Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


El rabino pagano (1966)
(“The Pagan Rabbi”)
Originalmente publicado en la revista The Hudson Review,
Vol. 19, Núm. 3 (otoño de 1966), págs 425-454;
reimpreso en My Name Aloud: Jewish Stories by Jewish Writers,
ed. por Harold U. Ribalow
(South Brunswick, Nueva Jersey: T. Yoseloff, 1969, 560 págs.);
The Pagan Rabbi and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1971, 270 págs.)



Dijo el rabino Jacob: «Aquel que camina mientras estudia pero se detiene de repente a comentar “¡Qué precioso es aquel árbol!”, o “¡Qué bello es ese campo en barbecho!”, comete una falta contra sí mismo, según las Escrituras».
                  Del Tratado de los padres


      Cuando supe que Isaac Kornfeld, un hombre devoto y lúcido, se había ahorcado en el parque municipal, metí una ficha en el torniquete del metro y fui a ver el árbol.
       Habíamos sido compañeros de clase en el seminario rabínico. Tanto su padre como el mío eran rabinos, y también amigos, aunque en un sentido muy vago de la palabra: en realidad los unía la rivalidad. Competían en sus demostraciones de benevolencia, en el brillo capcioso de sus disertaciones, en el número de adeptos de cada uno. De los dos, el padre de Isaac era el más afable. A mí me daba miedo mi padre; padecía una afección de laringe, e incluso cuando le pedía a mi madre algo tan trivial como «Trae el té», su voz sonaba astillada, clamorosa y vengativa.
       Ninguno de los dos hombres tenía el menor talante filosófico. Era lo único en que coincidían.
       —La filosofía es una abominación —solía decir el padre de Isaac—. Los griegos eran filósofos, pero no dejaban de ser niños jugando a las muñecas. Incluso Sócrates, que era monoteísta, mandaba dinero al templo para pagar el incienso de su muñeca.
       —La idolatría es la abominación —replicaba Isaac—, no la filosofía.
       —Una cosa lleva a la otra —decía su padre.
       Según mi padre, la filosofía era la causa del ateísmo que me había hecho abandonar el seminario en el segundo año de estudios. La filosofía no era el problema, sino que yo, a diferencia de Isaac, no tenía ningún talento: más adelante sus profesores dijeron que con una imaginación tan prodigiosa como la suya se podía forjar la santidad a partir del fino trazo de una serifa. El día del funeral criticaron al rector de su universidad por comentar que, aunque un suicida no podía recibir sepultura en suelo consagrado, la tierra que cercara a Isaac Kornfeld quedaría consagrada ipso facto. Cabría mencionar que Isaac se colgó pocas semanas antes de cumplir los treinta y seis años, en la cúspide de su renombre; y el rector, claro está, no conocía toda la historia. Juzgaba por la reputación de Isaac, que en ningún otro momento alcanzó mayor relevancia que justo antes de su muerte.
       Por lo mismo juzgaba yo, y me quedé perplejo al enterarme de que aquel dechado de talento y sorpresa intelectual al final no había llegado más allá de la segunda rama de un delicado roble joven, con raíces recias como las garras de un grifo expuestas en el suelo húmedo.
       El árbol estaba prácticamente aislado en un largo prado agreste, que descendía hasta una bahía plagada de moluscos enfermos de la que emanaba un olor fétido. Aquel lugar se conocía como la ensenada de Trilham, y yo sabía bien lo que significaba el olor: aquellas aguas frías y turbias cubrían la mitad de los excrementos de la ciudad.
       El día que fui a ver el árbol, la bruma empañaba el paisaje. Hacía un tiempo propiamente otoñal y, aunque era domingo, los senderos estaban desiertos. La hierba amarillenta y los monumentos abandonados le daban al parque cierto aire histórico. Frente a un cenotafio en memoria de los soldados, una corona de flores de plástico depositada meses atrás en algún desfile oficial descansaba contra un friso de piedra, donde se reproducían esas mismas tropas con el uniforme de una vieja guerra. La banda de la corona explicaba que el propósito de la guerra es la paz. En los márgenes del parque se estaba construyendo una autopista gigantesca. Sentí que me abría paso por un campo de batalla silenciado tras la victoria de las máquinas de la paz. Las excavadoras se habían adentrado a mordiscos en el recinto y los esqueletos de los árboles sacrificados estaban en una pila, convertidos ya en leños. Había docenas de arces, olmos y robles talados. Los anillos húmedos de los troncos exhalaban una fragancia a graneros, a campo, a descomposición.
       En el prado que llegaba hasta el borde del agua reconocí el árbol que había hecho a Isaac pecar contra su propia vida. Guardaba un curioso parecido con una fotografía, y no solo con la del recorte del periódico que llevaba doblada en el bolsillo del abrigo, donde se veían el prado y varios indicadores, como la fuente de agua potable a pocos pasos o la ruinosa pared de ladrillo de una vieja finca al fondo. En el pie de la fotografía se insistía en mencionar «la soga», pero allí no había ninguna; estaba en poder de la viuda. Isaac, hombre de escasa estatura, había arrojado su propio manto de oración por encima del delicado cuello de la segunda rama más próxima al suelo. A un judío se lo entierra con su manto, así que la policía se lo había entregado a Sheindel. Me fijé en los roces de la corteza en ese punto. El árbol parecía pegado al cielo igual que un sello de correos. La lluvia empezó a arreciar y lo aplastó aún más. El hedor a cloaca envolvió como un velo mis fosas nasales. Me dio la impresión de ser un hombre en una fotografía al lado de un borrón gris en forma de árbol. Me pasaría toda la eternidad junto a la culpa de Isaac si no echaba a correr, así que esa noche corrí hasta Sheindel.
       Me enamoré de ella al instante. Hablo de la primera vez que la vi, aunque no excluyo la última. La última —la última que coincidimos en vida de Isaac— fue poco después de mi divorcio; de un solo golpe dejé a mi mujer y la peletería de mi primo en la pequeña ciudad del norte en la que ambos se habían agriado. Isaac y Sheindel aparecieron con dos bebés en el vestíbulo del hotel donde me alojaba. Estaban de paso, Isaac iba a Canadá a dar una conferencia. Nos sentamos bajo el neón escarlata e Isaac me contó que mi padre ya no podía articular palabra.
       —Mantiene su promesa —dije.
       —No, no, es un hombre enfermo —dijo Isaac—. Tiene una obstrucción en la garganta.
       —Yo soy la obstrucción. Sabes bien lo que dijo cuando dejé el seminario. Iba en serio, no importa cuántos años hayan pasado. Desde entonces no ha vuelto a dirigirme la palabra.
       —Nosotros leíamos juntos. Él culpaba a la lectura, ¿quién puede culparlo a él? Padres como los nuestros no saben amar. Viven demasiado de puertas adentro.
       Fue un comentario extraño, pero yo estaba tan enfrascado en mis propios resentimientos que no le presté atención.
       —No se trata de lo que leíamos —objeté—. La Torá dice que un hombre ilustre no tiene un hijo ilustre, porque de lo contrario no sería humilde como el resto de la gente. Solo retengo eso de todo lo que nos embutían en el seminario. Bien, pues mi padre siempre se creyó más ilustre que nadie, y sobre todo más que el tuyo. Por consiguiente —dicté con cadencia talmúdica—, ¿qué opción quedaba para un papanatas como yo? No tengo ningún tesón. Tú, en cambio, podías responder preguntas que nadie se había planteado nunca. Tuviste que formularlas después.
       —La Torá no es una pala —dijo Isaac—. Un hombre debe ganarse la vida, y eso fue lo que hiciste.
       —El cuero de un animal muerto tampoco es un medio de ganarse la vida, es una indecencia.
       Mientras tanto Sheindel estaba a nuestro lado muy quieta; las criaturas, dos niñitas con leotardos, se habían quedado dormidas en sus brazos. Era el mes de julio, pero llevaba un grueso gorro de lana oscura que le cubría parte del pelo. Una vez yo había visto ese pelo cayendo en una reluciente cascada negra.
       —¿Y Jane? —preguntó al fin Isaac.
       —Hablando de animales muertos: dile a mi padre, que no contesta mis cartas ni se pone al teléfono, que en lo del matrimonio acertó, aunque por la razón equivocada. Si te acuestas con una puritana, entrarás en la cama frío y saldrás igual de frío. Mira, Isaac, mi padre me llama ateo, pero bajo las sábanas conyugales cualquier judío cree en los milagros, incluso los que no practican.
       No dijo nada. Sabía que yo envidiaba su suerte y a su Sheindel. Isaac nunca me había condenado por mi matrimonio, a diferencia de su padre, que lo consideró casi un triunfo personal, y del mío, que aprovechó esa derrota pública para darme por muerto. Se rasgó las vestiduras y se pasó ocho días sentado en una banqueta; el padre de Isaac acudía a contemplar su duelo, satisfecho en secreto, aunque en voz alta se lamentara por todos los apóstatas. A Isaac no le gustaba mi mujer, le parecía un junco largo y amarillento. Después de casarnos nunca dijo una palabra en su contra, pero guardó las distancias.
       Fui con mi mujer a su boda. Tomamos el primer tren, pero cuando llegamos el banquete había empezado hacía rato y los invitados bailaban animadamente.
       —Mira, mira, no bailan juntos —dijo Jane.
       —¿Quiénes?
       —Los hombres y las mujeres. La novia y el novio.
       —Cuenta los bebés que hay —le aconsejé—. Los judíos también son puritanos, pero solo en público.
