John O’Hara
(Pottsville, Pensilvania, 1905 - Princeton, Nueva Jersey, 1970)


Un hombre de confianza (1972)
(“At the Cothurnos Club”)
Good Samaritan and Other Stories,
ed. Albert Erskine
(Nueva York: Random House, 1974, 296 págs.)



I

      Cuando era pequeño había una casa a la que siempre me gustaba ir. Estaba en una ciudad a unos veinte kilómetros por las carreteras rurales, y aunque había dos maneras de llegar, ninguna evitaba por completo tener que cruzar la montaña. Por consiguiente, yo nunca fui a la ciudad hasta que mi padre se compró su primer automóvil, en 1914. Hoy en día cuesta creer que una ciudad a solo veinte kilómetros pueda ser tan remota e inaccesible, pese a encontrarse en el mismo condado, pero así eran las cosas cuando yo era chico, antes de que tuviéramos coche y de que las carreteras fueran de asfalto. Vivíamos en Gibbsville, que era la capital del condado, pero, por lo común, los habitantes de Batavia que debían acudir a la sede de gobierno tenían que tomar el ferrocarril hasta una estación del condado vecino, cambiar de tren y volver deshaciendo camino para llegar a Gibbsville. No había comunicación directa por ferrocarril entre Gibbsville y Batavia, y dado que Batavia quedaba a ocho kilómetros bien buenos al oeste del río y el canal, era como si ambas ciudades pertenecieran a condados distintos. Lo que ocurría era que Batavia estaba en el condado de Lantenengo y no en el condado de Berks, y que a los habitantes de Batavia les era más fácil desplazarse hasta Reading, la ciudad grande más próxima, que hasta Gibbsville. Incluso me atrevería a decir que los habitantes de Batavia creían tener más en común con Reading que con Gibbsville, y no solo porque el trayecto hasta Reading resultara más fácil. Reading había sido tradicionalmente una ciudad de alemanes de Pensilvania, mientras que Gibbsville era una mezcla de yanquis, ingleses, galeses e irlandeses que, sumados, aventajaban en número a los alemanes de Pensilvania. Los días que había reunión de gobierno, los habitantes de Batavia se encontraban también con los polacos, los lituanos y los italianos que trabajaban en las minas de carbón, las acerías y los concesionarios de coches, y a los que la gente de Batavia llamaba extranjeros. En Batavia no había extranjeros, a pesar de que el alemán de Pensilvania era su segunda lengua, y, en el caso de la gente mayor, la única.
       A esta ciudad, a finales del siglo XIX, había llegado un hombre llamado Philip Haddon con su esposa, Martha. Ella era la hija del viejo Mike Murphy, que a fuerza de sacrificios había logrado medrar en el negocio del acero en Ohio y reunir dinero suficiente para enviar a Martha a estudiar en el este y, más tarde, en Suiza. Los Murphy tenían una mansión en Cleveland, pero Martha, su madre y su hermana preferían vivir en Nueva York, en una casa menos ostentosa pero más elegante que la de Cleveland. Martha Murphy era una muchacha morena y hermosa, lo bastante alta como para lucir un peinado estilo pompadour y lo bastante rica como para atraer a los aristócratas europeos de su misma confesión y a algunos protestantes americanos que todavía llevaban el apellido de los primeros colonos holandeses. Sin embargo, Martha se enamoró de Philip Haddon, y él de ella. Después de que él se convirtiera al catolicismo, se casaron. Para sorpresa y satisfacción de Mike Murphy, su yerno entró a trabajar en Hierros y Aceros Wexford, cuyo nombre procedía del condado irlandés del que Mike era originario, y lo nombraron director de la filial que Wexford tenía en la ciudad de Batavia, Pensilvania. “No es que sea gran cosa —dijo Mike Murphy—, pero es el doble de grande que cuando la compré y tiene en nómina a más de cincuenta empleados de segunda generación. Tiene futuro, Philip.”
       Martha habría vivido en cualquier lado mientras fuera con Philip, y Batavia no parecía una ciudad del acero. De hecho, no era una ciudad del acero, sino una ciudad en el borde del distrito granjero de los alemanes de Pensilvania que resultaba tener una fundición en uno de sus extremos. La fundición, como todavía la llamaban, trabajaba con encargos especiales: placas de cubierta y torretas para la Armada, piezas para los fabricantes independientes de automóviles y camiones; trabajos demasiado pequeños para ser realizados en las plantas de la gran acería de Wexford, Ohio. Philip Haddon dirigía la fundición de Batavia de forma eficaz y provechosa, y su suegro se lo recompensó ascendiéndolo a un puesto importante en la acería de Wexford. Fue entonces cuando Philip Haddon le dio una segunda sorpresa a Mike Murphy: Haddon le dijo a Murphy que prefería quedarse en Batavia, que no sentía deseo alguno de mudarse a Ohio y que, además, no ambicionaba suceder a Murphy al frente de la junta de Hierros y Aceros Wexford. Para un hombre como Murphy, que había luchado por llegar adonde estaba, la falta de iniciativa de Haddon resultaba incomprensible, y no trató de ocultar su decepción. Tuvo una charla con su hija Martha, con la esperanza de persuadirla para que influyera en Philip y este cambiara de parecer, pero descubrió que Martha estaba de acuerdo con Philip y que también ella prefería quedarse en Batavia.
       —En fin, si eso es lo que queréis —le dijo Murphy a su hija.
       —Es lo que queremos, papá —dijo Martha.
       —No me has dicho por qué. Dentro de diez años Philip podría ser rico. En veinte años podría ser tan rico como yo.
       —Sí, seguramente —dijo Martha.
       —Philip no es un holgazán, pero carece de ambición —dijo su padre—. A lo mejor no deberías haberte casado con un caballero, sino con alguno de mis chicos de la planta, alguien con más nervio.
       —Pero no fue así. Me casé con Philip, y tú deberías estar orgulloso de él y de lo bien que lo ha hecho en Batavia.
       —Batavia no es solo mérito suyo. Cuando entró ya estaba en marcha. No tuvo que poner a prueba sus habilidades. Pero si no quiere llegar más lejos, entonces es que no es el hombre que yo creía que era. Lo que no entiendo es por qué a los dos os gusta tanto Batavia. Te di un millón cuando cumpliste veintiuno. No tendría ni que trabajar. ¿Qué parte de esto es cosa tuya, Martha?
       —La mitad, quizá algo menos, quizá algo más —dijo ella.
       —En fin, me rindo —dijo Mike Murphy.
