O.
Henry
(William Sydney Porter)
(North Carolina, 1862 -
New York, 1910)
Magnetismo personal (1908)
(“Jeff Peters as a Personal Magnet”)
The Gentle Grafter: Short Stories
(Nueva York: McClure Phillips & Co.,, 1908, 235 págs.)
Jeff Peters estuvo metido en tantos planes
para hacer dinero como recetas para cocinar arroz hay en el pueblo de
Charleston.
La mejor de todas ellas, que a mí me gusta
oírle contar, es aquella de los días pasados, cuando vendía linimento y
remedios contra la tos en las esquinas, conviviendo con la gente, echando
suertes para jugarse la última moneda.
—Yo llegué a Fisher
Hill, Arkansas —cuenta—, con un traje de piel de ante, mocasines, pelo largo y
un anillo de diamante de 30 quilates que había obtenido de un actor, en
Texarcana. Nunca supe qué hizo con el cuchillo de bolsillo que le di en
trueque.
Yo era el doctor Waugh-hoo, el celebrado
médico hindú. Llevaba mi mejor apuesta por aquellos años, y esa era un licor amargo,
hecho de plantas que daban la vida (por eso el nombre de “Resurrección”) y unas
hierbas, descubiertas por accidente por Ta-qua-la, la hermosa esposa del Jefe
de la tribu de los Choctaw, mientras recogía hortalizas para decorar un plato
de perro hervido para la danza anual del maíz.
Los negocios no habían sido buenos en el
último pueblo, así que solamente tenía encima cinco dólares cuando fui al
droguero de Fisher Hill y él me acreditó por la mitad una gruesa de botellas de
ocho onzas y corchos. Yo tenía las etiquetas y los ingredientes en mi valija,
que había dejado en el último pueblo. La vida comenzó a presentarse, de nuevo,
color de rosa, cuando llegué a mi habitación de hotel y comencé a llenar, por
docenas, los frascos con los brebajes de la Resurrección.
¿Impostura? No, señor. Hubo dos dólares de
gasto en el extracto de quinina y uno más de anilina en esa media gruesa de
frascos. Estuve visitando pueblos años después y todavía encontraba tipos que
preguntaban por el producto.
Alquilé un carromato esa noche y comencé a
venderlos en la calle principal. Fisher Hill era un pueblo con malaria, y el
tónico antiescorbútico con un hipotético compuesto neumo-cardíaco era justo lo
que le diagnosticaba a la muchedumbre como necesidad perentoria. Los frascos
salían como pan dulce tostado en una cena de vegetarianos. Vendí dos docenas al
precio de cincuenta centavos de dólar cuando sentí que alguien tiraba de mi
traje. Sabía lo que eso quería decir: me bajé y deslicé un billete de cinco
dólares en la mano de un tipo que tenía una estrella de plata en su pechera.
—Alguacil, es una
linda noche.
—¿Tiene una licencia
de este pueblo para vender esta esencia falsa que usted disfraza bajo el nombre
de “medicina”? —preguntó.
—No la tengo —le
dije—. No sabía que ustedes tenían municipalidad. Si la encuentro mañana,
tomaré el permiso si eso es necesario.
—Tendré que
clausurarle hasta que lo haga —me dijo el alguacil.
Dejé de vender y regresé al hotel. Le conté
al hotelero lo que había sucedido.
—Oh, no le dejarán
hacer ninguna exhibición aquí. El doctor Hoskinks es el cuñado del alguacil, y
ellos no permiten que ningún falso doctor practique en el pueblo.
—Yo no practico
medicina —le dije—. Obtuve del Estado una licencia de buhonero, y sacaré un
permiso del pueblo si ellos lo requieren.
Fui a la oficina del alguacil a la mañana
siguiente, y me dijeron que no había llegado aún. No sabían cuándo lo haría.
Así que el doctor Waugh-hoo se sentó en una silla del hotel y ataviado
elegantemente, esperó.
En la silla de al lado, un joven con un
lazo azul me preguntó la hora.
—Las diez y media
—dije—, y usted es Andy Tucker. Lo he visto trabajar. ¿No fue el que impuso el
paquete “Gran Cupido” en el sur? Déjeme recordar, era un anillo con un engarce
de diamante chileno, un anillo de boda, un puré de patatas, una botella de miel
y a Dorothy Vernon... todo por cincuenta centavos.
Andy se sentía complacido de que yo
recordara. Era un excelente hombre de mundo. Era más que eso... él sentía
respeto por su profesión, y se sentía conforme con una ganancia del 30 por
ciento. Tenía numerosas ofertas para entrar en la droga y en el negocio de la
hierba, pero nunca se había dejado tentar fuera del camino recto.
Buscaba un socio, así que Andy y yo
convinimos en salir juntos. Le conté acerca de la situación en Fisher Hill, y
cómo las finanzas se agotaban por culpa de una mezcla de políticos y brebajes.
