose con cuanto precisaban para su sustento y municionamiento. Estas correrías fueron las que dieron más fama al terrible y feroz Piggy, más renombre y más gloria que el que otros desesperados de aspecto tristón pudieron alcanzar en toda su vida.
       Los mejicanos, más impuestos en nomenclatura, le bautizaron primeramente con el nombre de El Águila Negra, y con él asustaban a los díscolos pequeñuelos, relatándoles historias del famoso bandido, que solía llevarse los niños malos sujetos por su pico enorme. Pronto se extendió el nombre y El Águila Negra, El Terror de la Ribera, se hizo un factor reconocido en los reportajes exagerados de los periódicos y en las charlas de los ranchos.
       El terreno comprendido entre los ríos Nueces y Grande era una estrecha faja, de vegetación lujuriosa y salvaje, que servía de pasto a los ganados. Los habitantes eran escasos y el pastoreo libre; la ley no tenía fuerza y los piratas hallaron poca oposición, hasta que la banda del garrido Piggy dio motivo para que marchase sobre ella la fuerza que mandaba Mc Kinney. Comprendió Bud King que aquella persecución llevaba aparejada con ella una guerra sin cuartel o una disolución temporal de su gente. Recapacitando que todo riesgo era innecesario, condujo a sus hombres a un sitio inasequible de las márgenes del Frío, donde, como ya hemos dicho, comenzó el disgusto entre ellos y premeditaron procedimientos en contra de su jefe, pensando substituirle con El Águila Negra. Bud King no desconocía estos secretos manejos y llamó aparte a su lugarteniente Taylor para discutir el asunto.
       —Si los muchachos no están satisfechos de mí, estoy pronto a marcharme. Están descontentos con mi modo de proceder, especialmente porque trato de evitar que les ahorquen o que pasen el resto de su vida en una mazmorra y se rebelan y dicen que no soy bueno —dijo Bud King.
       —No se debe tanto a eso como a que están entusiasmado con Piggy; sin duda, prefieren aquellas patillas y su afilada y corva nariz para que corte el aire a la cabeza de la banda.
       —Yo no veo en Piggy nada asombroso; nunca he apreciado un destello que justifique la elevación a ese grado. Es un buen jinete y tiene maña para el saqueo, pero no he tenido ocasión de verle metido en fuego. Ya sabes, Cactus, que desde que está con nosotros no hemos combatido. Piggy es apto para degollar cabritos y desvalijar un almacén de víveres; reconozco que se pinta solo para comerse una fábrica de quesos; pero... ¿qué apetito tendrá para pelear? He conocido muchos ciudadanos que parecían comerse los niños crudos y a la primera dosis de plomo que les administraron padecieron un mal caso de dispepsia.
       —Él relata los zafarranchos en que ha sido actor: que los elefantes le parecen conejos y las aves de rapiña gorriones.
       —Ya lo sé —replicó Bud, usando el tono escéptico de su lugarteniente—; pero me suena que...
       Esta conversación tuvo lugar cierta noche en que ocho individuos de la banda rodeaban una hoguera en el campamento mientras cenaban. Cuando Bud y Cactus cesaron de hablar, oyeron la formidable voz de Piggy que chanceaba con los compañeros, sin dejar de comer a dos carrillos, pero sin lograr saciar su descomunal apetito.
       —¿Qué se saca con cabalgar durante millas y millas para hacerse con unas ternerillas? —decía Piggy—. Eso no tiene fin práctico. ¡Correr entre esos matorrales para sufrir una sed que no podrían apagar todas las cervecerías del país! ¡Decid! ¿Sabéis lo que yo haría si fuese jefe de esta banda? Pues asaltaría un tren; volaría un expreso y sacaría mucho dinero, mientras ahora no sacáis ni agua. Me aburro aquí; esta mezquina diversión me da asco.
       Algo más tarde fue una comisión a hablar con Bud; permanecieron indecisos, masticando ramitas de mezquite, por no encontrar forma de expresar su pensamiento sin herir los sentimientos del jefe. Bud comprendió la situación y les allanó el camino. Lo que deseaban era correr mayores riesgos y obtener mayor provecho.
       La sugestión de Piggy de asaltar un tren había inflamado sus imaginaciones, llenándolas de admiración hacia su franco y rudo instigador. Eran tan simples, tan desmeñados y rutinarios salteadores, que jamás pensaron en rebasar sus costumbres de desvalijar almacenes y disparar sobre los que se aventuraban a intervenir en contra de sus correrías.
       Bud convino con su gente en ocupar un segundo puesto en la cuadrilla hasta que El Águila Negra diese pruebas de merecer el puesto de jefe.
