O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


Psique y el rascacielos (1905)
(“Psyche and the Pskyscraper”)
Originalmente publicado en la sección Sunday Magazine
del periódico The New York World (15 de enero de 1905);
Strictly Business
(Nueva York: Doubleday, Page & Company, 1910, 310 págs.)



      Si eres un filósofo puedes hacer lo siguiente: subirte a la cumbre de un edificio alto, mirar hacia abajo a tus semejantes, a cien metros de distancia, y despreciarlos como a insectos. Como los irresponsables insectos zapateros negros en las charcas estivales, se arrastran en círculos y se apresuran estúpidamente sin meta ni propósito. Ni siquiera se mueven con la admirable inteligencia de las hormigas, porque las hormigas siempre saben cuándo van a regresar a casa. La hormiga pertenece a una clase inferior, pero no será extraño que, cuando ella haya llegado a casa y calzado ya las zapatillas, tú permanezcas abandonado en tu elevada clase.
       Así pues, el hombre, para el filósofo encaramado en las alturas, no aparece más como un rastrero y despreciable escarabajo. Los agentes de Bolsa, los poetas, los millonarios, los limpiabotas, las beldades, los carreteros y los políticos se convierten en pequeños puntos negros que van esquivando otros puntos negros mayores en calles no más anchas que el dedo pulgar.
       Desde esta elevada vista, la propia ciudad se degrada hasta convertirse en una masa ininteligible de edificios distorsionados y perspectivas imposibles; el venerado océano es un estanque de patos y la propia Tierra se ha convertido en una pelota de golf perdida. Todos los detalles de la vida han desaparecido. El filósofo contempla el cielo infinito que tiene encima, y permite que su alma se expanda ante la influencia de su nueva visión. Tiene la sensación de ser heredero de la Eternidad e hijo del Tiempo. También el espacio debería ser suyo por los derechos de su inmortal herencia, y se estremece ante el pensamiento de que algún día su especie pueda atravesar esas misteriosas rutas aéreas entre planeta y planeta. El diminuto mundo que yace a sus pies y sobre el que esta torre de acero es como una mota de polvo sobre el Himalaya, no es más que uno de esos innumerables átomos giratorios. ¿Qué son las ambiciones, los logros, las insignificantes conquistas de esos inquietos insectos negros de ahí abajo, comparados con la serena y terrible inmensidad del universo que se extiende sobre ellos y rodea su insignificante ciudad?
       No cabe duda alguna de que el filósofo tendría tales pensamientos. Han sido expresamente recogidos de las filosofías de todo el mundo y planteados con su correspondiente signo de interrogación para representar las invariables cavilaciones de los pensadores profundos en los lugares elevados. Y cuando el filósofo baja en el ascensor, su mente se ha ensanchado, tiene el corazón en paz y su concepto de la cosmogonía de la creación es tan amplio como la hebilla del cinturón de verano de Orión.
       Pero si usted, por casualidad, se llamase Daisy, trabajase en una confitería de la Octava Avenida y viviese en un pequeño dormitorio frío, de dos metros por uno y medio, ganase seis dólares a la semana, se alimentara con almuerzos de diez centavos y tuviese diecinueve años, y se levantase a las seis y media y trabajara hasta las diez, y jamás hubiese estudiado filosofía, es muy probable que no mirara las cosas de ese modo desde la cumbre de un rascacielos.
       Dos hombres suspiraban por la mano de Daisy, la no-filosófica. Uno era Joe, que regentaba la tienda más pequeña de Nueva York. Tenia el tamaño de una caja de herramientas y estaba adherida como un nido de golondrinas a la esquina de un rascacielos del sur de Manhattan. Su mercancía consistía en fruta, golosinas, periódicos, libros de música, cigarrillos y limonada cuando era la época. Cuando el crudo invierno sacudía sus congeladas cerraduras y Joe tenía que trasladarse dentro con la fruta, había en la tienda el espacio justo para su propietario, la mercancía, una estufa del tamaño de una vinagrera y un cliente.
       El convertirse en proveedor eterno de fruta no era el fin de la vida de Joe ni le hacía delirar de entusiasmo. Era un joven americano competente que estaba ahorrando dinero y que quería que Daisy le ayudase a gastarlo. Se lo había pedido tres veces.
