Cynthia Ozick
(Ciudad de Nueva York, 1928-)


Virilidad (1971)
(“Virility”)
Originalmente publicado en la revista Anon (febrero de 1971);
The Pagan Rabbi and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1971, 270 págs.)



      Sois demasiado jóvenes para recordar a Edmund Gate, pero yo lo conocí cuando aún era Elia Gatoff, un joven en bombachos recién llegado en barco desde Liverpool. Hoy en día solo alguno de mis compatriotas, centenarios como yo, podría recordar a Edmund Gate. Un hombre de ciento seis años está siempre confinado a una Elba metafísica, pero una Elba donde no hay siquiera la metáfora de un Napoleón; donde, de hecho, hace tanto que la existencia de Napoleón cayó en el olvido que es imposible creer en su influencia, más aún en su fama. La vida es dura y solitaria en esta tierra de exilio: los habitantes (o, como quizá sea más exacto llamar a los que hemos entrado en nuestra undécima década, los supervivientes) somos tan pocos, y estamos tan mermados, y somos tan de poco fiar con la cronología reciente y tan ajenos a vuestras ideas de grandeza, que al final hemos virado hacia una mentalidad distinta, y por lógica deberíamos tener nuestra propia bandera. No es que pretendamos recluirnos, sois vosotros los que os habéis separado de nosotros: vosotros, con vuestros pilotos lunares, y vuestras prospecciones pesqueras en el Mohole, y vuestras galletas de algas, y vuestra reforma antietimológica de la ortografía… Así pues, no espero que creáis que hubo un tiempo en que un hombre corriente y bastante ignorante podía alcanzar la celebridad que vosotros concedéis únicamente a los genios viles que exportan crías de gérmenes en sobres de plástico. Eso, supongo, es lo peor para mí y el resto de mis paisanos en esta tierra de los muy viejos: vuestro aislamiento de nuestros grandes hombres. Nuestros grandes hombres, y en especial los que fueron solo famosos, han caído de vuestras enciclopedias, y se desvanecerán de una vez por todas cuando acabemos reducidos a sustrato genético reconstituyente, mezclados con harina de pescado, para servir de antídoto inmediatamente después de la saturación de radiaciones. Un detalle y una tangente, pero el peso de los años trae estas inquietudes, y a veces acaricio el deseo egoísta de que al final quede una lápida con mi nombre. ¡Como si con una población de mil millones y cuarto de habitantes hubiera lugar para ese capricho obsoleto! Y aun así, cuando la semana pasada visité la tumba de Edmund Gate en el antiguo Cementerio Protegido y vi su estatua, salí convencido de la belleza de aquel decoro de antaño, por inútil que fuera. Hoy en día no hay sitio para los monumentos físicos, y ya nadie hace caso a los tristes poetas.
       He ahí precisamente mi mayor obstáculo. ¿Cómo voy a convenceros de que, en un periodo concreto de mi dilatada vida, un poeta —un hombre corriente, como digo, y bastante ignorante— fue el centro de todas las miradas y recibió una atención enorme, una atención mayúscula e incluso extraordinaria? No habréis oído hablar de Byron, por supuesto, y ninguno está más eclipsado que el pobre Dylan. Tampoco pretendo decir que Edmund Gate llegara nunca a esas alturas, pero era un poeta recitado, admirado, idolatrado, traducido y asediado como pocos, incluso le pagaban, y la prensa no lo soltaba ni un instante. Aunque he hablado de influencia y de fama, debo reconocer que Edmund Gate no tuvo mucha influencia, ni siquiera en su propia generación —quiero decir con eso que no fue muy imitado—, ¡pero fama…! Gozó de tanta como pudimos darle. En aquellos tiempos la fama era algo que se concedía; vosotros, en cambio, lo medís todo mezquinamente según la escala del cosmos. El primer hombre que pisó la Luna se marchita ahora en un despacho de estadística en alguna parte, desbancado ya por el primero que fue a Venus, que por lo visto se pasa el día tumbado en un cuarto rancio bebiendo vodka y escupiendo envidia sobre el primero que intentó llegar a Plutón. Ahora son las estrellas las que designan la fama, mientras que entonces éramos nosotros los que creábamos la fama y designábamos nuestras estrellas.
       Murió (al igual que Keats, de quien por supuesto tampoco habréis oído hablar) con veintiséis años. No he obtenido este dato de Tabulación Microblea, sino de la propia lápida, invencible. Era algo que había olvidado y me conmovió. Casi me había convencido de que llegó a alcanzar la madurez, tal vez por la última imagen que conservo de él, o al menos mi último recuerdo, donde se me aparece en ropa interior, con la tripa hinchada y peluda, los dientes rotos y amarillentos, y la cabeza llena de costras y unos pocos mechones de pelo pajizo. Parecía una especie de púgil fracasado. Lo veo plantado en un suelo sin moqueta, aturdido, borracho, con un periódico en una mano, mientras con la otra se agarra tiernamente los testículos por la abertura de los calzoncillos. Las últimas palabras que me dijo fueron las mismas que escogí (me tocó a mí hacerlo) para su monumento: “Soy un hombre”.
       Sin embargo, la primera vez que acudió a mí era un muchacho con bombachos de pana. Olía a salami, llevaba los bolsillos raídos y aún traía el salitre impregnado en la piel. Explicó que había venido andando desde Inglaterra, recorriendo la cubierta del barco de un lado a otro. Más adelante deduje que había viajado de polizón. Lo habían mandado a Liverpool con un pasaporte falso (eran tiempos de zares), desde un lugar lleno de casuchas de madera y calles sin aceras llamado Glusk, con instrucciones de buscar a una vieja tía de su madre en Mersey Street y quedarse con ella hasta que sus padres y sus hermanas consiguieran los papeles para cruzar la frontera. Milagrosamente encontró a la tía, que lo recibió con los brazos abiertos, le dio pan con mantequilla y le mostró una carta recién llegada de Glusk, en la que su padre aseguraba que los preciosos documentos por fin estaban en regla y debidamente timbrados con sellos casi idénticos a los sellos auténticos del gobierno; muy pronto se reunirían todos en la atrayente pobreza de la dorada Liverpool. Edmund se instaló en casa de su tía, que llevaba una vida ordenada en una barriada gris y trabajaba de sol a sol cosiendo velos en la trastienda de una sombrerería. La buena mujer tenía todos los hábitos de una solterona huraña con una vena intelectual. Había llegado a Inglaterra seis años antes, emigrada también de Glusk, aunque ella se había marchado legal y respetablemente, bajo una pila de heno en la última de las tres carretas de una caravana de gitanos que se dirigían al oeste, hacia Polonia. Una vez en Polonia (gobernada por el humanitario Francisco José) tomó un tren a Varsovia, y le gustaron tanto las librerías de allí que por poco se queda para siempre, pero al final lo pensó mejor y se remangó las faldas para subirse a otro tren —¡cómo detestaba el hollín!— con destino a Hamburgo, donde zarpó en un pequeño barco directo a Liverpool. Nunca se le pasó por la cabeza ir un poco más lejos, hasta América; había decidido que el inglés era el mejor idioma que un extranjero podía adoptar, y recelaba del inglés que los norteamericanos creían hablar. Con suma diligencia empezó a enseñarle a su sobrino segundo la bella e ingeniosa nueva lengua; incluso quiso mandarlo a la escuela, pero él estaba demasiado enfrascado en la idea de la espera, y prefería hacer los recados del verdulero por tres chelines a la semana. Guardaba los peniques en una cajita de hojalata para comprarle a su madre una bufanda roja cuando llegara. Esperaba, esperaba, y parecía aburrirse cuando su tía le hablaba en inglés por las noches, y él esperaba inmensamente, con todo su cuerpo. Pero su madre y su padre y su hermana Feige y su hermana Gittel nunca llegaron. Un día lluvioso del mismo mes en que irrumpió en la edad adulta (mientras la trinchera del labio superior se le llenaba de cañones de pelo negro), su tía le dijo, y no en inglés, que de nada servía seguir esperando. Los habían asesinado a todos en un pogromo. Sacó la carta, de una prima de Glusk, a modo prueba: su madre, violada y linchada; Feige, violada y linchada; Gittel logró escapar, pero la atraparon en el bosque y la violaron doce veces antes de que un soldado compasivo que pasaba por allí la salvara de la decimotercera pegándole un tiro en el ojo izquierdo; su padre acabó atado a la cola de un caballo cosaco y arrastrado hasta que se le partió la cabeza contra los adoquines.
       Me contó todo esto muy rápido, brevemente, sin vehemencia, y con una economía asombrosa. Había venido a América, me dijo, a buscar trabajo. Le pregunté qué experiencia tenía. Reiteró el dato del verdulero de Liverpool. Tenía un acento de lo más pintoresco, un auténtico popurrí.
       —No creo que con esa preparación vayas a sernos útil en un periódico —constaté.
       —Bueno, es la única que tengo.
       —¿Qué opina tu tía de que la hayas dejado sola?
       —Ella es una persona independiente. Se las arreglará bien. Dice que cuando pueda me mandará dinero.
       —Y dime una cosa, ¿no crees que el dinero debería ir en sentido contrario?
       —Ah, pero es que yo nunca tendré dinero —repuso él.
       Me irritó su pronunciación (“dinerro”), y sin darse cuenta me confirmaba además una de mis teorías sobre los advenedizos que llegan a América, ninguna de ellas elogiosas.
       —¡Muchacho, eso sí que es ambición!
       Me sorprendió su sonrisa ambivalente, a la vez férrea y decidida.
       —Soy muy ambicioso. Espere y verá —dijo como si ya fuéramos colegas, confidentes y compañeros de fatigas—. Solo que yo me quiero dedicar —añadió— a una cosa que nunca da mucho dinero.
       —¿A qué, si puede saberse?
       —Poeta, siempre he querido ser poeta.
       No pude contener la risa.
       —¿En inglés? ¿Quieres escribir poesía en inglés?
       —En inglés, claro. No tengo ninguna otra lengua. Ya no.
       —¿Y estás seguro de que tienes el inglés? Solo te lo ha enseñado tu tía, y a ella no se lo enseñó nadie —le dije, aunque él me escuchaba a medias y ni se molestó en seguir hablando de su pariente.
       —Por eso quiero trabajar en un periódico —insistió—. Para estar en contacto con el material escrito.
       —Podrías dedicarte a leer libros, ¿no? —le dije tajantemente.
       —Algunos he leído. —Bajó la mirada avergonzado—. Soy demasiado perezoso. Mi mente es perezosa, pero tengo buenas piernas. Si consiguiera un puesto de reportero o algo parecido, podría sacarles partido a mis piernas. Soy un gran corredor.
       —¿Y cuándo —le planteé con voz de arcángel sardónico— compondrás tus poemas?
       —Mientras corro —dijo.
       Lo contraté de recadero y lo martiricé de mala manera. Siempre que le entregaba un texto mecanografiado para que lo llevase de un cubículo a otro le recordaba que al fin estaba en contacto con material escrito, y esperaba que le fuera de provecho para sus poemas. No tenía sentido del humor, pero sus piernas eran tan veloces como había prometido. Siempre estaba dispuesto, siempre atento, siempre a punto para echar a correr. Siempre estaba ahí, esperando. Se apostaba junto a las máquinas de escribir como una liebre alerta, moviendo con nerviosismo las manos y los pies para atrapar el folio al vuelo, tan impaciente como si escribir un artículo de fondo fuese un acto completamente automático regido solo por la anchura del papel y la velocidad de la máquina. Le arrancaba el folio de las manos al columnista y salía disparado como un rayo hacia la redacción, donde acosaba al pobre corrector de turno, cada vez más encorvado, y observaba las marcas que iba poniendo con lápiz azul.
       —¿Eso es recortar? —le preguntaba—. ¿Esto es lo que llamáis galeradas? ¿“Contracción” se escribe con dos ces? ¿Por qué no lleva solo una, como “inflación”? ¿Cómo calculas el tamaño de letra para un titular?
       Era eficiente hasta lo insufrible y un incordio mortal. En menos de un mes cambió aquellos hediondos bombachos de pana por un pantalón mugriento que encontró en una casa de empeños, donde también adquirió un diccionario sin tapas que llevaba siempre embutido en el bolsillo de atrás, aunque fuera por pura afectación, porque nunca vi que lo consultara. De todos modos lo ascendimos al puesto de corrector de pruebas. Fue como enterrarlo en vida. Lo instalamos en un escritorio oscuro en una mazmorra, sepultado en tiras interminables de galeradas, y lo abandonamos a su suerte. La imprenta contribuía dejando que se colaran infinidad de etaoin shrdlus, las crípticas secuencias con que se señalaban las erratas, e inventando otras curiosidades tipográficas que hubieran hecho las delicias de un psicólogo. Todos los reporteros instigaban al encargado de las noticias locales para que revelara noticias que competían con la Biblia en truculencia, carga sexual y abominación imaginativa. Mientras tanto Edmund Gate ni siquiera pestañeaba, seguía velando devotamente para que “contracción” llevara dos ces e “inflación” solo una, y dibujaba pequeños bucles para “omitir” allí donde los caprichos sintácticos de un redactor habían ido demasiado lejos.
