John O’Hara
(Pottsville, Pensilvania, 1905 - Princeton, Nueva Jersey, 1970)


En el Cothurnos Club (1972)
(“At the Cothurnos Club”)
Originalmente publicado póstumamente en la revista Esquire,
LXXVIII (julio de 1972), págs. 114-115;
The Time Element and Other Stories,
ed. Albert Erskine
(Nueva York: Random House, 1972 244 págs.)



      Aunque el Cothurnos Club lo fundaron actores, de vez en cuando admiten a un número limitado de escritores y pintores, por eso tengo la suerte de ser miembro. El lugar es de lo más agradable; en los salones de lectura y de trabajo reina un silencio tal que se oiría caer un alfiler, mientras que en el bar, la sala de billares y el comedor es difícil que uno pueda sentirse solo. Esto es especialmente cierto en el caso del comedor, donde la mayoría de los miembros comen en una gran mesa redonda. En cuanto tuve el honor de que me admitieran en el club, tomé la costumbre de almorzar ahí casi todos los días, y así fue cómo acabé reparando en el señor Childress. El señor Childress siempre comía solo en una mesita pegada a la pared. Parecía que nunca hablaba con nadie, pues el gesto que dirigía a los hombres reunidos en torno a la mesa redonda no podía considerarse un saludo. Hace unos días le pedí a Clem Kirby, que me había recomendado ante el club, que me hablara del arisco señor Childress.
       —¿Hace mucho que es miembro? —dije.
       —Oh, sí —dijo Kirby—. Unos treinta años, diría.
       —¿Y siempre ha sido así? No entiendo por qué un hombre así ingresa en un club, es muy antisocial.
       Kirby sonrió.
       —Puede que parezca difícil de creer, pero hasta hace diez o doce años George Childress era justo lo contrario de lo que hoy ves. Lleno de vida. Ocurrente. Estaba aquí todos los días, en el bar, tomando copas con los chicos y tal.
       —¿A qué se dedica? —pregunté.
       —Pinta, o pintaba. Era lo que suele decirse un pintor de retratos de moda, hizo mucho dinero, y aunque no creo que nadie pueda llamarlo tacaño, sabía cuidar de su dinero. En los últimos años no ha hecho nada. Probablemente por eso no has oído hablar de él.
       —Algo me suena —dije.
       —Se casó con Hope Westmore —dijo Kirby.
       —Ah, claro —dije—. Por eso había oído hablar de él. El marido de Hope Westmore. Era una de mis actrices favoritas. Así que ese es George Childress. ¿Todavía están casados?
       —Casados están —dijo Kirby—, aunque claro… —Clem no terminó la frase. Sus ojos se volvieron tristes—. Te voy a hablar de George. No era exactamente un bromista, pero casi, sobre todo con, en fin, con gente como tú, miembros recién llegados. Se dedicaba a averiguar todo lo que podía sobre uno y entonces, antes de que te lo presentaran, se ponía a comentar tu trabajo, fuera lo que fuera, para que lo oyeras, y sus opiniones siempre eran demoledoras. Evidentemente lo hacía para fastidiar a los nuevos. Un truco cruel. Lo que hoy los jóvenes llamáis una novatada. Tenía muchas bromas como esa. Se inventó una parecida, pero con un giro distinto. Se reunía con un grupo de compañeros en el bar, todos ellos antiguos miembros, salvo uno. Todo el mundo estaba en el ajo, menos el nuevo. Cuando se lo presentaban, George se mostraba de lo más encantador y afable. Luego, poco a poco, hacía que la conversación derivara hacia el teatro y entonces decía: “¿Cómo se llamaba esa actriz que había hace unos años? Una actriz extraordinaria. Preciosa. Eso sí, siempre la acababan echando por borracha”. Él fingía estrujarse la cabeza tratando de recordar el nombre. Los compañeros que estaban en el ajo también fingían hacer memoria, y al final, claro, lo que ocurría era que el nuevo, tratando de ayudar, decía un nombre. Según George, la respuesta nunca era la misma, con muy pocas excepciones. Bien, veo que adivinas lo que ocurrió. Así es. Un día estábamos en el bar y había un miembro nuevo, un tipo joven, y cuando George se puso a pensar en el nombre de la actriz, el muchacho soltó un nombre, y evidentemente el nombre era el de Hope Westmore.
       —Ay, Señor —dije—. ¿Y qué ocurrió?
       —Pues se hizo un silencio que pensé que no iba a terminar nunca —dijo Clem Kirby—. Tú mismo puedes ver que George es un hombre de constitución fuerte, y nunca he visto a nadie ejerciendo semejante dominio de sí mismo. Al final respiró hondo y dijo: “Ya lo ven, caballeros, siempre una respuesta distinta”, y dicho esto se excusó. Que yo sepa, esa fue la última vez que George puso los pies en el bar.
       —¿Y qué pasa con Hope Westmore? ¿Era verdad? —dije.
       Kirby se quedó mirándome larga y fijamente.
       —No creo que eso tenga la menor importancia —dijo.




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