       —Si quieres que Philip dimita de Batavia, dimitirá. Pero si lo hace, no volverás a verme —dijo Martha.
       —Hay cosas que no me estás diciendo. Aquí hay gato encerrado.
       —Siempre lo hay, papá —dijo ella—. Siempre lo ha habido.
       —¿Qué quieres decir con eso? ¿No estarás desenterrando el problema que tuvimos tu madre y yo?
       —Yo no estoy desenterrando nada. Siempre hubo alguien, y todo el mundo lo sabe.
       —Tu madre lo entendió mejor de lo que tú llegarás a entenderlo nunca.
       —Lo aceptó, no lo entendió —dijo Martha.
       —Ah, conque tienes miedo de que Philip crezca demasiado para ti. Es eso, ¿verdad?
       —No, no es eso, papá.
       —Si se hiciera tan rico como yo, lo perderías. Es eso, ¿no?
       —No. Yo no voy a perderlo nunca. Ni él a mí —dijo ella.
       —Vaya, deberías sentirte agradecida por estar tan segura de lo que te depara el futuro. Sin tentaciones ni desviaciones ni alegaciones ni fascinaciones ni afiliaciones. Por no hablar de otras que se me ocurren con esa misma terminación.
       —Sí, te has dejado fornicaciones —dijo ella.
       —No me digas, ¿me he dejado esa? —dijo su padre—. En fin, mi niña, puesto que tenéis vuestro futuro tan claro, como tu padre que soy no puedo hacer más que rezar y esperar que el Señor sea favorable a vuestros planes. Sería una pena que dentro de veinte años, cuando ya sea tarde, a tu marido lo asalte la ambición. Cuando llega tarde, la ambición puede ser muy perjudicial, tanto para los negocios como para el placer. El tren solo pasa una vez en la vida.
       —Lamento que Philip te haya decepcionado, papá. Aunque quizá lo que debería lamentar es haber tenido una hermana en vez de un hermano. Así tendrías un hijo y no habrías contado con mi marido.
       —En ese sentido Margaret es más hombre que él —dijo Murphy.
       —No estés tan seguro —dijo Martha—. Margaret es tan femenina como yo.
       El viejo tenía demasiados recursos como para arredrarse por una derrota, y buscó y encontró a un hombre de la edad de Philip Haddon al que pudiera preparar para sucederlo al frente de Wexford. El hombre al que encontró no era un caballero, y Mike Murphy lo sacó de Pittsburgh y lo hizo casarse con su otra hija, Margaret, a quien por lo visto no pareció importarle. Margaret estaba infelizmente casada con un concertista de violín de limitados talentos y costumbres extrañas. Nunca he sabido a ciencia cierta cuánto dinero cambió de manos con el fin de obtener la anulación del musical matrimonio de Margaret y unir a esta con el sucesor elegido a dedo por su padre. Yo era demasiado joven para saber esas cosas y, además, nunca llegué a ver a Margaret. De hecho, cuando supe o pudo importarme que Martha Murphy Haddon tuviera una hermana, yo ya tenía cierta edad. Por lo que a mí respectaba, Martha Haddon era la hermosa mujer de Philip Haddon, y ellos vivían en Batavia, a veinte kilómetros de mi ciudad natal, y a mí siempre me gustaba visitar su casa.
       Los Haddon habían visitado mi casa en dos ocasiones antes de que tuviéramos coche y pudiéramos ir a Batavia. Llegados a este punto, debo explicar —sobre todo ahora, en la séptima década del siglo— que el primer encuentro entre los Haddon y mis padres tuvo lugar debido a que mi madre había estudiado en un colegio del Sagrado Corazón. Las monjas del Sagrado Corazón son una orden con influencia en el mundo entero, y a menudo se las ha comparado con los Jesuitas, si bien su número es más reducido y, en cuanto élite, su poder es más sutil. Los hijos de los pobres no van a colegios del Sagrado Corazón ni en París ni en Londres ni en Montreal ni en Nueva York ni en Filadelfia ni en México ni en Madrid ni en Viena, y el dinero por sí solo no basta para que sus colegios lo admitan a uno, como tampoco la pertenencia a la Iglesia Católica Romana. Entre los antiguos alumnos del Sagrado Corazón existía lo que irónicamente podríamos llamar una masonería, de modo que cuando Martha Haddon se instaló en Batavia, Pensilvania, recibió una carta de madame Duval, de la orden del Sagrado Corazón, en la que se le informaba de que mi madre vivía en Gibbsville. Mi madre, a su vez, recibió una carta de madame Duval en la que esta le decía que una de las muchachas, Martha Murphy Haddon, se había mudado recientemente a Batavia. A su debido momento, mi madre invitó a Martha a un almuerzo de damas en nuestra casa, y así fue como rompieron el hielo. Mi madre era mayor que Martha, y aunque no habían estudiado en el mismo colegio, tenían amigas comunes entre las antiguas alumnas del Sagrado Corazón de distintos lugares del mundo, y supongo que ambas se veían como dos antiguos estudiantes de Eton que se encuentran en una plantación de caucho de las Colonias del Estrecho. Philip Haddon tenía un faetón de color verde de la marca Locomobile que conducía un chófer sin librea. Nosotros estábamos acostumbrados a ver Locomobiles, Pierce-Arrows y Packards propiedad de los superintendentes de las minas y conducidos por hombres en traje de negocios, así que supuse que el automóvil de los Haddon iba con el cargo. Yo tenía unos nueve años y me dejaba impresionar, aunque no intimidar.
       A los pocos meses mi padre se compró su primer Ford, y él, mi madre, mi hermana y yo les devolvimos la visita a los Haddon. Batavia era una ciudad bonita, mucho más rural de lo que yo esperaba, con formidables nogales, castaños y olmos en las calles principales. La fundición se encontraba en el extremo sur de la ciudad, y desde la casa de los Haddon lo único que se veía era una alta chimenea de la que salía un hilillo de humo, muy fino dado que era domingo.
       —Generalmente vamos a misa en Reading —oí que le decía el señor Haddon a mi padre—. Hay un cura que dice misa aquí cada cuarto domingo de mes, pero el resto del tiempo tenemos que ir a Reading.
       —Ah, ¿usted también es católico? —dijo mi padre.
       —Sí, me convertí cuando anunciamos nuestro compromiso.
       —Vaya, tendré que andarme con cuidado con lo que digo. Los conversos son más estrictos que nosotros —dijo mi padre.
       Los dos siguieron hablando de armas y de tiro, y Haddon invitó a mi padre a pasar un par de días allí en cuanto se abriese la veda: codornices, algún que otro faisán y una buena bolsa de conejos.
