Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Disparos (1977)
(“Shots”)
Originalmente publicado en la revista Quest/77,
1 (julio-agosto de 1977), págs. 68-72;
Levitation: Five Fictions
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1981, 132 págs.)



      Llegué a la fotografía de la misma manera que llegué a la subyugación: sin ningún talento especial y sin un punto de vista concreto. Hacer fotografías —cuando las hago, quiero decir— no tiene nada que ver con el arte, y menos aún con la realidad. Soy ciega para eso que las personas inteligentes llaman “composición”, reniego de cualquier emanación de “textura” y recorrer una galería de arte es un suplicio para mí. En cuanto a la cámara como máquina, bueno, sé por qué agujero tengo que mirar y cómo apretar el botón. El resto me suena a chino. Lo que me trajo a mi ingeniosa profesión no fue una idea de la fotografía como sucesora de la pintura, ni que encontrara ninguna clase de placer en los cuartos oscuros o en acumular cachivaches.
       Llamémoslo necrofilia. Me he enamorado de los cadáveres. Los rostros de los muertos me atraen. No conozco bien la historia de la fotografía (1832, el daguerrotipo, el vapor de mercurio; ¡qué fastidio que se crea necesario historizar un acto tan descarado como disparar una instantánea!), salvo para hacerme una idea del largo pasado de una cámara medido según el largo de la falda que llevaba una mujer hace un siglo. Hay quien habla de inventar una máquina del tiempo, como si no se hubiera inventado ya con la caja estanca y el obturador. Los rostros del siglo pasado, que solo son polvo en sus sepulturas, me han cautivado: esas miradas perdidas, esas narices y esas bocas, los lóbulos de las orejas, los cuellos de los vestidos. Mis ojos absorben esos detalles, no puedo evitar que me atraiga cualquier imagen ocre, antigua y endeble de cantos quebradizos.


       El otoño en que cumplí once años encontré a la Chica Oscura. Estaba en el suelo, bajo un montón de hojas de castaño, al lado de cinco contenedores altos de basura en una esquina del patio que había detrás del asilo de ancianas. Aunque confinaban a las internas en la galería del primer piso, con vistas al césped amarillento del jardín descuidado y lóbrego de la casa, de vez en cuando veía a alguna refugiada lela y medio calva arrastrando los pies por el mar de hierbas, con las medias a mitad de una pantorrilla surcada de venas azules y en la que se grababa una liga llena de nudos. Me moría de miedo al ver a aquellas ancianas descerebradas moviendo sus piernas y brazos de palo, chasqueando sus dentaduras de porcelana y aullándome en lenguas extrañas, mientras giraban sus ojos dementes en las cuencas casi translúcidas de sus calaveras. Solía imaginar que si una de aquellas espantosas brujas conseguía de algún modo traspasar la verja, sembraría el suelo de ligueros, dientes postizos, globos oculares legañosos, olores fétidos y carne vieja, estúpida y apelmazada, y florecería de pronto, se volvería rolliza y recobraría la lozanía y la turgencia del pasado: Shangri-La a la inversa.
       Fue la Chica Oscura la que me llevó a imaginar esas cosas. Cualquiera de aquellos patéticos sacos de huesos podía haber sido en otro tiempo la Chica Oscura. ¡Si alguien hubiera atravesado de un flechazo los jóvenes pezones de la Chica Oscura en la flor de la vida, si la hubieran detenido, apresado y conservado en su momento de plenitud y mayor turgencia!
       La Chica Oscura seguía viva. Yacía en una pila de álbumes tirados entre la hojarasca. Parecía que hubiera cientos de réplicas, no una sola: una chica con un vestido que le caía hasta los botones de los zapatos, con el pecho arqueado y un atisbo de miriñaque, y una cara misteriosamente sellada: ni una sola vez se entreveían sus dientes, ni una sola vez se veían los labios en nada parecido a la esperanza de una sonrisa; la risa quedaba descartada. Una chica seria; una chica en sepia; una chica tan oscura como la tierra. Llevaba los disgustos escritos en la cara.
       Poco a poco (aunque a mis ojos fue de repente) la vi envejecer. No fue que aquel rostro poco agraciado y tristón de nariz grande se alterara: no aparecían patas de gallo, ni los surcos que desentierran ese característico paralelogramo que une las aletas de la nariz con las comisuras de la boca; o, si se veían, no fueron los detalles en que me fijé. El rostro se desdibujó, desvaneciéndose. La mujer se convirtió en fantasma. El fantasma llevaba ahora una ropa distinta, demasiado corriente para impresionar a nadie. No lucía anillos en los dedos. Los ojos parecían desteñidos. Por alguna razón, en los retratos de esta solterona melancólica se violaba siempre la primera regla de la fotografía: no tener el sol de cara. Una esfera resplandeciente inundaba la imagen y la velaba, por lo general desde el ángulo superior derecho. Quienquiera que la hubiera fotografiado tantas y tantas veces a lo largo de los años, en realidad se proponía borrarla. Supe, sin embargo, que no era la decoloración propia del sol lo que conspiraba para hacerla desaparecer. Lo que estaba viendo —lo que había visto— era el paso del tiempo. Y tampoco se trataba del tiempo en movimiento, la ilusión que crean los relatos y las películas. Lo que había visto era el tiempo como estasis, el tiempo en un punto muerto, el tiempo fijo; el tiempo (aunque todavía no había llegado a eso en la escuela) de la urna griega de Keats. El rostro se desvanecía porque se avecinaba la muerte: la muerte que transforma, que arrasa, que marchita; la muerte que corroe, que escalda, que blanquea.


