Aleksandr Pushkin
(Moscú, 1799 - San Petersburgo, 1837)


Novela en cartas(1829)
(“Роман в письмах”)
Пушкин, Сочинения, т. V, изд. П. В. Анненкова, СПб., 1855-1857
[Works, vol. 5,
ed. P. V. Annenkova
(San Petersburgo, 1855-1857)]



I. LIZA A SASHA

      Claro está, querida Sáshenka, que te habrá sorprendido mi inesperada marcha al campo. Me apresuro a explicártelo todo sinceramente. Mi situación de dependencia siempre me había resultado penosa. Debo decir que Avdotia Andréyevna me trataba igual que a su sobrina. Pero en su casa no dejaba de ser una pupila, y no te puedes imaginar cuántos pequeños sinsabores están ligados a este título. Muchas cosas he tenido que soportar, en muchas ocasiones ceder, en tantas otras hacer como que no veía, mientras mi amor propio registraba escrupulosamente el más leve signo de menosprecio. Incluso la igualdad con la princesa me resultaba onerosa. Cuando aparecíamos en un baile, las dos vestidas de la misma manera, me molestaba que ella no llevara su collar de perlas. Me daba perfecta cuenta de que no se lo ponía exclusivamente para no ser diferente a mí, y esta atención me resultaba hiriente. ¿Acaso supondrás, pensaba yo, que siento envidia o algo semejante a esa debilidad de espíritu tan pueril? El comportamiento de los hombres, por muy correcto que fuera, hería mi amor propio constantemente. Tanto la frialdad como la amabilidad me parecían muestras de falta de respeto. En resumidas cuentas: era una criatura profundamente desdichada y mi corazón, sensible por naturaleza, se iba endureciendo cada vez más. ¿Has notado que todas las jóvenes que están en situación de pupilas, parientes lejanas, demoiselles de compagnie o similares, se distinguen por su servilismo bajo o por unas rarezas insoportables? A estas últimas las perdono de todo corazón.
       Hace tres semanas justas recibía carta de mi pobre abuela. Se lamentaba de su soledad y me llamaba para que fuera con ella al pueblo. Decidí aprovechar la ocasión. A duras penas conseguí el permiso de Avdotia Andréyevna; tuve que prometerle que regresaría en invierno a Petersburgo, pero no tengo la intención de cumplir mi promesa. Mi abuela se alegró muchísimo al verme; no pensaba que acudiría. Sus lágrimas me emocionaron de manera inefable. Me he encariñado con ella profundamente. En tiempos frecuentó el gran mundo y conserva la amabilidad de entonces.
       Ahora vivo en mi casa, soy la dueña, y no te puedes imaginar qué placer más auténtico me causa. Me he acostumbrado rápidamente a la vida en el campo, y la falta de lujo no me extraña nada. Nuestro pueblo es muy encantador. La casa, antigua, está en lo alto de una colina, tiene jardín, un lago y pinares; todo ello en invierno y en otoño resulta algo triste, pero en cambio en primavera y en verano debe de parecer el paraíso terrenal. Tenemos pocos vecinos y todavía no he visto a nadie. Mi soledad me gusta de veras, como en las elegías de tu Lamartine.
       Escríbeme, querida mía, tus cartas serán para mí un gran consuelo. ¿Cómo van vuestros bailes? ¿Y los amigos comunes? Aunque me he convertido en una anacoreta, no he renunciado totalmente a la vanidad del mundo y me entretiene recibir sus noticias.
       Pueblo de Pávlovskoye.