       —Supongo que este hombrecito todavía es joven para eso, ¿no? —dijo Philip Haddon poniéndome la mano en el hombro.
       —Si se porta bien, en Navidad le regalaremos una del veintidós —dijo mi padre.
       —¿Te gustaría bajar conmigo al sótano después de cenar? Tengo un par del veintidós, por si te apetece probarlas —dijo Haddon.
       —¿Yo? —dije.
       —Creo que tu padre te tiene por un buen chico, ¿verdad, doctor Malloy?
       —A veces —dijo mi padre.
       —Espléndido. La cena estará lista en unos minutos —dijo Haddon.
       —Guau, gracias —dije.
       —¿Cómo que gracias? Muchas gracias, señor Haddon —dijo mi padre.
       —Muchas gracias, señor Haddon —dije.
       Todavía no habíamos acabado de cenar cuando sonó el teléfono.
       —Es para usted, doctor Malloy —dijo Haddon.
       —¿Quién será? —dijo mi madre.
       —Me lo imagino —dijo mi padre—. Discúlpenme.
       Volvió del salón.
       —Era del hospital.
       —Ay, Señor —dijo Martha Haddon.
       —¿El señor MacNamara? —dijo mi madre.
       Mi padre asintió.
       —¿No le da tiempo a acabarse el postre? —dijo Martha Haddon.
       —Siento decirlo, pero tengo que irme enseguida —dijo mi padre—. Lamento la interrupción…
       —Nada de eso, doctor Malloy —dijo Philip Haddon.
       —Siempre pasa lo mismo —dijo mi madre, que ya estaba de pie. Mi hermana y yo empezamos a levantarnos.
       —¿Me permiten una sugerencia? —dijo Haddon—. ¿Por qué no se queda la señora Malloy con los niños, y luego yo los llevo a Gibbsville en mi coche?
       —¿En el Locomobile? —dije.
       —Decide tú, Katharine. Yo tengo que irme directo al hospital.
       —Oh, no, sería demasiado. No, nos vamos contigo —dijo mi madre.
       —Está aquí al lado, y el doctor estará ocupado toda la tarde, no me cabe duda —dijo Haddon.
       —Ahí lleva razón. Voy a tener que operar —dijo mi padre—. Espero que no sea mucha molestia, yo tengo que irme ya. Katharine, tú y los niños acabad de cenar y volved a casa con el señor Haddon.
       —Perfecto. Que vaya muy bien, doctor Malloy. Veo que ya tiene la cabeza en cosas más importantes. Déjemelos a mí —dijo Philip Haddon.
       Era la primera vez que veía a alguien hacer un comentario en voz alta acerca de la tendencia de mi padre a ensimismarse. Podíamos no saber en qué paciente o en qué operación estaba pensando, pero sabíamos que su atención estaba en otra parte. Philip Haddon había reconocido las señales, y lo que es más, había tenido el atrevimiento de decirlo. Rara era la vez que alguien hacía una observación personal delante de mi padre. La mayoría de la gente le tenía miedo, un miedo reverencial, pero Philip Haddon no. Para un chico de nueve años fue una experiencia instructiva ver cómo alguien alteraba sin vacilar los planes de mi padre y cómo mi padre lo acataba. En cuanto mi padre se fue al hospital el ambiente volvió a distenderse. Nos acabamos el postre, las dos mujeres y mi hermana se fueron al piso de arriba, y Philip Haddon me llevó al sótano, donde tenía una galería de tiro. Además de ser una galería era donde guardaba las armas; el suelo de cemento estaba cubierto con alfombras; los rifles, las escopetas y las pistolas estaban guardados en vitrinas, y en las paredes de madera había cuadros enmarcados. Aquella habitación fue mi primer contacto real con Philip Haddon, y durante el resto de la tarde no dejé de aprender cosas sobre él que me ayudaron a conocerlo y respetarlo.
       Recuerdo que ese día llevaba un traje de tweed marrón y zapatos de pala picada con polainas marrones. A mi padre también le gustaban los trajes de tweed, pero no las polainas. Philip Haddon tenía una cara muy americana, usaba gafas de montura dorada, no llevaba bigote y tenía el pelo liso y de color castaño claro, con la raya ligeramente desplazada. Era más alto que mi padre, seguramente metro ochenta y cinco, y tenía constitución de jugador de fútbol americano. Había pasado por la academia militar de West Point.
       —¿Fue ahí donde aprendió a disparar? —dije.
       —Bueno, ahí fue donde aprendí a hacerlo como en el ejército, pero disparar me ha gustado siempre —dijo—. Empecé más o menos cuando tenía tu edad. ¿Cuántos años tienes? ¿Diez?
       —El año que viene cumpliré diez —dije.
       —Bien. Entonces empezarás antes que yo —dijo.
       Yo era un chico que hacía muchas preguntas, sobre todo si las respuestas que me daban eran razonables.
       —¿Por qué fue a West Point? ¿Quería ser soldado?
       —No tuve mucha elección —dijo—. Mi padre y cuatro de mis tíos habían pasado por ahí. Pero no, no quería ser soldado. Quería ser pintor.
       —¿De los que pintan cuadros?¿Artista?
       —Sí. ¿Tú quieres ser médico?
       —No —dije.
       —¿Qué quieres ser? —dijo Philip Haddon—. ¿Lo has decidido?
       —Policía —dije—. O quizá tener un circo.
       —Sí, tener un circo puede ser divertido —dijo Philip Haddon—. De lo de ser policía no estoy tan seguro. La mayoría pasan por el ejército, y yo sé cómo las gastan en el ejército.
       —¿Por qué no le gustó? —dije.
       —Bueno, supongo que porque no se me da muy bien recibir órdenes. Tampoco es que me gustase darlas. Pero eso es inevitable.
       —Podía haberse escapado —dije.
       —No. Nadie puede escaparse.
       —Yo pienso escaparme. Cuando sea mayor. Cuando cumpla los doce —dije.
       —¿Piensas escaparte cuando cumplas los doce? ¿Adónde?
       —Al oeste. A Wyoming, quizá. Puedo trabajar en un rancho. ¿Alguna vez ha estado en Wyoming?
       —Sí, cuando estaba en el ejército. Doce años todavía no es edad para trabajar en un rancho. No es que quiera desanimarte, pero creo que deberías esperar un poco más. Hasta los quince o dieciséis. En Wyoming hay tormentas de nieve, y en verano hace un calor insoportable. Hace mucho más frío y mucho más calor que aquí. ¿Y por qué un rancho? ¿Te gustan los caballos?
