O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


Ni rastro del fantasma (1903)
[Otro título en español: “El espectro de una posibilidad”]

(“A Ghost of a Chance”)
Originalmente publicado en la revista The Smart Set,
Vol. IX, Núm. 1 (enero de 1903), págs. 101-105;
Sixes and Sevens
(Garden City: Doubleday, Doran & Co., 1911, 367 págs.), págs. 3-20.



      La señora Kinsolving dijo, patética:
       —Y llevaba un saco al hombro.
       La señora Bellamy Bellmore enarcó, comprensiva, las cejas. Así expresaba condolencia y una generosa cantidad de sorpresa.
       La señora Kinsolving recapituló:
       —Afirmar, como esa mujer hace, que vio un fantasma vestido con mono, fumando una pipa y con un saco al hombro indica verdadera malignidad. ¡Y en nuestro mejor cuarto de invitados! Jamás un Kinsolving ha llevado un saco. Todos sabemos que el padre de mi marido se enriqueció en la profesión de contratista de obras, pero jamás trabajó con sus propias manos. Construyó esta casa, mas nunca empuñó una herramienta. No sé a qué viene semejante maldad.
       La señora Bellmore contempló la habitación, ornada en dorado y lila.
       —Verdaderamente, la cosa es rara. Y precisamente en esta habitación... Yo no temo a los fantasmas y no divulgaré la historia. Los fantasmas familiares son cosa muy interesante. Pero el lance me parece poco verosímil. No hubiera creído tal cosa en la señora Fischer-Suymkins. ¿Por qué un fantasma había de andar con un saco, por ejemplo, de ladrillos, en una villa de mármol y piedra? Temo que nuestra amiga empiece a chochear. Los años...
       La señora Kinsolving continuó:
       —Esta casa fue construida sobre el emplazamiento de otra, más antigua, durante la revolución. No sería extraño que albergase un fantasma. Hubo un capitán Kinsolving que luchó en el ejército del general Greene, aunque no haya documentos que lo acrediten. En todo caso, sería un fantasma familiar el que aquí se viera, pero no un ladrillero.
       La Bellmore concordó:
       —Eso ya es más razonable. No obstante, los espectros son arbitrarios y desconsiderados. Como el amor, “se engendran por los ojos”. Una de las ventajas de los que ven fantasmas es que no se les puede demostrar que yerran. Además, un ojo maligno puede confundir con un saco una mochila revolucionaria. No se preocupe, señora Kinsolving. Mochila debió ser y no saco.
       La Kinsolving dijo, inconsolable:
       —Pero ella lo ha contado a todos. Y eso del mono y la pipa...
       La Bellmore reprimió un bostezo.
       —No se disguste, mujer. —Y llamó—: Prepáreme el baño, Felicia. ¿Comen ustedes a las siete, señora Kinsolving? Ha sido usted muy bondadosa al dedicarme este rato de plática antes de la comida. Me agradan estas ocurrencias de vez en cuando. Se tiene la impresión de que está uno como en su casa. Y ahora perdóneme, pero tengo que vestirme. Soy tan perezosa que todo lo aplazo hasta el último momento.
       La señora Fischer-Suymkins había sido la primera ciruela que los Kinsolving extrajeran de la empanada social. Durante mucho tiempo aquella empanada había permanecido en un anaquel muy alto. Pero, entre decisión y dinero, se la había hecho descender.
       La Fischer-Suymkins era como el heliógrafo de la vida social. Sus acciones e ingenio transmitían siempre las últimas novedades del gran mundo. Su fama e importancia no la obligaban a hacerse notable por sus originalidades. Mas a la sazón empezaba a tener que acreditarlas. La edad madura a había, incongruentemente, venido a presidir su nuevo modo de ser. Los periódicos sensacionalistas ya no le dedicaban una página, sino sólo dos columnas. Su ingenio se tornaba cáustico y sus modales eran más crudos y agresivos, como si sintiese la egregia necesidad de establecer una autocracia despreciando las convencionalidades que ligan a los potentados menores.
