Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Una educación (1972)
(“An Education”)
Originalmente publicado en la revista Esquire, 77 (abril de 1972), págs. 98-102;
reimpreso en Bitches and Sad Ladies: An Anthology of Fiction by and About Women,
ed. por Pat Rotter (1975);
Bloodshed and Three Novellas
(Nueva York: Knopf, 1976, 178 págs.)



I

      En toda vida hay por lo menos un par de momentos perfectos, y el que Una Meyer consideraba el segundo mejor era cierta imagen de sí misma entrando en clase de latín en la universidad. Es una mañana de febrero urbanita. El aula se ubica en un gran edificio anodino que, sin llegar a ser un rascacielos, se eleva por encima del campanario más cercano, y la ventana da a la solemnidad del ladrillo de un conducto de ventilación. Le llega el olor a café gastado de la cantina. Una lleva un vestido de manga larga nuevo con un cinturón de charol; las mangas y el cinturón resultan de alguna manera liberadores y salta a la vista que están hechos para ella. Además, es la única de la clase que conoce la diferencia entre sinécdoque y metonimia. La primera es la parte por el todo, la otra es el signo por la cosa. Su cuerpo es una exquisita serie de huesos ensartados. Su cara es poco agraciada por partida doble, candorosa y corriente a la vez. Su cerebro es un delicioso compendio de Horacio (ingenio, sátira, inmortalidad) y más delicioso aún de Catulo (gorriones y amantes y mil besos, y mil más, que ningún espía malicioso y gafe verá jamás). Una no ha besado a nadie aparte de sus padres, pero es una intelectual y la heredera de todos los eruditos que han pisado la faz de la tierra. Su profesor es el señor Collie, un Roger Ascham redivivo. Se enerva con el señor Organski, que nunca se prepara la lección y no domina las desinencias. El señor Collie es sumamente estricto y exige muchísimo. Todo debe traducirse con precisión. Cuando les da la espalda, el señor Organski lanza un escupitajo al aire. El aula se estremece con indiferencia.
       —Llega tarde —dice el señor Collie con visible alegría.
       No le tolera el retraso a nadie más, pero no logra ocultar su alivio cuando por fin ve entrar a Una. Enseña solo para ella.
       —¿Tiene la amabilidad de decirle al señor Organski por qué no puede usar el caso acusativo con el verbo que acabo de tomarme la enorme molestia de conjugar para él en la pizarra? Hágale el favor, señorita Meyer, si no le importa.
       El señor Organski se limpia pacientemente el exceso de saliva de la boca. Es extranjero y veterano de guerra; es un año mayor que el señor Collie y tiene una amante, cosa que disgustaría al señor Collie si llegara a saberlo. A pesar de todo el señor Organski no odia a Una, que en ese instante se sube las gafas presionando sobre el caballete de la nariz. La compadece porque está en los huesos; le recuerda a una refugiada superviviente.
       —Pues porque rige genitivo —dice Una, y piensa: ¡si el universo pudiera detenerse en este momento! Tan solo un pequeño puñado de verbos rarísimos (¿quién es capaz de recordarlos?) rigen genitivo. Una es de los pocos elegidos que los recuerdan. Y está embelesada, ¡cómo se conmueve ante su magnífico y glorioso destino! ¡Con cuánta ternura contempla su mente!
       Así era Una Meyer a los dieciocho años.
       A los veinticuatro no había ido a mejor. A esas alturas se había licenciado en clásicas y estaba a punto de acabar el doctorado; solo le faltaba escribir la condenada tesis. Trataba sobre ciertos hallazgos etruscos en el sur de Turquía, cuyo interés radicaba en la peculiaridad de que todas las diosas al parecer eran zurdas. Una, que era diestra, creía que debía visitar en persona el yacimiento: estaba esperando la dotación de su beca Fulbright. Nadie dudaba que llegaría, pero de todos modos Una estaba convencida de que su vida iba en decadencia. Era verano. Su director de tesis, con su esposa Betty y sus hijos, Bruce y Brian, había alquilado una casa de campo en Martha’s Vineyard. Los profesores más jóvenes habían conseguido una casa en Fire Island. Nadie había invitado a Una. La oficina del departamento estaba desierta la mayor parte del día, y un martillo neumático taladraba en la calle con estruendo y hacía temblar los sujetapapeles en los cajones del escritorio, así que Una empezó a pasar las tardes en la cantina de la facultad. En seis años el café estaba un poco más rancio —se notaba en el olor acre que se mezclaba con el humo de los cigarrillos—, mientras que Una seguía siendo la misma. Aún pensaba que la cafeína podía hacerle daño, y decía que detestaba el pintalabios porque era una barbaridad pretender darse más brillo del que se tiene por naturaleza; pero sobre todo estaba en contra del alquitrán.
       Y así fue como se fijó en Rosalie. Rosalie era una de esas chicas gordas y serias de ojos azules y dedos de salchicha que parecen haber salido del vientre materno con diez años de experiencia en asistencia social. Llevaba el pelo recogido en una trenza pobre que rodeaba su gran cabeza, lo cual iba en su contra, pero estaba leyendo un libro de Margaret Mead en edición de bolsillo, un punto a su favor en un lugar donde todas las demás chicas no hacían otra cosa que limarse las uñas o comparar sus anillos de compromiso. No era por esas chicas comprometidas que Una se sentía en decadencia; solo le inspiraban desprecio. Estaba segura de que todas se casarían con vendedores de camisones o contables de la Escuela de Administración de Empresas; ninguna de ellas iría a Turquía a investigar diosas etruscas zurdas. Pero a pesar de todo estaba deprimida. Su vida le parecía sumamente gris; a esas alturas casi todos sus conocidos eran capaces de distinguir entre una sinécdoque y una metonimia (no se esperaba menos de una carrera universitaria), pero lo triste era que eso ya no parecía importante. Ese era su problema: todo había perdido importancia. Y, peor aún, Una escondía un secreto aterrador: temía que en realidad el tema de su tesis no le importara. Y temía contraer la disentería en tierras turcas, por mucho que ya le hubiera prometido a su madre hervirlo todo. Casi habría preferido ser estúpida y servir solo para el matrimonio, así no tendría que conseguir una beca Fulbright.
       Rosalie, entretanto, había llegado a la página noventa y cinco y bebía con fruición una limonada sin levantar la vista; cuando sorbió ruidosamente con la pajita el último trago, supo que había llegado al final de su refresco y soltó el vaso. La pajita, aunque mordida, era de un amarillo limpio. Una, que se ofendía al ver restos de carmín en las pajitas, pensó que podía ser interesante hablar con aquella chica.
       —Supongo que sabes que Margaret Mead es una pérdida de tiempo —le dijo—. En antropología cultural no hay estándares, ahí está el problema —dijo para abrir el debate.
       Rosalie no se mostró sorprendida porque se dirigieran a ella de aquel modo, de buenas a primeras.
       —Esa es la idea —replicó—. Así es como se supone que tiene que ser. Relativismo cultural. Las cosas son lo que son. Lo que en Nueva York es inaceptable, en Zanzíbar puede estar bien.
       —Pues yo no estoy a favor —dijo Una—. Suena bastante depravado. El asesinato, por ejemplo. El asesinato está mal en cualquier cultura. Yo creo en la perfectibilidad del ser humano.
       —Y yo también —dijo Rosalie.
       —Entonces tu postura no es muy lógica, ¿no te parece? Quiero decir que si crees en la perfectibilidad del ser humano, tienes que creer en el parámetro de perfección al que aspiran todos los pueblos.
       —Nadie es perfecto —dijo Rosalie con acritud.
       —No estoy de acuerdo con eso.
       —Bueno, pues nombra a alguien que lo sea.
       —Eso no tiene nada que ver —dijo Una con su estilo más entusiasta—. Solo por el hecho de que yo no conozca personalmente a nadie que sea perfecto, no significa que no exista.
       —No puede existir nadie así.
       —Existiría, si quisiera. Existe en teoría. Yo soy platonista —explicó Una.
       —Yo soy bebozhnik —dijo Rosalie—. Significa “atea” en ruso.
       Una se quedó abrumada.
       —¿Sabes ruso?
       —Tengo una amiga embarazada que empezó a estudiarlo el verano pasado.
       —Di algo más.
       —Tovarichka. Ya no sé nada más, solo sé los nombres que esos dos me ponen.
       —¿Dos? —Una lo cazó al vuelo. Era muy buena en cazar pequeños gazapos y convertirlos en chistes—. ¿Tienes dos amigas embarazadas que saben ruso?
       —No, el otro es el marido.
       —Vaya —dijo Una, pues nada la aburría más que las parejas casadas—. ¿Cómo es que vas con gente tan mayor?
       —Ella tiene veintitrés años, y él veintidós.
       Una estaba impresionada, por no decir horrorizada.
       —Pero si son más jóvenes que yo… Quiero decir que no es edad para enjaularte de esa manera. Supongo que no tuvieron la oportunidad de recibir una educación como es debido ni nada de eso, ¿verdad?
       —Mary es abogada y Clement… Bueno, si piensas así sobre Margaret Mead, de Clement mejor ni te cuento.
       —¡Cuéntame! —dijo Una.
       —Clement estudió con Margaret Mead y se licenció en antropología en Columbia, pero entonces de repente se interesó en la religión, o más concretamente en el misticismo, y ahora se pasa al Seminario Teológico Unido. Tuvieron que trasladarse a Connecticut para que Mary pueda empezar su doctorado en la Facultad de Derecho de Yale en cuanto nazca el bebé. En realidad —dijo Rosalie señalando con su dedo rechoncho el libro de Margaret Mead— este libro es de Clement. Me lo prestó hace un par de meses, pero hace siglos que no nos vemos. Voy para allá este fin de semana y no me atrevo a aparecer sin él. Se ponen como una fiera con la gente que no devuelve los libros que le prestan. Tienen un pequeño fichero, como en la biblioteca, y cuando les devuelves un libro te hacen preguntas, para asegurarse de que no lo han prestado en vano.
       —¡Así que te estás poniendo al día! —concluyó Una. Se dio cuenta de que tenía celos. El detalle del fichero la había entusiasmado—. Por lo que dices son maravillosos. Vaya, que parecen estupendos y encantadores.
       —Son muy agradables —asintió Rosalie fríamente.
       —¿Cómo se llaman? Lo digo por si algún día son famosos. —Una siempre tomaba nota de la celebridad potencial como si se tratara de una especie de inversión, igual que hay quien colecciona arte—. Cómo se apellidan, me refiero.
       —Chimes, como el doblar de las campanas.
       —Chimes. Muy bonito.
       —Era Chaims, pero se lo cambiaron legalmente.
       —¿Y ese no es un apellido judío? —preguntó Una—. Pensé que habías mencionado el Seminario Teológico Unido…
       —Están emancipados. Les llevo una pierna de cerdo de cuatro libras. Deberías oír a Clement hablando de “Heidegger y el exterminio”.
       —¿Heidegger y qué?
       —Y el ente nimio —dijo Rosalie—. Clement es de lo más ocurrente.