       La verdad es que me consideran una profesional discreta, seria en mi oficio, una persona que sabe mantenerse callada y guardar secretos cuando es preciso. Evito todas las cuestiones “técnicas”: si alguien quiere hablar de la marca de mi cámara (japonesa, por cierto), o de mi lente favorita, o de posibles trucos a la hora de revelar, o de qué calidad de papel prefiero, lo miro fijamente hasta obligarlo a bajar la vista. Divagar sobre las teorías de Minor White me parece denigrante. Tengo una vaga idea de lo que me traigo entre manos, y no se trata de nada de eso.
       De lo que se trata en realidad es de la Chica Oscura. Me la quedé. Quiero decir que la conservé en un rincón de la mente (y una de sus fotografías me la guardé además en el bolsillo de la blusa); la conservé porque estaba muerta. Espero que me hayan entendido bien: quiero decir que la conservé a pesar de que estuviera muerta. No fue ella quien me subyugó (y no porque perteneciera al sexo equivocado: la subyugación, igual que cualquier pasión en la que nos reconocemos, no entiende de géneros); estaba demasiado oprimida, demasiado oscura y quieta para eso. Aun así, fue ella la que me dio la clave milagrosa: una clave que no procedía de la ciencia de la mecánica o de la física, la clave de un éxtasis en la cara opuesta del arte, más allá de la metáfora, arraigada en la maravillosa literalidad. Me hizo ver, precisamente, que si ya no era una chica, si ya no era una mujer, si probablemente ya ni siquiera era una de las ancianas enfermas (cuando sus fotos cayeron desperdigadas por la hojarasca, ¿cuánto tiempo llevaba ella bajo tierra?), a pesar de todo era mía, real y físicamente, con la certeza de una verdad pura y simple. Me la podía quedar, tal y como había sido, porque alguien había mirado alguna vez por el orificio de una caja y había accionado una palanquita. Quienquiera que la hubiera anegado en aquel exceso de sol, por azar o a propósito, le había dedicado en cualquier caso un monumento de dos pulgadas de ancho por tres de largo. Lo sucedido entonces estaba aquí ahora. La llevaba conmigo en el bolsillo de la blusa.


       Saber esto —que el ahora será el entonces, que lo grande se hará pequeño— no sirve de cura. Ahora camino sin rumbo por las calles mojadas con un historiador, un profesor titular de historia sudamericana; no le apetece volver a casa con su mujer. Por alguna razón, cuando quedamos siempre llueve, y lo que me preocupa en este momento es el gran paraguas azul de Sam, con la cabeza de caballo tallada en la empuñadura de madera. Y no deja de ser extraño: hace un año que lo perdió. Quedó olvidado en una pequeña cafetería decorada de un amarillo chillón, en una calle de poco fiar por las noches, y cuando Sam volvió para recuperarlo, apenas diez minutos después, naturalmente ya no lo encontró.
       En aquella época Sam no me interesaba lo más mínimo. Me habían encargado seguirlo a todas partes mientras se celebraba un congreso que él presidía. Trabajábamos, temporalmente, para el mismo organismo. En su universidad pensaban editar un pequeño folleto a todo color para que el Departamento de Estado ganara amigos en Sudamérica; mi labor consistía en disparar con la cámara a Sam en el estrado con uruguayos, con brasileños, con peruanos, etcétera. Era un trabajo de poco lustre; acababa de hacer un reportaje sobre un físico intergaláctico cuyo sueño más extravagante consistía en la invención de un alfabeto que pudiera difundirse en todos los jardines de infancia del cosmos, así que no me costaba ningún esfuerzo ignorar los discursos mientras apuntaba con la cámara a los protagonistas. La mitad de los discursos eran en portugués o español, y había auriculares para oír la traducción simultánea en cualquier lugar de la sala. El intérprete, casi en cuclillas, ocupaba un extremo de la mesa en el estrado, junto a Sam y los demás, pero mantenía los labios curiosamente pegados al micrófono, como en un beso, mientras el sudor reluciente le resbalaba por el cuello; daba la impresión de que aquella atención bifurcada fuera un tormento para él. Su sufrimiento me atrajo. No era uno de los protagonistas (la celebridad del día, aunque entonces ya había anochecido y caía la tarde oscura y lluviosa, era el vicecónsul de Chile), pero aun así decidí fotografiarlo también, por razones personales: me gustaba el efecto del sudor reluciente sobre su nuez de Adán. Apunté hacia mi objetivo (soy rapidísima en eso), disparé una vez, disparé de nuevo, y me quedé perpleja cuando vi que le manaba sangre de un agujero en el cuello. El público se dispersó, fue como quedarse mirando un hormiguero después de desbaratarlo de una patada. La policía tuvo que sortear la maraña de cables. El intérprete simultáneo estaba muerto. Cabía esperar un silencio simultáneo del orador principal, pero el vicecónsul chileno solo balbucía sílabas sueltas entre alaridos y se tapaba la cabeza con el abrigo; salió de la sala temblando, ayudado por dos colegas que de repente desenfundaron unos revólveres. Una banda de detectives me requisó el rollo de película; fue lo único que pude hacer para que no me confiscaran la cámara. Fui directamente a Sam (era el maestro de ceremonias, al fin y al cabo) para quejarme.