       Por presión de los Kinsolving había accedido a honrarles la casa con su presencia por un día y una noche. Y se vengaba con la sarcástica ocurrencia de hablar de un fantasma con un saco. La señora Kinsolving, entusiasmada por verse en el centro del mundo elegante, había sufrido una gran decepción con aquella salida. Todos habían reído del lance, o simpatizado con él, y no había mucho ni muy bueno que elegir entre aquellos dos modos de expresión.
       Pero más tarde la señora Kinsolving supo rehacerse al conseguir un segundo y más importante trofeo.
       La Bellamy Bellmore aceptó una invitación para pasar tres días en Clifftop. La señora Bellmore era una de las jóvenes matronas cuyo linaje, belleza y riqueza la colocaban en un lugar predilecto del santuario de la buena sociedad. Tuvo la generosidad de dar a la señora Kinsolving el espaldarazo que la Kinsolving necesitaba. A la vez ello le permitía acercarse a Terencio.
       Terencio era el hijo de la señora Kinsolving. Tenía veintinueve años, buena apariencia y dos o tres misteriosas y atractivas cualidades. Una, la de querer mucho a su madre, cosa que por sí sola merecía aprecio. Además, hablaba muy poco, ora por seriedad o por timidez. Y como la señora Bellmore no sabía de qué se trataba, sentíase atraída por Terencio. Pensaba estudiarle algo más a fondo. Si le hallaba tímido, prescindiría de él, porque la timidez es fatigosa. Y si era serio, le abandonaría también, porque todo lo serio se tiene en precario.
       La tarde del tercer día de estancia de la Bellmore, Terencio la encontró examinando un álbum.
       —Ha sido usted muy amable al atender nuestra invitación —dijo—. Ya sabrá usted que la Fischer no se ha marchado sin barrenar el barco. Y la barrena ha sido un saco. Mi madre está muy disgustada. Convendría que usted, antes de irse, viera un fantasma con una corona de noble y un talonario de cheques bajo el brazo.
       —No está bien propalar historias así —repuso la Bellmore—. Quizás una digestión demasiado trabajosa... Pero me parece que la madre de usted no puede tomar esas cosas en serio.
       —Creo que sí las toma —dijo Terencio—. Y cuantos ladrillos pudiera haber en el saco parecen haberle dado en la cabeza. Mi madre es muy buena y no me agrada que se disguste. Es de desear que el fantasma pertenezca al sindicato de la construcción y que se declare en huelga. Si no, no tendremos paz en la familia.
       La señora Bellmore dijo, pensativa:
       —Pues yo duermo en la habitación del fantasma. Pero no me propongo cambiar de cuarto. ¿Quiere de verdad que invente una especie de contrahistoria, de tipo aristocrático? Lo haría con gusto, pero se vería demasiado el propósito que me anima.
       Terencio se pasó dos dedos por el moreno cabello.
       —Sí, sería raro ver ahora el fantasma sin saco ni mono. Claro que si llevara el saco cargado de oro... De ese modo un degradante trabajo se elevaría al terreno de lo financiero. Eso parecería muy respetable.
       —Creo haber oído a su mamá que uno de los antepasados de ustedes luchó contra los ingleses...
       —Sí, creo que sí. Con los continentales. Para mí eso no tiene importancia alguna. Pero mamá ama la pompa, la heráldica y los fuegos de artificio, y deseo verla contenta.
       La señora Bellmore se recogió la falda.
       —Es usted un buen hijo, Terencio. Siéntese a mi lado y veamos este álbum, como era costumbre hacer veinte años atrás. Dígame quién es este caballero recortado sobre el horizonte y apoyado en una columna corintia.
       Terencio alargó la cabeza.
       —¿Este tipo de los pies grandes? Es nuestro tío O’Brannigan. Tenía una tienda en el Bowery.
       —Siéntese, Terencio. Si no me obedece, mañana contaré que he visto un fantasma con un delantal y un barril de cerveza al hombro. Y no sea tímido. A su edad eso debiera ruborizarle.