II. CONTESTACIÓN DE SASHA

      Querida Liza:
       Imagínate mi sorpresa al enterarme de que te habías marchado al campo. Cuando vi que la princesa Olga estaba sola pensé que estarías enferma, y no quise creer sus palabras. Al día siguiente recibí tu carta. Te felicito, querida mía, por tu nueva vida. Me alegro de que te guste. Tus quejas sobre tu antigua situación me hicieron saltar las lágrimas, aunque me parecieron demasiado amargas. ¿Cómo te puedes comparar con las pupilas y las demoiselles de compagnie? Todo el mundo sabe que el padre de Olga se lo debía todo al tuyo y que su amistad era tan sagrada como el parentesco más cercano. Parecías contenta con tu suerte. Nunca supuse que fueras tan susceptible. Confiesa que existe otra razón, secreta, para una marcha tan precipitada. Tengo la sospecha… aunque conmigo eres demasiado discreta y temo molestarte con mis conjeturas.
       ¿Qué te podría contar de Petersburgo? Seguimos en la casa de campo pero casi todo el mundo se ha marchado ya. Los bailes empezarán dentro de un par de semanas. Hace un tiempo espléndido. Doy largos paseos. El otro día tuvimos invitados para comer; uno de ellos me preguntó si tenía noticias tuyas. Dijo que tu ausencia en los bailes se nota como una cuerda rota en un piano, y estoy totalmente de acuerdo con él. Tengo la esperanza de que este ataque de misantropía no sea muy prolongado. Vuelve, querida mía, porque, si no, este invierno no tendré con quién compartir mis observaciones inocentes, ni a quién contar los epigramas de mi corazón. Adiós, querida, piénsalo y cambia de opinión.
       Isla de Krestovsky [una de las islas del Neva en las afueras de San Petersburgo].


III. LIZA A SASHA

      Tu carta me ha complacido extraordinariamente: ¡cómo me ha recordado Petersburgo! Me pareció oírte. ¡Qué graciosas son tus eternas suposiciones! Sospechas que tengo sentimientos profundos y secretos, algo así como un desdichado amor, ¿no es eso? Tranquilízate, querida, te equivocas: el único parecido a la heroína de una novela está en que vivo en el campo y sirvo el té como Clarissa Harlowe [la heroína de la novela Clarissa, 1747-1748, de Richardson].
       Dices que este invierno no tendrás a nadie con quien compartir tus observaciones satíricas, ¿y nuestras cartas? Descríbeme todo lo que atraiga tu atención; te repito que no he renunciado al mundo, que todo lo que se refiere a la vida de sociedad me entretiene. Para demostrártelo te pido que me digas a quién le parece tan notoria mi ausencia. ¿No será nuestro amable parlanchín Alexey R.? Estoy segura de haber acertado… Mis oídos siempre estuvieron a su disposición y eso es lo único que pide.
       He conocido a la familia ***. El padre es un hombre hospitalario y bromista; la madre, una mujer gorda y alegre, gran aficionada al whist; la hija, de unos diecisiete años, esbelta y melancólica, educada a base de novelas y aire puro. Se pasa el día entero en el jardín o en el campo con un libro en la mano, rodeada de los perros de la casa, habla del tiempo con voz cantarina y convida a mermelada con mucho sentimiento. He encontrado en su casa un armario lleno de novelas antiguas. Tengo la intención de leerlas todas y para empezar he elegido a Richardson. Es preciso vivir en el campo para poder tener la ocasión de leer la tan alabada Clarissa. Encomendándome a Dios empecé por la lectura del prólogo del traductor, y al ver que aseguraba que, aunque las seis primeras partes eran algo aburridas, las seis últimas premiaban con creces la paciencia del lector, emprendí la tarea valientemente. Leí el primer tomo, luego el segundo y el tercero: aburridísimos a más no poder. Pero ahora, pensé, llega el premio a mis esfuerzos. ¿Qué crees que pasó? Leo la muerte de Clarissa, la muerte de Lovelace y se acaba la novela. Cada tomo constaba de dos partes y no noté el paso de las seis partes aburridas a las seis entretenidas.
       La lectura de Richardson me hizo meditar. Qué tremenda es la distancia entre los ideales de las abuelas y las nietas. ¿Qué tienen en común Lovelace y Adolphe [héroe de la novela Adolphe de Benjamin Constant, 1816]? Sin embargo, el papel de la mujer no cambia. Clarissa, aparte de sus ceremoniosas reverencias, se parece a las heroínas de las nuevas novelas más recientes. ¿No será que el modo de atraer de los hombres depende de la moda, de la idea del momento… mientras que en la mujer está basado en la naturaleza y el sentimiento, que son eternos?
       Ya ves, contigo soy tan habladora como de costumbre, por eso te pido que trates de ser generosa en estas conversaciones a distancia. Escríbeme lo más que puedas y con la mayor frecuencia posible; no te puedes imaginar cómo se espera en el campo el día en que traen el correo. Ni la espera de un baile se puede comparar.