II

      El momento perfecto de verdad —el que llegó justo cuando Una estaba convencida de no esperar ninguna revelación nueva del viejo y cansado mundo, y que se prometió recordar por siempre jamás— ocurrió a orillas del mar en el estado de Connecticut a las cuatro y media de la tarde. Estamos en pleno agosto. El cielo es una mejilla blanca y tersa. A unos pocos pasos, el agua burbujea igual que la gaseosa al romper contra una roca lisa con la forma de un perro viejo adormilado. Un perro joven de carne y hueso se desliza como loco entre los hoyos que la marea ha dejado en la arena. Los dueños del perro, una pareja de cincuentones, están recogiendo las cosas para irse a casa. Se detienen para lanzarle una última pelota, que se acerca rápidamente a las patas del pobre Spot, pero en cuestión de un segundo Clement ha dejado caer El rey Lear e hipnotiza la pelota: da la impresión de que espere en el aire a que él se levante y la descuelgue del borde del sol.
       —Bien, chico —dice el hombre—, una parada magnífica. Lanza.
       La pelota va y viene entre Clement y el desconocido. La mujer del desconocido alaba a Clement.
       —Tienes buena planta, hijo —dice—, pero arruinas tu imagen con esos pelos. Aún guardo un “retracto” de mi padre de hace cincuenta años en el que llevaba un mostacho como el tuyo. ¿Qué hace un muchacho como tú con eso? Sigue mi consejo, hijo: aféitatelo.
       Clement vuelve a la manta sonriendo de oreja a oreja. ¡Qué tolerante es con los que son inferiores a él! ¡Qué elegante! Es un hombre joven de mediana estatura y muslos recios que se parece al Mark Twain de los primeros años, incluso en las arrugas que empiezan a asomar en el contorno de los ojos, e igualitario con reyes y siervos. Una ha llegado a Connecticut hace menos de una hora, pero Clement ya le habla con tanta camaradería como si hubieran sido amigos desde trigonometría esférica. Mary es un poco más fría. Ha habido un pequeño malentendido: los Chimes estaban convencidos de que Rosalie les había dicho por teléfono que iría acompañada de una turca. Mary esperaba a una mujer con purdah, y solo ha encontrado a la huesuda Una en traje de baño. Los Chimes han alojado en casa a indios, chinos, malasios, chilenos, árabes (sobre todo a estos: en la cuestión israelí son proárabes); todavía no han tenido a ningún turco. Una es una desilusión, pero como ella no lo sabe, sigue disfrutando de su embeleso sin que nada lo enturbie.
       Reemprenden la lectura de la obra en voz alta. Hay solo tres ejemplares. Mary y Una comparten uno. Una apenas se atreve a mirar a hurtadillas a Mary, porque tiene una voz muy dramática, pero alcanza a verle los dientes, que son enormes y rotundos, los más perfectos que haya visto; es inconcebible que haya caries en la dentadura de Mary. El bebé que alberga bajo el vestido premamá también es enorme y rotundo, y Mary, para acomodar el arco de la panza, está reclinada sobre un codo, como una sirena. Mary es preciosa. Su nariz parece esculpida con cincel y tiene unos párpados anchos y escépticos que se cierran tan lentamente como las cortinas de una buhardilla. Asombrosamente, de su boca brota una risita infantil. Una está avergonzada cuando le llega el turno, pero luego siente alivio: Rosalie es pésima actuando. Rosalie hace de Goneril, Una es Regan, Clement es Cordelia, Mary es el rey Lear. “Te lo suplico, hija, no quieras volverme loco —le dice Mary a Rosalie—. Eres una úlcera, una corrupción de mi sangre, un protuberante carbunclo”, y los cuatro rompen en carcajadas de regocijo. La risa de Mary es más aguda y larga que las demás.
       —Mary fue a una escuela especial de arte dramático cuando tenía diez años —explica Clement.
       —Clement canta —informa Mary a Una—. Tendríamos que hacer una obra cantada. Tiene una voz de barítono maravillosa, pero hay que mendigarle.
       —La próxima vez haremos La ópera del mendigo —bromea Clement.
       Pasa un viento ligero, levantando un velo de arena.
       —Hora de irse a casa, vas a coger frío, cielo —le dice Clement a Mary. Se estira por encima de la gorda Rosalie para besar el talón rosado del pie de Mary, y un instante después, cuando todos cierran de golpe sus Shakespeares y empiezan a subir penosamente por la arena, a Una se le revela un fulgor. Todo el oro del mundo ocupa el cielo. El sol mortecino cae un grado más. Se dirigen a la escalera de hierro que conduce al apartamento con vistas al mar de los Chimes, y Una lleva un secreto a punto de reventarle en el pecho. Ha recuperado plenamente la antigua sensación de tener a su alcance posibilidades infinitas. Es como si acabara de tragarse la belleza misma. El embeleso del éxtasis la subyuga. Se ha enamorado de los Chimes, de los dos juntos. ¡Ah, los dos juntos!
       Eran perfectos. Todo en ellos era perfecto. Una no había visto nunca un apartamento tan encantador: era exactamente lo que correspondía, justo lo que cabía esperar de una pareja de intelectuales enamorados. En lugar de cuadros, en las paredes había dos tapices rectangulares y enormes, tan toscos como geniales, adornados con motivos abstractos. Los había tejido Clement. En la puerta del cuarto de baño, donde la gente vana cuelga absurdos espejos, Mary había pintado un mural de estilo mexicano con notas de Dalí. Y por todas las paredes, en la cocina y en el dormitorio y en el salón, incluso en el pequeño pasillo que los comunicaba, había hileras e hileras de libros en unas estanterías muy prácticas que Clement había fijado con clavos. Según Mary, era capaz de construir una estantería de libros en dos horas exactas. Entretanto, Rosalie estaba en la cocina controlando la pierna de cerdo, que habían dejado en el horno toda la tarde.
       —¿Está hecha? —preguntó Mary desde el baño.
       —Diría que le faltan quince minutos —respondió Rosalie.
       —Entonces me doy una ducha. Luego vas tú, Rosalie. Luego Una. Luego Clement.
       Una se quedó merodeando cerca de los libros. Un batallón de tesoros desfilaba antes sus ojos. Los Chimes tenían todas las ediciones originales neoyorquinas de Henry James. Tenían la vida de Freud de Jones. Tenían el tratado de Christmas Humphreys sobre budismo, Memorias del condado de Hecate, cuatro pies de Balzac, un volumen de Safo traducido al mandarín en las páginas impares, y toda la repisa de una ventana de matemáticas avanzadas. Había varias historias de Inglaterra y mucho de Fichte y Schelling. Había media pared de francés.
       Entre un ejemplar de Das Kapital y un pálido manual titulado Cómo convertirse en un experto electricista doméstico en solo treinta minutos, Una descubrió el fichero del que Rosalie le había hablado. Era un archivador verde y estrecho de Woolworth’s.
       —Qué idea tan fabulosa —dijo Una hojeando las fichas. Adoraba cualquier cosa en orden alfabético.
       —Acabamos de empezar con nuestra colección de discos. Tenemos unos mil discos y vamos a catalogar todo el tinglado —dijo Clement.
       La puerta del cuarto de baño retumbó.
       —¡Siguiente! —gritó Mary; Una nunca había conocido a nadie que se duchara tan rápido. Mary salió envuelta en un albornoz chino, con la larga melena oscura recogida con horquillas. Olía a bosques de pino.
       Rosalie dijo que no veía la necesidad de ducharse, no había estado ni una hora en la playa.
       —No has mejorado ni pizca —se quejó Mary. Y le explicó a Una—: Siempre teníamos que insistirle para que se duchara.
       —En nuestro anterior apartamento —dijo Clement.
       —Mi apartamento —gruñó Rosalie debajo de la ducha. Igual que Mary, había dejado la puerta abierta.
       —Rosalie pagaba un alquiler mucho más bajo que el nuestro, así que nos mudamos a su casa —dijo Mary—. Hasta hace dos meses vivíamos todos juntos.
       —Rosalie cocina bastante bien —dijo Clement—, pero nosotros le enseñamos cómo se prepara una ensalada. Ella tenía la costumbre de cortar por fases. Primero la lechuga, luego los pepinos…
       —Las pieles del pepino no tienen ningún valor nutricional —anunció Mary—, pero la usamos con fines cosméticos. Pobre Rosalie, después de que nos viniéramos aquí se quedó sola con sus pedazos de lechuga mal cortada.
       —Sus torpes tomates rajados por la mitad —dijo Clement—, sus grandes y carnosas olivas negras deshuesadas.
       —Pobre Rosalie —dijo Rosalie desde el baño—. La dejaron sola con el agujero en la puerta del ropero…
       —Colocamos allí el altavoz de nuestro equipo de música —le contó Clement a Una.
       —Siempre hacen agujeros en las puertas de los armarios —gritó Rosalie.
       Una, que respetaba la ley a rajatabla, se asombró ante una afrenta tan sofisticada a los derechos de los caseros, pero procuró que no se le notara. Aun así se dio prisa por meterse en la ducha en cuanto salió Rosalie, porque no quería que los Chimes pensaran que era una de esas chicas a las que hay que insistirles para que se duchen.
       Después de la cena Clement le preguntó a Una qué le apetecía escuchar, y Una, que no entendía nada de música, dijo tímidamente que El Mikado.
       —¿A vosotros os parece bien? —preguntó.
       —Ah, a nosotros nos gusta todo —dijo Clement—. Bach, el jazz, el blues…
       —Lo que tienes que recordar de los Chimes —la instruyó Rosalie— es que son hombres del Renacimiento, completamente polifacéticos.
       —Sobre todo yo —dijo Mary. Prorrumpió en una de sus carcajadas infantiles, y de repente se sentó en el suelo en posición de rana y empezó a resoplar deprisa, como una locomotora, mientras Clement contaba hasta cincuenta.
       —Es para el parto sin dolor. Así te anticipas a las contracciones —dijo, y puso El Mikado. Mary puso las piernas en alto y empezó a moverlas—. Oye, cielo, Una se ha ofrecido a echar una mano para organizar el catálogo de los discos.
       Una se sonrojó. No recordaba haberlo dicho, aunque sí lo había pensado; estaba deseando que se lo pidieran. Era increíble que Clement lo hubiera adivinado.
       —Yo no —dijo Rosalie, y se estiró en el sofá. Una llegó a la conclusión de que Rosalie era terriblemente perezosa y no muy sociable, y para demostrar a los Chimes que ella no era así en absoluto, se arrodilló en el suelo al lado de Mary dispuesta a ponerse manos a la obra. Mary le dio una pila de fichas y su propia pluma estilográfica, y Clement empezó a sacar los discos de las carátulas y a leer en voz alta la fecha de edición, el número de Köchel y toda clase de intrincados datos musicales con los que Una no se había topado nunca.
       —Vamos a ordenarlos en un índice por referencias cruzadas —dijo Mary—. Nombre del compositor en orden alfabético, nombre de la pieza en orden de composición, y luego una lista de nuestra numeración personal de los discos por fecha de adquisición. Así sabremos si se rayan porque están gastados o por fallos en el propio sistema.
       Una no entendió ni palabra, pero siguió tomando notas sin perder los ánimos, hasta que al final Clement descubrió que solo servía para el orden alfabético.
       —Podrías aprovecharla para tu índice bibliográfico, para eso sí te serviría —sugirió Mary—. ¿Conoces The Road to Xanadu, de John Livingston Lowes? Bueno, pues Clement está haciendo algo parecido. Trabaja en las fuentes del pensamiento de Paul Tillich.
       Una dijo que debía de ser muy interesante, pero a menos que pudiera leer la mente, ¿cómo iba a descubrirlas?
       —Estoy investigando todos los libros que ha leído en su vida. Es un problema complejísimo. Mantengo con él una correspondencia constante.
       —¿Quieres decir que te manda cartas? —exclamó Una—. ¿Paul Tillich, el filósofo?
       —No, se comunica por paloma mensajera. Y es el otro Paul Tillich, el presidente del sindicato de carpinteros —dijo Clement—. Dios mío, chica, necesitas que se te eduque un poco.
       —Sobre todo en biblioteconomía —dijo Rosalie con sorna desde el sofá.
       Pero Una estaba revolucionada.
       —Eso sí que es hacer algo de verdad. Es reflexionar sobre el mundo. ¡Quiero decir que es erudición en serio!
       —¿A ti no te gusta lo que haces? —preguntó Clement.
       —No. No, no me gusta. Estoy harta del latín y el griego, la Afrodita etrusca me importa un comino y me da terror pillar una enfermedad turca —estalló—. Cómo os envidio a los dos, de verdad. Tenéis una pasión y la sacáis adelante a toda costa, hacéis exactamente lo que queréis hacer, estáis en el meollo de la vida.
       Mary se puso seria.
       —Nunca deberías hacer algo que no quieres hacer. Nunca deberías ir en contra de tu propia naturaleza.
       —Es lo mismo que ir en contra de Dios —dijo Clement.
       Rosalie se dejó caer del sofá.
       —Ay, Dios. Si volvemos a Dios otra vez me voy a casa.
       —Yo estoy convencido —dijo Clement— de que el impulso teleológico del universo incluye al hombre.
       Rosalie subió el volumen en el fragmento del Honorable señor Verdugo.
       —La cuestión —dijo Mary— es que si estás haciendo un doctorado solo porque está de moda o por prestigio, deberías dejarlo.
       —Tengo unas recomendaciones fabulosas —dijo Una con aire taciturno—. Lo más seguro es que me den la maldita beca Fulbright.
       —Pues deberías rechazarla —insistió Mary.
       Una no había contemplado nunca esa posibilidad. Era lógico, pero no se le habría ocurrido que alguien se tomara la lógica tan a rajatabla.
       —Entonces tendría que dedicarme a otra cosa. No sé a qué podría dedicarme —contestó.
       —Encuentra a alguien y cásate. —Era Rosalie, aquella traidora.
       No se diferenciaba de todas las demás chicas que bajaban a la cantina a enseñar sus flamantes anillos. Seguro que le habría encantado tener uno, pero estaba demasiado gorda y nadie la miraba. La única razón de que Rosalie no usara pintalabios era que Mary tampoco lo hacía. La única razón por la que Una se había sentido atraída por Rosalie en un principio era que Rosalie estaba leyendo el libro de Clement. ¡Qué impostora! ¡Qué hipócrita! Rosalie era un sapo disfrazado con las ropas de los Chimes. Una sintió un desprecio absoluto por sí misma, se había dejado engañar por aquella tramposa. La desconcertaba que los Chimes hubieran soportado alguna vez convivir con Rosalie, por lo vulgar que era. Se sorprendía de que a aquellas alturas no la hubieran dejado en la estacada, aunque eso solo demostraba qué superiores eran. Siempre buscaban los motivos correctos para no hacer algo.
       —El matrimonio justamente no es la cuestión —la cortó Clement. Una se percató de que Rosalie lo impacientaba tanto como a ella, pero disimulaba su desagrado con filosofía—. No es una cuestión de elementos externos, sino internos. Ir a Turquía es una solución externa. Casarse es una solución externa. Pero el problema del yo requiere una solución para el yo, te das cuenta de eso, ¿verdad?
       Una no estaba segura.
       —Pero es que no sabría qué hacer —gimoteó.
       —En un dilema existencial lo que hace falta no es la acción, sino la inacción. La no acción. La estasis. No pienses en lo que deberías hacer, piensa en lo que no deberías hacer. Vamos, Rosalie, basta de ruido, baja el maldito volumen. A lo que voy —dijo Clement— es a que tienes que dejar de ver el mundo en función de tu propia satisfacción. Es el mundo de Dios, no el tuyo.
       —Dios sabe que mío no es —dijo Rosalie. Redujo la canción de Nanki-Poo al tamaño de una hormiga. Parecía bastante buena chica, pero no tenía ideas propias: hacía lo que cualquiera le decía que hiciera—. Si el mundo fuera mío, Clement ya lo habría agujereado.
       Una estaba conmocionada. ¡Ahí tenía una mirada nueva! Y sí, era cierto, ella era demasiado orgullosa, siempre había pensado en su propia satisfacción. Clement era tan inteligente que podía leer en ella como en un libro abierto. A pesar de todo se sintió un poco halagada: nunca se había planteado un dilema existencial.
       —Siempre he sido una arribista —admitió—. Supongo que lo que más me ha preocupado es conseguir algún tipo de reconocimiento.
       —En Turquía no lo conseguirás —le advirtió Mary, aunque ahora con un tono afectuoso.
       —Acabarás enterrada, igual que esas etruscas zurdas —le advirtió Clement.
       A Una le hizo reír el comentario. ¡Ah, eran perfectos!
       —Acepta mi consejo —dijo Rosalie—. Consigue tu título y hazte profesora.
       —Rosalie quiere decir que hagas lo mismo que ella —dijo Clement.
       —Hay cosas peores —repuso Rosalie.
       —Voy a dejarlo —dijo Una, pero la trascendencia del momento de alguna manera se perdió, porque de pronto Mary se dio una palmada en el moño con que se había recogido su mata de pelo y gritó—: ¡El desayuno! Clement, ¿qué haremos para desayunar? No queda nada de nada.
       —Iré al mercado en bicicleta por la mañana.
       —Ah, ya iré yo —se ofreció Una, encandilada con la imagen de sí misma pedaleando con el cesto lleno de provisiones colgando del manillar. Casi sería uno de ellos—. Soy muy madrugadora.
       —Tampoco nos queda dinero —dijo Mary compungida—. El dinero de la beca de Clement llega cada trimestre, y el de la mía llega cada mes, pero no empiezo a cobrar hasta el principio de curso. Contábamos con que Rosalie traía la pierna de cerdo, pero me he gastado el último penique en las alubias de esta noche.
       —No ha sido culpa tuya, cielo. Y no fue por las alubias, sino por el vino que compré anteayer. Pero al diablo con el presupuesto, ¡vamos a descorchar ese vino! Brindemos por Una Meyer —dijo Clement con voz cantarina, y Una se puso radiante al ver que después de todo su fatídico anunciamiento no había caído en saco roto—. Bebamos porque Una está al borde…
       —Del desastre —murmuró Rosalie.
       —… de la individualidad —declaró Clement, y Una casi se avergonzó del placer de sentirse importante. El vino era un rosado y pareció ruborizarse por ella. Mary lo sirvió en unos vasitos preciosos que, según comentó, eran producto de la nueva industria vidriera africana, y no solo contribuían a hacer viable una economía floreciente, sino que además eran mucho más baratos de lo que parecían. De buenas a primeras los cuatro habían montado una fiesta. Apagaron el tocadiscos y Clement, después de que Mary le rogara solo dos o tres veces, cantó una versión cómica de una antigua adaptación cinematográfica de Camino a Mandalay. Sonaba tan chispeante como Nelson Eddy. Luego bajó la guitarra del gancho donde la colgaba junto al toallero del cuarto de baño y todos cantaron a coro “On Top of Old Smoky”, “Once I Wore My Apron Low”, “Jimmy Crack Corn”, “When I Was a Bachelor” y muchas otras, y cuando Clement llevó el catre plegable para Una, y Mary puso una funda limpia en el almohadón del sofá para Rosalie, Una era más feliz de lo que lo había sido en toda su vida, hasta que sucedió algo maravilloso. La enterneció tanto que por poco se le saltaron las lágrimas de la emoción. Cuando todas las luces estaban apagadas y todo el mundo se había acostado, Clement y Mary salieron en pijama de su cuarto sin hacer ruido y, uno por uno, besaron a Una y Rosalie como si fueran sus propias y queridas hijas.
       —Buenas noches —susurró Mary.
       —Buenas noches —contestó Una en un susurro.
       —Buenas noches —dijo Clement.
       —Buenas noches —dijo Rosalie; pero incluso a oscuras, sin ver cómo hinchaba con sarcasmo la papada, a Una le pareció que sonaba obstinadamente impasible.
       —Rosalie, cielo —dijo Clement con ternura—, ¿puedes prestarnos cinco dólares para el desayuno?
       —Solo tengo para el tren de vuelta —dijo Rosalie en un tono de lo más displicente. Una estaba segura de que Rosalie mentía para sus propios fines malévolos, fueran los que fuesen.
       —Dejad que yo lo pague, por favor —gritó Una, incorporándose muy rápido—. Dime, Clement, ¿dónde guardáis las bicicletas? Iré a comprar en cuanto me levante.
       —Ni pensarlo —dijo Mary con su tono rotundo—. Es que no es solo el desayuno, ¿sabes? Falta prácticamente toda la semana para que llegue el cheque de Clement.
       Ya nadie hablaba en susurros.
       —Que sí, por favor —dijo Una—. De verdad que quiero hacerlo, en serio. No me conocíais hasta hoy, podría haber salido de un agujero…
       —¿El de la puerta del ropero? —soltó Rosalie.
       —Y sin embargo me habéis ofrecido vuestra maravillosa hospitalidad y todo lo demás. Es de justicia.
       —Bueno —dijo Clement. Parecía muy circunspecto, hablaba casi como un padre—. Si tanto insistes… Pero no te olvides de comprar huevos.
       —No, descuida —prometió Una, y apenas pudo pegar ojo esperando a que comenzara un nuevo día para seguir viviendo en el aura de los Chimes.