Andy había llegado en el tren de la mañana y también estaba escaso de fondos;
había llegado para anotar, por unos pocos dólares, a todo el pueblo en una
suscripción popular que era para construir un nuevo barco de guerra en Eureka
Springs. Por lo tanto, nos fuimos al porche y charlamos.
A las once de la mañana siguiente, estaba
sentado solo cuando un negro se acercó al hotel y preguntó por el doctor, para
que fuera a ver al Juez Banks que, según parece, era el alcalde y estaba
enfermo.
—No soy médico —le
dije—. ¿Por qué no vas a buscar al verdadero doctor?
—Jefe, el doctor
Hoskins se ha ido lejos, a veinte millas, para ver a los enfermos. Es el único
médico del pueblo, y el señor Banks se siente mal. Él me dijo que, por favor,
viniera a buscarlo.
—Lo voy a mirar pero
de hombre a hombre —dije.
Así que puse un frasco de los brebajes
amargos de la Resurrección en el bolsillo y me fui a las colinas, donde tenía
la mansión el alcalde, la casa más linda del pueblo, con techo a dos aguas y
una pareja de perros hechos en hierro exhibiéndose en el jardín.
Banks estaba en cama, todo arropado, y
hacía unos ruidos internos que habrían tenido a todo San Francisco corriendo
por los parques. Un joven estaba parado al lado de la cama con una taza de
agua.
—Doc —dijo el
alcalde—, estoy muy enfermo, a punto de morir. ¿Puede hacer algo por mí?
—Mayor, no soy un
discípulo de Esculapio. Nunca tomé un curso en una escuela de medicina. He
venido como amigo para ver si le puedo ser de utilidad.
—Le estoy muy
agradecido, Doctor Waugh-hoo, este es mi sobrino, Mr. Biddle. Ha tratado de
aliviarme, pero sin éxito. ¡Oh, señor! ¡Oh, oh, oh!
Le hice una reverencia a Mr. Biddle, me
acerqué a la cama y le tomé el pulso al Alcalde.
—Déjeme ver sus
pulmones... quiero decir su lengua —dije. Le levanté los párpados y miré las
pupilas.
—¿Cuánto hace que está
enfermo? —le pregunté.
—Caí en cama la última
noche —dijo el alcalde—. ¿Me dará algo para curarme, no es cierto, doc?
—Mr. Fiddle, levante
un poco la persiana.
—Biddle —dijo el
joven—. ¿Cree que podría comer algo de jamón y huevos, tío James?
—Señor Alcalde—le
comenté, auscultándole su hombro derecho y escuchando—. Ha tenido usted un
ataque de superinflamación de la clavícula derecha del clavicordio.
—¡Mi Dios! —exclamó el
alcalde, con un gesto—. ¿Puede hacer algo, colocarla en su lugar o lo que sea?
Tomé mi sombrero y rumbee para la puerta.
—¿No se irá, doctor?
—preguntó el alcalde, con un aullido—. ¿No se irá dejándome morir con este...
superfluido del clavicordio?
—Doctor Who-ha, la
humanidad debería impedirle desertar ante una persona en problemas —comentó Mr.
Biddle.
—No soy Who-ha sino el
doctor Waugh-hoo —le corregí—. Es para que no tenga dificultad —y caminé de
regreso a la cama tirando hacia atrás mi largo cabello.
—Señor alcalde —le
dije—. Hay una sola esperanza para usted. Las drogas no le harán bien. Pero hay
algo mucho más fuerte, aunque las drogas ya suelen ser fuertes.
—¿Y qué es eso?
—Demostraciones
científicas. El triunfo de la mente sobre la zarzaparrilla. La creencia es que
no hay dolor ni enfermedad, excepto cuando no nos sentimos bien. Lo declaro en
deuda. Demostración.
—¿Qué es toda esa parafernalia
que habla usted, doc? —preguntó el alcalde.
—Estoy hablando —le
dije— de la gran doctrina de la psiquis financiera... de la escuela iluminativa
a larga distancia, del tratamiento subconsciente de las falacias y
meningitis... del maravilloso deporte interior conocido como magnetismo
personal.
—¿Puede utilizar eso, Doc?
—Yo soy el único y
ostensible bombo del púlpito interior. El rengo camina y el ciego ve cuando
hago un pase de los que conozco. Soy un médium, soy un hipnotizador y un
controlador espiritual. En Ann Arbor, recientemente, el extinto presidente de
la compañía de viñedos Bitters pudo volver a la tierra para comunicarse con su
hija Jane a través de mí. Usted me encuentra ofreciendo medicina en las calles
a los pobres. No practico magnetismo personal con ellos.
—¿Tratará mi caso?
—Escuche —le dije—, he
tenido grandes problemas con las sociedades médicas. Yo no practico medicina.
Pero, para salvar su vida, le daré el tratamiento psíquico si usted, como
alcalde, no me presiona a que tengo que conseguir una licencia.
—Por supuesto que lo
haré —dijo él—. Y ahora póngase a trabajar, Doc, porque los dolores están
volviendo.
—Mis honorarios serán
250 dólares, con la cura garantizada en dos aplicaciones.