       Cuando levanté la mirada y vi que parecía a punto de abalanzarse sobre mi máquina de escribir pensé que había salido de su sótano para rogar que lo despidieran. En lugar de eso venía a comunicarme dos novedades: en adelante su apellido sería Gate, ¿qué tal sonaba? Y, segundo, acababa de componer su primer poema.
       —¿El primero? —dije—. Pensaba que llevabas mucho tiempo escribiendo poesía.
       —Ah, no —me aseguró—. No estaba preparado. Me faltaba un apellido.
       —Gatoff es un apellido, ¿o no?
       Ignoró mi tono, casi como un caballero.
       —Me refiero a un apellido adecuado al idioma. En cierto modo ha de encajar, ¿no le parece? Si no, la gente podría tomarme por un impostor.
       Reconocí esa palabra de una noticia falsa que habíamos publicado recientemente y que Edmund debió de corregir; yo mismo la había inventado: un artículo de dos párrafos sobre un hombre que se había hecho pasar por bombero fingiendo que conocía a fondo los problemas de los sistemas de agua a presión, pero dejó que la estación de bomberos ardiera porque no fue capaz de abrir el grifo. Hay que reconocer que era una historia muy pobre, pero me había parecido que podía sacarle más brillo que a las demás, y compensé mi aridez sembrando el texto de dobles negaciones. De todos modos me impresionó ver qué rápido aprendía el muchacho: estaba seguro de que la tía de Liverpool nunca le había hablado, en inglés, de impostores.
       —Escuche —dijo con rotundidad—. Usted ha sido realmente quien me ha ayudado a despegar. Le estoy muy agradecido. Usted entendió mi debilidad con el lenguaje y me ha dado toda clase de oportunidades.
       —Entonces, ¿te gusta el trabajo que haces ahí abajo?
       —Solo querría tener una luz en mi escritorio. Bastaría con una pequeña bombilla, eso es todo. Por lo demás, ahí abajo se está de maravilla, y además me permite pensar en los poemas.
       —¿Es que no prestas atención a lo que lees? —le pregunté con sorpresa.
       —Claro que sí. Siempre. De ahí es de donde saco las ideas. Los poemas tratan sobre la verdad, ¿no es así? Una cosa que he aprendido últimamente gracias al contacto con el material escrito es que la verdad es más extraña que la ficción. —Pronunció estas palabras como si acabaran de salir de boca de los dioses. Eso le concedía una ventaja particular sobre el resto de nosotros: si uno le reprochaba que esa frase era tan vieja como las montañas, sacaría la cabeza como una tortuga contenta y exclamaría: “Oh, es perfecto. Qué modo tan perfecto de expresar la antigüedad. Es cierto, las montañas han estado ahí desde que el mundo es mundo. ¡Muy bien! Le felicito”, dando muestras de una gran reverberación emocional, en la cual reconocí con el tiempo su síntoma literario más grave.
       El terrible síntoma se traducía en ese momento en un intenso temblor.
       —Lo que quiero preguntarle —dijo— es qué le parece Edmund como nombre de pila de un poeta. Antepuesto a Gate, por ejemplo.
       —Yo me llamo Edmund —le dije.
       —Lo sé, lo sé. ¿De dónde iba a sacar la idea, sino de usted? Un nombre maravilloso. ¿Podría tomarlo prestado? Solo para los poemas. Por lo demás no hay problema, no se apure, llámeme Elia como siempre.
       Se llevó la mano a la espalda, sacó el diccionario y cautelosamente lo abrió por la F. Entonces arrancó con pulcritud una página y me la dio. La página abarcaba de Fenogreco a Futraque, y los márgenes estaban plagados por una caligrafía asombrosa, diminuta y sumamente elaborada, como cubos de cristal en miniatura con campanillas en el interior.
       —¿Pretendes que lea esto? —le dije.
       —Por favor —ordenó.
       —¿Por qué no utilizas papel común?
       —Me gustan las palabras —dijo—. Fenogreco, una planta de la familia de las leguminosas. Felonía, acción propia de un canalla. No sacaría esas cosas de una página en blanco. Si veo una buena palabra por los alrededores, la pongo dentro.
       —Se te dan muy bien los préstamos —observé.
       —Sea implacable —suplicó—. Dígame si tengo talento.
       Era un poema sobre el alba. Se componía de cuatro estrofas con rima y pareaba “prolongados” con “dedos sonrosados”. La palabra Futraque cobraba una relevancia extraña.
       —El concepto está muy manido —le dije.
       —Trabajaré en ello —dijo con vehemencia—. ¿Cree que tengo alguna oportunidad? Sea implacable.
       —Mira, creo que nunca llegarás a ser un creador original —dije.
       —Espere y verá —me amenazó—. Yo también puedo ser implacable.
       Se encaminó de nuevo hacia su sótano y sin querer me fijé en su modo de caminar. Las pantorrillas, gruesas y redondeadas, describían anillos de tensión en sus pantalones, pero tenía unos andares curiosamente modestos, como los de un buey ensimismado. El diccionario brincaba sobre su nalga, y los hombros recordaban los volantes espectrales de una capa espectral seguida por el murmullo de un séquito espectral.
       —Elia —lo llamé.
       Siguió adelante. Me apeteció experimentar.
       —¡Edmund! —grité.
       Se volvió con mucha elegancia.
       —Edmund —dije—. Escúchame bien. Hablo en serio. No me enseñes nada más. Todo lo que haces es un desastre. Desperdicia tu tiempo si quieres, pero no el mío.
       Asimiló mi comentario levantando complacido sus grandes pulgares.
       —Yo nunca desperdicio nada. Soy muy providente.
       —Providente, ¿eh? —dije haciéndome el tonto—. Veo que has estado dándole vueltas a la pe…
       —Purpúreo, morado. Protórax, la parte delantera de un insecto. Plectro, púa de marfil.
       —Eres un oportunista —le dije—. Un acaparador. Un trapero. No creas que llegarás a nada más. Procura no cruzarte en mi camino, Edmund —añadí.
       Después de aquello me deshice de él. Ejercí ciertas presiones —si esa no es una palabra demasiado burda para la diplomacia y la astucia— silenciosas aquí y allá, hasta que al fin le ofrecimos el título de reportero y lo destinamos a comisaría para que informara sobre los robos del archivo policial. Su horario iba de la medianoche hasta la mañana. Al cabo de dos semanas apareció delante de mi escritorio a las diez, entrecerrando los ojos para protegerse de los primeros rayos del sol.
       —¿No te vas a casa a dormir? —le pregunté.
       —La crítica antes del sueño, tengo más cosas que enseñarle. Nuevas cosas de gran belleza.
       Me tragué un gruñido.
       —¿Cómo te va en jefatura?
       —Muy bien. Un lugar encantador. Los policías son tipos estupendos. Y es un ambiente maravilloso para componer poesía. He sido tremendamente fecundo. Ahí abajo he pululado. Este es el mejor de todos.
       Rasgó la página de Mimir a Miniatura. A lo largo del perímetro blanco de la página peregrinaba su increíble caligrafía: era un poema sobre una rosa. La amada del poeta se comparaba a la flor. Ambas se ruborizaban por igual. La rosa se mecía primorosamente con la brisa; la dama también.
       —He renunciado a la rima —anunció clavando la mirada en mí—. He mejorado. Reconocerá que he mejorado, ¿no?
       —No —le dije—. Has empeorado. No eres más que un chapucero. No has avanzado ni un ápice. No progresarás nunca. No tienes madera para esto.
       —Pero si he puesto muchas palabras nuevas —protestó—. Menhir. Eximio. Sufruticoso. Apófige. Anástrofe. Mequetrefe. Triquiasis. Nidificar.
       —Las palabras no son el único material. Eres un caso perdido. No tienes luces.
       —Todos los versos escanden a la perfección.
       —No eres poeta.
       Se negaba a desilusionarse; no había forma de hacerle perder la confianza en sí mismo.
       —¿No ve ninguna diferencia?
       —Ni mucho menos. Espera, sí. Hay una diferencia, desde luego. Te has comprado un traje —le dije.
       —Chaqueta y pantalón a conjunto. Gracias a usted. Usted ha ayudado a prosperar al antiguo chico de los recados.
       —Bueno, ya sabes, esto es América —le dije—. Por cierto, ¿qué hay de Liverpool? Supongo que le mandas a tu tía una parte de tu salario.
       —No especialmente.
       —Pobre anciana.
       —Ella está bien como está.
       —¿No eres lo único que le queda? ¿Su única alegría, su ojito derecho y demás?
       —Ella sale adelante. Me escribe de vez en cuando.
       —Supongo que no le respondes gran cosa.
       —Tengo que vivir mi vida —objetó, con todo el ardor de un hombre en la tesitura de inventar no solo una máxima, sino un principio—. He de labrarme una carrera. Muy pronto tendré que empezar a llevar mis cosas a imprenta. Apuesto a que usted conoce a los editores de muchas revistas que publican poesía.
       Me sorprendió que hubiera descubierto un medio para poner a prueba mis contactos.
       —Eso es, justamente. Publican poemas. Tú no darías la talla.
       —Usted podría darme el primer empujoncito para que me publicaran, si quisiera.
       —No quiero. No eres bueno.
       —Mejoraré. Todavía no he llegado a mi meta. Espere y verá —dijo.
       —De acuerdo —accedí—, estoy dispuesto a esperar, pero no quiero ver nada. No me traigas nada más. Guárdate tus cosas para ti. Por favor, no vuelvas.
       —O.K. —dijo: era su principal adquisición norteamericana—. Venga usted a verme a mí.
       Ese mes hubo una serie de robos y demás felonías muy poco matutinas, y me recreaba imaginándolo atrincherado en una cabina telefónica en el sótano de la comisaría, desembuchando uno tras otro los aburridos episodios delictivos por el auricular. Esperé que quedara tan ronco y exhausto que solo quisiera buscar la cama en lugar de seguir probando suerte, sobre todo si me consideraba a mí una pieza tan imprescindible de esa suerte. Las mañanas fueron pasando, y con ellas también mis temores: no volvió a aparecer por allí. Deduje que me había dado por imposible. Incluso llegué a sentir un atisbo de remordimiento por haber sido tan despiadado con él, hasta que un mensajero de la estafeta de correos llegó trotando a traerme un sobre enorme de una ilustre publicación literaria. Al abrirlo encontré decenas y decenas de páginas de diccionario meticulosamente arrancadas, junto con la carta que me mandaba el editor, al que podría decirse que conocía (era un antiguo amigo de mi difunto y distinguido padre).

     Querido Edmund:
     Te aseguro que tu gusto por la insolencia no es el mío. No diré que abusaste de mi buena fe al mandar a ese tipo aquí con este catálogo de horrores, pero voy a pedirte que en el futuro ciñas tus recomendaciones a idiotas comunes, que al menos recurran a cuartillas normales y corrientes en sus arrebatos de locura.

P. D.: En cualquier caso, yo nunca he llevado a imprenta, y espero no hacerlo jamás, nada que contuviese la palabra “ogdóada”.


       Una de las páginas iba encabezada por Ogam y terminaba en Olifante.
       Parecía una salvajada pasarme el día entero enfurecido sin tregua; decidí esperar a medianoche e ir a buscarlo por los lugares que frecuentaba, cumpliendo sus obligaciones en el submundo, y entonces, para gratificación inmediata, lo derribaría al suelo de un puñetazo. Luego se me ocurrió que una comisaría de policía no es el lugar más conveniente para asaltar a un ciudadano (aunque no se me escapaba que todavía estaba desnaturalizado), de manera que busqué su dirección y fui a la habitación donde se alojaba.
       Abrió la puerta en ropa interior.
       —¡Edmund! —exclamó—. Discúlpeme, al fin y al cabo soy un trabajador nocturno. Pero vamos, pase, pase… La verdad es que no necesito muchas horas de sueño. Si durmiera, nunca podría escribir poemas, así que no se preocupe.
       Coloqué los puños y lo tumbé de un golpe.
       —¿A qué viene esto? —preguntó él desde el suelo.
       —Eso precisamente me pregunto yo —le dije—. ¿A qué viene que visites a gente importante con el cuento de que yo había tenido el mal gusto de recomendarte?
       Embelesado, se frotó la barbilla dolorida.
       —¡Se ha enterado! Apuesto a que se ha enterado por el editor. Lógico. Usted tiene los contactos, lo sabía. Le pedí que le informara directamente a usted. Sabía que estaría ansioso por enterarse.
       —Sí, ansioso estoy, y también muerto de vergüenza y abochornado —le dije—. Me has hecho quedar como un imbécil. El amigo más antiguo de mi padre. Ahora cree que soy un pobre diablo.
       Se puso de pie, palpándose el cuerpo en busca de contusiones.
