Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Actores (1998)
(“Actors”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker,
(5 de octubre de 1998), págs. 80-93;
Dictation: A Quartet
(Boston: Houghton Mifflin Co., 2008, 179 págs.)



      Matt Sorley, seudónimo de Mose Sadacca, era actor. Actor de reparto y (cuando le dejaban) cómico. Tenía una cara ancha, elástica, de tez morena, unas entradas que cada vez ganaban más terreno a sus rizos pelirrojos, y unos dientes muy grandes y relucientes, tan bien puestos como las teclas de un piano. Su nombre escénico sonaba vagamente irlandés, pero sus orígenes eran sefardíes. Uno de sus abuelos había nacido en Constantinopla y el otro en Alejandría. Sus padres aún podían chapurrear algunas palabras del castellano antiguo que hablaban los judíos que escaparon de la Inquisición, pero Matt, que se había criado en Bensonhurst, Brooklyn, era neoyorquino de pura cepa. Su acento de Brooklyn le resultaba útil, le ayudaba a conseguir papeles.
       A veces lo reconocían por la calle, un día o dos después de aparecer en una serie de abogados que daban por televisión en la que participaba de vez en cuando con papeles serios, casi siempre de una sola escena, que exigían un aspecto maduro. Había mucha presión. Nada de hacer el payaso, ni siquiera en los ensayos. Matt por lo general encarnaba al juez (tres minutos en cámara), o si no al padre de la víctima asesinada (siete minutos). Los papeles protagonistas buenos se reservaban para hombres mucho más jóvenes, con el pelo negro y abundante y el torso liso y lampiño. Cuando se ponían de pie para hablar ante al tribunal, se abrochaban la chaqueta del traje con un gesto muy pulcro. Matt ya no podía abrocharse la suya sin dificultades. Pronto cumpliría sesenta años y pasaba por horas bajas. Vivía en el Upper West Side, en un piso de alquiler controlado con una gotera crónica debajo del lavabo. Se había ganado la fama de ser un incordio para los directores; uno de ellos solía llamarle, con bastante mala baba, señor “Su Ley”.
       El piso en el que vivía estaba sembrado de diccionarios, catálogos de frases hechas, compendios de terminología científica, colecciones de habla callejera, enciclopedias de botánica, mitología, historia. Frances era la que aportaba un salario fijo a la economía doméstica. Trabajaba para un semanario de pasatiempos y cada viernes tenía que entregar tres nuevos crucigramas, en orden ascendente de complejidad. La tarea la mantenía enclaustrada y de mal humor. No estaba hecha para los plazos y la tensión; era miope y padecía de vista cansada. Tenía un cuello esbelto e imperioso, con un pulso saltarín en uno de los lados. Pronto haría veinte años que Matt la conoció, nada más salir de Tulsa, en una de aquellas pequeñas salas de los sótanos del Village, donde el escenario era solo un claro minúsculo entre un corro de sillas. Hacían juntos un número de cabaret con baladas y canciones cómicas, aunque ni Matt ni Frances tenían una gran voz. Esa carencia común pasó por romance. Analizaban una y otra vez sus puntos débiles mientras tomaban café en un pequeño tugurio al lado del teatro. La función estuvo menos de dos semanas en cartel, por falta de público; a la mañana siguiente de la última actuación, Matt y Frances fueron andando al ayuntamiento y se casaron.
       Frances no volvió a cantar en un escenario. Matt siguió haciéndolo de vez en cuando, para que la gente se riera. Frances conservaba la calma siempre que no se apartara de las salas subterráneas del Village, pero en cualquier teatro más al norte de Astor Place empezaba a tartamudear, sentía un frío punzante en el pecho y se le olvidaba el texto. Y eso que su cerebro era almacenamiento puro. Conocía palabras como “fenogreco”, “kermés”, “carlinga”, “giberelinas”. La contrariaba verse prisionera de esa clase de palabras. Vivía, según decía, entre barrotes; cautiva en un tablero. Se pasaba el día entero acoplando letras a una cuadrícula, revolviendo en el abecedario, inventando definiciones que parecieran acertijos, sombreando las casillas que no precisaba.
       —Aquí me quedo, encasillada —decía con amargura mientras Matt salía a ocuparse de las tareas domésticas ordinarias: comprar la leche, recoger las camisas de la tintorería, llevar los zapatos para que les pusieran suelas nuevas. Frances había abandonado la actuación para siempre. No le gustaba exponerse de aquel modo, sentir los nervios que sentía y temblar como temblaba, con las agujas atravesándole los pezones, la garganta adormecida, los retortijones. Además la incomodaba el hecho de ser corta de vista y tener que usar lentes de contacto cuando actuaba. Al final las tiró a la basura. Fuera del escenario, apartada del público, podía llevar en paz sus grandes gafas de montura redonda.
       A Frances le molestaba ser la única que llevaba asiduamente el pan a casa. Después de cuatro embarazos malogrados dijo que se alegraba de no tener hijos, porque no se imaginaba a Matt de padre: le faltaba sangre, no tenía empuje. Ir a buscar trabajo le parecía degradante. Pensaba que el trabajo debía acudir a él, porque era un artista. Se definía como un maestro del arte chaplinesco, heredero de una estirpe selecta. Desdeñaba los accesorios de utilería y despreciaba profundamente a los actores que se apoyaban en los cigarrillos para moverse en una escena difícil, deteniéndose en mitad de una frase a encenderlo. Era falso suspense, era pedestre. Matt era un purista. Aborrecía los decorados literales, cuidados hasta el último detalle, las habitaciones que parecían habitaciones de verdad. Creía que una voz, la palma de una mano, un titubeo, el ensanchamiento de los orificios de la nariz, bastaban para vestir un escenario. Frances quería que Matt se vendiera mejor, que hiciera contactos, que diera la lata a su agente, que indagara después de las audiciones. Matt se negaba rotundamente. Era actor, decía, no un maldito pedigüeño.
       No estaba claro si actuaba a todas horas (como a Frances le gustaba insinuar), pero incluso cuando hacía aquellos recados cotidianos durante el día, sus ademanes y sus ganas de congraciarse tenían algo perversamente manifiesto: un impredecible mecanismo interior para hacerse notar. En las tiendas bromeaba con todos los empleados. En la verdulería de los coreanos, el joven mexicano le gritaba mientras sacaba los pimientos y las uvas de las cajas: “Eh, Matt, ¿estás en alguna película?”. Por más que la pregunta fuera bienintencionada, le dolía. Habían pasado cuatro años desde su última aparición en una película, un pequeño papel junto a Marlon Brando, a quien Matt admiraba con locura pero sin envidia. El papel sirvió para que Matt y Frances se compraran un par de abrigos de invierno, largos hasta los pies, y un frigorífico con dispensador de cubitos de hielo. Aun así lo que Matt ansiaba de verdad era volver a escena. Quería volver a hacer una obra de teatro.


       Fue a recoger unos zapatos que había dejado para arreglar. El dueño de la tienda, un viejecito napolitano, había escrito con tiza “Attore” en las suelas nuevas de los mocasines de Matt, que ya tenían mucho uso. Entonces empezó con su arenga habitual: Matt debía dedicarse a la ópera. “No, la ópera no es lo mío”, dijo Matt como de costumbre, y mostró sus dientes, grandes y regulares. Acallando el chirrido del cepillo rotatorio, se puso a cantar “La donna è mobile”. El zapatero apagó la máquina y, doblando las rodillas, empezó a dar palmadas y derramar lágrimas por el acordeón de arrugas que le nacían del rabillo de los ojos. Matt reparó por primera vez en el parecido de su amigo Salvatore con Gepeto, el padre anciano y encorvado de Pinocho, y se animó a remangarse el pantalón y a brincar cantando de viva voz. Salvatore hipaba, rugía y lloraba de la risa.
       A veces Matt entraba en la tienda solo para lustrarse los zapatos. El zapatero nunca consentía que le pagara. Matt solía decirle a Frances (el terrible engaño que ocultaba y tanto lo avergonzaba) que iba al centro a una audición, así que ¿no era buena idea pasar a que le sacaran un poco de brillo a los zapatos? Había que dejar una buena impresión para futuras ocasiones, aunque esta vez no te eligieran. “Pues compra un poco de betún y hazlo tú mismo, por el amor de Dios”, lo reprendía Frances, aunque sin aspereza, porque se alegraba de que fuera a la prueba.
