Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


La maleta (1971)
(“The Suitcase”)
The Pagan Rabbi and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1971, 270 págs.)



      El señor Hencke, el padre del artista, era alemán, arquitecto y viajero, no particularmente en ese orden de importancia. Pilotó un Fokker para el káiser, pero apenas quedaba nada en él del antiguo aviador; quizá un movimiento brusco de los hombros, común en los militares, que hacía sobre todo cuando estaba a punto de conocer a alguien. Más que por haber servido en el temible y estricto Ejército del Aire, ese gesto ocultaba clandestinamente su timidez. Tenía una cara alargada y adusta, atravesada por la línea de la boca como un hilo suelto en un saco de arpillera, y tan llena de agujeros como un campo de batalla. Bajo una lupa, su piel habría revelado cráteres lunares. De niño había pasado la viruela. Vivía en un caserón de ladrillo ocre en Virginia, y ya no pensaba en sí mismo como alemán. No tenía pensamientos alemanes, salvo en cierto sueño recurrente en el que siempre cabalgaba desnudo y a pelo agarrado a las crines negras y húmedas de un caballo, gritando: “Schneller, schneller”. Con la lentitud de la angustia se deslizaban por unos pastos que recordaba de la infancia, pasaban junto al molino y se adentraban en una pradera verde interminable salpicada de botón de oro. A veces el caballo, aunque no cabía duda de que era un semental, parecía ser al mismo tiempo su mujer, que estaba muerta. Lamentaba que su hijo se llamara igual que él, ¡vaya un nombre para que un chico sobreviviera en Yale! Si tuviera que volver a escoger un nombre, le pondría John.
       “¿Dónde dejo la bolsa?”, le preguntó a Gottfried, que estaba pagando a los transportistas y no le oyó. Su padre alcanzó a ver un intercambio de billetes. Los transportistas empezaron a colocar hileras de sillas plegables, y supuso que Gottfried les había dado una propina para que lo hicieran. Gottfried lo había organizado todo solo: alquilar el almacén, convertirlo en una galería de arte, e invitar al célebre crítico para que asistiera y presentara la inauguración. Incluso había un rótulo balanceándose sobre la ventana del local que daba a la calle Cincuenta y tres Oeste, donde se leía “Galería Anónima”; una broma metafísica. Gottfried no era anónimo, porque se había casado con alguien. Alguien con un apellido, a quien le caían unas rentas de cincuenta mil dólares al año: una preciosa joven de Chicago, de sangre azul, cuello esbelto y pelo negro, con modales dulces e impecables y voz de pajarito. El señor Hencke había pasado dos cenas íntegras en su compañía antes de comprender que la chica carecía de vocabulario, no se enteraba de nada, exclamaba por nada, se aburría con nada. Era tonta de remate. Como no tenía nada que hacer —en casa había cocinera, doncella e institutriz—, difícilmente podía superarse, y dedicaba los veranos a cultivar su etereidad. El señor Hencke estaba retirado; su hijo, en cambio, nunca podría retirarse porque nunca había trabajado. A Catherine le gustaba que se quedara en casa, que arrullara al bebé de vez en cuando, que pusiera discos, que bailara y que cada tanto despidiera a la institutriz, de quien ella solía acabar sospechando costumbres depravadas. De todos modos Gottfried iba cada día hasta Lexington Avenue, al norte de la ciudad, donde tenía alquilado un apartamento contiguo al de una tal señora Siebzehnhauer, al que llamaba su estudio y donde se dedicaba tímidamente a la pintura. A través del tabique alcanzaba a oír los quejidos del reloj de cuco de la Selva Negra que había en casa de la señora Siebzehnhauer. A veces se sentía cansado, así que puso una cama. En esa cama recibía a su amante judía.
       El célebre crítico ya había llegado y examinaba los cuadros de Gottfried. Escrutaba los lienzos uno por uno, resollando, tan de cerca que limpiaba el polvo del marco con la punta de su perilla a la moda. Los cuadros de Gottfried recorrían sin descanso las paredes, y el célebre crítico iba tras ellos. No era crítico de arte; era crítico literario, un crítico “cultural”; hablaría sobre el significado de la obra en términos del Zeitgeist. Su caché por conferencia era elevadísimo; el señor Hencke esperaba que su opinión fuese la mitad de elevada. Ni siquiera él mismo sabía muy bien qué pensar de los empeños de Gottfried. Sus lienzos estaban llenos de trampantojos ocultos, y resultaban tan abrumadores para las expectativas rutinarias de la retina que, una vez el ojo se apartaba, se producía una vibración en el fondo de la pupila y las pinturas empezaban a hablar a través de la imagen residual que imprimían. Todo resultaba desconcertante, todo parecía pegado en un plano sin volumen: franjas, esquinas, ángulos, tajadas. Al señor Hencke lo amenazaba a veces la sensación de que Gottfried se hubiera limitado a recortar los planos de un viejo edificio de oficinas con unas tijeras diminutas. Las pinturas eran todas en blanco y negro, pero había dibujos a sanguina, esbozados en su mayoría a base de puntos, que revoloteaban arriba y abajo como las notas de una partitura. El célebre crítico los observaba con solemnidad febril e iba tomando notas en una servilleta de papel que había encontrado en la mesa donde se servía el aperitivo.
       —¿Dónde dejo mi bolsa? —le preguntó el señor Hencke a Catherine, que justo en ese momento pasaba agarrada del brazo de la amante de Gottfried.
       —Ah, déjela en cualquier sitio —se adelantó Genevieve.
       —Papá, esta vez tienes que quedarte en casa. Puedes instalarte en la habitación grande de arriba —dijo Catherine, con toda la cortesía y el aplomo que fue capaz de reunir.
       —He hecho una reserva en un hotel muy agradable —dijo el señor Hencke.
       —Nada podría ser más agradable que la habitación grande de arriba. Acabo de hacer que le cambien las cortinas. Papá, ahora son todas amarillas —dijo Catherine con su sonrisa complaciente de rigor; y el alma de su suegro, un alma vaporosa como dictan las convenciones, y en la que él creía tan a ciegas como cualquier campesino, se estremeció con el leve temblor de un pelo en la crin del caballo, y le pareció que le rozaba su mejilla de arpillera: no en vano era el padre de un artista, tenía debilidad por el amarillo, todavía recordaba la ladera del molino, salpicada de botón de oro.
       —Kitty, eres de lo que no hay —dijo Genevieve—. ¿Cómo pretendes encerrar a un soltero de los de verdad en el desván de tu viejo caserón asfixiante?
       —Soltero no, viudo —puntualizó el señor Hencke—. No es exactamente lo mismo.
       —En definitiva sí es lo mismo —dijo Genevieve—. No puede dejar que lo metan allí arriba, ha de ser libre para entrar y salir, para llevar y traer a gente cuando le plazca.