       —Ahí dentro hay película, no balas.
       —Ahora es una prueba —dijo Sam.
       —¿Quién habrá querido hacer algo así? —pregunté.
       —Sabe Dios —dijo Sam—. Aunque en cualquier caso no han logrado lo que se proponían. —Y ofreció seis hipótesis políticas que avalaban diversos motivos de peso para que alguien quisiera liquidar al vicecónsul chileno. Sam encontró el paraguas debajo de la mesa y me condujo hasta la calle. La lluvia iba acompañada de un viento implacable que con cada azote levantaba fuentes en las aceras. Nos quedamos un rato al cobijo del paraguas (Sam empuñaba la cabeza del caballo tan fuerte que se le ponían los nudillos blancos) y vimos cómo sacaban al intérprete simultáneo. Iba solo en una camilla; su dualidad se había acabado, su tarea de suplente estaba consumada. Reflexioné sobre el veloz tránsito que hay de la verticalidad a la horizontalidad.
       —Tú lo conocías —dije.
       —Solo por el trato público. Ha participado en todas estas reuniones.
       —También yo —dije.
       —Me he fijado en cómo me mirabas.
       A eso me resistí.
       —Es la mirada de una profesional. Se parece más a un acecho. Siempre acecho un poco antes de disparar.
       —Hablas como una terrorista —dijo Sam, y empezó a trazar una historia de la conspiración en Sudamérica; qué grupo se alineaba con cuál, quién ofrecía asilo, quién lo retiraba, quiénes eran los amigos íntimos del vicecónsul chileno al otro lado de diversas fronteras que en ese instante ya estarían tramando la venganza. Nunca he admirado esa clase de mentalidad (acumulativa, analítica), pero como no había ningún otro paraguas a la vista, no me despegué de él. Le interesaban más las facciones políticas (quería desentrañarlo todo, y parecía que su fascinación se decantara hacia las víctimas) que haber estado a dos pasos de un asesinato.
       —Dios mío —dije al fin—, ¿no te impresiona el poder del error? El que va en esa camilla podrías ser tú.
       —Imagino que tú, en cambio, siempre das en el blanco —dijo.
       —Sí —contesté—, aunque yo no disparo a matar.
       —Entonces no eres una de esas que quieren cambiar el mundo —dijo, y en esas palabras capté su melancolía. Era un melancólico y un ególatra, lo cual avivó un poco mi atención. Pensé que su paraguas iba a pilotarlo de un lado a otro durante millas y millas, conmigo a su lado de pasajera. Al fin nos metimos en una cafetería (no la misma donde perdió la cabeza del caballo), y salimos reconfortados, listos para afrontar de nuevo la intemperie.
       —¿Es que nunca te vas a casa? —le pregunté.
       —¿Y tú?
       —Yo vivo sola.
       —Yo no. Detesto la vida que llevo —dijo.
       —No te culpo. La has llenado de datos sobre Sudamérica.
       —¿Preferirías que fueran datos sobre Norteamérica?
       —No soy capaz de apreciar la vida por continentes —protesté.
       —Lo bueno de apreciarla por continentes es que no tienes que mirarla cara a cara.
       —Las caras son lo mejor.
       —Algunas son lo peor —dijo Sam.
       Miré la suya con detenimiento; parecía una víctima del faccionalismo, como si uno acabara por convertirse en aquello que estudia. Tenía unos ojos más bien feroces, demasiado brillantes, como un líquido borboteando en una olla —la ferocidad hacía creer que eran negros, aunque en realidad fueran claros—, y un pelo oscuro y ondulado, y una dentadura ordenada e impecable, que no era blanca, pero casi.
       —¿Qué caras son las peores?
       —Me voy a casa —dijo.
