O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


Cómo asaltar un tren (1904)
(“Holding Up a Train”)
Originalmente publicado en McClure’s Magazine, Vol. 22, Núm 6 (abril de 1904), págs. 601-619;
Sixes and Sevens
(Garden City: Doubleday, Doran & Co., 1911, 367 págs.)



    El hombre que me relató estos hechos vivió durante muchos años al margen de la ley en el Suroeste y participó en las acciones que describe con tanta franqueza. Su esquema del modus operandi puede resultar interesante, y sus consejos valiosos para el potencial pasajero de un tren asaltado, mientras que su valoración de los placeres del oficio difícilmente inducirán a nadie a abrazarlo. Reproduzco la historia sin apenas alterar el texto original.

      Si se le pidiera su opinión, la mayoría de la gente diría que asaltar un tren es una tarea complicada. Y bien, no es así; al contrario, es fácil. He contribuido a fomentar la inquietud en las líneas férreas y el insomnio de los pasajeros, y el mayor problema que me presentó un asalto fue que individuos desaprensivos me estafaran cuando estuviera gastándome el dinero. El peligro no era nada del otro mundo, y los inconvenientes nos tenían sin cuidado.
       Hay un hombre que ha estado muy cerca de robar un tren sin ayuda; un puñado de veces dos asaltantes se salieron con la suya; tres pueden hacerlo si son eficaces, pero cinco es el número ideal. La hora y el lugar dependen de varias cosas.
       El primer zarpazo en que participé ocurrió en 1890. Quizá la manera en que me metí en el asunto explique cómo se inicia en la profesión la mayoría de los ladrones de trenes. Cinco de cada seis delincuentes del Oeste son vaqueros sin trabajo que equivocan el camino. El sexto es un farsante del Este que se viste de villano y practica alguna triquiñuela de esas que dan mala fama. Los cinco primeros son producto de las cercas de espino y los terratenientes; el sexto, de un corazón malsano.
       Jim S. y yo trabajábamos en el rancho 101 de Colorado. Los terratenientes traían al vaquero a mal traer. Se habían apropiado de la tierra y elegido representantes de la justicia con los que era difícil entenderse. Un día que volvíamos al Sur después de un rodeo, Jim y yo entramos en La Junta. Nos estábamos divirtiendo un rato sin hacer daño a nadie, cuando una batida de rancheros nos interrumpió y trató de encarcelarnos. Jim mató a un ayudante del sheriff y yo me puse de su lado. La escaramuza siguió en la calle Mayor sin demasiada suerte para los provocadores. Después de un rato, nos escabullimos y escapamos hacia el rancho, que quedaba a orillas del Ceriso. Nuestros caballos no volaban, pero eran muy capaces de cazar pájaros.
       Unos días después de aquello, una pandilla de provocadores de La Junta vino al rancho con la pretensión de llevarnos con ellos. Como es natural, rechazamos la oferta. Estaban fuera de la casa y, antes de que acabáramos la discusión, las viejas paredes de adobe se llenaron de plomo. Al caer la oscuridad, los rociamos con una lluvia de balas y nos escurrimos por la puerta de atrás en busca de las rocas. Era seguro que nos habían visto. No nos quedaba más remedio que separarnos, cosa que hicimos, para volver a reunirnos en Oklahoma.
       Allí no había nada que hacer y, como estábamos en las últimas, decidimos emprender una pequeña operación en el ramo ferroviario. Nos aliamos con Ike y Tom Moore, dos hermanos hechos de buen material y con ganas de convertirlo en polvo. Puedo emplear sus nombres porque los dos han muerto. A Tom lo mataron durante el asalto a un banco de Arkansas. A Ike, en el mucho más peligroso trance de asistir a un baile en Creek Nation.
       Elegimos un tramo del Santa Fe donde había un puente sobre un cañón bordeado de grandes árboles. En un extremo del puente había una cisterna donde los pasajeros solían beber agua. Era un lugar tranquilo; la casa más cercana estaba a ocho kilómetros de distancia. La víspera del asalto dimos descanso a los caballos y cavilamos sobre cómo lo haríamos; ninguno de los cuatro había robado nunca un tren y, por lo tanto, el plan no estaba del todo elaborado.
