Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Derramamiento de sangre (1976)
(“Bloodshed”)
Originalmente publicado en la revista Esquire, 85 (enero de 1976), págs. 100-101;
reimpreso en All Our Secrets Are the Same: New Fiction from Esquire,
ed. por Gordon Lish (1976);
Bloodshed and Three Novellas
(Nueva York: Knopf, 1976, 178 págs.)



      Bleilip salió en un autobús Greyhound de Nueva York y recorrió parajes gélidos, mitad urbanos, mitad rurales, hasta llegar al pueblo de los jasídicos. Había pensado caminar, pero sentía pesados los bolsillos del abrigo y al final decidió meterse en un taxi que andaba dando vueltas. Aunque era primera hora de la tarde de un domingo, no se veía ningún niño por la calle. Entonces recordó que no salían de las yeshivás hasta el anochecer. Yeshivás, en plural: por pequeña que fuera la comunidad, había tres o cuatro escuelas, y aún otras aparte para las niñas. Toby y Yussel le estaban esperando e hicieron señas al taxi para que bajara la calle llena de baches hasta la casa, todavía a medio construir. Era un pueblo recién fundado, y todo allí era nuevo o promesa de futuro: las aceras, los bidones de la basura, las fosas sépticas, los quioscos de prensa. Justamente porque todo estaba sin terminar se olía la crudeza de la tierra abierta, roja como la carne y arañada como por las garras de un animal grande, de los charcos helados en las cuencas de las zanjas, que exhalaban un aroma fresco, musgoso.
       Bleilip consideraba a Toby una conversa. Apenas podía decirse que fueran parientes, era prima tercera o cuarta, dependiendo de si contaba por parte de madre o por parte de padre, que a su vez también eran primos. Venía de una familia corriente, que nunca se había caracterizado especialmente por la audacia, y sin embargo en aquel momento ella le pareció de lo más peculiar, rara: llevaba un moño, que parecía un postizo prendido con horquillas, y un pañuelo anudado a la frente (tsheptshikhe, lo llamaba ella); las mangas colgaban por debajo de las muñecas y el vestido era estrafalariamente largo. Con su cara ancha y colorada y aquel atuendo, casi pasaba por una campesina. Aunque todavía se creyera independiente, había acabado por ser igual que todas sus mujeres.
       Le sirvió zumo de naranja. Bleilip, palpándose la calva, se preguntó si esperaban que diera la bendición, si le encajarían algo para cubrirse la cabeza. Estaba desconcertado, confuso, hasta que Yussel le dijo:
       —Tú vive tu vida, que yo viviré la mía. Haz lo que quieras.
       Así que apuró el zumo rápidamente. Cuando sentía alivio le daba mucha sed, y siguió sirviéndose de un frasco grande donde se reproducía la imagen de unas naranjas frescas y jugosas; compraban algunas cosas en el supermercado, igual que el resto de los mortales.
       —Bueno —le dijo a Toby—, ¿qué tal te va en tu shtetl?
       Ella se echó a reír y, señalando con un dedo el frigorífico nuevo, achaparrado y resplandeciente, toda una presencia, dijo:
       —Somos una aldea, ¿verdad? ¡Vivimos en un páramo!
       —Me refería al estado mental —dijo él.
       —Ah, el estado mental… ¿Y eso qué es?
       —No sé, aquí todo parece distinto —fue lo único que atinó a decir.
       —Está todo patas arriba, es por eso. En cuanto montemos las habitaciones de atrás parecerá una casa como cualquier otra.
       —El carpintero trabaja solo seis meses al año —terció Yussel—. Empezamos con él un mes antes de que parara, así que ahora tenemos que esperar.
       —¿Y a qué se dedica el resto del año?
       —Da clases.
       —¿Da clases?
       —Se turna con Shmulka Gershons. La otra mitad del año Shmulka Gershons pone tuberías. Seis meses de Guemará con los chicos, seis meses de trabajo. El señor Horowitz, el carpintero, hace lo mismo.
       —Por lo que dices, es un sistema estupendo —dijo Bleilip titubeando, con intención de halagar.
       —No es un sistema —dijo Yussel.
       —Yussel va a todas partes, parece un tren de cercanías —dijo Toby.
       Yussel era comercial en una fábrica de cajas de cartón. Llevaba una perilla muy cuidada, negrísima, gafas de concha y un chaleco que le cubría una barriga incipiente. Bleilip se daba cuenta de que le caía bien a Yussel; lo apartó de Toby para enseñarle la nueva caldera del sótano, el tanque de agua caliente a gas, los bloques de hormigón apilados en el patio, los cortes profundos en la carretera por donde pasarían el alcantarillado. Señaló una pequeña loma, a lo lejos; entre los árboles se veía un pedacito de tejado sin pintar.
       —Esa es nuestra yeshivá, a la que van nuestros hijos. No es la más exigente, les faltaba nivel. No estaban a la altura. En la yeshivá de la ciudad no les apretaban suficiente. Aquí —dijo orgulloso— van de las siete de la mañana hasta las siete y media de la tarde.
