John O’Hara
(Pottsville, Pensilvania, 1905 - Princeton, Nueva Jersey, 1970)


Ahora ya lo sabemos (1943)
(“Now We Know”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker, XIX (5 de junio de 1943);
Pipe Night
(Nueva York: Duell, Sloan and Pearce, 1945, 205 págs.)



      En el trabajo de Mary Spellacy, en las oficinas de un agente teatral relativamente importante, las reglas eran elásticas. Nadie llegaba nunca antes que Mary, y Mary no llegaba nunca antes de las diez y media. El jefe, por supuesto, tenía una llave, y si quería ir a trabajar antes de que Mary abriera, nada podía impedírselo. El personal permanente era reducido: el jefe, el agente de prensa, el contable, la secretaria del jefe y Mary, que se consideraba recepcionista, y de hecho lo era, además de tener otras tareas como escribir a máquina, controlar la centralita y cualquier otra cosa que le viniera en gana hacer. Había muchas cosas que le gustaban de su trabajo: la paga era buena, y cuando el jefe tenía un taquillazo o estaba borracho recibían bonificaciones generosas e inesperadas; Mary veía pasar a muchos famosos y conocía perfectamente sus relaciones con el jefe; iba a todos los estrenos del jefe y, gracias a sus relaciones con chicas en puestos similares de otras agencias, asistía a bastantes estrenos de otros productores. El jefe nunca la molestaba, y el agente de prensa llevaba tres años sin flirtear con ella. Pero lo mejor del trabajo, o ciertamente no lo menos atractivo, era la hora de entrar por la mañana. La habían contratado para empezar a las diez, pero durante esos tres años y medio había logrado correr la hora de entrada en dirección a las once, con solo algún que otro comentario irónico por parte del contable, que había acabado rindiéndose al ver que Mary y el jefe estaban a partir un piñón.
       No es que Mary fuera una holgazana, pero le gustaba pasárselo bien, y cuando uno vive a cuatro dólares en taxi de Times Square tiende a perder horas de sueño si ha quedado en la ciudad. Y a Mary le gustaba dormir sus ocho horas.
       Dado que vivía en la punta más alejada de Queens, al final de la línea de autobús, Mary era a menudo la primera pasajera del autobús que la llevaba hasta el metro. A lo largo de los años había conocido de vista, o lo justo para decir hola, a docenas de conductores, pero Herbert era el único al que había llegado a tratar en términos más íntimos.
       Un día Herbert estaba sentado en el autobús esperando la hora de empezar el trayecto. Mary era una pasajera tan habitual que ambos se saludaban con la cabeza, se sonreían y se daban los buenos días, pero esa mañana a Herbert parecía haberle picado algo. Por lo común era un judío de ojos tristones con un bigotillo que le daba un aire a lo Ronald Colman en versión fea. Tenía una sonrisa bonita, con esa tristeza perenne. Sin embargo esa mañana tenía el humor subido, y cuando Mary llegó al autobús fingió no verla. Mary llamó suavemente al cristal de la puerta, y en lugar de pulsar el botón de apertura neumática, Herbert se quedó mirándose las uñas y fingiendo frotárselas con el pantalón para después levantar la mano como para contemplar el efecto del frote. Mary volvió a llamar, pero esta vez Herbert se miró el reloj, frunció el ceño, puso el autobús en primera y pisó el gas, aunque sin soltar el embrague. Mary golpeó la puerta con más fuerza, y por fin, fingiendo reparar en ella, Herbert quitó la marcha y abrió la puerta.
       —¡Ya era hora! —dijo Mary mirándolo fijamente.
       Él sonrió y dijo:
       —Muy buenos días.
       Lo dijo con tanta afabilidad, con tanta educación, que hizo dudar a Mary de sus sospechas. Pero a la mañana siguiente Herbert hizo lo mismo, y Mary dijo:
       —Algunos están ciegos de un ojo y no ven con el otro. Me pregunto cómo pueden trabajar conduciendo autobuses.
