O.
Henry
(William Sydney Porter)
(North Carolina, 1862 -
New York, 1910)
Memorias de un perro amarillo (1905)
(“Memoirs of a Yellow Dog”)
Originalmente publicado en el periódico New York World,
Vol. 45, Núm. 15909 (12 de marzo de 1905);
The Four Million
(Nueva York: Doubleday, Page & Company, 1906, 159 págs.)
No creo que ninguno de ustedes vaya a rasgarse
las vestiduras por leer un relato puesto en boca de un animal. Míster Kipling y
muchos otros buenos escritores han demostrado que los animales son capaces de
expresarse en provechoso inglés, y hoy en día ninguna revista pasa a imprenta
sin una historia de animales, a excepción de las articuladas publicaciones
mensuales que todavía siguen sacando retratos de Bryan y de la horrorosa
erupción de Mont Pelée.
Pero no vayan ustedes a buscar en mi cuento
ningún tipo de literatura pretenciosa, como la de los parlamentos de Bearoo el
oso, Snakoo la serpiente y Tammanoo el tigre, reflejados en los libros de la
jungla. No puede esperarse que un perro amarillo que ha pasado la mayor parte
de su vida en un piso barato de Nueva York, durmiendo en un rincón sobre una
vieja combinación de satén (la misma sobre la que ella derramó el oporto en el
banquete de lady Longshoremen), sea capaz de grandes trucos en el arte de
hablar.
Nací cachorro amarillo; con fecha, localidad,
pedigní y peso desconocidos. Mi primer recuerdo es que una vieja me tenía
dentro de una cesta en la esquina de Broadway con la calle Veintitrés, tratando
de venderme a una señora gorda. La vieja Mamá Hubbard se dedicaba a hacerme
publicidad sin límites, anunciándome como un genuino fox-terrier de Stoke
Poges, de origen pomeranio-hambletonio, chino, hindú y rojo irlandés. La mujer
gorda empezó a rebuscar un billete de cinco dólares entre las muestras de gros
grain que llevaba en el bolso hasta que logró cazarlo, y se dio por
vencida. Desde aquel momento me convertí en una mascota, en el caprichito de
mamá. Dígame, querido lector, ¿le ha cogido a usted alguna vez una mujer de
noventa kilos, echándole el aliento con aroma de Camembert y Peau d’Espagne y
restregándole la nariz por todo el cuerpo, al tiempo que repetía sin cesar con
un tono de voz a lo Emma Eames: “¿Quién es la cosita más chiquitita y más
preciosa de su amita?”
De ser un cachorro amarillo con pedigní pasé a
ser un anónimo chucho amarillo que parecía un cruce de gato de Angora con una
caja de limones. Pero mi ama nunca se apeó del burro. Tenía la certeza de que
los dos primitivos cachorros que Noé recogió en su arca no eran sino una rama
colateral de mis antepasados. Dos policías tuvieron que impedirle la entrada en
el Madison Square Garden donde pretendía presentarme al premio de sabuesos
siberianos.
Les hablaré ahora de aquel piso. La casa era del
tipo más común en Nueva York, con mármol de la isla de Paros en el suelo del
portal y terrazo a partir del primer piso. Había que subir... bueno, más bien
trepar tres tramos de escaleras hasta nuestro hogar. Mi ama lo alquiló sin
amueblar, y lo decoró con los elementos habituales: tresillo tapizado estilo
1902, un cromo al óleo que representaba a una geisas en un salón de té
de Harlem, plantas artificiales y un marido.
¡Por Sirius!, qué pena me daba aquel pobre
bípedo. Era un hombre pequeño, con pelo y patillas color de arena, muy
semejantes a las mías. ¿Picoteado por la gallina de su mujer? Tucanes,
flamencos y pelícanos parecían tenerle dominado bajo sus picos. Secaba los
platos y escuchaba a mi ama contarle lo baratas y andrajosas que eran las ropas
tendidas por la vecina del segundo, la del abrigo de ardilla. Y todas las
noches, mientras ella preparaba la cena, le obligaba a sacarme de paseo atado
al extremo de una correa.