       El expreso de Santa Fe debía detenerse en la cisterna a las 11.15 de la noche. A las once, Tom y yo nos apostamos a un lado de la vía y Jim e Ike se colocaron al otro. Cuando el tren comenzó a acercarse, la luz del faro relampagueando sobre los rieles y el vapor subiendo entre silbidos, sentí que el cuerpo entero se me aflojaba. Habría aceptado trabajar todo un año en un rancho a cambio de abandonar el asuntito en aquel mismo instante. Algunos de los hombres más templados del oficio me han contado que la primera vez les sucedió lo mismo.
       Apenas se había parado la máquina, cuando trepé a uno de los estribos y Jim, al otro. Tan pronto como el maquinista y el fogonero vieron las armas, alzaron las manos sin que se lo pidiéramos y rogaron que no disparáramos, diciendo que harían lo que se les indicara.
       —Fuera de aquí —ordené, y los dos saltaron a tierra. Los hicimos caminar delante de nosotros a lo largo del tren. Mientras sucedía esto, Tom e Ike, uno a cada lado de la vía, disparaban y aullaban como apaches para mantener a los pasajeros dentro de los vagones. Un tipo sacó por una ventanilla una pistola del 22 y tiró al aire. Retrocedí y de un golpe le hice añicos el cristal sobre la cabeza. Eso bastó para sofocar toda resistencia.
       A esas alturas, ya no me sentía nervioso. Me invadía una especie de excitación agradable, como si estuviera en un baile, una fiesta o algo por el estilo. Las luces de los vagones estaban apagadas, y a medida que Tom e Ike dejaron de disparar y soltar alaridos, se fue imponiendo un silencio de camposanto. Recuerdo haber oído un pajarillo que chillaba en un arbusto, junto a las vías, como quejándose de que lo hubiesen despertado.
       Le ordené al fogonero que trajese una linterna y después avancé hasta el vagón–correo y le grité al mensajero que abriera si no quería que lo perforase. El tipo abrió la puerta corredera y se quedó allí, con las manos alzadas. «Salta, hijo», dije yo, y él cayó a tierra como un saco lleno de plomo. Había dos cajas de seguridad, una grande y otra pequeña.
       Debo aclarar que, antes que nada, localicé el arsenal del mensajero: una escopeta de perdigones, de doble cañón, y un revólver del 38. Descargué la escopeta, me guardé el revólver en el bolsillo y volví a llamar al mensajero. Le acaricié la nariz con mi arma y le puse a trabajar. No logró abrir la caja grande, aunque sí la pequeña. Era una magra ganancia por la molestia que nos habíamos tomado, de modo que decidimos hacer una colecta entre los pasajeros. Llevamos a los prisioneros al salón de fumar y de allí enviamos al maquinista a encender las luces de los vagones. Comenzando por el primero, colocamos un centinela en cada entrada y ordenamos a los pasajeros que se pusieran en pie entre los asientos, con las manos levantadas.
       Si quieren ustedes comprobar qué partida de cobardes son la mayoría de los hombres, no tienen más que robar un tren de pasajeros. No me refiero al hecho de que no se resistan —más adelante diré por qué no pueden hacerlo—, sino a que la forma en que pierden el juicio da verdadera pena. Grandes, fornidos viajantes, granjeros y ex soldados, empleados de cuello duro y gentes de todo tipo, que unos momentos antes llenaban el coche de ruido y comentarios, de pronto se asustan tanto que se les doblan las orejas.
       A esa hora de la noche había muy pocas personas en los vagones ordinarios, de modo que poco obtuvimos hasta llegar a las cabinas. El revisor de la Pullman se reunió conmigo en una de las puertas mientras Jim se apostaba en la otra. Con toda corrección me informó que yo no podía entrar en ese coche porque no pertenecía a la empresa ferroviaria y, por otra parte, ya se había perturbado bastante a los pasajeros con gritos y disparos. Jamás en mi vida he vuelto a encontrar ejemplo más acabado de dignidad oficial y confianza en los poderes de mister Pullman. Hundí el revólver en el pecho del controlador con tanta fuerza que más tarde encontré un botón firmemente atascado en el cañón y tuve que disparar para quitarlo. El farfulló algo que sonaba a ruido de cuchillo mellado y bajó los escalones del estribo.
       Abrí la puerta del coche–cama y me metí. Un tipo alto y gordo se me acercó bamboleándose, lanzando soplos y bufidos. Tenía puesta una sola manga de la chaqueta e intentaba colocarse el chaleco encima. No sé por quién me habría tomado.
       —Joven, joven —dijo—. Debe usted mantener la calma y no excitarse. Sobre todo, mantener la calma.