       El asesinato interrumpió de golpe el congreso. Los sudamericanos se marcharon en desbandada; una lástima, porque para Sam eran la fuente de la vitalidad. De todos modos ninguno de los dos pensó que no volveríamos a encontrarnos en actos oficiales; y así fue, nos veíamos a menudo, él sobre un estrado, yo con mi cámara. Si eso significaba que la gente de la prensa —los que me encargaban las fotografías— de repente se interesó febrilmente por los asuntos sudamericanos (o más bien por el terrorismo) es una cuestión aburrida. A mí no me ocurrió, desde luego. Nunca quise escuchar a Sam hablando como experto en esos temas, y nunca lo hice. Me limitaba a captar los “lamentos” de sus discursos, impuros, resentidos, ambiguos y tristes. Los sonidos que salían del micrófono de Sam estaban siempre pensados para ser públicos: quienes iban a escucharle, fieles que lo seguían devotamente de conferencia en conferencia, aseguraban que era un excelente divulgador. Podía pasar de predecir la demanda de bauxita a trazar las migraciones de los pueblos indígenas, todo en una misma estrofa. Sabía unir retazos dispares de la actualidad hilvanándolos con una perspicacia histórica que cortaba la respiración. Era un orador magnífico, excelente, en público; todo su séquito lo decía. Lograba despertar en cualquiera (o en todo el mundo, salvo en mí) un vivo interés por Sudamérica. Aun así acabé por poner en práctica un pequeño truco dentro de mi cabeza mientras él declamaba y yo accionaba el flash, no siempre hacia él, sino a menudo hacia los distinguidos patrocinadores del evento. Me daba cuenta de que eran distinguidos por el modo en que me arrastraban hasta el estrado para que los fotografiara: esa era la medida de su importancia. A veces preferían salir en la foto justo antes de que Sam interviniera, y otras abrazándolo justo después, luciendo grandes sonrisas ante el aplauso del auditorio. Y yo, mientras tanto, me entretenía con mi pequeño truco.
       El truco era el siguiente: cualquier cuestión amplia, pública y de temática sudamericana que Sam dijera, yo la traducía simultáneamente (y esperaba que no me dispararan por ello) al ámbito privado, personal y secreto. Me exigía estar muy atenta al lamento que se ocultaba detrás de las palabras; había que prescindir de la letra para reconocer la melodía. En ocasiones era una tonada dulce, gentil, casi alegre —sobre todo si me veía antes de colocarse delante del atril—, pero la mayoría de las veces era cerrada, monótona y cargada de resignación. Sabía que estaba casado, pero a mis treinta y seis años, ¿qué hombre no lo estaba? No solía tropezarme con ellos si ellos no se cruzaban en mi camino. Los solteros no frecuentaban los mismos sitios que yo, y desde luego no solían acudir a las salas de actos a oír hablar boquiabiertos sobre la renta por cápita de las aldeas recónditas de los Andes, o del futuro del petróleo venezolano, o de las bienaventuranzas de la última cosecha de frijol en Paraguay, o de las diferencias entre los partidos centristas de Bolivia y Colombia, o de cualquier cosa que mantuviera a Sam repartiendo a diestro y siniestro su tedioso rancho. Mi pasatiempo era perforar la costra de todos aquellos datos sobrios para llegar a las melodías lúgubres que resonaban dentro, y al despojar aquellos sonidos lastimeros de sus cáscaras —era como romper una piedra y hallar la música del corazón salvaje de la tierra reverberando en el interior—, al final aparecía siempre la esposa, la esposa, la esposa. Esa era la cantinela con la que Sam se lamentaba: esposa, esposa, esposa. Su mujer no le gustaba. No era feliz con ella. Toda su vida era un error. Era un hombre muerto. Si pensé que había visto a un muerto cuando sacaron a aquel pobre tipo en la camilla, me equivocaba: él estaba diez veces más muerto. Si el terrorista que erró el tiro lo hubiera alcanzado a él, no lo podría haber acribillado más de lo que ya lo estaba: humeaba consumido por su propia muerte.
       En la cafetería decorada de amarillo chillón siguió hablándome de su mujer. No debió contarme a mí estas cosas, Dios mío, qué se pensaba; era un estúpido; era un cliché; parecía salido de un cómic o de una opereta barata; resultó tan embarazoso para él como para mí. Sin duda fue una especie de trance o ataque. Y entonces olvidó el paraguas, y volvió corriendo pero ya no estaba. No tuvo por qué ser necesariamente un ladrón desesperado quien robó la cabeza de caballo aquella noche; bien pudo tratarse de una persona de clase media decente, como nosotros. Especialmente a una persona de clase media decente le habría horrorizado salir con aquel aguacero sin nada para protegerse la cabeza; Sam, en cambio, arremetió contra los fríos azotes de la lluvia, obligándome a seguir adelante también: por primera vez me agarró de la mano. De todos modos me solté enseguida, porque tenía que proteger la cámara entre los pliegues del abrigo.
       —¿Cuánto tiempo vamos a seguir caminando, con la que está cayendo? —dije.
       —Caminaremos hasta el final.
       —Tengo que ir a casa, o se me empapará el equipo —me quejé.
       —Yo no me voy.
       —¿Es que nunca vas a casa?
       —Toda mi vida es un error —dijo.
       Recalamos en otra cafetería y nos quedamos allí hasta la hora del cierre. La lluvia me había calado los zapatos. Sam se explayó hablando de Verity.
