Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


La bruja de los muelles (1971)
(“The Dock-Witch”)
Originalmente publicado en la revista Event, 1 (primavera 1971), págs. 40-73;
The Pagan Rabbi and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1971, 270 págs.);
reipreso en The Best American Short Stories, 1972,
ed. por M. Foley (1972)



      Aquella primavera me tocó, supongo que por ser el pionero de la familia, ir muchas veces al puerto a despedir a los parientes que zarpaban de viaje. No dejaba de ser curioso, teniendo en cuenta que somos un clan del interior. Durante generaciones hemos vivido apegados a esas pequeñas aldeas sureñas de Ohio donde el turista solo espera encontrar otro maizal y encuentra, tal como cabía imaginar, otro maizal, aunque para su sorpresa albergue una fugaz estafeta de correos y la silueta inconfundible de un almacén de abastos. Hemos vivido a gusto en esos lugares desde hace mucho, contentos de poder llamarnos en verano de un porche a otro a través de las mosquiteras oxidadas y de desentumecernos las manos en invierno con los cantorales en una iglesia caldeada. No faltan en nuestras tierras algunos pequeños lagos de aguas oscuras, y si lo deseamos podemos ir hasta la orilla verde de un río a hacer una merienda campestre, pero más allá de eso el agua no forma parte de nuestra filosofía.
       Me alojo en un apartamento del piso diecisiete en un bloque de treinta y una plantas. Basta un simple cálculo para saber que podría haber elegido un lugar más alto, pero quizá todavía conservo restos de esa materia aductora de Ohio que sigue buscando la tierra. La tierra, sin embargo, está pavimentada con baldosas por las que camina de un lado a otro un portero vestido igual que un capitán de barco. Y es que mi casa tiene un aire náutico: por las ventanas alcanzo a ver el río Este y sé que, si lo sigo, al final llegaré al ancho mar.
       Soy el único de la familia que ha emigrado al este. Al principio lo tomaron por un acto de rebeldía pasajera, luego me tacharon de traidor, y al final empezaron a mandarme largas cartas en las que enumeraban las virtudes del calor seco de mi tierra, advirtiéndome que con las noches tan húmedas en un lugar tan alto acabaría con reúma, y me hablaban de tal o cual granja desaparecida ante los avances del “progreso”. Porque si volvía a casa encontraría progreso y prosperidad, y chicas de mi condición, y sobre todo la pureza rotunda y sincera de la tierra. Yo siempre les contestaba hablándoles de mi salario. Por entonces era un joven con expectativas prometedoras, según decían ritualmente los socios de mi empresa, y mi sueldo subía escalonadamente, como un gráfico de la bonanza económica de nuestro país: apenas hacía dos o tres años que había terminado Derecho en Yale, y era un muchacho más tenaz que precoz, un perfeccionista furibundo que mascaba las notas a pie de página como si fueran caramelos balsámicos. Trabajaba para un bufete que a su vez trabajaba para un grupo de gigantescas compañías de transporte marítimo, místicamente integradas. Los empleados novatos que nos deslomábamos en los despachos del fondo procedíamos todos de ciudades del interior; nuestras cabezas atestadas de leyes, irguiéndose con esfuerzo sobre los escritorios apiñados, parecían una parcela de trigo pardo en la que no corre la brisa. Bromeando durante el almuerzo (por la presión de trabajo solíamos almorzar sin movernos del escritorio, comiendo encima de las bolsas de papel de estraza), renegábamos de los habitantes de tierra adentro y hablábamos maravillas de las reinas de los mares que surcaban nuestros días con sus formidables documentos, tersos como la lona moteada de las velas. Presumíamos de sentir el océano en aquellos papeles con más intensidad que cualquier marinero bajo cubierta; nos abríamos paso hacia el mar concienzudamente, a punta de bolígrafo. Muchas de esas cosas las decíamos para reírnos un poco de nosotros mismos, desde luego, y siempre había un bromista que a la menor oportunidad tarareaba algún verso del La muchacha que amaba a un marino, pero en el fondo existía un espíritu en el que creíamos de verdad. A pocas calles al oeste de nuestras oficinas atracaban en el puerto las fabulosas embarcaciones de flancos blancos que traían comercio y pasajeros, y nosotros éramos precisamente los pequeños dioses que las controlaban. Con una estocada de nuestros bolígrafos, los barcos iniciaban el temblor sutil y colosal que nacía de lo más hondo de sus entrañas; con una nueva estocada, los motores se apagaban en los muelles. ¡Eso sí que era ser el señor de las olas! Curiosamente, en aquella época nunca deseé viajar a ninguna parte. Por un lado, no me atrevía; tomarme unas vacaciones para ver mundo despreocupadamente me habría hecho perder mi puesto en la cola, y si una cosa tenía clara entonces era que quería llegar a la mesa del capitán, por así decirlo, de aquel bufete. Además, me bastaba con oler el salitre que desprendían los pliegos apilados encima de mi cartapacio, cada uno coronado con un membrete donde se leían los nombres de las reinas: QUEEN MARY, QUEEN ELIZABETH, QUEEN WILHELMINA, QUEEN FREDERICA, QUEEN EKENEWASA. Era la sal del leal sudor de mi frente.
       Los buques, por descontado, nunca los veíamos; para nosotros no eran más que robustas leyendas. Aun así, de vez en cuando teníamos la oportunidad de oír a un capitán de verdad, o eso suponíamos. Siempre que aparecía un capitán en nuestras oficinas se encargaba de hacerse oír, y siempre llegaba furioso, normalmente por culpa de alguno de nosotros. Bramaba durante media hora por alguna intrincada imprudencia nuestra, perpetrada por triplicado en algún documento, y su voz retumbaba a través de las olímpicas puertas de roble del despacho de los socios del bufete, gritos iracundos; pero los gritos siempre decepcionaban. Si uno no sabía que allí dentro había un capitán de barco, podía pensar que se trataba del jefe de un sindicato de fabricantes de botones, o el gerente de una empresa de muebles, o el capataz de una granja algodonera. Todo aquel monzón de ira se desataba simplemente por cargamentos que llegaban en tren con retraso, o cargamentos que llegaban con tres semanas de antelación, o cargamentos —la mayor parte de las veces— pendientes de pago. O, si no, era una queja sobre el registro o los aranceles, o una disputa por los buques cargueros. De nada servía imaginar a comandantes de fragatas o galeones: casi todos los capitanes que oíamos aullar a través de aquellas puertas de roble y que al final salían aún mascullando quejas pero aplacados (rara vez coincidía con que después se cerniera sobre uno de nosotros la amenaza del despido), resultaban ser los tipos más bien achaparrados y fofos de los cargueros, que llevaban trajes de calle y zapatos marrones mal lustrados. El portero de mi casa tenía más aire de marino que cualquiera de ellos.
       Bueno, el secreto consistía en que eran capitanes solo en nuestra imaginación. En realidad aquellos hombres furiosos de aspecto ordinario eran ejecutivos de la naviera que acudían a aclarar un embrollo con el contrato de flete. A fin de cuentas todo eran contratos, no tenía nada que ver con el mar. Los granjeros de Clarksburg solían gruñir igual por los precios de mercado, los subsidios, el transporte. Y, para colmo, los soberbios capitanes, aquellos príncipes y señores a los que nunca veíamos y cuyos barcos solo podíamos recrear en nuestra imaginación, eran meros empleados, igual que nosotros. No ejercían ningún dominio sobre el mar, que en realidad estaba en manos de los socios de nuestro bufete, tranquilos detrás de sus puertas, y a los tipos ramplones que gestionaban las navieras y plantaban sus zapatos marrones en una alfombra seca y cara.
       Pero si evitabas a los ejecutivos de las navieras y las agencias de transporte, y te ceñías a los nombres de las reinas y a surcar con el bolígrafo aquella formidable geografía de papeleo —Puerto Amelia, Androko, Funchal, Yokohama, Messina, Kristiansand, Reikiavik, Tel Aviv y tantos otros lugares—, podías atisbar el mar y los luminosos códigos que rigen sus aguas. Recuerdo que una temporada en primavera me dio por leer a Conrad hasta altas horas todas las noches, novela tras novela, hasta que sentí que, si en mi última encarnación no había sido un lobo de mar, sin duda lo sería en la siguiente. Y cuando por la mañana llegaba a mi escritorio medio dormido para enfrentarme a un nuevo sobre lleno de peticiones contradictorias y cláusulas insoportablemente detalladas, me daba la sensación de zambullirme en la vida misma: Aruba, Suez, Cristóbal y todos aquellos lugares subían poco a poco hasta mis fosas nasales como un irresistible perfume de sirena, cargado de algas, profundo y salvaje. Esos días un cálido fluido de la imaginación residía en la médula de mi felicidad.
       A decir verdad, sin embargo, no pisé un barco hasta que mi tío Al, un tratante de piensos de Chillicothe, decidió que había llegado el momento de honrar París y Roma con su visita. Era una persona ahorrativa, pero no estaba en contra del progreso; si al final decidió viajar por mar y no por aire fue porque la tía Essie siempre había considerado a los hermanos Wright unos blasfemos. “Si Dios hubiera querido que los seres humanos voláramos, tú y yo estaríamos batiendo las alas en este preciso momento”, la citaba Al. La tía Essie había muerto hacía tres años, y el viaje de mi tío era una especie de homenaje a sus proverbiales ansias de conocer mundo. Una vez Essie se quedó una noche en Quebec, y pensó que sería interesante pasar una semana en un lugar donde todo el mundo actuaba como loco; se refería al efecto que le provocaba una lengua extranjera. A mi tío Al le habría dado igual no poner jamás un pie fuera de Chillicothe y alrededores, pero se marchaba a conocer aquellos lugares por Essie.
       —Ella habría querido que lo hiciera —dijo, escudriñando el río desde los ventanales de mi casa. Como no había hijos a los que dejar el dinero, estaba decidido a gastárselo sin ayuda de nadie—. ¿Aquello de allá es el océano? —preguntó.
       —Es el río Este.
       —Uf, ¿cómo puedes vivir con este olor? —dijo asombrado.
       A la mañana del día siguiente, que era sábado, fuimos en taxi hasta el embarcadero. El tío Al me dejó pagar la carrera. Había huelga de estibadores, así que tuvimos que cargar el equipaje por nuestros propios medios. Era un barco griego, compacto y opresivo. La pintura blanca descascarillada de las paredes de los pasillos tubulares exudaba humedad.
       —Caramba, el retrete de la planta baja de mi casa es más grande que esta caja de cerillas —dijo Al al entrar en su camarote. Iba a compartirlo con otro pasajero, que aún no había llegado; solo sabíamos que era un tal señor Lewis, de Chicago—. Un tipo de ciudad —dijo mi tío con cierta inquietud.
       El señor Lewis llegó tan tarde que la señal de aviso para que los acompañantes abandonaran el barco, algo entre un gong y un silbato, ya había sonado dos veces; llevaba consigo únicamente una pequeña bolsa de lona con una especie de bordado en el que se reconocían unas rosas y una L en caligrafía a ambos lados; la bolsa se balanceaba entre un par de muletas de abedul. El hombre le explicó a mi tío que era un ebanista retirado y que padecía de artritis. Su verdadero nombre era Laokonos, y viajaba a Patras a conocer a la familia de su hermano. El señor Lewis hablaba con un acento tan áspero que lastimaba el oído, y enseguida me di cuenta de que mi tío lo apadrinaría durante toda la travesía.