       Por supuesto no había ninguna audición; o, de haberla, Matt no se presentaba. Después de que Salvatore diera el último azote a los zapatos con el paño de franela, Matt se demoraba media hora más en la tienda, entre tomaduras de pelo y payasadas, y luego iba andando a la biblioteca pública y se ponía al día con las revistas. No es que fuera un lector consumado, aunque por principio venerase la literatura y adorase a Shakespeare, a Shaw y a Oscar Wilde. Hojeaba The Atlantic, Harper’s y The New Yorker, que le gustaban; el Partisan Review, Commentary y revistas por el estilo quedaban fuera de su alcance.
       Sentado en la biblioteca, mientras pasaba las páginas con desgana, se sintió un fracasado y un vago, y también un impostor. Miró fijamente su reloj de pulsera. Si se marchaba justo en ese momento, si se daba prisa, aún podía llegar a tiempo para una lectura ante Lionel; conocía a ese director, sabía que era de la vieja escuela y de una lentitud perversa; nunca le bastaba con una lectura. Matt suponía que Lionel era un poco disléxico. Hacía que el actor se quedara de pie e interpretara su parte del diálogo una y otra vez, en ocasiones hasta tres o cuatro, mientras él se encargaba se leer la réplica cansinamente, trabándose a cada momento. Hacía lo mismo tanto si contemplaba seriamente las posibilidades del aspirante como si ya había decidido descartarlo: su credo era la equidad, tomarse un respiro, volver a intentarlo. O quizá tuviera un punto de sadismo. Los directores pretenden dominarte, darte forma, hacerte encajar en el molde, sea cual sea, que haya en el interior de su cráneo. Para un director, un actor es una marioneta: Gepeto con Pinocho. Matt aborrecía el ritual de la audición; le parecía humillante. Era demasiado profesional para pasar por esa clase de trámites; a esas alturas, su trayectoria debía hablar por sí sola. Entonces, ¿por qué no era así? Sobre todo en el caso de Lionel; ambos llevaban años en el negocio. Lionel, como todo el mundo, lo llamaba “el negocio”. Matt nunca hablaba así de su profesión.
       Se quitó el reloj y lo dejó encima de la mesa. En veinte minutos más podría volver a casa con Frances y zanjar la farsa de la audición: Lionel buscaba un actor principal, aquello estaba lleno de tipos jóvenes, todo había sido un malentendido. Aunque pareciera increíble, Lionel se había disculpado por hacerle perder el tiempo.
       —¿Que Lionel se ha disculpado? —dijo Frances. Sin las gafas puestas, lo atravesó con una de sus miradas desnudas. Era un modo de traspasarlo sin verlo. Hacía que se sintiera herido—. No has ido —añadió—. Ni siquiera te has acercado a la audición.
       —Claro que sí. Por supuesto que he ido. Ese mierda de Lionel me ha desbaratado el día entero.
       —No trates de engañarme. No has ido. Y Lionel no es ningún mierda, se ha portado bien contigo. Te dio el papel del tío en Navy Blues hace solo tres años. No sé por qué te empeñas en olvidarlo.
       —Era una porquería. Basura. Estoy harto de ser el carcamal del último acto.
       —Sé realista. No tienes veinticinco años.
       —Realista sería hacer papeles de mi categoría.
       Etcétera. Así era como discutían, y a Matt le dolía en el alma; no es que Frances no se hiciera cargo de cuánto odiaba arrastrarse delante de los directores, soportar que juzgaran sus brazos rollizos, cada vez más gruesos, su panza redonda, su falsa sonrisa, su postura, sus andares, incluso su voz. Sabía que su voz pasaba el examen: era como un yoyó, podía tensarla o dilatarla, podía ponerle un torniquete o elevarla. Y aun así debía someterse a escrutinio, a juicio, a prejuicio, a capricho. Odiaba tener que ser obsequioso, aun cuando lo disfrazara de jovialidad, de un sucedáneo de camaradería. Odiaba mentir. Le estaba creciendo la nariz por todas las mentiras que le contaba a Frances.
       Aunque, bien mirado, ¿qué era actuar sino una forma de mentir? Un buen actor es un buen impostor. Un actor consumado es un farsante consumado. O, dicho de otro modo: un actor es alguien que llega a lo más hondo del despojamiento de sí mismo. O, de otro modo aún: un actor es un titiritero que se presta a ser su propio títere.
       Matt solía pontificar por estos caminos trillados, casi siempre para sus adentros. Cuando se metía en el terreno de la filosofía no engañaba a nadie, no era original.
       —Te han llamado —dijo Frances.
       —¿Quién? —preguntó Matt.
       —No te va a gustar. No querrás hacerlo, no encaja con tu categoría.
       —No te andes con rodeos —dijo Matt—. ¿Quién era?
       —Alguien de parte de Ted Silkowitz. Se trata de algo que está haciendo Ted Silkowitz. No te gustará —dijo ella de nuevo.
       —Silkowitz —gruñó Matt—. Ese tipo está todavía en pañales. Se chupa el dedo. ¿Qué quiere de mí?
       —Exacto. Te quiere a ti, y a nadie más que a ti.
       —Vamos, Frances.
       —¿Ves lo que te digo? Te conozco, sabía que ibas a reaccionar así. No vas a querer hacerlo. Encontrarás una excusa. —Sacó un pañuelo de la manga del jersey y echó su vaho caliente en los cristales de las gafas. Luego las frotó con el pañuelo. A Matt le interesaban los problemas de la vista, cómo condicionaban la postura de las personas, la inclinación de los hombros y el cuello. Era la clase de problemas en los que le gustaba enfrascarse. La inmovilidad, y también el movimiento. Si actuar era mentir, además era una actividad despiadada y maquinalmente reveladora. Matt observó complacido con qué precisión y esmero Frances volvía a colocar de nuevo las patillas de las gafas en la maraña de su pelo, y supo que él podría copiar el gesto con exactitud; lo dibujó con la lengua en la parte posterior de los dientes. Si se lo proponía, era capaz de duplicar cualquier cosa. Incluso los orificios de su nariz, incluso sus genitales poseían aquella capacidad. La mente era en esencia un secreto para él: no la gobernaba, sino que era su mente la que lo gobernaba a él, pero conocía a fondo su calor acuciante y avasallador.
       —Tiene algo que ver con Lear. Algo sobre el rey Lear —dijo Frances—. Pero da igual, no es para ti. No querrás hacer de carcamal.
       —¿Lear? ¿Cómo que Lear?
       —Algo así, no sé. Se supone que tienes que presentarte allí mañana por la mañana. Si estás interesado, claro —añadió; Matt se dio cuenta de lo astuta que podía ser—. A las once.
       —Vaya, vaya —dijo Matt—. Menos mal que he ido a lustrarme los zapatos.
       No es que creyera en los milagros, pero con Silkowitz cualquier cosa era posible: la nueva generación del teatro era una camada llena de sorpresas.


       El edificio de Silkowitz estaba al final de la Octava Avenida, pasada la zona de los teatros. Era un barrio lleno de bares, que se intercalaban con restaurantes griegos oscuros y angostos como ranuras; en la esquina había un sex shop. Matt, con traje y corbata, esperó el ascensor que debía llevarle hasta la oficina de Silkowitz, en el quinto piso. Resultó ser un despacho minúsculo partido en dos: delante, un cubículo para el recepcionista, un muchacho que no tendría más de diecinueve años, y otro cubículo atrás para el director. La puerta de Silkowitz estaba cerrada.
       —Dale un minuto. Está al teléfono —dijo el chico—. Nos ha surgido un pequeño problema con la autora.
       —¿La autora? —repitió Matt como un estúpido.
       —Murió anoche. Después de que te llamáramos por lo de Lear.
       —Pensaba que era un autor, y que llevaba muerto mucho tiempo.
       —Bueno, es que no es ese Lear.
       —Matt Sorley —gritó Silkowitz—. Pasa, vamos a echar un vistazo. Eres la encarnación de mi sueño. Soy un gran admirador tuyo, me encanta tu trabajo. Solo necesitas el sombrero de jipijapa.
       La broma del sombrero le dio mala espina, pues delataba que Silkowitz conocía a Matt más que nada por uno de sus papeles en la serie de abogados, al que con el tiempo le había puesto su marca de la casa: consistía en llevar el sombrero durante el juicio, hasta que el juez le reprendía y le instaba a quitárselo.
       —¿La autora ha muerto?
       —Nos ha golpeado la tragedia. Un ataque al corazón. Murió en cuidados intensivos anoche mismo. Tampoco era ningún pimpollo. Marlene Miller-Weinstock, ¿la conoces?
       —Así que no hay obra —dijo Matt: se había quedado sin trabajo.