III

      A principios del otoño los Chimes se instalaron como es debido en New Haven, lo cual fue un alivio para todos, pero para nadie más que para Una, a quien de verdad no le había importado dormir en el sofá hasta que tuvieron que poner la cuna justo pegada a sus pies. No cabía en ningún otro sitio. El dormitorio del apartamento de la playa donde vivían los Chimes, aunque tenía una romántica vista de las olas, era solo un cubículo con una ventana: ni siquiera había un rincón para un tocador, menos aún para una cuna. En New Haven encontraron una casa de vecinos céntrica que era barata y, en comparación, casi espaciosa. En el nuevo piso había tres dormitorios: uno para los Chimes, otro que se convirtió en el estudio de Mary y, el más alejado, a fin de mantener el ruido a cierta distancia, era el del bebé. Clement compró un biombo de segunda mano y lo colocó entre la cama de Una y la cunita, “para darle intimidad a la criatura”, bromeaba.
       El parto en sí había sido extraordinario: todas las enfermeras coincidieron en que por el hospital nunca había pasado una parturienta tan modélica como Mary. Despachó el asunto en una hora, y prácticamente sin escándalo. Mary lo atribuyó a la preparación para afrontar las contracciones, y Clement, más chispeante que nunca, se rió y dijo que Mary, en lugar de alumbrar, había deslumbrado.
       La criatura, por supuesto, era maravillosa. Era mucho más guapa de lo que suelen serlo los recién nacidos, y tenía piernas y brazos largos. En ningún momento durante todo aquel tiempo le había importado a Mary el sexo de la criatura, pero Clement decía que necesitaba liberarse de las potenciales fantasías incestuosas proyectándolas en la realidad: desde el principio había querido una niña. Mary, Una y Clement barajaron posibles nombres durante días, y por fin pactaron Christina, en honor a la heroína de La princesa Casamassima. Christina, como corresponde a la combinación de dos seres perfectos, era tal como Una había esperado, y la contemplaba casi como un objeto sagrado que no se le permitía tocar muy a menudo. Pero pronto Mary decidió que debía pasar más y más horas en la biblioteca de la Facultad de Derecho, de modo que dejaba que Una paseara a Christina en cochecito por las calles cerca de la universidad un par de horas cada día.
       Ahora Una tenía tiempo para eso: Clement había decidido no terminar su índice bibliográfico. Su correspondencia había menguado y, para sorpresa de Una, resultó que las cartas no procedían directamente de Tillich, sino de su secretaria. Clement dijo que pasaba lo mismo con todos los teólogos: su enfoque en conjunto era evasivo, se veía venir ya desde los títulos de las obras. El coraje de existir era un libro muy ambiguo, dijo Clement, y si el producto mismo era ambiguo, difícilmente se podían rastrear las fuentes, ¿verdad? Le dijo a Una que habría renunciado antes a un proyecto tan inútil si ella no se hubiera tomado tanto interés. Al principio Clement se pasaba horas mecanografiando cartas enrevesadas sobre tal o cual aspecto y las enviaba a enigmáticos académicos con apellidos como Knoll o Creed, pero al cabo de un tiempo descubrió que pensaba mejor si él dictaba y Una mecanografiaba. En cualquier caso siempre tenía que salir corriendo para ayudar a Mary con el bebé, o si no tenía que interrumpirse en mitad de una frase para llevar a la lavandería un gran fardo de pañales. Poco a poco Una fue capaz de completar sola las frases abandonadas. Resultó que lo hacía tan bien que acordaron una pequeña conspiración: Una redactaba las cartas al estilo de Clement, por su cuenta, y Clement las firmaba. A menudo la elogiaba, y decía que sabía tirar del hilo incluso mejor que él. De vez en cuando le decía que redactaba muy bien para no ser escritora, y en esos momentos Una sentía que después de todo quizá no fuera una carga tan grande para los Chimes.
       Eso le preocupaba mucho, aunque le dejaran pagar una buena parte del alquiler: les había suplicado tanto que no pudieron negarse. Al principio había procurado no interferir en su camino, y varias veces al día les recordaba que si se arrepentían la invitación no dudaran en retirarla. Seguía sin poder creer que quisieran vivir con ella. Siempre la comparaban con Rosalie y recordaban qué mal carácter tenía a veces. A Rosalie le gustaba apurar hasta el último minuto de sueño, cuando sabía perfectamente que dependían de ella para el desayuno: en aquella época los Chimes tenían unos horarios muy apretados, mucho más que la perezosa Rosalie, y si se saltaban el desayuno ya no probaban bocado hasta la cena. Tenían un gran repertorio de anécdotas sobre Rosalie, todas terribles. Una se propuso parecerse lo menos posible a Rosalie; empezó, por ejemplo, a preparar el desayuno todos los días, aun cuando Mary y Clement se impresionaron de que pusiera tanto celo y le dijeron que no hacía ninguna falta. Aun así Mary advirtió que, si Una iba a estar despierta de todos modos, bien podía darle a Christina el biberón de las siete, pues solo supondría levantarse quince minutos antes. A veces eran tres cuartos de hora, pero a Una no le importaba: cuando levantaba a Christina en brazos sentía que abrazaba un tesoro. Sabía que Christina sería una criatura extraordinaria.
       Además quería ser lo más útil posible, teniendo en cuenta que Clement se estaba dejando la piel para conseguirle algún tipo de sub-beca de investigación en el seminario. Era lo justo, decía, ahora que ella hacía prácticamente la mitad de su trabajo, aunque fuera la mitad superficial. Clement iba en tren a Nueva York tres veces por semana, y siempre volvía con un enfado solemne. “Quieren hacerme creer que el presupuesto está cerrado”, decía. O: “Los muy condenados no se dan cuenta del calibre de lo que estoy haciendo. Dicen que no dan dinero para ayudantes a nadie por debajo de profesor adjunto. Qué tontería. No te preocupes, Una, que conseguiremos algo para ti”.
       Una dijo que no había problema, de momento aún le quedaba algo de dinero en la cuenta que su abuela le había abierto de pequeña: cada año, cuando llegaba el cumpleaños de Una, o en vacaciones, su abuela le ingresaba setenta y cinco dólares. Mary dijo que era una lástima que la abuela se hubiera muerto.
       —La gente ya no necesita a las abuelas —dijo Clement—, hoy en día hay becas.
       —Iría de perlas que Una cobrara el dinero de su beca Fulbright justo ahora —dijo Mary en un tono un poco más constreñido de lo habitual.
       —Si Una cobrara el dinero de su beca Fulbright justo ahora —contestó Clement— estaría en Turquía, ¿y dónde estaríamos nosotros? Mira, ya les regatearé de alguna manera. Tú por la pasta no te preocupes, Una.
       Siempre que los Chimes mencionaban su beca perdida (cosa que parecían hacer con frecuencia, aunque en realidad no era así), Una se sentía culpable. Tal como temía, se la habían concedido, y su director volvió de Martha’s Vineyard con su mujer y sus hijos y se puso hecho una furia. Tachó a Una de idiota y haragana cuando le dijo que iba a dejar pasar semejante premio, ¿y todo por qué? Solo era una distinción, la vida estaba en otra parte, contestó Una. Su director quiso saber si en realidad abandonaba para casarse, igual que todas. También le dijo que de todos modos estaba en contra de que hubiera mujeres en la universidad; no se podía confiar en que sacaran adelante sus propios asuntos. El verdadero problema, dijo el director, era que a Una le faltaban agallas para trabajar duro. A veces ella se preguntaba si algo de eso sería cierto. Se pasaba el día ocupada en detalles domésticos: lavar los platos, hacer las camas, atender al bebé (que por supuesto no era un bebé cualquiera), exactamente igual que si estuviera casada. Y aunque para colmo ayudar a Clement la dejaba agotada, no podía considerarlo un trabajo propiamente dicho, porque ni siquiera entendía bien adónde apuntaba. Clement le había comentado que no podía tomarse el tiempo de explicarle las nociones básicas de su proyecto, era demasiado complejo para una novata en el terreno de la filosofía, y sin eso era imposible captar la esencia de la idea. Por esa razón, le recordó Clement, no debía esperar más que un pellizco de la suma que estaba reclamando para ella en el Seminario.
       Sin embargo, un día Clement bajó del tren con zancadas enérgicas y dijo que no iba a volver. Lo habían suspendido.
       —Pero ¿por qué? —exclamó Una. Lo primero que pensó fue que Clement había ido demasiado lejos por ella—. ¿Es por haberles dado tanto la lata? Con el dinero, quiero decir —dijo avergonzada.
       —No seas tonta, no tiene nada que ver con eso, ¿qué relación iba a tener?
       —¿No te has dado cuenta, Una? —dijo Mary. No parecía nada disgustada—. Clement ha ido perdiendo la fe. Ha intelectualizado más de la cuenta… Esa es siempre la primera señal.
       —Finalmente he tenido que decir lo que pienso en dogmática de sistemas —explicó Clement con modestia—. Hoy le he dicho al viejo Hodges que no creo que ni él ni ninguno de ellos sepan realmente qué es lo que perseguían los gnósticos. Bueno, pues se lo cantó al decano, y el decano me mandó llamar y me preguntó si de verdad estaba en el camino a Damasco. “La cuestión es”, le digo, “que no tengo la impresión de que el sacerdocio actual esté esclareciendo el asunto de la Trinidad, señor.” ¿Y sabéis lo que me ha dicho ese carcamal? “Supongamos que respetamos esas impresiones suyas uno o dos años, señor Chimes. Si entonces todavía no se siente a gusto con los gnósticos, tal vez le vaya mejor entre los agnósticos.” Muy gracioso. Renuncié ahí mismo.
       —Ya era hora —dijo Mary.
       —¡Qué humillante! —gritó Una—. ¡Qué horror! —Sin embargo a Clement pareció dolerle su comentario, y enseguida se dio cuenta de que había cometido un error. Estaba segura de haberlo ofendido.
       —Piensas demasiado en el estatus. Tal vez la sociedad admire al clero, pero lo que he sacado de todo esto es que no siento ninguna admiración por la sociedad.
       —No puedes permanecer inmóvil en este mundo —intervino Mary—. Hay que mudar de piel de vez en cuando.
       Una se sentía avergonzada. Se daba cuenta de que no había sacado ningún provecho de vivir con los Chimes. Era más inculta que nunca. Todavía sacaba conclusiones precipitadas, y aún necesitaba educarse en los valores de la vida.
       —No es que Clement no haya actuado a la perfección marchándose de ahí —rectificó Una con rapidez. Sonó casi abyecto, y alcanzó a ver el destello de los dientes de Mary sonriéndole compasivamente. ¡Mary era tan buena! Era poco menos que una santa. Justo cuando esperabas que reaccionara con una severidad implacable, pegaba un vuelco y te daba otra oportunidad para recuperar el sentido común.
       —El hecho es —dijo Clement— que nunca podría formar parte de la corriente dominante, en ninguna de sus formas. Es algo a lo que he evitado enfrentarme hasta ahora. En realidad soy un anarquista.