       —Por mí no lo sienta. ¿No ha aceptado ninguno? ¡No me diga! ¿Ni uno solo? —Le lancé el sobre y lo atrapó con un habilísimo quiebro de muñeca. Luego vació el contenido y leyó la carta—. Vaya, pues es una lástima —dijo—. Me parece increíble que algunas personas sean tan inmisericordes. Son así por naturaleza, no pueden evitarlo. Pero no me importa. Quiero decir que no hay mal que por bien no venga. Aquí está usted. Pensé que sería un descaro invitarlo a visitarme, ya ve que esto es un cuchitril, pero sabía que vendría por iniciativa propia. Un aristócrata como usted.
       —Elia —le dije—, he venido a pegarte. Te he pegado y te he tumbado.
       —No se sienta mal por ello —repitió, consolándome. Alargó la mano y me dio un amistoso tirón de orejas—. Es natural. Ha sido por la impresión. Yo en su lugar habría hecho exactamente lo mismo. Soy muy fuerte. Probablemente más fuerte que usted. Usted también es fuerte, claro, si ha podido tumbarme. Pero para ser sincero me he dejado. Me gusta tener modales con mis huéspedes.
       Arrastró una desvencijada silla de madera, la única que había en la habitación, y me la ofreció para que me sentara. La rechacé, así que se sentó él, con los muslos separados y enlazando los brazos, dispuesto a mantener una conversación civilizada.
       —Usted también habrá leído mis nuevas creaciones, supongo.
       —No —le dije—. ¿Cuándo vas a dejar todo eso? ¿Por qué no te concentras en algo sensato? ¿Acaso quieres ser un triste reportero de sucesos el resto de tu vida?
       —Espero no serlo —dijo con voz grave para mostrar la sinceridad de sus palabras—. Me gustaría dejar este cuchitril. Me gustaría tener el dinero necesario para vivir en un ambiente norteamericano agradable. Como usted, vivir solo en una casa grande.
       Casi me hizo pensar que debía disculparme.
       —Mi padre me la dejó en herencia. De todos modos, ¿no me dijiste que no esperabas hacerte rico con la poesía?
       —He mirado a mi alrededor desde entonces, he entendido cosas. De América se puede esperar cualquier cosa. En América hay sitio para todo, incluso para los poetas. Edmund —dijo cálidamente—, ya sé cómo se siente. RIP. Yo también soy huérfano. Usted hubiera admirado a mi padre; un hombre robusto. Es asombroso que pudieran matarlo. Fuerte. Corpulento. No se ofenda, pero él se contenía, nunca pegó a nadie. Tome —suplicó—, acepte mis últimas composiciones y écheles un vistazo, y luego dígame si ese editor tenía razón. Dígame si usted en su lugar no me publicaría, es todo lo que le pido.
       Me dio una página que iba de Galga a Gila: otra excrecencia anodina en los márgenes. De Escolecita a Escorchapín: lo mismo. Pero era evidente que intentaba congraciarse conmigo apelando a su orfandad, y por pena y culpabilidad (creí que una negativa le parecería un pogromo) examiné el resto, y entre sus margaritas y sus puestas de sol descubrí un tema nuevo. Había empezado a escribir sobre chicas: no de la amada abstracta, sino de chicas reales, con nombres como Shirley, Ethel y Bella.
       —Poemas de amor —dijo con engreimiento—. Creo que son muy conmovedores.
       —Casi tan conmovedores como la sección de corazones solitarios —repliqué—, aunque menos apasionantes. ¿De dónde sacas tiempo para las chicas?
       —También Leonardo da Vinci tenía solo veinticuatro horas al día. Y Miguel Ángel ídem. Además, no salgo a buscarlas. Las atraigo.
       Eso me obligó a mirarle.
       —¿Las atraes?
       —Claro. Las atraigo hasta aquí mismo. Casi ni me hace falta salir. Evidentemente eso no funciona con las de más nivel. El cuarto de un poeta no les interesa demasiado.
       —Aquí no hay ni un solo libro —dije con disgusto.
       —Los libros no hacen el cuarto de un poeta —me contradijo—. Depende del poeta, de la madera con que esté hecho. —Y, con su odiosa capacidad para reponerse a los golpes, me guiñó un ojo.
       El efecto de esta conversación fue asombroso: de pronto empecé a verlo como él se veía a sí mismo, a través de la lente de su propia autoestima. Casi me pareció apuesto. Había cambiado; parecía más corpulento y vigoroso. La verdad era sencillamente que aún no tenía veinte años y hacía poco que se había desarrollado. Seguía igual de desaliñado, y bajo la camisa se le marcaba la curva de la barriga; pero algo enorme empezaba a crecer en él.
       Por esa época me mandaron a cubrir una guerra menor en el Caribe —fue poco más que una serie de escaramuzas en las ciénagas—, y cuando volví al cabo de ocho semanas lo encontré viviendo en mi casa. Como de costumbre, yo le había dejado la llave a mi hermana casada (una manía heredada de mi padre, que se anticipaba siempre a posibles imprevistos), y Elia se la sonsacó como por arte de magia; por lo visto le prometió gratitud en la posteridad si lo ayudaba a conseguir un alojamiento a la altura de sus cualidades.
       —A la altura de tus cualidades —le dije con sonsonete—. Cuando me lo dijo mi hermana, supe que repetía textualmente tus palabras. Muy bien, Elia, has dejado la casa seca. Hasta aquí hemos llegado. Fuera. —Todas las tazas estaban sucias y había vaciado las reservas de whisky—. Ya te has divertido bastante —concluí.
       —No he podido evitarlo, Edmund. He hecho muchas amistades últimamente.
       —Fuera.
       —Vamos, no sea tan duro. ¿Se acuerda de las habitaciones del desván? ¿Las que tienen el tragaluz? Apuesto a que antes eran los cuartos de las doncellas. Ni se enteraría de que estoy ahí, se lo prometo. ¿Dónde voy a encontrar un sitio tan luminoso? La comisaría es aún peor que el sótano, solo usan bombillas de cuarenta vatios. Me parece una racanería por parte del ayuntamiento. Y si pierdo la vista, ¿qué me queda?

Sin pluma podré
cantar, mas
sin mis ojos
el cálamo arrojo.


       —Qué sonrojo —dije—. Vete.
       Me obsequió con una carcajada condescendiente.
       —Muy bueno. Ojos, arrojo, sonrojo.
       —En serio. No puedes quedarte. Además —dije con acritud—, pensé que habías abandonado la rima hace mucho.
       —Cree que me estoy inventando lo de la vista —dijo—. Bueno, pues mire. —Hundió su grueso puño en un bolsillo, sacó unas gafas y se las puso—. Mientras estuvo fuera no me quedó más remedio que hacerme unas. Llevan mucho aumento para la edad que tengo. Se supone que no debo castigarme el iris. Estos anteojos me costaron casi lo mismo que el alquiler de un mes donde vivía antes.
       El gesto me obligó a mirarlo detenidamente. Me había hablado de sus cualidades, pero todo eran cantidades: había crecido aún más, no exactamente a lo alto, ni estrictamente a lo ancho, sino más bien en textura, una especie de consistencia que casi daba ganas de palpar con la yema de los dedos. Iba de un lado a otro en ropa interior. Por vez primera reparé en que era tremendamente peludo. Los hombros y el pecho parecían una auténtica selva, y los músculos de los brazos eran globos oscurecidos por la maleza. Observé que se movía con plena conciencia de sí mismo; erguía el torso como una vieja estatua clásica, aunque captaba el ademán del guerrero con una agilidad soberbia.
       —Vamos, vístete —le grité.
       —No hace frío en la casa, Edmund.
       —En la calle sí. Vamos, fuera. Con o sin ropa. Márchate.
       Agachó la cabeza y advertí con sorpresa las gruesas raíces de sus orejas.
       —Sería una mezquindad.
       —Podré soportarlo. Deja de preocuparte por mis sentimientos.
       —No me refiero solo a usted. He dejado a Sylvia arriba cuando usted ha llegado.
       —¿Me estás diciendo que ahora mismo tienes a una chica metida en casa?
       —Claro —dijo mansamente—, pero a usted no le molesta, Edmund. Sé que no. Es lo mismo que hace usted, ¿verdad?
       Fui al pie de la escalera y grité:
       —¡Bueno, ya está bien! ¡Baja ahora mismo! ¡Márchate de aquí!
       No hubo ningún movimiento.
       —La ha asustado —dijo.
       —Deshazte de ella, Elia, o llamaré a la policía.
       —Eso estaría bien —dijo con añoranza—. A ellos sí les gustan mis poemas. Siempre los leo en voz alta en comisaría. Mire, si de verdad quiere que me vaya, me iré, y usted mismo puede deshacerse de Sylvia. Usted tiene una casa espaciosa, desde luego. Muebles bonitos. Lo he disfrutado, desde luego. Su hermana me contó algunas cosas, fue muy interesante. Su hermana es una persona bastante religiosa, ¿verdad? Con una moral recta, igual que su padre. Qué hombre tan peculiar debió de ser su padre, para incluir algo así en su testamento. Fornicación en la propiedad.
       —¿De qué estás hablando? —Aunque por supuesto lo sabía, y sentí que se avivaba mi recelo.
       —De lo que mencionó su hermana. Simplemente que su padre dejó esta casa para usted con la única condición de que nunca hiciera nada por difamarla o deshonrarla, y que en caso de que hiciera algo así la casa pasaría directamente a su hermana. No es que ella la necesite en realidad, pero tampoco le vendría mal, con tantos hijos como tiene… Me limito a repetir lo que ha dicho ella, naturalmente. Supongo que usted no querrá que me vaya de la lengua y le hable de lo que pasó con Regina en Pascua, ¿verdad? Edmund, si hasta usted está sudando un poco, mírese el cuello de la camisa. Entonces, ¿por qué es tan injusto y me pide que me vista?
       —¿Cómo sabes lo de Regina? —contesté con brusquedad.
       —Bueno, no es que lo sepa, la verdad. Solo encontré este fajo de notas de alguien con ese nombre, Regina, y en una o dos de ellas habla de cuando se quedó aquí en Pascua, y de lo que hay entre ustedes. Puede que su hermana sea un poco mojigata, pero es muy agradable, así que no creo que sienta que se está profanando la mansión de la familia si yo me instalo aquí, ¿no le parece? Entonces, visto lo visto, ¿no quiere dar su consentimiento para que me mude aquí una temporada, Edmund?
       Accedí amargamente, aunque fue un mero formalismo, porque ya había instalado todas sus pertenencias: su diccionario (o lo que quedaba de él: un triste esqueleto de lomo pegajoso con las listas de vocablos menos frecuentes, como las de la K, la X o la Z), su traje, y una caja de puros donde guardaba las cartas que llegaban de Liverpool, en su mayoría sin abrir. Conseguí arrancarle la promesa de que se quedaría en la parte alta de la casa, y a cambio podría llevarse arriba mi máquina de escribir.
       Me sorprendió que se pasara casi todas las noches dándole a las teclas. Hasta entonces lo había creído indolente, y en cambio resultó ser incontinente. Me asombró que de vez en cuando incluso rechazara visitas; por lo general las agarraba, las estrujaba, las manoseaba y las besaba. Venían a menudo, chicas con sombreros de fieltro emplumados, manguitos de pieles y botines valientes y rápidos; lo seguían escaleras arriba con los manguitos llenos de poemas —tal vez escritos por ellas, o por él, o por ambos—, y al cruzarse conmigo reían con risas que subían y bajaban como las dunas, tapándose la barbilla con los versos. Aunque estábamos en distintas plantas de la casa, luego oía a Elia declamar y recibir un céfiro de aullidos; luego más risas, que iban menguando; luego parecía que una manada de antílopes del zoológico pasara en estampida, hasta que en un arrebato puro de ira me precipitaba hacia el salón y cerraba de un portazo para no oírlo. Me sentaba con mi libro de mapas en la butaca maciza y chirriante de mi padre cerca de los rescoldos de la chimenea, preguntándome cómo librarme de él. Pensé en contarle a mi hermana todas las groserías de aquel libertino, pero hablar mal de alguien que a fin de cuentas era mi huésped me dejaría en peor lugar aún (tan tajante fue el capricho de mi padre, y tan profundo el rechazo que siempre mostró hacia mí), y puesto que el dinero se lo había dejado íntegramente a ella, y a mí solo aquel caserón estrafalario, deseaba conservarlo a toda costa. Odiaba ese lugar, habitación por habitación; olía a la escrupulosidad marchita de mi onerosa infancia, y soñaba con ponerlo en venta en el momento oportuno y sacar una fortuna. Por suerte, mis amigos del sector inmobiliario me aconsejaban bien: todavía no era el momento oportuno, desde luego. Así pues, más allá de la casa y de las esperanzas no tenía nada, aparte de mi salario, que, como a mi hermana le gustaba recalcar, era un sueldo de hambre a la luz de lo que ella llamaba nuestros “orígenes”. Desgraciadamente, Margaret empezó a aparecer por allí con más frecuencia. Llegaba con cinco o seis de sus hijos, y siempre sin su marido, alentando la impresión de que las criaturas caían del cielo. Era una mujer menuda, exacta, con opiniones amplias y exactas, hecha a la imagen exacta de un ave pía, con un ojo cauto y brillante como una joya, un pecho demasiado arqueado e inquieto, y unos orificios en la nariz diminutos y exactos. Admiraba a Elia y solía subir a sus habitaciones con la prole a la hora en que él se acostaba, cerca de las nueve de la mañana, justo cuando yo me iba a la oficina; hay que reconocer que las poetisas, en cambio, no se dejaban ver hasta el romántico anochecer. A veces Margaret me llamaba por teléfono y me recomendaba llevar tal o cual escritorio (o aquella otomana, o esta cajonera) al desván de Elia, para que viviera con las comodidades acordes con sus dones.