—Está bien —replicó el
alcalde—. Le pagaré. Supongo que mi vida tiene un precio mayor que eso.
Me senté en la cama y le miré directo a los
ojos.
—Ahora, quite su mente
de la enfermedad. Usted no está enfermo. Usted no tiene ni corazón ni clavícula
ni huesos ni cerebro ni nada. Usted no sufre de ningún dolor. Declare su error.
¿No siente que el dolor lo está abandonando?
—Me siento un poco
mejor, Doc —comentó el alcalde—. ¡Que me condenen si no lo estoy! Ahora,
prepare unos cuantos pases para que se me vaya la inflamación del costado, y
creo que ya podría levantarme y tomar algún caldo con algunas galletas.
Realicé unos pocos pases con mi mano.
—Bien, ahora la
inflamación se ha ido —dije—. El lóbulo derecho del perihelio ha disminuido.
Va a dormir. Usted no puede aguantar más
sus párpados. Por el momento, la enfermedad está controlada. Duérmase.
El alcalde cerró lentamente sus ojos y
comenzó a roncar.
—Observe, Mr. Tiddle
—le dije—. Es la maravilla de la ciencia moderna.
—Biddle —respondió
él—. Doctor Pooh-pooh ¿Cuándo le suministrará al tío el resto del tratamiento?
—Waugh-hoo —le
corregí—. Regresaré mañana a las once. Cuando despierte, dele ocho gotas de
trementina y un biftec de tres libras. Hasta mañana.
A la mañana siguiente, estuve de vuelta a
horario.
—Bien, Mr. Riddle —le
dije cuando abrió la puerta del dormitorio—, ¿y cómo está el tío esta mañana?
—Parece reestablecido
—contestó el joven.
El color y el pulso del alcalde eran
normales. Le di otro tratamiento de pases, y él me comentó que el dolor había
desaparecido.
—Es mejor que
permanezca en cama por un día o dos, y se encontrará curado. Ha sido una buena
cosa que yo estuviera en Fisher Hill, señor alcalde. Todos los remedios del
vademécum no hubieran podido salvarlo. Y ahora que la confusión se ha ido y el
dolor se ha borrado, toquemos un tema más grato —dije, aludiendo a los
honorarios de 250 dólares.
—Sin cheques, por
favor. Odio escribir mi nombre al dorso, me produce tanto mal como escribirlo
al frente.
—Tengo efectivo aquí
—dijo el alcalde, sacando una billetera de abajo de la almohada. Contó cinco
billetes de 50 y los sostuvo en su mano.
—Trae el recibo —le
dijo a Biddle.
Firmé el recibo y el alcalde me entregó el
dinero. Lo coloqué, con cuidado, en mi bolsillo interior.
—Ahora, cumpla con su
deber, oficial —dijo el alcalde, susurrando como un hombre que está enfermo.
Mr. Biddle puso su mano en mi brazo.
—Está bajo arresto,
doctor Waugh-hoo, alias Peters —dijo él— por practicar la medicina sin la
autorización legal del Estado.
—¿Quién es usted?
—pregunté.
—Le diré quién es —intervino
el alcalde, sentándose en la cama. Es un detective empleado por la Sociedad
Médica del Estado. Viene persiguiéndolo por cinco condados. Se presentó ayer y
entre los dos preparamos este plan para atraparlo. Creo que no hará más de
doctor por estos rumbos, señor Fakir. ¿Qué era lo que usted dijo que tenía? —el
alcalde rió—. Bien... no era ablandamiento de cerebro, creo.
—Un detective
—murmuré.
—Correcto —respondió
Biddle—. Tendré que llevarlo ante el alguacil.
—Vamos a ver si lo
haces —dije, tomándolo de la garganta y arrojándolo contra la ventana. Él sacó
un arma y me apuntó en la barbilla; me quedé paralizado. Me puso las esposas y
sacó el dinero de mi bolsillo.
—Atestiguo que son los
mismos billetes que marcamos, juez Banks. Se los llevaré al alguacil cuando
lleguemos a su oficina, y él le enviará un recibo. Tendrán que ser utilizados
como evidencia en el caso.
—Está bien, Mr. Biddle
—respondió el alcalde—. Y ahora, doctor Waugh-hoo, ¿por qué no hace una
demostración? ¿Por qué no saca el corcho de su brebaje magnético con los
dientes y se libera de las esposas?
—Vamos, oficial —dije yo con dignidad—.
Puedo hacerlo mejor que eso —y me volví al viejo Banks haciendo ruido con las
esposas.
—Señor alcalde, llegará pronto el día en
que usted creerá que el magnetismo personal es un éxito. Y se dará cuenta de
que fue exitoso en este caso, también.
Y me parece que así fue.
Cuando estuvimos cerca del portón, hablé:
—Andy, podemos
encontrarnos con alguien... Es mejor que me liberes.
Y... claro, por supuesto que Biddle era
Andy Tucker, y ese fue el plan que preparamos, y así fue cómo obtuvimos el
capital para iniciar nuestros negocios juntos.
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