John O’Hara
(Pottsville, Pensilvania, 1905 - Princeton, Nueva Jersey, 1970)


La carrera pública del señor Seymour Harrisburg (1933)
(“The Public Career of Mr. Seymour Harrisburg”)
Originalmente publicado en el periódico Brooklyn Daily Eagle (5 de noviembre de 1933);
Doctor’s Son and Other Stories
(Nueva York: Harcourt, Brace and Co., 1935, 294 págs.)



      Seymour M. Harrisburg guardó los platos del desayuno y se quitó el delantal de su mujer y lo colgó en el armarito de la cocina. Frunció el ceño al ver el reloj, la esfera del cual era una imitación de un plato de comer, y las manecillas, un cuchillo y un tenedor. Entró de puntillas en el dormitorio, se puso el chaleco, el abrigo y el sombrero y, tras echar una mirada a la inmensa figura de su esposa, se dirigió hacia la puerta del apartamento. Al abrir la puerta miró abajo y vio, tendido en el suelo, el cuerpo medio desnudo de Leatrice Devlin, la corista que vivía en el apartamento de al lado. Así comenzó la carrera pública de Seymour M. Harrisburg.
       La señorita Devlin estaba bien muerta, extremo que el señor Harrisburg determinó poniéndole la mano sobre el corazón. Siguió palpando para asegurarse de que no hubiera error posible. El cuerpo estaba vestido con un negligé de encaje, y aunque parte de la mandíbula de la señorita Devlin había sido desgarrada por uno o varios balazos, no estaba tan desfigurada como para resultar irreconocible.
       El señor Harrisburg, al ver que se había manchado la mano de sangre, quiso salir corriendo, pero había cinco pisos en ascensor hasta la calle. Luego la tranquilidad de su conciencia le hizo cobrar valor, regresó al apartamento y telefoneó a la policía. Accedió de buen grado a no tocar nada y a no irse, y se sentó a fumar un cigarrillo. Cuando pensó en lo que había tendido en el suelo al otro lado de la puerta, le entró miedo y, en su desesperación, fue al dormitorio y sacudió a su mujer.
       —Lárgate de aquí —dijo la señora Harrisburg.
       —Pero, Ella —dijo el señor Harrisburg—, han matado a la chica de al lado, la señorita Devlin.
       —Que te largues, judío del demonio, déjame dormir.
       La señora Harrisburg era una shiksa.
       Las repetidas explicaciones de su marido acabaron convenciendo a la señora Harrisburg, que se incorporó y le dijo que le acercara el albornoz. El señor Harrisburg le contó lo que le había pasado, y entonces, en parte por el recuerdo de lo que había visto y en parte por la complicada emoción que el cuerpo de su esposa despertaba en él, empezó a encontrarse mal. Cuando la policía llegó, estaba en el baño.
       Lo interrogaron un buen rato, con clara suspicacia y evidente escepticismo, hasta que el agente al mando dijo al fin:
       —Bah, no vamos a sacarle nada al papanatas este. De todos modos, no ha sido él. —Luego se le ocurrió añadir—: ¿Está seguro de que no oyó nada parecido a un disparo? Como el petardeo de un coche. ¿Nada parecido? ¡Piense!
       —No, por Dios se lo juro, no oí nada.
       Poco después de que los agentes terminaran el examen preliminar, llegó el médico forense y declaró que Devlin llevaba muerta al menos cuatro horas, lo que situaba su muerte hacia las tres de la madrugada.
       Los agentes se llevaron al señor Harrisburg a la comisaría, donde lo sometieron a un nuevo interrogatorio. Le permitieron telefonear a su lugar de trabajo, el departamento de contabilidad de una productora cinematográfica, para que explicara su ausencia. Cuatro jóvenes reporteros que estaban por ahí le sacaron fotografías. Hacia última hora de la tarde le permitieron volver a casa.
       A su mujer, que también había sido interrogada por la policía, no le había pasado por alto la intención de las primeras preguntas dirigidas al señor Harrisburg. Obviamente insinuaban que podía existir una relación entre su marido y la señorita Devlin. Mientras el señor Harrisburg preparaba la cena, su mujer no dejó de mirarlo. Y pensar que un hombre tan bregado como ese policía pudiera sospechar ni que fuera un instante que una mujer como Devlin tenía algo con Seymour… Y sin embargo, lo había pensado. La señora Harrisburg empezó a especular sobre Seymour. Recordó que antes de casarse era uno de los tipos más frescos y sinvergüenzas que hubiera conocido. ¿Podía ser que no hubiera cambiado?
