Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Envidia, o el yiddish en América (1969)
(“Envy; or, Yiddish in America”)
Originalmente publicado en la revista Commentary,
48 (November 1969), págs. 35-53;
reipreso en The Best American Short Stories, 1970,
ed. by M. Foley and D. Burnett (1970); ,
The Pagan Rabbi and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1971, 270 págs.)



      Edelshtein, ciudadano estadounidense desde hacía cuarenta años, era un lector voraz de novelas de autores “de —esto lo decía con un gruñido— extracción judía”. Los consideraba pueriles, depravados, patéticos, deleznables, por encima de todo estúpidos. Al juzgarlos escarbaba en busca del vituperio más profundo; eran, decía, “Amerikaner-geboyren”. Engendrados en América: los pogromos, un rumor; la mamaloshn, una extraña; la historia, un vacío. Además muchos eran aún jóvenes, tenían los ojos negros, el cabello oscuro y las barbas pelirrojas. Unos pocos tenían los ojos azules, como los kheyder yinglekh de su juventud. Colegiales. Estaba convencido de que no los envidiaba, pero los leía con náuseas. Merecían reseñas y elogios, y los consideraban judíos, aunque no tenían ni idea. A modo de reacción surgió incluso un frente de escritores gentiles que empezaban a enseñar los colmillos: la corriente dominante de la intelectualidad judía era una mala representación de las letras americanas, las contaminaba con un tinte ajeno, estaba ganando terreno, y comentarios por el estilo. Igual que Berlín y Viena en los años veinte. Judenrein ist Kulturrein, era la opinión de Edelshtein. Quita a los judíos ¿y en qué queda la cultura literaria de la llamada civilización occidental?
       Para Edelshtein la civilización occidental era un asunto espinoso. No había estado nunca en Berlín, Viena o París, ni siquiera en Londres. Había estado en Kiev, aunque solo una vez, de pequeño. Su padre, melamed, había ido a ocupar un puesto de profesor particular y se lo había llevado con él. En Kiev vivieron en el sótano de un caserón propiedad de judíos ricos, los Kirílov. Su verdadero apellido era Katz, pero habían sobornado a un funcionario y lo rusificaron. Cada mañana subía con su padre unas escaleras verdes que llevaban a la cocina y desayunaban café y pan duro, antes de encerrarse en el aula a enseñarle el jumash a Alexéi Kirílov, un chiquillo de mofletes colorados. El joven Edelshtein lo hacía recitar mientras su padre dormitaba. ¿Qué habría sido de Alexéi Kirílov? Edelshtein, viudo residente en Nueva York, sesenta y siete años, (supuesto) yiddishista, poeta, era capaz de quedarse mirando cualquier cosa —un cartel publicitario del metro, la tapa de una papelera, una farola— y evocar el rostro de Aléxei Kirílov, sus mejillas encendidas, su yiddish con acento ucraniano, las estanterías de su cuarto repletas de juguetes mecánicos procedentes de Alemania: camiones, grúas, volquetes, cochecitos descapotables de colores. Se suponía que solo el padre de Edelshtein había de llamarle Alexéi; todos los demás, incluido el joven Edelshtein, le llamaban Avremeleh. Avremeleh había nacido con un don para aprender las cosas de memoria. Tenía una cabeza de oro. Hoy en día era ciudadano de la Unión Soviética. ¿O habría acabado muerto en el barranco de Babi Yar? Edelshtein recordaba todas y cada una de las codiciadas tuercas de sus juguetes fabricados en Alemania. Su padre y él dejaron Kiev en primavera y volvieron a Minsk. El barro, congelado en aristas, empezaba a derretirse. El vagón del tren hedía a orín y la suciedad de los cordones de los zapatos les calaba los calcetines.
       Y la lengua se perdió, asesinada. La lengua, un museo. ¿De qué otra lengua puede decirse que sucumbiera a una muerte repentina y definitiva, en una década concreta, en un pedazo de tierra concreto? ¿Dónde están los hablantes del etrusco antiguo? ¿Quién fue el último hombre que escribió un poema en lineal B? Desgaste, asimilación. Aniquilada por el misterio, no por el gas. El último etrusco ronda en el interior de algún siciliano. La civilización occidental, ese contenedor de estiércol, perdura, sigue viva. El europeo enfermo, con su gran cabeza de globo terráqueo, se pudre; pero se pudre en cama, en su casa. En cambio el yiddish, aquella lengua insignificante, aquella luz minúscula —¡ay, bendita lucecilla!—, estaba muerto, desaparecido. Extinto. Devuelto a las tinieblas.
       Ese era el tema de Edelshtein. El tema de las conferencias con las que se ganaba la vida. Tragaba las sobras. Sinagogas, centros cívicos, sindicatos que le malpagaban por rebañar los huesos de los muertos. Humo. Recorría los barrios residenciales de la periferia lamentándose en inglés de la muerte del yiddish. En ocasiones se las arreglaba para leer uno o dos de sus poemas. A la primera palabra en yiddish, las ancianas pintarrajeadas de los templos reformistas empezaban a reírse por lo bajo de vergüenza, como si escucharan a un monologuista cómico de la televisión. Tanto los ortodoxos como los conservadores se dormían al instante. Así que recapacitó y contó chistes:


       Antes de la guerra hubo una gran convención internacional de esperanto. Se celebró en Ginebra. Estudiosos de esta lengua, doctores en letras, eruditos, acudieron de todos los rincones del mundo a presentar artículos acerca de la génesis, la sintaxis y el funcionalismo del esperanto. Unos hablaron del valor social de una lengua internacional, otros de su belleza. Todas las naciones del planeta contaban con representación entre los ponentes. Todos los artículos se presentaban en esperanto. Finalmente, la reunión concluyó y los grandes hombres, cansados, deambularon con camaradería por los pasillos, donde por fin empezaron a conversar distendidamente unos con otros en su lengua internacional: “Nu, vos makht a yid?”.


       Después de la guerra un cortejo fúnebre avanzaba despacio por una calle estrecha del Lower East Side. Los coches habían abandonado el aparcamiento situado detrás de la capilla del Bronx e iban camino al cementerio de Staten Island. En el trayecto pasaron frente a la oficina del último periódico yiddish de la ciudad. Había dos redactores, uno encargado de la tirada de la imprenta y el otro de mirar por la ventana. El que miraba por la ventana vio pasar la procesión fúnebre y llamó a su compañero: “¡Eh, Mottel, imprime uno menos!”.


       Tanto Edelshtein como el público creían que esas bromas no valían nada. Eran chistes viejos. No eran los apropiados. La gente quería chistes de bodas —escaleras de caracol, palomas que echaban a volar desde sus jaulas, estudiantes de medicina timoratos— y él les daba funerales. Hablar del yiddish era presidir un funeral. Se sentía como el rabino que sobrevive a toda su congregación. Los únicos para quienes su lengua no encerraba un enigma eran espectros.
       A Edelshtein le daban miedo los nuevos templos. Temía emplear la palabra shul en el interior de aquellos palacios con enormes Tablas de bronce falso, móviles de manos extendidas accionados por un motor, gigantescos tetragramatones de plástico transparente colgando como arañas de luces, plataformas, altares, estrados, púlpitos, pasillos, bancos, cajones de roble lustrado para los devocionarios impresos en inglés con nuevas oraciones inventadas. Todo olía a yeso húmedo. Todo era nuevo. Había mesas largas y relucientes donde se servían los refrigerios: pasteles glaseados, montoncitos nevados de ensalada de huevo, arenques, salmón, atún, pescado blanco, pescado relleno, estanques de crema agria, termos eléctricos plateados para el café, cuencos con rodajas de limón, pirámides de pan, tazas de porcelana de la Selva Negra finas como obleas, bandejas indias de latón para los quesos de pasta dura, botellas doradas dispuestas a la manera de los bolos, magníficos pájaros esculpidos en mantequilla, casitas de queso cremoso y bizcocho a lo Hansel y Gretel, barras, mayordomos, mantelería suntuosa, alfombras espesas como la miel. Aprendió el término con que definían esa arquitectura: “ascendente”. En un murete de ladrillo ocre, en Westchester, leyó un fragmento de las Escrituras remachado con letras de molde en oro de catorce quilates: “Y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro”. Aquella misma noche dio una conferencia en Mount Vernon, y al salir oyó en el vestíbulo de mármol a una adolescente que lo imitaba al hablar. Se quedó perplejo: a menudo olvidaba que tenía un acento muy marcado. En el tren de vuelta a Manhattan, el traqueteo lo hizo caer en un sopor en miniatura; arropado dulcemente en el nido de las solapas de su abrigo, soñó que estaba en Kiev con su padre. Por las puertas abiertas del aula contempló las mejillas incandescentes de un Alexéi Kirílov de ocho años. “Avremeleh —lo llamó—, Avremeleh, kum tsu mir, lebst tsu geshtorbn?” Se oyó gritando en inglés: ¡Mírame el agujero del culo! Lo despertó su propio eructo y sintió el ardor del pánico. Le dio miedo ser, sin haberlo sospechado nunca antes, un pederasta reprimido.
       No tenía hijos, y solo unos pocos familiares lejanos (una prima en White Palms y unos parientes políticos con una droguería que salía adelante entre los negros en Brownsville), así que pasaba muchos ratos en la casa de Baumzweig: un piso de espejos sucios y cristal rayado, un peligro y una invitación a las grietas, un pasillo abandonado y desolador. Varias vidas lo habían transitado antes de desaparecer. Observando a Baumzweig y a su mujer —torpe, de ojos grises y la clásica nariz regordeta polaca— se le ocurrió que a estas alturas daba lo mismo tener hijos que no tenerlos. Baumzweig tenía dos hijos, uno casado y profesor universitario en San Diego, y otro que vivía en Stanford, aún no había cumplido los treinta y estaba enamorado de su coche. El hijo de San Diego tenía un hijo. A veces parecía que Baumzweig y su mujer fingieran cierto desapego hacia ellos por deferencia con Edelshtein, que no era padre. Habían colocado la foto del nieto —un chiquillo rubio de labios gruesos y unos tres años— entre dos copas de vino en lo alto del aparador, pero saltaba a la vista que no eran capaces de imaginar la vida que llevaban sus propios hijos. Y que tampoco sus hijos se hacían a la idea de la vida que llevaban ellos. Los padres no sabían explicarse, los hijos se impacientaban enseguida. Así que se habían abandonado unos a otros en un mutismo común. Josh y Mickey habían crecido en aquel piso contestando en inglés al yiddish de sus padres. Mutismos. Mutaciones. ¿Qué derecho tenían aquellos muchachos a escupir sobre el yiddish que los había criado, y para colmo en nombre de la civilización occidental? Edelshtein sabía el título de sus tesis doctorales: como eran jóvenes literatos, una trataba sobre sir Gawain y el Caballero Verde, la otra de las novelas de Carson McCullers.
       La mujer de Baumzweig, aunque un tanto letárgica, era inteligente. Aseguraba que Edelshtein también tenía un hijo, un varón. “Tú, tú mismo —decía—. Acuérdate de cuando eras un crío… Ese es el chiquillo al que das tu cariño, en quien confías y por quien velas para que se haga un hombre de provecho.” Hablaba un yiddish muy rico, aunque altisonante.
       Baumzweig tenía un buen empleo, una sinecura, una pensión camuflada, con despacho, secretaria a media jornada, máquina de escribir con caracteres hebreos y horario de diez a tres. En 1910 un fabricante de laxantes, un filántropo, había fundado una institución llamada Alianza Yiddish-Americana de las Letras y el Desarrollo Social. Todos sus ilustres fundadores habían muerto ya —se decía que incluso el famoso poeta Yehoash llegó a pagar un mes la cuota de socio—, pero existía un fondo que garantizaba la continuidad de la fundación y cubría los gastos de un boletín bienal en yiddish, de cuya edición se ocupaba Baumzweig, aunque de la Alianza no quedaran más que algunas fotografías amarillentas y quebradizas de judíos con bombín. El cheque de su salario lo extendía el nieto del fabricante de laxantes, un político republicano miembro de la Iglesia episcopaliana. El nombre del célebre producto era TIBIO: en el anuncio se decía que disuelto en cacao templado hacía las delicias de los niños. El nombre de la oscura publicación era Bitterer Yam, Mar Amargo, pero tenía tan pocos suscriptores que la mujer de Baumzweig la llamaba Tinta Invisible. Allí Baumzweig publicaba muchos de sus poemas, y de vez en cuando alguno de Edelshtein. Baumzweig escribía básicamente sobre la muerte, Edelshtein básicamente sobre el amor. Los dos eran sentimentales, pero entre ellos no se andaban con sensiblerías. No se caían bien, a pesar de que mantenían una estrecha amistad.
       A veces, entre el polvo de los cuencos vacíos, leían en alto sus poemas más recientes pactando de antemano no criticarse: eso le correspondía a Paula. “Muy bonito, muy bonito. Pero demasiado triste. Señores, la vida no es así de triste”, comentaba la mujer de Baumzweig, llevando el café de un lado a otro en vasos empañados. Después siempre besaba a Edelshtein en la frente, un beso perezoso que a menudo le dejaba una miga de hojaldre en una ceja: era una mujer ligeramente abandonada.
       La amistad de Edelshtein y Baumzweig encerraba un secreto atroz: se anclaba completamente en la animadversión que ambos sentían por el hombre al que llamaban der chazer. Lo apodaban el Cerdo por la blancura extraordinaria de su piel, que parecía una fina loncha de jamón pálido, y también porque en la última década se había vuelto increíblemente famoso. Cuando no se referían a él como el Cerdo, lo apodaban shed, Demonio. También lo llamaban Yankee Doodle. Su verdadero nombre era Yankel Ostrover, y escribía relatos.
       Les reconcomía que hubiera alcanzado tantísima fama, pero eso no lo mencionaban nunca. Se desquitaban comentando su estilo: utilizaba un yiddish impuro, sus frases carecían de armonía y de cadencia, las transiciones de un párrafo a otro eran nefastas, propias de un aficionado. O, si no, protestaban indignados por su temática enfermiza, sexual, pornográfica, paranoica o estrafalaria: hombres abrazados a otros hombres, mujeres acariciando a otras mujeres, sodomitas de toda especie, chicos copulando con gallinas, carniceros que bebían sangre para hacerse más fuertes al empuñar el cuchillo. Todos los relatos se situaban en la aldea polaca imaginaria de Zwrdl, y a esas alturas prácticamente no había ni un intelectual norteamericano vivo en el mundo de las letras que no hubiera aprendido a decir Zwrdl para aludir a la lascivia. La mujer de Ostrover era supuestamente una gentil polaca de alta cuna originaria de la “verdadera” Zwrdl, en realidad hija de un príncipe de poca monta, y no sabía una palabra de yiddish, así que leía la obra de su marido en el sucedáneo de las traducciones al inglés. Tanto Edelshtein como Baumzweig se la habían encontrado de vez en cuando en reuniones a lo largo de los años y nunca les había causado mayor impresión que un tarro de pescado rancio. Hablaba el yiddish con el desagradable acento de Galitzia, como si hiciera gárgaras, su vocabulario no era más que un caldo insustancial —bromeaban con que ni siquiera hablaba yiddish—, y además gritaba como una campesina regateando en el mercado. Era una mujer fornida, de corta estatura; un cubo con ubres colgantes y trasero plano. Su papel de princesita había nacido en parte de la parodia alimentada por Ostrover, y en parte del bombo que él mismo se daba. La hacía ir al dormitorio a buscar la fusta con la que en la infancia espoleaba a su caballo zaino, Romeo, cuando trotaba por las tierras de su padre. O eso contaba Ostrover. A menudo Baumzweig decía que aquella misma fusta caía sobre las orejas de los traductores de Ostrover, los desdichados colaboradores a los que cada mes sustituía a pares, nunca satisfecho.
       La gloria de Ostrover radicaba precisamente en eso, en que requería traductores. Aunque solo escribiera en yiddish, había alcanzado una fama nacional, continental, internacional. Lo consideraban un “moderno”. ¡Ostrover se había liberado de la prisión del yiddish! Había salido, campaba libremente más allá de sus fronteras, estaba en el mundo de la realidad.
       ¿Y cómo había empezado? Pues igual que cualquiera, de columnista en uno de los diarios yiddish, un humorista, un articulista veloz de tres al cuarto, un exprimidor de las historias de la vida cotidiana. Como tantos otros, ahorró unos cuantos dólares, grapó los relatos y pagó a una imprenta yiddish una tirada de cien ejemplares. Un libro. Veinticinco ejemplares los dio a los que consideraba sus allegados, otros veinticinco los mandó a enemigos y rivales, y el resto los guardó bajo la cama en las cajas de cartón originales. Sus dioses literarios eran Chéjov y Tolstói, Peretz y Sholem Aleijem; nada de particular. A partir de ahí, ¿cómo se las ingenió para llegar a The New Yorker, a Playboy, para subir tanto el caché de sus charlas, las invitaciones a Yale y al MIT y a Vassar, a Oriente Próximo, a Buenos Aires, para tener un agente literario y un editor en Madison Avenue?
       “Elige bien a los traductores con los que se acuesta”, dijo Paula. Edelshtein resopló. Conocía a algunos de los traductores de Ostrover: una jaca solterona con vestidos por debajo de la rodilla, a veces cierto lexicógrafo medio loco y borracho, o jóvenes universitarios con el diccionario bajo el brazo.
       Treinta años antes, nada más llegar de Polonia por Tel Aviv, Ostrover tuvo un devaneo con Mireleh, la mujer de Edelshtein. Había abandonado Palestina durante los disturbios árabes de 1939, no por miedo, según decía, sino más bien por principios: era un país que había dado la espalda al yiddish. En Tel Aviv o en Jerusalén no se honraba el yiddish. En el Néguev carecía de valor. En el divino Estado de Israel no servía de nada esa lengua insignificante que se hablaba desde los tiempos de Canaán. El yiddish estaba habitado por el pasado, los nuevos judíos no lo querían. A Mireleh le gustaban esas anécdotas de lo mal que estaban las cosas en Israel para el yiddish y los yiddishistas. ¡Gracias a Dios, la situación era más penosa aún en Israel que en Nueva York! Así por lo menos había una razón para que llevaran la vida que llevaban: en otros sitios era peor. Mireleh tenía un temperamento trágico. Se comportaba con arreglo a su idea de cómo debe sentarse, agacharse, estar de pie, comer y dormir una mujer estéril, hablaba constantemente de sus seis embarazos malogrados y no le perdonaba a Edelshtein su baja concentración de espermatozoides. Ostrover llegaba bajo la lluvia, se dejaba caer en el sofá, protestaba un poco por el transporte entre el Bronx y el West Side y empezaba a cortejar a Mireleh. La llevaba a cenar fuera, a su cafetería predilecta, al vodevil de la Segunda Avenida, e incluso la invitó a su casa, un apartamento cerca de Crotona Park, para que conociera a Pesha, su princesita. Edelshtein advirtió con curiosidad que no sentía celos de ninguna clase, pero se creyó en la obligación de tirarle a Ostrover una silla de cocina. Ostrover tenía una dentadura magnífica, y no postiza; la silla se llevó por delante medio incisivo lateral y Edelshtein lloró al ver el desperfecto. Acto seguido acompañó a Ostrover al dentista que había a la vuelta de la esquina.
       Las dos mujeres, Mireleh y Pesha, parecían enamoradas una de la otra: tenían citas, iban juntas a los museos y al cine, se daban codazos y reían día y noche, compartían pequeñas intimidades, llevaban en el bolso reglas de colegialas y se partían de la risa al mostrarse ciertas medidas, e incluso se quedaron embarazadas el mismo mes. Pesha tuvo a su tercera hija, mientras que Mireleh sufrió su séptimo aborto. A pesar de la pena, Edelshtein estaba exaltado. “¿Mi concentración de espermatozoides? —bramaba—. ¡Tu barriga! ¡Ve y arregla la máquina antes de echarle la culpa al aceite!” Cuando el dentista mandó la factura de la corona, Edelshtein se la remitió a Ostrover. Ante esta injusticia, Ostrover despidió a Mireleh y le prohibió a Pesha que en adelante fuera con ella a ninguna parte.
       A propósito de la aventura de Mireleh con Ostrover, Edelshtein escribió la siguiente maldición:

