Aleksandr Pushkin
(Moscú, 1799 - San Petersburgo, 1837)


Los invitados estaban llegando a la dacha…(1828-1830)
(“Гости съезжались на дачу...”)
Пушкин, Сочинения, т. V, изд. П. В. Анненкова, СПб., 1855-1857
[Works, vol. 5,
ed. P. V. Annenkova
(San Petersburgo, 1855-1857)]



I

      Los invitados estaban llegando a la dacha de ***. La sala se iba llenando de damas y caballeros que venían al mismo tiempo del teatro, donde habían visto una nueva ópera italiana. Poco a poco fue estableciéndose el orden. Las damas ocuparon su sitio en los divanes. Junto a ellas se formó un círculo de hombres. Se organizaron las partidas de whist. Permanecieron de pie unos pocos jóvenes, y la contemplación de unas litografías parisinas sustituyó a la conversación general.
       En el balcón se sentaban dos hombres. Uno de ellos, un viajero español, parecía disfrutar vivamente del encanto de la noche nórdica. Miraba admirado el cielo pálido y claro, el majestuoso Neva iluminado por una luz indefinible y las dachas de los alrededores que se dibujaban en la penumbra transparente.
       —¡Qué hermosa es esta noche norteña! —dijo al fin—. ¿Y cómo no añorar su encanto hasta bajo el cielo de mi patria?
       —Uno de nuestros poetas —contestó el otro— la ha comparado con una rubicunda belleza rusa [se refieren al idilio en el El pescador, 1821, de N. I. Gnedich; se sustituye la poética expresión de Gnedich (“olas de rizos rubios”) por la mucho más prosaica de “rubicunda”]; confieso que una italiana o una española, de tez morena y ojos negros, llena de viveza y sensualidad meridional, tienta mucho más mi imaginación. Por otra parte, la vieja controversia entre la brune et la blonde todavía no se ha resuelto. Por cierto, ¿sabe usted cómo una extranjera me explicó el porqué del rigor y la pureza de las costumbres en Petersburgo? Aseguraba que para las aventuras amorosas nuestras noches de invierno son demasiado frías, y las de verano, demasiado claras.
       El español sonrió.
       —Entonces, gracias a la influencia del clima —dijo—, Petersburgo es la tierra prometida de la belleza, la amabilidad y la virtud.
       —La belleza es una cuestión de gustos —contestó el ruso—, pero más vale no hablar de nuestra amabilidad. No está de moda, nadie piensa en ella. Las mujeres temen adquirir fama de coquetas, y los hombres, perder la dignidad. Todos se esfuerzan por ser insignificantes con gusto y con decoro. En cuanto a la pureza de costumbres, para no abusar de la confianza de un extranjero, le diré que… —y la conversación tomó un cariz de lo más satírico.
       En ese momento se abrieron las puertas de la sala y entró Vólskaya. Estaba en la flor de la juventud. Las facciones regulares, sus grandes ojos negros, la viveza de sus movimientos, hasta la excentricidad de su atuendo, todo llamaba la atención. Los hombres la recibieron con una especie de afabilidad festiva, las damas, con visible hostilidad; pero Vólskaya no se daba cuenta de nada; contestando con aire ausente a las preguntas de rigor, miraba distraída a todas partes; su cara, variable como una nube, tenía una expresión de fastidio; se sentó junto a la arrogante princesa G. y, como se suele decir, se mit à bouder [senfurruñó].
       De pronto se estremeció y se volvió hacia el balcón. El desasosiego se apoderó de ella. Se levantó, pasó junto a los sillones y las mesas, se detuvo un minuto detrás de la silla del viejo general R., no contestó nada a su fino madrigal y súbitamente se deslizó al balcón.