       —Permíteme expresarlo así: no hay dramaturga, lo cual es muy distinto.
       —Nunca la había oído nombrar —dijo Matt.
       —Ya. Yo tampoco, hasta que llegó a mis manos este texto. Por lo que sé, ha escrito media docena de novelas. De esas que se publican y luego desaparecen. Esta era su primera incursión en el teatro. Afrontémoslo, de todos modos los novelistas no escriben buenas obras.
       —Bueno, no sé —dijo Matt—. Piensa en Gorki, Sartre, Steinbeck, Galsworthy, Wilde. —Se le ocurrió que lo más probable era que Silkowitz nunca hubiera leído a ninguno de aquellos viejos autores de todos los rincones del mundo. Tampoco es que Matt lo hubiera hecho, pero estaba casado con alguien que los había leído a todos.
       —Ya —admitió Silkowitz—, pero en esa lista no vas a encontrar a Miller-Weinstock. La cuestión es que el material que tengo de esa mujer está en bruto. Hay que pulirlo, pero tiene tirón. Una mirada rotunda.
       La prepotencia de Silkowitz era de una especie que Matt desconocía. Lionel, a pesar de toda su arrogancia, derrochaba una paciencia ampulosa destinada a dilatar el padecimiento, el truco de Lionel consistía en mantenerte en vilo. Y además Lionel tenía unas facciones maduras que inspiraban confianza, con un profundo y firme uadi atravesándole la frente como un látigo, y un pequeño quiste en una de las cejas. Matt estaba acostumbrado a Lionel, los dos eran perros viejos, sabían qué podían esperar uno del otro. Y ahí estaba Silkowitz con su cara de niño —no parecía mucho más mayor que el chico de fuera— y sus dientecitos asomando de unas encías grandes y abultadas; ahí estaba Silkowitz, danzando misteriosamente alrededor de un texto cuestionable de alguien que acababa de morir. La nueva camada no esperaba a adquirir un aprendizaje, pasaban de la escuela de arte dramático de Yale al abrupto ascenso a la autoridad, la reputación, el revuelo. Vestido de sudadera y vaqueros, con un colgante, un anillo de plata en el pulgar y un pelo tan brillante, largo y suelto como el de una chica, derrochaba seguridad, su torso rotundo irradiaba poder. Aunque todavía era un crío, Silkowitz ya apuntaba a figurar en la misma liga que Lionel: era de los que consiguen lo que se proponen. Dentro de diez años, la destartalada oficina seguiría igual de destartalada, igual de poco céntrica, aunque con suerte un poco más espaciosa; el chico de la recepción acabaría convertido en agente de Hollywood, o iría de cabeza al parquet de la Bolsa con una chaqueta azul marino de botones dorados. Lionel al final hacía que te sintieras pesado, superfluo, casi un obstáculo. Este Silkowitz, tan entusiasta, te cargaba las pilas; Matt tuvo la sensación de que un cable eléctrico le recorría la columna, sondeando y abriéndose paso entre sus vértebras.
       —Mira, ha sido un golpe —dijo Silkowitz—. No es un trago agradable, pero la verdad es que no llegué a conocer a esta mujer en persona. Se suponía que hoy iba a ser el gran día. En este mismo momento, de hecho. Pensé, mira, primero organiza el geriátrico, pon a la autora y al protagonista cara a cara. Bueno, que no cunda el pánico, todavía tenemos el manuscrito y todavía tenemos protagonista.
       —Protagonista —dijo Matt; pero lo del “geriátrico”, fuera en broma o no, le sentó mal.
       —Exacto. En el mismo momento en que puse los ojos en este guión supe que eras tú. En realidad —dijo Silkowitz, mostrando las palmas de las manos, rosadas y limpias—, me encontré con Lionel la otra noche y él me pasó tus datos.
       A Matt le parecieron dos afirmaciones contradictorias, pero no abrió la boca. Se hizo su propio guión: veía a Silkowitz buscando a un actor viejo y a Lionel se le ocurrió pensar en Matt. “Llama a Sorley. Un tipo susceptible, se ofende a la mínima, pero es cien por cien de fiar. Se aprende el papel y cumple.” Cumplir eran nueve décimas partes de su talento.
       Matt fue al grano.
       —Entonces te propones hacer la obra sin la autora.
       —A la autora no la necesitamos. Nos basta con el borrador. Por lo que a mí respecta, el teatro es el ámbito de un director.
       Ah, portentoso: Silkowitz, un niñato dando lecciones. Y engreído. Si podía pasar sin autora, a lo mejor también podía arreglárselas sin actor.
       Silkowitz le tendió un sobre a Matt.
       —Fotocopia del texto —dijo—. Llévatelo a casa. Léelo. Te llamaré, vienes de nuevo y hablamos.
       Matt sopesó el sobre. Grueso, mala señal. En cierto sentido Silkowitz tenía razón con lo de los novelistas que se meten a dramaturgos. Escriben más de la cuenta, meten toda la psicología del personaje, desde su nacimiento: una camisa de fuerza para un actor. El oficio del actor consiste en imaginar el papel, tantearlo. Capa tras capa, con cautela, sutilmente. Lo primero que hizo Matt fue tachar todas las acotaciones con un rotulador negro. Eso despejaba el diálogo, y el diálogo lo hizo gemir: monólogos, soliloquios, discursos. ¡Oratoria!
       —Da igual —dijo Frances—. ¿A ti qué más te da? Es trabajo, y lo que querías era trabajar.
       —No, si la idea no está mal. Una versión de un clásico.
       —Entonces, ¿cuál es el problema?
       —Que no puedo hacerlo, ese es el problema.
       Naturalmente que no podía hacerlo. Y le molestó la exigencia de Silkowitz para que se desplazara de nuevo hasta la esquina del sex shop: ¿es que no bastaba hablar por teléfono? Silkowitz le anunció que no era capaz de mantener una conversación, ni siquiera de pensar, salvo en persona: necesitaba el cara a cara. Como si lo único que contara fuera su propio temperamento. Un poco resentido, Matt se obligó a llegar diez minutos tarde.
       En el cubículo exterior había una mujer joven.
       —Le espera —dijo—. Está acabando de comer.
       Matt le preguntó dónde estaba el otro chico.
       Silkowitz chupó una cuchara de plástico y lanzó un yogur vacío a la papelera que había en la otra punta del despacho.
       —Se fue. Encontró un trabajo de ayudante de director en un montaje muy alternativo. Bueno, ¿qué me dices?
       —El papel no es para mí. Podría habértelo dicho directamente por teléfono. El personaje es diez años mayor que yo, quince tal vez.
       —Tienes tiempo de sobras para dejarte barba. Saldrá blanca.
       —No conozco el trasfondo de la historia, no es mi ambiente.
       —Una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida —aseguró Silkowitz—. Por Dios, ¿quién llega a interpretar a Lear?
       —Sí, bueno, el Lear de Ellis Island. Recién desembarcado.
       —Es lo que hay —dijo Silkowitz—. Considérala una obra de época.
       Matt se quedó sentado mientras Silkowitz, con mirada centelleante, soltaba su perorata. De historia, por supuesto. A pesar de ser inmigrante de cuarta o quinta generación, los periplos de sus antepasados en las bodegas de los barcos corrían aún por sus venas: para el pequeño Teddy Silkowitz todo era un romance. La Segunda Avenida con la calle Doce, el viejo teatro yiddish, los viejos dramas febriles. Lágrimas en escena, lágrimas en el patio de butacas. Miller-Weinstock (“Que en paz descanse”, apostilló Silkowitz) era hija de uno de aquellos intérpretes pioneros del teatro de los emigrados; por increíble que pareciera el viejo seguía vivo a la edad de noventa y seis años, un fósil viviente, un ejemplar de una especie que se creía extinguida hace mucho. La hija había heredado esa vena dramática. Puede que las novelas que había escrito fueran de segunda categoría, ¿quién sabe? Silkowitz no tenía ni idea, apenas había mirado por encima las pocas reseñas que le había mandado, y no importaba. Lo que importaba era el calor que despedía su obra, semejante al de los radiadores herrumbrosos que golpeaba al entrar en las destartaladas casas de vecinos de Southern Boulevard en el Bronx de los años treinta, o el tufillo del ozono en verano esperando el tranvía en el nudo de West Farms. Pero no eran aquellos tiempos de la Gran Depresión los que enardecían a Silkowitz, no era ese el espíritu que quería revivir. Matt no salía de su asombro; Matt veneraba el detalle, la voluta, la sombra, el presentimiento, el instinto; Matt brincaba para el zapatero, pero ofrecía pistas y matices al proscenio; Matt despreciaba la exageración, la caricatura, llegar al límite; Matt consideraba el escenario suelo sagrado… ¿y qué era lo que proponía el pequeño Teddy Silkowitz?