       Después de largas consultas, de estudiar los horarios y de discutir la topografía del terreno, se decidió la hora y el punto en que habían de llevar a efecto su nuevo plan. Por aquel entonces había en Méjico gran escasez de ganado y de géneros alimenticios en ciertas regiones de los Estados Unidos y el tráfico internacional era activo.
       Se remitían grandes cantidades de dinero por el ferrocarril que unía las dos Repúblicas y convinieron en que el punto mejor para dar el golpe era Espina, pequeña estación situada cuarenta millas al norte de Laredo. El tren paraba allí un minuto; el terreno era yermo y deshabitado y la estación se componía de una sola casa, donde vivía un agente.
       La banda partió de noche en aquella dirección y cuando llegaron a las proximidades de Espina dieron descanso a los caballos durante todo el día en una espesura cercana.
       El tren tenía la llegada a las diez y treinta de la noche; podían desvalijar el convoy y estar de vuelta en la ribera mejicana con su botín al amanecer del siguiente día.
       A decir verdad, El Águila Negra no daba señales de desmayo ante el cargo que se le había conferido; designó los respectivos puestos que debía ocupar cada hombre y les explicó sus deberes cuidadosamente. Cuatro hombres debían permanecer ocultos entre los chaparros, a cada lado de la vía. Gotch-Ear Rodgers debía hacerse cargo del agente; Bronco Charlie quedaría con los caballos preparados para la huida. En el sitio calculado para que parase la máquina debían ocultarse Bud King a un lado y El Águila Negra al otro; ambos obligarían al maquinista y fogonero a detenerse y les forzarían a seguir el viaje una vez cometido el robo. Nadie debería abandonar su puesto hasta que oyesen un disparo. El plan era perfecto.
       Diez minutos antes de la llegada del tren todos estaban en sus puestos, ocultos entre el chaparral que llegaba hasta los mismos carriles. La noche era obscura y calmosa, impregnada con la humedad que despedían las voladoras nubes que flotaban sobre el golfo. El Águila Negra se ocultó tras una mata, a corta distancia de la vía. Llevaba al cinto dos revólveres de seis tiros y a intervalos bebía de un frasco que ocultaba en uno de sus bolsillos.
       A lo lejos apareció la luz de la cabeza del tren, que se acercaba con creciente ruido; la locomotora llegó hasta donde se hallaban ocultos aquellos dos desesperados, lanzando silbidos y deslumbradores reflejos, como un monstruo vengativo que viniese a hacerles justicia. El Águila Negra se pegó más al suelo. La máquina, al contrario de lo que había calculado, en vez de hacer alto entre él y Bud King, aun corrió unas cuantas yardas.
       El cabecilla de la banda se incorporó y dio vuelta a la mata. Todos sus hombres permanecieron quietos en espera de la señal. Opuesto al sitio donde se hallaba El Águila Negra, vio algo que llamó su atención: en vez de un tren regular de viajeros era un mixto. Ante él había un vagón cuya puerta estaba ligeramente abierta; se acercó y la abrió más. Hirió su olfato un olor húmedo, rancio, familiar, intoxicador; un olor que traía a su memoria recuerdos alegres de pasados días y de memorables viajes. El Águila Negra aspiró aquel aroma encantador, como el aventurero que vuelve a su hogar aspira el aroma de las flores que se cimbrean ante la puerta. Se apoderó de 61 la nostalgia, introdujo la mano en el vagón y palpó las virutas de empaquetar, secas, rizadas, suaves, incitadoras, que cubrían el suelo. En el exterior, la niebla se había convertido en lluvia menuda.
       Sonó la campana; el bandido desabrochó su cinto y lo arrojó al suelo con los revólveres; después tiró las espuelas y su sombrero de anchas alas. El tren partió con una trepidación atronadora; el ex Terror de la Ribera trepó hasta el vagón y cerró la puerta tras sí, acomodándose entre las virutas, oprimiendo el negro frasco contra su pecho, con los ojos entornados y dibujando sus terribles facciones una alegre sonrisa.
       Ruggles el Tragapollos emprendió su viaje de vuelta.
       Sin que la banda de salteadores que cercaban el tren, ocultos entre la maleza, lo impidiese, emprendió éste la marcha; los bandidos quedaron inmóviles esperando la señal convenida para atacar el convoy. Cuando éste tomó velocidad y los chaparrales cruzaban veloces ante su vista, el mensajero del tren encendió su pipa y se asomó a la ventanilla, exclamando sentidamente:
       —¡En verdad que el sitio es ideal para un asalto!




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