IV. CONTESTACIÓN DE SASHA

      Estás en un error, querida Liza. Para moderar tu vanidad te diré que R. no se ha fijado en tu ausencia para nada. Está dedicado a lady Pelham [procede de la obra de Edward Bulwer-Lytton Pelham, or Adventures of a Gentleman, 1828], una inglesa, y no se separa de ella. A todas sus palabras ella contesta con un aire de sorpresa ingenua y la breve exclamación “¡Oho!”… y él está entusiasmado. Quiero que sepas que quien me preguntó por ti, lamentando tu ausencia de todo corazón, es tu constante admirateur Vladímir ***. ¿Estás contenta? Creo que sí, porque siguiendo mi costumbre me atrevo a suponer que lo habías adivinado sin mi ayuda. Bromas aparte, *** está verdaderamente interesado en ti. Si yo estuviera en tu lugar lo llevaría muy lejos. ¿Por qué no? Es un magnífico partido… Deberías casarte con él; vivirías en el Malecón Inglés, recibirías los sábados y todas las mañanas vendrías a buscarme. Deja de hacer tonterías, querida, vuelve aquí y cásate con ***.
       Anteayer los K. dieron una fiesta. Había muchísima gente. El baile duró hasta las cinco de la mañana. K. V. iba muy sencilla: con un trajecito blanco de crêpe y sin una sola guirnalda, pero entre la cabeza y el cuello llevaba medio millón en brillantes, ¡nada menos! Z. como de costumbre, vestía de una manera irrisoria. ¿De dónde sacará los vestidos? En el traje no llevaba flores sino unas setas secas. ¿No se las habrás enviado del pueblo? Vladímir *** no bailó. Se marcha de permiso. Las S. llegaron las primeras, y se pasaron toda la noche sin bailar y se marcharon las últimas. Creo que la mayor llevaba colorete, ya tiene edad… El baile fue un éxito. Los hombres protestaron por la cena, pero es que siempre tienen que protestar por algo. Me divertí mucho, aunque tuve que bailar el cotillón con St.—, ese insoportable diplomático que ha sumado a su necedad natural el aturdimiento traído de Madrid.
       Te agradezco tu informe sobre Richardson. Me has dado una idea de cómo es. Con lo impaciente que soy no tengo esperanzas de leerlo; hasta en Walter Scott encuentro páginas que están de más.
       Por cierto, el romance de Yelena N. y el conde L. parece que toca a su fin; al menos, él está tan alicaído y ella se da tanta importancia que es seguro que la boda ya está decidida. Adiós, querida mía, ¿te ha gustado mi charloteo de hoy?