       —Adiós, que tengas un buen viaje —le dije.
       —Seguro —dijo mi tío—, así será. Cómo no. Gracias por alojarme y todo lo demás. No me olvidaré de ti en el testamento —bromeó.
       La señal sonó por tercera vez y bajé por la pasarela hasta el muelle cubierto, que en realidad era un techo sobre un suelo firme de hormigón y los laterales abiertos. Más que en un muelle, daba la sensación de estar en una especie de depósito. Desde allí ni siquiera se veía el agua, porque la ocultaba la mole del buque pegado al borde del andén, pero el viento era tangible y arreciaba dejando un regusto arenoso y extático en la boca. Decidí esperar hasta que el barco se hiciera a la mar. Era un trasto pequeño, demacrado, mezquino y decepcionante, y aparentemente no llevaba un solo marinero a bordo; se me ocurrió que quizá los propietarios fueran tan escasos de dinero que no podían permitirse comprar uniformes, y por eso los pasajeros, los visitantes y la tripulación, todos de paisano, no se distinguieran unos de otros. En cualquier caso, la mayoría eran griegos. O por lo menos todos los que esperaban a que los motores se pusieran en marcha para despedir el barco hablaban en griego. Allí estábamos, pues, apiñados y tratando pacientemente de no perder la posición, aplastados contra la barricada al final de la pasarela bajo la cubierta del depósito, mirando una franja horizontal del casco descascarillado e iluminado por el sol. La parte superior del barco quedaba oculta por el techo del embarcadero, y la parte del medio quedaba cortada por el andén, así que lo que veíamos era un cuarto de milla del flanco encuadrado entre ambos, en el que ni siquiera un ojo de buey rompía la monotonía. Los griegos seguían ahogándose con su incomprensible jerga, que parecía golpearles los dientes al hablar, y el barco continuaba inmóvil. No era la escena portuaria que había imaginado, y al cabo de media hora de vigilancia muda comprendí que lo más inteligente era largarme. Mi tío estaba encajado en algún lugar de los tuétanos de aquel cangrejo inmóvil y mugriento, y de todos modos ni siquiera había una cubierta con una barandilla desde la que asomarse para saludarnos y despedirnos gesticulando con los labios; nada de nada.
       —¿Cree usted que pasa algo? ¿Un problema con el motor, tal vez? —me preguntó uno de los griegos, con un inglés de Nueva York perfectamente aceptable—. Mi madre está a bordo, va a visitar a unos parientes, debería haberla visto llorar cuando la metí ahí adentro. ¿A quién despide usted?
       —A mi tío —dije, condenado a que me tomara por un griego con parentela.
       —¿Había venido aquí alguna vez? —preguntó el griego—. ¿Cómo es que tardan tanto en ponerse en marcha?
       —Seguro que el barco hace agua —saltó un espontáneo.
       —El cocinero tiene indigestión, por error probó la comida de los pasajeros.
       —Hay un motín, han descubierto que el capitán no es griego.
       —Era turco, lo han echado a los tiburones.
       —Créanme, cuando vuelves allí y te ven con un traje limpio, son peor que los tiburones. Imaginan que por ser norteamericano eres millonario.
       Un segmento de la multitud, sin duda población local, recibió el comentario con alegres vítores; me sorprendió con qué camaradería se trataban.
       —Disculpen —dije intentando abrirme paso.
       Empezaron a gritarme de todas partes: “¿Se marcha usted?”, “¿Cómo va a marcharse ahora?”, “¡Si zarpará enseguida!”, “¡Va a perderse lo mejor!”. Y entonces, articulada con una claridad asombrosa entre el murmullo general, me llegó una voz distinta de las otras.
       —No te vayas. Es un error irse tan pronto. Siempre hay un retraso, incluso con las reinas de los mares, y si te vas no verás la leche.
       La soberbia del comentario —además del brillo de la palabra “reinas”, trasunto de todas mis visiones secretas— me contuvo. Me volví a mirar.
       —¿Leche? —repetí como un idiota.
       —La estela. Es como un torrente de leche exprimido del seno de la mar madre.
       Apenas a unos pasos de donde me apresaba la masa risueña, vi a una mujer de unos cuarenta años, de constitución menuda, pero henchida bajo un vestido generosamente almidonado. Aunque el traje era gris, parecía un tanto infantil para su edad y su cara. Sus ojos rasgados tenían una aureola oscura, como los de un ave nocturna.
       —Si vienes a despedir a alguien, deberías quedarte hasta el final —me reprendió con voz aguda.
       —He esperado un buen rato —dije resignado.
       —Igual que todos. Se supone que hay que esperar. Forma parte de los ritos sagrados del muelle. Y cuando por fin el barco zarpe, se supone que has de dar un gran alarido. Apuesto a que es tu primera vez. Apuesto a que eres un tipo de secano. ¿Del Medio Oeste, quizá? —adivinó desde la distancia.
       Bajo nuestros pies se sintió un rugido. El hormigón retumbó como la fresa de un dentista.
       —¡Se ha puesto en marcha!
       —¡Ya se va!
       —Veo cómo se mueve. ¡Se está moviendo!
       El rectángulo desconchado del flanco del buque nos devolvía su resplandor sin el menor indicio de movimiento; la multitud empezó a arremolinarse, como para dar ejemplo. Entonces, con una especie de hipido suave, el casco se estremeció con un temblor visible, similar al de la grupa de un caballo. Un rugido selvático salió de su interior y nos golpeó en la cara.
       —¡Al fin!
       —¿Veis a alguien?
       —La cubierta está del otro lado.
       —No hay cubierta.
       —Buscad un ojo de buey.
       —Los ojos de buey están demasiado abajo.
       —Petróleo, eso es lo que es. Te dije que era petróleo.
       Un olor metálico, la fragancia de una máquina pesada poco fidedigna, asaltó el viento. El agua se reveló de repente ante nuestros ojos, un vómito de nieve. Se apiló sobre sí misma a borbotones antes de deshacerse en una negrura densa, semejante a un ominoso pozo circular o a un ojo inyectado en sangre oscura. La estela cremosa corría velozmente tras la popa. Sin previo aviso el buque zarpó y empezó a alejarse, de manera que pudimos ver toda su mole, con chimeneas, cañones y demás, avanzando quejumbrosamente. Cuanto más se alejaba, más bonito se veía, hasta que cobró una blancura impoluta, sin mácula; se deslizó con la cabeza erguida y un porte regio, mientras los griegos gritaban agitando los brazos. A continuación describió un amplio giro, dejando su estela en el puerto antes de adentrarse en la bandeja resplandeciente del mar abierto, y pudimos atisbar en el otro flanco una cubierta diminuta llena de figuras diminutas. Mi tío y el señor Lewis debían de estar entre aquellos muñequitos. Pero yo ya había tenido suficiente, y extrañamente apenado recorrí el largo andén de hormigón hasta Canal Street para buscar un taxi.
       Apenas una semana después pasó por allí mi prima pequeña con toda su clase, treinta chicas quisquillosas con gorras de marinero que iban de viaje de final de bachillerato a recorrer “Escocia, las Hébridas, Inglaterra y Gales”, según el folleto del crucero.
       —¿Y a Irlanda no vais? —dije.
       —George, querido, Irlanda no le interesa a nadie —dijo mi prima (que en realidad era sobrina segunda)—. Vamos a ver el taburete original en el que Robert Burns se sentaba a escribir sus poemas. Está en un museo de Edimburgo. ¿Sabías que justo en medio de Edimburgo hay un gran castillo, de esos en los que antiguamente vivían reyes? Está en el catálogo, ¿quieres ver la foto? No sé cómo aguantas Nueva York. Mamá piensa que tienes que estar loco para vivir en un sitio como este, lleno de asesinos con puñales.
       Puso cara de pirata y me pasó una copa de champán. Se habían montado la fiesta allí mismo. Había fiestas por todo el barco, que iba lleno de estudiantes y para colmo era alemán. Un grupo de chicos había arrancado la lona de un bote salvavidas y bebían a morro de botellas verdes, con las rodillas aplastadas bajo los asientos. El barco apestaba a un desinfectante nauseabundo y raro, como si lo hubieran restregado todo a la desesperada para cumplir con las condiciones de salubridad. A los estudiantes parecía traerles sin cuidado aquel olor. En sus literas se apilaban maletas y mochilas llenas a reventar.
       —Atracaremos primero en Hamburgo, y después tenemos que retroceder hasta Southampton —me explicó mi prima—. Es más barato ir hacia atrás. Se ha acabado el champán, ¿te apetece una cerveza?
       Fue a buscarme una, pero se olvidó de volver. Las chicas de su clase empezaron a corear una canción. Gritaban sin cesar, y aunque le había prometido a la madre de mi prima que me haría cargo de Suzy mientras estaba en Nueva York, de repente sentí que allí no pintaba nada y me marché. El desinfectante me siguió como una nube negra. En el rincón de un camarote dos plantas más abajo, encajada en la esquina de una litera, vi a la mujer almidonada. Estaba comiendo un pedazo de pastel de naranja, y a su lado había cuatro estudiantes gritones en cuclillas.
       —¿A quién has venido a despedir esta vez? —me increpó en medio del barullo—. ¿A tu hermana?
       —No tengo ninguna hermana.
       —¿A un hermano? No tienes ningún hermano. En ese caso, ¿te apetece un poco de pastel?
       Me apretujé en el camarote y acepté un pedacito en un plato de papel.
       —¿A quién has venido a despedir tú? —le pregunté.
       —A los marineros. Y tú ¿qué haces?
       —Bueno, he venido a… —le dije.
       —Quiero decir que a qué te dedicas. Veo que tienes una piel delicada, al menos sé que no eres marinero. Dios mío, cuánto ruido hay aquí. Creo que me voy al muelle. ¿Hoy vas a quedarte hasta el final?
       —¿El final de qué? —pregunté; me parecía demasiado enigmática y que se tomaba demasiadas confianzas.
       —Hasta que salga del muelle. Tienes que verlo zarpar.
       —Ya lo vi zarpar la última vez. Y tardó mucho.
       —Hay que olvidarse del tiempo cuando hablamos de los marineros griegos. Los marineros griegos son eternos. Los marineros griegos son inmortales, apuesto a que trabajas en una oficina. En algo seco, sin filtraciones.
       —Un bufete de abogados —admití.
       —Tiene sentido, pero no me gustan los abogados. Yo no sería abogada por nada del mundo. Si hubiera nacido hombre, sería marinero. Supongo que me tomas por una vieja solterona; pues bien, no es así. Tengo un par de hijas casadas, ¿te lo puedes creer?
       Murmuré educadamente que resultaba difícil de creer.
       —Lo sé —reconoció ella—. He conservado mi juventud. —Nos abrimos paso juntos por los pasillos del barco hasta que salimos y bajamos la pasarela. Mientras tanto comprobé con mis propios ojos que ese último comentario suyo estaba casi justificado—. Si vienes a despedir a alguien, debes quedarte hasta el final —dijo con vehemencia, con la misma rotundidad de la vez anterior.