       —Darle la vuelta —dijo Silkowitz—. Hora de cambiar de tercio. Del cambio de guardia. Cambio, ¡ahí está la clave! ¿Dónde está lo explícito, lo manifiesto? ¿En qué han quedado la pasión y las emociones? Durante cincuenta o sesenta años todo han sido murmullos, silencios, labios apretados… Maldita sea, si ni siquiera les oyes la voz, todas esas pamplinas del Actors Studio, la antigua religión, eso que llaman introspección, un puñado de cuáqueros a la espera de la luz interior… ¡Qué obsoleto! Eso agoniza, ha muerto, se ha acabado. Mira, Matt, estoy hablando del calor, del músculo, de la angustia humana. ¿Qué ha sido del ruido en el teatro? ¿Dónde están los grandes discursos y declamaciones? Todo es un vis a vis monosilábico, descolorido, con pequeños clímax impotentes. Matt, deja que te explique la idea que tengo, y te la cuento con respeto, porque sé que estoy en presencia de un veterano y quiero que sepas que sé cuál es mi lugar, pero ahora vivimos en una nueva era, y alguien tiene que dejarlo claro de una vez. —Los ojos de Silkowitz recorrían el cubículo como dos focos; a Matt le dio la impresión de que podían arrancar la pintura de las paredes—. Eso es lo que me propongo. Puedes tomarme en serio. Mi idea consiste en restituir el antiguo arte del melodrama, perdido a día de hoy. La gente lo llama melodrama para denigrarlo, pero de lo que se trata en realidad es del sentimiento a flor de piel, ¿entiendes lo que te digo? Y la oportunidad surgió de buenas a primera, ¡de la hija del producto genuino!
       Matt contestó ásperamente (su aspereza le sorprendió incluso a él mismo).
       —Has dado con el cliente equivocado.
       —Mira bien antes de saltar, amigo. No creas que me mueve todo ese rollo de la nostalgia. El corazón joven añorando el mundo de los abuelos. Es eso lo que te imaginas, ¿verdad?
       —No exactamente —mintió Matt.
       —Porque no se trata de eso, te lo juro por Dios. Es la grandeza: grandes sentimientos, grandes gritos. ¡El clamor! El viejo teatro yiddish lo conservó mientras se extinguía en todas partes. Asesinado por lo tácito. Asesinado por la brevedad, por la sutileza. Asesinado por la sofisticación, el modernismo, la psicología, Stanislavski, todos esos asesinos del coro griego que se las daban de intelectuales, ¿entiendes? La Medea yiddish. ¡El Macbeth yiddish! Matt, ¡eso sí que era grande!
       —Por la parte que me toca —dijo Matt—, la palabra clave en todo esto es veterano.
       —No corren muchos como tú por ahí —admitió Silkowitz—. Mira, lo que estoy diciendo es que de verdad quiero hacer esto. El papel es tuyo.
       —Volver al camino trillado, ¿es eso lo que va conmigo? Yo ya hacía Eugene O’Neill antes de que tú nacieras.
       —Has leído el texto, es la lengua de la calle. Inglés americano hasta la médula. ¡Lear en el Lower East Side! Podemos hacer que sea el Upper West Side. Y para las hijas tengo en mente a varias actrices fantásticas. Podemos ponerlo todo al día, podemos hacer lo que queramos.
       —Claro, la autora no podrá chistar… —Matt se miró los bajos de los pantalones. Empezaban a deshilacharse; le hacía falta un traje nuevo—. No tengo ningún vínculo con esas cosas. Mi abuelo paterno emigró de Turquía y hablaba ladino.
       —Vaya, un hidalgo español, poca broma. No me había dado cuenta, pareces…
       —Ya sé lo que parezco —lo atajó Matt—. Un planchador de pantalones retirado.
       ¡Quería interpretar a Ibsen, a Shaw! A Henry Higgins con Eliza. Algo selecto, con altura, cínico; imitaba el acento británico de maravilla.
       Silkowitz siguió insistiendo.
       —Lionel dice que está casi seguro de que estás libre.
       Libre. La última vez que Matt había pisado un escenario (la televisión no contaba) fue con aquella obra infecta que montó Lionel, una cosa importada de Londres, donde Matt, en el papel del querido tío desaparecido, aparecía justo antes de que cayera el telón. Habían pasado más de tres años; cuatro, ya.
       —Deja que lo piense un poco —dijo Matt.
       —Trato hecho. Empieza a dejarte la barba. Solo una cosa. Tienes que hacer algunos deberes en casa.
       —No te preocupes —dijo Matt—, conozco el argumento. Regan y Goneril y Cordelia. La leí en bachillerato.
       No, no era a Shakespeare a quien Silkowitz tenía en mente, sino a Eli Miller, el nonagenario. Silkowitz había averiguado la dirección del anciano en una “residencia de la tercera edad”. Probablemente la hija había mencionado el lugar y Silkowitz había pedido a su subordinado —el chico, o quizá la chica— que lo buscara. La institución era el Asilo de los Ancianos Hijos de Israel, y estaba al norte, cerca de los Claustros.
       —Esos sitios me dan repelús —se quejó Matt a Frances—. El olor a pis y las miradas de zombi.
       —No tiene por qué ser así. Hacen actividades y todo eso. Hay asistentes sociales. A esa edad a lo mejor les da por el material erótico, nunca se sabe.
       —Seguro —dijo Matt—. Toda la colonia de los Alpes Judíos rediviva y desatada. Mejor acompáñame.
       —¿Para qué? Silkowitz solo quiere que te hagas una idea de los viejos tiempos. En Tulsa no nos enseñaron nada de los viejos tiempos.
       —Imagínate que el tipo no habla inglés. Solo por si acaso. Porque entonces no sabré qué hacer.
       Así que Frances lo acompañó; a pesar de Tulsa, chapurreaba un poco de yiddish de andar por casa. Y de todos modos era un hacha con los idiomas; le gustaba salpicar sus crucigramas más difíciles con cosas como “cri de coeur”, “Mitleid” o “situazione difficile”. Tiempo atrás había estudiado griego clásico y esperanto.


       Un enero benigno se había tornado virulento. El aire les azotaba la frente como una porra congelada. Envueltos de pies a cabeza en sus abrigos, esperaron el autobús. Del chasis colgaban carámbanos que soltaban un lodo negruzco. El largo trayecto a la luz del atardecer los condujo hasta lo que parecía un promontorio; al pie de la cuesta que llevaba a la entrada del Asilo de los Ancianos Hijos de Israel se sintieron igual que un par de halcones escrutando ríos, carreteras y edificios de una pulgada de altura.
       —La montaña mágica —murmuró Frances, al tiempo que se apartaban del mostrador de la recepción y enfilaban el pasillo hacia la habitación 1-A: la morada de Eli Miller.
       No había nadie.
       —Entremos de todos modos —dijo Frances.
       Matt la siguió. La habitación estaba demasiado caldeada; en dos minutos habían pasado de temblar de frío a empezar a sudar. Se alegraba de que Frances lo hubiera acompañado. A veces era capaz de comportarse con una agresividad inesperada. Matt era testigo de esos arrebatos esporádicos mientras ella trabajaba en sus casilleros, sus listas de sinónimos, sus definiciones tramposas. Su vida secreta en el interior de aquella cuadrícula despedía una ferocidad eléctrica. Ahora la veía merodeando por los confines de la habitación 1-A como si se tratara de una de sus casillas aún por resolver. La habitación era críptica, desde luego; ¿cómo sería la vida circunscrita a esas cuatro paredes —una única cómoda atestada de tubos y medicinas, un sillón desfondado tapizado de peluche raleante, una cama para los huesos resecos—, sabiendo que sería la última parada antes de la tumba? La cama parecía más bien una mesa de banquete, altísima, con recias patas labradas; la cubría completamente una especie de mantón arrugado de terciopelo granate, rematado con borlas en las esquinas: un ropaje majestuoso, quizá robado del tocador de una noble dama de la corte del zar. Junto a la cabecera de la cama había un escabel pequeño.
       —Debe de ser un hombre menudo —dijo Frances—. Cuando te haces mayor empiezas a menguar.
       —Veterano —dijo Matt con rabia—. ¿Te lo puedes creer? Así es como me llamó.
       —¿Quién?
       —Ese papanatas de Silkowitz.
       Frances ignoró el comentario.