       —Se me da bien montar —dije.
       —¿Tienes un poni?
       —No, tengo un caballo. Mi hermana tiene un poni, pero no sabe montarlo. Es demasiado pequeña y le da miedo.
       —Ya se le quitará —dijo Philip Haddon. Abrió una de las vitrinas y me tendió un Winchester del 22 con el cañón octogonal bañado en níquel—. A ver qué tal se te da.
       —¿Puedo disparar? —dije.
       —Adelante —dijo.
       Se quedó observándome atentamente. Quité el seguro, apunté al blanco y apreté el gatillo.
       —Muy bien. Estaba equivocado. Tú ya habías manejado un arma.
       —Pues claro. Desde que era pequeño —dije. Me acercó una caja de munición—. También sé cargarlo.
       —Todo tuyo —dijo.
       Hice quince disparos, el cargador entero, sin interrupciones por su parte.
       —Estupendo —dijo—. Has agrupado bien en cuanto te has acostumbrado al tacto.
       —No he hecho ni una diana —dije.
       —No, pero has marcado cincos y cuatros, y solo has bajado de tres dos veces —dijo—. Evidentemente tienes mucho que aprender, por ejemplo a respirar, pero tienes madera de buen tirador. Si no fuera domingo, podríamos probar un revólver, pero hacen demasiado ruido. Y ahora creo que va siendo hora de que volvamos con las damas.
       —Muchas gracias —dije.
       Philip Haddon se puso a frotar el cañón del rifle con una baqueta de limpieza, y yo, imitando su pulcritud, recogí los casquillos del suelo y los tiré en una papelera. Nos sonreímos.
       —Tú y yo vamos a llevarnos bien —dijo.
       —¿Tiene hijos? —dije.
       —Tuvimos uno, pero murió. Difteria. Tu padre es médico, así que habrás oído hablar de la difteria.
       —Sí, mi hermano la pasó. Tuvieron que ponerle un tubo de plata en la garganta —dije.
       —Pero se curó. Eso es bueno.
       —A mí me dieron antitoxinas. Me dolió mucho —dije—. Me pincharon en la espalda. Pero no lloré. Mi hermana sí lloró, pero yo no. A todos los niños del barrio les pusieron antitoxinas, y yo fui el único que no lloró.
       —Debes de ser muy valiente —dijo.
       —Mi padre decía que yo tenía que dar ejemplo. Pero esa noche me dolió y entonces sí que lloré. Me dolió tanto como la aguja, aunque de otra manera. Pero como entonces no tenía que dar ejemplo, lloré.
       —Es importante dar ejemplo —dijo.
       Su mujer llamó desde lo alto de la escalera del sótano.
       —Philip, la señora Malloy cree que ya es hora de irse.
       Yo quería quedarme, pero la idea de subirme al Locomobile de Haddon resultaba atractiva.
       —¿Puedo sentarme delante con usted? —dije.
       —Pues claro que sí. Las damas detrás, los caballeros delante —dijo—. Ven conmigo a buscar el coche.
       Lo acompañé al establo, donde el Locomobile de color verde, inmaculado y con el frontal hacia fuera, ocupaba un espacio en el nivel inferior. El vehículo tenía amortiguadores Westinghouse, un par de faros atornillados al parabrisas y mampara en los asientos traseros. Parecía uno de los coches más bellos del mundo, y yo estaba a punto de montar en él.
       —¡Menudo… coche! —dije.
       —¿Te gusta? —dijo Philip Haddon.
       En ese momento reparé en las cuadras al fondo del granero.
       —¡Mira! ¡Un blanco y un alazán! —dije.
       —La señora Haddon monta el blanco, yo monto el alazán —dijo Philip Haddon.
       Todo estaba limpio y ordenado; el ronzal de cada caballo estaba colgado delante de su cuadra, y de unos ganchos de la pared pendían media docena de bridas y sillas, inglesas y de tipo McClellan; las escobas y los cubos, las almohazas y los cepillos, los jabones, los aceites y las esponjas estaban donde debían estar de acuerdo con las instrucciones de alguien.
       —El alazán quiere salir, pero debería saber que hoy no toca. Los domingos nunca montamos —dijo Philip Haddon.
       —Yo sí —dije.
       —Sí, pero tú no vives en Batavia —dijo Philip Haddon—. Bien, nos vamos.
       Puso en marcha el motor, lo dejó funcionar durante un minuto y empezamos a avanzar por la grava hasta la puerta cochera. En la media hora que duró el trayecto hasta casa no dije palabra. Philip Haddon, su mujer y mi madre hablaban de cosas que no me concernían, y además, yo tenía mis propios asuntos en que pensar: la ubicación de los interruptores eléctricos, los botones, los indicadores, los contadores, la medalla de san Cristóbal de latón esmaltado en la que ponía algo en francés y una pequeña placa de latón en la que decía: “Construido para el señor Philip Haddon”.
       Mi primer día con Philip Haddon había tocado a su fin, y yo tenía tantas cosas que contarles a mis amigos que no sabía ni por dónde empezar. Al día siguiente, en el colegio y después del colegio, decidí no explicarle nada a nadie. El señor Haddon y la señora Haddon —ella era guapa y agradable— no se podían compartir con mis amigos.
       Pasaron meses hasta que volví a verlos, y la siguiente vez que lo vi él estaba en el hospital, donde mi padre lo había operado de apendicitis.
       —Te llevo a ver al señor Haddon —dijo mi padre—. Ha dicho que le gustaría verte, pero solo puedes quedarte unos minutos. Se ha salvado por los pelos.
       La señora Haddon estaba sentada en una silla blanca de hierro.
       —Le traigo una visita —dijo mi padre.
       —Vaya, pero si es mi amigo —dijo Philip Haddon.
       Estaba débil y no llevaba las gafas de montura dorada, lo que le daba un aspecto aún más débil y avejentado. Se las puso.
       —Le he traído unas flores —dije.
       —Oh, ¿son de tu jardín? —dijo Philip Haddon.
       —No, esas están todas muertas —dije.
       —Bueno, yo por poco acabo igual —dijo—. Si no ha sido así, ha sido gracias a tu padre.
       —Vuelvo en un segundo —dijo mi padre, y nos dejó.
       —¿Le duele? —dije.
       —No, ahora ya no —dijo Philip Haddon—. Pero antes, sí.