       El español y el ruso se pusieron de pie. Vólskaya se acercó a ellos y, turbada, dijo unas palabras en ruso. El español, considerando que estaba de más, la dejó y volvió a la sala.
       La arrogante princesa G. siguió a Vólskaya con la mirada y dijo a su vecino a media voz:
       —¡Esto ya es demasiado!
       —Es terriblemente frívola —contestó aquél.
       —¿Frívola? Si sólo fuera eso… Se comporta de una manera imperdonable. Puede despreciarse a sí misma todo lo que quiera, pero la sociedad no merece esta falta de respeto. Minsky podría habérselo hecho ver.
       —Il n’en fera rien, trop heureux de pouvoir la compromettre [“no hará nada por lo mucho que le complace comprometerla”]. Por otra parte, estoy seguro de que la conversación es de lo más inocente.
       —No me cabe la menor duda… ¿Desde cuándo se ha vuelto usted indulgente?
       —Confieso que la suerte de esta joven me interesa. Tiene muchas virtudes y bastantes menos defectos de los que le atribuyen. Pero las pasiones serán su perdición.
       —¡Las pasiones! ¡Qué palabra tan altisonante! ¿Qué son las pasiones? ¿No se habrá creído usted que tiene un corazón apasionado y una cabeza romántica? Se trata simplemente de mala educación… ¿Qué es esa litografía? ¿No es un retrato de Hussein Pachá? [1773-1838, fue el último rey de Argel, 1818-1830] Enséñemela.
       Los invitados se estaban marchando; ya no quedaba ni una sola dama en la sala. Solamente la dueña de la casa, con evidente disgusto, esperaba de pie junto a la mesa donde dos diplomáticos estaban terminando la última partida de écarté. Vólskaya de pronto se dio cuenta de que amanecía y abandonó precipitadamente el balcón, donde llevaba más de tres horas a solas con Minsky. La anfitriona se despidió de ella con frialdad, y, con toda la intención, no dirigió la mirada a Minsky. Junto a la puerta varios invitados esperaban sus coches. Minsky ayudó a Vólskaya a subir al suyo.
       —Parece que ahora te toca a ti —le dijo un oficial joven.
       —Nada de eso, no está libre. No soy más que su confidente, o algo así. Pero la quiero de todo corazón, tiene muchísima gracia.
       Zinaída Vólskaya se quedó sin madre antes de haber cumplido seis años. Su padre, un hombre ocupado y distraído, la puso en manos de una francesa, contrató profesores de todo tipo y a continuación dejó de preocuparse por ella. A los catorce años era una belleza y escribía cartas de amor a su profesor de baile. El padre se enteró, despidió al profesor de baile y la presentó en sociedad, considerando que su educación había concluido. Su aparición en sociedad causó sensación. Volsky, un joven muy rico acostumbrado a subordinar sus sentimientos a las opiniones de los demás, se enamoró de ella locamente porque el zar, al encontrársela en el Paseo Inglés, estuvo hablando con ella una hora entera. Volsky la pidió en matrimonio. El padre se alegró de la oportunidad de desembarazarse de la joven que estaba tan de moda. Zinaída ardía en deseos de estar casada para recibir en su casa a toda la ciudad. Al mismo tiempo, Volsky no le parecía desagradable, con lo cual su suerte estaba decidida.
       Su espontaneidad, sus inesperadas travesuras y la frivolidad infantil al principio hicieron buena impresión, e incluso la alta sociedad se sintió agradecida de que alguien interrumpiera constantemente la envarada monotonía del círculo aristocrático. Se reían de sus travesuras, repetían sus desplantes. Pero los años pasaban, y Zinaída seguía teniendo en el fondo catorce años. Empezaron las murmuraciones. Dictaminaron que Zinaída no tenía sentido alguno del recato propio de su sexo. Las mujeres empezaron a distanciarse de ella, y los hombres, a acercarse. Zinaída consideró que había salido ganando y se consoló.