       —¿Se refiere a mí, por un casual?
       —¿Se siente aludido? Algunos están tan sordos que deberían ir con trompetilla.
       —Creo que no acabo de entenderla.
       La tercera mañana Mary se limitó a plantarse ante la puerta del autobús, sin llamar. Esta vez Herbert la hizo esperar alrededor de un minuto; entonces, mirando a su izquierda y hacia el cielo, hacia un avión imaginario, distrajo a Mary de suerte que también ella miró al cielo y, en ese momento, apretó el botón de la puerta. Herbert se giró y se echó a reír.
       —Ja, ja, menuda risa —dijo Mary poniendo el dinero en la caja.
       A la mañana siguiente fue Mary la que quiso gastarle una broma. En lugar de ir hacia la puerta, se colocó justo delante del parabrisas y se apoyó en el autobús a leer el periódico. Herbert la dejó leer tranquilamente durante dos minutos de reloj y luego hizo sonar el claxon.
       —¡Maldita sea! —gritó Mary dando un brinco.
       A Mary le apetecía entrar y darle en la cabeza, pero él seguía riéndose sin abrir la puerta. Cuando se le pasó el enfado, decidió que ese día no iría con Herbert. Se sentó en el banco de madera de la parada y siguió leyendo el periódico. Herbert abrió la puerta, pero Mary no despegó los ojos del diario. Herbert empezó a preocuparse; no solo estaba claramente enfadada y resuelta a no ir con él, sino que llevaba un minuto de retraso sobre la hora de salida.
       —Lo siento —dijo bajando del vehículo.
       —Me niego a aceptar sus disculpas. Tomaré el siguiente autobús y me pensaré si pongo una queja. Hace falta valor…
       —No lo dirá en serio, ¿verdad? Sabe que no era más que una broma.
       —Lo sé, y por eso se aprovecha. Porque sabe que soy tan inocente que no pondré la queja.
       —Si la creyera capaz de denunciarme, nunca lo habría hecho. Lo digo como un cumplido.
       —Lo del claxon no me parece ningún cumplido. Me ha dado un susto de muerte.
       —Lo siento de verdad y le presento mis más humildes disculpas. Por favor, suba.
       Mary dudó y al fin dijo:
       —Oh, de acuerdo, pero déjese de comedias. Yo también tengo que ir a trabajar.
       Subieron al autobús. Mary buscó el dinero en el bolso.
       —No, hoy la invito yo. Y el resto de días. Si me lo permite.
       —Por cinco centavos no voy a ser más pobre —dijo Mary—. Y además, yo a usted no lo conozco.
       —Ya lo sé. ¿Cómo se llama? Ni siquiera sé su nombre.
       —¿Por qué quiere saber cómo me llamo?
       —Yo me llamo Lewis. Herbert Lewis. Si en algún momento decide presentar una queja, ya sabe mi nombre.
       —¿Quiere decir que piensa seguir haciendo bromas de las suyas? Porque ya se me está agotando la paciencia.
       —O-o-o-h, solo lo hacía por romper la monotonía, me parecía que usted lo encajaría bien. A lo mejor me he pasado de la raya.
       —¡A lo mejor!
       Mary pagó el billete y eligió un asiento al fondo del autobús para disuadirlo de seguir con la conversación. Al ver que el conductor no saludaba al resto de pasajeros, dedujo que aquello lo remordía. Al llegar a la parada de metro, en lugar de salir por la puerta central, cosa que le habría resultado más cómoda, Mary caminó hasta la parte delantera del autobús, y mientras salía se giró y le dedicó su mejor sonrisa.
       —Adiós —dijo.
       Mientras cruzaba la calle y andaba hacia la estación, sintió encima los ojos de él, y supo cómo la miraba.