       —¡Ándate con ojo! —dijo Mary riéndose—. Una va a pensar que fabricas bombas en secreto en el cuarto de baño. —La gracia de esto era que en ningún lugar podría haber existido menos secretismo que en el cuarto de baño; Clement había quitado la puerta para hacer el escritorio del estudio de Mary.
       —Que lo piense, eso es justo lo que me propongo.
       —¿Hacer una bomba? —chilló Una, aunque no le apetecía. A veces hacía el papel de ingenua solo para complacerlos.
       —Exacto. Una bomba llamada Cáncer social.
       —Ah, un libro —dijo Una, porque sabía que Clement esperaba unas palabras de alivio. De todos modos estaba realmente impresionada.
       —Me propongo poner en la picota a la sociedad en su conjunto de arriba abajo en versos blancos. Será un desenmascaramiento de los ricos y los pobres, del hombre corriente y la intelectualidad, y además una obra de arte. No se ha hecho nada parecido desde que Alexander Pope escribió La Duncíada —señaló Clement—. Y Pope no abarcó una visión tan global.
       Aquella noche celebraron el nuevo libro de Clement, que empezaría a escribir a primera hora de la mañana siguiente. Sacaron a pasear a Christina por el parque y delante del cochecito prendieron una hoguera con el índice bibliográfico de Clement. Clement y Mary arrojaron al fuego un cuaderno tras otro, y a Una le dio pena, porque había en ellos muchos meses de duro trabajo. Vio cómo todas aquellas palabras escritas de su puño y letra se convertían en volutas y carbón; todas las notas que había tomado para Clement sobre Buber, Niebuhr, Bultmann, Karl Jaspers, Kierkegaard. Había leído a todos aquellos filósofos tan difíciles para nada.
       —Tú también has pasado por esto, siempre se te olvida —dijo Mary. Mary era asombrosa. Siempre sabía cuándo los pensamientos de Una se alejaban en la dirección equivocada—. Tienes que aprender a prescindir del pasado, aun cuando los intrusos te digan que es una muestra de inestabilidad personal. ¿Te acuerdas de aquella noche que brindamos por ti? Estuviste fantástica aquella vez, renunciando a la beca Fulbright —dijo Mary—. Esa noche fuiste realmente de los nuestros. —Una se quedó perpleja. Mary no le había hecho nunca un cumplido así. Mary no era ni mucho menos indiscriminada con los cumplidos.
       —Eso fue distinto —objetó Una. Se preguntaba si debía atreverse a tomarse el halago de Mary como una señal de superación moral, pero al mismo tiempo temía que Mary sospechara que consideraba a Clement voluble. Eso habría sido una calumnia ignominiosa, y Mary quería dejárselo claro a Una—. Yo no quemé nada —dijo Una con un hilo de voz.
       —Por supuesto que sí —dijo Clement, siempre agudo—, ¡quemaste tus naves! —Rara vez lo había visto tan exultante; era un cambio repentino, y ni siquiera a Una se le escapaba que estaba contento de haberse librado de todo aquel lastre teológico, inútil desde el principio, aunque por supuesto Una era la única que no se había dado cuenta. Al día siguiente durante el almuerzo estuvo encantador; hizo bromas mientras tomaba el café y le enunció a Christina “Vilipendia la república corrupta” en falsete cómico hasta que la criatura empezó a berrear.
       —Vas a sacarla de paseo, ¿verdad, Una? La mocosa es capaz de levantar a los muertos.
       —Mary ha dicho que no la sacara hasta las tres. —Mary había salido a la biblioteca a las diez de la mañana. Estaba preparando un artículo sobre la jurisprudencia de las relaciones domésticas. A modo de epígrafe llevaba una cita de Rousseau instando a las madres de Francia a amamantar a sus propios recién nacidos, pero esa era la única parte que Una entendía; el resto era una jungla de comentarios ajenos.
       —Christina podría coger frío —dijo Una—. Ha estornudado un par de veces, así que Mary pensó que debía quedarse en casa todo el tiempo posible.
       En el fondo, Una pensaba que Mary se equivocaba al decir que no existía el instinto maternal innato; la propia Mary parecía ser el ejemplo perfecto. Siempre sabía exactamente qué había que hacer con Christina.
       —Bah, ¿qué más da? —dijo Clement—. Necesita airearse, ¿no crees? Una, te diré lo que pones de manifiesto. Lo que pones de manifiesto son los efectos categóricos de la sobreprotección combinada con una fijación materna. Para Christina es mucho más saludable un resfriado que una fijación, ¿no te parece? —Aguardó a que Una apreciara su ocurrencia—. Sácala, anda, cielo. No puedo oírme elucubrando en medio de todo este jaleo.
       Era cierto que Christina seguía llorando, pero Una no pudo evitar pensar que la niña estaba de maravilla hasta que Clement la había asustado; era demasiado pequeña para captar el sentido del humor de su padre. Fue a buscar el gorrito de lana y las botitas de Christina.
       —Además —dijo Clement, siguiendo a Una hasta la habitación de Christina—, no tengo mucho tiempo. Supongo que apenas podré meterme en el primer capítulo antes de las seis.
       —¿No lo has empezado aún? —le preguntó Una.
       —Bueno, lo he empezado, simplemente es que todavía no lo he puesto sobre el papel.
       —Pero creía que ya te habías puesto manos a la obra —dijo Una, un tanto desconcertada—. ¿No deberías haber avanzado algo? —Clement se había encerrado en el estudio de Mary toda la mañana, y a Una le había costado sudor y lágrimas que Christina no hiciera ruido. Había jugado con ella en susurros durante tres horas, y después le pesaba el cansancio. Christina se despertaba tan temprano últimamente que Una nunca podía dormir lo necesario.
       —No he dicho que no me haya puesto manos a la obra —anunció Clement con su tono más enrevesado, con el que solo pretendía fingir irritación pero que en todo momento sonaba irritado de veras—. He dicho que no lo he puesto todavía sobre el papel. Una, cielo, el problema contigo es que no entiendes la cuestión fundamental sobre la Musa. De acuerdo con la tradición ha de ser invocada, tonta. —Pero lo veía tan fresco y despierto que a Una le asaltó una idea disparatada. Casi ni se atrevía a articularla, ni siquiera para sí misma, pero lo que en secreto se preguntó fue si Clement no habría vuelto a acostarse después del desayuno. No es que a ella le importara, por supuesto, faltaría más.
       —Lo sé —dijo ella—, la creación es un proceso de orquestaciones múltiples.
       Clement se ablandó inmediatamente. Había citado uno de sus lemas escritos a pincel en los tarros de la cocina. En lugar de HARINA había puesto “La autodisciplina es rendimiento”, y en lugar de AZÚCAR (aunque la pintura había chorreado hasta el interior del bote y hubo que tirar las cinco libras) “El arte es amor”. La frase sobre la creación estaba en la lata de las bolsitas de té.
       —Pero, mira —dijo Una, para resarcir a Clement por haber dado la impresión de criticar sus hábitos de trabajo (sin querer había olvidado a la Musa por un momento)—, no tienes por qué dejarlo a las seis. Quiero decir que si quieres puedes trabajar hasta la hora de cenar. A Mary no le importará, porque de todos modos comerá algo en la cantina. Puedo prepararte un sándwich, me parece que hay un poco de mortadela, y así puedes cenar en el estudio. No tienes por qué parar.
       Clement la miró con una sonrisa tan radiante que a Una no le cupo duda de que había enderezado las cosas de nuevo.
       —Bueno, Una, a decir verdad, cielo —dijo Clement—, sigues siendo todavía un poco obtusa, ¿no te parece? ¿Es el espectro de tu abuela el que va a pagar la mortadela de mi sándwich? ¿Se te ocurre que la condición del autor se enfrenta a una sociedad económicamente estructurada en su contra?
       Christina empezó a gritar más fuerte y a ponerse más rígida mientras Una intentaba calzarle la botita. La niña tenía un pie aristocrático, pero Una estaba demasiado impresionada por las palabras de Clement para admirarlo en aquel instante. Y sin embargo su sonrisa seguía siendo tan radiante que Una pensó que todo aquello debía de ser una de sus bromas; tenía razón al decir que era obtusa.
       —Verás —le ofreció Clement—. Voy a dejarte una cosa clara. ¿Quieres oír la verdadera razón de que me echaran del seminario? Pues la avaricia de Una Meyer, ni más ni menos. Llevaste las cosas un poco demasiado lejos. Yo nunca abrí la boca, pero ¿sabes de qué me acusaron? De tratar de engordar mi beca con métodos deshonestos. Nunca te lo dije, y no lo mencionaría si no fueras tan corta…
       —¡Ay, Clement! —soltó Una—. No tenía ni idea. ¡Qué avergonzada estoy! Temía que hubiera sido culpa mía, pero dijiste…
       —Da igual —dijo Clement—, no te preocupes por eso. Creo que llevo dentro un buen libro, puede que incluso magnífico si consigo acabarlo, y te digo que voy a acabarlo aunque tenga que apretarme las clavijas. Las clavijas que voy a empezar a vender, por cierto, en la ferretería de los almacenes Woolworth’s. Los gerentes son tacaños a más no poder, pagan como ladrones.
       —Clement, ¿de qué estás hablando?
       —No es exactamente un trabajo de hombres, pero para un filósofo no estará mal. Al menos es solo por las tardes, de seis a diez. Puedo escribir todo el día antes de entrar a trabajar, y con el dinero que cobra Mary de la facultad de Derecho supongo que nos las arreglaremos. Escucha, Una —dijo—. Seré franco contigo. Esta casa es una colmena de funcionamiento complejo. No hay lugar para los parásitos. Mira el salero, por favor.
       —“Trabajar o morir” —leyó Una, sintiendo que se le secaba la boca—. ¿Vas a trabajar vendiendo tuercas?
       —Spinoza se dedicaba a pulir lentes. No es para horrorizarse. Lincoln partía leños. Clement Chimes venderá clavijas, cerrojos, tuercas y toda clase de cadenas, algunas de las cuales metafísicamente expuestas alrededor de su cuello.
       —¡Ay, Clement! ¡Suena horrible! ¿Qué dice Mary?
       —Dice que, a) el trabajo no está a la altura de Clement, opinión con la que Clement coincide plenamente, y b) necesitamos dinero. Puesto que las cosas están así de crudas, ¿harás ahora el favor de alejar a la sirena contraincendios de las instalaciones para que sea capaz de ponerme a hacer algo?
       —Clement —dijo Una meditabunda, abrochando los botones de la chaqueta de Christina—, si prácticamente se te va el día entero hasta que consigues arrancar…
       —Invocar a la Musa —la corrigió Clement.
       —… y en realidad no te pones hasta las dos o las tres, y luego has de irte a las cinco y media para estar en Woolworth’s a las seis…
       —Enhorabuena. Ya lo vas captando —dijo Clement—. Poco a poco la educación va dejando su poso.
       —… significa que solo tendrás alrededor de dos horas al día para sacar adelante tu trabajo.
       —Insuficiente y lamentable —concedió Clement.
       —Pero ¿qué hay de El cáncer social?
       —Entrará en remisión —dijo Clement.
       Aquella tarde, con gran perjuicio para Mary, que tuvo que volver de la biblioteca a toda prisa para dar de comer a Christina y acostarla, Una empezó a trabajar en la ferretería de los almacenes Woolworth’s, y vendió clavijas, cerrojos, tuercas y toda clase de cadenas