       Entraron de nuevo en la casa por la puerta trasera. Bleilip creía en la comunicación instantánea y ansiaba intimidad: necesitaba calor, cercanía. Yussel, en cambio, era impersonal, un guía, congelaba la visión de Bleilip. Pasaron por los dormitorios y de nuevo a Bleilip le dio la sensación de que Yussel fuera un agente inmobiliario, un burócrata, una oficina de turismo. Había unas pocas estanterías de libros —textos sagrados, nada frívolo—, y en cambio ni un solo cuadro en las paredes, ni una radio por ninguna parte, ni tampoco televisor. Bleilip había llevado, con cierto aire furtivo, una fotografía de Toby, tomada ocho o nueve años antes: Toby arrodillada en el césped del College de Brooklyn, con el pelo corto y rizado prendido con un pasador, calcetines largos y mocasines, un atisbo de medias, blusa tenue desenfocada por el viento, un libro cuyo título se leía con claridad: Ciencia política. Se la tendió a Yussel.
       —Una antigua compañera de clase —dijo Bleilip.
       Yussel miró hacia la pared.
       —¿Para qué necesito una imagen? Tengo a mi mujer justo delante de mí todas las mañanas.
       Toby sostuvo la cartera, miró, sonrió, se la devolvió.
       —Otra vida —dijo.
       Bleilip le hizo recordar.
       —Solíamos bromear sobre cuál sería el avance más rupturista, si ser mujer o ser judía… —A Yussel le comentó—: Tu mujer decía que iba a ser la primera presidenta judía.
       —Otra vida, otras bromas —dijo Toby.
       —¿Y esta vida? ¿Tanto te gusta?
       —¿Por qué insistes en esa pregunta? ¿Es que a ti no te gusta la vida que llevas?
       A Bleilip le gustaba la vida que llevaba, le gustaba con desmesura. Sentía que formaba parte del conjunto de la sociedad. Sin comprender por qué, dijo:
       —Aquí no hay lugar para las bromas, no se puede hablar a la ligera.
       —Si has dicho que éramos una aldea… —lo contradijo ella.
       —Eso no era en broma.
       —Ah, no lo era, lo decías en serio. Crees que somos fanáticos, primitivos.
       —Déjalo en paz —dijo Yussel. Hablaba con el tono de un cajero, un guía contando la recaudación del día, y Bleilip se entristeció, porque Yussel era un superviviente; en aquel pueblo recién creado, salvo uno o dos casos raros como Toby, todo el mundo era superviviente de los campos de exterminio, o hijo de superviviente—. Está buscando. Quiere encontrar algo. No es el primero, y tampoco será el último.
       La rotunda verdad de su afirmación sobresaltó a Bleilip; había creído que sus intenciones quedaban oscuramente veladas. Detestaba la exactitud en un superviviente. Era una afrenta. Esperaba que todo resultara más confuso, tal vez incluso cierta nostalgia por el sufrimiento. El frasco de zumo de naranja, los aparatos, la caldera, los tubos de desagüe lo contrariaban.
       —Le han hecho creer que iba a encontrar santos —dijo Yussel—. Mira, Jules —dijo—. Yo no soy un santo, y Toby no es una santa, y aquí no hay milagros, y nuestro rebe no hace milagros.
       —Así que tenéis un rebe —dijo Bleilip, sintiendo que una oleada de sangre le subía a la cabeza.
       —Sí, pero no vuela. Vinimos aquí para entregarnos a una vida de estudio. A nuestra manera, y con la idea de que no nos interrumpieran.
       —Hablas por el hombre, no por la mujer. Por ti, no por Toby. Antes Toby era inteligente. Tenía objetivos que cumplir y demás.
       —Concédele también algún mérito a una madre de cuatro hijos, que no solo las universitarias construyen el mundo —dijo Yussel con un tono tan imparcial, cargado de humor y obtuso que a Bleilip le dieron ganas de darle un puñetazo; la primera presidenta judía de Estados Unidos había sucumbido en su tercer año de carrera a las devociones, los ritos y las idiosincrasias privadas del zelote. Toby era corta de luces, se moría de ganas por seguir a los raros, los que se apartaban de la norma, incluso en el seno de su propia tradición. Bleilip, que había leído un poco, consideraba que aquellos jasídicos en realidad se acercaban más a la cristología: según ellos, todo debía pasar por un mediador. De su literatura romántica popular conocía los fragmentos y las obras corrientes, las consabidas leyendas, pasiones ocultas, singularidades, historias; había oído, por ejemplo, que la secta Lubavitch conmemora la fecha en que su maestro salió de la cárcel: bellos relatos, aún más conmovedores si se leían; poesía. A Bleilip, abogado a pesar de que no ejerciera, antiguo asesor laboral, recaudador de fondos por profesión, racionalista, un misnaged (apenas conocía la palabra), purista, escéptico, enemigo de la revelación de la fe, ¡enemigo de los jasídicos!, le repugnaban las sectas, y a pesar de todo sentía atracción por sus integrantes. Refugiados, supervivientes. Les atribuía un conocimiento que los indemnes ni siquiera podían columbrar.