V. LIZA A SASHA

      No, mi querida casamentera, no pienso abandonar el campo e ir a Petersburgo para mi propia boda. Tengo que confesarte que Vladímir me gustó, pero nunca tuve la intención de casarme con él. Es un aristócrata y yo una humilde demócrata. Me apresuro a explicar y a recordar orgullosamente, como una heroína de novela, que mi familia pertenece a la nobleza rusa más antigua, mientras que mi caballero es nieto de un millonario barbudo. Pero sabes muy bien qué es nuestra aristocracia. A pesar de todo, *** es un hombre de mundo; pude haberle gustado, pero él no sería capaz de sacrificar por mí una prometida con dinero o un parentesco ventajoso. Si alguna vez me caso, escogeré algún terrateniente de cuarenta años de por aquí. Él se ocuparía de su fábrica de azúcar y yo de la casa, y sería muy feliz a pesar de no bailar en las fiestas del conde K. ni de recibir los sábados en mi casa del Malecón Inglés.
       Ha llegado el invierno: en el campo c’est un événement. La vida cambia por completo. Los paseos solitarios se acaban, se escuchan las campanillas de los trineos y los cazadores salen con sus perros; todo se vuelve más luminoso y más alegre con las primeras nieves. No podía esperarme esto en absoluto. Me daba miedo el invierno en el campo. Pero todo en este mundo tiene su lado bueno.
       He conocido más a Máshenka *** y le he tomado mucho cariño; tiene muchas cualidades buenas y originales. Me he enterado por casualidad de que *** es pariente suyo. Máshenka no le ha visto desde hace siete años, pero le admira profundamente. *** pasó con ellos un verano y Máshenka no hace más que contarme detalles de su vida de entonces. Cuando leo las novelas que me presta Máshenka, encuentro en los márgenes notas escritas por él, a lápiz y con pulso vacilante; se nota que no era más que un niño. Le impresionaban ideas y sentimientos que ahora seguramente le harían reír; al menos se advierte un alma ingenua y sensible. Leo mucho. No te puedes imaginar qué extraño resulta en 1829 leer una novela escrita en 1775. Es como si de pronto pasáramos de nuestro salón a una sala antigua, forrada de damasco, nos sentáramos en butacas de raso y pluma, viéramos a nuestro alrededor extraños trajes, pero rostros familiares y reconociéramos a nuestros tíos y a nuestras abuelas aunque rejuvenecidos. La mayor parte de estas novelas no tienen otra virtud. Los sucesos son entretenidos, la trama bien hecha, pero Bellecour, y Carlota todavía más, hablan de una manera enrevesada. Una persona inteligente podría tomar el plan y los caracteres que ya están diseñados, corregir el estilo y los disparates, explicar las reticencias y conseguir así una novela magnífica y original. Díselo de mi parte a mi desagradecido R. Que no malgaste su inteligencia hablando con inglesas. Que utilice el viejo cañamazo y borde nuevos dibujos y así podrá presentarnos, en un pequeño marco, el cuadro de la sociedad y de las personas que tanto conoce.
       Masha tiene un buen conocimiento de la literatura rusa; tengo que decir que aquí las letras interesan mucho más que en Petersburgo. Reciben revistas, participan vivamente en sus debates, aunque creen alternativamente en cada una de las partes, y se enfadan cuando se critica a su escritor favorito. Ahora comprendo por qué a Viázemsky [el príncipe P. A. Viázemsky, 1792-1878, poeta y crítico] y a Pushkin les gustan tanto las señoritas de provincias. Son su verdadero público. Probé a hojear las revistas y me puse a leer las críticas de El mensajero de Europa, pero su vulgaridad y su vileza me parecieron repugnantes: da risa ver cómo un seminarista, poniéndose serio, acusa de inmoralidad e indecencia las obras que hemos leído todas nosotras, las recatadas damas de Petersburgo [referencia a N. I. Nadezhdin, 1804-1856, crítico literario de El mensajero de Europa, que tachó a Pushkin de inmoral por su poema “El conde Nulin”, 1829]