IV

      Una estaba paseando a Christina una tarde siguiendo el recorrido habitual de calles alrededor de Yale cuando decidió doblar en una esquina por donde nunca había ido. Cruzó el campus hasta pasar algunos de los edificios antiguos. Era un día de frío y Una empujaba el cochecito abstraída, sin siquiera mirar al frente, hasta que chocó contra el maletín de un joven apresurado que se cruzó en su camino. El maletín se abrió al caer y un surtido de instrumental médico quedó esparcido por el suelo.
       —Vaya, mira a quién tenemos aquí —dijo el joven con un acento desagradable. Se agachó a recuperar el estetoscopio—. ¿Tía? ¿Niñera? ¿Madre soltera? ¿Ninguna de las opciones anteriores?
       La voz le resultó familiar. Era el señor Organski.
       —¿Qué estás haciendo en New Haven? —aulló Una.
       —Cultivando mi latín, como de costumbre.
       —Eras una calamidad en latín, ¡seguro que no seguiste estudiándolo!
       —No pude evitarlo, se usa para dar nombre a las enfermedades.
       —Ah, eres médico —dijo Una, riendo y recogiendo un par de pinzas. Del interior del cochecito salió un pequeño estornudo.
       —Si consigo aprobar. Por el momento soy un pomposo estudiante de medicina. ¿Y tú? ¿Asentada en New Haven? Casada, por lo que veo.
       Una frunció el ceño.
       —Es el bebé de unos amigos.
       —Ajá. Una solterona haciendo una buena obra. ¿Preferiste hacer carrera?
       —Bueno… —dijo Una, incómoda.
       —Comprendo. En ese caso ni una palabra más. Información clasificada. ¿Eres científica del gobierno? Utilizan los laboratorios de por aquí, según he oído. Experta en ciclotrones. O en aviones supersónicos. En resumen, no estás autorizada a hablar de tu trabajo.
       —Estoy en el ramo de la ferretería —murmuró Una.
       —Justo lo que pensaba. Misiles y toda esa chatarra. ¿Eres la licenciada en clásicas que les pone esos nombres? Titán. Niké. Marte. No me digas cuál ha sido tu última ocurrencia, no sabría cómo manejar esa clase de información. ¿Y el nombre del bebé?
       —Christina.
       —Impropio de una ojiva nuclear, mejor que se vuelva a la cuna. En todo caso llévatela a casa, Christina está resfriada.
       —Tiene una tos muy fea. A veces le lloran los ojos —admitió Una.
       —Tus amigos son locos peligrosos, ¿por qué permiten que salga?
       —Bueno, es tan ruidosa…
       —Una dolencia común del recién nacido, también conocida como infanta clamorata, que se pasa cuando empieza el confinamiento en un edificio escolar, la kindergartenia absentia.
       —Y su padre está escribiendo un libro.
       —Ajá. Una cuestión de inmortalidad. Christina, sin embargo, muestra claros síntomas de mortalidad. Mira, creo que caminamos en la misma dirección. ¿Adónde vas?
       El señor Organski la acompañó a casa, pero Una no lo invitó a entrar. Le comentó que no podía: Clement estaba trabajando.
       —¿Y la progenitora?
       —Estudiando jurisprudencia.
       —Una familia extraordinaria.
       —Sí, lo es —dijo Una con fervor.
       —¿Te han adoptado? Qué suerte la tuya —dijo el señor Organski.
       —Lo sé —dijo Una.
       —Y la fortuna te sonríe aún más. Naciste con buena estrella. Esta familia de genios te ha acogido, pero yo, Organski, un fracaso conjugatorio, voy a sacarte por ahí. Al cine el sábado por la noche, ¿qué me dices a eso? Di gracias.
       —No puedo —dijo Una—. Clement y Mary se van. Hace días que lo acordamos. Están tan ocupados que apenas pueden salir, no tendría el valor de estropearles el plan.
       —Ajá —dijo el señor Organski—. Llámame Boris. Arreglaremos alguna otra cosa inmediatamente.
       —¿Y tu amante?
       —¿Mi amante?
       —Tenías una.
       —¿No acabo de decir que era un fracaso conjugatorio? Repudio y reniego de todas las alianzas previas, aunque no prometo no seguir buscando otras con más éxito. Ahora escúchame bien. ¿Cuándo van a tener Clement y Mary el placer de conocerme?
       —Bueno, los dos están en casa esta noche, pero por lo general se quedan trabajando…
       —Esta será una visita médica. Acerca de Christina.
       —Soy yo la que se ocupa de ella la mayor parte del tiempo. Si está enferma, en realidad es culpa mía.
       —Estupendo. Entonces deberías asistir a mi conferencia. Hora, mañana por la noche. Lugar, el abarrotado apartamento de Clement, Mary, Christina y Una.
       —Trabajo hasta tarde —objetó Una.
       —Ajá. Maniobras nocturnas. Alto secreto. No me cuentes nada. Si el gobierno ha de ocultar los fracasos de sus cohetes espaciales al amparo de la oscuridad, no quiero participar de su humillación.
       —¡Pero si trabajo en Woolworth’s! —dijo Una con exasperación.
       —Gracias a Dios, una vulgar latinista después de todo. Tedium Woolworthiae, un estado transitorio inocuo. Te ofrezco un consuelo. Propongo, en vistas de que he repudiado y renegado de mi conducta previa, que te comprometas a dar forma a mi conducta presente. Da gracias a los astros. Te estoy pidiendo que te conviertas en mi amante.
       Una se echó a reír. Sonó igual que la risa de Mary.
       —Imagino que echas una mano a tus amigos con el alquiler, ¿verdad? —dijo el señor Organski—. Ven y paga el mío. Mi apartamento está mucho menos abarrotado.