       —Echa un vistazo a esa colcha, o lo que sea. Juraría que es un pedazo de telón. ¡Y la cama! Muebles de atrezo. Dios mío, ¿habrá leído todo esto?
       Todo el espacio que dejaban libre la cómoda, la silla y la cama, estaba atestado de libros. No había estanterías. Los libros se apilaban en el suelo de madera, formando columnas tambaleantes, separadas por estrechos pasillos. Algunos se habían caído y estaban abiertos como alas, las páginas parecían querer desprenderse de los lomos.
       —Alemán, ruso, hebreo, yiddish. Un juego completo de Dickens. ¡Mira —exclamó Frances—, Moby Dick!
       —En el atrio me anunciaron “visitas” —dijo una voz desde el umbral. Era el tono estridente del que está prácticamente sordo, un cuerno despojado de música. Frances se levantó las gafas y se limpió la mano derecha en el abrigo: Moby Dick estaba cubierta por un velo de mugre.
       —¿Señor Miller? —dijo Matt.
       —Afligido, señor. Eli Miller está afligido.
       —He sabido lo de su hija. Lo lamento mucho —dijo Matt; pero si aquello iba a ser una conversación, apenas sabía cómo encararla.
       El anciano era de corta estatura, cargado de hombros y con la cabeza de un monje. O quizá fuera la cabeza de Ben Gurión: una calva redonda, reluciente como el cristal, con un cerco de pelo blanco como el nácar, cargado de electricidad estática. Las mejillas eran una cascada de surcos correosos. Un ojillo atisbaba desde la corriente, peligrosamente azul. El otro estaba sellado en el interior de su cuenca. Podía pensarse que era un vejestorio, pero no que fuera frágil. Parecía un carnicero. Parecía un hombre perfectamente capaz, incluso ahora, de destazar un toro.
       Fue directo al escabel, lo levantó y lo lanzó al pasillo con un estrépito tremendo.
       —Cuando salgo me meten porquerías. Les digo: ¡Eli Miller no precisa ningún escalón! —Con el chillido de los sordos, se volvió hacia Frances—. Era una mujer de su misma edad. ¿Qué tiene usted, cincuenta años? ¿Vive aún su padre?
       —Murió hace años —dijo Frances. Su edad era una cuestión privada; un asunto espinoso.
       —Naturalmente. Es lo natural, un padre no debería sobrevivir a un hijo. Un ser muy desdichado, mi hija. Divorciada. El marido huye a Alaska y a ella se le pudre el corazón. Una lástima, contra natura: Eli Miller, ¡el corazón y los pulmones de un elefante! Más vale un mundo lleno de viudas que de divorciadas. —Enroscó su grueso brazo de carnicero alrededor del cuello del abrigo de Frances—. Señora, mi esposa; si pudiera usted verla se quedaría sin palabras. Tenía unos ojos enormes, y con un poco de sombra en los párpados aún se veían más grandes. Grandes y negros como aceitunas. Treinta y dos años hace que se fue. Tenía una voz que podía oírse desde la última fila de la segunda galería.
       Matt captó la mirada de Frances: era evidente que daba al viejo por perdido. “No está enchufado” —le decía Frances con señas—, “no hay nadie en casa, algo anda mal en la azotea”. Matt decidió confiar en la posibilidad más halagüeña: un padre afligido merece un poco de indulgencia.
       —La obra de su hija ha despertado verdadero interés… —empezó a decir, hablando sin alterarse, con sensatez.
       —Una mujer ambiciosa. De talento no tan poderoso. Quien tenga a Eli Miller por padre será ambicioso. El talento de Eli Miller, en cambio, es otra dimensión. Lo que ven aquí —con un gesto abarcó toda la habitación 1-A— son restos. ¡Fragmentos y vestigios! ¡El desconcierto del novio, 1924! —Pellizcó un pedacito de la colcha de terciopelo granate y pasó el dedo por la borla dorada—. ¡El vestido de Esther Borodovsky estaba adonado con veinticinco como estas! ¡Y en las paredes del doctor Borodovsky había cuatrocientos libros! ¡Así hacíamos las cosas, sin escatimar! ¿Y quién creen que interpretó al novio? ¡Eli Miller! En el teatro de McKinley Square, entre Boston Road y la Ciento sesenta y nueve… Noches como esas no se olvidan, ¡quien estuviera allí seguro que aún lo recuerda!
       —¿Sabe que su hija escribió una obra? ¿Se lo dijo? —preguntó Matt.
       —¡Y no solo al novio! A Otelo, Macbeth, Polonio. Polonio, el gran filósofo, muy serio, muy sabio. El Shylock de Jacob Adler, ¡un emperador! ¡Tomasevski, Schwartz, Carnovsky!
       —Matt —susurró Frances—, quiero irme ahora mismo.
       —Van a llevar a escena la obra de su hija. Yo participo en el proyecto. Soy actor —dijo Matt, hablando despacio.
       El anciano soltó una risotada. Los dientes postizos chocaron igual que un par de platillos; la corona de su pelo magnético bailó.
       —Actor, actor…, refiérase a usted mismo como le plazca, pero mida sus palabras en presencia de Eli Miller. Mi hija, ¡primero romanen, y ahora una obra! No solo se llevan a la hija antes que al padre, sino que además la hija es mediocre. Mediocre de principio a fin. ¡No es capaz de llegar a la altura del padre! ¡Eli Miller es el pináculo! La hija escala y se cae. ¡Una mediocre!
       —Matt, vámonos —gruñó Frances.
       —¿Y esta? —El anciano la abrazó de nuevo, y Frances retrocedió—. ¿Esta también participa?
       —Tome —dijo Matt tendiéndole a Eli Miller una de las tarjetas de visita de Teddy Silkowitz—. Si quiere saber más, este es el director. —Se detuvo; pensó mejor en lo que estaba a punto de decir, pero lo dijo de todos modos—: Él admira la obra de su hija.
       —¡El Polonio de Eli Miller, en el yiddish literario más elevado, señor! El público de pie y deshaciéndose en ovaciones y bravos todas las noches. En todas las matinés. Tres matinés por semana, así es como era entonces. Bravo, bravo. Cuando nace mi hija, ya después de la guerra, en 1948, todo empieza a agotarse, prácticamente no queda nada. ¡Desapareció todo! Después de Hitler, ¿a quién le quedan ánimos para llevar a escena una tragedia? Sea como fuera se acabaron los actores, solo quedaron las estrellas de cine. Por favor, señor, hágame un favor y no me cite nombres, qué fue, quién fue, ¿quién se acuerda? En cambio a Eli Miller y Esther Borodovsky, y también al doctor Borodovsky, ¡quien estuviera allí los recuerda!
       —Tanto si vienes como si no, me marcho —le advirtió Frances.
       Matt se demoró aún un instante.
       —La obra de su hija —dijo— nace del respeto por todo eso. Por todo eso que usted siente.
       —¿Qué dice? ¡Yo sé quién es mi hija! Durante toda su vida solo aspira a una cosa, a arrebatar el alma de Eli Miller. ¡Por eso Dios la hizo mediocre, por eso Dios le da un corazón podrido, por eso Dios entierra a la hija antes que al padre!
       Se marcharon y lo dejaron derramando lágrimas con el único ojo azul.
       —Creo que lo has incitado —dijo Frances—. No has parado hasta provocarle. —Estaban acurrucados en la parada del autobús, a resguardo del viento bajo la marquesina. Eran las cinco y ya había oscurecido.
       —Es un viejo actor, a lo mejor estaba actuando.
       —¿Bromeas? —dijo Frances; encorvada en el interior de la mole de su abrigo, temblaba.
       —Tú siempre dices que eso es lo que yo hago.
       —¿Que haces qué?
       —Actuar todo el tiempo.
       —Ah, vamos, hombre —dijo Frances—. ¿Por qué me has hecho acompañarte, eh? Tengo los dedos de los pies entumecidos.


       A finales de febrero, un día de nieve, empezaron los ensayos. Silkowitz había alquilado el sótano de una antigua fábrica reformada en la zona de las salas alternativas del West Side, desde donde se veía la autopista y el río. El espacio tenía un escenario en un extremo y en el otro una especie de biombo alrededor de un aseo que de vez en cuando se embozaba. El techo crujía y temblaba. Llegaban los ritmos distantes de un piano, costaba concentrarse; había un salón de baile justo encima. El elenco era más pequeño de lo que Matt esperaba, los tres papeles femeninos al final se habían reducido a dos. Silkowitz había pasado el último mes revisando el texto, y aún no estaba satisfecho. En cuanto Matt se aprendía los movimientos de una escena, el director se lo pensaba mejor y le daba la vuelta. Matt se sorprendió al encontrar al chico que había visto la primera vez en la oficina de Silkowitz presidiendo el ensayo con un bloc de notas; Silkowitz lo había llevado de nuevo para que fuera el director de escena. Matt calculó que el chico debía de tener en total unas seis semanas de experiencia.