¿Por qué sofocaste a mis hijos nonatos, a mis hijas difuntas?
Más terrible aún que la madre Eva, condenada
a romper aguas para que floten criaturas en cáscaras diminutas.
Ni el fruto del pecado arraiga en tu vientre, despiadada.

      Apareció publicada en Bitterer Yam y dio lugar a muchos rumores aquella primavera; un punto que se puso en tela de juicio fue si “sofocar” era el término adecuado para un contexto tan acuoso. (Baumzweig, menos oblicuo en el estilo, había sugerido “ahogar”.) El difunto Zimmerman, el rival más cruel de Edelshtein, escribió una carta al director, que Baumzweig le leyó por teléfono:

¿Quién es el despiadado, a fin de cuentas: la mujer estéril que da paz a la casa sin aullidos infantiles, o el poeta excesivamente fértil que lleva dentro el fruto de su pecado, a saber, sus versos carentes de talento? Él lo lleva dentro, pero ¿quién va a soportarlo? En un solo aliento corre de los mares a los árboles. Al igual que sus ancestros, los anfibios, henchido de arrogancia. ¡Hersheleh Sapo! ¿Por qué Dios le dio a Hersheleh Edelshtein una mujer infiel? Para castigarlo por escribir basura.

       Hacia esa misma época Ostrover escribió un relato: dos mujeres se amaban hasta tal punto que se lamentaban de no poder dar a luz hijos de la otra. Las dos estaban casadas, pero mientras que un marido era viril y campechano, el otro era un impotente con un órgano mustio, un shlimazl. Se les ocurrió la idea de convertir a uno de los maridos en el instrumento de su amor: acordaron depositar el amor que sentían una por la otra en ese hombre, y a través de él llevar en su vientre el fruto de su amor. Así que ambas se entregaron al esposo viril y ambas concibieron. Sin embargo, la mujer casada con el hombre mustio no pudo gestar a su criatura: se le marchitó en el vientre. “Está escrito —concluía Ostrover— que el Paraíso sea solo para los que ya han estado allí.”
       ¡Una fábula estúpida! Tres décadas más tarde —Mireleh muerta a raíz de un cáncer de útero, Pesha cubierta de falsas ilusiones de realeza en la revista Time—, este desconcertante relato menor, esta fruslería que se incluyó también en los Relatos completos de Ostrover (Kimmel & Segal, 1968), mereció tesis doctorales en literatura comparada, como si Ostrover fuera Thomas Mann, o incluso Albert Camus. Y solo porque Pesha y Mireleh habían ido juntas al cine de vez en cuando… ¡y hacía tanto tiempo! En cualquier caso, Ostrover había escapado de la mazmorra de los periódicos, de Bitterer Yam o sordideces aún mayores, y era libre, conocido en el mundo exterior. ¿Y por qué Ostrover? ¿Por qué no otro? ¿Acaso Ostrover tenía más talento que Komorsky? ¿Las historias que inventaba eran mejores que las de Horowitz? ¿Por qué el mundo elige a un Ostrover en lugar de a un Edelshtein, o incluso un Baumzweig? ¿Qué don oculto, qué artimaña, qué sinuosa alineación de planetas empujaba a los traductores a postrarse ante las frases desnudas e hinchadas de Ostrover, bajándose siempre sus tristes calzoncillos raídos? ¿Quién había descubierto que Ostrover era un “moderno”? Su yiddish, por febril y ampuloso que fuera, seguía siendo yiddish, no dejaba de ser la mamaloshn, seguía clamando a Dios con la misma insignificancia, la misma familiaridad, el mismo gesto cómplice, seguía siendo un compendio de los andrajos del shtetl, de un álef recién nacido, de un bet que apenas echa a andar. Entonces, ¿por qué Ostrover? ¿Por qué solo Ostrover? ¿Es que Ostrover sería el único? ¿Y todos los demás condenados a la oscuridad, mientras solo se salvaba él? ¿Ostrover, el superviviente? Como si se hubiera escondido en la buhardilla holandesa igual que aquella niña, y su “diario”, por así decirlo, acabara siendo el único testimonio sobre lo ocurrido. Otro Ringelblum de Varsovia. ¿Iba a ser Ostrover la única prueba de que una vez habían existido una lengua yiddish, una literatura yiddish? ¿Y todos los demás perdidos? ¡Perdidos! Ahogados. Sofocados. Bajo la tierra. Como si nunca.
       Edelshtein redactó una carta para los editores de Ostrover.

Kimmel & Segal
244 Madison Avenue, Nueva York

     Apreciado señor Kimmel y muy honorable señor Segal:
     Me dirijo a ustedes en relación con cierto Y. Ostrover, cuyas obras llegan a ojos del público por mediación de su editorial. Tengan la amabilidad de dispensar las imperfecciones de mi expresión en inglés. Sin lugar a dudas habrán ustedes recibido cartas de Y. Ostrover peor escritas que esta en el curso de sus tratos con él. (¡YO NO TENGO TRADUCTOR!) Nosotros, los inmigrantes, sin importar cuánto tiempo llevemos en territorio yanqui, seguimos verdes por dentro, y al escribir no alcanzamos nunca la fluidez genuina del nativo. Por un millón de escritores verdes, un Nabokov, un Kosinski. Menciono a estos por mostrar mi enorme familiaridad con la literatura norteamericana en todos sus avatares contemporáneos. Digamos que leo en su lengua con voracidad de lobo. Me tengo por un crítico muy sagaz, en especial en lo tocante a los llamados autores judeo-americanos. Si me concedieran su tiempo, de buena gana les explicaría muchas opiniones claras que tengo acerca de estos chicos y chicas judeo-americanos, tales como (y no por orden alfabético) Roth, Philip / Rosen, Norma / Melammed, Bernie / Friedman, B. J. / Paley, Grace / Bellow, Saul / Mailer, Norman. Habiendo leído precisamente varias obras recientes de este último, incluidas las de corte político, me gustaría recordarle lo que F. Kafka, que en paz descanse, dijo a los judíos de Praga, Checoslovaquia, germanohablantes ya muy acomodados: “¡Judíos de Praga! ¡Sabéis más yiddish de lo que pensáis!”.
     Tal vez, puesto que probablemente no lean ustedes la prensa judía, no estén informados: ¡este mismo mes nos pillaron a todos desprevenidos! En esa propaganda infecta llamada Sovietish Heymland se permiten mostrar que sus prisioneros, los judíos, no son prisioneros, ¡y con un poema! De una joven judía rusa de veinte años, ¡nada menos! El yiddish pervivirá gracias a nuestros jóvenes. Aunque yo, al igual que otros pesimistas, lo dudo. ¡Pero la cuestión no es esa! A ustedes, hombres de criterio, inteligentes, sensibles, les pregunto: ¿qué significan, a su juicio, los siguientes personajes? ¡Lyessin, Reisen, Yehoash! ¡El propio H. Leivik! ¡Itzik Manger, Chaim Grade, Aaron Zeitlen, Jacob Glatshtein, Eliezer Greenberg! ¡Molodowsky y Korn, ambas señoras, y de talento! ¡Dovid Ignatov, Morris Rosenfeld, Moishe Nadir, Moishe Leib Halpern, Reuven Eisland, Mani Leib, Zisha Landau! ¡A ustedes les pregunto! ¡Frug, Peretz, Vintchevski, Bovshover, Edelshtat! ¡Velvl Zhbarzher, Avrom Goldfaden! ¡A. Rosenblatt! ¡Y. Y. Schwartz, Yoisef Rollnick! Todos ellos son los maravillosos poetas de nuestra lengua yiddish. Y si a ellos añadiera yo a nuestros bellos poetas hermanos rusos que fueron exterminados por Stalin con su cara picada de viruelas, por ejemplo a Peretz Markish, ¿conocerían ustedes algún nombre de todos ellos? ¡No! ¡ELLOS NO TIENEN TRADUCTOR!
     Estimados caballeros, ustedes editan a un único escritor yiddish, que ni siquiera es poeta sino un mero narrador. Humildemente sostengo que con ello dan lugar a impresiones sumamente equivocadas. Parece que no hayamos hecho nada más. Una vez más aludo a su asociado, Y. Ostrover. No es mi intención arrebatarle con esta carta ni un ápice de su posible talento, ¡pero deseo VIVAMENTE convencerlos de que además existen otros, a los que nadie se toma la molestia de prestar ninguna atención! Yo mismo soy autor, además de editor, de cuatro volúmenes de poesía: N’shomeh un Guf, Zingen un Freyen, A Velt ohn Vint y A Shtundeh mit Shney. O sea: “Cuerpo y Alma”, “Cantar y ser feliz”, “Un mundo sin viento” y “Una hora de nieve”. Son los títulos con que apelo a las honduras del sentimiento.
     Tengan a bien informarme si desean procurarme a un traductor para estas valiosas obras desconocidas, o, por emplear una expresión hebrea, esta “luz enterrada”.
     Con profundo respeto les saluda,

       Recibió una respuesta aquella misma semana.

     Querido señor Edelshtein:
     Gracias por su interesante e instructiva carta. Lamentamos que, por desgracia, no podemos proporcionarle un traductor. Aunque su poesía bien posea la calidad que usted le atribuye, en términos prácticos la reputación de un autor debe preceder a la traducción.
       Sinceramente suyos,


       ¡Mentira! ¡Embusteros!

     Querido Kimmel, querido Segal:
     ¿Acaso USTEDES, judíos sin lengua, habían oído hablar de Ostrover antes de verlo traducido por todas partes? ¡En yiddish para ustedes no existía! ¡Para ustedes el yiddish no existe! Tinieblas en el interior de una nube, ¿quién puede verlas, quién las oye? ¡El mundo no tiene oídos para el prisionero! Firman declarándose “suyos”. ¡Ustedes no son míos, y yo nada soy de ustedes!
     Sinceramente,


       Entonces empezó a buscar traductor en serio. Con pocas esperanzas escribió a la jaca solterona. Que le contestó:

     Estimado Edelshtein:
     Por decirlo con la mayor llaneza —una mujer que no es bella tampoco debe embellecer sus palabras—, veo que usted no conoce el mundo de lo práctico, de la realidad. ¿Por qué habría de conocerlo? Usted es un poeta, un idealista. Cuando una revista grande le paga a Ostrover quinientos dólares, ¿cuánto me llevo yo? Pongamos que setenta y cinco. Si él se toma un descanso de un mes y no escribe, ¿qué ocurre entonces? Como es el único al que quieren publicar, es el único al que sale a cuenta traducir. Suponga que yo tradujera una de las hermosas cancioncillas de amor que cultiva usted, ¿cree que alguien la compraría? El mero hecho de preguntarlo es una estupidez. Y, en caso de que la compraran, ¿tendría que dejarme la piel por los cinco dólares de rigor? Sin embargo, usted no sabe por lo que tengo que pasar con Ostrover. Me sienta en su comedor, su mujer trae un samovar de té —¿alguna vez ha oído algo tan pretencioso?— y se sienta también a observarme. Tiene una mirada celosa. Observa mis tobillos, que no están mal. Entonces empezamos. Ostrover lee en voz alta la primera frase tal y como la escribió, en yiddish. Yo la escribo, en inglés. Enseguida se arma el lío. Pesha lee lo que he anotado y dice: “Eso no sirve, no captas el giro”. ¡Giros! ¡Ah, cuánto sabe ella! Ostrover dice: “La última palabra se me queda pegada en la garganta. ¿No se te ocurre algo mejor? Dale un poco más de empaque”. Consultamos el diccionario, el tesauro, gritamos distintas palabras, probando una y otra vez. A Ostrover no le gusta ninguna. Suponga que la palabra es “grande”. Pasamos por enorme, vasto, gigantesco, colosal, descomunal, monstruoso, etc., etc., etc., y finalmente Ostrover dice —a esas alturas han pasado cinco horas, me duelen las amígdalas, apenas puedo ponerme de pie—: “De acuerdo, dejemos “grande”. Ante todo, simplicidad”. ¡Y así día tras día! Y por setenta y cinco dólares ¿merece la pena? Y luego, después de que me dejo la piel, me despide y se busca a un universitario, o a aquel imbécil que se partía de risa con el diccionario de matemáticas, hasta que vuelve a necesitarme. Sin embargo, esos sinsabores me dan una pequeña gloria. Todo el mundo dice: “Ahí va la traductora de Ostrover”. En realidad soy su puerca, soy su letrina. Me dice usted en su carta que Ostrover carece de talento. Esa es su opinión, y quizá no ande muy equivocado, pero permítame decirle que Ostrover tiene talento para exprimir. Igual que entre ellos hay quienes escriben novelas torpes con la esperanza, a veces cumplida, de que acaben transformadas en bellas películas: eso mismo ocurre con él. Qué más da la calidad de su yiddish, ¿en qué se convertirá al volcarlo al inglés? La transformación es lo único que le preocupa, y eso que en inglés es un inútil, igual que, con perdón, usted mismo y todos los de su generación. Sin embargo, Ostrover se cree un pretendiente. Mantiene a todos sus traductores en una exaltación perpetua de envidias mutuas, aunque no sean más que escombros y despojos para él, pues no son el objeto de su conquista. A ellos es a quien trata de ganarse. ¡A ellos! ¿Me entiende, Edelshtein? Se sube a lomos de las bestias de carga para alcanzar lo que persigue. Sé que usted me llama jaca, y está bien, a solas soy lo que usted piensa de mí: carezco de imaginación, no voy sobrada de aptitudes (también yo quise una vez ser poeta, pero eso es otra historia). En cambio, con Ostrover a cuestas soy otra cosa: soy “la traductora de Ostrover”. ¿Piensa que eso no es nada? Es una manera de acceder a ellos. Me invitan a todas partes, voy a las mismas fiestas a las que va Ostrover. Todo el mundo me mira y cree que soy un poco estrafalaria, pero dicen: “Es la traductora de Ostrover”. Un matrimonio. Pesha, ese montón de basura, está menos casada con Ostrover que yo. Al igual que una esposa, se supone que mi papel es pasivo. Se supone…, ¿quién sabe lo que ocurre en la alcoba? Una persona soltera como yo acaba desarrollando una intuición para esas cosas. Lo mismo ocurre con la traducción. ¿Quién construye el lenguaje que le ha dado fama a Ostrover? Pregunta usted con desdén: ¿por qué todos están convencidos de que es un “moderno”? Ajá. ¿Quién ha leído a James Joyce, Ostrover o yo? Tengo cincuenta y tres años. No nací en Hlusk en vano, no estudié en Vassar en vano, ¿me comprende? Quedé apresada en el medio, solapada. Entre dos organismos. Una hermafrodita cultural, ni una cosa ni la otra. Tengo una lengua bífida. Cuando batallo durante cinco horas para hacerle a Ostrover decir “grande” en vez de “descomunal”, cuando saco todas las bonitas comas que esparce a diestro y siniestro sin ton ni son, cuando tomo el estúpido té de su mujer y luego vuelvo a casa con la barriga aguada…, entonces es cuando él se convierte en un “moderno”, ¿se da usted cuenta? ¡Soy yo! Nadie lo reconoce, por supuesto, creen que hay algo en las historias, cuando en realidad se trata del modo en que yo las visto y las maquillo. Todo es cuestión de cosmética, soy una esteticista, una pintora, a la que pagan por hacer ese trabajo con un cadáver en la morgue, como se estila entre ellos… No me aburra, sin embargo, con sus críticas. Le aseguro que da igual cómo se escriba en yiddish, ya sea él o cualquiera. No importa el yiddish de nadie. Lo que está escrito en yiddish no importa.