V

      A los Chimes no les gustó nada Boris. Para empezar no creía que Christina fuera una niña perfecta. Insinuó, de hecho, que distaba mucho de ser perfecta. Dijo que estaba desnutrida, que necesitaba vitaminas líquidas y que el pulmón izquierdo no estaba limpio. Dijo que los visitaría a menudo hasta tener la seguridad de que la niña mejoraba. Quiso ver dónde dormía.
       —La habitación es demasiado pequeña —insistió—. Y con una barrera como este biombo alrededor de la cuna, ¿cómo esperan que la pobrecita respire?
       —Es solo para darle privacidad a Una —dijo Mary con malicia.
       —Quítenla.
       —No veo qué podría importar un pedacito de plástico fino —dijo Clement.
       —El biombo da lo mismo. Hablo de la cama. Quítenla.
       —Es la cama de Una.
       —Bueno, de acuerdo —dijo Mary—. Una puede dormir otra vez en el sofá. Al fin y al cabo ya lo ha hecho antes.
       —Quizá sea mejor que le pregunten si no le importa —dijo Boris.
       —No le importará.
       —Nunca le importa nada.
       —Esa clase de personas pueden ser pesadísimas —dijo Boris.
       —La verdad es que ella lo es —dijo Mary—. Es la persona más obsequiosa que he conocido.
       Boris chasqueó los labios con aire comprensivo.
       —Obstaculiza las relaciones íntimas, imagino.
       —Se pone usted un poco condescendiente, ¿no cree? —dijo Mary.
       —En realidad —dijo Clement— es cierto. Siempre está en medio.
       —Con Cristina se porta así, asá. La deja berrear.
       —Un obstáculo, ciertamente —dijo Boris al más puro estilo de aprendiz de médico, con mucha grandilocuencia—. Supongo que cocina, ¿me equivoco?
       —Si a eso puede llamársele cocinar. Corta mortadela. Abre latas.
       —Un adulto no debe dormir cerca de un niño bajo ningún concepto —dijo Boris categórico—. A ella ni se le ha pasado por la cabeza. ¿Es corta de entendederas? Lo digo por la clase de trabajo que desempeña, con pequeños objetos metálicos y demás.
       —No especialmente corta —dijo Clement—, aunque yo tampoco diría que Una es imaginativa, ¿verdad, cielo? La verdad es que una vez le concedieron una beca Fulbright.
       —Asombroso.
       —La desperdició. Qué estupidez, habría podido conocer Turquía.
       —Mmm, interesante —musitó Boris—. Un país vecino. Soy originario de Bulgaria. Claro que está en los huesos. Tiene unos pechos pequeñísimos.
       Aquella noche, cuando Una volvió de despachar en la ferretería, una hora más tarde de lo habitual, los Chimes la abordaron en el salón y empezaron a hablarle con severidad.
       —Es que no te das cuenta. Escucha, Una, cielo —dijo Clement—. Ese hombre no te traerá nada bueno. Vino aquí a escondidas cuando sabía que no estabas…
       —A propósito —dijo Mary—. A tus espaldas.
       —No mezclemos las cosas, cielo. Eso es lo de menos. La cuestión es que vino a intentar ponernos en tu contra, Una. Esa es la cuestión.
       —Estaba más claro que el agua lo que pretendía —le dijo Mary a Una—. Lo que se me escapa son los motivos que pueda tener.
       —Ningún motivo —dijo Clement—. El mundo está lleno de gente envidiosa igual que él. No soportan que la gente se lleve bien, les gusta meter cizaña.
       —Si hasta está intentando poner a Christina en contra tuya —dijo Mary—. A una recién nacida, imagínate. Cree que la estás contaminando. Dice que tienes que dormir en otro sitio, por razones de salud.
       —No ha habido nada que no haya criticado. No se ha quedado a gusto hasta que nos ha hecho decir cosas desagradables sobre ti. Aunque tampoco es que se haya salido con la suya.
       —Lleva escrito en la cara lo que es —dijo Mary.
       —Incluso ha hablado mal de tu físico —dijo Clement—. Es de esos que se dedican a denigrar, conozco a los de su calaña. Esos medicuchos muchas veces se creen pequeños dioses. Ha dicho que no tienes instinto para lidiar con la enfermedad. Como si aquí hubiera algún enfermo.
       —Si sigue así, acabará por ahuyentarte, Una, te dará miedo acercarte a Christina.
       —Se da mucha importancia, ese tipo. Está empeñado en imponer su presunta autoridad.
       —Aléjate de él —le aconsejó Mary.
       A Una le pareció curioso que hablaran de Boris, a quien acababan de conocer, exactamente igual que hablaban siempre de Rosalie.
       —Pero si he estado con él hasta hace diez minutos.
       —¿Con Boris? —exclamaron los Chimes al unísono.
       —Cuando salí de Woolworth’s estaba en la puerta.
       —¿Esperándote? Debe de haber ido directo desde aquí.
       —Qué callado se lo tenía. Qué taimado —observó Mary.
       —Hemos ido a su casa —comentó Una— a tomar un café. Él tomó café —puntualizó— y yo cacao.
       —¿Lo ves? ¿Lo ves? —dijo Mary.
       —No, no lo ve —dijo Clement—. Una, corazón, abre los ojos, lo tienes justo delante de las narices. Ese tipo está intentando estropear las cosas. Igual que Rosalie. ¿No te dijo Rosalie que no te vinieras a vivir con nosotros? ¿A que sí? No puedes negarlo, lo sabíamos, es tan típico de ella. Nunca te ha sabido mal que vayamos a medias con los gastos, ¿verdad?
       —Claro que no —dijo Una con gratitud, aunque la verdad era que se sentía un poco confundida. Era más de medianoche; había vendido cuatro destornilladores Phillips, tres cerraduras con combinación y un candado corriente, dos latas de cera para madera, un rollo de alambre para colgar cuadros, un tubo de abrillantador para coches, una cadena de bicicleta, una docena de cajas de tachuelas y un pomo para una puerta. Estaba deseando meterse en la cama.
       —Quieta —la atajó Mary—. Ahí no. No tienes que consumir ni una bocanada más del oxígeno de Christina.
       —Ah —dijo Una, y se hundió en el sofá. Pang, saltó el muelle roto. Mary, que había recuperado por completo la figura después del embarazo, había roto el muelle haciendo los ejercicios de la división femenina de las Reales Fuerzas Aéreas canadienses. Los hacía cada noche, y se lo tomaba en serio y con mucha disciplina; los seguía de un libro.
       —Estarías muy equivocada si te supiera mal, Una, y lo digo en serio. Estoy siendo muy sincero contigo. La cuestión es que ya no eres la misma de siempre. ¿A que no, cielo?
       —Tenías unas ideas tremendamente conformistas, ¿te acuerdas? Eras peor que Rosalie, Una, te lo juro. Bueno, no es que fueras peor, pero actuabas igual que Rosalie cuando la conocimos. Siempre dando vueltas a nuestro alrededor y adulándonos. Eso era algo de ella que no podíamos soportar. Quiero decir que era una de esas personas que carecen de individualidad. Ni siquiera creía en la individualidad.
       —Y cuando se lo dijimos, ya sabes, con toda la franqueza y la candidez, empezó a ser cada vez más descarada. No te disgustes, Una, corazón, tú no eres así. A ella no había manera de educarla. En cambio tú has mejorado mucho, Una, porque eres educable. Estás a punto de alcanzar la madurez, a partir de ahora cualquier día podrías encontrarte a ti misma, tu verdadero punto fuerte. Basta con que mires a Mary si quieres un ejemplo… Y ahora, justo en este momento, lo único que falta es que venga un tipo como Organski para confundirte, que te tome el pelo y te diga que deberías convertirte en una de esas amas de casa insignificantes…
       —No ha dicho nada de eso —dijo Una despacio. Entonces, con la misma lentitud, bostezó. Estaba cansadísima, de verdad—. Por poco me olvidaba. Tened —dijo tendiéndoles un envoltorio—. Son las vitaminas líquidas para Christina. Boris ha dicho que son carísimas si hay que comprarlas en la farmacia. Dijo que cuando se marchó de aquí recordó dónde podía conseguir un montón de muestras de esas que les dan a los médicos, ya sabéis, gratis, y entonces fue corriendo a Woolworth’s con ellas. Por eso vino a buscarme. Para dármelas. Estoy tan agotada que creo que dormiré vestida. ¿Podríais apagar la luz, por favor?
       Pang, saltó el muelle, pero Una no lo oyó.


VI

      A partir de entonces Boris solía ir a buscar a Una a la salida de Woolworth’s todas las noches. Al principio ella se asombraba de verlo allí esperándola, apoyado en el escaparate leyendo uno de sus libros de medicina, pero aparecía con tanta regularidad que al cabo de dos semanas ella empezó a esperarlo casi con optimismo. Los demás empleados se reían y al pasar lo llamaban tótem o le decían que parecía el indio de madera de la puerta de los estancos, y le preguntaban si creía que el edificio se caería si dejaba de aguantarlo, y Boris siempre saludaba con una reverencia cómica pero efusiva a las chicas más gordas. Era una lección para ella, le dijo a Una: solo las chicas gordas merecen atención. Su objetivo, le explicó, era engordarla antes de convertirla en su amante.
       Iban siempre al mismo establecimiento y Boris siempre le pedía dos grandes sándwiches.
       —Come, no hables —le decía, y hundía la cabeza entre dibujos de anatomía hasta que ella terminaba—. Yo no diría que eso está terminado —objetaba si ella dejaba las cortezas del pan. Y luego le pedía un batido de leche malteada con chocolate, a veces reforzado con un huevo crudo. Mientras tanto él estudiaba y se olvidaba de su café hasta que se le enfriaba demasiado para beberlo. Nunca la llevaba a casa antes de medianoche, pero por el camino (iban siempre andando, incluso las noches más tormentosas) compensaba su silencio de dos horas en la sandwichería bromeando sin tregua.
       —Prométeme que mañana me entregarás un informe de peso. Sin zapatos, por favor, y desnuda. Y en una balanza fiable, prueba la de la farmacia. Una vez tuve una amante que era toda piel y huesos, igual que tú, una experiencia por la que espero no volver a pasar nunca. Dejó mis mejores sábanas llenas de agujeritos que hacía con la punta de los codos. Deberías ver hoy esas sábanas. Con el tiempo los agujeros alcanzaron el tamaño de palanganas, pero no vas a poder presenciar ese maravilloso fenómeno hasta que observe los efectos de diez libras más de carne en el área de las clavículas. Una clavícula no debería tener una visibilidad tan exagerada. La estructura esquelética del cuerpo humano no está destinada a la exhibición pública, salvo en el laboratorio de medicina. Mi habitación no es esa clase de laboratorio, querida. —Pero para entonces ya habían llegado a la puerta de los Chimes.
       —¿Qué voy a decirles? —dijo Una en un hilo de voz, una noche que iba apenas por la mitad del primer sándwich.
       —Come, no hables —respondió Boris.
       —¡Boris!
       —Cinco minutos más. Estate calladita, encanto, hasta que termine con mi hiel, mi vejiga y mi hígado. Acábate las cortezas como una buena chica.
       —Boris, ya les he dicho a Clement y Mary una mentira horrible. Les dije que el encargado de la sección de ferretería me había alargado la jornada una hora más.
       Boris levantó la vista de su libro y rascó una oreja. Resultó ser la oreja de Una.
       —Bueno, lo hice solo porque están furiosos de que llegue siempre a casa tan tarde. No pude decirles que no es por nada. Tuve que mentir.
       —Ajá —dijo Boris—. Gracias. Lo aprecio mucho. Para la señorita Meyer, el señor Organski no es nada.
       —¡Ay, Boris! Escúchame. Primero les dije que estaba trabajando esa hora de más, así que quisieron saber dónde estaba el dinero extra. Como tenía que decir algo, les dije que era simplemente una hora de más, sin sueldo extra. ¡Y no me creyeron! Y ahora quieren saber adónde voy después del trabajo. Y no sé qué decirles, Boris.
       —Naturalmente no se han enterado de que sales con Organski, ¿verdad? Naturalmente. “Salgo con nada” no suena convincente.
       —Es porque llego a casa demasiado tarde, Boris. De verdad, ¿no podríamos irnos antes? ¿No podríamos irnos ahora mismo?
       —¿Antes de que te tomes tu leche malteada enriquecida? ¡Ni hablar!
       —Es que se está echando todo a perder, por las mañanas me quedo dormida. Esta semana me he dormido prácticamente todos los días y nadie pudo desayunar, ni siquiera Christina, y luego se pasó horas berreando, y Clement estaba tan furioso que no pudo hacer su capítulo, y Mary dijo que había estado con náuseas todo el día en la biblioteca. Se pone así si tiene el estómago vacío. Es porque estoy llegando a casa demasiado tarde, Boris.
       —Muy bien —dijo Boris—. Nos marchamos ahora mismo. ¿Así te quedarás contenta? Interfiere en mis estudios, por supuesto, ni que decir tiene, pero si te pone contenta interferir en mis estudios, vámonos. La carrera de Organski puede irse por la tubería, pero Una Meyer tiene que estar contenta. El señor y la señora Chimes me dijeron que eras una egoísta ejemplar, no puedo negar que me lo advirtieron. Venga, arriba, ¡vamos! Deja las cortezas, por favor, no tenemos tiempo para eso. Hoy nada de bebida, señora —le gritó a la camarera.
       —¡Ay, Boris, basta! —gimoteó Una—. No sé qué hacer, de verdad que no lo sé.
       —Abandonar la fantasía. Cuéntales a Clement y Mary que estás con tu amante. Perdón, tu amante en potencia: me temo que aún te falta un poco de carne para que el hecho se consume, querida. Si sacas a la luz nuestra relación, a lo mejor captan que tienes una sombra de una quimera de una vida propia, ¿entiendes?
       —Boris, esa no es la cuestión —dijo Una, negándose incluso a sonreír.
       —Ajá. Exactamente la frase de Clement. Incluso has calcado su entonación, querida. Me ha dicho esas mismas palabras, en ese mismo tono, esta misma noche.
       —¿Has visto a Clement? —exclamó Una.
       —Solo por casualidad. Quería ver a Christina y resultó que él estaba en casa. En ese momento se estaba comiendo una manzana y leyendo cómodamente las tiras cómicas. Dijo que las tiras cómicas no eran la cuestión. Yo mientras tanto tomaba una muestra del esputo de la pobre criatura.
       —Vaya, entonces está peor —dijo Una.
       —El doctor Chichester va a echarle un vistazo por la mañana; sin duda un buen hombre, reconoció el talento de Organski y le puso un sobresaliente. Eso fue el semestre pasado. Este semestre Una Meyer no deja estudiar a Organski. Ah, no habrá que pagar honorarios, no pongas esa mirada de loca. Ahora que me fijo, veo que tienes algún problema en los ojos.
       —¿Qué problema?
       —Que se te cierran. Vamos a hacer una cosa. Desde mañana por la noche, en lugar de engordarte aquí voy a engordarte en privado, en mi propio apartamento. Dispongo de una cocinita que te parecerá perfectamente adecuada para cortar en ella mortadela. Mientras yo estudio, tú dormirás. Con una sola condición: que no pinches mis sábanas con uno de esos huesos que te sobresalen por todas partes. Y después te acompañaré a casa dando un paseo.
       —Eso no solucionará nada —dijo Una con aire sombrío.
       —Qué desagradecida. ¡Piensa en los Chimes quedándose sin desayuno! Así respetarás tus horas de sueño, ¿o no?
       —Pero ¿qué les diré a Clement y Mary?
       —Les dirás —dijo Boris con toda tranquilidad— la pura verdad. Que dormías inocentemente en la cama de tu amante.