       —La admiro —dijo—. La aprecio, no te imaginas cuánto aprecio a esa mujer. Es una madre maravillosa. Es fuerte, y es brillante e independiente, y no hay nada que no sea capaz de hacer.
       —Ahora dime cuáles son sus virtudes —le pedí.
       —Sabe arreglar un coche. Siempre arregla el coche. Mete la cabeza en el capó y lo arregla. Hace muebles. Vivimos en una casa de locos, abarrotada de cosas; todo lo ha hecho ella. Sierra como una posesa. Cose como una posesa, y no me refiero solo a la ropa, porque por supuesto cose su ropa y también la de las niñas. A lo que me refiero es a que cose de verdad: colchas, cortinas, tapicerías…, incluso la tapicería del coche. Y además ha sacado adelante una carrera floreciente. Tal como la he pintado parece una mula, pero en realidad pone mucha delicadeza en todo. Hace platos, ¿sabes?
       —¿Platos?
       —Ha hecho algunos de plata labrada, porque estudió metalurgia, pero su punto fuerte es la cerámica. La porcelana. Hace fuentes, platos, soperas y jarritas, ella misma los pinta y los vende a Bloomingdale’s.
       —Es un portento —dije.
       —Es un portento —asintió él—. No hay nada que no sea capaz de hacer.
       —¿Y cocina?
       —Dios mío, que si cocina —dijo él—. Comida francesa, italiana, india, lo que se te ocurra. Y repostería. Pasteles, cosas difíciles, bizcochos esponjosos como una nube. Es un genio doméstico. Tenemos un arpa… Cielos, estaba destrozada, era un esqueleto que encontró en una tienda de lance, así que la compró barata y la arregló. Ahora la toca como un ángel. Te parece que estás en el cielo, dentro de ese infierno. Y también toca el piano: clásica, ragtime, rock. Y tiene una voz preciosa. Se le da bien el baloncesto; casi nunca falla un tiro. No me vuelvas a preguntar si la admiro.
       Volví a preguntarle si la admiraba.
       —Beso el suelo por donde pisa —gimió—. Es una maldita diosa. Es fuerte y autónoma, una fuera de serie. Cielos —dijo—, odio la vida que llevo.
       —Si yo tuviera a alguien así en casa, jamás andaría vagabundeando por la calle bajo la lluvia —le dije.
       —Ella podría abolir los climas si se lo propusiera, lo que pasa es que no quiere. Tiene una voluntad de hierro.
       Sopesé sus palabras y me asombró mi sinceridad.
       —Deberías irte a casa —le dije.
       —Sigamos caminando.
       Después de aquella noche quedábamos más o menos a propósito. La moda sudamericana acabó por pasar —la actividad de la guerrilla por allí abajo dio una tregua— y empezó a resultar más difícil encontrarlo en las salas de conferencias, así que iba a la facultad donde trabajaba y me metía en sus clases, y después, con lluvia o con sol, aunque por lo general con lluvia, caminábamos. Me hablaba de sus hijas —una era casi tan portentosa como la propia Verity— y caminábamos del brazo.
       —Oye, ¿aquí está pasando algo? —le preguntaba yo.
       —Aquí no va a pasar nunca nada —decía él.
       Teníamos un amigo en común, el director de la revista que me había encargado las fotografías del físico intergaláctico que antes he mencionado. Resultó que, a Sam y a Verity por su lado, y a mí por el mío como de costumbre, nos invitaron a una fiesta en casa del director para celebrar su ascenso. Había algunas cosas que el director no había hecho pero que lo habían cubierto de gloria, y por todas las cosas que no había hecho, lo nombraron vicerrector de la universidad donde trabajaba Sam. Hice justicia a aquellos ilustres vacíos y omisiones captando con mi cámara al anfitrión, ahora majestuoso, y a su mujer, a sus hijos, al jerbo que tenían de mascota, y a la doncella. Los fotografié mezclados entre los invitados. Fui dejando caer todas aquellas instantáneas a mi paso, como hojas de otoño. En esta ocasión no había llevado mi habitual espía japonesa, sino una vulgar Polaroid: revelado instantáneo, una historia de detectives sin detective… Bah, la idea no me gustaba, pero la velada requería un bufón. Apuntaba y disparaba, apuntaba y disparaba, entregando a mi paso aquellos retratos caducifolios. Verity no le quitaba ojo a toda aquella promiscuidad; era rubia, capaz, y tal vez caprichosa; parecía tan inofensiva como inmisericorde.
       —Tú eres la que disparó la foto del intérprete simultáneo —dijo.
       —Una prueba judicial —repuse.
       —Oye, permíteme preguntarte algo acerca de tu oficio —dijo—. En fotografía, ¿se consigue sistemáticamente lo que se espera encontrar?
       —Pasa igual que con la vida —dije.
       Verity se explicó.
       —Me refiero a cuando miras por el visor.
       —Sí, antes siempre procuro mirar por ahí —admití.
       —Y luego, ¿obtienes lo que ves? Me refiero a si cuando disparas con la cámara puedes predecir lo que va a salir, o siempre te sorprende.