       Silkowitz se atribuyó la custodia de los secretos. Cada sesión de ensayo parecía una cábala de la que los actores quedaban excluidos. Entraban y salían desconocidos cargados con carpetas y portafolios. Silkowitz nunca se los presentaba.
       —Vamos a trabajar muy cohesionados, no quiero nada de fuera. Creo en la colaboración con toda mi alma, pero recordad que la colaboración pasa siempre por mí —anunció.
       —Mi misión es que todos los ingredientes cuajen —dijo en otra ocasión.
       Era una tiranía que superaba incluso la de Lionel. Lograba maquillar su peor cara, pero por debajo se ocultaba una obstinada complacencia. Matt, que era un hombre de ideas propias y amante de las cavilaciones, no sentía ninguna necesidad de discutir con Silkowitz. El director lo cortaba en mitad de una frase y se alejaba hacia la pared a murmurar con alguno de aquellos desconocidos que iban y venían: comentaban algo a propósito del decorado, o un detalle de la iluminación; o había que escuchar una cinta. La sala ya estaba reservada —un local con doscientas noventa y nueve butacas, en Union Square— y él mismo había comprometido a un par de patrocinadores invisibles, a los que no nombró. Silkowitz tenía fama de trabajar rápido: lo que ayer parecía importante, hoy ya no lo era. Apenas prestó atención cuando Matt empezó a contarle la visita que le había hecho a Eli Miller. “Bien, bien —le dijo Silkowitz—, perfecto”, y se fue a ver un muestrario de telas que alguien le enseñaba. Era como si nunca le hubiera insistido en que visitara el Asilo de los Ancianos Hijos de Israel.
       Cada día después del ensayo, el director se sentaba en el borde del escenario, reunía a los actores en semicírculo a su alrededor para darles algunas indicaciones. Y luego era el turno del sermón diario: quería de todos ellos más pasión, más susceptibilidad. Quería que bebieran veneno metafórico; quería que derramaran sangre, bilis, hiel.
       —Sobre todo tú, Matt. Otra vez estás conteniéndote. Olvídate de esa historia del menos es más, ¡es una porquería! ¡Más energía, hombre! Tenemos que oír el rugido del trueno.
       A Matt le dolía la garganta. A solas, estaba aprendiendo a aullar. Había abandonado sus técnicas habituales: las cuerdas vocales parecían perplejas ante esa nueva versatilidad. Sentía que el pecho se le transformaba en una tenebrosa caverna. Por la mañana, antes de tomar el metro para ir al ensayo, caminó penosamente por las aceras cubiertas de nieve negruzca hasta la biblioteca pública y buscó un rinconcito caldeado cerca de un radiador donde zambullirse en El rey Lear, el original. Vio a aquellas arpías egoístas despellejando vivo al anciano; ¡con razón aullaba!
       Volviendo hacia el metro se acordó de que llevaba semanas sin pasar a ver al zapatero remendón.
       Salvatore no lo reconoció.
       —¡Eh, Salvatore! —lo saludó Matt con aquel rugido teatral que tanto le gustaba a Silkowitz, y probó a hacer una versión abreviada de su pequeña danza cómica, pero con las botas de nieve abrochadas hasta arriba solo alcanzó a dar unos pisotones torpes.
       —¿Tiene calzado para arreglar, señor? —dijo Salvatore por encima del ruido de las máquinas.
       —Pero bueno, ¿a ti qué te pasa? —dijo Matt.
       —Il attore!
       Era por la barba, dijo el zapatero. ¿Cómo iba a saber que era su amigo Matteo? Por cierto, ¿para qué se había dejado aquella barba? ¿Es que al final se había metido a cantante de ópera? Con aquella barba aparentaba cien años. El comentario sobresaltó a Matt. Tal y como había predicho Silkowitz, le había crecido de un blanco almidonado: pasaba por un veterano en toda regla.
       Y era verdad: en cierto sentido se había metido a cantante de ópera. Las voces primigenias de Marlene Miller-Weinstock reverberaban aún en el texto, a pesar de los cambios que había introducido Silkowitz. Eran meros cambios logísticos: había desplazado el trasfondo de la obra, había actualizado la época y acomodado los nombres de los personajes al oído contemporáneo. La obra de Marlene Miller-Weinstock era una especie de drama de época ambientado en los años treinta, y Silkowitz lo había modernizado. Nada más. La mayoría de los parlamentos seguían intactos. ¡Grandilocuencia! No había insinuaciones o presentimientos, ninguna de aquellas vacilaciones en las que a Matt le encantaba demorarse. La elipsis y la inferencia eran sus dioses. Los de la autora, en cambio, eran la ampulosidad y la exaltación. La mayor habilidad de Matt residía en llenar los silencios: se valía de todos los registros de su elástico rostro, y jugaba también con la postura de las piernas, una inclinación escéptica de la rodilla, un ángulo irónico del tobillo. Pero en las arias de Marlene Miller-Weinstock no había lugar para ningún flirteo con la sugerencia o la incertidumbre. Gobernaba la furia; la furia y la convicción, y una verdad implacable y fiera. A Matt se le ocurrió que, de hecho, la furia era la verdad; se asombró de que eso fuera posible. Su credo de actor se había sostenido siempre justamente en la intuición contraria: el resplandor trémulo y el pálpito son la verdad, la insinuación y la intuición son la verdad; la esencia es el matiz. Lo que Marlene Miller-Weinstock perseguía era la malicia, la rabia, incluso la locura: vehemencia sin ambages; los alaridos de las tripas del huracán. Era una tormenta desatada. En el fragor de la tempestad —en el interior de todos aquellos aullidos—, Matt estaba aprendiendo a oír las detonaciones de un cañón interior. Los estruendos eran fuertes y regulares: el latido de su propio corazón.
       Se sentía ajeno a las dos mujeres con las que compartía aquel escenario pequeño y polvoriento, apenas iluminado; las veía como sombras inquietas de sí mismo. Se sentía igual de ajeno a los hombres; con uno de ellos había trabajado anteriormente a las órdenes de Lionel. Y en los márgenes en penumbra del local, sentados en unas sillas plegables pegadas a la pared, estaban el chico con el bloc de notas y a su lado Silkowitz, jadeando débilmente, sacudiendo el pie arriba y abajo como si siguiera el compás de una orquesta que nadie más oía. Matt, sin embargo, había logrado atravesar la antesala de la vergüenza (el sonrojo de que lo hicieran aullar) hasta llegar a una estancia solitaria, con moqueta y las paredes tapizadas; era como si hubiera traspasado una membrana, un pulmón, detrás de la cual se agazapara un altar inesperado, cubierto con la pesada colcha de borlas de Eli Miller. En esa estancia, Matt escuchaba el latido de su corazón. Comprendía que no había sido Silkowitz quien lo había llevado hasta allí. Silkowitz se lo tomaba todo al pie de la letra, era un sentimental, un especulador: una de esas cosas, o todas ellas. Por encima de todo era estridente. Silkowitz apostaba por el futuro. No tenía nada que ver con aquel clamor voluptuoso, con que Matt se hallara en el interior del martilleo de su propia caja torácica, solo y enorme; terriblemente inmenso en aquel escenario polvoriento y apenas iluminado. Marlene Miller-Weinstock era quien lo había atraído hasta allí. O su padre. En el interior de su aullido, Matt empezaba a creer la acusación del viejo actor: la hija había apresado a su padre para extraer una copia de su alma.
       A Silkowitz le gustó.
       —Lo has captado —le dijo a Matt—. Seguid a Matt —les dijo a los otros.
       Empezó a elogiarlo por estar en todas partes a la vez, como un fantasma que corriera de un lado a otro; por mirar a las mujeres a los ojos con una poderosa intimidad que iba más allá del naturalismo; por aquello que él denominaba “estatura simbólica” e “integración con la escena”. A Matt lo confundían esas cosas. Detestaba la jerga. No reflejaba lo que sentía, no era lo que estaba haciendo. Ni siquiera tenía conciencia de formar parte de una compañía. No servía a la compañía, a pesar de lo que Silkowitz pudiera creer. Aspiraba solo al aullido triunfal, absoluto. Quería seguir viviendo en el interior de ese aullido. Cuando acababan los ensayos, se lo guardaba dentro y se apresuraba a tomar el metro.