       Durante los días siguientes no hubo más bromas, pero cruzaron cálidas sonrisas, y Mary sospechó que él empezaba a esperar sus encuentros matutinos con las mismas ganas que ella, que eran muchas. Tanto es así que ahora ella se sentaba delante, cerca de él. De esta manera fueron averiguando cosas el uno del otro: que él estaba casado, con dos niños, 3-A, que vivía en Jackson Heights, que tenía un Chevrolet. Herbert también le dijo que habría querido estudiar medicina, que había estudiado piano dos años cuando era pequeño, que había dejado de fumar seis meses pero que había ganado tanto peso que la ropa apenas le cabía, que tenía un hermano en la Guardia Costera, que el cine le parecía una pérdida de tiempo y que no había ido a Broadway desde que ponían Meet the People, que había ido a ver con la hermana de su mujer y su marido. Mary lo informó de que había estado en Cuba durante un crucero, que echaba amoníaco a la Coca-Cola para las resacas, que tenía más amigos judíos que irlandeses, que había estudiado piano dos años cuando era pequeña, que le gustaba la carne bien hecha por fuera pero cruda por dentro, que cuando tenía doce años había querido meterse a monja y que vivía con su madre y tres hermanas en el cuarto edificio de la hilera de casas que se ve desde el final de la línea. A las pocas semanas sabían todo lo que hacía falta saber acerca del otro para enamorarse, y tras un periodo de inconsciente cautela la cuestión empezó a ser quién de los dos daría el primer paso.
       Una mañana Mary le dijo:
       —Puedo conseguirte dos entradas para un espectáculo el martes por la noche, si te apetece.
       —¿Quieres decir dos pases?
       —Sí. Mi jefe tiene un estreno el viernes, pero nos gusta que el público vea la obra antes que los críticos, así que el martes los empleados de la Brooklyn Edison, creo, o quizá la Bond Bread, en fin, el caso es que los empleados de un sitio de esos tienen entradas gratis. Es con el mismo reparto y todo igual que la noche del estreno, pero evidentemente no se permite entrar a los críticos. Queremos ver la reacción de la gente. Como un ensayo general con público para ver cuándo se ríen, qué se podría cortar, etcétera. ¿Te gustaría ir con tu mujer?
       —Oye, Mary, yo odio a mi mujer.
       —Oh, vaya, yo creía que… en fin.
       —No quiero que pienses que no te lo agradezco. Te lo agradezco, y mucho. Pero cuando uno va a ver algo, es para pasar un buen rato, para ir con alguien a quien aprecia y con quien puede pasar una noche agradable. Y mi mujer no encaja en esa categoría. No estoy diciendo nada que ella no sepa. Lo sabe todo el mundo, y además fue ella la que empezó. Quiero decir que fue ella la que se cansó de mí antes de que yo me cansara de ella. Lo que pasa es que los niños… ¡O-o-o-o-h! Tú tienes un gesto conmigo y ¿qué hago yo? Me pongo a soltarte este rollo, pero es natural, Mary, porque yo te quiero, Mary. Van a trasladarme a otra ruta. Ya puestos, te lo digo. No tienes que decir nada. No tienes que sentirte culpable ni hacer nada, porque yo te quiero y tú no tienes ninguna… culpa. Pero no me hace ningún bien seguir torturándome, y bebiendo, así que he solicitado que me cambien de ruta.
       —¿En serio? ¿Cuándo te trasladan?
       —El lunes por la noche hago el intercambio con un tipo en Forest Hills… Él vive más cerca, así que le resultará más cómodo. Falta una semana. Madre mía, me paso el día pensando en ti. No tengo ningún problema con mi mujer pero en este mundo mucha gente… buf. No dices nada. En fin, supongo que ya sé lo que piensas.
       —No, por cómo hablas no lo sabes. Tengo que pensar.
       —No, no pienses. Te he dicho que no es culpa tuya. Te lo he dicho para quedarme tranquilo.
       —Ahí te equivocas, Herbert. Mi culpa es haberte dejado hablar primero. Si tú no hubieras dicho nada, lo habría dicho yo. O te lo habría demostrado de alguna manera, y quizá lo hice. Bueno, al menos ya está dicho.
       —Sí, supongo que sí. En fin, ahora ya lo sabemos.




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