       —Tengo dinero ahorrado, Daisy —era su canción de amor—, y ya sabes que te quiero con locura. Esta tienda mía no es muy grande, pero...
       —Ah, ¿no es muy grande? —solía ser la antífona de la no-filosófica—. Pues tenía entendido que los de Wanamaker pretendían subarrendarte parte del inmueble para usarlo ellos el año que viene.
       Daisy pasaba por la esquina de Joe mañana y tarde.
       —¡Hola, Dos-por-cuatro! —era su saludo acostumbrado—. Me da la impresión de que tu tienda parece más vacía. Habrás vendido un paquete de chicle.
       —No hay mucho espacio aquí, desde luego —solía contestar Joe con su lenta sonrisa—, excepto para ti, Daisy. Yo y mi tienda te estamos esperando para cuando nos quieras coger. ¿No crees que podrías hacerlo dentro de poco?
       —¡Tienda dice! —y se leía un sutil desprecio en la nariz respingona de Daisy—. ¡Lata de sardinas, diría yo! ¿Dices que me está esperando? ¡Ja! Tendrás que arrojar fuera unas cien libras de caramelos antes de que pueda entrar yo, Joe.
       —No me importaría hacer un canje tan equitativo como ese —decía Joe galantemente.
       La vida de Daisy estaba limitada en todos los sentidos. Tenía que andar de medio lado entre el mostrador y las estanterías de la confitería. En su propia habitación lo recoleto había sido llevado hasta el límite de la estrechez. Las paredes estaban tan cerca una de otra que el empapelado que las cubría producía el ruido de una perfecta Babel. Podía encender el gas con una mano y cerrar la puerta con la otra sin apartar los ojos del reflejo de su copete castaño en el espejo. Tenía sobre el tocador una fotografía de Joe en un marco dorado, y a veces... Pero su pensamiento era siempre el de la divertida tiendecita de Joe claveteada como una jabonera contra la esquina de aquel edificio enorme, y su sentimiento se desvanecía arrastrado por una ráfaga de risa.
       El otro pretendiente de Daisy era en varios meses posterior a Joe. Llegó un día a hospedarse en la casa donde ella vivía. Se llamaba Dabster, y era un filósofo. A pesar de su juventud, sus conocimientos sobresalían en él como lo harían las etiquetas de un viaje a Europa pegadas a una maleta del condado de Passaic, en Nueva Jersey. Tales conocimientos los había raptado de enciclopedias y libros de bolsillo de información útil, pero en lo que respecta a la sabiduría, cuando ésta pasaba se quedaba resoplando en la calle sin tomarle siquiera el número de la matrícula. Era capaz, y lo hacía, de decir la proporción de agua y las propiedades para formar músculo a partir de los guisantes y la carne de vaca, el versículo más corto de la Biblia, la cantidad de kilos de clavos necesaria para sujetar 256 tablones de cuatro en cuatro pulgadas, la población de Kankakee en Illinois, las teorías de Spinoza, el nombre del segundo lacayo de míster H. McKay Twombly, la longitud del túnel de Haosac, la mejor época para que empolle una gallina, el salario del mensajero de la oficina de correos de la estación que hay entre Driftwood y Red Bank Furnace, en Pennsylvania, y el número de huesos de la pata delantera de un gato.
       Semejante peso de erudición no era ningún hándicap para Dabster. Sus estadísticas eran las ramitas de perejil con que guarnecía la fiesta de pequeña charla que no dudaba en ofrecer en caso de considerar que era del gusto de alguien. Y también las usaba como parapeto en la pensión con vistas a conseguir lo que quería. Mientras lanzaba una retahíla de cifras relativas al peso de un pie lineal de una barra de hierro de 5 pulgadas por 2 y 3/4, y la media de lluvias anual en Fort Snelling, Minnesotta, atravesaba con el tenedor el mejor trozo de pollo de la fuente mientras su interlocutor trataba de reponer fuerzas para preguntarle débilmente por qué una gallina cruza la carretera.