       Tenía la cara larga, pero alegre de todos modos: largos lóbulos de las orejas atravesados por largos pendientes de madera, una nariz larga y angulosa, una barbilla larga y recia. Llevaba el pelo demasiado largo. A primera vista le podías quitar de encima quince años y tomarla por una chica, si no bonita, al menos “interesante”, una categoría que siempre me ha parecido aburrida; al mirarla por segunda vez con un poco de detenimiento le echabas los años de nuevo encima, pero te garantizaba un poso de sabiduría y simpatía. Esperamos a que se formara la estela del barco y a que ella encontrara la metáfora láctea apropiada.
       —Una mantequera —dijo al fin—. La senda de mantequilla y claras a punto de nieve del océano. No me gustan nada los adolescentes. No son capaces de concentrarse. Los marineros sí que saben concentrarse… Aunque quizá sea porque no les queda más remedio —admitió—. ¿Tienes que irte ya?
       —Hace rato que me he pasado de la hora del almuerzo.
       —Pobre de ti. Un pequeño esclavo. ¿Ves esa droguería? No, en la otra acera, allí. —Señaló hacia Canal Street—. Es de mi marido. Es un droguero de barrio de toda la vida. Un esclavo peor que tú, y desde hace más tiempo. Dudo que haya recorrido nunca las dos calles hasta los muelles para disfrutar del espectáculo. En cambio yo vengo prácticamente todos los días. A ti te gusta el agua, ¿verdad?
       La pregunta me sorprendió.
       —Sí —le dije.
       —Bueno, pues a mí las leyes me dejan hecha un mar de dudas —soltó con una carcajada. En cuanto llegamos al oscuro establecimiento de su marido, se fue hacia la puerta—. Por las tardes a veces echo una mano —dijo desde el umbral con su voz chillona.
       Después de eso alojé en mi casa a un antiguo vecino, a dos empleados de la estafeta de correos, e incluso al alcalde de Clarksburg en persona. Llegué a pensar que todas las hurañas gentes de mi pueblo estaban desertando de allí y pasaban por mi apartamento y el puerto antes de arrojarse a los pechos de Europa. No conseguía explicarme el milagro de aquella fiebre viajera que asolaba el estado de Ohio. En cuanto al tráfico que pasaba por mis manos en particular (y por mis toallas y mis sábanas), pronto comprendí que se había corrido la voz de que, aunque estaba loco por vivir en un sitio como aquel, era más barato que ir a cualquier hotel de la ciudad, y que además yo “podía permitírmelo”. Era el precio que pagaba por haber alardeado tanto de mi magnífico salario, que después de un fin de semana de cenas en restaurantes y viajes en taxi para una pareja de luna de miel, hijos del cuñado de un preciado amigo de mi tía abuela política, ya no parecía tan magnífico. El precio que pagaban mis visitas era de otra especie, y quizá peor: me traían rumores, aunque procuraban hacerlo con delicadeza, de que en Ohio me consideraban un tipo aburrido y mustio, un muerto en vida, un esnob preocupado solo de mi propia vanidad, un arribista de Nueva York. Me tenían por un solterón empedernido y sin corazón.
       A mí todos me parecían un hatajo de desagradecidos, y si seguía abriéndoles la puerta de mi casa era para estudiar su ingratitud. Llegaban en tropel, con el sello inconfundible de la vestimenta del interior, las perneras de los pantalones de los hombres ridículamente abultadas, las mujeres tan anchas luciendo sus sombreros de ala levantada y sus pantalones floreados de rayón con casaca a juego y zapatos blancos tiza, unos y otras con guantes, miradas recelosas y asomando sus naricillas, temerosas del sol, con las caras descamadas. Me irritaba su lenta manera de hablar y estaba seguro de que ellos en privado se reían de la mía, con el ritmo ganado a pulso que había adquirido en Yale. La situación daba pie a complicidades venenosas; advertí con satisfacción que los maîtres de los restaurantes compartían sin disimulo mi desdén. La verdad era, supongo, que me regodeaba en ese desprecio y me alimentaba de él, contento de saber todo lo que había dejado atrás. Las mujeres me preguntaban compasivamente si no había estado nunca en el extranjero, y cuando admitía que no, los hombres se reían entre dientes a través de la neblina de sus puros. “Mira por dónde —decían—, siempre he dicho que no hay mayor provinciano que un neoyorquino. ¿No has visto nunca la torre Eiffel? ¿No has estado nunca en Roma? Pues déjame que te diga, George, que deberías lanzarte y echarle un vistazo a Roma. Esa ciudad merece un carrete entero de fotografías.”
       Aquella primavera vi por dentro infinidad de barcos y camarotes de todos los tamaños, de los más grasientos a los más relucientes, donde me acurrucaba codo con codo junto a mis huéspedes recientes, todos agarrados a nuestras modestas bebidas formando un corrillo desconfiado, hartos ya de los puyazos que nos asestábamos unos a otros. Para entonces se habían cansado de preguntar cuándo recobraría el sentido común y volvería a vivir en la genuina América; pero a esas alturas ya sentía el alivio que me embargaba siempre después de disculparme por despreciarlos tanto. Allí de pie, procurando ocultar cierto temor en sus estrechos camarotes, representaban todo de lo que yo había huido. Se creían gente de mundo por hacer aquellos estúpidos cruceros de rigor, aunque para Navidad ya lo habrían olvidado todo de no ser por las diapositivas de rigor que mostraban como pruebas de rigor de su viaje. Y a mí, entretanto, ellos me servían como pruebas de rigor de mi propio viaje, de qué poco me había faltado para ser un pasajero de cruceros en lugar de quien los despedía desde el muelle. El pasajero regresa inexorablemente a su pueblo, al maldito terruño; el hombre del muelle se estremece siempre en el filo de la posibilidad. En el breve recorrido desde el centro del país hasta la orilla del mar, yo había abarcado la amplitud, la inmensidad. Mientras saludaba vanamente desde el embarcadero, decía adiós también a todos los callejones sin salida que me habían amenazado. Cuando por fin el barco se alejaba vibrando entre garabatos de espuma y ponía rumbo, más que a su destino, a su punto de retorno ineludible, sentía crecer por dentro algo parecido a la devoción. Al principio creí que se trataba únicamente del placer por haberme librado de las pesadas visitas, pero luego comprendí que era la paz de aferrarme al borde del infinito, sin la obligación de volver a los límites de mi antiguo apego a la tierra.
       Y en algún momento siempre aparecía la mujer almidonada, con su cabeza erguida de larga melena y su engañoso aire aniñado; era como verse sorprendido constantemente por el ojo sumiso de una cerradura. En ocasiones la reconocía de improviso en un camarote, con sus pendientes tintineando quedamente en medio de un abismo de ruido, o de vez en cuando la veía, siempre entre la alegre multitud, inclinándose a agarrar una galleta, asomada por una barandilla de la cubierta o caminando por un pasillo estrecho con sus sandalias de esparto y su mirada escrutadora. Luego sonaba el gong de aviso y al salir a menudo la encontraba a mi lado entre la multitud del muelle, aguardando con avidez el blanco remolino que excretaba el barco al zarpar. Siempre iba vestida con ropas escrupulosamente limpias y acartonadas: las mangas y las faldas conservaban la rigidez del lienzo de una vela oscura. “Nata montada”, decía de la estela y, a continuación, como de costumbre, nos alejábamos caminando con una grata tristeza cargada de sabiduría hacia la luz refulgente de mediodía que inundaba Canal Street, hasta que la entrada oscura de la droguería de pronto la succionaba.
       O a veces no estaba. Y entonces, al día siguiente de haber ido a despedir a alguien y no encontrarla por allí, salía de la oficina a la hora del almuerzo, con el sándwich envuelto en su correspondiente bolsa de papel, y caminaba hacia el oeste hasta el puerto, por Canal Street, dejando atrás las ferreterías que invadían todas las aceras, y escogía un muelle donde hubiera atracado un buque blanco, y la buscaba. Y allí estaba, riendo seriamente entre desconocidos, comiendo pastel, pataleando en el hormigón con sus pies limpios descubiertos, para despedir a los viajeros que partían. A veces.
       La mayoría de las veces no estaba, y esos días siempre me llevaba una desilusión. Pasaba un rato dando vueltas en círculo por el muelle, masticando mi sándwich junto a un buque Cunard amarrado, y volvía con andar cansino, apesadumbrado y eructando la mostaza, a mi escritorio y a sus documentos manchados. Las reinas de los mares no me servían de consuelo entonces; me devoraba la curiosidad. Ella no iba a despedir a nadie en particular, me había dicho que sus conocidos no viajaban al extranjero; iba allí por el placer de ir, pero nunca conseguí saber qué la atraía exactamente: ¿eran los barcos? ¿Los marineros? ¿La extrañeza políglota? ¿Era solo por darse un paseo cada tarde hasta un sitio animado de los alrededores? ¿No sería una loca? Llegué a acariciar la idea de que estuviera chiflada, por lo que tenía de pintoresca, pero siempre que conversábamos parecía alegre y bastante cuerda, aunque sin duda distinta del resto de la gente. Era un poco rara.
       Un día me preguntó si se me daban bien los interrogatorios.
       —En nuestro bufete no nos dedicamos mucho a eso. Básicamente hacemos trabajo de oficina. Casi nunca vamos a juicio. La idea es más bien evitar que nuestros clientes pisen los tribunales —le expliqué.
       —¿Nunca has estado en un juicio?
       —Bueno, sí, en algunos he estado.
       —Pero, dime, ¿alguna vez has hecho que un testigo se derrumbara?
       Sonreí ante aquella brutalidad suya.
       —No. De verdad, no me dedico al derecho procesal. Me paso el día delante de un escritorio.
       —Eres un intelectual pasivo.
       —No, tampoco es eso, la verdad.
       —Bueno, me alegro de que no seas de los que intentan arrancarle cosas a la gente… Confesiones.
       —A mí no tendrás que confesarme nada —le prometí.
       —De todos modos no lo haría —dijo ella—. Yo soy de las que no cuenta demasiado. Si cuentas las cosas, dejas de retenerlas.
       —A mí no me gusta retener las cosas.
       —¿Y a las personas, te gusta retenerlas?
       —Supongo que no. De lo contrario no vendría siempre aquí a despedirlas.
       —Hoy no has venido a despedir a nadie —observó—. Y anteayer estuviste aquí y tampoco despediste a nadie.
       —Es cierto —dije.
       —¿Tratas de retener a alguien?
       No tuve más remedio que reírme, aunque me incomodó.
       —Te garantizo que mi apartamento está vacío en estos momentos.
       —Quiero verlo. Tu apartamento. ¿No dijiste que desde allí se ve el agua?
       —No la del mar, solo el río.
       —Toda es una y la misma agua —sentenció ella—. Quiero echar un vistazo. ¿No hay nadie en tu casa, en serio?
       —De verdad. Ni siquiera una amante.
       Pareció ofendida ante mi comentario.
       —Tengo hijas casadas. Ya te lo dije. Y un marido. Ellos son mi estela, ¿comprendes? Cuando vives dejas una estela que te sigue siempre, hagas lo que hagas. Todo lo que has sido y los lugares donde has estado manan de ti como una leche, lo llevas contigo, no puedes librarte. La mortalidad deja su rastro.
       De repente me sentí furioso; me estaba sermoneando con obviedades, como a un niño.
       —Bueno, no te preocupes —dije—. No tengo intención de retenerte.
       —No la tienes —accedió—, pero la tendrás. Ya lo verás, ya lo verás.
       —¿Eres clarividente? —dije exasperado.
       —No lo digas con sorna. Nadie escapa a lo que dicta la naturaleza. Tú no eres de madera.
       Toqué el costado de su vestido, que caía con la misma textura crujiente que la corteza de un árbol.
       —No —repuse—, pero tú sí. ¿Por qué vas vestida así? ¿Por qué no llevas nunca nada suave?
       —Para acorazarme. Si fuera suave, querrías retenerme.
       —Anda, vete al diablo.
       —Mejor al profundo mar azul —contestó, volviéndome con dureza la espalda.
       Después de aquello no me dejé ver por allí durante casi una semana. Ni siquiera sabía su nombre (aunque ella sí sabía el mío), y aun así me desagradaba. Era una persona trivial, la mujer de un droguero, una chiflada que deambulaba por los muelles, y me sentí ridículo por haber dedicado tantas horas del almuerzo a su extraña compañía. Desenvolvía mi sándwich encima del escritorio y me lo comía mientras trajinaba con el papeleo, igual que mis compañeros; por haber sacrificado todos aquellos mediodías radiantes en los muelles me había rezagado un poco en aquella carrera que todos disputábamos, aunque nadie lo reconociera. Cuantos más documentos absorbía uno, más lo absorbía la empresa: tuve que recordarme que mi mayor ambición era asimilarme a aquel cuerpo místico. Y sin embargo me sentía ligeramente agobiado, a veces creía que era una carrera hacia ninguna parte, y aun así no se me ocurrían alternativas. De pronto mis compañeros me parecían tontos de remate cuando silbaban La muchacha que amaba a un marino o se burlaban de los tipos gritones de los cargueros. Me distancié de ellos —no creo que al principio lo notaran— y me enfrasqué en los blancos pliegos de las reinas de los mares para combatir aquel aburrimiento repentino. Sin embargo, la blancura de los pliegos ya no me hacía evocar las velas de las embarcaciones: parecían más bien trapos que estrujaba entre mis manos, y sabía que los efluvios de sal que desprendían no eran más que el sudor de seres humanos. Dejé de leer por las noches; dejé incluso de quedarme en casa. Me ponía mis zapatos más viejos y echaba a caminar siguiendo el río, sorteando antes el denso tráfico de la avenida que bordeaba el cauce. Los faros de los coches me herían los ojos y cruzaba corriendo para evitar que me arrollaran las estampidas de vehículos relucientes y desbocados. Del agua fétida llegaba el sonido de la basura derretida al chocar contra la orilla artificial. Rara vez veía una barcaza deslizándose sobre las aguas. El río no bastaba.
       El viernes por la noche, al final de aquella semana de abstinencia, atravesé a pie el centro y me subí en un autobús que atajaba inexorablemente hacia la parte más baja de la ciudad, donde me aguardaba el anhelante puerto. Una bruma acre saturaba el aire. Reinaba la oscuridad, una oscuridad patrullada por guardias con cara de pocos amigos. No me permitieron acceder a los muelles, así que me quedé merodeando por las aceras adoquinadas y acechando desde los callejones. En uno de ellos vi un par de ratas del tamaño de pingüinos encogidos; una correteaba detrás de la otra en una procesión veloz pero del todo premeditada, como un par de curas que llegan tarde al oficio divino. Los muelles estaban curiosamente despoblados, salvo por una hilera de embarcaciones pequeñas, siluetas lóbregas y desiguales que parecían recortadas a mordiscos por una mala dentadura. Las embarcaciones colosales y orgullosas estaban todas en mar abierto o dispersas entre los puertos más afortunados del mundo, y eran precisamente las que yo tanto añoraba: las radiantes reinas de los mares por las que había emprendido aquel peregrinaje nocturno, en busca del olor y las huellas que me permitieran evocar las profundidades del océano más profundo. Tan solo encontré una soledad insoportable; de vez en cuando me cruzaba con un vagabundo tambaleante o con un delincuente sigiloso de camino a alguna fechoría. Por vez primera se apoderó de mí el deseo inconfundible de emprender un viaje y, con la certeza con que se reconoce un sabor, supe que necesitaba sentir la sal en los tuétanos. Necesitaba ahondar en el pasadizo más recóndito de aquella pulsión. Me escabullí hacia el este y luego hacia el sur, imitando el paso y el andar de aquellas ratas sacerdotales, hasta la estación marítima siniestramente iluminada, con un resplandor eléctrico tan intenso como el de un particular infierno. Había un transbordador jadeante amarrado, y subí corriendo a bordo justo en el momento en que la puerta de embarque empezaba a cerrarse. El muelle y la popa se separaron mientras el agua mansa se mecía y se ensanchaba entre ambas, prácticamente bajo mis pies. Un chorro de espuma salía disparado hacia arriba, cada vez con más fuerza. En la cubierta azotaba un viento cálido. Hundí la mirada en aquel estanque portuario y aspiré el olor del mar con tanto ahínco como si izara un cabo. Tampoco bastaba. No era la última Thule de las profundidades, ni siquiera parecía el océano, faltaba bravura. No sentía la sal en los tuétanos.
       Volviendo de Staten Island me dormí en uno de los bancos de la cubierta; un borracho y yo descansamos enternecedoramente hombro con hombro. El transbordador resplandecía igual que un salón de bodas o un carrusel, inundado por la música de los radiotransistores a los que se abrazaban las parejas de enamorados. En un momento en que la cabeza del borracho resbaló de mi hombro, me desperté y en la oscuridad más allá de la aureola del transbordador vi un desfile fantástico, majestuoso: pensé que se trataba de una galaxia de ratas surcando el agua con sus orejas puntiagudas, alerta, pero eran velas. Velas de galeones, goletas, naves vikingas, desplegadas al viento, negras; cometas oscuras.
       El sábado por la mañana no pisé los muelles; me sentía febril, aunque el termómetro marcaba la temperatura normal. De todos modos me pasé el día entero revolcándome en la cama, sofocado, levantándome nada más que a beber agua helada. Corrí las cortinas para no ver el río; estaba muerto de sed. Por la noche me serví un poco de whisky en el agua fría, y después rebajé el whisky en un poco de agua. A pesar de que el domingo no me sentía mejor, siguiendo un impulso atávico fui a la iglesia. Leyeron del libro de Jonás: “Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí”. Después vomité en la sacristía.
       Al día siguiente, a mediodía (aunque no me había llevado nada de almuerzo), estaba demasiado impaciente para caminar, de modo que paré un taxi para ir a los muelles, pero salté del vehículo en mitad de Canal Street, a una manzana de los edificios del embarcadero. Nos habíamos quedado atascados en el tráfico; no pude soportarlo. El resto del trayecto lo hice corriendo, subí corriendo las escaleras y el largo pasillo de hormigón. Todo era como de costumbre: la multitud, el ruido, los familiares aullidos de despedida. En las tripas de un barco grisáceo sonó débilmente el gong que anunciaba la inminente partida. Era un barco judío que se dirigía a Tierra Santa; en la proa tenía un corte profundo que se prolongaba abriendo un trecho del flanco que quedaba a la vista. Me encontré rodeado de ortodoxos vestidos con sombreros y largos abrigos negros, todos con grotescas barbas, algunas pelirrojas, como de payaso. Lloraban igual que si el muro roto del barco fuese una antigua argamasa sagrada que alguien hubiera profanado. Agité los brazos entre sus llantos como un avestruz a la fuga y me metí a contracorriente entre la muchedumbre que bajaba por la pasarela. Una mujer pechugona con un recio uniforme blanco de recias rayas en los puños me pidió que desistiera, pero yo empujé aún más fuerte contra los pechos que me impedían subir. Forcejeando aún me liberé y entré por fin en el barco, al tiempo que por megafonía una voz daba órdenes de zarpar; empecé a peinar los pasillos en busca de mi acartonada presa. La encontré enseguida, apoyada en la puerta de un aseo, bañada en lágrimas; su cara larga parecía barnizada. La señal de aviso volvió a sonar, la voz que salía por los altavoces se hizo más ronca y más áspera.
       —¿Por qué lloras, por el amor de Dios? —dije.
       —Todos los demás lloran —dijo—, todo el mundo aquí está llorando.
       —Vamos, rápido, salgamos inmediatamente o acabaremos en Jerusalén. —Le tiré de la manga y bajamos a toda prisa; el almidón me raspó la palma de la mano.
       Al cabo de un instante el barco se despegó del muelle sin pérdida de tiempo, entre gemidos. Los espectadores emitieron un estremecimiento de éxtasis. Se apiñaron abrazados unos a otros, y empezaron a levantar y encoger las piernas, dando vueltas: bailaban para que el barco llegara a buen puerto.
       —Bailemos también nosotros —dije; estaba rebosante de alegría ante el milagro de haberla encontrado cuando más me acuciaba el deseo.
       —No, no —dijo ella—, yo no bailo. Bailar me hace crujir, soy un vejestorio, por favor, ya no soy joven.
       La alcé en el aire pero pesaba como una viga, así que la dejé de nuevo en el suelo, sin aliento.
       —¿Ves? —dijo—. Ya te lo advertí.
       —¿Cómo te llamas? —le pregunté—. He pasado el fin de semana acordándome de que no sé tu nombre.
       —Ondina.
       —¿Ondina?
       —Llámame Ondina —insistió ella.
       —Lo haré si eso es lo que quieres. ¿Cómo te llama el droguero?
       —Sylvia —respondió—, un nombre de monigote. Un nombre sin imaginación.
       —Ondina —repetí.
       Aquella tarde nos hicimos amantes. Ella admiró las vistas desde los ventanales de mi apartamento.
       —Me gusta que sea un sitio tan alto —dijo con voz chillona—. Pero dijiste que desde aquí se veía el río.
       —Ahí está.
       —¿Ese cordelito sucio?
       —Toda es una y la misma agua —dije, imitándola.
       Me miró pensativa.
       —Eso te lo enseñé yo. —Y luego, tratando de abrir la ventana de guillotina, añadió—: ¡Ay, me encanta este sitio tan alto! Echo de menos las alturas. Vivo en un lugar muy bajo.
       —Esa ventana no se abre —le comenté—. Tenemos aire acondicionado, ¿no te has dado cuenta?
       —Claro que me he dado cuenta. Aire de máquina. Eso es anormal. No es natural. Estoy en contra de eso.
       —Vuelve conmigo a la cama —le supliqué—, aquí se está bien.
       —Te echarán en falta en la oficina.
       —En mi oficina son todos unos esclavos.
       —Eso te lo enseñé yo.
       —Enséñame, anda, enséñame —le dije.
       —Primero te enseñaré un poco de moda. No te gusta mi ropa.
       —Estoy en contra de la ropa, no es natural. De todos modos no vas a la moda. Tu ropa parece una corteza. Yo quito la corteza, simplemente.
       —Ya lo sé. Sabía que lo harías.
       —Eres clarividente.
       Se echó a reír con una inquietante claridad otoñal, parecida al revoloteo de la hojarasca.
       —No, no lo soy. Solo me dejo llevar por la marea. Si veo una ola gigante, me monto encima, eso es todo.
       —Yo soy la marea —le dije.
       —Yo soy una ola.
       —Yo soy la cresta de la ola.
       —Yo el seno.
       —Centelleamos.
       —Igual que el lomo de un pez.
       —Nos mecemos, caemos, damos vueltas.
       —Desde aquí arriba puedo ver toda el agua del mundo.
       —Ponte abajo —le ordené.
       Se quedó toda la noche, y también el día y la noche siguientes. El tercer día me levanté temprano, me puse un traje para ir a la oficina —¡qué extraña sensación sobre mi piel liberada, alerta!— y entré en la oficina como en un trance. Mis compañeros, más que humanos, me parecieron una especie extraña de animal marino; me dio la impresión de que los papeles que languidecían encima de mi escritorio estaban putrefactos.
       —No contestabas al teléfono —me acusaron—. ¿Tuviste que ausentarte? ¿Alguna emergencia?
       —Me parece que estaba enfermo —dije, e inmediatamente me lo creí.
       —Qué delgado se te ve —comentaron—, cómo has adelgazado.
       En el espejo del lavabo examiné mi delgadez. Era cierto, había adelgazado mucho.
       —¿Almuerzas aquí? —me preguntaron—. ¿O vas a salir, como hace dos semanas?
       —Claro —dije, indeciso.
       —El otro día pasó por aquí el patrón de uno de los buques. Te perdiste los rugidos, chico. Qué tifón.
       —¿Hubo un tifón?
       —¿Estás enfermo? Pareces enfermo —dijeron riendo disimuladamente.
       —Mejor será que me vaya a casa —admití, y me marché. El apartamento olía a descomposición. Ella no estaba; había apagado el aire acondicionado y el frigorífico. Mi almohada olía a podredumbre. La leche se había agriado; también el vino y la crema de leche; dos o tres melocotones maduros se habían puesto negros. Un cuenco de arándanos se había transformado en una flor de increíble belleza, toda recubierta de moho.
       Me tumbé en la cama, agotado por el deseo del deseo; en la espiral del duermevela soñé con los tres días que habíamos pasado haciendo el amor. Pensé en el modo en que ella se había desprendido de la corteza que la envolvía y en cómo mi pulso se había fundido con el suyo.
       —Ondina —musité, exhausto. El cinturón de su vestido estaba enrollado encima de una silla; alargué una mano lánguida y lo desenrollé. Estaba rígido como un paño de hilo congelado, como la superficie de un árbol fosilizado, pero recordé su cintura carnosa, flexible como una lengua. Escondí el cinturón debajo de mi almohada. Ondina había vuelto con su marido; solo de pensarlo me levanté de un salto. En media hora me planté en Canal Street cargado de rabia y empecé a recorrer la calle con zancadas furibundas, temeroso de cruzar la calle. Al otro lado, entre dos ferreterías, se agazapaba la droguería como una mosca oscura. Nadie entraba ni salía del establecimiento. Me pregunté si se ganarían la vida con un negocio así. Un camión invadió la calle y crucé por delante sin mirar; me pitaron varios vehículos, pero inexplicablemente seguía vivo; compré el primer objeto que cayó en mis manos, una tabla de lavar. Agarrándola como si se tratara de una lira entré en el comercio. Detrás de un mostrador salpicado de moscas y atestado de cajas de cartón, vi a Ondina sosteniendo (pensé yo) una lira de verdad, riéndose con su risa confiada.
       —Estamos preparando un muestrario de barras de labios. ¿A que es bonito? Mira. —Su instrumento se convirtió en una fina bandeja acanalada provista de tubos dorados, todos rematados por una punta sangrienta. Cada uno tenía un nombre distinto: Fuego Púrpura, Hielo Escarlata, Tajo Plateado, Corazón herido—. El droguero ha salido —me dijo—. Vaya, ha bajado al sótano. Está subiendo las cajas. Cosméticos. La debilidad de la mujer desde los tiempos de Cleopatra. Pero déjame decirte que yo no me pongo nada en la cara, solo el agua. Si esperas un poco lo conocerás.
       —Por favor —le dije—, vuelve a mi apartamento.
       —Imagina que están allí tus primos. O tu hermano. O tu tío.
       —Sabes que no tengo ningún hermano. Allí no hay nadie —le juré—. Nadie. Tampoco espero a nadie. Está vacío.
       —Desconecté todo aquel frío falso, ¿te diste cuenta?
       —Vuelve conmigo, Ondina.
       —Sylvia. Mi marido me llama Sylvia. Antes era un hombre como es debido, pero ahora se ha quedado tan seco que casi no está. Ya no le quiero. No sé por qué sigo aquí. Aunque ¿adónde iba a ir? Distinto sería si hubiéramos tenido hijos…
       —¿Y tus hijas? ¿Tus hijas casadas?
       De un agujero en el suelo de la trastienda apareció flotando una caja grande de color tabaco; detrás, braceando como si saliera de un remolino, emergió el marido de Ondina.
       —Mi marido también se llama George, ¿te lo había dicho?
       Al ver que no era un cliente de verdad no pudo ocultar su desilusión. Me dio la mano y acto seguido se llevó esa misma mano detrás de la cabeza y abrió dos dedos para ponerse unos cuernos.
       —¿Te conoció allá abajo? —preguntó—. ¿En los muelles? Siempre anda deambulando por ahí. Al final os acabo conociendo a todos. No creas que me importa, amigo, a mí me da lo mismo. —Se quedó mirando la tabla de lavar que yo llevaba bajo el brazo—. ¿La has pagado?
       —Es suya, cariño, la compró en la tienda de al lado. Nosotros no vendemos ese artículo —dijo Ondina.
       —Bueno, entonces lo pondré en el libro de pedidos, no me importa la competencia. Tengo cien mil artículos en existencias. Desde horquillas del pelo a Sal Hepática. Desde elixir paregórico a un par de ligas. Aunque no nos dedicamos mucho a la preparación de fórmulas, porque todo el mundo va al norte, a esos sitios con precios de saldo. Son unos ladrones, infringen las leyes del comercio sin darse cuenta de que tiran piedras contra su propio tejado. No ven más allá de sus narices.
       —Yo odio mi nariz —dijo Ondina—. Es demasiado larga. Parezco Pinocho, ¿a que sí?
       —Deja de decir tonterías —dijo George—. Si quieres irte con él, vete. Tengo mucho que hacer, y no necesito ayuda.
       —Vamos a ver si zarpa algún barco —accedió ella—, uno con velas de verdad. —Y la seguí hasta la calle.
       —¿Por qué lo tratas así? —pregunté.
       —Bah, yo qué sé. Porque quiero. Porque parece el mismísimo diablo. ¿No crees que es idéntico al diablo? Te lo pregunto muy en serio.
       Pensándolo un poco, tenía toda la razón. Aquel hombre era todo aristas, igual que las orejas de una rata. Era el hombre más enjuto, más flaco que había visto jamás. Por alguna razón sentí que me enfriaba con ella. Los dedos de sus pies, que asomaban por las sandalias de esparto, parecían casi cuadrados, demasiado rígidos. Las mangas de su blusa se abombaban exageradamente en los hombros. El dobladillo de la falda parecía un miriñaque.
       —Seguro que ya han llegado todos los veleros. ¿Lo has leído en los periódicos? Vienen de todo el mundo. Adiestran a los marineros en esos viejos barcos de vela. Réplicas. Así es como aprenden a manejar los cabos y demás. Hay una nave vikinga de una película que hicieron. ¿No lo has visto en los periódicos? Todos los países han enviado un velero al puerto de Nueva York. Es una exhibición, ¿no te has enterado?
       —No he visto un periódico en tres días —dije con aspereza.
       —Bueno, llegaron antes de eso. Empezaron a venir la semana pasada. Es emocionante, ¿no crees que es emocionante?
       —No quiero ir a los muelles. Quiero que vengas a casa conmigo —le dije, aunque ni siquiera sabía si lo decía de veras. La sensación de culpa por su marido me oprimía la garganta.
       —¿Por qué me dijiste que tenías hijas?
       Se detuvo en seco.
       —Ah, eres un mentiroso.
       —No he sido yo el que ha mentido.
       —Dijiste que nunca haces interrogatorios. Dijiste que nunca te entrometes. Dijiste que no tratas de sonsacar cosas a la gente.
       —¿Qué tiene eso que ver con tus hijas o no hijas?
       —Por supuesto que tengo hijas —dijo con resentimiento—. Y tengo marido, ¿o no? Están casadas, ya te lo dije, y viven fuera.
       —De acuerdo —dije—. Habré entendido mal.
       —Ya no te quiero.
       —Yo a ti tampoco.
       —Eres un esclavo. Tú sí que pareces el diablo en persona.
       —He perdido peso —dije, defendiendo mi cuerpo.
       —Quizá tengas cáncer. El cáncer siempre empieza así. ¡Mira las velas!
       Habíamos llegado al final de un callejón que desembocaba en el agua: mil resplandores abarrotaban el cielo. Velas, velas… Era como si de repente una diosa con dotes domésticas hubiera bajado a tender la colada de todo un siglo. O como si una bandada de gaviotas enormes se hubiera detenido en silencio a exponer sus buches perfectos a la resplandeciente luz del día, igual de perfecta. El puerto parecía muy tranquilo.
       —Si hay una exhibición —dije—, ¿dónde está todo el mundo? Si hay una exposición de flotas, ¿dónde están los visitantes?
       —Vamos, calla —dijo Ondina—. Es una muestra náutica, ¿quién ha dicho que el público esté invitado?
       —¿Y dónde están los marineros?
       —No lo sé. En tierra, quizá. Durmiendo. A mí no me preguntes, a lo mejor todo lo que vemos es una alucinación. ¡Mira este! —Prácticamente al alcance de los dedos se alzaba una magnífica proa esmaltada, tan curvada y lisa como una cimitarra, brillante y húmeda bajo la mirada del sol, igual que un pecho desnudo. Por encima del tajamar se erguían treinta y siete centinelas vestidos de blanco, rígidos y en posición de firmes en medio del aire diáfano: era una fragata con todos sus aparejos y el velamen desplegado.
       —¡Mira los mástiles! —exclamó Ondina—. Forman un bosque. Troncos grandes y pesados, de los que nacen ramas gruesas y finas.
       —No me gusta el casco —dije—, parece demasiado frágil. Serrín en potencia. A mí dame acero.
       —¡Qué perversidad! —dijo ella—. El acero sale de un horno, y luego de una máquina, no es natural…
       —Serrín —insistí yo, mirando desde abajo la proa desnuda. Me pareció que allí en otros tiempos debió de haber un mascarón.
       Ella me siguió a regañadientes con andar pesado y cara de pocos amigos, dando fuertes pisotones, repartiendo golpes a su paso con mi tabla de lavar. No me dirigió la palabra en todo el camino hasta mi casa; le escupió al portero cuando hizo girar los faldones de su casaca de capitán; arañó ferozmente con las uñas las paredes metálicas grises del ascensor. No tenía ninguna intención de irse conmigo a la cama.