       —Toby se lo guisa, Toby se lo come. No he venido aquí esperando encontrar el paraíso de los derechos de las mujeres, y Dios sabe que no he venido esperando encontrar santos —dijo.
       —Si no santos, tal vez mártires —dijo Yussel.
       Bleilip no dijo nada. No esperaba fomentar esa clase de confianzas; evitaba revelar sus intimidades a los demás. Su intención era abonar el terreno a los sentimientos. Vio fugazmente el número que Yussel llevaba tatuado (casi parecía que levantara la muñeca justo entonces para enseñarlo) y no sintió la compasión que había preparado para acompañar ese momento. Había ido allí convencido de que sería un pueblo de muertos. Que Yussel se hubiera dado cuenta le ponía de mal humor.
       Al anochecer remontaron juntos la calle empinada para ver a los chicos bajando por la ladera desde la yeshivá. No había peligro: ni un solo coche, salvo el taxi de Bleilip, había pasado por allí en todo el día. La nieve había caído hacía una semana, iba a entrar el mes de marzo y el aire golpeaba como un badajo, pero a través del frío Bleilip pudo oler algo distinto al olor del invierno. El olor de un fuego de leña en alguna parte le penetró en la garganta con una profunda fragancia de pino que lo conmovió; tuvo una sensación de lejanía, de claridad, de otras tierras y otras estaciones, los arroyos de una aldea, un pájaro extraño que tallaba agujeros en la madera. Los chicos bajaban de la yeshivá resbalando sobre la suela de sus zapatos, con un pie delante del otro, y se tambaleaban y rodaban por el suelo. Un par de ellos pasaron deslizándose a su lado, montados en la tapa de un bidón de basura. Los demás se daban empujones, se revolcaban, chillaban, sus yarmlkes caían en la nieve como pastillas de goma, monedas, tinteros negros. Bleilip veía aros de vaho por todas partes, ensortijándose en las guedejas que les nacían de las sienes y les brincaban sobre las mejillas, y de repente creyó comprender la verdad: los niños que rodaban por la ladera eran niños de mentira, niños que no eran de carne y hueso sino una multitud de fantasmas que descendía hacia ellos, un clamor de humo blanquecino cerniéndose sobre la carretera.
       —Voy al minkhe, ¿quieres venir? —dijo Yussel.
       El abuelo de Bleilip, todavía un niño pero con una nariz de viejo picada de viruelas, parecía volar hacia él montado en la tapa de un bidón. La última luz del día se escindió en rayos azules que rodearon la escena; la idea de ir a la oración vespertina le pareció natural en aquel momento, pero Bleilip, aunque sintió una punzada de alegría y orgullo, preguntó:
       —¿Por qué, necesitáis a alguien?
       Porque en ese instante estaba recordando lo que había olvidado que sabía. Se necesitaban diez hombres. Se felicitó por su buena memoria, así como por haber heredado la nariz de su abuelo, fina como una flecha —tanto la nariz, la cara y el cuerpo ya estaban disueltos en la tierra—, y siguió reuniendo las piezas de aquel rostro del pasado: los dientes amarillentos siempre chascando algo, recubiertos de harina rancia; los ojos grises en forma de media luna bajo los párpados carnosos; las cejas ralas como las de una mujer; la escobilla áspera del bigote, más blanca que la nata. Yussel lo agarró del brazo.
       —Qué pesimista, y qué gracioso. Aquí no nos quedamos nunca cortos, el minyen no falla. Pero ven, así oirás al rebe. Hoy es nuestro turno con él.
       Bleilip, apenas unos pasos más atrás, vio a Toby adentrarse en la oscuridad de la puerta, seguida por dos pares de niños con guedejas doradas; sintió el impacto de aquella imagen, como si un aura divina hubiera elegido la cabeza de la mujer, su casa. Pero al cabo de un instante se vio de nuevo humillado por el aguijón de la mirada de Yussel.
       —Va a darles la cena —dijo nada más—, después tienen deberes.
       —Los hacéis trabajar de lo lindo.
       —La miel en la página es solo para el principio —dijo Yussel—. Luego viene el aprendizaje duro.