       —Margaret —contestaba yo—, ¿has visto cómo escribe? No tiene remedio. Todo es basura.
       —Es muy joven —afirmaba mi hermana—, espera y verás. —Y reproducía el giro idiomático con tal mimetismo que casi parecía también oriunda de Glusk—. A tu edad será un hombre de mundo, no un eunuco que no sale de casa.
       No pude protestar ante ese epíteto insultante que me dirigía con tanta vehemencia; negar mi celibato habría sido renunciar a mi casa. Al parecer Elia estaba educándola en el arte de la sutileza y de la calumnia ornamental: la palabra “eunuco” nunca antes había salido de la austera lengua de Margaret. Pero era verdad que como ya no me atrevía a ver a la pobre Regina en los mismos términos de antes —la vigilancia de mi huésped me exponía a demasiados riesgos—, ella me había dejado por despecho, y aunque no estaba enamorado, sentía por Regina más cariño que casi por cualquiera.
       —Muy bien —gritaba yo—, veremos adónde puede llegar.
       —Llegará a donde se proponga —dijo Margaret—, no te das cuenta de que ese muchacho es un hallazgo.
       —Te habrá contado que aspira a la fama.
       —Querido, no hace falta que me cuente nada. Puedo verlo con mis propios ojos. Es increíble. Es un artista.
       —Un inmigrante, un pobre diablo —le dije—. Un inculto. Nunca lee nada.
       —Bueno, en eso tienes toda la razón, no es un amanerado. Y en cuanto a lo de ser extranjero, ¿conoces su terrible historia, lo que le hicieron allí a toda su familia? Sobrevivir a algo así te hace un hombre. Un luchador. Heroico —concluyó. Entonces, con la solemnidad de un codicilo, añadió—: Y no lo llames pobre diablo. Es grande. Es enorme. Su sangre no se ha aguado.
       —No sobrevivió a nada —dije con hastío—. Ni siquiera estaba allí cuando ocurrió. Estaba en Inglaterra sano y salvo, estaba en Liverpool, maldita sea, viviendo con su tía.
       —Por favor, querido, no exageres, y por favor, no blasfemes. Veo en él lo que me temo que nunca veré en ti, porque no está: la auténtica hombría. No muestras ninguna ternura con los niños, Edmund, pasas de largo como si no los vieras. A tus propios sobrinos y sobrinas. Elia se porta de maravilla con ellos. Y ese es solo un ejemplo.
       —“La delicadeza es la verdadera esencia de la virilidad” —recité.
       —Eso es de muy mal gusto, Edmund, es un modo muy periodístico de expresarlo —me contestó entristecida, como avergonzada por mi falta de tacto, y supuse que Elia no la había educado aún en la enunciación de esa potente palabra.
       —Ah, ¿no te gusta? A mí tampoco. Resulta que es el título de la última oda del varonil artista. —Y era cierto. Me la había impuesto justo la noche anterior, y acto seguido le informé ritualmente de que era su peor banalidad hasta la fecha.
       Pero Margaret era irreductible; le interesaba otro tema.
       —Mira, Edmund, ¿no puedes hacer nada por conseguirle un puesto mejor? Lo que hace ahora no está a su altura, ni mucho menos. Una comisaría… ¡y esos horarios!
       —Entiendo que el cuerpo de policía no te parezca una influencia apropiada para la auténtica hombría —dije, y reflexioné que después de todo se las había arreglado para probar su virilidad a costa de poner la mía en evidencia. Yo había perdido a Regina; en cambio, él seguía teniendo a sus poetisas.
       Aun así, como he dicho, de vez en cuando las mandaba a paseo, y en esas ocasiones, cuando se quedaba a solas en sus habitaciones, era precisamente cuando más se oía el incansable repiqueteo de la máquina de escribir. Seguía enfrascado en su empeño, iba en serio. A mí lo que más me paralizaba era que la cháchara hueca de su máquina fuese tan constante, tan solvente, tan inteligible, sin los tartamudeos o las vacilaciones propias de la modestia…, me hacía suspirar. Estaba profunda y completamente decidido. Escribía sin parar, y como no paraba nunca, por lógica tampoco pensaba. Nunca soñaba despierto, no divagaba, no imaginaba, no meditaba; no chupaba, ni hurgaba, ni fumaba, ni rascaba, ni holgazaneaba. Se limitaba a teclear, un índice después del otro, como si aquellos únicos dígitos activos fueran las piernas de un recadero aplicado y tozudo. Creía en sí mismo con una ambición absoluta, y casi llegué a compadecerlo por eso. Vertía sobre el folio vómitos y despojos, y pensaba que así se labraba una carrera. Enviaba por correo tres docenas de poemas cada semana a una u otra revista, y cuando las publicaciones conocidas lo rechazaron desenterró las desconocidas, misteriosos boletines trimestrales y gacetas impresas manualmente en dudosos sótanos, dedicadas a cuestiones de anatomía, astronomía, gastronomía, política o ateísmo. Ofreció un poema bucólico en troqueos terrenales a la publicación del Partido Vegetariano, y tanteó al organismo de una empresa fabricante de tónico para señoras con unos frágiles dáctilos en honor a los corsés. Llamaba a todas las puertas, y supongo que al final no quedó ningún editor vivo que no se tirara de los pelos al ver su nombre. Disparaba a diestro y siniestro; era el azote de cualquier idealista que alguna vez hubiera aspirado a promover la débil causa de los números. Y, hoja tras hoja, las revistas de viajes cerrando filas con los panfletos marxistas, los paramilitares junto a los adventistas del séptimo día, las sufragistas de la mano de los nudistas, unos y otras sin excepción lo rechazaron, se negaron a publicarlo, y por fin le rogaron que parara y desistiera, plegaban sus panfletos como si fueran toldos árabes y huían en cuanto lo veían blandir aunque solo fuera un yambo.
       Y mientras tanto, los pies de sus dedos seguían corriendo; no se rendía jamás. Empecé a temer por él casi tanto como a despreciarlo. Ahora lo compadecía de veras, aunque su confianza seguía tan inconmovible y zafia como siempre. “Espere y verá”, decía, y sonaba a una copia de mi hermana copiándolo a él. Los dos hablaban a mis espaldas, pero yo había hecho por él todo lo que estaba a mi alcance. No tenía ninguna posibilidad. Incluso me horrorizó saber que mis colegas lo consideraban mi protegido, porque en cuanto me fui a las trincheras aprovecharon para despedirlo. Naturalmente no me enteré hasta que volví, al cabo de un año, después de perder el lóbulo de una oreja y con una marca oscura y fea que me atravesaba la nuca como un latigazo. A mi huésped no lo reclutaron, porque tenía mala vista; o quizá sea más preciso decir que llevaba unas lentes muy gruesas; ocho o diez de sus poetisas le montaron una fiesta para celebrar tanto su exención como su miopía, y a él no le tembló el pulso al lanzar un dardo en el centro mismo del pastel con forma de diana que le habían preparado. Pero yo tampoco tenía espíritu de soldado, solo fui de corresponsal a aquella guerra antigua y primitiva que ingenuamente pretendía abarcar el mundo entero, que sería neandertal según nuestros apetitos de aniquilación posteriores, más expansivos. Alguien había matado a un príncipe (un don nadie, ni yo mismo recuerdo su nombre) y, en ilógica consecuencia, se levantaron varios territorios con vistas a ocupar y singularizar el viejo imperio. Descubrí que así mismo había surgido Elia, o, como debo llamarle en adelante (para que no parezca que me distancio del milagroso giro de su historia), Edmund Gate. Me refiero a que salió de su desván y, con enormidad democrática, tomó la casa. Su corpachón había aplastado completamente la augusta butaca de mi padre y, como una gigantesca Ricitos de Oro en versión masculina, dormía en la cama de mi madre, aquel santuario que mi padre había consagrado al desuso y al sobrecogimiento: un acto de devoción que mi hermana y yo habíamos perpetuado con solemnidad. Llegué a casa y lo encontré en el salón, descalzo y en ropa interior; tenía sus calcetines sucios desparramados por el suelo, mientras mi hermana lo atendía y zurcía los agujeros de los talones, supervisada por varios de sus hijos. Luego supe que ella le había asignado una paga con la que pudiera cubrir todos sus caprichos, pero en aquel primer momento de estupor, cuando se levantó de un salto para abrazarme, poniéndose de mala gana la camisa (porque sabía cuánto me disgustaba verlo desvestido), me quedé atónito al captar el brillo de sus iniciales —E. G.— bordadas en seda escarlata sobre un par de magníficos gemelos.
       —¡Edmund! —aulló—. No uno, ni dos…, ¡dos docenas! ¡Dos docenas en solo estos dos últimos meses!
       —¿Dos docenas de qué? —dije, parpadeando al verlo tan cambiado. Ya tenía veintiún años cumplidos, y estaba más alto, más corpulento y más peludo que nunca. Llevaba unas gafas nuevas (mucho menos aparatosas que los terribles pesos que su pequeña nariz había soportado ante el consejo de reclutamiento), y como era de esperar le daban una expresión más madura, sobre todo en la zona de los pómulos: la montura plateada de anciano contradecía hábilmente el inevitable aire aniñado que irradia un rostro joven cuando rodea la nariz de un querubín. Vi claramente, y lo vi por mí mismo, sin el influjo fascinante de su arrogancia (pues estaba de pie frente a mí con mucha sencillez, abotonándose la camisa con diligencia), que algo en él había crecido y se había transformado: su magnífico cuerpo había hecho un símil de sí mismo. Aquel componente suyo de coloso pagano había crecido para desplazar cualquier asomo de bisoñería; con su cráneo rotundo y pelado parecía (me propongo desafiar a la vulgar deidad implícita en el término) un lingam gigantesco: uno de esos curiosos monumentos fálicos, coronado con relucientes guirnaldas de hojas, con los que te puedes topar al borde de cualquier camino polvoriento en la India. Sus anchas manos giraban como un molinillo, los faldones de la camisa aleteaban; estaba claro que la amistad del cuero cabelludo y los folículos no duraría mucho; de su cabeza caían estrellas de caspa. Al parecer había empezado a fumar, y sus dientes eran ya una ruina renegrida. Y con todo, ofrecía en cierto modo un espectáculo ceremonioso y conmovedor. Era macizo y dramático; había cobrado majestuosidad.
       —¡Poemas, hombre, poemas! —rugió—. ¡Dos docenas de poemas vendidos, y a las mejores revistas! —Me habría dado un tirón de orejas en señal de camaradería si no hubiera perdido un lóbulo en la guerra. Así que me empujó hasta una silla (mientras mi hermana seguía zurciendo serenamente) y me puso en los brazos un surtido de las publicaciones periódicas más importantes del momento.
       —Ah, y eso no es todo —dijo mi hermana.
       —¿Cómo lo has conseguido? —pregunté—. Dios mío, ¡si hay uno en The Centennial! ¿Quieres decir que Fielding aceptó? ¿Fielding en persona?
       —El que dijo lo del catálogo de horrores, el mismo. La verdad es que es un viejecito muy simpático, ¿sabes, Edmund? He almorzado ya tres veces con él. No deja de disculparse por el modo en que se puso en evidencia… ¿Recuerdas aquella vez que te escribió aquella carta terrible sobre mí? Siempre dice cuánto se arrepiente.
       —¿Fielding? —repetí—. No imagino a Fielding…
       —Cuenta el resto —dijo Margaret con complacencia.
       —Bueno, mañana volvemos a almorzar con él. Fielding, Margaret y yo, y va a presentarme a un editor que está muy interesado en mis cosas y quiere ponerlas entre… ¿qué fue lo que dijo, Margaret? Entre no sé qué.
       —Tablas. Una colección encuadernada con todos los poemas de Edmund Gate. ¿Ves? —dijo Margaret.
       —¡No, no veo nada! —salté yo.
       —Nunca lo viste. No tienes el vigor necesario. Dudo que jamás hayas penetrado en Edmund. —Esto me confundió, hasta que entendí que ahora se dirigía a él por el nombre que me había usurpado—. Edmund… —dijo con tono desafiante; ¿a cuál de nosotros se refería? Por el modo en que fruncía el ceño, sentí que me señalaba con el dedo—. No te das cuenta de su nivel. Simplemente no te das cuenta.