       La novia, sentada sola en una silla de respaldo recto, estaba rodeada por un corro de hombres jóvenes que daban vueltas a su alrededor. El suelo cimbreaba bajo el remolino de la danza. Daban pisotones, las arañas de luces temblaban, los invitados gritaban, los hombres jóvenes, agarrados de los brazos, giraban en espiral mientras las kipás salían despedidas por el aire como globos centrífugos. Isaac, una figura borrosa con un traje negro, un pie en el aire, se perdía en la estela del planeta de trajes negros y pies enfáticos. Los jóvenes bailaban coreando cantos nupciales, mientras el suelo se inclinaba como un plato y la sala entera se tambaleaba.
       Isaac me había hablado un poco de Sheindel, pero era la primera vez que la veía. Había nacido en un campo de concentración; justo en el momento en que iban a arrojarla contra la valla electrificada, un ejército echó la puerta abajo y la atroz alambrada quedó sin corriente. Con el tiempo a Sheindel solo le quedó la marca, similar a un asterisco, de una púa en la mejilla. El asterisco remitía a ciertas escuetas notas a pie de página: perdió a su madre, perdió a su padre, pero por extraordinario que parezca no perdió la fe en Dios. Se sabía que, para su edad y su sexo, era muy docta. Acababa de cumplir diecisiete años.
       —Tiene un pelo precioso —dijo Jane.
       Sheindel estaba bailando con la madre de Isaac. Todas las señoras se unieron en un corro, y la novia perdió un zapato mientras daba vueltas con su suegra y tropezó contra la larga hilera de mujeres, que reían levantando los pechos refulgentes, adornados con los encajes de sus vestidos; los hombres jóvenes iban agarrados de dos en dos dando pisotones en el suelo y entonando sus cánticos nupciales. Sheindel continuó bailando sin zapato, seguida por el río negro de su cabello.
       —A partir de hoy tendrá que esconderlo —comenté.
       Jane preguntó por qué.
       —Para que no sea una tentación para los hombres —le dije, y busqué subrepticiamente a mi padre con la mirada. Allí estaba, en la penumbra, apartado. Mis ojos descubrieron los suyos. Se volvió de espaldas y se agarró la garganta.
       —Es toda una experiencia antropológica —dijo Jane.
       —Una boda es una boda —le respondí—, y entre nosotros aún más.
       —¿Tu padre es ese hombrecillo de allí con cara de pocos amigos?
       A Jane todos los judíos le parecían pequeños.
       —Mi padre es el que lleva el hábito. Sí.
       —Una boda no siempre es una boda —dijo Jane: nosotros solo habíamos tenido un certificado y un juez con halitosis.
       —Todo el mundo se casa por lo mismo.
       —No —dijo mi mujer—. Hay quien lo hace por amor y hay quien lo hace por despecho.
       —Y todo el mundo por la cama.
       —Y hay quien lo hace por despecho —insistió ella.
       —Yo no nací para vestir el hábito —dije—. Mi padre no se da cuenta de eso.
       —No te dirige la palabra.
       —Un mero detalle técnico. Está perdiendo la voz.
       —Bueno, entonces no es como tú. No lo hace por despecho —dijo Jane.
       —No lo conoces —repuse.
       La perdió del todo la misma semana en que Isaac publicó su primera y elogiada compilación de responsos. El padre de Isaac, henchido de orgullo, hizo los preparativos y se marchó con su mujer a Tierra Santa, para poder seguir alardeando en suelo sagrado. Para Isaac fue un alivio, en cierto modo; acababan de nombrarlo catedrático de historia misnaica, y los caprichos, las pretensiones y las absurdas rivalidades de su padre resultaban bochornosas. Honrar a un padre desde la distancia es fácil, mientras que honrar a un padre muerto llena de amargura. Un cirujano le cortó la voz a mi padre, que murió sin decir palabra.
       Isaac y yo dejamos de vernos. Habíamos tomado caminos demasiado dispares. Isaac era famoso, si no en el mundo, desde luego en el reino de los juristas y los eruditos. Yo había adquirido participación en una librería, un pequeño local en un sótano, y cuando mi socio me vendió su parte puse un rótulo nuevo: EL SÓTANO DE LOS LIBROS. Por razones más oscuras que filiales (aunque me hubiera gustado que mi padre lo viera) creé una sección dedicada a obras teológicas no demasiado raras, sobre todo en hebreo y arameo, pero de vez en cuando llevaba también algunas latinas y griegas. Cuando el segundo volumen de Isaac llegó a mis estanterías (a esas alturas me había expandido hasta el nivel de la calle) le escribí para darle la enhorabuena, y a partir de entonces mantuvimos correspondencia, aunque sin ninguna clase de regularidad. Empezó a encargarme a mí todos los libros que compraba, e intercambiábamos pequeñas bromas. «Sigo en el negocio de las solapas —le conté—, pero ahora tengo la sensación de estar en el lugar que me corresponde. En mi anterior empleo me curtía demasiado.» «Sheindel está bien, y Naomi y Esther tienen una hermana», me escribió él. Y al cabo de un tiempo: «Naomi, Esther y Miriam tienen una hermana». Y tiempo después: «Naomi, Esther, Miriam y Ophra tienen una hermana». Así sucesivamente, hasta que hubo siete hijas. «No hay nada en la Torá que impida a un hombre ilustre tener hijas ilustres», le escribí cuando me dijo que había abandonado la esperanza de dar otro rabino a la familia. «Ya, pero ¿dónde encuentra uno siete maridos ilustres?», me preguntó. Con cada pedido llegaba una réplica, y durante años intercambiamos este tipo de ocurrencias.
       Me fijé en que leía de todo. En otros tiempos Isaac había enardecido mi gusto por la lectura, aunque nunca pude irle a la par. En cuanto detectaba su entusiasmo por Saadia Gaón, él ya había dado el salto hasta Yehudah Halevi. Un día se emocionaba con Dostoievski y al siguiente daba brincos por Thomas Mann. Me inició en Hegel y Nietzsche mientras nuestros padres se lamentaban. Sus lecturas de madurez no eran más apacibles que aquellos arrebatos de juventud, cuando me lo encontraba en un aula abandonada al anochecer, con los pies en la repisa de la ventana leyendo a la escasa luz que reflejaban las nubes más bajas de la ciudad, la viva imagen de un hombre medio ebrio de letra impresa.
       Sin embargo, cuando la viuda me preguntó, tratando de ocultar un exceso de recelo o irritación, si me constaba que Isaac hubiera encargado últimamente algún libro sobre horticultura, me quedé estupefacto.
       —Compraba tantos… —objeté.
       —Sí, sí, claro —dijo ella—. ¿Cómo ibas a acordarte?
       Sirvió el té y, con discreción, levantó mi impermeable empapado de la silla donde yo lo había tirado y lo sacó de la habitación. La vivienda estaba abarrotada, no muy prolija en el orden pero sin caer en el descuido, llena de muñecas, platitos de juguete y una batería de triciclos. La mesa del comedor era grande como un desierto. Un anticuado tapete de encaje la dividía en dos naciones, y al final, en la zona neutral, por así decirlo, Sheindel dejó mi taza. No había vestigios físicos de Isaac: ni siquiera un libro.
       —Mis hijas están durmiendo, podemos hablar. Qué suplicio habrá sido para ti ir tan lejos hasta ese sitio con este tiempo.
       Era imposible precisar si estaba molesta o no. Al entrar me había precipitado sobre ella como la lluvia que arreciaba en la calle, salpicándolo todo y esparciendo las hojas que llevaba pegadas en la suela de los zapatos.
       —Comprendo exactamente por qué has ido allí. El impulso del detective —dijo. En su voz capté una ironía que me sorprendió, subrayada con una precisión tan deliberada que se me antojó áspera. Me dio la impresión de que de cada palabra colgara una fugaz hebra blanca de enorme pureza, similar a la de la seda virgen, que ella entonces estaba obligada a cortar diestramente con los dientes—. ¿Fuiste en busca de algo? ¿De un ambiente? ¿De la tristeza misma?
       —No había nada que ver —dije, y pensé que había sido una locura inmiscuirme así en su vida.
       —¿Escarbaste en el suelo? Quizá enterrara una nota de despedida.
       —¿Dejó una nota? —pregunté sobresaltado.
       —Para los mortales normales y corrientes como tú no dejó nada.
       Me di cuenta de que estaba jugando conmigo.
       —Rebetsn [es decir, la esposa de un rabino jasídico] Kornfeld, perdóname —dije poniéndome en pie—. Dame mi abrigo, haz el favor, y me iré enseguida.
       —Siéntate —me ordenó—. Isaac leía menos últimamente, ¿te habías dado cuenta?
       Sonreí con cortesía.
       —Pues cada vez compraba más libros.
       —Piensa —me instó—. Dependo de ti. Eres el único que podría saber algo. Se me había pasado por alto. Quizá te haya enviado Dios.
       —Rebetsn Kornfeld, solo soy un librero.
       —Dios ha considerado oportuno enviarme a un librero. Isaac llevaba mucho tiempo sin leer en casa. ¡Piensa! ¿Agronomía?
       —No recuerdo nada por el estilo. ¿Qué interés podría tener en la agronomía un experto en historia misnaica?
       —Si tenía un libro nuevo bajo el brazo, se lo llevaba directamente al seminario y lo escondía en su despacho.
       —Yo le hacía los envíos al despacho. Si quieres puedo buscar algunos de los títulos…
       —¿Estuviste en el parque y no viste nada?
       —Nada. —Entonces me avergoncé—. Vi el árbol.
       —¿Y eso qué es? Un árbol no es nada.