VI. LIZA A SASHA

      Querida, no puedo seguir fingiendo, necesito ayuda y un consejo de amiga. Aquel del que hui, a quien temo como a una desgracia, *** está aquí. ¿Qué puedo hacer? La cabeza me da vueltas, estoy perdida, te pido por Dios que decidas lo que debo hacer. Te lo contaré todo…
       Como seguramente notaste, el invierno pasado él no se separaba de mí. No venía a nuestra casa, pero nos veíamos en todas partes. En vano me armé de frialdad, hasta de aire altanero; no conseguía librarme de él. En los bailes siempre lograba encontrar un lugar junto a mí, en los paseos nos lo cruzábamos continuamente, en el teatro sus impertinentes estaban dirigidos a nuestro palco.
       Al principio todo esto halagaba mi vanidad. Es posible que se lo mostrara demasiado. Al menos, cada día se tomaba nuevos derechos, me hablaba constantemente de sus sentimientos, hacía patentes sus celos y sus quejas… Yo pensaba con horror: ¿a dónde conduce todo esto?; y, desesperada, reconocía el poder que ejercía sobre mi alma. Me marché de Petersburgo pensando en atajar el mal de raíz. Por un momento mi decisión y la certeza de que había cumplido con mi deber calmaron mi corazón. Empecé a pensar en él con más indiferencia, con menos amargura. Y de pronto le veo.
       Le veo aquí: ayer fue el santo de ***. Llegué a comer; entro en el salón y encuentro un montón de invitados y de uniformes de ulano; las damas me rodean y las saludo. Sin fijarme en nadie me siento junto a la dueña de la casa, miro… y *** está delante de mí. Me quedé petrificada… Me dijo unas palabras con una alegría tan tierna y sincera que no tuve fuerzas para disimular mi confusión ni mi satisfacción.
       Fuimos a la mesa. Se sentó enfrente de mí; yo no me atrevía a mirarle, pero noté que todas las miradas estaban dirigidas a él. Estaba callado y distraído. En otro momento me habría divertido mucho el deseo general de atraer la atención de un oficial de la guardia recién llegado, el nerviosismo de las jóvenes, la incomodidad de los hombres y la manera que tienen de reírse de sus propias bromas; y por otro lado la correcta frialdad y la total indiferencia del invitado… Después de la comida se acercó a mí. Sabiendo que debía decirle algo le pregunté, bastante desafortunadamente, si venía a resolver algún asunto por estas tierras. “He venido a resolver un asunto del que depende la felicidad de mi vida”, me contestó en voz baja, y se apartó de mí inmediatamente; él se sentó a jugar al boston con tres ancianas (entre ellas mi abuela), y yo subí al cuarto de Máshenka donde pasé echada toda la tarde con el pretexto de un fuerte dolor de cabeza. En realidad, me sentía peor que si estuviera enferma. Máshenka no se separó de mí. Está encantada con ***. Él piensa pasar aquí un mes o quizá más. Máshenka estará con él constantemente. Tengo la impresión de que está enamorada de él; quiera Dios que él también se enamore de ella. Máshenka es esbelta y extraña, y los hombres no necesitan más.
       ¿Qué puedo hacer, querida? Aquí no podré escapar a su persecución. Ya ha tenido tiempo de conquistar a mi abuela. Vendrá a nuestra casa y de nuevo empezarán las declaraciones, las quejas, los juramentos; y todo ¿para qué? Conseguirá mi amor, mi confesión, luego pensará en lo poco ventajosa que sería la boda, se marchará con algún pretexto, me dejará y entonces yo… ¡Qué futuro más espantoso! Por Dios, dame la mano, me estoy hundiendo.