       —Ha sido una suerte que tu padre estuviera aquí —dijo la señora Haddon—. Estaba a punto de irse del hospital cuando he llamado. El doctor Schmeck y yo hemos traído al señor Haddon al hospital en coche, y cuando hemos llegado el quirófano ya estaba listo.
       —Claro. Peritonitis —dije.
       —¿Sabes lo que es? —dijo la señora Haddon.
       —Sé que es lo que pasa cuando hay una apendicitis —dije.
       —Veo que tu padre y tú decís “apendicitis” y no “apendiciti” —dijo Philip Haddon.
       —Es que es como se dice, lo enseñan en la universidad. Apendicitis, peritonitis.
       —Seguro que se dice así, pero yo nunca me acostumbraré —dijo Philip Haddon—. Y bien, ¿cómo va el colegio?
       —Oh… el colegio. Bien, supongo —dije.
       —Cuando salga de aquí tienes que ir a visitarnos otra vez —dijo Philip Haddon—. No podré montar a caballo en una temporada. Tendré que llevar una faja.
       —Ya lo sé —dije.
       —Pero podemos disparar —dijo—. Tu padre y yo queríamos ir a cazar juntos cuando se abra la veda, pero ahora no creo que lo apruebe. Puedes venir tú en su lugar.
       —De acuerdo —dije.
       —Y si quieres montar, puedes montar conmigo —dijo la señora Haddon—. Podrías coger el alazán. Si no te importa montar con una mujer, claro.
       —No te engañes —dijo el señor Haddon—. Monta tan bien como cualquier hombre.
       El resultado de esa conversación fue que los Haddon mantuvieron su invitación, y en múltiples ocasiones a lo largo de los dos años siguientes fui a su casa y salí a montar con ellos y a disparar con él. Desde el principio fui consciente de que estaba ocupando el lugar de su hijo muerto, pero eso no me incomodaba. Tomaba el tren de la mañana y me bajaba en la estación interurbana, donde Philip Haddon o su mujer me recogían y me llevaban a su casa a pasar el día. Por la mañana salía a montar con alguno de ellos, y después de almorzar él y yo íbamos a disparar. Yo llegaba vestido con pantalones de montar y polainas, y ella o él solían presentarse calzados con botas o en pantalón de jinete, aunque la que me llevaba a montar casi siempre era ella. Después de la operación él había perdido el interés por los caballos, y de no ser por mí habrían vendido el alazán, y la señora Haddon se habría quedado sin nadie con quien salir a cabalgar. Los visitaba cada quince días, rara vez más a menudo, y siempre previa invitación de los Haddon. Empecé a disfrutar de la compañía de ella tanto como de la de él, y llegué a una edad en que su figura me llamaba cada vez más la atención. Se me aparecía en sueños.
       Un día fue a recogerme a la estación e inmediatamente me anunció que ese día no saldríamos a disparar. El señor Haddon había tenido que irse a Filadelfia por negocios. Lo sentía mucho… aunque yo no. La señora Haddon me dijo que, en lugar de disparar, esa tarde me llevaría, si así lo deseaba, a ver la fundición, donde podría subirme a la máquina de vapor y a la grúa. El señor Haddon había dicho que quizá me haría gracia. Así pues, montamos en el caballo blanco y el alazán, y me dijo que debía pasar a cambiarse de ropa, porque al señor Haddon no le gustaba que se presentase delante de los trabajadores de la fundición en pantalones de montar. “Serán solo unos minutos —dijo—. El tiempo de darme un baño rápido y cambiarme.” Esperé en el piso de abajo hasta que oí correr el agua de la bañera, y entonces subí y entré en el baño sin llamar. Estaba de pie, desnuda, probando la temperatura del agua.
       —¿Se puede saber qué haces aquí? —dijo.
       —Quería verte —dije.
       Agarró una toalla para taparse.
       —No puedes estar aquí —dijo.
       —Solo quería verte —dije.
       —Claro, tienes trece años —dijo—. Ya me has visto, ahora vete.
       —Quiero besarte —dije.
       —Sí, ya lo sabía —dijo.
       —Te quiero —dije.
       —Tú no me quieres, Jimmy. Es otra cosa —dijo—. ¿No ves que me estás avergonzando? De acuerdo, te dejo besarme aquí. —Bajó la toalla y echó los hombros hacia atrás de modo que sobresalieran los pechos. Los besé los dos—. Ya está bien —dijo—. Ahora ve abajo y haremos como si esto nunca hubiera ocurrido. Nunca. —Pero yo la rodeé con los brazos y fui brusco con ella, y ella forcejeó—. Basta —dijo.
       —Es lo que querías. Tú lo querías. Lo sé.
       —¿Quería qué? Pero si tienes trece años, debes de estar loco.
       —Que hiciera lo que hace el señor Haddon —dije.
       —Lo que tú crees que hace —dijo ella—. Podría ser que estuvieras equivocado. Muy bien, desabróchate los pantalones. —Se echó en el suelo y yo me puse encima de ella, pero no pude controlarme y ella se quedó ahí tendida, deseando lo que no podía darle—. Ahora déjame que me bañe y ve a ponerte presentable.
       Bajó al cabo de media hora.
       —Podemos prescindir de la visita a la fundición —dijo—. Puedo llevarte a la estación, hay un tren que pasa antes. No podemos volver a hablar de esto hasta después de almorzar.
       —No quiero almorzar —dije.
       —Bueno, pues entonces haz el favor de sentarte aquí mientras yo como —dijo—. Tengo que ir con cuidado con la criada.
       Ella siguió hablando mientras la criada iba y venía.
       —No está comiendo nada —dijo la criada.
       —Ha perdido el apetito —dijo la señora Haddon.
       —Siempre come hasta reventar —dijo la criada.
       —Pues hoy no —dijo la señora Haddon.
       —A lo mejor porque hoy no está el señor —dijo la criada.
       —Es muy posible —dijo la señora Haddon.
       Más tarde, ya en el salón, dije:
       —¿Se lo va a decir al señor Haddon?
       —No. La culpa no ha sido solo tuya —dijo—. Seguramente te he dado pie sin darme cuenta. He visto cómo me miras, así que debí habérmelo esperado. ¿Te he mirado yo de esa manera alguna vez?
       —No.
       —¿Alguna vez has pensado que estaba flirteando contigo?
       —No.
       —En fin, si te sirve de consuelo, mi marido cree que yo flirteaba contigo.
       —¿Conmigo?
       —Contigo, y no solo contigo —dijo.
       —Nunca lo he pensado —dije.
       —Y yo tampoco —dijo—. Pero mi marido, sí. Hay mujeres que dan esa impresión.