       Las habladurías le atribuían amantes. La maledicencia, aunque sea sin pruebas, deja unas marcas casi indelebles. En sociedad la verosimilitud es igual a la verdad, y ser objeto de calumnias nos rebaja a nuestros propios ojos. Vólskaya, llorando de indignación, decidió rebelarse contra la sociedad injusta. Pronto se le presentó la ocasión de hacerlo.
       Entre los jóvenes que la rodeaban Zinaída distinguió a Minsky. Evidentemente, los había acercado cierto parecido en el carácter y en las circunstancias. En su primera juventud Minsky, gracias a su conducta reprobable, también se había ganado la condena de la sociedad que lo castigó con calumnias. Minsky dejó de aparecer en sociedad simulando indiferencia. Las pasiones acallaron por un tiempo los remordimientos del amor propio; sin embargo, apaciguado por la experiencia, reapareció en sociedad sin ofrecer ya el ardor de su juventud imprudente, sino la condescendencia y el decoro del egoísmo. No le gustaba el gran mundo, pero tampoco lo despreciaba pues conocía la necesidad de su aprobación. Con todo, respetándolo en general era implacable en lo particular y estaba dispuesto a hacer víctimas de su rencoroso amor propio a cualquiera de sus representantes. Vólskaya le gustaba porque se atrevía a despreciar sin disimulo las normas que él odiaba. La incitaba con su aprobación y sus consejos, se convirtió en su confidente y pronto llegó a serle indispensable.
       B. ocupó la imaginación de Vólskaya durante una temporada.
       —Es demasiado insignificante para usted —le dijo Minsky—. Toda su inteligencia proviene de Les liaisons dangereuses, al igual que todo su genio es una imitación de Jomini [Henri Jomini, 1779-1869, historiador y escritor militar de origen suizo; participó en la campaña de Napoleón y desde 1813 fue asesor y general del ejército ruso]. Cuando le haya conocido mejor despreciará su opresiva inmoralidad como los militares desprecian sus vulgares disquisiciones.
       —Me gustaría enamorarme de R. —le dijo Zinaída.
       —¡Qué tontería! —repuso él—. ¡Cómo se le ocurre pensar en unirse a un hombre que se tiñe el pelo y repite cada cinco minutos lleno de arrebato: “Quand j’étais à Florence…”! Dicen que su insoportable mujer está enamorada de él; déjelos en paz: están hechos el uno para el otro.
       —¿Y el barón W.?
       —Es una niña con uniforme militar; ¿qué tiene de atractivo? ¿Sabe lo que le digo? Enamórese de L. Ocupará su imaginación: es tan extraordinariamente inteligente como extraordinariamente feo; et puis c’est un homme à grands sentiments, será celoso y apasionado, le hará sufrir y reír, ¿qué más quiere?
       No obstante, Vólskaya no le hizo caso. Minsky adivinaba sus sentimientos; su amor propio estaba halagado; considerando que la frivolidad no puede estar unida a las grandes pasiones, preveía una unión sin más consecuencias importantes, una mujer más en la lista de sus veleidosas amantes, y planeaba fríamente su conquista. Seguramente, si hubiera podido imaginar las tormentas que le esperaban, habría renunciado a su triunfo, ya que un hombre de mundo sacrifica fácilmente el placer y hasta la vanidad a la pereza y el bienestar.