VII. CONTESTACIÓN DE SASHA

      Así me gusta, que alivies el corazón con una confesión completa. Ya era hora, querida mía. Qué empeño tenías en no confesar algo que yo sabía desde hacía tiempo: *** y tú estáis enamorados, ¿qué hay de malo en ello? Tanto mejor. Tienes el don de ver las cosas desde un lado imposible. Parece que anhelas ser desdichada; ten cuidado, no vayas a conseguirlo. ¿Por qué no te quieres casar con ***? ¿Dónde están los insuperables obstáculos? Él es rico y tú pobre, ¿qué importa? Es rico por los dos, ¿qué más quieres? Es aristócrata, ¿acaso no lo eres tú por tu educación y tu apellido?
       Hace poco presencié una discusión sobre las damas de la alta sociedad. Me enteré de que R. proclamó una vez ser partidario de la aristocracia porque se calzaba mejor. Entonces, ¿no es evidente que eres aristócrata de los pies a la cabeza?
       Perdóname, querida, pero tu carta patética me ha hecho reír. *** ha ido al pueblo para verte. ¡Qué horror! Te estás consumiendo, pides mi consejo. ¿No te habrás convertido en una heroína de provincias? Aquí tienes mi consejo: cásate cuanto antes en vuestra iglesia de madera y vuelve aquí para hacer de Fornarina [romana de gran belleza que sirvió de modelo a Rafael] en los cuadros vivos que organizan los S. El modo de actuar de tu caballero me ha emocionado, te lo digo en serio. Por supuesto que un amante de antaño, para ganarse una mirada benévola, se marchaba a Palestina a luchar durante tres años; pero en estos tiempos alejarse quinientas verstas de Petersburgo para ver a la dueña de tu corazón significa mucho. *** se merece ser premiado.


VIII. VLADÍMIR *** A SU AMIGO

      Haz el favor, procura correr la voz de que estoy moribundo; pienso retrasar mi vuelta y quiero guardar las buenas formas en la medida de lo posible. Llevo dos semanas viviendo en el campo y no me doy cuenta de cómo pasa el tiempo. Descanso de la vida de Petersburgo de la que estaba completamente harto. Sólo a una joven que acaba de salir de la jaula de su convento y a un Kamer-junker de dieciocho años se les puede perdonar que no les guste el campo. Petersburgo es la antesala, Moscú, el cuarto de las criadas, y el campo es nuestro despacho. Un caballero cruza la antesala por necesidad, se asoma muy rara vez al cuarto de las criadas y pasa el tiempo en su despacho. Pienso terminar así. Me licenciaré, me casaré y me iré a vivir a mi aldea de Sarátov. Ser terrateniente es también estar de servicio. Dedicarse a administrar tres mil almas, cuyo bienestar depende exclusivamente de nosotros, es más importante que mandar a un regimiento o copiar comunicados diplomáticos…
       El descuido en el que dejamos a nuestros campesinos es imperdonable. Cuantos más derechos tenemos sobre ellos, tantas más obligaciones nos corresponden. Los abandonamos al capricho del bribón del administrador, que los oprime a ellos y nos roba a nosotros. Vivimos hipotecando nuestras futuras ganancias, la vejez nos sorprende en la miseria, llenos de preocupaciones.
       Ésta es la razón de la decadencia rápida de nuestra nobleza: el abuelo era rico, el hijo vive estrechamente, y el nieto es un mendigo. Las antiguas familias caen en la miseria; se levantan otras nuevas, que desaparecen en la tercera generación. Las fortunas se funden, y ya ni una sola familia conoce a sus antepasados. ¿A qué conduce este materialismo político? No lo sé. Pero es hora de ponerle freno.