       —Pero tú no —dije.
       —¿Te has encontrado con mujeres que flirteen contigo? Chicas no, mujeres.
       —No lo sé.
       —Ah, conque no lo sabes —dijo.
       —Alguna, quizá.
       —¿Y tú que haces?
       —No hago nada. Con las chicas sí, pero no con las mujeres. Usted ha sido la única.
       —Porque no has tenido ocasión, supongo —dijo—. En adelante tendré más cuidado. Pondré el seguro del baño.
       —¿No está enfadada conmigo?
       —Estoy más enfadada conmigo que contigo. Esto podría haber tenido graves consecuencias, ¿sabes? La criada. Mi marido. Tu padre. Esto no puede volver a ocurrir nunca más. Si mi marido te diera una buena paliza, tu padre te daría otra. Por no hablar de la paliza que me daría mi marido.
       —Si lo hiciera, lo mataría —dije.
       —Hmm. Qué caballeroso. Menudo desastre. En adelante limita tus atenciones a las chicas de tu edad.
       —Las chicas de mi edad no me gustan.
       —Pues algo mayores, con el busto desarrollado. Tienes trece años, eres demasiado joven para pensar en mujeres mayores. Podría ser tu madre, y lo sabes. Tengo edad suficiente. Estoy avergonzada. Me he entregado a ti. Da igual cómo hayan ido las cosas, he sido yo la que me he entregado a ti. Y tú siempre lo recordarás… y yo también. Yo quiero mucho a mi marido, y él me quiere a mí. Y entonces aparece un chico de trece años y yo me olvido de todo. ¿Eres consciente de cuánto voy a odiarme por esto? Podría ser que a partir de hoy les perdieras todo el respeto a las mujeres. Esto podría tener una mala influencia sobre ti el resto de tu vida. Pero el hecho de entregarme a ti ha sido lo peor que ha ocurrido hoy. Es un pecado terrible.
       —¿Lo cree de verdad, señora Haddon? —dije.
       —No me negarás que ha sido un pecado. Yo no lo niego. Ya he oído de casos así. Cuando estaba interna en el colegio había una chica cuya madre tenía debilidad por los chicos jóvenes. Se armó tal escándalo que le pidieron a la chica que dejara el colegio. Una familia muy respetable. La debilidad de la madre arruinó la vida de la hija, pero ¿acaso yo soy mejor?
       La señora Haddon no dejaba de fustigarse, y eso empezó a asustarme. Quería consolarla, pero no sabía cómo hacerlo sin tocarla, y el instinto me decía que ella quería que la tocara y que, si lo hacía, acabaría entregándose a mí, como ella decía. Quería llorar, pero no lloraba. Mis ganas de consolarla se confundían ante la imagen de su busto temblando arriba y abajo, y fuera lo que fuera lo que ocurría en su interior, la que tenía delante era otra vez la mujer del suelo del baño. No pude soportarlo más y la besé en la boca. Su reacción fue ávida y completa, pero entonces me apartó de una forma igual de repentina.
       —Por Dios, pero ¿qué estoy haciendo? —dijo—. ¿Qué estoy haciendo? —Se puso las manos en las mejillas—. Tenía razón —dijo, y supe que se refería a su marido—. Ve a buscar tu gorra, nos vamos a tomar el aire —dijo levantándose. Había recuperado la compostura casi por completo—. Te llevaré a la estación.
       Ahora tenía su propio coche, un Scripps-Booth descapotable de tres plazas, con el asiento del conductor delante de los otros dos.
       —No es necesario —dije.
       —Te equivocas, sí es necesario. Quiero que me dé aire en la cara, a ver si así recupero el juicio. Y tú también, jovencito.
       Dada la extraña disposición de los asientos yo tenía que inclinarme hacia delante debido al ruido y el viento que azotaba el coche, y ella tenía que repetir la mitad de las cosas que decía. La conversación no tocó temas íntimos. El viento frío estaba haciendo su efecto en ella… y en mí. La novedad, la singularidad de nuestra experiencia residía para mí en el hecho de que, por primera vez en la vida, me daba cuenta de que una mujer puede desear activamente a un hombre. Yo había besado a varias chicas, y en ocasiones ellas se habían mostrado receptivas, pero nunca me había encontrado ni había oído decir que una mujer fuera más allá de la mera sumisión al hombre. Ahora sabía que la naturaleza de la mujer puede admitir el apetito por un hombre o por un muchacho de trece años dotado de las funciones de un hombre. Esta revelación, este descubrimiento resultaba tan violento que necesitaba alguien con quien compartirlo, pero mis inexpertos coetáneos quedaban descartados; los aventajaba tanto en experiencia que no me habrían creído. La ironía definitiva era la circunstancia de que la única persona, hombre o mujer, chico o chica, en quien tenía confianza suficiente como para confiarme era Philip Haddon. En el curso de mis visitas a su casa le había contado muchas cosas de mí, de mi familia, mis amigos y mis enemigos, y él siempre me había escuchado con un interés que iba más allá de lo cordial. Casi me entraba la risa ante la idea de contarle lo que había ocurrido con su mujer ese día. En fin, al menos estaba seguro de que ella tampoco iba a decírselo.
       Justo antes de llegar a la estación, ella dijo:
       —No pienso volver a hablar de lo que ha sucedido hoy, ni contigo ni con nadie. Y tú tampoco.
       —Yo tampoco —dije.
       —El próximo día que vayas a confesarte… ¿te confiesas con curas italianos?
       —No —dije—. ¿Por qué?
       —Porque los curas italianos no se asustan de nada —dijo—. Yo prefiero a los curas italianos. Cuando tengo algo terrible que confesar, voy a la parroquia italiana de Reading.
       —La confesión no es válida si el cura no entiende lo que se le explica —dije.
       —Yo no me guardo nada. Se lo explico todo —dijo ella.
       —Uno no se confiesa con un hombre. Se confiesa con Dios.
       —Todo eso ya lo sé —dijo—. De todos modos, prefiero contarle esas cosas a un italiano. Otra cosa: no te hagas el santurrón conmigo.
       Yo no estaba preparado —claro que, ¿se está alguna vez?— para la revolución física y espiritual que comenzó para mí aquel día. Me había abandonado a un impulso incontenible, había visto su cuerpo desnudo y había realizado con ella una tentativa incompleta de adulterio, y ahora empezaba a albergar dudas acerca de la sacralidad de la confesión. La señora Haddon se convirtió en la mujer más fascinante, malvada, ignorante y cínica que el mundo había conocido. Quería huir de ella y del pecado, pero sabía que en algún momento tendría que volver a ella y al pecado y a sus deleites secretos y a sus pensamientos impíos y a sus infinitos placeres.
