O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


El perfil encantado (1908)
(“The Enchanted Profile”)
Originalmente publicado en American Magazine (noviembre de 1908), págs. 88-93;
y Maclean's Magazine (Busy Man's Magazine) (1 de diciembre de 1908), págs. 37-42;
Roads of Destiny
(Nueva York: Doubleday, Page & Company, 1909, 312 págs.)




      Hay pocas mujeres califas. Las mujeres son Scheherazadas de nacimiento, por predilección, por instinto y por disposición de las cuerdas vocales. A diario, centenares de miles de hijas de visires les narran los mil y un cuentos a sus respectivos sultanes. Perro el arco alcanzará a algunas de ellas si no se cuidan.
       Sin embargo, he oído un cuento sobre una mujer califa. No es precisamente un cuento de Las mil y una noches, porque nos trae a la Cenicienta, que lució su repasador en otra época y país. De modo que, si al lector no le importa la confusión de fechas (lo cual, después de todo, parece darle al asunto un sabor oriental), seguiremos adelante.
       En Nueva York hay un hotel viejo, muy viejo. El lector lo habrá visto en grabados en las revistas... Lo construyeron... veamos... cuando en la calle Catorce sólo había la vieja huella india que llevaba a Boston y a la oficina de Hammerstein. Pronto demolerán la vieja posada. Y cuando derriben las resistentes paredes y los ladrillos rueden estrepitosamente por los saetines, multitudes de ciudadanos se reunirán en las esquinas próximas y llorarán la destrucción de un viejo y querido mojón. El orgullo cívico es fuerte en Nueva Bagdad: y el que más llorará y aullará contra los iconoclastas será el hombre (originariamente de Terre Haute) cuyos afectuosos recuerdos del antiguo hotel se limitan a que fue expulsado a puntapiés de su sección de almuerzos gratuitos en 1873.
       En aquel hotel paraba siempre la señora Maggie Brown. La señora Brown era una mujer huesuda de sesenta años, de mohoso traje negro y cuya cartera era aparentemente del cuero del animal primitivo a quien Adán había resuelto llamar cocodrilo. La señora Brown ocupaba siempre una salta y un dormitorio en el último piso del hotel, pagando un alquiler de dos dólares diarios. Y, cuando estaba allí, siempre venían a verla a diario muchos hombres, de rostro agrio y aire ansioso, con sólo unos pocos segundos disponibles. Porque se decía que Masggie Brown ocupaba el tercer lugar entre las mujeres más ricas del mundo: y aquellos solícitos caballeros eran simplemente los corredores y hombres de negocios más ricos de la ciudad, que querían míseros préstamos de media docena de millones o algo así de la sucia dueña de la prehistórica cartera.
       La taquígrafa y dactilógrafa del Acrópolis Hotel (¡bueno, ya se me ha escapado su nombre!) era la señorita Ides Bates, una sobreviviente de los clásicos griegos. Su físico era perfecto. Un hombre de otros tiempos, al rendirle homenaje a una dama, dijo: “Haberla amado era una educación liberal.” Pues bien: el solo hecho de haber mirado el negro cabello y la blanca blusa de la señorita Bates equivalía a un curso completo de una escuela por correspondencia. La señorita Bates solía hacerme algunos trabajos a máquina y como se negaba a cobrar por adelantado, llegó a considerarme algo así como un amigo y protegido suyo. Su bondad y jovialidad eran inagotables: y ni siquiera un viajante de albayalde o un importador de pieles se habrían atrevido nunca a franquear los límites de buena conducta en su presencia. Todo el personal del Acrópolis Hotel, desde el propietario, que vivía en Viena, hasta el jefe de conserjes, postrado en el lecho desde hacía dieciséis años, hubiera acudido en su defensa instantáneamente.
       Cierto día yo pasaba por el pequeño santuario Remingtorium de la señorita Bates y vi en su lugar a un ser de cabello negro —una persona inequívocamente— que martillaba en el teclado con los índices de ambas manos. Meditando sobre la mutabilidad de los asuntos humanos, seguí de largo. Al día siguiente, me tomé dos semanas de vacaciones. Al volver crucé el vestíbulo de la Acrópolis y vi, envuelta en la cordial aureola de los buenos tiempos de antaño, a la señorita Bates, tan griega y bondadosa e impecable como siempre, que acababa de poner la funda sobre su máquina. Era hora de cerrar: pero la señorita Bates me pidió que me sentara durante unos minutos en la silla desde la cual le dictaba y me explicó su ausencia y regreso al Acrópolis Hotel con palabras como las siguientes, o al menos muy parecidas:
       —Bueno... ¿Cómo marchan sus cuentos?