       El resto de la carta —todas las mujeres son minuciosas y tenaces— no lo leyó. Ya había visto qué era lo que aquella mujer perseguía: un poco de dinero, un poco de estima. Una megalómana en miniatura: imaginaba que en realidad ella era Ostrover. Creía haber dado forma a un genio a partir de un guiñapo. Un guiñapo convertido en un fantoche, ¿era eso talento? Ella vivía ahí fuera, a la luz, con ellos: naturalmente que no iba a perder su tiempo con Edelshtein. En la sombra. En la oscuridad que él habitaba. ¡Un idealista! ¿Por qué derroteros había transitado en la sociedad esta palabra virtuosa para acabar convertida en un insulto? Una palabra querida, a pesar de todo. Idealista. La diferencia entre Ostrover y él era precisamente esa: Ostrover quería salvarse solo a sí mismo, Edelshtein quería salvar el yiddish.
       Enseguida se dio cuenta de que mentía.
       Fue con Baumzweig y Paula a la Y, la codiciada sede de la Asociación de Jóvenes Hebreos de la calle Noventa y dos, a una lectura de Ostrover. A Paula le parecía que era “recrearse en la mortificación”. Esa noche nevaba. Hicieron frente al viento con los dientes apretados, con lágrimas de sufrimiento helándoseles en las mejillas, las calles desde el metro eran Siberia. “Dos ángeles cristianos que se flagelan con cadenas de carámbanos”, rezongaba Paula. Pagaron las entradas con los dedos entumecidos y se sentaron delante. Edelshtein se sentía paralizado. Notaba aguijones en los dedos del pie, púas, hasta que solo le parecieron apéndices enfermos, gangrenosos, ardientes. El envolvente capullo de su cama en casa, la estilográfica encima de la mesilla de noche, el primer verso luminoso de su nuevo poema a la espera de nacer: “Ay, que sobre mí cayera, cual sobre un joven, el soplo de la fe…”. De pronto supo cómo continuarlo, de qué trataba y qué significado encerraba, la sala de conferencias se le antojó absurda, superflua, ¿qué hacía él aquí? Multitudes apiñadas, tijeretazos de sillas plegables, murmullo de voces, Paula bostezando a su lado con los párpados prietos y arrugados, Baumzweig sonándose la nariz chata en un pañuelo azul a cuadros escoceses y haciendo estallar una gran flor verde de mocos… ¿Qué hacía él aquí? ¿Qué tenía que ver este lugar con lo que él sabía, con lo que llevaba dentro?
       Paula trató de asomar el cuello dentro de su despeluchada esclavina de mofeta y leer el friso, los imponentes nombres en letras doradas: Moisés, Einstein, Maimónides, Heine. Heine. Quizá Heine, un converso, supiera lo que Edelshtein sabía. En cambio estos otros, acomodadores con americanas elegantes, jóvenes larguiruchos cargados de libros (los de Ostrover), casi una prenda más de su pedantería descarada, su sexualidad descarada, con pantalones ceñidos en la entrepierna marcándoles las nalgas, con grandes bigotes, algunos peludos hasta la clavícula, rodillas y muslos amenazadores como mazas, y las chicas con casacas, pantalones, botas, dulces lenguas escondidas, ojos negros. El olor a la lana de montones y montones de abrigos. ¡Por Ostrover! La sala estaba llena, seguía llegando gente, y los acomodadores, con chaquetas de punto remangadas, la dirigían hacia una galería contigua, donde había una pantalla de televisión en la que pronto ondearía el pequeño fantasma grisáceo de Ostrover, palpable y por lo demás blanco como un cerdo descolorido. La Y de la calle Noventa y dos. ¿Y? Edelshtein también daba charlas en otras sedes de la Asociación de Jóvenes Hebreos, aunque no tan céntricas y mucho menos prestigiosas, en Elmhurst, en Eastchester, en Rye, salas con estrados minúsculos y atriles demasiado altos para él, un catálogo de vejaciones, tristes recitales para ancianos. Damas y caballeros, me han cortado las cuerdas vocales; la única lengua con la que puedo dirigirme a ustedes libremente y con fluidez, mi querida mamaloshn, me ha sido extirpada, está muerta, la operación fue un éxito. Los auditorios de Edelshtein eran siempre residencias de la tercera edad, industrias de reposo, asilos. Canturreó para sí:

¿Y para mí                       Far vos di Vy?
la Y?                                  Ikh reyd
Discursos viejos             on freyd
para los espectros,        un sheydim tantsn derbay,


       ¡Ajá, espectros! Si mi lengua no es un enigma para ustedes, damas y caballeros, es porque ustedes son espectro, aparición, fantasmagoría; los he inventado yo, son el fruto de mi imaginación, aquí no hay nadie, nada más que una estancia desierta, una valva vacía, abandonada, yerma. Todo el mundo se ha ido. Pust vi dem kalten shul mein harts (otro primer verso que queda sin continuidad, sin compañeros, sin seguidores), la fría casa de estudio, la sinagoga desolada, ahí es donde danzan los aparecidos. Damas y caballeros, si mi lengua les parece un enigma, aquí les planteo otro enigma: ¿en qué se parece un judío a una jirafa? El judío tampoco tiene cuerdas vocales. Dios malogró al judío y a la jirafa, a uno completamente, a la otra por la mitad. Y sin ningún bálsamo. Baumzweig expectoró de nuevo. Moco con el brillo del mar. En la Creación de Dios nada hay exento de belleza, por perversa que sea. Khrakeh, khrakeh, la aparatosa tos de Baumzweig es lo único que se oye en la sala.
       —Shah, ot kumt der shed —dijo Paula.
       Ostrover parecía elevado y lejano en el escenario amplio, iluminado, el atril puntilloso con micrófono y jarra de agua. Resplandeciente, resplandeciente. Un haz de luz acerada perforaba las cuencas de sus ojos. Tenía boca de polilla, tan fina y tenue como una raya de tiza, un cerco de pelo blanco erizado sobre sus orejas, una voz serena.
       —Un relato nuevo —anunció, y la saliva destelló en el labio—. No es obsceno, de manera que lo considero un fracaso.
       —Demonio —susurró Paula—, pálido cerdo blanco. Yankee Doodle.
       —Shah, lomir hern —chistó Baumzweig.
       ¡Baumzweig quería oír al demonio, al cerdo! ¿Por qué a nadie le iba a interesar oírlo? Edelshtein, que era un poco sordo, se inclinó hacia delante y prácticamente hundió la nariz en el pelo lustroso de una chica: parte de la luz del escenario había quedado enredada en aquella melena. ¡Ah, cuánta juventud! ¡Todo el mundo era joven! ¡Para Ostrover, todos los jóvenes! Un moderno.
       Con cautela, taimadamente, Edelshtein dejaba escapar, como por una cuerda, breves impulsos de atención. Dos filas más adelante reconoció a la jaca solterona, a Chaim Vorovsky, el lexicógrafo borracho que había enloquecido por un exceso de matemáticas, a seis universitarios desconocidos.
       El relato de Ostrover:

     Satanás se le aparece a un mal poeta. “Deseo la fama —dice el poeta—, pero no logro alcanzarla, porque soy de Zwrdl y solo sé escribir en zwrdlés. Ese es mi lastre. Concédeme fama, y a cambio te entregaré mi alma.”

     “¿Estás seguro —dice Satanás— de que has calculado cabalmente las dimensiones de tu problema?” “¿Qué quieres decir?”, pregunta el poeta. “Tal vez —dice Satanás— el problema estribe en tu talento. Sea o no en zwrdlés, es muy pobre.” “¡De ninguna manera! —dice el poeta—. ¡Y voy a demostrártelo! Enséñame francés, y en un abrir y cerrar de ojos seré famoso.” “De acuerdo —dice Satanás—, en cuanto diga “glup” sabrás francés a la perfección, mejor que De Gaulle. Pero voy a ser generoso contigo. El francés es una lengua tan fácil que, a cambio, me llevaré tan solo una cuarta parte de tu alma.”

     Y dijo “glup”. Y en un instante he ahí al poeta, escribiendo sin parar en un francés fluido. Pese a todo, ningún editor en Francia lo quiso publicar y continuó en el anonimato. Satanás volvió. “¿Así que el francés no sirvió de nada, mon vieux? Tant pis!” “Bah —dice el poeta—, qué esperas de un pueblo que tuvo colonias, ¿van a saber ellos reconocer la buena poesía? Enséñame italiano; a fin de cuentas, incluso el Papa sueña en italiano.” “Otra cuarta parte de tu alma”, dice Satanás, marcándola en su caja registradora portátil. Y ¡glup! Ahí estaba de nuevo el poeta, componiendo terza rima con tal soltura y melancolía que el Papa habría derramado santas lágrimas de alabanza de haber podido verla impresa; por desgracia, todos y cada uno de los editores en Italia devolvieron el manuscrito con una mera nota de rechazo, sin carta.

     “¿Qué, el italiano tampoco? —exclama Satán—. Mamma mia, por qué no me haces caso, hermanito: no es la lengua, eres tú.” Ocurrió lo mismo con el suajili y el armenio: ¡Glup!, fracaso. ¡Glup!, fracaso. Y para entonces, habiéndose cobrado una cuarta parte en cada ocasión, Satanás era dueño del alma entera del poeta, y se lo llevó de regreso a donde arde el fuego eterno. “Supongo que me quemarás”, dice el poeta amargamente. “No, no —dice Satán—. No somos partidarios de esa clase de tratamiento con una criatura tan delicada como un poeta. ¿Y bien? ¿Lo has traído todo? ¡Te advertí que prepararas el equipaje meticulosamente! ¡Hasta el último pedazo de papel!” “He traído toda mi obra”, dice el poeta. Y en efecto ahí estaba, sujeto con correas a su espalda, un gran archivador metálico de color negro. “Ahora vacíalo y echa todo al fuego”, ordena Satán. “¡Mis poemas! No todos mis poemas, ¿verdad? ¿Los esfuerzos de toda una vida?”, exclama el poeta angustiado. “Exacto, haz lo que digo”, y el poeta obedece, porque, a fin de cuentas, está en el infierno y Satanás es su amo. “Bien —dice Satanás—, ahora acompáñame, te mostraré tu cuarto.”

     Un cuarto perfecto, perfectamente preparado, ni demasiado frío ni demasiado caluroso, a la distancia justa de la gran hoguera para que resultara confortable. Una joya de escritorio, con tapete de cuero rojo, una preciosa silla giratoria tapizada en escarlata, una alfombra persa escarlata en el suelo; cerca, un frigorífico rojo lleno de queso, pudin y pepinillos agridulces, un vaso de té ambarino humeante encima de una mesita roja. Una ventana sin cortina. “Esta es la vista que te servirá de inspiración —dice Satán—. Asómate y mira.” Nada en el exterior salvo la espléndida y crepitante hoguera salpicada de colores de otro mundo, que se retuerce y se levanta creando formas nuevas e inimaginables. “Qué hermosura”, se maravilla el poeta. “Exacto —dice Satán—. Debería inspirarte en la composición de muchos versos nuevos.” “¡Sí, sí! ¿Puedo empezar ya, Su Majestad?” “Para eso te he traído aquí —dice Satanás—. Ahora siéntate y escribe, puesto que en cualquier caso no puedes evitarlo. Hay una sola condición. En el instante en que acabes una estrofa debes tirarla por la ventana, así.” Y para ilustrar sus palabras, tiró una página en blanco.

     De inmediato, una ráfaga del viento llameante la recogió y la hizo arder, atrayéndola hacia la gran conflagración central. “Recuerda que estás en el infierno —le advierte Satanás con severidad—, aquí escribes únicamente para el olvido.” El poeta se echa a llorar. “¡Da lo mismo, da lo mismo! ¡Era igual allí arriba! ¡Oh, Zwrdl, maldita seas por haberme criado!” “¡Y sigue sin ver más allá! —dice Satán, exasperado—. ¡Glup, glup, glup, glup, glup, glup, glup! Ahora, a escribir.” El pobre poeta empezó a garabatear un poema tras otro, y hete ahí que de repente olvidó hasta la última palabra de zwrdlés que había sabido, escribía más y más rápido, se agarraba a la pluma como si solo ella impidiera que sus piernas salieran volando por cuenta propia, escribía en holandés y en inglés, en alemán y en turco, en santali y en sassak, en lapón y en kurdo, en galés y en retorrománico, en nías y en nicobarés, en galcha y en ibanag, en ho y en jemer, en ro y en volapük, en chagatai y en sueco, en tulu y en ruso, en irlandés y en calmuco. Escribió en todas las lenguas salvo en zwrdlés, y no le quedaba más remedio que tirar por la ventana todos y cada uno de los poemas que escribía, porque de todos modos eran escoria, aunque él no se diera cuenta…


       Edelshtein, sumido en una meditación furiosa y ajena, no estaba seguro de cómo acababa el relato. Pero era brutal, y Satanás volvía a ejercer su supremacía: cortaba de raíz cualquier aspiración con uno de los aforismos típicos de Ostrover, denso e hinchado como un falo, aunque estéril de todos modos. Se desató una aterradora oleada de risas, que rompió de lleno en Edelshtein como para hacerle pedazos. Risas para Ostrover. Bromas, bromas, ¡esa gente solo quería bromas!
       —Baumzweig —dijo Edelshtein recostándose en la esclavina de Paula (notando la blandura de sus pechos) para hablarle de cerca—. Lo hace por despecho, ¿te das cuenta?
       Pero Baumzweig también se había contagiado de la risa. Le temblaban las comisuras de la boca. Se retorcía entre carcajadas como un bicho.
       —¡Qué desgraciado! —dijo.
       —Qué desgraciado —repitió Edelshtein, meditabundo.
       —Habla de ti —dijo Baumzweig.
       —¿De mí?
       —Una alegoría. Date cuenta de cómo encaja todo…
       —Si escribes cartas, no deberías mandarlas —dijo Paula, juiciosa—. Se ha enterado de que buscas traductor.
       —No necesita una musa, necesita una diana. Naturalmente que se ha enterado —dijo Baumzweig—. Esa bruja se lo dijo.
       —¿Por qué de mí? —dijo Edelshtein—. Podrías ser tú.
       —Yo no soy celoso —protestó Baumzweig—. Tú deseas todo lo que él tiene.
       Saludaba con la mano por encima del público; en ese momento parecía tan insignificante como un pajarito.
       —Ambos lo queréis —dijo Paula.
       Lo que ambos querían dio comienzo entonces. El homenaje.


       P: Señor Ostrover, ¿cuál diría usted que es la carga simbólica de este relato?
       R: La carga simbólica es que uno necesita lo que merece. Si uno no necesita un golpe en la cabeza, nunca lo merece.
       P: Señor, estoy escribiendo un ensayo sobre usted para mi clase de literatura. ¿Podría decirme si cree en el infierno?
       R: No, desde que me hice rico.
       P: ¿Y qué me dice de Dios? ¿Cree usted en Dios?
       R: Exactamente del mismo modo que creo en la neumonía. Si tienes una neumonía, la tienes. Si no, no.
       P: ¿Es cierto que su mujer es condesa? Hay quien dice que en realidad tan solo es judía.
       R: En religión es travestida, y en realidad es conde.
       P: ¿Existe verdaderamente una lengua como el zwrdlés?
       R: Usted la está hablando ahora mismo, es la lengua de los idiotas.
       P: ¿Qué ocurriría si no estuviera usted traducido al inglés?
       R: En ese caso me leerían los pigmeos y los esquimales. Actualmente, ser Ostrover equivale a ser una industria global.
       P: Entonces, ¿por qué no escribe acerca de asuntos universales, como las guerras?
       R: Porque los ruidos fuertes me asustan.
       P: ¿Qué opina sobre el futuro del yiddish?
       R: ¿Qué opina usted acerca del futuro del dóberman?
       P: Se dice que otros yiddishistas le envidian.
       R: No, soy yo quien los envidio a ellos. Me gusta la vida apacible.
       P: ¿Guarda el sabbat?
       R: Claro, ¿no se ha dado cuenta de que ha desaparecido? Lo guardo escondido.
       P: ¿Y las leyes de la dieta judía? ¿Las respeta?
       R: Debido a la situación moral del mundo, no me queda más remedio. Me descorazonó enterarme de que en el mismo minuto que una ostra entra en mi estómago, se convierte en antisemita. Una vez un cuenco de gambas desencadenó un pogromo contra mis intestinos.