       Siempre he contemplado con profundo pesar la aniquilación de nuestras familias históricas; nadie las valora, empezando por los que pertenecen a ellas. ¿Cómo se puede esperar que se enorgullezca de su pasado un pueblo que escribe en el monumento: “Al ciudadano Minin [Kuzmá Minin, quien moriría en 1616, carnicero de Nizhny Nóvgorod] y al príncipe Pozharsky”? [príncipe D. M. Pozharsky, 1578-1642, con Minin, estuvieron a la cabeza del ejército ruso que derrotó a las fuerzas del rey polaco Segismundo III y capturó Moscú en 1612] ¿Qué príncipe Pozharsky? ¿Quién es el ciudadano Minin? Existió el príncipe y oficial de la corte del zar Dimitri Mijáilovich Pozharsky y el burgués Kuzmá Minin Sujoruky, hombre elegido por todo el estado. Pero la patria se ha olvidado de los verdaderos nombres de sus salvadores. El pasado no existe para nosotros. ¡Miserable pueblo!
       La aristocracia de funcionarios nunca sustituirá a la aristocracia hereditaria. Los recuerdos de las familias de la nobleza deben ser los recuerdos históricos de un pueblo. ¿Y qué recuerdos de familia tienen los hijos de un asesor colegiado?
       Al hablar a favor de la aristocracia no me hago el lord inglés; mi origen, aunque yo no me avergüence de él, no me da ningún derecho a ello. Sin embargo, comparto la opinión de La Bruyère: Affecter le mépris de la naissance est un ridicule dans le parvenu et une lâcheté dans le gentilhomme [“la afectación del desprecio hacia el origen es ridícula en el advenedizo y cobarde en el noble”].
       He llegado a estas conclusiones viviendo en un pueblo ajeno y observando la administración de los pequeños terratenientes. Estos señores no se dedican al servicio público sino que administran ellos mismos sus aldeas, aunque quiera Dios que se arruinen también como nosotros. ¡Qué barbarie! Para ellos los tiempos de Fonvizin no han pasado. Siguen floreciendo entre ellos los Prostakov y los Skotinin [personajes de la comedia de Fonvizin, 1742-1792, El menor, símbolos de la brutalidad de los terratenientes rusos].
       Sin embargo, esto no se refiere a mi pariente, que es mi anfitrión. Él es un hombre muy bondadoso, su mujer es muy bondadosa y su hija, una niña muy bondadosa también. Como verás, también yo me he vuelto muy bondadoso. Es verdad, desde que vivo en el campo soy mucho más benevolente y condescendiente: son los efectos de la vida patriarcal y de la presencia de Liza ***. De veras que la echaba de menos. He venido para convencerla de que vuelva a Petersburgo. Nuestro primer encuentro fue maravilloso. Era el santo de mi tía. Vino toda la vecindad. También vino Liza, que no daba crédito a sus ojos cuando me vio… No pudo dejar de advertir que no había venido por ella. Al menos traté de dárselo a entender. Mi éxito aquí ha superado todas mis previsiones (que ya es mucho). Las viejecitas están completamente deslumbradas, las señoras no se separan de mí “porque son patriotas” [cita de la comedia La desgracia de tener ingenio, 1824, de Griboyédov]. Los hombres están sensiblemente irritados por mi fatuité indolente que aquí es todavía una novedad. Les indigna todavía más porque soy extremadamente correcto y educado y no pueden reparar en en qué consiste mi insolencia, por más que sospechan que soy un insolente. Adiós. ¿Qué hacen los nuestros? Servitor di tutti quanti. Escríbeme al pueblo de ***.