       Así pues, brillantemente armado, y equipado además con un aceptable buen aspecto del tipo pelo grasiento y distrito-comercial-a-las-tres-de-la-tarde, parece ser que Joe, el del emporio liliputiense, tenía un rival a la altura de su acero, Pero Joe no llevaba espada alguna. No habría habido sitio en su tienda para sacarla, caso de haberla tenido. Un sábado por la tarde, sobre las cuatro, Daisy y míster Dabster se pararon delante del puesto de Joe. Dabster llevaba un sombrero ribeteado de seda, y... bueno, Daisy era una mujer y aquel sombrero no tenía la menor probabilidad de regresar a su caja sin que Joe lo hubiese visto. Un chicle de piña fue el pretexto para llamar su atención. Joe se lo suministró por el lado abierto de la tienda. No palideció ni desfalleció ante la visión del sombrero.
       —Míster Dabster me va a llevar a la cumbre del edificio para contemplar la vista —dijo Daisy después de presentar a sus admiradores—. No he subido nunca a un rascacielos. Me imagino que debe ser maravilloso y muy divertido estar allí arriba.
       Joe respondió con un carraspeo de poca convicción.
       —El panorama expuesto a la mirada desde la cumbre de un edificio —dijo alto míster Dabster— no es solamente sublime, sino instructivo. Miss Daisy tiene reservado un indudable placer.
       —Hace mucho viento ahí arriba también, igual que aquí —dijo Joe—. ¿Vas bien abrigada, Daisy?
       —¡Por supuesto! Voy forrada de pies a cabeza —respondió Daisy, sonriendo maliciosamente ante su ceño nublado—. Pareces una momia encajonada, Joe. ¿No habrás entrado una factura de media libra de cacahuetes o alguna que otra manzana? Tu tienda parece sobreabastecida.
       Daisy se rió de su chiste favorito, y Joe tuvo que sonreír con ella.
       —Sus dependencias son algo limitadas, señor... —comentó Dabster— en comparación con el tamaño de este edificio. Tengo entendido que el área de su costado es de ciento quince por treinta metros. Lo que le haría ocupar a usted un espacio proporcional al que tendría medio Beluchistán si estuviese colocado sobre un territorio tan extenso como los Estados Unidos al este de las montañas Rocosas, con Bélgica y la provincia de Ontario añadidas.
       —¿De veras es así, muchacho? —dijo Joe afablemente—. Es usted un Weinsenheimer de las cifras, no cabe duda. ¿Cuántas libras cuadradas de heno en gavillas cree que podría comerse un burro si dejase de rebuznar el tiempo suficiente para permanecer quieto un minuto y cinco octavos?
       Unos minutos más tarde, Daisy y míster Dabster salían de un ascensor y llegaban al último piso del rascacielos. Entonces subieron por una corta y empinada escalerilla que salía a la azotea. Dabster la condujo hasta el parapeto, para que pudiese contemplar los puntos negros que se movían abajo en la calle.
       —¿Qué son? —preguntó ella, temblando.
       Nunca había estado en un lugar tan alto como aquél. Y entonces es cuando Dabster ha de desempeñar el papel del filósofo en la torre y llevar su alma al encuentro de la inmensidad del espacio.
       —Bípedos —dijo solemne—. Mira en lo que se convierten incluso desde la insignificante altura de ciento diez metros: en meros insectos reptadores que van de un lado a otro movidos por el azar.
       —¡Qué van a ser insectos! —exclamó Daisy de repente—. ¡Son personas! Acabo de ver un automóvil. ¡Qué impresión! Pero ¿tan altos estamos?
       —Ven por aquí —dijo Dabster.
       Le mostró la gran ciudad que se extendía a lo lejos como una impresionante serie de juguetes ordenados, iluminados aquí y allí, en aquella hora temprana, por las primeras luces de la tarde de invierno. Y más allá la bahía y el mar, hacia el sur y hacia el este, se desvanecían misteriosamente en el cielo.
       —No me gusta —declaró Daisy con ojos turbados—. Vamos a bajar.