       —Aah, bobadas —dijo al fin en voz alta.
       Devlin no le habría permitido ni dar el primer paso. Comió en silencio y después de cenar echó mano a la botella de ginebra, según su costumbre posprandial.
       El señor Harrisburg también se había percatado del sesgo de las preguntas del agente, y durante la preparación de la cena estuvo pensando en la difunta señorita Devlin. Se preguntó qué habría ocurrido si hubiera intentado algo con ella. Había visto a dos o tres de los hombres que recibía en su apartamento y creía que no tenía nada que envidiar a ninguno de ellos. Lamentaba profundamente que la señorita Devlin hubiera fallecido antes de haber tenido ocasión de abordarla.
       A la mañana siguiente, en la oficina, el señor Harrisburg comprobó que el poder de la prensa no ha sido sobreestimado. J. M. Solkin en persona, el vicepresidente a cargo de ventas, habló con el señor Harrisburg en el ascensor.
       —Menudo susto ayer en su casa —dijo el señor Solkin.
       —Sí, y que lo diga —dijo el señor Harrisburg.
       Más tarde, ya sentado en su mesa, el señor Harrisburg fue informado de que el señor Adams, jefe del departamento de contabilidad, lo requería en su despacho.
       —Menudo susto ayer en su casa —dijo el señor Adams.
       —Sí, y que lo diga —dijo el señor Harrisburg—. Madre mía, nunca olvidaré cuando alargué la mano y vi que su corazón no latía. Tenía la piel helada. Sinceramente, no sabe usted lo que es tocar la piel de una mujer y descubrir que está muerta.
       A petición del señor Adams, el señor Harrisburg describió en detalle todo lo que había ocurrido el día anterior.
       —Me he fijado en que esta mañana sale usted en los periódicos —dijo el señor Adams—. Su foto aparece en todos.
       Esto último era inexacto, aunque sí es cierto que la fotografía del señor Harrisburg había aparecido en cinco de ellos.
       —Sí —dijo el señor Harrisburg, sin saber si la empresa aplaudía ese tipo de publicidad.
       —En fin, supongo que es cuestión de tiempo que agarren al tipo que lo hizo. Cuando quiera un permiso para ir a testificar, no tiene más que decírmelo. Supongo que lo llamarán de la jefatura, ¿no? Y tendrá que comparecer en el juicio. Estaré encantado de concederle esos permisos. No dude en tenerme al corriente —dijo el señor Adams sonriendo.
       A lo largo del día el señor Harrisburg no pudo evitar fijarse en la frecuencia con que las taquígrafas necesitaban usar el afilalápices que había cerca de su mesa. Ellas también habían leído los periódicos, y no se les había escapado que dos de los diarios de menor formato insinuaban que el señor Harrisburg sabía más de lo que había explicado a la policía. Apenas había un momento en que el señor Harrisburg levantara la cabeza de la mesa y no se encontrara con los ojos de alguna de las jóvenes puestos en él. Los cinco hombres con los que almorzaba casi a diario se mostraron respetuosamente atentos y curiosos. Inspirado, el señor Harrisburg les dio muchos detalles que no había explicado a la policía.
       La única nota desagradable del día fue el encuentro con la señorita Reba Gold. La señorita Gold y el señor Harrisburg llevaban meses quedando después del trabajo en un oscuro speakeasy cercano a la oficina, y ese día habían quedado. Cuando les hubieron servido las copas y el camarero se hubo marchado, el señor Harrisburg se levantó de su parte del reservado para sentarse al lado de la señorita Gold. Le rodeó la cintura con el brazo, tomó su barbilla con la mano y la besó.
       —Quítame las manos de encima —dijo ella apartándose bruscamente.
       —¿Qué ocurre? —dijo el señor Harrisburg.
       —¿Que qué ocurre? ¿Te crees que no he visto lo que decían los periódicos esta mañana? Tú y esa tal Devitt o como se llame. ¿Es que no tengo ojos en la cara?