       —Sí, me doy cuenta —dije con aire siniestro, dejando caer un alud de revistas; aunque me quedé con el ejemplar de The Centennial—. Supongo que a estas alturas el pobre Fielding desvaría. ¿No era al menos diez años mayor que nuestro padre? Supongo que se le ha ido la cabeza y no tienen valor para despacharlo.
       —No vayas por ahí —dijo Margaret—. Este muchacho está consiguiendo reconocimiento, y no hay más vuelta que darle.
       —Entiendo a qué se refiere —dijo Edmund—. Yo les digo lo mismo, exactamente lo mismo: a todos esos editores les digo que están locos por hacer lo que hacen. Deberías oír…
       —Los elogios —Margaret intervino cortante—. Elogios y más elogios —como si eso fuera a molestarme.
       —Nunca pensé que esos poemas fueran tan buenos —dijo él—. Es curioso, al principio no eran más que un experimento, pero luego les fui pillando el truco.
       —¿Un experimento? —le pregunté. Tanta modestia era una novedad, era incluso radical; casi parecía avergonzado. Era increíble: estaba tan perplejo por su buena suerte como yo.
       No así Margaret, que transmitía la impresión de haber leído la voluntad cósmica.
       —Edmund ha encontrado una veta nueva —explicó.
       —¿No será más bien un veto? —dije, y me sumergí en The Centennial para echar una ojeada.
       Edmund celebró mi ocurrencia dándose una palmada en las rodillas, mientras que Margaret dijo “Quien ríe el último…”, y le dio un coscorrón con el dedal en la cabeza al niño que tenía más cerca.
       —Qué insensible es vuestro tío. ¡Lee! —me ordenó.
       —El tío tiene un agujero en la nuca y solo le queda un pedacito de la oreja izquierda —dijo el niño, corroborando con astucia el comentario.
       —Silencio —dijo Margaret—. Aquí no se habla de deformidades.
       —A menos que aparezcan en forma de poema —la corregí. Empecé a leer, y me sobresaltó una dilatación de los pulmones, igual que cuando azotan a un caballo cuando menos se lo espera y corre con más brío del que tiene. ¿Podía ser suyo ese material tan limpio, tan espléndido? Allí estaba su firma, bien visible en letra impresa: era suyo, según The Centennial, y Fielding no desvariaba.
       —¿Y bien?
       —No sé… —dije, advirtiendo mi propio desconcierto.
       —¡No sabe! Edmund —esta vez se dirigía a Edmund—, ¡no sabe!
       —No me lo puedo creer.
       —¡Que no se lo puede creer, Edmund!
       —Bueno, yo al principio tampoco me lo creía —admitió él.
       Mi hermana, en cambio, se puso en pie de un salto y me apuntó a la cara con su aguja.
       —Di que es bueno.
       —Ah, es bueno. Reconozco que es bueno —dije—. Por una vez ha dado en el clavo.
       —Todos son así —se explayó Margaret—. Míralo tú mismo.
       Miré, miré insaciablemente, miré con fanatismo, con frenesí, con incredulidad. Fui de revista en revista, barajándolas y baratándolas, cotejando, saqueando y revolviendo, hasta desvalijar todos los poemas de Edmund. El botín me dejó atónito: no había nada que descartar. Me quedé sobrecogido, exhausto, hasta que logré exorcizar mi estupefacción. Me convertí, empecé a creer; todas y cada una de las veces Edmund había dado en el clavo. Y no por el camino fácil…, podía reconocer los fabulosos riesgos que había corrido. Era una nueva veta creativa, desde luego; más aún, un filón; una mina de oro. Y cuando al cabo de medio año salió su libro, mi proselitización quedó sellada. Allí estaban todos los poemas aparecidos en la prensa, tan familiares ya como viejas columnas, excepcionalmente esculpidas; y recubriéndolas como deslumbrantes losas de mármol, inamovibles por el perfecto cálculo del peso y con un equilibrio inexorable, estaba la estela de aquella obra temprana, los poemas de su cosecha más reciente, de los que pronto me convertí en un testigo reverencial. O, si no testigo, por lo menos auditor: Edmund seguía componiendo en el desván, por la fuerza de la costumbre, y lo oía mecanografiar un poema de una sola tirada sin detenerse ni para respirar. Y en cuanto terminaba, bajaba a enseñármelo. Así pues, parecía que todo siguiera igual, salvo su talento y un único rasgo de su comportamiento. Era indefectiblemente la obra de…, aunque, ¿quién o qué era yo para declararlo un genio?, más vale aceptar en cambio el modesto juicio del mérito: era una obra de mérito la que me traía indefectiblemente, pero lo más extraño de todo es que me la entregaba con cierta quiescencia, cierta pasividad. No quedaba ni rastro de su arrogancia del pasado, y tampoco de su vanidad. Una especie de paz lo mantenía firme y contenido, como un hombre sujeto con correas; y los días en que lo embargaba la necesidad de componer, subía las escaleras con una languidez desconocida hasta entonces; mecanografiaba el poema de principio a fin, sin titubeos ni enmiendas; luego bajaba pesadamente las escaleras, se acercaba como un rufián y me entregaba la gloriosa cuartilla, que yo recibía exultante. Suponía que pasaba por una especie de trance; en aquella época tenebrosa apenas empezábamos a conocer a Freud, pero aun así saltaba a la vista que liberar esa pulsión latente le había procurado un alivio tan profundo y sanador como el sueño del éter. Si carecía —o prescindía— de eso que los entusiastas llaman exaltación creativa, era porque lo había condensado todo, sin el exhibicionismo del preludio, en aquel instante único de energía: seis minutos, u ocho minutos, o lo que tardara en plasmar a golpe de dedo índice la visión en alfabeto.
       A esas alturas, dicho sea de paso, era un mecanógrafo rapidísimo.
       Una vez, después de que me entregara una nueva cuartilla incubada en menos de un cuarto de hora, le pregunté cómo se explicaba lo que le había ocurrido.
       —Antes eras nefasto —le recordé—. Eras insoportable. Dios mío, eras pésimo.
       —Bah, no sé —dijo con aquel hastío, o apatía, que siempre lo afectaba después de uno de sus fructíferos viajes al desván—. No sé si era tan malo.
       —Bueno, aunque no lo fueras —dije; en vista de lo que tenía entre mis manos, ya no podía confiar en mis ideas previas—. ¡Esto! ¡Esto! —E hice ondear la prodigiosa cuartilla como una bandera triunfal—. ¿Cómo explicas esto, viniendo de donde viene?
       Sonrió descubriendo una hilera de incisivos marrones y me dio una buena palmada en el tobillo.
       —Plagio.
       —No, en serio, dímelo.
       —El plañidero plagio —dijo con complacencia— de la persona plantígrada. Admítelo, Edmund, no te gustan las pes, no te gustaron nunca y nunca te gustarán.
       —Eso, por ejemplo —dije—. Ya no lo haces.
       —Hacer ¿qué? —Se restregó la boquilla de un cigarrillo por los dientes y bostezó—. Aún sigo con mis pullas, ¿o no? Salen de mi pelarela, sin peluca, penacho o peligro alguno.
       —Eso. Atiborrar cada verso de palabras grotescas.
       —No, eso ya no lo hago. Una pena, mi diccionario prácticamente se ha acabado.
       —¿Por qué? —insistí.
       —Se me terminó, por eso. Lo agoté.
       —En serio. A lo que yo voy es a por qué has cambiado. Lo que haces es distinto. Nunca he visto una transformación igual.
       Se irguió de repente, inspirado, y creí asistir al resurgimiento de la pasión.
       —Margaret lo ha meditado mucho, Edmund. Ella lo atribuye a la madurez.
       —Eso no es muy perspicaz —repuse. Lo dije por la pe, y para demostrarle que ya no me importaba.
       Pero me contestó cortante:
       —Se refiere a la virilidad.
       Resoplé.
       —Si ni siquiera es capaz de pronunciar la palabra.
       —Bueno, a lo mejor Margaret también se ha transformado —dijo.
       —Es la misma tonta de siempre, y su marido es el mismo corredor de Bolsa estúpido de siempre, y juntos son un par de puritanos fértiles. Margaret no reconocería eso que tú llamas virilidad ni aunque lo tuviera delante de las narices. La idea misma le repugna…
       —Le gusta —dijo él.
       —Lo que le gustan son los eufemismos. Como no puede hacerle frente, lo envuelve con tapujos. ¡Ternura! ¡Masculinidad! ¡Madurez! ¡Heroísmo! No es más que una cabeza hueca —le dije—. Y lo único que ha hecho en la vida son esas criaturas bobas, he perdido la cuenta de cuántas van ya…
       —El próximo es mío —me interrumpió.
       —Esa broma es muy estúpida.
       —No es una broma.
       —Mira, bromea con el plagio todo lo que quieras, pero no malgastes saliva con cuentos de hadas.
       —Cuentos de niños —me corrigió—. Nunca desperdicio nada. Ya te lo dije. He plagiado a Margaret, ni más ni menos. La he pirateado, por seguir con las pes. —En este punto enumeró algunas otras pes imposibles de reproducir en letra impresa, que debo dejar a la experiencia del lector, aunque no sean cosas de salón—. Y te equivocas al decir que tu hermana tiene la cabeza hueca, Edmund. Es una emprendedora muy capaz, solo que nunca tuvo oportunidad de demostrarlo. Sabes que desde que salió mi libro estoy bastante solicitado, y además me ha concertado recitales para los próximos seis meses. ¡Y con qué caché! Me ha conseguido más de lo que le pagan a Edna St. Vincent Millay, si quieres saber la verdad —dijo con orgullo—. ¿Y por qué no? El único poema bueno de esa señora es cuando escribe su nombre.
       Entre su carcajada y la tormenta de humo, de pronto comprendí quién estaba detrás del título de su colección de poemas. Me desconcertó. Era Margaret. El libro se llamaba Virilidad.
       Una semana después de esta conversación viajó con mi hermana a Chicago para la inauguración de su serie de lecturas.
       Subí a registrar el desván. Me carcomía la desconfianza; estaba indignado. Había perdido a Regina por los principios de Margaret, y ahora era Margaret quien perdía sus principios, y en ambos casos Edmund Gate era el que había sacado provecho. Se había beneficiado tanto de la moralidad como de la inmoralidad de mi hermana. Empecé a odiarlo de nuevo. Me habría encantado creer su patraña: nada me habría alegrado tanto como pensar que era un ladrón de palabras, aunque fuera para desenmascararlo… Pero no se podía confiar en él ni con algo tan plausible como el plagio. En el desván no saqué nada en claro. Ni siquiera había una antología de poesía, o cualquier detalle que explicara su extraordinario florecimiento; no había ni un libro de ninguna clase, salvo el diccionario tirado en un rincón junto a una caja de puros, tan patético y esquilmado que apenas contaba. Aparte de eso solo había un viejo escritorio con su máquina de escribir —no, la mía—, una otomana, un par de sillas, una cajonera vacía, un suelo cálido de madera (el calor subía hacia las partes altas de la casa), y su traje primordial mecido por las mansas corrientes en una percha colgada del tragaluz, con las solapas plagadas de polillas. Pensé en Mahoma y el Corán; en Joseph Smith y las planchas de oro. Un misterioso dictado se sucedía en aquellos aposentos, un don que emanaba de la luz y de la oscuridad. Me senté a su mesa y a trompicones le escribí una agónica carta a Regina. Me ofrecía a cambiar los términos de nuestra relación. Le dije que esperaba que pudiéramos retomarla, pero no como antes (mi casa estaba ocupada). Le dije que me casaría con ella.
       Me contestó enseguida adjuntando una participación de boda: se había casado seis meses antes.
       Ese mismo día volvió Margaret.
       —Dejé a Edmund, claro que lo dejé, qué remedio. A ver cómo se las arregla solo en estas circunstancias, pero de todos modos lo mandé a Detroit. Si voy a ser su agente, tendré que gestionar las cosas. No puedo hacer todo eso desde las provincias, como comprenderás. Tengo que estar aquí, ver a gente… Oh, Edmund, no te imaginas ¡lo quieren en todas partes! Tengo que montarme un despacho de verdad, con una pequeña centralita para empezar…
       —¿Va todo bien?
       —¡Que si va bien! ¡Vaya manera de expresarlo! Edmund, es un fenómeno. Es sobrenatural. Tiene carisma, ¡carisma! En Chicago tuvieron que detener a tres chicas, hicieron una cadena humana y se descolgaron desde una lámpara justo encima del atril, y la última intentó llevarse un pelo suyo y por poco le arranca la cabellera al pobre muchacho…
       —Vaya, qué lástima —dije.
       —¿Cómo que qué lástima, Edmund? No me sigues, ¡es una celebridad!
       —Pero es que tiene muy pocos pelos, y los aprecia mucho —dije, y me pregunté amargamente si Regina se habría casado con un calvo.