       Bleilip aceptó una gorra, porque sentía las agujas del frío atravesándole el cráneo, y avanzaron penosamente por el hielo hacia la escuela: el rebe se dedicaba cada semana a un minyen distinto. Cuando Bleilip hizo ademán de coger un manto de oración de una caja de cartón, Yussel le dijo que no con la mirada, así que lo soltó. Nadie más le prestó atención. Al otro lado de la ventana, el cielo se hizo más profundo; los gritos de la colina se habían extinguido. Yussel le tendió un siddur, pero el alfabeto se le antojó caprichoso y ajeno: necesitaba recomponer las piezas, igual que acababa de ocurrirle con la cara de su abuelo. Se puso de pie cuando los demás lo hicieron, y luego se sentó de nuevo, encajando las caderas en un pupitre de niño. No le pareció que cantaran con especial fervor, como había leído que hacían los jasídicos, pero la cadencia era grave, solemne. El que guiaba la oración, a diferencia del resto, apenas murmuraba; era el único que llevaba el manto de flecos, bajo el que se refugiaba como en el interior de una cueva, atisbando el exterior sin delatar ninguna emoción. Bleilip paseó la mirada de un lado al otro por el tedio circundante. ¿Cuál de ellos sería el rebe? Buscaba la cara de un político, la autoridad de un alcalde de pueblo. O la cara de un patriarca, el padre de una gran familia. Acabaron el minkhe y se apiñaron en un rincón de la habitación: una mesa larga (tres tablones unidos con clavos, dos caballetes) cubierta con un mantel. El mantel estaba sucio, manchado por la tinta de los libros, las cubiertas de los viejos siddurim estropeadas por el roce, los dorsos de las manos abiertas de los hombres. Bleilip se acercó; encontró una silla plegable de madera y encajó las piernas en los travesaños, apartado de los demás. Le sorprendía que no fueran viejos, sino que en su mayoría rondaran los cuarenta años, hombres rollizos, en la flor de la vida. Sus mejillas sobresalían por encima de las barbas como lomas radiantes; algunos llevaban yarmlke; otros sombreros altos oscuros; y otros gorros negros ribeteados con pieles, o sombreros de fieltro comunes echados hacia atrás, e incluso había uno que llevaba una boina de mujer. Lo que atrajo poderosamente su atención fueron las bocas de aquellos hombres: vigorosas, tiernas, dichosas. Se quedó absorto mirándolas hasta que se dio cuenta de que hablaban en otra lengua, y que apenas entendía nada; de vez en cuando casi creía ver las palabras brotando de aquellas bocas en forma de banderas o cintas. Cuando entendía las palabras, las banderas lo azotaban; de lo contrario caían y se desvanecían con un leve rumor. A Bleilip le faltaba un mes para cumplir cuarenta y dos años, pero al lado de aquellos hombres devotos se sintió un niño; incluso las clavículas se le encogieron y perdieron corpulencia. Se obligó a concentrarse: oyó “azazel”, y oyó “kohen gadol”. Entretejían una mezcla de yiddish con retazos de la lengua sagrada. El murmullo del yiddish en el oído lo debilitó aún más, como la mosca de Tito: para él no era una lengua cotidiana, no la usaba más que para hacer burla, bromas, chistes… De repente vio a su difunto abuelo colgando de una cuerda, suspendido del techo. ¡Falso, imposible! Impropio de su abuelo, que había muerto de viejo y en paz en una cama del Bronx, un juerguista, un pillo viejo y redomado. El pillo devuelto a la vida y colgado del techo justo encima del rincón oscuro de Bleilip. Aquí los fantasmas se instalaban como si estuvieran ya en el más allá, descifrando las Escrituras. O lo que fuera. ¿Cómo saberlo? En la misma jerigonza del abuelo, los jasídicos (refugiados, hombres muertos) gritaban “templo”, gritaban “sumo sacerdote”, y cuanto más se estrujaba Bleilip el cerebro para entenderlos, más comprendía. Cinco veces el décimo día del séptimo mes, el día de la Expiación, el sumo sacerdote se cambia las vestiduras, cinco veces sumerge su cuerpo en el baño ritual. Después de la primera inmersión, prendas de oro; después de la segunda inmersión, ropa blanca; y vestido con la ropa blanca confiesa sus pecados y los pecados de su casa, mientras agarra un novillo por los cuernos. Caminando hacia el oriente, va desde el oeste del altar al norte del altar, donde hay dos chivos, y echa los chivos a suertes: uno para el Señor, otro para Azazel. Y al que es para el Señor le pone un collar de lana roja; será sacrificado y su sangre recogida en un cuenco. Y una vez más confiesa sus pecados y los pecados de su casa, y ahora también los pecados de los hijos de Aarón, este pueblo sagrado. Rocía la sangre del novillo hasta ocho veces, tanto hacia arriba como hacia abajo; rocía la sangre del chivo ocho veces. Entonces el sumo sacerdote se acerca al chivo que no ha sido sacrificado, el que es para Azazel, y lo toca y confiesa ahora los pecados de toda la familia de Israel, pronuncia el nombre de Dios y declara al pueblo limpio de pecado. Y Bleilip, al oír todo esto a través de la maraña de una lengua anquilosada en sus tuétanos, fue arrastrado hasta el filo de la piedad y la fe: se compadeció de los desventurados chivos y del infeliz novillo, pero más aún se apiadó del Dios de Israel, a quien veía como un pillo con la nariz picada de viruelas colgado de una soga de las altas vigas del Templo de Jerusalén, haciendo la vista gorda desde las alturas con Su diminuto sumo sacerdote, que entra y sale de un salto de una tina de agua, que se apresura a ponerse y quitarse ropas nuevas igual que un transformista de vodevil, que rocía la sangre a su alrededor. Y en todo momento Bleilip, junto con el Dios de los judíos, se apiada del padecimiento de estos hijos de Israel, meros títeres en el templo de antaño. Piedad para la piedad. ¿Qué Dios iba a tomarse en serio los ritos del templo? ¿Qué fin reserva a los chivos el Rey del universo? ¿Qué esperan ahora de Dios estos supervivientes, exonerados de la muerte, apoyados en este sucio mantel, sin vestiduras, altares ni sacrificios?