       —Bastante bien —dije—. Vienen y se van.
       —Perdón —dijo ella—. En un cuento, lo más importante es pasarlo debidamente a máquina. Usted me habrá echado de menos... ¿no es así?
       —Ninguna de las muchachas que he conocido sabe distribuir tan adecuadamente como usted las hebillas de cinturón, los puntos y comas, los huéspedes de hotel y las horquillas. Pero también usted ha estado ausente. Días pasados vi en su lugar un paquete de mentapepsina.
       —Yo iba a hablarle de eso cuando usted me interrumpió —dijo la señorita Bates—. Naturalmente, usted conoce a Maggie Brown, que se hospeda aquí. Bueno: pues posee 40.000.000 de dólares. Vive en Jersey, en un departamento de diez dólares. Tiene siempre más dinero a mano que media docena de candidatos a la vicepresidencia. No sé si lo guarda en la media o no, pero sí sé que es popularísima en el sector de la ciudad donde adoran al becerro de oro. Pues bien: hace dos semanas, la señora Brown se detuvo ante la puerta y se burló de mí durante diez minutos. Yo estaba sentada de costado, haciendo varias copias carbónicas de un negocio de minas de cobre para un viejo ricachón de Tonopah. Pero siempre veo todo lo que pasa a mi alrededor. Cuando trabajo de firme, veo las cosas por entre mis peinetas laterales, y me basta con dejar suelto un botón de mi blusa en la espalda para ver quién está detrás de mí. No miro, porque gano de dieciocho a veinte dólares semanales y no tengo por qué mirar.
       “Esa tarde, a la hora de irse, la señora Brown me llamó a su departamento. Yo tenía que pasar a máquina unas dos mil palabras de pagarés, embargos y contratos, con una propina de diez centavos en vista: pero fui. Pues bien, amigo mío: ciertamente, me sentí sorprendida. La vieja Maggie Brown se había humanizado.
       “—Hija mía —me dijo—. Es usted el ser humano más hermoso que yo haya visto en mi vida. Quiero que deje su trabajo y que venga a vivir conmigo. No tengo más parientes que un marido y un par de hijos, y no mantengo relaciones con ninguno de ellos. Son una carga costosísima para una mujer que trabaja tan firme. Quiero que usted sea una hija para mí. Dicen que soy mezquina y avara y los periódicos publican mentiras y afirman que yo misma me cocino la comida y me lavo la ropa. Eso es mentira. Mando a lavar la ropa afuera, salvo los pañuelos, medias, enaguas y cuellos y toda la ropa liviana como ésa. Tengo cuarenta millones en efectivo y títulos y acciones tan negociables como los de la Standard Oil. Soy una vieja solitaria y necesito compañía. Usted es el ser humano más hermoso que he visto. ¿Quiere venir a vivir conmigo? Ya verá si sé gastar dinero o no.
       “Pues bien... ¿Qué habría hecho usted en mi lugar? Naturalmente, acepté. Y a decir verdad, la vieja Maggie comenzó a inspirarme simpatía. Eso no se debió solamente a los cuarenta millones y a lo que podía hacer por mí. También yo me sentía algo así como solitaria. Todos necesitan a alguien a quien poder hablarle del dolor que sienten en el hombro izquierdo y de la rapidez con que se gastan los zapatos de charol cuando se rajan. Y una no puede hablarles de esas cosas a los hombres a quienes conoce en los hoteles: ellos buscan precisamente esas oportunidades.
       “De modo que dejé mi empleo del hotel y me fui con la señora Brown. Ciertamente, parecía que yo la había conquistado. Me miraba durante media hora cuando me veía sentada, leyendo u hojeando las revistas.
       “En cierta ocasión le dije: «¿Le recuerdo a algún difunto pariente o amigo de su infancia, señora Brown? He notado que me hace usted un bonito examen óptico de vez en cuando.
       «Su cara —me contestó ella— es idéntica a la de una amiga mía muy querida... a la mejor amiga que he tenido en mí vida. Pero también me gusta usted por usted misma, hija mía.
       “¿Y sabe usted qué hizo? Se ablandó como una ondulación Marcel con la marejada de Coney Island. Me llevó a casa de una modista aristocrática y le dio carta blanca para que me pusiera en condiciones: no hacía cuestión de dinero. Hubo órdenes precipitadas y madame cerró la puerta y puso a trabajar a todo su personal.