       Pero el filósofo no estaba dispuesto a renunciar a su oportunidad. La dejaría captar la grandeza de su mente, la mano con que atrapaba el infinito y su memoria para las estadísticas. Y entonces nunca más volvería a contentarse con comprar chicles en la tienda más pequeña de Nueva York. Y de este modo empezó a predicar acerca de la pequeñez de los asuntos humanos, y de cómo incluso un alejamiento de la tierra tan pequeño como aquél hacía que el hombre y sus obras pareciesen la décima parte de un dólar contado tres veces. Y dijo también que uno debería considerar el sistema sideral y las máximas de Epicteto y sentirse confortado.
       —No me vas a arrastrar —dijo Daisy—. Escucha, me parece horrible estar en un sitio tan alto que las personas parecen pulgas. Una de las que hemos visto podría haber sido Joe. ¡Qué caramba! ¡Igual podríamos estar en Nueva Jersey! ¡Mira, me da miedo estar aquí!
       El filósofo sonrió con fatuidad.
       —La tierra —dijo— es toda ella como un grano de trigo en el espacio. Mira allí.
       Daisy miró hacia arriba con aprensión. El breve día estaba muriendo y las estrellas empezaban a salir.
       —Aquella estrella —dijo Dabster— es Venus, el lucero de la tarde. Está a sesenta y seis millones de millas de distancia del Sol.
       —¡Qué tontería! —dijo Daisy con un breve relámpago de humor—. ¿Te crees que soy de Brooklyn? A Susie Price, una de mi tienda, le mandó su hermano un billete para ir a San Francisco, que está sólo a tres mil millas.
       El filósofo sonrió con indulgencia.
       —Nuestra tierra —dijo— está a noventa y un millones de millas de distancia del Sol. Hay dieciocho estrellas de primera magnitud que están doscientas once mil veces más lejos de nosotros que el Sol. Si alguna de ellas se apagase pasarían tres años antes de que viéramos extinguirse su luz. Hay seis mil estrellas de la sexta magnitud. La luz de cualquiera de ellas tarda treinta y seis años en llegar a la Tierra. Con un telescopio de seis metros podemos ver cuarenta y tres millones de estrellas, incluyendo aquellas de la decimotercera magnitud, cuya luz tarda dos mil setecientos años en llegar a nosotros. Cada una de esas estrellas...
       —Estás mintiendo —exclamó enfadada Daisy—. Estás intentando asustarme. Y lo has conseguido: ¡quiero bajar!
       Golpeó el suelo con los pies.
       —Arcturus... —empezó a decir el filósofo con voz aplacadora.
       Pero fue interrumpido por una demostración surgida de la inmensidad de la naturaleza que se estaba esforzando en retratar con la memoria en vez de con el corazón. Porque para el que explica la naturaleza desde el corazón, las estrellas fueron expresamente colocadas en el firmamento para iluminar con su luz suave a los amantes que pasean felices bajo ellas, y si una noche de septiembre uno camina sigiloso del brazo de su amada, casi puede llegar a tocarlas con la mano. ¡Y su luz tarda tres años en llegar a nosotros!
       Un meteoro apareció de repente por el oeste, iluminando la azotea del rascacielos con una luz casi de mediodía. Su furiosa parábola quedó marcada con vivos colores contra el cielo en dirección al este. Iba silbando al pasar, y Daisy lanzó un grito.
       —¡Llévame abajo! —chilló con vehemencia—. ¡Llévame abajo, matemático mental!
       Dabster la acompañó al ascensor y entraron en él. Daisy tenía una mirada salvaje, y se estremeció cuando el veloz ascensor pegó su sacudida final.
       Al salir de la puerta giratoria del edificio el filósofo la perdió. Se desvaneció, y allí se quedó él, perplejo, sin cifras ni estadísticas que pudiesen venir en su ayuda.
       Joe tenía una tregua en su trabajo, y retorciéndose entre la mercancía logró encender con éxito un cigarrillo y acercar un frío pie a la languideciente estufa.
       La puerta se abrió de repente, y Daisy, riendo, gritando, derribando frutas y caramelos al pasar, se arrojó en sus brazos.
       —¡Ay, Joe, he subido al rascacielos! ¡Qué acogedor y calentito se está aquí dentro! Estoy dispuesta para ti, Joe, para cuando tú quieras cogerme.



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