       —No soy ningún santurrón —dije.
       —No, ya sé que no —dijo—. En realidad tienes que ser muy malo para saber todo lo que sabes.
       En cuanto dijo eso decidí abrazar por completo la causa del mal. No podía decirle que estaba dispuesto a renunciar a los placeres de la maldad; ni siquiera podía decírmelo a mí mismo cuando la atracción opuesta era tan poderosa. Durante el trayecto hasta la estación caí en la cuenta de que estaba recibiendo el castigo por mi inadecuada conducta, por las fechorías de un chico de trece años con una mujer de la edad de ella, fuera cual fuera. No podía esperar otra cosa, y era lo correcto. Pero las experiencias de ese día ya me habían hecho madurar hasta el punto de que mi niñez pertenecía al pasado, y yo lo sabía. No es que supiera mucho más en ese momento, pero de eso estaba seguro.
       Esperamos sentados en el coche a que llegara un tren con dirección al norte, y ella parecía haber recuperado por completo el dominio de sí misma, su lugar en el mundo, de suerte que su dignidad, su falda de tweed y sus maneras de siempre hacia mí volvían a protegerla. Me ofreció un cigarrillo, que acepté, a pesar de que su marido nunca me había ofrecido ninguno por respeto a las normas de mi padre en ese aspecto. De un modo extraño, conspirativo, había logrado forjar conmigo una alianza que nos permitía fumar cigarrillos y, a la vez, durante el tiempo que nos quedaba, ignorar por completo nuestros pecados de pensamiento, palabra y obra. La joroba de la locomotora llegó remontando la vía con esfuerzo, y yo salí del descapotable, recogí la gorra y le lancé una mirada que debía de ser de temor y de añoranza.
       —No, no trates de decir nada —dijo ella sonriendo serenamente.



II

      Ese año ingresé en un internado en el que no conocía a un alma. En mi nueva vida hice nuevas amistades y enemistades y establecí con todo lo nuevo las relaciones que prescribían los viejos libros. Me resultaba imposible exponerme al desdén y la incredulidad de los demás chicos ante el relato de mi experiencia con la señora Haddon, de modo que me lo guardé para mí. Con respecto a las chicas, mis reticencias eran igual de fuertes. Se dejaban besar, pero algunas, la mayoría, se resistían o lloraban si ponía la mano sobre sus pechos en pleno desarrollo. Me amenazaban con decírselo a sus hermanos mayores, aunque nunca lo hacían. Durante esa etapa de mi adolescencia soñaba con el cuerpo de la señora Haddon, pero mis sueños eran tan secretos que ella, en cuanto persona real, no existía. Cuando volvía a casa por vacaciones no la veía, y la amistad entre mis padres y los Haddon nunca llegó a florecer del todo. Pasaron dos o tres años durante los que Philip Haddon siguió siendo paciente de mi padre; una o dos veces al año, los Haddon y mis padres quedaban para almorzar un domingo en el Club de Campo de Lantenengo; en Navidad se intercambiaban regalos. Pero Martha Haddon, no sé si deliberadamente, logró permanecer fuera de mi vista, y yo, claro está, me iba enamorando y desenamorando de chicas más de mi edad. Calculaba que ella debía de ser dieciséis o diecisiete años mayor que yo, por lo que cuando dejé el colegio y entré a trabajar en uno de los periódicos de Gibbsville, tendría casi cuarenta años. Mi padre murió, y mi madre recibió una carta de los Haddon, que estaban de viaje fuera del país y no habían sabido de su muerte hasta un mes más tarde. La carta la había escrito Martha Haddon, y Philip Haddon solo figuraba a título formal.
       —El señor Haddon no debe de estar bien del todo —dijo mi madre—. De lo contrario, me imagino que habría escrito. Él y tu padre se veían más que la señora Haddon y yo.
       —Hay hombres que detestan escribir cartas —dije.
       —Sí, pero no el señor Haddon —dijo mi madre.
       Como de costumbre, tenía razón, pues la siguiente vez que visité Batavia fue para cubrir un caso de apuñalamiento mortal, y puesto que me encontraba por la zona decidí ir a ver a los Haddon. Desde el punto de vista de mi periódico, no era una gran noticia. Un grupo de negros que vivían en una tienda y trabajaban como jornaleros en la construcción de una carretera se habían emborrachado y se habían metido en una pelea en la que un hombre había muerto y los demás habían huido al instante. La policía ni siquiera estaba segura de sus nombres, y yo estaba seguro de que el suceso no tenía el menor interés para mi periódico. Sin embargo, sentía curiosidad por los Haddon y disponía tanto del Oakland del periódico como de algo de tiempo libre.
       Era un día caluroso de agosto, hacia mediodía. El humo de las chimeneas de la fundición flotaba espeso y a baja altura, como a la espera de que un soplo de brisa lo disipase. En casa de los Haddon, al otro lado de la ciudad, las mosquiteras de alambre parecían ensombrecer las estancias, y no se veía rastro alguno de vida en el jardín. Sin embargo, en cuanto salí del Oakland, Martha Haddon abrió la puerta del porche y bajó.
       —¿Es usted de la compañía de la luz? —preguntó.
       —No, señora —dije—. Soy de la compañía de las sombras.
       Como chiste era francamente malo, pero ya se lo explicaría más tarde.
       —¡No me lo puedo creer! No puede ser —dijo, y se dio la vuelta para llamar al hombre que estaba en el porche—. Philip, tenemos visita. James Malloy.
       —Oh, qué bien —oí que decía—. ¿El chico del doctor Malloy?
       —¿Puede saberse qué haces aquí un día tan bochornoso como hoy? —dijo Martha Haddon—. Ven, apártate del sol y tómate un vaso de té helado.
       Philip Haddon se puso en pie lentamente y dejó el abanico y el periódico sobre una mesilla de mimbre. Iba vestido con un traje de seda cruda, camisa azul a rayas y zapatos Oxford de tela blanca. Nos dimos la mano, les expliqué el motivo de mi presencia ahí y el sentido de la broma.
       —Quédate a comer —dijo Philip Haddon—. Incluso podrías darte un baño. Creo que la piscina todavía no estaba la última vez que viniste.
       —No, no estaba —dijo ella—. Solo hace tres veranos que la tenemos.
