O.
Henry
(William Sydney Porter)
(North Carolina, 1862 -
New York, 1910)
El tiro por la culata (1905)
(“Proof of the Pudding”)
Originalmente publicado, como “The Dog and the Playlet”,
en New York World Sunday Magazine (9 de julio de 1905);
reimpreso en Waifs and Strays (1917), págs. 90-96;
reescrito como “Proof of the Pudding”, y publicado en
Strictly Business
(Nueva York: Doubleday, Page & Company, 1910, 310 págs.)
La primavera le hizo un guiño vítreo al editor
Westbrook, del Minerva Magazine, y le desvió de su camino. Había
comido en su rincón favorito de un hotel de Broadway; y se disponía a regresar
a la oficina cuando sus pies se vieron atrapados por el señuelo de la primavera
coqueta. Lo cual viene a significar que torció hacia el este de la calle
Veintiséis, vadeó sin peligro el torrente de vehículos de la Quinta Avenida, y
empezó a deambular por las aceras de Madison Square, cuajada de brotes.
El aire indulgente y el marco natural que
ofrecía el pequeño parque casi formaban una pastoral; el color protagonista era
el verde, la sombra que preside la creación del hombre y la vegetación.
La hierba tierna que crecía entre los. paseos
tenía un color verde gris, un verde venenoso con reminiscencias de la horda de
abandonados seres humanos que habían respirado contra el suelo durante el
verano y el otoño. Los brotes en eclosión de los árboles les resultaban
extrañamente familiares a todos aquellos que habían estado herborizando entre
la guarnición del plato de pescado de una comida de cuarenta centavos. El cielo
tenía ese tinte pálido de agua marina que los poetastros suelen rimar con baúl,
Raúl y abedul. El único color visible realmente franco y natural era el
ostensible verde de los bancos recién pintados, un tono que era una mezcla de
pepino en conserva y el negro indeleble de una gabardina del año pasado. Pero
para el ojo urbano del editor Westbrook el paisaje era una obra de arte.
Y ahora, tanto si son ustedes de los que
acostumbran entrar precipitadamente como s: pertenecen al apacible grupo de los
que temen pisotear, habrán de seguirme en una breve invasión en la mente del
editor.
El espíritu del editor Westbrook estaba
satisfecho y sereno. El número de abril de Minerva había agotado la
edición antes del día diez. Un vendedor de revistas de Keokuk le había escrito
diciendo que habría podido vender cincuenta ejemplares más si los hubiese
tenido. Los propietarios de la revista le habían subido el sueldo,
acababa de instalar en su casa una joya de cocinera recién importada a la que
asustaban los policías, y los periódicos de la mañana habían publicado íntegro
el discurso que había pronunciado en un banquete de editores. También quedaban en
su mente ecos de las jubilosas notas de la espléndida canción que su
encantadora y joven esposa le había dedicado antes de abandonar aquella mañana
su apartamento de la parte norte de la ciudad. Cuando la hubo felicitado por
los progresos de su voz, ella le dio un abrazo de pura alegría ante la
alabanza. Sentía, asimismo, el benigno y tónico medicamento que la experta
enfermera Primavera hacía deslizarse suavemente por todos los distritos de la
ciudad convaleciente.
Cuando el editor Westbrook iba paseando
plácidamente entre las hileras de bancos del parque (llenos ya de vagabundos y
de los guardianes de la infancia sin ley) sintió que le agarraban por la manga.
Sospechando que se trataba de alguien que iba a pedirle limosna, se volvió con
un rostro frío y poco prometedor, y pudo ver que su aprehensor era...
Dawe, Shackleford Dawe, deslustrado, casi andrajoso, y con su hidalga estirpe
apenas visible a través de los mucho más notorios rasgos de su pobreza.
Mientras el editor empieza a salir de su
asombro, vamos a ofrecerles una biografía relámpago de Dawe.