       —No tienes ningún derecho a adoptar ese tono —dijo Margaret—. No tienes ni idea de lo modesto que es. Supongo que es parte de su encanto: no tiene nada de ego. Es inocente como un recién nacido. En Chicago miraba atrás creyendo que aclamaban a otro. Y cómo lo aclamaban, no te imaginas los alaridos, los empujones para conseguir autógrafos, y la gente gritando bravo y desmayándose si por casualidad cruzaban una mirada con él…
       —¿Desmayándose? —dije con incredulidad.
       —¡Desmayándose! Por Dios, Edmund, ¿es que no lees los titulares de tu propio periódico? Triplica a Caruso en cantidad de público. Ah, eres duro, Edmund, admites que es bueno, pero tienes un terrible velo en los ojos si no ves el poder de este muchacho…
       —Veo el poder que ejerce sobre ti —le dije.
       —¿Sobre mí? ¡Sobre el mundo, Edmund, el mundo entero se rinde ante él! Ya le he concertado citas en Londres y Manchester, y me ha llegado este telegrama de Johannesburgo implorando su presencia… Créeme, para él se acabaron las provincias. Y mira esto, ¡acabo de cerrar un magnífico y generoso contrato para su próximo libro, mientras las reseñas del primero siguen acumulándose! —Abrió su maletín con un chasquido y sacó un montón de archivos, listados, papeles con membrete, programas, sobres con sellos exóticos, gruesos portafolios de aspecto legal, documentos en letra diminuta… Margaret los hizo bailotear delante de su panza prominente.
       —¿Su segundo libro? —pregunté—. ¿Ya está listo?
       —Claro que está listo. Edmund es sumamente productivo, como bien sabes. Fecundo.
       —Pulula —sugerí.
       —Esa misma palabra usa él, qué casualidad, ¿no? Puede crear un poema prácticamente a su antojo. A veces incluso después de una lectura, cuando está exhausto… Es su propia timidez lo que le agota tanto, ¿sabes? Bueno, la cuestión es que anda inquieto y preocupado por si el siguiente recital será igual de bueno, y de repente le da ese… ese arrebato, y se aísla en un rincón retirado del hotel y empieza a rebuscar papelitos en la cartera, porque siempre lleva papeles con notas o ideas apuntadas, supongo, y ahuyenta a todo el mundo, incluso a mí, y se pone a darle a las teclas (por cierto, no sabes cuánto cariño le tiene a su máquina nueva), ¡y todo lo que escribe es gloria bendita! —graznó—. Esa es la energía del genio. Edmund es auténtico, y un hombre profundamente enérgico es enérgico en todas las direcciones a un tiempo. Por lo menos habrás ido siguiendo las reseñas, ¿no?
       Era un ataque en toda regla, y me negué a darme por aludido.
       —¿Cómo piensa titular el nuevo libro?
       —Bueno, Edmund me deja a mí las cosas insignificantes como los títulos, y yo apuesto por la simplicidad: Virilidad II —anunció con su horrenda voz de magnate de los negocios—. Y el que siguiente será Virilidad III. Y el siguiente…
       —Caramba, qué fecundo —dije.
       —Fecundo, sí —afirmó ella, radiante.
       —¿Un pozo insondable?
       Ella se maravilló.
       —¿Cómo es posible que siempre des con las palabras exactas que dice Edmund?
       —Conozco su forma de hablar —dije.
       —Un pozo insondable, él mismo lo dijo. ¡Espera y verás! —me advirtió.
       Y no se equivocaba. Después de Virilidad vino Virilidad II, y después Virilidad III, y después llegó un hijo varón. Margaret le puso Edmund al niño —dijo que por mí—, y su marido el corredor de Bolsa, aunque un poco desconcertado por esa productividad humana en medio de tanta fertilidad literaria, recuperó un poco los ánimos. Últimamente le parecía, ahora que la primera centralita de Margaret había dado paso a un despacho con tres secretarias, que la veía menos que nunca, o al menos que ella le prestaba menos atención que nunca. Creyó que el pequeño Edmund era la prueba (aunque se avergonzaba solo de pensarlo) de que quizá ella le había prestado más atención de lo que recordaba. Margaret, entretanto, siguió alegre y ocupada: dejó al pequeño Edmund recién nacido (“Le llamaremos III”, decía entre risas) con el resto de la prole y retomó las riendas del negocio, que había crecido extraordinariamente. Aparte de las tres secretarias, contrató a dos asistentes: poetas, poetastros, tenores, contraltos, místicos, racionalistas, derechistas, izquierdistas, memoriógrafos, adivinos, mercachifles, cualquiera con una idée fixe, y por tanto apto para el circuito de conferencias, clamaba para formar parte de su clientela. A Edmund lo llevaba a maltraer. Lo mandó a París, a Lisboa, a Estocolmo, a Moscú; en esos sitios nadie le entendía, pero el título de sus libros se traducía maravillosamente a todas las lenguas. Acabó hablando en una especie de gruñido (siempre estaba ronco; fumaba día y noche), y Margaret le obligó a perfeccionarlo. Unido a su acento, causaba furor entre las mujeres más selectas a nivel internacional. Margaret se deshizo de los gemelos con sus iniciales grabadas y lo vistió igual que a un púgil, con botines negros de cordones y camisetas ceñidas relucientes, de las que brotaba su pelambrera. La boca de Edmund arrastraba siempre una larga vejiga de humo. En París lo persiguieron hasta la place de la Concorde al grito de “Virilité! Virilité!”. “Die Manneskraft!”, aullaban en Munich. Las reseñas fueron una avalancha, un cataclismo. En las secciones de huecograbado, su imagen competía con los engalanados bustos de las duquesas. En las calles de Nueva Delhi se vendían reproducciones de su torso en forma de avatar. Hacía mucho que la fama lo había arrancado de las manos de los críticos literarios serios, pero ellos fueron quienes iniciaron el fenómeno. “El principio de la masculinidad personificado, corroborado y dilucidado.” “La mordacidad de Pope, la sensualidad de Keats.” “La esencia, en miniatura, de las más grandes novelas. Tolstoiano.” “Fundamental e intenso.” “Enérgico, lleno de vigor, viril.” “Erótico.”
       Margaret estaba eufórica, y en un visto y no visto incorporó un nuevo retoño al ya repleto cuarto de los niños. Esta vez el corredor de Bolsa la ayudó a elegir el nombre: se decidieron por Gate, y contrataron a otra niñera para contener el desbordamiento.
       Después de Virilidad IV llegó Virilidad V. La calidad de su obra no había disminuido, aunque lo más extraordinario era que pudiera seguir escribiendo. De vez en cuando venía a verme entre viaje y viaje, y en esas ocasiones siempre iba al desván y daba una vuelta por los suelos susurrantes de sus antiguas habitaciones. Bajaba demacrado y arrastrando los pies, con los bolsillos del pantalón abultados, aunque al parecer lo único que había dentro eran sus enormes puños. De alguna manera su fama había agudizado aquel curioso retraimiento. Edmund había adivinado que su éxito me avinagraba por dentro, y trataba de recordarme sus vergonzosos comienzos en la escritura.
       —Por eso me duele aún más —le dije—. Demuestra qué pésimo profeta fui.
       —No —repuso—, no eras tan mal profeta, Edmund.
       —Te dije que nunca llegarías a nada con tus poemas.
       —Y tenías razón.
       Odiaba su actitud… Margaret me había enseñado hacía poco su cuenta bancaria. Era uno de los hombres más ricos del país; mi periódico publicaba siempre anécdotas de interés humano sobre él: “Próspero poeta visita la fabulosa Patagonia”.
       —¿Cómo dices que no has llegado a ninguna parte? —le pregunté— ¿Qué más quieres? ¿Qué más crees que el mundo puede darte?
       —Bah, no sé —dijo. Estaba apesadumbrado y sombrío—. Siento que me falta algo…
       —¿Te faltan triunfos? Si no dejan de compararte constantemente con Keats… Tu amigo Fielding, sin ir más lejos, escribió en The Centennial el otro día que estás prácticamente a la altura del primer Milton.
       —Fielding está senil. Deberían haberlo apartado hace tiempo.
       —Y en ventas solo te supera la Biblia.
       —A mí me educaron según la Biblia —dijo de repente.
       —Ajá. ¿Te remuerde la conciencia? Entonces mira, Elia, ¿por qué no haces que Margaret se divorcie y reconoces a los hijos que tienes con ella para que sean legítimos, si es eso lo que te preocupa?
       —Ya son legítimos. Ese buen hombre no es un mal padre. Además están todos allí mezclados, no distingo a uno del otro.
       —Los tuyos son los que llevan tu nombre. Acertaste sobre Margaret, es una mujer muy capaz.
       —No es eso lo que me preocupa —insistió.
       —Algo te preocupa, sin duda —dije, con innegable satisfacción.
       —De hecho… —Se dejó caer pesadamente en la maltrecha butaca de mi padre. Acababa de volver de una gira por Italia; había ido con un vestuario de treinta y siete camisetas de satén, y ninguna de ellas había sobrevivido intacta. Las mangas, desgarradas a tirones, se vendían a veinte liras la pieza. Le habían arrancado las gafas de su célebre nariz—. Me gusta esto, Edmund —dijo—. Me gusta tu casa. Me gusta que nunca te hayas interesado por las cosas viejas que guardo ahí arriba. A un hombre le gusta aferrarse a su pasado.
       Siempre me desconcertaba que su forma de hablar no hubiera cambiado nada. Seguía apegado a sus insufribles frases manidas. Seguía tropezando con sus clichés, igual que Colón. Y en cambio sus poemas…, pero ¡qué curioso descuido! De pronto me doy cuenta de que ni siquiera he intentado describirlos. Será porque eran poemas para ser presentados en público, leídos en voz alta, como Edmund estaba haciendo por todo el mundo. De no ser por eso podría reproducirlos aquí, por supuesto; pero no debo permitir que mi relato decaiga para darles espacio ahora, aunque a decir verdad no precisarían demasiado. Eran poemas muy breves y sobrios, dispuestos en estrofas convencionales. Rimaban sistemáticamente y se escandían con regularidad. Eran además de una simplicidad asombrosa. A diferencia de las composiciones de la primera etapa de Edmund, el lenguaje era prístino. No había palabras rebuscadas. Sus poemas utilizaban el vocabulario corriente de los hombres corrientes. Al mismo tiempo eran sumamente enérgicos. Resultaba facilísimo memorizarlos…, eran literalmente inolvidables. Algunos contaban historias, como las baladas, y eran historias apasionantes aunque estremecedoras. Otros eran poemas de amor, explícitos pero para nada escandalosos, distintos a los que cualquier poeta occidental se hubiera atrevido a explorar hasta entonces, y siempre dejaban una impresión de saludable pureza. Cualquiera que leía o escuchaba algo escrito por Edmund Gate comentaba que solo alguien con una experiencia nutrida y vasta del mundo podía escribir esas cosas. La gente especulaba acerca de su vida. Alguien dijo que si los Borgia, conocedores de todas las variantes de la abyección, hubieran sido poetas, habrían escrito poemas así. Si los rudos jinetes de Teddy Roosevelt hubieran sido poetas, habrían escrito poemas así. Si Gengis Kan y Napoleón hubieran sido poetas, habrían escrito poemas así. Eran poemas de hombres. Eran políticos y personales, públicos y privados a un tiempo. Estaban llenos de pasión y de hastío, eran poemas de juventud y de senectud, eran verdes y sabios. Por el contrario no eran hermosos y no eran torpes, del mismo modo que un músculo bien torneado, ligeramente fibroso pero controlado a la perfección, no es hermoso ni es torpe.
       Eran, de hecho, muy similares a la imagen que Margaret se había formado del propio Edmund Gate. El poeta y los poemas eran indiscernibles.
       Margaret mandó esa imagen a Yugoslavia, la mandó a Egipto, la mandó a Japón. En Varsovia, las chicas lo perseguían por la calle para arrancarle los bolsillos y quedárselos de recuerdo; estuvieron a punto de arrancarle también los dientes. En Copenhague formaron una asociación orgiástica en su honor, y se reunían a leerlo ritualmente con devoción. En Hong Kong le rasgaron la ropa interior y se rieron embobadas al verlo desnudo. Entonces ya tenía veinticinco años; empezaba a cansarse de aquellas cosas.
       Cuando volvió de Brasil vino a verme. Parecía más taciturno que nunca. Se encerró en el desván con un portazo, paseó arrastrando los pies y volvió a bajar con otro portazo. Traía consigo su vieja caja de puros.
       —Mi tía ha muerto —dijo.
       Se sentó en la butaca de mi padre, como de costumbre, y dejó caer su rotunda cabeza de recién nacido.
       —¿Tu tía de Liverpool?
       —Sí.
       —Vaya, lo siento mucho. Aunque ya debía de ser bastante mayor.
       —Tenía setenta y cuatro años.
       Parecía muy afectado. Una pena inconfundible arrugaba su gigantesco cuello.