       “Luego nos mudamos. ¿Adónde supone usted? No, píenselo bien; eso es, al hotel Bonton. Tomamos un departamento de seis habitaciones; nos costaban cien dólares diarios. Vi la menta. Empecé a cobrarle afecto a la vieja señora.
       “Y luego, cuando empezaron a llegar mis vestidos... ¡oh, yo no podría describírselo! Usted no me comprendería. Y empecé a llamarla tía Maggie. No habrá olvidado el cuento de la Cenicienta, naturalmente. Pues bien: lo que dijo Cenicienta cuando el príncipe le ajustó aquel A 3½ sobre el pie es un relato de mala suerte comparado con las cosas; que le dije yo.
       “Luego, la tía Maggie anunció que ofrecería en el Bonton, para presentarme en sociedad, un brillante banquete que dejaría a todas las antiguas familias holandesas de la Quinta Avenida a la altura de unos furgones de mudanzas.
       “—Por mí no hay inconveniente, tía Maggie —le dije—. ¿Pero, sabe que éste es uno de los hoteles más aristocráticos de la ciudad? ¿,Y que, con perdón de usted, cuesta mucho reunir a un grupo de gente distinguida, a menos que una tenga mucha práctica?
       “—No se inquiete por eso, hija mía —dijo la tía Maggie—. Yo no mando invitaciones: doy órdenes. Tengo aquí a cincuenta invitados que no podrían ser reunidos en una recepción, a menos que la ofrecieran el rey Eduardo o Williams Travers Jerome. Son hombres, desde luego, y todos ellos me deben dinero o se proponen debérmelo. Las esposas de algunos de ellos no vendrán, pero muchas sí que lo harán.
       “Bueno. Lamento que usted no haya presenciado ese banquete. Toda la vajilla era de oro y de cristal tallado. Había unos cuarenta hombres y mujeres, fuera de la tía Maggie y de mí. Usted no habría reconocido a la mujer que ocupa el tercer lugar entre las más ricas del mundo. Se había puesto un vestido nuevo de seda negra con tanta pasamanería que sonaba cono el granizo cine oí en cierta oportunidad, cuando pasé la noche en el cuarto de una muchacha que vivía en una buhardilla.
       “¡Y mi vestido! No puedo despilfarrar palabras con usted. Era de encaje hecho a mano... y costaba 300 dólares. Vi la cuenta. Los hombres eran todos calvos o con patillas blancas y charlaban en un vivo fuego graneado de preguntas y respuestas sobre el tres por ciento y Bryan y la cosecha de algodón.
       A mi izquierda había algo que hablaba como un banquero, y a mi derecha un joven que decía ser dibujante de un periódico. Era el único... Bueno, por poco se lo digo.
       “Cuando terminó la cena, la señora Brown y yo subimos al departamento. Tuvimos que abrirnos paso entre la muchedumbre de reporteros que atestaba los salones. Ésa es una de las cosas que logra el dinero. A propósito... ¿Conoce por casualidad a un dibujante de los periódicos que se llama Lathrop... un hombre alto de hermosos ojos y que halla con desenvoltura? No, no recuerdo en qué periódico trabaja. Bueno, tanto da.
       “Cuando subimos a nuestras habitaciones, la señora Brown telefoneó inmediatamente para pedir la cuenta. Se la mandaron y era de 600 dólares. La vi. La tía Maggie se desmayó. La acosté en un canapé y le solté el rosario.
       “—Hija mía —me dijo, al volver en sí—. ¿Qué ha pasado? ¿Es un aumento del alquiler o un impuesto a la renta?
       “—Sólo una cenita —dije—. No hay motivo para preocuparse: apenas una gota de agua en la Bolsa. Atención y mire lo que hace.
       “¿Sabe usted qué hizo entonces la tía Maggie? ¡Se asustó! Me sacó precipitadamente del hotel Bonton a las nueve de la mañana siguiente. Nos fuimos a una casa de pensión del West Side inferior. Alquiló un cuarto que tenía el agua en el piso de abajo y la luz en el piso de arriba. Cuando nos mudamos allí sólo se veían en la habitación vestidos nuevos por valor de unos 1.500 dólares y una cocina de gas de un solo mechero.