       Diez días antes del estreno, Silkowitz trasladó a los actores al teatro. Resultó ser un cine remodelado; el escenario era más pequeño de lo habitual, pero viable. Para llegar a los camerinos de los hombres había que pasar por un túnel estrecho y sin ventilación, con enormes tuberías oxidadas y mohosas en el techo. Había mucho movimiento, gente de un lado para otro. El chico del bloc de notas comprobaba a cada momento sus listas y calendarios; parecía un profesional. El suelo estaba sembrado de cables. Una música grabada viajaba en ondas fantasmales entre las escenas. Grandes módulos de madera se materializaban, desplazados desde el fondo hasta el proscenio. Silkowitz picoteaba un poco en todo, corría de una punta a la otra con su pelo largo de niña suelto, y el anillo de plata que llevaba en el pulgar parecía ponerse al rojo vivo cada vez que pasaba junto al cartel luminoso de “Salida”.
       Frances había decidido asistir a los últimos ensayos. Silkowitz no puso ninguna objeción. Llegaba con un bolso grande a cuestas y se acomodaba en la penúltima fila, esparciendo sus diccionarios y sus definiciones y sus lápices por los asientos de alrededor. Trabajaba en silencio, pero Matt sabía que estaba atenta y preocupada. Y aun así a él le eran indiferentes las observaciones y los juicios de Frances; se concentraba únicamente en su propio aullido. A ella le parecían berreos, pero no le molestaba que Matt se hubiera apartado de su registro habitual: hacía su trabajo, le daba al director lo que pedía. Lo importante era que había un cheque con la paga. Y Matt tampoco podía quejarse de que Silkowitz lo atosigara. El director aceptaba todo lo que salía de Matt. Y ahora mismo lo que salía era un mar de lamentaciones. Frances guardó de nuevo los papeles en el bolso y se quedó a escuchar. Matt estaba de pie en el proscenio, solo, de perfil, inclinado como una vela azotada por el viento, o como la última hoja de un árbol en invierno. Él mismo tenía un aire gélido. Era el último ensayo del día; los demás actores ya se habían ido. Matt estaba repitiendo el soliloquio que cerraba el segundo acto. La curva de su abdomen prácticamente había desaparecido. Últimamente nunca tenía hambre. Había perdido el apetito. Tenía una barba crecida y enmarañada, con las puntas amarillentas. Parecía perplejo, torturado. Miraba al frente, hacia la oscuridad de los bastidores.
       Se volvió a Silkowitz.
       —Ahí hay alguien —dijo.
       —Pues no debería —dijo Silkowitz—. Lily tiene al niño enfermo y se ha ido a casa. Y además ella entra por el otro lado. ¿Aún está trabajando ahí atrás el electricista? —le gritó al chico del bloc de notas.
       —Se ha ido todo el mundo —contestó el chico.
       —Me ha parecido ver a alguien —dijo Matt con voz ronca. Se había dejado crecer el pelo, además de la barba. Sus ojos parecían los de un pájaro, cercados por las arrugas.
       —Está bien, basta por hoy. No eres el único que está muerto de cansancio —dijo Silkowitz—. Anda, ve a dormir un poco.
       Mientras caminaba con Frances hacia el metro, Matt siguió dándole vueltas al asunto.
       —Había un tipo ahí fuera. Salía del lavabo de hombres, le he visto.
       —Es este barrio. Se habrá colado algún indeseable.
       —Ayer también estaba. En mitad de ese mismo parlamento. Creo que es alguien que se esconde.
       —¿Dónde, en el lavabo de hombres?
       —Desde que llegamos al teatro. También lo vi el primer día.
       —No habías dicho nada hasta ahora.
       —No estaba seguro.
       Se arrepintió de haberlo dicho. No era algo que quisiera hablar con Frances. Ella había ridiculizado su aullido; le había dicho que eran berreos. ¡Cuánta ignorancia, cuánta cerrilidad! Matt estaba poseído, disuelto, transformado. El aullido había obrado un cambio en él: la garganta se dilata y se convierte en una autopista para los espectros, los pulmones una cámara de eco para los aparecidos. El aullido lo había elevado muy por encima de Frances, muy por encima de Silkowitz. Silkowitz y Lionel, ¿qué más daba? Eran iguales, intercambiables, maestros de ceremonias y pregoneros de su propia función, con estilos distintos pero ¿qué más daba? A Silkowitz lo atraían el descaro y el color, las voces estridentes del viejo teatro de variedades; era tan inútil como Frances a la hora de descubrir lo que yacía en la caverna del aullido. Y para Matt los otros actores eran autómatas. Estaba solo, solo. Salvo por el hombre que se escondía y merodeaba, al acecho.
       —Dios mío, Matt —estalló Frances—, tienes alucinaciones. Basta con que hayas empezado a parecerte al personaje, no tienes que volverte loco también. No esperes que pise ese teatro otra vez, voy a mantenerme un poco al margen, porque además tengo plazos que cumplir.
       Aquella noche en sus casilleros brotaron “uro”, “muleta”, “atanor”, “nigtásmico”, “mugiente”. Trabajó hasta el amanecer, hundida en sus papeles. De vez en cuando hacía un alto para limpiarse las gafas. Matt sabía que de ella solo podía esperar una lógica inexorable.
       El día antes del ensayo con vestuario, Matt llevó a lustrar los zapatos. Salvatore lo miró receloso. Matteo, dijo, ya no parecía tener cien años, sino doscientos.
       —Mira —le contestó Matt en voz baja; ahora debía susurrar para preservar su aullido—, hay algo mejor que la ópera.
       Salvatore dijo que no había nada mejor que la ópera. ¿Qué podía ser mejor que la ópera? Por primera vez consintió que Matt le pagara el lustrado.
       El ensayo con vestuario fue bien, aunque se aceleró un poco más de la cuenta. El hombre de los bastidores no había vuelto a aparecer. Silkowitz se sentó con los actores y dio sus indicaciones finales. No se dirigió a Matt. El olor a café y repostería le abrió inesperadamente el apetito y devoró un bollo untado con queso cremoso. Se sabía en posesión de una profunda serenidad. A su alrededor todo eran bufonadas y nerviosismo, salidas de tono, tonterías inexplicables; la ansiedad, la expectación. El director se sumó, hizo bromas, burlas, intercambió anécdotas y rumores. Llegó una periodista pelirroja del Times para entrevistarle. El encargado de la promoción de Silkowitz se empleaba a fondo; habían pasado ya muchos periodistas por allí. Esta dijo que justamente venía de hablar con Lionel, porque quería cubrir el artículo desde un ángulo distinto; cómo, por ejemplo, un director más tradicional veía lo que se estaba cociendo cerca de Union Square. Lionel había reaccionado fríamente: él era minimalista; repudiaba lo que hacía Teddy Silkowitz, que a sus ojos no pasaba de ser experimentalismo posmoderno y chabacano. ¿Asistiría al estreno? No, creía que no.
       —Vendrá —le dijo Silkowitz a la entrevistadora. El pequeño grupo empezaba a disgregarse—. Y no sé qué bicho le ha picado, él mismo hacía este tipo de cosas. De niño actuó en el viejo Grand Theatre, en el centro.
       —Anda ya. Lionel es anglófilo.
       —Lo he leído —le aseguró Silkowitz—. En 1933 hizo el papel de Shloymele en Mirele Efros. Dios no quiera que eso salga a la luz.
       Los actores, que estaban recogiendo los bártulos para irse a casa, se echaron a reír; ¿no sería otro de los chistes de Silkowitz sobre el mundo de la farándula? Matt, en cambio, seguía pensando en el hombre oculto en los bastidores. Seguramente Frances tenía razón; por lo menos era sensata. Alguien que se había colado de la calle. Un sin techo que había encontrado un rincón caliente donde pasar la noche. Un borracho que necesitaba un lavabo. O un tramoyista que hurtaba cigarrillos de los camerinos. Un cartel, una cuerda, cualquier cosa que se meciera con la corriente que entraba por una grieta entre las vigas del techo. Las bambalinas, desiertas al final del día, habitadas lentamente por la oscuridad.
       Aunque de hecho sabía quién era; lo sabía. Era el viejo. Era Eli Miller, que abandonaba su cama cubierta con un telón de terciopelo en el Asilo de los Ancianos Hijos de Israel y bajaba en el autobús M-4.