       —Nunca se puede predecir —le dije—, pero nunca me sorprende.
       —Qué fatalismo —dijo Verity. Su voz era una flecha de hierro; puso el dedo índice en mi mejilla con la humildad de una novia—. Hablando de disparos, aquí va un dardo envenenado. Cuando apuntas hacia Sam, no hay sorpresas. Él no es como la vida. Es fiable. Es bueno.
       Era fiable y era bueno: Sam, el virtuoso. Ella lo sabía todo sin asomo de duda, y aun cuando no conociera exactamente el terreno que pisaba, no temía nada; los celos no entraban dentro de su campo de visión. Era más virtuosa que él, era grande, estaba dotada de un magnífico motor propio y ella era su propio bagaje. Y bueno, ya se sabe lo que ocurre con la subyugación: te atraviesa como un cuchillo. Es una bala en el cuello. Te atrapa desde fuera. Uno está rebosante de salud, y al cabo de un instante todo es angustia. Hasta entonces —hasta que tuve la oportunidad de ver con mis propios ojos lo lúcida y orgullosa que era su mujer— Sam había sido solo un pasatiempo, y ni siquiera muy entretenido. Verity fue el Cupido de la historia. La seguridad de Verity fue la flecha de hierro que me abatió. Apresó de un pisotón a su amarga presa. Reconocí en su sonrisa radiante, en su confianza, en su orgullo, en su soberbia imponente, la certeza de todo lo que ella sabía: al final a Sam no le quedaría más remedio que volver a casa.
       Y, sin embargo, el final llega siempre al final; mientras tanto está el durante.
       ¿Cómo renunciar a esas partes intermedias? A pesar de que no podía verme con los ojos de Sam, contaba con mi inteligencia automática: la luz que actuaba sobre el material sensible. Altamente sensible, además; Verity había calado muy hondo en mí. Empapada en sus emulsiones, la subyugación adoptó en mi caso una forma mecánica: de no haber sabido hasta qué punto era mecánica, cualquiera habría imaginado que era premeditada. De pronto empecé a prestar atención a todo lo que Sam decía. Sin previo aviso podía seguirle el hilo; descubrí sorprendida que quería más. Me desperté una mañana deseosa de conocer la cantidad de exportaciones de antracita del litoral brasileño. Indagué en los discursos de Bolívar, libros difíciles de encontrar. Penetré en los infiernos tenebrosos de la biblioteca pública y me quemé las pestañas estudiando todas las repúblicas bananeras que se me ponían por delante. Era increíble: de buenas a primeras, y sin ninguna razón —es decir, por aquella única razón—, Sam empezó a interesarme. Era como caminar por la membrana que le recubría el cerebro.
       Con los asuntos sudamericanos, Sam era firme como una estatua. Nunca se había dado cuenta de que yo hasta entonces no le había prestado atención a ese tema; tampoco advirtió que ahora no se me escapaba detalle. Partía de la premisa de que a cualquier ser vivo era un apasionado del antiguo Imperio español. Cuando se metía en mi terreno, en cambio, resultaba enervante; Verity tenía la culpa: ella lo había alentado a que intentara superarse conmigo.
       —Verity vio en aquella fiesta que llevabas una de esas cámaras que sacan la foto al momento —dijo.
       —No exactamente al momento. Hay que esperar un minuto —puntualicé.
       —¿Y por qué no la usas siempre? Es magia. Me parece milagroso.
       —Razones prácticas del oficio. Cuanto más lejos estás de obtener lo que crees que quieres, más posibilidades tienes de conseguirlo. Solo que hay que esperar. Hay que esperar de verdad. Lo importante es la espera.
       Sam no lo captaba.
       —Pero si es pura química. La imagen ya ha quedado impresa en la película. Es la misma imagen, da igual que pase un minuto o que sea dos meses más tarde.
       —Incluso para ser historiador, crees demasiado en los milagros —lo reprendí—. No es así, para nada. Si tu estado de ánimo cambia entre el momento en que disparas la fotografía y el del revelado, la imagen también cambia. —Quería explicarle de qué modo, entre la exposición y la emulsión, nace la historia, pero contarlo me habría hecho sangrar, igual que una bala en el cuello, así que opté por decir—: La fotografía es literal. Capta lo que hay.