Si los hombres supiesen cómo las mujeres pasan
el tiempo cuando están solas no se casarían jamás. Laura Lean Jibbey, un poco
de crema de almendras sobre los músculos del cuello, cascar cacahuetes, los
platos sin fregar, media hora de cháchara con el hombre del hielo, lectura de
un montón de cartas viejas, un par de tapas de escabeche y dos botellas de
extracto de malta, una hora entera mirando furtivamente al piso del otro lado
del patio por un agujero de la ventana..., y poco más queda por contar. Veinte
minutos antes de que él llegue del trabajo se apresuran a arreglar la casa,
cambian de cara para no dejar translucir su holgazanería, y sacan gran cantidad
de labores de costura para hacer un paripé de diez minutos.
Llevaba yo una vida perra en aquel piso. La
mayor parte del día me la pasaba tumbado allí, en mi rincón, viendo cómo
aquella mujer gorda mataba el tiempo. A veces me dormía y tenía sueños
imposibles en los que perseguía a gatos por los sótanos y gruñía a viejas de
negros mitones, tal y como se supone que debe hacer un perro. Entonces ella se
cernía sobre mí y me lanzaba una de aquellas sartas de cursilerías de caniche y
me besaba en el hocico, pero ¿qué podía hacer yo? Un perro no puede mascar
ajos.
Empecé a sentir compasión por Hubby, ¡os lo juro
por mis gatos! Nos parecíamos tanto que la gente se daba cuenta cuando
salíamos, y así andábamos desconcertados por las calles por las que baja el
taxi de Morgan, y nos poníamos a trepar por los montones de la última nieve de
diciembre en los barrios donde vive la gente de poco dinero.
Una tarde en que íbamos paseando como digo, y yo
intentaba parecer un San Bernardo con premio, y el buen viejo pretendía simular
que no había asesinado al primer organillero al que se le ocurriese tocar la
marcha nupcial de Mendelssohn, miré hacia mi amo y le dije a mi manera:
—¿Por qué te amargas la vida, tú, soldado
británico con galones de estopa? A ti jamás te besa. No tienes que sentarte en
su regazo y escuchar una charla que lograría que un libreto de comedia musical
pareciese las máximas dle Epicteto. Tendrías que estar agradecido por no ser un
perro. Ánimo, Benedick, y sacúdete de encima las melancolías.
El desdichado cónyuge me miró con una mirada de inteligencia
casi canina.
—¡Ay, perrito! —dijo—. Perrito bueno. Casi
parece como si fueras capaz de hablar. ¿Qué te pasa, perrito, hay gatos?
¡Gatos! ¡Capaz de hablar!
Pero, naturalmente, no podía entenderme. A los
humanos les ha sido negado el lenguaje animal. El único lugar común de
entendimiento entre los perros y el hombre está en la ficción.
En el piso frente al nuestro vivía una señora
con un terrier negro y canela. Su marido le ponía la traílla y lo sacaba todas
las tardes, pero siempre volvía a casa silbando y de buen humor. Un día nos
rozamos los hocicos el terrier y yo en el descansillo, y le pedí una
explicación.
—Escucha, Brinca–y–salta —le dije—,
sabes muy bien que no es propio de la naturaleza de un hombre de verdad el
hacer de niñera de un perro en público. No he visto jamás a ninguno de los que
llevan a un perro con una correa que no diese la impresión de querer pegar a
cualquier hombre que le mirara. Pero tu jefe vuelve todos los días a casa de un
humor excelente y tan dispuesto como un prestidigitador aficionado haciendo el
truco del huevo. ¿Cómo lo consigue? No vayas a decirme que le gusta.
—¿Que qué hace? —dijo el negro–y–canela—.
Pues, usa el Propio Remedio de la Naturaleza. Al principio volvía a casa como
quien acaba de perder su pasta al póquer. Cuando hemos estado ya en ocho bares,
le da lo mismo si la cosa que tiene al final de la traílla es un perro o un
bagre. He perdido dos pulgadas de rabo en mis intentos por esquivar esas
dichosas puertas giratorias.
La pista que me dio aquel terrier —satisfactoria
imitación de vodevil— me hizo pensar.