       —Rebetsn Kornfeld —le dije en tono de súplica—, ha sido una tontería venir aquí. Ni yo mismo sé por qué lo he hecho, ruego que me perdones, no tenía ni idea…
       —Has venido para saber por qué Isaac se quitó la vida. ¿Botánica? O puede que… Escucha, por favor, ¿no sería la micología? ¿Nunca te pidió que le mandaras algo sobre setas? ¿O relacionado con las hierbas medicinales? ¿Estiércol? ¿Flores? ¿Alguna clase de poesía campesina? ¿Un libro sobre jardinería? ¿Silvicultura? ¿Hortalizas? ¿Cultivo de cereales?
       —Nada, nada por el estilo —dije con vehemencia—. ¡Tu marido era un rabino!
       —Sé muy bien lo que era mi marido. ¿Algo relacionado con las viñas? ¿Árboles? ¿Arroz? ¡Piensa, piensa, piensa! ¿Nada que tuviera que ver con la tierra…, prados…, cabras…, una granja…, la siega? Cualquier cosa, cualquier cosa rústica o relacionada con el ciclo lunar…
       —¡El ciclo lunar! ¡Por Dios! ¿Es que era maestro de escuela, es que cultivaba un vivero? ¡Cabras! ¿Era peletero, acaso? Sheindel, ¿te has vuelto loca? ¡El peletero era yo! ¿Qué quieres de los muertos?
       Sin una palabra me llenó la taza, aunque todavía quedaba más de la mitad del té, y se sentó frente a mí, al otro lado de la frontera de encaje. Apoyó la cara entre las manos, pero pude ver que mantenía los ojos bien abiertos.
       —Rebetsn Kornfeld —le dije, recobrando la calma—, ante una tragedia como esta…
       —A lo mejor crees que culpo a los libros. No culpo a los libros, fueran los que fuesen. De haberse mantenido fiel a sus libros, habría vivido.
       —¡Vivió! —exclamé—. Pero vivía en los libros, ¿dónde si no?
       —No —dijo la viuda.
       —Era un erudito. Un rabino. ¡Un judío excepcional!
       Ante este comentario vertió una carcajada furiosa.
       —Dime, siempre me ha intrigado una cosa y he sido demasiado tímida para preguntar. Háblame de tu mujer.
       —Hace años que no tengo mujer —la atajé.
       —¿Cómo es esa gente?
       —Es exactamente igual que nosotros, si eres capaz de pensar lo que seríamos si fuéramos como ellos.
       —No somos como ellos. Dan más valor a sus cuerpos que nosotros. Nuestros libros son sagrados, para ellos lo sagrado es el cuerpo.
       —Para Jane era tan sagrado que rara vez me dejaba acercarme —murmuré.
       —Isaac solía ir a correr por el parque, pero enseguida se quedaba sin aliento. Así que leyó un libro acerca de corredores con sombreros tejidos con hojas.
       —Sheindel, Sheindel, ¿qué esperabas que hiciera? Era un estudioso, se sentaba y pensaba. Era un judío.
       Estampó las manos sobre la mesa.
       —No lo era.
       No acerté a contestar. Simplemente me quedé mirándola de hito en hito. Estaba más delgada que en los años de la juventud más temprana, y tenía unas facciones intermedias, bien perfiladas todavía en la boca y la mandíbula pero un poco más toscas a ambos lados de la nariz.
       —Creo que nunca fue judío —afirmó.
       Me pregunté si el suicidio de Isaac la habría desequilibrado.
       —Te contaré una historia —prosiguió—. Una historia sobre otras historias. Historias que Isaac les contaba a Naomi y a Esther antes de irse a la cama: sobre ratones que bailaban y niños que reían; cuando nació Miriam, inventó una nube parlante. Con Ophra fue una tortuga, que se casaba con una brizna de hierba mustia. Cuando le llegó el turno a Leah, las piedras derramaban lágrimas por no tener piernas. Rebecca lloró por un árbol transformado en niña que ya no podría cambiar de color en otoño nunca más. Shiphrah, la chiquitina, cree que un cerdo tiene alma.
       —Mi padre me hacía recitar cada noche los textos sagrados. Fue una infancia terrible.
       —Isaac insistía en que saliéramos de picnic. Cada vez nos adentrábamos más en el campo. Era una locura. Isaac nunca se molestó en aprender a conducir, así que siempre había que llevar un montón de cestas e ir de aquí para allá en autobuses y trenes con siete niñas exhaustas y descontroladas. Y buscaba lugares especiales: no podíamos instalarnos en cualquier sitio, tenía que haber un arroyo, o la falda de una montaña así y asá, o un bosquecillo. Y entonces, aunque decía que todo era para complacer a las niñas, las dejaba y se marchaba solo, y nunca volvía antes del anochecer, cuando ya todo estaba desparramado y las crías se quedaban ateridas de frío y lloraban.
       —Yo era un hombre hecho y derecho la primera vez que salí de picnic —confesé.
       —Eso fue al principio —dijo la viuda—. Me dejé engañar, igual que tú. Me dejé engañar, estaba hechizada. Volviendo a casa, con nuestras cestas llenas de bayas y flores, formábamos una estampa romántica. Las historias que Isaac contaba esas noches estaban plagadas de oscuras fantasías. Incluso le supliqué, Dios me perdone, que las pusiera por escrito. Luego de buenas a primeras se unió a una asociación, y los domingos por la mañana se levantaba y se marchaba antes del amanecer.
       —¿Una asociación? ¿Tan temprano? ¿Qué biblioteca abre a esa hora? —dije, asombrado de que un hombre como Isaac mantuviera tratos tan dudosos.
       —Ah, no me sigues, no me sigues. Era una asociación excursionista, quedaban a la luz de la luna. A mí me parecía una lástima, Isaac pasaba toda la semana encerrado y necesitaba despejarse. Solía llegar a casa tan fatigado que ni podía tenerse en pie. Decía que le gustaba ir por el paisaje. Yo creía lo que me decía, igual que tú, escuchaba sus palabras y nunca fui más allá. Al final renunció a los excursionistas y pensé que aquella extravagancia se había terminado. Me dijo que era absurdo caminar a aquel paso, que él era profesor, no atleta. Entonces empezó a escribir.
       —Bueno, escribía desde siempre —objeté.
       —No era lo mismo. De pronto escribía únicamente cuentos de hadas. Le puso tanto empeño que por un tiempo abandonó todo lo demás. Era la misma extravagancia con distinta forma. Los cuentos me sorprendieron, por lo malos y torpes que eran. Se parecían un poco a las ideas con que solía asustar a las niñas, pero plagados de notas, apéndices, prefacios… Me llamó la atención que no se diera cuenta de que en realidad eran cuentos de hadas. Y para colmo muy mediocres, la verdad, llenos de duendecillos, ninfas, dioses, todo sumamente ordinario y anticuado.
       —¿Me dejarás verlos?
       —Acabaron todos quemados.
       —¿Los quemó Isaac?
       —¡No creerás que lo hice yo! Veo lo que estás pensando.
       Era cierto que me sorprendía oírla hablar con tanto odio. Supuse que era una de esas personas nacidas para aborrecer la imaginación. Me embargó un sentimiento de frialdad hacia ella, pero al ver sus manos pequeñas y temblorosas, abriéndose y cerrándose incesantemente ante su rostro como una verja sobre un gozne, recordé dónde había nacido y quién era aquella mujer. Era una huérfana a la que la magia le había salvado la vida, y eso la aterrorizaba. La frialdad se disipó.
       —¿Por qué ibas a preocuparte por unos simples cuentos? —pregunté—. No fueron los cuentos lo que lo mataron.
       —No, no, los cuentos no —dijo—. Eran historias perversas y estúpidas. Me alegré cuando los dejó. Hizo una pila en la bañera y les prendió fuego con un fósforo. Luego se guardó un cuaderno en el bolsillo del abrigo y dijo que iba a dar un paseo por el parque. Semana tras semana fue probando todos los parques de la ciudad. A mí no se me ocurría qué podía andar buscando. Un día fue en metro hasta el final de la línea y por lo visto encontró el parque idóneo. Iba cada día después de clase. Una hora de ida, una hora de vuelta. Llegaba a casa a las dos, las tres de la madrugada. «¿Vas para hacer ejercicio?», le pregunté. Pensé que a lo mejor volvía a correr. Solía llegar temblando por el frío de la noche y el rocío. «No, me quedo sentado en un banco», dijo. «¿Te dedicas a escribir más cuentos, a la intemperie?» «No, solo anoto lo que pienso.» «Un hombre debería meditar en su propia casa, no de noche al lado de unas aguas putrefactas», le dije. Llegaba a casa a las seis, las siete de la mañana. Le pregunté si pretendía encontrar su tumba en aquel lugar.
       Le entró un ataque de tos, mitad artificio y mitad resignación, tan fuerte que luego se asomó a los cuartos de las niñas por si las había despertado.
       —Ya no duermo —me contó—. Mira a tu alrededor. Mira, mira por todas partes, mira en las repisas de las ventanas. ¿Ves alguna planta, alguna planta doméstica común? Una noche bajé y se las di al basurero. No podía dormir en un lugar donde hubiera plantas. Son como árboles en miniatura. ¿Estoy trastornada? Toma el cuaderno de Isaac y tráelo de nuevo cuando puedas.