Era escritor de ficción, y uno de los viejos
conocidos de Westbrook. En una época podrían haberse llamado el uno al otro
viejos amigos. Dawe tenía algo de dinero por aquellos tiempos, y vivía en una
decente casa de apartamentos cerca de la de Westbrook. Las dos familias iban
con frecuencia a cenar juntas y al teatro. Mistress Dawe y mistress Westbrook
se hicieron amigas íntimas. Hasta que un día un pequeño tentáculo del pulpo,
sólo para divertirse, engulló el capital de Dawe, que se tuvo que trasladar al
barrio de Gramercy Park, donde, por unas pocas monedas a la semana, puede uno
sentarse sobre el propio baúl bajo candelabros de ocho brazos y frente a
chimeneas de mármol de Carrara y contemplar cómo juegan los ratones por el
suelo. Dawe pensó en vivir escribiendo novelas. De vez en cuando vendía un
cuento. Fueron muchos los que presentó al criterio de Westbrook. Minerva publicó
uno o dos, y el resto le fueron devueltos. Westbrook enviaba una cuidadosa y
concienzuda carta personal con cada uno de los manuscritos rechazados,
puntualizando con detalle sus razones para no considerarlo publicable. El
editor Westbrook tenía su personal y clara concepción acerca de lo que
constituía la buena literatura. También la tenía Dawe. Mistress Dawe, sin
embargo, se preocupaba fundamentalmente por los ingredientes de los escasos
platos de comida que se ingeniaba para preparar. Un día Dawe le había estado
echando una perorata acerca de las excelencias de ciertos escritores franceses.
A la hora de cenar se sentaron frente a un plato que un colegial hambriento
podría haber engullido de un solo bocado y Dawe hizo una observación.
—Es picadillo a lo Maupassant —dijo mistress
Dawe—. Tal vez no sería arte, pero me encantaría que hicieses un serial de
cinco platos estilo Marion Crawford, con un soneto a lo Ella Wheeler Wilcox
como postre. Tengo hambre.
Tan lejos como esto estaba Shackleford Dawe del
éxito cuando agarró al editor Westbrook por la manga en Madison Square. Era la
primera vez en varios meses que el editor veía a Dawe.
—Pero bueno, Dawe, ¿eres tú? —dijo Westbrook con
cierta torpeza, ya que la estructura de su frase parecía una alusión a la
cambiada apariencia de su amigo.
—Siéntate un minuto —rogó Dawe, tirándole de la
manga—. Esta es mi oficina. No puedo ir a la tuya con el aspecto que tengo.
Pero siéntate, ¡no te vas a morir! Esos pájaros medio desplumados que hay en
los otros bancos te tomarán por un ladronzuelo elegante. No podrán sospechar
que no eres más que un editor.
—¿Quieres fumar, Shack? —preguntó el editor
Westbrook, sentándose con precaución en el virulento banco verde.
Siempre cedía con elegancia cuando cedía. Dawe
se lanzó sobre el puro que le ofrecía su amigo como un martín pescador se
precipita sobre una perca, o una muchacha sobre la crema de chocolate.
—Sólo dispongo de... —empezó a decir el editor.
—Sí, ya lo sé, no sigas —dijo Dawe—. Dame una
cerilla. Sólo dispones de diez minutos libres. ¿Cómo es que has logrado burlar
a mi secretario e invadir mi santuario? Míralo, ahí va ahora mismo, tirándole
la porra a un chucho que no sabe leer el letrero de «No pisar el césped».
—¿Cómo van tus escritos? —preguntó Westbrook.
—Mírame —dijo Dawe— y tendrás la respuesta. Y no
se te ocurra adoptar esa embarazosa mirada amistosa —pero—, honesta y
preguntarme por qué no me coloco como agente de venta de vinos o como taxista.
Voy a luchar hasta el final. Sé que mi literatura es buena y acabaré logrando
que lo admitan sea como sea. Os haré cambiar las letras de «lo sentimos» por las
de «che-que» antes de acabar definitivamente con vosotros.
El editor Westbrook le miraba a través de sus
quevedos con una expresión omnisciente, compasiva y escéptica de dulce
conmiseración. La expresión copyright del editor bajo el asedio del
colaborador rechazado.