Una tarde, alrededor de las seis, mi ama le
ordenó que se pusiese en acción y realizase el acto de oxigenar a «Lovey». He
tratado de mantenerlo oculto hasta ahora, pero así es como me llamaba. Al negro–y–canela
le llamaban «Dulzor». Bien mirado, creo ser mejor que él cazando conejos. Aun
así, opino que «Lovey» es una especie de lata nominal colgada del rabo de la
dignidad de uno.
En un lugar tranquilo de una calle sin peligros
tiré de la correa de mi guardián frente a un atractivo y refinado saloon.
Me lancé como una flecha furiosa hacia las puertas, gimiendo como un perro que
pretende comunicar el mensaje de que la pequeña Alice acaba de hundirse en el
lodo mientras está recogiendo lilas en el arroyo.
—Caray, ¿qué ven mis ojos? —dijo el viejo con un
remedo de sonrisa—; que Dios me prive de la vista si este chucho azafrán hijo
de limonada con sifón, no me está pidiendo que me tome una copa. Vamos a ver,
¿cuánto tiempo hace que no ahorro suela de zapato apoyándola en la barra de un
bar? Me parece que...
Comprendí que ya estaba en mis manos. Pidió
whisky a palo seco, sentado ante una mesa. Durante una hora estuvieron llegando
los Campbell. Yo me senté a su lado llamando al camarero con golpecitos de la
cola, y consumiendo comida gratis en nada comparable a la que mamá traía al
piso en su carrito casero después de comprarla en un ultramarinos ocho minutos
antes de que llegase papá.
Cuando se habían agotado todos los productos
escoceses, excepto el pan de centeno, el viejo me desató de la pata de la mesa
y me sacó jugueteando a la calle como un pescador sacaría a un salmón. Al
llegar allí me quitó el collar y lo tiró al suelo.
—Pobre perrito —dijo—; mi buen perrito. Ella no
volverá a besarte nunca más. Es una condenada vergüenza. Mi buen perrito,
aléjate, déjate pillar por un tranvía y sé feliz.
Me negué a marcharme. Salté y retocé alrededor
de sus piernas, tan feliz como un doguillo en una alfombra.
—Óyeme bien, viejo cazador de marmotas con
cerebro de mosquito —empecé a decirle—, tú, viejo sabueso aullalunas,
ojeaconejos y robahuevos, ¿es que no te das cuenta de que no quiero
abandonarte? ¿No te das cuenta de que los dos somos cachorros perdidos en el
bosque y que el ama es el tío cruel que te persigue a ti con el trapo de secar
los platos y a mí con el linimento matapulgas y un lacito rosa para atármelo al
rabo? ¿Por qué no cortar con eso para siempre y ser compañeros hasta la muerte?
—Perrito —repuso al fin—, no vivimos más que una
docena de vidas en esta tierra, y muy pocos de nosotros llegamos a vivir más de
trescientos años. Si vuelvo a ver ese piso en mi vida es que soy un fracasado,
y si lo vuelves a ver tú es que eres un lameculos, y no hablo en broma. Apuesto
sesenta contra uno a que Westward Ho gana por la longitud de un perro tejonero.
No había correa ya, pero fui trotando junto a mi
amo hacia el transbordador de la calle Veintitrés. Y los gatos que se cruzaron
en nuestro camino tuvieron sobradas razones para dar gracias por haber sido
dotados de uñas prensiles.
Al llegar a la orilla de Jersey, mi amo le dijo
a un forastero que estaba allí de pie comiendo un bollo recién hecho:
—Yo y mi perrito nos dirigimos a las montañas
Rocosas.
Pero cuando más dichoso me sentí fue cuando mi
viejo me tiró de las dos orejas hasta que aullé, y dijo:
—Óyeme bien, cabeza de mono, cola de rata, hijo
azufrado de un felpudo, ¿sabes cómo te voy a llamar?
Me acordé de “Lovey” y gemí lastimeramente.
—Te voy a llamar “Pete” —dijo mi amo, y si yo
hubiera tenido cinco colas no habría tenido suficientes para agitarlas
celebrando merecidamente el hecho.
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