       Obedecí. En mi habitación, un espacio austero sin más ornamentos que unos pocos tallos en macetas, no me entretuve y saqué el cuaderno. Era una libreta de bolsillo, con páginas de papel pautado que se abrían sobre un alambre enrollado. Empecé a leer esperando encontrar algo que a primera vista no fuese obvio. Las insinuaciones melancólicas de Sheindel me habían hecho creer que en aquellas pocas páginas Isaac revelaba la razón de su suicidio, pero todo fue una decepción. No había ni una sola palabra relevante. Al cabo de un rato llegué a la conclusión de que, por los motivos que fuera, Sheindel estaba jugando de nuevo conmigo. Se proponía castigarme por preguntar lo impreguntable. Mi curiosidad desmedida la había ofendido; me había entregado el cuaderno de Isaac no para esclarecer mis dudas, sino para reprenderme. La letra era reconocible a pesar del trazo extraño, tembloroso e incluso senil, como corresponde a un hombre que escribe a la intemperie sosteniendo el cuaderno sobre la palma de la mano, una rodilla en alto o un pedazo de corteza; y no cabía duda de que las hojas estaban arrugadas y los bordes gastados porque alguien le había dado mucho uso. Así que no desconfié de la anécdota descabellada de Sheindel; hasta aquí era verdad: un parque, Isaac, un cuaderno, un arrebato repentino. Pero eso solo significaba que un profesor con una vena literaria había salido a dar un paseo. Incluso detecté una mancha verde que atravesaba una de las citas, como si la libreta hubiera resbalado hasta la hierba y la hubieran pisoteado.
       He olvidado mencionar que el cuaderno, aunque con pocas anotaciones, estaba escrito en tres idiomas. Yo no podía leer griego, pero parecía en forma de verso. El hebreo era sencillamente una miscelánea, extraída en su mayor parte del Levítico y el Deuteronomio. Entre esas citas hallé los siguientes fragmentos, transcritos no muy al pie de la letra:

    Debéis destruir por completo todas las moradas de los dioses, en las altas montañas, y en las colinas, y bajo cada árbol verde.

     Y a aquel que fuera en pos de los conocidos espíritus a fin de fornicar con ellos, lo apartaré de su pueblo.


       Eran notas corrientes y sin florituras, por supuesto, de las que cualquier profesor toma por costumbre para refrescar un texto, eliminando una frase aquí y allá a fin de agilizar la mano. O quizá pensé que Isaac en ese momento estaba preparando un artículo sobre los comentarios talmúdicos para estos pasajes. Sea como fuera, el resto de las citas, extraídas básicamente de la poesía inglesa, apenas me despertaron más interés. Eran los elegíacos favoritos de un romántico encubierto. Me repelió la Naturaleza de Isaac: iba encabezada con mayúscula y olía igual que mi Sótano de los Libros. Me di cuenta de que en los últimos tiempos se habían exacerbado sus manías de académico: no podía evitar ver un adorno floral sin hallar la correspondiente referencia clásica. Había garabateado un fragmento de Byron, un retazo de Keats (igual que los extractos de las Escrituras, estos eran también veloces y fragmentarios), un par de versos truncados de Tennyson, y este torpe cuarteto de fuente desconocida:

    Y aun así no todo se ha extinguido. Una dríade
       corretea por el bosque, una oréade roza a su paso el monte,
níveo en el susurrante arroyo el destello de una náyade;
       la belleza de la tierra sigue imbuida de su mágica cohorte.


      Todo era tan engolado, lunático y ridículo, y además tan pedante, que me avergoncé de él. Y aun así prácticamente no había nada más, nada que lo redimiera ni nada personal, tan solo una frase o dos compuestas con su estilo académico, rígido y contenido, no muy distinto de las pequeñas bromas acartonadas que solían salpicar nuestra correspondencia. «Escribo en la oscuridad, sentado en una piedra en el parque de la ensenada de Trilham, una bahía al norte de la ciudad, y a escasos pasos de un árbol esbelto, un Quercus velutina, cuya edad, si uno deseara calcularla, puede determinarse (Dios no lo permita) cortando el tronco y contando los anillos. El hombre que escribe tiene treinta y cinco años y envejece demasiada rápido, lo cual puede determinarse contando los pliegues de las ojeras que rodean sus pobres ojos miopes.» Debajo, más nítidas y legibles que el resto, deliberadas, aparecían cuatro curiosas palabras:

EL DIOS PAN VIVE

       No había nada más. Al cabo de un día o dos fui a devolverle el cuaderno a Sheindel. Me dije que tenía siete huérfanas de las que hacerse cargo, y contuve la rabia de que me hubiera engañado.
       Me estaba esperando.
       —Lo siento, había una carta en el cuaderno, se cayó. La encontré en la alfombra cuando ya te habías ido.
       —Gracias, pero no —dije—. Ya he leído bastante de los bolsillos de Isaac.
       —Entonces, ¿por qué viniste a verme, si puede saberse?
       —Vine —dije— solo a verte.
       —Viniste por Isaac —dijo, aunque con más burla que consternación—. Con lo que te di deberías haber entendido qué ocurrió, pero todavía no lo captas. Toma. —Me tendió un papel grande, tamaño legajo—. Lee la carta.
       —Ya he leído su cuaderno. Si lo que necesito para comprender a Isaac está en el cuaderno, no me hace falta la carta.
       —Es una carta que escribió para explicarse —insistió ella.
       —Me dijiste que Isaac no te dejó ninguna nota.
       —No iba dirigida a mí.
       Me senté en una de las sillas del comedor y Sheindel me puso el papel delante encima de la mesa. Quedó boca arriba sobre el camino de encaje. No lo miré.
       —Es una carta de amor —susurró Sheindel—. Cuando cortaron la cuerda para bajarlo, encontraron el cuaderno en un bolsillo y la carta en el otro.
       No supe qué decir.
       —La policía me lo entregó todo —dijo Sheindel—. Todo lo que podía conservarse.
       —¿Una carta de amor? —repetí.
       —Así es como se llaman comúnmente esas cartas.
       —Y cuando la policía te la entregó… te diste cuenta de… —balbucí después de oír lo inconcebible—. ¿Fue entonces cuando supiste en qué andaba ocupado?
       —En qué andaba ocupado —dijo, imitándome—. Sí. No, hasta que sacaron la carta y el cuaderno de sus bolsillos.
       —Dios mío. Un hombre con sus costumbres, su mentalidad… No me cabe en la cabeza. ¿Nunca sospechaste nada?
       —No.
       —Esas idas y venidas al parque…
       —Se había vuelto aberrante en muchos sentidos. Ya te lo he contado.
       —Pero ¡al parque! Salir así, solo… ¿No pensaste que podía encontrarse con una mujer?
       —No era una mujer.
       La repugnancia me taponó la nariz, como si fuera polvo.
       —Sheindel, estás loca.
       —Conque estoy loca, ¿eh? ¡Lee su confesión! ¿Cuánto más tiempo puedo seguir siendo la única que lo sabe? ¿Quieres que se me derrita el cerebro? Sé mi confidente —me rogó, tan de improviso que contuve el aliento.
       —¿No le has dicho nada a nadie?
       —¿Habrían recitado los mismos panegíricos si lo hubiera hecho? ¡Lee la carta!
       —No tengo ningún interés en lo anormal —dije con frialdad.
       Levantó la vista y me miró, apenas un instante. Sin cambiar la postura de su cabeza suplicante, se echó a reír; hasta ese momento yo nunca había oído nada igual, sonidos casi ratoniles por miedo a despertar a sus hijas, pero tan racionales en su intención que tuve la impresión de estar escuchando a la razón misma, estupefacta, interpretada en una fuga socarrona. La prolongó durante un minuto y después se calmó.
       —Por favor, quédate sentado donde estás. Presta atención, haz el favor. Yo misma te leeré la carta.
       Arrancó la hoja de la mesa con un gesto metódico. Vi que aquella carta había sido preparada con esmero; estaba escrita con letra apretada. Sheindel habló con un tono límpido cargado de desdén.
       —«Mis ancestros fueron apartados de Egipto por la mano de Dios» —leyó.
       —¿Así empieza una carta de amor?
       Siguió adelante con decisión.
       —«Fuimos culpables de supuestas abominaciones, bien descritas en otra parte. Otros pueblos se han nutrido de su mitología. A nosotros nos ha sido negada durante milenios.»
       Sentí que me impacientaba. Había vuelto allí con una única idea: transcurrido un tiempo prudencial, quería casarme con la viuda de Isaac. Mi intención era cortejarla con gran sutileza al principio, y que así no pareciera que me aprovechaba de su dolor. Pero ella estaba poseída.
       —Sheindel, ¿por qué quieres endilgarme un texto tan abstruso y abigarrado? Entrégalo al seminario, que lo incluyan en un simposio universitario.
       —Antes preferiría morir.
       Al oír eso empecé a escuchar de verdad.
       —«Dejaré de lado la postura completamente plausible del denominado animismo dentro del concepto del Dios único. Me abstendré de dilucidar históricamente su expresión, constante aunque encubierta incluso dentro del Cerco de la Ley. Criatura, dejo al margen…»
       —¿Qué? —exclamé.
       —«Criatura» —repitió, ensanchando los orificios de la nariz—. «¿Qué es la historia humana? ¿Qué es nuestra filosofía? ¿Qué es nuestra religión? Ninguna de ellas nos enseña a los pobres humanos nada acerca de nuestra soledad en el universo, e incluso sin ellas sabríamos que esa soledad es falsa. A muy tierna edad comprendí que un hombre insensato no creería en un pez a menos que lo incorporara a su experiencia. Existen un sinfín de formas que han alcanzado nuestros ojos, y el ojo aún más profundo de la lente de nuestros instrumentos; de esta percepción mínima de lo que ya existe es fácil concluir que otras formas son posibles, que todas las formas tienen probabilidad de existir. Dios no creó el mundo solo para Él, o yo ahora no poseería esta conciencia que me permite dirigirme a Vos, Hermosura.»
       —«Vos» —dije como un eco, tragando una triste perplejidad.