       Mientras tanto sigue calándonos la lluvia. Sam y yo quedamos ahora a plena luz del día, e inventamos nuestras propias excusas. Nos agarramos de la mano, enlazamos los brazos, caminamos por el parque. Hay un lunar en uno de sus nudillos que se ha pegado a mi respiración; mis pulmones absorben todo el aire que pueden. Quiero derramar mis lágrimas sobre el vello de los dedos de su mano. Con la lluvia, la luz del día parece más bien crepuscular; en esta semipenumbra perpetua, con las aceras teñidas de morado oscuro, como sembradas de ciruelas caídas, conversamos sobre el pasado y el futuro del continente sudamericano. Verity está en casa. Yo también dejo la cámara. Nuestras caras son ríos, caminamos sin paraguas, las hojas nos salpican. Cuando no encuentro a Sam por mis propios medios, llamo a Verity por teléfono; detiene el motor de la máquina de coser y promete que le dará el mensaje cuando vuelva. Sam sale a toda prisa a mi encuentro, viene directamente desde el Comité de Relaciones Interamericanas; a estas alturas podemos hablar casi de igual a igual, y es una delicia charlar conmigo del campesinado ecuatoriano. Me dice que nunca ha tenido una amante y que nunca la tendrá; su mujer es demasiado extraordinaria. Le pregunto si ha paseado así con alguien bajo una lluvia de verano. Reconoce que lo ha hecho; reconoce que no duró. “¿La lluvia, no duró, o el sentimiento?” Se olvida de contestarme. Me obligo a recordar que lo suyo es mero interés; soy yo la que siente. Hablamos un poco más acerca de las religiones indígenas que aún se ocultan en las pampas; hablamos de los gauchos judíos en la Argentina del siglo XIX. Sam lo da todo por hecho. No se da cuenta de cuánto he tenido que estudiar. Una hoja grande se derrama como una jarra sobre nuestras cabezas, y bromeamos acerca de Ponce de León y la fuente de la eterna juventud. Entonces le pregunto si me dejará tomarle una fotografía en el parque, bajo un tilo empapado por la lluvia, en un sendero resbaladizo. Así podré llevarle siempre conmigo, en caso de que la historia no dure.
       Me doy cuenta de que no entiende. No entiende: a diferencia de mí, Sam no está sometido a ningún hechizo particular, no es esclavo de ningún culto. Ese es siempre el problema: la subyugación es unilateral, o de lo contrario no existe realmente. Creo que Sam me quiere, puede que incluso esté “enamorado”, pero no está atrapado como yo. Nunca tratará de seguir las vueltas de mi vida como yo he seguido las circunvalaciones de su cerebro. Me pregunta por qué quiero fotografiarlo debajo del tilo. Le digo la verdad que aprendí de su mujer: la virtud me cautiva. Quiero retratarla. Guardo silencio sobre el momento de orfandad que vivimos ahora mismo, de cómo nos abandonará. Siento, siento nuestro patetismo. Somos huérfanos de la virtud. Los brotes verdes del árbol son efímeros; todo verdor se descompone y se vuelve oscuro. Sam asegura que no puede considerarse virtuoso. Solo es culpabilidad; Verity es demasiado extraordinaria para traicionarla.
       Consiente que le haga una foto en el parque encharcado si después accedo a ir con él a su casa.
       —No puedo ir a tu casa. Está Verity —digo sin salir de mi asombro.
       —Ella siempre está allí.
       —Entonces, ¿cómo quieres que vaya contigo a casa?
       —Tienes que verlo con tus propios ojos. Todo ha sido demasiado turbio. Quiero que sepas lo mismo que yo.
       —Ya lo sé, me lo has contado. Me lo has contado una y otra vez.
       —Tienes que captar la esencia. Dónde estoy y cómo vivo. De lo contrario, no lo podrías creer —insiste—. Qué acomodaticio puede ser el padecimiento.
       —Pero lo soportas —dije.
       —Ayer —continuó— trajo a casa una caja de ropa vieja del Ejército de Salvación. De una tienda de segunda mano. De una residencia de ancianos, a saber de dónde lo ha sacado. Montones de harapos. Va a coserlos y hará de ellos cintas celestiales. Un edredón de retales. Hilará la paja y la convertirá en oro, ya lo verás.
       —Es un portento.
       —Es un portento de mujer —dice él.
       Vamos andando hasta mi casa y recojo la cámara. Me llevo también el fotómetro, por la lluvia, y cruzamos otra vez el centro hasta el parque. Apunto con la cámara a Sam, el virtuoso, y disparo bajo el tilo empapado por la lluvia. A pesar de que es mi equipo de costumbre, me da la sensación de que la fotografía concluye allí mismo. Es como si la sacara del carrete y la revelara en ese mismo momento. Sam apoya la espalda en la corteza del árbol, y las pequeñas hojas mojadas le lamen el cabello ondulado. Parece un atleta griego descansando. Las motas de esas hojas en forma de corazón le salpican el rostro, y sé que durante el resto de mi vida lamentaré no haberlo fotografiado al aire libre, en un prado. Ahora mismo, sin embargo, solo quiero darle textura, oscurecerlo bajo la sombra lluviosa de un árbol. Se me ocurre de pronto que quizá mi deseo —esa punzada que me atraviesa el cuello— ni siquiera obedezca a ese rostro, sino a la transitoriedad de estas hojas finas y vulnerables que tratan de apresar patéticamente en las venas el débil resplandor de la luz macilenta.