       —Aun así —le dije—, seguro que estos últimos años le habrás procurado algún desahogo. Por lo menos antes de morir gozó de pequeñas comodidades.
       —No. Nunca hice nada por ella. Jamás le mandé un solo penique.
       Lo miré fijamente. Parecía a punto de vomitar. Tenía los labios morados.
       —Pero imagino que pensabas hacerlo. Simplemente no se te presentó la oportunidad —aventuré; pensé que era el cargo de conciencia lo que lo ensombrecía.
       —No —dijo—. No pude. Entonces no disponía de recursos. No podía permitírmelo. Además, ella siempre fue muy independiente.
       Era más sinvergüenza de lo que había imaginado.
       —¡Maldita sea, Elia! —le dije—. Te acogió en su casa. De no ser por ella, allí te habrían matado junto al resto de tu familia…
       —Bueno, tampoco creas que andaba muy sobrado. Aquel trabajo en la comisaría no era gran cosa.
       —¡La comisaría! —grité.
       Me miró con dolor.
       —No me sigues, Edmund. Mi tía murió antes de todo este revuelo. Murió hace tres años.
       —¿Hace tres años?
       —Tres y medio, quizá.
       Traté de rectificar.
       —Entonces es que acabas de conocer la noticia, ¿es eso? ¿Acabas de enterarte?
       —No, no. Me enteré justo después de que ocurriera.
       Me sumí en la confusión.
       —Nunca mencionaste nada.
       —No valía la pena. Ni siquiera la conocías. Nadie la conocía. Yo mismo apenas la conocía. No era nadie, solo una anciana.
       —Entiendo —dije con malicia—. De repente ahora te da pena, ¿verdad? ¿Has estado demasiado ocupado y no has podido encontrar el momento para llorarla?
       —Nunca me gustó —reconoció—. La vieja era un fastidio. Me hablaba y me hablaba sin parar. Luego, cuando me libré de ella y llegué aquí, me escribía cada dos por tres. Al cabo de un tiempo dejé de abrir las cartas. Calculo que me escribió unas doscientas cartas. Las guardé. Yo lo guardo todo, incluso la porquería. Cuando se ha conocido la pobreza, se guarda todo. Nunca se sabe cuándo te puede hacer falta. No desperdicio nada, jamás —dijo con solemnidad—. Quien no desperdicia no pasa necesidades.
       —Si nunca contestaste a sus cartas, ¿cómo es que siguió escribiéndote?
       —No tenía a nadie más a quien escribir. Supongo que no podía evitar escribir y no tenía a nadie. Ya solo me quedan las que hay aquí. Es el último fajo de cartas que tengo de ella. —Me mostró la gran caja de puros, llena de arañazos.
       —Pero has dicho que las guardaste todas.
       —Claro, pero las utilicé —dijo—. Mira, ahora tengo que irme, Edmund, he quedado con Margaret. Se va a armar una buena, te lo advierto.
       —¿Qué? —le dije.
       —No pienso ir a ningún sitio más, se ponga como se ponga. Este ha sido mi último viaje. De ahora en adelante tengo que quedarme en casa a componer poemas. Voy a buscarme una habitación en algún sitio, tal vez aquel viejo cuarto al otro lado de la ciudad, donde fuiste a verme aquella vez, ¿te acuerdas?
       —Donde te tumbé de un puñetazo. Puedes quedarte aquí —le dije.
       —No —dijo—. En ningún sitio donde tu hermana pueda dar conmigo. Tengo que trabajar.
       —Pero si has estado trabajando —le dije—. En ningún momento has dejado de escribir nuevos versos, ¡eso ha sido lo asombroso!
       Levantó con esfuerzo toda su mole y se puso de pie, apretando la caja de puros contra sus costillas de dinosaurio.
       —No, no lo he hecho —dijo.
       —Has hecho cinco colecciones de poemas…
       —Lo único que he hecho son esos dos bebés. A Edmund y a Gate. Y esos ni siquiera son mi nombre y mi apellido verdaderos. Eso es lo único que he hecho. Las reseñas hicieron el resto. Margaret hizo el resto. —De repente se echó a llorar—. No puedo contárselo a Margaret…
       —¿Contarle qué?
       —Solo queda un fajo. Nada más. Después de esto, no hay nada más. Se acabó.
       —Elia, por el amor de Dios, ¿se puede saber qué ocurre?
       —Me da miedo contarlo. No sé qué más puedo hacer. He intentado escribir cosas nuevas, de verdad. Es terrible. No es lo mismo. No es lo mismo, Edmund. No soy capaz. Ya se lo he dicho a Margaret. Le he dicho que ya no puedo escribir más. Ella dice que es un bloqueo, que a todos los escritores les pasa. Dice que no me preocupe, que ya volverá. Al final siempre vuelve el talento.
       Sollozaba tan desaforadamente que me costaba entender lo que decía. Se había hundido de nuevo en la butaca de mi padre, y las lágrimas empezaban a correr en arroyuelos por las grietas del cuero viejo.
       —Me da miedo contarlo —repitió.
       —Elia, por el amor de Dios. Compórtate como un hombre. ¿Miedo de qué?
       —Bueno, ya te lo dije una vez. Te lo dije porque sabía que no me creerías, pero te lo dije, no puedes negarlo. Podrías habérmelo impedido. También es culpa tuya. —Se tapaba la cara.
       Acabó de impacientarme.
       —¿Culpa mía? ¿El qué?
       —Soy un plagiario.
       —Si te refieres a Margaret…
       Contestó con un gimoteo.
       —No, no, no seas estúpido. Con Margaret he terminado.
       —¿Esos poemas no son tuyos? ¿Estás diciendo que no son tuyos?
       —Son míos —dijo—. Llegaron por correo, de manera que si te refieres a si son míos en ese sentido…
       Me contagió su nerviosismo.
       —Elia, has perdido el juicio.
       —Los escribió ella. Todos y cada uno de ellos —dijo—. En Liverpool. Hasta el último verso. Mi tía Rivka. Apenas me quedan para un libro más. ¡Margaret va a llamarlo Virilidad VI! —berreó.
       —¿Tu tía? —pregunté—. ¿Ella los escribió? ¿Todos?
       Edmund gimoteó de nuevo.
       —¿Incluso aquel de…? No puede ser suyo el de…
       —Todos —me atajó; apenas le quedaba un hilo de voz.
       Se quedó conmigo tres semanas. Para esquivar a Margaret, la llamé por teléfono y le dije que Edmund había caído enfermo de paperas.
       —¡Pero si acabo de recibir un telegrama de Rodesia del Sur! —se lamentó ella—. ¡Allí están locos por verle!
       —Vale más que te mantengas alejada, Margaret —le advertí—. No querrás que la fiebre vuelva al cuarto de los niños. Con tantas criaturas como tienes ahí metidas.
       —¿Por qué iba a contraer Edmund una enfermedad infantil? —preguntó como si hablara sola; estaba inquieta.
       —Va acorde con su mentalidad.
       —Vamos, déjate de bromas. Sabes que es una enfermedad terrible para un adulto. Ya sabes las secuelas que puede provocar. Es horrible.
       No tenía ni idea de lo que podía estar pasando por su cabeza; me inventé esa excusa pensando que era inofensiva.
       —¿Por qué? —dije—. Los niños se recuperan de maravilla.
       —No seas imbécil, Edmund —me reprendió en el tono con que me hablaba mi padre, que solía tacharme de idiota científico—. Puede quedarse estéril como una piedra. Basta, Edmund, no hace ninguna gracia, eres un salvaje.
       —En ese caso tendrás que titular su próximo libro Esterilidad —le dije.
       Se escondió en mi casa, como he dicho, durante poco menos de un mes, y lloraba prácticamente a todas horas.
       —Estoy apañado.
       —Sabías lo que se avecinaba —le decía yo con frialdad.
       —Temía este momento, lo temía… Después de esta última tanda, estoy acabado. No sé qué voy a hacer. No sé qué va a ocurrir.
       —Deberías confesar —le aconsejé al fin.
       —¿Confesárselo a Margaret?
       —A todos. Al mundo.
       Me miró con una sonrisa llorosa.
       —Claro. Las Obras completas de Edmund Gate, por la tía Rivka.
       —Viceversa, más bien —comenté, reviviendo la impresión del primer momento—. Y como es verdad, deberías resarcirla.
       —A los muertos no se les puede resarcir de nada. —Se enjugó el río que le manaba de la nariz—. Mi reputación. Mi pobre reputación a punto de ser mutilada. No, seguiré adelante, me buscaré un pequeño lugar donde vivir y escribir cosas nuevas. Lo que salga a partir de ahora será mío de verdad. Integridad —gimoteó—. Así me redimiré.
       —Será tu ruina. Serás el hombre del siglo que fracasó antes de cumplir los treinta. No hay nada más ridículo que un poeta caído en desgracia. Lamentable. Se reirán de ti. Mira cómo se reía la gente del Wordsworth tardío. El Gate tardío será un fiasco a la edad de veintiséis años. Vale más que confieses, Elia.
       De mala gana sopesó la cuestión.
       —¿Y qué sacaría con eso?
       —Asombro y respeto. Admiración. Te convertirás en un símbolo del sacrificio. Puedes decir que tu tía era reticente pero una tirana, te obligó a ocupar su lugar. Gate, el Cordero de Dios. Puedes contar cualquier cosa.
       Pareció atraerle la idea.
       —Era un sacrificio, desde luego —dijo—. Créeme, ha sido infernal. Siempre me daban diarreas, por el agua de todos esos sitios. Nunca he podido soportar los gritos. La mitad del tiempo mi vida corría peligro. En Hong Kong, cuando me robaron los calzoncillos, por poco acabo con neumonía. —Se sacó el cigarrillo de la boca y empezó a toser—. ¿De veras crees que debería hacer eso, Edmund? A Margaret no le gustaría. Siempre ha odiado a los hombres estériles. Será un reconocimiento de mi esterilidad poética, así es como ella lo verá.
       —Creía que de todos modos habías terminado con ella.
       Armándose repentinamente de valor, sacó pecho.
       —Puedes apostar a que sí. No me gusta la gente que explota otra gente. Ella levantó este negocio con mi carne y mi sangre. Con mis propios tuétanos.
       Se sentó frente a la máquina de escribir en el desván, con la que yo había martilleado mi inútil propuesta de matrimonio para Regina, y escribió una carta a su editor. Era una confesión completa. Lo acompañé a certificarla ante notario. Sentí la tranquilidad del confidente perfecto, del consejero perfecto, del vengador perfecto. Edmund había vertido sobre mí el cáliz de la humillación, arrebatándome a Regina; ahora yo le arrebataría el mundo.
       Entretanto le aseguraba que lo recuperaría.
       —Pasarás a la posteridad —le dije— como el patrón de los anónimos. Como el hombre que dio a conocer un genio oculto. Como el salvador que restituyó a la luz perpetua lo que podría haber sido tan solo un fantasma mudo e ignominioso en la oscuridad eterna.
       En mi periódico habían despedido a hombres mejores que yo por esa clase de prosa.
       —Habría preferido ser el auténtico —dijo. El comentario pareció saltarle del corazón. Casi me conmovió.
       —César se nace, no se hace —repuse—. En cambio, ¿quién se fija en el sobrino del César? A menos que lleve a cabo un acto colosal y trascendente. Ser Edmund Gate no era nada. Pero renunciar al poder de Edmund Gate ante los ojos del mundo entero, empequeñecerse y ceder la potencia que uno posee para concedérsela a otro…, eso sí que es un acto de honda repercusión.
       —Supongo que en eso tienes razón —respondió, lleno de añoranza. Y fue a contárselo a Margaret.
       Ella montó en cólera. Se puso furiosa. Se puso terrible.
       —¿Que los escribió una mujer? —gritó— ¿Una anciana judía e inmigrante que ni siquiera llegó a pisar América?
       —Mi tía Rivka —dijo él con valentía.
       —Vamos, Margaret —dije—. No seas obtusa. El próximo libro será tan bueno como los anteriores. La calidad es exactamente la misma. Escogió esos poemas al azar de una caja y son a cuál mejor. Todos son buenos. Son brillantes, lo sabes. Este libro no será diferente, así que tendrá la misma acogida. Los beneficios serán los mismos.
       Margaret arrugó el ceño con gesto dubitativo.
       —Será el último. Dice que no es capaz de escribir. No habrá más después de este.
       —El canon se cierra cuando el poeta muere —concedí.
       —Pues este poeta está bien muerto —dijo ella, lanzándole una carcajada maliciosa.
       Edmund Gate se limpió las gafas, chupó el cigarrillo, alquiló una habitación y desapareció.
       Margaret lidió en vano con el editor.
       —¿Y por qué no Virilidad otra vez? A los cinco anteriores les fue bastante bien. Es un título que vende.
       —Este es de una mujer —dijo—. Llámalo Muliebridad y nadie te entenderá.
       El editor era un tipo ingenioso que se enorgullecía de su latín, pero tenía una fe sana y abstracta en la estupidez de sus lectores.