       —Déjame continuar —me pidió Sheindel, y siguió leyendo con voz grave—. «Es falsa la historia, falsa la filosofía y falsa la religión que postulan que nosotros, los seres humanos, vivimos rodeados de cosas. Las artes de la física y la química empiezan a darnos otras perspectivas, pero su sentido de la compasión es nuevo, y son pocos los que las siguen fielmente hasta su lógico y hermoso fin. Las moléculas danzan en el interior de todas las formas, y dentro de las moléculas danzan los átomos, y dentro de los átomos danzan fuentes aún más profundas de animación divina. No hay nada muerto. La no-vida no existe. La sagrada vida subsiste incluso en la piedra, incluso en los huesos de los perros muertos y los hombres muertos. Por consiguiente, en la fecunda creación de Dios no existe posibilidad de idolatría, y por tanto tampoco es posible cometer esa presunta abominación.»
       —Dios mío, Dios mío —gemí—. Basta, Sheindel, es más que suficiente, déjalo ya.
       —Hay más —dijo.
       —No quiero oírlo.
       —¿Crees que sus palabras ensucian su memoria? ¿Te parecen una mácula? Vas a oírlo. —Continuó con una voz que de repente me recordó a la de mi padre, por implacable—: «Criatura, abordo estos asuntos pese a que todo nuestro lenguaje sea para Vos lo mismo que un aliento; lo mismo que las mazas para el malabarista. Allí donde nosotros nos esforzamos por comprender día a día, y contemplamos la sepultura por el enigma que encierra, el resto de las especies nacen colmadas de sabiduría. Las razas animales actúan sin cuestionarse; el instinto es un don elevado, de ningún modo es vil. ¡Qué lástima que nosotros, los seres humanos, salvo por los vestigios primitivos que conservamos solo en unos pocos actos reflejos y acciones involuntarias de nuestros cuerpos, nazcamos sin instintos! Pobres de nosotros, que debemos recurrir a la ciencia, a la filosofía, a la religión, a todas nuestras fabulaciones y nuestros atormentados esfuerzos, a tantas cavilaciones y cuestionamientos vanos, para encarar todo aquello, ¡todo!, que se expresa con naturalidad y perfección en las bestias, las plantas, los ríos, las piedras. La razón es simple, y es nuestra tragedia: llevamos el alma a cuestas, el alma nos habita, somos su receptáculo, cuando ahondamos en el interior del alma debemos ahondar en nosotros mismos. Ver el alma, hacerle frente, en eso consiste la sabiduría divina. Y aun así, ¿cómo podemos ver el interior de nuestro oscuro ser? El ser de las otras especies está dispuesto de otro modo. El alma de una planta no reside en la clorofila, puede vagar a su antojo si lo desea, puede elegir cualquier forma o molde que le plazca. De ahí que las otras especies, gracias a que tienen un alma libre y son capaces de contemplarla, pueden vivir en paz. Ver la propia alma es saberlo todo, saberlo todo es ser dueño de la paz que nuestras filosofías tratan inútilmente de concebir. En la tierra residen dos categorías: el alma libre y el alma que mora en el interior. A los seres humanos nos maldijeron con un alma que mora dentro de nosotros».
       —¡Basta! —exclamé.
       —De eso nada —dijo la viuda.
       —Por favor, me dijiste que había quemado sus cuentos de hadas.
       —¿Te mentí? ¿Dirías que te mentí?
       —¿Pues por qué no lo hiciste, al menos por Isaac? Si esto no es un cuento de hadas, ¿qué pretendes que crea que es?
       —Piensa lo que quieras.
       —Sheindel, te lo ruego —dije—. No destruyas el honor de un hombre muerto. Olvida este disparate, rómpelo en pedazos, no sigas leyendo.
       —No soy yo quien destruye su honor. Lo había perdido por completo.
       —¡Por favor, escúchate! Dios mío, ¿de quién estamos hablando? ¡Del rabino Isaac Kornfeld! ¡Hablamos de honor! ¿No era un maestro? ¿No era un académico?
       —Era un pagano.
       Sheindel clavó la mirada en la carta. Volvió a la carga:
       —«Llegué a todas estas verdades paulatinamente, en contra de mi voluntad y de mi deseo. Nuestro maestro, Moisés, nunca habló de ellas, aunque podría haber dicho muchas cosas. No fue por ignorancia que Moisés omitió hablar de esas almas libres. Si yo he aprendido lo que sabía Moisés, ¿no es porque ambos somos hombres? Él era un hombre, pero un hombre guiado por Dios; fue la voluntad de Dios que nuestros ancestros dejaran de ser esclavos. Aun así nuestros ancestros, obstinados como eran, no habrían abandonado su esclavitud en Egipto de haber conocido la existencia de las almas libres. Habrían dicho: “Quedémonos, nuestros cuerpos permanecerán esclavizados en Egipto, pero nuestras almas pasearán a su antojo en Sión. Si la planta del cactus permanece arraigada mientras su alma vaga suelta, ¿por qué no lo hace también un hombre?”. Y si Moisés hubiera respondido que solo el mundo natural tiene el don del alma libre, mientras que el hombre permanece encadenado a la suya, y que un hombre, para liberar su alma, debe también liberar el cuerpo que es su receptáculo, se habrían burlado de él. “¿Cómo es posible que los hombres seamos los únicos seres distintos en el reino de la Naturaleza? En tal caso la condición del hombre es funesta e injusta; y si nuestra condición es funesta e injusta en todos los órdenes, ¿qué más da ser esclavos en Egipto que ser ciudadanos en Sión?” Y entonces no hubieran cumplido con la voluntad de Dios para abandonar la esclavitud. Moisés nunca les habló de las almas libres, pues de lo contrario nuestro pueblo no hubiera cumplido con la voluntad de Dios y nunca habría salido de Egipto».
       De pronto me embargó una desazón muy extraña, una sensación difícil de comparar con ninguna otra, aunque sabía que me era conocida. Y de pronto la identifiqué. Me proyectó a la infancia: era la crisis de discernimiento que se experimenta al leer por vez primera una serie de símbolos que componen una palabra. En ese momento penetré más allá del alfabeto de Isaac y me adentré en su lenguaje. Entendí que se encontraba en el terreno de la posibilidad, era tan lúcido como inspirado. Su intención no era abundar en el misterio, sino disiparlo.
       —Toda esta parte es brillante —salté de repente.
       Sheindel se había acercado al aparador a tomar un sorbo del té frío que había dejado allí.
       —Aguarda un minuto —dijo, y siguió aliviando su sed—. Me han hablado de dibujos que superan a Rembrandt esbozados por locos que después del arrebato ni siquiera sabían agarrar el carboncillo. Lo que viene a continuación es hermoso, te lo advierto.
       —Era un genio.
       —Sí.
       —Continúa —la apremié.
       Me miró con su sonrisa bufonesca, sarcástica. Leyó:
       —«A veces, durante la travesía del desierto, llegaban a un abrevadero y algún muchacho sagaz y rápido atisbaba por casualidad el alma del manantial (a la que los salvajes griegos después llamaron “náyade”), pero como desconocía la existencia de las almas libres, suponía que se trataba simplemente de un rayo de luna fugaz cruzando el agua. Hermosura, con la misma inocencia azarosa os descubrí a Vos. Hermosura, oh, hermosura».
       Se interrumpió.
       —¿Eso es todo?
       —Hay más.
       —Léelo.
       —El resto es la carta de amor.
       —¿Se te hace difícil leerla? —pregunté, más movido por el ansia que por la lástima.
       —Yo era la mujer de este hombre, el hombre que saltó el Cerco de la Ley. Para esto me libró Dios de la alambrada electrificada. Léela tú mismo.
       No pude contenerme y me apoderé de aquellas páginas abigarradas.
       —«Hermosura, en Vos se hallan la dicha, la confirmación y el divino socorro de mi teorema. ¡Cuántas horas, en el transcurso de cuántos años, erré por los bosques de cilios de nuestra enorme y absorbente estrella vegetal, esta semilla liviana y sin raíces que se arrastra en un único surco, esta col enmarañada, laberíntica y desmochada que es nuestra tierra! Nunca en todo ese tiempo, en todos esos días de frustración, un vacío como la sed del desierto, conseguí alcanzarlo. Me creí abandonado a merced de mi locura. Al amanecer, en lo alto de una loma, ¿qué era en realidad la evanescencia que parecía apresar la forma misma y la naturaleza del montículo? Tan solo la bruma que rodeaba la esfera del sol, a medida que crecía y emergía imponente a través de la escarcha. La oréade se me escapaba, dejando tan solo la ilusión de su presencia; o quizá nunca había estado allí; o sí, pero apenas un instante antes de huir. ¡Qué astutas son las almas libres! Hacen gala de un sentido del humor con el que nosotros los humanos ni siquiera podemos soñar: la alegría del borracho es una sombra de la sombra de la sombra de ese ingenio, y únicamente porque el borracho se ha convertido en un receptáculo, mientras que las orillas y el lecho de un riachuelo son los que contienen a la náyade. A una náyade, en cambio, sí creo haberla visto de cuerpo entero. Una vez mis siete hijas estaban junto a un arroyo en un escueto y hermoso prado, en el que yo había puesto muchas esperanzas. Como la más pequeña aún no tenía dos años y estaba quejosa, se les pidió a las mayores que la llevaran siempre de la mano, pero no hicieron caso. Me había adentrado un trecho en el bosque próximo cuando de pronto oí un grito y un chapoteo, y alcancé a ver un cuerpo diminuto que ondeaba llevado por la corriente. Corriendo hacia allí desde la arboleda, vi a las otras niñas muy juntas, asustadas, mientras la pequeña se hundía sin remedio, tan quietas que parecían formar una guirnalda, hasta que de pronto una de ellas (fue un movimiento demasiado rápido para que ver cuál) se lanzó a rescatar a la que se ahogaba, la arrastró a la superficie y la rodeó con un brazo para tranquilizarla. El brazo era azul: azul. Tan azul como un lago. Y febrilmente, desde la orilla donde me encontraba, empecé a contar a las chiquillas, jadeando. Conté ocho, y no pensé que estaba loco, sino que me sentí liberado. Volví a contarlas y esta vez conté siete, pero supe que la primera vez no me había equivocado, aún ahora tengo la absoluta certeza. Había una niña de brazos azules nadando con ellas. O, más bien, la silueta de una niña. Interrogué a mis hijas: todas, con el susto, pensaban que una de sus hermanas había socorrido a la pequeña llorosa. Ninguna de ellas llevaba un vestido de mangas azules.»
       —Pruebas —dijo la viuda—. Isaac era meticuloso, solía dar una explicación a todas las pruebas que presentaba, siempre.
       —¿Cómo? —La carta de Isaac crujió en mi mano temblorosa; el papel gimió como si lo azotaran.
       —Acababa encontrando un principio para justificarlas —concluyó con malicia—. Bueno, por mí no pares de leer, dejémonos de cumplidos. Tienes una larga historia por delante, tan larga como para provocar una calentura.
       —Té —le pedí con voz ronca.
       Me trajo su propia taza del aparador, y al beber creí tragar restos de su escarnio y su hiel.
       —Sheindel, para ser una mujer tan pía, eres tremendamente escéptica. —Y entonces el temblor se apoderó de mi garganta.
       —Esas son las palabras de un ateo —replicó—. A mayor piedad, mayor escepticismo. Un hombre de fe lo sabe. La superfluidad, el exceso de hábito y la superstición treparían igual que una enredadera asfixiante por el Cerco de la Ley si el escepticismo no las eliminara sin cesar a machetazos para dar libertad a la pureza.
       En ese momento la consideré plenamente digna de Isaac. No me atreví a preguntarme si yo era digno de ella; opté por enjuagarme la boca con un poco de té y volví a la carta.
       —«Me duele confesar —leí— que después de aquello me debatí entre la clarividencia y la duda. No confiaba en mis propias conclusiones, porque todas mis experiencias hasta la fecha eran evanescentes. Cualquier certidumbre la atribuía a alguna otra causa menos certera. Si salía una voz del musgo, la achacaba a los conejos y las ardillas. A cualquier pequeño movimiento entre el follaje lo llamaba pájaro, aunque no hubiera ningún pájaro. La primera vez que vi a los pequeños seres de la naturaleza solo sentí el estremecimiento de mi fantasía literaria y decidí que no eran más que un corro de setas recién brotadas. Pero una noche de pleno verano poco después de las diez, cuando en el cielo aún se veían las últimas vetas de luz, mientras deambulaba por este lugar, el mismo lugar donde encontrarán mi cadáver…»
       —Por mí no te detengas —dijo Sheindel al verme titubear.
       —Es terrible —dije con voz ronca—. Terrible.
       —Reseco como el caparazón —dijo como si hablara del cosmos; y entendí por su actitud que mantenía una relación fanática con la carta y que prácticamente se la sabía de memoria. Parecía pensar las palabras más rápido de lo que yo podía pronunciarlas, y por alguna razón me obligaba a acelerar el ritmo de mi lectura.
       —«… donde hallarán mi cadáver, reseco como el caparazón de un insecto —retomé el hilo sin pérdida de tiempo—. El olor a putrefacción ascendía claramente de la bahía. Empecé a especular sobre mi propio cuerpo cuando me muriera, si el alma quedaría liberada justo después de que se extinguiera la vida, o si gradualmente, a medida que la descomposición avanzase, se iría liberando poco a poco el alma que mora en el interior. Pero cuando reflexionaba que el cuerpo de un hombre no es más que una vasija de barro, un hecho que ninguno de nuestros sabios ha rebatido jamás, pensé que un alma hecha a ese receptáculo naturalmente se aferrará hasta que la última partícula y residuo de la vasija se desintegre en la tierra. Caminé a través de los surcos de aquel prado oscuro, apenado y compadeciéndome a mí mismo. Comprendí que mientras mis pobres huesos se descomponían sin prisas, mi alma debería permanecer en su interior, a la espera, desesperada en su anhelo por reunirse con las almas libres. La maldije por estar atrapada en la carne lenta, despojada de gravedad, condenada a una consunción interminable. ¡Mejor estar preso en el vapor, en el viento, en el pelo de un coco! ¿Quién sabe cuánto tarda el cuerpo de un hombre en quedar reducido a grava, y la grava reducida a arena, y la arena convertida en sustrato? ¿Cien años? ¿Doscientos, trescientos? ¡Mil, tal vez! ¿Acaso no es verdad que los paleontólogos desentierran constantemente huesos casi intactos después de dos millones de años bajo tierra?» —Interrumpí la lectura—. Sheindel, esto es muerte, no amor. ¿Dónde está la carta de amor que tanto había que temer? No la encuentro.
       —Continúa —me ordenó. Y añadió—: Ya ves que no temo nada.
       —¿Ni el amor?
       —No. Pero recitas demasiado lento. Te tiemblan los labios. ¿Temes tú a la muerte?
       No respondí.
       —Continúa —me dijo de nuevo—. Ve más rápido. La siguiente frase empieza con una idea extraordinaria.
       —«Una idea extraordinaria nació en mí. Era luminosa, profunda y práctica. Y además existía un sinfín de precedentes; las mitologías la habían documentado decenas de veces. Recordé a todos los mortales a los que se atribuía trato carnal con los dioses (una palabra colectiva, dando muestras de gran sentido común, con la que se expresa lo que nuestras filosofías denominan con un término más abstruso, la Shejiná) y recordé también el mestizaje conmovedor representado por centauros, sátiros, sirenas, faunos y demás criaturas, por no mencionar esa mezcla todavía más famosa del Génesis en la que los hijos de Dios tomaron a las hijas de los hombres por esposas, dando lugar a gigantes y posiblemente también a aquellos engendros, el leviatán y el behemot, que conocemos por Job, junto a los unicornios y demás quimeras y monstruos que abundan en las Escrituras, y que por tanto distan mucho de ser fantasías descabelladas. Se conocía también el ejemplo del súcubo Lilit, que en el gueto medieval a menudo copulaba incluso con chicos prepubescentes. Todas estas evidencias me reafirmaban en mi convicción de no ser el primero que sentía ese deseo desde que el mundo es mundo. Criatura, la idea que se apoderó de mí era esta: si pudiera aparearme con una de las almas libres, la fuerza de la cópula podría desgajar mi propia alma de mi cuerpo; apresarla, como con unas pinzas, y extraerla, por así decirlo, para que alcanzara la libertad. La intensidad y la fuerza de mi deseo por capturar uno de aquellos seres crecieron entonces tremendamente. Evitaba a mi mujer…»
       La viuda se dio cuenta de que se me entrecortaba la voz.
       —Por favor —me pidió, y vi que su cara se transformaba en una mueca de desdén.
       —«… a fin de no reducir la potencia sexual cuando llegase la hora (que podía ser en cualquier momento, e incluso, supuse, en mi propio dormitorio) de encontrarme con una de las almas libres. Me veía atraído una y otra vez hasta las viscosidades fétidas de la ensenada, arrastrado allí como por la hediondez creciente de mi propia putrefacción perenne y tediosa, una idea de la que ya no podía desprenderme: imaginaba mi alma atrapada en el último gránulo de mi ser, y ese último gránulo se conservaba tal vez petrificado, no acababa de disolverse nunca, ¡y mi alma quedaba condenada a ocuparse de él por toda la eternidad! Me parecía que el alma debía quedar liberada de inmediato o perderse para siempre en el aire puro. En una oscuridad impenetrable, debatiéndome con ese extraño pánico, avancé tropezando de zanja en zanja como un perro ciego que busca afanosamente apoyo en la verticalidad sólida, hasta que de pronto la palma de mi mano topó con la corteza de un tronco. Levanté la vista, pero la noche era tan negra que no pude hacerme una idea del tamaño del árbol; dejé caer la cabeza, apoyé la frente en los surcos del tronco. Mis dedos se entretuvieron en los intersticios de la escritura cuneiforme de la corteza. Luego pegué la cara al árbol y lo rodeé con ambos brazos, abarcándolo. Uní las manos al otro lado. Era un ejemplar joven y fino, no supe de qué familia. Alargué el brazo hasta la rama más baja, arranqué una hoja y, meditabundo, deslicé la lengua por el contorno para precisar su forma: era un roble. Me dejó en la boca un regusto pegajoso y exaltadamente amargo. Un ligero cosquilleo me subió por la entrepierna. Coloqué una mano (manteniendo la otra en la cintura del árbol, para entendernos) en la bifurcación (lo que sería la ingle) que unía aquella extremidad más baja con el torso, de una firmeza elegante y adorable, y acaricié aquella coyuntura milagrosa con languidez, que fue poco a poco cobrando vigor. De repente se apoderó de mí un impulso salvaje y una intensa temeridad: elegí aquel árbol solitario y el suelo que lo rodeaba para batirme con un enemigo que no cedería, al menos en dos sentidos: ni se entregaría ni se rendiría. “Vamos, vamos”, desafié en voz alta a la Naturaleza. Una ráfaga de pestilencia se mezcló con el aire cálido. “Vamos”, grité, “copulad conmigo, como hicisteis con Cadmo, con Reco, con Titono, con Endimión, y con aquel rey llamado Numa Pompilio a quien ofrecisteis vuestros secretos. Del mismo modo que Lilit acude sin una señal, acudid Vos. Igual que los hijos de Dios acabaron copulando con las mujeres, dejad ahora que una hija de Shejiná, la Emanación, se revele ante mí. Ninfa, acude ahora, vamos…”
       »Sin previo aviso me empujaron al suelo. Caí de bruces y masqué un amasijo de tierra e inmundicia, a cuatro patas, aferrándome al suelo con las uñas. Un fortísimo dolor me subió por la cadera. Empecé a llorar, porque estaba seguro de que me había embestido un animal vigoroso. Vomité la tierra que me había tragado sintiéndome envilecido, pues está escrito que “con ningún animal tendrás ayuntamiento amancillándote con él”. Me quedé tendido en la hierba, temiendo levantar la cabeza para comprobar si el animal seguía al acecho. No sabía cómo, pero en aquella postura había bastado medio segundo para excitarme y saciarme exquisitamente, de un modo imposible de explicar, pues aunque había cumplido igual que con mi propia mujer, me sentía víctima de un rapto sobrenatural. Continué boca abajo, tratando de oír el resuello del animal. Mientras tanto, a pesar de que hasta la última fibra de mi ser se sentía colmada, una voluptuosidad maravillosa se resistía a abandonar mi cuerpo; exultaciones sensuales de un orden supremo y paradisíaco, distinto de cualquier cosa que nuestros poetas hayan definido jamás, llameaban y estaban intensamente satisfechas al mismo tiempo. Esa sana y deliciosa sensibilidad a flor de piel excitó mi ser durante cierto tiempo: era una unión no muy distinta (en el plano metafórico; el de la realidad es imposible de describir con palabras) de la mágica contradicción del árbol y su rama en el punto en que ambos se bifurcan. En mí se unían, en el mismo instante, el apetito y la culminación, la delicadeza y la fuerza, el dominio y la sumisión, y otras paradojas de relevancia enteramente emocional.
       »Entonces creí oír al animal hollando la hierba, a escasa distancia de mi cabeza, moviéndose con astucia; contenía el aliento antes de expulsarlo con un débil rumor que parecía un viento ligero a través de los juncos. Con gran energía (mi vigor muscular parecía haber aumentado) me levanté de un salto, temiendo por mi vida; no disponía de nada con lo que defenderme, aparte —¡qué ridículo!— de la pluma con la que había estado escribiendo en un pequeño cuaderno que entonces llevaba conmigo a todas partes (y que aún llevo como recuerdo vergonzoso de mi apatía, mi apego a los libros, mis patéticas conjeturas e ilusiones de un tiempo en que, al no conoceros, no sabía nada). No vi un animal, sino a una chica apenas mayor que la mayor de mis hijas, que tenía entonces catorce años. Su piel era tan perfecta como la de una berenjena, y casi del mismo color. En estatura era la mitad de alta que yo. Enseguida advertí que el dedo corazón y el anular estaban unidos de un modo peculiar, uno encajado en el otro, igual que la lígula de una hoja. La muchacha era completamente calva y no tenía orejas, más bien una única especie de agalla o solapa en el lado izquierdo de la cabeza. Los dedos de los pies mostraban la misma singularidad que había observado en los de la mano. No iba desnuda, ni tampoco vestida. Con esto quiero decir que, aunque una parte de su cuerpo, desde la cadera hasta justo debajo de los pechos (cada uno de los cuales recordaba a una pera aterciopelada e incolora, suspendida de un pedúnculo muy corto, casi invisible), parecía exuberantemente cubierta de un material algodonoso o esporífero, se trataba en realidad de una eflorescencia similar a lo que para nosotros es el cabello. Toda la zona genital estaba tan a la vista como la de cualquier flor silvestre. Al margen de estas desviaciones su aspecto era en esencia humano, aunque con un inconfundible matiz floral. Era, de hecho, el revés de nuestro eufuismo manido cuando decimos que una muchacha florece; ella, por el contrario, parecía una flor transfigurada en la criatura más encantadora y formidable que habían visto mis ojos. A la menor ráfaga de viento doblaba su cintura cimbreante, y me di cuenta de que allí, y no en la respiración de una bestia libidinosa, estaba el origen del sonido susurrante que me había alarmado al acercarse: al moverse rozaba las briznas de hierba. (Ella, como carecía de pulmones, no “respiraba”.) Permaneció de pie meciéndose ante mí, con una cara tan tierna como una campanilla, de la que emanaba una extraña fosforescencia: despedía una luz propia, en efecto, y pude demorarme a contemplar su belleza.
       »Además, a través de la experimentación pronto descubrí que no solo tenía capacidad para el lenguaje, sino que se deleitaba en jugar con él. Y lo digo literalmente: si antes que nada me había fijado en sus manos fue porque las había estirado para apresar mi primer grito de asombro. Cazaba mis palabras como si fueran balones, o las dejaba rodar, o las atrapaba y echaba a correr para arrojarlas a la ensenada. Descubrí que hablarle era poco más o menos acribillarla; pero a ella le gustaba, y me dijo que el habla humana corriente solo hacía cosquillas y divertía, en tanto que la risa, por ser sumamente oclusiva, era una agresión en toda regla. A partir de entonces puse cuidado en fingir una gran solemnidad, aunque no salía de mi embeleso. Más que escuchar su “voz”, la percibía, y eso era algo difícil de entender para ella, incapaz de imaginar hasta qué punto los seres humanos somos prisioneros de la percepción sensorial. Sus frases me llegaban no como una serie de frecuencias diferenciadas, sino (por imposible que sea desarrollar esta idea a través del lenguaje) como una nube difusa de fragancias campestres; aun así, decir que asimilaba su pensamiento por medio del nervio olfativo sería una distorsión pedestre. En resumidas cuentas, todo lo que me decía me alcanzaba con un diáfano resplandor de perfumes, y entendía su significado con una inmediatez llena de júbilo, y sin ninguna de las ambigüedades y suspicacias que rodean nuestra comunicación humana.
       »Por este medio me explicó que era una dríade y que se llamaba Iripomonoéià (la transcripción más aproximada a nuestra limitadísima ortografía y a nuestro torpe alfabeto, tan impermeable a categorías odoríferas). Me confirmó lo que ya intuía: que me había entregado su amor en respuesta a mi llamada.
       »“¿Acudís al llamamiento de cualquier hombre?”, pregunté.
       »“Todos los hombres nos invocan, se den cuenta o no. Mis hermanas y yo a veces acudimos a quienes ni siquiera son conscientes de habernos llamado. A menos que sea por diversión, casi nunca acudimos al hombre que nos invoca deliberadamente, que solo desea habitarnos por perversidad, o para alardear, o para satisfacer un apetito malsano.”
       »“Las Escrituras no prohíben la sodomía con las plantas”, exclamé, pero ella no comprendió nada de esto y bajó las manos para dejar pasar mis palabras. “Yo os he llamado deliberadamente, no por perversidad, sino por amor a la Naturaleza.”
       »“Otras veces he apresado palabras de hombres que hablaban de la Naturaleza, no eres el primero. No lo hacen tanto por amor a la Naturaleza sino por temor a la Muerte. Así lo percibió mi prima Corylylv hace un tiempo copulando en un muelle con uno de tu especie, uno llamado Spinoza, que padecía catarro pulmonar. Soy un ser de la Naturaleza y soy inmortal, así que no puedo compadecerme de vuestras muertes. Pero vuelve mañana y di Iripomonoéià.” Entonces persiguió mi última palabra, a la que había mandado de una patada detrás del árbol. No volvió. Fui corriendo y di varias vueltas con insistencia, pero por aquella noche la había perdido.
       »Hermosura mía, hasta ahora nunca había contado estas cosas sobre mi vida y mis meditaciones, ni a Vos ni a nadie. El resto escapa a la mezquindad de las palabras: ¡aquellos goces desde la medianoche hasta el alba, cuando la fosforescencia del cielo vociferante te ahuyentaba y volvías a casa! ¡Qué trance de felicidad mientras copulábamos en las zanjas, entre las hierbas altas, detrás de una fuente, bajo un muro derruido, e incluso una vez, temerariamente, en el pavimento mismo, con un banco por techo y celosía! ¡Cómo aprendí mediante las artes de la naturaleza a experimentar ciertas químicas que engendran maravillas explícitas, alegrías y éxtasis con los que ningún hombre se ha saciado desde que el padre Adán extrajo la clorofila prohibida del Edén! Hermosura, Hermosura, no hay nadie como Vos. No hay frente tan tersa y de líneas tan puras, ni pliegue del codo más sublime, ni mirada más verde, ni cintura tan maleable, ni extremidades tan placenteras y sensibles. Nadie como la inmortal Iripomonoéià.
       »Criatura, la luna se llenó y ayunó dos veces, y la novedad arcaica y gloriosa de Iripomonoéià permanecía intacta.
       »Hasta anoche. ¡Anoche! Lo relataré con simplicidad.
       »Nos metimos en una zanja poco profunda. Con una voz de dulce y extraordinaria fragancia, tan dulce que sofocaba incluso los bárbaros efluvios y los gases hediondos que el viento levantaba de la ensenada, Iripomonoéià quiso saber cómo me sentía sin alma. Le contesté que no sabía que aquella fuera mi condición. “Oh, sí, tu cuerpo es ahora un envoltorio vacío, por esa razón es tan ligero. Verás, salta.” Salté y me elevé sin esfuerzo por los aires. “Tú mismo te has malogrado, perdiéndote en confusiones”, se quejó. “Por la mañana tu cuerpo se habrá arrugado, estará reseco y feo como una hoja marchita, y después de esta noche ya nunca acudirás a este lugar.” “¡Ninfa!”, rugí, atónito al comprobar que levitaba. “Ay, ay, eso ha dolido”, se quejó. “Me has golpeado el ojo con ese ruido”, y exhaló un aroma más profundo, una especie de bruma con olor a puerro que irritaba las membranas mucosas. Un cardenal blancuzco desfiguró su párpado de pétalo. Estaba arrepentido y suspiré profundamente por haberla herido. “La belleza mancillada es para las de nuestra especie lo que para vosotros el dolor físico”, me reprendió. “Donde vosotros padecéis dolor, nosotras padecemos la fealdad. Donde os sentís vejados por la inmoralidad, nosotras nos sentimos vejadas por la fealdad. Tu alma te ha abandonado y estropea nuestro bonito juego.” “¡Ninfa!”, dije apenas en un susurro. “Corazón, tesoro, si mi alma se ha separado de mí, ¿cómo es que no me doy cuenta?”