VII

      Boris no mentía con lo de las sábanas. Estaban raídas. Y su apartamento era una calamidad. El contrato de alquiler pasaba de una generación de estudiantes a otra, año tras año, y aunque todo el mundo al marcharse dejaba algo, nadie se llevaba nunca nada. Las dos habitaciones estaban llenas de objetos inútiles y los fogones tenían un dedo de grasa. Había un televisor que no funcionaba, una aspiradora que ídem y, justo en medio de la minúscula cocina, una cómoda atestada de ropa interior vieja.
       —Madre mía —dijo Una—, ¿es que aquí nadie ha barrido nunca?
       —Hace mucho, mucho tiempo, encanto, pero fue en el Diluvio primigenio —repuso Boris, y abrió el frigorífico con un floreo. Estaba repleto de comida.
       —Me siento fatal —dijo Una—. Todo este asunto me deprime. Boris, es horrible. Clement y Mary están hasta la coronilla.
       —Come, no hables —dijo Boris. Se instaló en su escritorio, colocado a los pies de la cama deshecha. La pantalla de la lámpara era roja, y bajo aquella luz la cara de Boris parecía rosada. Una se fijó de pronto en que, cuando bajaba la cabeza, el bulbo de la nariz de Boris proyectaba una sombra sobre la boca. Tenía una nariz alargada, atractiva, un poco ancha en la punta, y con orificios largos y rígidos que miraban hacia abajo igual que un par de ojos suplementarios. Era como si todo lo que Boris dijera se formulara bajo vigilancia.
       —Cume, no hablas —se burló Una; había empezado a no importarle tanto su acento—. ¿Tienes aceitunas? —Era un gusto de tercera mano; Una lo había adquirido de los Chimes, quienes a su vez lo habían adquirido de Rosalie.
       —En el armario. No, ese no, mira en el otro, donde he puesto el impermeable. Hay un tarro en el bolsillo derecho.
       —Apuesto a que te has pasado toda la tarde en el supermercado —lo acusó Una—, y luego dices que nunca te queda tiempo para estudiar. Son aceitunas verdes, ¿no tienes de las negras?
       —No importa, tienen prácticamente la misma cantidad de grasa. Ponte margarina en el pan, querida; siempre margarina en el pan.
       —No te puedes imaginar lo cargado que está el ambiente en esa casa, Boris. Todo el mundo está disgustado. Clement ha dejado de trabajar en su libro. Cree que ya no va a terminarlo, dice que ha perdido el hilo. ¿Boris?
       —No, querida, nada de conversación, por favor. Esta noche me toca el bazo. El bazo es un órgano muy complicado.
       —Boris, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar Christina en el hospital?
       —Hasta que Chichester la deje salir. Supongo que te has olvidado el cepillo de dientes, ¿verdad?
       —Lo he traído —dijo Una con desaliento—. Estoy convencida de que cayó enferma por mi culpa.
       —Tú no eres un organismo microscópico, corazón. Lo demuestra categóricamente la presencia de tus treinta y dos dientes. Lávatelos, querida, y vete a dormir enseguida, o no te levantarás a tiempo de irte a casa. Es mi deber informarte de que todavía estás cinco libras por debajo del peso necesario para pasar la noche conmigo.
       Pero cuando Una se metió en la cama, Boris abandonó el escritorio y empezó a besarla. Ella se sorprendió bastante, porque estaba segurísima de que no podía haber hecho grandes progresos con el bazo.
       —Qué suerte la mía —dijo Boris con su vocecilla ronca—. Por amante no se me ocurre otra cosa que elegir a una lectora de las versiones expurgadas. Escucha, corazón, a tu Catulo lo censuraron: los muy villanos suprimieron todo lo que era de provecho, especialmente los mejores verbos. Ahora has de retener las partes principales, así. —Y la besó una vez más. Y Una volvió a sorprenderse: resultó que le gustaba. Tanto le gustaba, de hecho, que finalmente Boris tuvo que dejarlo—. No quiero mantenerte despierta, querida, porque entonces no podrás decir que has dormido en la cama de Organski. Bueno, Una —concluyó—, en cualquier caso te diré que eres educable.
       —Eso dicen siempre Clement y Mary —presumió Una, aunque compungidamente—. Pobre Mary. Si Christina tiene que pasar mucho tiempo en el hospital no podrá acabar la tesis a tiempo. El doctor Chichester les dijo que lo mejor es que estén en el hospital a diario hasta que pase el peligro. Hasta puede que Mary pierda el doctorado. Es terrible que esa criatura celestial de repente esté con esa fiebre y todo lo demás. —Y, bastante más temprano de lo que habían esperado, volvieron caminando hasta la casa de los Chimes, apenados por Christina.
       Cuando Una abrió la puerta vio a una escena terrible. Clement y Mary estaban en guerra. A Mary le sangraba la sien izquierda. La camisa de Clement estaba rasgada por la espalda. Mary corría de un cuarto a otro, escupiendo a diestro y siniestro, y Clement la perseguía lanzando gritando palabras violentas y sucias. Mary escupía en los tapices, huía de una estantería a otra escupiendo en los libros. Sacó La princesa Casamassima y empezó a arrancar las páginas a puñados. El pelo le caía por el cuello y los dientes resplandecían de babas.
       —Maldita sea —dijo Mary—, maldita sea, yo estaba fuera todo el día, eras tú el que se quedaba siempre en casa…
       —Y una mierda, ¡se supone que tú eres la madre!
       —¡Negligente! ¡Psicótico! ¡Teólogo! —aulló Mary, y un destello de sutileza le iluminó la cara. Entonces se volvió, agarró una pila de discos y trató de hacerlos añicos con el zapato, pero no se rompían, así que cambió de idea y empezó a lanzar una lluvia oscura. Clement arremetió contra sus rodillas y la derribó. Se revolcaron por el suelo forcejeando sin dejar de golpearse: Clement lloraba, y en el brazo de Mary quedaron las marcas rojas de unos arañazos largos y brillantes.
       —Estupendo, cárgame a mí las culpas… Esa es la cuestión, precisamente, dónde estabas tú mientras tanto: la dejabas a cargo de una imbécil, una pánfila, una pobre idiota que no distingue entre el pulgar y el culo.
       —Exacto, exacto, has dado en el clavo —aulló Mary—. ¡La dejé con un idiota: tú!
       Una estaba demasiado estupefacta para poder articular palabra. ¡Una pelea! ¡Clement y Mary! ¡La perfección!
       Se escabulló por la puerta y salió a la carrera hasta la calle. Boris caminaba penosamente a la luz de la farola un poco más adelante. Corrió sin parar hasta alcanzarlo.
       —¡Boris! Quiero irme contigo.
       —Vete a casa, Una.
       —Boris, se están matando.
       —Es improbable. Los escuché a hurtadillas un segundo y enseguida empezó el aburrimiento. Luego me marché. Vete a casa.
       —No puedo volver ahí, Boris, nunca los había visto así. Boris, quiero quedarme contigo esta noche.
       —No estoy de humor para cobrar el alquiler, Una, vete a casa con tus amigos.
       —Boris —rogó Una—, ¿no eres mi amigo? Sé mi amigo, ¡no puedo volver ahí! Están locos, han perdido la cabeza, se están atacando uno al otro…
       —Uno al otro no. Ataque sí, pero de culpa. Vete a casa, Una, se les pasará —dijo Boris con tristeza—. Deja que te eche un vistazo. Nada de pintalabios, una comodidad. ¿Por qué nunca te pintas?
       —No lo sé —dijo Una—. Mary tampoco lo hace.
       —Mary tiene los dientes salidos, está mejor sin pintalabios. Tú deberías usarlo —comentó con desaprobación. La apartó de la luz y la besó bajo un árbol. Fue otra clase de beso.
       —Antes en la cama ha sido distinto —dijo Una sorprendida.
       —Vete a casa —gruñó Boris, pero pasó media hora antes de que la dejara marchar.
       La casa estaba en silencio. Una lava de escombros lo invadía todo. Los Chimes estaban esperándola.
       —Ya era hora —la saludó Clement—. Buenos días, buenos días.
       Mary estaba tumbada en el sofá, boca abajo.
       —Te vimos entrar antes. Los dos te vimos.
       —Te vimos escabullirte —dijo Clement. Tenía la barbilla hinchada y el mostacho hecho una ruina—. Entraste y te escabulliste otra vez enseguida. Lo hemos visto todo.
       —Christina está en el hospital y lo único que se le ocurre a Una Meyer es pasarse la noche besuqueándose con un búlgaro —se despachó Mary con la cara hundida en la tapicería.
       —Voy a serte franco —dijo Clement—. Te lo diré abiertamente y con sinceridad. Hemos estado hablando de ti, Una. Hemos analizado con pelos y señales lo que has hecho.
       —Hemos analizado lo que eres.
       —Una explotadora —dijo Clement.
       —Explotadora —dijo Mary—. Manipuladora.
       —Cuando te pedimos ir a medias con los gastos, fue por ti. Por reforzar tu ego y todo eso. Y has resultado ser el aprendiz de brujo —le dijo Clement con cara de pocos amigos—. Nunca imaginamos que ibas a hacerte con el poder.
       —Te has apoderado de todo.
       —De toda esta maldita casa.
       —De los libros.
       —Del inodoro.
       —De los discos.
       —Del frigorífico.
       —Del bebé —dijo Mary—. La sacabas en medio de ventiscas de nieve, prácticamente la asfixiabas para hacerla callar…
       —La has maltratado —dijo Clement—. Dependíamos de ti y tú maltrataste a la niña. Abusaste de nuestra buena fe. Te hiciste con el poder, eso es todo.
       Una clavó la mirada en el suelo. Un cojín había reventado en medio de la batalla y sobre las baldosas correteaban curiosos pedacitos de nube como ratoncitos inquietos.
       —Ha sido pura desidia —dijo Mary con amargura—. Empezó con Organski. Desde que ronda por aquí no piensas en otra cosa. Te dijimos que no era trigo limpio.
       —Él es bueno —dijo Una—. Si no llega a ser por Boris, nadie se habría dado cuenta de lo que le ocurría a Christina, habría sido peor…
       —¿Podría ser peor? —preguntó Mary.
       —Déjalo, cielo, no trates de inculcarle decencia con palabras. Él la ha puesto en nuestra contra, eso es lo que pasa.
       Una se sentía sobrecogida y confusa; sintió un regusto a sal en la boca. Entonces notó algo tibio y húmedo en la nariz y se dio cuenta de que había estado llorando todo el rato.
       —¿No te parece un poco tarde para hacer teatro? —dijo Mary—. Lo menos que puedes hacer es limpiar todo esto. La camisa de Clement está hecha trizas.
       —Una cosa sí has hecho, Dios lo sabe, y que Rosalie no consiguió ni a las malas. Has hecho que incluso nosotros dos nos enfrentemos. En comparación contigo, Rosalie era una santa.
       Una cruzó los brazos a la espalda.
       —Sé que es culpa mía. Boris dijo que no. Me refiero a lo de Christina. Pero lo es, sé que es culpa mía. —Y siguió liberando lágrimas en silencio.
       —¡Llorona! —gritó Mary—. Eso es lo peor de ti, da asco cómo te gusta recrearte, es puro masoquismo. Es tan humilde que da náuseas, es una mártir, siempre dispuesta a poner el cuello para los verdugos. Mira, si quieres a alguien que te haga sufrir, ve a buscar a tu amiguito Boris.
       —Boris es bueno —repitió Una como una tonta.
       —No va en serio —dijo Clement—. Esos medicuchos nunca van en serio. Sé lo que quieres de él, pero ya te puedes olvidar. Ese tipo no es bueno, digas lo que digas. Mary y yo nos dimos cuenta nada más verlo, pero tú te creías muy lista. Nunca nos escuchaste. Pensábamos que podría hacerse algo contigo, que había posibilidades de salvación para ti, pero resultó que el material era débil. Estás hecha trizas, Una. Ese hombre no se casará nunca contigo.
       —Ese hombre le dará su merecido —dijo Mary.
       —Si es tan bueno como ella cree, le va a dar una buena —dijo Clement y, puesto que le pareció bastante ocurrente, Una vio que de pronto sonreía.