       —No puedo —dije yo—. La excitación me está alterando.
       Entonces lancé un aullido y agujereé una lámpara con mi 45. El viejo trató de zambullirse bajo una de las literas inferiores, pero surgieron de allí un chillido y un pie desnudo que lo arrojaron contra la cesta del pan antes de hacerle aterrizar en el suelo. Vi que Jim entraba por la otra puerta y ordené que todo el mundo se alineara.
       Empezaron a salir a gatas, y por un rato aquello pareció un circo de tres pistas. Los hombres tenían el aspecto manso y asustado de un puñado de conejos en una nevada. Como promedio, la ropa que cada uno llevaba consistía en un cuarto de traje y un solo zapato. En el pasillo había un tipo sentado con cara de estar resolviendo una difícil operación aritmética. Con toda solemnidad se empeñaba en calzar un zapato de mujer del treinta y siete en un pie del cuarenta y dos.
       Las mujeres no perdieron tiempo en vestirse. Benditas sean, tenían tantas ganas de conocer a un verdadero ladrón de trenes que, envolviéndose en sábanas y frazadas, salieron de los compartimentos agitadas y gimoteantes. Siempre demuestran tener más curiosidad y agallas que los hombres.
       Los alineamos y, cuando por fin reinó el silencio, recorrí la hilera. Encontré muy poco —en valores, quiero decir—. Había un tipo que era todo un espectáculo. Era uno de esos pelmazos grandullones, enormes y solemnes que van a las conferencias y escuchan con cara de listos. Antes de salir arrastrándose de la cabina, se las había ingeniado para ponerse la levita y una chistera de seda. Lo demás eran pijama y juanetes. Cuando lo registré, en lugar de obtener el lingote de oro o el fajo de bonos del gobierno que ese príncipe Alberto prometía, sólo encontré una pequeña arpa francesa de juguete. Para qué la llevaba, sigue siendo un misterio. Me sacó de quicio que me hubiese engañado de ese modo. Le aplasté el arpa en los morros.
       —Ya que no pagas, por lo menos toca algo —le dije.
       —No sé tocar —objetó él.
       —Entonces empieza a aprender. Deprisa —dije dándole a oler el cañón del revólver.
       El tipo aferró el arpa, se puso rojo como una remolacha y empezó a pulsar las cuerdas. Tocó una tonadita preciosa que yo recordaba haber oído cuando niño:

Soy la chica más bonita del país.
Papá y mamá me lo dijeron así.


       Lo obligué a seguir tocando mientras permanecimos en el vagón. De vez en cuando él aflojaba y perdía tono; entonces me volvía y le preguntaba qué pasaba con aquella chica tan bonita, y si acaso tenía ganas de ir a reunirse con ella, lo cual bastaba para reanimarlo.
       Creo que la estampa de ese gordinflón descalzo y con chistera, tocando el arpa de juguete, es la más divertida que he visto en mi vida. Una pelirroja que estaba en la cola empezó a reírse. Se la hubiese podido oír desde el otro vagón.
       Jim los mantuvo a raya mientras yo revisaba las literas. Revolví aquellas camas y me apropié de una funda de almohada que fui llenando con la mercancía más extraña que se haya reunido jamás. A veces, al revolver las sábanas, tropezaba con una de esas pistolitas que bien podrían servir para emplomar muelas, y la tiraba por la ventana. Terminada la cosecha, volqué el contenido de la funda en medio del pasillo. Había una buena cantidad de relojes, brazaletes, sortijas, y también libretas, dientes postizos, botellas de whisky, polveras, caramelos de chocolate y pelucas de diversos colores y tamaños. También hallé cerca de una docena de medias de mujer que se habían usado para envolver relojes, fajos de billetes y joyas antes de esconderlas bajo el colchón. Ofrecí devolver las «cabelleras», explicando que no éramos indios en pie de guerra, pero ninguna de las damas se atrevió a solicitarlas.
       Una de las mujeres —de muy buen ver, por cierto—, que se había cubierto con una sábana a rayas, exclamó, al verme recoger una media considerablemente abultada y con un peso raro a la altura del pie:
       —Eso es mío, señor. No tendrán la intención de robar a las mujeres, ¿verdad?
       El problema era que, siendo nuestro primer trabajito, no habíamos establecido un código de conducta ética, así que no supe cómo responderle. De todos modos repliqué:
       —No en particular. Si aquí dentro hay algo de valor sentimental, puede quedárselo.
       —Pues así es —declaró ella con firmeza, y extendió la mano para recibirlo.
       —Me perdonará si antes examino el contenido —dije tomando la media por la punta. Lo que cayó al suelo fue un enorme reloj de hombre, que debía valer doscientos dólares, una billetera con seiscientos pavos y un revólver calibre 32. También apareció el único objeto que podía pasar por prenda de especial estima para una mujer: un brazalete de plata que debía costar cincuenta centavos.
       —Madame, aquí tiene lo suyo —dije, y le entregué el brazalete—. Y ahora —proseguí—, ¿quiere explicarme cómo pretende que seamos amables cuando intentan engañarnos de este modo? Su conducta me sorprende.
       La joven se ruborizó como si la hubiesen pillado cometiendo una acción vergonzosa. Otra mujer de la fila dijo en voz alta:
       —¡Qué maldad! —Y nunca supe si se refería a mí o a la joven.
       Cuando acabamos la faena, ordenamos que todo el mundo volviese a la cama, les dimos las buenas noches y nos largamos. Cabalgamos sesenta kilómetros antes de que amaneciera, y luego nos repartimos el botín. Cada uno recibió 1.752,85 dólares en efectivo. Dividimos las joyas. Por fin nos dispersamos, y cada uno siguió su propio camino.
       Aquél fue mi primer robo de tren, y resultó tan fácil como cualquiera de los que le siguieron. Pero fue la única vez que registré a los pasajeros, porque es la parte del trabajo que menos me gusta. De aquella noche en adelante, siempre apunté directamente al vagón de correos. Durante los siguientes ocho años me hice con una buena cantidad de dinero.
       El mejor golpe que di fue siete años después del primero. Nos enteramos de que cierto tren iba a transportar los salarios de todos los soldados de una guarnición gubernamental. Lo asaltamos a plena luz del día. Cinco de los que participábamos nos ocultamos en las dunas cercanas a una pequeña estación. La caja iba custodiada por diez soldados que bien podían haberse hallado de licencia en sus casas. Ni siquiera les dimos tiempo a asomarse a las ventanillas para contemplar el espectáculo. No tuvimos ningún problema para hacernos con el dinero, que consistía totalmente en oro. Claro está que el robo aquél despertó un tremendo revuelo. La pasta era del gobierno, y el gobierno, sarcástico, quiso saber si los soldados se habían quedado dormidos. La única excusa presentada fue que nadie podía esperar un ataque a pleno sol y en medio de esas dunas desnudas. No sé qué pensaría el gobierno, pero, a mi modo de ver, la excusa era buena. La sorpresa es el factor esencial en este oficio. Los periódicos publicaron toda clase de historias sobre las pérdidas, hasta que al fin se pusieron de acuerdo en una suma entre los nueve mil y los diez mil dólares. El gobierno no abrió la boca. He aquí la cifra real, dada a conocer por primera vez en letras de molde: cuarenta y ocho mil dólares. Si alguien quisiera tomarse el trabajo de revisar el balance de las finanzas privadas del Tío Sam durante ese año, descubriría que no miento en absoluto.
       Por entonces ya poseíamos suficiente experiencia para saber qué hacer. Nos alejamos hacia el oeste, dejando un rastro que hasta un policía de Broadway hubiese seguido sin dificultad, y luego retrocedimos borrando las huellas. La segunda noche después del asalto, mientras brigadas enteras recorrían la región en todas direcciones, Jim y yo cenábamos en el segundo piso de la casa de un amigo, situada en la ciudad de donde había partido la alarma. Nuestro amigo nos señaló que, al otro lado de la calle, una imprenta producía octavillas donde se ofrecía recompensa por nuestra captura.
       Se me ha preguntado qué solemos hacer con el dinero. Bien, no podría rendir cuentas por más de la décima parte de lo que obtuve, una vez que el grueso fue gastado. El dinero se va de las manos como si fuese agua. Un proscrito debe tener muchos amigos. Los ciudadanos respetables pueden llevarse bien con muy pocas personas, y a menudo lo hacen, pero un forajido necesita «apoyo logístico». Con la cantidad de policías furiosos y cazadores de recompensas hambrientos que le siguen el rastro, ha de contar con unos cuantos sitios dispersos por el país donde dar de comer al caballo, alimentarse y dormir con los dos ojos cerrados. En cuanto da un golpe, siente ganas de gastar algunas monedas con los amigos, y lo hace con generosidad. En ocasiones, al finalizar la apresurada visita a alguno de esos refugios, he repartido un puñado de oro y billetes entre los niños que jugaban en el suelo, sin saber si el regalo era de cien dólares o de mil.
       Cuando los veteranos dan un golpe sonado, por lo general van a gastar el dinero a las grandes ciudades. Los inmaduros, por mucho que sea el éxito del asalto, casi siempre se delatan haciendo ostentaciones demasiado cerca del lugar del hecho.
       En 1894 participé en un trabajo que nos reportó veinte mil dólares. Para huir empleamos nuestra estratagema preferida —la de retroceder paralelamente al propio rastro— y durante un tiempo nos ocultamos cerca del lugar donde el tren sufriera el percance. Una mañana cogí un periódico y leí un artículo con grandes titulares donde se afirmaba que el sheriff, a la cabeza de ocho ayudantes y una partida de treinta hombres armados, había acorralado a los ladrones en un mezquital de la ribera del Cimarrón, y que en pocas horas los fugitivos estarían muertos o prisioneros. El marco en que yo leía el artículo era una de las residencias particulares más elegantes de la ciudad de Washington; me hallaba desayunando, y a mis espaldas había un lacayo de calzón corto. Al otro lado de la mesa, Jim conversaba con su tío segundo, un oficial de marina retirado cuyo nombre suele aparecer en las páginas dedicadas a la vida de la capital. Habíamos ido a Washington y comprado maletas enteras de ropa de calidad, tras lo cual nos reponíamos de nuestro ajetreo entre los nababs. Lo más probable es que nos mataran en el mezquital, pues doy fe de que no nos rendimos.
       A continuación me propongo explicar por qué robar un tren es fácil y, más adelante, por qué nadie debería hacerlo.
       En primer lugar, los asaltantes cuentan con todas las ventajas. Esto, por supuesto, partiendo de la base de que sean veteranos con la experiencia y el coraje necesarios. Tienen libertad de movimientos y los protege la oscuridad, mientras los otros se encuentran a la luz, enclaustrados en un espacio reducido y expuestos, no bien asoman la cabeza por una puerta o una ventanilla, a los disparos de hombres con buena puntería y decididos a hacer fuego.
       Pero, en mi opinión, el factor que torna más fáciles los robos de trenes es ese elemento de sorpresa que enciende la imaginación de los pasajeros. Si alguna vez han visto un caballo que acaba de comer hierbas de astrágalo, entenderán lo que quiero decir cuando afirmo que los pasajeros pierden el dominio de sí. El caballo de marras empieza a confundir las cosas de la manera más espantosa. Es imposible hacerle cruzar un arroyo de medio metro de ancho, porque le parece más grande que el Mississippi. Lo mismo sucede con el pasajero: cree que fuera hay un centenar de hombres lanzando tiros y alaridos, cuando en realidad no hay más de dos o tres. Y el cañón de una 45 le parece la boca de un túnel. El pasajero se porta bien; lo máximo que puede intentar son pequeños trucos, como esconder el fajo de billetes en el zapato y olvidarse de sacarlo hasta que uno le atiza las costillas con la culata del revólver. Pero, en general, no da complicaciones.
       En cuanto a la dotación del tren, ninguna nos causó más problemas que un rebaño de ovejas. No quiero decir que sean cobardes; quiero decir que tienen sentido común. Saben perfectamente que no vale la pena jugarse el pellejo. Lo mismo pasa con los agentes de policía. He visto hombres del servicio secreto, sheriffs y detectives que se resignaban a su suerte con la docilidad de un Job. Una vez presencié cómo el sheriff más valiente que he conocido ocultaba el arma bajo el asiento y se alineaba con los demás mientras yo los registraba. No era que tuviese miedo; simplemente, sabía que teníamos la sartén por el mango. Además, muchos de esos oficiales se deben a sus familias y no se animan a correr riesgos; mientras que, para el asaltante, la muerte no es una idea terrorífica. Sabe que algún día lo matarán, cosa que por lo general acaba sucediendo. Mi consejo, si alguna vez les toca sufrir un asalto de esta clase, es que se alisten en el bando de los cobardes y reserven la valentía para una ocasión en que pueda beneficiarlos. Otra de las razones por la cual los policías son refractarios a enfrentarse al ladrón de trenes es de índole financiera. Cada vez que se produce una refriega y muere alguien, los defensores de la ley pierden dinero. Si el bandido escapa, por el contrario, les dan una orden jurada de captura contra John Equis y Compañía, y viajan miles de kilómetros, y mientras persiguen a los fugitivos firman miles de vales, y el gobierno corre con los gastos. De modo que para ellos se trata de un asunto de distancias más que de coraje.
