Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Dictado (2008)
(“Dictation”)
Dictation: A Quartet
(Boston: Houghton Mifflin Co., 2008, 179 págs.)



1

      A principios del verano de 1901, Lamb House, la residencia solariega de Henry James en Rye, estaba inundada de flores. Al término de la sesión de dictado de la mañana, Mary Weld, su joven amanuense, había salido al jardín trasero con unas tijeras a cortar los tallos espinosos que se adherían al calor del muro de ladrillo que bordeaba la propiedad. En la consola de la entrada, sobre la repisa de la chimenea en la sala de estar, en el aparador del comedor, en cualquier lugar de la casa donde los invitados que esperaban pudieran posar la mirada, fue colocando jarrones de rosas. Luego se montó en la bicicleta y se marchó.
       Las visitas no llegaron hasta bien entrada la tarde. El té estaba a punto, con el acostumbrado pan con mermelada, una opción siempre apetecible y decorosa, pero acompañado también de la repostería peligrosamente dulce y aceitosa a la que tan aficionado era James, a pesar de que le provocara terribles dolores de muelas. Antes de que levantaran la aldaba de la puerta supo que habían llegado: oyó las ruedas de la calesa en la grava, el paso saltarín del caballo de tiro y el alarido malhumorado de un niño cuando lo apartaron de su madre y lo dejaron delante de una puerta desconocida. James aguardó de pie, entrelazando los dedos con nerviosismo; Lamb House no estaba habituada a la presencia de un chiquillo de tres años, ruidoso, impredecible y sin duda inquieto, y además con un nombre tan poco inglés.
       Cuatro años antes, James había citado a Joseph Conrad a almorzar en el número 34 de De Vere Gardens, su domicilio de Londres. A la luz amarillenta y vacilante de las bombillas eléctricas, instaladas hacía poco, charlaron acerca de la naturaleza de la ficción, por más que no fue exactamente un intercambio de igual a igual entre dos escritores. Conrad, un hombre nervudo, de tez curtida y aspecto joven a pesar de sus casi cuarenta años, era prácticamente una incógnita en el panorama literario. A modo de homenaje le había mandado a James un ejemplar de La locura de Almayer, su primera y por entonces única novela. James vio en ella algo extraordinario, más allá incluso de la rotundidad del estilo y del asunto que trataba: vio astucia, vio fervor, vio intuición, vio autoridad; vio, en circunstancias más adversas, humanidad. En cierto modo, vio un remedo psicológico de sí mismo, ¡y en un marinero polaco, nada menos!
       Apocado y tímido, Conrad apenas se atrevía a limpiarse con la lengua las migas del bollo que se le pegaban al labio inferior. Sabía que era un principiante, acuciado siempre por la desazón y la inseguridad: ¿tenía algún valor lo que escribía? Y en aquellas habitaciones privilegiadas, bajo la falsa luz amarillenta con su maligno parpadeo, se preguntaba incluso si su pronunciación era cuando menos pasable. A veces empleaba palabras, palabras de la maravillosa lengua inglesa, que solo había leído, y cuando pronunciaba esas maravillosas palabras, por muy hondo que las sintiera, temía que las sílabas, al golpear los ojos sorprendidos de quienes le escucharan, adoptaban el tono equivocado: no era capaz de reproducir, salvo con tinta, el orden sublime del habla anglosajona. El polaco seguía un patrón distinto; de vez en cuando tomaba prestado el contrapunto de sus elaboradas melodías, pero no escribiría nunca más en su lengua materna. Tampoco se dirigiría a su esposa con ninguna voz foránea; no podía, puesto que ella no conocía otro idioma que el suyo propio. Al margen de la llamada inteligencia “natural”, su esposa apenas había recibido una educación reglada. Era juiciosa y tenía buen corazón, hablaba sin pelos en la lengua y se podía contar con ella para todo, pero en su fuero interno Conrad se avergonzaba un poco de su mujer, y se avergonzaba de su vergüenza. Procuraba ocultar ese sentimiento, incluso a sí mismo. La vida le había enseñado hacía tiempo la diferencia entre el sentido común y el capricho pasajero; el matrimonio caía en el terreno de lo primero. En este coloquio inicial con el Maestro (confiaba en que habría otros más adelante) no quiso revelar que acababa de casarse y que se había embarcado hacía poco, aunque de buena gana, en los entresijos de la vida doméstica. No había nada en el carácter de su esposa digno de atraer el oído siempre inquisitivo de James, ¿sería por eso que omitía mencionar a su Jessie? ¿O sería simplemente porque James, con toda la nobleza de su entrega absoluta, llevaba una vida de soltero libre de lastres, completamente exonerado de cualquier atadura para ejercer su vocación? Mientras que un hombre con esposa a su cargo, y quizá pronto también con hijos que mantener…
       El encuentro en De Vere Gardens había saludado al nuevo siglo —el incipiente siglo XX— con la luz eléctrica, y también con una novedad cada vez más habitual. Se decía que incluso la reina había solicitado el nuevo artilugio para su secretaria, aunque esta lo había rechazado escandalizada. En una amplia superficie reservada a tal efecto, en el rincón más alejado de la estancia en la que el escritor de más edad disertaba arrellanado en su butaca, y el más joven asentía moviendo constantemente su perilla recién arreglada, se hallaba la Máquina. Era una mole sin cabeza, ni brazos, ni patas, hombros nada más: bien podría haberse tratado del torso de un dios hecho pedazos. Aun a distancia, a Conrad se le antojó extraña y repulsiva, el tótem de una civilización foránea a la que, curiosamente, James había acabado por aclimatarse. El artilugio era grande, negro y reluciente, y se alzaba en una sucesión de gradas, igual que un estadio. Las teclas, redondas, estaban recubiertas de cristal y cercadas por un aro metálico. James se había visto obligado a introducir la máquina en su quehacer cotidiano, tras años de barrer el folio con la muñeca; empuñar una pluma hoy en día era un suplicio. Para aliviar los calambres que lo atormentaban había contratado a William MacAlpine, estenógrafo, que tomaba en taquigrafía el dictado de James y luego lo transcribía con la máquina. Sin embargo, pronto demostró ser más eficaz hablarle directamente al objeto mismo, con MacAlpine al teclado.
       Las teclas relucientes captaban ahora la luz cenital. Si movía la cabeza, Conrad veía semáforos parpadeantes.
       —Advierto, señor —comentó James—, que observa usted con cierta curiosidad el reciente advenimiento de una Remington, cuyo repicar hace un ruido monstruoso, si bien es un artilugio modernísimo. El único obstáculo viene dado por el hecho de que quien mecanografía mis textos es un escocés de confianza, reservado y eficaz, pero a fin de cuentas carísimo, y me estoy planteando que por la mitad podría encontrar a una mujer competente, n’est-ce pas? Imagino que usted, señor Conrad, que se halla en pleno vigor de la juventud, por así decir, no es partidario de sucumbir a un intermediario mecánico, tal y como a mí me obliga el peso de mis muchos años, ¿me equivoco?
       ¿Dictado? ¿Dependencia? La inconcebible separación de la mano y el papel; la voz interior filtrándose hacia la exterior; la soledad sagrada e inmemorial, hecha añicos por una criatura que respiraba y estaba a la vista en todo momento; ¡un alcahuete tenaz, un intruso en bullicio constante, el operario humano! La terrible renuncia de la mente fructífera que cobra vida sobre el papel, que vive por y para el papel, ¡el papel y la tinta y nada más! Fijando la vista en aquel objeto de brujería suspendido del techo, un filamento incandescente que imitaba y capturaba en su minúsculo grosor la energía del fuego, a Conrad se le ocurrió que tal vez en el futuro sería un adelanto para la labor de costura de Jessie. La máquina y él, en cambio…, jamás. Contaba con su robusta mano derecha de marino, y el mástil firme de su pluma, y el magnífico océano del papel, tan blanco como una vela y tan incansable como el viento.
       —¿Un amanuense? —contestó—. No, señor James, no soy yo tan progresista. Aborrezco las revoluciones, de hecho. En mis tiempos goberné buques de vapor, pero aprendí el oficio en la era de los barcos de vela. Me temo que siento apego por mis malos hábitos de siempre.


2

      No mucho después de que Conrad fuera recibido en el salón de De Vere Gardens, James abandonó las prisas y el trajín implacable de Londres para irse a vivir al campo: se instaló al fin en una casa de propiedad, su adorada Lamb House, y llevó consigo a MacAlpine y la máquina. Aquella cálida tarde del mes de junio de 1901, sin embargo, cuando Conrad y Jessie y su hijo Borys fueron de visita, se habían obrado cambios evidentes por ambas partes. MacAlpine, sin ir más lejos, había sido sustituido por la señorita Weld, una mujer extremadamente competente (y mucho más barata). Además, James supo ya con certeza que Conrad tenía esposa: una mujer rolliza, que aún lo parecía más cargada con una plétora de fardos y bultos, entre ellos el propio chiquillo que gritaba mientras lo arrastraban hasta el umbral, así como la colección ambulante de juguetes y accesorios infantiles para atender sus exigencias y una cesta de ciruelas maduras colgada del brazo. Aun así su andar era ligero, a pesar de una leve cojera que arrastraba en la rodilla desde pequeña. Las ciruelas, explicó la señora, eran para su anfitrión, aunque a lo mejor el chiquillo se comía dos o tres, si al señor James no le importaba. Y que el señor James tuviera la bondad de perdonar al crío, pues había dormido las dieciocho millas desde Kent y el despertar brusco lo había encolerizado… Hablaba con el acento iletrado de las calles; su padre había trabajado siempre en los muelles de carga.
       A James no le pasó por alto que Conrad guardaba cierta distancia con la esposa y el hijo, como si se tratara de extraños que por alguna razón insondable se estuvieran inmiscuyendo en sus asuntos. Desde su visita a De Vere Gardens, el joven y agradecido acólito había cambiado mucho. En su mirada se delataba una naturaleza altiva y llena de cicatrices. Desde entonces había publicado media docena de obras literarias majestuosas; dos de ellas, El negro del Narcissus y Lord Jim, lo habían situado ya entre los autores de peso. James y él intercambiaban con regularidad ejemplares de sus libros en cuanto salían de imprenta; ambos reconocían en el otro un artista dueño de sí mismo, aunque en privado cada cual albergaba sus reservas y sus dudas. James consideraba a Conrad una selva de profusión irrefrenable. Conrad veía en James una estatua de alabastro sin corazón. Conrad había confesado que al escribir empapaba la pluma en su propia sangre y se abría con ella las carnes. Siempre estaba desesperado, y como cabeza de familia iba siempre mal de dinero. A menudo caía enfermo. Se dejaba llevar por el pánico y padecía de los nervios. Los viajes de antaño por los trópicos, por Malasia y África, le habían minado la salud, por las secuelas de la malaria que contrajo en el Congo y unos ataques de gota que con frecuencia lo dejaban postrado. La gota le atacaba las articulaciones; la mano con la que escribía estaba prácticamente inútil. A veces sostener la pluma era una agonía. Había puesto a Jessie a pasar en limpio los borradores escritos con su caligrafía grande, vigorosa, torturada, y ella lo hacía de buena gana y con diligencia, pero al revisar las pulcras cuartillas que le devolvía, encontraba absurdos errores de lectura, omisiones ridículas. No estaba hecha para ese trabajo. Era una mujer despierta, capaz de componer decentemente una frase aceptable en su prosa llana, práctica; entendía cómo funcionaba el mundo y, por encima de todo, le entendía a él; simplemente le faltaba perspectiva para abarcar las tormentas centelleantes, las ráfagas impetuosas que se desataban en su escritura. A él lo afligía que pudiera convertir una metáfora en una literalidad (por más que también esto fuera una metáfora), y ella, a su manera bondadosa y sencilla, lamentaba no estar a la altura para satisfacer la avidez furibunda de su marido por la maravillosa palabra inglesa. ¡Le costaba horrores descifrar su letra! Pero tenía una prima, le recordó, una prima que había estudiado secretariado, era la preparación adecuada, seguro que ella lo haría mejor, ¿no le parecía? Contrataron a la prima. No lo hizo mejor.
       James se quedó mirando al chiquillo. Esa boca roja y elástica, de dientes diminutos, ese derroche de aullidos inmisericordes, cada vez más fuertes, ¿acaso no iba a acabar nunca? ¿Habría un demonio dentro de este pequeño ser? Y este clamor infernal, y estas engorrosas ciruelas, de piel agria, ¿serían el fruto común de todo matrimonio? ¡Ah, qué aleccionador!
       —Mi querida señora Conrad —empezó a decir con sus modales más cordiales y acogedores (sus dotes de engañabobos, como en privado gustaba llamarlas)—. ¿Podría un simple soborno apaciguar el pecho de esta criatura vociferante? Aquí tiene, hombrecito, una tartaleta verdaderamente sublime al paladar…
       Borys recibió en la mano el dulce empalagosamente sublime y lo lanzó por los aires antes de reanudar sus protestas, aullando y sacudiendo los brazos y las piernas, y Jessie dijo sin perder el ánimo, después de mirar a su estoico e indiferente esposo:
       —Usted nos perdonará, señor James, pero viendo todos estos ramos de rosas imagino que debe de haber un jardín en la casa, ¿estoy en lo cierto? A Borys le encantaría retozar en un jardín, y mire, así usted y al señor Conrad podrán disfrutar de su reencuentro, ¿no le parece? Le aseguro que Borys y yo estaremos muy contentos de pasar un rato al aire libre.
       James no lo dudó ni un instante.
       —Señora Smith —llamó—, ¿tendría la bondad?
       Una sirvienta acudió por un pasillo oculto, con una gran y humeante tetera de hierro. Traía con ella un olor a licor.
       —Señor, ¿quiere ahora el agua hirviendo para el té?
       —Todavía no, señora Smith. A la señora Conrad y a este adorable jovencito les encantaría que los acompañe usted a los recintos florales para respirar un poco de aire puro. Y le ruego de paso, señora Smith, que se lleve ese peligroso objeto antes de que nos escalde a todos…
       La señora Smith parecía confundida, pero Jessie levantó a Borys del suelo y la siguió. La mujer caminaba con paso vacilante, derramando gotas de agua hirviendo. El señor James, pensó Jessie, estaba dotado de una inteligencia prodigiosa, sin duda: ¿de verdad había dicho “recintos florales”? Aun así, le daba un poco de lástima. No tenía una esposa que se ocupara del gobierno de la casa. ¡A una esposa se le ocurrirían un par de escarmientos para una sirvienta beoda!
       No supo de qué hablaron los dos hombres aquella larga tarde. Como de costumbre, ella se mantuvo al margen, aunque ansiara enterarse. Había un gato en el jardín, y Borys se entretuvo bastante mientras duró el exilio. ¡Si el señor James se hubiera asomado un instante a ver qué encantador era en realidad su chiquillo! Pero a la señora Smith le habían pedido que llevara la mitad del servicio del té al jardín, donde preparó una mesa para Jessie y el niño. Evidentemente Conrad había intervenido para que así fuera, o eso pensó Jessie. Confirmó sus sospechas: la mujer apestaba a whisky, en efecto, y se tambaleaba tanto que apenas podía sostener en equilibrio la bandeja de los pastelitos. Uno cayó en el césped; el gato se acercó, le dio un lametazo y lo dejó donde estaba. Enseguida una partida de hormigas se concentró bajo sus pies, pero salvo por las hormigas, y al cabo de un rato un batallón de abejas revoloteando, se estaba de maravilla en aquellos recintos florales apartados (¡oh, qué bien hablaba aquel hombre extraordinario!). Jessie había traído la labor de costura, y Borys estaba la mar de contento de poder acechar al gato por el muro, o de acariciarle la sedosa cola con los dedos. La señora Smith, en una segunda aparición, inexplicablemente les llevó la cesta de ciruelas. Jessie se alarmó, y lo tomó como un insulto a su anfitrión, cuando al levantar la vista de su aguja descubrió que Borys se las había comido todas salvo una. También había devorado cuatro tartaletas pegajosas, y al fin se quedó dormido con el último sol del atardecer y la cabeza recostada en el gato.
       Cuando le dieron las gracias al señor James y Jessie se disculpó por acabarse las ciruelas e intercambiaron saludos de despedida, a mitad de camino a casa en la calesa Jessie le preguntó a Conrad cuáles habían sido los puntos principales de la conversación que habían mantenido en la casa.
       —Libros —dijo Conrad. Y añadió luego—: Qué alboroto tan horrible, ¿puede saberse qué le ocurría al niño?
       —Tenía hambre, nada más —dijo Jessie—. Pero ¿qué te ha contado el señor James?
       —No deberías haber llevado la fruta. No le gusta si no es cocinada.
       —¿De eso es de lo que habéis estado hablando?
       —Solo de paso. Principalmente de libros.
       —¿De los suyos? ¿De los tuyos?
       —De los de todo el mundo, así que dejémoslo ya, Jess. Y no llevaremos al niño nunca más, eso está claro.
       Las ciruelas habían merecido un comentario, sí, pero solo a raíz de las tartaletas: la señora Smith, aunque por desgracia solía achisparse en la cocina, suplía ese defecto con un gran talento, dijo James, para la repostería con fruta confitada, que sin duda explicaba la abultada factura de la mantequilla en aquella casa. Del precio de los lácteos pasaron a la comidilla del mundo de los literatos: H. G. Wells estaba por los alrededores, en Sandgate, en la costa, y Stephen Crane, el brillante joven norteamericano, en Brede, un paseo en bicicleta de apenas ocho millas hasta Rye; y también Ford Madox Hueffer, en Winchelsea. De hecho, Hueffer se había presentado allí el día anterior en compañía de Edmund Gosse. ¡Cuántas amistades compartidas! Esa misma temporada, con un ojo puesto en el mercado y con la esperanza de ganarse al público lector, Conrad y Hueffer estaban colaborando en una novela conjunta…, algo que desconcertó a James, pues ambos tenían estilos muy dispares. Su observación llevó, como es natural, a una discusión sobre el estilo, y sobre si puede separarse de la personalidad intrínseca del autor. Conrad pensaba que no. El novelista, afirmó (mientras de buenas a primeras un dolor punzante le agarrotaba los nudillos), sin duda el novelista queda plasmado en sus obras como si de una confesión se tratara, ¿no lo creía así? Por otro lado, rebatió James (aunque el dolor atenazaba ya las dos manos del pobre visitante: ¡aquella maldita gota recrudecía en el momento menos oportuno!), no puede negarse que el artista multiplica sus confesiones, ocultando de ese modo su personalidad más íntima. La charla se prolongó en estos términos, con un toma y daca entre aquellas dos mentes laberínticas que se abrían y se cerraban, así que, ¿cómo iba Conrad a explicárselo todo cabalmente a Jessie cuando ella le insistiera, como sin duda iba a hacer? James era libre; nadie presionaba al Maestro; sin embargo Conrad estaba decidido a presionarlo en este momento. En cuanto al estilo, insistió, ¿no existía una influencia, una contaminación o un menoscabo, como quisiera llamarlo, cuando el turbulento abismo en cuyas entrañas más profundas yacen agazapados los secretos del lenguaje se abría a elementos mundanos? Cher maître, ¡qué hay de su máquina, de sus MacAlpines y sus Welds! ¡Qué me dice de sus copartícipes e intermediarios!
       Había oscurecido ya cuando Conrad y Jessie llegaron a la vieja casita de campo donde se habían instalado: una propiedad arrendada a Hueffer, no lejos de Winchelsea, para facilitar la colaboración en su trabajo. Después de acostar a Borys en la cama y de que Jessie reanudara su labor de costura, Conrad empezó con sus quejas habituales.
       —Me atacó tan fuerte, Jess, el dolor en las manos, que apenas pude mantener la cabeza fría. Y la derecha peor, como siempre.
       —Oh, querido, y eso que no has empuñado una pluma en todo el día…
       —El señor James me ha contado que le ha ido bastante bien con su Remington estos últimos años. A mí me parecía más bien una mordaza, pero él asegura que Los embajadores fue dictada íntegramente en voz alta, y cree que eso ha enriquecido su tono, le da la impresión de que le ha insuflado aliento a la prosa. ¡Esa fastuosa maravilla, dictada! Y la señorita Weld le parece una verdadera joya. Jess, he sido demasiado pusilánime. Probablemente pueda conseguir una de esas Remingtons a buen precio; el señor James me calculó el coste de la suya. Confío en que pronto podamos permitirnos comprar una, sobre todo si las cosas van bien con Hueffer y el trabajo.
       Jessie resopló.
       —¡El trabajo! —dijo—. A mí me parece que eres tú quien hace la mayor parte. No va a ser él quien te traiga fortuna. ¡Un hombre que no conserva su propio apellido, y va por ahí haciéndose llamar Ford Ford, como un tartamudo!
       —Pero date cuenta —él se mantuvo firme— que no será solo el coste de la Remington…
       —Claro que me doy cuenta. Ha de haber una señorita Weld. Tú quieres tener tu propia joya. —Su cálido buen humor salió acompañado de una carcajada—. Pues bien, señor Conrad, ¡eso sí que será una revolución! ¡Y pretendías hacerme creer que habíais pasado toda la tarde hablando de ciruelas!


3

      Los inviernos en Lamb House, cuando había pocas visitas, eran una época de soledad para Henry James; a veces lo sumían en una insidiosa depresión. Llegaba a sentirse definido por ese malestar. Admitía —sobre todo en su fuero interno— que era más profundo que cualquier otro rasgo de su carácter, más profundo incluso que los meandros subterráneos de su arte. Una confesión extraordinaria: en el campo la mantenía a raya bajo grandes derroches de hospitalidad. Londres, en cambio, con todos sus defectos, nunca le había parecido un lugar manifiestamente solitario, y el Reform Club, donde por temporadas se alojaba en las espaciosas habitaciones de arriba y almorzaba con sus invitados en los suntuosos salones de columnas de la planta baja, era la metrópolis en su máximo esplendor. Los ventanales de sus habitaciones daban a los tejados y las chimeneas de magníficas embajadas y lujosas mansiones. Fue allí donde se rasuró la barba canosa, en sí misma una razón para la melancolía: creía que lo avejentaba. Y fue allí, una tarde lluviosa de enero de 1910, cuando la señorita Lilian Hallowes y la señorita Theodora Bosanquet estuvieron a punto de no llegar a conocerse.
       Conrad y su esposa habían ido a Londres a consultar a un cirujano. Jessie padecía las secuelas de su última operación de rodilla (llevaba ya varias intervenciones), y aún precisaría otra: unos años antes había salido de compras y se había caído en la acera, con lo que la insidiosa lesión de sus años de adolescencia se agravó aún más. Había empezado a llevar la vida de una lisiada. Concediéndose un intervalo en los planes de la jornada —Jessie había ido a descansar al hotel donde se alojaban—, Conrad había hecho las gestiones oportunas para que la señorita Hallowes llevara al Reform Club unas páginas recién transcritas de la obra en la que estaba enfrascado, y James, al enterarse que su amigo estaba en la ciudad, lo había invitado para mantener una de sus antiguas charlas. Las instrucciones de Conrad fueron claras: tenía varias revisiones imprescindibles en mente y quería llevarlas a cabo sin dilación. La señorita Hallowes debía anunciarse al conserje, y acto seguido subir al despacho del señor James, entregar las cuartillas mecanografiadas a Conrad y marcharse discretamente enseguida. Cualquier posible encuentro con la señorita Bosanquet, por fugaz que fuera, debía evitarse a toda costa. A esa hora James probablemente despachaba a la señorita Bosanquet tras la sesión de dictado de la mañana. Por entonces el Maestro se dedicaba a ratos a redactar los prólogos para la magna edición neoyorquina de sus obras completas; su ambición era reunir, y por último pulir, todas las novelas y los relatos, el trabajo de toda una vida. Se proponía escrutar cada una de ellas, línea por línea, e imprimir el sello de la madurez a su estilo anterior. Aguardaba con impaciencia la opinión de Conrad acerca de este cotejo obsesivo; al cabo de tantos años, ¿sostenía Conrad aún su teoría de que el estilo delata al hombre que hay dentro? ¿Y si el estilo finalmente sufría alteraciones? ¿No significaría eso acaso que la esencia de uno mismo, su carácter en apariencia inmutable, era, a fin de cuentas, mutable?
       Cuando Conrad, empapado por la lluvia, penetró en las exuberancias griegas de los salones del Reform Club, no imaginaba que aquel iba a ser el excéntrico, y posiblemente tirante, tema de la visita. No obstante sabía que la aparición simultánea de las dos señoras, en presencia de James y de él, resultaría sumamente embarazosa. La señorita Hallowes había visto (y veía a todas horas) los recovecos más oscuros de su mente. Era testigo de sus titubeos, sus dudas, sus revocaciones, y desde luego también de sus ímpetus; era su doble en el sentido más crucial del término, pues todo lo que salía de él lo duplicaba ella acto seguido con la máquina. Sus pensamientos pasaban directamente a través de ella, sin alterarse, sin atenuarse, sin perder un ápice de fuerza. No cabía duda de que a James le ocurría lo mismo con la enérgica señorita Bosanquet: cada una de las vibraciones de la sensibilidad de James recorrían a la mujer que le servía y le observaba… ¿cómo iba a ser de otro modo? Si la señorita Hallowes y la señorita Bosanquet coincidían, aunque fuera fugazmente, ambos quedarían expuestos. En el rostro de la señorita Hallowes, en su postura, en la forma misma y el estado de sus zapatos, James detectaría, con la vara de zahorí que era su poderoso instinto, aquello que en secreto Conrad le reprochaba: que el cosmopolitismo del Maestro, su refinado comedimiento, la perfección de su método, las figuras exquisitamente acabadas, cinceladas y talladas, a fin de cuentas no eran más que estatuas de piedra. Bajo el esplendor solo había un corazón despiadado y frío. Y en el rostro y la postura de la señorita Bosanquet, y tal vez incluso en la forma y el estado de sus zapatos, el propio Conrad reconocería, aterradoramente, la flecha de la aversión oculta que James sentía por él.
       Estas vulnerables premoniciones no llegaron a suceder. Afortunadamente, la señorita Bosanquet ya se había marchado cuando Conrad llamó a la puerta y James abrió, y dándole una palmada en la espalda lo hizo pasar y lo acompañó hasta la chimenea encendida, con más de un “encantado de volver a verle” y exclamaciones de “mi querido y buen amigo” y las preguntas de rigor sobre la salud de la pobre señora Conrad, además de las exhortaciones a una libación de jerez y los ruegos para que se sentara en la butaca con las mejores vistas al majestuoso edificio de enfrente, donde se alojaba la legación turca, en cuyo tejado habían pintado una luna creciente y una estrella verdes. Y entonces llamaron de nuevo a la puerta, y resultó ser la señorita Hallowes, que traía, tal como le había indicado, el último tramo del relato de marinos que Conrad pensaba titular “Mi otro yo” o “El desconocido secreto”, aunque quizá finalmente se decidiera por otra cosa…
       —Le estoy muy agradecido, señorita Hallowes —dijo Conrad cuando le dio la carpeta, que se había mojado a pesar del empeño con que había tratado de protegerla de la lluvia bajo el abrigo—. Señor James, permítame que le presente a la persona misma a quien me inspiró con su ejemplo. Mi amanuense, la señorita Hallowes, que se va volando a disfrutar de su día libre en Londres, a pesar de este horrible tiempo.
       Bajo el torpe sombrerito empapado por la lluvia, con su pequeña pluma mojada, la nariz un tanto obvia de la señorita Hallowes se puso colorada. Tenía un cuello largo —era larguirucha en conjunto—, en cuya base un moño confinaba su melena castaña, de ese tono tan común que pasa desapercibido salvo en una mujer muy bonita. La señorita Hallowes no era una mujer muy bonita. Tenía treinta y siete años, y una papada incipiente que solo se advertía cuando agachaba la cabeza, formando una bolsa blanda y redondeada. Al inclinarse sobre la máquina, solía agachar la cabeza. A veces la agitación veloz de sus dedos y sus hombros le aflojaba el moño y lo liberaba de sus horquillas, y entonces el cabello le caía como una cascada por la larga espalda; se preguntaba si el señor Conrad se fijaba. Hacía seis años que trabajaba para él, y era y no era un miembro más de la unidad doméstica, algo así como la institutriz de un libro. A menudo era ella quien llevaba a Borys al colegio. Sin embargo, al cabo de todos aquellos años, el señor Conrad todavía se equivocaba al escribir su nombre, “Lillian”, con dos eles, cuando llevaba solo una, y se refería a ella como su “chica”. Agradeció que no la presentara como “mi chica” al señor James, que ahora la miraba, o más bien la traspasaba con aquellos ojos suyos que parecían faroles. Estaba mucho más gordo de lo que había imaginado, tenía panza y una gruesa papada que le recordó, humillantemente, el probable futuro de la suya. Estaba mojando la preciosa alfombra; fuera llovía a cántaros; le hubiera gustado acercarse al fuego. Se le habían calado los zapatos, tenía los pies helados. Pero no podía quedarse: sabía que su presencia no era más una intrusión necesaria. ¡Si al menos el señor James no la juzgara por el ruinoso estado de sus zapatos!
       —Encantada, señor James —dijo, y sin más se dirigió hacia la puerta. Al apoyar la mano en el picaporte notó que este giraba de golpe, como si se accionara por si solo, y vio asomar una mano del otro lado de la puerta, que rozó la suya, y entonces entró la señorita Bosanquet.
       —Ruego que me disculpen, ya estaba por marcharme, pero al parecer he olvidado mi paraguas.
       ¡El paraguas olvidado! ¡Recurso manido, venerable artimaña! Aunque quizá no lo fuera, pues de hecho era cierto que la señorita Bosanquet, con el permiso de James, acostumbraba a guardar allí un paraguas. No llovía tan fuerte cuando llegó a las diez de la mañana, y a ella tampoco le preocupaba mojarse un poco, a diferencia de otras mujeres que se comportaban como si estuvieran hechas de azúcar y fueran a derretirse. Pero incluso la señorita Bosanquet reconocía la necesidad de un paraguas cuando la lluvia rebotaba en las aceras y el viento gélido te azotaba el rostro: para esas contingencias guardaba el socorrido artículo en el armario del Maestro. La llovizna de la mañana se había desatado a esas horas de la tarde en una feroz tormenta de enero, que bastaba para explicar que la señorita Bosanquet hubiera vuelto a buscar el paraguas justo cuando la señorita Hallowes se marchaba, y rozara sin proponérselo su mano grande e interesante.
       Tal vez había otra explicación. En el momento en que la señorita Bosanquet, después de que la dispensaran de sus tareas por lo que quedaba del día, pasaba por el monumental vestíbulo de la planta baja encaminándose a la calle, oyó que alguien preguntaba por el Maestro. Había una mujer alta con un moño despeinado y un sombrerito enternecedoramente ridículo hablando con el conserje; anunció que la esperaban y preguntó cómo llegar a los aposentos del señor James. Luego caminó entre las imponentes columnas del vestíbulo, deteniéndose a sacar del abrigo una carpeta de las que suelen usarse para presentar manuscritos. Se extrañó, y con toda razón: la señorita Bosanquet llevaba un escrupuloso recuento de cada sagrada hoja de papel que entrara o saliera del santuario del Maestro; cada bendita palabra que él exhalaba en voz alta bailaba a través de las ágiles yemas de sus dedos y quedaba grabado a fuego en su cerebro. ¿Sería aquella mujer, aparentemente citada por el Maestro, una contrincante secreta? Abrumado quizá por la extenuante edición neoyorquina de sus obras, ¿sentía la necesidad de dos amanuenses, una para la primera mitad del día y otra para la segunda? La señorita Bosanquet sabía que había tenido predecesores, y también que ella los eclipsaba a todos. ¿Y de repente aparecía una rival? A MacAlpine, que cobraba demasiado, el Maestro le había encontrado otro empleo, y la señorita Weld se marchó en la flor de la juventud para casarse. A la última, una tal señorita Lois Baker, la requería en ocasiones, la propia señorita Bosanquet lo sabía, cuando a ella no le quedaba más remedio que ausentarse: ¿podía ser la señorita Baker la mujer atribulada y con prisas que justo entonces dejaba la carpeta sospechosa junto al pie de una columna para arreglarse las horquillas del moño? Se había soltado el pelo, y antes de que se lo recogiera de nuevo, en ese instante revelador en que la melena se mecía inocentemente por obra de su propio peso, la señorita Bosanquet pensó que la señorita Baker, si es que era la señorita Baker, parecía una sirena liberada de repente de un hechizo: ¡estaba empapada de los pies a la cabeza! ¿Habría también escamas relucientes y una cola de pez ocultas en los pliegues del abrigo, además de algún manuscrito errante? Su cuerpo larguirucho y titubeante, como el de una sirena al pisar tierra firme, chorreaba y formaba charcos en el suelo de mármol. Tenía una boca ancha y tímida en medio de una cara ancha y tímida, una de esas caras que se podría ver en un retrato antiguo de la Madonna, en el que el modelo habría sido una campesina poco agraciada, de cutis basto, pero con un semblante de extática devoción. Los ojos de la señorita Baker, si era la señorita Baker, parecían demasiado pequeños para esa cara, y los lóbulos de la nariz demasiado carnosos, pero allí de pie, mientras se llevaba las manos a la nuca sin dejar de observar a su alrededor, como admirando la bóveda de una catedral magnífica, daba la impresión de ser diligente, vulnerable y candorosamente virginal. Recogió la carpeta del suelo y siguió su camino.
       Durante diez minutos la señorita Bosanquet no se decidió a marcharse, sopesando qué hacer, y además estaba la cuestión del paraguas, ¿no? Así que cuando volvió y se atrevió a irrumpir en los aposentos del Maestro, acariciando de improviso al otro lado de la puerta la mano de la señorita Baker, que ya se marchaba… ¡Ah, no! No podía ser la señorita Baker, a pesar de todo. La señorita Bosanquet se sorprendió al ver que el Maestro, al poco de que ella se fuera, había recibido a un invitado, y que el invitado (imposible no reconocerlo) era el ilustre señor Joseph Conrad; y que por consiguiente, calculó al instante, el manuscrito que había traído la supuesta señorita Baker no pertenecía al Maestro, sino al señor Conrad. Era evidente: la carpeta ya estaba en poder del señor Conrad, que la agarraba con las manos crispadas, ¿y por qué razón la estrujaba de aquel modo, y fulminaba a las dos señoras con la mirada, como si fueran a infligirle algún mal?
       Había ocurrido. Ya era inevitable. Aquellas mujeres que no debían encontrarse, y que por la gracia de Dios no habían coincidido, estaban allí ahora, una al lado de la otra: casi creyó ver que se estrechaban fugazmente la mano. Un destino funesto opera a través de las confluencias de la banalidad, ¡aquel dichoso paraguas! Agarró la carpeta que la señorita Hallowes acababa de entregarle (puntual según su costumbre) y la estrujó de nuevo, abrazándola vehementemente contra sus costillas, como un escudo para protegerse del ávido escrutinio de la señorita Bosanquet, que poseía la mirada astuta de quien sabe guardar secretos. ¿Qué palabra desfavorable, producto de una excelsa mente crítica, le había confiado el Maestro? ¿Qué defecto fatal —pues él estaba condenado al defecto, al sudor y la desesperación— ensayaba aquella mujer en su fuero interno, observando fijamente el último fruto de sus penosos esfuerzos? ¿Que sus relatos eran siempre cajas chinas y muñecas rusas, narradores dentro de otros narradores, que se dedicaba incansablemente a dejar cabos sueltos, que adolecía de una verborrea desgobernada, sin orden ni concierto? En la confianza con que la señorita Bosanquet se desenvolvía ante el Maestro adivinó la opinión privada de James; privada por el momento, pero ¿no podía acabar algún día publicada en letra impresa? “El señor Conrad merece gran admiración, pero no una veneración ciega.” La señorita Bosanquet, que sabía lo que era la veneración, lo delató todo con su mirada penetrante y sostenida. Y la pobre señorita Hallowes, con sus ojillos idólatras (a veces sospechaba que la señorita Hallowes lo veneraba), ¿qué ingratas opiniones que en privado tenía él del Maestro estaría delatando? Deseó que desaparecieran cuanto antes, ¡las dos!
       Sin embargo el Maestro se acercó y, con sus modales más señoriales y efusivos, presentó a la señorita Hallowes a la señorita Bosanquet.
       —Qué momento sin precedentes —declaró—, imprevisto por las matemáticas más elevadas, cuando los destinos paralelos de las siervas confluyen. ¿No oye usted, mi querido Conrad, cómo restalla el trueno del Olimpo, el choque de las Remingtons?
       Y cuando se hubieron ido, la señorita Bosanquet enarbolando su paraguas, y tras ella la señorita Hallowes con sus calamitosos zapatos, como guiada por una batuta, el Maestro preguntó:
       —Así pues, ¿la señorita Hallowes es de su entera satisfacción?
       —Estoy bastante satisfecho, sí —dijo Conrad.
       —¿Discierne el sentido de lo que le dicta?
       —Completamente.
       —La señorita Bosanquet…, habrá reparado usted en su vivacidad y su aspecto un tanto varonil, pero vale más que todas las mujeres que han trabajado para mí antes. Entre los defectos de mis anteriores amanuenses, ni mucho menos el único, destacaba su flagrante incapacidad para comprender lo que me traía entre manos. Y la señorita Bosanquet es además de una discreción encomiable.
       —No se debe esperar menos.
       —Doy por hecho que considera usted a la señorita Hallowes su bijou.
       —Desde luego —dijo Conrad, aunque se recordó que Jessie cada vez estaba más convencida de lo contrario.


4

       —Deme el brazo, o no habrá forma de guarecernos bajo el mismo paraguas —la apremió la señorita Bosanquet—. Es increíble que usted no lleve el suyo. ¡Señorita Hallowes, está empapada!
       —Al salir de casa lo llevaba, desde luego, pero el viento le dio la vuelta y lo arrastró hasta el medio de la plaza, y no pude ir tras él porque si algo le disgusta al señor Conrad es la impuntualidad…
       —¡Qué oportuno contratiempo! Los astros están de nuestra parte, señorita Hallowes. Si se hubiera retrasado un minuto más, es improbable que usted y yo fuéramos ahora del brazo chapoteando bajo la lluvia. Me encantaría pasar media hora con usted…, ¿puedo preguntarle si tiene algún compromiso inmediato?
       —Debo ir a visitar a mi madre, que no ha estado muy bien últimamente.
       —Solo le pido media hora. ¿Qué le parece si nos metemos en el primer Lyons y aprovechamos para guarecernos? Creo que conozco todos los salones de té del barrio. Con frecuencia le llevo al señor James las rosquillas que toma por la mañana.
       La señorita Hallowes se sintió culpable por su madre, pero con ella no era tan puntual como con el señor Conrad.
       —Sería un placer poder secarme un poco los pies.
       —¡Oh, sus pobres pies calados! —exclamó la señorita Bosanquet. A la señorita Hallowes le pareció un comentario excesivamente familiar para alguien a quien conocía desde apenas hacía veinte minutos; y sin embargo sentía la tibieza del cuerpo de la señorita Bosanquet, que la agarrada firmemente bajo el estrecho cobijo del paraguas.
       Una vez sentadas con un par de teteras de porcelana marrón y un azucarero pegajoso entre medio, la señorita Bosanquet le habló como si fueran amigas íntimas.
       —¿Y qué le ocurre a su madre? —le preguntó.
       —Padece del corazón. Mi madre es viuda y está muy sola. No es solo la enfermedad lo que la aflige. A menudo está triste.
       —Qué providencial es entonces —dijo la señorita Bosanquet— tener una hija que le levante el ánimo…
       —No es tan fácil levantárselo. Mi madre está de luto.
       —¿Tan reciente es su pérdida?
       —En absoluto. Hace más de cinco años que murió mi hermano. Para mi madre, sin embargo, la herida sigue abierta.
       —Su madre debe de ser una mujer con una gran sensibilidad. ¿Acaso lo es usted también, señorita Hallowes?
       ¡Qué conversación tan repentina y tan íntima, y en un lugar público como aquel! Aunque los cristales estaban grises y empañados, el salón de té amplio e iluminado, con sus hileras de mesitas blancas, era casi demasiado resplandeciente. La señorita Hallowes se sentía incómoda, rodeada y comprimida, y la señorita Bosanquet la escrutaba con una mirada tan penetrante que la avergonzó. Mediante una inexplicable destilación de simpatía recíproca, la señorita Bosanquet estaba adivinando de algún modo su humillación, y más aún: le daba carta blanca, la invitaba a revelar secretos.
       —Su hermano… —dijo—, ¿tal vez no gozaba de buena salud?
       —Estaba perfectamente.
       —Doy por hecho entonces que le segó la vida algún desgraciado accidente…
       —Se suicidó.
       —Oh, mi pobre señorita Hallowes, pero cómo…
       —Se pegó un tiro. A solas, en un compartimento de primera a bordo de un tren.
       A su alrededor se oía el tintineo de los cubiertos, y el roce de las gabardinas, y el rumor colectivo de la charla, atravesado de vez en cuando por una nota aguda de risa, y olía a lana mojada. La señorita Hallowes no salía de su asombro: ¡haber contado aquello de Warren era tan impropio de ella! Pero la señorita Bosanquet lo asimiló sin condena, y con la naturalidad y la compostura de una enfermera bregada, o de un clérigo; o incluso de un curandero idólatra.
       —Lo comprendo perfectamente —dijo la señorita Bosanquet—. Cómo iba a recuperarse su madre de una tragedia como esa. ¿Necesita su apoyo? ¿Depende de usted?
       —Tal cual lo ha dicho.
       —¿Y entonces ahora ella es su vida?
       —El señor Conrad es mi vida.
       La señorita Bosanquet se inclinó hacia delante; sus mejillas descarnadas se oscurecieron; sus hombros huesudos se cernieron sobre la taza de té.
       —Somos tal para cual, señorita Hallowes. Usted con el señor Conrad, yo con el señor James. Desde que el mundo es mundo, ha habido pocas personas tan privilegiadas como usted y como yo. Debemos hablar más de esto. Deduzco que vive usted con su madre.
       —Tengo un piso alquilado en Blessington Road, pero a menudo paso con ella varios días seguidos.
       —¿Y cómo llegó usted hasta el señor Conrad?
       —Estaba empleada en una secretaría, y allí fue donde me encontró. Pareció complacido con mi trabajo y me contrató.
       —Me temo que mis comienzos fueron un poquito más tortuosos. Yo me preparé expresamente para el señor James. En mi oficina se estaban dictando ciertos capítulos de Los embajadores a partir de la transcripción en taquigrafía. Me enteré de que el señor James no estaba satisfecho y que precisaba una amanuense fija, y me puse manos a la obra para aprender mecanografía. Todo fue un plan que yo misma urdí. ¡Pensará que soy una mujer peligrosa!
       —Es usted muy directa.
       —Sí, soy muy directa. Creo que debe empezar a llamarme Theodora. Para unas pocas amigas soy Teddie, pero usted puede empezar con Theodora. ¿Cómo puedo llamarla yo, señorita Hallowes?
       La señorita Hallowes carraspeó preocupada. Esperaba que la tos no significara que se había resfriado.
       —Creo que va siendo hora de que me marche con mi madre.
       —Por favor, no sea esquiva conmigo. Tenemos tanto en común… Ambas estamos en una situación privilegiada. El señor James y el señor Conrad son hombres de inmenso talento, y la posteridad nos honrará por haber sido los conductos de ese talento.
       —Jamás pienso en la posteridad. Únicamente pienso en el señor Conrad, y en cómo servirle. La verdad es, y sé que él lo sabe porque lo comentó abiertamente en una carta al señor Pinker…, una carta que yo misma mecanografié, y se olvida de mí tan a menudo que ni se dio cuenta… le dijo al señor Pinker que si por mí fuera, trabajaría para él a cambio de nada. Y es cierto, lo haría. Además, señorita Bosanquet…
       —Theodora.
       —El señor Pinker también es un conducto, como usted lo llama. Todo el trabajo del señor Conrad pasa por él.
       —Y el del señor James también, pero el señor Pinker no es más que un agente literario. El señor Pinker es secundario. Terciario, de hecho. En el futuro nadie recordará su nombre, se lo aseguro. No es el señor Pinker el afortunado que oye las respiraciones, y los silencios, y los suspiros, y los pasos de un lado a otro… A veces, cuando el señor James y yo llevamos horas trabajando, sin decir nada deja un pedacito de chocolate al alcance de mi mano, e incluso se toma la molestia de quitarle el envoltorio plateado.
       —Hay ocasiones en que el señor Conrad está agotado al final del día, y nos quedamos sentados uno enfrente del otro en su estudio fumando. A la señora Conrad no le hace ni pizca de gracia.
       —¿Fumando? ¡Vaya, si es usted una mujer avanzada!
       —No tan avanzada como usted, señorita Bosanquet. Aunque usted es muy joven y está más acostumbrada que yo a las nuevas modas.
       —Llámeme Theodora. Y tengo más de treinta años. Si por “nuevas modas” se refiere a que nos llamemos por nuestros nombres de pila…, ¡pero si llevamos vidas tan similares que somos prácticamente hermanas! No es natural, tanta formalidad entre hermanas. ¿No tiene usted hermanas?
       —Solo los dos hermanos, y uno está muerto —dijo la señorita Hallowes con gravedad.
       —Entonces tendrá usted en mí a una hermana, y puede confiarme todo lo que desee. Es usted la que parece sumamente joven, ¿ha estado alguna vez enamorada?
       La señorita Hallowes carraspeó de nuevo. No era que se avecinara un resfriado; se trataba de reconocimiento. La señorita Bosanquet…, Theodora…, se estaba adentrando en una jungla llena de lianas asfixiantes. ¿Enamorada? Creía, o más bien sabía (¡y lo había declarado en presencia de la señora Conrad!), que llevaba impresas en el corazón las obras del señor Conrad, y la acompañarían hasta la tumba. La verdad era que lo amaba en silencio desde hacía seis años. El señor Conrad jamás se lo figuraría; la veía, suponía ella, como un apéndice enigmáticamente vivo de la máquina, y el funcionamiento de la propia máquina ya era un enigma para él. La señora Conrad, en cambio, por sencilla y prosaica que fuera, tenía intuiciones poderosas y ojos atentos, y oídos aún más vigilantes. Había sucedido en más de una ocasión que, cuando la señorita Hallowes y la familia —que ahora incluía también al pequeño John— estaban cenando, y la señorita Hallowes pedía que le pasaran la mantequilla, la señora Conrad se volvía a mirarla.
       Pero no le confesó nada de esto a… a Theodora.
       —Puede llamarme Lilian, pero se lo ruego, de ninguna manera Lily. Y si alguna vez escribe mi nombre, hágalo con una sola ele, no con dos —dijo en cambio.
       —Entonces permítame que le estreche la mano, Lilian.
       Theodora alargó el brazo por encima del azucarero y acarició la mano que había tocado por primera vez al otro lado de la puerta del Maestro. Era una palma ancha y suave, poco acostumbrada al afecto femenino.
       —Volvamos a vernos pronto —dijo.


5

      Cuando Lilian se marchó de casa de su madre aquella noche, era más tarde de lo que imaginaba. Se había entretenido en una carnicería comprando chuletas de cordero, un gusto que hacía las delicias de la señora Hallowes, y ella misma las preparó y trató de alejar la conversación de Warren. Los lamentos de su madre desembocaban inevitablemente en Warren, y luego, predeciblemente, en Lilian y la acostumbrada riña. Warren tenía treinta y siete años cuando se mató (“cuando se lo llevaron”, decía su madre), exactamente la misma edad de Lilian ahora. Aquel número era para su madre un mal presagio. Significaba el final de la posibilidad, el cierre definitivo de una vida. El oscuro destino de los que no se casaban.
       —¡Treinta y siete! No es bueno estar sola, querida, basta con que veas a tu pobre madre, sin un alma en la casa para hacerle compañía. Estaría sola como las piedras si tú no vinieras. Y mírate, encerrada el día entero con ese viejo, ¿qué futuro crees que te espera?
       —El señor Conrad no es viejo. Tiene cincuenta y tres años, e hijos pequeños.
       —Sí, y estoy harta de oír hablar de Borys y John, Borys y John. Hablas como si fueran tuyos, incluso les llevas regalos. Eso estaría muy bien si tú tuvieras también uno o dos hijos. Cada año que has pasado con el señor Conrad es un año desperdiciado. De veras creo que es una maldad tenerte todo el día encerrada, aprovechándose de ti de esta manera.
       —Madre, por favor.
       —Y no es que no haya leído ese libro de cuentos que me regalaste la Navidad pasada, cuando lo que me hacía verdadera falta era una buena bufanda de lana para abrigarme…
       —Madre, también le regalé la bufanda, y un par de guantes, ¿no se acuerda? Y un cobertor nuevo para la tetera, justo ahí encima lo tiene.
       —Esa de El corazón de las tinieblas, qué perversa, qué perversa es… un relato horripilante, como nunca hubiera imaginado por más años que viviese. ¡Qué debe encerrar la mente de ese hombre!
       —Es una mente excepcional. El señor Conrad es un autor magnífico. La posteridad le hará justicia.
       Posteridad. Qué curioso que esa formidable palabra brotara justo entonces, rotunda y espléndida, en absoluto acorde con la cocina de su madre. La misma palabra que la señorita Bo… que Theodora había pronunciado apenas unas horas antes.
       —Bueno, en eso tienes razón —dijo su madre—. Ese hombre tiene hijos, esa es la única posteridad, si quieres llamarlo así, que de veras importa. Y cuando pierdes a uno, como ocurrió con nuestro Warren…
       Su madre rompió a llorar, y Lilian se sintió aliviada; no era cruel, pero estaba acostumbrada a las lágrimas de su madre, y las prefería a abordar la cuestión de un matrimonio que nunca llegaría.


6

      Acostada en su minúscula vivienda de Blessington Road, Lilian escuchaba. En una de las paredes había colgado un espejo alto para dar ilusión de amplitud a aquel cuarto con aspecto de celda, y desde la almohada podía contemplar su propio reflejo. Vio la almohada blanca detrás de ella; vio su cabeza recostada en la almohada. Vio su cara pálida, borrosa en la penumbra, y (así se imaginó) fantasmal. Y sin embargo ella no era un fantasma, era de carne y hueso, tan maleable como la masa, un cuerpo de mujer sola en una cama, con una mano sobre el pecho. Una mano de mujer que nadie había acariciado nunca, salvo por aquel roce evanescente en la puerta del señor James, y aquella caricia cautivadora y fascinante desde el otro lado de la mesa del salón de té. Theodora había tomado su mano y la había examinado del derecho y del revés, y luego fingió con mucha gracia leerle la suerte, igual que una adivina gitana; y después entrelazó su mano con la de Lilian, y la miró a los ojos…, ¿cómo expresarlo?, con picardía, casi tentadoramente, como nadie la había mirado nunca; como si un propósito insondable latiera entre las dos. De la almohada se alzaban voces, voces conocidas y peligrosas: había pasado toda la semana trabajando incansablemente junto al señor Conrad, captando las lentas sinuosidades de las voces a medida que salían retorciéndose de sus vísceras, o bien manaban atropelladamente en violentos tornados, obligando a que sus dedos volaran tras ellas, tecleando con tanta furia que la máquina temblaba, temblaban las lámparas e incluso las figuritas de porcelana de la señora Conrad. Eran las mismas voces que había llevado aquel día al Reform Club, el meollo de un relato inacabado, todavía sin título. Las voces aún resonaban en sus oídos, en su garganta, en las líneas de las yemas de sus dedos. Mi doble. Mi otro yo. Mi percepción de la identidad. Nuestro secreto compañero. El copartícipe secreto. Las voces le provocaron escalofríos, la atemorizaron, y cuando el señor Conrad dejó al fin de hablar, ella se dio cuenta de lo agotado que estaba. Ella también estaba agotada. El señor Conrad sacó el mechero de pedernal y volvió a guardárselo en el bolsillo. No acertaba a rematarlo bien, le dijo a la señorita Hallowes, ni siquiera en el título, a saber cuándo conseguiría tenerlo listo para imprenta… No iba a fumar; se lo veía colorado, enfermizo y desaseado, como si hubiera pasado la tarde entera vomitando.
       En la cama, la señorita Hallowes levantó la mano del pecho y se rozó la otra delicadamente, tentativamente, y la acarició, recorrió los nudillos y el arco flexible de la palma con las yemas de los dedos, del mismo modo que Theodora se había entretenido esa tarde con su mano en el salón de té, haciendo de ella un juguete, y de pronto, de pronto… la levantó, sonriendo, sin dejar de sonreír, como a punto de llevarse aquel juguete a los labios. Esa sonrisa de complicidad, y el leve escalofrío que le recorrió la columna por sorpresa, ¡una mujer que casi parecía que deseara besar la mano de otra mujer! La agitó y la turbó, era una sensación que se parecía mucho… al momento, o los momentos, aquella vez que al volverse demasiado deprisa de la máquina para entregarle las cuartillas mecanografiadas al final del día al señor Conrad, los papeles se le escurrieron de las manos y aterrizaron en la alfombra desparramados, y empezaron a recogerlos juntos uno a uno, encorvados y en cuclillas (“un par de culíes en un arrozal”, gruñó él), y las cabezas de ambos estuvieron muy cerca una de la otra, y sus manos se enredaron… El señor Conrad tenía unos dedos callosos, y le surcaban las muñecas unas venas que a sus ojos eran finas cuerdas azuladas: la garra curtida de un marino, y su inesperado movimiento, su tacto descarnado, la estremecieron y la afectaron con una especie de sed. Y allí estaba la señora Conrad en el umbral mirando la escena con ira, y solo porque el señor Conrad había tendido la mano para ayudar a la señorita Hallowes a ponerse de pie.
       Del callejón al que daba la ventana de su dormitorio —la luz que se filtraba la envolvía en una neblina oscura con cierta fosforescencia—, a Lilian la sobresaltó un estrépito: un bidón de basura volcado. Otra vez un zorro, rebuscando. Un taimado zorro salido de una fábula, una criatura silvestre… Pero en las calles de las afueras de Londres se veían zorros con frecuencia, y en una ocasión, volviendo a casa una noche de invierno después de visitar a su madre, había entrevisto un reflejo anaranjado a la luz de la farola, que enseguida desapareció. Y otra vez, al amanecer: la mujer y el animal, ambos solitarios, dos rezagados de la manada, petrificados, mirándose mutuamente, atenazados por el miedo. Los ojos del zorro despedían un brillo extraño, como si tuviera un par de peniques relucientes en las cuencas; las orejas estaban erguidas; la blanca cola casi rozaba el suelo, como una bandera deshonrada; las ijadas tiritaban. Una criatura salvaje y nerviosa. La señorita Hallowes detectó un temblor en el largo hocico, vio el destello zigzagueante de los dientes, la peligrosa sonrisa de la emboscada. ¡Qué hermoso era!
       Y las voces en la almohada persistían, más fuertes cada vez que se repetía el grito: “mi doble, mi yo secreto, nuestro compañero secreto…” En aquella cama desangelada, Lilian levantó las manos y unió las palmas, pulgar con pulgar, y observó qué persuasivamente, qué milagrosamente, formaban un par casi idéntico.


7

      Quizá lo más extraordinario fue que nunca compitieron entre ellas. No estaban llamadas a ser rivales, ni paladines de rivales. En su primera nota, Theodora había insistido en ese punto. La nota fue también una invitación: ¿Lilian era aficionada al teatro?, y en tal caso, ¿le apetecía acompañar a Theodora al Liceum el martes siguiente, a ver a la señora de Patrick Campbell encarnando a Lady Macbeth? Lilian le había prometido a su madre cenar con ella esa noche, ¿cómo iba a desilusionarla? Pero lo hizo, y su madre se echó a llorar. Se sucedieron desilusiones parecidas, hasta que el abatimiento de su madre se agravó y sus lágrimas fueron en aumento: era casi como perder otro hijo, decía, puesto que la abandonaba y la dejaba sola, mientras aquel despiadado señor Conrad reclamaba también las noches de Lilian, ¡qué cruel desperdicio de la juventud de una mujer!
       Era una alegría estar con Theodora, era como una hermana de verdad. En el teatro, en el instante más estremecedor, cuando Lady Macbeth contemplaba su mano ensangrentada murmurando: “Desaparece, condenada mancha”, Theodora abrazó a Lilian para que se repusiera del susto, y esa vez la besó de verdad, en la sien izquierda, en la mejilla y en el mentón, y por poco, por poco, en los labios. Y Theodora tenía muchísimas ideas para salir de excursión, algunas (o eso le parecía a Lilian) al filo del riesgo, o incluso de la temeridad. Al poco de conocerse ya bromeaban con el tópico de que Theodora era audaz y Lilian pusilánime; o más bien era Theodora la que bromeaba, como si los reparos de Lilian fueran una farsa, pues por supuesto en realidad la valiente era Lilian: ¿no había accedido a ir con ella a patinar al lago, cuando nunca lo había probado? Tambaleándose sobre el hielo, era como si los pies de Lilian pertenecieran a otra persona, las cuchillas resbalaban incontrolablemente, y el corazón saltaba tanto que no parecía el suyo…, pero Theodora la salvaba abrazándola firmemente por la cintura, y la tibieza de su aliento al reír le acarició como una pluma detrás de la oreja. “¡Oh, mi valiente Lily, tienes la cara tan colorada que parece que te hayan pintado con brocha!” Era la primera vez que Theodora la llamaba Lily; ella no protestó. Después de eso, una excursión a New Forest, donde la nieve recién caída había borrado los senderos, y en el prado erraban caballos sin dueño, libres y sin arreos, que se acercaban con sigilo a los intrusos humanos y olisqueaban en busca de restos de comida con sus enormes hocicos oscuros y humeantes, y miraban alelados volviendo los ojos en las cuencas, revelando un color intenso como la yema del huevo, y sacudían sus cabezas gigantescas y mecánicas, amenazantes como los engranajes de los trenes vistos demasiado cerca.
       Había zonas de Londres que Theodora conocía, rincones oscuros a los que Lilian no se había aventurado jamás, y tabernas que atufaban a incienso donde reñían desconocidos con broncos acentos remotos, como parranderos exaltados de un extraño carnaval. Y a veces el carnaval se instalaba en casa de Theodora, en el último piso de una calle de casas adosadas, un salón con un tragaluz en el techo y las paredes empapeladas de negro, con cuadros borrosos, turbios, que parecían haber caído a una bañera llena de agua hasta difuminarse del todo. Varias mujeres, con mantones ondeantes y copas de vino de tallos largos como juncos, se movían obstinadamente de cuadro en cuadro, como si cada rectángulo emborronado fuera una batalla que ganar. Pero por fin esas temibles mujeres se fueron, y Theodora dijo:
       —Sobra un montón de este estupendo chardonnay, y tú no has probado una sola gota. ¡Espero que no te criaran en la templanza, Lil! —dijo Theodora.
       —Mi madre y yo solíamos tomar una cerveza con Warren de vez en cuando, pero después ya nunca. Y el señor Conrad, cuando no está en compañía de damas, prefiere…, bueno, cosas más fuertes.
       —No voy a servirte whisky, querida, eso lo dejaremos para los hombres, pero el vino debes tomarlo. Una copa para alegrarte el corazón, dos para alegrar el mío.
       Lilian obedeció y bebió, a sorbos pequeños, titubeantes. Vio la luna por el tragaluz, notando en la columna la presión de las paredes oscuras llenas de bocetos desconcertantes. Se sintió atraída hasta un faro lejano erigido sobre un peñasco en medio de un estuario traicionero. Era evidente que Theodora había tramado todas aquellas escenas y aventuras sorprendentes para que ella se divirtiera y disfrutara; se daba cuenta, pero ¿qué la movía a hacerlo?
       —Llámame Teddie y te lo diré —ordenó Theodora.
       Lilian miró su copa, el vino formaba una especie de espejo, un cuenco del rocío de la mañana, y su ojo se demoraba soñando en la superficie, pálido como un lirio e inesperadamente hermoso, un minúsculo estanque circular, manso, girando con languidez, iluminado con un brillo antinatural, igual que el ojo del zorro.
       —Teddie —dijo en un hilo de voz, y dejó que Theodora volviera a besarla, de esa manera nueva y desconocida. En realidad no le gustaba, no le gustaba nada, pero había encontrado un truco secreto, una palanca oculta en la parte posterior de su cerebro que podía subir o bajar, prácticamente a su antojo, siempre que Theodora la besaba con sus besos cautelosos, lentos y audaces, como si descorriera el cerrojo de una habitación prohibida. Era un truco peligroso (igual que cualquier cosa que viniera de Theodora): Lilian accionaba la palanca secreta en la mente, y Theodora se convertía al instante en el señor Conrad. De vez en cuando una aparición luminosa con el rostro de la señora Conrad surgía sin querer de la parte inferior de su lengua, y entonces Theodora volvía a ser Theodora; pero por lo general la boca insistente de Theodora se transformaba perversamente en la del señor Conrad, y ella casi podía descifrar sus susurros primigenios en polaco, y sentir el roce de su hirsuto mostacho.
       Apuró el vino; la luna había desaparecido también del cristal que la enmarcaba. Bajo el tragaluz oscuro, Theodora sonreía como a punto de anunciar algo.
       —Recordarás —dijo— lo que confesé la tarde en que nos conocimos…
       —Cuando me tendiste tu emboscada —dijo Lilian.
       —Sí, sí, descarada, llámalo como quieras. Ya te lo he explicado muchas veces, ¿y acaso no te alegras? Somos amigas, y hermanas, y muy pronto seremos copartícipes de un acto glorioso. Solo ha sido una cuestión de coraje, de aspirar al coraje, y la aspiración no puede existir sin una preparación previa. Recuerda —continuó Theodora— cómo me preparé yo para ser digna del señor James. Deseaba ser la compañera, ¡sí, la compañera!, del mejor escritor del momento.
       —El señor Conrad es el mejor escritor del momento —dijo Lilian sin alzar la voz.
       —No vamos a discutir por eso. No vamos a discutir por nada. Me parece que puedo presumir de haberte hecho más valiente de lo que eras, como quien mantiene un lirio a flote sobre una hoja y lo conduce por aguas desconocidas. Te has acostumbrado a lo imprevisto, incluso a algunos moderados sobresaltos. Te enrolaste, te dejaste tutelar, cumpliste con tu aprendizaje. Estoy contenta de haber logrado sorprenderte a veces. Pero ahora habrás de ser más valiente que nunca, si queremos salir triunfales.
       —Sentarme al lado del señor Conrad y oír su voz cada día de mi vida, ese es el único triunfo que jamás he deseado.
       —Lily, hay más. Mucho, mucho más.
       —No quiero más de lo que tengo.
       —Sí lo quieres, Lily, sí lo quieres. Y además lo mereces.
       —Soy una mera amanuense, ¿por qué iba a merecer más?
       —Porque —dijo Theodora— ahora puedes aspirar a nuevos logros, basta con que nos atrevamos a alcanzarlos. Por favor, date cuenta de que hablo en plural. Es algo que no puede cumplirse si no es mano a mano. Somos la trama y la urdimbre, tú y yo. Tú eres el lirio, y yo soy la hoja que te lleva.
       Lilian respiró hondo; sentía que le faltaba el aire. ¿Qué le estaba proponiendo Theodora? Que se convirtiera en algo así como una cómplice, pero ¿para qué fin inescrutable? Se le aceleró el pulso, igual que se le había acelerado patinando sobre el hielo, aunque entonces no había sentido verdadero miedo, ni tampoco en el teatro (no era más que la señora de Patrick Campbell y sangre de mentira), o cuando los pozos del hocico de los caballos soltaban vaharadas calientes, o entre las lápidas de Wiltshire al anochecer, o en aquellas tabernas… Todas las cosas a la que Theodora la había conducido eran nuevas, turbadoras y curiosamente bellas, aun cuando le provocaran cierta repulsión (pensó en el zorro y en sus encías oscuras y viscosas, que se insinuaban apenas encima de los dientes afilados); en ningún momento había sentido miedo. Ahora, en cambio, sintió miedo cuando Theodora le tomó la mano y empezó a girarla del derecho y del revés, igual que aquella vez en el salón de té, como si así pretendiera ahuyentar sus temores.
       —Piénsalo, Lily —la apremió Theodora—, te consideras una “mera” amanuense. ¡Mera! Me disgusta ese “mera”, pero analicémoslo de todos modos. ¿Qué amanuense ha alcanzado alguna vez la inmortalidad? ¿Quién deja una señal imborrable en el insospechado futuro? ¿Quién perdura como una presencia indeleble?
       Lilian retiró la mano como si Theodora se la hubiera abrasado; se levantó de un salto.
       —¿Es un juego? —gritó—. ¡Soy la secretaria del señor Conrad! ¡Una mera secretaria! ¡Quien es inmortal es el señor Conrad! ¡Su fuerza, su visión! ¿Por qué tratas de ponernos en un mismo plano, por qué trivializas?
       —Anda, siéntate, Lily, tontuela mía. Eres demasiado impaciente: trato de que penetres en algo profundo. No estoy trivializando. Hablo de las generaciones venideras. Si tu querido señor Conrad merece ser venerado en tiempos venideros, en el siglo XXI, pongamos por caso, entonces reconozco que puede contarse entre los inmortales. Y también el señor James, fuera de toda duda. Pero esos presuntos inmortales… ¿podrían intercambiar sus papeles? Sin duda conoces la opinión del señor James, y espero no ofenderte con ello, tal como me la expresó un día, de que las novelas del señor Conrad son tan densas que parecen enormes pudines pastosos…
       —Y por mi parte —repuso Lilian— he oído al señor Conrad decirle al señor Wells que los relatos del señor James simplemente evaden, que al final no dejan más que una estela fosforescente…
       —¡Basta! Y además da igual. No habrá rivalidad, insisto.
       Lilian se serenó. Theodora no deseaba provocar, era cierto. ¿De veras había llamado a Lilian, con su tono más burlón y cariñoso de hermana, “tontuela mía”? Una mofa de lo más tierna. Además, el señor James y el señor Conrad jamás podrían intercambiar sus papeles, puesto que el señor Conrad era sin duda superior. ¡Cuánto conocía el mar y la ambivalencia del alma de los hombres! Mientras que el señor James era…, bueno, un norteamericano. Theodora no suponía ninguna amenaza: era una de sus bromas, un juego inocuo a fin de cuentas, un pasatiempo, nada distinto de aquel excéntrico tonteo con los besos, o los momentos de confusión aquel atardecer en Stonehenge, cuando Theodora se enmascaró con sus manos enguantadas y atisbó entre los dedos como si cada uno fuese un pequeño pilar de piedra vertical, e improvisó una parodia fantasmagórica de la liturgia de los druidas, farfullando sonidos demenciales, toscos y guturales, y Lilian, desconcertada, llegó a asustarse un poco, hasta que Theodora rompió en una carcajada e hizo que se sintiera estúpida.
       —Es por tu madre —la reprendió Theodora—. Esa triste mujer te ha cortado las alas, con tanta melancolía. No te deja espacio para hacer travesuras. Ay, mi pobre Lily, ¿cuándo aprenderás a jugar?
       Así que solo era un juego. Una diversión. ¿Miedo? ¿De qué había que tener miedo? Pero el tragaluz estaba tan oscuro como las paredes, y oprimía a tal punto que el peso de los astros impasibles parecía a punto de caer sobre sus cabezas. Y mientras tanto, Theodora se divertía de lo lindo hablando de la vida eterna para aquellos seres insignificantes y efímeros que son leales a sus máquinas día tras día, mecanografiando, mecanografiando sin cesar hasta el momento en que se desintegran en el polvo de la tierra…
       —¡Piensa! —dijo Theodora—. ¡La eternidad para uno de los nuestros! ¿Quién?
       Lilian, conciliadora, se obligó a pensar.
       —Boswell —dijo al fin.
       —¿Boswell, inmortal? ¿Como amanuense? ¡De ninguna manera! Era un adulador insidioso. Solo se dedicó a seguir la estela del doctor Johnson, con más o menos consentimiento por su parte.
       —Aun así, puso por escrito todo lo que dijo Johnson.
       —No lo quería. Johnson no le escogió. Un amanuense debe ser elegido. Tú y yo, Lily, hemos sido elegidas. Prueba otra vez.
       Lilian suspiró angustiada. Esa diversión, esa digresión (pero, ¿de qué meta?), no era de su agrado. Quizá era verdad que, igual que su madre, ¡igual que el propio señor Conrad!, había nacido con una melancolía incómoda y tenaz.
       —Entonces Moisés —dijo—, que tomó dictado directamente del autor. Y desde luego fue elegido. Ya está, hecho, tu adivinanza está resuelta.
       —No satisfactoriamente. Vamos, ¿qué tenemos tú y yo que ver con Moisés? ¡Todas esas aburridas leyes judías! Mi pregunta es, queridísima Lily, ¿por qué debemos nosotras acatar leyes, cuando toda la alegría del mundo las desborda? Prometí una revelación profunda. Tenemos la oportunidad a nuestros pies, podemos ser las primeras. Si consigues reunir el coraje necesario, las dos, por separado y entreveradas, viviremos para siempre. ¡Para siempre, Lily! Las generaciones venideras percibirán nuestra huella.
       Bajo el tragaluz, opaco e invisible, y entre las crípticas pinturas de las paredes, ahora poco más que borrones oscuros (había una sola lámpara en un rincón distante), los ojos de Theodora centellearon con un destello cobrizo, de fiera. En ese instante Lilian comprendió entristecida, horrorizada —oh, qué horror— que no se trataba ni mucho menos de un juego, sino que estaba cayendo en el plan atroz de un espíritu perturbado.
       —Nadie —dijo (y para su sorpresa, oyó la sabiduría amarga y resentida de su madre subiéndole por la garganta)—. Nadie puede vivir eternamente.
       Pero Theodora contestó con su risa alegre y exultante:
       —El Maestro sí. Y sin duda tu señor Conrad también. Y nosotras, nosotras, meras amanuenses, también. Espera, Lily, ¿adónde vas? Quedamos en que pasarías aquí la noche…
       Lilian rehuyó la caricia de Theodora.
       —Hace semanas que no le hago a madre una visita como es debido —gritó desde la puerta (qué estupidez, eran las dos de la mañana), y luego se precipitó escaleras abajo.


8

      Theodora había asustado a Lilian, pero lo cierto es que Theodora estaba completamente en sus cabales. No había perdido el juicio, ni mucho menos; tenía una inteligencia extraordinaria. Su estratagema era a un tiempo ingeniosa y simple. Y era sutil, diseñada de tal modo que jamás se descubriera; de ahí su originalidad. Además sorteaba algo que siempre se ha considerado axiomático: que la inmortalidad implica, y reside en, un nombre propio. Shakespeare es inmortal, decimos; y Arquímedes, porque se le ocurrió llamar “física” al charco de agua cuando se le desbordó la bañera. Se rumorea que las Pirámides deben su forma a Pitágoras y su hipotenusa. Shakespeare, Arquímedes, Pitágoras, y todas las demás lumbreras (sin olvidar a James y Conrad) quizá sean dignas de la inmortalidad en su sentido ordinario, pero la idea de eternidad de Theodora era más taimada que cualquier homenaje que la posteridad pudiera rendir a los nombres propios. Theodora perseguía algo absolutamente radical: deseaba entregar al futuro un legado anónimo e inmutable, visible y aun así invisible, imperceptible pero decisivo, irrevocable aunque alterado, integrado a pesar de ser completamente ajeno. Y debía permanecer en secreto. Tampoco podría llevarlo a cabo en solitario. Exigía una copartícipe, una doble, una compañera.
       Pero entretanto había perdido a Lilian, y Lilian era indispensable para el plan de Theodora. ¿Cómo recuperarla? Cuatro o cinco notas, entretejidas con remordimiento y girasoles pintados (copiados de uno de aquellos turbios artistas extranjeros a los que incomprensiblemente admiraba), seguían sin respuesta. Pasó un mes antes de que Lilian contestara. El tono de su nota era frío. En ella le explicaba que el señor Conrad la mantenía ocupada en exceso; y que los ánimos de su madre se habían hundido aún más, por lo que requería la compañía de Lilian casi todas las noches; y la señora Conrad se mostraba desde hacía un tiempo particularmente desagradable. “Espero que —concluía la carta—, en vista de las dificultades cada vez mayores a las que debo hacer frente, comprendas que deba suspender nuestros encuentros, los cuales por su naturaleza me distraen de mis responsabilidades y preocupaciones.”
       Theodora no se desalentó, y volvió a escribirle.

     Mi querida Lilian:
     De las “dificultades” a las que aludes, desde luego tu relación con la señora Conrad sigue siendo la más onerosa. Creo que alcanzo a discernir, incluso a esta distancia, lo que te ves obligada a soportar. La esposa de un gran hombre, en caso de que la tenga —y, a diferencia del señor James, el señor Conrad es un hombre casado en toda regla—, a menudo caerá en el engaño de creer que, en virtud de la proximidad conyugal, es capaz de ver en el interior del corazón del genio. Y no obstante, ¿cómo iba a ser así? ¡Qué lamentable y desmedido orgullo! Solo tú, el verdadero cauce del artista, la única mente que recibe el ímpetu de la creación cuando aflora a la superficie, puedes reivindicar ese privilegio. Puede que llegue el día —ese día llegará, inevitablemente— en que una esposa imperiosa usurpe públicamente ese conocimiento que solo tú posees, tu perspicacia, el hecho de que hayas habitado la obra misma, y declare haber visto y sentido lo que tan solo tú has visto y sentido. ¿Cómo predecir qué forma adoptará ese injusto acto de apropiación? Tal vez serán revelaciones indiscretas a futuros biógrafos, o cartas jactanciosas (sin duda al señor Pinker ya lo induce a engaño) o, Dios no lo quiera, incluso unas memorias arrogantes que salgan de la impericia de su pluma.
     No, Lily, eso hay que atajarlo. Debes anticiparte a esas ansias devoradoras: tienen la capacidad de degradar el arte del señor Conrad. Hablas con mucho tino de responsabilidad y preocupación. Ahí reside tu responsabilidad y tu preocupación. Lily, ¡vuelve conmigo! ¡Juntas frustraremos esos expolios conyugales!


       La respuesta fue rápida.

      Entonces debes prometerme una cosa: que no volverás a repetir esas sandeces sobre la vida del alma después de la muerte. Igual que el señor Conrad, creo que somos criaturas trágicas destinadas a convertirnos en polvo. Por esa razón su ambición es pura (es la ambición que nos concede nuestra condición de mortales), mientras la de la señora Conrad es espuria: como bien dices, se trata de un deseo de arrebatar, de quemar con un fuego robado. En segundo lugar, aunque no sea secundario, dejarás de imponerme intimidades en las que no me siento cómoda. Si te atienes a este acuerdo, accederé a retomar nuestra relación.
       ¡Qué fácil fue! Theodora la recuperó, o más bien la sedujo, con el señuelo de los celos, la más baja de las pasiones humanas. Lilian, concluyó Theodora, ahora estaría dispuesta a colaborar en lo que hiciera falta, solo a condición de que revisara los términos de su relación. ¡Qué fácil, con qué facilidad lo había conseguido! ¿Que a Lilian no se le puede tentar con la dulce fruta de la inmortalidad? No importa, en ese caso la atraerá con la amarga esperanza de derrocar a la señora Conrad. ¿Que Lilian repudia los besos de Theodora? ¡Ah, con tantos placeres al alcance de la mano en todas partes, y sin tantas renuencias!
       En las semanas que Lilian se había ausentado, Henry James había recibido la visita de otro insigne hombre de letras: el señor Leslie Stephen, acompañado de la más joven de sus dos hijas. Ella lo acompañó para rendirle tributo al Maestro, que la recibió calurosamente, en parte por deferencia a su ilustre padre, una figura adusta y barbuda con la espalda encorvada de un erudito miope, pero también porque ella misma empezaba a adquirir cierta notoriedad. A la edad de veintiocho años era ya una crítica consumada. Theodora, sin perder detalle mientras ordenaba las ingentes pilas de papeles que rodeaban su máquina, observó a la señorita Stephen en particular. Era una muchacha impaciente y nerviosa, y parecía irritada por su padre, que acaparaba a su anfitrión en un arranque de egolatría. Era bien sabido que la señorita Stephen tenía ingenio para el menosprecio, y que formaba parte de un notorio cenáculo de jóvenes escritores y artistas, fabianos y librepensadores, con dos o tres de los cuales Theodora había coincidido en aquellos sótanos oscuros donde se libraban heterodoxas polémicas. Se decía que la propia señorita Stephen era melancólica y dada a la reclusión; incluso allí, en aquel despacho agradable y espacioso, mantenía distancias con su padre, deambulando desconsoladamente de la chimenea a la ventana, donde contempló con indiferencia el tejado de la embajada turca antes de acercarse de nuevo al fuego. Tenía unos ojos redondos, grises y sagaces, su cuello estaba despojado de cualquier adorno y llevaba el pelo hábilmente recogido en un chignon (un moño tan distinto del de Lilian, inestable y desmañado, como un croissant de un buñuelo), así que de perfil tenía el aire de una Afrodita soñadora. Una indulgencia espontánea atrajo a Theodora a la nítida silueta de aquella frente, de aquella nariz y aquel mentón; pero el magnetismo de la señorita Stephen era reservado e inconfeso.
       Esa misma noche (Theodora solo lo supo mucho tiempo después), la señorita Stephen escribió en su diario: “Al pobre señor James hoy se lo ha comido vivo padre, que arengaba sin cesar, evidentemente tomando el partido equivocado en la discusión a propósito de Conrad. La señorita Bosanquet bastante atractiva, un timonel demasiado vigilante con camisa blanca entallada y falda azul ceñida a la cintura. Para tratarse de una fiel amanuense no es precisamente sumisa. Sáfica, apostaría”.
       Qué fácil, facilísimo. Poco después Theodora ya no deseó los labios clandestinos de Lilian. Gozaba de los de la señorita Stephen. Y cuando tiempo después la señorita Stephen se comprometió, de entre todos los pretendientes posibles, con un judío sin un penique, siguió gozando de ellos.


9

      Lilian estaba a salvo; se sentía a salvo. Había abandonado a Theodora y había vuelto, y eso significaba que se había salido con la suya. Había advertido a Theodora, y Theodora había cedido. No hubo más muestras de cariño, ni más abrazos, ni tampoco más besos no deseados. Los besos la perturbaban especialmente: invocaban alucinaciones espeluznantes, deseos ilícitos, y al borde de los mismos se cernía siempre la amenaza del fantasma hostil y acusador de una desdeñosa Jessie Conrad. Fue un alivio librarse de ellos. Y, quién lo hubiera dicho, al pedirle que renunciara a esos hábitos afectuosos, Theodora volvió a mostrarse tan serena y satisfecha como antes, e incluso multiplicó sus sonrisas. Con los besos desaparecieron también todas aquellas sandeces sobre la inmortalidad, que al margen del significado que le diera Theodora, no parecía guardar ninguna relación con el cielo ni con los ángeles.
       Aun así el plan debía ejecutarse exactamente como se había concebido en un principio.
       —He sido terriblemente egoísta —dijo Theodora—. Hiciste bien en darme un escarmiento, Lilian. No tuve en cuenta todo por lo que debes estar pasando…
       —No es mi madre lo que más me preocupa —dijo Lilian, con bastante suavidad.
       —Los resentimientos de tu madre son insignificantes. Los de la señora Conrad son colosales. Te trata como si fueras un apéndice. Poco más que un utensilio doméstico.
       —Me odia —dijo Lilian.
       —Pues al final el triunfo será tuyo.
       —¿Al final?
       —Cuando cumplamos nuestro propósito.
       Engatusar a Lilian empezaba a resultar tedioso. Theodora se impacientaba, ¿cuándo iban poner en práctica su plan? La bella empresa estaba al alcance de la mano. Ella ardía en deseos de llevarla a cabo, había mudado de caparazón para complacer a su imprescindible aliada, y ahí estaba Lilian, lastrando, lastrando, en necesidad perpetua de adulación. Era difícil no desconcentrarse: sus pensamientos más profundos eran un torbellino, volvían a la señorita Stephen, que había empezado a llamarla Teddie, y Teddie había empezado a llamarla…, pero entretanto Lilian había reflexionado y creía que Theodora ya no se molestaba en llamarla Lily, aunque un par de veces aquel nombre cariñoso se le había escapado, entrecortado o equivocado, porque Lilian casi creía haber oído algo que sonaba más bien a… ¿Ginny? ¿O había dicho Lily? ¿O sería realmente Ginny? O quizá… ah, claro, seguro que había mencionado Ginebra.
       —Aquella vez en el hotel —intervino Lilian—, en Ginebra, cuando el señor Conrad tuvo otro ataque de gota…
       Theodora se quedó perpleja. Sintió que el calor le subía por el cuello. El sueño engendra la palabra: Dios mío, ¿de verdad había pronunciado el nombre de la señorita Stephen en voz alta? No, no exactamente su nombre…
       —Sí, acuérdate, cuando el señor Conrad estaba batallando con su relato anarquista, hace tres años más o menos, y la señora Conrad se empeñó en llevarse a los niños al extranjero, y el bebé tenía la tos ferina, y Borys se puso con fiebre…
       —Ginebra, sí… —asintió Theodora, desabrochándose el botón del cuello de la blusa; colorada o no, debía reponerse enseguida—. Lo mencionas muy a menudo. Cómo metió la pata la señora Conrad.
       —¡Qué entrometida! Lo importunaba día y noche con aquellos chicos enfermos, sin permitirle concentrarse ni un momento, privándole de su trabajo…
       Bien, ahora, era el momento.
       —Y por esa razón —anunció Theodora—, es imprescindible derrotarla. Vamos a derrotarla, Lilian. —Y por fin reveló su propósito.


10

       La trama de Theodora.
       ¿Trama? ¿Acaso el arte puede reducirse a una mera maquinación? La voluntad de interferir en la naturaleza es la base de toda creación. Incluso Dios, enfrentado al tohu vavohu, el caos y los desechos, la amorfidad y el vacío, consideró oportuno introducir la luz y la oscuridad, el día y la noche: una tersa disparidad sin fisuras. O pensemos en el artista del mosaico, que con meticulosidad escoge una tesela para colocarla al lado de otra, creando poco a poco un dibujo soberbio de yuxtaposiciones inauditas… y si las teselas se encontraban al azar aquí y allá, ¿hay que despreciar al artista por crear su propio orden? Si el propósito de Theodora es pecaminoso, que caiga la vergüenza sobre Miguel Ángel: él se impone a Dios para que toque el dedo de Adán. La impresión de la belleza nace de fusionar la similitud y la disparidad. Y la belleza, como Theodora sabe, es eterna.
       —Así que, en primer lugar —dijo—, debes explicarme la rutina del señor Conrad tal y como se desarrolla cada día.
       —Él dicta, yo mecanografío —dijo Lilian.
       —Por supuesto. ¿Y cuándo le presentas un texto mecanografiado en limpio?
       —Nunca inmediatamente. A veces nuestras sesiones de trabajo son larguísimas. El señor Conrad se precipita, levanta la mano como para atrapar en el aire una palabra esquiva. Y a veces…, bueno, puede ocurrir que se equivoque en alguna expresión inglesa. Confieso que la corrijo sin decir nada. A menudo debo mecanografiar varias veces el trabajo de todo un día hasta conseguir una copia en limpio aceptable.
       —Todo eso se parece mucho a mi experiencia con el señor James. Aunque el señor James no precisa correcciones.
       —El señor James no nació en Polonia.
       —Pero nació en Estados Unidos, así que su excelso dominio de la lengua inglesa resulta todavía más admirable. Entonces, ¿crees que el señor Conrad te tiene plena confianza?
       —Absolutamente. Plena confianza. De eso estoy segura. Es solo que la señora Conrad…
       —Muy bien —la atajó Theodora—. Esto es lo que vas a hacer, Lilian. Yo te daré un pasaje, digamos que serán unas pocas frases, o uno o dos párrafos, eso todavía está por ver. Lo seleccionaré de una obra singular en la que el señor James está enfrascado actualmente, una especie de relato de fantasmas, acerca de un doble…
       —¿Y por qué ibas a darme tal cosa? —preguntó Lilian atemorizada.
       —Debes escuchar con atención, o de lo contrario no lo entenderás. Mi propuesta no es demasiado intrincada, pero exige una paciencia metódica. No podemos permitirnos pasos en falso, debemos ser sumamente escrupulosas. Como digo, te entregaré un pasaje del señor James, un pasaje exquisito, eso te lo garantizo, y a cambio yo recibiré de ti algún pequeño extracto llamativo de la obra en que se halle ocupado el señor Conrad actualmente.
       —Theodora, qué tontería es esta, por qué bromeas con…
       —El relato del señor James se llama “La esquina alegre”. ¿Qué nombre le ha puesto el señor Conrad al suyo?
       —Finalmente se ha decidido por “El copartícipe secreto”, y aunque parece alargarse, no va a ser una novela. Un relato de cierta extensión, más bien, un relato asombroso, ¡también acerca de un doble! Pero ¿qué tienen que ver uno con el otro?
       —Cuando acabemos, todo. Y si eres meticulosa, te dará lo que deseas. Te ruego que me escuches con atención. Una vez hayamos hecho el intercambio, con sumo cuidado encajarás el fragmento del señor James en algún lugar acogedor del manuscrito definitivo del señor Conrad, y yo calzaré el del señor Conrad en un intervalo apropiado del manuscrito del señor James. ¿Entiendes ahora?
       —¿Si entiendo? ¿Qué es lo que debería entender? ¡Una confusión, un despropósito! ¿Qué se ganaría con semejante diablura? El señor Conrad relee a conciencia todo lo que le presento, y aún más la copia en limpio cuando está lista para imprenta. Cualquier material ajeno, sea cual sea su propósito, lo detectará de inmediato, y desde luego lo suprimirá.
       —No detectará nada. No suprimirá nada. No lo percibirá como algo ajeno. Y el señor James tampoco.
       —¿El señor Conrad no reconocerá qué pertenece y qué no pertenece a su propia voz? ¿Cómo puedes decir eso? ¿Qué va a impedir que discierna semejante intrusión?
       —La falta de recelo, el hecho de no esperar interferencias ajenas. Simplemente eso… y algo aún más convincente. El egoísmo del artista. Cuanto más grande es el arte, más grande es el egoísmo, y más acaparadora su presunción. El señor Conrad leerá, se admirará, se maravillará ante lo que crea haber forjado, ¡se felicitará por ello! En su fuero interno, igual que el artista en la contemplación de su arte. Y allí quedará eso que tú llamas material ajeno, que ya no será ajeno sino que acabará absorbido sin dejar fisuras, ingerido. ¡Un diamante robado que brillará por los siglos de los siglos, y que tú y yo, Lilian, habremos engarzado en ese lugar!
       Theodora estaba radiante; era pura teatralidad; su mirada febril, su blusa abierta sin recato, su fervor indómito, a Lilian le parecieron más terribles que cuando la señora de Patrick Campbell se había fingido lady Macbeth. La diferencia era que Theodora no fingía.
       —¿Y piensas embaucar también al señor James? —preguntó Lilian con el patético gemido de su madre.
       —Por supuesto que no. Creer en uno mismo no es un engaño. Es el modo en que la mente del artista asimila y transforma las cosas, y ¿quién ha sido testigo de esas exaltaciones más que nosotras?
       —Pero lo que pretendes de mí es un engaño, de todos modos. ¿Por qué supones que iba a prestarme a participar en algo así?
       —Porque te importa. Sería tu triunfo. ¿Es que no te das cuenta, Lilian? La señora Conrad siempre ensalzándose…, ¿cuántas veces te he oído quejarte de lo mismo?
       —Me quejo solo de su presunción.
       —Precisamente. Su presunción al pensar que tiene derecho a atribuirse la fecundidad de su esposo, al pensar que las oscilaciones dependen de ella, que es la morada donde habitan todas y cada una de sus palabras, ¿y todo por qué? Porque es su esposa, porque comparten el mismo lecho. ¡El mismo lecho, por las noches! Cuando eres tú quien, a plena luz del día, absorbes las más leves vibraciones de su espíritu. ¿Qué sabrá jamás la señora Conrad del diamante robado? Mientras vivas serás dueña de este secreto. Si ella te denigra, ¿qué más dará? Tú tienes la prueba oculta de su exclusión. ¡De su exclusión! ¿Qué mayor poder hay que el conocimiento velado? Sería una victoria, Lilian: ¡mírala!, ¡tómala!
       Lilian guardó silencio.
       —Ah —murmuró al cabo. Y de nuevo, como si al nacer a la vida respirara por primera vez—. Ah.
       ¡Qué fácil, oh, qué fácil fue! Lilian quedó satisfecha, aliviada, estaba engatusada, atrapada; había caído. Theodora estaba convencida de que a la señorita Stephen, a Ginny, no habría podido ganársela tan fácilmente. La señorita Stephen no era tan maleable. La señorita Stephen era más dada a la burla, no necesitaba aliados, iba por libre. A veces, decía, oía a los pájaros cantar en griego.


11

      Y así el mapa trazado por Theodora, con sus desvíos y sus curvas, siguió adelante.
       —Qué fortuito —le dijo a Lilian— haber avanzado tanto antes de empezar siquiera. No podríamos estar mejor situadas. Esa imagen de un álter ego extraño y amenazador…, ¡que dos mentes tan ilustres hayan apostado por la misma idea!
       —Pero el del señor Conrad es un relato del mar —objetó Lilian.
       —Razón de más para que recuerdes evitar los paisajes. No podemos permitir que los personajes del señor James, habituales de los salones, deambulen por el mundo acuático del señor Conrad. Y lo mismo con los interiores: no deben contradecirse, no puede haber una chimenea al lado de un mástil. En cuanto a los nombres y el diálogo, cabe también evitarlos.
       —Si omitimos todo eso —saltó Lilian—, ¿qué nos queda?
       La vejación de una aliada torpe. ¿Qué sentido tendría todo aquello si el resultado redundaba en una falta de belleza, de ingenio?
       —¡El corazón, los pulmones, la sangre y el cerebro! —gritó Theodora—. Hemos de ir en busca de esas invocaciones despiadadas, de los pasajes más densos de terror psicológico, capaces de helar la sangre en las venas. Reconocer la idea exacta y recargada, arrancarle a tu hombre la raíz de su fertilidad…
       Theodora se interrumpió; miró a Lilian con dureza: la Lilian pusilánime, reseca, célibe. ¿Cómo despertar en ella un coraje temerario, cómo situarla en la boca del laberinto? ¿Cómo accionar la manivela de su imaginación? La había embarcado en la aventura. Ahora debía convencerla de que se lanzara a ciegas.
       —Lilian —la desafió Theodora—. Te lo ruego: ¡has de exprimir el semen del asunto!
       Lilian ni se ruborizó ni palideció.
       —Cuando nos llevaron a mi madre y a mí a ver el cuerpo de Warren la primera vez —dijo—, fui yo la que observó que la bala, aunque había impactado en la cabeza, había hecho exactamente eso. Nunca he podido olvidar aquella imagen.
       Theodora quedó escarmentada.
       —Pues entonces estás preparada para nuestra empresa.
       Y sin embargo en el camino había zarzas y escollos: los tiempos, para empezar, eran imposibles de predecir o controlar. La sincronización era vital si querían salir airosas. No se trataba de una carrera, e incluso de haberlo sido, era poco probable que un par de eminencias de aquella talla alcanzaran juntos el punto final. Una y otra vez, o Theodora o Lilian se veían obligadas a tratar de ganar tiempo, y resultó que en una ocasión el señor Pinker recibió dos notas con apenas días de diferencia, ambas dando cuenta de una nefasta demora.

    Querido Pinker:
     Me he atrasado, aunque las páginas prometidas no deberían tardar mucho en llegar a sus manos. La señorita Hallowes me informa de que lamentablemente la cinta de su máquina está tan gastada que resulta poco menos que ilegible. Una nueva aguarda en la papelería. Entretanto, ando desbordado con varias condenaciones…
     Suyo,

J. CONRAD

    Mi muy apreciado Pinker:
     Para corresponder con la mayor confianza a su inquietud: la señorita Bosanquet es desde luego muy consciente de las exigencias de Scribner et al. Cuento con la admirable impaciencia que a ella misma la caracteriza; ¡me garantiza que se apresura, y que sigue adelante!
     Cordialmente,

HENRY JAMES

       Sin embargo, es una tarde de un jueves cualquiera a finales del invierno de 1910 cuando se presenta el momento de la iluminación. Surge con la simultaneidad milagrosa aunque completamente natural con que brotan los pétalos en un parterre de flores y se abren todos a la vez. O (así lo concibe Theodora) igual que un hábil e ingenioso artesano desliza una cuña de madera perfectamente engrasada en la ranura correspondiente para lograr una juntura indetectable. ¡Mortaja y espiga! Un encastre impecable, perfecto, bruñido. O (tal como lo ve Lilian, aún vacilante, pero eufórica) como dos pájaros intercambian el nido, en silencio, con delicadeza, y se acomodan al instante al nuevo hogar.
       En los aposentos de Henry James en Londres, un fragmento breve y deslumbrante de “El copartícipe secreto” desemboca, como creado a tal fin, en las venas desprevenidas de “La esquina alegre”, mientras que en el estudio de Joseph Conrad, en una casa de campo de Kent, los cálidos fluidos de “La esquina alegre” se cuelan, desinhibidos, por una ranura suturada de “El copartícipe secreto”. No se advierten costuras, ni siquiera una grieta fina como un cabello; bajo la superficie —a un nivel submicroscópico, por así decir— el amalgama químico no provoca reacción alguna, una molécula se fusiona con otra molécula sin inmutarse. Y entretanto, la señora Conrad sigue hablando con desdén y expresión ceñuda durante las pausas en que su esposo y la amanuense se sientan a fumar juntos, pero Lilian, lejos de dejarse intimidar, está radiante de felicidad. ¿Y Theodora? Bueno, compensa el reciente abandono de la veleidosa señorita Stephen que Theodora haya conquistado, al fin y al cabo, más que un beso efímero.
       ¿Y qué ha conquistado Theodora? Ver cumplida su fulgurante visión: dos amanuenses, dos insignificantes notas a pie de página inadvertidas por el academicismo más exhaustivo, soslayadas por el futuro, que dejan tras de sí una huella indeleble, ¡la marca imperecedera de que vivieron, sintieron, actuaron! Una inmortalidad a la altura de la presencia de las prodigiosas cumbres y los cráteres tras un cataclismo de meteoritos sin sentido aparente, con la diferencia de que las cumbres y los cráteres son obra espontánea de la naturaleza, mientras que Theodora y Lilian, con la plena conciencia del poder del ser humano, con precisa resolución, dictaron las consecuencias de sus deseos. Lilian lega su rencor frágil y esperanzado. Theodora ordena que su huella, aunque inadvertida, quede grabada eternamente, tan material y manifiesta como una cumbre y un cráter. Y así es, y así será.
       En cuanto a James y Conrad, difieren demasiado en su temperamento personal y literario para sustentar el ardor temprano de su larga amistad. Aunque su relación se ha enfriado, ambos están sin saberlo unidos para siempre: un hecho constatado en clara letra impresa, y en sucesivas ediciones, que ningún biógrafo ha sido capaz de señalar hasta la fecha.
       Más extraordinario es, en cambio, que la señorita Bosanquet y la señorita Hallowes, después de implantar crucialmente aquellas respectivas criaturas intercambiadas al nacer, no volvieran a dirigirse la palabra ni a encontrarse. Es probable que la posteridad, crédula como de costumbre, dé en suponer que nunca volvieron a verse. Pero, en honor a la verdad, la posteridad no tendrá que consignar nada de particular sobre ninguna de las dos, por no existir constancia de ningún dato reseñable.


NOTA: Entre los hechos históricos que la imaginación se atreve a desacatar están las normas de los clubes y la muerte. ¿Leslie Stephen llevaba casi una década en la tumba antes de hacer su aparición en este relato, y a ninguna mujer se le permitía poner un pie en el Reform Club de Londres, de exclusividad masculina? No importa, dice la Ficción; qué gracia, ríe la Transgresión: ¿y qué más da?, se burla el Sueño.


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