       —Vamos, ¿no irás a decirme que te has creído eso? ¿Me lo estás diciendo en serio?
       —Pues claro que sí. Los periódicos no dicen estas cosas a menos que sean verdad. Podrías demandarlos por difamarte si no fuera cierto, y no te he oído decir que vayas a demandarlos.
       —Anda, mujer, no te pongas así —dijo el señor Harrisburg, fijándose en que el corazón de la señorita Gold latía deprisa.
       —Quítame las manos de encima —dijo ella—. Tú y yo hemos terminado. Como si no fuera suficiente que estés casado, ahora encima tienes un lío con una corista. ¿Te crees que soy tan tonta como para perdonarte algo así?
       —Vamos, no te pongas así —dijo el señor Harrisburg—. Tomaremos una copa y luego iremos a tu casa.
       —Ni hablar. Suéltame y deja que me vaya. Tú y yo hemos terminado, ¿te enteras?
       La señorita Gold se negó a calmarse, y el señor Harrisburg, tras un breve forcejeo, dejó que se fuera. Cuando la chica se hubo marchado, pidió otra copa y se quedó sentado a solas pensando en la señorita Devlin, de cuyo recuerdo estaba empezando a enamorarse rápidamente.
       Al día siguiente se compró un traje nuevo. Llevaba tiempo pensando en hacerlo, pero ahora se había convertido en algo demasiado importante como para seguir posponiéndolo. Si iban a fotografiarlo y a entrevistarlo, y si, como parecía probable, seguía apareciendo en la prensa, se sentía obligado a ir impecable. Convino con su esposa en que ella también tenía derecho a un vestuario que la protegiera de la crueldad de las cámaras, de modo que le permitió retirar doscientos dólares de la cuenta de ahorros conjunta.
       Durante la semana siguiente el señor Harrisburg hizo varias apariciones públicas o semipúblicas en la jefatura de policía y otras dependencias oficiales. En todas ellas le sacaban fotografías, ya que el «Misterio Devlin» contaba con pocos protagonistas en condiciones de posar. Toda esa publicidad hizo aumentar el prestigio del señor Harrisburg en la oficina, y sobre todo el señor Adams se mostraba de lo más amable y atento cada vez que el señor Harrisburg volvía para explicar en qué línea avanzaban los interrogatorios de las autoridades. La señorita Gold era la única que no se dejaba impresionar. Seguía en sus trece. Sin embargo, el señor Harrisburg descubrió que la secretaria del señor Adams, una gentil de cabello rubio, estaba encantada de acompañarlo al speakeasy y que no era en absoluto tan retraída como parecía en la oficina.
       Un buen día las investigaciones de la policía empezaron a dar resultados. Una tal señorita Curley, que había sido íntima de la difunta señorita Devlin, admitió ante la policía que la señorita Devlin le había telefoneado la noche del homicidio. Según la señorita Curley, el exmarido de la señorita Devlin, un tal Scatelli, había estado molestándola y amenazándola de muerte. La noche del homicidio la señorita Devlin le había dicho por teléfono a la señorita Curley: «El cabrón de Joe vuelve a rondar por aquí, quiere que vuelva, y yo le he dicho que ni loca. Va a venir esta noche». La señorita Curley explicó que hasta entonces no había dicho nada sobre el caso porque Scatelli era un gángster y le tenía miedo. Scatelli fue arrestado en Bridgeport, Connecticut.
       El señor Harrisburg compareció ante el gran jurado, y fue después de esta comparecencia, mientras abandonaba la sala del gran jurado en compañía de un asistente del fiscal del distrito, cuando por primera vez sospechó que su valor periodístico se había resentido con las revelaciones de la señorita Curley. En efecto, al leer la prensa al día siguiente solo encontró su nombre mencionado al paso en un único periódico. La señorita Curley, en cambio, estaba en todas partes. No solo había fotografías de la joven durante su aparición después de prestar testimonio, sino que las secciones de espectáculos habían recuperado varias instantáneas en las que se veía a la señorita Curley sujetando un paño de terciopelo negro frente a su hermoso cuerpo blanco y varias otras en las que aparecía cubierta de plumas. También se reservó algo de espacio para los retratos del matón Scatelli.