       Ofreceré un ejemplo para sustentar mi tesis de que la sorpresa es la gran carta de triunfo en un asalto.
       Allá por 1892, los Dalton tenían enloquecida a la justicia de Cherokee Nation. Eran épocas afortunadas, y los hermanos se habían vuelto tan temerarios y arrogantes que solían proclamar de antemano qué trabajo iban a emprender. Una vez anunciaron que asaltarían el expreso MK & T, en fecha determinada, en la estación de Pryor Creek, dentro del territorio indio.
       Esa noche la empresa de ferrocarriles contrató en Muscogee a quince ayudantes de sheriff y los instaló en el tren. Además de eso, se destacaron cincuenta hombres armados en el depósito de Pryor Creek.
       Cuando el expreso llegó a la estación ni uno de los Dalton asomó la nariz. La siguiente estación era Adair, diez kilómetros más adelante. Mientras el tren paraba allí y los funcionarios se entretenían contando lo que habrían hecho con la banda de los Dalton de haberse presentado, súbitamente se desató fuera una salva de disparos como la de un ejército entero. El conductor y el guardafrenos se precipitaron en el vagón gritando: «¡Ladrones!».
       Unos cuantos ayudantes de sheriff abrieron la puerta, saltaron del tren y huyeron a la carrera. Otros escondieron los Winchester bajo los asientos. Dos de ellos presentaron batalla y murieron.
       A los Dalton les llevó diez minutos capturar el tren y reducir a la escolta. En veinte minutos más habían robado los veintisiete mil dólares que llevaba el tren y escapado sin dejar rastro.
       En mi opinión, esos mismos agentes que en la estación de Pryor Creek, donde esperaban el ataque, habrían respondido con un fuego nutrido, en Adair fueron tomados por sorpresa y perdieron el dominio de sí, que era lo que los Dalton, conocedores de su oficio, precisamente esperaban.
       No me parecería correcto poner punto final sin revelar ciertas conclusiones, producto de mi experiencia tras ocho años «en la brecha». Robar trenes no merece la pena. Dejando a un lado las consideraciones éticas y morales, que no me corresponde tratar, en la vida de un proscrito hay muy poco de envidiable. Llega un momento en que el dinero deja de tener todo valor para él. Se acostumbra a la idea de que las empresas de transportes y ferrocarriles son sus banqueros, y su revólver un talonario en blanco. Derrocha billetes a diestro y siniestro. Vive en un sobresalto casi continuo, cabalgando día y noche, y el tiempo libre lo pasa tan acosado que ni siquiera logra saborear los lujos que se brinda. Sabe que un día u otro perderá, bien la libertad, bien la vida, y que los únicos instrumentos para alejar lo inevitable son la precisión de su puntería, la rapidez de su caballo y la lealtad de su compañero.
       No se trata de que pierda el sueño por miedo a un ataque de los agentes del orden. En toda mi carrera no he conocido un solo policía que atacara a una banda de delincuentes a menos que contara con fuerzas superiores en tres a uno.
       Pero hay una idea que el proscrito no puede apartar de la mente —una idea que le amarga la vida—: sabe dónde recluta sus agentes la justicia. Sabe que la mayoría de esos defensores de la ley que le pisan los talones fueron, tiempo atrás, rufianes, cuatreros, saqueadores, asaltantes; forajidos como él que un buen día obtuvieron la inmunidad al ponerse de parte del Estado, al convertirse en traidores y enviar a la cárcel o al patíbulo a sus viejos camaradas. Sabe que algún día —a menos que lo maten antes— dentro de él se despertará un judas, alguien tenderá la trampa, y en lugar de asaltante será el sorprendido por la emboscada.
       He aquí por qué el hombre que roba trenes escoge a sus compañeros con un cuidado mil veces superior al de una muchacha que elige novio. He aquí por qué en medio de la noche se incorpora en la cama y escucha los cascos de cada caballo que pasa. He aquí por qué durante días acecha la observación inesperada o el gesto poco usual de un compañero probado, o los murmullos entrecortados que su mejor amigo deja escapar entre sueños.
       Esta es, en fin, una de las razones por las que la profesión de asaltar trenes resulta mucho menos agradable que cualquiera de sus ramas colaterales: la política y el monopolio comercial.




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