       —Tengo hambre —dijo.
       —Desconectaste los aparatos y estropeaste toda la comida —me quejé.
       Salió furtivamente de la cocina frunciendo el ceño con desprecio, empuñando una minúscula cucharilla de plata; entonces se acercó a la ventana del dormitorio y apuñaló el vidrio con el mango. No se hizo añicos, únicamente abrió un pequeño agujero, semejante a una boca, que irradiaba un halo de grietas, rajas y arrugas.
       —Aire —dijo triunfal, y por fin, por fin hicimos el amor.
       Era pesada como un tronco. El colchón se hundía bajo su peso, chirriando. Levantó las piernas y me las echó sobre los hombros, y fue como si me sumergiera en el agua, como si todo el peso del océano cayera sobre mi arqueada y agónica columna vertebral. Me sentí un hombre bajo un yugo obligado por un hechizo a llevar un balde en cada extremo; el de la izquierda contenía el Atlántico; el derecho, el Pacífico. Cuando le deslicé una mano bajo la nuca para acercar su boca a mi boca jadeante, me pareció que su cuello era un haz de leña. Incluso su pelo oprimía la almohada, cada mechón era una carga, un peso, la gravedad de todo un planeta. ¡Cómo pesaba de repente! Enroscaba su lengua en la mía, asfixiándome. Faené encima de ella sin descanso, al límite de mis fuerzas, condenado a arrastrar troncos hasta el agotamiento.
       —¿Qué pasa? —dijo ella en un susurro—. ¿No me quieres? ¿Estás cansado?
       Respirando convulsamente le dije que la amaba.
       —Tú me satisfaces —dijo ella.
       Pasó la noche conmigo. No comimos nada, no bebimos nada; no dejamos la cama en ningún momento. Por la mañana le dije que iba a salir.
       —No, no —me ordenó. Sacó el cinturón que había encontrado debajo de la almohada y se ató una muñeca a la pata de la cama—. Estoy atada —dijo—. No puedo irme, y tú tampoco. Tengo que quedarme para siempre, y tú también.
       —Mi empleo —dije.
       —No.
       —Tu marido —repliqué.
       —No tengo marido.
       —Ondina, Ondina…
       —Ponte otra vez encima de mí —dijo—. Ven a bordo, te deseo.
       —Tendremos hambre. Pereceremos. Encontrarán nuestros cuerpos…
       —Yo no tengo cuerpo. ¿No me deseas?
       —Te deseo —sollocé, y me lancé sin fuerzas al confuso oleaje de mi cama. Ondina me hizo sudar, hizo de mí un galeote, mi remo era un tronco lanzado al mar que ella llevaba dentro.
       —¡Basta ya! —aullé; estaba amaneciendo.
       —Pero tú me satisfaces —dijo con mucha sensatez—. ¿Es que yo no te satisfago?
       Agradecido, atormentado, aterrorizado, le besé las palmas de las manos, las orejas, el cuello.
       —Vayamos a dar un paseo —le supliqué.
       —¿Adónde? Estoy aquí soldada, ya te lo dije.
       —A donde sea. Te llevaré a casa. Iremos caminando.
       —Son millas y millas de distancia. ¿Me llevarás a cuestas?
       —Ya he cargado contigo millas y millas.
       —No quiero ir a casa.
       —Pues vamos a donde quieras.
       —No tengo casa. No tengo hogar. Voy a la deriva.
       —¡A donde quieras, Ondina! Con tal de que salgamos de aquí un rato. Aire.
       —Pero he roto la ventana por ti, ¿no? —dijo con inocencia.
       —Iremos a ver los veleros —propuse.
       Me agarró del pelo. Me lamió los párpados.
       —No. No, no, no.
       —Da igual —dije, pragmático y decidido—. Vístete.
       —No tengo ropa.
       —¿Dónde la has dejado? —Busqué por toda la habitación, pero su ropa no estaba, salvo por el cinturón almidonado que seguía culebreando desde la pata de la cama. Sin embargo, encima de la silla vi la tabla de lavar: Ondina la había llevado bajo el brazo todo el camino desde Canal Street.
       —Mira —dijo—. Te tocaré una melodía. ¿Sabes cantar?
       —No. —Por un momento olvidé que había estado en el coro de la iglesia de Clarksburg.
       Rasgueó la tabla de lavar con las uñas, de arriba abajo.
       —Suena horrible. Basta. Vístete.
       —No tengo marido, no tengo hijas, no tengo casa, no tengo cuerpo, no tengo ropa —cantó—. Tu amor es todo lo que tengo.
       —Entonces me iré solo —dije hecho una furia.
       —De acuerdo —contestó ella suavemente—. ¿Adónde?
       —Al trabajo. ¿Sabes lo que quiero? —dije—. Quiero ir a la oficina y cumplir con la jornada laboral, eso es lo que quiero.
       Era cierto, de repente sentía unas ganas imperiosas de trabajar. En la calle pasé junto a una cuadrilla de peones hundidos hasta la cintura en una zanja, con cascos amarillos. Los envidié profundamente. Vi sus espaldas relucientes de sudor, sus vértebras enterradas en la carne como un filón; bajo la visera de los cascos vi sus labios sudorosos teñidos de vino. Gruñían, discutían, maldecían, gritaban (a cierta distancia todo se convertía en una liturgia), con la espalda encorvada en todo momento, esforzándose por alcanzar el fondo de la zanja. Su único cometido era entregarse a la zanja. Eran como un grupo de monjes, de ascetas, consagrados a su labor, con el torso brillante y flagelado.
       Al verlos, mis pies cambiaron de rumbo. Odiaba mi oficina. Odiaba los documentos susurrantes, invasores… todos eran abstractos, compras y ventas, contratos cadavéricos. El resto era mito y fantasía, los capitanes, el salitre en la piel, las reinas de los mares. Pura bruma, pura nada. En ese momento solo deseé trabajo de verdad…, palas, rastrillos. Pensé en los pueblos y las granjas del interior que había dejado atrás, donde el trabajo era real y no un producto de la imaginación, donde el trabajo se sentía en la espina dorsal; el trabajo era la tierra y la tierra era el trabajo. Pensé: a falta de tierra, iré a los muelles y me ofreceré como estibador o, mejor aún, como marinero. Sentía que me había entregado demasiado tiempo a las fantasías, y justo mientras rumiaba esa idea —que la pasión no es más palpable que el encaje de la espuma del mar, ni más duradera— llegué a la droguería, y entré, y me recorrió la horrible sensación de mirarme en un espejo.
       —Ya las tenemos —dijo mi doble—. Toda una remesa. Ha llegado hoy mismo.
       —¿Una remesa de qué? —pregunté con una voz estridente, como un loro.
       —De esas. —El droguero señaló una pila de tablas de lavar baratas—. Soy de la opinión de que si tienen algo en la tienda de al lado, nosotros hemos de tenerlo también, porque si no la competencia te ahoga.
       —Pero oiga, usted se parece a mí —dije.
       No me hizo caso.
       —Se parece a mí —insistí tensando los párpados, exponiendo mi cara. Me costaba creer que me hubiera quedado tan flaco, porque él era seco como una brizna de heno, y tenía la piel manchada y macilenta, y la mandíbula afilada como una aguja. Su mirada era al mismo tiempo astuta y desesperanzada, como la de un hombre resignado al mal fario, aunque en su fuero interno se despreciara por ello—. ¡Míreme! —le dije.
       —No grite —me advirtió con mucha serenidad—. Esta es una droguería profesional, ética. ¿Dónde está ella ahora?
       —En mi cama.
       —Yo no estaría tan seguro, amigo.
       —Ahí es donde la dejé.
       —Que la dejara no significa que siga allí.
       —Oiga, no me gusta su cara —le dije.
       —Entonces, ¿cómo es que ha venido escopeteado desde el centro a verme? Tengo un espejo en la trastienda —me ofreció—, Sylvia lo usa a veces.
       Me hizo pasar al otro lado del mostrador donde preparaba las fórmulas, que estaba cubierto por una costra de polvo y salpicaduras antiguas, y bajamos un par de escalones hasta un pequeño cubículo en la trastienda. Un espejo desazogado y grande colgaba de la pared. Nos pusimos delante, uno al lado del otro.
       —¿Lo ve? —sonrió—. Dos gotas de agua.
       Vi dos criaturas demacradas, con barbillas y orejas puntiagudas y ojos centelleantes.
       —Un par de satanes —exclamé.
       —Bueno, tenemos profesiones distintas —quiso tranquilizarme él—. ¿Qué clase de trabajo hace usted?
       —Soy marinero —dije—. Voy a embarcarme en cuanto tenga mis papeles en regla. —Aunque al decir “papeles” me recorrió un escalofrío.
       —Yo fui marinero. Oficial farmacéutico en el Wilkinson. He estado en todas partes.
       —Yo no he estado en ningún sitio.
       —Conmigo fue al revés. Dejé la vida errante por ella. Me hizo echar raíces en este agujero y no puedo salir de aquí. No salgo nunca. ¿Ve eso? —Alargó su brazo enjuto para señalar el fardo que había en un rincón. Era un catre estrecho con un lío de mantas sucias—. Incluso duermo aquí. Es como estar en la bodega de un barco.
       —¿Y dónde duerme su mujer?
       Sonrió con desdén.
       —A eso puede contestar usted mejor que yo, amigo.
       —Oiga, mire —dije yendo al grano—. Quiero librarme de ella. ¿Usted no podría quitármela de encima?
       —¿Ya se ha cansado? Lástima. Eso significa que solo acaba de empezar con usted.
       —Déjese de sonrisas —le grité.
       —Tengo que sonreír, ¿qué otra cosa voy a hacer? Ella sigue su curso.
       —¿Cuánto va a durar esto?
       —¿Cómo voy a saberlo? Depende de cuánto tiempo siga sacando ella algo del asunto. Conmigo duró un año o así.
       —¿Un año? ¿Un año? Pero si tienen hijos, bueno, hijas, ya mayores…
       —Ella es la que tiene hijas, no yo. Tiene hijas desperdigadas por todas partes.
       —Dos, me dijo. Un par, eso fue lo que dijo.
       —Un par de miles, que yo sepa.
       —¡Dijo que eran hijas casadas!
       —Mire, ella le llama matrimonio a cualquier cosa. Un abrir y cerrar de ojos, y es una boda.
       —¿Pero no es su mujer?
       —¿Por qué no iba a serlo?
       Me marché corriendo.
       Llegué tarde al trabajo, aunque ni siquiera paré a desayunar. Mis compañeros ya estaban sentados delante de sus escritorios, sumergidos en papeles resplandecientes y temblorosos. Del despacho de los socios llegaban los azotes de vientos ululantes: una discusión.
       —Es por tu culpa —me dijeron—. Quieren echarte, pero el viejo Hallet te defiende. Dice que tu trabajo ha sido muy bueno hasta ahora. Pide clemencia.
       —He venido —dije con valentía— a presentar mi dimisión.
       Se rieron disimuladamente.
       —Pues ya no va a hacer falta.
       —Tengo mi orgullo —dije.
       —¿Te marchas? ¿Dónde has estado? Parece que vengas del infierno, por Dios, estás hecho una calamidad —me dijeron.
       —Si viene por aquí una mujer, no digáis que me habéis visto —les rogué.
       —¿Una mujer rara, menudita y recia? —dijo uno de ellos—. ¿Aniñada y avejentada al mismo tiempo? ¿De pechos bonitos y firmes? ¿De vientre duro? ¿De pezones que parecen tallados en la carne? Ya ha estado aquí.
       Me alejé de la puerta, aterrorizado.
       —¿Que ha estado aquí?
       —Se presentó hace una hora preguntando por ti. En paños menores, por así decirlo.
       —¡Por favor! —grité sintiendo que me ardían los pulmones.
       —Desnuda. En cueros. Como Dios la trajo al mundo, George. Una figura espléndida, tiesa como una pértiga.
       —¿Preguntando por mí?
       —Preguntando por George.
       —¿Y dónde está? —susurré.
       —A saber. Mandamos llamar una ambulancia, como comprenderás. No quedó más remedio. No es que en un bufete de abogados no haya chiflados, pero…
       Los gritos del despacho de los socios subieron de tono; oí mencionar mi nombre.
       —Llevaba una lira y se tapaba con ella las partes pudendas.
       —Una tabla de lavar, querrás decir —le corregí.
       —A ver si el chiflado vas a ser tú. Ay, pobre George… Sabemos distinguir una cosa de la otra, ¿no crees?
       —Era solo una tabla de lavar la ropa —insistí.
       —Una lira —dijeron ellos—. Y además se veía auténtica, eso era lo más curioso. Hecha de caparazón de tortuga, toda verde. Era casi fosforescente. Parecía que la hubiera sacado del fondo del mar. ¿No la habrá robado de un museo? Si no la encierran por escándalo público, lo harán por eso. Pobre George. ¿Es amiga tuya?
       Salí corriendo, al borde de la asfixia.
       Al llegar a casa, ella estaba esperándome; apenas me sorprendió.
       —Ha sido terrible —dijo, acuclillada en mi cama, con su larga melena cayendo en una cascada—. Me metieron en una especie de camioneta. ¡Tú permitiste que lo hicieran! Me ha costado horrores escapar. ¡Me habrían encerrado en la cárcel!
       —Debes de haber perdido la cabeza para ir a mi despacho así. Por tu culpa he perdido el empleo.
       —¿Qué más te da? De todos modos no lo querías.
       No pude negarlo, pero me pregunté cómo lo había adivinado.
       —Ven aquí —me ordenó.
       —No puedes subir desnuda a unas oficinas.
       —¿Quién lo dice? Anda, déjate de sermones, solo subí a buscarte. Y la culpa es tuya, no deberías haberte marchado.
       —No puedes hacer una cosa así en un país civilizado. No me extrañaría que salgamos en los periódicos. Seguro que la policía se presentará de un momento a otro.
       —No iba desnuda.
       —Dicen que sí.
       —¡Crees a todo el mundo menos a mí! Seguro que incluso crees a George, y George es tan variable como el viento.
       —Me dijeron que no llevabas nada encima —dije.
       —Iba con prisa. ¿Acaso no te dije que te quedaras conmigo, que te deseaba? Y tú echaste a correr. No pude encontrar mi ropa, eso es todo.
       —Has montado un número ridículo.
       —Ya estás otra vez hecho una furia. Siempre estás hecho una furia.
       —No estoy…
       —Además iba tapada, para que lo sepas.
       —¿Con qué?
       —Ya estás interrogándome otra vez —me acusó—. No es asunto tuyo. Me tapé lo que se supone que debe taparse en un país civilizado, ya está.
       —¿Y qué hay de esa historia de la lira?
       —No seas estúpido. ¿Cómo iba yo a saberlo? Ven aquí, te deseo.
       Levantó en el aire una pierna suave. En contra de mi voluntad, fui hacia ella.
       —Dicen que la robaste.
       —¿De dónde iba a sacar una lira, con lo difíciles que son de encontrar? Eres insultante. —Rebuscó debajo de mi almohada, riéndose con malicia. Ahí estaba: la pequeña arpa de mano antigua—. De camino a tu oficina pasé por una casa de empeños, la vi en el escaparate y la compré.
       —¿Entraste en la casa de empeños sin ropa?
       —Ay, no hurgues tanto. Ocúpate de tus asuntos. Mira, cantaré un poco más, ¿de acuerdo? ¿Sabes griego? Te cantaré una canción griega.
       —Eres tú la que no sabe griego —dije.
       —¿Ah, no? Yo conozco todas las lenguas. Sé griego, sé valón, sé orangután…
       Sin embargo empezó a cantar en alemán
:

Meine Töchter sollen dich warten schön;
meine Töchter führen den nächtlichen Reihn
und wiegen und tanzen und singen dich ein.


       Su voz era áspera, como cuando se rasca un tablón de madera recién cortada a contraveta, y sonaba un poco apagada, igual que una sirena lejana, o como si tuviera los pulmones encharcados.
       —Tu voz suena distinta —objeté.
       —Por el resfriado —admitió—. No interrumpas.
       —Basta —le dije—. No me gusta.
       —¿Eres de esos a los que cualquier lengua desconocida le hace daño a los oídos? Pensaba que un hombre como tú tendría más sentido común —dijo.
       Me avergonzó el reproche, así que escuché en silencio. Pero entonces continuó cantando sílabas nuevas que no fui capaz de reconocer, muy breves y secas.
       —¿Qué lengua es esa?
       —Fenicio —respondió.
       —Ah, vamos…, ¿es árabe?
       —Ya te lo he dicho, es fenicio. Trata del mar, cuando las olas son especialmente altas y los remeros no alcanzan a ver por encima de las crestas.
       Me enfadé. El ronroneo oscuro e inquietante del fondo de su garganta había empezado a excitarme, y no soportaba que me provocara justo entonces. Quería librarme de ella.
       —Muy bien —le dije—, encontraste una vieja partitura enrollada en un pergamino dentro de una vasija antigua en una cueva, ¿no? Estupendo. Ahora vete a casa, ¿de acuerdo?
       —No fue así como ocurrió, ni mucho menos. Una vez oí esa letra y me la aprendí.
       —En los muelles, ya lo sé. De la última tanda de marineros fenicios. Vete a casa, Ondina.
       —No tengo casa.
       —Pues entonces márchate.
       —Si me voy lo lamentarás.
       —¡Maldita sea, quiero dormir un poco!
       —No te molestaré. Ven a la cama.
       —No.
       —Ven aquí —insistió.
       —Márchate. Este es mi apartamento. No te he invitado a venir.
       —Claro que me invitaste.
       —Hace siglos, eso ya no cuenta.
       —La semana pasada.
       —Parece que haga una eternidad.
       —Ven aquí —dijo de nuevo. Hundió dos dedos en las cuerdas de la lira y arrancó una nota que reverberó maliciosamente dentro de mi cráneo—. Porque si no vienes, ¿sabes lo que se me podría ocurrir? Se me podría ocurrir tirar esto por esa ventana, ni más ni menos.
       —Quiero que me dejes solo —dije.
       Tiró la lira por la ventana. La atravesó de lado, y limpiamente, como el tajo de un cuchillo, con apenas un chasquido suave, nítido; una nota débil y pálida salió de ella cuando chocó, y el vidrio y la lira cayeron dando vueltas hasta la calle; alcancé a ver los dos objetos centelleando y trenzándose todavía en el aire. Impactaron no muy lejos uno del otro, entre dos coches aparcados.
       —¡Podrías haber matado a alguien!
       —Te lo advertí, ¿o no?
       Entonces me acerqué a ella dócilmente; era como si hubiera quebrado algo dentro de mí, un cristal interior, a través del cual hasta el momento de hacerse añicos yo había sido capaz de ver racionalidad, responsabilidad; luz. Ahora no veía nada; su boca se convirtió en una ventana abierta de par en par, y me arrojé por ella, girando mi lengua como una lira, tensé las cuerdas de su pelo y lo enredé y tiré de él; me pareció una soga dura entre mis dientes. Estaba ciego y desfallecido, pero su cuerpo despertó en mí un hambre voraz; en cuanto se me calmaba, un gong de lascivia resonaba y me ponía de nuevo en alerta. Aun así la temida debilidad volvía, no me daba tregua, en cuanto despertaba mi deseo volvía, no podía soportarlo, estaba exhausto, tras los globos abrasados de mis ojos cada vez se hacía más oscura y ardua.
       Llegó la noche.
       —Quiero dormir —gemí.
       —¿Cansado ya? Ay, hombrecito mío. —Y no me soltaba; y tuve que tensarme de nuevo y volver a zambullirme.
       Toda la noche fue un sueño de constantes zambullidas y buceos; el seno submarino de Ondina no se saciaba jamás, nunca se llegaba al fondo, era abismal, vasto y sin fin.
       —Pronto, pronto —me prometió—, pronto dormirás, ya lo verás, confía en mí, fíate siempre de mí, yo siempre cumplo mi palabra con todo el mundo, ¿o no? —Me arrullaba; y las ondulaciones de su voz me inyectaban savia nueva, igual que un árbol—. ¿No eres feliz ahora? ¿No te alegras de que me haya quedado? —me preguntaba.
       —Sí, sí —le contestaba siempre, nadando en la estela de la gratitud.
       A las tres de la madrugada —el sueño la había apaciguado fugazmente, por fortuna, y yacía en mis brazos mientras mis párpados abiertos por el miedo aleteaban como moscas— sonó el teléfono.
       —No es nadie —rezongó con un bostezo, pero me pasó el auricular, enroscando el cable en mi miembro para mantenerlo cautivo.
       —¿George? ¿Eres tú?
       Era mi tío Al.
       —Eh, George —dijo—, he vuelto antes de lo previsto… Aquello no me gustaba. A Nick tampoco. No sé si te acordarás de él, aquel extranjero pequeñajo que cojeaba, el griego con el que viajé a la ida, con el que compartía camarote. Aquel tal Lewis, ¿te acuerdas? La cosa es que él está conmigo ahora. No me gusta llamarte en plena noche, muchacho, de verdad…
       —¿Dónde estás, Al?
       —En el puerto. Dios mío, George, deberías ver la que tienen aquí montada, se le ponen a uno los pelos de punta. Debe de haber un centenar de viejos galeones en los muelles, parecen salidos de los malditos libros de cuentos, con las velas desplegadas como si fueran un hatajo de fantasmas. En nuestra tierra tenemos bañeras más bonitas que algunos de estos cascarones. Mira, George, me gustaría saber si podrías darnos cobijo por esta noche, a mí y al griego, que no es mal tipo…
       —¿Me estás diciendo que queréis venir hasta aquí ahora? —le pregunté.
       —Bueno, sí. Acabamos de bajar del barco. Conseguimos embarcarnos en este trasto italiano, ya sabes que los spaghetti están acostumbrados a ir amontonados, pero era la manera de no gastar un centavo…
       —Mira, Al —dije—, a lo mejor podrías buscarte una habitación de hotel por los alrededores, es muy tarde…
       —Esa es la cuestión, muchacho, Nick está con su artritis y demás, es algo tarde para empezar a dar vueltas por ahí, somos forasteros.