       De pronto Bleilip supo quién era el rebe. El hombre que llevaba gorro de faena, con una curiosa nariz chata, cabello oscuro y barba cobriza, con un puño en la boca y los codos hundidos en el regazo, acuchillándose; durante toda la recitación, mientras los demás lanzaban llamadas y proclamas, aquel hombre de nariz roma no había hecho uso de la palabra; pero ahora se puso en pie, echó atrás la silla rascando el suelo y se hizo oír, hablando con voz corriente. Bleilip lo miró con detenimiento: rondaría la cincuentena, tenía manos de bruto, con dos dedos amputados, y a los otros les faltaban las uñas. Un par de músculos le fruncían el cuello como cadenas. La cofradía contuvo el aliento y le prestó algo más que atención. Bleilip invirtió su punto de vista y se dio cuenta de que el rebe era su hijo, lo contemplaban con la actitud posesiva de unos padres alrededor de una cuna. Por su parte, el rebe también hablaba como si se dirigiera a sus progenitores, a unos padres ancianos, con deferencia, sobrecogido, culpable. Y aun así era su hijo, y aun así les debía su culpa.
       —Y después ¿qué ocurre? —dijo—. Leemos que después el kohen gadol entrega el chivo predestinado a Azazel a uno de los kohanim, y el kohen lo lleva a un lugar completamente desolado y agreste en medio del cual se abre un gran precipicio, y corta un pedazo del cordón de lana roja con que lo habían diferenciado y lo ata a una roca para marcar el lugar, y entonces conduce al chivo hasta el borde del precipicio y lo despeña, y el animal cae rodando hasta morir. Sin embargo, en el Templo no va a reanudarse el culto hasta que se confirme que el chivo ya ha sido entregado y ofrendado al páramo desierto. ¿Cómo van a saberlo a millas de distancia, en la ciudad lejana? En las orillas del camino del páramo a Jerusalén hay postes clavados en el suelo, y en lo alto de cada poste un hombre, y en la mano de cada hombre un gran manto, que al agitarse se levanta como un ala y se ve desde el poste siguiente; ala tras ala, el mensaje llega al fin al templo y el kohen gadol recibe la noticia de que el chivo se ha estrellado en el fondo del precipicio. Y solo entonces el kohen gadol puede dar fin a sus lecturas y sus invocaciones, a sus bendiciones y sus ruegos. En los alrededores de Sharon a menudo hay terremotos: el kohen gadol dice: “No permitas que los hogares de esta gente se conviertan en sus tumbas”. Y después de todo esto, una procesión; no, un desfile, una celebración; todo el mundo sigue al kohen gadol hasta su casa, está sano y salvo tras emerger del sanctasanctórum, pues todos los pecados han sido expiados, todos están libres de pecado y sanados, y en sus cánticos comparan al kohen gadol con una flor, un lirio, cantan cuánto se parece a la luna, al sol, al lucero del alba entre las nubes, a un plato de oro, a un olivo… Así, caballeros, era el Templo, y volverá a serlo cuando llegue el Mesías. Nos dice —dio unos golpecitos en su libro— la Misná Yoma que ese es el yom hakipurim, el día del Perdón. Sin embargo, ¿el perdón de quién? ¿Quién está libre de pecado? ¿Es expiatorio el chivo destinado a Azazel, acaso el kohen gadol nos limpia y nos santifica? No, solo el Altísimo puede limpiar de pecado, solo nosotros mismos podemos expiar el pecado. Rabí Akiva nos recuerda: “¿Quién es el que purifica? Nuestro Señor desde las alturas”. Entonces, señores, ¿por qué suponéis que el Templo era tan siquiera necesario, por qué iban a hacer falta los chivos, el novillo, la sangre? ¿Por qué es necesario que todo esto sea restituido por el Mesías? Son preguntas con las que debemos atormentarnos. ¿Cuál de nosotros sacrificaría un animal no para el sustento sino por una idea? ¿Cuál de nosotros arrojaría a un animal a una muerte segura? ¿Cuál de nosotros no se sentiría un pecador al hacerlo? ¿A quién no le embargaría la misma vergüenza que a Esaú? Tal vez se diga que eran otros tiempos, que los rituales han quedado obsoletos; ahora somos más puros, somos mejores, no estamos tan predispuestos a rociarlo todo con sangre. Sin embargo, reconozcamos que no diríais eso: vosotros no mentiríais. Pues a los animales, en nuestros tiempos, los sustituyen los hombres. El significado exacto de la palabra “Azazel” se desconoce: lo llamamos páramo, desierto, algunos dicen que es el infierno donde habitan los demonios. Pero sea lo que sea que queramos decir con “páramo”, sea lo que sea que queramos decir con “infierno”, sin duda el significado más llano es “en lugar de”. Desierto en lugar de parajes plácidos; infierno y demonios en lugar de plenitud, vida, paz. Chivo en lugar