O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


Pan de brujas (1904)
[El pan malévolo]

(“Witches’ Loaves”)
Originalmente publicado en Argosy Magazine (marzo 1904);
Sixes and Sevens
(Garden City: Doubleday, Doran & Co., 1911, 367 págs.)



      La señorita Martha Meacham era la propietaria de la pequeña panadería que hay en la esquina (ésa que tiene tres escalones en la puerta y suena la campanilla cuando abres la puerta). La señorita Martha tenía cuarenta años, su cartilla del banco mostraba un saldo de dos mil dólares, poseía dos dientes postizos y un buen corazón. Muchos se han casado teniendo mucho menos que ofrecer.
       Dos o tres veces por semana entraba un cliente que comenzaba a despertar su interés. Era un hombre de mediana edad que llevaba gafas y una barba muy castaña muy bien recortada. Hablaba inglés con un fuerte acento alemán. Sus ropas estaban ajadas, zurcidas aquí, arrugadas y dadas de sí allá. Pero parecía un hombre pulcro, y tenía muy buenos modales. Siempre compraba dos hogazas de pan del día anterior. El pan del día costaba cinco centavos la hogaza. Si lo comprabas de día anterior te daban dos por el mismo precio. Nunca había pedido otra cosa que no fuera pan del día anterior.
       En una ocasión la señorita Martha vio una mancha roja y marrón en los dedos. Estaba segura de que era un artista, y muy pobre. Sin duda vivía en una buhardilla, donde pintaba un cuadro tras otro y comía pan del día anterior y pensaba en los suculentos manjares que había en la panadería de la señorita Martha.
       A menudo, cuando la señorita Martha se sentaba a tomarse sus chuletas, sus bollitos con mermelada y su té, suspiraba, y se decía que ojalá aquel artista tan amable pudiera compartir su sabrosa comida en lugar de tener que conformarse con una seca costra de pan en su buhardilla llena de corrientes de aire. La señorita Martha, como ya he dicho, tenía buen corazón.
       Para probar su teoría respecto a la ocupación de su cliente, la señora Marta llevó un día al establecimiento un cuadro que había comprado en una subasta, y lo apoyó en los anaqueles donde tenía el pan.
       El cuadro representaba un paisaje veneciano. Un espléndido palacio de mármol —o eso pretendía el lienzo—, resaltaba en primer plano, en la línea avanzada del agua. Todo lo demás se reducía a un conjunto de góndolas —en algunas de las cuales viajaban damas que arrastraban por el agua las colas de sus vestidos—, nubes, cielo, y una gran abundancia de claroscuros.
       Era positivo que no habría un solo artista que dejase de reparar en aquellos pormenores.
       Dos días después entró el cliente.
       —Dos rebanadas de pan duro —encargó. Y, mientras ella le envolvía lo pedido, agregó con acento alemán—: Usted tener un cuadro muy bello, señorita.
       —¿Usted cree? —dijo la señorita Martha, regodeándose en su astucia—. Me encanta el arte y —no, no diría “los artistas” tan pronto— la pintura —se corrigió—. ¿Le parece que es un buen cuadro?
       El cliente dijo:
       —En general no ser un buen dibujo. La perspectiva no ser acertada. Buenos días, señora —tomó el pan, se inclinó y salió con rapidez.
       Sí, debía de ser un artista. La señorita Martha cogió el cuadro y lo devolvió a su habitación.
       ¡Qué amable y considerado había sido el brillo de los ojos del hombre tras sus gafas! ¡Qué ancha era su frente! ¡Ser capaz de juzgar una perspectiva a primera vista... y vivir sólo de pan rancio! Pero cuántas veces no ha de luchar el genio antes de verse reconocido. Cuánto ganarían el arte y la perspectiva si ese genio contara con el apoyo de los dos mil dólares que la señorita Martha tenía en el banco, por no hablar de la panadería y de su buen corazón... Pero eso es soñar despierta, señorita Martha.
       Ahora, cada vez que venía aquel cliente, charlaban un poco, uno a cada lado del mostrador. El hombre parecía ansiar las joviales palabras de la señorita Martha. Siguió comprando pan del día anterior. Jamás un pastel, ni una empanada, ni pastas para el té. La señorita Martha se decía que comenzaba a verlo flaco y desanimado. Cuánto deseaba añadir algo más suculento a la magra compra del artista, pero nunca tenía el valor de hacerlo. No se atrevía a ofenderlo. Sabía que los artistas son orgullosos.