       —Es una casa bonita. No es asfixiante, es muy espaciosa y aireada. Incluso se huele el río. Es una casa elegante en una calle elegante —protestó Catherine.
       —Una casa magnífica —coincidió el señor Hencke, aunque en secreto despreciaba el ladrillo rojizo de Nueva York—. Solo me parece que a Gottfried le incomoda mi presencia. Así que, en aras de la armonía familiar, prefiero el hotel.
       —Papá, Gottfried prometió que esta vez no habría pelea.
       —¿Y por qué se pelean, si puede saberse? —preguntó Genevieve.
       —Papá cree que Gottfried debería buscarse un empleo. Y no hay ninguna necesidad —dijo Catherine.
       —Rockefeller tampoco tiene necesidad —dijo el señor Hencke—. Pero no verás ocioso a ninguno de los Rockefeller. Todos y cada uno de los Rockefeller tiene un empleo.
       —Ah, estos luteranos —dijo Genevieve—. Estos luteranos y su terrible ética protestante del trabajo.
       —Papá, Gottfried nunca está ocioso. Es que tú no sabes, no tienes idea. Va a su estudio todos los días.
       —Y se echa a dormir en la cama.
       —Por favor, papá, no pensarás que Gottfried podría montar esta gran exposición si nunca hiciera nada, ¿no te parece? Trabaja de verdad, papá, es artista, qué más da que tenga una cama ahí arriba.
       —Bueno, bueno —dijo Genevieve—, eso no es justo, todos los Rockefeller tienen también una cama, Kitty tiene razón.
       —Me gustaría que me dijeras dónde dejar mi bolsa —dijo el señor Hencke.
       —Déjela ahí encima —sugirió Genevieve—, con mis cosas. Mire, en esa silla detrás de la barra, donde está el barman… No, aquel, el que se está poniendo una chaquetilla blanca… He dejado la cartera encima, debajo de mi abrigo. ¿Lo ve? ¿Ve ese abrigo lleno de dibujos geométricos en blanco y negro? A lo mejor alguien piensa que es una de las piezas de Gottfried y lo compra por novecientos dólares —dijo Genevieve, y Catherine se rió igual que un gorrión—. Puede poner la maleta encima de mi abrigo de novecientos dólares, así no estará en el paso. Dios, cuánta gente hay ya.
       —Mandamos programas a todo el mundo —dijo Catherine.
       —No creas que vienen por Gottfried —dijo el señor Hencke.
       —¿Qué quieres decir, papá?
       —Quiere decir que vienen a oír a Creighton MacDougal. Mira, ahí está toda la pandilla del Partisan Review… Ahí no, allí detrás, cerca de las escaleras. Siempre reconozco a la gente del Partisan Review, tienen cara de caballa recién pescada, con el anzuelo aún en la boca.
       —A lo mejor son marchantes —dijo Catherine, esperanzada—. O gente de algún museo.
       —Son gente de MacDougal. Él y sus notas, no hay quien se resista. Qué ganas tengo de oírle hablar de cómo Gottfried representa la revuelta existencial contra Freud.
       —Gottfried puso algo sobre Freud en el programa. ¿Ya has visto el programa, papá? Hizo una especie de prefacio. No es que lo escribiera, son solo citas. Una de ellas es de Freud, me parece.
       —No es de Freud, querida, sino de Jung —dijo Genevieve.
       —Bueno, sabía que era algún psiquiatra judío famoso —dijo Catherine—. Ven, Gen, vamos a buscar un programa para papá.
       —Ya lo buscaré yo, no te molestes —dijo el señor Hencke—. Primero voy a dejar mi bolsa.
       —Jung no es judío —dijo Genevieve.
       —¿Ah, no? Querrás decir que era, supongo. ¿No está muerto?
       —No es judío —dijo Genevieve—. Por eso sigue vivo.
       —Pensé que estaba muerto.
       —Todo el mundo muere —dijo el señor Hencke observando a la multitud. Parecía la cola de visitantes del zoológico; formaban una soga gruesa y deshilachada y deambulaban lentamente siguiendo la larga colección uniforme de los cuadros de Gottfried, deteniéndose a observar cada uno como si fuera la jaula de una bestia insólita.
       —Parece un campo de concentración —dijo Genevieve—. Todo el mundo mirando a través del alambre de espino, esperando el rescate y sabiendo que no sirve de nada. Eso es lo que parecen.
       —Espero que algunos sean marchantes, por lo menos.
       —No querrás que ponga mi bolsa de viaje encima de tu abrigo, Genevieve —dijo el señor Hencke—. Voy a aplastar tus cosas. Dejaré la bolsa detrás de la silla, será lo mejor.
       —¿Sabéis a qué me recuerdan las obras de Gottfried? —preguntó Genevieve.
       El señor Hencke se dio cuenta de que quería provocarlo. El comentario que había hecho sobre por qué prefería un hotel a ir a casa de su hijo, aquello de llevar y traer a quien quisiera, sin duda se refería a las prostitutas. Estaba ofendidísimo. Él jamás frecuentaba prostitutas. Sabía, en cambio, que Gottfried a veces lo hacía, pero Gottfried aún era joven; curiosamente, en América tener más de treinta y siete años, e incluso una calvicie incipiente, como Gottfried, apenas interfería con el deseo de seguir siendo joven. Así que Gottfried no solo era un hombre en la flor de la edad, sino que llevaba todas las trazas de mantenerse igual durante años y años; mientras que la pobre Catherine, que quizá en los círculos sociales y económicos fuera alguien, en el sexo seguramente era un cero a la izquierda. Nadie podía negar que tenía una cinturita encantadora, y un cuello esbelto y perfumado, siempre un poco inclinado hacia delante (¿sería corta de vista y no se daba cuenta?), y todo su cuerpo delataba unos modales excepcionales, incluso el movimiento de marioneta de sus muslos inmaculados bajo el vestido blanco: por eso Gottfried recurría a veces a prostitutas, y a veces —en las grandes ocasiones, como la inauguración de la Galería Anónima— Genevieve llegaba desde una ciudad del Medio Oeste; vivía en Cincinnati, o en Boise o Columbus, o quizá en Detroit.
       —Me recuerdan a esvásticas hechas jirones —anunció Genevieve—. Cada maldita cosa que hace. Esa terrible precisión. Hasta la última de ellas me parece un montón de esvásticas hechas jirones, ¿me entendéis?
       Sabía lo que Genevieve quería que entendiera: ella despreciaba a los alemanes, incluso ahora lo consideraba un simpatizante de los nazis, un antisemita, un Eichmann. Era de las que, veinte años después de la guerra de Hitler, no se compraba un Volkswagen. Abundaba en gestos morales aborrecibles, ¿y en contra de qué? ¿A quién se podía culpar por la historia? No hacía falta un filósofo (aunque él se inclinaba hacia Schopenhauer) para entender que la historia era una fuerza en sí misma, igual que la evolución. Allí estaba él, acomodado en América, sin más penurias que un ligero racionamiento del azúcar y comprando bonos de guerra como un ciudadano más, mientras su hermana, una mujer inocente, una intelectual, leal amante de Heine y capaz de recitar de memoria Der Apollogott y Zwei Ritter y König David y otros diez o doce más, perdía su hogar y a una hija de once años en un bombardeo de la Fuerza Aérea Británica sobre Colonia. Margaretchen se había trasladado de Frankfurt a Colonia después de casarse con un instruido fabricante de champú. Una tragedia horrible. Ni siquiera la gran catedral se había salvado.
       —Estaba segura de que Gottfried había usado a Freud para eso de las citas —objetó Catherine.
       —Gottfried jamás citaría a Freud, Kitty, solo lo avergonzaría. ¿Sabes lo que dijo Freud? “Difícilmente puede concebirse un artista abstinente.” Se refería al sexo, querida, no a la bebida.
       —Gottfried no bebe casi nunca.
       —Eso es porque es un místico y un romántico, pobre tontorrón. Kitty, de verdad deberías hacer algo para restarle a Gottfried un poco de sobriedad, su trabajo sería muchísimo mejor. Un poco menos de Apolo, un poco más de Dionisos.
       Catherine se rió con disimulo exactamente como si hubiera captado una broma invisible, pero entonces se dio cuenta de que los transportistas habían olvidado montar la mesa del ponente, así que se excusó con gran cortesía, dedicándole su sonrisa diligente y atenta con tal fervor y buena crianza que hizo que a su suegro le rugieran los intestinos públicamente. El padre del artista odiaba a su nuera, y no podía soportar compartir techo con ella ni siquiera una noche; su conversación lo deprimía y le provocaba sueños malignos y sudorosos: a veces soñaba que estaba en la ciudad de su hermana y la bomba salía proyectada de su propia barriga, y luego su sobrinita muerta rodaba a su lado, como en una plataforma giratoria en la nave devastada, tapada únicamente por sus rubios cabellos. Al otro lado de la sala, Catherine supervisaba la colocación del atril; oyó los arañazos en el suelo entre el creciente rumor de voces.
       Entretanto Genevieve seguía a lo suyo.
       —Señor Hencken, usted sabe perfectamente que Jung flirteó con los nazis. Es de dominio público. Cuando los nazis llegaron al poder dejó que expulsaran a todos los judíos del colegio de psicología, y siguió presidiéndolo sin decir nunca una palabra en contra de lo que sucedía. Luego fueron todos asesinados.
       —Gnädige Frau —dijo él; y la maleta se le cayó al suelo, como por un sobresalto. Desde la muerte de su mujer no había articulado ni una sola vez una sílaba en alemán, y de repente sentir aquella extrañeza, aquella familiaridad, brotando de su lengua como si funcionara por sí sola… Y para colmo algo tan inútil, una expresión absolutamente pasada de moda que habría sacado de alguna obra rancia y aburrida de antaño, tal vez Minna von Barnhelm, una expresión que no había dicho en toda su vida—. ¿Qué quieres de mí? —le dijo suplicante—. Soy un hombre de sesenta y ocho años. En sesenta y ocho años, ¿qué he hecho? No he hecho daño a nadie. He construido torres. ¡Torres! Nada más. Yo nunca he destruido.
       Levantó la maleta, que pesaba como una especie de tótem, caminó entre los corros hasta la mesa donde se servía el aperitivo y la dejó detrás de la silla, duplicada en volumen bajo el estampado del abrigo de Genevieve. El barman le ofreció una copa. La aceptó y evitó las paredes, donde no quedaba ningún espacio libre de las emanaciones aztecas de su hijo. Tomó asiento en una fila del medio y aguardó a que el ponente se acercara al atril. A sus pies había un folleto tirado. Era el programa. Vio que el tema de la conferencia sería “En la mente del ojo: Hencke y el nuevo cubismo”. Luego volvió atrás y bajo el título de “Los elegidos de Hencke” leyó un trío de extractos:


     “Schuppanzigh, ¿acaso crees que escribo mis cuartetos para ti y tu quejumbroso violín?”, Beethoven, al violinista que con voz lastimera se quejaba de que el cuarteto en la menor era imposible de ejecutar.

     “Vale más destruir una obra y negarla al mundo que no ir al límite en todo momento”, Thomas Mann.

     “Para el pueblo, estampas alegres; para los conocedores, el misterio que hay detrás”, Goethe.


       Los tres fragmentos llevaban la impronta de Genevieve. Buscó la cita de Jung y se encontró con que no había ninguna. Para Catherine, Beethoven y Freud eran la misma cosa, cargas indistinguibles e inextinguibles ambas. Sin duda, Genevieve le había contado que Schuppanzigh era otro psiquiatra judío perseguido por los nazis y Goethe un destacado Gauleiter. En cuanto a aquel idiota de Gottfried, leía las reseñas de arte del Times, nada más, y estaba suscrito a Art News: era dos tercios el dinero de Catherine y un tercio el cerebro de Genevieve, y demasiado cobarde en conjunto para agitar la mezcla. Catherine, al igual que todas las heroínas tontas, creía que Genevieve (licenciada en Smith en 1948, summa cum laude, miembro de la hermandad Phi Beta Kappa) se dedicaba a ella (graduada en la Escuela de la señorita Jewett en 1959, en trigésimo segundo puesto de una clase de treinta y seis alumnas) por afecto y entusiasmo. “A Genevieve le encanta Nueva York, no puede pasar mucho tiempo lejos de aquí” era una de las frases predilectas de Catherine; por desgracia, la decía como si recitara un epigrama. Se habían conocido en casa de Myra Jacobson. Myra Jacobson (también licenciada en Smith en 1948) era marchante de arte, una de las mejores —se decía que en realidad era un trampolín a la fama; el año anterior sin ir más lejos había lanzado a Julius Feldstein, el accionista—, y Catherine le ofreció cierta suma de dinero para que se ocupara de Gottfried, pero ella rehusó. “Hay que esperar hasta que esté maduro”, le dijo a Catherine, que lloró y lloró, hasta que Genevieve apareció igual que Polonio de detrás de un Jackson Pollock y le tendió un pañuelo naranja para que se sonara. “Vamos, vamos —dijo Genevieve—, no berrees por eso. Déjame ir a echarle un vistazo, no puedes saber si alguien está maduro sin palparlo.” Genevieve fue escoltada al estudio de Gottfried, contiguo a la casa de la señora Siebzehnhauer, miró la cama, miró a Gottfried, y palpó. Apretó con fuerza. No estaba maduro. Todavía era anónimo.
       De ahí la Galería Anónima: ocurrencia de Genevieve. Por supuesto fue para burlarse de Gottfried, y él, que sabía que era una burla, accedió por despecho. Gottfried, como la mayoría de los cobardes, no destacaba por su astucia. Catherine, en cambio, estaba infinitamente agradecida: una exposición era una exposición. Creighton MacDougal salió terriblemente caro, pero eso era de esperar de un hombre con barba. “Parecía —dijo Catherine en otro epigrama— Dios.”
       Aplausos.
       Dios estaba delante del atril, llenó un vaso de agua de un grifo de aluminio, absorbió las gotas superfluas a través de la parte superior de su perilla (la parte que sin la barba habría sido un bigote), carraspeó para sacar las flemas del esófago y empezó a hablar de la ballena blanca de Melville. El señor Hencke pasó diez minutos convencido de que el gran crítico estaba dando la conferencia de la semana anterior. Entonces oyó el nombre de su hijo.
       —El arte de la plenitud —dijo el crítico—. Aquí, al fin, no hay anhelo. Ninguna aleta de alabastro lanza señas en el horizonte. No hay horizonte. La perspectiva queda aniquilada. El complejo culminador del aula escolar y/o manicomio se impone al fin. Imaginen a un profesor que da la espalda a la clase, borrando la pizarra. Borra y borra. Finalmente, todo vuelve a ser negro, salvo por el palito del pie de una única letra, la letra jota: la jota, damas y caballeros, de justicia, o de Jesús. Así que solo queda un ápice del pie de esta letra jota por la que el borrador ha pasado de largo y ha dejado imborrada. Con esto me propongo precisamente ilustrar el arte de Gottfried Hencke. El arte de Gottfried Hencke se levanta de su asiento, se acerca a la pizarra y, con un movimiento singular, con un gesto rápido, mínimo y tremendamente exacto, se moja el meñique y restriega el pie de la jota borrándolo para siempre. Ese, damas y caballeros, es el significado del arte de Gottfried Hencke. Es un arte que no nace del hambre ni de la frustración, sino de la saciedad. Un arte, por así decirlo, para hombres con enjundia.
       Más aplausos: esta vez indecisos, como los del vulgo que confunde el cierre del primer movimiento con el final de la sinfonía.
       El grifo de aluminio chirría. Dios tiene sed. El auditorio observa la acción capilar del vello facial.
       —Damas y caballeros —continuó el crítico—. Yo también soy un hombre con enjundia. Enmascaro hábilmente mi papada con esta barba. Sin embargo, no siempre fui así. Imagínenme a los diecisiete años, esbelto, audaz, arrogante, aristocrático. Imaginen la nieve. Corro por la nieve. La blancura. La blancura, damas y caballeros, de la mismísima ballena de Melville, con la que inicié mi breve disertación. Todos los hombres inician su andadura en la cresta de la pureza y la esperanza. Ahora piensen en mí a los veinticuatro años. Acaban de expulsarme de la Facultad de Medicina. Damas y caballeros, mi deseo era curar. Curar, apreciado público. Piensen en mis lágrimas. Lloro humillado ante el decano. Suplico una nueva oportunidad. “No, hijo mío, no”, dice el decano, que es tan amable, tan bueno, y su mujer está inválida, en silla de ruedas. “Tendrás un arduo camino que recorrer. Abandónalo.” Pues bien, llevo ya treinta años tratando de curarme. Alegorías, bellas damas; alegorías, encantadores caballeros: confíen en mí para servirles fábulas, parábolas, las mejores de su especie en temporada. El arte de Gottfried Hencke es un arte intacto. ¿Hubo alguna vez una herida en él? Está curada. Ha sanado sola, todos nos curamos solos. Gracias, gracias.
       Dios saludó fervorosamente envuelto por el resplandor exaltado del aplauso final.
       Con corrección inescrutable, como mediando para conseguir una ganga en un bazar, Catherine presentó a su suegro a Creighton MacDougal. El señor Hencke se enterneció. Se sintió movido a albergar esperanzas con su hijo, y con el hijo de su hijo, que hasta entonces le había parecido prácticamente un imbécil. Empezó a hablarle al crítico sobre los aviones de antaño.
       —No, no —dijo mirando un par de ojos rojos como la gelatina—, el Fokker era el avión de combate, como todo el mundo sabe, pero el Hansa-Brandenburg lo hacía todo: ametrallaba, bombardeaba, hacía escarceos en combate aéreo y de vez en cuando un pequeño reconocimiento por encima del agua para buscar a vuestros barcos. De todo. Muy versátil, muy solvente. Al final los usamos mucho. En un principio ni siquiera teníamos los Fokkers. Solo contábamos con el Rumpler-Taube, que era una belleza. Se llamaba así porque parecía una hermosa gran paloma. A lo mejor lo conoce de las películas antiguas. Mi nuera dice que una vez vio uno en una película en el Museo de Arte Moderno. Lo de mi nuera me da un poco de miedo: estropea la estirpe, mala genética mental. Tengo un nieto de dos años, un niño lindísimo, pero mentalmente nulo. No mencionará usted nada de esto, ¿verdad? Se lo digo confidencialmente. Su cara me gusta. Guarda usted cierto parecido con mi padre: un hombre de la vieja escuela, como usted diría, muy estricto. Los chicos de hoy en día no toleran esas cosas. Nosotros también teníamos profesores de aeronáutica muy estrictos. Todos catedráticos. Sabían todo lo que hay que saber sobre un motor. Nos ponían a los mejores profesores. Supongo que en caso de emergencia todavía podría pilotar un Piper Cub o una máquina parecida. En aquellos tiempos todos eran de doble ala. Biplanos, sin cabinas cerradas. Llevábamos gorros de cuero. Cuando llovía era como si te cayeran agujas en los ojos. Podíamos subir solo hasta mil pies…, la altura del Empire State, ¿verdad? En el centro de una nube uno no tiene conciencia de estar en una nube, parece simplemente niebla. ¡Aquellos cascos de aviador! Cuando llovía olían igual que un matadero.
       Una jovencita vehemente que acababa de escribir la reseña de un libro le privó de la compañía del crítico: el señor Mencken se limpió la boca. Un largo hilo de membrana mucosa colgante se levantó de la comisura derecha. Percibió el olor de su propio aliento, que delataba que no andaba bien del estómago. En la mesa del aperitivo había un cuenco de manzanas. Pensó que comiendo una limpiaría el mal olor de sus dientes. El cuenco estaba al lado de una fuente de sándwiches de queso al final de la mesa, cerca de la silla donde Genevieve había dejado su abrigo. Sin embargo, el abrigo no estaba en la silla. Genevieve lo llevaba puesto. Estaba un poco más allá, hablándole a Gottfried en susurros. El señor Hencke se dio cuenta de que pretendía irse antes que Gottfried, para despistar a Catherine. Estaban tramando una cita.
       —¡Gottfried! —lo llamó.
       Su hijo se acercó.
       —¿No vas a casa?
       —Pasarán horas hasta que pueda irme, papá. Ahora viene una pequeña orquesta. Catherine pensó que tenía que haber un poco de baile.
       —Digo después. ¿Adónde vas después?
       —A casa. A casa, papá, ¿adónde quieres que vaya a esas horas? Catherine dice que no te quedas con nosotros. Dice que insistes otra vez en irte a un hotel.
       —¿Y no pasarás antes por el estudio?
       —¿Esta noche?
       —Después de la orquesta. Después de la orquesta, ¿no pasas por el estudio ese donde tienes una cama?
       —Hoy no podría trabajar aunque quisiera, después de todo este jaleo. Dime, ¿qué te ha parecido MacDougal?
       —Ese hombre te malinterpreta completamente —dijo el señor Hencke—. He hablado con él en privado, ¿te has fijado?
       —No —dijo Gottfried.
       —Quiero que me lleves a tu estudio —dijo el señor Hencke.
       —Eso sí que es una novedad —dijo Gottfried—. Nunca quieres ver lo que hago.
       —¿Tienes algo que merezca la pena verse?
       —Vamos, hombre —dijo Gottfried—. Quienes buscáis mi monumento, mirad a vuestro alrededor. ¿No te gusta ni una sola de las cosas que hay en la pared?
       —Quiero ver lo que guardas en tu estudio.
       —Bueno, tengo algo nuevo —dijo Gottfried—. Si es que de verdad te interesa.
       —¿Algo nuevo?
       —Solo una cuarta parte está terminada. Toda la esquina inferior derecha. Parece que por fin he reunido el coraje para probar con el color. Azul cerúleo comprimido en una serie de óvalos y rectángulos superpuestos. Igual que el cielo encerrado en el núcleo del átomo. De hecho, tengo grandes esperanzas puestas en esa obra.
       —Dime, Gottfried, ¿quién ha dicho eso? —le preguntó su padre.
       —¿Quién ha dicho qué?
       —Lo del cielo en el átomo. ¿Genevieve? Son palabras de Genevieve, ¿verdad? Una señora brillante. Muy metafórica. Quiero ver ese cielo. Cuéntale a Genevieve que siempre me alegro de ver cualquier muestra del coraje de mi hijo.
       —Vale, papá, no te pongas desagradable. Haré que te pasen a buscar por la mañana, si quieres. Me parece perverso que no vengas a casa.
       —No, no, no tengo ningún interés en tu casa. Aborrezco tener que subir tantos escalones para llegar a la entrada de una casa, me parece una barbarie. Esta noche quiero ver tu estudio.
       —¿Esta noche?
       —Después de la orquesta.
       —Eso es absurdo, papá. A esas horas estaremos todos muertos de cansancio.
       —Bien, entonces aprovecharemos la comodidad de la cama.
       —Papá, no te pongas desagradable. En serio. No te pongas desagradable conmigo ahora, ¿me oyes?
       —Cuando yo era un jovencito de treinta y siete años, me dirigía a mi padre con respeto.
       —Maldita sea, quieres estropearlo. De verdad quieres estropearlo. Por fin te decides. ¿Por qué? Te has mantenido al margen todo este tiempo, un año entero, y ahora de repente te preocupa.
       —Un año y medio —dijo su padre—. Y te atreves a decir que es algo nuevo. Algo nuevo, lo llamas.
       —¿De verdad necesitas estropearlo? ¿Tienes que hacerlo? ¿A ti qué más te da?
       —Pobre, pobre Catherine —murmuró su padre.
       —Pobre, pobre Catherine —dijo Genevieve, acercándose por detrás de Gottfried. Devoraba un sándwich de queso, y tenía migas de pan alrededor de la boca y por la pechera del abrigo. El señor Hencke miró el estampado de frente: una cenefa de óvalos y rectángulos superpuestos, claros y oscuros. Vistos de una manera, formaban un corredor profundo, tubular, hueco hasta el infinito, igual que dos espejos cara a cara. Con un cambio de enfoque se hinchaban hasta convertirse en una salchicha tridimensional más bien cuadrada, que no cesaba de engrosar y recrearse.
       —Está tratando de estropearlo —le dijo Gottfried.
       —Ay, tontuelo —dijo Genevieve, sacándole la lengua con restos de queso al padre del artista.
       —¿Me estás oyendo? —dijo Gottfried.
       —Sí, querido. No sabía que el pobre angelito estuviera al corriente.
       —Mentirosa. Con esa mirada de boba inocente. Ya te dije que se lo había contado. No me quedó más remedio, porque lo adivinó.
       —Soy el confidente de Gottfried —dijo el señor Hencke.
       —Y el mío también —dijo Genevieve, y abrazó al padre del artista. La leve fragancia de las migas de pan de centeno en la barbilla (todavía no tenía papada, apenas empezaba a perder tersura: un frágil pliegue de piel, asomaba como un labio por debajo de la mandíbula) le abrió una brecha florida en la visión. Una puerta se abrió en su interior. Recordó otro campo, este cubierto por un manto de comino silvestre, la loma dorada encogiéndose ante las ráfagas del viento. La alegría del recuerdo le provocó aún más ardor de estómago; en su país la alcaravea solía tomarse como carminativo.
       —Childe Roland a la Torre Oscura llegó —recitó Genevieve—, y la hizo pedazos. Gottfried, respondo por tu padre. Él nunca ha destruido.
       El señor Hencke no salía de su asombro.
       —Soy una impostora —gritó Genevieve—, yo también necesito un confidente, lo necesito más que Gottfried. Papá de Gottfried, déjeme hablarle de mi extraordinaria vida en Indianápolis, Indiana. Mi esposo es un inteligente y próspero censor jurado de cuentas. Su apellido no causará sorpresa: Lewin. Un apellido memorable. Kagan también sería memorable, igual que Rabinowitz o Robbins, pero su apellido es Lewin. Un modelo para la juventud. Contribuye en un sinfín de causas benéficas. Vicepresidente del templo. Ahora permítame que le hable de nuestras cuatro hijas, todas menores de doce años. Una es demasiado pequeña para ir al colegio. Una va al jardín de infancia. Pero ¡las otras dos! Nora, Bonnie. Están entre las mejores de su clase, y ya leen Tom Sawyer, Mujercitas y la Enciclopedia Británica. Cada mes hacen un periódico familiar de una sola página con una vieja Smith-Corona en el sótano de nuestra casa colonial holandesa de Indianápolis, Indiana. Lo llaman El Boletín de la Mezuzá, porque lo dejan clavado en la jamba de la puerta. Las cuatro han sacado el cerebro judío.
       —Todo el mundo te está mirando —dijo Gottfried, enojado.