de hombre. ¿A ninguno de los presentes en el templo se le ocurrió, al ver a los animales en toda su majestuosidad, al contemplar el sano lustre de su pelaje, las pezuñas brillantes, los hocicos tímidos, al observar a aquellos seres con músculos como los nuestros, con una mirada tierna como la nuestra, a aquella magnífica criatura temblorosa de pies a cabeza, no hubo nadie allí, cuando el cuchillo se deslizó por el pelo y la piel, y la sangre salió disparada a chorros, no hubo nadie que sintiera el esplendor de la criatura viva? ¿Quién no se sobrecogió ante el milagro de la vida convertida en carcasa? ¿Quién no pensó: “¡Qué semejante al chivo soy! El chivo se va, yo me quedo; muere el chivo en lugar de que muera yo”. ¿Quién no vio en el chivo entregado a Azazel su propio destino? También a nosotros la muerte nos lleva al azar: algunos en el altar, otros por el precipicio… Señores, ahora mismo estamos en el Templo, por así decirlo; un Templo sin sanctasanctórum. Al ser destruido, el Templo renunció al mundo, de manera que el mundo pasó a ser un pálido remedo del Templo. En ausencia de Mesías, no puede haber ningún kohen gadol. No tenemos autoridad para bendecir a las multitudes; no se nos ha concedido ese don, no podemos rogar más que por nosotros mismos, nosotros nada más, en aislamiento, inútilmente. Somos, en cambio, iguales que esos chivos, nuestra suerte está echada, nos destinan al altar o a Azazel, y en cualquier caso seremos despedazados… Oh, padres míos, no podemos elegir, nos manejan, no somos libres, tan solo vivimos lo que nos toca “en lugar de”: en lugar de poder elegir llevamos el yugo, en lugar de holgura se nos señala el camino que hay que seguir, en lugar de libertad tenemos el cordón rojo alrededor del cuello, estábamos en aldeas, nos llevaron a los campos, estábamos en trenes, nos metieron en duchas de veneno, en ausencia del Mesías los laicos crearon una nación, los enemigos la despedazan a mordiscos. Cualquier cosa que hagamos en ausencia del Mesías es en vano. Cuando el Templo renunció al mundo y el mundo pasó a ser un triste remedo del Templo, toda la humanidad sobre la faz de la tierra se convirtió en chivo o novillo, en una hembra o un macho, todas nuestras plegarias son balidos y relinchos camino a un altar desolado, un Azazel inmenso. ¡Padres míos! ¿Cómo es posible vivir? ¿Cuándo llegará el Mesías? ¡Usted! ¡Usted! ¡Visitante! Mira usted hacia otro lado, ¿quién es usted para apartar la vista?
       Se dirigía a Bleilip: lo señalaba con un dedo sin uña.
       —¿Quién es usted? ¡Hable y mire! ¡Quién!
       Bleilip dijo su nombre, temblando: un colegial en un aula de colegio.
       —Estoy aquí con mi más profundo respeto, rabino. Me trajo aquí el interés por su comunidad.
       —No somos nativos de las islas del Pacífico Sur, señor, nuestras costumbres son bien conocidas desde que Moisés descendió del Sinaí. No debe apartar la mirada. No somos nada nuevo en este mundo.
       —Discúlpeme, rabino, nuevo no…, quizá poco familiar.
       —Para usted.
       —Para mí —admitió Bleilip.
       —¡Esa era mi pregunta, justamente! ¿Quién es usted, qué representa, qué es usted para nosotros?
       —Un judío. Igual que ustedes. Uno de los suyos.
       —¡Qué atrevimiento! ¡Ateo, devorador! A nosotros nos aguarda el Altísimo, la dicha, la vida. ¡A nosotros la fe! A usted, en cambio… Hace un momento hablé como si fuera su propio corazón el que dictara las palabras, ¿emes?
       Bleilip conocía aquella palabra: verdad, cierto, pero él no era más que un visitante y no aspiraba a tanto; quería solo lo que necesitaba, un pedacito concreto de verdad, que no fuera demasiado grande de digerir. Con más temía ahogarse.
       —Cree que el mundo es en vano, ¿emes? —dijo el rebe.
       —No le sigo, no voy en busca de la teología…
       —Padres míos —dijo el rebe—, todo lo que me habéis oído decir, todo lo que me habéis oído decir con voz desesperada, emana del hígado de este hombre. Mi boca hablaba por él como un loro. Mis dientes se convirtieron en su pico. Este hombre inunda la casa de estudio de una luz negra, como si llevara una barra de radio en el interior de su vientre. Nos devorará. Equipara el ser humano a los chivos. El Templo, tanto en su recuerdo como en su anticipación, lo considera un matadero. El mundo es a sus ojos un cementerio. ¿Se asombra usted, señor Bleilip, de que conozca sus riñones, su corazón? ¡Lacra! ¡Brote de cólera! Dice que no vino en busca de “teología”, señor Bleilip, y sin embargo se ha formado usted un concepto particular de nosotros, ¿emes? Una idea concreta.