IX. CONTESTACIÓN DEL AMIGO

      He cumplido tu encargo. Ayer dije en el teatro que estabas aquejado de una fiebre nerviosa y que seguramente ya no estarías en este mundo; por lo tanto, aprovéchate de la vida antes de que tengas que resucitar.
       Me alegro por ti al ver las consideraciones morales que haces sobre la administración de las propiedades. Eso está bien.

Un homme sans peur et sans reproche,
Qui n’est ni roi, ni duc, ni comte aussi.

[Divisas de las familias nobles francesas de los Bayard y los Couci:
“Un hombre sin miedo ni reproche, que no es rey, ni duque, ni conde”].

      Creo que la posición de terrateniente es la más envidiable. Los títulos son necesarios en Rusia aunque sólo sea para las postas, porque sin ellos es imposible conseguir caballos,
       Caigo en la cuenta de que todas estas consideraciones tan serias ahora no te interesan nada: estás dedicado a tu Liza. Qué afán de hacerte el Faublas [el héroe de Les amours du chevalier de Faublas, 1787-1789, de Jean Baptiste Louvet de Couvrai] y estar siempre ocupado con mujeres. No es propio de ti. En esto aún vas a la zaga de tu siglo y más bien haces recordar a un ci-devant [anticuado] gritón de la guardia de 1807. Por ahora es solamente un defecto, pero si sigues así pronto serás más ridículo que el general G. ¿No sería preferible que fueras haciéndote con tiempo a la idea de adoptar la seriedad propia de la edad madura y renunciaras voluntariamente a la juventud que se te está marchitando? Sé que sermoneo en vano, pero ésta es mi misión.
       Todos tus amigos te mandan saludos y lamentan profundamente tu fallecimiento prematuro; ¡ah! y también tu antigua amiga que ha vuelto de Roma enamorada del Papa. Qué otra cosa se podía esperar de ella, supongo que estarás encantado. ¿No piensas venir para rivalizar cum servo servorum dei? [con el siervo de los siervos de Dios] Sería muy propio de ti. Espero tu llegada de un día para otro.


VIII. VLADÍMIR *** A SU AMIGO

      Tu reprimenda es totalmente injusta. No soy yo quien se ha quedado rezagado de su tiempo sino tú, y por lo menos un decenio. Tus consideraciones teóricas y solemnes pertenecen al año 1818. En aquella época estaba de modo la rigidez de costumbres y la economía política. Íbamos a los bailes sin quitarnos las espadas, era impropio bailar y no teníamos tiempo para dedicárselo a las damas. Tengo el gusto de comunicarte que todo esto ha cambiado. El quadrille francés ha sustituido a Adam Smith, todos cortejan a las damas y se divierten como pueden. Sigo el espíritu de mi tiempo, mientras que tú estás inmóvil, eres un ci-devant, un homme estereotipado. Qué manía de estar sentado solo en el banco de la oposición. Espero que Z. te guíe por el camino verdadero; te encomiendo a su coquetería vaticana. Yo, por mi parte, estoy totalmente entregado a la vida patriarcal: me acuesto a las diez de la noche, a la caída de la primera nieve voy a cazar con los terratenientes del lugar, me juego un kópek con las viejecitas al boston y me enfado cuando pierdo. Veo a Liza todos los días y cada día estoy más enamorado. Tiene un gran encanto: una justa medida en el trato, el encanto de la alta sociedad de Petersburgo y, al mismo tiempo, algo vivo, condescendiente, de buena raza (como dice su abuela); no hay nada estridente ni duro en sus opiniones y no hace aspavientos cuando algo la afecta, como los niños ante el ruibarbo. Sabe escuchar y entiende, una rara virtud entre nuestras mujeres. Cuántas veces me he quedado sorprendido por la falta de agudeza o la impura imaginación de nuestras damas, eso sí, tan amables siempre. Bien a menudo confunden la broma más sutil o un saludo romántico con un epigrama insolente o con una vulgaridad indecorosa. En esos casos el aire frío que asumen es tan espantosamente repugnante que ni el amor más apasionado puede pasar por esa prueba.
       Esto lo experimenté con Yelena ***, de quien estuve perdidamente enamorado. Le dije algo tierno, ella lo interpretó como una grosería y se quejó a una amiga. Me decepcionó definitivamente. Aquí además de Liza, tengo a Máshenka para distraerme. Es encantadora. Estas jóvenes que han crecido entre manzanos y hacinas, educadas por amas y por la naturaleza, son mucho más encantadoras que nuestras monótonas bellezas, que antes de casarse repiten las opiniones de sus madres y luego las de sus maridos.
       Adiós, querido mío, ¿qué hay de nuevo en el mundo? Anúnciales a todos que al fin me he lanzado a escribir poesía. El otro día escribí unas líneas para el retrato de la princesa Olga (por lo cual Liza me riñó muy dulcemente):
       Tonta como la verdad, aburrida como la perfección. ¿No será mejor aburrida como la verdad, tonta como la perfección?
       Las dos cosas encierran una idea. Pídele a V. que componga el primer verso y que de hoy en adelante se me considere poeta.




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