       El último día de su estancia en la casa, la señora Bellmore, a la hora del desayuno, pasmó a todos anunciando positivamente que había visto el fantasma.
       —¿Y con el... el...? —exclamó la señora Kinsolving, sin aliento.
       —¿El saco? No.
       Se produjo un coro de interrogantes.
       —¿Se asustó mucho?
       —¿Cómo era el fantasma?
       —¿Cómo vestía?
       —¿Le habló?
       —¿No gritó usted?
       La señora Bellmore dijo, heroica:
       —Procuraré contestar a todo, aunque de momento no tengo más que mucho apetito. Desperté no sé si oyendo ruido o percibiendo un contacto. Y vi el fantasma. Siempre duermo sin luz, pero lo vi claramente. Y no soñaba. Era un hombre alto, vestido de blanco de pies a cabeza. Se ataviaba según el estilo de los días coloniales, con cabello empolvado, encajes y espada. Parecía luminoso e intangible en la oscuridad y se movía sin ruido. Me asusté, o más bien quedé sobresaltada. Es la primera vez que veo un fantasma. No me habló. Yo no grité. Me incorporé sobre un codo y el espectro se acercó a la puerta y desapareció.
       La señora Kinsolving se sentía en el séptimo cielo.
       —Me hace usted una descripción —dijo— que corresponde a la de nuestro antepasado el capitán Kinsolving, que sirvió en el ejército de Greene.
       Su voz temblaba de complacido orgullo.
       —Tengo que pedirle perdón por la molestia que le ha causado ese fantasma de familia —añadió—. Seguramente turbó su reposo.
       Terencio dirigió a su madre una sonrisa de complacida satisfacción. Al fin y al cabo la señora Kinsolving se sentía feliz y a él nada existía que le satisficiera más.
       La señora Bellmore, que comía el desayuno con apetito, expresó:
       —Seguramente debiera avergonzarme el confesar que no me sentí muy conturbada. Creo que debí hacer lo acostumbrado, o sea desmayarme y gritar y hacer que todo el mundo se levantara en paños menores. Pero en realidad no me atrajo la idea de provocar un pánico, y eso lo pensé tan pronto como pasó mi primer momento de alarma. El fantasma hizo mutis prudente y silenciosamente, y pude volver a dormirme.
       Cuantos escuchaban aceptaron la historia de la Bellmore como una adecuada contraposición, hecha con la mejor de las intenciones, de la narración de la Fischer-Suymkins. Pero uno o dos de los presentes notaron que las palabras de la Bellmore sonaban con el acento de una auténtica convicción. La más sincera veracidad parecía presidir sus palabras. Hasta quien se burlaba de los fantasmas por sistema había de admitir, si era un hombre observador, que la Bellmore, en sueños por lo menos, había visto al singular visitante.
       Poco rato después la doncella de la señora Bellmore comenzó a hacer el equipaje. El automóvil las llevaría en dos horas a la estación.
       Mientras Terencio paseaba por la explanada que miraba al este, la señora Bellmore se le acercó. Tenía un singular centelleo en los ojos.
       —No he querido hablar a los demás de ello —dijo—, pero en cierto modo es usted responsable de la aparición de ese fantasma. ¿No se le ocurre por qué causa pudo visitarme anoche?
       Terencio meditó y repuso:
       —¿Arrastraba cadenas? ¿Emitió algún gemido? Generalmente los espectros suelen efectuar una de esas cosas.
       La señora Bellmore preguntó con extraña indiferencia:
       —¿Sabe si por casualidad me parezco a alguna allegada del original capitán Kinsolving?
       Terencio asumió un aspecto extremadamente desconcertado.
       —No, que yo sepa —dijo—. No hay noticia alguna de que las mujeres de nuestra familia poseyeran una belleza notable.
       La señora Bellmore miró gravemente al joven a los ojos.
       —Entonces no comprendo por qué ese fantasma me besó, como estoy segura de que lo hizo.
       Terencio, en su asombro, abrió mucho los ojos.
       —¡Cielos! —exclamó—. ¡No es posible, señora! ¿Está usted segura?
       —Lo estoy —insistió ella—, y es de desear que fuera un fantasma y no un ente personal el que lo hizo.
       —¿Y por qué me hace responsable a mí?
       —Porque es usted el único varón que desciende del muerto.
       —Desde luego, y ya hace tres o cuatro generaciones. Pero ¿tiene usted la evidencia de que...? Bueno, ya sabe...
       —No sé cómo no voy a tenerla. Estaba dormida y me siento casi segura de que fue eso lo que me despertó.
       —¿Casi?
       —Desperté precisamente cuando... Pero ya me entiende. Cuando una despierta de repente no está segura de haber soñado o de... Y, sin embargo, se sabe bien lo que ha sucedido. —Y agregó—: ¡Dios mío, Terencio! ¿Voy a tener que describir las sensaciones más primarias para amoldarme a lo exageradamente práctico de su inteligencia?
       Terencio respondió, con humildad:
       —En materia de besar fantasmas le aseguro que necesito la instrucción más elemental. Nunca he besado a un fantasma. ¿Qué sensación...?
       —La sensación —dijo la señora Bellmore subrayando sus palabras con una sonrisa— fue (y se lo explico porque quiere usted instruirse) algo intermedio entre lo material y lo espiritual.
       Terencio se tornó repentinamente serio.
       —Debió usted sufrir un sueño o alucinación. Hoy no hay quien crea en los espíritus. Si ha contado usted una fábula y lo ha hecho por bondad de corazón, no sabe lo agradecido que le quedo. Mi madre se ha sentido superlativamente feliz. La idea de que se aparezca un militar revolucionario ha sido asombrosamente buena.
       La señora Bellmore dijo distraídamente:
       —Creo que ese hombre era muy tímido. Pudo repetir.
       —¿Otra batalla? —preguntó Terencio, siempre torpe.
       —¿A qué voy a referirme? Y ahora tengo que dejarle, porque el automóvil estará aquí dentro de una hora. Me he divertido mucho en Clifftop. ¡Y qué bella mañana hace hoy! ¿Verdad, Terencio?
       Mientras se dirigía a la estación, la señora Bellmore sacó del bolsillo un pañuelo de seda y lo miró, sonriendo. Luego lo ató con varios diferentes nudos y, en cuanto pudo hacerlo sin que la vieran, lo arrojó al precipicio a cuyo borde corría la carretera.
       En su cuarto, Terencio dio órdenes a Brooks, su criado.
       —Haz un paquete con todo eso —mandó— y llévalo a la dirección de esta tarjeta.
       La cual era de un sastre de Nueva York. Y “todo eso” era un traje de caballero del 76, de raso blanco, con hebillas de plata, medias blancas de seda y zapatos blancos de cabritilla.
       —Y busca, Brooks —añadió Terencio con cierta preocupación—, un pañuelo de seda que he debido dejar caer aquí y no encuentro en parte alguna.


      Un mes más tarde, en ocasión de que la señora Bellmore y un par de amigas suyas de la buena sociedad preparaban una lista de invitados para una expedición a Catskill, la señora Bellmore dirigió a la lista una última mirada de censura. Y, viendo el nombre de Terencio, Bellmore lo tachó con un trazo de lápiz.
       —Demasiado tímido —explicó con voz dulce.




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