       Bleilip deseó ser mudo. Buscó a Yussel con la mirada, pero Yussel mantenía la vista fija en el botón de la manga.
       —Hable en su propia lengua, por favor —dijo el rebe; Bleilip no podía hacer otra cosa—, y le entenderé muy bien. La idea que tiene usted de nosotros, por favor. ¡En pie!
       Bleilip obedeció. El mero hecho de obedecer lo apabulló. Las medias lunas de los rostros de perfil a ambos lados se le antojaron afiladas como guadañas. La yarmlke le resbaló de la cabeza, pero al ponerse en pie no se dio cuenta; uno de los hombres se apresuró a encasquetársela de nuevo. Sintió que la mano del desconocido le asestaba un golpe.
       —Exponga su idea —insistió el rebe.
       —Son cosas que he oído —dijo Bleilip con voz ronca—. Que en el Zohar está escrito cómo Moisés copuló con la Shejiná en el monte Sinaí. Que hay libros para echar la suerte, que adivinan la fortuna, los futuros. Que algunos rabinos alcanzaron la facultad de la levitación, suspendidos en el aire sin descanso, e hicieron nacer criaturas de mujeres estériles y sanaron milagrosamente. Que hubo una vez un rabino que llegó a descubrir la luz del sabbat. Cosas —dijo Bleilip—, supongo que leyendas.
       —¿Esperaba usted ser testigo de alguna de esas cosas?
       Bleilip guardó silencio.
       —En ese caso, permítame preguntarle de nuevo. ¿Dio usted crédito a alguna de esas cosas?
       —¿Se lo da usted? —preguntó Bleilip.
       Yussel intervino.
       —¡Prohibido burlarse del rebe! —le advirtió.
       Sin embargo, el rebe respondió.
       —No creo en la magia. Que existen influencias, eso sí lo creo.
       Bleilip se sintió más valiente.
       —¿Influencias?
       —Cambios de rumbo. Que a un hombre se lo puede apartar de la locura, del error, de las decisiones desatinadas. Del padecimiento, del mal, de la ira que lo corroe. De ir por el mal camino.
       En ese momento Bleilip examinó al rebe; desconfiaba de unas manos como aquellas. Las manos eran una atrocidad en sí mismas: deformes, mutiladas: ¿qué clase de máquina las habría cercenado de aquel modo? Y, más arriba, una gorra de faena. Pero por lo demás parecía un tipo llano, sensato, equilibrado, alguien que iba en busca de ciertas armonías, de la cordura, nada fuera de lo común, sin mística, un poco autoritario, con ínfulas de pedagogo, un predicador vehemente. Bleilip, que a fin de cuentas era también un hombre con una profesión y no un colegial, volvió a armarse de valor. Un tipo corriente. La gente hacía lo que ordenaba, tampoco era tan complicado; pero a aquel hombre le gustaba preguntar. O exigir, o dirigir. Tal vez fuera un monarca. Una comunidad necesita ser gobernada. Una relación humana, al fin y al cabo: Bleilip, cuyo vocabulario solía tener un sesgo sociológico, prefería por encima de cualquier otra la palabra “relación”.
       —Yo no voy por el mal camino —dijo.
       —Vacíese los bolsillos.
       Bleilip se quedó de pie sin moverse.
       —¡Vacíese los bolsillos!
       —Rabino, yo no soy un ejemplo práctico, no soy una demostración de nada…
       —La desesperación hay que ganársela.
       —Yo no estoy desesperado —objetó Bleilip.
       —Ser ateo es estar desesperado.
       —No soy ateo, soy laico. —Pero ni siquiera el propio Bleilip sabía lo que quería decir con eso.
       —¡Esaú! Por tercera vez: ¡vacíese los bolsillos!
       Bleilip sacó el objeto negro de plástico y lo tiró encima de la mesa, y todos los hombres retrocedieron al instante.
       —Hubo un rebe —dijo el rebe con mucha tranquilidad— que creía que todo hombre debería llevar dos tiras de papel en los bolsillos. En un bolsillo debía estar escrito: “No soy más que polvo y ceniza”. En el otro: “El mundo fue creado para mí”. Esta lacra de la humanidad llena solo un bolsillo, y con ceniza. —Agarró la pistola de juguete de Bleilip y dijo—: ¡Esaú! ¡Bestia! ¡Salvaje! ¿A quién te proponías hacer daño?
       —A nadie —dijo Bleilip, avergonzado—. No es de verdad. La llevo para acostumbrarme a ella. Para ver qué se siente. Oiga —dijo—, ¿cree que para mí es fácil ir con ese chisme a cuestas por ahí, sin dejar de pensar en ello?
       El rebe probó el gatillo. Hizo un chasquido de hojalata. Entonces envolvió la pistola en un pañuelo y se la guardó en el bolsillo.