—¿Has leído el último cuento que te mandé, «El
alarido del alma»? —preguntó Dawe. —Escrupulosamente. Es una historia que me
hizo pensar. Tenía algunos puntos buenos. Te había empezado a escribir una
carta para enviártela junto con el original. Siento que...
—Deja a un lado las disculpas —dijo Dawe con
severidad—. Ya no sirven ni de bálsamo ni de aguijón. Lo único que quiero saber
es por qué. Y ahora empieza, primero, los puntos buenos.
—La historia —dijo deliberadamente Westbrook
después de contener un suspiro— tiene un argumento bastante original. La
caracterización es la mejor que has hecho. La construcción casi igual de buena,
algunos nexos un poco débiles que podrían fortalecerse con unos cuantos cambios
y retoques. Es una buena historia, pero...
—Sé escribir en inglés, ¿no? —interrumpió Dawe.
—Siempre te he dicho —dijo el editor— que tenías
un estilo.
—Entonces el problema es...
—El mismo de siempre —admitió el editor
Westbrook—. Trabajas tus relatos hasta llegar al clímax como un auténtico
artista. Y entonces te conviertes de repente en un fotógrafo. No sé cuál es la
obstinada locura que se ha apoderado de ti, Shack, pero eso es lo que pasa con
todo lo que escribes. Pero no, me desdigo de mi comparación con un fotógrafo.
De vez en cuando, la fotografía, a pesar de su perspectiva imposible, se las
arregla para captar un fugaz atisbo de la verdad. Pero tú echas a perder todos
los desenlaces con esos toques grises, planos y destructivos de tu pincel, de
los que con tanta frecuencia me he lamentado. Si alcanzaras la cumbre literaria
de tus escenas dramáticas, y las pintaras con los colores que el arte requiere,
el cartero dejaría menos sobres abultados y devueltos en el umbral de tu
puerta.
—¡Violines y candilejas! —exclamó burlonamente
Dawe—. Todavía tienes la cabeza llena de virutas de ese viejo drama de serrín.
Cuando el hombre del bigote negro rapta a Bessie, la de los cabellos de oro, tú
arrodillarías a la madre y la harías exclamar bajo la luz de los focos: «¡Pongo
al cielo por testigo de que no hallaré reposo, ni de día ni de noche, hasta que
el desalmado villano que me ha robado a mi niña sienta sobre sí el peso de la
venganza de una madre!»
El editor Westbrook concedió una sonrisa de
impermeable complacencia.
—Creo —dijo— que en la vida real la mujer se
expresaría en estos términos o en otros muy semejantes.
—Ni en mil noches transcurridas en cualquier
lugar del mundo diría algo semejante, a no ser sobre las tablas de un escenario
—dijo Dawe con calor—. Te voy a explicar lo que diría en la vida real. Diría:
«¿Cómo? ¿Que a Bessie se la ha llevado un extraño? ¡Virgen Santísima! ¡No
salimos de problemas! Tráeme el otro sombrero, tengo que ir corriendo a la
comisaría. Pero ¿por qué no había nadie vigilándola? ¿Se puede saber? Por el
amor de Dios, quítate del medio o no acabaré nunca de arreglarme. Ese sombrero
no, el marrón con lazos de terciopelo. Bessie se ha debido de volver loca;
suele ser muy tímida con los extraños. ¿Me he puesto demasiados polvos? ¡Ay,
Dios mío, qué preocupada estoy!»
»Así es como hablaría —prosiguió Dawe—. En la
vida real, la gente no vuela a las alturas de la épica y el verso libre en las
crisis emocionales. Simplemente, no pueden. Si es que dicen algo en semejantes
casos, utilizan el lenguaje de todos los días, y embrollan las palabras y las
ideas un poco más, y eso es todo.