       El libro apareció bajo el nombre de Flores de Liverpool. Tenía una bonita cubierta, del color de un pétalo de margarita, con un retrato de la tía Rivka. El retrato era un daguerrotipo que Edmund guardaba intacto en el fondo de su caja de puros. Mostraba a su tía de joven, en Rusia: no muy agraciada, con labios anchos, nariz circular y minúsculos ojos claros; la empuñadura de lo que guardaba un extraño parecido con un revólver sobresalía de un busto insignificante.
       La antología en sí era sublime. Por algún azar, los poemas que al final quedaron en la agrietada caja de puros de Edmund Gate resultaron ser la cumbre de la vitalidad de la poeta. Eran tan claros y contundentes como todos los demás, pero en cierto modo también más despojados y densos, quizá más intelectuales. Los leí y me maravillé hasta sentir vergüenza: si había creído que truncaría la carrera de Edmund induciéndolo a abandonarla, no solo era un ingenuo. Era un canalla. Nada podía perjudicar la carrera de aquellos poemas. Remontarían el vuelo y se elevarían más allá de mezquinas venganzas. Si Shakespeare en realidad era Bacon, ¿qué más daba? Si Edmund Gate era en realidad la tía Rivka de Liverpool, ¿qué más daba? Si nada puede traicionar un buen poema, no tiene sentido traicionar a un mal poeta.
       Con un ejemplar justificativo en mano llamé a su puerta. Abrió en ropa interior, desprendía un tufo maloliente. A sus gafas les faltaba un cristal.
       —Bueno, aquí está —dije—. El último.
       Soltó un hipido con un patético espasmo de borracho.
       —Los últimos serán los primeros —dije con una sonrisa de disgusto; el olor de la habitación me dio ganas de echar a correr.
       —Los primeros serán los últimos —me contradijo, blandiendo un periódico viejo—. ¿Quieres entrar, Edmund? Pasa, claro.
       No había ninguna silla, así que me senté en la cama. El suelo estaba astillado y al andar lo arañaba con las uñas de los pies, largas como medias lunas mugrientas. Dejé el libro allí encima.
       —Aquí lo tienes, recién salido de imprenta.
       Miró la cubierta.
       —Qué adefesio.
       —Qué cerebro —dije—. Fuiste afortunado al conocerla.
       —Una vieja pesada. De no ser por ella seguiría siendo el que era. Si no me hubiera dejado en la estacada.
       —Elia… —empecé; había ido a darle una noticia terrible—. El editor hizo una pequeña pesquisa biográfica. Averiguaron dónde vivía tu tía en el momento de su muerte. Al parecer —continué— era tal como siempre la habías descrito. Autosuficiente.
       —Siempre me venía con su blablablá. Vieja pesada. La dejé en la estacada, no podía soportarla.
       —Perdió las fuerzas para trabajar y nunca le dijo nada a nadie. Encontraron el cadáver en su cama, lavado y amortajado para el entierro. Ella misma había cambiado las sábanas y se había aseado. Luego se acostó y murió de hambre. Simplemente esperó a que llegara su hora. En la vivienda no había ni una miga de pan.
       —Nunca me pidió nada —dijo él.
       —¿Qué hay del titulado “Hambre”? Ese que todo el mundo interpretó como un poema de batalla.
       —Era solo un poema. Además, cuando llegué a ese ya estaba muerta.
       —Si le hubieras mandado algo —le dije—, quizá habrías podido alargar a Edmund Gate unos años más. Una pájara tan curtida habría llegado hasta los cien. Solo necesitaba un poco de pan.
       —¿Qué más da? La fuente se habría secado tarde o temprano, ¿no? La muerte de Edmund Gate era inevitable. Preferiría que te fueras, Edmund. No estoy acostumbrado a sentirme tan borracho. Me estoy empleando a fondo. Tengo el estómago destrozado. Me va a reventar la vejiga. Lárgate.
       —De acuerdo.
       —Llévate ese maldito libro.
       —Es tuyo.
       —Llévatelo de aquí. Es culpa tuya que me hayan convertido en una mujer. Soy un hombre —dijo agarrándose con fuerza la entrepierna; la verdad es que estaba borrachísimo.
       Aun así dejé el libro entre los pliegues de su edredón sucio.
       Margaret estaba en México con un joven cliente, un barítono. Se encargaba de concertarle actuaciones en hoteles. Mandó una fotografía del cliente en una piscina. Me senté en la bulliciosa habitación de los niños con el agente de Bolsa y pasamos las páginas de la prensa con avidez en busca de reseñas.
       —Aquí hay una. “Arte femenino insustancial”, dice.
       —Aquí hay otra. “Una encantadora voz aniñada que refleja el alma frágil de una chiquilla: una postal de San Valentín adornada con encaje.”
       —“Limitada, como es de rigor en toda poesía doméstica. La visión unidimensional de una solterona.”
       —“Asfixia de introspección femenina. Plano. La falta de imaginación propia de su sexo.”
       —“Talento en enaguas, superfluo por naturaleza. Carece de garra masculina.”
       —“La fina intuición de una poetisa competente.”
       Los dos niños más pequeños empezaron a dar alaridos.
       —Vamos, vamos, Gatey, pequeño —dijo el corredor de Bolsa—. Vamos, vamos, Edmund. ¿Por qué no sois buenos? Vuestros hermanos y hermanas son buenos, ellos no lloran. —Se volvió y me miró con una sonrisa tímida—. ¿Sabes que vamos a tener otro?
       —No —dije—, no lo sabía. Enhorabuena.
       —Margaret es la nueva mujer —dijo el corredor de Bolsa—. Lleva sola las riendas de un negocio, como un hombre.
       —Tiene hijos como una mujer.
       Se echó a reír, orgulloso.
       —Bueno, eso no lo hace ella sola, te lo aseguro.
       —Léeme alguna más.
       —No creo que valga la pena. Todas dicen lo mismo, ¿no te parece? Por cierto, Edmund, ¿te has fijado en que ya hay un nuevo director en The Centennial? Pobre Fielding… Bueno, al menos tuvo el funeral que merecía. A tu padre se le habrían saltado las lágrimas.
       —Lee la de The Centennial —le dije.
       —“Hay algo en la mente femenina que se resiste a la grandeza y la hondura. Tal vez sea porque una mujer no se ve en la tesitura de dormir debajo de un puente. Y si se viera en esa tesitura, empezaría a sacar brillo a los pilotes. La experiencia es la materia del arte, pero Dios no creó a la mujer para la experiencia…” Es igual que los otros —dijo.
       —El libro también.
       —El título es distinto —dijo prudentemente—. Este lo ha escrito una mujer, todos señalan ese dato. Los demás se llamaban Virilidad. ¿Qué ha sido de aquel tipo, por cierto? Ya no viene por aquí.
       Los críos acallaron con sus gritos un amago de respuesta.


       Al principio he mencionado que la semana pasada visité la tumba de Edmund Gate; sin embargo, omití un curioso incidente que tuvo lugar allí.
       También he comentado la camaradería que une a los ancianos de nuestra sociedad moderna. Sabemos que nos estamos deteriorando, pero también nos damos cuenta de que nuestros recuerdos son una especie de patrimonio nacional, nos hacen depositarios vivientes de costumbres ya extinguidas, como la sepultura y el desarrollo embrionario intrauterino.
       Junto a la tumba de Edmund Gate tuve un encuentro sumamente insólito. En un primer momento pensé que era una anciana decrépita, pero luego vi que se trataba de un hombre muy entrado en años. No tenía la dentadura trasplantada, y parecía que le fallaba la vista. Me asombró que no me saludara, siendo un centenario como yo, pero lo atribuí a la ineptitud de sus ojos, tapados por unos párpados gruesos como capuchas.
       —Ya no viene mucha gente por aquí —le dije—. La gente prefiere estar lejos de los viejos Cementerios Protegidos. Hoy en día estos jóvenes son morbosos. Temen desperdiciar cualquier cosa. Tienen que sacarle partido a todo. En nuestros tiempos no éramos morbosos, ¿no le parece?
       No me contestó. Sospeché que a propósito.
       —Esta, por ejemplo —dije con mi mayor cordialidad, propiciando su amistad—. Esta cosa justo aquí. —Le di un buen golpe a la pequeña losa, corriendo el riesgo de que me arrestara la Patrulla de los Museos Exteriores. Al parecer nadie me vio. La golpeé de nuevo con el nudillo—. Yo conocí a este tipo. En su día fue famoso. Una gran celebridad. Ese joven chino, el que acaba de regresar de la expedición por los límites de la Vía Láctea, ¿sabe?, bueno, pues el revuelo que se ha armado fue parecido al que se armó con este tipo. Aunque este era un literato.
       No contestó; escupió en la parte de la losa que yo había tocado, como para limpiarla.
       —¿Usted también lo conocía? —dije.
       Me dio la espalda —temblaba espantosamente— y se alejó con andares amanerados. El hombre, aunque consumido, todavía conservaba una notable corpulencia; iba vestido con harapos. Arrastraba los ropajes como si la tela que le cubría las piernas le dificultara el andar, aunque alcancé a ver una especie de enagua deshilachada a la altura del tobillo. Me recordó a un atuendo de mujer antiguo, de los que estaban en boga hace setenta años. Llevaba unos raros zapatos pasados de moda, también de mujer, con tacones finos como pértigas. Eché a andar tras él —no soy lento para la edad que tengo— y miré atentamente su cara. Era la estampa del deterioro. Sostenía un bastón rojo, que más bien parecía el mástil pelado de una sombrilla de señora (un artefacto que ya no se conoce entre nosotros), y lo levantó para golpearme.
       —Oiga —le dije acalorado—, ¿qué le ocurre? ¿No es capaz de cruzar una palabra cordial? Los denunciaré a la Patrulla de los Museos, a usted y a su bastón, si no vigila usted…
       —Ya vigilo —dijo. Su voz salió de sopetón y se quebró como agua hirviendo; tenía un vago acento extranjero—. Vigilo a todas horas. Es mi monumento y, créame, lo vigilo. Pero no consentiré que nadie más lo haga. ¿Ve lo que dice aquí? “Soy un hombre.” Manténgase lejos de esta lápida.
       —Miraré lo que me venga en gana. Usted no tiene más derecho que yo —dije.
       —¿A ser un hombre? Se lo demostraré —replicó lleno de maldad, con el bastón todavía en alto—. Mi nombre es Gate, el mismo que hay en esa lápida. Es mi lápida. Ya no las hacen. Usted se quedará sin.
       Eso sí era digno de ver: la locura no existe en nuestra sociedad desde hace más de dos generaciones. Todas las variantes de esa enfermedad han desaparecido, y si por algún contratiempo genético surge un caso, lo eliminan enseguida con el Protocolo Electromed. No me había encontrado con un loco desde que tenía sesenta años.
       —¿Cómo ha dicho que se llama? —le pregunté.
       —Gate, nacido Gatoff. Edmund, nacido Elia.
       Me sobresalté: era un dato sutil que no aparecía en la lápida.
       —Edmund Gate está muerto —le dije—. Usted debe de ser un experto en historia de la literatura, para saber un detalle como ese. Yo lo conocí en persona. Hoy en día nadie ha oído hablar de él, pero en mi época fue célebre. Un poeta.
       —A mí me lo va a decir —dijo el loco.
       —Se tiró de un puente, borracho como una cuba.
       —Eso es lo que usted cree. Entonces, ¿dónde está el cuerpo? Se lo estoy preguntando.
       —Debajo de esa losa. A estas alturas será una pila de huesos.
       —Ah, pensé que estaba en el río…, ¿alguna vez lo sacaron del río? Tiene usted una memoria pésima, y eso que parece más o menos de mi edad, muchacho. Mi memoria es perfecta: recuerdo todo a la perfección, y también soy capaz de olvidar a la perfección. Esa losa es mía, muchacho. Sobreviví para verla. Esa losa es todo lo que queda de Edmund Gate. —Me miró de reojo, como si le doliera—. Está muerto, ¿sabe?
       —Entonces usted no puede ser él —le dije al loco; los locos de verdad siempre se contradicen.
       —¡Desde luego que sí! Yo no soy ningún poeta muerto, créame. Soy lo que quedó de él. Una mujer ocupó su lugar, ¿sabe? Una vieja lunática. A mí me lo va a decir…
       Alzó el bastón reluciente y me descargó un golpe en el hombro. Luego se escabulló, temblando y tambaleándose con sus curiosos zapatos, entre los monumentos del Cementerio Protegido.
       En ningún momento me identificó. Si hubiera sido Elia me habría reconocido. Por eso estoy seguro de que me topé con un loco de verdad, por vez primera en más de cuarenta años. La Patrulla de los Museos, a petición mía, ha registrado a fondo el recinto del cementerio, pero hasta donde llega este relato no han descubierto más que la huella de sus tacones puntiagudos. Aun así no dudan de mi palabra, a pesar de mi provecta edad; la demencia senil ha sido erradicada de nuestra sociedad moderna.



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