       La señorita Martha comenzó a ponerse su blusa de seda con topos azules para despachar. En la trastienda preparó un misterioso compuesto de semillas de membrillo y bórax. Era algo que mucha gente usaba para mejorar su tez.
       Un día, como siempre, entró el cliente, dejó sus cinco centavos sobre el mostrador y pidió sus dos hogazas de pan del día anterior. Mientras la señorita Martha se disponía a cogerlas, se oyó un estrépito de bocinas y campanas, y un coche de bomberos pasó por delante de la tienda. El cliente corrió hacia la puerta para ver qué ocurría, como haría cualquiera. Con súbita inspiración, la señorita Martha aprovechó su oportunidad. En el estante inferior había una libra de mantequilla fresca que el lechero había dejado no hacía ni diez minutos. Con el cuchillo del pan, la señorita Martha abrió las dos hogazas, insertó una generosa cantidad de mantequilla, y las volvió a cerrar apretándolas con fuerza.
       Cuando el cliente se volvió, ella ya las estaba envolviendo. Cuando el hombre se hubo marchado, tras una conversación inusitadamente agradable, la señorita Martha sonrió para sí y no sin una leve emoción. ¿Había sido demasiado atrevida? ¿Se ofendería él? Probablemente no. Lo que acababa de hacer no daba a entender nada. La mantequilla no era ningún emblema de osadía ni falta de recato.
       Pasó casi todo el día pensando en aquello. Imaginaba la escena en que él descubría su pequeño engaño. El artista dejaba sus pinceles y su paleta. Ante él estaba el caballete con el cuadro que estaba pintando, en el que la perspectiva era irreprochable. Se disponía a engullir su colación de pan seco y agua. Cortaba una rebanada y... ¡ah!
       La campanilla de la puerta de la tienda sonó con estrépito. Alguien entraba haciendo mucho ruido. La señorita Martha acudió a toda prisa y se encontró con dos hombres. Uno era joven y fumaba en pipa: jamás lo había visto. El otro era su artista. Ahora tenía la cara muy roja, llevaba el sombrero sobre la coronilla y se le veía el pelo muy alborotado. Apretaba los dos puños y con ellos amenazaba a la señorita Martha. A la señorita Martha.
       —Dummkopf! —gritó a todo pulmón. Y añadió—: Tausendonfer! —O algo en alemán.
       El joven intentaba llevárselo.
       —¡No lo toleraré! —dijo, colérico—. Se lo diré todo —sus dedos tamborilearon con rudeza sobre el mostrador—. ¡Me lo ha echado usted a perder! —rugió. Sus ojos centelleaban detrás de las gafas—. Yo tener que decírselo. Usted ser… una puerca metomentodo.
       La señora Marta se apoyó en el mostrador y se llevó la mano a su cintura ceñida de seda azul. El joven cogió al otro por el cuello.
       —Vamos —dijo con autoridad—, creo que ya te has expresado bastante bien —sacó a la acera al enojado artista y regresó.
       —Supongo, señora —dijo—, que debo explicarle a qué obedece todo este alboroto. Ese hombre se llama Blumberger. Trabaja de dibujante para una empresa arquitectónica. Soy compañero suyo de oficina. Lleva tres meses trabajando en un plano para el nuevo ayuntamiento. Se había convocado un concurso. Ayer acabó de pasarlo a tinta. Ya sabe que los dibujantes primero lo hacen todo a lápiz. Cuando acaban borran las líneas a lápiz con trozos de corteza de pan seco. Es mejor que la goma de borrar. Ayer Blumberger compró el pan aquí. Y bueno, hoy..., en fin, ya sabe, señora, la mantequilla no es... En resumidas cuentas, que el plano de Blumberger ya no sirve más que para hacer bocadillos, y no muy buenos.
       La señora Marta entró en la trastienda. Se quitó el ajustado vestido de seda azul y se puso el viejo de sarga que solía usar, después tiró por la ventana, en la basura, la semillas de membrillo y bórax que últimamente empleaba para la cara.




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