       —Pasaremos ahora al mayrev —anunció—. La hora de estudio ha terminado. No abundemos más en este asunto. Esta es la tienda de Jacob.
       Los hombres abandonaron la mesa de estudio, ocuparon de nuevo sus asientos y siguieron recitando. Bleilip, humillado (la analogía con un maestro que confisca un juguete prohibido era demasiado exacta), todavía alterado, sintiendo que el temblor de la entrepierna iba a peor, no salía de su asombro ante el incidente que acababa de ocurrir. ¿Había sido una casualidad asombrosa que el rebe hubiera querido ver lo que contenían sus bolsillos, o acaso era vidente? Cuando concluyó el mayrev, los hombres se dispersaron con rapidez; por la mirada de Yussel, Bleilip se dio cuenta de que normalmente la sesión acababa de otra manera. Se sintió un animal del que todos huían. También a él le hubiera gustado echar a correr y no parar hasta la estación de autobuses, pero el rebe se acercó a él.
       —Tú —le dijo (du, como se dirige uno a un animal, o a un niño, o a Dios)—, el otro bolsillo. El segundo. El otro costado del abrigo.
       —¿Qué?
       —Vamos, afloja.
       Bleilip vació el otro bolsillo. Y así como saltaba a la vista que la pistola de juguete era un juguete, todo destello de hojalata, esta también pasaba por lo que era: monstruosa, torpe y dura, pesada, con un gatillo con muescas y un cañón que olía a pólvora quemada. Oscura, sin brillo. Un objeto real, listo para usar. Yussel dejó escapar un gemido, agachó la cabeza y la levantó de nuevo.
       —¡En mi casa! ¡Ha estado delante de mi mujer con eso! ¡Con dos!
       —Con una —dijo el rebe—. Una es un juguete y la otra no, así que solo hay que temerle a una. Es el juguete lo que debemos temer: lo inservible…
       —Deberíamos avisar a la policía, rebe —dijo Yussel.
       —¿Por un juguete? Cómo se reirían.
       —Pero ¡la otra! ¡Esta!
       —¿Sirve? —le preguntó el rebe a Bleilip.
       —¿Si está cargada, quiere decir? Claro que está cargada.
       —Cargada, ¿lo oyes? —dijo Yussel—. Vino en busca de aberraciones, rebe, es el primo de mi mujer, cómo iba yo a sospechar esto…
       —Vete a casa, Yussel —dijo el rebe—. Vete a casa, padre querido.
       —Rebe, puede disparar…
       —¿Cómo va a disparar? El instrumento está en mi mano.
       Así era. El rebe sostenía la pistola, la de verdad. Bleilip se sintió de nuevo atraído por aquellas manos. Esta vez el rebe se dio cuenta.
       —Buchenwald —dijo—. Bloques de hielo, un experimento de congelación. En mi caso solo hasta el codo, pero a otros los sumergieron por completo y perecieron. Los dedos que me quedan son dedos de juguete. Por eso has sentido miedo y has apartado la mirada.
       Todo esto lo dijo con gran claridad, en un tono que no traslucía ninguna opinión.
       —¡No hables con él, rebe!
       —Padre querido, vete a casa.
       —¿Y si dispara?
       —No disparará.
       A solas con el rebe en la escuela —qué tenues las bombillas, suspendidas de los cables—, Bleilip lo lamentó, por el desdoro de las armas. Se alegraba de que el rebe hubiera mandado a Yussel a casa. Daba la impresión de que el día (aunque ya era de noche) hubiera estado lleno de milagros y golpes de suerte. Por mediación de Yussel había llegado hasta el rebe. En ningún momento imaginó que podría acceder al rebe en persona: esperaba únicamente entrever el efecto que causaba en los demás. Las influencias. En ese sentido había quedado satisfecho.
       —Yo no voy por el mal camino —dijo de nuevo.
       El rebe envolvió la segunda arma en su pañuelo.
       —Esta despide un olor desagradable.
       —Una vez maté con ella una paloma.
       —¿Un pájaro vivo?
       —¡Ustedes, los creyentes —soltó Bleilip—, destazarían de nuevo a esos chivos si recuperaran el Templo!
       —A veces —dijo el rebe—, ni siquiera el rebe cree. Mi padre, cuando fue rebe, algunas veces tampoco creía. Es propio de los creyentes no creer de vez en cuando. Y es propio de los que no creen creer de vez en cuando. Incluso usted, señor Bleilip…, incluso usted de vez en cuando cree en el Santísimo, alabado sea, ¿verdad? Incluso usted de vez en cuando percibe al Altísimo, ¿a que sí?
       —No —dijo Bleilip; y luego rectificó—: Sí.
       —Pues entonces es usted tan sanguinario como cualquiera —dijo el rebe (esa fue su primera opinión verdadera), y con sus atroces manos dejó encima de la mesa el abultado pañuelo blanco para que Bleilip se lo llevara, cualquiera que fuese el propósito por el que creía necesitarlo.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar