Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


La mariposa y el semáforo (1961)
(“The Butterfly and the Traffic Light”)
Originalmente publicado en la revista Literary Review, 5 (otoño 1961), págs. 46-54;
The Pagan Rabbi and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1971, 270 págs.)



… la palomilla por la estrella.
                  Shelley


      Jerusalén, esa ciudad fénix, no es conocida por el nombre de sus calles. Tampoco lo es Bagdad, ni Copenhague, Río de Janeiro, Camelot o Atenas, y tampoco Pekín, Florencia, Babilonia ni San Petersburgo. Estas capitales de fábula se erigen coronadas de pináculos y cúpulas, ornamentadas de filigrana, se nos aparecen al final de una llanura, tras una colina o una nube, amuralladas y protegidas por fosos de mitos y rumores antiguos. Están hechas de cobre, plata y oro; se cimientan en piedra blanca como la leche; los tronos resplandecientes de reyes ideales las enjoyan. Balconadas, parques, portalillos, columnas y estatuas, cocheras y caballerizas, azoteas, cocinas, hastiales, azulejos, torres de rubí, tejados relucientes, pavos reales, perros falderos, elegantes señoras, pordioseros, torres, enramadas, refugios, barberos, pelucas, jueces, patios y vinos de toda especie las colman. Aun así, a pesar de que vemos el destello del guijarro más insignificante bajo el pie más humilde en todas estas grandes sedes de leyenda, ni una sola de sus calles es famosa. Las vías públicas de las ciudades bellas son por algún motivo desconocidas, a menos, claro, que se piense en Venecia; pero un canal no es exactamente una calle. Los caminos, las avenidas, las plazas y los patios de las ciudades de antaño se han perdido para nosotros, no nos gusta pensar en ellos, surcan como arañazos perversos el fino esmalte de las villas doradas de nuestra imaginación; hemos olvidado la mayoría de ellos. No hay belleza en el corte transversal, queremos que nuestras ciudades, igual que nuestros deseos, permanezcan íntegras.
       Es distinto con los lugares de menor renombre o donde el tiempo aún no se ha dignado habitar. Es distinto, especialmente, en América. Nos dicen que Boston es nuestra Jerusalén; pero cualquiera que haya vivido allí sabe que Boston solo tiene una historia a medias. El honor, la pompa, las escenas sacras, las familias orgullosas, el Ateneo y la Sinfónica son insignias de Boston, pero a Boston le falta una tradición trágica. Boston nunca ha llorado. Ningún bostoniano ha cantado jamás, añorando su ciudad, “Que mi lengua se pegue al paladar si te olvido…”, entre otras cosas porque para hablar con acento bostoniano la lengua ya está en esa posición. De oídas conocemos Beacon Hill y Back Bay, el mercado de Faneuil y State Street: todo son cortes transversales, todo es mapa. Y el Palacio de Gobierno, con su cúpula dorada (poco importa que Paul Revere diera la primera capa de pan de oro, porque entonces era un hombre de negocios, no un mensajero a caballo), devuelve las rabiosas puestas de sol con una estridencia y un alarde que no se atrevería a ostentar, por vergüenza, ninguna Cartago poderosa y rica. No flota sobre Boston una neblina misteriosa. Cierto, los nombres de sus calles son insignes: Boylston, Washington, Commonwealth, Marlborough, Tremont, Beacon; y luego están las plazas: Kenmore, Copley, Louisburg, Scollay… Basta para demostrar que el conjunto, a diferencia de lo que ocurre con Jerusalén, no ha trascendido sus partes materiales. Boston tiene una historia de barrios. Jerusalén tiene una historia de historias.
       Las demás ciudades norteamericanas corren aún peor suerte. No es solo que carezcan de leyendas rudimentarias, que tengan nombres pedestres y burdos, la mitad acabados en burg y la otra mitad en ville, o que en ellas nunca haya sucedido nada. A diferencia de las antiguas capitales, no se enraízan en nuestra visión del mundo, ni nacemos conociéndolas como si las hubiéramos habitado en una migración anterior: pues nadie es extranjero en Jerusalén. Y a diferencia incluso de Boston, en la mayoría de las ciudades americanas no hay lugares emblemáticos, ni cementerios consagrados por el paso de los siglos (aunque la muerte sea famosa en todas partes), ni parques verdes que conmemoren una matanza, el asesinato de un poeta o un matrimonio de alta cuna. La ciudad norteamericana, por desgracia, carece de una identidad que insinúe una esencia inmortal; la reconocemos solo por los omnipresentes nombres de sus calles, unas veces Main Street, otras veces High Street, y muchas otras Central Avenue. La grandeza es esquiva con esas calles en las que todo son aspiraciones y ambición, pero no hay nada hacia lo que volver la vista atrás. Cicerón dijo que los hombres que no conocen los sucesos que les precedieron son como los niños. Sin embargo, una Main Street, una High Street o una Central Avenue carecen de pasado; o, mejor dicho, su pasado es el ahora. Qué culpa tienen los habitantes de que en esos lugares antes no hubiera nada. Tampoco merecen ser condenados si las vías públicas que vertebran su ciudad son ostentosas, ni si conceden una pátina egregia y falsos elogios a una Main Street, una High Street o una Central Avenue, o levantan minaretes y marquesinas como si su ciudad ya perteneciera al reino de los sueños y de la fábula. Pero allí donde una calle en particular se considera el centro de la vida pública, el lugar de visita obligada, la atracción principal, reconocemos el esbozo de una ciudad en ciernes. El fuego de la historia abrasa esas vanidades y esas divisiones. Cuando las calles llevan mil años olvidadas, nace la ciudad divina.


       En el pueblo de granjeros donde el artesano cervecero Buldenquist había decidido establecer su Poderosa Escuela, la arteria comercial primitiva se conocía como “el centro”, naturalmente, y luego como Main Street, un nombre más respetable, y después, con cierto afán codicioso por traer mejoras al municipio, como Buldenquist Road. Pero el Toro Sagrado se dedicaba a la fundación y la perpetuación de la agricultura científica y se mostró reacio a poner dinero en el pavimentado y otra clase de mejoras urbanísticas. Así que los próceres del pueblo (porque entonces el lugar era un pueblo, hinchado por las posadas y los salones que frecuentaban las hordas de jóvenes estudiantes granjeros), los próceres del pueblo se rascaron la cabeza en busca de alusiones históricas ancladas en el folclore local, pero no hallaron más que dos o tres viejos escándalos familiares, hasta que un día un viajante llamado Rogers le vendió al alcalde un “cartapacio”: un volumen holográfico, arrugado y roto, chamuscado y con salpicaduras varias, aunque por lo demás de aspecto bastante antiguo, que supuestamente contenía las anotaciones y los diarios de un tal coronel Elihu Bigghe. Se daba la grata coincidencia de que este misterioso militar había pasado por los alrededores durante la guerra con un batallón de doscientos soldados, como atestiguaba el documento, y había mantenido una escaramuza con el enemigo en el mismo lugar donde actualmente se ubicaba la estación de bomberos. La “guerra” era, según unos, la guerra civil, y según la autoridad categórica de otros, una de las guerras menores contra los indios; a fin de cuentas tampoco se podía esperar que Bigghe dejara caer esas pistas en su diario. En cualquier caso la escaramuza se consignaba con todo detalle: cien o más enemigos muertos, ninguno de los nuestros; noventa y siete de los suyos heridos, nuestros supervivientes todos sanos, a excepción de tres; el coraje de nuestro bando, la cobardía y la brutalidad del enemigo; y otras observaciones piadosas y patrióticas sobre el País, el Creador y la Caridad Cristiana. Más o menos una década después del extraordinario hallazgo, el alcalde se enteró del arresto de Rogers en algún lugar del este, por falsificación, y en su fuero interno empezó a preguntarse si no habría sido víctima de un engaño: pero a esas alturas los diarios de Bigghe ya estaban expuestos en una vitrina del vestíbulo con olor a desinfectante del ayuntamiento, los niños de la escuela iban a verlo con regularidad acompañados de sus maestros, el 4 de julio se daban discursos delante de la estación de bomberos para conmemorar la batalla y casi nadie recordaba ya que Bigghe Road había llevado en otros tiempos el nombre del mezquino artesano cervecero. ¿Y quién podía culpar a los habitantes del pueblo si, medio siglo después, empezaban a escribir “Big Road”? Porque a esas alturas el pueblo había crecido hasta convertirse en una ciudad, extensa y ruidosa.


       A Fishbein le parecía más bien la imitación de una ciudad. Aseguraba (si bien no era estrictamente cierto) que había visto todas las capitales de Europa, y aun así nunca había encontrado nada comparable a Big Road, ni en nombre ni en carácter. Le gustaba comentar que en Europa las calles se “empleaban”: las poblaba de pordioseros y marginados (“guardan su dinero e instalan sus camas en la calle”), y de multitudes que se congregaban para provocar disturbios o divertirse o hacer política (“en Moscú llenaron tres troikas de rusos blancos, hablo de los revolucionarios, y los mataron a tiros, a los rusos blancos, y luego soltaron en estampida a los caballos por la calle para que fueran sembrando la ciudad de cadáveres”; pero él nunca había estado en Moscú), y de viajeros decididos a alcanzar su objetivo y su destino (“Allí usan las calles para ir de un lugar a otro, que es su función original, n’est ce pas?”). Fishbein consideraba que, mientras que una ciudad existe por sí misma, una calle tiene un fin utilitario. En cambio saltaba a la vista que los usos de la calle principal de su ciudad quedaban en segundo plano. Fishbein opinaba que Big Road se había creado con el único fin de que hubiera un centro urbano consciente, del mismo modo que el núcleo de una célula manifiesta el carácter de dicha célula y garantiza su bienestar (“aunque —sostenía Fishbein— en la célula habría que dilucidar si la existencia del núcleo obedece a la de la célula o la existencia de la célula obedece a la del núcleo: en cambio, es obvio que una ciudad amorfa como esta requiere una centralidad de la que extraer la idea de forma”). Sin embargo, si la ciudad se hubiera modelado a partir de Big Road habría crecido a lo largo, como una serpiente, siguiendo giros caprichosos, y eso no había sucedido. Big Road crecía, avanzaba poco a poco y se extendía, pero la ciudad engullía una u otra granja y seguía ensanchándose sin más patrón que la exuberancia y la avaricia. Y si Fishbein tenía que recurrir a la biología, la botánica o la historia en busca de analogías, la ciudad podía enorgullecerse de que su avenida principal estimulara tales comparaciones.
       Big Road se transformaba según fuera de día o de noche, entre semana o fin de semana. A la luz del día la calle se llenaba de sombras, hiciera sol o lloviera, tanto en invierno como en verano, de manera que cada persona y cada objeto tenían su doppelgänger, persistente e inevitable. La calle parecía duplicar las cosas, como si uno recordara haberlas visto antes. Era la impresión que daba al mirar las tiendas y los rótulos, o a las ancianas de andar perezoso (todas con una mancha de colorete uniforme en el centro geométrico de las mejillas, como víctimas de una fiebre senil en peligrosa fase epidémica), o los semáforos colgados de los cables, o el aire cargado por el acento de los lugareños.
       Esta insistente sensación de reconocimiento fue el tema de una de las disertaciones favoritas de Fishbein a la acompañante de sus paseos.
       —¡Es América repitiéndose a sí misma! ¡Imitando sus peores hábitos! ¿Crees que no he visto lo mismo en todas partes? Es una urbanización simultánea y generalizada, casi puedes oír el grito del timonel: “¡Ahora todos juntos, muchachos!”. Esta farola la vi hace años en Birmingham, el mismo cuenco festoneado tambaleándose sobre un poste de forja. Por lo menos en Europa las farolas cambian de una ciudad a otra, tienen características individuales. ¡Y este semáforo! Si no hay ningún cruce, ¿qué pinta en un páramo como este? Te lo diré: lo ponen para hacerse pasar por una ciudad de verdad, y de paso fastidiar a los transeúntes lo bastante ingenuos para pararse. Y ese chasquido, ese destello y ese parpadeo, ¿por qué son exactamente iguales en todos los semáforos? Pura repetición, nada con significado propio…
       —A mí no me molestan, son como estatuas abstractas —replicó Isabel una vez—. Imagina que fuéramos forasteros de otra parte del mundo y los tomáramos por una especie de icono religioso, con un ojo rojo y un ojo verde. Sobre todo los que están en postes.
       Fishbein reconoció su propia tendencia a la fantasía, aunque más tosca, forzada y con un sesgo literal. La había enseñado a pensar así, pero ella era demasiado reacia a desprenderse de la lógica; no sabía dejarse llevar por la intuición.
       —No, no —objetó—. Entonces no sabes qué es un icono. Un semáforo jamás podría ser otra cosa que un semáforo. ¿Qué clase de religión tendría una sola versión de su deidad, una hilera de iconos idénticos en cada ciudad?
       Ella reaccionó rápidamente.
       —Una religión avanzada. Monoteísta, quiero decir.
       —¿Y qué te hace estar tan segura de que el monoteísmo es “avanzado? ¡Al contrario, querida mía! Tan absurda es la fijación con un Dios único como la fijación con una idea única, ¿no lo ves? El índice del progreso es la flexibilidad. El temperamento de los seres humanos varía tanto que ¿cómo iba a satisfacerlos a todos un solo Dios? Los griegos y los romanos tenían un dios para cada personalidad, del mismo modo que la Iglesia tiene un santo para cada estado de ánimo. Los salvajes, los hindúes y los católicos entienden todo eso. Son solo los judíos y sus imitadores los que insisten en un Dios unitario riguroso… No se me ocurre mayor desgracia para la historia: es la vía estrecha, igual que Dios imponiendo a Job su voluntad. La tragedia de la fábula es que Job no fue en busca de otro dios, uno más acorde con sus ilusiones. Es lo que habría hecho cualquier hombre sensato. Y entonces, ¿las pústulas no habrían desaparecido por sí solas? La Biblia dice claramente que no eran más que una alteración nerviosa psicógena, ¿no es eso lo que significa Satanás? No hay desastre que no nazca de la falta de imaginación; ya te lo he comentado otras veces, querida. La guerra de los macabeos, sin ir más lejos, por citar un suceso completamente incomprensible. Antíoco IV, entonces emperador de Siria, solo pretendía erigir una estatua de Zeus en el altar del Templo de Jerusalén, algo inofensivo, ¿a quién podía hacerle daño? No es que a Antíoco personalmente le importara Zeus lo más mínimo, porque era agnóstico: un filósofo, en cualquier caso. Era una jugada destinada únicamente a simbolizar la hegemonía siria. ¡No merecía una guerra! Un poco de amplitud de miras, ¿entiendes? Un poco de imaginación, un poquito de flexibilidad… Quiero decir que no tendría por qué no haber lugar para Zeus y Dios bajo un mismo techo… ¡Por eso los semáforos no servirían de iconos! No se han concebido con ánimo pluralista, son todos exactamente iguales. Los iconos, en cambio, deberían ser distintos unos de otros, ¿no te das cuenta? Un icono es solo una máscara, esa es la cuestión, una máscara figurativa que representa una idea.
       —En ese caso —volvió a intentarlo Isabel—, si un semáforo fuera un icono representaría dos ideas, detenerse y avanzar…
       —¡Detenerse y avanzar, virtud y vicio, lógica y ley! ¿Por qué siempre estás a un paso de moralizar, querida, cuando es una fiebre y no la moral lo que hace girar el mundo? ¿Acaso las máscaras sirven solo para mostrar la verdad? Pues no, también son para esconder, para inducir a error… Mira, es una máxima: una máscara revela, la otra oculta.
       —¿Cuál de ellas es mejor?
       —Depende de la que lleves en cada momento —le dijo.
       A menudo le hablaba de este modo paseando de noche entre el gentío de Big Road. A veces ella, demasiado beligerante para dejarse tocar, caminaba con las manos en los bolsillos, y Fishbein doblaba inesperadamente por una esquina y se enrollaba en el dedo una hebra de su cabello para que lo siguiera, como atada con una correa. Ella no oponía resistencia; casi no necesitaba que la guiaran. Entre el trajín nocturno parecían dos figuras oscuras, apagadas, y bajo una luna de otoño velada por la calima, una de esas lunas resplandecientes que se ven en las llanuras del Medio Oeste, Fishbein llegaba a una especie de tregua con la calle. No se trataba de una reconciliación, nada en términos tan amistosos; ni siquiera era un alto el fuego, solo un cese provisional de las hostilidades. Hacer las paces con Big Road habría sido lo mismo que hacer las paces con América. Y ya que eso era imposible, se dedicaba a flirtear con máscaras, y con iconos, y con el largo pelo castaño de Isabel.


       Al caer el sol ante la llegada del fin de semana, el jaleo de banderolas, desfiles, caravanas de coches descapotables curiosamente equipados desaparecía y los estudiantes salían a deambular por las calles. Se buscaban unos a otros con bromas o travesuras, brillantes y tentadores en la oscuridad del anochecer. El aire se llenaba de voces, los gritos subían por toda la calle celebrando la locura del viernes. Era el escenario de la liberación: las tiendas cerradas, pero con los escaparates iluminados, los maniquíes acechando desde sus jaulas de vidrio con sonrisas lascivas pintadas y ojos malévolos; y entonces terminaba la película de piratas (estamos en 1949, mis valientes) y aparecía una larga cola de estudiantes, radiante como una sarta de perlas, que pasaban junto a los pasquines con mares escarlata embravecidos, fragatas de altos mástiles y bellezas morenas de gesto despavorido, salían del palacio perfumado para meterse de nuevo en las tiendas de golosinas o las heladerías. Dulce, dulce, todo era dulce, delante de los escaparates, entre los automóviles que pasaban despacio y bajo las farolas repetitivas de las calles y aquella luna singular. En las aceras las chicas brotaban igual que las flores de un tapiz, sus cabezas erguidas y cuellos esbeltos parecían pétalos tejidos meciéndose sobre los tallos. Llevaban vestidos vaporosos y sobre los hombros chaquetillas cortas como chales; iban sin medias, sus piernas torneadas desnudas se movían atrevidamente en medio de un torbellino de faldas de todos los colores del arco iris; el hueso blanco de sus tobillos cortaba la brisa. Una especie de gula atraía a Fishbein hacia las chicas.
       —Mira aquella —decía consumido por el ansia, volviéndose cuando pasaban para contemplar sus andares, para ver los filamentos de sus vestidos flotando por debajo de sus brazos en un gesto, y cómo sus pupilas centelleaban con la frialdad de los ojos de las arañas.
       Y se detenía hasta que Isabel también se daba la vuelta y las miraba.
       —¿Te da envidia no ser una de ellas? —le preguntó—. Pues consuélate.
       Pero se dio cuenta de que ella observaba su avidez y analizaba su admiración.
       —Alégrate —volvió a decirle—. Ellas no son libres de llegar a ser ellas mismas. No son como tú.
       —No —respondió Isabel—, son más bonitas.
       —Se corromperán. El tiempo acabará arrollándolas. Gozan de un solo momento en la vida, igual que las mariposas.
       —Da gusto contemplar a las mariposas.
       —No se puede negar que es una alegría, querida, pero una alegría envenenada. Entronca con la conciencia de la muerte inexorable. La mariposa nos atrae no solo porque es bella, sino porque es efímera. La oruga es más fea, pero da una alegría mayor, que es la transformación. El destino de la oruga es florecer. El de la mariposa, en cambio, es pudrirse.
       Se detuvieron, mientras a su alrededor se arremolinaban y susurraban las chicas con sus vestidos tenues y sus chales, y su pelo dorado, pelo platino, pelo moreno, su pelo castaño y rosa. ¡Qué delicia de juventud! Todo era dulzura entre esos planteles alborotados, llenos de cintas y lazos de raso, adornados con piedras preciosas de fantasía, piedras preciosas prendidas en un escote, engarzadas en un broche o incluso en la montura de unas gafas. Fishbein se dejó envolver por la alegría ajena y se meció en su poderoso oleaje. De una tienda de discos salía el ritmo desenfrenado del jazz, los ojos se desenrollaban como bobinas de hilo de seda y buscaban a tientas otros ojos, las risas de las chicas sacudían la calle. Y Fishbein, detenido en medio del remolino, de repente se vio arrojado de nuevo a la batalla con la calle y con América, donde todo era ilusión y toda ilusión desembocaba en desengaño. ¿De qué le servía entonces dirigir una oda a las deliciosas jóvenes, para qué cantar a las lánguidas y encantadoras muchachitas de noviembre, a las gráciles y ociosas muchachitas de voz cristalina, si el deterioro las acechaba de cerca, si veía cómo los gusanos descomponían ya sus efímeras joyas?
       Entretanto Isabel esgrimía la lógica.
       —Pero la única diferencia es que el futuro de la oruga es más largo, y por eso su destino se ve más lejano. Al final morirá también.
       —No, no, nunca —dijo Fishbein—. Solo la mariposa muere, y entonces hace mucho que ha dejado de ser oruga. La oruga no muere nunca. Ni morir ni ser inmortal, querida mía, eso es lo envidiable de vivir siempre en el hermoso filo de la transformación. En eso consiste ser extraordinario, ¿no te lo había explicado ya? —Meditó para sí—. Sí, claro, el primer día. Siempre es mejor empezar por el final, con la imagen de lo que se desea alcanzar. Si hubiera empezado por el principio te habría aburrido, te habrías marchado… En mi reino ideal, pequeña, todo el mundo, incluso los muy viejos, se entregará al apasionante proceso de encontrar y cultivar su ser esencial. El aburrimiento será antinatural, como una maldición, o malsano, como una plaga. Todo el mundo será extraordinario.
       —Pero si todos los habitantes fueran extraordinarios —objetó Isabel—, nadie sería extraordinario.
       —Querida, querida, ¿por qué te empeñas en insistir con la dialéctica? Por ese camino nunca se ha encontrado ninguna verdad. Hay millones de orugas, y ni una sola de ellas va a morir, y todas ellas son extraordinarias. Tu propósito —le recordó mientras se adentraban en el barrio apenas iluminado que se extendía por detrás de Big Road— es evitar convertirte en una mariposa. Vamos —le dijo, y la tomó de la mano—, vivamos para eso.



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