       —No sé, Al —dije—. Ahora mismo en mi casa parece que haya habido un naufragio. En serio.
       Ondina tiró del cable del teléfono.
       —No hables más. Te deseo. Ven conmigo —me ordenó.
       —Ah, vamos, somos de la familia. No nos importa un poco de desorden. A menos que tengas a una amiguita ahí arriba, claro —dijo con una risotada.
       —Bueno, mira, está bien —dije—. No hay problema. Venid para acá, Al, cómo no —dije.
       Ondina tensó la nariz. Retorció el cuello como una raíz.
       —¿Por qué has hecho eso? No queremos que venga nadie.
       —Es mi tío, se lo debo. Y además viene acompañado de un griego. Ahora tendrás que irte —le dije.
       —¡Pero dijiste que te hacía feliz! —aulló.
       —He intentado sacármelo de encima, ¿o no? Me has oído.
       —Solo te he oído decir que parecía que aquí había habido un naufragio. No es cierto, está todo perfecto. A mí me gusta.
       —Era una manera de decirle que no viniera, nada más. Me has oído. No he podido impedirlo, él insistía.
       Apoyó los pechos en la cabecera de la cama, meditando; pero sus brazos, en cambio, se tensaron hacia atrás.
       —¿No me quieres, de verdad?
       —Ya basta —dije.
       —Ya… —repitió ella, y sin esfuerzo aparente rompió de un manotazo el pomo de la pata de la cama— basta. —Y con una esquirla perdida del cristal de la ventana rasgó las sábanas. Vi el destello de la espuma del colchón aflorando por los cortes.
       —Ondina…
       —Un naufragio, tienes razón, un naufragio —gritó. Obraba con solemnidad y lentitud.
       Acunó la pantalla de una lámpara, tierna como una nodriza, antes de aplastarla bajo los dedos de sus pies desnudos, y utilizó la base de bronce para aporrear el bastidor de la cama. Sus golpes eran prudentes, regulares y certeros. Arrancó el brazo de una butaca y el brazo destruyó la cómoda. Los tiradores de los cajones volaron por los aires. Las tablas del suelo empezaron a levantarse quejumbrosamente en todas las habitaciones. Los jarrones rodaron, las patas de las consolas bailaron. Pieza a pieza, el aparato del aire acondicionado expulsó todos sus órganos; en la cocina cayeron los cubitos de hielo como un granizo, las hornallas rayaron la puerta del refrigerador hasta que el suelo quedó cubierto del polvo amarillento de la porcelana, las llaves de los grifos quedaron incrustadas en el techo como pústulas plateadas. Acuchilló los cojines de los sofás, y rugiendo con furia y felicidad derribó la cisterna del inodoro. Montículo tras montículo, todo quedó reducido a escombros a su paso; los túmulos se levantaba de repente tras sus talones como la rápida estela de civilizaciones a punto de extinguirse. Iba sembrando un cementerio a su paso. Destruía con asombrosa promiscuidad, nada se le escapaba, nada era demasiado obvio para pasarlo por alto ni demasiado minúsculo para ignorarlo. Era concienzuda, era fuerte. Esperé a que terminara, pero no tenía fin. Redujo los pedazos grandes a otros más pequeños; los más pequeños, los trituró. El teléfono (pensé en llamar a la policía, pero se lo reservé a los vecinos) acabó convertido en un montón irregular de confeti negro.
       Por último se marchó.
       Me tumbé entre los restos del naufragio y dormí medianamente bien hasta que llegaron mi tío y el griego. No había puerta, entraron sin más, pisoteando el serrín.
       —Dios del cielo —dijo Al—. Jesús querido. ¿Han sido ladrones?
       —Una bruta —dije yo.
       —¿Una bruja? —dijo el griego, que cojeaba entre los detritos apoyándose en unas muletas relucientes.
       —Por nuestras tierras siempre decimos que esta ciudad es peligrosa —dijo Al—. Si tuvieras dos dedos de frente, muchacho, volverías a casa conmigo. Prácticamente toda Europa es lo mismo. No vale nada. Vi el famoso Mediterráneo, y ni siquiera me gustó el olor. Hay que adentrarse mucho en un país, bien lejos de la costa, si quieres encontrar un poco de decencia.
       —Las brujas no existen —dijo audazmente el señor Lewis.
       —Eso el chico ya lo sabe —dijo mi tío—. Aquí llega la policía.
       También llegaron los vecinos; hubo una confusión, en la que el griego olvidó el poco inglés que sabía, todo salvo la palabra “bruja”; se lo llevaron a comisaría, y mi tío lo siguió lealmente para pagar la fianza.
       —Mequetrefe supersticioso —comentó, ufano entre el gentío.
       Aún no había amanecido; corrí por calles crepusculares, liberado. Cada tanto me detenía delante de un escaparate a mirarme, pero no conseguía ver mi reflejo. ¡Qué delgado debía de estar! Corrí sin parar mientras el alba empezaba a teñir el cielo. Me embargaba un vigor insoportable. Mis pies barrían la distancia que, conjurada por ese vigor exultante, se acortaba a un ritmo improbable. Me planté en Canal Street en un abrir y cerrar de ojos y pasé por delante de la droguería. Todo parecía intacto, y me pregunté si en el espejo del droguero podría recuperar mi reflejo perdido, pero no me podía parar, seguí corriendo sin descanso hasta los muelles grises, corrí hasta el puerto, corrí hasta ver las velas desplegadas a la luz del amanecer. Todo el rato fui mascando su nombre entre dientes.
       Sabía dónde buscarla.
       —¡Ondina! —chillé asomándome al callejón desierto que recordaba.
       —¡Sylvia! —aulló el droguero. El poco pelo que le quedaba se levantaba en mechones erizados, me fijé en sus orejas puntiagudas y tiesas, en su barbilla triangular apuntando hacia el pecho. Estaba flaco como una oblea y temí que si se ponía de perfil se desvaneciera.
       —¿Tú también? —dijo cuando me reconoció.
       —Me ha dejado —dije con voz ronca.
       —Y a mí —me informó.
       Nos abrazamos; danzamos en el borde del muelle; nos consolamos por nuestra suerte.
       —¿Va a volver? —le pregunté.
       —¿Quién sabe? Aunque apuesto a que no. Después de esta no, apostaría yo. Está agotada, por lo que parecía.
       —¿Te dijo adónde pensaba ir?
       —A visitar a sus hijas, según insinuó.
       —¿Dónde están?
       —En India, por lo visto. También en África.
       Asimilé la noticia triunfalmente.
       —¿La has visto zarpar alguna vez?
       —Una vez, sí, pero después volvió. Se marchó en un buque, ese fue el problema. La sacaron sin contemplaciones. Y de todos modos dijo que le pareció horrible, todo era metal frío, como navegar encima de una cuchara. Oye, amigo, no me acribilles a preguntas. No soy tu maestro.
       —Solo avísame si la ves.
       Él entornó los ojos y escrutó el cielo anaranjado.
       —Todavía no. Mira tú, a ver.
       —Hay tantos barcos que no distingo…
       —A lo mejor aún no ha embarcado.
       Empezamos a recorrer el muelle de arriba abajo, olisqueando el agua que centelleaba a la luz del amanecer y se prolongaba en columnas de saliva rojiza.
       —¿Ves ese de dos mástiles? Seguro que ahí no está.
       —No veo… Es cierto, en ese no.
       La flotilla se alineaba siguiendo la línea del horizonte hasta el sol naciente, corbeta tras corbeta tras corbeta, las galeras y los galeones, las goletas y los balandros, el esbelto navío de los escandinavos, los juncos, los dhows, los jabeques y las falucas, con sus cascos caprichosos pintados y sus innumerables velas en hileras, cúmulos o gradas fantasmales, geometrías blancas como el papel que nacían como pétalos de los mástiles mientras el agua embestía y salpicaba sus proas altas y arqueadas.
       La mirada del droguero saltaba de un barco a otro.
       Entonces yo, demasiado temeroso para escrutar la lejanía, la descubrí de pronto al levantar la vista: estaba prácticamente encima de nosotros, proyectando su sombra sobre nuestras cabezas como una cornisa, con el cabello cayéndole en cascada a ambos lados, sosteniendo una lira en la mano izquierda, mientras con la derecha hacía ademán de tocarla, y la espalda firmemente sujeta en el canto de la proa más cercana. Aunque sus ojos estaban muy abiertos, tenía la mirada perdida, como en trance: yo nunca la había conocido en un sueño tan puro.
       —¡Ondina!
       —¡Sylvia! —dijo el droguero en tono de burla.
       —No contesta.
       —Ni lo hará —respondió con satisfacción—. Ahora ya puedes irte a casa, amigo.
       —¿No va a contestar?
       —Usa los ojos, amigo. ¿Da la impresión de que vaya a hacerlo?
       Vi las vetas delicadas que recorrían sus muslos, los nódulos de las muñecas rígidas, las volutas en espiral alrededor de sus pezones erectos y exactos, la muesca en un costado de su cuerpo. (Recordé que justo ahí tenía un lunar.)
       —Mira eso —dijo el droguero, señalando la muesca—, se hace vieja. Yo diría que tiene más de un siglo. ¿Apuestas algo a que no vuelve más? ¿A que se cae en el Atlántico? Se sostiene de milagro, parece que la hubieran pegado con cola, seguro que se la lleva el agua.
       —¿No va a contestar? —le dije de nuevo, suplicante.
       —Pregúntaselo a ella.
       Eché atrás la cabeza y la llamé.
       —Ondina…
       Un mascarón de proa no respira.
       —Vamos, vuelve a casa, muchacho —dijo el droguero.
       —¿Y usted? —le pregunté, aunque sin dejar de mirar boquiabierto la bandada de velas que parecía nacer de los hombros inmutables de la figura, igual que un inmenso tocado de abanicos almidonados. Jadeaban y siseaban vagamente, y ella, debajo, tensaba la espalda para seguir el magnífico arco de la proa y lanzaba su mirada tenaz hacia la luminosidad del velamen.
       —Tengo un negocio que atender —me dijo el droguero—. Quizá ahora consiga sacarlo un poco a flote. Contrataré a alguien con mejor presencia de cara al cliente. Ella nunca me dejó contratar a nadie.
       —Destrozó mi apartamento —le confié—. Me hizo perder mi empleo.
       —Eso es lo de menos. Créeme, amigo, es lo de menos. Esas cosas tienen arreglo.
       —Sí, supongo que el apartamento puedo arreglarlo —asentí abatido.
       —Entonces, ¿no te vas a hacer marinero, como dijiste?
       —No —contesté, adivinando el pánico que sentía.
       —¿Vas a volver a tu tierra?
       Sopesé esa posibilidad; pensé en los campos de Ohio.
       —No —dije al cabo de un instante.
       —Bueno, amigo, hasta la vista. Buena suerte cuando lo averigües.
       —¿Cuando averigüe qué? —dije con voz de víctima.
       Pero el hombre se había puesto de perfil y, aunque miré con todas mis fuerzas, ya no conseguí volver a verlo.



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