       Lionel cumpliría su palabra. No se acercaría por allí. Matt se explicaba su actitud de otra manera, distinta de la de Silkowitz. ¡Matt, interpretando a Lear! O un sucedáneo de Lear. Lionel nunca le había dado a Matt un papel protagonista; no le quedaba más remedio que asumir su derrota. Naturalmente que no iba a aparecer. Gracias a Marlene Miller-Weinstock —tragándose la vida de su padre, vomitando una semblanza de Lear—, Matt reiría el último.


       En el espejo empañado del camerino, preparándose durante el intermedio para el segundo acto, se espesó las cejas con maquillaje y resina blanca, y se le fue la mano al espolvorear la barba de talco: los excesos y los contratiempos de la noche del estreno. Se quitó los zapatos recién lustrados y se quedó descalzo para vestirse: una túnica monacal hecha jirones. Tela de arpillera. Notó un temblor en el labio. Se observó en el espejo. Era la viva imagen del espanto. Se parecía al Job que conservaba en la memoria, enfermo, aniquilado, humillado. Si el zapatero pudiera verle le echaría encima cien años más.
       El primer acto había sorteado los escollos. A Silkowitz le preocupaba desde el principio que el público, arrastrado por la teatralidad inusual —la estridencia, la grosería, el descaro, la ampulosidad—, creyera estar ante una farsa. Temía la primera carcajada aislada. La sacudida en la cola de la serpiente que se propaga hasta su lengua. Un auditorio es una sola bestia, un ente compacto, una ameba sin núcleo que no cesa de moverse. Una risita ahogada en cualquier parte de su cuerpo es capaz de originar convulsiones generalizadas, de la platea a la galería. Así eran los sermones del director, un catálogo de los riesgos que afrontaban; Matt habitualmente huía de esas perogrulladas. Y de otros desmanes similares: imaginad que sois, los adoctrinaba a todos Silkowitz, intérpretes de la Antigua Grecia sobre pilotes, con máscaras pesadas y toscas; las obras clásicas de Atenas y las obras clásicas de la Segunda Avenida son primas hermanas, se parecen como un huevo a otro huevo. ¡Poder y pasión! ¡Pasión y poder!
       ¿Iban a salir airosos? Durante todo el primer acto reinó un silencio latente.
       Sudando, con su jadeo más contenido, Silkowitz entró en el camerino. Matt le dio la espalda. Aquello era una transgresión. Una invasión. ¿Dónde quedaba ahora aquella norma sagrada sobre la inviolabilidad de la concentración de un actor en mitad de una representación, es que aquel idiota de Silkowitz no tenía luces? Un desgarro en el cerebro. Matt se estaba preparando para encerrarse, aislar su cerebro en aquella cámara secreta de paredes tapizadas y adornada con borlas. Justo cuando se estaba preparando para el aullido, aparecía Silkowitz, sudoroso, jadeante, superficial, ¿qué hacía allí, el muy idiota?
       —Tu mujer me ha pedido que te dé esto. —Silkowitz le tendió a Matt un papel doblado. Reconoció que era una hoja del pequeño cuaderno de espiral que Frances llevaba siempre en el bolso. Era su colector de palabras.
       —Ahora no. Precisamente ahora, no.
       ¡El muy idiota!
       —Ha insistido mucho —dijo Silkowitz, y se escabulló sin ruido.
       Parecía asustado; por vez primera parecía respetuoso. Matt sintió su propia fuerza; ya tenía el aullido en la garganta. ¿Qué querría Frances? ¡Transgresión, invasión!
       Leyó “metamerismo”, “oribi”, “glíptica”, “enativo”, escritas con la letra compacta y regular de la pluma de Frances. Pero un poco más abajo, garabateado apresuradamente a lápiz, ponía: “Le he visto, quedas avisado. Está aquí”.
       Ella misma había elegido el asiento, en la penúltima fila, una atalaya desde la que divisar a los críticos y escuchar los murmullos, los suspiros y los susurros sin levantar sospechas. Iba con intención de espiar, de averiguar quién estaba y quién no. Ajá, así que finalmente Lionel había ido. Estaba entre el público. Después de todo hacía acto de presencia, por rivalidad. Por envidia. Por el revuelo. Para conocer el terreno que pisaba Silkowitz. Un director viejo que va a ver lo que hace uno joven: edad, temor, reemplazo. Se rumoreaba que Lionel ya era historia; se rumoreaba que el pequeño Teddy Silkowitz, que trabajaba con un presupuesto bajísimo en un sótano de mala muerte al lado de un sex shop, era lo último. Así que Lionel estaba ahí fuera, el mismo Lionel que hacía a Matt presentarse a las audiciones, que lo humillaba, que lo condenaba al papel de carcamal, una pequeña aparición en la última escena de una serie mala importada de Londres.
       “Como moscas en manos de niños crueles nos matan los dioses para su recreo.”
       “El hombre sin bienes de fortuna no es más que un pobre animal errabundo, despojado de todo, igual que tú.”
       Lear en el páramo: ahora Lionel sabría lo que podía dar de sí un papel de carcamal, ¡y encarnado por Matt!
       Lionel no estaba ahí fuera. No le daría ese gusto a Silkowitz, ni tampoco a Matt. Matt lo sabía. Era a otro a quien Frances había visto.
       Hizo su entrada en el segundo acto. El decorado era abstracto, lleno de aquellos prismas de madera envueltos en tela que representaban la ciudad. Silkowitz había llevado el páramo hasta el alto Broadway. Pero nadie se reía, no se oía ni una tos. No dejaba de ser Lear, traicionado por sus hijas, en el fragor de una tormenta, medio loco, un hombre que servía de recreo a los dioses, un pobre animal errabundo, despojado de todo, sin techo, sin zapatos, llorando en las cloacas de una calle una noche de nieve. La nieve falsa, que no dejaba de caer. De la garganta de Matt brotó aquel aullido ultraterrenal; escupió exilios antiguos olvidados, ciudades perdidas del pasado, Constantinopla, Alejandría, reinos abandonados, refugiados harapientos, montones de ceniza distantes, hijas nonatas, los óvulos malogrados y el útero yermo de Frances, el cañón desbocado, rugiente, del latido de un corazón humano.
       Un ruido entre el público. Confusión; otro ruido. Matt se movió hacia el centro del escenario, cegado, y trató de ver más allá de las luces de los focos. Una silueta negra se acercaba penosamente por el pasillo central dando alaridos. Tres escalones llevaban al proscenio; la silueta los subió. Era Eli Miller embozado en una capa raída, blandiendo un bastón.
       —¡No es así! ¡No es así! —chilló Eli Miller, golpeando una y otra vez la tarima del escenario con el bastón—. ¡Embusteros, ladrones, corruptos! ¡En lengua madre, con sinceridad, no por boca de un charlatán como este! —Avanzó hacia Matt, que sintió su aliento cerca. Olía a papilla. Matt vio el ojo azul y vio el ojo sin vida.
       —¡Jacob Adler, él podría darles una lección! ¡Así no! Confíen en la palabra de Eli Miller, ¡así no se hace! ¡Ustedes no estuvieron aquí, no lo vieron, no oyeron nada! —Empuñó el bastón con su brazo de viejo carnicero—. ¡Escuchen! —exhortó al público—. Escuchen a Eli Miller, porque aquí están haciendo con ustedes lo que les viene en gana, ¡esto es charlatanería! ¡Una tergiversación! ¡Nadie se acuerda! Damas y caballeros, mi hija no había nacido aún, ¡una mediocre! Eli Miller les dice la verdad, ¡así no se hace! —Se volvió de nuevo hacia Matt—. Usted, ¿usted se llama actor? ¿Usted, con esa voz podrida? Jacob Adler, eso sí que era un trueno… ¡Una voz podrida no es un trueno! Maurice Schwartz, el Teatro Yiddish de Arte y Ensayo, que estaba justo al doblar la esquina, hacían auténticas maravillas: Goldin, incluso Herzl en una ocasión, Hirschbein, Leivick, Ibsen, Molière. ¡Lear! ¡Y quienquiera que estuviera allí, todo el que tuvo oportunidad de ver el Lear de Jacob Adler, fue testigo de algo que no era de este mundo!
       Arrastrado por una marea de risas, el público se levantó a aplaudir, estalló en un volcán de aplausos. Las risas crecieron como una ola. Silkowitz subió corriendo y sacó al anciano del escenario, que blandía aún el bastón gritando Lear, Lear, barriendo el suelo con la capa. Matt merodeaba todavía descalzo por el escenario, observando el ondear de la capa y los movimientos del bastón, cuando el telón cayó y lo sumió en la oscuridad. Muchos espectadores, le informó Frances más tarde, rieron hasta las lágrimas.



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