       »“Pobre hombre”, contestó. “Basta con que mires a tu alrededor para verlo.” Me hablaba de pronto con la acritud de una hierba silvestre, y alrededor se respiraba un hedor tremendo. “Sabes que soy un espíritu. Sabes que aparezco y desaparezco. Todas mis hermanas aparecen y desaparecen. De todas las razas, nosotras somos las más veloces. La fugacidad es nuestra religión. Nadie puede ser un obstáculo, nadie debe demorarnos. Ayer, sin embargo, te propusiste detenerme en tu abrazo, prolongaste tus besos hasta que fueron años, repetiste sin descanso que yo era tu tesoro y tu corazón, y tu alma en su lenta codicia me mantuvo presa a su lado, aun sabiendo que un espíritu no puede quedarse ni tener ataduras. Intenté escapar, pero tu alma obstinada se aferró a mí hasta que al fin se desprendió de su carcasa y escapó conmigo. Vi que quedaba tirada en el pavimento justo cuando el cielo empezaba a ponerse azulado antes del amanecer, así que huí y no he podido decirte nada hasta ahora.”
       »“¿Mi alma es libre? ¿Libre por completo? ¿Y es posible verla?”
       »“Es libre. Si pudiera compadecerme de cualquier criatura viviente bajo el cielo, te compadecería a ti, después de haber visto tu alma. No me gusta, se conjura contra mí.”
       »“¡Mi alma os ama!”, insistí triunfal. “¡Se ha librado de los mil años de sepultura!” Salté de la zanja como una rana, sintiendo la ingravidez de mis piernas; pero la dríade seguía en el suelo enfurruñada, acariciándose el feo ojo violado. “Iripomonoéià, mi alma os seguirá con gratitud hasta la eternidad.”
       »“Antes dejaría que me siguiera la sucia niebla. No me gusta tu alma. Se conjura contra mí. Me niega, niega a todos los espíritus y a todas mis hermanas, y niega también a las nereidas del puerto, niega nuestra multiplicidad y a todos los dioses diversiformes, y desprecia incluso al gran Pan, lo considera un enemigo. Y tú, pobre hombre, ni siquiera conoces tu propia alma. Ve a contemplarla. Allí la tienes, en medio del camino.”
       »Corrí de un lado a otro a la luz de la luna.
       »“Nada, solo veo allí arriba a un anciano polvoriento que a duras penas puede caminar.”
       »“¿Un anciano bastante feo?”
       »“Sí, eso es todo. Mi alma no está allí.”
       »“¿Con una barba enmarañada y apelmazada, y unas cejas enormes y furibundas?”
       »“Sí, sí, uno con esas trazas camina por el sendero. Va medio encorvado bajo el peso de un saco viejo y polvoriento. El saco está lleno de libros… Alcanzo a ver los lomos gastados que sobresalen.”
       »“¿Y va leyendo mientras camina?”
       »“Sí, va leyendo mientras camina.”
       »“¿Y qué lee?”
       »“Un tomo grueso y aterrador, pesado como una piedra.” Escruté la penumbra, iluminado por la luna. “Un tratado. Un tratado de la Misná. Las hojas están tan gastadas que se quiebran al pasarlas, pero no las pasa a menudo porque en una sola página hay mucho contenido. ¡Qué triste está! ¡Qué cansancio tan antiguo se refleja en su cara! Lleva en la garganta las marcas de los azotes. Sus mejillas están surcadas de pliegues, igual que banderas viejísimas, lee la Ley y respira el polvo.”
       »“Y dime, ¿hay flores en las orillas del camino?”
       »“¡Flores maravillosas! ¡De todos los colores! ¡Y hay nobles arbustos que parecen montículos cubiertos de musgo verde! Y canta el grillo. El anciano, sin embargo, recorre indiferente la belleza del prado. Olisquea su libro, como si las flores estuvieran en la página cuajada de letras, y en cambio las flores le lamen los pies. Lleva los pies vendados, sus uñas rotas arañan el sendero. El manto de oración le cae por la espalda, encorvada a fuerza de estudio. Lee la Ley y respira el polvo, no ve las flores ni va a advertir la presencia del grillo que canta en el prado.”
       »“Esa es tu alma”, dijo la dríade. Y desapareció llevándose con ella todos sus aromas.
       »Mi cuerpo navegó hasta el sendero de un solo salto. Aterricé cerca de la silueta del anciano y le pregunté si en efecto era el alma del rabino Isaac Kornfeld. Se echó a temblar, pero confesó. Le pregunté si pensaba adentrarse así en la eternidad, con sus libros y el Tratado a cuestas, y me respondió que no podía hacer otra cosa.
       »“¡Que no puedes hacer otra cosa! ¡Pensaba que añorabas la tierra! ¡Un inmortal como tú, un ser libre, y resulta que solo te preocupa cumplir con la Ley!”
       »Atemorizado, se tapó la cara con un brazo enjuto mientras con el otro sostenía el inclemente petate sobre el hombro. “Señor”, dijo, todavía tembloroso, “¿no deseabas verme con tus propios ojos?”
       »“¡Conozco tu figura!”, aullé. “¿Crees que no he visto esa misma estampa un centenar de veces antes? ¿En cien caminos distintos? ¡Esta figura no es la mía! ¡No consentiré que lo sea!”
       »“Si no te hubieras empeñado en deshacerte de mí”, dijo, “me habría quedado contigo hasta el final. La dríade, que no existe, miente. No fui yo quien me aferré a ella, sino tú, mi cuerpo. Señor, todo lo que carece de existencia real miente. Yo habría cantado junto a tu tumba los cánticos de David, habría entonado los lamentos de Salomón hasta que desapareciera el último residuo de tus huesos. Pero me expulsaste, tus costillas me destierran de su destino, y habré de errar solo para siempre aquí, en mi jardín”, dijo, arañando la página, “con mis preciosas aves”, dijo, arañando las letras, “y mis amados árboles”, concluyó, arañando la larga columna de glosas en uno de los márgenes.
       »Fue tan insolente en su atrevimiento (yo era todo carnalidad y él un mero monigote espectral) que lo agarré por el cuello de la camisa y lo zarandeé con fuerza, mientras los libros del saco se sacudían y por el roce caía una lluvia de copos de cuero de las cubiertas.
       »“El sonido de la Ley es más bello que el canto de los grillos. El olor de la Ley es más fragante que el musgo. El sabor de la Ley supera al del agua clara.”
       »Ante aquella provocación descarada, pues él conocía mejor que nadie mi desesperación, agarré las borlas de su manto de oración, lo desenrollé de su cuello y lo enrollé alrededor del mío. Me planté de un salto junto al árbol.
       »“¡Ninfa!”, llamé. “¡Santa y espíritu! ¡Iripomonoéià, ven! No hay nadie como Vos. No hay frente tan tersa y de líneas tan puras, ni pliegue del codo más sublime, ni mirada más verde, ni cintura tan maleable, ni extremidades tan placenteras y sensibles. Nadie como la inmortal Iripomonoéià. Apiádate de mí, ven.”
       »“No viene.”
       »“Hermosura, ven.”
       »“No viene, no.”
       »“Criatura, mira cómo me enrosco en el caracol de este manto igual que si fuera una hoja. Me encojo para escribir. Que el alma diga que eres mentira, pero el cuerpo…
       »”… el cuerpo…
       »”… los dedos se retuercen, los nudillos negros como la madera, la lengua se seca igual que el pasto, se adentra en la seda…
       »”… la seda de la vaina del manto, las rodillas se mustian, los nudillos se marchitan, el cuello…”»


       La carta terminaba así, abruptamente.
       —¿Ves? ¡Un pagano! —dijo Sheindel sin abandonar su sonrisa de desdén, cargada de audacia.
       —No te compadeces de él —dije, observando el destello del desprecio, tan resplandeciente como su dentadura.
       —¿Aún no lo ves? ¿No te das cuenta?
       —Compadécete de él —le dije.
       —Quien se quita la vida comete una abominación.
       La miré largamente.
       —¿No sientes piedad? ¿No te compadeces de él ni siquiera un poco?
       —Que el mundo me compadezca a mí.
       —Adiós —le dije a la viuda.
       —¿No volverás?
       Solo pude hacer un pequeño gesto de disculpa.
       —¡Ya te dije que solo venías por Isaac! Pero Isaac… —Me aterrorizaba su carraspeo, que en realidad era una risa inequívoca—. Isaac decepciona. «Un erudito. Un rabino. ¡Un judío excepcional!» ¡Ja! ¿Te ha decepcionado ahora?
       —Siempre fue un hombre asombroso.
       —Ya, pero no era lo que pensabas —insistió ella—. Una ilusión.
       —Únicamente los despiadados son ilusorios. Vuelve a ese parque, rebetsn —le aconsejé.
       —¿Y qué querrías que hiciera allí? ¿Danzar alrededor de un árbol y ponerles nombres griegos a las hierbas?
       —El alma de tu esposo está en ese parque. Consulta con ella.
       Su carcajada burlona me acompañó hasta casa, con lo que recordé sus palabras y tiré tres plantas de interior por el inodoro; tras un viaje de varias millas por los conductos llegaron directamente a la ensenada de Trilham, donde se descompusieron entre los excrementos de la ciudad.



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