—Shack —dijo el editor Westbrook deseoso de
causar una impresión—, ¿has recogido alguna vez de debajo de las ruedas de un
tranvía el cuerpo mutilado y sin vida de una criatura, y lo has llevado en tus
brazos hasta los pies de la enloquecida madre? ¿Has hecho eso alguna vez y oído
las palabras de dolor y desesperación, tal como fluían espontáneamente de sus
labios?
—No, nunca —dijo Dawe—. ¿Lo has hecho tú?
—Bueno, tampoco —admitió el editor Westbrook,
frunciendo ligeramente el ceño—. Pero puedo imaginarme perfectamente lo que
diría.
—Yo también —aseguró Dawe.
Y ahora había llegado el momento de que el
editor Westbrook hiciera de oráculo y obligase a callar a su terco colaborador.
No podía ser que un literato fracasado dictase las palabras que habían de ser
pronunciadas por los héroes y heroínas del Minerva Magazine, contradiciendo
las teorías del editor de la misma.
—Mi querido Shack —dijo—, si sé algo de la vida
es que todas y cada una de las emociones, súbitas, trágicas y profundas del
corazón humano reclaman de inmediato una expresión del sentimiento oportuna,
adecuada, concordante y proporcionada. Qué parte de este inevitable acuerdo
entre la expresión y el sentimiento ha de serle atribuida a la naturaleza, y
cuál a la influencia del arte, es algo difícil de saber. El terrible y sublime
rugido de la leona a la que le han sido arrebatados los cachorros está tan por
encima de sus habituales quejidos y ronroneos como por encima están las majestuosas
y trascendentes exclamaciones del rey Lear del nivel de sus delirios seniles.
Pero también es cierto que todos los hombres y mujeres poseen lo que podría
llamarse un sentido dramático subconsciente que se despierta ante una emoción
lo suficientemente profunda y poderosa; un sentido adquirido inconscientemente
de la literatura y el teatro, que les impulsa a expresar tales emociones en un
lenguaje acorde con su importancia y su valor histriónico.
—Y en nombre de las siete monturas sagradas de
Sagitario, ¿de dónde aprendieron sus trucos la literatura y el teatro?
—preguntó Dawe.
—De la vida— contestó el editor, triunfante.
El escritor se levantó del banco y gesticuló con
elocuencia pero en silencio. Se había quedado sin palabras con las que formular
adecuadamente su desacuerdo.
En un banco cercano, un sucio vagabundo abrió
sus ojos enrojecidos y se percató de que su apoyo moral se lo debía a un
hermano derrotado.
—Pégale un puñetazo, Shack —le gritó a Dawe con
voz ronca—. ¿Es que se ha creído que puede venir a meter ese escándalo,
molestando a los caballeros que vienen a la plaza a tumbarse y pensar?
El editor Westbrook miró el reloj con un gesto
afectado de despreocupación.
—Dime —preguntó Dawe con truculenta ansiedad—,
¿cuáles fueron los defectos específicos de «El alarido del alma» que te
hicieron rechazarlo?
—Cuando Gabriel Murray —dijo Westbrook— coge el
teléfono y le comunican que su novia ha sido asesinada a tiros por un ladrón,
dice... No me acuerdo de las palabras exactas, pero...
—Yo sí —dijo Dawe—. Dice: «¡Maldita centralita,
siempre me corta!» Y luego, dirigiéndose a su amigo: «Oye, Tommy, ¿una bala del
treinta y dos hace un agujero muy grande? Vaya una suerte perra, ¿no crees?
¿Puedes servirme una copa de ese aparador? No, solo; no le pongas nada.»
—Y también —continuó Westbrook, sin dar tregua
para la discusión—, cuando Berenice abre la carta de su marido en la que le
informa de que ha huido con la manicura, sus palabras son... Déjame que
piense...
—Dice —intervino el autor—: «Vaya, ¿qué te parece?»
—Palabras absurdas e inapropiadas —opinó
Westbrook— que sólo consiguen producir un anticlímax, precipitando
inevitablemente la historia de lo sublime a lo trivial. Peor aún, son un falso
espejo de la vida. Ningún ser humano ha pronunciado jamás banales
coloquialismos al verse enfrentado súbitamente a la tragedia.
—Falso —dijo Dawe, cerrando tercamente sus
mandíbulas sin afeitar—. Yo digo que ningún hombre ni mujer ha pronunciado
jamás palabras altisonantes cuando se ven frente a un verdadero clímax. Hablan
normalmente, e incluso un poco peor
El editor se levantó del banco con aquel aire
suyo de indulgencia y secreto confidencial. —Dime, Westbrook —insistió Dawe,
agarrándole por la solapa—, ¿habrías aceptado «El alarido del alma» si hubieses
creído que las acciones y palabras de sus personajes eran fieles a la vida en
las partes de la historia que estamos discutiendo?
—Es muy probable que sí, si así lo creyese —dijo
el editor—. Pero ya te he explicado que no lo creo.
—¿Y si pudiese demostrar que tengo razón?
—Lo siento, Shack, pero me temo que no tengo
tiempo ahora para seguir discutiendo.
—No quiero discutir —dijo Dawe—. Quiero
demostrarte a partir de la vida misma que mi punto de vista es el correcto.
—¿Y cómo podrás hacerlo? —preguntó Westbrook con
tono de sorpresa.
—Escucha —dijo con seriedad el escritor—. Se me
ha ocurrido una manera. Para mí es muy importante que la teoría de la ficción
real–como–la–vida–misma sea reconocida como correcta por las revistas. He
estado tres años luchando por ello, me he gastado ya mi último dólar, y debo
dos meses de alquiler.
—Yo he seguido la teoría contraria a la tuya
—dijo el editor— en la selección de relatos para el Minerva Magazine. La
tirada ha subido de noventa mil a...
—Cuatrocientos mil —completó Dawe—. Cuando podría
haberse disparado hasta alcanzar el millón.
—Acabas de decirme no sé qué acerca de que ibas
a demostrarme tu querida teoría.
—Lo haré. Si me concedes media hora de tu
tiempo. Te demostraré que tengo razón. Te lo demostraré con ayuda de Louise.
—¡Tu mujer! —exclamó Westbrook—. ¿Y cómo?
—Bueno, no exactamente con ayuda de Louise, sino
con ella —explicó Dawe—. Tú sabes lo leal y cariñosa que ha sido siempre
Louise. Cree que soy el único producto genuino del mercado que lleva la firma
del viejo doctor. Se ha mostrado más entregada y fiel que nunca desde que me ha
sido destinado el papel de genio incomprendido.
—Es, ciertamente, una encantadora y admirable
compañera para la vida —asintió el editor—. Me acuerdo de lo inseparables
amigas que eran ella y mistress Westbrook hace tiempo. Los dos hemos tenido
suerte, Shack, al encontrar esas esposas. Tienes que traer alguna noche a
mistress Dawe para una de esas cenas informales a base de escalfados que tanto
solían divertirnos.
—Más adelante —dijó Dawe—. Cuando tenga una
camisa nueva. Y ahora voy a contarte mi plan. Cuando estaba a punto de irme de
casa después de desayunar, si es que se le puede llamar desayuno a un té con
harina de avena, Louise me dijo que iba a visitar a su tía en la calle Ochenta
y Nueve. Dijo que volvería a casa a las tres. Siempre llega puntual. Ahora
son...
Dawe le echó una mirada al reloj de bolsillo del
editor.
—Las tres menos veintisiete —dijo Westbrook,
consultando el cronómetro.
—Tenemos el tiempo justo —anunció Dawe—. Iremos
a mi piso inmediatamente. Yo escribiré una nota dirigida a ella y la dejaré
sobre la mesa, donde podrá verla nada más entrar. Tú y yo estaremos en el
comedor ocultos tras la puerta. En la nota le diré que la he abandonado para
marcharme con alguien que comprende las necesidades de mi alma de artista como
ella jamás las comprendió. Cuando la lea, observaremos sus acciones y
escucharemos. sus palabras. Entonces sabremos cuál es la teoría correcta, si la
tuya o la mía.
—¡Nunca! —exclamó el editor sacudiendo la cabeza—.
Sería imperdonablemente cruel. No consentiré que se juegue de ese modo con los
sentimientos de mistress Dawe.
—Anímate —dijo el escritor—. Creo que yo tengo
de ella tan buena opinión como puedas tener tú. Es por su bien tanto como por
el mío. Tengo que hacerme con un mercado para mis cuentos como sea. A Louise no
le herirá. Es sana y fuerte. Su corazón es tan resistente como un reloj de
noventa y ocho centavos. Sólo durará un minuto, y luego saldré y se lo
explicaré todo. Debes darme esa oportunidad, Westbrook, me la tienes que dar.
El editor Westbrook acabó cediendo, aunque
convencido a medias. Y en la mitad de su ser que consintió se escondía el
vivisector que todos tenemos dentro. Que aquel que no haya usado el escalpelo
tire la primera piedra. Lástima que no haya suficientes conejos y cobayas para
experimentar.
Los dos experimentadores de Arte abandonaron la
plaza y se dirigieron a toda prisa hacia el este y luego hacia el sur, hasta
que llegaron al barrio de Gramercy. Tras las altas verjas de hierro, el pequeño
parque se había puesto su elegante chaqueta de verde primaveral, y se estaba
contemplando en el espejo de la fuente. Más allá de la verja, el sepulcral
cuadrado de casas descascarilladas, cáscaras de una burguesía venida a menos,
parecía inclinarse como en un fantasmal cuchicheo que hablase de las olvidadas
hazañas del esplendor perdido. Sic transit gloria urbis.
A una o dos manzanas al norte del parque, Dawe
condujo al editor hacia el este, y luego, después de cubrir una corta
distancia, llegaron a una casa de pisos elevada y estrecha, oprimida por el
peso de una fachada de decoración floridamente recargada. Subieron a toda prisa
al quinto piso, y Dawe, jadeando, metió el llavín en la cerradura de una de las
puertas de los pisos de la parte anterior.
Cuando se abrió la puerta, el editor Westbrook
pudo ver, son un sentimiento de piedad, el humilde y austero amueblado de —las
habitaciones.
—Coge una silla, si es que la encuentras —dijo
Dawe—, mientras yo busco pluma y papel. Pero ¿esto qué es? Aquí hay una nota de
Louise. Debió dejarla esta mañana al salir de casa.
Dawe cogió un sobre que yacía sobre la mesa
central y lo rasgó. Empezó a leer la carta que sacó de él, y como hubiese
empezado a hacerlo en voz alta la siguió leyendo así hasta el final. Estas son
las palabras que escuchó el editor Westbrook:
Querido Shackleford:
Cuando recibas esta carta estaré a cien millas
de distancia y alejándome más aún. He conseguido un puesto en el coro de la
Compañía Occidental de Opera, y hoy nos ponemos en camino a las doce en punto.
No quería morirme de hambre, así que he decidido ganarme la vida por mi cuenta.
No pienso volver. Mistress Westbrook se viene conmigo. Dice que estaba ya
cansada de vivir con una combinación de fonógrafo, iceberg y diccionario, y tampoco
piensa regresar. Hemos estado practicando las canciones y los bailes a
escondidas durante dos meses. Espero que tengas éxito, y salgas adelante.
Adiós.
Louise
Dawe dejó caer la carta, se cubrió el rostro con
temblorosas manos, y exclamó con una voz profunda y vibrante:
—¡Oh, Dios mío!
¿Cómo has podido darme a beber de este cáliz? Puesto que ella ha sido desleal,
¡haz que los más preciados dones de tu Cielo, la fe y el amor, se conviertan en
los proverbios burlones de traidores y desalmados!
Las gafas del editor Westbrook se cayeron al
suelo. Los dedos de una de sus manos manoseaban uno de los botones de su
chaqueta al tiempo que dejaban salir estas palabras de sus labios pálidos:
—Oye, Shack, ¿no te parece una nota
repugnante? ¿No te ha dejado seco, Shack? ¿No es asqueroso?
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