II

      Cuando Minsky estaba todavía en la cama le trajeron una carta. La abrió entre bostezos y se encogió de hombros al encontrar dos hojas cubiertas de arriba abajo con una menuda letra de mujer. La carta empezaba de la siguiente manera:

    No he sabido expresar todo cuanto sentía en mi corazón; en tu presencia no logro dar con los pensamientos que me persiguen ahora con tanta insistencia. Tus sofismas no calman mis sospechas, pero me hacen callar; ello demuestra tu superioridad habitual, pero no basta para la felicidad, para la tranquilidad de mi corazón…

      Vólskaya le reprochaba su frialdad, su desconfianza, etc., se lamentaba y le rogaba sin saber bien qué; se deshacía en promesas dulces y cariñosas y lo citaba por la noche en su palco. Minsky le contestó con dos líneas, pretextando asuntos tediosos pero inevitables y prometiendo acudir sin falta al teatro.

III

      —Es usted tan sincero y condescendiente —dijo el español— que me atreveré a pedirle que me desvele un misterio: he recorrido el mundo entero, me he presentado en todas las cortes europeas, he frecuentado en todas partes la mejor sociedad, pero nunca me he sentido tan cohibido ni torpe como entre la condenada aristocracia rusa. Cada vez que entro en la sala de la princesa V. y veo a esas momias mudas e hieráticas que me recuerdan los enterramientos egipcios, se me hiela la sangre en las venas. Entre esa gente no hay ni una autoridad moral, ni un solo nombre que la fama haya repetido incesantemente. ¿Por qué me siento tan aturdido?
       —Por la hostilidad —contestó el ruso—. Es un rasgo de nuestro carácter. El pueblo la expresa con la ironía, y la alta sociedad, con falta de atención y frialdad. Además, nuestras damas tienen una cultura muy superficial y nada europeo ocupa sus pensamientos. De los hombres no vale la pena ni hablar. La política y la literatura no existen para ellos. El ingenio hace tiempo que está en desgracia por ser indicio de frivolidad. ¿De qué pueden hablar? ¿De sí mismos? Imposible, están demasiado bien educados. Sólo les queda una conversación doméstica, trivial, privada, que comprenden nada más que unos pocos: los elegidos. Y toda persona que no pertenezca a esa pequeña grey recibe el trato de un extraño, y no solamente los extranjeros, sino también los rusos.
       —Perdone mis preguntas —dijo el español—, pero dudo de que vuelva a tener la oportunidad de escuchar respuestas satisfactorias y quiero aprovecharla. Ha mencionado usted a la aristocracia de su país, ¿qué es la aristocracia rusa? Al estudiar las leyes rusas he descubierto que en Rusia no existe la aristocracia hereditaria basada en la indivisibilidad de los bienes raíces. Parece que entre la nobleza hay igualdad civil y el acceso a ella no está limitado. ¿En qué se basa, entonces, la llamada aristocracia rusa? ¿Solamente en la antigüedad del linaje?
       El ruso se echó a reír.
       —Está usted equivocado —contestó—. La antigua nobleza rusa, por las razones que ha mencionado, ha caído en el olvido y constituye una especie de tercer estado. Nuestra noble plebe, a la que yo también pertenezco, considera antepasados suyos a Riurik [el príncipe Riurik, guerrero escandinavo, reinó en Nóvgorod desde el año 862 hasta su muerte en 879] y a Monomaj [Vladimir Monomaj, gran duque de Kiev de 1113 a 1125, hizo el último intento de unificar los pequeños principados rusos antes de la invasión de los mongoles]. Le diré, por ejemplo —continuó el ruso con aire de displicencia autosatisfecha—, que el origen de mi linaje se pierde en la más remota antigüedad, y los nombres de mis antepasados se encuentran en todas las páginas de nuestra historia. Pero si se me ocurriera decir que soy aristócrata, haría reír a mucha gente. Nuestra verdadera aristocracia tiene dificultades para recordar el nombre de sus abuelos. Su rancio abolengo se remonta a Pedro y a Elisaveta [Pedro I reinó de 1682 a 1725 y Elisaveta, de 1741 a 1761]. Ordenanzas, chantres y ucranianos: ésos son sus antepasados. No se lo reprocho: los méritos siempre serán méritos, y el interés del Estado requiere que se recompensen. Pero es ridículo observar en los insignificantes nietos de pasteleros, ordenanzas, chantres y sacristanes la arrogancia de un duque de Monmorency [referencia al título de premiers barons de France que tuvieron todos los miembros de la familia Monmorency hasta 1327], el primer barón cristiano, o de Clermont-Tonnerre [los Clermont-Tonnerre fueron otra familia distinguida en la historia de Francia]. Somos tan prácticos que nos arrodillamos ante la suerte del momento, ante el éxito y… en cualquier caso, para nosotros no existe la fascinación por la antigüedad, la gratitud al pasado ni el respeto por los valores morales. Hace poco Karamzin nos ha contado nuestra historia. Pero dudo de que le hayamos escuchado. No es la gloria de los antepasados lo que nos hace sentirnos orgullosos, sino el cargo de un tío o los bailes de una prima. Le diré una cosa: la falta de respeto por los antepasados es el primer indicio de barbarie e inmoralidad.




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