       ‘La tía Maggie había sufrido un repentino ataque de tacañería. Creo que cualquiera debe permitirse una francachela una vez en su vida. Un hombre gasta lo suyo en copas y una mujer se entusiasma con los vestidos. Pero cuando hay cuarenta millones de dólares... ¡caramba! Me gustaría tener un retrato de... Pero, a propósito de retratos... ¿conoció usted alguna vez a un dibujante de los periódicos llamado Lathrop? Un hombre alto... Ah, sí... Yo se lo había preguntado ya... ¿verdad? Fue amabilísimo conmigo durante la cena. Su voz me fascinaba. Creo que me suponía heredera del dinero de tía Maggie.
       “Y bien... Con tres días de esa economía doméstica liviana me bastó. La tía Maggie estaba más afectuosa que nunca. Casi no consentía que me alejara de su lado. Pero déjeme que le cuente. Era una tacaña de Tacañeville, distrito del Tacañismo. Fijaba un límite de setenta centavos diarios. Nos preparábamos la comida en el cuarto. Y ahí me tenía usted, con vestidos de última moda por valor de mil dólares y haciendo cosas sobre una cocina de gas de un solo mechero.
       “Como dije, al tercer día volé de la jaula. Me resultaba insoportable la idea de preparar un guisado de riñoncitos usando un vestido de 150 dólares, con entredós de encajes de Valenciennes. De modo que me acerqué al ropero y me puse el más barato de los vestidos que me había comprado la señora Brown es el que llevo puesto ahora, y no está tan mal por 75 dólares... ¿verdad? Había dejado todos mis vestidos en el departamento de mi hermana, en Brooklyn.
       “—Señora Brown, ex tía Maggie —le dije—. Voy a mover los pies en forma alternada, el uno después del otro, de tal modo y con tal rumbo que este departamento se aleje de mí con la mayor rapidez posible. No adoro el dinero —dije—, pero no puedo soportar ciertas cosas. Puedo soportar a ese monstruo fabuloso sobe el cual he leído cosas y que hace volar con el mismo soplo a pájaros calientes y botellas frías. Pero no puedo soportar a un tránsfuga. Dicen que usted tiene cuarenta millones... Pues bien: nunca tendrá menos. Y yo estaba empezando a cobrarle afecto.
       “Entonces, la ex tía Maggie empegó a patalear hasta que le brotaron las lágrimas. Se ofreció a mudarse a una habitación distinguida, con una cocina de dos quemadores y agua corriente.
       “—He gastado muchísimo dinero, hija —dijo—. Tenemos que economizar durante algún tiempo. Es usted el ser más hermoso que yo haya visto en mi vida y no quiero que me abandone.
       “Bueno. Pues aquí me tiene... Fui derechito al Acrópolis y pedí que me devolvieran mi empleo y me lo devolvieron. ¿Cómo dijo que marchaban sus escritos? Sé que se le han perdido algunos porque no estaba yo para pasarlos a máquina. ¿Suele hacerlos ilustrar? Y, por lo demás... ¿Conoce a un dibujante?... ¡Oh, no me diga nada! Recuerdo que se lo he preguntado ya. No sé en qué periódico trabaja... Es curioso, pero no puedo dejar de pensar que él pensaba en el dinero que debió pensar que yo pensaba conseguir de la vieja Maggie Brown. Si yo conociera al menos a algunos de los directores de los diarios, entonces...”
       De la puerta llegó el rumor de unos leves pasos e Ida Bates vio quién era en su peineta. La vi sonrojarse, a pesar de ser una estatua perfecta... un milagro que sólo comparto con Pigmalión.
       ¿Merezco perdón? —me dijo, adorable, solicitante—. Es... es el señor Lathrop. Me pregunto si no habrá sido en realidad el dinero... me pregunto sí, después de todo, él...
       Naturalmente, me invitaron a la boda. Después de la ceremonia, arrastré a Lathrop a un aparte.
       ¡Usted es dibujante y no se ha dado cuenta de la razón por la cual Maggie Brown le cobró tanto afecto a la señorita Bates! ... ¿No es así? Permítame que se lo muestre.
       La novia lucía un sencillo vestido blanco de tan bellos pliegues como la indumentaria de las antiguas griegas. Tomé algunas hojas de una de las guirnaldas ornamentales de la salita e hice con ellas una corona, la puse, sobre el cabello castaño de la exseñorita Bates y la obligué a volverse para que su marido la viese de perfil.
       —¡Caramba! —dijo él— ¿Verdad que la cabeza de Ida es idéntica a la de esa dama del dólar de plata?




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