       La temporada de béisbol se había puesto interesante, y el señor Harrisburg no pudo evitar caer en la cuenta de que durante el almuerzo del día siguiente el único comentario de sus colegas acerca del asesinato de Devlin fue que habían visto que la policía tenía al responsable. El resto de la conversación se dedicaron a hacer comentarios satíricos acerca de los Brooklyns. Por la tarde, después del trabajo, el señor Harrisburg esperó a la secretaria del señor Adams, pero esta se fue con el señor Adams. La señorita Gold pasó por delante de él sin decir ni siquiera hola-qué-tal, la muy puerca. Una indiferencia olímpica.
       El señor Harrisburg consideró que las cosas no podían seguir en ese estado, y cuando el caso llegó a juicio se presentó vestido con elegancia y saludando con la cabeza a los fotógrafos. Estos le correspondieron con un semblante inexpresivo, pero el señor Harrisburg sabía que cuando llegara el momento serían ellos los que acudirían a él. Sin embargo, cuando salió a prestar testimonio, el abogado de la defensa provocó unas discretas risas con un comentario sobre el señor Harrisburg. Este, al describir el hallazgo del cadáver, declaró que el pecho de la señorita Devlin estaba tan frío que parecía de mármol, y que al retirar la mano vio que tenía los dedos manchados de sangre caliente y viscosa. El abogado de la defensa sugirió que el señor Harrisburg tenía más importancia como poeta que como testigo, sugerencia con la que el asistente del fiscal del distrito coincidía en secreto. Al bajar del estrado el señor Harrisburg miró con indecisión a los fotógrafos, pero ninguno le pidió que posara.
       A la mañana siguiente la prensa del señor Harrisburg no ascendía a más de cuarenta líneas ágata, y fotografías no había ni una. Tenía que haber algún error, sin duda, y mientras estaba abstraído dándole vueltas al asunto lo llamaron al despacho del señor Adams.
       —Escúcheme bien, Harrisburg —dijo el señor Adams—. Creo que hemos sido bastante generosos en materia de permisos, teniendo en cuenta la Depresión y todo eso, así que solo quería recordarle que, en lo que a usted respecta, el caso este del asesinato queda liquidado, y en adelante cuanto menos oigamos hablar de ello, mejor. Aquí hay trabajo que hacer, y me da la impresión de que los chicos ya están un poco cansados de oírle hablar, hablar y hablar de lo mismo a todas horas. Incluso me han llegado quejas de alguna de las taquígrafas, así que a buen entendedor…
       El señor Harrisburg no daba crédito. Se detuvo a hablar con la secretaria del señor Adams, pero esta se limitó a decir:
       —Estoy ocupada, Seymour. De todos modos, me gustaría decirte una cosa: ten cuidado donde pisas.
       Se negó a quedar con él por la tarde, y por el tono le dio a entender que «también cualquier otra tarde». A la hora del almuerzo el señor Harrisburg seguía tan atónito que uno de sus colegas le dijo:
       —¿Qué te pasa, Seymour? ¿Es que no sabes hablar de nada que no sea ese asesinato? No has dicho una palabra.
       La situación no mejoró en los días siguientes. Incluso hubo un chico de los recados que tuvo la impertinencia de decir que se alegraba de que a Scatelli lo hubieran condenado a la silla, porque estaba harto de oír hablar del caso. El señor Harrisburg empezó a pensar que todo el personal de la oficina se había vuelto en su contra, y eso lo trastornó tanto que cometió un error que le costó dos mil dólares a la compañía.
       —Lo siento, Harrisburg —dijo el señor Adams—, sé que son malos tiempos para buscar trabajo, pero desde lo del asesinato no nos sirve usted para nada, así que va a tener que marcharse.
       Al día siguiente, después de pasarse la mañana buscando otro empleo y la tarde en un cabaret en Broadway, el señor Harrisburg llegó a casa y se encontró una nota intercalada en la libreta del banco. La libreta indicaba que la señora Harrisburg había retirado todos los fondos de la cuenta, salvo diez dólares, y en la nota le decía que se había ido con un hombre con el que solía verse por las tardes. «Tendría que haber hecho esto hace cuatro años», había escrito la señora Harrisburg. El señor Harrisburg se fue a la cocina, donde descubrió que ni siquiera le había dejado un poco de ginebra.




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