       —¿Tanto ha pasado desde que íbamos a disparar? Me imagino que sí. Ya no eres un niño. Menudo joven te has hecho. Ahora trabajas en un periódico y te dedicas a ver cómo la gente se cose a puñaladas.
       —Sí, y todavía me acuerdo de cuando fue mi padre el que lo cosió a usted —dije.
       —Y tú fuiste a verme al hospital —dijo—. Me alegra volver a verte, granuja. ¿No es una pena vivir tan cerca y no vernos nunca? Ni siquiera hemos ido a ver a tu madre desde que tu padre falleció.
       —Bueno, tenías excusa —dijo Martha Haddon—. El señor Haddon contrajo una dolencia estomacal en Italia.
       —No hablemos de eso —dijo Philip Haddon—. Creo que no fue más que un rebrote de malaria. Todo aquel que haya pasado por el ejército ha tenido aunque sea un poco de malaria. Lamentablemente, he tenido que retirarme de la fundición y puede ser que tengamos que irnos a vivir a otra parte.
       —La casa es nuestra —dijo Martha Haddon.
       —Sí, pero puede que al nuevo superintendente no le haga mucha gracia tenerme aquí mirando por encima de su hombro —dijo Philip Haddon.
       —Como habrás adivinado, es un tema de conversación re-currente —dijo Martha Haddon—. No queremos irnos de Batavia. ¿Adónde vamos a ir? Por el amor del cielo, pero si vinimos aquí de recién casados y ha sido nuestro hogar, nuestro único hogar.
       —Creo que el señor Malloy prefiere darse un baño en la piscina a tomar parte en nuestras discusiones —dijo Philip Haddon.
       —A mí siempre me ha gustado esta casa —dije—. Espero que se la queden.
       —Asunto zanjado —dijo Philip Haddon—. Promete que nos visitarás más a menudo cuando acaben la nueva carretera.
       Por primera vez sospeché que Philip Haddon podía llegar a ser sutil.
       —Prometido —dije.
       —Estupendo, tendrás que cumplirlo —dijo—. Si quieres darte un remojón antes de comer, te traeré un traje de baño.
       —¿Usted no se baña? —dije.
       —No, si agarro frío, ya no sirvo para nada el resto del día y parte del siguiente —dijo—. Pero Martha irá contigo.
       —De acuerdo, pero no tenemos mucho tiempo —dijo Martha Haddon.
       Nos pusimos el traje de baño y dejamos a Philip Haddon en el porche. La piscina estaba en un rincón del jardín, protegida por los cuatro lados por un seto alto, y recorrimos el camino hasta ella tapados con albornoces.
       —Lo hacemos por los vecinos —dijo ella—. No verían con buenos ojos que una mujer madura se paseara por ahí en traje de baño.
       —¿De verdad les gusta vivir en Batavia? —dije.
       —Me gusta más que ningún otro sitio —dijo—. Aquí me comporto… la mayor parte del tiempo.
       —Oh, así que todavía se acuerda —dije.
       —Claro que me acuerdo. Esas cosas no se olvidan.
       —¿Y el señor Haddon? ¿Llegó a saberlo?
       —Yo no se lo he dicho —dijo.
       —Eso no responde a mi pregunta —dije—. Hace un momento ha dicho algo que me ha hecho pensar que algo sabe.
       —Ya eres un hombre —dijo—. Sí, se lo imagina, pero nunca ha querido saber estas cosas con certeza.
       —¿Tanto hay que saber?
       —Supongo que te parezco poco atractiva —dijo.
       —Nada más lejos —dije.
       —Seguro que sí, si todo a lo que podía aspirar era a un chico de trece años —dijo—. Sería mejor uno de veinte, pero ¿crees que no ha habido nadie entre medio?
       —Bueno… él.
       —Oh, él ahora vive contento. Le gusta ser un inválido.
       —No siempre ha sido un inválido —dije.
       —La mayor parte del tiempo, sí —dijo—. ¿Sabes por qué le gustaba haberse hecho católico? Porque creía que así yo me comportaría. Pero no fue así. Él sí se comportaba, pero yo no.
       —Creía que estaba profundamente enamorada de él —dije.
       —Y lo estoy. Pero tú tienes mucho que aprender sobre el amor.
       —Creo que aprendí más con usted que con nadie más —dije.
       —Da lo mismo con quién se aprenda, mientras se aprenda. Yo también aprendí algo de ti.
       Me eché a reír.
       —¿De mí? ¿De un crío con la mente calenturienta?
       —Un chico sin experiencia. Aunque ya no eres inexperto —dijo.
       —No —dije.
       —Tú no me enseñaste nada, pero yo aprendí algo. Algo sobre mí. Aprendí que podía desear a alguien, daba igual que tuviera trece años o treinta, siempre y cuando él también me deseara y lo demostrara. Tú siempre me deseaste.
       —¿Hoy también?
       —Hoy también, por supuesto —dijo—. Mírate. Mírate bien.
       —¿Y por qué no lo hacemos?
       —Porque ya no tienes trece años, y porque ahora podemos esperar —dijo—. Él sabe todo lo que podemos hacer, y está sentado en el porche imaginándoselo. Así que no te sorprenda si se presenta aquí en el peor momento.
       —¿Qué haría si nos pillara?
       —Ese es un riesgo que no vamos a correr —dijo.
       —Pero ¿qué haría? —dije.
       —He dicho que no vamos a correr ese riesgo, y lo digo en serio. Por lo menos hoy no.
       —De acuerdo —dije—. A él le gusta imaginarse cosas y a usted le gusta decirlas. ¿Qué es peor?
       —Báñate y sé más respetuoso con los mayores —dijo.
       Subí al trampolín y me puse de espaldas a ella.
       —Tírate, te sentará bien —dijo.
       Me zambullí. El impacto con el agua me causó impresión y tardé unas cuantas brazadas en acostumbrarme a la temperatura. Cuando salí, Philip Haddon estaba de pie junto a ella, al borde de la piscina.
       —¿Ves por qué he dicho que no quería agarrar frío? —dijo—. El agua viene de un manantial.
       —No hace falta que lo jure.
       —Por cierto, he traído algo que quiero enseñarte —dijo. Del bolsillo de la chaqueta sacó una pistola automática—. ¿Alguna vez has visto una como esta?
       —No —dije.
       —Es una Browning automática —dijo.
       Me la tendió y la sopesé.
       —Está cargada, ¿verdad? —dije.
       —Oh, sí —dijo—. Pero sé que puedo confiar en ti con las armas de fuego.
       —Philip siempre ha dicho que podía confiar en ti con las armas de fuego —dijo Martha Haddon.




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