       ¡Bromas y más bromas! Parecía que iba a seguir así una hora entera. La condición de la fama, un turno de preguntas: un hombre puede quedarse eternamente babeando ocurrencias superficiales y todo el mundo lo admira por ello. Edelshtein se levantó de la silla con un quejido y se escabulló por el pasillo hacia la puerta de doble hoja que daba al vestíbulo. Vio al lexicógrafo en un banco, medio dormido. Por lo general lo evitaba —era un hombre con un pasado, todos los pasados son aburridos—, pero cuando vio que Vorovsky levantaba sus correosos párpados fue hacia él.
       —¿Qué hay de nuevo, Chaim?
       —Nada. Me duele el hígado. ¿Y tú?
       —Me duele la vida. Te he visto dentro.
       —He salido, odio a los jóvenes.
       —Claro, tú nunca fuiste joven.
       —No, como estos no. Yo no me reía nunca. ¿Te das cuenta de que a la edad de doce años ya dominaba el cálculo? Prácticamente lo reinventé por mi cuenta. Tú no has leído a Wittgenstein, Hersheleh, no has leído a Heisenberg, ¿qué sabes tú acerca del imperio del universo?
       Edelshtein pensó en cambiar de tema.
       —¿Es tuya la traducción que ha leído ahí dentro?
       —¿Sonaba a una traducción mía?
       —No sabría decirte.
       —Lo era y no lo era. Mía, mejorada. Si le preguntas a la feúcha aquella te dirá que es suya, mejorada. ¿Quién es realmente el traductor de Ostrover? Dime, Hersheleh, quizá seas tú. Nadie lo sabe. Es tal y como dicen: hechas a varias manos, y todas las manos están en el caldero de Ostrover, quemándose. Me cagaría muy a gusto encima de tu amigo Ostrover.
       —¿Amigo mío? No es mi amigo.
       —Entonces, ¿por qué has pagado dinero contante y sonante para verlo? Puedes verlo gratis en algún otro lugar, ¿o no?
       —Lo mismo te digo.
       —Juventud, yo he traído juventud.
       Una conversación con un chiflado: la meshugas de Vorovsky consistía en hacer que los demás tomaran sus desvaríos por normalidad. Edelshtein se deslizó hasta el banco, sintiendo que los huesos se le deshinchaban como un acordeón. Se apoderó de él una penosa fatiga. Sentado cara a cara con Vorovsky, vio de frente su sombrero: un gran monstruo peludo al estilo ruso, rodeado por una aureola de campanillas semejantes a las que tintinean en los droskis, sudarios de nieve. Vorovsky tenía una cabeza abombada de rasgos toscos, salvo por la nariz, que parecía de muñeca, rosada y amorfamente primorosa. El único indicio de ebriedad se hallaba en los bulbos de los orificios nasales, donde el cartílago se veía inflamado, igual que la punta, también hinchada. No había más indicio de verdadera locura, en el sentido ordinario, que cierta tendencia a la esquivez. Pero se sabía que Vorovsky, cuando acabó de compilar su diccionario, una labor de diecisiete años, una tarde se echó a reír de buenas a primeras y estuvo seis meses riendo sin parar, ni siquiera mientras dormía: tuvieron que administrarle sedantes para que descansara, aunque ni así erradicaron su risa por completo. Murió su mujer, y luego su padre, y él siguió riendo. Perdió el control de la vejiga, y entonces descubrió el poder curativo de la bebida para la risa. La bebida lo curó, pero seguía orinándose en público sin darse cuenta; e incluso esa curación fue provisional e inestable, porque si por casualidad oía algo gracioso, podía pasarse un minuto o dos riendo, o en alguna ocasión hasta tres horas. Al parecer las bromas de Ostrover no le habían hecho gracia: estaba sobrio y parecía desolado. Aun así Edelshtein advirtió una gran mancha oscura cerca de la bragueta. Se había mojado los pantalones, imposible precisar hacía cuánto. No olía mal. Edelshtein reculó imperceptiblemente.
       —¿Juventud? —preguntó.
       —Mi sobrina. Veintitrés años, la hija de mi hermana Ida. Lee yiddish con fluidez —dijo con orgullo—. Escribe.
       —¿En yiddish?
       —¡En yiddish! —dijo con desdén—. No digas disparates, Hersheleh, ¿quién escribe en yiddish? Con veintitrés años, ¿tendría que escribir en yiddish? ¿Te crees que una chica norteamericana como ella es una refugiada? Está loca por la literatura, nada más, igual que todos ahí dentro, y para ella Ostrover es sinónimo de literatura. La traje, quería que la presentara.
       —Preséntamela a mí —dijo Edelshtein con astucia.
       —Quiere que le presente a alguien famoso, ¿qué pintas tú en eso?
       —Traducido, yo sería famoso. Escucha, Chaim, un hombre de talento como tú, con tantos idiomas en tu haber, ¿por qué no me das una oportunidad? Una oportunidad y un empujón.
       —No se me da bien la poesía. Deberías escribir relatos, si quieres fama.
       —No quiero fama.
       —Entonces, ¿de qué estás hablando?
       —Quiero… —Edelshtein no acabó la frase. ¿Qué quería?—. Llegar —dijo.
       Vorovsky no se rió.
       —Me formé en la Universidad de Berlín. De Vilna fui a Berlín, eso fue en 1924. ¿Llegué a Berlín? Entregué toda mi vida a compendiar una historia de la mente humana, me refiero a su expresión matemática. Las matemáticas son la única poesía definitiva posible. ¿Llegué al imperio del universo? Hersheleh, si pudiera hablarte de llegar, te diría lo siguiente: llegar es imposible. ¿Por qué? Porque cuando alcanzas la meta a la que querías llegar, te das cuenta de que no era eso lo que deseabas. ¿Sabes para qué va bien un diccionario matemático alemán-inglés?
       Edelshtein se cubrió las rodillas con las manos. Vio el resplandor de los nudillos. Una hilera de cráneos blancos.
       —Para hacer papel higiénico —dijo Vorovsky—. ¿Sabes para qué sirven los poemas? Para lo mismo. Y no me taches de cínico, lo que digo no tiene nada que ver con el cinismo.
       —Con la desesperación, tal vez —sugirió Edelshtein.
       —Desesperación y un cuerno. Soy un hombre feliz. Sé algo acerca de la risa. —Se puso de pie de un salto; al lado de Edelshtein, que seguía sentado, era un gigante. Puños grises, las uñas de los pulgares gruesas como huesos. La multitud empezó a salir en tropel por las puertas del auditorio—. Algo más te diré. La traducción no es una ecuación. Si vas buscando una ecuación, ya te puedes despedir. No hay ecuaciones, las ecuaciones no se dan. Es una idea parecida a un animal bicéfalo, ¿me sigues? La última vez que vi una ecuación fue en una fotografía que me hicieron. Me miré a los ojos, ¿y qué vi? Vi a Dios en la forma de un asesino. Lo que deberías hacer con tus poemas es tragarte la lengua. Ahí está mi sobrina, detrás de Ostrover, como una cola. ¡Eh, Yankel! —tronó.
       El gran hombre no lo oyó. Manos, brazos, cabezas lo cercaban como una red de pesca. Baumzweig y Paula remaban a través de las trombas, el vestíbulo se había convertido en un remolino. Edelshtein vio dos viejecitos con sobrepeso y demasiado abrigados. Se escondió, quería perderse. Que se vayan, que se vayan…
       Pero Paula lo divisó.
       —¿Qué ha ocurrido? Creímos que te habías indispuesto.
       —Hacía demasiado calor ahí dentro.
       —Ven a casa con nosotros, hay una cama. Mejor que estar ahí solo.
       —Gracias, no. Mira eso, está firmando autógrafos.
       —La envidia te comerá vivo, Hersheleh.
       —¡No me da envidia! —aulló Edelshtein; la gente se volvió a mirarlo—. ¿Dónde está Baumzweig?
       —Estrechándole la mano al cerdo. Un editor debe mantener sus contactos.
       —Un poeta debe contener el vómito.
       Paula lo miró meditabunda. La barbilla se le hundía en la gorguera de piel de mofeta.
       —¿Cómo vas a vomitar, Hersheleh? Las almas puras no tienen estómago, solo ectoplasma. Tal vez Ostrover tenga razón, tienes demasiada ambición para tu estatura. ¿Y si tu querido amigo Baumzweig no te publicara? Ni tú sabrías cómo te llamas. Mi marido no te lo menciona, es un hombre considerado, pero yo no le temo a la verdad. Sin él no existirías.
       —Con él no existo —dijo Edelshtein—. ¿Qué es la existencia?
       —Yo no hago turno de preguntas —dijo Paula.
       —Estupendo —dijo Edelshtein—, porque yo voy a hacer un turno de respuestas. La respuesta es: y punto. Tu marido está acabado, y punto. También yo estoy acabado, y punto. Nosotros ya estamos muertos. Cualquiera que mantenga vivo el yiddish está muerto. O tienes conciencia de ello, o no la tienes. Yo soy de los que la tienen.
       —Siempre le digo que contigo no merece la pena esforzarse. Eres tú el que vienes y te pasas el día en casa.
       —Vuestra casa es una horca, la mía una cámara de gas, ¿qué diferencia hay?
       —Pues no vengas más, nadie te necesita.
       —Esa es exactamente mi filosofía. Somos superfluos sobre la faz de la tierra.
       —Eres un sinvergüenza.
       —Tu marido es una comadreja, y tú eres la mujer de una comadreja.
       —Tú sí que eres un cerdo y un demonio.
       —¡Y tú pariste cachorros de perro!
       (Paula, una mujer tan buena…, ¡era el fin, ya no volvería a verla nunca más!)
       Se alejó a trompicones sorbiéndose las lágrimas, chocando con quienes se cruzaban en su camino, cegado por el accidente de su dolor. Un anhelo tronó de repente en el interior de su cerebro:

     EDELSHTEIN: ¡Chaim, enséñame a ser un borracho!
     VOROVSKY: Primero hace falta estar loco.
     EDELSHTEIN: ¡Enséñame a volverme loco!
     VOROVSKY: Primero has de fracasar.
     EDELSHTEIN: He fracasado, estoy adiestrado en el fracaso, ¡soy un maestro del
                              fracaso!
     VOROVSKY: Vuelve y sigue estudiando.


       Una de las paredes era un espejo. Vio allí a un anciano llorando, arrastrando una bufanda de rayas igual que si fuera un manto de oración. Se detuvo a mirarse con atención. Deseó haber nacido gentil; fragmentos de viejos poemas le saturaban la nariz, recordó el olor del momento en que los compuso, en la cama al lado de su mujer, que se había dormido mientras le daba un masaje para compensarla por tanta amargura. “El cielo está tachonado de estrellas de David… Si todo es otra cosa, ¿seré yo un objeto en lugar de un ave? ¿Mi camino se bifurca a pesar de que soy uno? ¿Reparará Dios el curso de la historia? ¿Quién me dejará empezar de nuevo…?”

    OSTROVER: Hersheleh, reconozco que te insulté, ¿pero quién se va a enterar? Solo es un cuento, un juego.

     EDELSHTEIN: ¡La literatura no es un juego! ¡La literatura no son meras historietas!

     OSTROVER: Qué es entonces, ¿la Torá? Gritas como un judío, Edelshtein. Cállate, van a oírte.

     EDELSHTEIN: ¿Y tú, don Elegante, acaso no eres judío?

     OSTROVER: Desde luego que no, yo soy uno de ellos. A ti también te gustaría, ¿verdad, Hersheleh? Mejor ser Shakespeare que una sombra, mejor ser Pushkin que un mequetrefe, ¿eh?

     EDELSHTEIN: Convertirse en gentil no implica necesariamente que te conviertas en un Shakespeare.

     OSTROVER: ¡Ajá! Mira cuánto sabe. Voy a confiarte algunos datos, Hersheleh, porque siento que de verdad somos hermanos, veo cómo te esfuerzas por llegar al centro del mundo. Ahora escucha, ¿alguna vez has oído hablar de Velvl Shikkerparev? Nunca. Un escritorzuelo yiddish que escribía romances para el teatro yiddish del East End. Hablo de Londres, Inglaterra. Resulta que el tipo encuentra a un traductor y de la noche a la mañana se convierte en Willie Shakespeare…

     EDELSHTEIN: Bromas aparte, ¿es eso lo que aconsejas?

     OSTROVER: A mi propio padre no le aconsejaría otra cosa. Olvídalo, Hersheleh, deja de creer en el yiddish.

     EDELSHTEIN: ¡Pero si yo no creo en él!

     OSTROVER: Y tanto que sí. Me doy cuenta. No sirve de nada hablar contigo, no vas a cambiar de idea. Dime, Edelshtein, ¿qué lengua habla Moisés en el porvenir?

     EDELSHTEIN: Desde mi tierna infancia lo sé. Hebreo en el sabbat, yiddish entre semana.

     OSTROVER: ¡Alma perdida, no hagas del yiddish la lengua del sabbat! Si crees en la santidad, estás perdido. La santidad es para la fantasía.

     EDELSHTEIN: ¡Yo quiero ser gentil, igual que tú!

     OSTROVER: Solo soy un gentil de mentira. Eso significa que hago el papel de judío para satisfacerlos. En mi pueblo, de muchacho, solían traer a un oso bailarín para el Carnaval. “¡Es humano!”, decían, porque sabían que era un oso aunque se irguiera sobre dos patas y bailara el vals. Pero era un oso.

       Baumzweig se le acercó en ese momento.
       —Paula y sus arranques de genio… No importa, Hersheleh, ven a saludar a la gran celebridad, ¿qué pierdes con ello?
       Edelshtein se acercó dócilmente, le estrechó la mano a Ostrover, incluso lo felicitó por su relato. Ostrover fue cortés, se secó el sudor del bozo, dejó que una gota de tinta negra sangrara de su pluma y siguió firmando libros. Vorovsky merodeaba junto al corro de gente alrededor de Ostrover: su cabeza era feroz, pero su mirada tímida; llevaba del brazo a una chica, pero la chica solo miraba extasiada la guarda de un libro, donde Ostrover había escrito su nombre. Edelshtein se sobresaltó al reconocer las letras: la chica tenía la versión yiddish.
       —Disculpad —dijo.
       —Es mi sobrina —dijo Vorovsky.
       —Veo que lees yiddish —Edelshtein se dirigió a ella—. En tu generación, un milagro.
       —Hannah, tienes ante ti a H. Edelshtein, el poeta.
       —¿Edelshtein?
       —Sí.
       —¿“Padres, tíos queridos, con vuestras barbas y anteojos y rizado cabello…”? —recitó la joven.
       Edelshtein cerró los ojos y sollozó de emoción.
       —¿Ese mismo Edelshtein?
       —El mismo —repuso él con voz quebrada.
       —Mi abuelo solía recitarlo a todas horas. Estaba en un libro que tenía, A Velt on Vint. Pero no es posible.
       —¿Qué no es posible?
       —Que siga usted vivo.
       —Tienes razón, tienes razón —dijo Edelshtein, admirado—. Aquí somos todos fantasmas.
       —Mi abuelo está muerto.
       —Perdónalo.
       —Leía sus poemas, y era un hombre ya mayor, hace años que murió, y usted sigue vivo…
       —Lo lamento —dijo Edelshtein—. Quizá entonces yo era joven, empecé joven.
       —¿Por qué ha dicho lo de los fantasmas? Ostrover no es ningún fantasma.
       —No, no —cedió él. Temía ofender—. Escucha, te recitaré el resto. Será solo un minuto, lo prometo. Escucha, a ver si así consigues evocar a tu abuelo…
       A su alrededor, detrás, delante, Ostrover, Vorovsky, Baumzweig, señoras perfumadas, estudiantes, los jóvenes, los jóvenes… Edelshtein se arañó la cara mojada por el llanto y declamó, plantado como un absurdo tallo en medio de un campo baldío:

¡Cómo brotáis del suelo cubierto de pobreza!
Vestidos de levita, vuestros dedos enrollan la cera, ojos de sebo.
¿Cómo dirigirme a vosotros, padres queridos?
Vosotros, que me arrullasteis con el lyu lyu lyu
de la nana. Jerga de marinos de ojos azules,
¿cómo he podido ir a parar al vientre de una extraña?

Llevadme de vuelta con vosotros, la historia me ha dejado fuera.
Pertenecéis al Ángel de la Muerte;
yo, a vosotros.
Espectros trenzados, volutas de humo,
Dejadme caer en vuestras tumbas,
no me corresponde a mí ser vuestro futuro.


       Carraspeó, respiró, tosió, se atragantó, las lágrimas invadieron algún falso conducto de su garganta; mientras tanto, con cada palabra que berreaba, seguía devorando con los ojos a la sobrina, a aquella tal Hannah, tan parecida a las demás, botas, cabello abundante y encrespado, la frente de horma judía, los ojos almendrados…

Al borde de la aldea un riachuelo,
las garzas se inclinan en el agua picoteando su reflejo
cuando las aves zancudas pasan silbando como gentiles.
Las garzas suspendidas, hamacas sobre la dulce agua estival.
Sus cráneos están llenos de secretos, sus plumajes perfumados.
La aldea es tan pequeña que encaja en un orificio de mi nariz.
Los techos resplandecen de brea,
el sol lame como una lengua de vaca.
Nadie sabe lo que vendrá.
Qué trufado de setas el suelo oscuro del bosque.


       —Hersheleh, discúlpame, ven a casa con nosotros, por favor, por favor, discúlpame —le susurró Paula al oído.
       Edelshtein le dio un empujón, estaba decidido a acabar.
       —¡“Pequeñez”! —gritó.

     A vosotros me dirijo.
     Formamos una piña tan pequeña.
     Nuestras pequeñas casuchas, las duras manos de nuestros abuelos,
qué pequeñas,
     Nuestras palabras pequeñas, pequeñas,
     esta nana
     cantada en el borde de vuestra tumba.


       Acabó con un alarido.
       —Ese es uno de tus buenos poemas de entonces, el mejor —dijo Baumzweig.
       —El que hay ahora en mi mesa, inacabado, es el mejor —aulló Edelshtein, con el eco de su clamor todavía resonando en el aire; pero se sentía indulgente, apaciguado, tranquilo; sabía ser paciente.
       —Ese no deberías tirarlo por la ventana —dijo Ostrover.
       Vorovsky se echó a reír.
       —Este es el poema del hombre muerto, ahora ya lo conocéis —dijo Edelshtein mirando a su alrededor mientras se ceñía el manto de oración cada vez más al cuello: eso también hizo reír a Vorovsky.
       —Hannah, más vale que lleves a casa a tu tío Chaim —dijo Ostrover: apuesto, completamente blanco, un genio público, una pluma.
       Edelshtein se sintió estafado, no había podido examinar a sus anchas a la chica.
       Durmió en la habitación de los hijos. Tenían literas. En la de arriba se amontonaban las cajas donde Paula guardaba cosas viejas. Edelshtein se acostó en la de abajo. Soñaba, dando vueltas, se despertaba con una sacudida, volvía a soñar. De vez en cuando le subía un eructo con regusto a vómito, del cacao caliente que Paula le había ofrecido como reconciliación. Una violencia íntima lo unía a los Baumzweig: si él faltara, ¿quién sería el blanco de su condescendencia? Eran moralistas, necesitaban a alguien para sentirse culpables. Un nuevo eructo lo sacó de un sueño hermoso, nada inocente: se veía a sí mismo de joven besando las mejillas de Alexéi, rosadas como melocotones maduros, y al apartarse… No era Alexéi, sino una joven, la sobrina de Vorovsky. Después del beso, ella arrancaba con lentitud las páginas de un libro hasta que empezaba a nevar papel, pedacitos negros de alfabeto, pedacitos blancos de los márgenes vacíos. Por el pasillo llegaba el ronquido de Paula. Se levantó con esfuerzo de la cama y buscó a tientas una lámpara. Iluminó una mesa decrépita cubierta de antiguos y frágiles aviones en miniatura. Unos tenían hélices accionadas por una goma elástica, otros eran un esqueleto de costillas de madera de balsa forrados con papel. Había un juego de Monopoly bajo una capa de polvo que brillaba como el jamete. Edelshtein descubrió dos sobres viejos, uno ya amarillento, y sin titubear sacó las cartas y las leyó:

     Hoy había dos celebraciones especiales en una: era día de campamento y el día de Sacco y Vanzetti. Tuvimos que ponernos camisas blancas y pantalones cortos blancos e ir al casino a oír hablar a Chaver Rosenbloom sobre Sacco y Vanzetti. Fueron dos italianos a los que mataron por su amor a los pobres. Chaver Rosenbloom lloró, y Mickey también, pero yo no. Mickey sigue olvidando limpiarse después de ir al lavabo, pero yo lo obligo.

     Paula y Ben, muchas gracias por el trajecito de punto y el sonajero de payaso. La caja estaba un poco aplastada, pero el sonajero llegó sin desperfectos. Stevie estará precioso con su nuevo traje azul cuando crezca lo bastante para llevarlo. Ya parece gustarle el patito bordado del cuello. Además de guapo, irá abrigado. Josh ha estado trabajando muchísimo estos días preparándose para un curso sobre novela norteamericana y me pide que os diga que os escribirá en cuanto pueda. Todos os mandamos nuestro cariño, y Stevie manda un beso para la abuela y el abuelo. P. D.: Mickey apareció el otro día con un Mercedes rosa. ¡Tuvimos una buena charla y le dijimos que debería sentar cabeza!


       Héroes, martirio, un bebé. Aquellas cartas le provocaron tanto odio que le temblaban los párpados. Qué ordinariez. Mera rutina. Todo lo que el hombre toca se vuelve banal como el hombre. Los animales no contaminan la naturaleza. Solo el hombre corrompe, la antítesis de la divinidad. Todas las demás especies viven siguiendo el pulso de la naturaleza. Edelshtein despreciaba esas ceremonias, y los sonajeros, las cacas y los besos. Era absurdo que trajeran hijos al mundo. Limpiar el culo a una generación para que limpie el culo de otra: así resumía el sentido de la civilización. Apartó los aviones, despejó una parte de la mesa con el codo, encontró la pluma, escribió:

     Querida sobrina de Vorovsky:
     Me resulta muy extraño sentir que me convierto en un destructor, yo que nací para ser caritativo y lleno de amor por nuestra amada raza humana.


       Le repugnaba aquel inglés sombrío que solo podía abordar con temor y pasión, con estupor y fragilidad. Volvió a empezar en su propia lengua.

     Desconocida Hannah:
     Soy un hombre que te escribe desde un cuarto en la casa de otro hombre. Él y yo somos enemigos secretos, así que bajo este techo resulta difícil escribir la verdad. Aun así juro que te hablaré con toda la honestidad de mi corazón. No recuerdo ni tu rostro ni tu cuerpo. Vagamente tu voz enojada. Para mí eres una abstracción. Me pregunto si los antiguos tenían alguna representación física del Porvenir, una diosa Futura, por decirlo de algún modo. Es de suponer que fuera ciega, igual que la Justicia. A una encarnación del futuro es a quien va dirigida esta carta. Cuando se escribe al Porvenir, no se espera respuesta. El Porvenir es un oráculo cuya voz no se puede aguardar impávido. Para ser hay que hacer. Aunque nihilista, no por elección sino por convicción, descubro que me resisto a despreciar la supervivencia. A menudo me he escupido por haber sobrevivido a los campos de concentración —¡he sobrevivido tomando té en Nueva York!—, pero cuando hoy oí transportadas por tu lengua unas pocas sílabas de uno de mis versos, la tolerancia con la supervivencia volvió a conquistarme. ¡El sonido de una lengua muerta en boca de una joven llena de vida! Que tras un recién nacido venga otro recién nacido es la trampa que nos tiende Dios, pero ¿no es menos cierto que nosotros también podemos tenderle a Dios nuestra propia trampa? Si creáramos sílaba a sílaba una inmortalidad que pasara de las columnas vertebrales de los viejos a los hombros de los jóvenes, ni siquiera Dios podría negarla. ¡Si las plegarias que desbordaron de las fosas comunes pudieran sobrevivir de algún modo! Y, si no toda la avalancha de lamentaciones, al menos la lengua que la sostenía. Hannah, la juventud en sí misma carece de valor a menos que cumpla con la promesa de envejecer. Envejecer en yiddish, Hannah, y cargar sobre tus hombros a los padres y los tíos hacia el futuro, contigo. Hazlo. Tú, quizá una entre diez mil, que naciste con el don del yiddish en tu boca, el alfabeto del yiddish en la palma de tu mano, ¡no permitas que queden reducidos a cenizas! Hubo un tiempo en que doce millones de personas —sin contar a los recién nacidos— vivían en el seno de esta lengua, ¿y qué es lo que queda ahora? Una lengua que nunca poseyó otro territorio que el de las bocas judías, y la mitad de las bocas judías de la tierra ya quedaron taponadas de gusanos alemanes. El resto hablan ruso, inglés, español, sabe Dios qué. Hace cincuenta años mi madre vivió en Rusia y acabó chapurreando el ruso, pero su yiddish era como la seda. En Israel dan la lengua de Salomón a los operarios. Alegrémonos, ¿qué hablaban si no los mecánicos en los tiempos de Salomón? Sin embargo, quien olvida el yiddish se expone a la amnesia de la historia. Lloremos, el olvido ya ha ocurrido. Mil años de las penalidades que padecimos, olvidados. Aquí y allá pervive una palabra para los chistes vodevilescos. ¡Yiddish, debes elegir! ¡Yiddish! Elige: la muerte o la muerte. Es decir, muerte a través del olvido o muerte a través de la traducción. ¿Quién va a redimirte? ¿Qué te salvará? ¡Tan solo puedes aspirar, harapiento y miserable yiddish, a la traducción en América! Hannah, tú tienes una boca fuerte, hecha para ser portadora del futuro…


       Pero sabía que mentía, mentía como un bellaco. No basta con intenciones sinceras. Oratoria y declamación. Un discurso. Una perorata. Se sintió obsceno. ¿Qué relación guardaba la muerte de los judíos con sus propios problemas? Su grito era ego y más ego. Maquinaciones suyas, patrañas. Quien llora a los muertos, llora por sí mismo. Quería que alguien leyera sus poemas, y nadie podía leerlos. Mezclar la historia con eso era una indecencia y una vileza. Como si un mudo debiera culpar a sus oídos de que no le oigan.
       Dio la vuelta al papel y escribió con letras grandes:


EDELSHTEIN SE HA IDO

       y recorrió el pasillo siguiendo el ronquido de Paula. Sin afán de ridiculizar, un plácido rumor a orillas de un río. Pájaros. A la vista, más bien vacas: el lecho conyugal, ante sus ojos, lleno de nudos y protuberancias; tendidos en él, aquel viejo macho y aquella vieja hembra. Lo sorprendió que en una noche tan fría durmieran arropados con una colcha ligera de algodón, poco más que una gasa. Yacían igual que un par de reinos en verano. Antiguamente habían estado en guerra y ahora, exhaustos, mantenían una tregua aterciopelada. Baumzweig estaba cubierto de pelo. Incluso el vello de las piernas se había vuelto blanco. Un par de mesillas de noche, a ambos lados de la cama, donde se amontonaban papeles, libros, revistas, de entre los que despuntaban pantallas como mascarones en una proa: el dormitorio era la segunda oficina de Baumzweig. Torreones de ejemplares atrasados en el suelo. Encima del tocador, una máquina de escribir sitiada por los frascos de agua de colonia y las polveras de Paula. Perfume mezclado con rastros de orín. Edelshtein siguió mirando a los durmientes. Parecían empequeñecidos, pidiendo más, y más, y más con cada leve inspiración, con cada estremecimiento de las mandíbulas; alzaban una rodilla, un pulgar; las minúsculas venas azules en el cuello de Paula. El camisón se le había levantado y Edelshtein vio que los pechos se desparramaban hacia los lados y, a pesar de la grasa, colgaban en lamentables bolsas de piel arrugada, salpicada de lunares. Baumzweig solo llevaba la ropa interior: sus muslos estaban llenos de costras infectadas de tanto rascarse.
       Puso el mensaje EDELSHTEIN SE HA IDO entre las cabezas de los dos. Luego lo cogió de nuevo, porque recordó que en la otra cara estaba su verdadero mensaje: enemigos secretos. Dobló la hoja, la guardó en el bolsillo de su abrigo y embutió los pies en los zapatos. Cobarde. Compadecido ante la carroña todavía palpitante. La compasión es siempre compasión por uno mismo. Goethe en su lecho de muerte: “¡Luz, más luz!”.
       En la calle se sintió liberado. Un viajero. La nieve seguía cayendo, aunque con menos intensidad, de un color azul noche. Se levantó un remolino que envolvió a Edelshtein como un velo y le hizo dar media vuelta. Tropezó con un ventisquero, una magnífica pila azulada que se levantaba en diagonal. La humedad le aguijoneó los pies como una oleada de sangre fría. Bajo la cresta inmaculada de nieve, tocó piedra: los escalones de un portal. Recordó su antiguo hogar, la colina nevada detrás de la casa de estudio, el fuego humeante, su padre meciéndose frente a la chimenea negra de hollín hasta prácticamente meterse dentro, canturreando, un pato grande, el pato bobo, deslizándose por el hielo. El cuello de su madre también surcado por venas delicadas, y con una secreta fragancia dulce, exuberante. Se arrepintió profundamente de no llevar unos chanclos; a un viudo nadie le recuerda esas cosas. Sus zapatos eran avernos gélidos, los dedos de los pies bloques inertes. Era el único ser vivo en la calle, ni siquiera había un gato. El velo se levantó de nuevo y le golpeó en las pupilas. Siguiendo la acera, los coches se agazapaban bajo jorobas de nieve, tortugas de concha azulada. En el pavimento no se movía nada. Su casa estaba lejos, Vorovsky vivía cerca, pero no podía leer el letrero de la calle. Un edificio con un toldo. El gorro de Vorovsky. Edelshtein se hizo muy pequeño, pequeño como un ratón, y se acurrucó entre las pieles del gorro. Ser muy, muy pequeño y vivir allí dentro. Una pequeña criatura silvestre en una madriguera. En el interior encontraría calor, un montoncito de semillas a su alcance, se lamería para asearse, a salvo de las inclemencias del tiempo. Las gafas le resbalaron de la nariz y al caer golpearon la tapa de una papelera de latón con un crujido extraño y apenas audible. Se quitó un guante y palpó la nieve hasta encontrarlas. Se sorprendió al notar la montura ardiendo. Imaginemos un funeral en una noche así, ¿cómo iban a abrir un hoyo en la tierra? Las gafas resbalaban como carámbanos cuando volvió a ponérselas, y se recreó mirando las luces de colores reflejadas en los cristales, pero seguía sin ver el pasaje de la entrada, o si había un toldo. Buscaba a Vorovsky, aunque a quien quería encontrar era a Hannah.
       En el edificio no había ascensor. Vorovsky vivía en el último piso, arriba del todo. Desde las ventanas de su casa podías mirar abajo y la gente se veía minúscula, figuritas de miniatura. Pues no, no era allí, se había confundido de edificio. Bajó los tres escalones de mármol falso y vio una puerta. Estaba abierta: era un sótano grande donde se amontonaban carcasas de carricoches y triciclos. Olió el metal húmedo como si fuera un dolor de muelas, ¡vida! Peretz cuenta que en una noche de perros, un judío a la intemperie mira con envidia desde el otro lado de la ventana a los campesinos que toman vodka en una taberna; amigos en la flor de la vida al calor del fuego. Carricoches y triciclos, instrumentos de la diáspora. Baumzweig, con las costras infectadas de sus piernas, también fue una vez un recién nacido. En la diáspora, el nacimiento de un judío no aumenta la población, la muerte de un judío carece de significado. Queda en el anonimato. Haber muerto entre los mártires: por lo menos un gesto de solidaridad, un pasadizo a la historia, ser uno de los marcados, kiddush ha-shem. Edelshtein vio un teléfono colgado en la pared. Se quitó las gafas, completamente empañadas, sacó una libretita con números anotados y marcó.
       —¿Ostrover?
       —¿Quién es?
       —¿Yankel Ostrover, el escritor, o Pisher Ostrover, el fontanero?
       —¿Qué quiere?
       —Dejar testimonio —aulló Edelshtein.
       —¡Váyase a paseo! ¡Cuelgue de una vez! ¿Quién habla?
       —El Mesías.
       —¿Quién es? Mendel, ¿eres tú?
       —Jamás.
       —¿Gorochov?
       —¿Ese clavo torcido? Por favor. Ten confianza en mí.
       —¡Vuelva a su agujero!
       —¿Es así como un hombre se dirige a su Redentor?
       —¡Son las cinco de la mañana! ¿Qué demonios quiere? ¡Desharrapado! ¡Lunático! ¡Cólera! ¡Año negro! ¡Plaga! ¡Veneno! ¡Estrangulador!
       —¿Acaso crees que perdurarás más que tu mortaja, Ostrover? Tus frases son una abominación, tu estilo es un bombeo de sandeces, hasta un rufián tiene una lengua más delicada…
       —¡Ángel de la muerte!
       Luego marcó el número de Vorovsky, pero nadie contestó.
       La nieve se había vuelto blanca como el blanco del ojo. Deambuló en dirección a la casa de Hannah, aunque no supiera dónde vivía, o cuál era su apellido, o ni siquiera si había llegado a verla alguna vez. Por el camino ensayó lo que le diría, pero no se sintió satisfecho, podía dar discursos y en cambio no era capaz de hablar cara a cara. Sufrió tratando de rescatar su rostro. Luchó por encontrarla, aquella muchacha era su destino. ¿Por qué? ¿Qué persigue un hombre, qué necesita? ¿Qué puede rescatar un hombre? ¿Acaso el futuro puede rescatar el pasado? Y si lo rescata, ¿cómo redimirlo? Tenía los zapatos chorreando. Cada paso era un estanque. Las garzas en primavera, con sus patas rojas. Qué secretos son sus ojos: los ojos de las aves, aterradores. Demasiado abiertos. El enigma de la transparencia. De sus pies manaban riachuelos. Frío, frío.

Viejecito que recorres la calle helada,
sube a la cocina de un salto,
y tu mujer te dará pan con mermelada.
Gracias, musa, por este salmo.


       Eructó. No andaba bien del estómago. ¿Indigestión? ¿Un ataque de corazón? Movió los dedos de la mano izquierda: aunque congelados, le cosquilleaban. El corazón. O quizá solo una úlcera. ¿Cáncer, como Mireleh? En una cama estrecha, echaba de menos a su mujer. ¿Cuánto más esperaba vivir? Una tumba sin nombre. ¿Quién sabría que había estado vivo alguna vez? No tenía descendencia, sus nietos eran imaginarios. “Oh, nieto nonato…” Manido. “Fantasma sin abolengo…” Demasiado barroco. Simplicidad, pureza, veracidad.
       Escribió:

     Querida Hannah:
     No me causaste la menor impresión. Antes, cuando te escribía desde la casa de Baumzweig, mentía. Te vi apenas un segundo en un lugar público, ¿y qué? Con un libro en yiddish en las manos. Un rostro joven asomado a un libro en yiddish. Nada más. No es para ponerse a hacer cabriolas, me parece. ¡El vómito de Ostrover! Ese zafio, ese populachero que sacia los apetitos de un pueblo que ha perdido el recuerdo de lo que significa ser un pueblo. Mil veces rufián. Tu tío Chaim me dijo que escribes. Qué falta de criterio, el pobre. ¡Escribes! ¡Escribes! ¡Otra patata más al saco! ¿Qué escribes? ¿Cuándo escribirás? ¿Cómo vas a escribir? Acabarás haciendo artículos para amas de casa en Good Housekeeping, o, si vas en serio, te unirás a esa pandilla de presuntos “novelistas judíos”. Los conozco, los huelo de lejos. Satíricos, se hacen llamar. Siempre rascándose la entrepierna. ¿Qué saben ellos? Y me refiero al verdadero conocimiento. Para satirizar hay que saber algo. En una presunta novela de un presunto novelista judío (“activista existencial”: ¿ves?, sé de lo que hablo, ¡lo leo todo!), un tal Stanley Elkin, por ceñirnos a un solo ejemplo, el héroe visita Williamsburg para conocer a uno que se hace llamar “rabino milagroso”. ¡Incluso la palabra “rabino”! No, escucha: para mí, descendiente del Gaón de Vilna, el guter yid es un charlatán y sus jasídicos son meras víctimas, poco importa si consentidas o no. Pero la cuestión no es esa. ¡Hay que SABER ALGO! ¡Por lo menos la diferencia entre un rav y un rebe! ¡Por lo menos un pintele aquí y allá! Si no, ¿dónde está la gracia, dónde está la sátira, donde está la burla? ¡Han nacido en América! Un ignorante solo se burla de sí mismo. ¿Novelistas judíos? ¡Salvajes! ¡Hijos de oportunistas que ahora solo saben maldecir sus orígenes! ¡Su yiddish! Una palabra aquí, una palabra allá. Shikse en una página, putz en la otra, ¡ese es todo su vocabulario! Y cuando se les ocurre plasmar esas cosas fonéticamente, ¡válgame Dios! Si son hijos de un padre y una madre, debieron de salir reptando de los pantanos. Sus abuelos tuvieron que ser ardillas silvestres para despacharse así por la boca. Saben diez palabras para decir “pene”, ya me perdonarás, y cuando se trata de una palabra para el conocimiento ¡son impotentes!


       ¡Alegría, alegría! Por fin iba por buen camino. Empezaba a amanecer, vio un elefante amarillo meciéndose silenciosamente a su lado en el pavimento. Una lucecita resplandecía eternamente en su trompa. Dejó que pasara de largo deslizándose por la nieve, mientras él se revolcaba alegremente en el río de su hogar, metido hasta las rodillas. Escribió:

¡VERDAD!

       Pero esa palabra grandilocuente, ¡Verdad!, era demasiado áspera, leñosa; metió un dedo en la nieve y la tachó.

    Como decía: indiferencia. Soy indiferente hacia ti y los de tu calaña. ¿Por qué iba a creer que tú eres mejor, que eres de otra especie? ¿Porque recitaste de memoria un mísero retazo de uno de mis poemas? ¡Ja! Me sedujo mi propia vanidad. Suelo dejarme encandilar estúpidamente y hacer un símbolo de cualquier destello. Mi pobre mujer, que en paz descanse, solía burlarse de mí por eso. Un día en el metro vi a un niño precioso, un chico de unos doce años. Era un puertorriqueño de tez morena, con unas mejillas como granadas maduras. Una vez conocí en Kiev a un niño parecido. Sí, lo admito. Llevaba su retrato grabado en los ojos. El amor de un hombre por un niño. ¿Por qué no confesarlo? ¿Acaso va contra la naturaleza del hombre recrearse en la belleza? “Es lo que se puede esperar de un hombre sin hijos”, fue el veredicto de mi mujer. Que lo que quería era un hijo. Tómalo como una explicación completa: si una persona normal y corriente no puede…

       El final de la frase cayó de su cabeza como una hoja. Aquello se estaba convirtiendo en una discusión con Mireleh. ¿Quién discute con los muertos? Escribió:

     Estimado Alexéi Yosifovitch:
     Tú perduras. Tú perduras. Como una iluminación. Más que mi propia casa, más cercano que la boca de mi madre. Una aureola. Tu padre abofeteó a mi padre. A ti nunca te lo dijeron. Porque te besé en las escaleras verdes. En la penumbra del rellano donde una vez vi al mayordomo metiéndose la mano en los pantalones para rascarse. Nos echaron de la casa llenos de vergüenza. Mi padre y yo, en el barro


      Una nueva mentira. Nunca estuvo cerca del chiquillo. Mentir es como una vitamina, ha de enriquecerlo todo. Solo lo miraba desde el quicio de la puerta, miraba, miraba. El rostro brillante: el rostro de la llama. O le preguntaba los tiempos verbales: kal, nifal, piel, pual, hifil, hofal, hispael. Las tardes que iba a la casa el profesor de latín, Edelshtein se agazapaba al otro lado de la puerta y lo oía recitar ego, mei, mihi, me, me. Un bello canto nasal lleno de riquezas foráneas. ¡Latín! Mancillado por los labios de los idólatras. Una familia apóstata. Edelshtein y su padre aceptaban el café y el pan, pero por lo demás vivían a base de huevos duros: el mayor de los Kirílov llegó un día acompañado por el mazhgiekh del hospicio dispuesto a poner a prueba la pureza de la cocina de los sirvientes, pero para el padre de Edelshtein toda la casa era treyf, y el propio mazhgiekh era un impostor sobornado. ¿Quién iba a vigilar al vigilante? Entre los Kirílov, con su apellido falso, el dinero era el mejor vigilante. El dinero lo arreglaba todo. Aunque ellos tenían su particular talento. Mecánico. Alexéi Y. Kirílov, ingeniero. Puentes, torres. Consultor en El Cairo. Constructor de la presa de Asuán, ayudante del faraón para la última de las pirámides. Inventar una fantasía acorde a un gran cerebro soviético… Pobre Alexéi, Avremeleh, comprometeré tu posición en la vida, pequeño cadáver de Babi Yar.
       Vamos, céntrate. ¡Hersh! ¡Descendiente del Gaón de Vilna! ¡Príncipe de la racionalidad! ¡Presta atención!
       Escribió:

    El paso —el contoneo, la cojera— del yiddish no es el mismo que el paso del inglés. Un gran dolor de cabeza para un traductor, probablemente. En yiddish se usan más palabras que en inglés. Nadie lo cree, pero es cierto. Otro gran problema es la forma. Los modernos se valen de las formas antiguas y las llenan de burla, de amor, de drama, de sátira, etcétera. Da mucho juego. Pero NO DEJAN DE SER LAS MISMAS FORMAS ANTIGUAS, convenciones que vienen incluso del siglo pasado. Da igual quién lo niegue, movido por el orgullo: es la verdad. Aunque le metan simbolismo, impresionismo, aunque quieran ser complejos, sutiles, audaces, arriesgar, romperse los dientes: se haga lo que se haga, al final sigue siendo yiddish. De la mamaloshn no salen Tierras baldías. Nada de alienación, nada de nihilismo ni de dadaísmo. ¡Nada de desarticular todo el sufrimiento! ¡Nada de INCOHERENCIA! Ten esto último en mente, Hannah, si quieres hacer progresos. Además haz el favor de recordar que cuando un goy de Columbus, Ohio, menciona a “Elías el profeta”, no está hablando de Eliohu ha-novi. Eliohu es uno de nosotros, un folksmentsh, uno que va por ahí con ropas usadas. Su Elías es Dios sabe qué. La misma figura bíblica, con una historia idéntica, después de adoptar un nombre de la Biblia del rey Jacobo SE CONVIERTE EN UNA PERSONA DISTINTA. La vida, la historia, la esperanza, la tragedia, no salen igual paradas. Ellos hablan de tierras bíblicas, mientras que para nosotros es erets yisroel. Un infortunio.

       Iba tan ensimismado que chocó con una cabina. ¡Un teléfono! ¡En la esquina de una calle! Tuvo que empujar la puerta con fuerza para apartar la nieve y poder abrirla. Se metió en la cabina como pudo. Tenía los dedos tan rígidos que parecían palos. No se molestaría en buscar la libretita, cuando ni siquiera sabía dónde tenía el bolsillo. ¿En su abrigo? ¿En la americana? ¿Los pantalones? Con un palo marcó el número de Vorovsky, de memoria.
       —Hola, ¿Chaim?
       —Soy Ostrover.
       —¡Ostrover! ¿Cómo que Ostrover? ¿Qué haces ahí? Quiero hablar con Vorovsky.
       —¿Quién es usted?
       —Edelshtein.
       —Me lo figuraba. Qué es esto, ¿acoso? Podría mandarte a la cárcel por bromas como la de hace un rato…
       —Rápido, ponme con Vorovsky.
       —A ti sí que te voy a poner…
       —¿Vorovsky no está en casa?
       —¿Cómo voy a saber si Vorovsky está en casa? Está amaneciendo, ¡ve y pregúntale a él!
       Edelshtein se sintió desfallecer.
       —Me he equivocado de número.
       —Hersheleh, si quieres un consejo de amigo, escúchame. Puedo conseguirte trabajos en clubes de campo elegantes de las afueras, incluso en Miami, Florida, donde se dan montones de charlas de tu estilo; pero solo contratan a conferenciantes sensatos, no a lunáticos. Si sigues por el camino de esta noche, perderás lo que tienes.
       —No tengo nada.
       —Acepta la vida, Edelshtein.
       —Aprecio tu consejo, viniendo de un muerto.
       —Ayer tuve noticias de Hollywood, van a llevar al cine uno de mis relatos. Así que ahora vuelve a decirme quién está muerto.
       —El muñeco que el ventrílocuo tiene sobre las rodillas. Un pedazo de madera. Es el lenguaje de otro y el muñeco muerto está ahí sentado.
       —Lumbrera, ¿es que ahora quieres que hagan películas en yiddish?
       —En el Talmud, salvar una sola vida equivale a salvar el mundo. ¿Y si salvas una lengua? Entonces tal vez salves mundos. Galaxias. El universo entero.
       —Hersheleh, el Dios de los judíos cometió un error al no tener un hijo. Esa sería una buena ocupación para ti.
       —En lugar de eso haré de extra en tu película. Si la localización del shtetl está en Kansas, mándame dinero para los gastos. Iré a dar el color local que necesitas. Me pondré el shtrayml y me pasearé por ahí, para que al menos puedan ver a un judío de verdad. Por diez dólares más incluso hablaré la mamaloshn.
       —No importa en qué hables, la envidia suena igual en todas las lenguas —dijo Ostrover.
       —Una vez hubo un fantasma convencido de que todavía estaba vivo. ¿Sabes lo que le ocurrió? Se levantó una mañana, empezó a afeitarse y se cortó. Pero no le salió sangre. Ni una sola gota. Y como seguía sin creerlo, se miró en el espejo. Sin embargo, allí no había ningún reflejo, ninguna señal de su existencia. No estaba allí. Pero aún seguía sin creerlo, de modo que se puso a gritar, aunque no salió ningún sonido, nada de nada…
       No salía ningún sonido del teléfono. Edelshtein soltó el auricular, que quedó balanceándose descolgado.
       Buscó la libreta. Se registró a conciencia: los bajos de los pantalones tienen una rara habilidad para atrapar objetos necesarios. El número se había desprendido de su cuerpo, de su piel. Necesitaba a Vorovsky porque necesitaba a Hannah. Tal vez mereciera la pena telefonear a Baumzweig para pedirle el número de Vorovsky, Paula podía buscarlo; el número de Baumzweig sí lo sabía de memoria. Había individualizado su afán. Svengali, Pigmalión, Rasputín, el doctor (bromas aparte) Frankenstein. ¿Qué es lo que hace a un traductor? Es un oficio subsidiario. Parásito. En cambio, si se tratara de tu propia criatura… Busca a la joven Hannah y adiéstrala. Toda para ti. Ella había nacido en América, pero eso era una ventaja, porque en su paladar el inglés no se convertía en un gusano; además podía leer sus palabras directamente del original. Era sobrina de una mente vencida; sin embargo, puesto que los genes en realidad son Dios, si Vorovsky tenía algún talento para la traducción, ¿por qué no la sobrina? O la otra. La rusa. Aquella de la Unión Soviética que había escrito dos estrofas en yiddish. ¡En yiddish! ¡Y con solo veinte años! Nacida en 1948, el mismo año en que simularon la Conspiración de los médicos, Stalin ya muy atareado con el exterminio de judíos, Markish, Kvitko, Kushnirov, Hofshtein, Mikhoels, Susskin, Bergelson, Feffer, Gradzenski el de la pata de palo. Todos aniquilados. ¿Cómo sobrevivió el yiddish en boca de aquella muchacha? Alimentado en secreto. Se lo habría enseñado un abuelo obsesivo, un tío loco: marranos. El poema reeditado, como ellos dicen, en occidente. (¡Occidente! Si un judío habla de “occidente” suena a imbécil. En un charco, ¿dónde está el occidente, dónde está el oriente?) Flores, cielo azul, la muchacha anhela el fin del invierno: qué bonito. Una nadería, ¡y lo tratan como si fuera un prodigio! ¡Una aberración! ¡Un milagro! Porque está compuesto en la lengua perdida. Como si un chiquillo napolitano hiciera sus primeros balbuceos en latín. Ni siquiera eso. Unos versos insignificantes. La muerte infunde respeto. Qué riqueza tiene el ruso, qué directo es. “Hierro” y “arma” son la misma palabra. Una lengua fuerte, una lengua mundial. Se visualizó a sí mismo traducido al ruso, encubiertamente, por la hija de los marranos. Circular de mano en mano en manuscritos clandestinos: ser leído, ¡leído!

    Entiéndeme, Hannah: que el tesoro de nuestra lengua provenga de los extranjeros no significa nada. Noventa por ciento de raíces alemanas, diez por ciento eslavas, eso es irrelevante. El hebreo se reconoce sin porcentajes. Nosotros somos un pueblo que ha sabido forjar el lenguaje de la necesidad a partir del lenguaje de la fuerza. Nos preciamos de ser una nación de eruditos, pero es una reputación prácticamente hueca. En realidad somos una masa de gente trabajadora, de obreros, de taladores de madera, créeme. Leivik, nuestro principal poeta, era pintor de brocha gorda. Hoy en día todos son farmacéuticos, abogados, contables, dueños de tiendas de ropa de caballero; pero si rascas un poco verás que el abuelo del abogado se ganaba la vida en un aserradero. Así somos. Hoy en día el judío tiende a olvidar, todo el mundo tiene una profesión, nuestros jóvenes son todos catedráticos; parece que la justicia no corre prisa. La mayoría no se da cuenta de que esta época de calma solo es otro Interim. Siempre, como en una terrible tempestad wagneriana, tenemos nuestros interludios de descanso. Así es ahora. Una vez fuimos esclavos, ahora somos hombres libres, recuerda el pan de la aflicción. Pero escucha. Quien grita “¡Justicia!” es un esclavo liberado. Quien honra el trabajo es un esclavo liberado. Acusan a la literatura yiddish de sentimentalismo en este sentido. Muy bien, cierto. Cierto, ¡que así sea! Un enano sentado delante de una máquina de coser puede permitirse ablandar un poco el corazón. Vuelvo a Leivik. Sabía empapelar paredes. Una vez viví en un cuarto que él había empapelado, con un estampado de vides amarillas. En Rutgers Street, fue eso. Un buen trabajo, sin burbujas, sin esquinas levantadas. Y eso de un poeta con tendencias sumamente morbosas. Mani Leib remendaba zapatos. Moishe Leib Halpern era camarero, y de vez en cuando hacía arreglos en las casas. Podría citar a veinte poetas de purísima expresión que eran operarios, prensadores, cortadores. Además de remendar el calzado, Mani Leib era también tintorero. Te ruego que no pienses que estoy predicando el socialismo. A mi modo de ver la política es un estercolero. Lo que quiero decir es otra cosa: el trabajo es el trabajo, el pensamiento es el pensamiento. La política trata de mezclar ambas cosas, en especial el socialismo. La lengua de un pueblo oprimido se rige por las leyes de la pureza, separando lo impuesto de lo profano. Recuerdo a uno de mis viejos profesores. Solía pasar lista cada día y en la oficina de recaudación municipal declaró que su empleo era “encargado del control de asistencia”; así no cobraría por enseñar la Torá. ¡Y esto con cinco alumnos, que vivían todos bajo su techo y a los que además su mujer daba de comer! Quizá creas que eso es hilar muy fino, pero así actuaba alguien que distinguía entre lo que es necesario y la mera necesidad. Todos esos que se recrean pensando que el yiddish es “una rica mezcla”, y que en la esencia del yiddish reside la Alianza, la Divinidad, en las cosas humildes y las palabras humildes, son víctimas de una ilusión o de un engaño. El esclavo sabe exactamente cuándo pertenece a Dios y cuándo al opresor. El esclavo liberado que no olvida y es capaz de recordar el tiempo en que él mismo era un artefacto, conoce exactamente la diferencia entre Dios y un artefacto. Una lengua también sabe a quién sirve en cada momento. Ahora mismo estoy aterido de frío. Sin duda advertirás que cuando digo “liberado” me refiero a que alguien haya conseguido la libertad por sí mismo. Moisés, no Lincoln, ni Francisco José. El yiddish es la lengua de la autoemancipación. Theodor Herzl escribía en alemán, pero el mensaje se difundió en la mamaloshn. Dios, qué frío. Naturalmente lo importante es apegarse a lo que uno adquirió cuando era esclavo, incluida la lengua, y no hablar la lengua de los otros, pues de lo contrario acabas siendo igual que ellos, y adquieres su confusión entre Dios y artefacto, y en consecuencia su gusto por esclavizar, tanto a sí mismos como a los demás.

       ¡Esclavo de la retórica! Ese es el problema cuando utilizas a Dios como musa. Filósofos, pensadores, todos malditos. Los poetas lo tienen mejor: la mayoría son griegos y paganos, no creen en nada salvo en la religión de la naturaleza, en las piedras, las estrellas, el cuerpo. Este cubículo y celda. Ostrover ya lo había condenado a la cárcel, la pequeña cabina en este valle de nieve; un instrumento negro emitía pitidos colgado de una horca. Había algo blanco en el suelo, debía de ser la libretita. Edelshtein se agachó a recogerlo y se golpeó la mandíbula. Al otro lado de los cristales sucios vio que el cielo oscuro empezaba a clarear. El papel del suelo era un folleto.

“TODOS FORMAMOS LA GRAN FAMILIA DE LA
HUMANIDAD, PERO ALGUNOS SERES HUMANOS DEBERÍAN
CAER FULMINADOS.”

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PREGUNTAR POR ROSE O LOU
OS AMAMOS


       Edelshtein se sintió tocado e intrigado, pero distante. El frío lo iluminaba de una manera desconocida: su cuerpo era un vacío resplandeciente, despojado de órganos, limpio de desechos, los flancos internos de su ser convertidos en perfecto cristal iluminado. Un cáliz trasparente. En monedas solo llevaba una de cinco centavos y otra de diez. Con la de diez podía LLAMAR AL 5-2530 y recibir consejos apropiados a su impecabilidad, su transparencia. Rose o Lou. Contempló ese amor que proclamaban no sin asomo de burla. Qué variopinta y diversa es la imaginación del ser humano. La simplicidad de una ascensión lo atraía, su conciencia estaba alerta a la posibilidad de la levitación, pero la ignoró. Los discípulos de Rabí Moshé de Kóbriny también ignoraban las proezas que iban en contra de la naturaleza, no se asombraban de que su maestro estuviera suspendido en el aire; en cambio, cuando dormía… ¡el milagro de su pulmón, su respiración, el latido del corazón! Edelshtein salió tambaleándose de la cabina y lo asaltó la intensa luz del día. La profundidad de la nieve le succionó uno de los zapatos. La serpiente también prospera sin pies, así que se desprendió de los suyos y siguió reptando. Le daba pena perder los brazos, en particular las manos, y sobre todo los dedos, compañeros de la mente. Conocía sus ojos, su lengua, sus entrañas aguijoneadas. De nuevo sintió la tentación de ascender. El montículo era profundo. Lo burló abriéndose paso por él, taladrando pacientemente la nieve. Entonces quiso ponerse de pie, pero sin piernas no fue capaz. Indolentemente, se permitió elevarse. Se levantó solo lo necesario para ver las aceras nevadas, los montones que cubrían las alcantarillas y se apilaban contra las escalinatas de las casas, el comienzo del ajetreo matutino. Luz ascendente. Un portero con orejeras salió corriendo de un edificio, arrastrando una pala como si fuera una carretilla de hojalata. Edelshtein flotaba apenas a la altura de la cabeza del hombre. Vio la pala horadar la nieve, abrir un túnel, pero no había fondo, la tierra carecía de cimientos.
       Se encontró bajo un ala negra. Pensó que era la ceguera que precede a la muerte, pero se trataba solo de un toldo.
       El portero siguió cavando debajo del toldo. Edelshtein sintió un gusto a vino y creyó que estaba en su propia boda, el palio nupcial que cubría sus lentes empañadas con montura de oro, tapadas por el velo de Mireleh. Cuatro seres sostenían los postes del palio; uno, el primo de su mujer, el cartero; otro su propio primo, el droguero; dos poetas. El primer poeta era un pordiosero que vivía de la beneficencia institucional, Baumzweig; el segundo, Silverman, vendía medias elásticas de señora, de las que se recomiendan para las varices. El cartero y el droguero todavía estaban vivos, solo uno de ellos estaba jubilado. Los poetas eran fantasmas; Baumzweig, que se rascaba en la cama, también un fantasma, Silverman llevaba mucho tiempo muerto, más de veinte años… Lidele-shrayber lo llamaban, porque escribía canciones para el teatro popular. “Oda al pasaje de tercera clase”: “Recuerdo el hacinamiento de las bodegas, los harapos que rescatamos y que tratábamos como mortajas, los tiramos al divisar la orilla, renaciendo al traspasar la Puerta Dorada…”. Incluso en la Segunda Avenida 1905 ya era historia pasada, pero al oír la canción el público interrumpía el espectáculo con aplausos, fervor, lágrimas, aullidos, pidiendo más. Aceras doradas. América era la novia, y bajo su elegante vestido no había nada. Pobre Silverman, enamorado del brazo en alto de la estatua de la Libertad, ¿qué hizo en la vida, aparte de sostener un palio en un matrimonio vacío, sin progenie?
       El portero desenterró el pie de una estatua, una urna con una corona de piedra.
       Debajo del toldo, Edelshtein la reconoció. Arena, colillas, un ángel medio desnudo a horcajadas sobre la corona. Una vez Edelshtein vio un condón colgando de la estatua. ¡Bingo! El edificio de Vorovsky. No habrá Dios, pero ¿quién lo ha traído hasta aquí, si no el rey del universo? No debía de estar tan mal si hasta en medio de una tormenta de nieve podía encontrar su camino, había que ser un experto para distinguir un edificio de otro en este mundo desolado.
       Se metió en el ascensor acunando en brazos el zapato como a un recién nacido, un huérfano, una redención. Sería capaz de besar hasta un zapato.
       En el pasillo oyó risas, el ruido de las cisternas de los inodoros; el olor a café le llegó como una puñalada.
       Tocó el timbre.
       Las risas se oían tras la puerta de Vorovsky, ¡carcajadas!
       Nadie acudió a abrir.
       Llamó de nuevo. Nada. Golpeó la puerta.
       —¡Chaim, loco, abre! —Nada—. Llama un hombre muerto salido del frío, ¿no vienes a abrir? Date prisa, abre, soy un témpano de hielo, ¿quieres un hombre muerto en tu puerta? ¡Compasión! ¡Piedad! ¡Abre la puerta!
       Nada.
       Escuchó la risa. Era una risa con forma; con método, más bien: cierto principio, más próximo a la física que a la música, de elevarse en un arco antes de volver a hundirse. En el interior de esa forma había ladridos, aullidos, perros, lobos, jungla. Después de cada sobresalto, una grieta por la que caer. Hizo un yunque de su zapato, agarró el pomo de la puerta a modo de maza de hierro, y tiró. Tiró una y otra vez. La fuerza de un iceberg.
       Cerca del pomo, un panel se desencajó y se resquebrajó. No era culpa suya. Al otro lado había alguien poco acostumbrado a la cerradura.
       Oía a Vorovsky, pero vio a Hannah.
       —¿Qué pasa? —dijo la joven.
       —¿No me recuerdas? Soy el que anoche te recité mi obra de hace varios años, pasaba por el barrio de tu tío…
       —Está enfermo.
       —¿Qué, un ataque?
       —Toda la noche. Me he pasado toda la noche aquí. Toda la noche…
       —Déjame pasar.
       —Por favor, márchese. Ya se lo he dicho.
       —Quiero entrar. ¿Qué te ocurre? También yo estoy enfermo, ¡estoy muerto de frío! ¡Eh, Chaim! ¡Lunático, basta ya!
       Vorovsky estaba tumbado boca abajo en el suelo, amordazándose con una almohada como si fuera una piedra, enterrando la cabeza, aunque no servía de nada, la risa sacudía la almohada y salía en un aullido, más resonante, oscurecida. Reía y decía “Hannah” y seguía riendo.
       Edelshtein cogió una silla, la arrastró junto a Vorovsky y se sentó. La habitación apestaba como una letrina del metro.
       —Basta —dijo.
       Vorovsky se rió.
       —De acuerdo, la alegría está muy bien, sé feliz. Aquí se está caliente, yo tengo frío. Compadécete, chiquilla, dame té. Hannah. Deja hervir el agua. La carne se me cae a pedazos. —Se oyó hablando en yiddish, así que empezó de nuevo para ella—. Lo lamento. Discúlpame. Ha sido una idea terrible. Estaba en la calle perdido, buscando, y ahora que te he encontrado, lo lamento.
       —No es buen momento para una visita, simplemente.
       —Trae un poco de té también para tu tío.
       —No puede.
       —A lo mejor sí puede, que pruebe a ver. Alguien que se ríe así está preparado para un festín: flanken, tsimes, roslfleysh… —Y en yiddish añadió—: En el mundo venidero la gente baila así en las fiestas, todo son risas y alegría. El día después de la llegada del Mesías, la gente ríe así.
       Vorovsky, exclamó “Mesías” sin dejar de reírse y hundió la cara en la almohada, espurreando saliva. Su cara era una inundación: las lágrimas brotaban y volvían a contracorriente hacia los ojos, resbalaban por la frente, la saliva formaba charcos alrededor de las orejas. Escupía, lloraba, jadeaba, sollozaba, babeaba. Tenía los ojos inyectados en sangre, como acuchillados en las córneas; aún llevaba el gorro puesto. Reía, seguía riendo. Tenía los pantalones empapados, con la cremallera abierta, de vez en cuando los mojaba de nuevo. Se apartó de la almohada para tomar el té y trató de dar un sorbo con la lengua, como un animal lleno de esperanza; el vómito brotó al tercer trago, y entre arcada y arcada Vorovsky siguió riendo. Apestaba a cloaca.
       Edelshtein tomó el té con placer, le llegó a lo más hondo y se agarró a sus tripas más que el olor a café del rellano. Sin asomo de mezquindad o amargura, se alabó: ¡príncipe de la racionalidad!
       —Dale aguardiente, seguro que el aguardiente no lo echa —le dijo a la sobrina cuando empezó a descongelarse.
       —Bebió y vomitó.
       —Chaim, criatura —dijo Edelshtein—, ¿qué te ha puesto así? He sido yo. Estaba allí. Lo dije, dije tumbas, dije humo. Yo soy el responsable. Muerte. Muerte, soy yo quien la nombró. De la muerte te ríes, no eres ningún cobarde.
       —Si quiere tratar asuntos de trabajo con mi tío, venga en otro momento.
       —¿La muerte es un asunto de trabajo?
       Ahora la examinó detenidamente. Había nacido en 1945, en pleno auge de los campos de la muerte. A ella no le había tocado. Era inmune. Todo en su forma de comportarse la hacía parecer inmune, que para Edelshtein era como decir estadounidense. Y aun así no dejaba de ser una chiquilla exhausta, con la cabeza alborotada; y debía de ser excepcional para pasar la noche entera con el loco.
       —¿Dónde está tu madre? —le dijo—. ¿Por qué no viene ella a cuidar de su hermano? ¿Por qué recae sobre ti esa tarea? Deberías ser libre, tienes tu propia vida.
       —Usted no sabe cómo son las familias.
       La chiquilla era perspicaz: ¿qué sabía él de las familias, si no tenía madre, ni padre, ni mujer, ni hijos? Estaba aislado, era un superviviente.
       —Conozco a tu tío —dijo, aunque sin convicción: para empezar, Vorovsky tenía una educación—. Cuando está en sus cabales, tu tío no quiere sufrir.
       —¡Sufrir! —exclamó Vorovsky, desternillándose de risa.
       —A él le gusta sufrir. Quiere sufrir. Admira el sufrimiento. Todos ustedes quieren sufrir.
       Alfileres y agujas: Edelshtein sintió que las yemas de los dedos le hervían. Acarició el calor de la taza. Iba recuperando el tacto.
       —¿Ustedes? —preguntó.
       —Ustedes, los judíos.
       —Ajá. Chaim, ¿oyes eso? Tu sobrina Hannah ya está del otro lado, da igual que conozca la mamaloshn. En una sola generación, “ustedes, los judíos”. ¿No te gusta el sufrimiento, pequeña? ¿Y lo respetas, acaso?
       —Es innecesario.
       —Es fruto de la historia, ¿la historia también es innecesaria?
       —La historia es un desperdicio.
       América, la novia vacía.
       —Acertaste al pensar que había venido por trabajo. Sí, vengo por trabajo. Mi trabajo es puro desperdicio.
       —Hersheleh Sapo, Sapo, Sapo —dijo entre carcajadas Vorovsky.
       —Me parece que con usted se está poniendo peor —dijo Hannah—. Dígame lo que quiere y le daré el mensaje.
       —No está sordo.
       —Luego no se acuerda…
       —No tengo ningún mensaje.
       —Entonces, ¿qué quiere de él?
       —Nada. Quiero algo de ti.
       —Sapo, Sapo, Sapo, Sapo, Sapo.
       Edelshtein apuró el té y dejó la taza en el suelo, y contempló por primera vez la vivienda de Vorovsky; hasta ahora Vorovsky nunca lo había dejado entrar. Era una sola habitación, tenía el fregadero y la cocina detrás de una cortinilla de plástico, las estanterías estaban vencidas, no por el peso de los libros sino de revistas apiladas en horizontal, había una mesa pegajosa, un sofá cama, un escritorio, seis sillas de cocina y, a lo largo de las paredes, setenta y cinco cajas de cartón donde Edelshtein sabía que se guardaban dos mil ejemplares del diccionario de Vorovsky. Para su desgracia, Vorovsky había discutido con su editor, que le endosó la mitad de la tirada. Vorovsky tuvo que pagar dos mil diccionarios de matemáticas alemán-inglés, y ahora le tocaba a él venderlos, pero no sabía qué hacer, cómo encarar el asunto. Era su destino tragarse lo que antes había excretado. Por culpa de un tropiezo se había convertido en el dueño material de su vida; poseía lo que era, un esclavo, aunque invisible. Una serpiente hambrienta debe comer su propia cola hasta llegar a la cabeza y desaparecer.
       —Ya me dirá lo que yo podría hacer por usted —dijo Hannah llanamente, sin llegar a formular una pregunta.
       —“Usted” otra vez. Una distinción, una separación. Esto es lo que te pediré: erradica el “usted”, erradica el “yo”. Llegaremos a un entendimiento, nos reconciliaremos.
       La joven se agachó a recoger su taza y Edelshtein vio su bota. Tenía miedo de una bota.
       —Mira, tu tío me ha dicho que eres de los nuestros. O sea que eres escritora, ¿verdad? —dijo con suavidad, cordialmente.
       —Cuando usted dice “de los nuestros”, quiere decir judía.
       —¿Y acaso no eres judía, meydele?
       —No de esa clase.
       —¿Es que hoy en día han de existir clases? Buenos, malos, viejos, nuevos…
       —Viejos y nuevos.
       —¡De acuerdo! Dejémoslo en viejos y nuevos, muy bien, es un comienzo razonable. Dejemos que los viejos trabajen con los nuevos. Escucha, necesito un colaborador. Bueno, no exactamente un colaborador, ni siquiera es tan complicado. Lo que necesito es un traductor.
       —Mi tío el traductor está indispuesto.
       En ese momento Edelshtein descubrió que detestaba la ironía.
       —Tu tío, no. ¡Tú! ¡Tú! —gritó.
       Aullando, Vorovsky se arrastró hasta una torre de cartones y empezó a golpearlos con los talones, descalzo como iba. Hubo una alteración en su risa, que no tendía tanto hacia la teatralidad como al teatro mismo: se estaba divirtiendo, se entretenía, los payasos desfilaban entre sus piernas.
       —Tú salvarás el yiddish —dijo Edelshtein—, serás como un Mesías para toda una generación, toda una literatura. Naturalmente tendrás que ponerle empeño, ejercitarlo, porque requiere conocimiento, requiere un don, un temperamento, hace falta ser un poeta nato…
       Hannah, calzada con aquellas botas, se alejó con la taza sucia. Edelshtein oyó el grifo detrás de la cortinilla de plástico. Hannah apareció de nuevo y dijo:
       —Ustedes, los viejos…
       —¡Las páginas de Ostrover las besas!
       —Ustedes, los viejos celosos del gueto —dijo.
       —¿Y acaso Ostrover es joven, es un príncipe azul? ¡Escucha! No te das cuenta, no me sigues… Tradúceme, sácame del gueto, ¡es mi vida la que depende de ti!
       La voz de Hannah fue un azote.
       —Chupasangres —dijo—. No es un traductor lo que usted busca, sino el alma de otra persona. El empacho de historia le ha consumido la sangre, quiere alguien que lo suplante, un dibbuq
       —Dibbuq! Esas son las palabras de Ostrover. De acuerdo, necesito un dibbuq, me convertiré en un gólem, ¡no me importa, qué más da! ¡Dame tu aliento! ¡Insúflame la vida! ¡Sin ti soy una vasija de barro! —Desconsolado, gritaba—: ¡Tradúceme!
       Los payasos correteaban por la barriga encantada de Vorovsky.
       —¿Cree que tengo que leer a Ostrover traducido? —dijo Hannah—. ¿Acaso piensa que la traducción tiene algo que ver con lo que Ostrover es?
       —¿Quién te enseñó a leer yiddish? —la acusó Edelshtein—. ¡Una muchacha como tú, que conoce las letras que merecen la vida, y sigue siendo una ignorante! “Ustedes los judíos”, “los vuestros”, ¡vosotros, vosotros, vosotros!
       —Aprendí, mi abuelo me enseñó, yo no soy responsable de ello, no iba buscándolo. Era inteligente, una cabecita privilegiada, igual que ahora. Pero tengo mi propia vida, usted mismo lo ha dicho, y no tengo por qué desperdiciarla. Así que preste atención, señor Vampiro: ni siquiera en yiddish Ostrover pertenece al gueto. Ni siquiera en yiddish es uno de ustedes.
       —Ah, ¿no está en el gueto? ¿A cuál te refieres, qué gueto? ¿Dónde está, entonces? ¿En el cielo? ¿En las nubes? ¿Con los ángeles? ¿Dónde?
       Hannah meditó, era toda inteligencia.
       —En el mundo —le contestó.
       —En el mercado. Una arrabalera, un kokhlefl, se mete en todo: a ti te dará su autógrafo, a mí me conseguirá trabajos, escucha a todo el mundo.
       —Mientras que ustedes solo se escuchan a sí mismos.
       En la habitación se sentía un vacío.
       Edelshtein, embutiendo el pie en el interior de su zapato mojado por la nieve, habló al vacío.
       —¿Entonces? ¿No te interesa?
       —Solo la corriente dominante. No vuestros pequeños charcos.
       —Otra vez el gueto. ¿Acaso tu tío apesta a gueto? Licenciado en 1924 por la Universidad de Berlín, ¿Vorovsky apesta a gueto? Yo, cuatro libros divinos que no conoce ni un solo ser humano, ¿apesto a gueto? Dios, cuatro mil años después de que Abraham vagara por ahí con los judíos, ¿Dios también apesta a gueto?
       —Retórica —dijo Hannah—. Retórica literaria yiddish. Ese es el estilo.
       —Ostrover es el único que no apesta a gueto.
       —Tiene otra visión.
       —Querrás decir que tiene visiones. Ese hombre no conoce las cosas reales.
       —Conoce una realidad más allá del realismo.
       —¡Criaturas de las letras americanas! Y en vuestra lengua ¿no tenéis una retórica? —estalló Edelshtein—. Muy bien, lo ha conseguido, Ostrover es patrimonio del mundo. Un panteísta, un pagano, un goy.
       —Exactamente. Ha dado en el clavo. Un freudiano, un junguiano, alguien con discernimiento. Nada de cantinelas románticas. Un contemporáneo. Habla para todo el mundo.
       —Ajá. Eso me suena. ¿Para la humanidad, habla? ¿La humanidad?
       —La humanidad —reiteró ella.
       —¿Y hablar para los judíos no es hablar para la humanidad? ¿Es que no somos humanos? ¿Acaso no habitamos la faz de la tierra? ¿Nosotros no sufrimos? ¿En Rusia nos dejan vivir? ¿En Egipto no quieren matarnos?
       —Sufrid, sufrid —dijo ella—. Yo prefiero a los malvados. Ellos no piensan solo en sí mismos, y no sufren.
       De repente, mientras miraba a Hannah —Dios mío, un viejo mirando su cintura estrecha, y más abajo, donde se ocultaba la pequeña manzana de su útero—, de repente, de súbito, sin previo aviso cayó en un caos, en un trance de verdad, de realidad. ¿Era posible? Vio el reverso milagroso de las cosas, bendecido: todo era sencillo, nítido, comprensible, verdadero. Y de pronto entendió que el gueto era el mundo real, y el mundo exterior era solo un gueto. Porque de hecho, ¿quién vivía encerrado? ¿Quién era entonces el que estaba enterrado, apartado, habitado por la oscuridad? ¿A quién, en qué pequeño espacio, le ofreció Dios el Sinaí? ¿Quién se quedó con Taré y quién siguió a Abraham? El Talmud explica que cuando los judíos emprendieron el exilio, Dios también fue al exilio. Tal vez Babi Yar sea el mundo real, mientras que Kiev, con sus juguetes alemanes, o Nueva York, con toda su aterradora inteligencia, no sean más que ficciones, fantasías. Mera irrealidad.
       ¡Un capricho! Él era igual, toda la vida había sido igual que esta chica venenosa y salvaje, codiciando mitologías, espectros, animales, voces. La civilización occidental era la culpa que llevaba dentro en secreto, avergonzado por el pequeño estremecimiento de amor hacia sí mismo, estancado hasta pudrirse. ¡Alexéi, con su piel, una hoguera de deseo, sus camiones y sus trenes! Habría querido ser Alexéi. Alexéi, con sus juguetes alemanes y su latín. Alexéi, destinado a crecer en el ancho mundo, a escabullirse del gueto, a convertirse en un ingeniero de la civilización occidental. ¡Alexéi, te abandono! Únicamente en una prisión me siento en casa: la historia es mi prisión; el barranco, mi casa. Pero escucha: supongamos que el destino de los judíos es vasto, abierto, eterno, y que la civilización occidental está abocada a menguar, a marchitarse, a encogerse dentro del gueto del mundo. ¿Qué será de la historia entonces? Reyes y parlamentos convertidos en insectos; presidentes a la altura de las alimañas; su religión reducida a una hilera de muñequitas; su arte, una mancha en una caverna; su poesía, pura lujuria. Avremeleh: cuando caíste por el borde del barranco y diste con tu tumba, caíste por primera vez del lado de la realidad.
       A Hannah le dijo:
       —Yo no pedí nacer en el seno del yiddish. Fue algo que me vino dado.
       Quería decir que era un don, una bendición.
       —Pues consérvelo —dijo ella— y no se queje.
       Con toda la ferocidad del goce que lo embargaba, Edelshtein le dio una bofetada en la boca. El loco empezó de nuevo a desternillarse de risa. Solo en ese instante se dio cuenta de que se había callado. Un arpa muda. La maldita risa llenó la ausencia, pedazos de lo que parecía pimiento rojo colgaban del vómito que chorreaba por la barbilla de Vorovsky, los payasos se habían dado a la fuga, el gorro de Vorovsky con su pináculo de pieles le colgaba encima del pecho: estaba agotado, empezaba a caer en el temblor del sueño, dormía, daba cabezadas, estallaba en rugidos, hipaba, se despertaba, reía, una enorme pena se apoderaba de él, seguía riendo adormilado, la pena lo apresaba entre sus fauces.
       A Edelshtein le ardía la mano por el bofetón.
       —Tú —dijo—, tú no tienes ideas, ¿se puede saber qué eres? —De repente se le desprendieron de la memoria las palabras que dijeron los sabios acerca de Job, arrancado de su lengua como la lengua misma: “Nunca fue, nunca existió”—: ¡Tú nunca naciste, nunca fuiste creada! —aulló—. Te diré algo, y piensa que te habla un hombre muerto: ¡Yo por lo menos tuve una vida, por lo menos comprendí algo!
       —Muérase —le dijo ella—. Muéranse ya, viejos, muéranse todos, ¿a qué esperan? Colgados de mi cuello, primero él y ahora usted, hatajo de parásitos… Dense prisa y muéranse de una vez.
       A Edelshtein le quemaba la mano, era la primera vez que abofeteaba a una niña. Sintió lo que debía de sentir un padre. La muchacha había contenido el impulso instintivo de cubrirse la cara, por despecho, y Edelshtein vio su dentadura ligeramente apiñada, imperfecta, una nueva vulnerabilidad. De rabia, la chica moqueaba. Se le estaba hinchando el labio, por el golpe.
       —¡Olvídate del yiddish! —le gritó a la joven—. ¡Bórralo de tu cerebro! ¡Extírpalo! ¡Ve a que te operen la memoria! ¡No lo mereces, no mereces a un tío ni a un abuelo! ¡No hubo nadie antes que tú, nunca naciste! ¡Sales de la nada!
       —Viejos ateos —declaró ella a continuación—. Viejos socialistas muertos. ¡Qué aburridos! Me aburren mortalmente. Ustedes odian la magia, odian la imaginación, hablan de Dios pero lo odian, desprecian, envidian, devoran a la gente con su repugnante vejez… Son caníbales, todo lo que les importa es su propia juventud. Están acabados, ¡den una oportunidad a los demás!
       Sus palabras lo contuvieron. Se apoyó en el quicio de la puerta.
       —¿Una oportunidad para qué? ¿Acaso no te he ofrecido yo una? ¿Una oportunidad de por vida? ¿Que te publiquen ahora, de joven, en la tierna infancia, mientras das tus primeros pasos? No entiendes que traducido yo sería famoso. Hannah, escucha —dijo con amabilidad, tratando de congraciarse, razonando con ella igual que un padre—. No hace falta que te gusten mis poemas, ¿acaso te pido que te gusten? No te pido que te gusten, no te pido que los respetes, no te pido que los ames. A mi edad, ¿qué quiere un hombre, una amante o una traductora? ¿Estoy pidiendo un favor? No. Mira —dijo—, olvidaba decírtelo. Un trato profesional. Eso es todo. Negocios, ni más ni menos. Te pagaré. No pensarías que no iba a pagarte, ¿eh? ¡Dios nos libre!
       Entonces la muchacha se tapó la boca. Edelshtein se extrañó de tener tantas ganas de llorar; estaba avergonzado.
       —Hannah, por favor, ¿cuánto? Te pagaré, ya lo verás. Lo que quieras. Podrás comprarte todo lo que te apetezca. Vestidos, zapatos… —Gotenyu, ¿qué podía querer una salvaje como aquella?—. Te comprarás más botas, toda clase de botas, cualquier cosa que quieras, libros, todo —dijo sin dar tregua—. Te daré dinero.
       —No —dijo ella—, no.
       —Por favor. ¿Qué será de mí? ¿Qué tiene de malo? ¿Mis ideas no te parecen lo bastante buenas? ¿Quién te pide que comulgues con mis creencias? Soy un viejo, estoy acabado, ya no tengo nada que decir, todo lo que he dicho en la vida ha sido por imitación. Me gustaba Walt Whitman. Y también John Donne. Poetas, maestros. Nosotros, ¿qué tenemos nosotros? ¿Un Keats yiddish? Jamás… —Estaba avergonzado, así que se enjugó las mejillas con las mangas—. Negocios. Te pagaré —dijo.
       —No.
       —¿Porque te he puesto la mano encima? Perdóname, me disculpo. Estoy aún más loco que tu tío, deberían encerrarme…
       —No es por eso.
       —Entonces, ¿por qué? Meydele, ¿por qué no? ¿Qué mal te haría eso? Ayuda a un anciano.
       —Usted no me interesa. Tendría que interesarme —respondió ella con desolación.
       —Entiendo. Naturalmente. —Miró a Vorovsky—. Adiós, Chaim, recuerdos de Aristóteles. Lo que distingue a los hombres de las bestias es la capacidad para la risa. Así que buenos días, damas y caballeros. A seguir bien. Chaim, deseo que vivas hasta los ciento veinte años. La salud es lo principal.
       Salió a la calle. Era pleno día y el té lo había reconfortado. La calle resplandecía, las aceras. Había senderos serpenteantes en lugares insospechados, chocaban los trineos, la gente corría. Vio una tienda abierta y entró a telefonear a Baumzweig: marcó, pero se saltó un número y oyó un ruido metálico similar al gatillo de un arma, así que tuvo que marcar de nuevo. “Paula —ensayó—, me pasaré por ahí un rato, ¿de acuerdo? Para desayunar, a lo mejor.” Pero en el último momento cambió de idea y decidió llamar al 5-2530. Al otro lado de la línea contestó Rose, o Lou. Edelshtein le dijo a la voz de eunuco:
       —Creo, igual que ustedes, que algunos deberían caer fulminados. El faraón, Isabel la Católica, Hamán, ese exterminador rey Luis al que la historia llama “santo”, Hitler, Stalin, Nasser…
       —¿Es usted judío? —dijo la voz. Delataba un acento sureño, pero por alguna razón no creyó que fuera un negro, tal vez porque parecía una voz cultivada, pulida—: Acepten que Jesús es su Salvador y Jerusalén les será restituida.
       —Eso ya lo tenemos —dijo Edelshtein. Meshiekhtsayten!
       —La Jerusalén terrestre carece de significado. La tierra es polvo. El Reino de Dios está en el interior. Cristo liberó al hombre de la exclusividad judaica.
       —¿Quién excluye a quién? —dijo Edelshtein.
       —El cristianismo es el judaísmo universalizado. Jesús es Moisés al alcance inmediato de cualquiera. Nuestro Dios es el Dios del amor, vuestro Dios es el Dios de la ira. Mirad cómo os abandonó en Auschwitz.
       —No solo fue Dios, por si no se han dado cuenta.
       —Su pueblo es un pueblo de cobardes, nunca trataron de defenderse siquiera. Son pusilánimes por naturaleza, no saben empuñar un fusil.
       —Eso dígaselo a los egipcios —dijo Edelshtein.
       —Cualquiera que entra en contacto con ustedes se convierte en su enemigo. Cuando estaban en Europa, todas las naciones los despreciaban. Cuando se marcharon para ocupar Oriente Próximo, la nación árabe, de tez oscura como ustedes, gente de su misma sangre, empezó a odiarlos. Son ustedes el hueso que toda la humanidad tiene atravesado en la garganta.
       —¿Quién roe los huesos? Únicamente los perros y las ratas.
       —Hasta sus hábitos alimenticios son anormales, atentan contra el placer cotidiano. Se niegan a que un cordero se empape en la leche de su madre. No comerán un huevo fecundado porque tiene una gota de sangre. Salmodian mientras se lavan las manos. Rezan en una jerga corrupta, no en el bello inglés sacramental de nuestra santa Biblia.
       —Claro, Jesús hablaba el inglés del rey —dijo Edelshtein.
       —En cambio usted, después de Dios sabe cuántos años en América, habla con acento judío. Usurero, moishe.
       Edelshtein aulló por el auricular.
       —¡Amalequita! ¡Tito! ¡Nazi! ¡Los antisemitas sois una plaga en el mundo entero! ¡Por vuestra culpa se corrompen los niños! ¡Por vuestra culpa lo perdí todo, mi vida entera! ¡Por vuestra culpa no tengo traductor!



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