VIII

      Por la mañana temprano los Chimes se fueron al hospital. Una no pudo ir con ellos; le dijeron que solo dejaban entrar a los padres. Lavó los platos del desayuno, limpió la sangre de Mary del sofá, barrió el salón y apiló los restos del saqueo. Luego intentó leer un poco. Tuvo la sensación de que habían pasado años desde la última vez que leyó algo. Ningún libro conseguía interesarla. Entró abstraída en el estudio a buscar el manuscrito de Clement.
       Al fin lo encontró, bajo una pila de papeles, encima de la mesa que él mismo había construido para Mary con la puerta del cuarto de baño. La primera página decía:


EL CÁNCER SOCIAL
UNA DIAGNOSIS EN VERSO Y FURIA

por Clement Chimes
(Maestría en Humanidades)


      No había segunda página.
       El día fue largo y tedioso. A Una no se le ocurría nada que mereciera la pena hacer. A las seis tendría que volver a despachar en la sección de ferretería, pero para eso aún faltaban horas. Fue a ver a Boris, y por supuesto no lo encontró en casa.
       Una familia de cucarachas jóvenes salió en fila india de una grieta entre dos tablas y circuló arrastrando las largas antenas por el umbral. A Una le habría gustado tener una llave. Deseó poder deslizarse por debajo de la puerta igual que las cucarachas. Se sentó en el suelo delante del apartamento de Boris y esperó a que volviera de clase. El pasillo estaba cada vez más oscuro y más frío.
       —Dios mío, una visitación —farfulló Boris al encontrarla, y fueron acariciándose hasta la cama y se pasaron toda la tarde besándose. Una llegó tarde al trabajo, pero con la sensación de que ya no tenía frío y de estar casi rolliza; sentía los labios, las mejillas, los pechos y los brazos calientes y dorados. Llevaba en el bolsillo la llave del apartamento de Boris.
       A la tarde siguiente el encargado de la sección de ferretería le dio un aviso por tener dos retrasos seguidos; era fácil encontrar chicas en aquellos tiempos, dijo.
       Los Chimes apenas le dirigían la palabra. Estaban de un humor extraño. Por las mañanas parecían salir flotando hacia el hospital, no con ansiedad, sino precisamente como si la ansiedad se hubiera disipado. No le podían contar gran cosa de Christina a Una. Estaba mejor, murmuraban; sí, sin duda estaba mejor. Boris, que se mantenía en contacto con el doctor Chichester, no decía nada. Una estaba esperanzada. Creía ver optimismo en todo el mundo; más aún, felicidad. El alivio de los Chimes era evidente. Boris la hacía rodar por toda la cama, riendo. A finales de aquella semana la despidieron, pero los Chimes parecieron sumisos cuando Una les dijo que no podría poner su parte del alquiler.
       Una hablaba con Boris sin parar. Le hablaba acerca de la curiosa gratitud de los Chimes, que parecía un sortilegio. Día tras día cruzaban las salas de espera del hospital como una pareja intrigante en luna de miel. Después las enfermeras comentaban que siempre estaban con las cabezas muy juntas. Llamaban la atención porque eran muy guapos y porque se alimentaban de barritas de caramelo. La vigilia no los dejaba demacrados, sino frescos y radiantes. Una recordaba que una vez, y más de una, Mary elogió la ciencia de la química del suelo: podía aportar más al destino de las naciones subdesarrolladas que la árida jurisprudencia. Y le vino a la memoria que Clement hablaba a menudo de viajar a un país cuyos habitantes practicaran una religión completamente nueva, y siempre acababa reprochándole a Una que hubiera perdido la oportunidad de meterse de lleno en Turquía y en el Corán. Hasta entonces Mary había estado aburrida y Clement celoso. Fue un alivio. Se alegraron de la interrupción. El destino había frustrado su perfecta entrega y no desesperaron. Una especie de halo los alentaba. Estaban listos para algo nuevo.
       A principios de la segunda semana que los Chimes estaban en el hospital, Boris y Una eran amantes en toda regla, y a mediados de esa misma semana murió Christina. La imagen del pequeño ataúd depositado en aquel pequeño hoyo hizo pensar a Una en un perro enterrando un hueso. El joven rabino llevaba una pajarita arrugada. Junto a la tumba alabó a todos los estudiantes e intelectuales que no descuidaban el deber de la procreación; saltaba a la vista que era su primer funeral. Después los Chimes vendieron sus libros y se marcharon de New Haven, y Una no volvió a verlos nunca más.


IX

      A veces creía identificarlos en cosas que leía. Un titular decía: MUJER SE UNE A MISIÓN DE PAZ PARA DAR UN POCO DE PAZ A SU ESPOSO; hablaba sobre una chica que había ido a Tanganica mientras su marido se quedaba en casa tranquilo para escribir una novela acerca de la corrupción en el sector bancario, y Una rastreaba la columna con avidez en busca de los nombres, pero siempre eran otros. O se enteraba de que una tribu india había adoptado a una pareja, que vivía en la reserva enseñando a los ancianos alemán estándar y geometría sólida; pero resultaba que no eran Clement y Mary. Una vez oyó hablar de un hombre joven que había dejado a su mujer, una bella ingeniera agrónoma de cabello oscuro que trabajaba en Birmania, para ingresar en un monasterio budista, y por fin tuvo la certeza de que debían de ser los Chimes, que habían rehecho sus vidas dando un nuevo rumbo a su educación. Sin embargo, cuando la historia apareció publicada en Time supo que en realidad se trataba de una pareja de ciudadanos rusos originarios de Pinsk.
       —Olvídate de ellos —decía Boris, pero ella nunca pudo. Nunca abandonó la esperanza de toparse en un periódico con los Chimes, ya famosos.
       —Aún tengo su catálogo de fichas, ¿recuerdas? ¿Y si algún día quieren reorganizar su biblioteca? Van a necesitarlo.
       —No son trigo limpio —dijo Boris.
       —Eso es lo que ellos solían decir de ti.
       —Dos aciertos no equivalen a un error.
       —Ja, ja —dijo Una con sorna—. En una cosa sí se equivocaron. Juraban que nunca te casarías conmigo.
       Boris suspiró.
       —Después de todo, tenían razón en algo.
       —No, no la tenían. Se referían a que nunca querrías.
       —Quiero, Una —dijo Boris, y por enésima vez le pidió que se casara con él—. ¿Por qué no? ¿Por qué no? No veo por qué no dices que sí. En serio, Una, ¿qué es lo que te preocupa? Todo será igual que ahora.
       —Estás avergonzado —lo acusó Una—. Te da apuro. Todo el mundo sabe lo nuestro y no puedes soportarlo.
       —Esto es el colmo. Repasémoslo de nuevo, ¿de acuerdo? No es a mí a quien le importa, sino a los hospitales. ¿Cómo esperas que consiga una plaza decente en ningún sitio? ¿En una clínica de primera clase? ¿Quién va a contratarme? Ya basta. Casémonos, Una.
       —No digas que todo será igual —dijo Una—. Si ahora ya todo es distinto. Tú no eres el mismo.
       —Ni tú tampoco. Eres mucho más tonta. Y te has vuelto un poco bruja. Ya no hay ningún pensamiento dentro de tu cabeza. Te preocupas por la grasa, por el polvo…
       —Es que yo no soy tan culta como tú —dijo Una con malicia—. Abandoné mi educación por el destornillador Phillips y la cerradura cilíndrica.
       —Te dije que no volvieras a ese estúpido trabajo.
       —¿Quién pagó la factura para que nos fumigaran la casa? ¿Quién pagó la pintura de la cocina? Y me he fijado en que no le haces ascos a la comida —dijo Una—. ¡Si pones más interés en la comida que en mí! Siempre fue así. Lo único que te gustaba de mí era verme comer.
       —Es mucho menos desesperante que verte cocinar. Bruja —dijo Boris—, casémonos.
       —No.
       —¿Por qué no, demonios? Explícame de una vez razonablemente qué tienes en contra.
       —¡No aporta nada a la educación! —gritó Una.
       —Mira, yo no quiero una amante ni una maestra —dijo Boris—. Quiero una esposa.
       Al final —aunque fue años después, y cómo ocurrió, las cartas que se escribieron, cuántas y cada cuanto, quién presentó a quién: todo eso se olvidó hace mucho— Boris consiguió una esposa. Cuando Una visitó a los Organski diez años después de que se casaran, Boris estaba irreconocible, salvo por la longitud de su nariz; a Una le hizo pensar en un hipopótamo de hocico alargado. Su hijito, a pesar de que tenía solo siete años, se parecía más al estudiante de medicina que ella recordaba; era arrogante y encantador, y la hacía reír sin parar. La señora Organski lucía una gordura deliciosa, aunque había sido siempre gorda, incluso de jovencita. Acababa de enviudar cuando a Una se le ocurrió que podía encajar con Boris a las mil maravillas. Entonces Boris era ya psiquiatra. Nunca había dejado de escribirle aquellas cartas intrincadas y extravagantes; decía que por fin había comprendido que Una padecía un trauma matrimonial imposible de erradicar: ya había estado casada indirectamente, había vivido el matrimonio de los Chimes, continuaba creyendo en su perfección y temía fracasar en el intento de duplicarlo. De vez en cuando le ofrecía casarse con ella a pesar de todo.
       Una acabó el doctorado en una universidad del Medio Oeste; su antiguo director de tesis, su esposa y sus hijos le mandaron una orquídea. El tema de su tesis fue “La influencia de la voz media griega en la prosodia latina”, y no requirió ningún viaje, ni al extranjero ni interior. Por una escabrosa coincidencia se incorporó al profesorado de una pequeña facultad de Turkey, Carolina del Norte. Todos sus compañeros estaban irremisiblemente domesticados. Organizaban entre ellos pequeñas meriendas y frecuentes cenas en casa. A veces invitaban a algunos de los profesores más inteligentes del instituto contiguo al campus. Uno de ellos resultó ser una tal señora Orenstein, que daba clases de geografía e historia. Una y la señora Orenstein se abrazaron y se marcharon pronto de la reunión para recordar en privado los viejos tiempos. La señora Orenstein le contó estrujándose los dedos que el señor Orenstein, un profesor de educación física muy querido, había muerto hacía seis meses en un funesto accidente en el gimnasio. Haciendo una demostración de ejercicios abdominales resbaló de las barras paralelas. El resto de la noche hablaron de los Chimes. Alguien le había dicho a la señora Orenstein que Clement era dentista, y alguien más que era contable, pero no sabía si era cierto. Circuló el rumor de que Mary estaba en el Departamento de Estado; otro de que Mary se había hecho monja y Clement era proxeneta para el cuñado del cónsul argentino. Lo que era seguro es que vivían en Washington; que a lo mejor vivían en Washington; que ambos daban clases de astronomía en la Universidad de California; que no tenían hijos; que tenían seis niñas y un niño; que Mary estaba en la cárcel; que Clement había muerto.
       Al final la señora Orenstein le preguntó a Una por qué nunca se había casado. A Una le pareció una pregunta grosera y la esquivó.
       —Si alguna vez quieres casarte, Rosalie, tengo a la persona idónea. Le gustaría todo de ti. Clement y Mary siempre decían que a pesar de todo eras una buena cocinera.
       —Los odiaba —dijo Rosalie—. Los odio todavía hoy cuando pienso en ellos, ¿tú no?
       —No lo sé —dijo Una—. Hubo un tiempo en que sí, pero hace años que Boris acabó por confundirme. Justo antes de conocer a Boris, los odiaba de veras. En aquella época era una hipócrita asquerosa. Pero luego el bebé murió y me echaron la culpa, así que empezaron a darme lástima. Cuanto más insistía Boris en hacerme ver que eran egoístas y frívolos y demás, que al fin y al cabo no eran tan brillantes, más cuenta me daba de que a pesar de todo tenían algo. Sabían salir indemnes, a eso me refiero. Eso lo tenían.
       Rosalie resopló.
       —Cualquiera podía calarlos.
       —Bueno, ¿y qué? —dijo Una—. No importaba. Podías calarlos y eran maravillosos de todos modos, justamente porque podías calarlos. Eran igual que una burbuja que nunca se rompía, veías a través de ella y seguían brillando pasara lo que pasase. Eran las únicas personas que he conocido que siguieron siendo los mismos de principio a fin.
       —A ver, me he perdido —dijo Rosalie—. ¿Quién es ese tal Boris?
       Una se rió con saña.
       —Rosalie, Rosalie, ¿no me escuchas? Boris es tu segundo marido.
       Esperó una década antes de atreverse a visitarlos; tenía cuarenta y dos años. Tenía un problema de encías, había perdido algunos dientes y llevaba puentes de quita y pon.
       —¿Alguien ha tenido noticias de los Chimes?
       Nadie las había tenido.
       —Tilín, tilín —dijo la nueva hija de los Organski, y todo el mundo sonrió.
       Contra todo pronóstico, la visita fue un éxito. Observó el matrimonio de los Organski. Tenían una mesa pesada y llena, y sirvieron tres postres: primero pudin, luego fruta, después pastel y té. Saltaba a la vista que sus dos hijos nunca serían extraordinarios. El acento de Boris era tan nefasto como siempre. Rosalie dejaba que el polvo se acumulara; se peleaba con todas las asistentas domésticas. La casa no deparaba grandes glorias ni grandes guerras.
       Rosalie le dijo a Una que volviera pronto, y ella aceptó, aunque solo de palabra. Por dentro rehusó el ofrecimiento. No era que a esas alturas le molestara la imperfección, pero no soportaba la idea de que su educación tuviera que prolongarse indefinidamente.



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