       Atravesamos a pie las treinta y una calles que nos separan de su casa, bajo una lluvia que arrecia cada vez más. Es solo un apartamento de cuatro habitaciones, pero Verity lo ha transformado en un palacio. Ha convertido todo lo insulso en una dulzura, una calidez, una abundancia de exceso. Teje con telar y con aguja. Es una inmensa araña con un vientre inagotable. En los suelos se apilan las alfombras que ha tejido, en las sillas las colchas de ganchillo. Ha construido una pequeña chimenea muy mañosa que ni siquiera precisa salida de humos; funciona de maravilla, según un principio que ella misma inventó. Ha hecho los anaqueles para los libros (entre ellos alcanzo a ver los cuatro títulos de Sam; es un dignatario y un erudito, al fin y al cabo), y en el techo luce la majestuosa lámpara que Verity encontró en la calle y que ella misma restauró. Cada uno de los prismas de cristal pasaron por esos dedos que todo lo pulen y lo perfeccionan. Verity resucita las cosas, Verity es un portento, no se puede negar. En este instante sus anchos hombros se ciernen sobre la máquina de coser en un rincón del salón, donde une retales cuadrados de tela.
       —Es curioso, no os lo vais a creer —dice—. Toda la ropa que hay en esa caja que me dieron es oscura. Aun así son telas buenísimas, un cargamento de hábitos de monjas difuntas. ¿Sabéis lo que pasó? Se disolvió un convento, y las novicias rompieron los votos y huyeron corriendo a casarse.
       —Esa es tu versión de la historia —dice Sam.
       Verity llama a su hija. En casa solo vive una de las chicas, la otra está en la universidad. Obviamente, esta no es la que se parece tanto a Verity. Solo muestra un perfil duro y solemne, y no tiene conversación. Saca una bandeja de bizcocho de miel cortado en rodajas y tres tazas de té; luego se esconde en su habitación. Dentro se oye una radio, de cuyo armazón salen trémulas ondas doradas de Bach. Busco con la mirada el arpa de Verity.
       —Eh, vamos a disfrazarte —dice Verity con los labios pegados a la taza; se ha zampado ya una buena porción de bizcocho—. En esa caja hay cosas que te quedarán perfectas. Tienes una cinturita como la de nuestras hijas. Ojalá tuviera yo una cintura así.
       Protesto; le digo que es una tontería. Sam se consume en su amarga satisfacción, y ella bate las palmas dentro de la caja como si fueran un par de remos. Saca una falda larga, y una blusa que por lo visto se llama corpiño, y otra blusa de manga larga para llevar debajo. Sam me clava los nudillos en la espalda y me empuja suavemente hasta la habitación de la hija, donde hay un espejo de cuerpo entero atornillado a la puerta. Me miro con detenimiento.
       —¡Qué estampa de época! —dice Verity.
       Voy toda oscura, tan oscura como la hojarasca. El arpa, colosal, no de oro como había imaginado sino de marfil, está apoyada en la pared, a mi lado. Creo todo lo que Sam me ha contado sobre los conquistadores. Creo todo lo que me ha contado sobre Verity. Sam es una cámara, nunca miente. Su pelo mojado es negro como las aceitunas. Sam pertenece a su mujer, que es un portento. Veo que ella también se ha puesto una cofia de monja. Tiene un sentido de la diversión anticuado; acuden a mí palabras que parecen dictadas por Louisa May Alcott: le gustan los trajes y los disfraces. No tardará en ponernos a resolver acertijos y a representar farsas. Son una familia virtuosa y sana. La hija, aunque parezca seca como un hueso, es aficionada a Bach; en esta casa no hay lugar para la música mediocre. Son mucho más dulces que el mundo entero de ahí fuera. Cuando Sam está ausente, madre e hija retozan como gatitos en una alfombra.
       Apunto a Verity con la cámara y disparo.
       —¡Pero mírate! —grita, todavía con la cofia de monja puesta.
       Me vuelvo hacia el espejo para mirarme. Estoy seria; no sonrío. Mi rostro aparece misteriosamente sellado. Estoy sufriendo. Enferma de amor y de ensoñaciones, sueño con mi propio deseo. Ya tengo treinta y seis años, mañana tendré cuarenta y ocho, y un pulcro paralelogramo empieza a enmarcar el espacio entre mi nariz y mi boca. Mis rasgos se dibujan con nitidez: viviré años y años antes de que resbalen del espejo. Soy la Chica Oscura que guardo en el bolsillo de mi blusa. Apesto a historia. Si en este preciso instante pudiera sumergirme en una emulsión química, como si me deslizara en una góndola, salpicándolo todo y chorreando azogue, ¿acaso el espejo me apresaría y me grabaría, como una placa fotográfica? Miro fijamente los ojos claros de Sam, donde cuecen a fuego lento furiosas civilizaciones antiguas, donde humea el odio que siente por su mujer. Tropiezo con el dobladillo de mi hábito de monja, y aun así consigo agarrar al vuelo mi cámara: la embajadora de mi deseo, mi casa secreta de un solo postigo, mi orificio casto, mi hijo muerto, el marido de mi corazón. Las cabezas de ambos, clara la de ella, negra la de él, negativos una de la otra, quedan apresadas una al lado de la otra en el espejo de su hija. Les apunto a la cabeza, el arpa blanca de fondo. Ahora están expuestos. Ahora permanecerán unidos para siempre.



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