       —Eso es porque voy envuelta en una de tus abigarradas pinturas. Señor Hencke, ¿sabía usted que parte del expresionismo más vanguardista procede de los talleres de serigrafía de la Séptima Avenida? Pero quiero confiarle más cosas. Algunas confidencias más para el papá de Gottfried. Primero permítame que me describa. Soy alta. Nunca llevo zapatos de tacón bajo. Brazos rollizos. Muslos suaves. Una mujer joven, espléndida de pies a cabeza. Nariz fina y delicada, como una hostia consagrada. Doy la impresión de ser pulcra y cordial al mismo tiempo. Dientes grandes, sanos, indestructibles. Media docena de empastes de oro, costeados por Lewin, el censor jurado de cuentas. Un marido excelente. Ahora es su turno, señor Hencke. Me he desnudado para usted. Ahora le toca a usted, es lo justo. Qué hay de su cuñado, por ejemplo, el fabricante de champú que Kitty mencionó una vez, el que vive en Colonia, cuya casa fue bombardeada.
       —¿Qué quieres de mí? —dijo el señor Hencke en tono de súplica—. ¿Por qué te pones así en evidencia?
       —Hábleme de él. Confíeme la composición de ese champú. ¿De qué estaba hecho? No ahora, quiero decir durante la guerra. No en la guerra en la que usted pilotaba aviones, sino la que vino después. Su cuñado fabricaba champú en Colonia mientras usted se dedicaba a ser un patriota, un arquitecto norteamericano que levantaba torres y nunca destruía. Por favor, hablemos del champú de su cuñado. ¿Cuáles eran sus ingredientes secretos? ¿Tal vez grasa humana? ¿Llevaba acaso manteca judía?
       —Genevieve, cállate. Cállate, haz el favor. Deja en paz a mi padre.
       —Pobre, pobre Catherine —dijo Genevieve—. Acababa de arreglarlo todo con ella. Le había dicho que me iría a casa en el vuelo de medianoche y que tú estabas inspirado y pasarías toda la noche en el estudio trabajando.
       —Cállate ya, ¿de acuerdo?
       —De acuerdo, querido. Te veré cuando el cuco de la señora Siebzehnhauer grazne las dos.
       —Déjalo. Esta noche no.
       —¿Quién dice que no? ¿El papá de Gottfried?
       —No tengo nada contra ti, créeme —dijo el señor Hencke—. Te admiro mucho, Genevieve. No tengo corazón para odiarte.
       —Qué lástima —dijo Genevieve—, todo hombre debería tener un pequeño corazoncito.
       —Por Dios, Genevieve, déjalo en paz.
       —Adiós. Vuelvo al lado de Nora Lewin, Bonnie Lewin, Andrea Lewin, Celeste Lewin y Edward K. Lewin, todos de Indianápolis, Indiana. Primero tengo que decirle adiós a la pobre, pobre Catherine. Adiós, señor Hencke. No se preocupe por usted. En cuanto a mí, soy pulcra y cordial. Mis empastes de oro chasquean como unas castañuelas fabricadas en la España de Franco. Mis pechos parecen dos granadas gemelas. Dos palomas blancas gemelas descendiendo de los montes de Galaad, ¿de acuerdo? —Besó al padre del artista. El valle cubierto de alcaravea quedó fotografiado con flash en el costado del páncreas—. Su mejilla pincha como el alambre de espino. Su mejilla está surcada por los tanques del general Rommel.
       El artista y su padre la vieron alejarse, quitándose las migas con los dedos.
       —Una mujer superior —dijo el señor Hencke. Se sentía en pleno dominio de sí mismo. Se sentía igual que si hubiera recibido una orden y la hubiera desobedecido—. Una raza superior, siempre lo he pensado. Con gran imaginación. Dicen que Le Corbusier es un judío encubierto, descendiente de marranos. Una tez hermosa, bellas pestañas. Estas mujeres son impetuosas. Cuando salen rubios casi puedes tomarlos por uno de los nuestros.
       Su hijo no dijo nada.
       —¿Gozas de ella, Gottfried?
       Su hijo no dijo nada.
       —Supongo que gozas de ella, ¿verdad? Tiene mucha imaginación. Supongo que hay goce. Superconciencia.
       Incluso entonces su hijo se contuvo. El señor Hencke esperaba con fervor las lágrimas confesionales. Las conjuró, pero no descendieron.
       —¿Es muy tirana contigo? —dijo al fin.
       —Nunca —dijo Gottfried—. Nunca, nunca. Creo que lo has conseguido, que lo has estropeado. Que Dios te condene al infierno, papá.
       Con los brazos cruzados a la espalda, el padre del artista observó el rastro de visitantes, cada vez menor. Catherine se despedía en lo alto de la escalera, resplandeciente con su vestido de novia y la elegancia aprendida en el colegio de la señorita Jewett. Creighton MacDougal le guiñó un ojo y la saludó cuadrándose como un oficial de la aristocracia terrateniente prusiana. Un mimetismo maravilloso salió en espiral de su cabeza: el zumbido de un biplano. En ese mismo instante, un saxofón abrió fuego.
       —¡Baila conmigo, papá! —dijo Catherine—. Ah, no, estás muy desfasado. Hoy en día se supone que ni siquiera hay que tocarse. —Le enseñó el nuevo baile; su nuera nunca le había parecido tan inteligente—. El señor MacDougal ha tenido que marcharse, pero ¿sabes lo que ha dicho? Ha dicho que eres una persona magnífica. Ha dicho —rompió en una carcajada como quien rompe un plato— que eres ermitaño por naturaleza, y que si alguna vez decidieras levantar un pilar y sentarte encima, duraría mil años.
       El señor Hencke la imitó, pero sin tocarla.
       —¿Ha habido ventas?
       —Aún no, pero hoy es solo la inauguración, al fin y al cabo. Y aunque no las haya, es lo de menos. Lo importante es que esto le dé ánimos a Gottfried. En este mundo te tienes que hacer ver, ¿sabes, papá? De lo contrario parece que no existas. Tú no entiendes lo de Gottfried, ese es el problema. No, papá, ya nadie saluda con una reverencia al final, jamás, está muy desfasado. Me refiero a que Gottfried trabaja cada minuto que tiene libre. Haces que se sienta fatal cuando hablas como antes lo hiciste de Rockefeller. Por favor, papá, si hasta irá a trabajar hoy en cuanto esto acabe, se encerrará directamente en su estudio.
       —No creo que vaya. Estará demasiado cansado —dijo el padre del artista.
       —Que sí, me ha dicho que piensa ir a trabajar esta noche. Y hablaba en serio, papá. No me lo ha dicho solo a mí, se lo ha dicho a todo el mundo… —Salió un grito del cuenco de las manzanas—. Ay, mira, ¿qué le pasa a Genevieve? —Catherine fue corriendo a ver, con la curiosidad de una chiquilla.
       El señor Hencke se demoró y visualizó heridas. En el fondo sentía lástima por ella. Se apartó a un lado. Se quedó atrás. Escuchó su voz. Qué voz tan basta, ¿o era el arco del contrabajo? Un grito bíblico, como el clamor junto a las aguas de Babilonia. Siempre espantosas tragedias para los inocentes. Ella no era inocente. Sospechaba cuáles eran sus heridas. Sintió que el saxofón le ametrallaba el intestino delgado.
       Catherine volvió hecha un manojo de nervios.
       —¡Alguien le ha robado la cartera a Genevieve! La dejó encima de una silla, sin más, aunque bien tapada con el abrigo, y dentro llevaba cien dólares, y el carnet de conducir, y el billete de avión, y mil cosas por el estilo. Con toda esta gente, quién iba a pensar que habría un ladrón…
       El señor Hencke estaba perplejo.
       —¿Le han hecho daño? ¿Está herida?
       —No, por suerte aún no se había marchado, solo se preparaba para irse. No es que le hayan pegado un tirón en la calle ni la hayan atracado ni nada de eso, simplemente le han quitado la cartera. Ella la había dejado ahí, y se la han quitado. ¿Te imaginas que alguien pueda hacer una cosa así? —Su nuera estaba afectada por el suceso, pero al mismo tiempo resplandecía de entusiasmo, tan radiante como merecía la ocasión. Reconoció en ella ese espíritu aventurero de los cuatreros que habían engendrado su casta. El pillaje se lleva en la sangre; en ese instante Catherine fue una auténtica heredera, y por primera vez el padre del artista se sintió casi orgulloso de que su hijo la hubiera elegido. Vio entonces lo que Gottfried había visto en ella. Gozaba con el delito, el delito aflojaba los hilos de su espantosa cortesía de marioneta. El delito la hacía inteligente. El señor Hencke sabía bien lo que era sentirse exultante en los momentos críticos. Una vez había aterrizado con media ala arrancada por los disparos, y la herida de aquel acto heroico le pareció más dulce que cualquiera de las crisis que habría de padecer jamás durante el acto amoroso.
       —Gottfried cree que debe de haber sido uno de los transportistas —dijo Catherine, abrazándose. Ah, enternecedor.
       —Seguro que han sido los transportistas —coincidió el señor Hencke—. Aquí no había nadie más de esa calaña.
       —¿Y el barman?
       —El barman, tal vez —coincidió de nuevo el señor Hencke.
       —Pero no ha podido ser el barman, todavía está aquí. Si hubiera sido él podríamos sorprenderlo con las manos en la masa. Un ladrón siempre desaparece lo más rápido posible.
       —Entonces los transportistas —dijo el señor Hencke—. Los transportistas, sin lugar a dudas.
       —Muy bien, pero ¿sabes lo que yo creo, papá?
       —No.
       Catherine se pasó la lengua por el labio hasta dejarlo reluciente.
       —Bueno, pues por el modo en que ese tipo raro discutió por sus honorarios cuando lo contratamos… Imagino que no se dice “contratar” en el caso de un crítico, pero ya me dirás qué fue lo que hicimos si no… En fin, la cuestión es que a él le parecía poco, sobre todo sabiendo que esa pequeña emisora de radio, la W-K-no sé cuántos enviaba a un par de empleados a recoger su discurso en una grabadora y ni siquiera iban a pagarle derechos, así que lo que yo creo… —decía entre risas bellas y temblorosas, que rompían, ya no como un plato al hacerse añicos, sino como las olas— es que el señor MacDougal decidió subirse el caché, ¡por las buenas o por las malas!
       —Fueron los transportistas —dijo el señor Hencke con la delicadeza de lo que es irrevocable.
       —Pero si estoy bromeando. Tú siempre estás de acuerdo con Gottfried, papá. En lo fundamental, quiero decir. No sé por qué tenéis que discutir por todo lo demás.
       —Habrá que darle a Genevieve algún dinero para que pueda volver a casa —dijo el señor Hencke.
       —Está disgustadísima, ¿la has visto? Nunca hubiera dicho que se disgustaría tanto por algo así. Dice que su marido siempre le dice que no sea tan atolondrada y que lleve cheques…
       —Dile a Gottfried que le dé algo de dinero —dijo el señor Hencke.
       —Ay, papá, ve tú a decírselo. Si es algo importante, Gottfried nunca me hace caso.
       Buscó a su hijo: allí estaba, discutiendo con el barman, que decía que no había visto nada ni sabía nada.
       Genevieve estaba a su lado, mordisqueando un guante.
       —No discutas con él, Gottfried, ya no tiene remedio. Es una tontería, y la verdad es que la culpa solo la tengo yo, que soy estúpida. Ed me matará, no por el dinero, sino por principio, como suele decirse. Ya me entiendes. A mí me tiene por un caso perdido, y además cree que hay sucesos predecibles. El año pasado perdí el Buick, y el anterior perdí a la niña pequeña en el aparcamiento. Dios, cómo detesto a la gente de principios. Todos los opresores del mundo han sido gente de principios.
       —Genevieve invoca siempre la historia —dijo el señor Hencke.
       Inesperadamente ella ignoró el comentario; el señor Hencke lo lamentó al instante.
       —Qué se le va a hacer —dijo ella con aspereza—. No voy a recuperarla. No pasa nada, no pasa nada, ya no tiene remedio.
       —Igual que tantas otras cosas en la vida —dijo el señor Hencke.
       Gottfried se volvió con hosquedad.
       —Papá, ¿qué quieres?
       —Quiero que le des dinero a Genevieve.
       —¿Dinero?
       —Dadas las circunstancias. —El padre del artista sonrió con ternura enseñando los dientes.
       —¿Dinero? —repitió Gottfried.
       —Para Genevieve. Es lo menos que puedes hacer, Gottfried.
       —Yo no le doy dinero a Genevieve, papá.
       Vio las arrugas sudorosas bajo la nariz de su hijo. Ni siquiera en América la juventud es eterna.
       —Ah, pues deberías, Gottfried. En esta vida no se regala nada. —Gozaba oscuramente viendo la boca pálida y tensa de su hijo. Parecía un adorable potrillo pinto decepcionado por el sabor del heno—. Los viajes en avión a Indianápolis, Indiana, en esta vida no se regalan —concluyó, con una carcajada breve y difusa.
       —Vaya, mira por dónde —dijo Genevieve—. El papá de Gottfried quiere deshacerse de mí. Tenías toda la razón, Gottfried, quiere deshacerse de mí.
       —No, no —protestó el señor Hencke—. Solo de la orquesta. Qué música tan fea. Los saxofones asustan. Es un sonido selvático, estridente y solitario. ¿Por qué no dejas que se marchen, Gottfried? Ya no quedan invitados, me parece.
       —Democracia —objetó Genevieve: Catherine baila frenéticamente con el barman.
       —Ya veo cómo se hace —dijo el señor Hencke—. Se mueven, pero no se tocan. Tocarse ya no está de moda. Catherine cree que está bailando con el ladrón, ¿a que sí? Gottfried, dale dinero a Genevieve.
       —Catherine puede ocuparse de eso —murmuró Gottfried; fue hacia su mujer como si nadara en un elemento viscoso.
       —Casi no se le oye cuando se siente ofendido —comentó su padre—. ¿Ha dicho que iba a hacerlo?
       —Iba a acabarse muy pronto de todos modos. No soporto toda esta algarabía —dijo Genevieve, viendo alejarse a Gottfried.
       —Qué palabra tan graciosa. Al cabo de todos estos años todavía no conozco todas las palabras. Ah, una mujer brillante como tú debe de estar harta del inocente de mi hijo.
       —Estoy harta de Kitty. Estoy harta de Nueva York.
       —Y del arte. ¿Del arte también? —Aguardó lleno de urgencia—. Mi hijo no sabría decir si ha sido un éxito. No sabría decir si ha habido goce.
       —Ojalá —dijo Genevieve— que no hubiera perdido esa maldita cartera. El censor jurado de cuentas me dio su último aviso. Luego viene la guillotina.
       —Por favor, por favor —dijo el señor Hencke—, ladrones y carteristas los hay en todas partes.
       —No me preocupa el dinero —dijo amargamente Genevieve.
       —Te preocupa la dignidad, querida mía.
       —Sí —dijo Genevieve—, exacto.
       —Siéntate —dijo el señor Hencke, y arrastró hacia ella la silla culpable. En esa silla había estado la cartera robada, bajo el abrigo estampado de Genevieve. Ahora no había nada en la silla. Lánguidamente, Genevieve se levantó el dobladillo del vestido y se sentó.
       —Mi bolso de viaje —dijo el señor Hencke, recogiéndolo del suelo y depositándolo a los pies de la mujer.
       —Bueno, supongo que tiene suerte de que no se lo llevaran también.
       —Dignidad —dijo el señor Hencke—. La dignidad ante todo. Suscribo ese principio. Las personas tienden a presuponer cosas de otras personas. Por ejemplo, mi hijo cree que he venido a Nueva York exclusivamente para el acontecimiento; ya me entiendes, para ver la galería, ver su obra. El misterio que hay detrás se reserva a los conocedores, ¿no es así? En realidad mañana temprano zarparé en barco. Voy a emprender un hermoso crucero, para tu información.
       —¿A Alemania? —preguntó Genevieve. Pero parecía distante, mirando abstraída cómo el hueco de la escalera iba tragándose a los músicos. Catherine escribía algo apoyada en la espalda de Gottfried. La pluma temblaba igual que si asestara puñaladas con una daga.
       —A Alemania no. A Suecia. Siento admiración por Escandinavia. Nieblas exquisitas. El verde de los campos de labranza allí. Ahora únicamente en Escandinavia puedo recordar la Alemania de mi niñez. Alemania ya no es lo que era. Todo son fábricas, chimeneas.
       —A mí no me hable de chimeneas alemanas —dijo Genevieve—. Sé muy bien qué clase de humo salía de esas malditas chimeneas alemanas.
       Al señor Hencke le lloraban los ojos, le lloraba la garganta; la mujer no era distante, sino despiadada.
       —No he tenido el valor de decirle a Gottfried que me voy de viaje. No se lo digas, ¿eh? Que piense que he venido a propósito. Me entiendes, ¿verdad, Genevieve? Para ver sus cosas, dejemos que crea eso, no que solo estoy de paso, camino a otro lugar. Tan solo he traído un bolso de viaje para despistar. Lo confieso, lo he hecho expresamente para no levantar sospechas. En la habitación del hotel hay cuatro maletas más.
       —Apuesto a que dice que se va a Suecia para despistar. Seguro que va a Alemania, ¿por qué no iba a hacerlo? No veo qué hay de malo en ello, ¿por qué no iba a ir a Alemania?
       —A Alemania no, a Suecia. Los suecos fueron inocentes durante la guerra, salvaron a muchísimos judíos. Lo juro, a Alemania no. Fueron los transportistas, lo juro.
       —Supongo que sí fue uno de los transportistas —dijo Genevieve con desgana.
       —Lo más lógico es que hayan sido los transportistas. Lo juro. Mira, mira, Genevieve, te lo enseñaré —dijo—, echa un vistazo… —Giró la pequeña llave y abrió la maleta con tanto brío que la tapa tembló sobre los goznes—. Vamos, mira, revísalo todo, aquí no hay nada que no sea mío; estas son mis camisas, no todas, tengo muchas más en los otros bolsos del hotel, aquí tengo básicamente, con tu permiso, mi ropa interior nueva. Solo calcetines, ¿ves? Calcetines, calcetines, calzoncillos, calzoncillos, calzoncillos, todo nuevo, me gusta viajar con todo nuevo y limpio, camiseta de interior, camiseta de interior, crema de afeitar, cuchilla, desodorante, más ropa interior, pasta de dientes, ¿lo ves, Genevieve? Juro que tiene que haber sido uno de los transportistas, es lo lógico. Por favor, Genevieve, lo juro —dijo el señor Hencke, hundiendo los dedos crispados en la montaña de calzoncillos nuevos—. Compruébalo tú misma…
       Catherine apareció de repente en escena con su vestido blanco (la esposa del artista fue vista con un vestido blanco), suspendida con una marioneta en los márgenes del teatro de sus ojos.
       —De verdad, Genevieve, Gottfried es tan divertido a veces… Tiene un montón de dinero en la cartera y me ha hecho extenderte este cheque, insistía en que lo hiciera yo. ¡Por favor, si tiene su propio talonario! ¿Crees que llegarás al avión de las doce, Gen? Porque mira, si no llegas, lo más fácil es que te quedes esta noche en casa, ¿por qué no te quedas? Esa preciosa habitación está lista y como papá no va a usarla…
       —¿Quedarme a dormir? —dijo Genevieve levantándose de un salto—. ¡Eso nunca!
       Agarró el cheque y bajó corriendo la larga escalera, tan deprisa que las cenefas de óvalos y rectángulos superpuestos se mezclaron en un tono gris. En su alma vaporosa como el plumón, un alma en la que creía con una certeza ancestral, el padre del artista ardió en un mar de comino silvestre, de botón de oro, de resplandor amarillo, mientras las crines del caballo se enredaban ante sus ojos como una retícula. ¿Y por qué el caballo no iba más rápido?
       —Cielo santo —dijo Catherine—, ¿por qué tienes la maleta abierta y todo revuelto? Papá, ¿te han robado a ti también? —exclamó con su tono más correcto, más cultivado, más ventrílocuo—. ¡A cuántos delincuentes habremos albergado aquí esta noche sin saberlo!
       Sonó exactamente igual que una frase de Genevieve.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar